75 – Laudato si’ (II): el hombre rebajado a las otras criaturas, Cristo destronado

Anuncios, noticias, mensajes de redes sociales… nos bombardean por todos los lados. Y muchas veces las informaciones que nos dan se contradicen unas con otras. ¿A quién escuchamos? ¿Qué rumbo seguir? ¿Con quién está la verdad certera?

Es lanzada una encíclica y, como católicos, la leemos sedientos en busca de orientaciones que den sentido a nuestra vida; que marquen los pasos que debemos dar para vivir nuestra santa religión con autenticidad en medio de una sociedad devastada por el pecado. Esperábamos palabras claras que nos fortalecieran en la fe de la Iglesia tan vilipendiada en el actual momento histórico. Pero… encontramos advertencias sobre el cuidado de la naturaleza. Los ecologistas se sintieron estimulados, los agoreros del cambio climático estimulados, las personas de otras religiones respetadas y nosotros los católicos… olvidados, desamparados y, ¿por qué no decirlo? Un tanto perplejos… ¿No es Jesucristo el centro de nuestra fe? ¿Por qué este documento se refiere a Él y a su Iglesia de una forma tan difusa y secundaria? ¿Es realmente el cuidado de la creación lo más importante en la vida de un cristiano, sobretodo en estos tiempos? ¿Conquistaremos el cielo simplemente cuidando y amando criaturas irracionales?

Delante de estas inquietudes, parece que nos cabe fijar la atención en aquella Luz que jamás cesa de brillar, en la fuente de toda Verdad, en la voz infalible de los Papas y del Magisterio de la Iglesia. Y ver qué nos tiene que decir –¡muchas cosas!– sobre los temas tratados en esta Encíclica ¿Cuál debe ser la postura de un fiel delante de toda la obra de la creación?

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

I – El hombre es imagen de Dios y todo fue creado para él
II – Las criaturas reflejan a Dios de varias formas, según la jerarquía por Él establecida. La pretensión de nivelar los grados de bondad de los seres lleva al panteísmo 
III – La Santa Iglesia Católica es la única verdadera: no se puede igualarla a las demás confesiones
IV – Cristo es el centro y la causa ejemplar de toda la creación

I – El hombre es imagen de Dios y todo fue creado para él

Entre todas las maravillas en la creación, una sobresale por su gran superioridad: el hombre. “Apenas inferior a un dios le hiciste, coronándole de gloria y de esplendor; le hiciste señor de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus pies”. (Ps 8,5-7). Creado a imagen y semejanza de Dios, no podemos olvidar que el hombre tiene un alma espiritual e eterna, el único de los seres visibles capaz de conocer a su Creador. Estas características colocan encima de las demás criaturas al ser humano que, por voluntad divina, es rey de una creación que es llamado a dominar. Para estar en consonancia con Dios Omnipotente y Creador, tenemos que amar y analizar la naturaleza según sus divinos planos, dando a cada criatura la atención, importancia y lugar que Dios les quiso dar. Para esto vamos a recordar quien es el hombre y su supremacía sobre la tierra.


FRANCISCO

Hoy debemos rechazar con fuerza que, del hecho de ser creados a imagen de Dios y del mandato de dominar la tierra, se deduzca un dominio absoluto sobre las demás criaturas. (Carta Encíclica Laudato Si’, n.67)


ENSEÑANZAS DEL MAGISTERIO

Sagradas Escrituras

Las primeras páginas de la Sagrada Escritura ponen en relieve que el hombre es dominador de las demás criaturas

Dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra”. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó. Dios los bendijo; y les dijo Dios: “Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra”.  Y dijo Dios: “Mirad, os entrego todas las hierbas que engendran semilla sobre la superficie de la tierra y todos los árboles frutales que engendran semilla: os servirán de alimento. Y la hierba verde servirá de alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra y a todo ser que respira”. Y así fue. Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana: el día sexto. (Gn. 1, 27-31)

Dios hizo al hombre señor de las obras de sus manos

¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán, para que de él te cuides? Apenas inferior a un dios le hiciste, coronándole de gloria y de esplendor; le hiciste señor de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus pies. (Ps 8, 5-7)

Los hombres fueron elegidos antes de Dios crear el mundo

Por cuanto que en Él nos eligió ante de la constitución del mundo, para que fuésemos santos e inmaculados ante Él. (Ef 1, 4)

San Agustín

Dios es Señor de los hombres y el hombre, por ser hecho a su imagen y semejanza, ejerce señorío sobre los animales irracionales

Vemos que la faz de la tierra se hermosea con los animales terrestres; y que el hombre, hecho a imagen y semejanza vuestra, por esta misma imagen y semejanza vuestra, esto es, por la fuerza de la razón y de la inteligencia, ejerce señorío sobre todos los animales irracionales. (San Agustín. Confesiones, LXIII, c. 32)

Santo Tomás de Aquino

La Divina Providencia gobierna lo inferior mediante lo superior. Como el hombre ha sido creado a imagen de Dios, está por encima de los demás animales, que le están sometidos

Todo animal está por naturaleza sometido al hombre. […]. Pues, así como en la generación de las cosas se detecta un orden que va de lo imperfecto a la perfecto, la materia se ordena a la forma, y la forma inferior a la superior, así también sucede en el uso de las cosas naturales, en el que las imperfectas están al servicio de las perfectas: las plantas viven de la tierra; los animales, de las plantas; los hombres, de las plantas y animales.  De donde se deduce que este dominio de los animales es natural al hombre. […] La Divina Providencia gobierna lo inferior por lo superior. Como el hombre ha sido creado a imagen de Dios, está por encima de los restantes animales, que le están sometidos. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 95, a. 3)

La armonía entre los seres hace natural que el hombre los domine
Y así, las plantas viven de la tierra; los animales de las plantas, y los hombres de las plantas y animales. De donde se infiere que este dominio sobre los animales es natural al hombre, porque si bien animales y hombres participan de la prudencia, en los animales se refiere sólo a sus actos particulares, mientras que en el hombre se encuentra la prudencia “universal” que informa todo dinamismo posible. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 96, a. 1)

Juan Pablo II

Centralidad del hombre y su primado sobre los demás seres

Por parte mía, en estos cuatro años de pontificado, no he dejado de proclamar, en mis Encíclicas y Catequesis, la centralidad del hombre, su primado sobre las cosas y la importancia de la dimensión subjetiva del trabajo, fundada sobre la dignidad de la persona humana. En efecto, el hombre es, en cuanto persona, el centro de la creación; porque sólo él ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Llamado a “dominar la tierra” (Gen 1, 28) con la perspicacia de su inteligencia y con la actividad de sus manos, él se convierte en artífice del trabajo — tanto manual como intelectual — comunicando a su quehacer la misma dignidad que él tiene. (Juan Pablo II. Encuentro con los trabajadores y empresarios, n. 3, 7 de noviembre de 1982)

El hombre, gloria de Dios, hace de lo creado una alabanza a Dios

La fe nos dice que podemos tomar responsablemente las riendas de la historia para ser artífices de nuestro propio destino. El Señor de la historia hace al hombre y a los pueblos protagonistas, sujetos de su propio futuro, respondiendo al llamado de Dios. Todo lo ha puesto a disposición del hombre, rey de la creación, para hacer de lo creado un himno de alabanza a Dios; y la gloria de Dios es el hombre viviente, que tiene su vida en la visión de Dios. (Juan Pablo II. Discurso al secretariado episcopal de América central (SEDAC), n. 8, 2 de marzo de 1983)

El hombre puede dominar la tierra porque sólo él —y ningún otro de los seres vivientes— es capaz de “cultivarla” y transformarla según sus propias necesidades

Cuando al comienzo del texto yahvista, antes aún que se hable de la creación del hombre “del polvo de la tierra”, leemos que “no había todavía hombre que labrase la tierra ni rueda que subiese el agua con que regarla” (Gn 2, 5-6), asociamos justamente este pasaje al del primer relato, en el que se expresa el mandamiento divino: “Henchid la tierra: sometedla y dominad” (Gn 1, 28). El segundo relato alude de manera explícita al trabajo que el hombre desarrolla para cultivar la tierra. El primer medio fundamental para dominar la tierra se encuentra en el hombre mismo. El hombre puede dominar la tierra porque sólo él —y ningún otro de los seres vivientes— es capaz de “cultivarla” y transformarla según sus propias necesidades. (Juan Pablo II. Audiencia, n. 4, 24 de octubre de 1979)

