145 – “Los divorciados en nueva unión pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento”

“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó. Dios los bendijo; y les dijo Dios: ‘Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla […]’. Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne’” (Gn 1, 27-28 2, 24). Desde la creación, Dios bendijo la unión entre el hombre y la mujer, de manera que una vez unidos ya no son dos, sino uno. Por esta necesidad ―casi diríamos ontológica―, desde la Antigüedad el matrimonio es siempre cercado por algún compromiso ritual dentro de reglas éticas y morales, sea entre paganos o entre judíos.

Cristo lo sella con la obligatoriedad formal de la indisolubilidad, registrada sobre todo por Mateo, cuando narra una trampa que le querían tender los fariseos acerca del tema: “Se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: ‘¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?’. Él les respondió: ‘¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre’” (Mt 19, 3-6). Y aún les asevera “Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero, al principio, no era así. Pero yo os digo que, si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— y se casa con otra, comete adulterio” (Mt 19, 8-9).

De este modo, los cristianos, desde los primeros tiempos, se esfuerzan en vivir según su maestro y viven el matrimonio como signo de fe, como lo atesta uno de los más antiguos documentos del cristianismo primitivo: “Los cristianos no se distinguen de los demás hombres […]. Se casan como todos y engendran hijos, pero no abandonan a los nacidos. Ponen mesa común, pero no lecho. Viven en la carne, pero no viven según la carne” (Carta a Diogneto, n. 5). El actual rito del matrimonio, al confirmar el sacramento, en el consentimiento de entrega de los esposos, uno al otro, dice: “El Señor confirme el consentimiento que han manifestado delante de la Iglesia, y realice en vosotros lo que su bendición os promete. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”. Es Dios quien los une por toda la vida. Por lo tanto, existe una moral familiar que debe ser seguida y amada.

Y si estas reglas son “demasiado rígidas”, hay que recordar que fueron dadas por el mismo Dios. No son “catalogadas o encerradas en afirmaciones” humanas, como veremos. Evidentemente la Iglesia, en su misión pastoral, ayuda y guía aquellos que se encuentran en una situación irregular, pero toda y cualquier acción de los pastores debe ser en el sentido de una solución que no contraríe la Ley de Dios, apoyada en la verdad y en la coherencia entre la elección de vida y la fe que se profesa.

Francisco

Cita A

Los divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidassin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral. Existe el caso de una segunda unión consolidada en el tiempo, con nuevos hijos, con probada fidelidad, entrega generosa, compromiso cristiano, conocimiento de la irregularidad de su situación y gran dificultad para volver atrás sin sentir en conciencia que se cae en nuevas culpas. La Iglesia reconoce situaciones en que “cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación. También está el caso de los que han hecho grandes esfuerzos para salvar el primer matrimonio y sufrieron un abandono injusto, o el de “los que han contraído una segunda unión en vista a la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente seguros en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido. Pero otra cosa es una nueva unión que viene de un reciente divorcio, con todas las consecuencias de sufrimiento y de confusión que afectan a los hijos y a familias enteras, o la situación de alguien que reiteradamente ha fallado a sus compromisos familiares. Debe quedar claro que este no es el ideal que el Evangelio propone para el matrimonio y la familia. Los Padres sinodales han expresado que el discernimiento de los pastores siempre debe hacerse “distinguiendo adecuadamente, con una mirada que “discierna bien las situaciones. Sabemos que no existen “recetas sencillas”. (Exhortación apostólica Amoris Laetitia, n. 298, 19 de marzo de 2016)

Nota: Sobre las ‘situaciones en que el hombre y la mujer, por motivos serios no pueden cumplir la obligación de la separación’, la nota a ese párrafo (nº 329) deja abierta la puerta para que, al vivir juntos, no exista la preocupación con la convivencia modo uxorio, o sea el  pecado de lujuria, con esta cínica explicación: “En estas situaciones, muchos, conociendo y aceptando la posibilidad de convivir ‘como hermanos’ que la Iglesia les ofrece, destacan que si faltan algunas expresiones de intimidad ‘puede poner en peligro no raras veces el bien de la fidelidad y el bien de la prole’”.

Enseñanzas del Magisterio

Tabla de contenido

I – Existe una moral familiar y los divorciados en nueva unión, salvo muy pocas excepciones, están en situación de adulterio. Si las afirmaciones “demasiado rígidas” corresponden a la enseñanza de Jesús y de la Iglesia, deben ser obedecidas
II – El vínculo matrimonial no se disuelve por nadie y en ningún caso tras el divorcio. Situaciones de aparente enmienda en las segundas uniones irregulares no dejan de ser adulterio
III – ¿Cuáles son los criterios que los pastores deben seguir para distinguir adecuadamente los casos de los divorciados? ¿Qué es lo legítimo y lo ilegítimo en este discernimiento pastoral?


