76 – Laudato si’(III): la “espiritualidad ecológica”

Por ser un documento magisterial de alto escalafón, una encíclica debe caracterizarse por ideas claras y definidas, a fin de definir el rumbo a respecto del tema tratado para la conducta de la Jerarquía y de los fieles, como también, de forma colateral, la de los hombres de buena voluntad, pues la Iglesia no deja de ser un referente moral incluso para aquellos que no la siguen. Por ello, uno se pregunta cómo es posible que “Laudato si’” asuma una posición que, en ciertos puntos, contradice la enseñanza magisterial de la Iglesia sobre la cuestión ecológica , mientras que en otras resalta esta misma enseñanza… Nos duele decir, pero es propiamente una ensalada, lo que parece apropiado para una encíclica tan verde. Eso lo podemos comprobar en muchos párrafos que dicen no aprobar pensamientos y principios de una ecología fundamentalista y radical, llegando a citar documentos del Magisterio precedente sobre el tema, mientras que en otros el texto deja amplio margen a ambigüedades e irenismos. Por ejemplo, cuando cita Teilhard de Chardin o la “Carta de la Tierra”, documentos de cuño dudoso o francamente panteísta y que no se armonizan con la doctrina de la Iglesia en muchos puntos, o aun absteniéndose de la mediación de Jesucristo en una oración pública y oficial de su Vicario en la tierra. Todo eso abre las puertas de la Iglesia a la concepción de una religión interconfesional, neopagana y universal, pues hace caso omiso de la doctrina católica en su integridad, ocultando de ella aspectos importantes y definidos, para amalgamarse con el mundo. Vale la pena analizar estos puntos y desvelar estos aspectos, pues más que el planeta, la casa común de todos los católicos es la Santa Iglesia, como afirmó tan acertadamente Juan Pablo II: “En las aguas bautismales naciste a una nueva vida, injertándote en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, una, santa, católica y apostólica, arca de salvación y casa común de cuantos invocan a Dios como Padre.” (Mensaje del Santo Padre a los pueblos de América, 12 de octubre 1992)

Francisco

Cita A

 Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoI – Restricciones de la Iglesia a una “ecología integral”, que es una nueva doctrina, pues conlleva una ideología, y en muchos puntos se opone a las enseñanzas de la IglesiaII – Los problemas ecológicos del planeta se deben al abandono, por parte de gran número de hombres, de la práctica de los Mandamientos, principios morales inmutables. La crisis de nuestro mundo es una crisis moral y, por lo tanto, sólo una conversión moral resolvería los problemas ecológicosIII – Una ecología de carácter espiritual e irenista abre las puertas para una desfiguración de la Religión Católica, que no puede, bajo el pretexto de salvar la humanidad y dialogar con todos, católicos y no católicos, adaptarse a pensamientos que constituyen verdaderas doctrinas contrarias a sus enseñanzas inmutablesCarta de la Tierra: un documento con postulados notoriamente panteístas, fundamentos de una nueva sociedad global, que debe cambiar “valores, instituciones y formas de vida”, es decir, una nueva religión ecológica universal en la cual “las fuerzas de la naturaleza promueven a que la existencia sea una aventura exigente e incierta, pero la Tierra ha brindado las condiciones esenciales para la evolución de la vida”
I – Restricciones de la Iglesia a una “ecología integral”, que es una nueva doctrina, pues conlleva una ideología, y en muchos puntos se opone a las enseñanzas de la Iglesia

a) Preocupaciones legítimas de la Iglesia con el medio ambiente
b) Restricciones del Magisterio a una mentalidad ecológica contraria a la enseñanza de la Iglesia
c) El hombre fue puesto en la cumbre de la creación material visible: imagen y semejanza de Dios, en cuerpo y alma inmortal, cuyo fin último no está en este mundo

II – Los problemas ecológicos del planeta se deben al abandono, por parte de gran número de hombres, de la práctica de los Mandamientos, principios morales inmutables. La crisis de nuestro mundo es una crisis moral y, por lo tanto, sólo una conversión moral resolvería los problemas ecológicos

a) El cristiano debe ver el mundo como un escenario donde la vida se desarrolla de acuerdo con los principios morales, con vistas a la eternidad
b) La raíz de la crisis ambiental es moral
c) La solución para la crisis mundial está en la sociedad fundarse en los principios religiosos de la moral cristiana

III – Una ecología de carácter espiritual e irenista abre las puertas para una desfiguración de la Religión Católica, que no puede, bajo el pretexto de salvar la humanidad y dialogar con todos, católicos y no católicos, adaptarse a pensamientos que constituyen verdaderas doctrinas contrarias a sus enseñanzas inmutables

a) Diálogo y aproximación, sin transigir con la verdad y la fe
b) Sólo habrá respeto auténtico por la naturaleza y por los hombres dentro de una sociedad auténticamente católica
c) La visión cristiana del Dios Uno y Trino es irreconciliable con un disfraz espiritualista de una ecología que, aunque parece abrir espacio al diálogo interreligioso, se entrelaza con el sincretismo religioso y panteísta

I – Restricciones de la Iglesia a una “ecología integral”, que es una nueva doctrina, pues conlleva una ideología, y en muchos puntos se opone a las enseñanzas de la Iglesia


 (Laudato si’) – Una contradicción:
El cuidado de la biodiversidad para asegurar otras formas de vida. Ante todo la humanidad necesita cambiar. Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos

En el cuidado de la biodiversidad, los especialistas insisten en la necesidad de poner especial atención a las zonas más ricas en variedad de especies, en especies endémicas, poco frecuentes o con menor grado de protección efectiva. Hay lugares que requieren un cuidado particular por su enorme importancia para el ecosistema mundial, o que constituyen importantes reservas de agua y así aseguran otras formas de vida. (LS 37)

Un antropocentrismo desviado no necesariamente debe dar paso a un “biocentrismo”, porque eso implicaría incorporar un nuevo desajuste que no sólo no resolverá los problemas sino que añadirá otros. No puede exigirse al ser humano un compromiso con respecto al mundo si no se reconocen y valoran al mismo tiempo sus capacidades peculiares de conocimiento, voluntad, libertad y responsabilidad. (LS 118)

Muchas cosas tienen que reorientar su rumbo, pero ante todo la humanidad necesita cambiar. Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos. Esta conciencia básica permitiría el desarrollo de nuevas convicciones, actitudes y formas de vida. Se destaca así un gran desafío cultural, espiritual y educativo que supondrá largos procesos de regeneración. (LS 202)


a) Preocupaciones legítimas de la Iglesia con el medio ambiente


Juan XXIII

El mandamiento dado por Dios para dominar los bienes naturales tiene en vista satisfacer con ellos las necesidades humanas y no destruirlos

Ahora bien, como se recuerda en el Génesis, el Creador dio a la primera pareja humana dos mandamientos, que se complementan mutuamente: el primero, propagar la vida, “creced y multiplicaos” (Gen 1, 28); el segundo, dominar la naturaleza: “Llenad a la tierra y enseñoreaos de ella” (Ibíd.). El segundo de estos preceptos no se dio para destruir los bienes naturales, sino para satisfacer con ellos las necesidades de la vida humana. (Juan XXIII. Encíclica Mater et Magistra, n. 196-197, 15 de mayo de 1961)

Juan Pablo II

La cultura cristiana siempre ha reconocido en las criaturas que rodean al hombre otros tantos dones de Dios: la explotación desenfrenada es fruto de la secularización de la sociedad

La ecología, que nació como nombre y como mensaje cultural hace más de un siglo, ha conquistado rápidamente la atención de los estudiosos, suscitando un creciente interés interdisciplinar por parte de biólogos, médicos, economistas, filósofos y políticos. Se trata del estudio de la relación entre los organismos vivos y su ambiente, en particular entre el hombre y todo su entorno. […] Al mismo tiempo, la antropología bíblica ha considerado al hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, como criatura capaz de trascender la realidad mundana en virtud de su espiritualidad y, por tanto, como custodio responsable del ambiente en el que vive. Se lo ofrece el Creador como casa y como recurso. Es evidente la consecuencia que se sigue de esta doctrina: la relación que el hombre tiene con Dios determina la relación del hombre con sus semejantes y con su ambiente. Por eso, la cultura cristiana ha reconocido siempre en las criaturas que rodean al hombre otros tantos dones de Dios que se han de cultivar y custodiar con sentido de gratitud hacia el Creador. En particular, la espiritualidad benedictina y la franciscana han testimoniado esta especie de parentesco del hombre con el medio ambiente, alimentando en él una actitud de respeto a toda realidad del mundo que lo rodea. En la edad moderna secularizada se asiste al nacimiento de una doble tentación: una concepción del saber ya no entendido como sabiduría y contemplación, sino como poder sobre la naturaleza, que consiguientemente se considera objeto de conquista. La otra tentación es la explotación desenfrenada de los recursos, bajo el impulso de la búsqueda ilimitada de beneficios. (Juan Pablo II. Discurso del Santo Padre Juan Pablo II a los promotores y participantes en un Congreso Internacional sobre “ambiente y salud”, n. 1, 3-4, 24 de marzo de 1997)

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia

La ciencia y la técnica no son de por sí causa de la secularización exasperada que conduce al nihilismo, el problema es la idea evolucionista que rechaza la creación y desliga el hombre de su Creador

El primado atribuido al hacer y al tener más que al ser, es causa de graves formas de alienación humana. Una actitud semejante no deriva de la investigación científica y tecnológica, sino de una ideología cientificista y tecnócrata que tiende a condicionarla. La ciencia y la técnica, con su progreso, no eliminan la necesidad de trascendencia y no son de por sí causa de la secularización exasperada que conduce al nihilismo; mientras avanzan en su camino, plantean cuestiones acerca de su sentido y hacen crecer la necesidad de respetar la dimensión trascendente de la persona humana y de la misma creación. […] Una visión del hombre y de las cosas desligada de toda referencia a la trascendencia ha llevado a rechazar el concepto de creación y a atribuir al hombre y a la naturaleza una existencia completamente autónoma. El vínculo que une el mundo con Dios ha sido así roto: esta ruptura ha acabado desvinculando también al hombre de la tierra y, más radicalmente, ha empobrecido su misma identidad. El ser humano ha llegado a considerarse extraño al contexto ambiental en el que vive. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 462; 464)

Benedicto XVI

Cuidar del medio ambiente con responsabilidad es reconocer la jerarquía de la creación y no considerarla de forma egoísta

Hemos de cuidar el medio ambiente: éste ha sido confiado al hombre para que lo cuide y lo cultive con libertad responsable, teniendo siempre como criterio orientador el bien de todos. Obviamente, el valor del ser humano está por encima de toda la creación. Respetar el medio ambiente no quiere decir que la naturaleza material o animal sea más importante que el hombre. Quiere decir más bien que no se la considera de manera egoísta, a plena disposición de los propios intereses, porque las generaciones futuras tienen también el derecho a obtener beneficio de la creación, ejerciendo en ella la misma libertad responsable que reivindicamos para nosotros. (Benedicto XVI. Mensaje para la celebración de la XLI Jornada Mundial de la Paz, n. 7, 1 de enero de 2008)


(Laudato si’) – Otra contradicción:
Una comunión universal; todos los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal, una sublime comunión que nos mueve a un respeto sagrado, pero esto no significa igualar los seres vivos ni divinizar la tierra

