65 – Si alguno no puede rezar, porque no cree o su conciencia no lo permite, mándeme buena onda

A nadie le resulta raro que, en determinadas circunstancias o ambientes, se hagan bromas a propósito de los más variados asuntos. Es un recurso para hacer más agradables las relaciones humanas, siempre que se haga con equilibrio y respeto. En ese sentido, cualquiera es capaz de comprender que ciertos ambientes o situaciones no permiten una expresión graciosa, y aún más cuando la posición de quien la dice es más elevada. Por ejemplo, ¿qué se pensaría de un jefe de Estado que contara un chiste al dirigir unas palabras en la capilla ardiente de una víctima del terrorismo?

Pues bien, tan alta es la dignidad del Vicario de Jesucristo que su misión siempre ha estado rodeada de un alto grado de solemnidad, incluso en las ocasiones que se dirían más informales.

Por eso, varios lectores nos escribieron un poco sorprendidos con las palabras de Francisco que analizaremos en esta entrada, dichas en un ambiente acaso restringido, informal y despreocupado, pero que terminan recayendo sobre un tema bastante serio, y en un mundo en el que nada queda desconocido, tal la expansión que a cualquier cosa dan los modernos medios de comunicación, especialmente hablando con periodistas. En fin, cabe preguntarse qué grado de conciencia podemos encontrar en el sentido más profundo de esas palabras considerando que, en los últimos años, entre los pastores celosos ha causado tanta preocupación la gran expansión que vienen alcanzando ciertas formas de religiosidad. Quién somos nosotros para juzgar… pero por lo menos sí se puede esperar un poco más de circunspección en las palabras de aquel que debe ser el guía de todos los católicos. Sobretodo, esperamos que aquí no se realice el sentido del dicho popular: “Entre broma y broma, la verdad asoma”.

Francisco

Cita ACita B

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

I – New Age, una secta que aleja de la fe y de la doctrina cristiana
II – La dignidad del Papa no permite jocosidades inconvenientes

I – New Age, una secta que aleja de la fe y de la doctrina cristiana

Juan Pablo II

Una nueva cultura con un agnosticismo religioso cada vez más difuso

Asistimos al nacimiento de una nueva cultura, influenciada en gran parte por los medios de comunicación social, con características y contenidos que a menudo contrastan con el Evangelio y con la dignidad de la persona humana. De esta cultura forma parte también un agnosticismo religioso cada vez más difuso, vinculado a un relativismo moral y jurídico más profundo, que hunde sus raíces en la pérdida de la verdad del hombre como fundamento de los derechos inalienables de cada uno. Los signos de la falta de esperanza se manifiestan a veces en las formas preocupantes de lo que se puede llamar una “cultura de muerte”. […] Frecuentemente, quien tiene necesidad de esperanza piensa poder saciarla con realidades efímeras y frágiles. De este modo la esperanza, reducida al ámbito intramundano cerrado a la trascendencia, se contenta, por ejemplo, con el paraíso prometido por la ciencia y la técnica, con las diversas formas de mesianismo, con la felicidad de tipo hedonista, lograda a través del consumismo o aquella ilusoria y artificial de las sustancias estupefacientes, con ciertas modalidades del milenarismo, con el atractivo de las filosofías orientales, con la búsqueda de formas esotéricas de espiritualidad o con las diferentes corrientes de New Age. Sin embargo, todo esto se demuestra sumamente ilusorio e incapaz de satisfacer la sed de felicidad que el corazón del hombre continúa sintiendo dentro de sí. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Post-Sinodal Ecclesia in Europa, n. 9-10, 28 de junio de 2003)

Sínodo de los Obispos

Entre los grupos de sectas, se encuentra la New Age que impregna silenciosamente la cultura contemporánea

Además de los grupos identificados genéricamente como nuevos movimientos religiosos y sectas, se señala en las respuestas la existencia de una corriente de pensamiento conocida bajo el nombre de New Age, que se extiende aceleradamente en todo el ámbito geográfico del Continente y que tiene, además, proporciones de fenómeno mundial. Esta corriente partiendo de un relativismo propone la superación de la problemática de la persona como sujeto, a través del retorno extático a una suerte de la danza cósmica, mientras ofrece al mismo tiempo un modelo totalmente antiracionalista de la religión, una mística moderna, según la cual Dios no es una persona que está frente al mundo, sino la energía espiritual que invade el Todo. En esta perspectiva, es simplemente inconcebible un encuentro personal con Dios y, mucho más incomprensible aún, el misterio de la encarnación del Hijo de Dios. De ahí que las respuestas expresen una seria preocupación frente al fenómeno de la New Age, que afecta negativamente la identidad religiosa de América, y más específicamente la fe cristiana y católica. No se trata de un “enemigo” cuyo rostro puede verse con claridad, pues no es un movimiento religioso o una secta que se presenta con un perfil nítido y delineado, sino que se trata de una modalidad de pensamiento que se difunde como corriente intelectual y espiritual, que impregna silenciosamente la cultura contemporánea en muchas de sus expresiones. (Sínodo de los Obispos. Asamblea especial para América, Instrumentum Laboris, n. 47, 1 de septiembre de 1997)

