28 – Los egoístas se auto condenan, pero sus almas no son castigadas, sino que se aniquilan

¿Qué pasará después de la muerte? ¿Adónde iremos? He aquí, una de las grandes inquietudes del hombre, cristiano o no. Cuántas veces, a lo largo de la historia, se buscó una respuesta a la misma que no exigiese una moral consecuente con la creencia de una vida eterna y un Dios que premia y castiga. Las enseñanzas escatológicas de la Iglesia, fundadas en la revelación y en la tradición, y recogidas a lo largo de los siglos por el magisterio responden a estos interrogantes con autoridad y sabiduría. Y por ser depositaria de la verdad, tiene un afán misionero que emana del mandato de Cristo para anunciar el Evangelio a todos los pueblos y busca atraer todas las almas a su verdad perenne. Pero, ¿cuál es la verdad sobre este tema?

Francisco

Scalfari

Cita ACita B

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

 I – El alma humana es inmortal y no se puede aniquilar
II – El alma inmortal recibe su retribución eterna: el premio o el castigo
III – La Iglesia debe trabajar para que el mundo conozca su Salvador y Juez

I – El alma humana es inmortal y no se puede aniquilar

V Concilio de Letrán

El alma es inmortal y afirmar lo contrario es arruinar la fe

Como quiera, pues, que en nuestros días —con dolor lo confesamos— el sembrador de cizaña, aquel antiguo enemigo del género humano, se haya atrevido a sembrar y fomentar por encima del campo del Señor algunos perniciosísimos errores, que fueron siempre desaprobados por los fieles, señaladamente acerca de la naturaleza del alma racional, a saber: que sea mortal o única en todos los hombres; y algunos, filosofando temerariamente, afirmen que ello es verdad por lo menos según la filosofía; deseosos de poner los oportunos remedios contra semejante peste, con aprobación de este sagrado Concilio, condenamos y reprobamos a todos los que afirman que el alma intelectiva es mortal o única en todos los hombres, y a los que estas cosas pongan en duda, pues ella no sólo es verdaderamente por sí y esencialmente la forma del cuerpo humano como se contiene en el canon del Papa Clemente V, de feliz recordación, predecesor nuestro, promulgado en el Concilio (general) de Vienne [n. 481], sino también inmortal y además es multiplicable, se halla multiplicada y tiene que multiplicarse individualmente, conforme a la muchedumbre de los cuerpos en que se infunde… Y como quiera que lo verdadero en modo alguno puede estar en contradicción con lo verdadero, definimos como absolutamente falsa toda aserción contraria a la verdad de la fe iluminada [n. 1797]; y con todo rigor prohibimos que sea lícito dogmatizar en otro sentido; y decretamos que todos los que se adhieren a los asertos de tal error, ya que se dedican a sembrar por todas partes las más reprobadas herejías, como detestables y abominables herejes o infieles que tratan de arruinar la fe, deben ser evitados y castigados. (Denzinger-Hünermann, 1440-1441. V Concilio de Letrán – XVIII ecuménico. Pontificado de León X. 8ª. sesión, 19 de diciembre de 1513: Bula Apostolici regiminis. Doctrina sobre el alma humana, en contra de los Neo-Aristotélicos)

Santo Tomás de Aquino

El alma separada es parte de la especie humana…

El alma es parte de la especie humana. Así, aun cuando esté separada, porque, sin embargo, conserva capacidad de unión, no puede ser llamada sustancia individual, que es la hipóstasis o la sustancia primera. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 29, a. 1, ad 5)

…es inmortal y perpetua…

En nuestra alma sólo éste [el entendimiento en acto] es separado, y no usa de órgano, lo que pertenece al entendimiento en acto, y que abarca el posible y el agente. Y por eso añade que sólo esto (del alma) es inmortal y perpetuo, como no dependiente del cuerpo, puesto que es separado. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra Gentiles, l. II, c. 78, n. 12) 

…y ha de resucitar

Pues se ha demostrado que las almas de los hombres son inmortales; permanecen, pues, después de los cuerpos, al deshacerse éstos. Es manifiesto también, por lo que se ha dicho, que el alma se une al cuerpo naturalmente; pues es según su esencia forma del cuerpo; es, pues, contra la naturaleza que el alma exista sin el cuerpo. Y nada de lo que es contra la naturaleza puede ser perpetuo; por lo tanto no perpetuamente estará el alma sin el cuerpo. Y así, como permanece perpetuamente, es preciso que nuevamente se una al cuerpo, lo cual es resucitar. Por lo tanto, la inmortalidad de las almas parece exigir la resurrección futura de los cuerpos. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra Gentiles, l. IV, c.79, n.10)