Esto provoca la convicción de que, siendo creados por el mismo Padre, todos los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal, una sublime comunión que nos mueve a un respeto sagrado, cariñoso y humilde. Quiero recordar que “Dios nos ha unido tan estrechamente al mundo que nos rodea, que la desertificación del suelo es como una enfermedad para cada uno, y podemos lamentar la extinción de una especie como si fuera una mutilación”. (LS 89)

Esto no significa igualar a todos los seres vivos y quitarle al ser humano ese valor peculiar que implica al mismo tiempo una tremenda responsabilidad. Tampoco supone una divinización de la tierra que nos privaría del llamado a colaborar con ella y a proteger su fragilidad. Estas concepciones terminarían creando nuevos desequilibrios por escapar de la realidad que nos interpela. A veces se advierte una obsesión por negar toda preeminencia a la persona humana, y se lleva adelante una lucha por otras especies que no desarrollamos para defender la igual dignidad entre los seres humanos. (LS 90)


b) Restricciones del Magisterio a una mentalidad ecológica contraria a la enseñanza de la Iglesia


Pío XII

Una sociedad que elimina la idea de un Criador y sus criaturas deshace la armonía de las relaciones reguladoras del hombre con el mundo y con sus semejantes según los principios religiosos cristianos

Si se retira este fundamento del espíritu, y como consecuencia la imagen (en el hombre) y el vestigio (en las criaturas carentes de razón) del Ser divino en las cosas creadas, se pierde también la armonía en las relaciones del hombre con el mundo. El hombre se reduciría a un simple punto de localización de una vitalidad anónima e irracional. Él ya no estaría en el mundo como en su propia casa. El mundo se volvería para él algo raro, obscuro, peligroso, siempre inclinado a perder el carácter de instrumento y a transformarse en su enemigo. ¿Y cuáles serían las relaciones reguladoras de la vida en sociedad sin la luz del Espíritu divino y sin llevar en cuenta la relación de Cristo con el mundo? A esta cuestión responde la amarga realidad de los que, prefiriendo la obscuridad del mundo, se declaran adoradores de las obras exteriores del hombre. Su sociedad, bajo la disciplina de hierro del colectivismo, no logra más que mantener la existencia anónima de unos al lado de la de los otros. Bien distinta es la vida social fundada en el ejemplo de las relaciones de Cristo con el mundo y con el hombre: vida de cooperación fraterna y de respeto mutuo del derecho de los otros, vida digna del primero principio y del fin último de toda criatura humana. (Pío XII. Mensaje de Navidad a los fieles y al pueblo del mundo entero, 22 de diciembre de 1957)

Juan XXIII

Riesgo de buscar soluciones fuera del orden moral, por ejemplo, para solucionar problemas de falta de recursos para mantener la vida no se puede violar los preceptos de la procreación de la vida humana

Dios, en su bondad y sabiduría, ha otorgado a la naturaleza una capacidad casi inagotable de producción y ha enriquecido al hombre con una inteligencia tan penetrante que le permite utilizar los instrumentos idóneos para poner todos los recursos naturales al servicio de las necesidades y del provecho de su vida. Por consiguiente, la solución clara de este problema [demográfico] no ha de buscarse fuera del orden moral establecido por Dios, violando la procreación de la propia vida humana, sino que, por el contrario, debe procurar el hombre, con toda clase de procedimientos técnicos y científicos, el conocimiento profundo y el dominio creciente de las energías de la naturaleza. Los progresos hasta ahora realizados por la ciencia y por la técnica abren en este campo una esperanza casi ilimitada para el porvenir. […] En esta materia hacemos una grave declaración: la vida humana se comunica y propaga por medio de la familia, la cual se funda en el matrimonio uno e indisoluble, que para los cristianos ha sido elevado a la dignidad de sacramento. Y como la vida humana se propaga a otros hombres de una manera consciente y responsable, se sigue de aquí que esta propagación debe verificarse de acuerdo con las leyes sacrosantas, inmutables e inviolables de Dios, las cuales han de ser conocidas y respetadas por todos. Nadie, pues, puede lícitamente usar en esta materia los medidos o procedimientos que es lícito emplear en la genética de las plantas o de los animales. La vida del hombre, en efecto, ha de considerarse por todos como algo sagrado, ya que desde su mismo origen exige la acción creadora de Dios. Por tanto, quien se aparta de lo establecido por Él, no sólo ofende a la majestad divina y se degrada a sí mismo y a la humanidad entera, sino que, además, debilita las energías íntimas de su propio país. (Juan XXIII. Encíclica Mater et Magistra, n. 189; 193-194, 15 de mayo de 1961)

Juan Pablo II

Posiciones ecológicas exasperadas piden la represión de la natalidad o, inspiradas en el ecocentrismo y el biocentrismo, se presentan en favor de una consideración igualitaria de la “dignidad” de todos los seres vivos

Hoy asistimos, a menudo, al despliegue de posiciones opuestas y exasperadas: por una parte, basándose en que los recursos ambientales pueden agotarse o llegar a ser insuficientes, se pide la represión de la natalidad, especialmente respecto a los pueblos pobres y en vías de desarrollo. Por otra, en nombre de una concepción inspirada en el ecocentrismo y el biocentrismo, se propone eliminar la diferencia ontológica y axiológica entre el hombre y los demás seres vivos, considerando la biosfera como una unidad biótica de valor indiferenciado. Así, se elimina la responsabilidad superior del hombre en favor de una consideración igualitaria de la “dignidad” de todos los seres vivos. (Juan Pablo II. Discurso del Santo Padre Juan Pablo II a los promotores y participantes en un Congreso Internacional sobre ambiente y salud, n. 5, 24 de marzo de 1997) 

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia

No se puede absolutizar la naturaleza y ponerla, en dignidad, por encima de la persona humana, divinizando la naturaleza o la tierra

Una correcta concepción del medio ambiente, si por una parte no puede reducir utilitariamente la naturaleza a un mero objeto de manipulación y explotación, por otra parte, tampoco debe absolutizarla y colocarla, en dignidad, por encima de la misma persona humana. En este último caso, se llega a divinizar la naturaleza o la tierra, como puede fácilmente verse en algunos movimientos ecologistas que piden se otorgue un reconocimiento institucional internacionalmente garantizado a sus ideas. El Magisterio ha motivado su contrariedad a una noción del medio ambiente inspirada en el ecocentrismo y el biocentrismo. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 463)

Benedicto XVI

La idea de un determinismo evolutivo lleva a considerar la naturaleza como un tabú intocable o a abusar de ella. Considerar la naturaleza como más importante que la persona humana conduce a actitudes neopaganas o a un nuevo panteísmo: la salvación del hombre no puede venir únicamente de la naturaleza, entendida en el sentido puramente naturalista

El tema del desarrollo está también muy unido hoy a los deberes que nacen de la relación del hombre con el ambiente natural. Éste es un don de Dios para todos, y su uso representa para nosotros una responsabilidad para con los pobres, las generaciones futuras y toda la humanidad. Cuando se considera la naturaleza, y en primer lugar al ser humano, fruto del azar o del determinismo evolutivo, disminuye el sentido de la responsabilidad en las conciencias. El creyente reconoce en la naturaleza el maravilloso resultado de la intervención creadora de Dios, que el hombre puede utilizar responsablemente para satisfacer sus legítimas necesidades —materiales e inmateriales— respetando el equilibrio inherente a la creación misma. Si se desvanece esta visión, se acaba por considerar la naturaleza como un tabú intocable o, al contrario, por abusar de ella. Ambas posturas no son conformes con la visión cristiana de la naturaleza, fruto de la creación de Dios. La naturaleza es expresión de un proyecto de amor y de verdad. Ella nos precede y nos ha sido dada por Dios como ámbito de vida. Nos habla del Creador (cf. Rom 1, 20) y de su amor a la humanidad. Está destinada a encontrar la “plenitud” en Cristo al final de los tiempos (cf. Ef 1,9-10; Col 1,19-20). También ella, por tanto, es una “vocación”. La naturaleza está a nuestra disposición no como un “montón de desechos esparcidos al azar”, sino como un don del Creador que ha diseñado sus estructuras intrínsecas para que el hombre descubra las orientaciones que se deben seguir para “guardarla y cultivarla” (cf. Gen 2, 15). Pero se ha de subrayar que es contrario al verdadero desarrollo considerar la naturaleza como más importante que la persona humana misma. Esta postura conduce a actitudes neopaganas o de nuevo panteísmo: la salvación del hombre no puede venir únicamente de la naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista. Por otra parte, también es necesario refutar la posición contraria, que mira a su completa tecnificación, porque el ambiente natural no es sólo materia disponible a nuestro gusto, sino obra admirable del Creador y que lleva en sí una “gramática” que indica finalidad y criterios para un uso inteligente, no instrumental y arbitrario. (Benedicto XVI. Encíclica Caritas in veritate, n. 48, 29 de junio de 2009)

Una ecología dicha integral abre el paso a un nuevo panteísmo con acentos neopaganos. El hombre no puede abusar de la naturaleza, pero no puede abdicar de su papel de administrador y guardián de ella

Así, pues, hay una cierta forma de reciprocidad: al cuidar la creación, vemos que Dios, a través de ella, cuida de nosotros. Por otro lado, una correcta concepción de la relación del hombre con el medio ambiente no lleva a absolutizar la naturaleza ni a considerarla más importante que la persona misma. El Magisterio de la Iglesia manifiesta reservas ante una concepción del mundo que nos rodea inspirada en el ecocentrismo y el biocentrismo, porque dicha concepción elimina la diferencia ontológica y axiológica entre la persona humana y los otros seres vivientes. De este modo, se anula en la práctica la identidad y el papel superior del hombre, favoreciendo una visión igualitarista de la “dignidad” de todos los seres vivientes. Se abre así paso a un nuevo panteísmo con acentos neopaganos, que hace derivar la salvación del hombre exclusivamente de la naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista. La Iglesia invita en cambio a plantear la cuestión de manera equilibrada, respetando la “gramática” que el Creador ha inscrito en su obra, confiando al hombre el papel de guardián y administrador responsable de la creación, papel del que ciertamente no debe abusar, pero del cual tampoco puede abdicar. (Benedicto XVI. Mensaje para la celebración de la XLIII Jornada Mundial de la Paz, n. 13, 1 de enero de 2010)

c) El hombre fue puesto en la cumbre de la creación material visible: imagen y semejanza de Dios, en cuerpo y alma inmortal, cuyo fin último no está en este mundo

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia

El hombre, creado a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo así la tierra y cuanto ella contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero

La visión bíblica inspira las actitudes de los cristianos con respecto al uso de la tierra, y al desarrollo de la ciencia y de la técnica. El Concilio Vaticano II declara que “tiene razón el hombre, participante de la luz de la inteligencia divina, cuando afirma que por virtud de su inteligencia es superior al universo material”. Los Padres Conciliares reconocen los progresos realizados gracias a la aplicación incesante del ingenio humano a lo largo de los siglos, en las ciencias empíricas, en la técnica y en las disciplinas liberales. El hombre “en nuestros días, gracias a la ciencia y la técnica, ha logrado dilatar y sigue dilatando el campo de su dominio sobre casi toda la naturaleza”. Puesto que el hombre, “creado a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el mundo”, el Concilio enseña que “la actividad humana, individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios”. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 456)

Juan XXIII

Una concepción ecológica que respeta el orden establecido por Dios en la naturaleza hace con que el hombre vea su intrínseca dignidad, superior a todas las demás criaturas, en virtud de la cual pone a su servicio los recursos naturales, como quien recibe un don de Dios

