111 – Infligir una pena al culpable no vence al mal, sino que simplemente lo contiene. Sólo respondiendo con el bien es que el mal puede ser vencido – Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino la misericordia.

Es muy agradable y, sobre todo, nos causa amor y admiración, pasear por las páginas del Evangelio y encontrar a aquel Jesús que “pasó haciendo el bien” (Hch 10, 38), curando a todos, perdonando los pecados, multiplicando los panes, resucitando a los muertos y bendiciendo a los niños. Pero, en contraposición, una verdad se olvida en nuestros días, e incluso llega a ser odiada por muchos que quieren arrancarla de las conciencias: en unidad inseparable del Jesús misericordioso, está el justo, el severo, el íntegro y radical, que no tolera las abominaciones ni los errores de los obstinados. Ambos son el mismo Jesús… con ambas caras Jesús es bueno, Jesús es la Bondad.

Las páginas del Evangelio nos muestran claramente esta realidad tan dura, pero que brota del mismo Divino Corazón tan lleno de dulzura y misericordia.

Frente a la corrupción hodierna y a los desvíos tan graves que la humanidad está tomando contra su eterna ley, ¿Cristo, que es Dios inmutable, dejará de ser justo y pasará a ser sólo misericordioso? ¿Estaremos actuando de forma sensata riéndoles las gracias a los pecadores que se enorgullecen de su estado y no tienen la más mínima intención de cambiar? ¿O procediendo de esta forma estamos envileciendo nuestra dignidad de hijos de Dios para acomodarnos al mundo? Para responder estas preguntas, conviene recordar lo que nos enseña la doctrina católica perenne sobre el verdadero sentido de la justicia y la misericordia divinas.

Francisco

giubileo-2015 papa francesco

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Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutoresIV – Apuntes doctrinales sobre la justicia y la misericordia
I – ¿Dios tan sólo es misericordia?
II – La justicia de Cristo en los Evangelios
III –Cristo apacienta con justicia y sus ministros lo deben imitar
IV – Apuntes doctrinales sobre la justicia y la misericordia

I – ¿Dios tan sólo es misericordia?

Sagradas Escrituras

El Señor es justo y ama la justicia

El Señor está en su templo santo, el Señor tiene su trono en el cielo; sus ojos están observando, sus pupilas examinan a los hombres. El Señor examina a inocentes y culpables, y al que ama la violencia él lo odia. Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre, les tocará en suerte un viento huracanado. Porque el Señor es justo y ama la justicia: los buenos verán su rostro. (Sal 11, 4-7)

San Agustín de Hipona

La justicia es un atributo que desagrada a los inicuos y malos

Después conocí claramente, y experimenté también, que no debía extrañarse que a un paladar enfermo le sea áspero y penoso el pan, que es delicioso y suave al que está sano, a la par que la luz, que a los ojos enfermos es aborrecible, a los sanos es amable. También vuestra justicia es un atributo que desagrada a los inicuos y malos. (San Agustín de Hipona. Las confesiones, L. VII, cap. XVI, n. 722)

San Ireneo de Lyon

Dios no deja de ser bueno al ejercer la justicia ni se muestra inmisericorde al ser justo

Otro error consistió en arrancar al Padre el juicio y el castigo, pensando que ese poder es impropio de Dios. Por eso imaginaron haber encontrado a un Dios “bueno y sin ira”, así como a otro Dios “cuyo oficio es juzgar” y “otro para salvar”. Esos pobres no se dieron cuenta de que a uno y a otro lo privan de la sabiduría y de la justicia. Pues, si el juez no fuera al mismo tiempo bueno, ¿cómo daría al premio a quienes lo merecen y reprenderá a quienes lo necesitan? Un juez de este tipo no sería ni sabio ni justo. Y si fuese un Dios bueno y únicamente bueno, pero sin juicio para juzgar quiénes merecen esa bondad, un tal Dios no sería ni justo ni bueno, pues su bondad sería impotente; ni podría ser salvador universal si carece de discernimiento. Marción por su parte, al partir a Dios en dos, a los cuales llamó al primero “bueno” y al segundo “justo”, acabó matando a Dios desde las dos partes. Porque si el Dios “justo” no es a la vez “bueno”, tampoco puede ser Dios aquel a quien le falta la bondad; y por otra parte, si es “bueno” pero no “justo”, del mismo modo sufriría que le arrebataran el ser Dios. ¿Y cómo pueden decir que el Padre universal es sabio, si al mismo tiempo no es juez? Pues si es sabio, puede discernir. Ahora bien, discernir supone juzgar, y de juzgar se sigue el juicio con discernimiento justo; pues la justicia lleva al juicio, y cuando un juicio se hace con justicia, remite a la sabiduría. […] Es Señor, juez, justo y soberano sobre todas las cosas. Pero también es misericordioso, bueno y paciente para salvar a quienes conviene. No deja de ser bueno al ejercer la justicia, ni se disminuye su sabiduría. Salva a quienes debe salvar, y juzga con justo juicio a quienes son dignos. Ni se muestra inmisericorde al ser justo, porque lo previene y precede su bondad. El Dios benigno “hace salir su sol sobre todos y llueve sobre justos y pecadores” (Mt 5, 45). Juzgará por igual a cuantos recibieron su bondad, mas no se comportaron de manera semejante según la dignidad del don recibido, sino que se entregaron a placeres y pasiones carnales en contra de su benevolencia, muchas veces hasta llegar a blasfemar contra aquel que los hizo objeto de tantos beneficios. (San Ireneo de Lyon. Contra los herejes, L. III, 25, 3; 25, 4)

Orígenes

Es herético dividir la justicia y la bondad de Dios

Los herejes de quienes estamos hablando han establecido una especie de división por la que declaran que la justicia es una cosa y la bondad otra. Han aplicado esta división incluso a las cosas divinas, manteniendo que el Padre de nuestro Señor Jesucristo es de verdad un Dios bueno, pero no justo; mientras que el Dios de la ley y los profetas justo, pero no bueno. […] Para sustentar su doctrina han reunido algunos ejemplos de esto. En cualquier parte de las Escrituras del Antiguo Testamento donde encuentran una historia relacionada con el castigo, el diluvio, por ejemplo, y el destino de los que perecieron en él; o la destrucción de Sodoma y Gomorra por una lluvia de fuego y azufre; o la muerte del pueblo en el desierto debido a sus pecados, de modo que ninguno de los que salieron de Egipto entró en la tierra prometida, a excepción de Josué y Caleb. Mientras que del Nuevo Testamento recogen las palabras de compasión y de piedad, por la que los discípulos son enseñados por el Salvador, y las que dicen que nadie es bueno salvo Dios Padre; por este medio han aventurado a designar al Padre del Salvador Jesucristo como Dios bueno, y dicen que el Dios del mundo es diferente a quienes les gusta de considerar a Dios justo, pero no bueno. […] ¿Dirán que el Dios que fue justo durante un tiempo se ha hecho bueno? ¿O creerán que Él es todavía justo, pero que pacientemente soporta las ofensas humanas, mientras que aquel no fue justo entonces, puesto que exterminó a niños inocentes y lactantes juntamente con gigantes crueles e impíos? (Orígenes. De principiis, cap. V, n. 1-2)

