116 – Me surge pensar en la tentación de relacionar el anuncio del Evangelio con bastonazos inquisidores. No, el Evangelio se anuncia con dulzura

“Quien no usa la vara odia a su hijo, quien lo ama lo corrige a tiempo” (Prov 13, 24).

A nadie se le oculta el amor natural de los padres por sus hijos y como están dispuestos a sacrificar la vida por su bien. Por causa de este mismo amor nace la preocupación cuando los pequeños amagan tomar el mal camino… Y como no, la necesidad de enseñarles, reprenderlos y amonestarlos, recurriendo cuando es necesario a un arma más severa: el castigo. Quien es educado así, cuando crece demuestra ser una persona de carácter y virtud que da muchos frutos en sus buenas obras. Por lo tanto es falsa la ternura que omite la verdad con la ilusión de suprimir una supuesta angustia causada por la severidad, pues el que así obra entrega los hijos a sus pasiones y éstos, desconociendo el camino verdadero, se precipitan en el infierno.

La Iglesia que es nuestra Santa Madre asume como deber esencial manifestar la verdad, utilizando también su autoridad al anunciar el Evangelio. Para eso, nunca ha puesto de lado medios eficaces de salvación como son la severidad, la reprensión o hasta la punición cuando se hacen necesarios, siguiendo el ejemplo del Divino Maestro que no dudó en expulsar látigo en ristre a los mercaderes del templo o amenazar con severidad a los fariseos.

Finalmente, sólo nos sobra una duda: ¿La Iglesia hace realmente el bien cuando evangeliza exclusivamente con dulzura, con fraternidad, con amor? O más bien, ¿qué mal hace la Iglesia cuando no predica la verdad a favor de la dulzura, de la fraternidad, del amor?

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

I – La evangelización debe fundarse ante todo en el anuncio de la verdad
II – ¿Se debe omitir la verdad en nombre de la caridad?
III – El temor, la severidad y las amenazas son medios de salvación

 

I – La evangelización debe fundarse ante todo en el anuncio de la verdad

Sagradas Escrituras

Vendrá el tiempo en que los hombres se rodearán de maestros a la medida de sus deseos

Vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus propios deseos y de lo que les gusta oír; y, apartando el oído de la verdad, se volverán a las fábulas. (2 Tim 4, 3-4)

Pío XII

La Iglesia no puede abstenerse de amonestar para el cumplimiento de concretas obligaciones morales

Contra esta doctrina, nunca impugnada en largos siglos, surgen ahora dificultades y objeciones que es preciso aclarar. […] El primer paso o, por mejor decir, el primer golpe contra el edificio de las normas morales cristianas debería ser el separarlas —como se pretende— de la vigilancia angosta y opresora de la autoridad de la Iglesia. […] La nueva moral afirma que la Iglesia, en vez de fomentar la ley de la libertad humana y del amor, y de insistir en ella como digna actuación de la vida moral, se apoya, al contrario, casi exclusivamente y con excesiva rigidez, en la firmeza y en la intransigencia de las leyes morales cristianas, recurriendo con frecuencia a aquellos “estáis obligados”, “no es lícito”, que saben demasiado a una pedantería envilecedora. Ahora bien: la Iglesia quiere, en cambio —y lo pone bien de manifiesto cuando se trata de formar las conciencias—, que el cristiano sea introducido a las infinitas riquezas de la fe y de la gracia en forma persuasiva, de suerte que se sienta inclinado a penetrar en ellas profundamente. Pero la Iglesia no puede abstenerse de amonestar a los fieles que estas riquezas no se pueden adquirir ni conservar sino a costa de concretas obligaciones morales.(Pío XII. La famiglia, radiomensaje sobre la consciencia y la moral, n. 7.10-11, 23 de marzo de 1952)

De la observancia de la Iglesia depende la estabilidad de todo orden

[…] la Iglesia, columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3, 15) y guardiana, por voluntad de Dios y por misión de Cristo, del orden natural y sobrenatural, no puede renunciar a proclamar ante sus hijos y ante el mundo entero las normas fundamentales e inquebrantables, salvándolas de toda tergiversación, oscuridad, impureza, falsa interpretación y error; tanto más cuanto que de su observancia, y no simplemente del esfuerzo de una voluntad noble e intrépida, depende la estabilidad definitiva de todo orden nuevo, nacional e internacional, invocado con tan ardiente anhelo por todos los pueblos. (Pío XII. Radiomensaje de Navidad, n. 3, 24 de diciembre de 1942)

