104 – Los cristianos y los musulmanes comparten la misma fe

A finales del siglo XVI Valencia conoció un Arzobispo que marcó su historia y la de la Iglesia, siendo elevado a los altares en 1960 por Juan XXIII. San Juan de Ribera fue un verdadero buen Pastor que no se contentaba con cuidar de los fieles que vivían en su diócesis sino que iba en busca de nuevas ovejas. Uno de sus más grandes preocupaciones fue convertir a los seguidores de Mahoma a la fe católica, y después de convertidos, que fueran bien instruidos. Consciente de que Nuestro Señor murió en la cruz por todos, no quiso que hubiera almas bajo su custodia que no fuesen bañadas por la Preciosa Sangre del Redentor. Y tan importante era esta misión para él que, a pesar de las numerosas responsabilidades inherentes a su cargo, él mismo iba todos los domingos a predicar a los moros convertidos. En su catecismo escrito específicamente para uso de los sacerdotes que instruían a esos conversos explica:

“Se tratan todas las materias necesarias para instruir un infiel a la Fe del Evangelio; y particularmente el que hubiere seguido la secta de Mahoma. Porque no sólo muestra con razones y conveniencias naturales y morales la pureza y hermosura de nuestra santa Fe; pero hace demonstraciones de la torpeza, y desatinos que hay en la secta de Mahoma. Y en lo uno y en lo otro procede con tanta claridad de razones y conceptos, y con tan llano estilo, que se conoce bien el cuidado y diligencia que puso en conmensurar y acomodar la escritura al talento de los que habían de ser enseñados. Pero de tal manera hace esto, que también los doctos hallarán ahechadas las verdades de nuestra sancta religión, y probadas con lugares de la Sancta Escritura, y de los Santos Padres que la declararon”. (Catecismo. Carta del Patriarca y Arzobispo de Valencia Don Juan de Ribera a los rectores, predicadores, y confesores de su Arzobispado, fols. 2-3vº)

En la vida y escritos del santo arzobispo no encontramos palabras que puedan interpretarse como deseo de “compartir de la fe” con los musulmanes. Por lo contrario, la sed de almas, el sincero amor al hermano y la seriedad con que se tomaba su vocación pastoral tornaron patente la necesidad de demonstrar la “torpeza y desatino que hay en la secta de Mahoma”. ¿Habría actuado mal? ¿Podemos deducir que el deseo de salvar a los otros hizo que no viese las “convicciones comunes” entre los seguidores de Mahoma y los de Jesucristo? La enseñanza del Papa Pablo VI hecha 300 años después nos permite comprender mejor la actuación del santo: “Nuestra religión instaura efectivamente una relación auténtica y viviente con Dios, cosa que las otras religiones no lograron establecer, por más que tienen, por decirlo así, extendidos sus brazos hacia el cielo.” (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 53, 8 de diciembre de 1975)    

¿Encontramos semejanzas entre esta doctrina y las enseñanzas de Francisco? ¿Estará verdaderamente trabajando por la salvación de los seguidores de la “secta de Mahoma”… y por el bien de la Iglesia?

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores
I – La fe católica es única y no se comparte con otras religiones
II –
Diferencia entre la virtud sobrenatural de la Fe infundida por Dios y las creencias religiosas
III –
Las oraciones y costumbres de los musulmanes no son agradables a Dios
IV –
Algunas particularidades del Islam

I – La fe católica es única y no se comparte con otras religiones

1) Sólo la Religión Católica es la verdadera

Pío XI

Sólo una religión puede ser verdadera: la revelada por Dios

En el decurso de los tiempos, esto es desde los orígenes del género humano hasta la venida y predicación de Jesucristo, [Dios] enseñó por Sí mismo a los hombres los deberes que su naturaleza racional les impone para con su Creador. […] Por donde claramente se ve que ninguna religión puede ser verdadera fuera de aquella que se funda en la palabra revelada por Dios, revelación que comenzada desde el principio, y continuada durante la Ley Antigua, fue perfeccionada por el mismo Jesucristo con la Ley Nueva. Ahora bien: si Dios ha hablado —y que haya hablado lo comprueba la historia— es evidente que el hombre está obligado a creer absolutamente en la revelación de Dios, y a obedecer totalmente sus preceptos. Y con el fin de que cumpliésemos bien lo uno y lo otro, para gloria de Dios y salvación nuestra, el Hijo Unigénito de Dios fundó en la tierra su Iglesia. (Pío XI. Encíclica Mortalium animos, n. 7, 6 de enero de 1928)

León XIII

Por la razón y naturaleza se reconoce en la Iglesia Católica la única religión verdadera

En primer lugar examinemos, en relación con los particulares, esa libertad tan contraria a la virtud de la religión, la llamada libertad de cultos, libertad fundada en la tesis de que cada uno puede, a su arbitrio, profesar la religión que prefiera o no profesar ninguna. […] Y si se pregunta cuál es la religión que hay que seguir entre tantas religiones opuestas entre sí, la respuesta la dan al unísono la razón y naturaleza: la religión que Dios ha mandado, y que es fácilmente reconocible por medio de ciertas notas exteriores con las que la Divina Providencia ha querido distinguirla, para evitar un error, que, en asunto de tanta trascendencia, implicaría desastrosas consecuencias. Por esto, conceder al hombre esta libertad de cultos de que estamos hablando equivale a concederle el derecho de desnaturalizar impunemente una obligación santísima y de ser infiel a ella, abandonando el bien para entregarse al mal. Esto, lo hemos dicho ya, no es libertad, es una depravación de la libertad y una esclavitud del alma entregada al pecado. (León XIII. Encíclica Libertas praestantissimum, n. 15, 20 de junio de 1888)

Abrir los brazos a cualquier religión es arruinar a la Católica

Abriendo los brazos a cualesquiera y de cualquier religión, consiguen persuadir de hecho el grande error de estos tiempos, a saber, el indiferentismo religioso y la igualdad de todos los cultos; conducta muy a propósito para arruinar toda religión, singularmente la católica, a la que, por ser la única verdadera, no sin suma injuria se la iguala con las demás. (León XIII. Encíclica Humanum genus, n. 6, 20 de abril de 1884)

Congregación para la Doctrina de la Fe

La Iglesia verdadera no es una especie de suma o síntesis de las otras confesiones denominadas cristianas

Pero, al mismo tiempo, los católicos están obligados a profesar que pertenecen, por misericordioso don de Dios, a la Iglesia fundada por Cristo y guiada por los sucesores de Pedro y de los demás Apóstoles, en quienes persiste íntegra y viva la primigenia institución y doctrina de la comunidad apostólica, que constituye el patrimonio perenne de verdad y santidad de la misma Iglesia. Por lo cual no pueden los fieles imaginarse la Iglesia de Cristo como si no fuera más que una suma ―ciertamente dividida, aunque en algún sentido una― de Iglesias y de comunidades eclesiales; y en ningún modo son libres de afirmar que la Iglesia de Cristo hoy no subsiste ya verdaderamente en ninguna parte, de tal manera que se la debe considerar como una meta a la cual han de tender todas las Iglesias y comunidades. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Mysterium ecclesiae, n. 1, 24 de junio de 1973)