En el orden de lo creado las criaturas inferiores son sometidas al hombre

El libro del Génesis dice que el Creador ha dado toda la tierra, en cierto sentido todo el mundo visible, al hombre y lo ha puesto bajo su dominio. Como imagen y semejanza de Dios el hombre domestica la tierra, la hace suya humanizándola de modo responsable. Al mismo tiempo, ha dado este mundo al hombre como tarea para su trabajo. Las criaturas inferiores han sido sometidas al hombre, y al mismo tiempo le han sido dados los recursos contenidos en el mundo creado, comenzando por las riquezas visibles que se encuentran, por así decirlo, en la superficie, hasta las escondidas profundamente en la estructura de la materia que el genio humano descubre gradualmente. (Juan Pablo II. Homilía en la cuidad de Guayana, n. 3, 29 de enero de 1985)

Concilio Vaticano II

Todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre

Creyentes y no creyentes están generalmente de acuerdo en este punto: todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos. (Concilio Vaticano II. Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 12, 7 de diciembre de 1965)

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia

Las realidades creadas existen en función del hombre

En el designio del Creador, las realidades creadas, buenas en sí mismas, existen en función del hombre. El asombro ante el misterio de la grandeza del hombre hace exclamar al salmista: “¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán, para que de él te cuides? Apenas inferior a un dios le hiciste, coronándole de gloria y de esplendor; le hiciste señor de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus pies” (Ps 8,5-7). (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 255)

Catecismo de la Iglesia Católica

El hombre fue creado para amar a Dios y ofrecerle toda la creación

Dios creó todo para el hombre, pero el hombre fue creado para amar y servir a Dios y para ofrecerle toda la creación. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 358)

San Juan Crisóstomo

El hombre es más precioso a los ojos de Dios que toda la creación

¿Cuál es, pues, el ser que va a venir a la existencia rodeado de semejante consideración? Es el hombre, grande y admirable figura viviente, más precioso a los ojos de Dios que la creación entera; es el hombre, para él existen el cielo y la tierra, el mar y la totalidad de la creación, y Dios ha dado tanta importancia a su salvación que no ha perdonado a su único Hijo por él. Porque Dios no ha cesado de hacer todo lo posible para que el hombre subiera hasta Él y se sentara a su derecha. (San Juan Crisóstomo. Sermones sobre el Génesis, 2, 1: PG 54, 587-588. citado por el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 358)

Benedicto XVI

Existe una diferencia fundamental entre el hombre y los demás seres, y esto viene del hecho de que el hombre es capaz de conocer a Dios

Vale la pena meditar un poco estas palabras de Orígenes, que ve la diferencia fundamental entre el hombre y los demás animales en el hecho de que el hombre es capaz de conocer a Dios, su Creador; de que el hombre es capaz de la verdad, capaz de un conocimiento que se transforma en relación, en amistad. En nuestro tiempo, es importante que no nos olvidemos de Dios, junto con los demás conocimientos que hemos adquirido mientras tanto, y que son muchos. Pero resultan todos problemáticos, a veces peligrosos, si falta el conocimiento fundamental que da sentido y orientación a todo: el conocimiento de Dios creador. (Benedicto XVI. Audiencia, n. 4, 11 de enero de 2006)

Pío XI

El ser humano excede en valor a todo el inmenso mundo inanimado

El hombre tiene un alma espiritual e inmortal; es una persona, adornada admirablemente por el Creador con dones de cuerpo y de espíritu, un verdadero microcosmos, como decían los antiguos, esto es, un pequeño mundo, que excede con mucho en valor a todo el inmenso mundo inanimado. Dios solo es su último fin, en esta vida y en la otra; la gracia santificante lo eleva al grado de hijo de Dios y lo incorpora al reino de Dios en el Cuerpo Místico de Cristo. Además, Dios lo ha dotado con múltiples y variadas prerrogativas: derecho a la vida, a la integridad del cuerpo, a los medios necesarios para la existencia; derecho de tender a su último fin por el camino trazado por Dios; derecho de asociación, de propiedad y del uso de la propiedad. (Pío XI. Encíclica Divini Redemptoris, n. 27, 19 de marzo de 1937)

San Juan de la Cruz

¿Cuánto vale el pensamiento humano?

Más vale un solo pensamiento del hombre que todo el mundo. (San Juan de la Cruz. Avisos y sentencias, n. 200)

Juan Pablo II

La única criatura que Dios ha amado por sí misma tiene una dignidad que le viene de su naturaleza espiritual, por eso no debemos igualarlo a los demás seres

Cuando el concepto de naturaleza se aplica al hombre, culmen de la creación, cobra un sentido particular. El hombre, la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma, tiene una dignidad que le viene de su naturaleza espiritual, en la que se encuentra la impronta del Creador, ya que ha sido creado a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26), y ha sido dotado de las más elevadas facultades que posee una criatura: la razón y la voluntad. Éstas le permiten decidir libremente y entrar en comunicación con Dios, para responder a su llamada y realizarse según su propia naturaleza. En efecto, al ser de naturaleza espiritual, el hombre es capaz de acoger las realidades sobrenaturales y de llegar a la felicidad eterna, que Dios le ofrece gratuitamente. Esta comunicación es posible, puesto que Dios y el hombre son dos esencias de naturaleza espiritual. (Juan Pablo II. Discurso a la asamblea plenaria de la academia pontificia de ciencias, n. 5, 27 de octubre de 1998)

El antropocentrismo cristiano es plenamente teocéntrico

De hecho el cristianismo es antropocéntrico precisamente porque es plenamente teocéntrico; y al mismo tiempo es teocéntrico gracias a su antropocentrismo singular. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 29 de noviembre de 1978)

Concilio Vaticano I

El hombre no tiene el mismo fin que los seres irracionales, sino que es ordenado a participar de los bienes divinos y eternos

Dios, por su infinita bondad, ordenó al hombre a un fin sobrenatural, es decir, a participar bienes divinos que sobrepujan totalmente la inteligencia de la mente humana. (Denzinger-Hünermann 3005. Concilio Vaticano I, Constituición dogmática sobre la fe católica)

Juan Pablo II

El esplendor de la verdad brilla de modo particular en el hombre

El esplendor de la verdad brilla en todas las obras del Creador y, de modo particular, en el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26), pues la verdad ilumina la inteligencia y modela la libertad del hombre, que de esta manera es ayudado a conocer y amar al Señor. Por esto el salmista exclama: “¡Alza sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor!” (Sal 4, 7). (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis splendor, 6 de agosto de 1993)

El hombre no puede someterse a lo que es inferior en la jerarquía de las criaturas

¡Con cuánto amor miran los ojos del Maestro y Redentor la belleza del mundo creado! El mundo visible ha sido creado para el hombre. Cristo dice entonces a los que le escuchan: “¿No valéis vosotros mucho más que las aves del cielo y los lirios del campo?” (cf. Mt 6, 26 Mt 6, 28) […] Pero precisamente por eso, el hombre no puede aceptar que su ser espiritual se vea sometido a lo que es inferior en la jerarquía de las criaturas. No puede tomar como meta última de su existencia lo que le ofrecen la tierra y la temporalidad de lo creado. No puede bajarse a servir a las cosas, como si estas fueran el único fin y el destino último de su vida. (Juan Pablo II. Homilía en el viaje apostólico a México y Curaçao, n. 4, 10 de mayo de 1990)


II – Las criaturas reflejan a Dios de varias formas, según la jerarquía por Él establecida. La pretensión de nivelar los grados de bondad de los seres lleva al panteísmo


El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios y los demás seres, cada uno a su modo, son un reflejo de Dios. De acuerdo con la constitución ontológica de los seres San Buenaventura los clasifica como sombra, vestigios o imagen de Dios. Entre esta multitud de seres desiguales reina un verdadero orden y armonía establecida por el mismo Dios. Benedicto XVI alertaba contra una postura que tiende a igualar los seres inferiores a los superiores denominándola de “nuevo panteísmo”.


