143 – Los ortodoxos y los católicos están unidos no sólo por la tradición común de la Iglesia del primer milenio, sino también por la misión de predicar el Evangelio de Cristo en el mundo contemporáneo

Todos los ojos se volvieron a Cuba el pasado 12 de febrero, durante el encuentro de Francisco con Kirill, Patriarca ortodoxo ruso, tras una ruptura de relaciones vigente durante siglos. Lamentablemente, para perplejidad de los católicos, por no decir indignación, este encuentro no significaría ningún avance en la conversión de los ortodoxos… sino todo lo contrario. Éstos fueron estimulados a anunciar el Evangelio sin necesidad de retornar a la Iglesia… fueron llamados de hermanos en la fe… ¡sin rechazar las herejías que profesan!

¿Están los cismáticos siguiendo el buen camino lejos de la Iglesia? ¿Anuncian el Evangelio si son ciegos queriendo guiar a otros ciegos?

Hace más de mil años la Iglesia greco-cismática, la autodenominada “Iglesia Ortodoxa” (de ortodoxa, solo le quedó el nombre) se separó del seno de la verdadera Iglesia. Revoltosos por tener que reconocer al Papa como Sumo Pontífice y no al obispo de Constantinopla, estos Orientales hicieron eco al dicho de Satanás: “No serviré”. Pues bien, la desobediencia a un precepto hecha con espíritu de rebelión resultó en un cisma, y de cismáticos, luego cayeron en herejía. Rechazaron, entre otros puntos doctrinales, la procedencia del Espíritu Santo del Padre y del Hijo. Y hoy en día a esta herejía han añadido otras más.

La Santa Madre Iglesia nunca toma con indiferencia la ruptura de sus hijos, porque enseña con firmeza que sólo hay salvación dentro de la institución fundada por Jesucristo, sólidamente erguida sobre Pedro.

La Iglesia no ahorró esfuerzos para llamar a la conversión estas ovejas perdidas, pero su orgullo no fue fácilmente dominado. Hubo intentos, pero de duración efímera, y hasta los días de hoy el cisma prevalece.

¿No sería este el momento de esperar palabras categóricas de un Papa que clamase por justicia y declarase las verdades respecto al error de los cismáticos? ¿Sin embargo, qué es lo que dice?

Francisco

ortodoxos-francisco

Cita ACita BCita CCita D

Enseñanzas del Magisterio

Entra en las diversas partes de nuestro estudio

ContenidoAutores
El cisma en general y la doctrina de los greco-cismáticos
I ‒ ¿Qué es un cisma?
II ‒ Errores doctrinales de los greco-cismáticos
A ‒ Negación del Filioque
B ‒ Negación de la autoridad Papal y de otras enseñanzas católicas
III ‒ ¿Católicos y cismáticos pueden ser hermanos en la fe? ¿Quién no tiene la misma Madre (la Iglesia) puede ser hermano del otro?
IV ‒ ¿Una “Iglesia” cismática puede anunciar válidamente el Evangelio?

El cisma en general y la doctrina de los greco-cismáticos

I ‒ ¿Qué es un cisma?

Código del Derecho Canónico

Cisma es el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice

Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos. (Código de Derecho Canónico, c. 751)

Santo Tomás de Aquino

Se llama pecado de cisma el que directa y esencialmente se opone a la unidad de la Iglesia

Según expone San Isidoro en el libro Etymol., la palabra cisma se ha tomado de la escisión de pareceres. Pues bien, la escisión se opone a la unidad, y por eso se llama pecado de cisma el que directa y esencialmente se opone a la unidad. En efecto, así como en el orden natural no constituye especie lo que es accidental, así tampoco en el orden moral, en el que lo intencional es esencial, mientras que lo que cae fuera de la intención es, por así decirlo, accidental. Por eso el pecado de herejía es propiamente pecado especial, por el hecho de que intenta separar de la unidad realizada por la caridad. Esta no solamente une a las personas entre sí por el vínculo especial del amor espiritual, sino que une a toda la Iglesia en la unidad del Espíritu. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 39, a. 1)

El cisma consiste en no obedecer a los preceptos en espíritu de rebelión

El cisma consiste esencialmente en no obedecer a los preceptos en un espíritu de rebelión. Y digo con rebelión, subrayando con ello tanto el desprecio pertinaz hacia los preceptos de la Iglesia como la negativa a someterse a su juicio, y esto no lo hace el pecador. Por eso no todo pecado es cisma. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 39, a. 1, sol. 2)

Cismáticos son todos los que no quieren someterse al Romano Pontífice

Por tanto, se considerará como cismáticos en sentido estricto a quienes espontánea e intencionadamente se apartan de la unidad de la Iglesia, que es la unidad principal. En efecto, la unión particular de unos con otros está ordenada a la unidad de la Iglesia, del mismo modo que la organización de los miembros en el cuerpo natural está ordenada a la unidad de todo el cuerpo. Por otra parte, la unidad de la Iglesia radica en dos cosas, es decir, en la conexión o comunicación de los miembros de la Iglesia entre sí y en la ordenación de todos ellos a una misma cabeza, a tenor de lo que escribe el Apóstol: Vanamente hinchado por su mente carnal, sin mantenerse unido a la Cabeza, de la cual todo el Cuerpo, por medio de junturas y ligamentos, recibe nutrición y cohesión para realizar su crecimiento en Dios (Col 2, 18-19). Pues bien, esa Cabeza es Cristo mismo, cuyas veces desempeña en la Iglesia el Sumo Pontífice. Por eso se llama cismáticos a quienes rehúsan someterse al Romano Pontífice y a los que se niegan a comunicar con los miembros de la Iglesia a él sometidos.(Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 39, a. 1)