El alma es subsistente y producida por creación divina

El alma intelectiva tiene operaciones vitales incorpóreas, y es subsistente, como ya dijimos (q. 75, a. 2). Consecuentemente, le compete por sí misma el ser y el hacerse. Por ser sustancia inmaterial, no puede ser producida por generación, sino sólo por creación divina. Por lo tanto, decir que el alma intelectiva es producida por el que engendra, equivale a negar su subsistencia y a admitir que se corrompe con el cuerpo. Por eso es herético decir que el alma intelectiva se propaga por generación. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 118, a.2) 

San Cipriano

El viaje en el tiempo terminar con la muerte, pero comienza la eternidad

La muerte no es un punto final, es un tránsito. Al acabar nuestro viaje en el tiempo, viene el paso a la eternidad. (San Cipriano. Liber de Mortalitate, n. 22: PG 4, 597)

Pío XII

El alma humana es espiritual e inmortal

El Apóstol de las Gentes, como heraldo de esta verdad que hermana a los hombres en una gran familia, anuncia estas realidades al mundo griego: “Sacó [Dios] de un mismo tronco todo el linaje de los hombres, para que habitase la vasta extensión de la tierra, fijando el orden de los tiempos y los límites de la habitación de cada pueblo para que buscasen a Dios” (Hch 17, 26-27). Razón por la cual podemos contemplar con admiración del espíritu al género humano unificado por la unidad de su origen común en Dios, según aquel texto: “Uno el Dios y Padre de todos, el cual está sobre todos y habita en todos nosotros” (Ef 4,6); por la unidad de naturaleza, que consta de cuerpo material y de alma espiritual e inmortal; por la unidad del fin próximo de todos y por la misión común que todos tienen que realizar en esta vida presente; por la unidad de habitación, la tierra, de cuyos bienes todos los hombres pueden disfrutar por derecho natural, para sustentarse y adquirir la propia perfección; por la unidad del fin supremo, Dios mismo, al cual todos deben tender, y por la unidad de los medios para poder conseguir este supremo fin. (Pío XII. Carta Encíclica Summi pontificatus, n. 30, 20 de octubre de 1939)

Concilio Vaticano II

La inmortalidad del alma nos permite tocar en lo más profundo de la realidad

No se equivoca el hombre al afirmar su superioridad sobre el universo material y al considerarse no ya como partícula de la naturaleza o como elemento anónimo de la ciudad humana. Por su interioridad es, en efecto, superior al universo entero; a esta profunda interioridad retorna cuando entra dentro de su corazón, donde Dios le aguarda, escrutador de los corazones, y donde él personalmente, bajo la mirada de Dios, decide su propio destino. Al afirmar, por tanto, en sí mismo la espiritualidad y la inmortalidad de su alma, no es el hombre juguete de un espejismo ilusorio provocado solamente por las condiciones físicas y sociales exteriores, sino que toca, por el contrario, la verdad más profunda de la realidad. (Concilio Vaticano II. Constitución Pastoral Gaudium et Spes, n.14, 07 de diciembre de 1965) 

Congregación para la Doctrina de la Fe

El alma subsiste después de la muerte

Esta Congregación, que tiene la responsabilidad de promover y de salvaguardar la doctrina de la fe, se propone recoger aquí lo que, en nombre de Cristo, enseña la Iglesia, especialmente sobre lo que acaece entre la muerte del cristiano y la resurrección universal. […] 3) La Iglesia afirma la supervivencia y la subsistencia, después de la muerte, de un elemento espiritual que está dotado de conciencia y de voluntad, de manera que subsiste el mismo “yo” humano. Para designar este elemento, la Iglesia emplea la palabra “alma”, consagrada por el uso de la Sagrada Escritura y de la tradición. Aunque ella no ignora que este término tiene en la Biblia diversas acepciones, opina, sin embargo, que no se da razón alguna válida para rechazarlo, y considera al mismo tiempo que un término verbal es absolutamente indispensable para sostener la fe de los cristianos. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta Recentiores episcoporum synodi, 17 de mayo de 1979)