I – Existe una moral familiar y los divorciados en nueva unión, salvo muy pocas excepciones, están en situación de adulterio. Si las afirmaciones “demasiado rígidas” corresponden a la enseñanza de Jesús y de la Iglesia, deben ser obedecidas

Pío X
-Moverse por una prudencia mundana para ayudar a los equivocados es hacerse compañero de su propio descarrío

Sagradas Escrituras
-Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos: no cometerás adulterio
-Quién repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio
-El Señor ordena a los casados: que la mujer no se separe del marido; pero si se separa, que permanezca sin casarse
-Dios juzgará a los impuros y adúlteros

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)
-Dios es el autor del matrimonio y éste exige plena fidelidad conyugal

Santo Tomás de Aquino
-El adulterio da muerte al alma

Catecismo de la Iglesia Católica
-El adulterio es gravemente ilícito independientemente de las circunstancias
-Cristo condena incluso el deseo del adulterio, que es una imagen del pecado de idolatría
-El adulterio lesiona el signo de la Alianza
-El divorciado que se casa mientras vive su cónyuge legítimo contradice el plan y la ley de Dios
-El hombre no debe separar lo que Dios ha unido
-Jesús insiste que el matrimonio es indisoluble
-El divorciado y casado de nuevo se halla en situación de adulterio público
-El carácter inmoral del divorcio se debe a que introduce en la sociedad un desorden
-La Iglesia no puede reconocer como válida una nueva unión de divorciados

Código de Derecho Canónico
-Sólo la muerte puede disolver el matrimonio

II – El vínculo matrimonial no se disuelve por nadie y en ningún caso tras el divorcio. Situaciones de aparente enmienda en las segundas uniones irregulares no dejan de ser adulterio

Pío XI
-El verdadero matrimonio lleva consigo el perpetuo lazo de ley divina
-Aun con la separación de los esposos el vínculo matrimonial queda intacto

Comisión Teológica Internacional
-La Iglesia no se reconoce ningún derecho para disolver un matrimonio

Catecismo de la Iglesia Católica
-El vínculo matrimonial establecido por Dios mismo y consumado entre bautizados no puede ser disuelto jamás
-En las situaciones extremas que la Iglesia admite la separación física, el vínculo matrimonial sigue indisoluble

Juan Pablo II
-El matrimonio sacramental rato y consumado no puede ser disuelto ni siquiera por el Romano Pontífice
-Es doctrina definitiva la no extensión de la potestad del Romano Pontífice a los matrimonios sacramentales ratos y consumados

Juan XXIII
-La familia se funda en el matrimonio libremente contraído, uno e indisoluble

Pío IX
-Cualquier unión fuera del sacramento del matrimonio es torpe concubinato

Juan Pablo II
-Los divorciados arrepentidos deben estar dispuestos a salir del adulterio

Congregación para la Doctrina de la Fe
-La unión corporal en el desenfreno profana el templo del Espíritu Santo

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica
-Adulterio y divorcio son ofensas a la dignidad del matrimonio

III – ¿Cuáles son los criterios que los pastores deben seguir para distinguir adecuadamente los casos de los divorciados? ¿Qué es lo legítimo y lo ilegítimo en este discernimiento pastoral?

Congregación para la Doctrina de la Fe
-La verdad de la Iglesia no puede diluirse en razón de supuestos motivos pastorales

Juan Pablo II
-Una acción verdaderamente pastoral trata de hacer comprender la necesidad de coherencia entre la elección de vida y la fe que se profesa
-En casos de separación como remedio extremo, es preciso conservar la fidelidad matrimonial
-Si se admitieran los divorciados a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio
-La Iglesia prohíbe a todo pastor, aun por pretexto pastoral, efectuar ceremonias de cualquier tipo para los divorciados que vuelven a casarse
-La Iglesia confirma la indisolubilidad del matrimonio y no admite a la comunión eucarística a los divorciados
-Sólo no se niega el sacramento de la penitencia y después la comunión eucarística a los divorciados que vuelven a casarse si se comprometen a vivir en continencia y no se da escándalo
-La puerta estrecha de Jesús en el Evangelio es la puerta de la autonomía moral
-No se debe pasar por alto las duras exigencias de Jesús: “Vete y no peques más”
-Una acción pastoral debe empeñarse en corregir la situación de uniones ilegítimas

Congregación para la Doctrina de la Fe
-Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente la ley de Dios

Pío X
-El primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las opiniones erróneas

Benedicto XVI
-Cristo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado
-La misericordia de Jesús no se manifiesta poniendo entre paréntesis la ley moral

I – Existe una moral familiar y los divorciados en nueva unión, salvo muy pocas excepciones, están en situación de adulterio. Si las afirmaciones “demasiado rígidas” corresponden a la enseñanza de Jesús y de la Iglesia, deben ser obedecidas


Pío X

  • Moverse por una prudencia mundana para ayudar a los equivocados es hacerse compañero de su propio descarrío

Cuanto se equivocan los que estiman que serán más dignos de la Iglesia y trabajaran con más fruto para la salvación eterna de los hombres si son movidos por una prudencia mundana, […] movidos por la vana esperanza de que así pueden ayudar mejor a los equivocados, cuando en realidad los hacen compañeros de su propio descarrío. Pero la verdad es única y no puede dividirse; permanece eterna, sin doblegarse a los tiempos: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre (Heb 13, 8). (Pío X. Encíclica Iucunda sane, n. 25, 12 de marzo de 1904)

Sagradas Escrituras

  • Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos: no cometerás adulterio

Se acercó uno a Jesús y le preguntó: “Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?”. Jesús le contestó: “¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”. Él le preguntó: “¿Cuáles?”. Jesús le contestó: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo”. (Mt 19, 16-19)

  • Quién repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio

Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio, y el que se casa con una repudiada por su marido comete adulterio. (Lc 16, 18)

  • El Señor ordena a los casados: que la mujer no se separe del marido; pero si se separa, que permanezca sin casarse

A los casados les ordeno, no yo sino el Señor: que la mujer no se separe del marido; pero si se separa, que permanezca sin casarse o que se reconcilie con el marido; y que el marido no repudie a la mujer. (1 Cor 7, 10-11)

  • Dios juzgará a los impuros y adúlteros

Que todos respeten el matrimonio; el lecho nupcial, que nadie lo mancille, porque a los impuros y adúlteros Dios los juzgará. (Heb 13, 4)