El principal deber del Vicario de Cristo es dar testimonio de la verdad

[…] el principal deber que nos impone nuestro oficio y nuestro tiempo es “dar testimonio de la verdad”. Este deber, que debemos cumplir con firmeza apostólica, exige necesariamente la exposición y la refutación de los errores y de los pecados de los hombres. (Pío XII. Encíclica Summi pontificatus, n. 14, 20 de octubre de 1939)

Juan XXIII

Ocultar la verdad es una conjuración diabólica

¿Dónde está en la tierra el respeto a la verdad? ¿No estamos, a veces, e incluso muy frecuentemente, ante un antidecálogo desvergonzado e insolente que ha abolido el no, ese “no” que precede a la formulación neta y precisa de los cinco mandamientos de Dios que vienen después de “honra a tu padre y a tu madre”? ¿No es prácticamente la vida actual una rebelión contra el quinto, sexto, séptimo y octavo mandamientos: “No matarás, no serás impuro, no robarás, no levantarás falsos testimonios”? Es como una actual conjuración diabólica contra la verdad. Y, sin embargo, ahí está por siempre válido y claro el mandamiento de la ley divina que escuchó Moisés sobre la montaña: “No levantarás falsos testimonios contra tu prójimo” (Ex 20, 16; Dt 5, 20). Este mandamiento, como los otros, permanece en vigor con todas sus consecuencias positivas y negativas; el deber de decir la verdad, de ser sincero, de ser franco, es decir, de conformar el espíritu humano con la realidad, y, de otra parte, la triste posibilidad de mentir, y el hecho más triste todavía de la hipocresía, de la calumnia, que llega hasta obscurecer la verdad. (Juan XXIII. Radiomensaje de Navidad, 22 de diciembre de 1960)

¡Qué fuerte y terrible es el mandamiento de no decir nada falso contra el prójimo!

Lo que importa más retener y percibir es que la actitud para conocer la verdad representa para el hombre la responsabilidad sagrada y muy grave de cooperar con el designio del Creador, del Redentor, del Glorificador. Y ello vale aún más para el cristiano que lleva, en virtud de la gracia sacramental, el signo evidente de su pertenencia a la familia de Dios. Aquí se distinguen la dignidad y la responsabilidad más grandes que son impuestas al hombre —y aún más a cada cristiano— de honrar a este Hijo de Dios, Verbo hecho carne, y que da la vida al mismo tiempo al compuesto humano y al orden social. […] ¡Qué bella es, bajo esta luz, la invitación hecha al nombre de decir siempre la verdad a su prójimo y qué fuerte y terrible el mandamiento de no decir jamás nada falso contra su prójimo! “No levantarás falso testimonio contra tu prójimo” (Ex 20, 16). (Juan XXIII. Radiomensaje de Navidad, 22 de diciembre de 1960)

León XIII

El que calla ante los que oprimen a la verdad injuria a Dios y favorece a los malos

Ceder el puesto al enemigo, o callar cuando de todas partes se levanta incesante clamoreo para oprimir a la verdad, propio es, o de hombre sin carácter o de quien duda sea verdadero aquello que profesa. En ambos los casos ese modo de comportarse es vil e injurioso a Dios; uno y otro son igualmente incompatibles con a la salvación del género humano. Ese tipo de conducta aprovecha únicamente a los enemigos de la fe, porque nada encoraja tanto los malos cuanto la cobardía de los buenos. (León XIII. Encíclica Sapientiae christianae, n. 14, 10 de enero de 1890)

Cristo constituyó el Magisterio de la Iglesia para conservar a los hombres en la verdad

El Hijo Unigénito del Eterno Padre, que apareció sobre la tierra para traer al humano linaje la salvación y la luz de la divina sabiduría hizo ciertamente un grande y admirable beneficio al mundo cuando, habiendo de subir nuevamente a los cielos, mandó a los apóstoles que “fuesen a enseñar a todas las gentes” (Mt 28, 19), y dejó a la Iglesia por él fundada por común y suprema maestra de los pueblos. Pues los hombres, a quien la verdad había libertado debían ser conservados por la verdad; ni hubieran durado por largo tiempo los frutos de las celestiales doctrinas, por los que adquirió el hombre la salud, si Cristo Nuestro Señor no hubiese constituido un Magisterio perenne para instruir los entendimientos en la fe. Pero la Iglesia, ora animada con las promesas de su divino autor, ora imitando su caridad, de tal suerte cumplió sus preceptos, que tuvo siempre por mira y fue su principal deseo enseñar la religión y luchar perpetuamente con los errores. (León XIII. Encíclica Aeterni Patris, 4 de agosto de 1879)