Pontificio Consejo de la Cultura y Pontificio Consejo para el Dialogo Interreligioso

La concepción de la materia como ondas o energías es central en el pensamiento de la Nueva Era. Dios no es más que una vibración de energía.

El paso del modelo mecanicista de la física clásica al “holístico” de la moderna física atómica y subatómica, basado en la concepción de la materia como ondas o cuantos de energía en lugar de partículas, es central para el pensamiento de la Nueva Era. El universo es un océano de energía que constituye un todo único o entramado de vínculos. La energía que anima al organismo único del universo es el “espíritu”. No hay alteridad entre Dios y el mundo. El mundo mismo es divino y está sometido a un proceso evolutivo que lleva de la materia inerte a una “conciencia superior y perfecta”. El mundo es increado, eterno y autosuficiente. El futuro del mundo se basa en un dinamismo interno, necesariamente positivo, que conduce a la unidad reconciliada (divina) de todo cuanto existe. Dios y mundo, alma y cuerpo, inteligencia y sentimiento, cielo y tierra son una única e inmensa vibración de energía. (Pontificio Consejo de la Cultura y Pontificio Consejo para el Dialogo Interreligioso. Una reflexión cristiana sobre la Nueva Era, n. 2, 3 de febrero de 2003)


Necesidad de personas que sepan orientar sobre los peligros de la Nueva Era

No pocos grupos de la Nueva Era aprovechan cualquier oportunidad para exponer su filosofía y sus actividades. Convendría abordar con cuidado los encuentros con este tipo de grupos, incluyendo siempre personas capaces tanto de explicar la fe y la espiritualidad católicas, como de reflexionar críticamente sobre el pensamiento y las prácticas de la Nueva Era. Es sumamente importante comprobar las credenciales de las personas, grupos e instituciones que pretenden ofrecer orientación e información sobre la Nueva Era. (Pontificio Consejo de la Cultura y Pontificio Consejo para el Dialogo Interreligioso. Una reflexión cristiana sobre la “Nueva Era”, n. 4, 3 de febrero de 2003)

Peligro de los llamados “grupos de oración” de la Nueva Era: gradualmente atraen para un culto falso

 

Algunos grupos locales de la Nueva Era califican sus encuentros como “grupos de oración”. Quienes sean invitados a dichos grupos deben buscar los signos de una espiritualidad auténticamente cristiana y comprobar que no haya ceremonias de iniciación de ningún tipo. Tales grupos se aprovechan de la falta de preparación teológica o espiritual de las personas para atraerlas gradualmente a lo que en realidad puede ser una forma de culto falso. Hay que educar a los cristianos respecto al verdadero objeto y contenido de la oración —dirigida al Padre, por medio de Jesucristo, en el Espíritu Santo—, para juzgar rectamente la intención de un “grupo de oración”. (Pontificio Consejo de la Cultura y Pontificio Consejo para el Dialogo Interreligioso. Una reflexión cristiana sobre la “Nueva Era”, n. 4, 3 de febrero de 2003)

XLVIII Congreso Eucarístico Internacional

La New Age constituye una amenaza para la piedad eucarística

Existe otra amenaza para la piedad eucarística. Deriva del carácter anti-sacramental de los grupos fundamentalistas protestantes y de las sectas que, desafortunadamente, se han abierto camino entre los pueblos de América. Mientras que algunas de ellas se adhieren únicamente a la creencia en Cristo como Señor y Salvador y a una interpretación personal de la Sagrada Escritura, otras sectas están formadas por cristianos más o menos heterodoxos o son espiritualismos completamente New Age. Sólo una profunda catequesis acerca de la Eucaristía puede ser un remedio para la erosión que estos grupos efectúan en la fe de nuestro pueblo católico. (Simposio teológico-pastoral del XLVIII Congreso Eucarístico Internacional, n. 2, 6 de octubre de 2004)

Juan Pablo II

Existe una tendencia de nivelar las varias religiones y experiencias espirituales, presentándolas como caminos de salvación