FRANCISCO

Cristo ha asumido en sí este mundo material y ahora, resucitado, habita en lo íntimo de cada ser, rodeándolo con su cariño y penetrándolo con su luz. (Carta Encíclica Laudato Si’, n.221)


ENSEÑANZAS DEL MAGISTERIO

Santo Tomás de Aquino

La diversidad y la desigualdad provienen del querer divino

No debe faltar a la obra de un artífice consumado una suma perfección. Y así, siendo el bien del orden de diversos seres mejor que cualquiera de los ordenados tomado en si —por ser el elemento formal respecto a los singulares como la perfección del todo a sus partes—, no debió faltar el bien del orden a la obra de Dios. Mas este bien no podría existir sin la diversidad y desigualdad de las criaturas. Luego la diversidad y desigualdad entre las criaturas no procede del acaso, ni de la diversidad de la materia, ni de la intervención de algunas causas o méritos, sino del propio querer divino, que quiso dar a la criatura la perfección que le era posible tener. De aquí que se diga en el Génesis: “Vio Dios que todo lo que había hecho era bueno sobremanera; habiendo dicho de cada cosa solamente que era buena”. Como queriendo decir que cada cosa de por sí es buena, pero todas juntas son muy buenas, por razón del orden del universo, que es la última y más noble perfección de las cosas. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra los gentiles, lib. II, c. 45)

La perfección del universo se encuentra en sus desigualdades

En conclusión: que así como la divina sabiduría es la causa de la distinción de las cosas con miras a la perfección del universo, así lo es también de la desigualdad, porque no será perfecto el universo si en las cosas hubiese un solo grado de bondad. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, a. 47, q. 2)

San Buenaventura

Todas las criaturas son reflejos de Dios, pero no en el mismo grado

Según el estado de nuestra naturaleza, como todo el conjunto de las criaturas sea escala para subir a Dios, y entre las criaturas unas sean vestigios, otras imagen, unas corporales, otras espirituales, unas temporales, otras eviternas, y, por lo mismo, unas que están fuera de nosotros y otras que se hallan dentro de nosotros, para llegar a considerar el primer Principio, que espiritualismo y eterno y superior a nosotros, es necesario pasar por el vestigio, que es corporal y temporal y exterior a nosotros, y esto es ser conducido por la senda de Dios; es necesario entrar en nuestra alma, que es imagen eviterna de Dios, espiritual e interior a nosotros, y esto es entrar en la verdad de Dios; es necesario, por fin trascender al eterno, espiritualismo y superior a nosotros mirando al primer Principio, y esto es alegrarse en el conocimiento de Dios y en la reverencia de la majestad. (San Buenaventura. Itinerario de la mente a Dios, c. I, n. 2)

San Buenaventura explica la jerarquía existente en lo creado: “las primeras son ciertamente inferiores, las segundas intermedias y las terceras mejores”

En el tercer modo, el aspecto del entendimiento que investiga racionalmente, ve que algunas cosas sólo existen; que otras existen y viven; que otras existen, viven y disciernen; y que las primeras son ciertamente inferiores, las segundas intermedias y las terceras mejores. Ve, en segundo lugar, que unas cosas son corporales, otras parte corporales y parte espirituales; de donde infiere que hay otras meramente espirituales, mejores y más dignas que entrambos. Ve además que algunas cosas son mudables y corruptibles, como las terrestres; que otras son mudables e incorruptibles, como las celestes; por donde colige que hay otras inmutables e incorruptibles, como las sobre celestes. (San Buenaventura. Itinerario de la mente a Dios, c. I, n. 13)

Todas las criaturas en el mundo sensible llevan a Dios, unos de forma más clara que otras

De los dos grados primeros que nos han llevado de la mano a especular a Dios en sus vestigios a modo de las dos alas que descendían cubriendo los pies, bien podemos colegir que todas las criaturas de este mundo sensible llevan al Dios Eterno el espíritu del que contempla y degusta, por cuanto son sombras, resonancias y pintura de aquel primer Principio, poderosísimo, sapientísimo y óptimo, de aquel origen, luz y plenitud eterna y de aquella arte eficiente, ejemplante y ordenante; son no solamente vestigios, simulacros y espectáculos puestos ante nosotros para cointuir a Dios, sino también signos que, de modo divino, se nos han dado; son, en una palabra, ejemplares o, por mejor decir, copias propuestas a las almas todavía rudas y materiales para que de las cosas sensibles que ven se trasladen a las cosas inteligibles como del signo a lo significado. (San Buenaventura. Itinerario de la mente a Dios, c. 2, n. 11)

“Decía San Buenaventura que, por la reconciliación universal con todas las criaturas, de algún modo Francisco retornaba al estado de inocencia primitiva” (LS, n. 66)


 

San Buenaventura se refiere al ‘estado de retorno de inocencia primitiva’ de San Francisco como fruto de su piedad hacia Dios, que lo inclinaba de un modo especial a las almas redimidas por Cristo

La verdadera piedad, que, según el Apóstol, es útil para todo (1 Tim 4, 8), de tal modo había llenado el corazón y penetrado las entrañas de Francisco, que parecía haber reducido enteramente a su dominio al varón de Dios. Esta piedad es la que por la devoción le remontaba hasta Dios; por la compasión, le transformaba en Cristo; por la condescendencia, lo inclinaba hacia el prójimo, y por la reconciliación universal con cada una de las criaturas, lo retornaba al estado de inocencia. Sin duda, la piedad lo inclinaba afectuosamente hacia todas las criaturas, pero de un modo especial hacia las almas, redimidas con la sangre preciosa de Cristo Jesús. (San Buenaventura. Leyenda mayor de San Francisco, c. VIII, 1)

Juan Pablo II

El ecocentrismo es una consideración igualitaria de la “dignidad” de todos los seres vivos

En nombre de una concepción inspirada en el ecocentrismo y el biocentrismo, se propone eliminar la diferencia ontológica y axiológica entre el hombre y los demás seres vivos, considerando la biosfera como una unidad biótica de valor indiferenciado. Así, se elimina la responsabilidad superior del hombre en favor de una consideración igualitaria de la “dignidad” de todos los seres vivos. (Juan Pablo II. Discurso al Congreso Internacional sobre ambiente y salud, n. 5, 24 de marzo de 1997)

Hay un peligro de reducir la persona humana y considerarla como los demás elementos naturales

Ante estas diferencias conceptuales en el campo de la investigación científica y técnica, conviene interrogarse sobre las acepciones de este concepto, pues no hay que descuidar sus repercusiones sobre el hombre y sobre la visión que los científicos se forman de él. El peligro principal estriba en reducir la persona a una cosa o considerarla como los demás elementos naturales, relativizando así al hombre, al que Dios ha colocado en el centro de la creación. En la medida en que el interés se concentra ante todo en los elementos, se puede sentir la tentación de no captar ya la naturaleza de un ser vivo o de la creación, considerados globalmente, y de reducirlos a conjuntos de elementos que tienen múltiples interacciones. En consecuencia, ya no se percibe al hombre en su unidad espiritual y corporal, en su alma, principio espiritual en el hombre, que es como la forma de su cuerpo. (Juan Pablo II. Discurso a la asamblea plenaria de la academia pontificia de ciencias, n. 3, 27 de octubre de 1998)

Catecismo de la Iglesia Católica

Amar verdaderamente a la naturaleza es saber contemplarla según la visión de Dios; en su orden y armonía, sus diversidades y jerarquías

La belleza del universo: el orden y la armonía del mundo creado derivan de la diversidad de los seres y de las relaciones que entre ellos existen. […] La belleza de la creación refleja la Infinita belleza del Creador. Debe inspirar el respeto y la sumisión de la inteligencia del hombre y de su voluntad.
La jerarquía de las criaturas está expresada por el orden de los “seis días”, que va de lo menos perfecto a lo más perfecto. Dios ama todas sus criaturas (cf. Ps 145, 9), cuida de cada una, incluso de los pajarillos. Pero Jesús dice: “Vosotros valéis más que muchos pajarillos” (Lc 12, 6-7), o también: “¡Cuánto más vale un hombre que una oveja!” (Mt 12, 12).
El hombre es la cumbre de la obra de la creación. El relato inspirado lo expresa distinguiendo netamente la creación del hombre y la de las otras criaturas (cf. Gn 1, 26). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 341-343)

Juan Pablo II

La contemplación de la naturaleza nos debe recordar que si Dios cuida así a todas sus criaturas, ¿cuánto no hará para que no nos falte nada de lo necesario?