El cisma se opone a la caridad y es camino hacia la herejía

La diferencia entre la herejía y el cisma hay que considerarla en función de aquello a lo que cada una se opone esencial y directamente. La herejía, en efecto, se opone directamente a la fe; el cisma, en cambio, se opone a la unidad eclesiástica de la caridad. De ahí que, siendo la fe y la caridad virtudes diferentes, aunque quien carece de fe carece de caridad, el cisma y la herejía son también pecados distintos, aunque todo hereje es también cismático, pero no al contrario. Así lo dice San Jerónimo en Epist. ad Gal.: “Entre el cisma y la herejía creo que hay esta diferencia: la herejía cree en dogmas alterados, mientras que el cisma separa de la Iglesia”. Sin embargo, del mismo modo que la pérdida de la caridad es camino que lleva a la pérdida de la fe, según el testimonio del Apóstol: De las cuales —de la caridad y demás— algunos se desvían, viniendo a dar en vaciedades (1 Tim 1,6), el cisma es también, por su parte, camino hacia la herejía. Por eso San Jerónimo, en el mismo lugar, añade: “El cisma, en un principio y en parte, puede entenderse como distinto de la herejía; mas no hay cisma en que no se forje herejía, para convencerse de que ha obrado rectamente apartándose de la Iglesia”. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, 39, a. 1, sol. 3)

San Agustín de Hipona

Los cismáticos, por sus separaciones inicuas, rompen con la caridad fraterna

Pero los herejes, creyendo cosas falsas acerca de Dios, violan la misma fe; los cismáticos, por sus separaciones inicuas, rompen con la caridad fraterna, aunque creen lo que nosotros también creemos. Por lo cual, los herejes no pertenecen a la Iglesia católica, ya que ama a Dios, ni tampoco los cismáticos, porque también ama al prójimo. (San Agustín de Hipona. La fe y el símbolo de los Apóstoles, X)

León XIII

Nada es más grave que el sacrilegio del cisma

Por aquí se puede comprender que los hombres no se separan menos de la unidad de la Iglesia por el cisma que por la herejía. “Se señala como diferencia entre la herejía y el cisma que la herejía profesa un dogma corrompido, y el cisma, consecuencia de una disensión entre el episcopado, se separa de la Iglesia (San Jerónimo, Commentar. in epist. ad Titum, c.3 v.10-11)”.

Estas palabras concuerdan con las de San Juan Crisóstomo sobre el mismo asunto: “Digo y protesto que dividir a la Iglesia no es menor mal que caer en la herejía (San Juan Crisóstomo, Hom. XXI in Epist. ad Ephes., n. 5)”. Por esto, si ninguna herejía puede ser legítima, tampoco hay cisma que pueda mirarse como promovido por un buen derecho. “Nada es más grave que el sacrilegio del cisma: no hay necesidad legítima de romper la unidad (San Agustín, Contra Epist. Parmeniani II, c. l l, n. 25)”. (León XIII. Encíclica Satis cognitum, n. 24, 29 de junio de 1896)

San Cipriano de Cartago

Los cismas nacen de la negación de un solo Pontífice

La única fuente de donde han surgido las herejías y de donde han nacido los cismas es que no se obedece al Pontífice de Dios ni se quiere reconocer en la Iglesia un sólo Pontífice y un solo juez, que ocupa el lugar de Cristo. (San Cipriano de Cartago. Epístola XII a Cornelio, n. 5, citado por León XIII en la Encíclica Statis cognitum, n. 38, 19 de junio de 1896)

San Jerónimo

No hay cisma que no invente una herejía para justificar su alejamiento de la Iglesia

[Entre herejía y cisma], hay esta diferencia, que la herejía pervierte el dogma, mientras que el cisma, por la rebelión contra el obispo, separa de la Iglesia. Sin embargo, no hay cisma que no invente una herejía para justificar su alejamiento de la Iglesia. (San Jerónimo. Comentarios a la Carta de San Pablo a Tito, L. I, c. 3, n. 10)

San Buenaventura

Negación que se origina en la ignorancia, la soberbia y la pertinacia

La controversia [con los griegos] surge la profesión de este artículo [de fe]. Y la profesión de este artículo proviene de la Iglesia Latina por una causa triple, a saber, por la verdad de fe, por la necesidad surgida del peligro [para la misma fe] y por la autoridad de la misma Iglesia. La fe lo imponía, la necesidad impuesta por el peligro era inminente para que no ocurriera que alguien lo negase —peligro en el cual cayeron los griegos—, y estaba también la autoridad de la Iglesia. Y por todo eso, debía ser expresado sin demora. Por otro lado, la negación de este artículo [por parte de los griegos] proviene de una triple causa, a saber, la ignorancia, la soberbia y la pertinacia. Ignorancia porque no entendieron la Escritura, ni tuvieron una conveniente razón para ello, ni una clara revelación. Soberbia, porque creyéndose muy sabios, no quisieron reconocer aquello que, no habiendo sido llamados, no había sido descubierto por ellos. Pertinacia, porque para no convencerse y no ser juzgados moviéndose irracionalmente, encontraron en sí razones contra la verdad, y por eso, se atrevieron a defender su sentencia y oponerse a la autoridad de la Iglesia Romana y, por este motivo, se volvieron herejes porque niegan una verdad de fe, y cismáticos porque se apartaron de la unidad de la Iglesia.(San Buenaventura. Comentario a las Sentencias de Pedo Lombardo, lib. 1, dist. 11, a. 1)