San Bernardo de Claraval

El Dios justo no permite que su bondad sea impunemente ofendida

¿Acaso un señor cría pérfidos en su propia casa? ¿O es que tú ves con malos ojos el que él sea bueno? Al abusar temerariamente de su bondad te vuelves descarado contra su ciencia y osado contra su poder. Esto es, miserable, esto es lo que piensas. Este es el crimen que planeas en tu lecho, y dices: “¿Es que el Creador va a destruir la obra de sus manos? Sé muy bien que a Dios no se le oculta ninguno de mis pensamientos, porque es Dios. Sé que no le agrada este pensamiento mío, porque Dios es bueno. Sé también que, si Él quiere, yo no puedo escapar de sus manos, porque es poderoso. Pero ¿tendré que temerlo? Si por ser bueno no puede agradarle mi mal, ¿cuánto menos el suyo? Mi mal consiste en querer algo contra su voluntad. Su mal, en vengarse. Por la misma razón de que ni quiere ni puede ser privado de su bondad, tampoco puede querer vengarse del mal”. Te engañas, miserable, te engañas a ti mismo, no a Dios. Te engañas, repito; y la iniquidad miente contra sí misma, no contra Dios. Actúas dolosamente, y en su presencia. Por eso te engañas a ti mismo, no a Dios. Como correspondencia a un bien tan inmenso, maquinas un mal tan enorme contra Él. Con razón tu iniquidad te atrae el odio de Dios. ¿Se puede dar mayor perversidad que despreciar a Dios en aquello en lo que merece ser más amado? No dudas del poder de Dios, siempre capaz de crearte y destruirte; y, sin embargo qué actitud tan reprobable la tuya cuando abusas de su inmensa bondad, pensando que no se alzará en venganza si le devuelves mal por bien y odio por amor. Tal perversidad merece no una ira momentánea, sino un odio eterno, porque deseas y pretendes equipararte a tu dulcísimo y altísimo Señor. Él tiene que aguantarte y no te despide de su vista, pudiendo hacerlo. Prefiere soportar lo que le desagrada a sufrir tu ruina. No le cuesta nada hundirte; pero tú piensas que su condescendencia no puede permitirlo. Si Dios es tal y como tú piensas, tu perversión y tu falta de amor son enormes. Y si El prefiere sufrir algo contra sí mismo antes de ocasionarte algún mal, ¡qué malicia tan enorme la tuya y qué insensible eres con ese Señor que, al perdonarte, no se perdona a sí mismo! A pesar de todo, su perfección no le impide ser bueno y justo a la vez; como si no pudiera ser al mismo tiempo bueno justo. La bondad auténtica se apoya en la justicia, no en la debilidad. Aún más, la dulzura sin la justicia no es virtud. Eres un ingrato, porque existes gracias a la bondad gratuita de Dios; en ella has sido creado gratuitamente. No temes la justicia que todavía no has experimentado; y te entregas apasionado a la maldad, de la que falsamente pretendes quedar impune. Ya llegará el momento en que experimentarás cuán justo es Aquel que has conocido como bueno. Entonces caerás en la fosa que preparaste para tu Creador. Tramas una ofensa. Él la podría esquivar si quisiera. Más, según tus criterios, es incapaz de quererlo. Y su bondad le impide castigar. El Dios justo, que ni puede ni debe permitir que su bondad sea impunemente ofendida, hará caer, con toda justicia, todo el peso de tu maldad contra ti. (San Bernardo de Claraval. Tratados sobre los grados de la humildad y del orgullo, cap. 32-33)

Benedicto XVI

En Dios la justicia y la misericordia coinciden

Justicia y misericordia, justicia y caridad, ejes de la doctrina social de la Iglesia, son dos realidades diferentes sólo para nosotros los hombres, que distinguimos atentamente un acto justo de un acto de amor. Justo, para nosotros, es “lo que se debe al otro”, mientras que misericordioso es lo que se dona por bondad. Y una cosa parece excluir a la otra. Pero para Dios no es así: en él justicia y caridad coinciden; no hay acción justa que no sea también acto de misericordia y de perdón y, al mismo tiempo, no hay una acción misericordiosa que no sea perfectamente justa. ¡Qué lejana está la lógica de Dios de la nuestra! ¡Y qué diferente es nuestro modo de actuar del suyo! (Benedicto XVI. Discurso en el Centro Penitenciario Romano Rebibbia, 18 de diciembre de 2011)

Santo Tomás de Aquino

En todo lo que Dios hace es necesario que esté presente la justicia

Es necesario que en todas las obras de Dios se encuentre misericordia y verdad. Misericordia, si se toma como destierro de algún defecto; pues no todo defecto puede ser llamado misericordia, sino sólo los defectos de la naturaleza racional, a la que le corresponde ser feliz; ya que la miseria se opone a la felicidad. La razón de esto se debe a que, lo debido por la justicia divina o se da a Dios o se da a las criaturas; y nada de esto puede ser omitido en el obrar de Dios. Pues Dios no puede hacer nada que no responda a lo dictado por su sabiduría y bondad, según el modo en que algo es debido a Dios, como ya dijimos (a.1, ad 3). De forma parecida también, lo que hace en las cosas creadas lo hace con el conveniente orden y proporción; y en esto consiste la razón de justicia. Por lo tanto, es necesario que en todo lo que Dios hace haya justicia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 21, a. 4)

En Dios, la misericordia es querer desterrar la miseria ajena

La misericordia hay que atribuirla a Dios en grado sumo. Pero como efecto, no como pasión. Para demostrarlo, hay que tener presente que misericordioso es como decir que alguien tiene miseria en el corazón, en el sentido de que le entristece la miseria ajena como si fuera propia. Por eso quiere desterrar la miseria ajena como si fuera propia. Este es el efecto de la misericordia. Entristecerse por la miseria ajena no lo hace Dios; pero sí, y en grado sumo, desterrar la miseria ajena, siempre que por miseria entendamos cualquier defecto. Y los defectos no desaparecen si no es por la perfección de alguna bondad. Y como ya se demostró (q.6, a.4), el origen primero de la bondad es Dios. Pero hay que tener presente que otorgar perfecciones a las cosas pertenece a la bondad divina y a la justicia, liberalidad y misericordia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 21, a. 3)