Al contrario, el hombre está llamado a buscar a Dios con todas sus fuerzas, incluso por medio de su trabajo en el mundo. Sólo en Dios el hombre encuentra afirmada su propia libertad, su señorío y superioridad sobre todas las demás criaturas. Y, si alguna vez se debilitase esta sencilla y profunda convicción, la contemplación de la misma naturaleza nos debe recordar que, si así cuida Dios a todas sus criaturas, ¿cuánto no hará para que no nos falte nada de lo necesario? A los hombres nos corresponde una tarea primordial: Buscar el Reino de Dios y su justicia (cf. Mt 6, 33). En esto debemos emplear todas nuestras fuerzas, porque ese Reino es “como un tesoro escondido en un campo, la perla más valiosa”, de que nos habla el Evangelio; y para obtenerlo, debemos hacer todo lo posible, hasta “venderlo todo.” (cf. Mt 13, 44. 45), es decir, no tener otro afán en el corazón. (Juan Pablo II. Homilía en la Celebración Eucarística para el mundo del trabajo en Monterrey, n. 4-5, 10 de mayo de 1990)

Benedicto XVI

Se ha de subrayar que es contrario al verdadero desarrollo considerar la naturaleza como más importante que la persona humana. Esta postura conduce a actitudes neopaganas o de nuevo panteísmo

La naturaleza está a nuestra disposición no como un “montón de desechos esparcidos al azar”,   (Pablo VI. Encíclica Populorum progressio, n. 14) sino como un don del Creador que ha diseñado sus estructuras intrínsecas para que el hombre descubra las orientaciones que se deben seguir para “guardarla y cultivarla” (cf. Gn 2, 15). Pero se ha de subrayar que es contrario al verdadero desarrollo considerar la naturaleza como más importante que la persona humana misma. Esta postura conduce a actitudes neopaganas o de nuevo panteísmo: la salvación del hombre no puede venir únicamente de la naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista.  Por otra parte, también es necesario refutar la posición contraria, que mira a su completa tecnificación, porque el ambiente natural no es sólo materia disponible a nuestro gusto, sino obra admirable del Creador y que lleva en sí una “gramática” que indica finalidad y criterios para un uso inteligente, no instrumental y arbitrario. (Benedicto XVI. Encíclica Caritas in veritate, n. 48, 29 de junio de 2009)

El Magisterio de la Iglesia manifiesta reservas ante una concepción del mundo que nos rodea inspirada en el ecocentrismo y el biocentrismo, porque dicha concepción elimina la diferencia ontológica y axiológica entre la persona humana y los otros seres vivientes

Al cuidar la creación, vemos que Dios, a través de ella, cuida de nosotros. Por otro lado, una correcta concepción de la relación del hombre con el medio ambiente no lleva a absolutizar la naturaleza ni a considerarla más importante que la persona misma. El Magisterio de la Iglesia manifiesta reservas ante una concepción del mundo que nos rodea inspirada en el ecocentrismo y el biocentrismo, porque dicha concepción elimina la diferencia ontológica y axiológica entre la persona humana y los otros seres vivientes. De este modo, se anula en la práctica la identidad y el papel superior del hombre, favoreciendo una visión igualitarista de la “dignidad” de todos los seres vivientes. Se abre así paso a un nuevo panteísmo con acentos neopaganos, que hace derivar la salvación del hombre exclusivamente de la naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista. (Benedicto XVI. Mensaje para la celebración de la XLIII Jornada Mundial de la Paz, n. 13, 1 de enero de 2010)

Pontificio  Consejo de la Cultura y Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso

Es proprio de la Nueva Era preferir las religiones orientales y divinizar al mundo

La Nueva Era muestra una notable preferencia por las religiones orientales o precristianas, a las que se considera incontaminadas por las distorsiones judeocristianas. De aquí el gran respeto que merecen los antiguos ritos agrícolas y los cultos de fertilidad. ‘Gaia’, la Madre Tierra, se presenta como alternativa a Dios Padre, cuya imagen se ve vinculada a una concepción patriarcal del dominio masculino sobre la mujer. Se habla de Dios, pero no se trata de un Dios personal. El Dios del que habla la Nueva Era no es ni personal ni trascendente. Tampoco es el Creador que sostiene el universo, sino una ‘energía impersonal’, inmanente al mundo, con el cual forma una ‘unidad cósmica’: ‘Todo es uno’. Esta unidad es monista, panteísta o, más exactamente, panenteísta. Dios es el ‘principio vital’, ‘el espíritu o alma del mundo’, la suma total de la conciencia que existe en el mundo. En cierto sentido, todo es Dios. Su presencia es clarísima en los aspectos espirituales de la realidad, de modo que cada mente y espíritu es, en cierto sentido, Dios. […] No hay alteridad entre Dios y el mundo. El mundo mismo es divino y está sometido a un proceso evolutivo que lleva de la materia inerte a una ‘conciencia superior y perfecta’. […] El libro de James Lovelock sobre la hipótesis Gaia afirma que ‘todo el ámbito de la materia viva de la tierra, desde las ballenas hasta los virus y desde los robles hasta las algas, podría considerarse como una única entidad viviente, capaz de manipular la atmósfera de la tierra para adaptarla a sus necesidades generales y dotada de facultades y poderes que superan con mucho los de sus partes constitutivas’. (Consejo Pontificio de la Cultura y Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso. Jesucristo portador del agua de la vida, Una reflexión cristiana sobre la Nueva Era, n. 2.3.4.2 – 2.3.4.3, 3 de febrero de 2003)

Pío X

No podemos caer en el grandísimo error de imaginar que la acción de Dios es una misma cosa con la acción de la naturaleza

Errores, en verdad grandísimos; y cuán perniciosos sean ambos, se descubrirá al verse sus consecuencias. […] Qué opinan realmente los modernistas sobre la inmanencia, difícil es decirlo: no todos sienten una misma cosa. Unos la ponen en que Dios, por su acción, está más íntimamente presente al hombre que éste a sí mismo; lo cual nada tiene de reprensible si se entendiera rectamente. Otros, en que la acción de Dios es una misma cosa con la acción de la naturaleza, como la de la causa primera con la de la segunda; lo cual, en verdad, destruye el orden sobrenatural. Por último, hay quienes la explican de suerte que den sospecha de significación panteísta, lo cual concuerda mejor con el resto de su doctrina. (Pío X. Encíclica Pascendi dominici gregis, n. 18, 8 de septiembre de 1907)

Pío XI

Quien identifica Dios con el universo no pertenece a los verdaderos creyentes

Y ante todo, venerables hermanos, cuidad que la fe en Dios, primer e insustituible fundamento de toda religión, permanezca pura e íntegra en las regiones alemanas. No puede tenerse por creyente en Dios el que emplea el nombre de Dios retóricamente, sino sólo el que une a esta venerada palabra una verdadera y digna noción de Dios.
Quien, con una confusión panteísta, identifica a Dios con el universo, materializando a Dios en el mundo o deificando al mundo en Dios, no pertenece a los verdaderos creyentes
. (Pío XI. Encíclica Mit brennender sorge, n. 9-10, 14 de marzo de 1937)


 III – La Santa Iglesia Católica es la única verdadera: no se puede igualarla a las demás confesiones


Igualar los seres trae como consecuencia lógica la igualdad de religiones. La Nueva Era llega al colmo de identificar a Buda con Cristo. La voz de la Iglesia es única, el Magisterio siempre la ha declarado como la verdadera, dentro de la cual se encuentra la salvación.


