109 – Los pobres están en el centro del Evangelio, son el corazón del Evangelio: si quitamos a los pobres del Evangelio no se comprenderá el mensaje completo de Jesucristo

Del corazón brota el amor, del corazón brota la compasión, del corazón fluye la vida. En un hogar, los hijos son la preocupación principal de la familia, pero el corazón es la madre. Sin la madre, ¿qué son los hijos?

En la vida cristiana, también tenemos un corazón que ama, que compadece, que da vida, pero no es un corazón de una madre sino un Divino Corazón: es Jesús. Él mismo es el corazón que vela por sus hijos, que cuida de los pobres, tanto los de bienes materiales como de espirituales. Jesús es el Corazón de la Buena Nueva, que anuncia a todos sin excepción el mensaje de salvación. Es el proprio redentor que nos estimula en el camino de conversión con palabras de compasión: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11, 28). Tenemos cuidado en no atribuir a los hijos, objeto del desvelo de la madre, el corazón, que es de ella. Sin Jesús, ¿que sería de los pobres? El Evangelio es sobre todo el anuncio de Jesús Cristo y su amor por nosotros.

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores
I – El Evangelio es sobre todo Cristo y la Buena Nueva
II – El mensaje de conversión y de salvación es el corazón del Evangelio
III – El mensaje del Evangelio es destinado a todos, ricos y pobres
IV – Los pobres según el Evangelio

I – El Evangelio es sobre todo Cristo y la Buena Nueva

Juan Pablo II

Jesús es el Evangelio

Jesús no sólo anunciaba el Evangelio, sino que Él mismo era el Evangelio. Los que creyeron en Él siguieron la palabra de su predicación, pero mucho más a Aquel que la predicaba. Siguieron a Jesús porque Él ofrecía “palabras de vida”, como confesó Pedro después del discurso que tuvo el Maestro en la sinagoga de Cafarnaúm: “Señor, donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68). Esta identificación de la palabra y la vida, del predicador y el Evangelio predicado, se realiza de manera perfecta sólo en Jesús. He aquí la razón por la que también nosotros creemos y lo seguimos, cuando se nos manifiesta como el “único Maestro” (cf. Mt 23, 8.10). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 9, 20 de marzo de 1988)

La palabra principal del Evangelio es la venida del Hijo del Hombre

¿Cuál es, pues, la palabra principal [del Evangelio]? La hemos leído hace poco: la venida del Hijo del Hombre. La palabra principal del Evangelio no es “la separación”, “la ausencia”, sino “la venida” y “la presencia”. Ni siquiera es la “muerte”, sino la “vida”. El Evangelio es la Buena Noticia, porque pronuncia la verdad sobre la vida en el contexto de la muerte. (Juan Pablo II. Homilía en la parroquia romana de San Leonardo de Porto Mauricio, n. 2, 30 de noviembre de 1980)

Si no hay lugar para Cristo, tampoco hay lugar para el hombre

En toda nuestra planificación no podemos olvidar que Cristo es la Buena Nueva. No tenemos otra cosa que ofrecer que Jesús, el único mediador entre Dios y el hombre (cf. 1 Tim 2, 5). Evangelizar es simplemente permitir que lo vean y lo escuchen, pues sabemos que si no hay lugar para Cristo, tampoco hay lugar para el hombre. (Juan Pablo II. Discurso al consejo para las comunicaciones sociales, 1 de marzo de 2002)

La predicación íntegra de Jesucristo debe ser una prioridad

Para poder anunciar el Evangelio de la esperanza hace falta una sólida fidelidad al Evangelio mismo. Por tanto, la predicación de la Iglesia en todas sus formas, se ha de centrar siempre en la persona de Jesús y debe conducir cada vez más a Él. Es preciso vigilar que se le presente en su integridad: no sólo como modelo ético, sino ante todo como el Hijo de Dios, el Salvador único y necesario para todos, que vive y actúa en su Iglesia. Para que la esperanza sea verdadera e indestructible, la predicación íntegra, clara y renovada de Jesucristo resucitado, de la resurrección y de la vida eterna debe ser una prioridad en la acción pastoral de los próximos años. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Ecclesia in Europa, n. 48, 28 de junio de 2003)