San Alfonso María de Ligorio

Dios no puede compadecerse de los que viven obstinados en el pecado

Missit me Domine, ut mederer contritis corde”. Dios está pronto a sanar a los que tienen voluntad de enmendar su vida; no puede, empero, compadecerse de los que viven obstinados en el pecado. Perdona los pecados, más no puede perdonar el propósito de pecar. Nosotros no podemos reconvenir a Dios, porque perdona cien pecados a uno, y quita la vida y condena al infierno a otro al tercero o cuarto pecado que comete. Acerca de esto es necesario adorar los juicios divinos, y exclamar con el Apóstol: “¡Oh profundidad de los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios; cuan incomprensibles son tus juicios!” (Rom 9, 33). El que es perdonado —dice San Agustín— lo es por la sola misericordia de Dios; y el que es castigado, lo es por la justicia. ¡A cuántos ha enviado Dios al infierno por el primer pecado que cometieron! (San Alfonso María de Ligorio. Sermón XV para el Primer Domingo de Cuaresma, Del número de los pecados)

Los que desprecian y abusan de la clemencia de Dios para ofenderle más, tienen que responder a su justicia

Dices que el Señor es Dios de misericordia. Aquí se oculta el tercer engaño, comunísimo entre los pecadores, y por el cual no pocos se condenan. Escribe un sabio autor que más almas envía al infierno la misericordia que la justicia de Dios, porque los pecadores, confiando temerariamente en aquélla, no dejan de pecar, y se pierden. El Señor es Dios de misericordia, ¿quién lo niega? Y, sin embargo, ¡a cuántas almas manda Dios cada día a penas eternas! Es, en verdad, misericordioso, pero también es justo; y por ello se ve obligado a castigar a quien le ofende. Usa de misericordia con los que le temen (Sal 102, 11-13). Pero en los que le desprecian y abusan de la clemencia divina para más ofenderle, tiene que responder sólo la justicia de Dios. Y con grave motivo, porque el Señor perdona el pecado, mas no puede perdonar la voluntad de pecar. […] Además, el Apóstol nos advierte (Gal 6, 7) que de Dios nadie se burla; ¿y qué irrisión mayor habría que ofenderle cómo y cuándo quisiéramos, y luego aspirar a la gloria? […] Cuando llega su misericordia al límite que para cada pecador tiene determinado, entonces le castiga por todas las culpas que el ingrato cometió. Y la pena será tanto más dura cuanto más largo hubiere sido el tiempo en que Dios esperó al culpado, dice San Gregorio. La benevolencia con que Dios te ha tratado debe animarte no sólo a dejar de ofenderle, sino a servirle y amarle siempre, ya que contigo mostró inmensa misericordia, a otros muchos negada. (San Alfonso María de Ligorio. Preparación para la muerte, Parte 3, Consideración 23, punto 2)

León XIII

Ningún afecto perverso vence la justicia de Dios

Dios sobresale singularmente por la reunión de todas las perfecciones, primero por la infinita sabiduría, a la cual jamás puede ocultarse cosa alguna, y por la suma justicia a la cual nunca puede vencer afecto alguno perverso; por lo mismo que Dios no sólo es veraz, sino también la misma verdad, incapaz de engañar y de engañarse. (León XIII. Aeterni Patris, n. 3, 4 de agosto de 1879)

Juan Pablo II

El Señor justo y santo no puede tolerar la impiedad

El Señor justo y santo no puede tolerar la impiedad, la corrupción y la injusticia. Como “fuego devorador” y “hoguera perpetua” (cf. Is 33,14), acomete el mal para aniquilarlo. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 30 de octubre de 2002)

Teófilo de Antioquía

Dios se indigna contra aquellos que obran el mal

¿Es que Dios puede estar airado? Ya lo creo: está airado contra los que obran el mal, y es benigno, bondadoso y misericordioso con los que le aman y le temen. Porque él es el educador de los piadosos, el Padre de los justos, el juez y castigador de los impíos. (Teófilo de Antioquía. Dios uno y trino)

San Juan Bautista María Vianney

Dios es justo y, si se trata de castigarnos, lo hace con rigor, incluso con las faltas leves

No, queridos hermanos, nunca nos animaríamos a cometer el menor pecado, si pudiéramos comprender lo mucho que esto ofende a Dios y cuanto merece ser castigado aun en este mundo. Dios es justo, queridos hermanos, en todo lo que hace; y cuando nos recompensa por la mínima acción, nos da con creces lo que podríamos desear. Un buen pensamiento, un buen deseo, es decir, el deseo de hacer alguna buena obra aún cuando no estemos capacitados para lograrlo. Nunca nos deja sin recompensa. Pero también, si se trata de castigarnos lo hace con rigor, aún las faltas leves, y por ellas seremos enviados al Purgatorio. Esto es verdad, pues vemos en las vidas de los santos que muchos de ellos no fueron directamente al Cielo, primero tuvieron que pasar por las llamas del Purgatorio. (San Juan Bautista María Vianney. Sermón del día de los fieles difuntos)

Pablo VI

Las penas se imponen por justo y misericordioso juicio de Dios

Según nos enseña la divina revelación, las penas son consecuencia de los pecados, infligidas por la santidad y justicia divinas, y han de ser purgadas bien en este mundo, con los dolores, miserias y tristezas de esta vida y especialmente con la muerte, o bien por medio del fuego, los tormentos y las penas catharterias en la vida futura. Por ello, los fieles siempre estuvieron persuadidos de que el mal camino tenía muchas dificultades y que era áspero, espinoso y nocivo para los que andaban por él. Estas penas se imponen por justo y misericordioso juicio de Dios para purificar las almas y defender la santidad del orden moral, y restituir la gloria de Dios en su plena majestad. (Pablo VI. Constitución apostólica Indulgentiarum doctrina, n. 2, 1 de enero de 1967)

Juan Pablo I

Que Dios castiga es una verdad de fe que no es agradable

Claro que es difícil también aceptar algunas verdades, porque las verdades de la fe son de dos clases: unas, agradables; otras son duras a nuestro espíritu. Por ejemplo, es agradable oír que Dios tiene mucha ternura con nosotros, más ternura aún que la de una madre con sus hijos, como dice Isaías. Qué agradable es esto y qué acorde con nuestro modo de ser. […] En cambio ante otras verdades, sentimos dificultad. Dios debe castigarme si me obstino; me sigue, me suplica que me convierta, y yo le digo: ¡no!; y así casi le obligo yo mismo a castigarme. Esto no gusta, pero es verdad de fe. (Juan Pablo I. Audiencia general, 13 de septiembre de 1978)