Juan Pablo II

El cristianismo no es una ciencia del vivir bien y la misión es un problema de fe

La misión es un problema de fe, es el índice exacto de nuestra fe en Cristo y en su amor por nosotros. La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una “gradual secularización de la salvación”, debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral, que abarca al hombre entero y a todos los hombres, abriéndoles a los admirables horizontes de la filiación divina.(Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris Missio, cap. I, n. 11)

Santo Tomás de Aquino

Quien predica la verdad siempre es importuno para los malos

Digamos que el predicador ha de predicar siempre oportunamente, si se ajusta a la regla de la verdad, mas no si se rige por la falsa estimación de los oyentes, que juzgarán la verdad como importunidad; porque el que predica la verdad siempre es para los buenos oportuno, para los malos importuno. “Quien es de Dios escucha la palabra de Dios; por eso vosotros no la escucháis, porque no sois de Dios” (Jn 8, 47). “¡Oh, cuan sumamente áspera es la sabiduría para los hombres necios!” (Eclo 6, 21). Si el hombre tuviese que aguardar coyuntura para hablar solamente a los que quieren escuchar, aprovecharía sólo a los justos; mas es menester que a sus tiempos predique también a los malos para que se conviertan. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Segunda Epístola a Timoteo, cap. 4, lec. 1)

Juan Pablo II

El principal deber de los Pastores es el de ser maestros de la verdad

Como Pastores tenéis la viva conciencia de que vuestro deber principal es el de ser maestros de la verdad. No de una verdad humana y racional, sino de la Verdad que viene de Dios; que trae consigo el principio de la auténtica liberación del hombre: “conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32); esa verdad que es la única en ofrecer una base sólida para una “praxis” adecuada. Vigilar por la pureza de la doctrina, base en la edificación de la comunidad cristiana, es pues, junto con el enuncio del Evangelio, el deber primero e insustituible del Pastor, del Maestro de la fe. Con cuánta frecuencia ponía esto de relieve San Pablo, convencido de la gravedad en el cumplimiento de este deber. Además de la unidad en la caridad, nos urge siempre la unidad en la verdad.(Juan Pablo II. Discurso a la inauguración de la III Conferencia general del Episcopado Latinoamericano, cap. I, n. 1)

Es necesario que los fieles encuentren en los pastores la luz de la fe y de la enseñanza

Vosotros, en virtud del oficio episcopal, sois testigos auténticos del Evangelio y maestros […] de la Verdad contenida en la Revelación, de la que se nutre y debe siempre nutrirse vuestro magisterio. Para poder hacer frente a los desafíos del presente, es necesario que la Iglesia aparezca, a todo nivel, como “columna y fundamento de la verdad” (1 Tim 3, 15). El servicio de la Verdad, que es Cristo, es nuestra tarea prioritaria. Esta Verdad es revelada. No nace de la simple experiencia humana. Es Dios mismo, que en Jesucristo, por medio del Espíritu Santo, se da a conocer al hombre. Por ello ese servicio a la Verdad revelada debe nacer del estudio y de la contemplación, y ha de acrecentarse mediante la exploración continua de ella. Nuestra firmeza vendrá de ese sólido fundamento, ya que la Iglesia hoy, a pesar de todas las dificultades del ambiente, no puede hablar de manera diversa a como Cristo habló. (Juan Pablo II. Discurso a segundo grupo de obispos de Chile en visita ad limina Apostolorum, n. 2, 8 de noviembre 1984)

Catecismo Romano

La predicación de la verdad nunca fue tan necesaria cuanto en el mundo actual

Los fieles necesitan, como nunca, nutrirse con auténtica y sana doctrina, que les dé fuerzas y vida. Nuestro mundo conoce demasiados maestros del error, falsos profetas, de quienes un día dijo Dios: “Yo no he enviado a los profetas, y ellos corrían; no les hablaba, y ellos profetizaban” (Jr 23, 21). Pseudoprofetas que envenenan las almas con extrañas y falsas doctrinas (Flp 2, 12; 2 Cor 7, 15; Ef 6, 5). La propaganda de su impiedad, montada con la ayuda de artes diabólicas, ha penetrado hasta los más apartados rincones. […] Sin referirnos al caso de naciones enteras que hoy, separadas del verdadero camino, viven en el error y hasta blasonan de poseer un cristianismo, tanto más perfecto cuanto más distante de la doctrina tradicional de la Iglesia y de sus antepasados, es fácil constatar que en nuestros días las doctrinas erróneas se han infiltrado y se siguen infiltrando subrepticiamente en los más insospechados rincones de la catolicidad. (Catecismo Romano. Prólogo, cap. III)