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)

  • Dios es el autor del matrimonio y éste exige plena fidelidad conyugal

Fundada por el Creador y en posesión de sus propias leyes, la íntima comunidad conyugal de vida y amor se establece sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable. Así, del acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente, nace, aun ante la sociedad, una institución confirmada por la ley divina. Este vínculo sagrado, en atención al bien tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de la decisión humana. Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio, al cual ha dotado con bienes y fines varios, todo lo cual es de suma importancia para la continuación del género humano, para el provecho personal de cada miembro de la familia y su suerte eterna, para la dignidad, estabilidad, paz y prosperidad de la misma familia y de toda la sociedad humana. Por su índole natural, la institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados por sí mismos a la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como con su corona propia. De esta manera, el marido y la mujer, que por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19, 6), con la unión íntima de sus personas y actividades se ayudan y se sostienen mutuamente, adquieren conciencia de su unidad y la logran cada vez más plenamente. Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad. (Concilio Vaticano II. Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 48, 7 de diciembre de 1965)

Santo Tomás de Aquino

  • El adulterio da muerte al alma

Mas debe saberse que el adulterio y la fornicación se prohíben por muchas razones. En efecto, primeramente dan muerte al alma. “El adúltero pierde el alma por pobreza del espíritu” (Prov 6, 32). Y dice “por pobreza del espíritu”, lo que ocurre cuando la carne domina al espíritu. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 161)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • El adulterio es gravemente ilícito independientemente de las circunstancias

Es, por tanto, erróneo juzgar de la moralidad de los actos humanos considerando sólo la intención que los inspira o las circunstancias [ambiente, presión social, coacción o necesidad de obrar, etc.] que son su marco. Hay actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto; por ejemplo, la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el adulterio. No está permitido hacer el mal para obtener un bien. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1756)

  • Cristo condena incluso el deseo del adulterio, que es una imagen del pecado de idolatría

El adulterio. Esta palabra designa la infidelidad conyugal. Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está casado, establecen una relación sexual, aunque ocasional, cometen un adulterio. Cristo condena incluso el deseo del adulterio (cf. Mt 5, 27-28). El sexto mandamiento y el Nuevo Testamento prohíben absolutamente el adulterio (cf. Mt 5, 32; 19, 6; Mc 10, 11; 1 Co 6, 9-10). Los profetas denuncian su gravedad; ven en el adulterio la imagen del pecado de idolatría (cf. Os 2, 7; Jr 5, 7; 13, 27). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2380)

  • El adulterio lesiona el signo de la Alianza

El adulterio es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen. Compromete el bien de la generación humana y de los hijos, que necesitan la unión estable de los padres. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2381)

  • El divorciado que se casa mientras vive su cónyuge legítimo contradice el plan y la ley de Dios

Contraer un nuevo matrimonio por parte de los divorciados mientras viven sus cónyuges legítimos contradice el plan y la ley de Dios enseñados por Cristo. Los que viven en esta situación no están separados de la Iglesia pero no pueden acceder a la comunión eucarística. Pueden vivir su vida cristiana sobre todo educando a sus hijos en la fe. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1665)

  • El hombre no debe separar lo que Dios ha unido

Jesús vino a restaurar la creación en la pureza de sus orígenes. En el Sermón de la Montaña interpreta de manera rigurosa el plan de Dios: Habéis oído que se dijo: “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: “Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mt 5, 27-28). El hombre no debe separar lo que Dios ha unido (cf. Mt 19, 6). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2336)

  • Jesús insiste que el matrimonio es indisoluble

El Señor Jesús insiste en la intención original del Creador que quería un matrimonio indisoluble (cf. Mt 5, 31-32; 19, 3-9; Mc 10, 9; Lc 16, 18; 1 Co 7, 10-11), y deroga la tolerancia que se había introducido en la ley antigua (cf. Mt 19, 7-9). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2382)

  • El divorciado y casado de nuevo se halla en situación de adulterio público

El divorcio es una ofensa grave a la ley natural. Pretende romper el contrato, aceptado libremente por los esposos, de vivir juntos hasta la muerte. El divorcio atenta contra la Alianza de salvación de la cual el matrimonio sacramental es un signo. El hecho de contraer una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se halla entonces en situación de adulterio público y permanente: “No es lícito al varón, una vez separado de su esposa, tomar otra; ni a una mujer repudiada por su marido, ser tomada por otro como esposa” (San Basilio Magno, Moralia, regula 73). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2384)

  • El carácter inmoral del divorcio se debe a que introduce en la sociedad un desorden

El divorcio adquiere también su carácter inmoral a causa del desorden que introduce en la célula familiar y en la sociedad. Este desorden entraña daños graves: para el cónyuge, que se ve abandonado; para los hijos, traumatizados por la separación de los padres, y a menudo viviendo en tensión a causa de sus padres; por su efecto contagioso, que hace de él una verdadera plaga social. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2385)

  • La Iglesia no puede reconocer como válida una nueva unión de divorciados

Hoy son numerosos en muchos países los católicos que recurren al divorcio según las leyes civiles y que contraen también civilmente una nueva unión. La Iglesia mantiene, por fidelidad a la palabra de Jesucristo (“Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio”: Mc 10, 11-12), que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el primer matrimonio. Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios. Por lo cual no pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales. La reconciliación mediante el sacramento de la penitencia no puede ser concedida más que aquellos que se arrepientan de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total continencia. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1650)

Código de Derecho Canónico

  • Sólo la muerte puede disolver el matrimonio

El matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte. (Código de Derecho Canónico, c. 1141)