II ‒ Errores doctrinales de los greco-cismáticos

A ‒ Negación del Filioque

Juan Pablo II

Los greco-cismáticos no aceptan que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo

Así, el “Filioque” occidental y latino se convirtió, los siglos siguientes, en una ocasión del cisma, ya llevado a cabo por Focio (882), pero consumado y extendido a casi todo el Oriente cristiano el año 1054. Las Iglesias orientales separadas de Roma aún hoy profesan en el símbolo de la fe “en el Espíritu Santo que procede del Padre” sin hacer mención del “Filioque, mientras en Occidente decimos expresamente que el Espíritu Santo “procede del Padre y del Hijo”. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 5, 7 de noviembre de 1990)

Aclaración doctrinal sobre el Filioque:

Catecismo de la Iglesia Católica

El Filioque está en el Credo para significar que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo

La tradición latina del Credo confiesa que el Espíritu “procede del Padre y del Hijo (Filioque)”. El Concilio de Florencia, en el año 1438, explicita: “El Espíritu Santo […] tiene su esencia y su ser a la vez del Padre y del Hijo y procede eternamente tanto del Uno como del Otro como de un solo Principio y por una sola espiración […]. Y porque todo lo que pertenece al Padre, el Padre lo dio a su Hijo único al engendrarlo a excepción de su ser de Padre, esta procesión misma del Espíritu Santo a partir del Hijo, éste la tiene eternamente de su Padre que lo engendró eternamente” (DS 1300-1301). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 246)

Desde el año 447 el Filioque era confesado dogmáticamente

La afirmación del Filioque no figuraba en el símbolo confesado el año 381 en Constantinopla. Pero sobre la base de una antigua tradición latina y alejandrina, el Papa San León la había ya confesado dogmáticamente el año 447 (cf. Quam laudabilitier: DS 284) antes incluso que Roma conociese y recibiese el año 451, en el Concilio de Calcedonia, el símbolo del 381. El uso de esta fórmula en el Credo fue poco a poco admitido en la liturgia latina (entre los siglos VIII y XI). La introducción del Filioque en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano por la liturgia latina constituye, todavía hoy, un motivo de no convergencia con las iglesias ortodoxas. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 247)

El Padre es con el Hijo el único principio de que procede el Espíritu Santo…

La tradición oriental expresa en primer lugar el carácter de origen primero del Padre por relación al Espíritu Santo. Al confesar al Espíritu como “salido del Padre” (Jn 15, 26), esa tradición afirma que éste procede del Padre por el Hijo (cf. AG 2). La tradición occidental expresa en primer lugar la comunión consubstancial entre el Padre y el Hijo diciendo que el Espíritu procede del Padre y del Hijo (Filioque). Lo dice “de manera legítima y razonable” (Concilio de Florencia, 1439: DS 1302), porque el orden eterno de las personas divinas en su comunión consubstancial implica que el Padre sea el origen primero del Espíritu en tanto que “principio sin principio” (Concilio de Florencia 1442: DS 1331), pero también que, en cuanto Padre del Hijo Único, sea con él “el único principio de que procede el Espíritu Santo” (Concilio de Lyon II, año 1274: DS 850). Esta legítima complementariedad, si no se desorbita, no afecta a la identidad de la fe en la realidad del mismo misterio confesado. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 248)

Santo Tomás de Aquino

…pero los greco-cismáticos afirman que el Espíritu Santo no procede del Hijo

Así pues, también en este tiempo se dice que hay algunos que intentan destruir a Cristo disminuyendo cuanto les es posible su dignidad. Pues al afirmar que el Espíritu Santo no procede del Hijo, menguan la dignidad de aquel que es junto con el Padre espirador del Espíritu Santo. (Santo Tomás de Aquino. Tratado contra los errores de los griegos, Parte II, Prologo)

Si el Espíritu no procediera del Hijo, no podría distinguirse personalmente de Él

Es obligatorio decir que el Espíritu procede del Hijo. Pues, si no procediera de Él, de ninguna manera podría distinguirse personalmente de Él. Esto resulta evidente por lo dicho antes (q. 28, a. 3; q. 30, a.2). Hay que tener presente que no hay algo absoluto por lo que las personas divinas se distingan entre sí. De lo contrario, no se seguiría que una fuera la esencia de las tres; pues todo lo que de Dios se dice con sentido absoluto pertenece a la unidad de esencia. Por lo tanto, hay que concluir que las personas divinas se distinguen entre sí sólo por las relaciones. Las relaciones personales no pueden distinguirse más que como opuestas. Esto es así por lo siguiente: Porque el Padre tiene dos relaciones, una de las cuales va referida al Hijo, y la otra al Espíritu Santo. Sin embargo, dichas relaciones, por no ser opuestas, no constituyen dos personas, pues le corresponden a la persona del Padre. Por lo tanto, si en el Hijo y en el Espíritu Santo no se encontraran más que dos relaciones con las que cada uno se relacionara con el Padre, dichas relaciones no serían opuestas entre sí; como tampoco lo serían aquellas con las que el Padre se relaciona con ellas. Por eso, así como la persona del Padre es una, así también se seguiría que la persona del Hijo y del Espíritu Santo sería una, teniendo dos relaciones opuestas a las dos relaciones del Padre. Esto es herético y anula el contenido de la fe en la Trinidad. Por lo tanto, es necesario que el Hijo y el Espíritu Santo estén relacionados entre sí con relaciones opuestas. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 36, a. 2 sol)

Es necesario que el Amor proceda de la Palabra; nada amamos si antes no lo hemos albergado en nuestra mente