Pío XI

La decadencia del mundo es consecuencia del rechazo a la verdad difundida por la Iglesia

En medio de las aberraciones del pensamiento humano, ebrio por una falsa libertad exenta de toda ley y freno; en medio de la espantosa corrupción, fruto de la malicia humana, se yergue cual faro luminoso la Iglesia, que condena toda desviación —a la diestra o a la siniestra— de la verdad, que indica a todos y a cada uno el camino que deben seguir. Y ¡ay si aún este faro, no digamos se extinguiese, lo cual es imposible por las promesas infalibles sobre que está cimentado, pero si se le impidiera difundir profusamente sus benéficos rayos! Bien vemos con nuestros propios ojos a dónde ha conducido al mundo el haber rechazado, en su soberbia, la revelación divina y el haber seguido, aunque sea bajo el especioso nombre de ciencia, falsas teorías filosóficas y morales. Y si, puestos en la pendiente del error y del vicio, no hemos llegado todavía a más hondo abismo, se debe a los rayos de la verdad cristiana que, a pesar de todo, no dejan de seguir difundidos por el mundo. (Pío XI. Encíclica Ad catholici sacerdotii, n. 19, 20 de diciembre de 1935)

Código de Derecho Canónico

La Iglesia tiene el deber de proclamar los principios morales

La Iglesia, a la cual Cristo Nuestro Señor encomendó el depósito de la fe, para que, con la asistencia del Espíritu Santo, custodiase santamente la verdad revelada, profundizase en ella y la anunciase y expusiese fielmente, tiene el deber y el derecho originario, independiente de cualquier poder humano, de predicar el Evangelio a todas las gentes, utilizando incluso sus propios medios de comunicación social. Compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas. (Código de Derecho Canónico, c. 747, §1-2)

II – ¿Se debe omitir la verdad en nombre de la caridad?

Pío XI

Un amor que renuncia a defender la verdad es traición a Dios

Este amor, que es la armadura indispensable al apóstol, especialmente en el mundo presente, agitado y trastornado, Nos lo deseamos y lo imploramos de Dios para vosotros en medida copiosa. […] Por lo demás, este amor inteligente y misericordioso para con los descarriados y para con los mismos que os ultrajan no significa, ni en manera alguna puede significar, renuncia a proclamar, a hacer valer y a defender con valentía la verdad, y a aplicarla a la realidad que os rodea. El primero y más obvio don amoroso del sacerdote al mundo es servirle la verdad, la verdad toda entera; desenmascarar y refutar el error, cualquiera que sea su forma o su disfraz. La renuncia a esto sería no solamente una traición a Dios y a vuestra santa vocación, sino un delito en lo tocante al verdadero bienestar de vuestro pueblo y de vuestra patria. (Pío XI. Encíclica Mit Brennender Sorge, n. 44, 14 de marzo de 1937)

Benedicto XVI

Hay que anunciar la voluntad de Dios incluso cuándo es incómoda

Esto es importante: el Apóstol no predica un cristianismo “a la carta”, según sus gustos; no predica un Evangelio según sus ideas teológicas preferidas; no se sustrae al compromiso de anunciar toda la voluntad de Dios, también la voluntad incómoda, incluidos los temas que personalmente no le agradan tanto. Nuestra misión es anunciar toda la voluntad de Dios, en su totalidad y sencillez última. Pero es importante el hecho de que debemos predicar y enseñar —como dice San Pablo—, y proponer realmente toda la voluntad de Dios. (Benedicto XVI. Lectio Divina en el encuentro con los párrocos y sacerdotes de la diócesis de Roma, 10 de marzo de 2011)

Congregación para la Doctrina de la Fe

No se debe callar o comprometer la verdad en nombre de la caridad

[…] Se debe además subrayar que los recientes documentos de la Iglesia unen de modo equilibrado las exigencias de la verdad con las de la caridad. Si en el pasado a veces la caridad quizá no resplandecía suficientemente al presentar la verdad, hoy en día, en cambio, el gran peligro es callar o comprometer la verdad en nombre de la caridad. La palabra de la verdad puede, ciertamente, doler y ser incómoda; pero es el camino hacia la curación, hacia la paz y hacia la libertad interior. Una pastoral que quiera auténticamente ayudar a la persona debe apoyarse siempre en la verdad. Sólo lo que es verdadero puede, en definitiva, ser pastoral. (Congregación para la Doctrina de la Fe. A propósito de algunas objeciones contra la doctrina de la Iglesia sobre de la recepción de la Comunión eucarística por parte de los fieles divorciados y vueltos a casar, n. 5, 1 de enero de 1998)