San Justino de Roma

Nadie ni nada pasan inadvertidos a Dios

Profesamos doctrinas como la de que no es posible que un malhechor, un avaro o un conspirador, pasen inadvertidos a Dios —como tampoco pasa un hombre virtuoso. Por el contrario, cada uno camina, según el mérito de sus acciones, hacia el castigo o hacia la salvación eterna. Si todos los hombres fuesen conscientes de esto, nadie escogería la maldad por un momento, sabiendo que así emprendía la marcha hacia su condena eterna en el fuego, sino que por todos los medios se contendría y se adornaría con las virtudes, para alcanzar los bienes de Dios y verse libre de la pena. Quienes, por miedo a las leyes y castigos decretados por vosotros, tratan de ocultarse al cometer sus crímenes, los cometen conscientes de que sois hombres, y que de vosotros es posible esconderse. Si supieran y estuvieran persuadidos de que nadie puede ocultar a Dios, no ya una acción, sino tampoco un pensamiento, al menos por el castigo que les amenaza, se moderarían. (San Justino de Roma. Las obras del cristiano, Apología)

San Gregorio Magno

El infierno es eterno no porque Dios se complace en el tormento de los desgraciados, sino porque es justo

No se ha dicho jamás de hombre justo que se complaciese en la crueldad, y si manda castigar al siervo delincuente, es para corregirle de su falta: los malos, pues, condenados al fuego eterno, ¿por qué razón arderán eternamente? A esto responderemos que Dios Omnipotente no se complace en el tormento de los desgraciados, porque es misericordioso. Pero porque es justo no le es suficiente el castigo de los inicuos. (Gregorio Magno citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Mt 25, 46)

Catecismo de la Iglesia Católica

El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias

El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1040)

San Agustín de Hipona

Temed la justicia de Dios

Teme a la justicia de Dios, el cual no debe nada a alguien, sino que condena en cada uno el mal que no hizo en ellos. (San Agustín de Hipona. Tratado sobre el espíritu y el alma, cap. 42)

II – La justicia de Cristo en los Evangelios

Sagradas Escrituras

“Alejaos de mí, los que obráis la iniquidad”

Entrad por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos. […] No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Aquel día muchos dirán: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?” Entonces yo les declararé: “Nunca os he conocido. Alejaos de mí, los que obráis la iniquidad”. (Mt 7, 13-14. 21-23)

Porque no se habían convertido, Jesús recrimina las ciudades donde había hecho milagros

Entonces se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho la mayor parte de sus milagros, porque no se habían convertido. (Mt 11, 20)

“Temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehena”

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. […] Vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. […] A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos. (Mt 10, 28. 30-33)

Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, Jesús hará con los que obran la iniquidad

El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”. Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho”. Los criados le preguntan: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. Pero él les respondió: “No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”. […] El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. (Mt 13, 25-30. 37-43)

Jesús separará los malos de los buenos y los echará al horno de fuego

El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de diente. (Mt 13, 47-50)

“Si tu ojo te induce a pecar, sácalo y arrójalo de ti”

Si tu mano o tu pie te induce a pecar, córtatelo y arrójalo de ti. Más te vale entrar en la vida manco o cojo que con las dos manos o los dos pies ser arrojado al fuego eterno. Y si tu ojo te induce a pecar, sácalo y arrójalo de ti. Más te vale entrar en la vida con un solo ojo que con los dos ser arrojado a la gehenna del fuego. (Mt 18, 8-9)

El castigo para los que no están vestidos dignamente en el banquete del Rey

El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. […] El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”. El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. (Mt 22, 2-4.7-13)

El siervo inútil, negligente y holgazán, fue echado en las tinieblas, donde hay llanto y rechinar de dientes

Un hombre que, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: “Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”. Su señor le dijo: “Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”. Su señor le dijo: “¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. Se acercó también el que había recibido un talento y dijo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”. El señor le respondió: “Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese siervo inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”. (Mt 25, 14-30)

No hay misericordia para los que son atormentados en el infierno

Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”. Pero Abrahán le dijo: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado. Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”. (Lc 16, 19-26)

La sentencia del Justo Juez en el día de su venida

Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”. […] Entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles”. […] Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna. (Mt 25, 31-34.41.46)

El hombre rendirá cuentas en el día del juicio de cualquier palabra inconsiderada que haya dicho

Raza de víboras, ¿cómo podéis decir cosas buenas si sois malos? Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca. […] En verdad os digo que el hombre dará cuenta en el día del juicio de cualquier palabra inconsiderada que haya dicho. Porque por tus palabras serás declarado justo o por tus palabras serás condenado. (Mt 12, 34.36-37)

La severidad de Jesús frente a quien provoca escándalos

Dijo, pues, a sus discípulos: “Es imposible que no haya escándalos; pero ¡ay de quien los provoca! Al que escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le ataran al cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar. Tened cuidado”. (Lc 17, 1-3)

Jesús miraba a los malos con ira

Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre: “Extiende la mano”. (Mc 3, 5)

Con indignación Jesús echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo

Entró Jesús en el templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas. Y les dijo: “Está escrito: ‘Mi casa será casa de oración, pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos’”. (Mt 21, 12-13)

Los malos piensan que están salvados, pero caerán en el abismo

“Por eso el juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras. Y tú, Cafarnaúm, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo. Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado”. (Lc 10, 16)

Apreciaciones de Jesús acerca de los escribas y fariseos

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que viajáis por tierra y mar para ganar un prosélito, y cuando lo conseguís, lo hacéis digno de la gehenna el doble que vosotros! ¡Ay de vosotros, guías ciegos, que decís: “Jurar por el templo no obliga, jurar por el oro del templo sí obliga”! ¡Necios y ciegos! ¿Qué es más, el oro o el templo que consagra el oro? O también: “Jurar por el altar no obliga, jurar por la ofrenda que está en el altar sí obliga” ¡Ciegos! ¿Qué es más, la ofrenda o el altar que consagra la ofrenda? Quien jura por el altar, jura por él y por cuanto hay sobre él; quien jura por el templo, jura por él y por quien habita en él; y quien jura por el cielo, jura por el trono de Dios y también por el que está sentado en él. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad! Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno! ¡Fariseo ciego!, limpia primero la copa por dentro y así quedará limpia también por fuera. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre; lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crueldad. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis sepulcros a los profetas y ornamentáis los mausoleos de los justos, diciendo: “Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, no habríamos sido cómplices suyos en el asesinato de los profetas”! Con esto atestiguáis en vuestra contra, que sois hijos de los que asesinaron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres! ¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo escaparéis del juicio de la gehenna? (Mt 23, 13-33)

Jesús increpó incluso a Pedro

Pedro se lo llevó a parte y se puso a increparlo. Pero él se volvió y, mirando a los discípulos, increpó a Pedro: “¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!” (Mc 8, 31-33)