Por otra parte, y como ya se demostró (q. 28, a. 4), en Dios no puede haber más relaciones opuestas que las relaciones de origen. Y las relaciones opuestas de origen lo son por el principio y por lo que emana del principio. Por lo tanto, hay que decir o que el Hijo procede del Espíritu Santo, y esto no lo sostiene nadie; o que el Espíritu Santo procede del Hijo, y esto es lo que nosotros confesamos. Esto está en armonía con el concepto de procesión de ambos. Se dijo (q. 27, a. 2 y 4; q. 28, a. 4), que el Hijo procede intelectualmente como Palabra. El Espíritu Santo procede voluntariamente como amor. Y es necesario que el amor proceda de la Palabra; pues nada amamos si antes no lo hemos albergado en nuestra mente concibiéndolo. Resulta evidente así y por eso que el Espíritu Santo procede del Hijo. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 36, a. 2, sol)

Si el Espíritu Santo no procediera también del Hijo habría distinción material entre los dos, y esto es imposible

Esto también nos lo enseña el mismo orden de las cosas. Pues nunca encontramos que de uno surjan muchos sin relación, a no ser que se trate sólo de diferencia material. Ejemplo: Un fabricante produce muchos cuchillos materialmente distintos entre sí, no guardando entre sí ninguna relación. Pero en aquellas cosas entre las que no hay sólo distinción material, siempre se encuentra algún tipo de relación. Por eso, también en el orden de lo producido por las criaturas se manifiesta la belleza de la sabiduría divina. Por lo tanto, si de la persona del Padre proceden dos personas, esto es, el Hijo y el Espíritu Santo, es necesario que guarden alguna relación entre sí. Y no se le puede asignar más relación que la natural por la que uno procede del otro. Así, pues, no es posible sostener que el Hijo y el Espíritu Santo procedan del Padre de tal manera que ninguno de los dos proceda del otro, a no ser que alguien les atribuyera una distinción material. Esto es imposible. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I. q. 36, a. 2 sol)

Los mismos griegos admiten que el Espíritu guarda relación con el Hijo, pero por insolencia no admiten que procede de Él

De aquí que los mismos griegos entiendan que la procesión del Espíritu Santo guarde alguna relación con el Hijo. Pues admiten que el Espíritu Santo es Espíritu del Hijo y que procede del Padre por el Hijo. Algunos de ellos admiten incluso que es del Hijo y que emana de El: sin embargo, no admiten que proceda. Y esto se debe, al parecer, o a la ignorancia o a la insolencia. Porque, si se pensara correctamente, se podría dar uno cuenta de que entre todas las palabras que indican origen, la más extendida es procesión. Pues la utilizamos para indicar, cualquier origen: como del punto procede la línea; del sol, el rayo; de la fuente, el arroyo. Y lo mismo en otras muchas cosas. Concluyendo: De cualquier palabra referida al origen, puede deducirse que el Espíritu Santo procede del Hijo. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 36, a. 2 sol)

El primero que negó la procedencia del Espíritu Santo del Hijo fue Nestorio

El primero que introdujo que el Espíritu Santo no procede del Hijo fue Nestorio. Esto nos consta por el mismo credo nestoriano condenado en el Concilio de Éfeso. Este mismo error lo sostuvo Teodoreto, el Nestoriano. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 36, a. 2, ad 3)

El Romano Pontífice declara como hay que pronunciarse contra los herejes que niegan la procedencia del Espíritu Santo del Padre y del Hijo

En cada concilio fue instituido algún símbolo por algún error que se condenaba en dicho concilio. Por eso, en el siguiente concilio no se hacía un símbolo distinto al primero; sino que lo implícitamente contenido en el primer símbolo, se explicaba con algunos añadidos para hacer frente a los nuevos herejes. Por eso, en la determinación del Concilio de Calcedonia se dice que los congregados en el Concilio de Constantinopla transmitieron la doctrina sobre el Espíritu Santo, no porque faltase algo a lo transmitido por los anteriores (los congregados en Nicea), sino para entender cómo debían pronunciarse contra los herejes. Así, pues, porque en la época de los antiguos concilios todavía no se daba el error de decir que el Espíritu Santo no procede del Hijo, no fue necesario declararlo explícitamente. Pero más tarde, al darse dicho error por parte de algunos, fue necesario que, en un concilio congregado en Occidente, aquello fuera declarado expresamente por la autoridad del Romano Pontífice, con cuya autoridad también eran congregados y confirmados los antiguos concilios. Sin embargo, implícitamente estaba contenido en la misma declaración en la que se dice que el Hijo procede del Padre. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 36, a. 2, ad 2)

En que sentido es legítimo decir que el Padre espira al Espíritu Santo por el Hijo

En todas las expresiones en las cuales se dice que alguien obra por otro, la preposición “por” indica causalidad, refiriéndose a la causa o principio de aquel acto. Pero como la acción es el medio entre el agente y el efecto, algunas veces el sentido causal al que se le añade la preposición “por”, se refiere a la causa de la acción en cuanto que procede del agente. En este caso concreto, es causa de que el agente actúe, bien se trate de una causa final, bien formal, bien efectiva, o motriz. Causa final, como si decimos que el artista obra por afán de lucro. Formal, como si decimos que obra por su arte. Motriz, como si decimos que obra por mandato de otro. Otras veces, la frase causal a la que se le añade la preposición “por”, es causa de la acción en cuanto que termina en el hecho. Como cuando decimos que el artista trabaja por el martillo. Pues no significa que el martillo sea la causa de que el artista realice su obra, sino que es la causa de que el efecto proceda del artista, y el hecho de serlo lo recibe del mismo artista. Por eso, algunos dicen que la preposición “por”, a veces indica directamente autoridad, como cuando decimos que el rey obra “por el bailío; otras veces, indirectamente, como cuando se dice que el bailío obra “por” el rey. Así, pues, porque el Hijo tiene del Padre el hecho que de El proceda el Espíritu Santo, puede decirse que el Padre espira al Espíritu Santo por el Hijo. O que, y es lo mismo, el Espíritu Santo procede del Padre por el Hijo. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 36, a. 3 sol)