2) Aclaración doctrinal sobre la virtud infusa de la fe

  Compartir incluso la propia fe, pues Dios es uno solo: el mismo.Francisco

Nota del Denzinger-Bergoglio: Compartir la fe con los musulmanes presupone reconocer que ellos tienen fe. Es necesario recordar que la fe es una virtud sobrenatural infundida por Dios con la gracia santificante

 Concilio Vaticano I (XX Ecuménico)

La fe es una virtud sobrenatural mediante la cual uno cree en lo revelado por Dios

[De la definición de la fe]. Dependiendo el hombre totalmente de Dios como de su Creador y Señor, y estando la razón humana enteramente sujeta a la Verdad increada; cuando Dios revela, estamos obligados a prestarle por la fe plena obediencia de entendimiento y de voluntad. Ahora bien, esta fe que “es el principio de la humana salvación” (cf. Can. 801), la Iglesia Católica profesa que es una virtud sobrenatural por la que, con inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por Él ha sido revelado, no por la intrínseca verdad de las cosas, percibida por la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede ni engañarse ni engañarnos. Es, en efecto, la fe, en testimonio del Apóstol, sustancia de las cosas que se esperan, argumento de lo que no aparece (Hech 11, 1). (Denzinger-Hünermann 3008. Concilio Vaticano I, Sesión III, Constitución dogmática sobre la fe católica, cap. III, De la fe, 24 de abril de 1870)

Catecismo de la Iglesia Católica

La fe es una virtud sobrenatural infundida por Dios y para creer en la verdad es necesaria la gracia de Dios

Cuando San Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Jesús le declara que esta revelación no le ha venido “de la carne y de la sangre, sino de mi Padre que está en los cielos” (Mt 16, 17; cf. Ga 1, 15; Mt 11, 25). La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. “Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con los auxilios interiores del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede ‘a todos gusto en aceptar y creer la verdad’” (Dei Verbum, n. 5). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 153)

Santo Tomás de Aquino

Las virtudes sobrenaturales exceden la naturaleza del hombre y lo hacen partícipe de la naturaleza divina

Pero hay una doble bienaventuranza o felicidad del hombre, según se ha dicho anteriormente (q. 5, a. 5). Una es proporcionada a la naturaleza humana, es decir, que el hombre puede llegar a ella por los principios de su naturaleza. Otra es la bienaventuranza que excede la naturaleza del hombre, a la cual no puede llegar el hombre si no es con la ayuda divina mediante una cierta participación de la divinidad, conforme a aquello que se dice en 2 P 1,4, que por Cristo hemos sido hechos partícipes de la naturaleza divina. Y como esta bienaventuranza excede la proporción de la naturaleza humana, los principios naturales del hombre que le sirven para obrar bien proporcionalmente a su naturaleza, no son suficientes para ordenar al hombre a dicha bienaventuranza.
De ahí que sea necesario que se le sobreañadan al hombre algunos principios divinos
por los cuales se ordene a la bienaventuranza sobrenatural, al modo como por los principios naturales se ordena al fin connatural, aunque sea con la indispensable ayuda divina. Y estos principios se llaman virtudes teológicas. […] Una naturaleza puede ser atribuida a una cosa de dos modos. Uno, por esencia; y en este sentido las virtudes teológicas exceden la naturaleza del hombre. De otro modo, por participación, al modo como el leño ardiendo participa la naturaleza del fuego; y en este sentido el hombre se hace de algún modo partícipe de la naturaleza divina, según queda dicho. Y así estas virtudes convienen al hombre según la naturaleza participada. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 62, a. 1)

La virtud infusa de la fe está encima de la naturaleza del hombre…

Lo que está por encima de la naturaleza del hombre se distingue de lo que es conforme a ella. Pero las virtudes teológicas están por encima de la naturaleza del hombre, a la que corresponden, según la naturaleza, las virtudes intelectuales y morales, según consta por lo dicho anteriormente (q. 58, a. 3). (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, q. 62, a. 2, sed contra)

…y basada en Dios, Verdad Primera

El objeto de la fe es, en cierto modo, la verdad primera, en el sentido de que nada cae bajo la fe sino por la relación que tiene con Dios, del mismo modo que la salud es el objeto de la medicina, ya que la función de ésta se encuentra en relación con aquélla. […] Las verdades que se refieren a la humanidad de Cristo y a los sacramentos de la Iglesia o a cualquiera otra criatura caen bajo la fe en cuanto que nos ordenan a Dios. También a ellas les prestamos nuestro asentimiento en nombre de la verdad divina. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 1, a.1)

Basado en la Verdad Primera, la virtud infusa de la fe no puede recaer en la falsedad

La razón formal del acto de la fe es la verdad primera. De ahí que en el ámbito de la fe no puede caer nada que no se encuentre bajo la luz de la verdad primera, bajo la cual no puede recaer la falsedad, al igual que tampoco recae el no ser sobre el ser, ni el mal bajo la bondad. En consecuencia, bajo la luz de la fe no puede recaer nada falso. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 1, a.3)

La virtud infusa de la fe es más cierta que las cosas humanas

“Al oír, por la fe, la palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino como palabra de Dios, cual en verdad es” (1 Th 2, 13). Ahora bien, nada hay más meritorio que la palabra de Dios. Luego ni la ciencia ni ninguna otra cosa es más cierta que la fe. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 4, a.8)

La falta de fe es un pecado cuando nace no sólo de la ignorancia, sino en oposición a la fe y a causa del orgullo

La infidelidad [falta de fe] puede tener doble sentido. Uno consiste en la pura negación, y así se dice que es infiel quien no tiene fe. Puede entenderse también la infidelidad por la oposición a la fe: o porque se niega a prestarle atención, o porque la desprecia, a tenor del testimonio de Isaías: ¿Quién dio crédito a nuestra noticia? (Is 53, 1). En esto propiamente consiste la infidelidad, y bajo este aspecto es pecado.
Pero si tomamos la infidelidad en sentido puramente negativo, como es el caso de quien jamás oyó hablar de la fe, no es pecado, sino más bien castigo, ya que esa ignorancia de las realidades divinas es consecuencia del pecado del primer hombre. […] En cuanto pecado, la infidelidad tiene su origen en la soberbia, que hace que el hombre no quiera someter su entendimiento a las reglas de fe y a las sanas enseñanzas de los Padres. Por eso dice San Gregorio en XXXI Moral, que de la vanagloria proviene la presunción de novedades. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 10, a. 1)