Catecismo de la Iglesia Católica

El alma espiritual e inmortal es directamente creada por Dios

La Iglesia enseña que cada alma espiritual es directamente creada por Dios (cf. Pío XII, Enc. Humani generis, 1950: DS 3896; Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 8) —no es “producida” por los padres—, y que es inmortal (cf. Concilio de Letrán V, año 1513: DS 1440): no perece cuando se separa del cuerpo en la muerte, y se unirá de nuevo al cuerpo en la resurrección final. (Catecismo de la Iglesia Católica, n.366) 

Los cuerpos se unirán al alma inmortal

La “resurrección de la carne” significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros “cuerpos mortales” (Rom 8, 11) volverán a tener vida. Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. “La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella” (Tertuliano, De resurrectione mortuorum 1, 1): “¿Cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe […] ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron” (1 Cor 15, 12-14. 20). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 900-991)

Benedicto XVI

Elemento distintivo de los cristianos: saben que su vida no acaba en el vacío

“No os aflijáis como los hombres sin esperanza” (1 Tes 4, 13). En este caso aparece también como elemento distintivo de los cristianos el hecho de que ellos tienen un futuro: no es que conozcan los pormenores de lo que les espera, pero saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente. De este modo, podemos decir ahora: el cristianismo no era solamente una “buena noticia”, una comunicación de contenidos desconocidos hasta aquel momento. En nuestro lenguaje se diría: el mensaje cristiano no era sólo “informativo”, sino “performativo”. Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva. (Benedicto XVI. Carta Encíclica Spes salvi, n. 2. A los obispos a los presbíteros y diáconos a las personas consagradas y a todos los fieles laicos sobre la esperanza cristiana, en 30 de noviembre de 2007)

II – El alma inmortal recibe su retribución eterna: el premio o el castigo

 Catecismo de la Iglesia Católica

El alma inmortal se queda a la espera de reunirse con su cuerpo

¿Qué es resucitar?
En la muerte, separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús.
¿Quién resucitará?
Todos los hombres que han muerto: “los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación” (Jn 5, 29; cf. Dan 12, 2). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 997-998) 

En su alma inmortal todos reciben una retribución eterna

La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo (cf. 2 Tim 1, 9-10). El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro (cf. Lc 16, 22) y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón (cf. Lc 23, 43), así como otros textos del Nuevo Testamento (cf. 2 Cor 5,8; Flp 1, 23; Heb 9, 27; 12, 23) hablan de un último destino del alma (cf. Mt 16, 26) que puede ser diferente para unos y para otros. Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación (cf. Concilio de Lyon II: DS 856; Concilio de Florencia: DS 1304; Concilio de Trento: DS 1820), bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo (cf. Concilio de Lyon II: DS 857; Juan XXII: DS 991; Benedicto XII: DS 1000-1001; Concilio de Florencia: DS 1305), bien para condenarse inmediatamente para siempre (cf. Concilio de Lyon II: DS 858; Benedicto XII: DS 1002; Concilio de Florencia: DS 1306). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1021-1022) 

Fórmula llamada Fe de Dámaso

Premio de nuestro mérito o castigo por nuestros pecados

Limpios nosotros por su muerte y sangre [de Cristo], creemos que hemos de ser resucitados por Él en el último día en esta carne en que ahora vivimos, y tenemos esperanza que hemos de alcanzar de Él o la vida eterna, premio de nuestro buen mérito, o el castigo de suplicio eterno por nuestros pecados. Esto lee, esto reten, a esta fe has de subyugar tu alma. De Cristo Señor alcanzaras la vida y el premio. (Denzinger-Hünermann 72. Símbolos: Fórmula llamada Fe de Dámaso)

XVI Sínodo de Toledo (693)

Recibiremos la bienaventuranza eterna o la condenación perpetua

Dándonos ejemplo a nosotros con su resurrección que así como Él vivificándonos, después de dos días al tercer día resucitó vivo de entre los muertos, así nosotros también al fin de este siglo creamos que debemos resucitar en todas partes, no con figura aérea, o entre sombras de una visión fantástica, como afirmaba la opinión condenable de algunos (Contra el patriarca Eutiquio de Constantinopla; cf. Gregorio I Magno, Moralia XIV 56, n. 72), sino en la sustancia de la verdadera carne, en la cual ahora somos y vivimos, y en la hora del juicio presentándonos delante de Cristo y de sus santos ángeles, cada uno dará cuenta (2 Cor 5, 10) de lo propio de su cuerpo, tal como obró, bueno o malo, para recibir de Él o el reino de la bienaventuranza eterna por los actos propios, o la sentencia de condenación perpetua por sus crímenes. (Denzinger-Hünermann 574. Sergio I. XVI Sínodo de Toledo, mayo de 693, Confesión de fe, n. 35)