El Espíritu Santo procede del Padre directamente, en cuanto que proviene de Él. Y de forma mediata, en cuanto que procede del Hijo. En este sentido decimos que procede del Padre por el Hijo

En cualquier acción hay que tener presente dos aspectos. Esto es, el supuesto agente, y el poder con que actúa. Ejemplo: El fuego calienta con el calor. Así, pues, si en el Padre y en el Hijo se analiza el poder con el que espiran al Espíritu Santo, no hay cabida para ningún medio, porque este poder es sólo uno e idéntico en ambos. No obstante, si se consideran las mismas personas que espiran, puesto que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo conjuntamente, nos encontramos con que procede del Padre directamente, en cuanto que proviene de Él. Y de forma mediata, en cuanto que procede del Hijo. En este sentido decimos que procede del Padre por el Hijo. También decimos que Abel procedió directamente de Adán en cuanto que Adán fue su padre, y de forma mediata en cuanto que Eva fue su madre, que procedía de Adán. Ponemos este ejemplo aun cuando una procesión material no parece ser la más adecuada para indicar la procesión inmaterial de las personas divinas. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 36, a. 3, ad 1)

B ‒ Negación de la autoridad Papal y de otras enseñanzas católicas

Santo Tomás de Aquino

No aceptan la autoridad de la Iglesia de Roma

Al negar que la iglesia Romana es la única cabeza de la Iglesia, destruyen de modo manifiesto la unidad del Cuerpo místico; no podría haber un cuerpo si no hubiese una cabeza, ni una comunidad (de fieles) sin alguien que (los) rija; por eso en Jn 10,16 se dice: Habrá un solo rebaño y un solo pastor. (Santo Tomás de Aquino. Tratado contra los errores de los griegos. Parte II, Prólogo)

El purgatorio no existe para los ortodoxos

Lesionan la virtud de este sacramento [la eucaristía], que se consagra comúnmente por los vivos y por los muertos, al negar el purgatorio, pues suprimido éste no podría tener ninguna eficacia para los difuntos; pues no aprovecha a los que están en el infierno donde no hay redención posible, ni a los que están en la gloria, que no necesitan de nuestros sufragios. (Santo Tomás de Aquino. Tratado contra los errores de los griegos. Parte II, Prólogo)

Las “doctrinas” greco-cismáticas explicadas por uno de sus sacerdotes
Transcribimos abajo palabras de un ministro cismático con el fin de evidenciar el tipo de compañía que Francisco se está tomando.

No cabe duda que los “argumentos” teológicos del cismático para cada tópico son gravemente inconsistentes y las citas de la Escritura y de los Padres que aporta son incompletas y tendenciales.

Por ejemplo, los autores inspirados del Nuevo Testamento se refieren a la Tercera Persona de la Trinidad como el “Espíritu del Hijo” (Gal 4, 6), el “Espíritu de Cristo” (Rom 8, 9; Flm 1, 19), como también lo llaman “Espíritu del Padre” (Mt 10, 20) y “Espíritu de Dios” (I Cor 2, 11). Además, el envío de la Divina Persona (misión) para la salvación de la humanidad corresponde al origen de la misma Persona (procesión) en el interior de la Trinidad. Entonces, cuando la Escritura establece que el Hijo también envía el Espíritu Santo (Lc 24, 49; Jn 15, 26; 16, 7; 20, 22; Hch 2, 33; Tit 3, 6) de la misma forma como el Padre también envía el Espíritu Santo (Jn 14, 26), esto claramente revela que Él procede en el interior de la Trinidad de ambas Personas. Además, en Jn 16, 13-15 el apóstol también señala que el “filioque”, ya en la absoluta simplicidad de Dios, implica que la Persona no divina puede recibir alguna cosa de otra, excepto por procesión, por la cual si el Espíritu Santo recibe algo del Verbo, por lo que también viene de Él.
La cuestión de la procedencia del Espíritu Santo en el Credo

Dijo el Señor: “Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de Verdad el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí” (Jn 15, 26). Este Credo fue confirmado por los Concilios Ecuménicos, los cuales prohibieron cualquier adición o cambio. Este Credo sigue siendo respetado por todas las Iglesias Orientales y Occidentales antes del Cisma y en él está resumida toda la doctrina cristiana. La Iglesia Ortodoxa la ha conservado sin alteración. La Iglesia Romana aumentó al artículo octavo las palabras “… y del Hijo”, quedando así este artículo: “… que procede del Padre y del Hijo”. Así pues el Filioque es una interpolación ilegítima, destruye la monarquía del Padre, relativiza la realidad de la existencia personal o hipostática en el seno de la Trinidad… El gran patriarca Focio protestó por esta añadidura. El Papa Juan VIII prometió corregir el error, pero los Papas sucesores lo conservaron, aceptándola hasta la actualidad la Iglesia de Roma.

Negación del purgatorio…

La Iglesia Romana cree que las almas, después de la muerte, van al lugar que llama purgatorio, donde se purifican de sus pecados leves sufriendo algunos tormentos, y que después entran al Paraíso. La Iglesia Ortodoxa cree que las almas, después de la muerte, esperan el Juicio Final, en un lugar que no es el Paraíso ni tampoco el Hades. Cuando el Buen Ladrón dijo a Jesús, que estaba en la Cruz: “Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas en tu Reino”, oyó la respuesta de Cristo: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” y no le dijo hoy estarás en el purgatorio y después de tu purificación llegarás al Paraíso.