La falta de fe es el mayor de los pecados

Todo pecado, como hemos expuesto (I-II, q. 71, a. 6; I-II, q. 73, a. 3, ad 3), consiste en la aversión a Dios. De ahí que tanto más grave es el pecado cuanto más aleja al hombre de Dios. Ahora bien, la infidelidad es la que más aleja a los hombres de Dios, ya que les priva hasta de su auténtico conocimiento, y ese conocimiento falso de Dios no le acerca a Él, sino que le aleja. (Santo Tomas de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 10, a. 3)

El resultado de la falta de fe es una opinión falsa de Dios

Ni siquiera puede darse que conozca a Dios en cuanto a algún aspecto quien tiene de Él una opinión falsa, ya que lo que piensa no es Dios. Es, pues, evidente que la infidelidad es el mayor pecado de cuantos pervierten la vida normal, cosa distinta a lo que ocurre con los pecados que se oponen a las otras virtudes teologales, como se verá después. (Santo Tomas de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 10, a. 3)

Los que no tienen fe no pueden hacer actos meritorios para la vida eterna, aunque puedan hacer actos naturales buenos

El infiel puede realizar alguna acción buena en las cosas que no tengan relación con el fin de la infidelidad. […] [Soluciones:] 2. La fe dirige la intención respecto al último fin sobrenatural. Mas también la luz natural de la razón puede dirigir la intención respecto de algún bien connatural. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica II-II, q. 10, a. 4, sol./ad 2, 3) (primeira parte antes de Cornélio)

Nota del Denzinge-Bergoglio: Habiendo aclarado lo que es la virtud sobrenatural de la fe y que ella nos hace creer en lo revelado por Dios, preguntamos si se puede decir que “compartimos la fe con los islámicos”. Ellos no son bautizados y por lo tanto la gracia santificante y las virtudes infusas no habitan sus almas. Incluso algunas de sus creencias constituyen una oposición frontal a la Fe Católica. Niegan la Trinidad, la Divinidad del Verbo Encarnado, el valor salvífico de la cruz. En lo que creen que no se opone frontalmente a nuestra fe, como la existencia de un sólo Dios, la verdad histórica de Jesucristo, la Virgen Madre María, encontramos que tienen una visión corrompida. Por lo tanto, todo esto hace con que no sea posible abrazar el Islamismo sin aceptar graves errores ipso facto en lo que se refiere a la fe y, en consecuencia, al plano moral. Incluso si en algunos individuos podemos encontrar virtudes naturales, y en este caso, a pesar del Islam, la globalidad de los islámicos carece de virtudes. Esto porque les falta el auxilio de la gracia. Luego ni la globalidad de los individuos musulmanes posee las virtudes naturales, ni un individuo podría practicarlas en su totalidad.

II – Diferencia entre la virtud sobrenatural de la Fe infundida por Dios y las creencias religiosas

Congregación para la Doctrina de la Fe

La fe teologal cristiana y la creencia en las otras religiones no se identifican

Debe ser, por lo tanto, firmemente retenida la distinción entre la fe teologal y la creencia en las otras religiones. […] No siempre tal distinción es tenida en consideración en la reflexión actual, por lo cual a menudo se identifica la fe teologal, que es la acogida de la verdad revelada por Dios Uno y Trino, y la creencia en las otras religiones, que es una experiencia religiosa todavía en búsqueda de la verdad absoluta y carente todavía del asentimiento a Dios que se revela. Este es uno de los motivos por los cuales se tiende a reducir, y a veces incluso a anular, las diferencias entre el cristianismo y las otras religiones. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 7, 6 de agosto de 2000)

Concilio de Éfeso (III Ecuménico)

Todos los herejes corrompen las verdaderas expresiones del Espíritu Santo

Debe recordar que los seguidores de todas las herejías extraen de la Escritura inspirada la razón de sus errores, y que todos los herejes corrompen las verdaderas expresiones del Espíritu Santo con sus propias mentes malvadas y atraen sobre sus cabezas una llama inextinguible. (Concilio de Éfeso. Carta de Cirilo a Juan de Antioquia sobre la paz, año 431)

Pablo VI

Las otras religiones no logran establecer una relación auténtica con Dios

La Iglesia piensa que estas multitudes [no cristianas] tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo, dentro del cual creemos que toda la humanidad puede encontrar, con insospechada plenitud, todo lo que busca a tientas acerca de Dios, del hombre y de su destino, de la vida y de la muerte, de la verdad. […] En otras palabras, nuestra religión instaura efectivamente una relación auténtica y viviente con Dios, cosa que las otras religiones no lograron establecer, por más que tienen, por decirlo así, extendidos sus brazos hacia el cielo. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 53, 8 de diciembre de 1975)

Congregación del Santo Oficio

Los hombres no pueden salvarse de igual modo en cualquier religión

No se salva quien, sabiendo que la Iglesia ha sido divinamente instituida por Cristo, sin embargo rechaza someterse a la Iglesia o niega la obediencia al Romano Pontífice, vicario de Cristo en la tierra. […] [Pío XII] recuerda a los “por cierto inconsciente deseo y aspiración están ordenados al Cuerpo místico del Redentor”; no los excluye, en efecto, de la salvación, sino que por otra parte afirma que se encuentran en un tal estado “en que no pueden sentirse seguros de la propia salvación… porque carecen, sin embargo, de tantos y tan grandes dones y socorros celestiales cómo sólo en la Iglesia católica es posible gozar”.
Con esas prudentes palabras desaprueba
tanto los que excluyen de la salvación eterna a todos los que se adhieren a la Iglesia sólo con un voto implícito como a los que falsamente sostienen que los hombres pueden igualmente ser salvados en toda religión. (Denzinger-Hünermann, 3867.3871-3872. Carta del Santo Oficio al arzobispo de Boston, 8 de octubre de 1949)

Pío XI

Rechaza la verdadera religión el que opina que otras son buenas y laudables

Convencidos de que son rarísimos los hombres privados de todo sentimiento religioso, parecen haber visto en ello esperanza de que no será difícil que los pueblos, aunque disientan unos de otros en materia de religión, convengan fraternalmente en la profesión de algunas doctrinas que sean como fundamento común de la vida espiritual. Con tal fin suelen estos mismos organizar congresos, reuniones y conferencias, con no escaso número de oyentes e invitar a discutir allí promiscuamente a todos, a infieles de todo género, de cristianos y hasta a aquellos que apostataron miserablemente de Cristo o con obstinada pertinacia niegan la divinidad de su Persona o misión.
Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio. Cuantos sustentan esta opinión, no solo yerran y se engañan, sino también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios. (Pío XI. Encíclica Mortalium animos, n. 8-9, 6 de enero de 1928)