Benedicto XII

Las almas de los que mueren en pecado mortal bajan al infierno inmediatamente después de la muerte, también recibirán su castigo con el cuerpo después de la resurrección

Por esta constitución que ha de valer para siempre, por autoridad apostólica definimos que, según la común ordenación de Dios, las almas de todos los santos que salieron de este mundo antes de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, así como las de los santos Apóstoles, mártires, confesores, vírgenes, y de los otros fieles muertos después de recibir el bautismo de Cristo, en los que no había nada que purgar al salir de este mundos ni habrá cuando salgan igualmente en lo futuro, o si entonces lo hubo o habrá luego algo purgable en ellos, cuando después de su muerte se hubieren purgado; y que las almas de los niños renacidos por el mismo bautismo de Cristo o de los que han de ser bautizados, cuando hubieren sido bautizados, que mueren antes del uso del libre albedrío, inmediatamente después de su muerte o de la dicha purgación los que necesitaron de ella, aun antes de la reasunción de sus cuerpos y del juicio universal, después de la ascensión del Salvador Señor nuestro Jesucristo al cielo, estuvieron, están y estarán en el cielo, en el reino de los cielos y paraíso celeste con Cristo, agregadas a la compañía de los santos Ángeles, y después de la muerte y pasión de nuestro Señor Jesucristo vieron y ven la divina esencia con visión intuitiva y también cara a cara, sin mediación de criatura alguna que tenga razón de objeto visto, sino por mostrárselas la divina esencia de modo inmediato y desnudo, clara y patentemente, y que viéndola así gozan de la misma divina esencia y que, por tal visión y fruición, las almas de los que salieron de este mundo son verdaderamente bienaventuradas y tienen vida y descanso eterno, y también las de aquellos que después saldrán de este mundo, verán la misma divina esencia y gozarán de ella antes del juicio universal; y que esta visión de la divina esencia y la fruición de ella suprime en ellos los actos de fe y esperanza, en cuanto la fe y la esperanza son propias virtudes teológicas; y que una vez hubiere sido o será iniciada esta visión intuitiva y cara a cara y la fruición en ellos, la misma visión y fruición es continua sin intermisión alguna de dicha visión y fruición, y se continuará hasta el juicio final y desde entonces hasta la eternidad. Definimos además que, según la común ordenación de Dios, las almas de los que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno donde son atormentados con penas infernales, y que no obstante en el día del juicio todos los hombres comparecerán con sus cuerpos ante el tribunal de Cristo, para dar cuenta de sus propios actos, a fin de que cada uno reciba lo propio de su cuerpo, tal como se portó, bien o mal (2 Cor 5,10). (Denzinger-Hünermann 1000-1002. Benedicto XII. De la Constitución Benedictus Deus, de 29 de enero de 1336. De la visión beatífica de Dios y de los novísimos)

Inocencio III

Cada uno recibirá castigo o premio por lo que hubiere hecho en esta carne

Firmemente creemos y afirmamos también que el juicio se hará por Jesucristo y que cada uno recibirá castigo o premio por lo que hubiere hecho en esta carne. (Denzinger-Hünermann  797. De la Carta Eius exemplo, al arzobispo de Tarragona, 18 de diciembre de 1208. Profesión de fe propuesta a Durando de Huesca y a sus compañeros valdenses)

IV Concilio de Letrán

Todos recibirán según sus obras

Él también sufrió y murió en el madero de la cruz por la salud del género humano, descendió a los infiernos, resucitó de entre los muertos y subió al cielo; pero descendió en el alma y resucito en la carne, y subió juntamente en una y otra; ha de venir al fin del mundo, ha de juzgar a los vivos y a los muertos, y ha de dar a cada uno según sus obras, tanto a los réprobos como a los elegidos: todos los cuales resucitaran con sus propios cuerpos que ahora llevan, para recibir según sus obras, ora fueren buenas, ora fueren malas; aquellos, con el diablo, castigo eterno; y estos, con Cristo, gloria sempiterna. (Denzinger-Hünermann 801. IV Concilio de Letrán – XII ecuménico, en 1215. De la fe católica: Definición contra los albigenses y otros herejes)