Pío X

La verdad es única y no puede doblegarse a los tiempos

Cuanto se equivocan los que estiman que serán más dignos de la Iglesia y trabajarán con más fruto para la salvación eterna de los hombres si, movidos por una prudencia humana, […] movidos por la vana esperanza de que así pueden ayudar mejor a los equivocados, cuando en realidad los hacen compañeros de su propio descarrío. Pero la verdad es única y no puede dividirse; permanece eterna, sin doblegarse a los tiempos: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre (Heb 13, 8). También se equivocan por completo los que, dedicándose a hacer el bien, sobre todo en los problemas del pueblo, se preocupan mucho del alimento y del cuidado del cuerpo, y silencian la salvación del alma y las gravísimas obligaciones de la fe cristiana. Tampoco les importa ocultar, como con un velo, algunos de los principales preceptos evangélicos, temiendo que se les haga menos caso, e incluso se les abandone. (Pío X. Encíclica Iucunda sane, n. 25-26, 12 de marzo de 1904)

Hace daño a los hermanos quien se queda sólo en palabras complacientes

Otra manera de hacer daño es la de quienes hablan de las cosas de la religión como si hubiesen de ser medidas según los cánones y las conveniencias de esta vida que pasa, dando al olvido la vida eterna futura: hablan brillantemente de los beneficios que la religión cristiana ha aportado a la humanidad, pero silencian las obligaciones que impone; pregonan la caridad de Jesucristo nuestro Salvador, pero nada dicen de la justicia. El fruto que esta predicación produce es exiguo, ya que, después de oírla, cualquier profano llega a persuadirse de que, sin necesidad de cambiar de vida, él es un buen cristiano con tal de decir: “Creo en Jesucristo”. ¿Qué clase de fruto quieren obtener estos predicadores? No tienen ciertamente ningún otro propósito más que el de buscar por todos los medios ganarse adeptos halagándoles los oídos, con tal de ver el templo lleno a rebosar, no les importa que las almas queden vacías. Por eso es por lo que ni mencionan el pecado, los novísimos, ni ninguna otra cosa importante, sino que se quedan solo en palabras complacientes, con una elocuencia más propia de un arenga profana que de un sermón apostólico y sagrado, para conseguir el clamor y el aplauso; contra estos oradores escribía San Jerónimo: “Cuando enseñes en la Iglesia, debes provocar no el clamor del pueblo, sino su compunción: las lágrimas de quienes te oigan deben ser tu alabanza”. (Pío X. Motu proprio Sacrorum antistitum, 1 de septiembre de 1910)

Tolerar el error no es caridad

La doctrina católica nos enseña que el primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las opiniones erróneas, por muy sinceras que sean, ni en la indiferencia teórica o practica ante el error o el vicio en que vemos caídos a nuestros hermanos, sino en el celo por su mejoramiento intelectual y moral no menos que en el celo por su bienestar material. (Pío X. Encíclica Notre charge apostolique, n. 22, 23 de agosto de 1910)

Jesús no respetó las convicciones erróneas de los pecadores

Porque, si Jesús ha sido bueno para los extraviados y los pecadores, no ha respetado sus convicciones erróneas, por muy sinceras que pareciesen; los ha amado a todos para instruirlos, convertirlos y salvarlos. Si ha llamado hacia sí, para aliviarlos, a los que padecen y sufren, no ha sido para predicarles el celo por una del igualdad quimérica. Si ha levantado a los humildes, no ha sido para inspirarles el sentimiento de una dignidad independiente y rebelde a la obediencia. Si su corazón desbordaba mansedumbre para las almas de buena voluntad, ha sabido igualmente armarse de una santa indignación contra los profanadores de la casa de Dios, contra los miserables que escandalizan a los pequeños, contra las autoridades que agobian al pueblo bajo el peso de onerosas cargas sin poner en ellas ni un dedo para aliviarlas. Ha sido tan enérgico como dulce; ha reprendido, amenazado, castigado, sabiendo y enseñándonos que con frecuencia el temor es el comienzo de la sabiduría y que conviene a veces cortar un miembro para salvar al cuerpo. (Pío X. Encíclica Notre charge apostolique, n. 38, 15 de Agosto de 1910)