 

Sabéis bien que, en la base de esta difusión [de las sectas], hay también muchas veces una gran falta de formación religiosa con la consiguiente indecisión acerca de la necesidad de la fe en Cristo y de la adhesión a la Iglesia instituida por él. Se tiende a presentar las religiones y las varias experiencias espirituales como niveladas en un mínimo común denominador, que las haría prácticamente equivalentes, con el resultado de que toda persona sería libre de recorrer indiferentemente uno de los muchos caminos propuestos para alcanzar la salvación deseada. Si a esto se suma el proselitismo audaz, que caracteriza a algún grupo particularmente activo e invasor de estas sectas, se comprende de inmediato cuán urgente es hoy sostener la fe de los cristianos, dándoles la posibilidad de una formación religiosa permanente, para profundizar cada vez mejor su relación personal con Cristo. Debéis esforzaros principalmente por prevenir ese peligro, consolidando en los fieles la práctica de la vida cristiana y favoreciendo el crecimiento del espíritu de auténtica fraternidad en el seno de cada una de las comunidades eclesiales. (Juan Pablo II. Discurso al undécimo grupo de Obispos de Brasil en visita “ad limina”, n. 2, 23 de marzo de 2003)

Sínodo de los Obispos

El sincretismo de las creencias populares lleva a las sectas, el relativismo moral y la pérdida del sentido de Dios

En la religiosidad de los pueblos de América no faltan, a veces, elementos ajenos al cristianismo que, en ocasiones, llegan a formar una suerte de sincretismo construido sobre la base de creencias populares, o que en otros casos desorientan a los creyentes desviándolos hacia sectas o movimientos pararreligiosos. […] Por otra parte, se constata en el aspecto religioso una mentalidad secularista que va llevando, poco a poco, a las personas hacia el relativismo moral y hacia el indiferentismo religioso. […] El progresivo indiferentismo religioso lleva a la pérdida del sentido de Dios y de su santidad, lo cual a su vez se traduce en una pérdida del sentido de lo sacro, del misterio y de la capacidad de admirarse, como disposiciones humanas que predisponen al diálogo y al encuentro con Dios. Tal indiferentismo lleva casi inevitablemente a una falsa autonomía moral y a un estilo de vida secularista que excluye a Dios. (Sínodo de los Obispos. Asamblea especial para América. Lineamenta, n. 18-19, 1 de agosto de 1996)

Congregación para el Clero

Título del spoiler

En un clima de relativismo religioso y cultural, y a veces también a causa de la conducta no recta de los cristianos, proliferan hoy “nuevos movimientos religiosos”, llamados también sectas o cultos, con multitud de nombres y de tendencias, difíciles de clasificar de modo orgánico y preciso. En la medida que es posible, cabe distinguir movimientos de matriz cristiana, otros derivados de religiones orientales y otros vinculados a tradiciones esotéricas. La razón de la preocupación estriba en que sus doctrinas y prácticas de vida se alejan de los contenidos de la fe cristiana. (Congregación para el Clero. Directorio General para la Catequesis, cap. IV, n. 201, 17 de abril de 1998)

Sínodo de los Obispos

Las sectas minan la unidad religiosa de los católicos

En efecto, las sectas religiosas y movimientos pseudo-espirituales están minando la unidad religiosa y cultural del pueblo católico en América, haciendo uso de abundantes recursos económicos y técnicas a través de un proselitismo, muchas veces manipulador de las conciencias. En América Latina tales sectas con frecuencia atacan la misma identidad nacional, íntimamente ligada a la fe católica. Este es otro desafío para la Iglesia en América en el campo de la formación religiosa. (Sínodo de los Obispos. Asamblea especial para América, Lineamenta, n. 61, 1 de agosto de 1996)

Predicación agresiva de las sectas contra la Iglesia Católica

 

En general, los movimientos religiosos y las sectas predican agresivamente contra la Iglesia Católica. Además orientan sus campañas proselitistas hacia los marginados de la sociedad, hacia los inmigrantes, hacia los presos en las cárceles, hacia los enfermos en los hospitales y en general hacia todos los que viven en las zonas periféricas de las grandes ciudades, donde la presencia de la Iglesia Católica, a veces, no es consistente. Algunos propagadores de estas sectas interpretan la Biblia en modo fundamentalista, dando concisas respuestas a gente que se encuentra en situaciones de gran incertidumbre, organizan grupos para el estudio de las Escrituras y también pronuncian discursos en las plazas e invitan a participar en los propios lugares de culto. Frecuentemente, las sectas apelan a la emotividad y a la sensibilidad superficial para desarrollar su acción propagandística. En muchos grupos coordinados por estos movimientos se reza por la curación física de los enfermos y se distribuyen limosnas para conquistar a la gente. Atraídos por estas motivaciones muchos católicos han abandonado la práctica de la propia fe para pasar a nuevos movimientos religiosos y sectas en estos últimos años. (Sínodo de los Obispos. Asamblea especial para América, n. 46, 1 de septiembre de 1997)