La paz en la tierra, suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia, es indudable que no puede establecerse ni consolidarse si no se respeta fielmente el orden establecido por Dios. El progreso científico y los adelantos técnicos enseñan claramente que en los seres vivos y en las fuerzas de la naturaleza impera un orden maravilloso y que, al mismo tiempo, el hombre posee una intrínseca dignidad, por virtud de la cual puede descubrir ese orden y forjar los instrumentos adecuados para adueñarse de esas mismas fuerzas y ponerlas a su servicio. Pero el progreso científico y los adelantos técnicos lo primero que demuestran es la grandeza infinita de Dios, creador del universo y del propio hombre. Dios hizo de la nada el universo, y en él derramó los tesoros de su sabiduría y de su bondad, por lo cual el salmista alaba a Dios en un pasaje con estas palabras: “¡Oh Yahvé, Señor nuestro, cuán admirable es tu nombre en toda la tierra! (Sal 8,1). Y en otro texto dice: “¡Cuántas son tus obras, oh Señor, cuán sabiamente ordenadas!”(Sal 104 (v. 103), 24). De igual manera, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, dotándole de inteligencia y libertad, y le constituyó señor del universo, como el mismo salmista declara con esta sentencia: “Has hecho al hombre poco menor que los ángeles, 1e has coronado de gloria y de honor. Le diste el señorío sobre las obras de tus manos. Todo lo has puesto debajo de sus pies(Sal 8,5-6). (Juan XXIII. Encíclica Pacem in Terris, n. 1-3, 11 de abril de 1963)

Benedicto XVI

El auténtico desarrollo debe abarcar el progreso material y espiritual, como supieron hacer los santos, porque el hombre es “uno en cuerpo y alma”, nacido del amor creador de Dios y destinado a vivir eternamente

Uno de los aspectos del actual espíritu tecnicista se puede apreciar en la propensión a considerar los problemas y los fenómenos que tienen que ver con la vida interior sólo desde un punto de vista psicológico, e incluso meramente neurológico. De esta manera, la interioridad del hombre se vacía y el ser conscientes de la consistencia ontológica del alma humana, con las profundidades que los santos han sabido sondear, se pierde progresivamente. El problema del desarrollo está estrechamente relacionado con el concepto que tengamos del alma del hombre, ya que nuestro yo se ve reducido muchas veces a la psique, y la salud del alma se confunde con el bienestar emotivo. Estas reducciones tienen su origen en una profunda incomprensión de lo que es la vida espiritual y llevan a ignorar que el desarrollo del hombre y de los pueblos depende también de las soluciones que se dan a los problemas de carácter espiritual. El desarrollo debe abarcar, además de un progreso material, uno espiritual, porque el hombre es “uno en cuerpo y alma”, nacido del amor creador de Dios y destinado a vivir eternamente. El ser humano se desarrolla cuando crece espiritualmente, cuando su alma se conoce a sí misma y la verdad que Dios ha impreso germinalmente en ella, cuando dialoga consigo mismo y con su Creador. Lejos de Dios, el hombre está inquieto y se hace frágil. (Benedicto XVI. Encíclica Caritas in veritate, n. 76, 29 de junio de 2009)

Sagradas Escrituras

Valen los hombres mucho más que “muchos gorriones” y por eso deben temer no la muerte del cuerpo, sino la del alma

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones. (Mt 10, 28-31)

Catecismo de la Iglesia Católica

La jerarquía de las criaturas está expresada por el orden de los “seis días”, que va de lo menos perfecto a lo más perfecto: en la creación Dios puso fundamento y leyes estables, en los cuales el creyente podrá apoyarse con confianza

La jerarquía de las criaturas está expresada por el orden de los “seis días”, que va de lo menos perfecto a lo más perfecto. Dios ama todas sus criaturas (cf. Sal 145, 9), cuida de cada una, incluso de los pajarillos. Sin embargo Jesús dice: “Vosotros valéis más que muchos pajarillos” (Lc 12, 6-7), o también: “¡Cuánto más vale un hombre que una oveja!” (Mt 12, 12). El hombre es la cumbre de la obra de la creación. El relato inspirado lo expresa distinguiendo netamente la creación del hombre y la de las otras criaturas (cf. Gen 1, 26). […] En la creación Dios puso un fundamento y unas leyes que permanecen estables (cf. Heb 4, 3-4), en los cuales el creyente podrá apoyarse con confianza, y que son para él el signo y garantía de la fidelidad inquebrantable de la Alianza de Dios (cf. Jer 31, 35-37, 33, 19-26). Por su parte, el hombre deberá permanecer fiel a este fundamento y respetar las leyes que el Creador ha inscrito en la creación. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 342-343; 346)

El hombre y la mujer están llamados a “someter” la tierra como “administradores” de Dios

En el plan de Dios, el hombre y la mujer están llamados a “someter” la tierra (Gen 1,28) como “administradores” de Dios. Esta soberanía no debe ser un dominio arbitrario y destructor. A imagen del Creador, “que ama todo lo que existe” (Sab 11, 24), el hombre y la mujer son llamados a participar en la providencia divina respecto a las otras cosas creadas. De ahí su responsabilidad frente al mundo que Dios les ha confiado. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 373)

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia

El hombre, en su vida interior, reconoce tener en “sí mismo la espiritualidad y la inmortalidad de su alma” y no se percibe a sí mismo “como partícula de la naturaleza o como elemento anónimo de la ciudad humana”, lo que sería panteísmo

Por su espiritualidad el hombre supera a la totalidad de las cosas y penetra en la estructura más profunda de la realidad. Cuando se adentra en su corazón, es decir, cuando reflexiona sobre su propio destino, el hombre se descubre superior al mundo material, por su dignidad única de interlocutor de Dios, bajo cuya mirada decide su vida. Él, en su vida interior, reconoce tener en “sí mismo la espiritualidad y la inmortalidad de su alma” y no se percibe a sí mismo “como partícula de la naturaleza o como elemento anónimo de la ciudad humana”. El hombre, por tanto, tiene dos características diversas: es un ser material, vinculado a este mundo mediante su cuerpo, y un ser espiritual, abierto a la trascendencia y al descubrimiento de “una verdad más profunda”, a causa de su inteligencia, que lo hace “participante de la luz de la inteligencia divina”. La Iglesia afirma: “La unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que se debe considerar al alma como la ‘forma’ del cuerpo, es decir, gracias al alma espiritual, la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente; en el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza”. Ni el espiritualismo que desprecia la realidad del cuerpo, ni el materialismo que considera el espíritu una mera manifestación de la materia, dan razón de la complejidad, de la totalidad y de la unidad del ser humano. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 128-129)

Dios ha querido que el hombre sea el rey de la creación: el mensaje bíblico y el Magisterio de la Iglesia constituyen los puntos de referencia esenciales para valorar los problemas que se plantean en las relaciones entre el hombre y el medio ambiente

Si el hombre interviene sobre la naturaleza sin abusar de ella ni dañarla, se puede decir que “interviene no para modificar la naturaleza, sino para ayudarla a desarrollarse en su línea, la de la creación, la querida por Dios. Trabajando en este campo, sin duda delicado, el investigador se adhiere al designio de Dios. Dios ha querido que el hombre sea el rey de la creación”. En el fondo, es Dios mismo quien ofrece al hombre el honor de cooperar con todas las fuerzas de su inteligencia en la obra de la creación. El mensaje bíblico y el Magisterio de la Iglesia constituyen los puntos de referencia esenciales para valorar los problemas que se plantean en las relaciones entre el hombre y el medio ambiente. En el origen de estos problemas se puede percibir la pretensión de ejercer un dominio absoluto sobre las cosas por parte del hombre, un hombre indiferente a las consideraciones de orden moral que deben caracterizar toda actividad humana. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 460-461)

II – Los problemas ecológicos del planeta se deben al abandono, por parte de gran número de hombres, de la práctica de los Mandamientos, principios morales inmutables. La crisis de nuestro mundo es una crisis moral y, por lo tanto, sólo una conversión moral resolvería los problemas ecológicos

(Laudato si’)
Hace falta una “conversión ecológica”

Si “los desiertos exteriores se multiplican en el mundo porque se han extendido los desiertos interiores”, la crisis ecológica es un llamado a una profunda conversión interior. Pero también tenemos que reconocer que algunos cristianos comprometidos y orantes, bajo una excusa de realismo y pragmatismo, suelen burlarse de las preocupaciones por el medio ambiente. Otros son pasivos, no se deciden a cambiar sus hábitos y se vuelven incoherentes. Les hace falta entonces una “conversión ecológica”, que implica dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea. Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana. (LS 217)

a) El cristiano debe ver el mundo como un escenario donde la vida se desarrolla de acuerdo con los principios morales, con vistas a la eternidad

Pío XII

La vida moral no pertenece apenas a la esfera interior, sino que toca también, por sus efectos, a la armonía del mundo: cualquier acción o acontecimiento humano, aunque particularísimo, tiene repercusión en el mundo circunstante

La sinfonía del cosmos, particularmente en la tierra y entre los hombres, es confiada por su Autor supremo a la misma humanidad, para que ésta, como una inmensa orquesta, distribuida en el tiempo y multiforme en sus medios, pero unida bajo la dirección de Cristo, la ejecute fielmente, interpretando con la mejor perfección posible su tema único y genial. En efecto, Dios entregó sus designios a los hombres, para que los pongan en acto, personal y libremente, empeñando su plena responsabilidad moral y exigiendo, cuando es necesario, fatigas y sacrificios, a ejemplo de Cristo. Bajo este aspecto, el cristiano es, en primer lugar, un admirador del orden divino en el mundo, aquel que ama su presencia y hace de todo para verla reconocida y afirmada. Él será, pues, necesariamente, su ardoroso defensor contra las fuerzas y tendencias que le obstaculizan la realización, sean las que tiene escondidas en sí mismo ―las malas inclinaciones―, sean las venidas del exterior ―Satanás y sus supersticiones. Así es que San Pablo veía el cristiano en el mundo, cuando indicaba los adversarios de Dios y exhortaba a revestirse de su armadura, a fin de resistir a las asechanzas del demonio, ciñendo la cintura con la verdad y revistiéndose de la coraza de la justicia (cf. Ef 6, 11.14). La vocación al cristianismo no es, pues, una invitación de Dios tan sólo para el complacimiento estético en la contemplación de su orden admirable, sino el llamamiento obligatorio a una acción incesante, austera y dirigida para todos los sentidos y aspectos de la vida. Su acción se desarrolla, antes de todo, en la plena observancia de la ley moral, cualquier sea su objeto, pequeño o grande, secreto o público, de abstención o realización positiva. La vida moral no pertenece tan solamente a la esfera interior, que no toque también, por sus efectos, a la armonía del mundo. El hombre no es más solo, como individuo y segregado en sí mismo, en cualquier acontecimiento, aunque particularísimo, que sus determinaciones y actos no tengan repercusión en el mundo circunstante. Ejecutor de la divina sinfonía, ningún hombre puede presumir que su acción es un negocio exclusivamente suyo, que le diga respeto a sí mismo. La vida moral es, sin duda, en primer lugar, un hecho individual e interior, pero no en sentido de un cierto “interiorismo” y “historicismo”, por el cual algunos se esfuerzan en debilitar y rechazar el valor universal de las normas morales. (Pío XII. Mensaje de Navidad a los fieles y al pueblo del mundo entero, 22 de diciembre de 1957)