San Ireneo de Lyon

Los Apóstoles no buscaron agradar a los hombres, sino manifestar la verdad

Los Apóstoles, enviados a buscar a los errantes, a devolver la vista a los ciegos y a llevar la salud a los enfermos, ciertamente no les hablaban según la opinión del momento, sino manifestando la verdad. Pues sí, cuando unos ciegos estuvieran a punto de caer en el precipicio, un hombre cualquiera los indujera a continuar por tan peligroso camino como si fuese el correcto y los llevara hasta su término, ciertamente no obraría con rectitud. ¿Qué médico, si quiere curar al enfermo, le da la medicina que a éste le gusta y no la adecuada para devolverle la salud? Y que el Señor vino como médico de los enfermos, él mismo lo dijo: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. No vine a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se arrepientan” (Lc 5, 31-32, Mt 9,12-13). ¿Cómo se aliviarán estos enfermos? ¿Y cómo se arrepentirán los pecadores? ¿Acaso manteniéndose en su estado? ¿No será más bien por un cambio a fondo y alejándose de su anterior modo de vivir en la transgresión, que provocó en ellos esa grave enfermedad y tantos pecados? (San Ireneo de Lyon. Contra los herejes, lib. 3, cap. 5, n. 2)

Juan XXIII

“Veritas Domini manet in aeternum”

Estamos viviendo entre dos concepciones de la convivencia humana. De un lado, la realidad del mundo buscada, ansiada y actuada tal cual está en el designio de Dios. Por otro —no tememos repetirlo— la falsificación de esa misma realidad, facilitada por la técnica y el artificio humano, moderno y modernísimo. Ante el cuádruple ideal de pensar, honrar, decir y obrar la verdad y el espectáculo cotidiano de la traición manifiesta o encubierta de este ideal, el corazón no logra dominar su angustia y nuestra voz tiembla. A pesar de todo y de todos, veritas Domini manet in aeternum, la verdad del Señor permanece eternamente (Sal 116, 2), y quiere resplandecer cada vez más ante los ojos y ser escuchada por los corazones. En muchos se ha difundido un poco la sensación de que las horas por que atraviesa el mundo son tremendas. […] Y no obstante las voces clamorosas o astutas de los más violentos, estamos bien seguros que la victoria espiritual será de Jesucristo qui pendet a ligno. (Juan XXIII. Radiomensaje de Navidad, 22 de diciembre de 1960)

Juan Pablo II

La verdad encierra la fuerza para atraer el corazón humano

Los sucesores de los Apóstoles jamás deberían tener miedo de proclamar la verdad plena sobre Jesucristo, con toda su realidad y sus exigencias estimulantes, puesto que la verdad encierra en sí la fuerza para atraer el corazón humano hacia todo lo que es bueno, noble y hermoso. (Juan Pablo II. Discurso a los miembros de la conferencia episcopal de Corea en visita ad limina apostolorum, n. 2, 24 de marzo de 2001)

III – El temor, la severidad y las amenazas son medios de salvación

Sagradas Escrituras

Hay que hablar de lo que es conforme a la sana doctrina, exhortar y reprender con toda autoridad

Debe mostrar adhesión al mensaje de la fe de acuerdo con la enseñanza, para que sea capaz tanto de orientar en la sana doctrina como de rebatir a los que sostienen la contraria. Porque hay mucho insubordinado, charlatán y embaucador, sobre todo entre los de la circuncisión, a los cuales se debe tapar la boca, pues revuelven familias enteras, enseñando lo que no se debe […]. Repréndelos con severidad para que se mantengan sanos en la fe y no presten atención a fábulas judías ni a preceptos de hombres que viven de espaldas a la verdad. […] Habla de lo que es conforme a la sana doctrina. […] Pues se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, llevemos ya desde ahora una vida sobria, justa y piadosa. […] De esto es de lo que has de hablar. Exhorta y reprende con toda autoridad. (Tit 1, 9-11; 2, 1.11-13)

Benedicto XVI

La reprensión cristiana también es animada por el amor y la misericordia

Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. Sin embargo, lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación; lo que la mueve es siempre el amor y la misericordia, y brota de la verdadera solicitud por el bien del hermano. (Benedicto XVI. Mensaje para la cuaresma de 2012, n. 1, 3 de noviembre de 2011)

