53 – Los males más graves que afligen al mundo son la desocupación de los jóvenes, la soledad de los ancianos, pobreza, corrupción…

San Pío X alertaba contra los pastores dedicados “a hacer el bien, sobre todo en los problemas del pueblo” pero que se preocupan “mucho del alimento y del cuidado del cuerpo, y silencian la salvación del alma y las gravísimas obligaciones de la fe cristiana”. Esta advertencia, realizada en una época en que la sociedad era incomparablemente más cristiana que en nuestros días, nos hace recordar las palabras del Divino Maestro: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Dt 8, 3). ¿Qué pensar delante del agravamiento de esa situación en nuestros días? Surge la pregunta de si las palabras del Pontífice deberían pesar más en otro camino o si, más bien, convendría que insistieran con más fuerza en el mismo sentido. En un mundo donde valores familiares tienden a desaparecer, donde el amor a Dios es puesto en un plano secundario, cuando no enteramente de lado, y donde los preceptos divinos son tomados con indiferencia general y obedecidos tan sólo por una minoría, ¿cuál debe ser la preocupación más urgente de la Iglesia? A primera vista, debe ser la formación catequética intachable, la transmisión de su santa doctrina a sus hijos desorientados y perdidos en un mundo materialista y ateo… ¿O quizá sea el foco de atención deba ponerse en el desempleo, la soledad de los ancianos, pobreza y corrupción? ¿Acaso estos males no son fruto de una sociedad sin fe y sin Dios? ¿Tenemos que ir a la raíz de los males, o calmar apenas los síntomas? La Santa Iglesia tiene respuestas.

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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I- Los grandes males de nuestra época son espirituales
II– La falta de instrucción religiosa y sus consecuencias en la crisis de la sociedad

I- Los grandes males de nuestra época son espirituales

Pío X

La ignorancia de las cosas divinas es causa de la debilidad de las almas

Ahora, principalmente, parece haberse cumplido aquélla profecía del Apóstol a los ancianos de la Iglesia de Éfeso: “Sé que os han asaltado lobos voraces que destrozan el rebaño” (Ac 20, 29). De este mal que padece la religión no hay nadie, animado del celo de la gloria divina, que no investigue las causas y razones, sucediendo que, como cada cual las halla diferentes, propone diferentes medios conforme a su personal opinión para defender y restaurar el reinado de Dios en la tierra. No proscribimos, Venerables Hermanos, los otros juicios, mas estamos con los que piensan que la actual depresión y debilidad de las almas, de que resultan los mayores males, provienen, principalmente, de la ignorancia de las cosas divinas. Esta opinión concuerda enteramente con lo que Dios mismo declaró por su profeta Oseas: “No hay conocimiento de Dios en la tierra. La maldición, y la mentira, y el homicidio, y el robo, y el adulterio lo han inundado todo; la sangre se añade a la sangre por cuya causa se cubrirá de luto la tierra y desfallecerán todos sus moradores” (Os 4, 1 ss). (Pío X. Encíclica Acerbo nimis, n. 1, 15 de abril de 1905)

La separación de Dios es un íntimo y gravísimo mal que aflige nuestra sociedad

Luego, dejando aparte otros motivos [para rehusar el Pontificado] Nos llenaba de temor sobre todo la tristísima situación en que se encuentra la humanidad. ¿Quién ignora, efectivamente, que la sociedad actual, más que en épocas anteriores, está afligida por un íntimo y gravísimo mal que, agravándose por días, la devora hasta la raíz y la lleva a la muerte? Comprendéis, Venerables Hermanos, cual es el mal; la defección y la separación de Dios: nada más unido a la muerte que esto, según lo dicho por el Profeta: “Pues he aquí que quienes se alejan de ti, perecerán” (Ps 72, 26). Detrás de la misión pontificia que se me ofrecía, Nos veíamos el deber de salir al paso de tan gran mal: Nos parecía que recaía en Nos el mandato del Señor: “Hoy te doy sobre pueblos y reinos poder de destruir y arrancar, de edificar y plantar” (Jr 1, 10); pero, conocedor de Nuestra propia debilidad, Nos espantaba tener que hacer frente a un problema que no admitía ninguna dilación y sí tenía muchas dificultades. (Pío X. Encíclica E supremi apostolatus, n. 3, 4 de octubre de 1903)