Juan XXIII

Sólo la ley moral basada en la religión posee capacidad para resolver los problemas de la vida individual y social, tanto en el interior de las naciones como en el seno de la sociedad internacional

De aquí procede claramente el hecho de que los pueblos utilicen en gran escala las energías humanas y los recursos naturales en detrimento más bien que en beneficio de la humanidad y de que, además, se cree en los individuos y en las naciones un sentimiento profundo de angustia que retrasa el debido ritmo de las empresas de mayor importancia. La causa de esta situación parece provenir de que los hombres, y principalmente las supremas autoridades de los Estados, tienen en su actuación concepciones de vida totalmente distintas. Hay, en efecto, quienes osan negar la existencia de una ley moral objetiva, absolutamente necesaria y universal y, por último, igual para todos. Por esto, al no reconocer los hombres una única ley de justicia con valor universal, no pueden llegar en nada a un acuerdo pleno y seguro. […] Para que la confianza recíproca entre los supremos gobernantes de las naciones subsista y se afiance más en ellos, es imprescindible que ante todo reconozcan y mantengan unos y otros las leyes de la verdad y de la justicia. Ahora bien, la base única de los preceptos morales es Dios. Si se niega la idea de Dios, esos preceptos necesariamente se desintegran por completo. El hombre, en efecto, no consta sólo de cuerpo, sino también de alma, dotada de inteligencia y libertad. El alma exige, por tanto, de un modo absoluto, en virtud de su propia naturaleza, una ley moral basada en la religión, la cual posee capacidad muy superior a la de cualquier otra fuerza o utilidad material para resolver los problemas de la vida individual y social, así en el interior de las naciones como en el seno de la sociedad internacional. (Juan XXIII. Encíclica Mater et Magistra, n. 204-205; 207-208, 15 de mayo de 1961)

El desorden que existe en las sociedades humanas, en contraste con el orden del universo, es consecuencia de una crisis moral, del abandono de los preceptos de la ley eterna escrita en lo más íntimo de los corazones

Resulta, sin embargo, sorprendente el contraste que con este orden maravilloso del universo ofrece el desorden que reina entre los individuos y entre los pueblos. Parece como si las relaciones que entre ellos existen no pudieran regirse más que por 1a fuerza. Sin embargo, en lo más íntimo del ser humano, el Creador ha impreso un orden que la conciencia humana descubre y manda observar estrictamente. “Los hombres muestran que los preceptos de la ley están escritos en sus corazones, siendo testigo su conciencia” (Rom 2, 15). Por otra parte, ¿cómo podría ser de otro modo? Todas las obras de Dios son, en efecto, reflejo de su infinita sabiduría, y reflejo tanto más luminoso cuanto mayor es el grado absoluto de perfección de que gozan. Pero una opinión equivocada induce con frecuencia a muchos al error de pensar que las relaciones de los individuos con sus respectivas comunidades políticas pueden regularse por las mismas leyes que rigen las fuerzas y los elementos irracionales del universo, siendo así que tales leyes son de otro género y hay que buscarlas solamente allí donde las ha grabado el Creador de todo, esto es, en la naturaleza del hombre. (Juan XXIII. Encíclica Pacem in Terris, n. 4-6, 11 de abril de 1963)

La sociedad tiene que ser una realidad de orden principalmente espiritual ―y no naturalista―, cuyos valores morales deben impregnar el relacionamiento entre los hombres en todos sus elementos

La sociedad humana, venerables hermanos y queridos hijos, tiene que ser considerada, ante todo, como una realidad de orden principalmente espiritual: que impulse a los hombres, iluminados por la verdad, a comunicarse entre sí los más diversos conocimientos; a defender sus derechos y cumplir sus deberes; a desear los bienes del espíritu; a disfrutar en común del justo placer de la belleza en todas sus manifestaciones; a sentirse inclinados continuamente a compartir con los demás lo mejor de sí mismos; a asimilar con afán, en provecho propio, los bienes espirituales del prójimo. Todos estos valores informan y, al mismo tiempo, dirigen las manifestaciones de la cultura, de la economía, de la convivencia social, del progreso y del orden político, del ordenamiento jurídico y, finalmente, de cuantos elementos constituyen la expresión externa de la comunidad humana en su incesante desarrollo. El orden vigente en la sociedad es todo él de naturaleza espiritual. Porque se funda en la verdad, debe practicarse según los preceptos de la justicia, exige ser vivificado y completado por el amor mutuo, y, por último, respetando íntegramente la libertad, ha de ajustarse a una igualdad cada día más humana. Sin embargo, este orden espiritual, cuyos principios son universales, absolutos e inmutables, tiene su origen único en un Dios verdadero, personal y que trasciende a la naturaleza humana. Dios, en efecto, por ser la primera verdad y el sumo bien, es la fuente más profunda de la cual puede extraer su vida verdadera una convivencia humana rectamente constituida, provechosa y adecuada a la dignidad del hombre. A esto se refiere el pasaje de Santo Tomás de Aquino: El que la razón humana sea norma de la humana voluntad, por la que se mida su bondad, es una derivación de la ley eterna, la cual se identifica con la razón divina… Es, por consiguiente, claro que la bondad de la voluntad humana depende mucho más de la ley eterna que de la razón humana. (Juan XXIII. Encíclica Pacem in Terris, n. 36-38, 11 de abril de 1963)

El hombre tiene que ajustar sus actividades personales al orden moral, obedeciendo a los designios providenciales de Dios relativos a la eterna salvación, conjugando plenamente las realidades científicas, técnicas y profesionales con los bienes superiores del espíritu

Todas estas cualidades deben ser consideradas insuficientes por completo para dar a las relaciones de la vida diaria un sentido más humano, ya que este sentido requiere necesariamente como fundamento la verdad; como medida, la justicia; como fuerza impulsora, la caridad, y como hábito normal, la libertad. Para que los hombres puedan practicar realmente estos principios han de esforzarse, lo primero, por observar, en el desempeño de sus actividades temporales, las leyes propias de cada una y los métodos que responden a su específica naturaleza; lo segundo, han de ajustar sus actividades personales al orden moral y, por consiguiente, han de proceder como quien ejerce un derecho o cumple una obligación. Más aún: la razón exige que los hombres, obedeciendo a los designios providenciales de Dios relativos a nuestra salvación y teniendo muy en cuenta los dictados de la propia conciencia, se consagren a la acción temporal, conjugando plenamente las realidades científicas, técnicas y profesionales con los bienes superiores del espíritu. (Juan XXIII. Encíclica Pacem in Terris, n. 149-150, 11 de abril de 1963)

b) La raíz de la crisis ambiental es moral

 Juan XXIII

La crisis del planeta es consecuencia del abandono de la ley moral, de la falta de coherencia entre la fe y la conducta de los que se dicen cristianos

Es también un hecho evidente que, en las naciones de antigua tradición cristiana, las instituciones civiles florecen hoy con un indudable progreso científico y poseen en abundancia los instrumentos precisos para llevar a cabo cualquier empresa; pero con frecuencia se observa en ellas un debilitamiento del estímulo y de la inspiración cristiana. Hay quien pregunta, con razón, cómo puede haberse producido este hecho. Porque a la institución de esas leyes contribuyeron no poco, y siguen contribuyendo aún, personas que profesan la fe cristiana y que, al menos en parte, ajustan realmente su vida a las normas evangélicas. La causa de este fenómeno creemos que radica en la incoherencia entre su fe y su conducta. Es, por consiguiente, necesario que se restablezca en ellos la unidad del pensamiento y de la voluntad, de tal forma que su acción quede animada al mismo tiempo por la luz de la fe y el impulso de la caridad. La inconsecuencia que demasiadas veces ofrecen los cristianos entre su fe y su conducta, juzgamos que nace también de su insuficiente formación en la moral y en la doctrina cristiana. Porque sucede con demasiada frecuencia en muchas partes que los fieles no dedican igual intensidad a la instrucción religiosa y a la instrucción profana; mientras en ésta llegan a alcanzar los grados superiores, en aquélla no pasan ordinariamente del grado elemental. Es, por tanto, del todo indispensable que la formación de la juventud sea integral, continua y pedagógicamente adecuada, para que la cultura religiosa y la formación del sentido moral vayan a la par con el conocimiento científico y con el incesante progreso de la técnica. (Juan XXIII. Encíclica Pacem in Terris, n. 151-153, 11 de abril de 1963)

Juan Pablo II

Una cuestión moral: los problemas ambientales surgieron porque el hombre se alejó de la voluntad del Criador de ser dueño y custodio de la naturaleza, con inteligencia y nobleza

Este estado de amenaza para el hombre, por parte de sus productos, tiene varias direcciones y varios grados de intensidad. Parece que somos cada vez más conscientes del hecho de que la explotación de la tierra, del planeta sobre el cual vivimos, exige una planificación racional y honesta. Al mismo tiempo, tal explotación para fines no solamente industriales, sino también militares, el desarrollo de la técnica no controlado ni encuadrado en un plan a radio universal y auténticamente humanístico, llevan muchas veces consigo la amenaza del ambiente natural del hombre, lo enajenan en sus relaciones con la naturaleza y lo apartan de ella. […] En cambio era voluntad del Creador que el hombre se pusiera en contacto con la naturaleza como “dueño” y “custodio” inteligente y noble, y no como “explotador” y “destructor” sin ningún reparo. El progreso de la técnica y el desarrollo de la civilización de nuestro tiempo, que está marcado por el dominio de la técnica, exigen un desarrollo proporcional de la moral y de la ética. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptor Hominis, n. 15, 4 de marzo de 1979)

El mal al que nos enfrentamos en la cuestión del desarrollo de los pueblos es un mal moral, fruto de un alejamiento de Dios, único fundamento verdadero de una ética absolutamente vinculante

He creído oportuno señalar este tipo de análisis, ante todo para mostrar cuál es la naturaleza real del mal al que nos enfrentamos en la cuestión del desarrollo de los pueblos; es un mal moral, fruto de muchos pecados que llevan a “estructuras de pecado”. Diagnosticar el mal de esta manera es también identificar adecuadamente, a nivel de conducta humana, el camino a seguir para superarlo. Este camino es largo y complejo y además está amenazado constantemente tanto por la intrínseca fragilidad de los propósitos y realizaciones humanas, cuanto por la mutabilidad de las circunstancias externas tan imprevisibles. Sin embargo, debe ser emprendido decididamente y, en donde se hayan dado ya algunos pasos, o incluso recorrido una parte del mismo, seguirlo hasta el final. En el plano de la consideración presente, la decisión de emprender ese camino o seguir avanzando implica ante todo un valor moral, que los hombres y mujeres creyentes reconocen como requerido por la voluntad de Dios, único fundamento verdadero de una ética absolutamente vinculante. Es de desear que también los hombres y mujeres sin una fe explícita se convenzan de que los obstáculos opuestos al pleno desarrollo no son solamente de orden económico, sino que dependen de actitudes más profundas que se traducen, para el ser humano, en valores absolutos. En este sentido, es de esperar que todos aquellos que, en una u otra medida, son responsables de una “vida más humana” para sus semejantes —estén inspirados o no por una fe religiosa— se den cuenta plenamente de la necesidad urgente de un cambio en las actitudes espirituales que definen las relaciones de cada hombre consigo mismo, con el prójimo, con las comunidades humanas, incluso las más lejanas y con la naturaleza; y ello en función de unos valores superiores, como el bien común, o el pleno desarrollo “de todo el hombre y de todos los hombres”, según la feliz expresión de la Encíclica Populorum Progressio. Para los cristianos, así como para quienes la palabra “pecado” tiene un significado teológico preciso, este cambio de actitud o de mentalidad, o de modo de ser, se llama, en el lenguaje bíblico: “conversión” (cf. Mc 1, 15; Lc 13, 35; Is 30, 15). Esta conversión indica especialmente relación a Dios, al pecado cometido, a sus consecuencias, y, por tanto, al prójimo, individuo o comunidad. (Juan Pablo II. Encíclica Sollicitudo rei socialis, n. 37-38, 30 de diciembre de 1987)