…de la Inmaculada Concepción…

La Iglesia de Roma cree que Santa Ana concibió a la Virgen si mancha de pecado. La Iglesia Ortodoxa cree y enseña su concepción de una manera natural.

…del celibato eclesiástico…

La Iglesia Romana exige el celibato a su clero. La Iglesia Primitiva nunca prohibió el matrimonio a su clero. En la Iglesia Ortodoxa, hasta hoy en día, los sacerdotes y diáconos pueden ser casados.

…y de la infalibilidad papal

En el año 1870 el Concilio Vaticano I decidió un nuevo dogma, el cual no tiene ningún precedente en toda la historia de la Iglesia: “La infalibilidad papal”, lo cual significa que el Papa “no se equivoca” cuando habla ex cathedra sobre materia de fe o costumbres. Este nuevo dogma contradice la enseñanza del Evangelio y la Tradición de la Iglesia; incluso en la Iglesia Occidental se produjeron muchas protestas, derivándose separaciones o cismas, los cuales duran hasta nuestros días.

Para los cismáticos, la máxima autoridad es la del Concilio Ecuménico…

La Iglesia Ortodoxa, después de la Santísima Trinidad, es decir, Padre, Hijo y Espíritu Santo, considera al Concilio Ecuménico como Máxima Autoridad de todas las Iglesias. La Iglesias Romana considera al Papa como la Autoridad Máxima de todas las Iglesias “Por encima de los Concilios Ecuménicos”. La Iglesia Ortodoxa, cree que cuando los Santos Apóstoles se reunieron en Jerusalén para tratar varias divergencias y temas, ningún Apóstol tomó unilateralmente decisiones, sino que dentro del Concilio de Jerusalén se tomaron decisiones colegiadamente.

… y la Iglesia está edificada sobre Cristo, no sobre Pedro

La Iglesia de Roma, Occidente, basa la Primacía del Obispo de Roma o Papa en que es el sucesor de San Pedro y que éste fue el superior de los Apóstoles, apoyándose en Mt 16:13, 16-18. San Pablo en su Primera Carta a los Corintios, dice: “y la roca era Cristo” (10:4). San Agustín, Gran Padre de la Iglesia Occidental, explicó el “célebre” versículo en su Artículo 270: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra que es tu confesión, que Cristo es el hijo de Dios viviente, edificaré mi iglesia”. En su Artículo 76 también dice: “Los que edifican sobre humanos dicen, yo soy de Pablo, yo soy de Apolos, yo soy de Pedro. Pero los que edifican sobre la confesión de Pedro y la Divinidad de Cristo, dicen: Yo soy de Cristo. Porque la Iglesia está edificada sobre Cristo y no sobre Pedro”. (Osios Ferrer. Diferencias entre las Iglesias Ortodoxa y Romana, 13 de agosto de 2006)

III ‒ ¿Católicos y cismáticos pueden ser hermanos en la fe? ¿Quién no tiene la misma Madre (la Iglesia) puede ser hermano del otro?

Santo Tomás de Aquino

Quién niega sólo un punto de la fe, aceptando ciertas cosas y rechazando otras, no tiene la virtud de la fe, pues rechaza la autoridad del propio Dios, y acepta su propia razón

El hereje que rechaza un sólo artículo de fe no tiene el hábito ni de la fe formada ni de la fe informe. Y la razón de ello está en el hecho de que la especie de cualquier hábito depende de la razón formal del objeto, y si ésta desaparece, desaparece también la especie del hábito. Pues bien, el objeto formal de la fe es la Verdad primera revelada en la Sagrada Escritura y en la enseñanza de la Iglesia. Por eso, quien no se adhiere, como regla infalible y divina, a la enseñanza de la Iglesia, que procede de la Verdad primera revelada en la Sagrada Escritura, no posee el hábito de la fe, sino que retiene las cosas de la fe por otro medio distinto. Como el que tiene en su mente una conclusión sin conocer el medio de demostración, es evidente que no posee la ciencia de esa conclusión, sino tan sólo opinión. Ahora bien, es evidente que quien se adhiere a la enseñanza de la Iglesia como regla infalible presta su asentimiento a todo cuanto enseña la Iglesia. De lo contrario, si de las cosas que enseña la Iglesia admite las que quiere y excluye las que no quiere, no asiente a la enseñanza de la Iglesia como regla infalible, sino a su propia voluntad. Así, es del todo evidente que el hereje que de manera pertinaz rechaza un solo artículo no está preparado para seguir en su totalidad la enseñanza de la Iglesia (estaría, en realidad, en error y no sería hereje si no lo rechaza con pertinacia). Es, pues, evidente que el hereje que niega un sólo artículo no tiene fe respecto a los demás, sino solamente opinión, que depende de su propia voluntad. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 5, a. 3)

León XIII

No pueden contarse entre los hijos de Dios los que no reconocen por madre a la Iglesia

Nuestro corazón se dirige también con sin igual ardor tras aquellos a quienes el soplo contagioso de la impiedad no ha envenenado del todo, y que, a lo menos, experimentan el deseo de tener por padre al Dios verdadero, creador de la tierra y del cielo. Que reflexionen y comprendan bien que no pueden en manera alguna contarse en el número de los hijos de Dios si no vienen a reconocer por hermano a Jesucristo y por madre a la Iglesia. (León XIII. Encíclica Satis cognitum, n. 45, 29 de junio de 1896)