Juan Pablo II

El patrimonio cristiano corre riesgo bajo la difusión de las sectas

En otras regiones o naciones todavía se conservan muy vivas las tradiciones de piedad y de religiosidad popular cristiana; pero este patrimonio moral y espiritual corre hoy el riesgo de ser desperdigado bajo el impacto de múltiples procesos, entre los que destacan la secularización y la difusión de las sectas. Sólo una nueva evangelización puede asegurar el crecimiento de una fe límpida y profunda, capaz de hacer de estas tradiciones una fuerza de auténtica libertad. Ciertamente urge en todas partes rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana. Pero la condición es que se rehaga la cristiana trabazón de las mismas comunidades eclesiales que viven en estos países o naciones. Los fieles laicos —debido a su participación en el oficio profético de Cristo— están plenamente implicados en esta tarea de la Iglesia. En concreto, les corresponde testificar cómo la fe cristiana —más o menos conscientemente percibida e invocada por todos— constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Christifideles Laici, n. 34, 30 de diciembre de 1988)

Sínodo para los Obispos

Sugerencias para responder al desafío que constituye la New Age

 

Varias son las sugerencias para responder al desafío que constituyen los movimientos religiosos, las sectas y demás tendencias como la New Age. En la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano se propusieron una serie de medidas concretas, que ya comenzaron, de algún modo, a ponerse en práctica en varias partes del Continente: mejoramiento de la formación a través de la catequesis; mayor atención a las celebraciones litúrgicas sobre todo en la preparación de la homilía; más colaboración entre sacerdotes y laicos para una evangelización más personalizada (especialmente en el ámbito de la familia y de la juventud); purificación y promoción de la piedad popular; afianzamiento de la identidad de la Iglesia cultivando aspectos que le son característicos (devoción a la Eucaristía y a la Virgen, comunión con el Romano Pontífice y con el propio Obispo), etc. En general, se constata que existe un consenso unánime acerca de la oportunidad de fortalecer las comunidades católicas en todos los niveles renovando las estructuras de comunión y misión, así como también manteniendo viva la fe en Jesucristo a través de la meditación y reflexión de la Palabra de Dios, de la oración (personal y comunitaria), de la práctica de los sacramentos (sobre todo de la Eucaristía) y de la renovación de la piedad popular. Un eficaz instrumento en la superación de estos desafíos es la colaboración de los Pastores entre sí (a nivel de Conferencias Episcopales y de encuentros regionales de los Arzobispos Metropolitanos con los respectivos Obispos sufragáneos) para poder desarrollar una pastoral orgánica sobre el tema, que se traduzca en acciones conjuntas efectivas. (Sínodo de los Obispos. Asamblea especial para América, n. 48, 1 de septiembre de 1997)

Pontificio Consejo de la Cultura y Pontificio Consejo para el Dialogo Interreligioso

Es necesario alertar contra los que crean confusión situando la religiosidad de la Nueva Era al mismo nivel que la fe cristiana

En un ambiente cultural marcado por el relativismo religioso, es necesario alertar contra los intentos de situar la religiosidad de la Nueva Era al mismo nivel que la fe cristiana, haciendo que la diferencia entre fe y creencia parezca relativa y creando mayor confusión entre los desprevenidos. En este sentido, resulta útil a exhortación de San Pablo: “avisar a algunos que no enseñen doctrinas extrañas, ni se dediquen a fábulas y genealogías interminables, que son más a propósito para promover disputas que para realizar el plan de Dios, fundado en la fe” (1 Tim 1, 3-4). […] Es por ello necesario identificar con precisión los elementos que pertenecen al movimiento Nueva Era, que no pueden ser aceptados por quienes son fieles a Cristo y a su Iglesia. (Pontificio Consejo de la Cultura y Pontificio Consejo para el Dialogo Interreligioso. Una reflexión cristiana sobre la Nueva Era, n. 4, 3 de febrero de 2003)

Sínodo de los Obispos

En un mundo donde pululan las sectas, maestros y gurús, hay que recordar a todos que solo hay salvación en el nombre de Jesús