La raíz del problema ecológico está la pérdida del sentido del Dios Criador: una cuestión moral. Fragmentos de Centessimus annus omitidos en las citaciones de Laudato Si’

Es asimismo preocupante […] la cuestión ecológica. El hombre, impulsado por el deseo de tener y gozar, más que de ser y de crecer, consume de manera excesiva y desordenada los recursos de la tierra y su misma vida. […] Cree que puede disponer arbitrariamente de la tierra, sometiéndola sin reservas a su voluntad como si ella no tuviese una fisonomía propia y un destino anterior dados por Dios, y que el hombre puede desarrollar ciertamente, pero que no debe traicionar. […] Esto demuestra, sobre todo, mezquindad o estrechez de miras del hombre, animado por el deseo de poseer las cosas en vez de relacionarlas con la verdad, y falto de aquella actitud desinteresada, gratuita, estética que nace del asombro por el ser y por la belleza que permite leer en las cosas visibles el mensaje de Dios invisible que las ha creado. A este respecto, la humanidad de hoy debe ser consciente de sus deberes y de su cometido para con las generaciones futuras. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 37, 1 de mayo de 1991)

Benedicto XVI

El hombre interpreta y modela el ambiente natural mediante la cultura, la cual debe ser orientada a su vez por la libertad responsable, atenta a los dictámenes de la ley moral

Hoy, muchos perjuicios al desarrollo provienen en realidad de estas maneras de pensar distorsionadas. Reducir completamente la naturaleza a un conjunto de simples datos fácticos acaba siendo fuente de violencia para con el ambiente, provocando además conductas que no respetan la naturaleza del hombre mismo. Ésta, en cuanto se compone no sólo de materia, sino también de espíritu, y por tanto rica de significados y fines trascendentes, tiene un carácter normativo incluso para la cultura. El hombre interpreta y modela el ambiente natural mediante la cultura, la cual es orientada a su vez por la libertad responsable, atenta a los dictámenes de la ley moral. Por tanto, los proyectos para un desarrollo humano integral no pueden ignorar a las generaciones sucesivas, sino que han de caracterizarse por la solidaridad y la justicia intergeneracional, teniendo en cuenta múltiples aspectos, como el ecológico, el jurídico, el económico, el político y el cultural. (Benedicto XVI. Encíclica Caritas in veritate, n. 48, 29 de junio de 2009)

El sistema ecológico se apoya no sólo en la buena relación con la naturaleza, sino también en la sana convivencia social, que exige un comportamiento moral. Fragmentos de Caritas in veritate omitidos en las citaciones de Laudato Si’

La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y la debe hacer valer en público. […] Así como las virtudes humanas están interrelacionadas, de modo que el debilitamiento de una pone en peligro también a las otras, así también el sistema ecológico se apoya en un proyecto que abarca tanto la sana convivencia social como la buena relación con la naturaleza. (Benedicto XVI. Encíclica Caritas in veritate, n. 51, 29 de junio de 2009)


(Laudato si’)
La ecología humana es inseparable de la noción de bien común, que requiere la paz social, es decir, la estabilidad y seguridad de un cierto orden. El fin de la marcha del universo está en la plenitud de Dios, un argumento más para rechazar todo dominio despótico e irresponsable del ser humano sobre las demás criaturas; todas avanzan, junto con nosotros y a través de nosotros, hacia el término común, que es Dios

La ecología humana es inseparable de la noción de bien común, un principio que cumple un rol central y unificador en la ética social. Es “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección”. (LS 156)

El bien común presupone el respeto a la persona humana en cuanto tal, con derechos básicos e inalienables ordenados a su desarrollo integral. También reclama el bienestar social y el desarrollo de los diversos grupos intermedios, aplicando el principio de la subsidiariedad. Entre ellos destaca especialmente la familia, como la célula básica de la sociedad. Finalmente, el bien común requiere la paz social, es decir, la estabilidad y seguridad de un cierto orden, que no se produce sin una atención particular a la justicia distributiva, cuya violación siempre genera violencia. Toda la sociedad ―y en ella, de manera especial el Estado― tiene la obligación de defender y promover el bien común. (LS 157)

El fin de la marcha del universo está en la plenitud de Dios, que ya ha sido alcanzada por Cristo resucitado, eje de la maduración universal. [nota 53: En esta perspectiva se sitúa la aportación del P. Teilhard de Chardin] Así agregamos un argumento más para rechazar todo dominio despótico e irresponsable del ser humano sobre las demás criaturas. El fin último de las demás criaturas no somos nosotros. Pero todas avanzan, junto con nosotros y a través de nosotros, hacia el término común, que es Dios, en una plenitud trascendente donde Cristo resucitado abraza e ilumina todo. Porque el ser humano, dotado de inteligencia y de amor, y atraído por la plenitud de Cristo, está llamado a reconducir todas las criaturas a su Creador. (LS 83)

c) La solución para la crisis mundial está en la sociedad fundarse en los principios religiosos de la moral cristiana

Juan Pablo II

Más que preservar el “habitat” de los animales, es preciso salvaguardar las condiciones morales de la sociedad humana. Más fragmentos de la Centessimus annus “olvidados” en las citaciones de Laudato Si’

Además de la destrucción irracional del ambiente natural hay que recordar aquí la más grave aún del ambiente humano, al que, sin embargo, se está lejos de prestar la necesaria atención. Mientras nos preocupamos justamente, aunque mucho menos de lo necesario, de preservar los “habitat” naturales de las diversas especies animales amenazadas de extinción, porque nos damos cuenta de que cada una de ellas aporta su propia contribución al equilibrio general de la tierra, nos esforzamos muy poco por salvaguardar las condiciones morales de una auténtica “ecología humana”. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 38, 1 de mayo de 1991)

La “ecología integral” presenta una concepción de familia diferente de la católica, que es fundada en el matrimonio, cuna de la formación moral del hombre. Aún más fragmentos de la Centessimus annus “olvidados” en las citaciones de Laudato Si’

La primera estructura fundamental a favor de la «ecología humana» es la familia, en cuyo seno el hombre recibe las primeras nociones sobre la verdad y el bien; aprende qué quiere decir amar y ser amado, y por consiguiente qué quiere decir en concreto ser una persona. Se entiende aquí la familia fundada en el matrimonio, en el que el don recíproco de sí por parte del hombre y de la mujer crea un ambiente de vida en el cual el niño puede nacer y desarrollar sus potencialidades, hacerse consciente de su dignidad y prepararse a afrontar su destino único e irrepetible. En cambio, sucede con frecuencia que el hombre se siente desanimado a realizar las condiciones auténticas de la reproducción humana y se ve inducido a considerar la propia vida y a sí mismo como un conjunto de sensaciones que hay que experimentar más bien que como una obra a realizar. De aquí nace una falta de libertad que le hace renunciar al compromiso de vincularse de manera estable con otra persona y engendrar hijos, o bien le mueve a considerar a éstos como una de tantas «cosas» que es posible tener o no tener, según los propios gustos, y que se presentan como otras opciones. Hay que volver a considerar la familia como el santuario de la vida. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 39, 1 de mayo de 1991)

La cuestión ecológica encuentra en la Biblia una luminosa y fuerte indicación ética para una solución respetuosa del gran bien de la vida

Defender y promover, respetar y amar la vida es una tarea que Dios confía a cada hombre, llamándolo, como imagen palpitante suya, a participar de la soberanía que El tiene sobre el mundo: “Y Dios los bendijo, y les dijo Dios: ‘Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra’” (Gen 1, 28). El texto bíblico evidencia la amplitud y profundidad de la soberanía que Dios da al hombre. Se trata, sobre todo, del dominio sobre la tierra y sobre cada ser vivo, como recuerda el libro de la Sabiduría: “Dios de los Padres, Señor de la misericordia… con tu Sabiduría formaste al hombre para que dominase sobre los seres por ti creados, y administrase el mundo con santidad y justicia” (9, 1.2-3). También el Salmista exalta el dominio del hombre como signo de la gloria y del honor recibidos del Creador: “Le hiciste señor de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus pies: ovejas y bueyes, todos juntos, y aun las bestias del campo, y las aves del cielo, y los peces del mar, que surcan las sendas de las aguas” (Sal 8, 7-9). El hombre, llamado a cultivar y custodiar el jardín del mundo (cf. Gen 2, 15), tiene una responsabilidad específica sobre el ambiente de vida, o sea, sobre la creación que Dios puso al servicio de su dignidad personal, de su vida: respecto no sólo al presente, sino también a las generaciones futuras. Es la cuestión ecológica —desde la preservación del “hábitat” natural de las diversas especies animales y formas de vida, hasta la “ecología humana” propiamente dicha— que encuentra en la Biblia una luminosa y fuerte indicación ética para una solución respetuosa del gran bien de la vida, de toda vida. (Juan Pablo II. Encíclica Evangelium vitae, n. 42, 25 de marzo de 1995)

Benedicto XVI

Si falla la relación de la criatura humana con el Creador, la materia queda reducida a posesión egoísta, el hombre se convierte en la “última instancia”

La tierra es un don precioso del Creador, que ha diseñado su orden intrínseco, dándonos así las señales orientadoras a las que debemos atenernos como administradores de su creación. Precisamente a partir de esta conciencia, la Iglesia considera las cuestiones vinculadas al ambiente y a su salvaguardia como íntimamente relacionadas con el tema del desarrollo humano integral. A estas cuestiones me he referido varias veces en mi última encíclica, “Caritas in veritate”, recordando la “la urgente necesidad moral de una renovada solidaridad” (n. 49) no sólo en las relaciones entre los países, sino también entre las personas, pues Dios ha dado a todos el ambiente natural, y su uso implica una responsabilidad personal con respecto a toda la humanidad, y de modo especial con respecto a los pobres y las generaciones futuras (cf. n. 48). Sintiendo la común responsabilidad por la creación (cf. n. 51), la Iglesia no sólo está comprometida en la promoción de la defensa de la tierra, del agua y del aire, dados por el Creador a todos; sobre todo se empeña por proteger al hombre de la destrucción de sí mismo. De hecho, “cuando se respeta la ‘ecología humana’ en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia” (ib.). ¿No es verdad que la utilización desconsiderada de la creación comienza donde Dios es marginado o incluso se niega su existencia? Si falla la relación de la criatura humana con el Creador, la materia queda reducida a posesión egoísta, el hombre se convierte en la “última instancia”, y el objetivo de la existencia se reduce a una carrera afanosa para poseer lo más posible. (Benedicto XVI. Audiencia general, 26 de agosto de 2009)