FRANCISCO

No podemos ignorar que, también fuera de la Iglesia Católica, otras Iglesias y Comunidades cristianas –como también otras religiones– han desarrollado una amplia preocupación y una valiosa reflexión sobre estos temas que nos preocupan a todos. (Carta Encíclica Laudato Si’, n.7)

Es precisamente el regreso a sus fuentes lo que permite a las religiones responder mejor a las necesidades actuales. (Carta Encíclica Laudato Si’, n.200)


ENSEÑANZAS DEL MAGISTERIO

Sagradas Escrituras

Es muy útil recordar la exhortación de San Pablo:

Tenías que transmitir a algunos la orden de que no enseñen doctrinas extrañas, ni se dediquen a fábulas y genealogías interminables, que son más a propósito para promover disputas que para realizar el plan de Dios, fundado en la fe. (1 Tim 1, 3-4)

Consejo Pontificio de la Cultura y Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso

La igualdad de seres lleva a la igualdad de religiones y éstas igualan Buda a Cristo

[Para la Nueva Era] Jesús de Nazaret no fue el Cristo, sino sencillamente una de las muchas figuras históricas en las que se reveló esa naturaleza “crística”, al igual que Buda y otros. Cada realización histórica del Cristo muestra claramente que todos los seres humanos son celestes y divinos y los conduce hacia esa realización. (Consejo Pontificio de la Cultura y Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso. Jesucristo portador del agua de la vida, una reflexión cristiana sobre la Nueva Era, n. 2.3.4.2, 3 de febrero de 2003)

Pablo VI

Sólo la religión católica instaura efectivamente una relación auténtica y viviente con Dios

La Iglesia piensa que estas multitudes [no cristianas] tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo, dentro del cual creemos que toda la humanidad puede encontrar, con insospechada plenitud, todo lo que busca a tientas acerca de Dios, del hombre y de su destino, de la vida y de la muerte, de la verdad. […] En otras palabras, nuestra religión instaura efectivamente una relación auténtica y viviente con Dios, cosa que las otras religiones no lograron establecer, por más que tienen, por decirlo así, extendidos sus brazos hacia el cielo. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 53, 8 de diciembre de 1975)

Benedicto XVI

No todas las religiones son iguales

Por este motivo, aunque es verdad que, por un lado, el desarrollo necesita de las religiones y de las culturas de los diversos pueblos, por otro lado, sigue siendo verdad también que es necesario un adecuado discernimiento. La libertad religiosa no significa indiferentismo religioso y no comporta que todas las religiones sean iguales. (Benedicto XVI. Encíclica Caritas in veritate, n. 53, 29 de junio de 2009)

Juan Pablo II

Existe una tendencia de nivelar las varias religiones y experiencias espirituales, presentándolas como caminos de salvación

Sabéis bien que, en la base de esta difusión [de las sectas], hay también muchas veces una gran falta de formación religiosa con la consiguiente indecisión acerca de la necesidad de la fe en Cristo y de la adhesión a la Iglesia instituida por él. Se tiende a presentar las religiones y las varias experiencias espirituales como niveladas en un mínimo común denominador, que las haría prácticamente equivalentes, con el resultado de que toda persona sería libre de recorrer indiferentemente uno de los muchos caminos propuestos para alcanzar la salvación deseada. Si a esto se suma el proselitismo audaz, que caracteriza a algún grupo particularmente activo e invasor de estas sectas, se comprende de inmediato cuán urgente es hoy sostener la fe de los cristianos, dándoles la posibilidad de una formación religiosa permanente, para profundizar cada vez mejor su relación personal con Cristo. Debéis esforzaros principalmente por prevenir ese peligro, consolidando en los fieles la práctica de la vida cristiana y favoreciendo el crecimiento del espíritu de auténtica fraternidad en el seno de cada una de las comunidades eclesiales. (Juan Pablo II. Discurso al undécimo grupo de obispos de Brasil en visita “ad limina”, n. 2, 23 de marzo de 2003)

No hay camino de salvación en una religión diferente de la fundada por Cristo

No ha faltado quien ha querido interpretar la acción misionera [de la Iglesia] como un intento de imponer a otros las propias convicciones y opciones, en contraste con un determinado espíritu moderno, que se jacta, como si fuera una conquista definitiva, de la absoluta libertad de pensamiento y de conciencia personal. Según esa perspectiva, la actividad evangelizadora debería sustituirse con un diálogo interreligioso, que consistiría en un intercambio de opiniones y de informaciones, con las que cada una de las partes da a conocer el propio credo y se enriquece con el pensamiento de los otros, sin ninguna preocupación por llegar a una conclusión. […] Así se respetaría el camino de salvación que cada uno sigue según la propia educación y tradición religiosa (cf. Redemptoris missio, n. 4). Pero esta concepción es irreconciliable con el mandato de Cristo a los Apóstoles (cf. Mt 28, 19-20, Mc 16, 15), transmitido a la Iglesia […] [El Concilio] confirmó al mismo tiempo el papel de la Iglesia, en la que es necesario que el hombre entre y persevere, si quiere salvarse. […] Esta doctrina tradicional de la Iglesia pone al descubierto la inconsistencia y la superficialidad de una actitud relativista e irenista acerca del camino de la salvación, en una religión diferente de la fundada en la fe en Cristo. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1-2, 10 de mayo de 1995)

Pablo VI

Hemos de manifestar nuestra persuasión de que la religión católica es la única verdadera

Evidentemente no podemos compartir estas variadas expresiones religiosas [judaísmo, religión musulmana y afroasiáticas] ni podemos quedar indiferentes, como si todas, a su modo, fuesen equivalentes y como si autorizasen a sus fieles a no buscar si Dios mismo ha revelado una forma exenta de todo error, perfecta y definitiva, con la que Él quiere ser conocido, amado y servido; al contrario, por deber de lealtad, hemos de manifestar nuestra persuasión de que la verdadera religión es única, y que esa es la religión cristiana; y alimentar la esperanza de que como tal llegue a ser reconocida por todos los que verdaderamente buscan y adoran a Dios. (Pablo VI. Encíclica Ecclesiam suam, n. 40, 6 de agosto de 1964)

Juan XXIII

Grande injuria es nivelar la religión católica con las demás

Tampoco faltan los que, si bien no impugnan de propósito la verdad, adoptan, sin embargo, ante ella una actitud de negligencia y sumo descuido, como si Dios no les hubiera dado la razón para buscarla y encontrarla. Tan reprobable modo de actuar conduce, como por espontáneo proceso, a esta absurda afirmación: todas las religiones tienen igual valor, sin diferencia alguna entre lo verdadero y lo falso. “Este principio —para usar las palabras de nuestro mismo predecesor— lleva necesariamente a la ruina todas las religiones, particularmente la católica, la cual, siendo entre todas la única verdadera, no puede ser puesta al mismo nivel de las demás sin grande injuria”. Por lo demás, negar la diferencia que existe entre cosas tan contradictorias entre sí, derechamente conduce a la nefasta conclusión de no admitir ni practicar religión alguna. ¿Cómo podría Dios, que es la verdad, aprobar o tolerar la indiferencia, el descuido, la ignorancia de quienes, tratándose de cuestiones de las cuales depende nuestra eterna salvación, no se preocupan lo más mínimo de buscar y encontrar las verdades necesarias ni de rendir a Dios el culto debido solamente a Él? (Juan XXIII. Encíclica Ad Petre Cathedram, 29 de junio de 1959)

Concilio Vaticano II

La plenitud de los medios salvíficos se encuentra solamente en la Iglesia Católica

Solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es auxilio general de la salvación, puede conseguirse la plenitud total de los medios salvíficos. Creemos que el Señor entregó todos los bienes de la Nueva Alianza a un solo colegio apostólico, a saber, el que preside Pedro, para constituir un solo Cuerpo de Cristo en la tierra, al que tienen que incorporarse totalmente todos los que de alguna manera pertenecen ya al Pueblo de Dios. (Concilio Vaticano II. Decreto Unitatis redintegratio, n. 3, 21 de noviembre de 1964)

Pío XI

Es falsa la opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables

Convencidos de que son rarísimos los hombres privados de todo sentimiento religioso, parecen [algunos] haber visto en ello esperanza de que no será difícil que los pueblos, aunque disientan unos de otros en materia de religión, convengan fraternalmente en la profesión de algunas doctrinas que sean como fundamento común de la vida espiritual. […] Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio. Cuantos sustentan esta opinión, no solo yerran y se engañan, sino también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios. (Pío XI. Encíclica Mortalium animos, n. 2-3, 6 de enero de 1928)

León XIII

La única religión verdadera es reconocible con facilidad, singularmente en los pueblos católicos

La justicia y la razón prohíben, por tanto, el ateísmo del Estado, o, lo que equivaldría al ateísmo, el indiferentismo del Estado en materia religiosa, y la igualdad jurídica indiscriminada de todas las religiones. Siendo, pues, necesaria en el Estado la profesión pública de una religión, el Estado debe profesar la única religión verdadera, la cual es reconocible con facilidad, singularmente en los pueblos católicos, puesto que en ella aparecen como grabados los caracteres distintivos de la verdad. Esta es la religión que deben conservar y proteger los gobernantes, si quieren atender con prudente utilidad, como es su obligación, a la comunidad política. Porque el poder político ha sido constituido para utilidad de los gobernados. Y aunque el fin próximo de su actuación es proporcionar a los ciudadanos la prosperidad de esta vida terrena, sin embargo, no debe disminuir, sino aumentar, al ciudadano las facilidades para conseguir el sumo y último bien, en que está la sempiterna bienaventuranza del hombre, y al cual no puede éste llegar si se descuida la religión. (León XIII. Encíclica Libertas praestantissimum, n. 16, 20 de junio de 1888)