San Juan Crisóstomo

Para darnos a entender la gran indignación que le causan los pecados, Jesús empieza sus razonamientos con una imprecación

“Hipócrita, arroja primero la viga de tu propio ojo”. Quiere darnos a entender el Señor la grande indignación que le producen los que obran de este modo. Y es así que siempre que quiere declararnos la grandeza de un pecado y la grande ira y castigo que merece, empieza su razonamiento por una imprecación. […] Así aquí la imprecación de ¡hipócrita! Porque esos juicios no nacen de solicitud, sino de odio. (San Juan Crisóstomo. Homilía XXIII sobre el Evangelio de San Mateo, n. 2)

San Ireneo de Lyon

El Señor es bueno y justo, no suporta nada injusto, y castiga con justicia

[Jesucristo] también nos enseñó que, fieles a nuestra vocación, debemos adornarnos con las obras de justicia, para que descanse en nosotros el Espíritu Santo; éste es el vestido de bodas, del que el Apóstol afirma: “No queremos despojarnos, sino revestirnos, a fin de que lo mortal sea absorbido en la inmortalidad” (2 Cor 5, 4). Pues a quienes fueron invitados al banquete divino, pero por su conducta no acogieron al Espíritu Santo, se les echó a las tinieblas exteriores (Mt 22, 13). Es muy claro que es el mismo Rey que invitó a todo tipo de fieles a la boda de su Hijo, a quienes ofreció un banquete incorruptible, es quien condena a las tinieblas exteriores a quienes no tienen el traje de bodas, es decir a quienes lo desprecian. Como en el Antiguo Testamento “la mayor parte de ellos no lo agradó” (1 Cor 10, 5), así también en el Nuevo, “muchos son los llamados y pocos los escogidos” (Mt 22, 14). No es uno el Padre que juzga, otro el que otorga la luz eterna y un tercero el que manda echar a las tinieblas exteriores a quienes no llevan el traje de bodas; sino que es uno y el mismo Padre de nuestro Señor, el cual llamó también a los profetas. En su inmensa misericordia también invita a los indignos, pero observa a los invitados para ver si llevan el traje debido que corresponda a la boda de su Hijo, porque no se complace en nada que sea malo o indebido. Como el Señor dijo al que había sido curado: “Mira que has recibido la salud. Ya no peques más, no sea que te pase algo peor” (Jn 5, 14). El es bueno y justo, puro e inmaculado, y por ello no soportará nada injusto o abominable en su tálamo de esposo. Este es el Padre de nuestro Señor, por cuya providencia todo sucede, y que administra todas las cosas con su mandato. Da gratuitamente a quien conviene, distribuye los dones según los méritos, y castiga con justicia a los ingratos insensibles a su benignidad. (San Ireneo de Lyon. Contra los herejes, L. IV, 36, 5)

Quienes desprecian a Dios y no le obedecen, serán arrojados a la perdición eterna

Si es el mismo aquel a quien los profetas anunciaron, el Hijo de Dios nuestro Señor Jesucristo, cuya venida trae consigo una mayor gracia y premio a quienes le recibieron, es claro que es también el mismo Padre aquel a quien los profetas predicaron, y que el Hijo, al venir, no nos dio a conocer a otro Padre sino al mismo que desde el principio había sido anunciado. De éste sacó la libertad para aquellos que de modo legítimo, con ánimo dispuesto y de todo corazón lo sirven. En cambio ha separado de la vida y arrojado a la perdición eterna a quienes desprecian a Dios y no le obedecen, sino que por una gloria humana, han puesto su riqueza en los actos de pureza exterior —los cuales la Ley les había dado como una sombra o trazo que delineaba lo eterno con rasgos temporales, y las cosas celestes con figuras terrenas. Estos fingen observar más de lo que está prescrito, prefiriendo sus propias observancias al mismo Dios: están por dentro llenos de hipocresía, arden en deseos y en todo tipo de malicia (Mt 23, 28). A éstos los arrojará a la perdición eterna, separándolos de la vida. (San Ireneo de Lyon. Contra los herejes, L. IV, 11, 4)

Gregorio Magno

A la justicia del severo juez corresponde que jamás carezcan de suplicio aquéllos cuyo espíritu jamás quiso carecer de pecado en esta vida

Dicen algunos, que ha amenazado a los pecadores, tan sólo para refrenarlos en el pecar. A los estos responderemos: si ha amenazado con falsedades para corregirlos en su injusticia, también prometió cosas falsas para provocarlos a la justicia; y así, mientras andan solícitos para presentar a Dios como misericordioso no se avergüenzan de predicarle falaz. Pero (dicen), la culpa limitada no debe ser castigada ilimitadamente: a los cuales responderemos que hablarían bien, si el juez justo apreciara, no los corazones de los hombres, sino sus obras. A la justicia, por tanto, del severo juez corresponde que jamás carezcan de suplicio aquéllos cuyo espíritu jamás quiso carecer de pecado en esta vida. (Gregorio Magno citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Mt 25, 46)

Dios obra con rigurosa justicia en la retribución de los actos buenos o malos

¡Cuán incomprensibles son los juicios de Dios, y con cuánta justicia obra en la retribución de los actos buenos o malos! Más arriba se ha dicho que mientras Lázaro estuvo en este mundo, deseaba saciarse con las migajas que quedaba en la mesa del rico y nadie se las daba; y ahora se dice, hablando del castigo del rico, que éste desea que Lázaro, introduciendo en agua la punta de su dedo, le eche una gota en la boca. Deducid de este pasaje, hermanos míos, cuán rigurosa es la justicia divina. (San Gregorio Magno. Las parábolas del Evangelio, p. 169)

Benedicto XVI

La parábola del hombre rico y del pobre Lázaro muestra que la iniquidad terrena es vencida por la justicia divina

Hoy el Evangelio de San Lucas presenta la parábola del hombre rico y del pobre Lázaro. La narración muestra cómo la iniquidad terrena es vencida por la justicia divina: después de la muerte, Lázaro es acogido “en el seno de Abraham”, es decir, en la bienaventuranza eterna, mientras que el rico acaba “en el infierno, en medio de los tormentos”. Se trata de una nueva situación inapelable y definitiva, por lo cual es necesario arrepentirse durante la vida; hacerlo después de la muerte no sirve para nada. (Benedicto XVI. Ángelus, 30 de septiembre de 2007)

Pío XI

Premiar y castigar pertenece al poder judicial de Cristo

El mismo Jesús, al responder a los judíos, que le acusaban de haber violado el sábado con la maravillosa curación del paralítico, afirma que el Padre le había dado la potestad judicial, porque el Padre no juzga a nadie, sino que todo el poder de juzgar se lo dio al Hijo. En lo cual se comprende también su derecho de premiar y castigar a los hombres, aun durante su vida mortal, porque esto no puede separarse de una forma de juicio. (Pío XI. Encíclica Quas primas, n. 13, 11 de diciembre de 1925)