Juan Pablo II

No hay camino de salvación en una religión diferente de la fundada por Cristo

No ha faltado quien ha querido interpretar la acción misionera [de la Iglesia] como un intento de imponer a otros las propias convicciones y opciones, en contraste con un determinado espíritu moderno, que se jacta, como si fuera una conquista definitiva, de la absoluta libertad de pensamiento y de conciencia personal. Según esa perspectiva, la actividad evangelizadora debería sustituirse con un diálogo interreligioso, que consistiría en un intercambio de opiniones y de informaciones, con las que cada una de las partes da a conocer el propio credo y se enriquece con el pensamiento de los otros, sin ninguna preocupación por llegar a una conclusión. […] Así se respetaría el camino de salvación que cada uno sigue según la propia educación y tradición religiosa (cf. Redemptoris missio, n. 4). Pero esta concepción es irreconciliable con el mandato de Cristo a los Apóstoles (cf. Mt 28, 19-20, Mc 16, 15), transmitido a la Iglesia […] [El Concilio] confirmó al mismo tiempo el papel de la Iglesia, en la que es necesario que el hombre entre y persevere, si quiere salvarse (cf. Ad gentes, 7). […] Esta doctrina tradicional de la Iglesia pone al descubierto la inconsistencia y la superficialidad de una actitud relativista e irenista acerca del camino de la salvación, en una religión diferente de la fundada en la fe en Cristo. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1-2, 10 de mayo de 1995)

La fe católica no tiene convicciones comunes con el Islam

Juan Pablo II

La teología y la antropología del Islam están muy lejos de la cristiana

Cualquiera que, conociendo el Antiguo y el Nuevo Testamento, lee el Corán, ve con claridad el proceso de reducción de la Divina Revelación que en él se lleva a cabo. Es imposible no advertir el alejamiento de lo que Dios ha dicho de Sí mismo, primero en el Antiguo Testamento por medio de los profetas y luego de modo definitivo en el Nuevo Testamento por medio de Su Hijo. Toda esa riqueza de la autorrevelación de Dios, que constituye el patrimonio del Antiguo y del Nuevo Testamento, en el Islamismo ha sido de hecho abandonada. Al Dios del Corán se le dan unos nombres que están entre los más bellos que conoce el lenguaje humano, pero en definitiva es un Dios que está fuera del mundo, un Dios que es sólo Majestad, nunca el Emmanuel, Dios-con-nosotros. El Islamismo no es una religión de redención. No hay sitio en él para la Cruz y la Resurrección. Jesús es mencionado, pero sólo como profeta preparador del último profeta, Mahoma. También María es recordada, Su Madre virginal; pero está completamente ausente el drama de la Redención. Por eso, no solamente la teología, sino también la antropología del Islam, están muy lejos de la cristiana. (Juan Pablo II. Cruzando el umbral de la esperanza, p. 39)

Nota del Denzinger-Bergoglio: San Juan Damasceno escribe sobre los islamitas con conocimiento de causa. Él, talvez el mayor Padre de la Iglesia Oriental, conoció de cerca el Islam cuando Damasco pasó del Imperio Bizancio al Califato de los mahometanos.

San Juan Damasceno

Tenemos los profetas que anunciaron a Cristo, pero los infieles no tienen testigos, y Mahoma recibió su libro “santo” mientras dormía…

Hay muchas otras cosas extraordinarias y ridículas en ese libro que él presume de haber descendido a él desde Dios. Pero cuando preguntamos “¿y quién puede testificar que Dios te dio el libro? Y cuál de los profetas predijo que tal profeta advendría?” se quedan perdidos. Y nosotros remarcamos que Moisés recibió la Ley en el Monte Sinaí, con Dios apareciendo a la vista de todos en las nubes, y el fuego, y la oscuridad, y la tormenta. Y nosotros decimos que los profetas desde Moisés en adelante predijeron la venida de Cristo y cómo Cristo (encarnado hijo de Dios) tenía que venir y ser crucificado y morir y levantarse de nuevo, y cómo tenía que juzgar a los vivos y a los muertos. Entonces, cuando decimos “¿cómo es que este profeta vuestro no vino de la misma manera, con otros dando testimonio de él? ¿Y cómo es que Dios no presentó a este hombre en vuestra presencia con el libro al que os referís, aun cuando él le dio la Ley a Moisés, con la gente presenciándolo, y la montaña humeando, para que vosotros pudierais tener certeza?” ellos responden que Dios hace como le place. “Eso —respondemos nosotros— ya lo sabemos pero nosotros os estamos preguntando cómo llegó el libro a vuestro profeta”. Entonces replican que el libro bajó a él mientras dormía. Entonces chistosamente les decimos que mientras él reciba su libro en sueños y de hecho no sienta la operación, el mismo adagio le sea aplicado (lo que quiere decir: me estás dando la vuelta al sueño). (San Juan Damasceno. Sobre las herejías, n. 101: PG 94, 766)

Nota del Denzinger-Bergoglio: Canonizado por Juan XXIII, San Juan de Ribera, Arzobispo de Valencia y Patriarca de Antioquía, trabajó durante 42 años en su diócesis para llevar a buen camino el rebaño que le había sido confiado. Entre otros escritos suyos escribió un catecismo para los musulmanes convertidos

San Juan Ribera

El Islam no merece nombre de religión

Pero ya baste lo dicho para conclusión de este artículo, que tanto importa a tu salvación; es a saber, para la destrucción de esta secta perversa de Mahoma. Porque si hemos probado que el fin que ella pone es todo bestial, e indigno de la autoridad del hombre; y si el autor de ella fue un hombre adúltero, perjuro, robador, homicida, blasfemo, e ignorantísimo en letras humanas y divinas; y si las cosas que en sí contiene esta su ley son todas fábulas en Filosofía, y errores en Teología, aun para los que no tienen más de lumbre de razón; y en lo que enseña de costumbres, es una escuela de vicios bestiales; y que no probó esta su nueva secta con ningún motivo, ni sobrenatural de milagros, ni natural de razones; sino que solo la introdujo con fuerza de armas, y violencia, y ficciones, y mentiras, y licencia de carne; qué resta de aquí, sino que es secta impía, blasfema, viciosa, invención del diablo, y camino derecho para el infierno, y así que no merece nombre de religión. (San Juan de Ribera. Catecismo para instrucción de los nuevamente convertido de moros, 1599)

V Concilio de Letrán (XVIII Ecuménico)

Los mahometanos tratan la cruz y la salvación con absoluto desprecio

[…] los turcos y otros infieles […]. Tratan el camino de la verdadera luz y salvación con absoluto desprecio y ceguera totalmente inflexible; atacan la cruz de vida en la que nuestro Salvador quiso aceptar la muerte, para que al morir pudiera destruir la muerte y, por el misterio inefable de su vida santísima, pudiera restituir la vida. Ellos se hacen odiosos enemigos de Dios y los perseguidores más acérrimos de la religión cristiana. Fortalecidos por defensas no sólo espirituales, sino también temporales, podemos ser capaces, bajo la guía y favor de Dios, de oponernos a los amargos y frecuentes embates mediante los cuales, con rabia atroz, se solazan salvajemente en medio de sangre cristiana. (V Concilio de Letrán. Sesión XII, 16 de marzo de 1517)