No pueden contarse entre los hijos de Dios los que no reconocen por hermano a Jesucristo y por madre a la Iglesia

Nuestro corazón se dirige también con sin igual ardor tras aquellos a quienes el soplo contagioso de la impiedad no ha envenenado del todo, y que, a lo menos, experimentan el deseo de tener por padre al Dios verdadero, creador de la tierra y del cielo. Que reflexionen y comprendan bien que no pueden en manera alguna contarse en el número de los hijos de Dios si no vienen a reconocer por hermano a Jesucristo y por madre a la Iglesia. (León XIII. Encíclica Satis cognitum, n. 45, 29 de junio de 1896)

Formas de culto distintas no son igualmente aceptables a Dios

En materia religiosa, pensar que las formas de culto, distintas y aun contrarias, son todas iguales, equivale a confesar que no se quiere aprobar ni practicar ninguna de ellas. Esta actitud, si nominalmente difiere del ateísmo, en realidad se identifica con él. Los que creen en la existencia de Dios, si quieren ser consecuentes consigo mismos y no caer en un absurdo, han de comprender necesariamente que las formas usuales de culto divino, cuya diferencia, disparidad y contradicción aun en cosas de suma importancia son tan grandes, no pueden ser todas igualmente aceptables ni igualmente buenas o agradables a Dios. (León XIII. Encíclica Immortale Dei, n. 14, 1 de noviembre de 1885)

Pío IX

Admitir la indiferencia religiosa supone aceptar un consorcio entre Cristo y Belial

Tal es el sistema perverso y opuesto a la luz natural de la razón que propugna la indiferencia en materia de religión, con el cual estos inveterados enemigos de la religión, quitando todo discrimen entre la virtud y el vicio, entre la verdad y el error, entre la honestidad y vileza, aseguran que en cualquier religión se puede conseguir la salvación eterna, como si alguna vez pudieran entrar en consorcio la justicia con la iniquidad, la luz con las tinieblas, Cristo con Belial (2 Co 6, 15). (Pío IX. Encíclica Qui pluribus, n. 9, 9 de noviembre de 1946)

Concilio Vaticano I

No hay paridad entre aquellos que han adherido a la verdadera fe y los que siguen una falsa religión

El benignísimo Señor excita y ayuda con su gracia a los errantes, para que puedan llegar al conocimiento de la verdad (1 Tm 2, 1 Tm 4), y a los que trasladó de las tinieblas a su luz admirable (1 P 2, 9), los confirma con su gracia para que perseveren en esa misma luz, no abandonándolos, si no es abandonado. Por eso, no es en manera alguna igual la situación de aquellos que por el don celeste de la fe se han adherido a la verdad católica y la de aquellos que, llevados de opiniones humanas, siguen una religión falsa. (Denzinger-Hünermann 3014. Concilio Vaticano I, Constitución dogmática Dei Filius, c. 3, 24 de abril de 1870)

Gregorio XVI

Los que piensan que por todas las partes se va al Cielo perecerán eternamente

Otra causa que ha producido muchos de los males que afligen a la Iglesia es el indiferentismo, o sea, aquella perversa teoría extendida por doquier, merced a los engaños de los impíos, y que enseña que puede conseguirse la vida eterna en cualquier religión, con tal que haya rectitud y honradez en las costumbres. […] Si dice el Apóstol que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo, entiendan, por lo tanto, los que piensan que por todas partes se va al puerto de salvación, que, según la sentencia del Salvador, están ellos contra Cristo, pues no están con Cristo y que los que no recolectan con Cristo, esparcen miserablemente, por lo cual es indudable que perecerán eternamente los que no tengan fe católica y no la guardan íntegra y sin mancha. (Gregorio XVI. Encíclica Mirari vos, n. 9, 15 de agosto de 1832)

Congregación del Santo Oficio

Los hombres no pueden salvarse de igual modo en cualquier religión

No se salva quien, sabiendo que la Iglesia ha sido divinamente instituida por Cristo, sin embargo rechaza someterse a la Iglesia o niega la obediencia al Romano Pontífice, vicario de Cristo en la tierra. […] [Pío XII] recuerda a los “por cierto inconsciente deseo y aspiración están ordenados al Cuerpo místico del Redentor”; no los excluye, en efecto, de la salvación, sino que por otra parte afirma que se encuentran en un tal estado “en que no pueden sentirse seguros de la propia salvación… porque carecen, sin embargo, de tantos y tan grandes dones y socorros celestiales cómo sólo en la Iglesia católica es posible gozar”.
Con esas prudentes palabras desaprueba
tanto los que excluyen de la salvación eterna a todos los que se adhieren a la Iglesia sólo con un voto implícito como a los que falsamente sostienen que los hombres pueden igualmente ser salvados en toda religión. (Denzinger-Hünermann, 3867.3871-3872. Carta del Santo Oficio al arzobispo de Boston, 8 de octubre de 1949)

Congregación para la Doctrina de la Fe

El pluralismo religioso arroja sobre la Iglesia de Jesucristo sombras de duda y de inseguridad

El perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativista, que tratan de justificar el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure (o de principio). En consecuencia, se retienen superadas, por ejemplo, verdades tales como el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo, la naturaleza de la fe cristiana con respecto a la creencia en las otras religiones, […] la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo, la mediación salvífica universal de la Iglesia […]. Se elaboran algunas propuestas teológicas en las cuales la revelación cristiana y el misterio de Jesucristo y de la Iglesia pierden su carácter de verdad absoluta y de universalidad salvífica, o al menos se arroja sobre ellos la sombra de la duda y de la inseguridad. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 4, 6 de agosto de 2000)

San Ireneo de Lyon

Quien no se une a la Iglesia no participa del Espíritu de Dios

En la Iglesia Dios puso […] todos los otros efectos del Espíritu. De éste no participan quienes no se unen a la Iglesia, sino que se privan a sí mismos de la vida por su mala doctrina y pésima conducta. Pues donde está la Iglesia ahí se encuentra el Espíritu de Dios, y donde está el Espíritu de Dios ahí está la Iglesia y toda la gracia, ya que el Espíritu es la verdad. Por tanto, quienes no participan de él, ni nutren su vida con la leche de su madre (la Iglesia), tampoco reciben la purísima fuente que procede del cuerpo de Cristo. ‘Cavan para sí mismos cisternas agrietadas’ (Jr 2,13), se llenan de pozos terrenos y beben agua corrompida por el lodo; porque huyen de la fe de la Iglesia para que no se les convenza de error, y rechazan el Espíritu para no ser instruidos. (San Ireneo de Lyon. Contra herejes, III, 24, 1)

San Juan de la Cruz

Buscar algo fuera de Cristo es un agravio a Dios

Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar. […] En lo cual da a entender el Apóstol que Dios ha quedado como mudo y no tiene más que hablar, porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en el todo, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad. (San Juan de la Cruz. Subida del Monte Carmelo, l. 2, c. 22, 3-5)


IV – Cristo es el centro y la causa ejemplar de toda la creación


Nuestro Señor Jesucristo, “Primogénito de toda criatura, porque por medio de él fueron creadas todas las cosas” (Col, 1, 15) es el ‘libro’ donde se puede leer y comprender toda la Obra de la Creación. Esta naturaleza que tiene sombras, vestigios o imágenes de Dios fue modelado según la ‘Sabiduría eterna’, el ‘Verbo encarnado’. Dios creó de la nada y por amor, a todos los seres. Los creó en una perfecta armonía e orden. Como rey de toda la creación, el Altísimo colocó el hombre y la mujer y todas las demás criaturas les estaban sometidas por naturaleza. Pero de dentro de este equilibrio y paz, el hombre pecó y así introdujo el desorden y confusión en el mundo. El Verbo, que había sido el modelo de la primera creación, ‘se hizo carne’ e hizo una ‘nueva creación’ a través de la cruz y resurrección.

La Iglesia siempre ha visto la creación entera en función de la Persona Divina de Nuestro Señor Jesucristo y cualquier consideración que omite este punto resulta naturalista y no está de acuerdo con el Magisterio de la Iglesia.