II – El vínculo matrimonial no se disuelve por nadie y en ningún caso tras el divorcio. Situaciones de aparente enmienda en las segundas uniones irregulares no dejan de ser adulterio


Pío XI

  • El verdadero matrimonio lleva consigo el perpetuo lazo de ley divina

    “Así, pues, cualquier matrimonio que se contraiga, o se contrae de suerte que sea en realidad un verdadero matrimonio, y entonces llevará consigo el perpetuo lazo que por ley divina va anejo a todo verdadero matrimonio; o se supone que se contrae sin dicho perpetuo lazo, y entonces no hay matrimonio, sino unión ilegítima, contraria, por su objeto, a la ley divina, que por lo mismo no se puede lícitamente contraer ni conservar” (Pius VI. Rescript. ad Episc. Agriens, 11 de julio de 1789). Y aunque parezca que esta firmeza está sujeta a alguna excepción, bien que rarísima, en ciertos matrimonios naturales contraídos entre infieles o también, tratándose de cristianos, en los matrimonios ratos y no consumados, tal excepción no depende de la voluntad de los hombres, ni de ninguna autoridad meramente humana, sino del derecho divino, cuya depositaria e intérprete es únicamente la Iglesia de Cristo. Nunca, sin embargo, ni por ninguna causa, puede esta excepción extenderse al matrimonio cristiano rato y consumado, porque así como en él resplandece la más alta perfección del contrato matrimonial, así brilla también, por voluntad de Dios, la mayor estabilidad e indisolubilidad, que ninguna autoridad humana puede desatar. (Pío XI. Encíclica Casti connubii, n. 11-12, 31 de diciembre de 1930)

  • Aun con la separación de los esposos el vínculo matrimonial queda intacto

Luego si la Iglesia no erró ni yerra cuando enseñó y enseña estas cosas [la indisolubilidad del matrimonio], evidentemente es cierto que no puede desatarse el vínculo ni aun en el caso de adulterio, y cosa clara es que mucho menos valen y en absoluto se han de despreciar las otras tan fútiles razones que pueden y suelen alegarse como causa de los divorcios. Por lo demás, las objeciones que, fundándose en aquellas tres razones, mueven contra la indisolubilidad del matrimonio, se resuelven fácilmente. Pues todos esos inconvenientes y todos esos peligros se evitan concediendo alguna vez, en esas circunstancias extremas, la separación imperfecta de los esposos, quedando intacto el vínculo, lo cual concede con palabras claras la misma ley eclesiástica en los cánones que tratan de la separación del tálamo, de la mesa y de la habitación (CIC c. 1128 ss). Y toca a las leyes sagradas y, a lo menos también en parte, a las civiles, en cuanto a los efectos y razones civiles se refiere, determinar las causas y condiciones de esta separación, y juntamente el modo y las cautelas con las cuales se provea a la educación de los hijos y a la incolumidad de la familia, y se eviten, en lo posible, todos los peligros que amenazan tanto al cónyuge como a los hijos y a la misma sociedad civil. (Pío XI. Encíclica Casti connubii, n. 33-34, 31 de diciembre de 1930)

Comisión Teológica Internacional

  • La Iglesia no se reconoce ningún derecho para disolver un matrimonio

Esta visión cristológica del matrimonio cristiano permite, además, comprender por qué la Iglesia no se reconoce ningún derecho para disolver un matrimonio ratum et consummatum, es decir, un matrimonio sacramentalmente contraído en la Iglesia y ratificado por los esposos mismos en su carne. En efecto, la total comunión de vida que, humanamente hablando, define la conyugalidad, evoca a su manera, el realismo de la Encarnación en la que el Hijo de Dios se hizo uno con la humanidad en la carne. Comprometiéndose el uno con el otro en la entrega sin reserva de ellos mismos, los esposos expresan su paso efectivo a la vida conyugal en la que el amor llega a ser una coparticipación de sí mismo con el otro, lo más absoluta posible. Entran así en la conducta humana de la que Cristo ha recordado el carácter irrevocable y de la que ha hecho una imagen reveladora de su propio misterio. La Iglesia, pues, nada puede sobre la realidad de una unión conyugal que ha pasado al poder de aquel de quien ella debe anunciar y no disolver el misterio. (Comisión Teológica Internacional. Doctrina Católica sobre el Matrimonio, n. 13, 1977)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • El vínculo matrimonial establecido por Dios mismo y consumado entre bautizados no puede ser disuelto jamás

Por tanto, el vínculo matrimonial es establecido por Dios mismo, de modo que el matrimonio celebrado y consumado entre bautizados no puede ser disuelto jamás. Este vínculo que resulta del acto humano libre de los esposos y de la consumación del matrimonio es una realidad ya irrevocable y da origen a una alianza garantizada por la fidelidad de Dios. La Iglesia no tiene poder para pronunciarse contra esta disposición de la sabiduría divina (cf. CIC c. 1141). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1640)

  • En las situaciones extremas que la Iglesia admite la separación física, el vínculo matrimonial sigue indisoluble

Existen, sin embargo, situaciones en que la convivencia matrimonial se hace prácticamente imposible por razones muy diversas. En tales casos, la Iglesia admite la separación física de los esposos y el fin de la cohabitación. Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios; ni son libres para contraer una nueva unión. En esta situación difícil, la mejor solución sería, si es posible, la reconciliación. La comunidad cristiana está llamada a ayudar a estas personas a vivir cristianamente su situación en la fidelidad al vínculo de su matrimonio que permanece indisoluble (cf. FC; 83; CIC can 1151-1155). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1649)