Santo Tomás de Aquino

Los mal dispuestos han de ser conducidos por la fuerza y el miedo

El hombre tiene por naturaleza una cierta disposición para la virtud; pero la perfección de esta virtud no la puede alcanzar sino merced a la disciplina. Es lo que pasa con las necesidades primarias, tales como las del alimento y el vestido, a las que el hombre ha de subvenir con su personal industria. Pues aunque la naturaleza le dotó para ello de los primeros medios, que son la razón y las manos, no le dio el trabajo ya hecho, como a los demás animales, bien surtidos por naturaleza de abrigo y comida. Ahora bien, no es fácil que cada uno de los individuos humanos se baste a sí mismo para imponerse aquella disciplina. Porque la perfección de la virtud consiste ante todo en retraer al hombre de los placeres indebidos, a los que se siente más inclinado, particularmente en la edad juvenil en que la disciplina es también más eficaz. De ahí que esta disciplina conducente a la virtud ha de serle impuesta al hombre por los demás. Pero con cierta diferencia. Porque para los jóvenes que, por su buena disposición, por la costumbre adquirida o, sobre todo, por un don divino, son inclinados a las obras de virtud, basta la disciplina paterna, que se ejerce mediante admoniciones. Mas como hay también individuos rebeldes y propensos al vicio, a los que no es fácil persuadir con palabras, a éstos era necesario retraerlos del mal mediante la fuerza y el miedo, para que así, desistiendo, cuando menos, de cometer sus desmanes, dejasen en paz a los demás, y ellos mismos, acostumbrándose a esto, acabaran haciendo voluntariamente lo que antes hacían por miedo al castigo, llegando así a hacerse virtuosos. […] A los hombres bien dispuestos se les induce más eficazmente a la virtud recurriendo a la libre persuasión que a la coacción. Pero entre los mal dispuestos hay quienes sólo por la coacción pueden ser conducidos a la virtud. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 95, a. 1)

Orígenes

El temor y la esperanza son medios para mejorar al género humano

Seguidamente, sin aducir, como de costumbre, prueba ni demostración alguna, nos imagina como unos charlatanes que habláramos impía y sacrílegamente de Dios, y dice: “Es, pues, patente que no charlatanean estas cosas acerca de Dios con la santidad y reverencia debida”. Y cree que lo hacemos así para espantar al vulgo y que no decimos la verdad al hablar de los castigos necesarios para los que hubieren pecado. De ahí que nos compare con los que “en los cultos de Baco, introducen fantasmas y terrores”. Ahora bien, si en los cultos o iniciaciones báquicas hay alguna razón plausible o no hay tal, a los griegos cumple decirlo y a ellos oigan Celso y sus cofrades. Nosotros, respecto de nuestra religión, nos defenderemos diciendo que nuestro intento es mejorar al género humano, y para este fin nos valemos, ora de amenazas de castigos que creemos ser necesarios en general y, tal vez, no sin provecho para quienes en particular los hayan de sufrir, ora de promesas en favor de los que hubieren vivido bien; promesas que comprenden la bienaventuranza en el reino de Dios para quienes fueren dignos de tenerlo por rey. (Orígenes. Contra Celso, lib. IV, n. 10)

San Juan de Ávila

Dios amenaza al pecador, cumple sus amenazas o las deshace si se arrepiente

Algunas veces manda el Señor decir lo que Él tiene en su alto consejo y eterna voluntad determinado que sea; y aquello vendrá como se dice, sin falta ninguna. De esta manera mandó decir al rey Saúl (1 Sam 15, 23) que le había de desechar, y escoger en su lugar otro mejor. Y también amenazó al sacerdote Helí, y así lo cumplió (1 Sam 3, 13). Y de la misma manera amenazó al rey David que le había de matar el hijo que hubo del adulterio de Bersabé (2 Sam 12, 14); y por mucho que el rey pidió la vida para el niño con oraciones, ayunos y cilicio, no le fue concedido, porque tenía Dios determinado que el niño muriese. Mas otras veces manda decir, no lo que Él tiene determinado de hacer, mas lo que hará, si no se enmienda el tal hombre. Y de esta manera envió a decir a la ciudad de Nínive que de ahí en cuarenta días seria destruida (Jon 3, 4), y después por la penitencia de ellos revocó esta sentencia: porque Él no tenía determinado de los destruir, pues no lo hizo; mas envióles a decir lo que sus pecados merecían, y lo que les viniera por ellos, si no se enmendaran. Y aunque de fuera parece mudanza decir: Será destruida, y no destruirla, mas en la alta voluntad de Dios no lo es, pues nunca la quiso determinadamente destruir. Que, como dice San Agustín: “Muda Dios la sentencia; mas no muda el consejo”, el cual era de no destruirla, mediante la penitencia, a la cual les quería incitar con el temor de la amenaza. […] De lo cual se saca, […] que así como uno que se arrepiente, torna a deshacer lo que había hecho, así Él deshará la sentencia del castigo que contra el hombre había dado, si él hace penitencia; y deshará el bien que tenía prometido, si el hombre se aparta de Dios. (San Juan de Ávila. Libro espiritual sobre el verso Audi, Filia, et vide, cap. 83)