III – Las oraciones y costumbres de los musulmanes no son agradables a Dios

“Es admirable ver cómo jóvenes y ancianos, mujeres y varones del Islam son capaces de dedicar tiempo diariamente a la oración y de participar fielmente de sus ritos religiosos”. Francisco

Nota del Denzinger-Bergoglio: Hemos visto en estudio anterior que una oración hecha sin invocar a Jesús no es agradable a Dios. Y en el Evangelio encontramos Nuestro Redentor diciendo: “Cuando oráis, no habéis de ser como los hipócritas, que de propósito se ponen a orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres.” La costumbre de los mahometanos de invocar a “Alá y su profeta” cinco veces al día se parece más al tipo de oración que Jesús censura. ¿Esto es digno de nuestro respeto y aprobación?

Concilio de Vienne (XV Ecuménico)

Permitir la invocación pública del nombre de Mahoma es una vergüenza y disgusta a la majestad divina

Es un insulto para el nombre santo y una vergüenza para la fe cristiana que en ciertas partes del mundo sujeto a los príncipes cristianos, donde viven los sarracenos, a veces separados, a veces mezclados con los cristianos, el sacerdote sarraceno comúnmente llamado Zabazala, en sus templos o mezquitas, (en los que los sarracenos se reúnen para adorar al infiel Mahoma), en voz alta invocan y alaban su nombre cada día a ciertas horas de un lugar alto, en la audiencia de cristianos y sarracenos y hacen declaraciones públicas en su honor. Hay un lugar, por otra parte, donde una vez fue enterrado un sarraceno que algunos sarracenos veneran como un santo. Un gran número de sarracenos venidos de lejos y de cerca se congregan allí. Esto trae descrédito de nuestra fe y causa de gran escándalo a los fieles. Estas prácticas no se pueden tolerar más sin disgustar a la majestad divina. Por lo tanto, con lo sagrado de la aprobación del Consejo, prohíben estrictamente estas prácticas a partir de ahora en tierras cristianas. […] [Ordenamos a los príncipes católicos] a eliminar este delito por completo de sus territorios y velar por que sus súbditos se retiren, para que así puedan alcanzar la recompensa de la felicidad eterna. Se trata de prohibir expresamente la invocación pública del nombre sacrílego de Mahoma. (Concilio de Vienne. Decreto, 13 de enero de 1313)

Congregación para la Doctrina de la Fe

Los ritos no cristianos son obstáculo para la salvación

De hecho algunas oraciones y ritos pueden asumir un papel de preparación evangélica, en cuanto son ocasiones o pedagogías en las cuales los corazones de los hombres son estimulados a abrirse a la acción de Dios. A ellas, sin embargo no se les puede atribuir un origen divino ni una eficacia salvífica ex opere operato, que es propia de los sacramentos cristianos. Por otro lado, no se puede ignorar que otros ritos no cristianos, en cuanto dependen de supersticiones o de otros errores (cf. 1 Co 10, 20-21), constituyen más bien un obstáculo para la salvación. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 21, 6 de agosto de 2000)

Pío XI

El culto verdadero se conserva únicamente en la Iglesia Católica

Sólo la Iglesia Católica es la que conserva el culto verdadero. Ella es la fuente de la verdad, la morada de la Fe, el templo de Dios, quienquiera que en él no entre o de él salga perdido la esperanza de vida y de salvación. Menester es que nadie se engañe a si mismo con pertinaces discusiones, lo que aquí se ventila es la vida y la salvación, a la cual si no se atiende con diligente cautela, se perderá y se extinguirá. (Pío XI. Encíclica Mortalium animos, n. 17, 6 de enero de 1928)

Catecismo de la Iglesia Católica

El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo tampoco podrá orar habitualmente en su Nombre

La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. Los grandes orantes de la Antigua Alianza antes de Cristo, así como la Madre de Dios y los santos con Él nos enseñan que la oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador que hace todo lo posible por separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar habitualmente en su Nombre. El “combate espiritual” de la vida nueva del cristiano es inseparable del combate de la oración. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2725)

Pablo VI

No podemos compartir las expresiones religiosas no cristianas

Evidentemente no podemos compartir estas variadas expresiones religiosas [judaísmo, religión musulmana y afroasiáticas] ni podemos quedar indiferentes, como si todas, a su modo, fuesen equivalentes y como si autorizasen a sus fieles a no buscar si Dios mismo ha revelado una forma exenta de todo error, perfecta y definitiva, con la que Él quiere ser conocido, amado y servido; al contrario, por deber de lealtad, hemos de manifestar nuestra persuasión de que la verdadera religión es única, y que esa es la religión cristiana; y alimentar la esperanza de que como tal llegue a ser reconocida por todos los que verdaderamente buscan y adoran a Dios. (Pablo VI. Encíclica Ecclesiam suam, n. 40, 6 de agosto de 1964)

Pío X

Según las teorías modernistas las experiencias religiosas islámicas son verdaderas

[Para el modernista] en el sentimiento religioso se descubre una cierta intuición del corazón; merced a la cual, y sin necesidad de medio alguno, alcanza el hombre la realidad de Dios […]. Y tal experiencia es la que hace verdadera y propiamente creyente al que la ha conseguido. ¡Cuánto dista todo esto de los principios católicos! Semejantes quimeras las vimos ya reprobadas por el Concilio Vaticano. […] Desde luego, es bueno advertir que de esta doctrina de la experiencia, unida a la otra del simbolismo, se infiere la verdad de toda religión, sin exceptuar el paganismo. Pues qué, ¿no se encuentran en todas las religiones experiencias de este género? Muchos lo afirman. Luego ¿con qué derecho los modernistas negarán la verdad de la experiencia que afirma el turco, y atribuirán sólo a los católicos las experiencias verdaderas? Aunque, cierto, no las niegan; más aún, los unos veladamente y los otros sin rebozo, tienen por verdaderas todas las religiones. Y es manifiesto que no pueden opinar de otra suerte, pues establecidos sus principios, ¿por qué causa argüirían de falsedad a una religión cualquiera?  (Pío X. Encíclica Pascendi Dominici gregis, n. 13, 8 de septiembre de 1907)