La Iglesia debe predicar la verdad que Dios nos ha dado a conocer

La revelación de Dios se hace definitiva y completa por medio de su Hijo unigénito: ‘Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos’ (Heb 1, 1-2; cf. Jn 14, 6). En esta Palabra definitiva de su revelación, Dios se ha dado a conocer del modo más completo; ha dicho a la humanidad quién es. Esta autorrevelación definitiva de Dios es el motivo fundamental por el que la Iglesia es misionera por naturaleza. Ella no puede dejar de proclamar el Evangelio, es decir, la plenitud de la verdad que Dios nos ha dado a conocer sobre sí mismo. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris misio, n. 5, 7 de diciembre de 1990)

Benedicto XVI

Cristo vive en las Sagradas Escrituras

La Iglesia sabe bien que Cristo vive en las Sagradas Escrituras. Precisamente por eso, como subraya la Constitución, ha tributado siempre a las divinas Escrituras una veneración semejante a la que reserva al Cuerpo mismo del Señor. (Benedicto XVI. Discurso al Congreso internacional en el XL aniversario de la Constitución Dei Verbum, 16 de septiembre de 2005)

Pablo VI

No hay evangelización verdadera sin el anuncio del nombre de Jesús

Y, sin embargo, esto sigue siendo insuficiente, pues el más hermoso testimonio se revelará a la larga impotente si no es esclarecido, justificado —lo que Pedro llamaba dar “razón de vuestra esperanza”—, explicitado por un anuncio claro e inequívoco del Señor Jesús. La Buena Nueva proclamada por el testimonio de vida deberá ser pues, tarde o temprano, proclamada por la palabra de vida. No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 22, 8 de diciembre de 1975)

II – El mensaje de conversión y de salvación es el corazón del Evangelio

Benedicto XVI

El amor de Dios para los hombres es el corazón del Evangelio

La carta a los Hebreos nos ha presentado a Cristo, sumo y eterno sacerdote, exaltado a la gloria del Padre después de haberse ofrecido a sí mismo como único y perfecto sacrificio de la nueva alianza, con el que se llevó a cabo la obra de la Redención. San Agustín fijó su mirada en este misterio y en él encontró la Verdad que tanto buscaba: Jesucristo, el Verbo encarnado, el Cordero inmolado y resucitado, es la revelación del rostro de Dios Amor a todo ser humano en camino por las sendas del tiempo hacia la eternidad.
En un pasaje que se puede considerar paralelo al que se acaba de proclamar de la carta a los Hebreos, el apóstol San Juan escribe: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10). Aquí radica el corazón del Evangelio, el núcleo central del cristianismo. (Benedicto XVI. Homilía en la visita pastoral a Vigévano y Pavía, 22 de abril de 2007)

Juan Pablo II

Evangelio quiere decir Buena Nueva y la Buena Nueva es Jesús

Queridos muchachos y muchachas, os lo digo para anticiparos la entrega de esta Palabra. Os entrego a vosotros, es decir, os “transmito” el Evangelio de San Marcos. Evangelio quiere decir Buena Nueva y la Buena Nueva es Jesús, el Hijo de Dios, que se hizo hombre para salvar al mundo. El corazón del Evangelio es, precisamente, la predicación de Jesús, sus gestos, su muerte y resurrección; es Jesucristo; es el mismo, Jesucristo, Hijo de Dios, muerto y resucitado por todos. (Juan Pablo II. Discurso en el encuentro con los jóvenes de Roma como preparación para a la XII Jornada Mundial de la Juventud, n. 2, 20 de marzo de 1997)

El programa de evangelización del tercer milenio es el mismo de siempre: Cristo

El tema del anuncio del Evangelio predominó en las intervenciones de los Padres sinodales, que en repetidas ocasiones y de varios modos afirmaron cómo el centro vivo del anuncio del Evangelio es Cristo crucificado y resucitado para la salvación de todos los hombres.
En efecto, Cristo es el corazón de la evangelización, cuyo programa se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas, aunque tiene en cuenta el tiempo y la cultura para un verdadero diálogo y una comunicación eficaz. Este programa de siempre es el nuestro para el tercer milenio. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Pastor gregis, n. 27, 16 de octubre de 2003)