Congregación para la Doctrina de la Fe

El castigo eterno espera al pecador y a los que tienen fe, la luz de Cristo

La Iglesia, en una línea de fidelidad al Nuevo Testamento y a la Tradición, cree en la felicidad de los justos que estarán un día con Cristo. Ella cree en el castigo eterno que espera al pecador, que será privado de la visión de Dios, y en la repercusión de esta pena en todo su ser. […] El cristiano debe mantener firmemente estos dos puntos esenciales; debe creer, por una parte, en la continuidad fundamental existente, en virtud del Espíritu Santo, entre la vida presente en Cristo y la vida futura ―en efecto, la caridad es la ley del Reino de Dios y por nuestra misma caridad en la tierra se medirá nuestra participación en la gloria divina en el cielo―; pero, por otra parte, el cristiano debe ser consciente de la ruptura radical que hay entre la vida presente y la futura, ya que la economía de la fe es sustituida por la de la plena luz: nosotros estaremos con Cristo y “veremos a Dios” (cf. 1 Jn 3, 2.); promesa y misterio admirables en los que consiste esencialmente nuestra esperanza. Si la imaginación no puede llegar allí, el corazón llega instintiva y profundamente. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta Recentiores episcoporum synodi, 17 de mayo de 1979)

León XIII

Señalado a todos un único y mismo fin, todos han de ser juzgados por la misma ley

Según las enseñanzas del Evangelio, la igualdad de los hombres consiste en que, habiéndoles a todos cabido en suerte la misma naturaleza, todos son llamados a la dignidad altísima de hijos de Dios, y juntamente en que, habiéndose señalado a todos un solo y mismo fin, todos han de ser juzgados por la misma ley, para conseguir, según sus merecimientos, el castigo o la recompensa. (Denzinger-Hünermann 3130. León XIII. Encíclica Quod Apostolici muneris, 28 de diciembre de 1878)

Pablo VI

Cristo volverá con una sentencia eterna: infierno o paraíso

Éscatos, de hecho, significa último. Esta palabra (o más frecuentemente, lo que ella significa) no sólo aparece en muchos pasajes de los documentos conciliares, sino que penetra toda la concepción de la vida cristiana, de la historia, del tiempo y del destino humano más allá de la muerte (los « novísimos del hombre », según el lenguaje del catecismo y de la predicación, o sea, la muerte, el juicio, el infierno y el paraíso); domina, principalmente, la concepción del designio de Dios con relación a la humanidad, al mundo y al glorioso y eterno epílogo final de la misión de Cristo. Es una concepción que nos hace pensar en una Iglesia en camino hacia otra vida, no establecida definitivamente en esta tierra, sino provisional y empeñada en un mesianismo que se extiende más allá del tiempo. […] Es verdad que aceptamos las palabras del Señor, que nos infunden la certeza de que, con su venida al mundo, el reino de Dios ya está en medio de nosotros (cf. Lc 17, 21); ya poseemos, en la Iglesia animada por el Espírito Santo, inmensas riquezas de vida nueva. Pero, después, con el soplo profético que penetra todo el Evangelio, Cristo nos amonesta que su venida histórica, descrita en el Evangelio, no fue la última. (Pablo VI. Audiencia general del miércoles, 8 de septiembre de 1971)

Juan Pablo II

El hombre es responsable de sus actos y está sometido al juicio de Dios

En este sentido, la vida moral posee un carácter “teleológico” esencial, porque consiste en la ordenación deliberada de los actos humanos a Dios […]. Pero esta ordenación al fin último no es una dimensión subjetivista que dependa sólo de la intención. Aquélla presupone que tales actos sean en sí mismos ordenables a este fin, en cuanto son conformes al auténtico bien moral del hombre, tutelado por los mandamientos. Esto es lo que Jesús mismo recuerda en la respuesta al joven: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mt 19, 17). Evidentemente debe ser una ordenación racional y libre, consciente y deliberada, en virtud de la cual el hombre es responsable de sus actos y está sometido al juicio de Dios. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Veritatis Splendor, n. 73, 6 de agosto de 1993)