Juan Pablo II

  • El matrimonio sacramental rato y consumado no puede ser disuelto ni siquiera por el Romano Pontífice

Frente a las dudas y turbaciones de espíritu que podrían surgir, es necesario reafirmar que el matrimonio sacramental rato y consumado nunca puede ser disuelto, ni siquiera por la potestad del Romano Pontífice. La afirmación opuesta implicaría la tesis de que no existe ningún matrimonio absolutamente indisoluble, lo cual sería contrario al sentido en que la Iglesia ha enseñado y enseña la indisolubilidad del vínculo matrimonial. (Juan Pablo II. Discurso a los prelados auditores oficiales de la cancillería y abogados del Tribunal de la Rota Romana, n. 6, 21 de enero de 2000)

  • Es doctrina definitiva la no extensión de la potestad del Romano Pontífice a los matrimonios sacramentales ratos y consumados

El Magisterio de la Iglesia enseña la no extensión de la potestad del Romano Pontífice a los matrimonios sacramentales ratos y consumados como doctrina que se ha de considerar definitiva, aunque no haya sido declarada de forma solemne mediante un acto de definición. En efecto, esa doctrina ha sido propuesta explícitamente por los Romanos Pontífices en términos categóricos, de modo constante y en un arco de tiempo suficientemente largo. Ha sido hecha propia y enseñada por todos los obispos en comunión con la Sede de Pedro, con la convicción de que los fieles la han de mantener y aceptar. En este sentido la ha vuelto a proponer el Catecismo de la Iglesia Católica. Por lo demás, se trata de una doctrina confirmada por la praxis multisecular de la Iglesia, mantenida con plena fidelidad y heroísmo, a veces incluso frente a graves presiones de los poderosos de este mundo. (Juan Pablo II. Discurso a los prelados auditores oficiales de la cancillería y abogados del Tribunal de la Rota Romana, n. 8, 21 de enero de 2000)

Juan XXIII

  • La familia se funda en el matrimonio libremente contraído, uno e indisoluble

Además tienen los hombres pleno derecho a elegir el estado de vida que prefieran, y, por consiguiente, a fundar una familia, en cuya creación el varón y la mujer tengan iguales derechos y deberes, o seguir la vocación del sacerdocio o de la vida religiosa.
Por lo que toca a la familia, la cual se funda en el matrimonio libremente contraído, uno e indisoluble, es necesario considerarla como la semilla primera y natural de la sociedad humana. De lo cual nace el deber de atenderla con suma diligencia tanto en el aspecto económico y social como en la esfera cultural y ética; todas estas medidas tienen como fin consolidar la familia y ayudarla a cumplir su misión. A los padres, sin embargo, corresponde antes que a nadie el derecho de mantener y educar a los hijos. (Juan XXIII. Encíclica Pacem in terris, n. 15-17, 11 de abril de 1963)

Pío IX

  • Cualquier unión fuera del sacramento del matrimonio es torpe concubinato

Pero ningún católico ignora o puede ignorar que el matrimonio es verdadera y propiamente uno de los siete sacramentos de la ley evangélica, instituido por Cristo Señor, y que, por tanto, no puede darse el matrimonio entre los fieles sin que sea al mismo tiempo sacramento, y, consiguientemente, cualquier otra unión de hombre y mujer entre cristianos, fuera del sacramento, sea cualquiera la ley, aun la civil, en cuya virtud esté hecha, no es otra cosa que torpe y pernicioso concubinato tan encarecidamente condenado por la Iglesia; y, por tanto, el sacramento no puede nunca separarse del contrato conyugal. (Pío IX, Alocución Acerbissimum vobiscum, 27 de septiembre de1852)

Juan Pablo II

  • Los divorciados arrepentidos deben estar dispuestos a salir del adulterio

La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, “asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos”. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 84, 22 de noviembre de 1981)

Congregación para la Doctrina de la Fe

  • La unión corporal en el desenfreno profana el templo del Espíritu Santo

En efecto, el amor de los esposos queda asumido por el matrimonio en el amor con el cual Cristo ama irrevocablemente a la Iglesia, mientras la unión corporal en el desenfreno profana el templo del Espíritu Santo, en el que el mismo cristiano se ha convertido. Por consiguiente, la unión carnal no puede ser legítima sino cuando se ha establecido una definitiva comunidad de vida entre un hombre y una mujer. Así lo entendió y enseñó siempre la Iglesia, que encontró, además, amplio acuerdo con su doctrina en la reflexión de la sabiduría humana y en los testimonios de la historia. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Persona humana, n. 7, 29 de diciembre de 1975)

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica

  • Adulterio y divorcio son ofensas a la dignidad del matrimonio

¿Cuáles son las ofensas a la dignidad del matrimonio?

Las ofensas a la dignidad del matrimonio son las siguientes: el adulterio, el divorcio, la poligamia, el incesto, la unión libre (convivencia, concubinato) y el acto sexual antes o fuera del matrimonio. (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 502)


III – ¿Cuáles son los criterios que los pastores deben seguir para distinguir adecuadamente los casos de los divorciados? ¿Qué es lo legítimo y lo ilegítimo en este discernimiento pastoral?