El Evangelio es el libro de la vida eterna

En el Nuevo Testamento esta Pascua histórica se ha cumplido en Cristo durante los tres días: del jueves por la tarde a la mañana del domingo. Y significa el paso a través de la muerte hacia la resurrección, y a la vez el éxodo de la esclavitud del pecado a la participación en la vida de Dios mediante la gracia. Cristo dice en el Evangelio de hoy: “Si alguno guardare mi palabra, jamás verá la muerte” (Jn 8, 51). Estas palabras indican al mismo tiempo lo que es el Evangelio. Es el libro de la vida eterna, hacia la que corren los innumerables caminos de la peregrinación terrena del hombre. (Juan Pablo II. Homilía, Celebración de la Pascua con los universitarios de Roma, n, 2, 5 de abril de 1979)

En el centro de la Buena Nueva se halla la persona del Redentor

En el centro de la Buena Nueva que estamos llamados a proclamar se halla el gran misterio de la redención y, en especial, la persona del Redentor. Todos nuestros afanes de Pastores de la Iglesia van dirigidos a conseguir que sea más conocido y amado el Redentor. (Juan Pablo II. Discurso a los Obispos de Sri Lanka en visita “Ad Limina Apostolorum” 28 de abril de 1979)

La Buena Nueva de Cristo indica conversión

¿Cuál es el contenido esencial de la enseñanza de Jesús? Se puede responder con una palabra: el Evangelio, es decir, Buena Nueva. En efecto, Jesús comienza su predicación con estas palabras: “El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 15). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 5, 20 de marzo de 1988)

En lo más íntimo del corazón del Evangelio está la cruz

Sin embargo el Evangelio no agrada siempre a los hombres. […] Pues esta verdad divina, esta buena noticia encierra de hecho una fuerte tensión en su interior. En ella se condensa la oposición entre aquello que viene de Dios y aquello que viene del mundo. Cristo dice: “Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por esto el mundo os aborrece” (Jn 15, 19). Y también: “Sabed que me aborreció a mí primero que a vosotros” (Jn 15, 18).
En lo más íntimo del corazón del Evangelio, de la buena noticia, está impresa la cruz. En ella se entrecruzan las dos grandes corrientes: la una, que partiendo de Dios se dirige hacia el mundo, hacia los hombres que están en el mundo, una corriente de amor y de verdad; la segunda, que discurre a través del mundo: “concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, y orgullo de la vida” (1 Jn 2, 16). Todo esto no viene “del Padre”. (Juan Pablo II. Homilía para las asociaciones y consejos de los laicos, n. 4, 18 de noviembre de 1980)

Pablo VI

El centro de la Buena Nueva es la liberación del pecado

Como núcleo y centro de su Buena Nueva, Jesús anuncia la salvación, ese gran don de Dios que es liberación de todo lo que oprime al hombre, pero que es sobre todo liberación del pecado y del maligno, dentro de la alegría de conocer a Dios y de ser conocido por El, de verlo, de entregarse a Él. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 9, 8 de diciembre de 1975)

Congregación para el Clero

Como núcleo y centro de la Buena Nueva Cristo anuncia la liberación del pecado

El mensaje de Jesús sobre Dios es una buena noticia para la humanidad. Jesús, en efecto, anunció el Reino de Dios: una nueva y definitiva intervención divina, con un poder transformador tan grande, y aún mayor, que el que utilizó en la creación del mundo. En este sentido, como núcleo y centro de la Buena Nueva, Cristo anuncia la salvación: ese gran don de Dios que es liberación de todo lo que oprime al hombre, pero que es sobre todo liberación del pecado y del maligno, dentro de la alegría de conocer a Dios y de ser conocido por El, de verlo, de entregarse a Él. (Congregación para el Clero. Directorio General para la Catequesis, n. 101, 17 de abril de 1988)