Sagradas Escrituras

Por el Verbo se hizo todo

Por medio de él [el Verbo] se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. (Jn 1, 3)

En Cristo reside toda la plenitud

Él [Cristo] es imagen del Dios invisible,  primogénito de toda criatura; porque en él fueron creadas todas las cosas; celestes y terrestres, visibles e invisibles. Tronos y Dominaciones,  Principados y Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él y para él  quiso reconciliar todas las cosas,  las del cielo y las de la tierra,  haciendo la paz por la sangre de su cruz. (Col 1, 15-20)

Santo Tomás de Aquino

Imagen perfecta de Dios por identidad de naturaleza

El Primogénito de toda criatura (Col 1, 15) es la imagen perfecta de Dios, que cumple exactamente las condiciones esenciales a la imagen. Por eso se dice de él que es imagen, no “a imagen”. El hombre, en cambio, es imagen por la semejanza, pero es “a imagen” por la imperfección de esa semejanza. Y, puesto que la semejanza perfecta de Dios sólo puede darse en la identidad de naturaleza, su imagen se da en le Verbo como la imagen del rey en su hijo natural; más en el hombre, como en una naturaleza ajena, se da la imagen de Dos como la imagen del rey en una moneda de plata, en expresión de San Agustín. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 93,1)

Juan Pablo II

En la Sabiduría eterna la tradición cristiana ha visto el rostro de Cristo

En el admirable canto que la Sabiduría entona en el libro de los Proverbios, y que se leyó al principio de este encuentro, se presenta “constituida desde la eternidad, desde el principio” (Pr 8, 24). La Sabiduría está presente en el momento de la creación como arquitecto”, dispuesta a poner sus delicias “entre los hijos de los hombres” (cf. Pr 8, 30-31). Bajo estos aspectos, la tradición cristiana ha visto en ella el rostro de Cristo, imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación […] Todo fue creado por él y para él; él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia” (Col 1, 15-17; cf. Jn 1, 3). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4, 2 de agosto de 2000)

Benedicto XVI

Jesucristo es el Señor de la creación y de la Historia

No debemos tener ningún temor de afrontar este desafío: en efecto, Jesucristo es el Señor de toda la creación y de toda la Historia. El creyente sabe bien que “todo fue creado por él y para él, […] y todo tiene en él su consistencia” (Col 1, 16. 17). Profundizando continuamente el conocimiento de Cristo, centro del cosmos y de la historia, podemos mostrar a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo que la fe en él tiene relevancia para el destino de la humanidad: más aún, es la realización de todo lo que es auténticamente humano. (Benedicto XVI. Discurso, 10 de febrero de 2010)

Congregación para el Clero

Cristo introduce en el mundo una forma nueva, sublime y divina de vida

Comencemos por el significado cristológico. Cristo es novedad. Realiza una nueva creación. Su sacerdocio es nuevo. Cristo renueva todas las cosas. Jesús, el Hijo unigénito del Padre, enviado al mundo, “se hizo hombre para que la humanidad, sometida al pecado y a la muerte, fuese regenerada y, mediante un nuevo nacimiento, entrase en el reino de los cielos. Consagrado totalmente a la voluntad del Padre, Jesús realizó mediante su misterio pascual esta nueva creación introduciendo en el tiempo y en el mundo una forma nueva, sublime y divina de vida, que transforma la misma condición terrena de la humanidad” (Sacerdotalis caelibatus, n. 19). (Congregación para el Clero. Reflexiones del Cardenal Claudio Hummes con motivo del XL aniversario de la Carta encíclica ‘Sacerdotalis caeilibatus’, 24 de febrero de 2007)

Pablo VI

Por medio de Cristo Dios creó todo el universo

Es [Cristo] quien afirma ser “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6), “la resurrección y la vida” (Jn 11, 25) de todos los hombres que crean en El; es quien sale al encuentro de la muerte como dominador y con su resurrección desconcierta los planes mezquinos de sus contrarios. Jesús de Nazaret es verdaderamente el centro de la historia, como proclamó San Pablo: “Es imagen de Dios invisible, engendrado antes que toda creatura; pues por su medio se creó el universo celeste y terrestre, lo visible y lo invisible… Todo fue creado por El y para El. Él es antes que todo y el universo tiene en El su consistencia” (Col 1, 15 ss). (Homilía Domingo de Ramos, 19 de marzo de 1978)

Pío XII

Toda armonía del mundo viene de Cristo

En particular Cristo recién nacido se manifiesta y se ofrece al mundo actual: 1. como consuelo de los que deploran las desarmonías y desesperan de la armonía del mundo. 2. como garantía de la armonía del mundo. 3. como luz y camino de todo esfuerzo del género humano para establecer la armonía en el mundo. (Pío XII. Radiomensaje a los fieles e dos povos do mundo enterro para la navidad , 22 de dicembre de 1957)

León XIII

Causa ejemplar por la que todas las cosas tienen forma y belleza, orden y armonía

El Hijo, Verbo e Imagen de Dios, es la causa ejemplar por la que todas las cosas tienen forma y belleza, orden y armonía, él, que es camino, verdad, vida, ha reconciliado al hombre con Dios; “por Dios”, por relación al Hijo. (León XIII. Encíclica Divinum illud munus, n. 5, 9 de mayo de 1897)

San Buenaventura

En Cristo está el efecto y la causa de la creación

Porque siendo la imagen una semejanza expresiva, nuestra alma, al contemplar en Cristo, Hijo de Dios e imagen de Dios invisible por naturaleza, nuestra humanidad, tan admirablemente exaltada y tan inefablemente unida; al ver, digo, en Cristo reducidos a unidad al primero y al último, al sumo y al ínfimo, a la circunferencia y al centro, al alfa y a la omega, al efecto y a la causa, al Creador y a la criatura, al libro escrito por dentro y por fuera, llegó ya a un objeto perfecto, para con Dios lograr la perfección de sus iluminaciones en el sexto grado, como en el sexto día. (San Buenaventura. Itinerario de la mente a Dios, c.VI, n.7)

El Verbo Divino es el prototipo del cual el ser humano fue producido por causalidad ejemplar

Somos semejanza expresa de Dios, semejanza según el orden de conveniencia, como el ejemplado se asemeja al Ejemplar. (San Buenaventura. II Sent., d.16, a.1, q.1)

Toda criatura es como una efigie de Jesús Cristo, la eterna Sabiduría

Porque, en verdad, las criaturas de este mundo sensible significan las perfecciones invisibles de Dios; en parte, porque Dios es el origen, el ejemplar y el fin de las cosas creadas y porque todo efecto es signo de la causa, toda copia lo es del ejemplar, todo camino lo es del fin al que conducen; en parte por representación propia, en parte por la prefiguración profética, en parte por operación angélica y en parte por institución sobreañadida. Y es que toda criatura, por su naturaleza, es como una efigie o similitud de la eterna Sabiduría; pero lo es especialmente aquella que, en la Sagrada Escritura, se tomó, por espíritu de profecía para prefigurar las cosas espirituales; mas especialmente aquellas criaturas en cuya figura quiso Dios aparecer por ministerio de los ángeles y, especialísimamente, por fin, aquella que quiso fuese instituida para significar, la cual no sólo tiene razón de signo común, sino también de signo sacramental. (San Buenaventura. Itinerario de la mente a Dios, c. II, 12)

Juan Pablo II

En toda la creación de encuentran vestigios de Dios, pero la luz de Dios resplandece con toda su belleza en Jesucristo

La luz del rostro de Dios resplandece con toda su belleza en el rostro de Jesucristo, ‘imagen de Dios invisible’ (Col 1, 15), ‘resplandor de su gloria’ (Hb 1, 3), ‘lleno de gracia y de verdad’ (Jn 1, 14): él es ‘el camino, la verdad y la vida’ (Jn 14, 6). Por esto la respuesta decisiva a cada interrogante del hombre, en particular a sus interrogantes religiosos y morales, la da Jesucristo; más aún, como recuerda el Concilio Vaticano II, la respuesta es la persona misma de Jesucristo: “Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Pues Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, de Cristo, el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación” (Gaudium et spes, n. 22). (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, n. 2, 6 de agosto de 1993)