Pío XI

Lamentable menosprecio hacia la conducta de vida cristiana

En vez, pues, de la confianza y seguridad reina la congojosa incertidumbre y el temor; en vez del trabajo y la actividad, la inercia y la desidia; en vez de la tranquilidad del orden, en que consiste la paz, la perturbación de las empresas industriales, la languidez del comercio, la decadencia en el estudio de las letras y de las artes; de ahí también, lo que es más de lamentar, el que se eche de menos en muchas partes la conducta de vida verdaderamente cristiana, de modo que no solamente la sociedad parece no progresar en la verdadera civilización de que suelen gloriarse los hombres, sino que parece querer volver a la barbarie.
Y a todos estos males aquí enumerados vienen a poner el colmo aquellos que, cierto, no percibe el hombre animal (1 Co 2, 14), pero que son, sin embargo, los más graves de nuestro tiempo. Queremos decir los danos causados en todo lo que se refiere a los intereses espirituales y sobrenaturales, de los que tan íntimamente depende la vida de las almas; y tales danos, como fácilmente se comprende, son tanto más de llorar que las pérdidas de los bienes terrenos, cuanto el espíritu aventaja a la materia. (Pío XI. Encíclica Ubi arcano, n. 12-13, 23 de diciembre de 1922)

Si miramos las cosas con ojos cristianos, nada puede ser comparado con la ruina de las almas

Los ánimos de todos, efectivamente, se dejan impresionar exclusivamente por las perturbaciones, por los desastres y por las ruinas temporales. Y ¿qué es todo eso, si miramos las cosas con los ojos cristianos, como debe ser, comparado con la ruina de las almas? Y, sin embargo, puede afirmarse sin temeridad que son tales en la actualidad las condiciones de la vida social y económica, que crean a muchos hombres las mayores dificultades para preocuparse de lo único necesario, esto es, de la salvación eterna. (Pío XI. Encíclica Quadragesimo anno, n. 130, 15 de mayo de 1931) 

Los que desprecian la suprema autoridad de Dios destruyen los fundamentos de la sociedad

Debido a que muchos desprecian y repudian completamente la suprema y eterna autoridad de Dios que manda y prohíbe, se sigue que se ha debilitado la conciencia del deber cristiano, que languidece en las almas la fe, cuando no se apaga del todo, y que se conmueven y destruyen los fundamentos mismos de la sociedad humana. […] Añádase a esto, la artera y funestísima secta de los que, negando y odiando a Dios, se declaran enemigos del Eterno; se insinúan por doquiera; desacreditan y arrancan de las almas toda creencia religiosa, y conculcan en fin todo derecho divino y humano. Y mientras se mofan de la esperanza de los bienes celestiales, incitan a los hombres a conseguir, aun con medios ilícitos, una felicidad terrenal en todo y por todo mentirosa y los impulsan por lo mismo con audacia temeraria a la destrucción del orden social, suscitando desordenes, sangrientas rebeliones y la misma conflagración de la guerra civil. (Pío XI. Encíclica Ingravescentibus malis, n. 958; 961, 29 de septiembre de 1937)

Concilio Vaticano II

Un grave error: la separación entre la fe y la vida

La separación entre la fe que profesan y la vida cotidiana de muchos debe ser considerada como uno de los errores más graves de nuestro tiempo. Ya en el Antiguo Testamento los profetas condenaban vehementemente este escándalo, y mucho más en el Nuevo Testamento, donde el mismo Jesucristo amenazaba por el con graves castigos. (Denzinger-Hünermann 4343. Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, n. 43, 7 de diciembre de 1965)

Pío XII

El pecado más grande de nuestro tiempo

Quizá el pecado más grande en el mundo hoy es que el hombre ha perdido el sentido del pecado. (Pío XII. Radiomensaje a los Participantes del Congreso Catequético de Boston, 26 de octubre de 1946)

El mayor delito de los días actuales es el odio implacable y declarado contra Dios y contra la Iglesia