Catecismo de la Iglesia Católica

El Misterio Pascual está en el centro de la Buena Nueva

El Misterio Pascual de la cruz y de la resurrección de Cristo está en el centro de la Buena Nueva que los Apóstoles, y la Iglesia a continuación de ellos, deben anunciar al mundo. El designio salvador de Dios se ha cumplido de “una vez por todas” (Hb 9, 26) por la muerte redentora de su Hijo Jesucristo. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 571)

III – El mensaje del Evangelio es destinado a todos, ricos y pobres

Benedicto XVI

El Evangelio transmite un mensaje universal: “Haced discípulos a todos los pueblos”

En efecto, la Iglesia debe verificar constantemente su fidelidad a esta misión. Los tres Evangelios sinópticos destacan distintos aspectos del envío a la misión: la misión se basa ante todo en una experiencia personal: “Vosotros sois testigos” (Lc 24, 48); se expresa en relaciones: “Haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19); trasmite un mensaje universal: “Proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16, 15). Sin embargo, a causa de las pretensiones y de los condicionamientos del mundo, este testimonio viene repetidamente ofuscado, alienadas las relaciones y relativizado el mensaje. (Benedicto XVI. Discurso en el encuentro con los católicos comprometidos en la Iglesia y la sociedad, 25 de septiembre de 2011)

Juan Pablo II

Todos los hombres son pobres de espíritu

Vosotros sabéis que la opción preferencia por los pobres, vivamente proclamada por Puebla, no es una invitación a exclusivismos, ni justificaría que un obispo dejara de anunciar la palabra de conversión y salvación a tal o cual grupo de personas so pretexto de que no son pobres —por lo demás, ¿cuál es el contenido que se da a este término?—, pues su deber es proclamar todo el Evangelio a todos los hombres, que todos sean pobres en espíritu. Pero es una invitación a una especial solidaridad con los pequeños y débiles, los que sufren y lloran, los que son humillados y dejados al margen de la vida y de la sociedad, para ayudarlos a conquistar con plenitud cada vez mayor la propia dignidad de persona humana y de hijos de Dios. (Juan Pablo II. Alocución a los obispos de Brasil, n. 6.9, 10 de julio de 1980)

Jesús manda amar al otro, no sólo al pobre

La unión filial de Jesús con el Padre se expresa en el amor, que Él ha constituido además en mandamiento principal del Evangelio: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento” (Mt 22, 37 s.). Como sabéis, a este mandamiento Jesús une un segundo “semejante al primero”: el del amor al prójimo (cf. Mt 22, 39). Y Él se propone como ejemplo de este amor: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis vosotros los unos a los otros” (Jn 13, 34). Jesús enseña y entrega a sus seguidores un amor ejemplarizado en el modelo de su amor. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1, 31 de agosto de 1988)

El Evangelio es mensaje universal de salvación

Hoy, en situaciones sociales ciertamente diversas, los hijos e hijas espirituales de monseñor Scalabrini, a los que se han unido sucesivamente, como herederos del mismo carisma, las Misioneras laicas escalabrinianas, siguen sus huellas, testimoniando el amor de Cristo a los emigrantes y proponiéndoles su Evangelio, mensaje universal de salvación. Que monseñor Scalabrini sostenga con su ejemplo y con su intercesión a todos los que, en cualquier parte del mundo, trabajan al servicio de los emigrantes y los refugiados. (Juan Pablo II. Mensaje para a LXXXIV Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado, n. 5, 9 de noviembre de 1997)

La Buena Nueva es destinada a todos los hombres en todos los tiempos

“Estos (signos) se han escrito para que, […] creyendo, tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 31). La buena nueva es un mensaje universal destinado a los hombres de todos los tiempos. Se dirige personalmente a cada uno, y exige que se haga realidad en la vida ordinaria. Cuando los cristianos llegan a ser “evangelios vivientes”, se transforman en “signos” elocuentes de la misericordia del Señor, y su testimonio llega más fácilmente al corazón de las personas. Como dóciles instrumentos en las manos de la divina Providencia, influyen profundamente en la historia. Así sucedió con estos seis nuevos beatos, que provienen de la querida Italia, tierra fecunda en santos. (Juan Pablo II. Homilía durante la Santa Misa de beatificación, n. 2, 27 de abril de 2003)