Congregación para la Doctrina de la Fe

  • La verdad de la Iglesia no puede diluirse en razón de supuestos motivos pastorales

Una serie de objeciones críticas contra la doctrina y la praxis de la Iglesia concierne a problemas de carácter pastoral. Se dice, por ejemplo, que el lenguaje de los documentos eclesiales será demasiado legalista, que la dureza de la ley prevalecería sobre la comprensión hacia situaciones humanas dramáticas. El hombre de hoy no podría comprender ese lenguaje. Mientras Jesús habría atendido a las necesidades de todos los hombres, sobre todo de los marginados de la sociedad, la Iglesia, por el contrario, se mostraría más bien como juez, que excluye de los sacramentos y de ciertas funciones públicas a personas heridas. Se puede indudablemente admitir que las formas expresivas del Magisterio eclesial a veces no resultan fácilmente comprensibles y deben ser traducidas por los predicadores y catequistas al lenguaje que corresponde a las diferentes personas y a su ambiente cultural. Sin embargo, debe mantenerse el contenido esencial del Magisterio eclesial, pues transmite la verdad revelada y, por ello, no puede diluirse en razón de supuestos motivos pastorales. Es ciertamente difícil transmitir al hombre secularizado las exigencias del Evangelio. Pero esta dificultad no puede conducir a compromisos con la verdad. En la Encíclica Veritatis splendor, Juan Pablo II ha rechazado claramente las soluciones denominadas “pastorales” que contradigan las declaraciones del Magisterio (cf. Ibid. 56). Por lo que respecta a la posición del Magisterio acerca del problema de los fieles divorciados vueltos a casarse, se debe además subrayar que los recientes documentos de la Iglesia unen de modo equilibrado las exigencias de la verdad con las de la caridad. Si en el pasado a veces la caridad quizá no resplandecía suficientemente al presentar la verdad, hoy en cambio el gran peligro es el de callar o comprometer la verdad en nombre de la caridad. La palabra de la verdad puede, ciertamente, doler y ser incómoda; pero es el camino hacia la curación, hacia la paz y hacia la libertad interior. Una pastoral que quiera auténticamente ayudar a la persona debe apoyarse siempre en la verdad. Sólo lo que es verdadero puede, en definitiva, ser pastoral. “Entonces conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). (Congregación para la Doctrina de la Fe. A propósito de algunas objeciones contra la doctrina de la Iglesia sobre de la recepción de la Comunión eucarística por parte de los fieles divorciados y vueltos a casar, n. 5, 1 de enero de 1998)

Juan Pablo II

  • Una acción verdaderamente pastoral trata de hacer comprender la necesidad de coherencia entre la elección de vida y la fe que se profesa

Es cada vez más frecuente el caso de católicos que, por motivos ideológicos y prácticos, prefieren contraer sólo matrimonio civil, rechazando o, por lo menos, difiriendo el religioso. Su situación no puede equipararse sin más a la de los que conviven sin vínculo alguno, ya que hay en ellos al menos un cierto compromiso a un estado de vida concreto y quizá estable, aunque a veces no es extraña a esta situación la perspectiva de un eventual divorcio. Buscando el reconocimiento público del vínculo por parte del Estado, tales parejas demuestran una disposición a asumir, junto con las ventajas, también las obligaciones. A pesar de todo, tampoco esta situación es aceptable para la Iglesia. La acción pastoral tratará de hacer comprender la necesidad de coherencia entre la elección de vida y la fe que se profesa, e intentará hacer lo posible para convencer a estas personas a regular su propia situación a la luz de los principios cristianos. Aun tratándoles con gran caridad e interesándoles en la vida de las respectivas comunidades, los pastores de la Iglesia no podrán admitirles al uso de los sacramentos. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 82, 22 de noviembre de 1981)

  • En casos de separación como remedio extremo, es preciso conservar la fidelidad matrimonial

Motivos diversos, como incomprensiones recíprocas, incapacidad de abrirse a las relaciones interpersonales, etc., pueden conducir dolorosamente el matrimonio válido a una ruptura con frecuencia irreparable. Obviamente la separación debe considerarse como un remedio extremo, después de que cualquier intento razonable haya sido inútil. La soledad y otras dificultades son a veces patrimonio del cónyuge separado, especialmente si es inocente. En este caso la comunidad eclesial debe particularmente sostenerlo, procurarle estima, solidaridad, comprensión y ayuda concreta, de manera que le sea posible conservar la fidelidad, incluso en la difícil situación en la que se encuentra; ayudarle a cultivar la exigencia del perdón, propio del amor cristiano y la disponibilidad a reanudar eventualmente la vida conyugal anterior. Parecido es el caso del cónyuge que ha tenido que sufrir el divorcio, pero que —conociendo bien la indisolubilidad del vínculo matrimonial válido— no se deja implicar en una nueva unión, empeñándose en cambio en el cumplimiento prioritario de sus deberes familiares y de las responsabilidades de la vida cristiana. En tal caso su ejemplo de fidelidad y de coherencia cristiana asume un particular valor de testimonio frente al mundo y a la Iglesia, haciendo todavía más necesaria, por parte de ésta, una acción continua de amor y de ayuda, sin que exista obstáculo alguno para la admisión a los sacramentos. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, n. 83, 22 de noviembre de 1981)

  • Si se admitieran los divorciados a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio

En unión con el Sínodo exhorto vivamente a los pastores y a toda la comunidad de los fieles para que ayuden a los divorciados, procurando con solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida. Se les exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la Misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar a los hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios. La Iglesia rece por ellos, los anime, se presente como madre misericordiosa y así los sostenga en la fe y en la esperanza. La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 84, 22 de noviembre de 1981)

  • La Iglesia prohíbe a todo pastor, aun por pretexto pastoral, efectuar ceremonias de cualquier tipo para los divorciados que vuelven a casarse