Juan Pablo II

Los hombres no pueden entrar en comunión con Dios sino por medio de Cristo

Cristo es el único Salvador de la humanidad, el único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios. […] Los hombres, pues, no pueden entrar en comunión con Dios, si no es por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu. Esta mediación suya única y universal, lejos de ser obstáculo en el camino hacia Dios, es la vía establecida por Dios mismo, y de ello Cristo tiene plena conciencia. Aun cuando no se excluyan mediaciones parciales, de cualquier tipo y orden, éstas sin embargo cobran significado y valor únicamente por la mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como paralelas y complementarias. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 5, 7 de diciembre de 1990)

León XIII

Formas de culto distintas no pueden ser igualmente aceptables para Dios

En materia religiosa, pensar que las formas de culto, distintas y aun contrarias, son todas iguales, equivale a confesar que no se quiere aprobar ni practicar ninguna de ellas. Esta actitud, si nominalmente difiere del ateísmo, en realidad se identifica con él. Los que creen en la existencia de Dios, si quieren ser consecuentes consigo mismos y no caer en un absurdo, han de comprender necesariamente que las formas usuales de culto divino, cuya diferencia, disparidad y contradicción aun en cosas de suma importancia son tan grandes, no pueden ser todas igualmente aceptables ni igualmente buenas o agradables a Dios. (León XIII. Encíclica Immortale Dei, n. 14, 1 de noviembre de 1885)

Catecismo Romano

La costumbre de orar en espíritu de ninguna manera la observan los infieles

Más importa muchísimo orar debidamente. Pues aunque la oración es un bien muy provechoso, de nada sirve si no se practica como se debe, porque muchas veces pedimos y no recibimos, como enseña Santiago, porque pedimos mal. […] Hemos de orar, pues, en espíritu y verdad. Porque tales los quiere el Padre celestial, que le adoren en espíritu y verdad. Ora de esta manera el que hace oración con íntimo y ardiente afecto del alma. No excluimos la oración vocal de este modo espiritual de pedir. Pero con todo nos parece que de justicia se debe la primacía a la oración que nace de un corazón fervoroso, la cual es la que oye Dios, a quien están patentes los pensamientos ocultos de los hombres, aunque no se pronuncie con la boca. […] Esta costumbre de orar en espíritu, propia de los cristianos, en manera alguna la observan los infieles, de quienes nos dice así Cristo Nuestro Señor: “Cuando oréis no queráis hablar mucho, como hacen los gentiles; que se imaginan haber de ser oídos a fuerza de palabras. No queráis, pues, imitarlos; que bien sabe vuestro Padre lo que habéis menester, antes de pedírselo”. […] Tampoco oran en verdad los hipócritas, de cuyo modo de orar nos aparta Cristo Señor nuestro por estas palabras: “Cuando oráis, no habéis de ser como los hipócritas, que de propósito se ponen a orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; en verdad os digo, que ya recibieron su recompensa. Tú, al contrario, cuando hubieres de orar, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora en secreto a tu Padre, y tu Padre, que ve lo más secreto, te premiará”. (Catecismo Romano, IV, VII, I)

Santo Tomás de Aquino

La oración no es meritoria sin la gracia santificante

Sin la gracia santificante no es meritoria la oración, lo mismo que no lo es ningún otro acto virtuoso. Y es que aun la misma oración con que se impetra la gracia santificante procede de una cierta gracia como de don gratuito, pues incluso el mismo orar es don de Dios, como dice San Agustín en el libro De Perseverantia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 83, a. 15)

IV – Algunas particularidades del Islam

1. Las “revelaciones” posteriores a Cristo alegadas por el Islam

Nota del Denzinger-Bergoglio: Además de ciertos elementos judeocristianos, el Islam admite revelaciones posteriores a Cristo. A este respecto hay que decir:

Catecismo de la Iglesia Católica

Es un agravio a Dios aceptar otra revelación después de Cristo

Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en el todo, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad” (San Juan de la Cruz. Subida del monte Carmelo 2, 22, 3-5). (Catecismo de la Iglesia Católica, n.65)

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)

No hay que esperar ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Cristo

La economía cristiana, por tanto, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará, y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tim 6, 14; Tit 2, 13). (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Dei verbum, n. 4, 18 de noviembre de 1965)

San Juan Damasceno

Fue “revelado” a Mahoma que Jesús negó ser el Hijo de Dios

Hasta los tiempos de Heraclio fueron grandes idólatras [los ismaelitas]. A partir de ese tiempo hasta el presente un falso profeta llamado Mahoma ha aparecido en medio de ellos. Este hombre, después de haber tropezado con el Antiguo y Nuevo Testamento, y de igual manera, al parecer después de haber conversado con un monje arriano, ha ideado su propia herejía. […] Él dice que hay un solo Dios, creador de todas las cosas, que ni ha sido engendrado ni ha engendrado. Él dice que Cristo es la Palabra de Dios y de su Espíritu, pero una criatura y un siervo, y que fue engendrado, sin semilla, de María, la hermana de Moisés y Aarón. Porque, él dice, que la Palabra y Dios y el Espíritu entraron en María [hermana de Moisés], y dio a luz a Jesús, que fue un profeta y siervo de Dios. Y dice que los judíos querían crucificarlo por violación de la ley, y que se apoderaron de su sombra y la crucificaron. Sin embargo, el mismo Cristo no fue crucificado, dice, ni tampoco murió, porque Dios por Su amor por Él, lo llevó consigo al Cielo. Y dice esto, que cuando Cristo hubo ascendido al Cielo, Dios le preguntó: “Oh Jesús, ¿No has dicho “Yo soy el Hijo de Dios y Dios”?” Y Jesús, él dice, le respondió: “Ten misericordia de mí, Señor. Tú sabes que yo no he dicho esto y que no desdeño ser tu siervo. Pero los pecadores han escrito que hice esta declaración, y han mentido sobre mí y han caído en el error”. Y Dios respondió según Mahoma: “Yo sé que tú no dijiste esas palabras”. Hay muchas otras cosas extraordinarias y ridículas en este libro que cuenta que fue enviado a él por Dios. (San Juan Damasceno. Sobre las herejías, n. 101: PG 94, 766)

2. Los elementos judeocristianos en el Islam

Nota del Denzinger-Bergoglio: Además de lo visto, conviene recordar que en su tratado Suma contra los gentiles, escrito para ayudar a sus hermanos dominicos en contacto con los musulmanes, Santo Tomás de Aquino presentó al Islam como un rechazo completo del Nuevo y Antiguo Testamento: “Algunos de ellos, por ejemplo, los mahometanos y paganos, no convienen con nosotros en admitir la autoridad de alguna parte de la Sagrada Escritura” (lib. I, cap. 2).