San Cipriano de Cartago

Todo el que se separa de la Iglesia es un extraño, un profano, un enemigo

La esposa de Cristo no puede ser adúltera, pues es incorruptible y pura. Solo una casa conoce, guarda la inviolabilidad de un solo tálamo con pudor casto. Ella nos conserva para Dios, ella destina para el Reino a los hijos que ha engendrado. Todo el que se separa de la Iglesia se une a una adúltera, se aleja de las promesas de la Iglesia, y no logrará las recompensas de Cristo quien abandona la Iglesia de Cristo; es un extraño, es un profano, es un enemigo. No puede tener a Dios por Padre quien no tiene la Iglesia por Madre. Si pudo salvarse alguno fuera del arca de Noé, entonces lo podrá también quien estuviese fuera de la Iglesia. Nos lo advierte el Señor cuando dice: “Quien no está conmigo, está contra Mí, y quien no recoge conmigo desparrama” (Mt 12, 30). Quien rompe la paz y concordia de Cristo, está contra Cristo. Quien recoge en otra parte, fuera de la Iglesia, disipa la Iglesia de Cristo. (San Cipriano de Cartago. De la unidad de la Iglesia, II, 6)

Las tinieblas y la luz no coexistan. Los que se separaron de la Iglesia no son de los nuestros

Nos hemos de alegrar cuando los tales se separan de la Iglesia, ya que así las ovejas de Cristo no recibirán el contagio de su maligno veneno. Es imposible que coexistan y se confundan la amargura y la dulzura, la tiniebla y la luz, la tormenta y el tiempo sereno, la guerra y la paz, la fecundidad y la esterilidad, los manantiales y las sequias, la tempestad y la calma. No piense nadie que los buenos puedan salirse de la Iglesia: al trigo no se lo lleva el viento, y la tempestad no arranca al árbol arraigado con solida raíz. A éstos incrimina y ataca el Apóstol Juan cuando dice: “Se marcharon de nosotros, pero es que no eran de los nuestros: porque si hubiesen sido de los nuestros, se habrían quedado con nosotros” (1 Jn 2, 19). De ahí nacieron y nacen a menudo las herejías: de una mente retorcida, que no tiene paz; de una perfidia discordia que no guarda la unidad… (San Cipriano de Cartago. De la unidad de la Iglesia, n. 4-6)

Pío XI

No pueden estar unidos los que defienden doctrinas contrarias

Podrá parecer que dichos “pancristianos”, tan atentos a unir las iglesias, persiguen el fin nobilísimo de fomentar la caridad entre todos los cristianos, pero, ¿cómo es posible que la caridad redunde en daño de la fe? Nadie, ciertamente, ignora que San Juan, el Apóstol mismo de la caridad, […] prohibió absolutamente todo trato y comunicación con aquellos que no profesasen, íntegra y pura, la doctrina de Jesucristo: Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa, y ni siquiera le saludéis. Siendo, pues, la fe integra y sincera, como fundamento y raíz de la caridad, necesario es que los discípulos de Cristo estén unidos principalmente con el vínculo de la unidad de fe. Por tanto, ¿cómo es posible imaginar una confederación cristiana, cada uno de cuyos miembros pueda, hasta en materias de fe, conservar su sentir y juicio propios aunque contradigan al juicio y sentir de los demás? ¿Y de qué manera, si se nos quiere decir, podrían formar una sola y misma asociación de fieles los hombres que defienden doctrinas contrarias? (Pío XI. Encíclica Mortalium animos, n. 13-14, 6 enero de 1928)

No hay unión sin que todos pertenezcan a la verdadera Iglesia

La unión de los cristianos no se puede fomentar de otro modo que procurando el retorno de los disidentes a la única y verdadera Iglesia de Cristo, de la cual un día desdichadamente se alejaron; a aquella única y verdadera Iglesia que todos ciertamente conocen y que por la voluntad de su Fundador debe permanecer siempre tal cual El mismo la fundo para la salvación de todos. (Pío XI. Encíclica Mortalium animos, n. 16, 6 de enero de 1928)

Benedicto XV

Los que se apartaron de la Iglesia no son hermanos, sino enemigos

A fuera de hombre celoso en defender la integridad de la fe, [San Jerónimo] luchó denodadamente con los que se habían apartado de la Iglesia, a los cuales consideraba como adversarios propios: “Responderé brevemente que jamás he perdonado a los herejes y que he puesto todo mi empeño en hacer de los enemigos de la Iglesia mis propios enemigos personales”. Y en carta a Rufino: “Hay un punto sobre el cual no podré estar de acuerdo contigo: que, transigiendo con los herejes, pueda aparecer no católico”. Sin embargo, condolido por la defección de éstos, les suplicaba que hicieran por volver al regazo de la Madre afligida, única fuente de salvación, y rezaba por “los que habían salido de la Iglesia y, abandonando la doctrina del Espíritu Santo, seguían su propio parecer”, para que de todo corazón se convirtieran. (Benedicto XV. Encíclica Spiritus Paraclitus, n. 41-42, 15 de septiembre de 1920)

Quien recibe en casa el que no trae la doctrina pura se hace cómplice de sus errores

Si os visita alguno que no trae esa doctrina, no lo recibáis en casa ni le deis la bienvenida; quien le da la bienvenida se hace cómplice de sus malas acciones. (2 Jn 1, 10-11)

Alejaos de personas que crean disensiones contra la doctrina que habéis aprendido

Os ruego, hermanos, que tengáis cuidado con los que crean disensiones y escándalos contra la doctrina que vosotros habéis aprendido; alejaos de ellos. Pues estos tales no sirven a Cristo nuestro Señor sino a su vientre, y a través de palabras suaves y de lisonjas seducen los corazones de los ingenuos. La fama de vuestra obediencia se ha divulgado por todas partes; de aquí que yo me alegre por vosotros; pero deseo que seáis sensatos para el bien e inmunes al mal.(Rom 16, 17-19)

IV ‒ ¿Una “Iglesia” cismática puede anunciar válidamente el Evangelio?