Porque si bien nos llena de amargo dolor el ver cómo languidece la fe en los buenos, y contemplar cómo, por el falaz atractivo de los bienes terrenales, decrece en sus almas y poco a poco se apaga el fuego de la caridad divina, mucho más nos atormentan las maquinaciones de los impíos que, ahora más que nunca, parecen incitados por el enemigo infernal en su odio implacable y declarado contra Dios, contra la Iglesia y, sobre todo, contra Aquel que en la tierra representa a la persona del Divino Redentor […] Ciertamente, el odio contra Dios y contra los que legítimamente hacen sus veces es el mayor delito que puede cometer el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios y destinado a gozar de su amistad perfecta y eterna en el cielo; puesto que por el odio a Dios el hombre se aleja lo más posible del Sumo Bien, y se siente impulsado a rechazar de sí y de sus prójimos cuanto viene de Dios, une con Dios y conduce a gozar de Dios, o sea, la verdad, la virtud, la paz y la justicia. (Pío XII. Encíclica Haurietis Aquas, n. 33-34, 15 de mayo de 1956)

León XIII

Los males vienen del desprecio a la Iglesia y su autoridad

Nos, empero, estamos persuadidos de que estos males tienen su causa principal en el desprecio y olvido de aquélla santa y augustísima autoridad de la Iglesia, que preside al género humano en nombre de Dios, y que es la garantía y apoyo de toda autoridad legítima. (León XIII. Encíclica Inscrutabili Dei consilio, n. 2, 21 de abril de 1878)

Gregorio XVI

El indiferentismo ha producido muchos de los males que afligen a la Iglesia

Tocamos ahora otra causa ubérrima de males, por los que deploramos la presente aflicción de la Iglesia, a saber: el indiferentismo, es decir aquella perversa opinión de que la eterna salvación del alma puede conseguirse con cualquier profesión de fe, con tal de que las costumbres se ajusten a la norma de lo recto y de lo honesto. (Denzinger-Hünermann 2730. Gregorio XVI, Encíclica Mirari vos, 15 de agosto de 1832) 

Juan Pablo II

Muchos pueblos experimentan hoy la amarga realidad de la falta de valores

Abordo ahora, naturalmente, esa otra forma de pobreza que es la miseria moral. […] Los medios de comunicación social, reflejando corrientes de opinión y modas, transmiten a menudo mensajes complacientes que toleran todo, hasta el punto de desembocar en un permisivismo sin ningún tipo de restricción. Así se subestima o se altera la dignidad y la estabilidad de la familia. O muchos jóvenes llegan a considerar casi todo como objetivamente indiferente: el único punto de referencia es lo que favorece la comodidad de la persona, y muchas veces el fin justifica los medios. Ahora bien, notamos que una sociedad sin valores se vuelve rápidamente “hostil” al hombre, que se convierte en víctima de la ganancia personal, del ejercicio brutal de la autoridad, del fraude y de la criminalidad. Muchos pueblos experimentan hoy esta amarga realidad, y sé que los estadistas son conscientes de esos graves problemas, que deben afrontar diariamente. (Juan Pablo II. Discurso a Los Miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, n. 7, 16 de enero de 1993)

Preguntémonos cuáles son nuestras responsabilidades ante los males actuales

Confesemos, con mayor razón, nuestras responsabilidades de cristianos por los males actuales. Frente al ateísmo, a la indiferencia religiosa, al secularismo, al relativismo ético, a las violaciones del derecho a la vida, al desinterés por la pobreza de numerosos países, no podemos menos de preguntarnos cuáles son nuestras responsabilidades. (Juan Pablo II. Homilía Jornada del Perdón, n. 4, 12 de marzo de 2000)

Los males de hoy: la indiferencia religiosa, la pérdida del sentido trascendente de la existencia humana, pérdida del respeto a la vida y a la familia, crisis de obediencia al Magisterio de la Iglesia

¿Cómo callar, por ejemplo, ante la indiferencia religiosa que lleva a muchos hombres de hoy a vivir como si Dios no existiera o a conformarse con una religión vaga, incapaz de enfrentarse con el problema de la verdad y con el deber de la coherencia? A esto hay que añadir aún la extendida pérdida del sentido trascendente de la existencia humana y el extravío en el campo ético, incluso en los valores fundamentales del respeto a la vida y a la familia. Se impone además a los hijos de la Iglesia una verificación: ¿en qué medida están también ellos afectados por la atmósfera de secularismo y relativismo ético? ¿Y qué parte de responsabilidad deben reconocer también ellos, frente a la desbordante irreligiosidad, por no haber manifestado el genuino rostro de Dios, « a causa de los defectos de su vida religiosa, moral y social »?[20] De hecho, no se puede negar que la vida espiritual atraviesa en muchos cristianos un momento de incertidumbre que afecta no sólo a la vida moral, sino incluso a la oración y a la misma rectitud teologal de la fe. Esta, ya probada por el careo con nuestro tiempo, está a veces desorientada por posturas teológicas erróneas, que se difunden también a causa de la crisis de obediencia al Magisterio de la Iglesia. (Juan Pablo II, Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente, 10 de noviembre de 1994)