Santo Tomás de Aquino

Mahoma deformó el Antiguo y Nuevo Testamento y prohibió su lectura

Ningún oráculo divino de los profetas que le precedieron da testimonio de él (Mahoma); antes bien, desfigura totalmente los documentos del Antiguo y Nuevo Testamento, haciéndolos un relato fabuloso, como se ve en sus escritos. Por esto prohibió astutamente a sus secundes la lectura de los libros del Antiguo y Nuevo Testamento, para que no fueran convencidos por ellos de su falsedad. Y así, dando fe a sus palabras, creen con facilidad. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra los gentiles, Lib I, cap. 6)

3. Sobre los atributos del Creador y la consideración de la misericordia de Alá

Nota del Denzinger-Bergoglio: A través de toda la hermosura del universo, con sus diversidades y orden, la Iglesia enseña que Dios es conocido por el hombre justo. Pero para los seguidores del Islam, Alá es tan transcendente que no cabe en las categorías humanas. “No me corresponde decir algo sobre lo que no tengo derecho. Si lo hubiera dicho Tú lo sabrías. Tú conoces lo que encierra mi alma, mientras que yo ignoro lo que encierra la Tuya” (Corán. Sura 5: 116)

Concilio Vaticano I (XX Ecuménico)

Dios se hace conocer a través del universo creado

[Contra los que niegan la teología natural] Si alguno dijere que Dios vivo y verdadero, creador y señor nuestro, no puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana por medio de las cosas que han sido hechas, sea anatema. (Denzinger-Hünermann 3026. Concilio Vaticano I, Sesión III, Constitución católica sobre la fe católica I, De la revelación, 24 de abril 1870)

Catecismo de la Iglesia Católica

Dios nos habla a través de la sabiduría y orden con que hizo el universo

Porque Dios crea con sabiduría, la creación está ordenada: “Tú todo lo dispusiste con medida, número y peso” (Sab 11, 20). Creada en y por el Verbo eterno, “imagen del Dios invisible” (Col 1,15), la creación está destinada, dirigida al hombre, imagen de Dios (cf. Gen 1, 26), llamado a una relación personal con Dios. Nuestra inteligencia, participando en la luz del Entendimiento divino, puede entender lo que Dios nos dice por su creación (cf. Sal 19, 2-5), ciertamente no sin gran esfuerzo y en un espíritu de humildad y de respeto ante el Creador y su obra (cf. Job 42, 3). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 299)

Sagradas Escrituras

Que los justos encuentren a Dios en la hermosura del universo

Dan vueltas a sus obras, las investigan  y quedan seducidos por su apariencia, porque es hermoso lo que ven. Pero ni siquiera estos son excusables, porque, si fueron capaces de saber tanto  que pudieron escudriñar el universo, ¿cómo no encontraron antes a su Señor? (Sab 13, 7-9)

Lo invisible de Dios es perceptible a partir de la creación

Porque lo que de Dios puede conocerse les resulta manifiesto, pues Dios mismo se lo manifestó. Pues lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son perceptibles para la inteligencia a partir de la creación del mundo a través de sus obras. (Rom 1, 19-20)

Nota del Denzinger-Bergoglio: Dios es Padre. Uno de las mayores consolaciones y fuente de esperanza que los cristianos tienen está en el hecho de que Dios es nuestro Padre, verdaderamente Padre amoroso y de quien nosotros somos verdaderamente hijos. En el Islam, Alá tiene más de 90 nombres, pero ninguno de ellos es “Padre”, y nunca Alá llama hijos a sus seguidores (Corán. Sura 7: 180).

Catecismo Mayor de San Pío X

Dios es Padre de los justos

¿Por qué se dice que Dios es Padre?
Se dice que Dios es Padre: 1º. Porque es Padre, por naturaleza, de la segunda persona de la Santísima Trinidad, que es el Hijo engendrado por El. 2º. Porque Dios es Padre de todos los hombres que Él ha creado, conserva y gobierna. 3º. Porque finalmente, es Padre por gracia de todos los buenos cristianos, que por eso se llaman hijos de Dios adoptivos.(Catecismo Mayor de San Pío X, n. 24)

Juan Pablo II

El verdadero nombre de Dios es Padre

Así, aprendemos que el verdadero nombre de Dios es Padre. El nombre que es superior a todos los demás nombres: Abbá (cf. Gal 4,6). Jesús nos enseña que nuestro verdadero nombre es hijo o hija. Aprendemos que el Dios del Éxodo y de la Alianza libra a su pueblo, porque está formado por sus hijos e hijas, que no fueron creados para la esclavitud, sino para “la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rom 8, 21). (Juan Pablo II. Homilía, n. 4, 26 de febrero de 2000)

Nota del Denzinger-Bergoglio: Dios no puede hacer sufrir a las criaturas sin razón. Él no es cruel, Él siempre saca un bien de cualquier mal, mientras que a Alá no le importan los sufrimientos que pueden padecer sus criaturas, e incluso parece que se degusta con ellos, pues está escrito: “El Enviado de Allah [Sâlih] les previno: No matéis la camella de Allah [enviada como un milagro] y dejadla beber. Pero le desmintieron y la mataron. Entonces, su Señor les destruyó a todos por lo que cometieron y a Allah no Le importó la magnitud de su castigo” (Corán. Sura 91:13-15).

Santo Tomás de Aquino

De los males que nos oprimen, Dios saca un bien

También en el hecho que los justos sufran en este mundo aparece la justicia y la misericordia. Pues por tales sufrimientos se les limpian pequeñas manchas, y el corazón, dejando lo terreno, se orienta más a Dios. Dice Gregorio: “Los males que en este mundo nos oprimen, nos empujan a ir a Dios.” (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 21, a. 4, ad 3)

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica

Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo

La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo. Esto Dios lo ha realizado ya admirablemente con ocasión de la muerte y resurrección de Cristo: en efecto, del mayor mal moral, la muerte de su Hijo, Dios ha sacado el mayor de los bienes, la glorificación de Cristo y nuestra redención. (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 58)

Nota del Denzinger-Bergoglio:Se puede esperar de Dios que premie o castigue con justicia, pues es un juez justo. Alá sin embargo no está “impedido” de tratar a la personas según su comportamiento —por eso, tanto puede castigar quien se comportó bien como premiar al malvado…. “No sois sino como el resto de la humanidad que Él ha creado. Perdona a quien Él quiere y castiga a quien Él quiere” (Corán. Sura 5: 18).