Como en el areópago de Atenas o en el foro romano en tiempos de San Pablo, también hoy abundan ídolos y divinidades, pululan maestros, gurús, sectas, movimientos esotéricos y gnosis globales, que ofrecen proyectos de felicidad y utopías de salvación a los hombres de la época presente. Ante estas realidades es fundamental recordar a todos, una y otra vez, que “no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (cf. Hch 4, 12) sino sólo el Nombre de Jesús de Nazaret. La salvación que propone este camino es radical y universal, pues perdona y borra los pecados a todo aquel que la reciba con corazón sincero. (Sínodo de los Obispos. Asamblea especial para América, Lineamenta, n. 10-11, 1 de agosto de 1996)

II – La dignidad del Papa no permite jocosidades inconvenientes

Pablo VI

Atención debida del Vicario de Cristo a la dignidad y a la precisión del lenguaje

El Sucesor de Pedro, por voluntad de Cristo, está encargado del ministerio preeminente de enseñar la verdad revelada. El Nuevo Testamento presenta frecuentemente a Pedro “lleno del Espíritu Santo”, tomando la palabra en nombre de todos. Por eso mismo San León Magno habla de él como de aquel que ha merecido el primado del apostolado. Por la misma razón la voz de la Iglesia presenta al Papa “en el culmen —in apice, in specula—, del apostolado”. El Concilio Vaticano II ha querido subrayarlo, declarando que “el mandato de Cristo de predicar el Evangelio a toda criatura se refiere ante todo e inmediatamente a los obispos con Pedro y bajo la guía de Pedro”. La potestad plena, suprema y universal que Cristo ha confiado a su Vicario para el gobierno pastoral de su Iglesia, consiste por tanto especialmente en la actividad, que ejerce el Papa, de predicar y de hacer predicar la Buena Nueva de la salvación. […] Animados por la convicción, cada vez mayor, de la grandeza y riqueza de la palabra de Dios, quienes tienen la misión de transmitirla deben prestar gran atención a la dignidad, a la precisión y a la adaptación del lenguaje. (Pablo VI. Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, n. 67; 73, 8 de diciembre de 1975)

San Bernardo

En la boca del sacerdote se busca la doctrina, no los chistes graciosos

Entre seglares, las palabras maliciosas no pasan de ser palabras maliciosas; en boca del sacerdote son blasfemias. […] Consagraste tu boca al Evangelio; no es lícito abrirla maliciosamente. Acostumbrarse a ello es sacrilegio. Los labios del sacerdote han de guardar el saber y en su boca se busca la doctrina, no la picaresca y el chisme. Es insuficiente desterrar de los labios las palabras maliciosas, que suelen justificarse como chistes graciosos; también hay que cerrarlas el oído. Es vergonzoso que provoquen tus carcajadas. Pero más vergonzoso aún que las provoques en los otros. (San Bernardo. Tratado de la consideración al Papa Eugenio, cap. XXII)

Juan Pablo II

San Gregorio Magno y la conciencia de la dignidad del Papado: debe responder de lo que hace ante los hombres y ante Dios

“Servus servorum Dei”: es sabido que este título, escogido por él [Gregorio Magno] desde que era diácono y usado en muchas de sus cartas, se convirtió a continuación en un título tradicional y casi una definición de la persona del Obispo de Roma. Y también es cierto que por sincera humildad él lo hizo lema de su ministerio y que, precisamente por razón de su función universal en la Iglesia de Cristo, siempre se consideró y se mostró como el máximo y primer siervo, siervo de los siervos de Dios, siervo de todos a ejemplo de Cristo mismo, quien había afirmado explícitamente que “no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20, 28). Profundísima fue, por tanto, la conciencia de la dignidad del Papado, que aceptó con gran temor tras haber intentado en vano evitarla permaneciendo escondido; pero, al mismo tiempo, fue clarísima la conciencia de su deber de servir, pues estaba convencido de que toda autoridad, sobre todo en la Iglesia, es esencialmente un servicio; convicción que trató de infundir a los demás. Esa concepción de su propia función pontificia y, por analogía, de todo ministerio pastoral se resume en la palabra responsabilidad: quien desempeña algún ministerio eclesiástico debe responder de lo que hace no sólo ante los hombres, no sólo ante las almas que le fueron confiadas, sino también y en primer lugar ante Dios y ante su Hijo, en cuyo nombre actúa cada vez que distribuye los tesoros sobrenaturales de la gracia, anuncia las verdades del Evangelio y realiza actividades directivas o de gobierno. (Juan Pablo II. Carta Plurimum Significans, en el XVI centenario de la elevación de San Gregorio Magno al Pontificado, 29 del junio de 1990)


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