Pseudo-Crisóstomo

La paciencia de Dios hará más justo el juicio y más merecido el castigo

Una gran paciencia precederá a esta gran cólera de Dios, que hará más justo el juicio y más merecido el castigo de los culpables. Debe tenerse en cuenta que Dios desconoce a los pecadores, porque se han hecho indignos de que los conozca; no porque no los conozca en absoluto, sino porque no los reconoce como cosa propia. Dios conoce a todos naturalmente, pero aparenta no conocer a éstos. Así como también parece que no conocen a Dios los que no le adoran dignamente. […] Porque la muerte separa el alma del cuerpo, pero no cambia las disposiciones de aquélla. (Pseudo-Crisóstomo. Opus imperfectum in Matthaeum, hom. 19. Catena Aurea. Mateo 7, 21-23) 

San Cirilo de Alejandría

Los impíos serán castigados por haber despreciado los preceptos de Dios

Los que tienen el corazón puro verán la gloria de Dios; los que tienen el espíritu perverso no tendrán otro objeto que al demonio. Los que cometen delitos, los que forman malos pensamientos, los que meditan mal contra su prójimo, ellos mismos se separan de la comunión divina. Por último, las personas que se ocupan en dar realce a la hermosura con el color encarnado, y la blancura con pintarse, y las que se componen al espejo para inclinar a los hombres al mal y excitar en ellos las pasiones, encendiendo el amor impuro, serán tratadas en el día del juicio como los impíos, y castigadas por haber despreciado los preceptos de Dios. (San Cirilo de Alejandría. Sentencias espirituales, n. 18: Tricalet, t.VIII, p.103)

San León Magno

Importa ver para quién se vive o se muere: para el diablo o para Dios

En todo hombre que se muda pasando de un estado a otro se puede mirar como fin el no ser lo que antes era, y como nacimiento el ser lo que antes no era. Pero importa mucho el ver para quién se vive o se muere, porque hay una muerte que es principio de nueva vida, y otra que es principio de peor muerte: debemos, pues, morir, respecto al diablo, y vivir para sólo Dios. Hemos de morir en cuanto a la iniquidad y resucitar para la justicia. (San León Magno. Sentencias espirituales, n. 57. Serm. 69 sobre la resurrección: Tricalet, t. VIII, p. 396) 

III – La Iglesia debe trabajar para que el mundo conozca su Salvador y Juez

 Catecismo de la Iglesia Católica

Dios quiere la salvación de todos

“La Iglesia, enviada por Dios a las gentes para ser ‘sacramento universal de salvación’, por exigencia íntima de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato de su Fundador se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres” (Ad gentes 1): “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20). […] El motivo de la misión. Del amor de Dios por todos los hombres la Iglesia ha sacado en todo tiempo la obligación y la fuerza de su impulso misionero: “porque el amor de Cristo nos apremia…” (2 Cor 5, 14; cf. Apostolicam actuositatem 6; Redemptoris missio 11). En efecto, “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tim 2, 4). Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad. Los que obedecen a la moción del Espíritu de verdad están ya en el camino de la salvación; pero la Iglesia a quien esta verdad ha sido confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para ofrecérsela. Porque cree en el designio universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera. […] Por su propia misión, “la Iglesia […] avanza junto con toda la humanidad y experimenta la misma suerte terrena del mundo, y existe como fermento y alma de la sociedad humana, que debe ser renovada en Cristo y transformada en familia de Dios” (Gaudium et spes 40, 2). (Catecismo de la Iglesia Católica, n.849; 851; 854)

Benedicto XVI

Tenemos los talentos, ahora nos cabe trabajar para que el mundo se abra a Cristo

El Juez que vuelve —es Juez y Salvador a la vez— nos ha confiado la tarea de vivir en este mundo según su modo de vivir. Nos ha entregado sus talentos. Por eso nuestra tercera actitud es: responsabilidad con respecto al mundo, a los hermanos, ante Cristo y, al mismo tiempo, también certeza de su misericordia. Ambas cosas son importantes. No vivimos como si el bien y el mal fueran iguales, porque Dios sólo puede ser misericordioso. Esto sería un engaño. En realidad, vivimos en una gran responsabilidad. Tenemos los talentos, tenemos que trabajar para que este mundo se abra a Cristo, para que se renueve. (Benedicto XVI. Audiencia general, 12 de noviembre de 2008)


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