Es preciso salvaguardar el patrimonio de valores de la sociedad, el cual tiene su origen y está inscrito en la ley moral natural, que fundamenta el respeto de la persona humana y de la creación

La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y se siente en el deber de ejercerla también en el ámbito público, para defender la tierra, el agua y el aire, dones de Dios Creador para todos, y sobre todo para proteger al hombre frente al peligro de la destrucción de sí mismo. En efecto, la degradación de la naturaleza está estrechamente relacionada con la cultura que modela la convivencia humana, por lo que “cuando se respeta la ‘ecología humana’ en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia”. No se puede pedir a los jóvenes que respeten el medio ambiente, si no se les ayuda en la familia y en la sociedad a respetarse a sí mismos: el libro de la naturaleza es único, tanto en lo que concierne al ambiente como a la ética personal, familiar y social. Los deberes respecto al ambiente se derivan de los deberes para con la persona, considerada en sí misma y en su relación con los demás. Por eso, aliento de buen grado la educación de una responsabilidad ecológica que, como he dicho en la Encíclica “Caritas in veritate”, salvaguarde una auténtica “ecología humana” y, por tanto, afirme con renovada convicción la inviolabilidad de la vida humana en cada una de sus fases, y en cualquier condición en que se encuentre, la dignidad de la persona y la insustituible misión de la familia, en la cual se educa en el amor al prójimo y el respeto por la naturaleza. Es preciso salvaguardar el patrimonio humano de la sociedad. Este patrimonio de valores tiene su origen y está inscrito en la ley moral natural, que fundamenta el respeto de la persona humana y de la creación. (Benedicto XVI. Mensaje para la celebración de la XLIII Jornada Mundial de la Paz, n. 12, 1 de enero de 2010)

Para salvar la ecología es preciso, como condición, salvar nuestra capa espiritual de ozono y, en especial, salvar nuestras selvas húmedas espirituales: una verdadera conversión en el sentido de la fe

Hemos reconocido el problema de la destrucción del medio ambiente. Pero el hecho de que para salvar la ecología es preciso, como condición, salvar nuestra capa espiritual de ozono y, en especial, salvar nuestras selvas húmedas espirituales, es algo que parece penetrar sólo muy lentamente en nuestra conciencia. ¿No deberíamos habernos preguntado hace mucho tiempo qué pasa con la polución del pensamiento, con la contaminación de nuestras almas? Muchas de las cosas que admitimos en esta cultura de los medios y del comercio corresponden en el fondo a una carga tóxica que, casi forzosamente, tiene que llevar a una contaminación espiritual. El hecho de que hay una contaminación del pensamiento que nos conduce ya anticipadamente a perspectivas erróneas no puede ignorarse. Liberarnos nuevamente de ello por medio de una verdadera conversión ―por utilizar esa palabra fundamental de la fe cristiana― es uno de los desafíos cuya evidencia se ha hecho ya visible a nivel general. En nuestro mundo, tan científico y moderno en su orientación, conceptos semejantes no tenían ya significación alguna. Una conversión en el sentido de la fe en una voluntad de Dios que nos indica un camino se consideraba pasada de moda y superada. Creo que, sin embargo, lentamente se va advirtiendo que algo hay de cierto cuando decimos que debemos reflexionar para adoptar una actitud nueva. (Benedicto XVI. Luz del mundo. El Papa, la Iglesia y los signos de los tiempos. Una conversación con Peter Seewald. Editorial Herder, p. 26-27)

Catecismo de la Iglesia Católica

El uso de los recursos naturales del universo no puede ser separado del respeto a las exigencias morales. Algunas partes del Catecismo no citadas en la Laudato Si’

El séptimo mandamiento exige el respeto de la integridad de la creación. Los animales, como las plantas y los seres inanimados, están naturalmente destinados al bien común de la humanidad pasada, presente y futura (cf. Gen 1, 28-31). El uso de los recursos minerales, vegetales y animales del universo no puede ser separado del respeto a las exigencias morales. El dominio concedido por el Creador al hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos no es absoluto; está regulado por el cuidado de la calidad de la vida del prójimo incluyendo la de las generaciones venideras. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2415)

CELAM – Documento de Aparecida

Una ecología humana, de principios cristianos, está abierta a la trascendencia para recapitular todas las cosas en Cristo y con Él alabar al Padre

La mejor forma de respetar la naturaleza es promover una ecología humana abierta a la trascendencia que respetando la persona y la familia, los ambientes y las ciudades, sigue la indicación paulina de recapitular todas las cosas en Cristo y de alabar con Él al Padre (cf. 1 Cor 3, 21-23). (V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. Documento de Aparecida, n. 126, 29 de junio de 2007)

Juan Pablo II

La verdadera conversión favorece una vida nueva, en la que no haya separación entre la fe y las obras, en la respuesta cotidiana a la universal llamada a la santidad

Para hablar de conversión, el Nuevo Testamento utiliza la palabra metanoia, que quiere decir cambio de mentalidad. No se trata sólo de un modo distinto de pensar a nivel intelectual, sino de la revisión del propio modo de actuar a la luz de los criterios evangélicos. A este respecto, san Pablo habla de “la fe que actúa por la caridad” (Gal 5, 6). Por ello, la auténtica conversión debe prepararse y cultivarse con la lectura orante de la Sagrada Escritura y la recepción de los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía. La conversión conduce a la comunión fraterna, porque ayuda a comprender que Cristo es la cabeza de la Iglesia, su Cuerpo místico; mueve a la solidaridad, porque nos hace conscientes de que lo que hacemos a los demás, especialmente a los más necesitados, se lo hacemos a Cristo. La conversión favorece, por tanto, una vida nueva, en la que no haya separación entre la fe y las obras en la respuesta cotidiana a la universal llamada a la santidad. Superar la división entre fe y vida es indispensable para que se pueda hablar seriamente de conversión. En efecto, cuando existe esta división, el cristianismo es sólo nominal. Para ser verdadero discípulo del Señor, el creyente ha de ser testigo de la propia fe, pues “el testigo no da sólo testimonio con las palabras, sino con su vida. Hemos de tener presentes las palabras de Jesús: “No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7, 21). La apertura a la voluntad del Padre supone una disponibilidad total, que no excluye ni siquiera la entrega de la propia vida: “El máximo testimonio es el martirio”. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in America, n. 26, 22 de enero de 1999)

III – Una ecología de carácter espiritual e irenista abre las puertas para una desfiguración de la Religión Católica, que no puede, bajo el pretexto de salvar la humanidad y dialogar con todos, católicos y no católicos, adaptarse a pensamientos que constituyen verdaderas doctrinas contrarias a sus enseñanzas inmutables

(Laudato si’)
Nadie pretende volver a la época de las cavernas, pero sí es indispensable aminorar la marcha para mirar la realidad de otra manera. El regreso a las fuentes de su acervo ético y espiritual es lo que permite a las religiones responder mejor a las necesidades actuales; provocar a las religiones a entrar en un diálogo entre ellas orientado al cuidado de la naturaleza; se vuelve necesario un diálogo abierto y amable entre los diferentes movimientos ecologistas. La educación ambiental debería disponernos a dar ese salto hacia el Misterio, desde donde una ética ecológica adquiere su sentido más hondo

 

Lo que está ocurriendo nos pone ante la urgencia de avanzar en una valiente revolución cultural. La ciencia y la tecnología no son neutrales, sino que pueden implicar desde el comienzo hasta el final de un proceso diversas intenciones o posibilidades, y pueden configurarse de distintas maneras. Nadie pretende volver a la época de las cavernas, pero sí es indispensable aminorar la marcha para mirar la realidad de otra manera, recoger los avances positivos y sostenibles, y a la vez recuperar los valores y los grandes fines arrasados por un desenfreno megalómano (LS 114)

Está pendiente el desarrollo de una nueva síntesis que supere falsas dialécticas de los últimos siglos. El mismo cristianismo, manteniéndose fiel a su identidad y al tesoro de verdad que recibió de Jesucristo, siempre se repiensa y se reexpresa en el diálogo con las nuevas situaciones históricas, dejando brotar así su eterna novedad. (LS 121)

Por otra parte, cualquier solución técnica que pretendan aportar las ciencias será impotente para resolver los graves problemas del mundo si la humanidad pierde su rumbo, si se olvidan las grandes motivaciones que hacen posible la convivencia, el sacrificio, la bondad. En todo caso, habrá que interpelar a los creyentes a ser coherentes con su propia fe y a no contradecirla con sus acciones, habrá que reclamarles que vuelvan a abrirse a la gracia de Dios y a beber en lo más hondo de sus propias convicciones sobre el amor, la justicia y la paz. Si una mala comprensión de nuestros propios principios a veces nos ha llevado a justificar el maltrato a la naturaleza o el dominio despótico del ser humano sobre lo creado o las guerras, la injusticia y la violencia, los creyentes podemos reconocer que de esa manera hemos sido infieles al tesoro de sabiduría que debíamos custodiar. Muchas veces los límites culturales de diversas épocas han condicionado esa conciencia del propio acervo ético y espiritual, pero es precisamente el regreso a sus fuentes lo que permite a las religiones responder mejor a las necesidades actuales. (LS 200)

La mayor parte de los habitantes del planeta se declaran creyentes, y esto debería provocar a las religiones a entrar en un diálogo entre ellas orientado al cuidado de la naturaleza, a la defensa de los pobres, a la construcción de redes de respeto y de fraternidad. Es imperioso también un diálogo entre las ciencias mismas, porque cada una suele encerrarse en los límites de su propio lenguaje, y la especialización tiende a convertirse en aislamiento y en absolutización del propio saber. Esto impide afrontar adecuadamente los problemas del medio ambiente. También se vuelve necesario un diálogo abierto y amable entre los diferentes movimientos ecologistas, donde no faltan las luchas ideológicas. La gravedad de la crisis ecológica nos exige a todos pensar en el bien común y avanzar en un camino de diálogo que requiere paciencia, ascesis y generosidad, recordando siempre que “la realidad es superior a la idea”. (LS 201)

La educación ambiental ha ido ampliando sus objetivos. Si al comienzo estaba muy centrada en la información científica y en la concientización y prevención de riesgos ambientales, ahora tiende a incluir una crítica de los «mitos» de la modernidad basados en la razón instrumental (individualismo, progreso indefinido, competencia, consumismo, mercado sin reglas) y también a recuperar los distintos niveles del equilibrio ecológico: el interno con uno mismo, el solidario con los demás, el natural con todos los seres vivos, el espiritual con Dios. La educación ambiental debería disponernos a dar ese salto hacia el Misterio, desde donde una ética ecológica adquiere su sentido más hondo. (LS 210)

(Laudato si’)
Propongo una [oración] que podamos compartir todos los que creemos en un Dios creador omnipotente

Después de esta prolongada reflexión, gozosa y dramática a la vez, propongo dos oraciones, una que podamos compartir todos los que creemos en un Dios creador omnipotente, y otra para que los cristianos sepamos asumir los compromisos con la creación que nos plantea el Evangelio de Jesús.