Concilio Vaticano II

Los problemas actuales más urgentes se solucionan a la luz de los principios del Evangelio

Después de haber expuesto la gran dignidad de la persona humana y la misión, tanto individual como social, a la que ha sido llamada en el mundo entero, el Concilio, a la luz del Evangelio y de la experiencia humana, llama ahora la atención de todos sobre algunos problemas actuales más urgentes que afectan profundamente al género humano. Entre las numerosas cuestiones que preocupan a todos, haya que mencionar principalmente las que siguen: el matrimonio y la familia, la cultura humana, la vida económico-social y política, la solidaridad de la familia de los pueblos y la paz. Sobre cada una de ellas debe resplandecer la luz de los principios que brota de Cristo, para guiar a los cristianos e iluminar a todos los hombres en la búsqueda de solución a tantos y tan complejos problemas. (Concilio Vaticano II. Constitución Gaudium et spes, n. 46, 7 de septiembre de 1965) 

Pío XI

Presenciamos una guerra contra la Iglesia con daños gravísimos para las almas

Sin embargo, debemos reconocer con dolor que, a pesar de vuestros diligentes y asiduos cuidados, también en esas regiones, como ocurre desgraciadamente en muchas otras, se está haciendo una guerra, a veces, sorda, a veces, descubierta contra cuánto hay de más preciado para la Santa Madre Iglesia, con daño gravísimo para las almas. La incolumidad de la familia es atacada en sus fundamentos por los frecuentes atentados contra la santidad del matrimonio; la educación cristiana de la juventud, dificultada y a veces descuidada, ahí como en otras naciones, está ahora seriamente comprometida por errores contra la fe y la moral y por calumnias contra la Iglesia, a la cual se presenta como enemiga del progreso, de la libertad y de los intereses del pueblo. (Pío XI. Carta Apostólica Con singular complacencia a los Obispos, los Arzobispos y demás Ordinarios de las Islas Filipinas, 18 de enero de 1939)

 Card. Joseph Ratzinger

La dictadura del relativismo: el mal de nuestro tiempo

¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes ideológicas!, ¡cuántas modas de pensamiento!… La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error (cf. Ef 4, 14). A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse «llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos. (Cardenal Joseph Ratzinger. Misa Pro Eligendo Pontifice. Homilía del Cardenal Joseph Ratzinger Decano del Colegio Cardenalicio, 18 de abril de 2005)

II– La falta de instrucción religiosa y sus consecuencias en la crisis de la sociedad

Juan Pablo II

La catequesis y la acogida fiel del Magisterio ayudan a restablecer el sentido del pecado

Restablecer el sentido justo del pecado es la primera manera de afrontar la grave crisis espiritual, que afecta al hombre de nuestro tiempo. Pero el sentido del pecado se restablece únicamente con una clara llamada a los principios inderogables de razón y de fe que la doctrina moral de la Iglesia ha sostenido siempre. Es lícito esperar que, sobre todo en el mundo cristiano y eclesial, florezca de nuevo un sentido saludable del pecado. Ayudarán a ello una buena catequesis, iluminada por la teología bíblica de la Alianza, una escucha atenta y una acogida fiel del Magisterio de la Iglesia, que no cesa de iluminar las conciencias, y una praxis cada vez más cuidada del Sacramento de la Penitencia. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia, n. 18, 2 de diciembre de 1984)

Responsabilidad de la Iglesia en la formación de los valores ético-religiosos

Desde entonces [de la época de León XII] han cambiado muchas cosas, especialmente en los años más recientes. El mundo actual es cada vez más consciente de que la solución de los graves problemas nacionales e internacionales no es sólo cuestión de producción económica o de organización jurídica o social, sino que requiere precisos valores ético-religiosos, así como un cambio de mentalidad, de comportamiento y de estructuras. La Iglesia siente vivamente la responsabilidad de ofrecer esta colaboración, y —como he escrito en la encíclica Sollicitudo rei sociales – existe la fundada esperanza de que también ese grupo numeroso de personas que no profesa una religión pueda contribuir a dar el necesario fundamento ético a la cuestión social. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 60, 1 de mayo de 1991) 