Benedicto XVI

La primera creación encuentra su cumbre en la nueva creación en Cristo

San Juan afirma que el Verbo, el Logos estaba desde el principio junto a Dios, y que todo ha sido hecho por medio del Verbo y nada de lo que existe se ha hecho sin Él (cf. Jn 1, 1-3). El evangelista hace una clara alusión al relato de la creación que se encuentra en los primeros capítulos del libro del Génesis, y lo relee a la luz de Cristo. Este es un criterio fundamental en la lectura cristiana de la Biblia: el Antiguo y el Nuevo Testamento se han de leer siempre juntos, y a partir del Nuevo se abre el sentido más profundo también del Antiguo. Aquel mismo Verbo, que existe desde siempre junto a Dios, que Él mismo es Dios y por medio del cual y en vista del cual todo ha sido creado (cf. Col 1, 16-17), se hizo hombre: el Dios eterno e infinito se ha sumergido en la finitud humana, en su criatura, para reconducir al hombre y a toda la creación hacia Él. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: ‘La primera creación encuentra su sentido y su cumbre en la nueva creación en Cristo, cuyo esplendor sobrepasa el de la primera’ (n. 349). Los Padres de la Iglesia han comparado a Jesús con Adán, hasta definirle ‘segundo Adán’ o el Adán definitivo, la imagen perfecta de Dios. Con la Encarnación del Hijo de Dios tiene lugar una nueva creación. (Benedicto XVI. Audiencia general, 9 de enero de 2013)

El pecado arruina con la armonía de la naturaleza

La belleza de la naturaleza nos recuerda que Dios nos ha encomendado la misión de “labrar y cuidar” este “jardín” que es la tierra (cf. Gn 2, 8-17). Veo cómo de verdad cultiváis y cuidáis este hermoso jardín de Dios, un verdadero paraíso. Cuando los hombres viven en paz con Dios y entre sí, la tierra se asemeja verdaderamente a un “paraíso”. Por desgracia, el pecado arruina continuamente este proyecto divino, engendrando divisiones e introduciendo la muerte en el mundo. Así sucede que los hombres ceden a las tentaciones del maligno y se hacen la guerra unos a otros. La consecuencia es que, en este estupendo “jardín”, que es el mundo, se abren espacios de “infierno”. En medio de esta belleza no debemos olvidar las situaciones en las que se encuentran a veces muchos hermanos y hermanas nuestros. (Benedicto XVI. Ángelus, 22 de julio de 2007)

Vivir como si Dios no existiera lleva a explotar y deteriorar la creación

El compromiso en el mundo requerido por la divina Palabra nos impulsa a mirar con ojos nuevos el cosmos que, creado por Dios, lleva en sí la huella del Verbo, por quien todo fue hecho (cf. Jn 1, 2). En efecto, como creyentes y anunciadores del Evangelio tenemos también una responsabilidad con respecto a la creación. La revelación, a la vez que nos da a conocer el plan de Dios sobre el cosmos, nos lleva también a denunciar las actitudes equivocadas del hombre cuando no reconoce todas las cosas como reflejo del Creador, sino como mera materia para manipularla sin escrúpulos. De este modo, el hombre carece de esa humildad esencial que le permite reconocer la creación como don de Dios, que se ha de acoger y usar según sus designios. Por el contrario, la arrogancia del hombre que vive “como si Dios no existiera”, lleva a explotar y deteriorar la naturaleza, sin reconocer en ella la obra de la Palabra creadora. En esta perspectiva teológica, deseo retomar las afirmaciones de los Padres sinodales, que han recordado que acoger la Palabra de Dios atestiguada en la Sagrada Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia da lugar a un nuevo modo de ver las cosas, promoviendo una ecología auténtica, que tiene su raíz más profunda en la obediencia de la fe…, desarrollando una renovada sensibilidad teológica sobre la bondad de todas las cosas creadas en Cristo. (Benedicto XVI. Exhortación apostólica Verbum Domini, n. 108, 30 de septiembre de 2010)

Juan Pablo II

Cristo repara el pecado, pero el hombre se opone a la gracia frente al testimonio de la cruz

Precisamente porque existe el pecado en el mundo, al que ‘Dios amó tanto… que lo dio su Hijo unigénito’, Dios que ‘es amor’, no puede revelarse de otro modo si no es como misericordia. Esta corresponde no sólo con la verdad más profunda de ese amor que es Dios, sino también con la verdad interior del hombre y del mundo que es su patria temporal.
La misericordia en sí misma, en cuanto perfección de Dios infinito es también infinita. Infinita pues e inagotable es la prontitud del Padre en acoger a los hijos pródigos que vuelven a casa. Son infinitas la prontitud y la fuerza del perdón que brotan continuamente del valor admirable del sacrificio de su Hijo. No hay pecado humano que prevalezca por encima de esta fuerza y ni siquiera que la limite. Por parte del hombre puede limitarla únicamente la falta de buena voluntad, la falta de prontitud en la conversión y en la penitencia, es decir, su perdurar en la obstinación, oponiéndose a la gracia y a la verdad especialmente frente al testimonio de la cruz y de la resurrección de Cristo. (Juan Pablo II. Encíclica Dives in misericordia, n. 13, 30 de noviembre de 1980)

Pío X

La sociedad está afligida por un mal que la lleva a la muerte: la defección y la separación de Dios

Luego, dejando aparte otros motivos, [de rehusar el Pontificado] Nos llenaba de temor sobre todo la tristísimo situación en que se encuentra la humanidad. Quién ignora, efectivamente, que la sociedad actual, más que en épocas anteriores, esta afligida por un íntimo y gravísimo mal que, agravándose por días, la devora hasta la raíz y la lleva a la muerte? Comprendéis, Venerables Hermanos, cual es el mal; la defección y la separación de Dios: nada más unido a la muerte que esto, según lo dicho por el Profeta (Ps 72,26): Pues he aquí que quienes se alejan de ti, perecerán. Detrás de la misión pontificia que se me ofrecía, Nos veíamos el deber de salir al paso de tan gran mal: Nos parecía que recaía en Nos el mandato del Señor: Hoy te doy sobre pueblos y reinos poder de destruir y arrancar, de edificar y plantar (Jr 1, 10); pero, conocedor de Nuestra propia debilidad, Nos espantaba tener que hacer frente a un problema que no admitía ninguna dilación y si tenía muchas dificultades. (Pío X. Encíclica E supremi apostolatus, n. 3, 4 de octubre de 1903)

Pío XI

Los males más graves son los que se refieren a los intereses espirituales

Y a todos estos males aquí enumerados vienen a poner el colmo aquellos que, cierto, no percibe el hombre animal (1Co 2, 14), pero que son, sin embargo, los más graves de nuestro tiempo. Queremos decir los danos causados en todo lo que se refiere a los intereses espirituales y sobrenaturales, de los que tan íntimamente depende la vida de las almas; y tales danos, como fácilmente se comprende, son tanto más de llorar que las pérdidas de los bienes terrenos, cuanto el espíritu aventaja a la materia. (Pío XI, Encíclica Ubi arcano, n. 12-13, 23 de diciembre de 1922)

Juan Pablo II

No se trata sólo de crear un hombre vivo, sino de introducir a los hombres en la vida divina: “El que está en Cristo es una nueva creación”

La primera creación, desgraciadamente, fue devastada por el pecado. Sin embargo, Dios no la abandonó a la destrucción, sino que preparó su salvación, que debía constituir una “nueva creación” (cf. Is 65, 17; Ga 6, 15; Ap 21, 5). […] En efecto, la nueva creación tuvo su inicio gracias a la acción del Espíritu Santo en la muerte y resurrección de Cristo. En su Pasión, Jesús acogió plenamente la acción del Espíritu Santo en su ser humano (cf. Hb 9, 14), quien lo condujo, a través de la muerte, a una nueva vida (cf. Rm 6, 10) que Él tiene poder de comunicar a todos los creyentes, transmitiéndoles este mismo Espíritu, primero de modo inicial en el bautismo, y luego plenamente en la resurrección final.
La tarde de Pascua, Jesús resucitado, apareciéndose a los discípulos en el Cenáculo, renueva sobre ellos la misma acción que Dios Creador había realizado sobre Adán. Dios había “soplado” sobre el cuerpo del hombre para darle vida. Jesús “sopla” sobre los discípulos y les dice: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22).
El soplo humano de Jesús sirve así a la realización de una obra divina más maravillosa aún que la inicial. No se trata sólo de crear un hombre vivo, como en la primera creación, sino de introducir a los hombres en la vida divina. […] “Por tanto, el que está en Cristo ―escribe San Pablo― es una nueva creación” (2 Co 5, 17). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 5, 10 de enero de 1990)


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