Oración por nuestra tierra

Dios omnipotente, que estás presente en todo el universo y en la más pequeña de tus criaturas, Tú, que rodeas con tu ternura todo lo que existe, derrama en nosotros la fuerza de tu amor para que cuidemos la vida y la belleza. Inúndanos de paz, para que vivamos como hermanos y hermanas sin dañar a nadie. Dios de los pobres, ayúdanos a rescatar a los abandonados y olvidados de esta tierra que tanto valen a tus ojos. Sana nuestras vidas, para que seamos protectores del mundo y no depredadores, para que sembremos hermosura y no contaminación y destrucción. Toca los corazones de los que buscan sólo beneficios a costa de los pobres y de la tierra. Enséñanos a descubrir el valor de cada cosa, a contemplar admirados, a reconocer que estamos profundamente unidos con todas las criaturas en nuestro camino hacia tu luz infinita. Gracias porque estás con nosotros todos los días. Aliéntanos, por favor, en nuestra lucha por la justicia, el amor y la paz. (LS 246)

a) Diálogo y aproximación, sin transigir con la verdad y la fe

Catecismo Mayor de San Pío X

Hemos de pedir a Dios las gracias en nombre de Jesucristo porque, siendo Él nuestro mediador, sólo por medio de Él podemos acercarnos al trono de Dios

¿Qué es la oración pública?
Oración pública es la que se hace por los sagrados Ministros, a nombre de la Iglesia y por la salvación del pueblo fiel. Puede llamarse, asimismo oración pública la oración hecha en común y públicamente por los fieles, como en las procesiones, en las romerías o en la Iglesia.
¿En qué se funda la esperanza de recabar de Dios por medio de la oración los auxilios y gracias que necesitamos?
La esperanza de recabar de Dios por medio de la oración las gracias que necesitamos se funda en la promesa de Dios omnipotente, misericordioso y fidelísimo, y en los merecimientos de Jesucristo.
¿En qué nombre hemos de pedir las gracias que necesitamos?
Hemos de pedir a Dios las gracias que necesitamos en nombre de Jesucristo, como el mismo nos lo ha enseñado y como lo practica la Iglesia, terminando todas las oraciones con estas palabras: per Dominum nostrum Iesum Christum, esto es, por Nuestro Señor Jesucristo.
¿Por qué hemos de pedir a Dios las gracias en nombre de Jesucristo?
Hemos de pedir a Dios las gracias en nombre de Jesucristo porque siendo El nuestro medianero, sólo por medio de Él podemos acercarnos al trono de Dios. (Catecismo Mayor de San Pío X, n. 259-262)

Juan Pablo II

La verdadera actividad ecuménica de ningún modo significa renunciar o causar perjuicio a los tesoros de la verdad divina, constantemente confesada y enseñada por la Iglesia

La verdadera actividad ecuménica significa apertura, acercamiento, disponibilidad al diálogo, búsqueda común de la verdad en el pleno sentido evangélico y cristiano; pero de ningún modo significa ni puede significar renunciar o causar perjuicio de alguna manera a los tesoros de la verdad divina, constantemente confesada y enseñada por la Iglesia. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptor Hominis, n. 6, 4 de marzo de 1979)

Pablo VI

La solicitud por acercarse a los hermanos no debe traducirse en una atenuación o en una disminución de la verdad: nuestro diálogo no puede ser una debilidad frente al deber con nuestra fe

El arte del apostolado es arriesgado. La solicitud por acercarse a los hermanos no debe traducirse en una atenuación o en una disminución de la verdad. Nuestro diálogo no puede ser una debilidad frente al deber con nuestra fe. El apostolado no puede transigir con una especie de compromiso ambiguo respecto a los principios de pensamiento y de acción que han de señalar nuestra cristiana profesión. El irenismo y el sincretismo son en el fondo formas de escepticismo respecto a la fuerza y al contenido de la palabra de Dios que queremos predicar. Sólo el que es totalmente fiel a la doctrina de Cristo puede ser eficazmente apóstol. Y sólo el que vive con plenitud la vocación cristiana puede estar inmunizado contra el contagio de los errores con los que se pone en contacto. (Pablo VI. Encíclica Ecclesiam suam, n. 33, 6 de agosto de 1964)

Pío IX

Los hombres que viven en el error y ajenos a la verdadera fe y a la unidad católica no pueden llegar a la eterna salvación

Y aquí, queridos Hijos nuestros y Venerables Hermanos, es menester recordar y reprender nuevamente el gravísimo error en que míseramente se hallan algunos católicos, al opinar que hombres que viven en el error y ajenos a la verdadera fe y a la unidad católica pueden llegar a la eterna salvación [v. 1717]. Lo que ciertamente se opone en sumo grado a la doctrina católica. (Denzinger-Hünermann 2865. Pío IX, Encíclica Quanto conficiamur moerore, 10 de agosto de l863)

Errores condenados por el Syllabus

Todo hombre es libre en abrazar y profesar la religión que, guiado por la luz de la razón, tuviere por verdadera (8 y 26).
Los hombres pueden encontrar en el culto de cualquier religión el camino de la salvación eterna y alcanzar la eterna salvación (1, 3 y 17). […] El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la civilización moderna (24). (Denzinger-Hünermann 2915-2916; 2980. Pío IX, Syllabus o colección de los errores modernos, 8 de diciembre de 1864)

Catecismo de la Iglesia Católica

Jesús confía abiertamente a sus discípulos el misterio de la oración al Padre: “pedir en su Nombre”

Cuando Jesús confía abiertamente a sus discípulos el misterio de la oración al Padre, les desvela lo que deberá ser su oración, y la nuestra, cuando haya vuelto, con su humanidad glorificada, al lado del Padre. Lo que es nuevo ahora es “pedir en su Nombre” (Jn 14, 13). La fe en Él introduce a los discípulos en el conocimiento del Padre porque Jesús es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6). La fe da su fruto en el amor: guardar su Palabra, sus mandamientos, permanecer con Él en el Padre que nos ama en Él hasta permanecer en nosotros. En esta nueva Alianza, la certeza de ser escuchados en nuestras peticiones se funda en la oración de Jesús (cf. Jn 14, 13-14). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2614)

Juan XXIII

Los católicos, en sus relaciones con los no católicos, deben ser siempre consecuentes consigo mismos y no aceptar jamás compromisos que puedan dañar la integridad de la religión o de la moral

Los principios hasta aquí expuestos brotan de la misma naturaleza de las cosas o proceden casi siempre de la esfera de los derechos naturales. Por ello sucede con bastante frecuencia que los católicos, en la aplicación práctica de estos principios, colaboran de múltiples maneras con los cristianos separados de esta Sede Apostólica o con otros hombres que, aun careciendo por completo de la fe cristiana, obedecen, sin embargo, a la razón y poseen un recto sentido de la moral natural. En tales ocasiones procuren los católicos ante todo ser siempre consecuentes consigo mismos y no aceptar jamás compromisos que puedan dañar la integridad de la religión o de la moral. Deben, sin embargo, al mismo tiempo, mostrarse animados de espíritu de comprensión para las opiniones ajenas, plenamente desinteresados y dispuestos a colaborar lealmente en la realización de aquellas obras que sean por naturaleza buenas o al menos puedan conducir al bien […] En efecto, si los católicos, por motivos puramente externos, establecen relaciones con quienes o no creen en Cristo o creen en El de forma equivocada, porque viven en el error, pueden ofrecerles una ocasión o un estímulo para alcanzarla verdad. En segundo lugar, es también completamente necesario distinguir entre las teorías filosóficas falsas sobre la naturaleza, el origen, el fin del mundo y del hombre y las corrientes de carácter económico y social, cultural o político, aunque tales corrientes tengan su origen e impulso en tales teorías filosóficas. Porque una doctrina, cuando ha sido elaborada y definida, ya no cambia. Por el contrario, las corrientes referidas, al desenvolverse en medio de condiciones mudables, se hallan sujetas por fuerza a una continua mudanza. (Juan XXIII. Encíclica Pacem in Terris, n. 157-159, 11 de abril de 1963)


(Laudato si’)
La desaparición de una cultura puede ser tanto o más grave que la desaparición de una especie animal o vegetal. Es indispensable prestar especial atención a las comunidades aborígenes con sus tradiciones culturales: para ellos, la tierra es un espacio sagrado con el cual necesitan interactuar para sostener su identidad y sus valores. Son precisamente ellos quienes mejor los cuidan

Muchas formas altamente concentradas de explotación y degradación del medio ambiente no sólo pueden acabar con los recursos de subsistencia locales, sino también con capacidades sociales que han permitido un modo de vida que durante mucho tiempo ha otorgado identidad cultural y un sentido de la existencia y de la convivencia. La desaparición de una cultura puede ser tanto o más grave que la desaparición de una especie animal o vegetal. La imposición de un estilo hegemónico de vida ligado a un modo de producción puede ser tan dañina como la alteración de los ecosistemas. (LS 145)

En este sentido, es indispensable prestar especial atención a las comunidades aborígenes con sus tradiciones culturales. No son una simple minoría entre otras, sino que deben convertirse en los principales interlocutores, sobre todo a la hora de avanzar en grandes proyectos que afecten a sus espacios. Para ellos, la tierra no es un bien económico, sino don de Dios y de los antepasados que descansan en ella, un espacio sagrado con el cual necesitan interactuar para sostener su identidad y sus valores. Cuando permanecen en sus territorios, son precisamente ellos quienes mejor los cuidan. Sin embargo, en diversas partes del mundo, son objeto de presiones para que abandonen sus tierras a fin de dejarlas libres para proyectos extractivos y agropecuarios que no prestan atención a la degradación de la naturaleza y de la cultura. (LS 146)

b) Sólo habrá respeto auténtico por la naturaleza y por los hombres dentro de una sociedad auténticamente católica

Juan XXIII

La esperanza para nuestra época es colaborar con la difusión de la doctrina de la Iglesia Católica, cuya luz ilumina, enciende, inflama; cuya voz amonestadora sirve para todos los tiempos; cuya virtud ofrece siempre remedios tan eficaces como adecuados para las necesidades de la humanidad y las preocupaciones y ansiedades de la vida presente

Aunque hay que reconocer que nuestro siglo padece gravísimos errores y está agitado por profundos desórdenes, sin embargo, es una época la nuestra en la cual se abren inmensos horizontes de apostolado para los operarios de la Iglesia, despertando gran esperanza en nuestros espíritus. Venerables hermanos y queridos hijos hemos deducido una serie de principios y de normas a cuya intensa meditación y realización, en la medida posible a cada uno, os exhortamos insistentemente. Porque, si todos y cada uno de vosotros prestáis con ánimo decidido esta colaboración, se habrá dado necesariamente un gran paso en el establecimiento del reino de Cristo en la tierra, el cual “es reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz” (Prefacio de la festividad de Cristo Rey); reino del cual partiremos algún día hacia la felicidad eterna, para la que hemos sido creados por Dios y a la cual deseamos ardientemente llegar. Se trata, en efecto, de la doctrina de la Iglesia católica y apostólica, madre y maestra de todos los pueblos, cuya luz ilumina, enciende, inflama; cuya voz amonestadora, por estar llena de eterna sabiduría, sirve para todos los tiempos; cuya virtud ofrece siempre remedios tan eficaces como adecuados para las crecientes necesidades de la humanidad y para las preocupaciones y ansiedades de la vida presente. (Juan XXIII. Encíclica Mater et Magistra, n. 260-262, 15 de mayo de 1961)

Benedicto XVI

No basta la buena voluntad… Sin Dios el hombre no sabe adónde ir ni tampoco logra entender quién es. La fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es dejarse guiar por la verdad de Jesucristo: “Sin mí no podéis hacer nada”