San Juan Crisóstomo

Imitemos a Jesús amonestando y amenazando

Sabiendo esto nosotros, pongamos todos los medios para convertir a los pecadores y a los tibios, amonestándolos, adoctrinándolos, rogándoles, exhortándolos, aconsejándolos, aun cuando nada aventajemos. Sabía Jesús de antemano que Judas jamás se enmendaría; y sin embargo no cesaba de poner lo que estaba de su parte, amonestándolo, amenazándolo, llamándolo infeliz. (San Juan Crisóstomo. Homilía LXXX sobre el Evangelio de San Mateo)

Pongamos todo nuestro empeño en el cuidado fructuoso de las cosas espirituales

Es cosa absurda que no podamos soportar que en la tarde no haya en toda la casa una lámpara ni una lumbre; y en cambio veamos tranquilos el alma sin doctrina. De aquí provienen muchos pecados: de que no encendemos velozmente la lámpara del alma. De aquí nace el que cada día caigamos. De aquí se origina el que recojamos con la mente muchas cosas, pero al acaso y de pasada; de modo que una vez oída la lectura de la palabra divina, antes de que pongamos los pies fuera del vestíbulo de la iglesia, al punto la echamos de nosotros; y así, apagada la luz, caminamos en tinieblas. Si acaso esto nos ha acontecido anteriormente, que ya no nos suceda en adelante; sino que tengamos constantemente encendida en la mente la lámpara; y más bien procuremos adornar el alma que no el hogar. Porque éste aquí se queda, pero el alma va con nosotros a la otra vida. Por eso debemos poner más cuidado en ella. Pero hay algunos tan necios que adornan sus casas con dorados artesones, y en el piso ponen variados mosaicos, y añaden pinturas de flores y el esplendor de las columnas y otras muchas cosas; y en cambio al alma la abandonan en un estado peor que el de una hospedería deshabitada y llena de lodo, humo y mucho mal olor, y en fin totalmente abandonada. Y todo esto sucede porque la lámpara de la doctrina no permanece constantemente encendida. Por esto mismo desechamos lo que es fructuoso y en cambio nos ocupamos diligentemente de lo que no es de ningún valor. Y lo digo no únicamente para los ricos, sino también para los pobres. Porque éstos muchas veces adornan según sus posibilidades sus casas y en cambio dejan su alma abandonada y descuidada. Por esto, dirijo mi enseñanza a unos y a otros, y los exhorto a que, habiendo hecho a un lado los negocios de este mundo, pongamos todo nuestro empeño en el cuidado fructuoso de las cosas espirituales. (San Juan Crisóstomo. Homilía XXXI segunda pronunciada en la ciudad en honor de los mismos santos mártires)

Sagradas Escrituras

El pueblo de Dios perece por falta de conocimiento

¡Escuchad la palabra del Señor, hijos de Israel! El Señor tiene un proceso contra los habitantes del país, porque falta fidelidad y falta amor, falta el conocimiento de Dios en el país. Se multiplican juramento y mentira, asesinato, robo y adulterio, y el crimen limita con el crimen. […] Pero que nadie acuse, nadie critique. ¡Contra ti va mi pleito, sacerdote! Tropiezas de día, y también tropieza el profeta contigo de noche. […] Perece mi pueblo por falta de conocimiento. Ya que tú rechazaste el conocimiento, yo te rechazo de mi sacerdocio; ya que olvidaste la enseñanza de tu Dios, también yo me olvido de tus hijos. Cuantos más eran, más pecaban contra mí, cambiaré su gloria en ignominia. Se alimentan del pecado de mi pueblo, ansían el fruto de su pecado. ¡Como el pueblo, así el sacerdote! Le pediré cuentas de sus andanzas, le retribuiré según sus obras: comerán, pero no se saciarán. (Os 4, 1-2.4-10)


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