Benedicto XVI

Dios es aquel que proclama la justicia con fuerza

La justicia humana y la divina son muy diferentes. Ciertamente, los hombres no pueden aplicar la justicia divina, pero al menos deben apuntar a ella, tratar de captar el espíritu profundo que la anima, para que ilumine también la justicia humana […]. Dios, en efecto, es Aquel que proclama la justicia con fuerza, pero que, al mismo tiempo, cura las heridas con el bálsamo de la misericordia. La parábola del Evangelio de San Mateo (20, 1-16) sobre los trabajadores llamados a jornal a la viña nos da a entender en qué consiste esta diferencia entre la justicia humana y la divina, porque hace explícita la delicada relación entre justicia y misericordia. La parábola describe a un agricultor que asume trabajadores en su viña. Lo hace, sin embargo, en diversas horas del día, de manera que alguno trabaja todo el día y algún otro sólo una hora. En el momento del pago del salario, el amo suscita estupor y provoca una discusión entre los jornaleros. La cuestión tiene que ver con la generosidad —considerada por los presentes como injusticia— del amo de la viña, el cual decide dar la misma paga tanto a los trabajadores de la mañana como a los últimos de la tarde. Desde el punto de vista humano, esta decisión es una auténtica injusticia, pero desde el punto de vista de Dios es un acto de bondad, porque la justicia divina da cada uno lo suyo y, además, incluye la misericordia y el perdón. (Benedicto XVI. Discurso en el Centro Penitenciario Romano Rebibbia, 18 de diciembre de 2011)

Juan Pablo II

Jesús es exigente, fuerte y sin equívocos cuando llama a alguien a vivir en la verdad

Esta “mansedumbre y humildad de corazón” en modo alguno significa debilidad. Al contrario, Jesús es exigente. Su Evangelio es exigente. […] Es una especie de radicalismo no sólo en el lenguaje evangélico, sino en las exigencias reales del seguimiento de Cristo, de las que no duda en reafirmar con frecuencia toda su amplitud: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada” (Mt 10, 34). Es un modo fuerte de decir que el Evangelio es también una fuente de “inquietud” para el hombre. Jesús quiere hacernos comprender que el Evangelio es exigente y que exigir quiere decir también agitar las conciencias, no permitir que se recuesten en una falsa “paz”, en la cual se hacen cada vez más insensibles y obtusas, en la medida en que en ellas se vacían de valor las realidades espirituales, perdiendo toda resonancia. […] Jesús es exigente. No duro o inexorablemente severo: pero fuerte y sin equívocos cuando llama a alguien a vivir en la verdad. […] Al exhortar a la conversión, no duda en reprobar a las mismas ciudades donde la gente rechaza creerle: “¡Ay de ti, Corozain! ¡Ay de ti, Betsaida!” (Lc 10, 13). Mientras amonesta a todos y cada uno: “…si no os convertís, todos pereceréis” (Lc 13, 3). El Evangelio de la mansedumbre y de la humildad va al mismo paso que el Evangelio de las exigencias morales y hasta de las severas amenazas a quienes no quieren convertirse. No hay contradicción entre el uno y el otro. Jesús vive de la verdad que anuncia y del amor que revela y es éste un amor exigente como la verdad de la que deriva. (Juan Pablo II. Audiencia general, 8 de junio de 1988)

III – Cristo apacienta con justicia y sus ministros lo deben imitar

San Cipriano de Cartago

El que aplica al pecador lisonjas y caricias fomenta sus pecados

El que aplica al pecador lisonjas y caricias echa combustible para pecar, y, lejos de frenar los pecados, los fomenta. Por el contrario, el que reprende con severas amonestaciones, a la vez que le instruye, lo impulsa a su salvación. “A los que amo —dice el Señor— los reprendo y los castigo”. Del mismo modo, es preciso que el sacerdote del Señor no engañe a nadie con servicios ilusorios. Sería médico inhábil el que palpara con mano melindrosa los recovecos hinchados de las llagas y, conservando el veneno metido en los profundos escondrijos de las entrañas, lo acumulara aún más. Se ha de abrir la herida y se ha de recortar y aplicar la medicina eficaz, después de sajar las partes infectas, aunque grite fuerte y se queje el enfermo que no aguanta el dolor, después lo agradecerá, cuando se dé cuenta de su curación. (San Cipriano de Cartago. Libro sobre los lapsos, n. 14: ML 4, 477-478)

San Agustín de Hipona

Cristo apacienta con justicia y los buenos pastores son aquellos que siguen su voz

Concluye de esta forma: Y las apacentaré con justicia (Ez 34, 16). Ten en cuenta que sólo él las apacienta: con justicia. […] Apacienta, pues, él con justicia, repartiendo a cada uno lo suyo: esto a éstos, aquello a aquellos, lo merecido a quienes lo merecen, sea esto o aquello. Sabe lo que debe hacer: él apacienta con justicia a los que redimió cuando fue juzgado. Luego él mismo apacienta con justicia. […] ¿Dónde está ahora tu dura cerviz? ¿Dónde tu lengua? ¿Dónde tu silbido? Ciertamente en tus últimos días te hiciste necio, te atemorizaste al carecer de justicia. Pues no quieres juzgar lo cierto, ni sobre tu error, ni sobre la verdad. Al contrario de ti, Cristo apacienta con justicia, distingue las ovejas que son suyas de las que no lo son. Mis ovejas —dice— escuchan mi voz y me siguen (Jn 10, 27). Aquí descubro a todos los buenos pastores en uno solo. Pues no faltan los buenos pastores, pero se hallan en uno solo. Los que están divididos son muchos. […] Apacientan ellos: es Cristo quien apacienta. Los amigos del esposo no profieren su voz propia, sino que gozan de la voz del esposo. Por lo tanto, es él mismo quien apacienta cuando ellos apacientan. Dice: “Soy yo quien apaciento”, pues en ellos se halla la voz de él, en ellos su caridad. […] Así, pues, él mismo, siendo único, apacienta en éstos; y éstos apacientan formando parte del que es único. […] Esto es apacentar para Cristo, apacentar en Cristo, apacentar con Cristo y no apacentarse a sí mismo fuera de Cristo. […] Así, pues, estén todos en el único pastor, anuncien todos la única voz del pastor, de modo que la oigan las ovejas y sigan a su pastor, no a éste o al otro, sino al único. Anuncien todos, unidos en él, una sola voz; no tengan diversas voces. Os ruego, hermanos, que todos anunciéis lo mismo y no haya entre vosotros divisiones (1 Cor 1, 10). Oigan las ovejas esta voz ajena a división, expurgada de toda herejía, y sigan a su pastor que dice: “Mis ovejas oyen mi voz y me siguen” (Jn 10, 27). (San Agustín de Hipona. Sermón XLVI sobre los pastores, n. 27. 29-30)