IV – Los pobres según el Evangelio

Juan Pablo II

Los pobres de espíritu son los que acogen la verdad y la gracia

Efectivamente, en el centro de la “Buena Nueva” está el programa de las bienaventuranzas (cf. Mt 5, 3-11), […] Él dice: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. […] Aquí se puede vislumbrar también la perspectiva escatológica y eterna de la felicidad revelada y anunciada por el Evangelio. La bienaventuranza de la pobreza nos remonta al comienzo de la actividad mesiánica de Jesús, cuando, hablando en la sinagoga de Nazaret, dice: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva” (Lc 4, 18). Se trata aquí de los que son pobres no sólo, y no tanto, en sentido económico-social (de “clase”), sino de los que están espiritualmente abiertos a acoger la verdad y la gracia, que provienen del Padre, como don de su amor, don gratuito (gratis dato), porque, interiormente, se sienten libres del apego a los bienes de la tierra y dispuestos a usarlos y compartirlos según las exigencias de la justicia y de la caridad. Por esta condición de los pobres según Dios (anawim), Jesús “da gracias al Padre”, ya que “ha escondido estas cosas (= las grandes cosas de Dios) a los sabios y entendidos y se las ha revelado a la gente sencilla” (cf. Lc 10, 21). Pero esto no significa que Jesús aleja de Sí a las personas que se encuentran en mejor situación económica, como el publicano Zaqueo que había subido a un árbol para verlo pasar (cf. Lc 19, 2-9), o aquellos otros amigos de Jesús, cuyos nombres no nos transmiten los Evangelios. Según las palabras de Jesús son “bienaventurados” los “pobres de espíritu” (cf. Mt 5, 3) y “quienes oyen la Palabra de Dios y la guardan” (Lc 11, 28). (Juan Pablo II. Audiencia general, n.5-6, 20 de marzo de 1980)

Pío XI

Los pobres de espíritu son los que aman más los bienes espirituales que los materiales

Bienaventurados los pobres de espíritu, fueron las primeras palabras que salieron de los labios del Divino Maestro en su Sermón de la Montaña (Lc 11,41) Y esta lección es más necesaria que nunca en estos tiempos de materialismo sediento de bienes y placeres de esta tierra. Todos los cristianos, ricos y pobres, deben tener siempre fija la mirada en el cielo, recordando que no tenemos aquí ciudad permanente sino que vamos tras de la futura (Jc 5, 1-3) Los ricos no deben poner su felicidad en las cosas de la tierra, ni enderezar sus mejores esfuerzos a conseguirlas, sino que, considerándose solo como administradores que saben cómo han de dar cuenta al supremo Dueño, se sirvan de ellas como de preciosos medios que Dios les otorga para hacer el bien; y no dejen de distribuir a los pobres lo superfluo, según el precepto evangélico (Mt 5, 3) […] Pero también los pobres, a su vez, aunque se esfuercen, según las leyes de la caridad y de la justicia, por proveerse de lo necesario y aun por mejorar de condición, deben también permanecer siempre pobres de espíritu (Lc 6, 20) estimando más los bienes espirituales que los bienes y goces terrenos. Recuerden, además, que nunca se conseguirá hacer desaparecer del mundo las miserias, los dolores, las tribulaciones a que están sujetos también los que exteriormente aparecen muy felices. Todos, pues, necesitan la paciencia, esa paciencia cristiana con que se eleva el corazón hacia las divinas promesas de una felicidad eterna. (Pío XI. Encíclica Divini Redemtoris, n. 44-45, 19 de marzo de 1937)

Congregación para la Doctrina de la Fe

Todos los hombres deben ser pobres de corazón

Las exigencias de la promoción humana y de una liberación auténtica, solamente se comprenden a partir de la tarea evangelizadora tomada en su integridad. Esta liberación tiene como pilares indispensables la verdad sobre Jesucristo el Salvador, la verdad sobre la Iglesia, la verdad sobre el hombre  y sobre su dignidad. La Iglesia, que quiere ser en el mundo entero la Iglesia de los pobres, intenta servir a la noble lucha por la verdad y por la justicia, a la luz de las Bienaventuranzas, y ante todo de la bienaventuranza de los pobres de corazón. La Iglesia habla a cada hombre y, por lo tanto, a todos los hombres. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación, XI, n. 5, 6 de agosto de 1984)