La educación moral es una exigencia prioritaria

Nuestra época, más que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría para humanizar todos los nuevos descubrimientos de la humanidad. El destino futuro del mundo corre peligro si no se forman hombres más instruidos en esta sabiduría”. (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 15). La educación de la conciencia moral que hace a todo hombre capaz de juzgar y de discernir los modos adecuados para realizarse según su verdad original, se convierte así en una exigencia prioritaria e irrenunciable. Es la alianza con la Sabiduría divina la que debe ser más profundamente reconstituida en la cultura actual. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, n. 8, 22 de noviembre de 1981)

Anunciar Jesucristo es misión más necesaria y esperada que nunca

Jesucristo es principio estable y centro permanente de la misión que Dios mismo ha confiado al hombre. En esta misión debemos participar todos, en ella debemos concentrar todas nuestras fuerzas, siendo ella necesaria más que nunca al hombre de nuestro tiempo. Y si tal misión parece encontrar en nuestra época oposiciones más grandes que en cualquier otro tiempo, tal circunstancia demuestra también que es en nuestra época aún más necesaria y —no obstante las oposiciones— es más esperada que nunca. Aquí tocamos indirectamente el misterio de la economía divina que ha unido la salvación y la gracia con la Cruz. No en vano Jesucristo dijo que el “reino de los cielos está en tensión, y los esforzados lo arrebatan”. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptor Hominis, n. 11, 4 de marzo de 1979)

Benedicto XVI

Una solución adecuada a los problemas reclama la proclamación de la verdad

La doctrina social de la Iglesia responde a esta dinámica de caridad recibida y ofrecida. Es “caritas in veritate in re social”, anuncio de la verdad del amor de Cristo en la sociedad. Dicha doctrina es servicio de la caridad, pero en la verdad. La verdad preserva y expresa la fuerza liberadora de la caridad en los acontecimientos siempre nuevos de la historia. Es al mismo tiempo verdad de la fe y de la razón, en la distinción y la sinergia a la vez de los dos ámbitos cognitivos. El desarrollo, el bienestar social, una solución adecuada de los graves problemas socioeconómicos que afligen a la humanidad, necesitan esta verdad. Y necesitan aún más que se estime y dé testimonio de esta verdad. Sin verdad, sin confianza y amor por lo verdadero, no hay conciencia y responsabilidad social, y la actuación social se deja a merced de intereses privados y de lógicas de poder, con efectos disgregadores sobre la sociedad, tanto más en una sociedad en vías de globalización, en momentos difíciles como los actuales. (Benedicto XVI. Caritas in Veritate, n. 5, 29 de junio de 2009) 

La crisis actual obliga la Iglesia a encontrar nuevos medios para anunciar el camino de salvación

Entre estas, quiero mencionar en primer lugar la necesidad de un estudio exhaustivo de la crisis de la modernidad. Durante los últimos siglos, la cultura europea ha estado condicionada fuertemente por la noción de modernidad. Sin embargo, la crisis actual tiene menos que ver con la insistencia de la modernidad en la centralidad del hombre y de sus preocupaciones, que con los problemas planteados por un “humanismo” que pretende construir un regnum hominis separado de su necesario fundamento ontológico. Una falsa dicotomía entre teísmo y humanismo auténtico, llevada al extremo de crear un conflicto irreconciliable entre la ley divina y la libertad humana, ha conducido a una situación en la que la humanidad, por todos sus progresos económicos y técnicos, se siente profundamente amenazada. […] Una tercera cuestión que es necesario investigar concierne a la naturaleza de la contribución que el cristianismo puede dar al humanismo del futuro. La cuestión del hombre, y por consiguiente de la modernidad, desafía a la Iglesia a idear medios eficaces para anunciar a la cultura contemporánea el “realismo” de su fe en la obra salvífica de Cristo. El cristianismo no debe ser relegado al mundo del mito y la emoción, sino que debe ser respetado por su deseo de iluminar la verdad sobre el hombre, de transformar espiritualmente a hombres y mujeres, permitiéndoles así realizar su vocación en la historia. (Benedicto XVI. Discurso a los Participantes en el Encuentro Europeo de Profesores Universitario, 23 de junio de 2007)