Del mismo modo el respeto debido al sacramento del matrimonio, a los mismos esposos y sus familiares, así como a la comunidad de los fieles, prohíbe a todo pastor —por cualquier motivo o pretexto incluso pastoral— efectuar ceremonias de cualquier tipo para los divorciados que vuelven a casarse. En efecto, tales ceremonias podrían dar la impresión de que se celebran nuevas nupcias sacramentalmente válidas y como consecuencia inducirían a error sobre la indisolubilidad del matrimonio válidamente contraído. Actuando de este modo, la Iglesia profesa la propia fidelidad a Cristo y a su verdad; al mismo tiempo se comporta con espíritu materno hacia estos hijos suyos, especialmente hacia aquellos que inculpablemente han sido abandonados por su cónyuge legítimo. La Iglesia está firmemente convencida de que también quienes se han alejado del mandato del Señor y viven en tal situación pueden obtener de Dios la gracia de la conversión y de la salvación si perseveran en la oración, en la penitencia y en la caridad. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 84, 22 de noviembre de 1981)

  • La Iglesia confirma la indisolubilidad del matrimonio y no admite a la comunión eucarística a los divorciados

Por eso, el Sínodo, al tratar del ministerio pastoral referente a los que han contraído nuevo matrimonio, después del divorcio, alaba con razón a aquellos esposos que, aunque encuentran graves dificultades, sin embargo, testimonian en la propia vida la indisolubilidad del matrimonio; pues en su vida se aprecia la buena nueva de la fidelidad al amor, que tiene en Cristo su fuerza y su fundamento. Además, los padres sinodales, confirmando de nuevo la indisolubilidad del matrimonio y la “praxis” de la Iglesia de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que, contra las normas establecidas, han contraído nuevo matrimonio, exhortan, al mismo tiempo, a los Pastores y a toda la comunidad cristiana a ayudar a estos hermanos y hermanas para que no se sientan separados de la Iglesia, ya que, en virtud del bautismo, pueden y deben participar en la vida de la Iglesia orando, escuchando la Palabra, asistiendo a la celebración eucarística de la comunidad y promoviendo la caridad y la justicia. (Juan Pablo II. Alocución en la clausura de la V Asamblea general del Sínodo de los Obispos, n. 7, 25 de octubre de 1980)

  • Sólo no se niega el sacramento de la penitencia y después la comunión eucarística a los divorciados que vuelven a casarse si se comprometen a vivir en continencia y no se da escándalo

Aunque no se debe negar que esas personas pueden recibir, si se presenta el caso, el sacramento de la penitencia y después la comunión eucarística, cuando con corazón sincero abrazan una forma de vida que no esté en contradicción con la indisolubilidad del matrimonio, es decir, cuando el hombre y la mujer, que no pueden cumplir la obligación de separarse, se comprometen a vivir en continencia total, esto es, absteniéndose de los actos propios sólo de los esposos y al mismo tiempo no se da escándalo; sin embargo, la privación de la reconciliación sacramental con Dios no debe alejarlos lo más mínimo de la perseverancia en la oración, en la penitencia y en el ejercicio de la caridad, para que puedan conseguir finalmente la gracia de la conversión y de la salvación. Conviene que la Iglesia se muestre como madre misericordiosa orando por ellos y fortaleciéndolos en la fe y en la esperanza. (Juan Pablo II. Alocución en la clausura de la V Asamblea general del Sínodo de los Obispos, n. 7, 25 de octubre de 1980)

  • La puerta estrecha de Jesús en el Evangelio es la puerta de la autonomía moral

La Cuaresma invita a los creyentes a tomar en serio la exhortación de Jesús: “Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición y son muchos los que entran por ella” (Mt 7, 13). ¿Cuál es la puerta ancha y cuál la senda espaciosa de que habla Jesús? Es la puerta de la autonomía moral, la senda del orgullo intelectual. ¡Cuántas personas, incluso cristianas, viven en la indiferencia, acomodándose a la mentalidad del mundo y cediendo a los halagos del pecado! La Cuaresma es el tiempo propicio para analizar la propia vida, para reanudar con mayor decisión la participación en los sacramentos, para formular propósitos más firmes de vida nueva, aceptando, como enseña Jesús, pasar por la puerta estrecha y por la senda angosta, que conducen a la vida eterna (cf. Mt 7, 14). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 16 de febrero 1994)

  • No se debe pasar por alto las duras exigencias de Jesús: “Vete y no peques más”

Entre las costumbres de una sociedad secularizada y las exigencias del Evangelio, media un profundo abismo. Hay muchos que querrían participar en la vida eclesial, pero ya no encuentran ninguna relación entre su propio mundo y los principios cristianos. Se cree que la Iglesia, sólo por rigidez, mantiene sus normas, y que ello choca contra la misericordia que nos enseña Jesús en el Evangelio. Las duras exigencias de Jesús, su palabra: “Vete y no peques más” (Jn 8, 11), son pasadas por alto. A menudo se habla de recurso a la conciencia personal, olvidando, sin embargo, que esta conciencia es como el ojo que no posee por sí mismo la luz, sino solamente cuando mira hacia su auténtica fuente. (Juan Pablo II. Alocución a la Conferencia Episcopal Alemana, n. 6, 17 de noviembre de 1980)

  • Una acción pastoral debe empeñarse en corregir la situación de uniones ilegítimas