Santo Alfonso de Ligorio

Los cristianos tienen razón en confiar en Dios, al contrario de los seguidores de Mahoma

Moría un sacerdote de la Compañía de Jesús, que en vida se había desvelado mucho por la conversión de los pecadores (como se lee en el menólogo de la Compañía) y moría con tanta alegría y confianza de su salvación, que parecía excesiva; y se le dijo que en la muerte se debía confiar, pero también temer. Pero él respondió: “Y ¡que! ¿he servido por ventura a Mahoma? He servido a un Dios que es tan grande como fiel; ¿por qué he de temer?”. (San Alfonso de Ligorio. Selva de materias predicables. p. 101)

Sagradas Escrituras

Dios premia a la justa Susana y castiga los ancianos malvados

Dios eterno, que ves lo escondido, que lo sabes todo antes de que suceda, tú sabes que han dado falso testimonio contra mí, y ahora tengo que morir, siendo inocente de lo que su maldad ha inventado contra mí. Y el Señor escuchó su voz […] Se alzaron contra los dos ancianos, a quienes Daniel había dejado convictos de falso testimonio por su propia confesión, e hicieron con ellos lo mismo que ellos habían tramado contra el prójimo. Les aplicaron la ley de Moisés y los ajusticiaron. Aquel día se salvó una vida inocente. (Dan 13, 42-44. 61-62)

Los castigos de Dios son siempre justos

Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres,  digno de alabanza y glorioso es tu nombre. Porque eres justo en cuanto has hecho con nosotros  y todas tus obras son verdad,  y rectos tus caminos,  y justos todos tus juicios. Has decretado sentencias justas en todo lo que has hecho caer sobre nosotros  y sobre la ciudad santa de nuestros padres, Jerusalén, pues lo has hecho con rectitud y justicia  a causa de nuestros pecados. (Dan 3, 26-28)

Nota del Denzinger-Bergoglio: Dios ama la pureza, la virginidad y promete un cielo con paz y alegría en el Espírito Santo. San Ambrosio en su tratado sobre la virginidad declara que “Dios amó tanto a esta virtud que no quiso venir al mundo sino acompañado de ella, naciendo de un Madre virgen”. Gran número de los primeros santos alcanzaron la palma del martirio por no manchar en lo más mínimo su pureza. En sentido contrario, para hombres viles e impuros Alá crea un “cielo” hediondo y voluptuoso, prometiéndoles deleites propios de animales. “En los Jardines de las Delicias […] tendrán lechos recamados con oro y piedras preciosas, y se recostarán en ellos, unos enfrente de otros. Circularán entre ellos sirvientes eternamente jóvenes, con vasos, jarros y una copa de vino extraída de un manantial [que fluirá permanentemente], […] Habrá para ellos huríes de hermosos ojos, como si fuesen perlas ocultas. Ésta será la recompensa que recibirán por sus obras” (Sura 3: 15-24. 34-37)

Santo Tomás de Aquino

El Islam permite todo tipo de impureza

Así sucede con Mahoma, que sedujo a los pueblos prometiéndoles los deleites carnales, a cuyo deseo los incita la misma concupiscencia. En conformidad con las promesas, les dió sus preceptos, que los hombres carnales son prontos a obedecer, soltando las riendas al deleite de la carne. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra los gentiles, lib. I, cap. 6)

San Alfonso de Ligorio

El Islam promete un paraíso carnal

El paraíso de los mahometanos, sin embargo, sólo es apto para bestias; pues el asqueroso placer sensual es todo que el creyente debe esperar allí. (San Alfonso de Ligorio. The History of Heresies and their Refutations, p. 93)

Sagradas Escrituras

En el cielo los hombres y mujeres serán como Ángeles

Cuando resuciten, ni los hombres se casarán ni las mujeres tomarán esposo; serán como ángeles en el cielo. (Mt 22, 30)

La impureza atrae el castigo de Dios

Tened entendido que nadie que se da a la fornicación, a la impureza, o al afán de dinero, que es una idolatría, tendrá herencia en el reino de Cristo y de Dios. Que nadie os engañe con argumentos falaces; estas cosas son las que atraen el castigo de Dios sobre los rebeldes. (Ef 5, 5-7)

San León I Magno

Nunca una vida manchada podrá contemplar a Dios

Con toda razón se promete a los limpios de corazón la bienaventuranza de la visión divina. Nunca una vida manchada podrá contemplar el esplendor de la luz verdadera, pues aquello mismo que constituirá el gozo de las almas limpias será el castigo de las que estén manchadas. (San León Magno. Homilía 95, Sobre las bienaventuranzas)

Nota del Denzinger-Bergoglio: El universo es un reflejo de Dios creado por Él según su sabiduría y bondad. Por lo tanto hay cosas intrínsecamente buenas y otras malas. En sentido opuesto, para los seguidores de Mahoma el universo podría haber sido creado al contrario de lo que es. El bien y el mal dependen de la voluntad de Alá. Lo que es bueno puede dejar de ser si Alá lo quiere, pues está escrito… “Pero Allah hace lo que Le place” (Sura 2. 253)

Santo Tomás de Aquino

Uno de los erros de los sarracenos es creer que las cosas responden a un querer no razonado de Dios

Y con esto excluimos dos errores, a saber: el error de quienes creen que todas las cosas responden a un simple querer no razonado, que es el error de los habladores en la ley de los sarracenos, como dice rabí Moisés, según los cuales no hay diferencia alguna en que el fuego caliente o enfríe, sino porque Dios lo quiere así. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra los gentiles, lib. III, cap. 98)

Catecismo de la Iglesia Católica

La creación está ordenada según la sabiduría de Dios

Porque Dios crea con sabiduría, la creación está ordenada: “Tú todo lo dispusiste con medida, número y peso” (Sab 11, 20). Creada en y por el Verbo eterno, “imagen del Dios invisible” (Col 1, 15), la creación está destinada, dirigida al hombre, imagen de Dios (cf. Gen 1, 26), llamado a una relación personal con Dios. […] Salida de la bondad divina, la creación participa en esa bondad: “Y vio Dios que era bueno […] muy bueno” (cf. Gen 1, 4.10.12.18.21.31). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 299)

Nota del Denzinger-Bergoglio: El Concilio Vaticano II reafirma lo que la Iglesia siempre enseñó desde siempre, según aquello de San Pablo: “Dios ama a todos los hombres y quiere la salvación de todos” (cf. Concilio Vaticano II, Dignitatis Humanae, n. 14). Sin embargo, los musulmanes creen que Alá tan sólo ama los Islamistas: “Allah recompensará a quienes hayan creído y obrado rectamente con Su gracia. Él no ama a los incrédulos”. (Corán. Sura 30:45)

Sagradas Escrituras

Dios quiere la salvación de todos

Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven. (1 Tim 2, 4)

Juan Pablo II

Dios ama a todos los hombres y mujeres de la tierra

Este mensaje de esperanza que viene de la gruta de Belén lo queremos volver a proponer al inicio del nuevo Milenio. Dios ama a todos los hombres y mujeres de la tierra y les concede la esperanza de un tiempo nuevo, un tiempo de paz. Su amor, revelado plenamente en el Hijo hecho carne, es el fundamento de la paz universal; acogido profundamente en el corazón, reconcilia a cada uno con Dios y consigo mismo, renueva las relaciones entre los hombres y suscita la sed de fraternidad capaz de alejar la tentación de la violencia y la guerra. (Juan Pablo II. Mensaje para la XXXIII Jornada Mundial de la Paz, n. 1, 1 de enero de 2000)


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