Pío X

El sacerdote verdaderamente ejemplar nunca omite la verdadera justicia

Piensa como ha de ser un sacerdote verdaderamente ejemplar y lo describe de esta forma: muriendo a las pasiones de la carne, vive ya sólo para el espíritu; desprecia los halagos del mundo; no teme las contrariedades y solo busca una auténtica vida interior; no le mueve la ambición sino que por el contrario entrega con generosidad todo lo suyo; su corazón esta pronto para perdonar, pero nunca, por una compasión mal entendida, falta con su perdón a la verdadera justicia, [y] nunca hace cosas malas. (Pío X. Encíclica Iucunda Sane, n. 29, 12 de marzo de 1904)

Código de Derecho Canónico

El sacerdote es ministro de la justicia y de la misericordia de Dios

Tenga presente el sacerdote que hace las veces de juez y de médico, y que ha sido constituido por Dios ministro de justicia y a la vez de misericordia divina, para que provea al honor de Dios y a la salud de las almas. (Código de Derecho Canónico, c. 978, §1)

San Gregorio Magno

Los pastores han de permanecer firmes frente a los vicios

El pastor […] ha de permanecer firme, por el celo de la justicia, frente a los vicios de los pecadores […] y puede, a su vez, reconocer sin dilación la potestad de su preeminencia cuando lo exijan las culpas de los malhechores. […] Y no ha de temer que se practiquen las leyes de la rectitud con los perversos. (Gregorio I Magno. De la Regla Pastoral, 2, 6: PL 77, 34)

Los pastores deben luchar contra los males por amor a la justicia

El pastor debe saber guardar silencio con discreción y hablar cuando es útil, de tal modo que nunca diga lo que se debe callar ni deje de decir aquello que hay que manifestar. Porque, así como el hablar indiscreto lleva al error, así el silencio imprudente deja en su error a quienes pudieran haber sido adoctrinados. […] Con ello, como lo dice la Verdad, no cuidan a su grey con el interés de un verdadero pastor, sino a la manera de un mercenario, pues callar y disimular los defectos es lo mismo que huir cuando se acerca el lobo. Por eso, el Señor reprende a estos prelados, llamándoles, por boca del profeta: […] No acudieron a la brecha ni levantaron cerco en torno a la casa de Israel, para que resistiera en la batalla, el día del Señor. […] Resistir en la batalla el día del Señor es lo mismo que luchar por amor a la justicia contra los males que acechan. ¿Y qué otra cosa significa no atreverse el pastor a predicar la verdad, sino huir, volviendo la espalda, cuando se presenta el enemigo? […] Por eso, en otro lugar, se dice al pueblo delincuente: Tus profetas te ofrecían visiones falsas y engañosas, y no te denunciaban tus culpas para cambiar tu suerte. […] Aquellos, en cambio, a quienes la palabra de Dios acusa de predicar cosas falsas y engañosas son los que, temiendo denunciar los pecados, halagan a los culpables con falsas seguridades y, en lugar de manifestarles sus culpas, enmudecen ante ellos. Porque la reprensión es la llave con que se abren semejantes postemas: ella hace que se descubran muchas culpas que desconocen a veces incluso los mismos que las cometieron. Por eso, San Pablo dice que el obispo debe ser capaz de predicar una enseñanza sana y de rebatir a los adversarios. Y, de manera semejante, afirma Malaquías: Labios sacerdotales han de guardar el saber, y en su boca se busca la doctrina, porque es mensajero del Señor de los ejércitos. Y también dice el Señor por boca de Isaías: Grita a plena voz, sin cesar, alza la voz como una trompeta. Quien quiera, pues, que se llega al sacerdocio recibe el oficio de pregonero, para ir dando voces antes de la venida del riguroso juez que ya se acerca. […] El pastor, cuando se disponga a hablar, atienda a la gran cautela con que lo ha de hacer, no ocurra que, lanzándose desordenadamente a hablar, hiera los corazones de sus fieles con el golpe del error. (Gregorio I Magno. De la Regla Pastoral, 2, 4: PL 77, 30-31)

Juan Pablo II

Promover la justicia con en el poder de la Palabra de Dios

En el poder de la Palabra de Dios encontramos energía para promover la justicia […] La parábola del trigo y la cizaña es siempre actual. Por todo ello, nosotros, ante todo nosotros, los Pastores, debemos profesar alta y claramente la fe, la doctrina de la Iglesia, toda la doctrina de la Iglesia. Por ello también, debemos atraernos y ganarnos denodadamente la adhesión de los fieles a la disciplina sacramental de la Iglesia, garantía de la continuidad y autenticidad de la acción salvadora de Cristo, garantía de la dignidad y unidad del culto cristiano y, finalmente, garantía de la vitalidad auténtica del Pueblo de Dios. (Juan Pablo II. Discursos a los obispos de Canadá en visita ad limina, 17 de noviembre 1978)

Pío IX

¡Permanezcamos firmes en nuestra Santa Religión!

No dudamos que vosotros, Amados Hijos y Venerables Hermanos, fortalecidos con la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, continuaréis en vuestro esclarecido celo episcopal, como hasta ahora con gran alabanza de vuestro nombre lo habéis practicado, oponiendo con constancia, espíritu unánime y redoblados esfuerzos un muro protector para la casa de Israel, combatiendo por la buena causa de la fe, defendiendo de las asechanzas de los adversarios a los fieles encomendados a vuestros cuidados, advirtiéndoles y exhortándolos continuamente a que conserven siempre la fe santísima, sin la cual es imposible agradar a Dios, la que la Iglesia ha recibido de Cristo por medio de los Apóstoles y que enseña, que permanezcamos firmes e inconmovibles en nuestra santa Religión, la única verdadera, que prepara para la vida eterna, que conserva también en forma extraordinaria y hace feliz a la sociedad civil. (Pío IX. Encíclica Quanto Conficiamur, n. 14, 10 de agosto 1863)

IV – Apuntes doctrinales sobre la justicia y la misericordia

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica

Acoger la misericordia de Dios supone reconocer las propias culpas

Acoger la misericordia de Dios supone que reconozcamos nuestras culpas, arrepintiéndonos de nuestros pecados. Dios mismo, con su Palabra y su Espíritu, descubre nuestros pecados, sitúa nuestra conciencia en la verdad sobre sí misma y nos concede la esperanza del perdón. (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 391)