Catecismo Mayor de San Pío X

Tener el corazón desprendido de las riquezas es ser pobre de espíritu

¿Quiénes son los pobres de espíritu que Jesucristo llama bienaventurados?
Los pobres de espíritu que Jesucristo llama bienaventurados son los que tienen el corazón desasido de las riquezas, hacen buen uso de ellas si las poseen, no las buscan con solicitud si no las tienen, y sufren con resignación su pérdida si se las quitan. (Catecismo de San Pío X, n. 930)

San Agustín de Hipona

Los que temen a Dios son pobres en espíritu

Pero oigamos a aquel que dice: “Felices los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Leemos que se ha escrito sobre el deseo de los bienes de la tierra: Todo es vanidad y presunción del espíritu; ahora bien, presunción del espíritu significa arrogancia y soberbia. El común de la gente dice que los soberbios poseen un gran espíritu ciertamente, y es porque también en algunos momentos al viento se le llama espíritu. Por esto, en la Escritura leemos: el fuego, granizo, nieve, hielo, espíritu de tempestad. ¿Quién podría ignorar que los soberbios son considerados inflados, como si estuviesen dilatados por el viento? De donde viene aquello del Apóstol: La ciencia hincha, la caridad edifica. También por esto en el texto bíblico son significados como pobres en el espíritu los humildes y aquellos que temen a Dios, es decir, los que no poseen un espíritu hinchado. (San Agustín de Hipona. El Sermón de la Montaña, L. I, c. I, a. 3)

San Juan Crisóstomo

Los pobres de espíritu son los humildes y contritos de corazón

Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos. ¿Quiénes son los pobres de espíritu? Los humildes y contritos de corazón. Porque aquí por espíritu se entiende el alma y el propósito de la voluntad. Muchos hay que son humildes, pero no voluntariamente, sino obligados por las circunstancias. Pero, dejando esto a un lado —pues tal humildad ninguna alabanza merece— llama bienaventurados en primer lugar a quienes voluntariamente se humillan y abajan. Mas ¿por qué no dijo humildes, sino oprimidos por el temor? Porque esto segundo es más excelente. Se refiere aquí a los que guardan con santo temor los preceptos de Dios y lo temen, a los cuales, dice por Isaías, los tiene como muy aceptos: Mis miradas se posan sobre los humildes y sobre los de corazón contrito. (San Juan Crisóstomo. Homilía XV sobre el Evangelio de San Mateo)

Ser pobre de espíritu es estar predispuesto para cosas más elevadas

En el Evangelio de San Mateo, dijo que eran bienaventurados los pobres de espíritu, para que comprendamos que el ser pobres de espíritu es tanto como tener una inteligencia modesta y humilde en cierto sentido. Por lo que dice el Salvador: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29) Aquí dice: Bienaventurados los pobres —sin añadir de espíritu— para designar a los que desprecian las riquezas. Convenía, pues, que cuando predicasen el Evangelio, no pensasen en la codicia, sino que tuviesen su espíritu predispuesto para cosas más elevadas. (San Juan Crisóstomo citado por Santo Tomás de Aquino. Catena aurea in Lc 6, 20-23)

San Basilio Magno

La pobreza no salva a los avaros

No puede llamarse bienaventurado a todo el que es afligido por la pobreza, sino solamente al que prefiere el precepto de Jesucristo a las riquezas mundanas. Hay muchos pobres de bienes, pero que son muy avaros por el afecto; a éstos no los salva la pobreza, pero los condena su deseo. Ninguna cosa que no sea voluntaria aprovecha para la salvación, por la sencilla razón de que toda virtud está basada en el libre albedrío. Es bienaventurado el pobre que imita a Jesucristo, quien quiso sufrir la pobreza por nuestro bien; porque el mismo Señor todo lo hacía para manifestarse como nuestro modelo y podernos conducir a la eterna salvación. (San Basilio Magno citado por Santo Tomás de Aquino. Catena aurea in Lc 6, 20-23)


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