San Ignacio de Antioquía

No escuchéis quien no habla de Jesucristo en la verdad

Onésimo mismo eleva muy alto vuestra disciplina en Dios, expresando con sus alabanzas que todos vosotros vivís según la verdad, y que ninguna herejía reside entre vosotros, sino que, por el contrario, vosotros no escucháis a persona alguna que les hable de otra cosa que no sea de Jesucristo en la verdad. Porque algunos hombres con perversa astucia tienen el hábito de tomar para todo el Nombre, pero obrando de otro modo y de manera indigna de Dios; a aquellos, debéis evitarlos como a las bestias salvajes. Son perros rabiosos, que muerden a escondidas. Debéis estar en guardia, pues sus mordeduras esconden una enfermedad difícil de curar. (San Ignacio de Antioquia. Carta a los Efesios, VI, 2; VII, 1)

San Cipriano de Cartago

Huyamos de quien se separa de la Iglesia

Huyamos de un hombre, quienquiera que sea, el cual se hubiere separado de la Iglesia. “Un hombre de este linaje es un perverso, es un pecador, y se condena a sí mismo” (Tt 3, 11). […] Este tal contra la Iglesia es contra quien toma las armas: contra las disposiciones del mismo Dios se revela. Enemigo del altar, opuesto sin rebozo al sacrificio de Jesucristo; pérfido, sacrílego, siervo desobediente, hijo impío, falso hermano con mofa de los obispos, con abandono de los sacerdotes del Señor se atreve a erigir otro altar distinto, a decir otras preces con ilícitas fórmulas, a profanar la verdadera hostia del mismo Señor con espurios sacrificios, sin hacerse cargo que los que resisten a las órdenes de Dios, serán castigados por Él mismo en pena de su insolente temeridad. (San Cipriano de Cartago. De la unidad de la Iglesia, XVII)

Tertuliano

No debemos recibir otros predicadores a no ser los que Cristo envió

Si el Señor Jesucristo envió a Sus Apóstoles a predicar, debemos concluir que no debemos recibir a otros predicadores más que los nombrados por Él. Lo que ellos han predicado, en otras palabras, lo que Cristo les reveló, solamente puede ser establecido por las Iglesias fundadas por los Apóstoles mismos, a quienes ellos predicaron el Evangelio de palabra y por escrito.(Tertuliano. De praescriptione haereticorum, XXI)

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)

El fin de la actividad misional es atraer los pueblos a la única Iglesia de Cristo

El fin propio de esta actividad misional es la evangelización e implantación de la Iglesia en los pueblos o grupos en que todavía no ha arraigado. De suerte que de la semilla de la palabra de Dios crezcan las Iglesias autóctonas particulares en todo el mundo suficientemente organizadas y dotadas de energías propias y de madurez, las cuales, provistas convenientemente de su propia Jerarquía unida al pueblo fiel y de medios connaturales al plano desarrollo de la vida cristiana, aportes su cooperación al bien de toda la Iglesia. (Concilio Vaticano II. Decreto Ad gentes, n. 6, 7 de diciembre de 1965)

Pío XI

Yerran los que sustentan que todas las religiones pueden llevar hacia Dios

Convencidos de que son rarísimos los hombres privados de todo sentimiento religioso, parecen [algunos] haber visto en ello esperanza de que no será difícil que los pueblos, aunque disientan unos de otros en materia de religión, convengan fraternalmente en la profesión de algunas doctrinas que sean como fundamento común de la vida espiritual. […] Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio. Cuantos sustentan esta opinión, no solo yerran y se engañan, sino también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios. (Pío XI. Encíclica Mortalium animos, n. 2-3, 6 de enero de 1928)

Benedicto XVI

Si el cisma es un pecado contra la caridad, ¿cómo sus adeptos pueden anunciar el Evangelio?

El testimonio de la caridad, que se hace especialmente concreto en este lugar, pertenece a la misión de la Iglesia junto con el anuncio de la verdad del Evangelio. (Benedicto XVI. Discurso en la visita al albergue de Cáritas en la Estación Termini de Roma, 14 de febrero de 2010)

Sagradas Escrituras

Aquellos que violan las leyes de la unidad llegarán a ser extraños a Cristo

Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. (Mt 18, 17)

Muchos anticristos han aparecido y salieron de entre nosotros

Hijos míos, es la última hora. Habéis oído que iba a venir un anticristo; pues bien, muchos anticristos han aparecido, por lo cual nos damos cuenta de que es la última hora. Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros. En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo, y todos vosotros lo conocéis. Os he escrito, no porque desconozcáis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira viene de la verdad (1 Jn 2, 18-21)

Cuidado con los que quieren engañar

Hijos míos, que nadie os engañe. Quien obra la justicia es justo, como él es justo. Quien comete el pecado es del Diablo, pues el Diablo peca desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del Diablo. (1 Jn 3, 7-8)

Anatema sea quién anuncia un “evangelio” diferente

Si alguien os anuncia un evangelio diferente del que recibisteis, ¡sea anatema! Cuando digo esto, ¿busco la aprobación de los hombres, o la de Dios?, ¿o trato de agradar a los hombres? Si siguiera todavía agradando a los hombres, no sería siervo de Cristo (Gal 1, 9-10)


Print Friendly, PDF & Email