Santo Tomás de Aquino

La justicia y la misericordia están tan unidas que la una sostiene a la otra

La justicia y la misericordia están tan unidas que la una sostiene a la otra. La justicia sin misericordia es crueldad y la misericordia sin justicia es disipación. (Glosa citada por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Mt 5, 7)

En el servicio del hombre a Dios se incluye la justicia

La definición de la justicia antes dicha es correcta si se la entiende bien [“La justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno su derecho”]. […] El acto de la justicia, referido a la propia materia y al sujeto, se expresa cuando se dice que da su derecho a cada uno; porque, como dice Isidoro en el libro Etymol., llamase justo porque guarda el derecho. […] Así como en el amor de Dios se incluye el amor al prójimo, como se ha dicho anteriormente (II-II 25,1), así también, en el servicio del hombre a Dios, se incluye que dé a cada uno lo que debe. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica II-II, q. 58, a. 1)

La justicia ordena el hombre en relación al otro y a la comunidad

La justicia, como se ha dicho (a. 2), ordena al hombre con relación a otro. Esto puede ser de dos maneras: primera, a otro considerado individualmente; segunda, a otro en común, es decir, en cuanto que el que sirve a una comunidad sirve a todos los hombres que en ella se contienen. A ambos modos puede referirse la justicia, según su propia naturaleza. Sin embargo, es evidente que todos los que integran alguna comunidad se relacionan con la misma, del mismo modo que las partes con el todo; y como la parte, en cuanto tal, es del todo, de ahí se sigue también que cualquier bien de la parte es ordenable al bien del todo. Según esto, pues, el bien de cada virtud, ora ordene al hombre hacia sí mismo, ora lo ordene hacia otras personas singulares, es susceptible de ser referido al bien común, al que ordena la justicia. Y así el acto de cualquier virtud puede pertenecer a la justicia, en cuanto que ésta ordena al hombre al bien común. Y en este sentido se llama a la justicia virtud general. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica II-II, q. 58, a. 5)

La misericordia es la compasión ante la miseria de otro

La misericordia es la compasión que experimenta nuestro corazón ante la miseria de otro, sentimiento que nos compele, en realidad, a socorrer, si podemos. La palabra misericordia significa, efectivamente, tener el corazón compasivo por la miseria de otro. Pues bien, la miseria se opone a la felicidad, y es esencia de la bienaventuranza o felicidad tener lo que se desea, ya que, en expresión de San Agustín, en XIII De Trin., es bienaventurado el que posee lo que quiere y nada malo quiere. La miseria, empero, consiste en sufrir lo que no se quiere. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica II-II, q. 30, a. 1)

El efecto de la misericordia es querer desterrar la miseria ajena como si fuera propia

Hay que tener presente que misericordioso es como decir que alguien tiene miseria en el corazón, en el sentido de que le entristece la miseria ajena como si fuera propia. Por eso quiere desterrar la miseria ajena como si fuera propia. Este es el efecto de la misericordia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 21, a. 3)

La misericordia es un movimiento intelectivo cuando siente repulsión por el infortunio ajeno

La misericordia entraña dolor por la miseria ajena. Pero a este dolor se le puede denominar, por una parte, movimiento del apetito sensitivo, en cuyo caso la misericordia es pasión, no virtud. Se le puede denominar también movimiento del apetito intelectivo, en cuanto siente repulsión por el infortunio ajeno. Tal afección puede ser regida por la razón, y, regida por la razón, puede quedar encauzado, a su vez, el movimiento del apetito inferior. Por eso escribe San Agustín en IX De civ. Dei: Este movimiento del alma —es decir, la misericordia— sirve a la razón cuando de tal modo se practica la misericordia que queda a salvo la justicia, sea socorriendo al indigente, sea perdonando al arrepentido. Y dado que la esencia de la virtud está en regular los movimientos del alma por la razón, como queda expuesto (I-II 56,), hay que afirmar que la misericordia es virtud. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica II-II, q. 30, a. 3)

San Agustín de Hipona

La misericordia está subordinada a la razón cuando se observa la justicia

¿Y qué es la misericordia sino cierta compasión de nuestro corazón por la miseria ajena, que nos fuerza a socorrerlo si está en nuestra mano? Este movimiento está subordinado a la razón si se ofrece la misericordia de tal modo que se observe la justicia, ya sea socorriendo al necesitado, ya perdonando al arrepentido. (San Agustín de Hipona. La ciudad de Dios, lib. IX, cap. V)

San Juan Crisóstomo

Justicia, benignidad y verdad son las virtudes purifican nuestra alma

Estas virtudes son las que alimentan nuestra vida y purifican el alma: justicia, benignidad y verdad. Hay otra que lleva al perdón y es la misericordia. Esta no nos permite ser demasiado severos con los pecadores ni difíciles para conceder el perdón, con lo cual conseguimos una doble ganancia, pues nos hacemos misericordiosos y alcanzamos del común Dios de todos grande misericordia. Ella nos persuade que nos condolamos de los oprimidos y que los venguemos. La justicia a su vez no nos permite defraudarlos y ser dobles para con ellos. (San Juan Crisóstomo. Homilía LXXIII sobre el Evangelio de San Mateo)

Juan Pablo II

No existe amor sin justicia

Cristo nos ha dado el mandamiento del amor al prójimo. En este mandamiento está comprendido todo cuanto se refiere a la justicia. No puede existir amor sin justicia. El amor “rebasa” la justicia, pero al mismo tiempo encuentra su verificación en la justicia. Hasta el padre y la madre al amar a su hijo, deben ser justos con él. Si se tambalea la justicia, también el amor corre peligro. Ser justo significa dar a cada uno cuanto le es debido. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4, 8 de noviembre de 1978)

Benedicto XVI

Para eliminar la injusticia es necesario que no haya en el corazón humano la convivencia con el mal

El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de Jesús, que se sitúan en el debate de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo que es impuro: “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre… Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas” (Mc 7, 15. 20-21). Más allá de la cuestión inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la reacción de los fariseos una tentación permanente del hombre: la de identificar el origen del mal en una causa exterior. Muchas de las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado que la injusticia viene “de fuera”, para que reine la justicia es suficiente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar ―advierte Jesús― es ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. (Benedicto XVI. Mensaje para la Cuaresma 2010, 30 de octubre de 2009)

La virtud de la justicia es aceptar la voluntad de Dios y tener equidad con el prójimo

En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un vínculo profundo entre la fe en el Dios que “levanta del polvo al desvalido” (Sal 113,7) y la justicia para con el prójimo. Lo expresa bien la misma palabra que en hebreo indica la virtud de la justicia: sedaqad. En efecto, sedaqad significa, por una parte, aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad con el prójimo (cf. Ex 20,12-17). (Benedicto XVI. Mensaje para la Cuaresma de 2010, 30 de octubre de 2009)


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