Los jóvenes desorientados necesitan el anuncio de la fe

En efecto, el corazón de la misión de la Iglesia es anunciar la fe en el Verbo que se ha hecho carne, y toda la comunidad eclesial debe descubrir con renovado ardor misionero esta tarea imprescindible. Las jóvenes generaciones, que acusan más la desorientación agravada además por la crisis actual, no solo económica sino también de valores, tienen necesidad sobre todo de reconocer a Jesucristo como “la clave, el centro y el fin de toda la historia humana” (Gaudium et spes, n. 10). (Benedicto XVI. Homilía, 31 de diciembre de 2011) 

Ante el olvido de las raíces espirituales más profundas abrámonos a la acción del Espíritu Santo

Constato con satisfacción que una de las iniciativas pastorales que consideráis más urgentes para la Iglesia en Ecuador es la realización de la “gran misión” […] El llamado que el Señor Jesús dirigió a sus discípulos, enviándoles a predicar su mensaje de salvación y hacer discípulos suyos a todos los pueblos (cf. Mt 28, 16-20), debe ser para toda la comunidad eclesial un motivo constante de meditación y la razón de ser de toda acción pastoral. También hoy, como en todas las épocas y lugares, los hombres tienen necesidad de un encuentro personal con Cristo, en el que puedan experimentar la belleza de su vida y la verdad de su mensaje. Para hacer frente a los numerosos desafíos de vuestra misión, y en medio de un ambiente cultural y social que parece olvidar las raíces espirituales más profundas de su identidad, os invito a abriros con docilidad a la acción del Espíritu Santo, para que, impulsados por su fuerza divina, se renueve el ardor misionero de los inicios de la predicación evangélica, así como del primer anuncio del Evangelio en vuestras tierras. Para ello, resulta necesario llevar a cabo un generoso esfuerzo de difusión de la Palabra de Dios, de tal manera que nadie se quede sin este imprescindible alimento espiritual, fuente de vida y de luz. La lectura y meditación de la Sagrada Escritura, en privado o en comunidad, llevará a la intensificación de la vida cristiana, así como a un renovado impulso apostólico en todos los fieles. (Benedicto XVI. Discurso a los Obispos de Ecuador, en visita Ad Limina Apostolorum, n. 2, 16 de octubre de 2008) 

Congregación para la Doctrina de la Fe

Ante los problemas no se puede dejar lo esencial: la predicación de la Palabra

El angustioso sentimiento de la urgencia de los problemas no debe hacer perder de vista lo esencial, ni hacer olvidar la respuesta de Jesús al Tentador (Mt 4, 4): “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. (Dt 8, 3) Así, ante la urgencia de compartir el pan, algunos se ven tentados a poner entre paréntesis y a dejar para el mañana la evangelización: en primer lugar el pan, la Palabra para más tarde. Es un error mortal el separar ambas cosas hasta oponerlas entre sí. Por otra parte, el sentido cristiano sugiere espontáneamente lo mucho que hay que hacer en uno y otro sentido. Para otros, parece que la lucha necesaria por la justicia y la libertad humanas, entendidas en su sentido económico y político, constituye lo esencial y el todo de la salvación. Para éstos, el Evangelio se reduce a un evangelio puramente terrestre. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación, n. VI, 3-4, 6 de agosto de 1984) 

Pío XI

Las condiciones actuales hacen más necesario el apostolado catequético

Este apostolado catequístico aparece más necesario y urgente en las condiciones actuales de vuestro país y de otros, en donde, por diversas causas, tantos niños y jóvenes, en las ciudades, en las aldeas y en los campos crecen sin formación religiosa. (Pío XI. Carta Apostólica, Con Singular Complacencia, A los Obispos, los Arzobispos y demás Ordinarios de las Islas Filipinas, 18 de enero de 1939)

Pío XII

Empeñémonos con todo esfuerzo para hacer que vuelvan a Cristo los hermanos desviados del recto camino

Al considerar atentamente las gravísimas necesidades de nuestra época, hemos de empeñarnos con todo esfuerzo para hacer que vuelvan a Cristo los hermanos desviados del recto camino, o los cegados por las pasiones; para iluminar a los pueblos con la luz de la doctrina cristiana, formándoles en una más perfecta conciencia de sus deberes de cristianos según las rectas normas de nuestra religión y, finalmente, para excitar a todos a que se entreguen con valentía a las batallas por la verdad y por la justicia. (Pío XII. Exhortación Apostólica Menti nostri, 23 de septiembre de 1950)

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