Se trata de uniones sin algún vínculo institucional públicamente reconocido, ni civil ni religioso. Este fenómeno, cada vez más frecuente, ha de llamar la atención de los pastores de almas, ya que en el mismo puede haber elementos varios, actuando sobre los cuales será quizá posible limitar sus consecuencias. En efecto, algunos se consideran como obligados por difíciles situaciones —económicas, culturales y religiosas— en cuanto que, contrayendo matrimonio regular, quedarían expuestos a daños, a la pérdida de ventajas económicas, a discriminaciones, etc. En otros, por el contrario, se encuentra una actitud de desprecio, contestación o rechazo de la sociedad, de la institución familiar, de la organización socio-política o de la mera búsqueda del placer. Otros, finalmente, son empujados por la extrema ignorancia y pobreza, a veces por condicionamientos debidos a situaciones de verdadera injusticia, o también por una cierta inmadurez psicológica que les hace sentir la incertidumbre o el temor de atarse con un vínculo estable y definitivo. En algunos países las costumbres tradicionales prevén el matrimonio verdadero y propio solamente después de un período de cohabitación y después del nacimiento del primer hijo. Cada uno de estos elementos pone a la Iglesia serios problemas pastorales, por las graves consecuencias religiosas y morales que de ellos derivan (pérdida del sentido religioso del matrimonio visto a la luz de la Alianza de Dios con su pueblo, privación de la gracia del sacramento, grave escándalo), así como también por las consecuencias sociales (destrucción del concepto de familia, atenuación del sentido de fidelidad incluso hacia la sociedad, posibles traumas psicológicos en los hijos y afirmación del egoísmo). Los pastores y la comunidad eclesial se preocuparán por conocer tales situaciones y sus causas concretas, caso por caso; se acercarán a los que conviven, con discreción y respeto; se empeñarán en una acción de iluminación paciente, de corrección caritativa y de testimonio familiar cristiano que pueda allanarles el camino hacia la regularización de su situación. Pero, sobre todo, adelántense enseñándoles a cultivar el sentido de la fidelidad en la educación moral y religiosa de los jóvenes; instruyéndoles sobre las condiciones y estructuras que favorecen tal fidelidad, sin la cual no se da verdadera libertad; ayudándoles a madurar espiritualmente y haciéndoles comprender la rica realidad humana y sobrenatural del matrimonio-sacramento. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 81, 22 de noviembre de 1981)

Congregación para la Doctrina de la Fe

  • Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente la ley de Dios

Dicha opinión contradice la doctrina católica que excluye la posibilidad de segundas nupcias después del divorcio: “Hoy son numerosos en muchos países los católicos que recurren al divorcio según las leyes civiles y que contraen también civilmente una nueva unión. La Iglesia mantiene, por fidelidad a la palabra de Jesucristo —‘Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio’ (Mc 10, 11-12)—, que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el primer matrimonio. Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente la ley de Dios. Por lo cual no pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales. La reconciliación mediante el sacramento de la penitencia no puede ser concedida más que aquellos que se arrepientan de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total continencia” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1650). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Notificación acerca del libro Just Love. A Framework for Christian Sexual Ethics, de Sor Margaret A. Farley, RSM, 30 de marzo de 2012)

Pío X

  • El primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las opiniones erróneas

La doctrina católica nos enseña que el primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las opiniones erróneas, por muy sinceras que sean, ni en la indiferencia teórica o practica ante el error o el vicio en que vemos caídos a nuestros hermanos, sino en el celo por su mejoramiento intelectual y moral no menos que en el celo por su bienestar material. Esta misma doctrina católica nos ensena también que la fuente del amor al prójimo se halla en el amor de Dios, Padre común y fin común de toda la familia humana, y en el amor de Jesucristo, cuyos miembros somos, hasta el punto de que aliviar a un desgraciado es hacer un bien al mismo Jesucristo. (Pío X. Encíclica Notre charge apostolique, n. 22, 23 de agosto de 1910)

Benedicto XVI

  • Cristo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado

En la Sagrada Escritura leemos: “Reprende al sabio y te amará. Da consejos al sabio y se hará más sabio todavía; enseña al justo y crecerá su doctrina” (Prov 9, 8 ss). Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18, 15). […] La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de “corregir al que se equivoca”. Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana. Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. Sin embargo, lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación; lo que la mueve es siempre el amor y la misericordia, y brota de la verdadera solicitud por el bien del hermano. El Apóstol Pablo afirma: “Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado” (Gal 6, 1). En nuestro mundo impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad. […] El Apóstol Pablo invita a buscar lo que “fomente la paz y la mutua edificación” (Rom 14, 19), tratando de “agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación” (ib. 15, 2), sin buscar el propio beneficio “sino el de la mayoría, para que se salven” (1 Cor 10, 33). Esta corrección y exhortación mutua, con espíritu de humildad y de caridad, debe formar parte de la vida de la comunidad cristiana. (Benedicto XVI. Mensaje para la Cuaresma de 2012, n. 1-2, 3 de noviembre de 2011)

  • La misericordia de Jesús no se manifiesta poniendo entre paréntesis la ley moral

Para evitar equívocos, conviene notar que la misericordia de Jesús no se manifiesta poniendo entre paréntesis la ley moral. Para Jesús el bien es bien y el mal es mal. La misericordia no cambia la naturaleza del pecado, pero lo quema en un fuego de amor. Este efecto purificador y sanador se realiza si hay en el hombre una correspondencia de amor, que implica el reconocimiento de la ley de Dios, el arrepentimiento sincero, el propósito de una vida nueva. A la pecadora del Evangelio se le perdonó mucho porque amó mucho. En Jesús Dios viene a darnos amor y a pedirnos amor. (Benedicto XVI. Homilía en la visita pastoral a Asís con ocasión del VII centenario de la conversión de San Francisco, 17 de junio de 2007)


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