Sin Dios el hombre no sabe adónde ir ni tampoco logra entender quién es. Ante los grandes problemas del desarrollo de los pueblos, que nos impulsan casi al desasosiego y al abatimiento, viene en nuestro auxilio la palabra de Jesucristo, que nos hace saber: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). Y nos anima: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final del mundo” (Mt 28,20). Ante el ingente trabajo que queda por hacer, la fe en la presencia de Dios nos sostiene, junto con los que se unen en su nombre y trabajan por la justicia. Pablo VI nos ha recordado en la “Populorum progressio” que el hombre no es capaz de gobernar por sí mismo su propio progreso, porque él solo no puede fundar un verdadero humanismo. Sólo si pensamos que se nos ha llamado individualmente y como comunidad a formar parte de la familia de Dios como hijos suyos, seremos capaces de forjar un pensamiento nuevo y sacar nuevas energías al servicio de un humanismo íntegro y verdadero. Por tanto, la fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un humanismo cristiano, que vivifique la caridad y que se deje guiar por la verdad, acogiendo una y otra como un don permanente de Dios. La disponibilidad para con Dios provoca la disponibilidad para con los hermanos y una vida entendida como una tarea solidaria y gozosa. Al contrario, la cerrazón ideológica a Dios y el indiferentismo ateo, que olvida al Creador y corre el peligro de olvidar también los valores humanos, se presentan hoy como uno de los mayores obstáculos para el desarrollo. El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano. Solamente un humanismo abierto al Absoluto nos puede guiar en la promoción y realización de formas de vida social y civil —en el ámbito de las estructuras, las instituciones, la cultura y el ethos—, protegiéndonos del riesgo de quedar apresados por las modas del momento. La conciencia del amor indestructible de Dios es la que nos sostiene en el duro y apasionante compromiso por la justicia, por el desarrollo de los pueblos, entre éxitos y fracasos, y en la tarea constante de dar un recto ordenamiento a las realidades humanas. El amor de Dios nos invita a salir de lo que es limitado y no definitivo, nos da valor para trabajar y seguir en busca del bien de todos, aun cuando no se realice inmediatamente, aun cuando lo que consigamos nosotros, las autoridades políticas y los agentes económicos, sea siempre menos de lo que anhelamos. Dios nos da la fuerza para luchar y sufrir por amor al bien común, porque Él es nuestro Todo, nuestra esperanza más grande. (Benedicto XVI. Encíclica Caritas in veritate, n. 78, 29 de junio de 2009)

Sólo hay respeto por la naturaleza si hay respeto por la convivencia humana. Cada vez se ve más claramente un nexo inseparable entre la paz con la creación y la paz entre los hombres: una y otra presuponen la paz con Dios

Respondiendo a este don que el Creador le ha confiado, el hombre, junto con sus semejantes, puede dar vida a un mundo de paz. Así, pues, además de la ecología de la naturaleza hay una ecología que podemos llamar “humana”, y que a su vez requiere una “ecología social”. Esto comporta que la humanidad, si tiene verdadero interés por la paz, debe tener siempre presente la interrelación entre la ecología natural, es decir el respeto por la naturaleza, y la ecología humana. La experiencia demuestra que toda actitud irrespetuosa con el medio ambiente conlleva daños a la convivencia humana, y viceversa. Cada vez se ve más claramente un nexo inseparable entre la paz con la creación y la paz entre los hombres. Una y otra presuponen la paz con Dios. (Benedicto XVI. Mensaje para la celebración de la XL Jornada Mundial de la Paz, n. 8, 1 de enero de 2007)

Sin el fundamento trascendente de la familia fundada en los valores morales ―que se identifican con los valores cristianos―, la sociedad es sólo una agrupación de ciudadanos, y no una comunidad de hermanos y hermanas

La comunidad social, para vivir en paz, está llamada a inspirarse también en los valores sobre los que se rige la comunidad familiar. Esto es válido tanto para las comunidades locales como nacionales; más aún, es válido para la comunidad misma de los pueblos, para la familia humana, que vive en esa casa común que es la tierra. Sin embargo, en esta perspectiva no se ha de olvidar que la familia nace del “sí” responsable y definitivo de un hombre y de una mujer, y vive del “sí” consciente de los hijos que poco a poco van formando parte de ella. Para prosperar, la comunidad familiar necesita el consenso generoso de todos sus miembros. Es preciso que esta toma de conciencia llegue a ser también una convicción compartida por cuantos están llamados a formar la común familia humana. Hay que saber decir el propio “sí” a esta vocación que Dios ha inscrito en nuestra misma naturaleza. No vivimos unos al lado de otros por casualidad; todos estamos recorriendo un mismo camino como hombres y, por tanto, como hermanos y hermanas. Por eso es esencial que cada uno se esfuerce en vivir la propia vida con una actitud responsable ante Dios, reconociendo en Él la fuente de la propia existencia y la de los demás. Sobre la base de este principio supremo se puede percibir el valor incondicionado de todo ser humano y, así, poner las premisas para la construcción de una humanidad pacificada. Sin este fundamento trascendente, la sociedad es sólo una agrupación de ciudadanos, y no una comunidad de hermanos y hermanas, llamados a formar una gran familia. (Benedicto XVI. Mensaje para la celebración de la XLI Jornada Mundial de la Paz, n. 6, 1 de enero de 2008)

Concilio Vaticano II

Sólo es posible la unión de la familia humana si está fundada en Cristo, conformándola por hijos de Dios: misión íntima de la evangelización de la Iglesia

La unión de la familia humana cobra sumo vigor y se completa con la unidad, fundada en Cristo, de la familia constituida por los hijos de Dios. La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente de esta misma misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina. Más aún, donde sea necesario, según las circunstancias de tiempo y de lugar, la misión de la Iglesia puede crear, mejor dicho, debe crear, obras al servicio de todos, particularmente de los necesitados, como son, por ejemplo, las obras de misericordia u otras semejantes. La Iglesia reconoce, además, cuanto de bueno se halla en el actual dinamismo social: sobre todo la evolución hacia la unidad, el proceso de una sana socialización civil y económica. La promoción de la unidad concuerda con la misión íntima de la Iglesia, ya que ella es “en Cristo como sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”. Enseña así al mundo que la genuina unión social exterior procede de la unión de los espíritus y de los corazones, esto es, de la fe y de la caridad, que constituyen el fundamento indisoluble de su unidad en el Espíritu Santo. Las energías que la Iglesia puede comunicar a la actual sociedad humana radican en esa fe y en esa caridad aplicadas a la vida práctica. No radican en el mero dominio exterior ejercido con medios puramente humanos. Como, por otra parte, en virtud de su misión y naturaleza, no está ligada a ninguna forma particular de civilización humana ni a sistema alguno político, económico y social, la Iglesia, por esta su universalidad, puede constituir un vínculo estrechísimo entre las diferentes naciones y comunidades humanas, con tal que éstas tengan confianza en ella y reconozcan efectivamente su verdadera libertad para cumplir tal misión. Por esto, la Iglesia advierte a sus hijos, y también a todos los hombres, a que con este familiar espíritu de hijos de Dios superen todas las desavenencias entre naciones y razas y den firmeza interna a las justas asociaciones humanas. (Concilio Vaticano II. Constitución Pastoral Gaudium et spes, n. 42)


(Laudato si’)
No podemos ignorar que, también fuera de la Iglesia Católica, otras religiones han desarrollado una amplia preocupación y una valiosa reflexión sobre estos temas. Aceptar el mundo como sacramento de comunión, como modo de compartir con Dios y con el prójimo en una escala global. Propongo que nos detengamos ahora a pensar en los distintos aspectos de una “ecología integral”. ¿Para qué vinimos a esta vida? Un mundo interdependiente nos obliga a pensar en “un solo mundo, en un proyecto común”; a crear una “ciudadanía ecológica”

Pero no podemos ignorar que, también fuera de la Iglesia Católica, otras Iglesias y Comunidades cristianas ―como también otras religiones― han desarrollado una amplia preocupación y una valiosa reflexión sobre estos temas que nos preocupan a todos. Para poner sólo un ejemplo destacable, quiero recoger brevemente parte del aporte del querido Patriarca Ecuménico Bartolomé, con el que compartimos la esperanza de la comunión eclesial plena. (LS 7)

Los cristianos, además, estamos llamados a “aceptar el mundo como sacramento de comunión, como modo de compartir con Dios y con el prójimo en una escala global. Es nuestra humilde convicción que lo divino y lo humano se encuentran en el más pequeño detalle contenido en los vestidos sin costuras de la creación de Dios, hasta en el último grano de polvo de nuestro planeta” [nota 18: Patriarca Ecuménico Bartolomé Discurso “Global Responsibility and Ecological Sustainability: Closing Remarks”, I Vértice de Halki, Estambul (20 junio 2012)]. (LS 9)

En este universo, conformado por sistemas abiertos que entran en comunicación unos con otros, podemos descubrir innumerables formas de relación y participación. Esto lleva a pensar también al conjunto como abierto a la trascendencia de Dios, dentro de la cual se desarrolla. La fe nos permite interpretar el sentido y la belleza misteriosa de lo que acontece. (LS 79)

Dado que todo está íntimamente relacionado, y que los problemas actuales requieren una mirada que tenga en cuenta todos los factores de la crisis mundial, propongo que nos detengamos ahora a pensar en los distintos aspectos de una “ecología integral”, que incorpore claramente las dimensiones humanas y sociales. (LS 137)

Cuando nos interrogamos por el mundo que queremos dejar, entendemos sobre todo su orientación general, su sentido, sus valores. Si no está latiendo esta pregunta de fondo, no creo que nuestras preocupaciones ecológicas puedan lograr efectos importantes. Pero si esta pregunta se plantea con valentía, nos lleva inexorablemente a otros cuestionamientos muy directos: ¿Para qué pasamos por este mundo? ¿para qué vinimos a esta vida? ¿para qué trabajamos y luchamos? ¿para qué nos necesita esta tierra? Por eso, ya no basta decir que debemos preocuparnos por las futuras generaciones. Se requiere advertir que lo que está en juego es nuestra propia dignidad. Somos nosotros los primeros interesados en dejar un planeta habitable para la humanidad que nos sucederá. Es un drama para nosotros mismos, porque esto pone en crisis el sentido del propio paso por esta tierra. (LS 160)

Desde mediados del siglo pasado, y superando muchas dificultades, se ha ido afirmando la tendencia a concebir el planeta como patria y la humanidad como pueblo que habita una casa de todos. Un mundo interdependiente no significa únicamente entender que las consecuencias perjudiciales de los estilos de vida, producción y consumo afectan a todos, sino principalmente procurar que las soluciones se propongan desde una perspectiva global y no sólo en defensa de los intereses de algunos países. La interdependencia nos obliga a pensar en “un solo mundo, en un proyecto común”. (LS 164)

Sin embargo, esta educación, llamada a crear una “ciudadanía ecológica”, a veces se limita a informar y no logra desarrollar hábitos. La existencia de leyes y normas no es suficiente a largo plazo para limitar los malos comportamientos, aun cuando exista un control efectivo. Para que la norma jurídica produzca efectos importantes y duraderos, es necesario que la mayor parte de los miembros de la sociedad la haya aceptado a partir de motivaciones adecuadas, y que reaccione desde una transformación personal. (LS 211)

c) La visión cristiana del Dios Uno y Trino es irreconciliable con un disfraz espiritualista de una ecología que, aunque parece abrir espacio al diálogo interreligioso, se entrelaza con el sincretismo religioso y panteísta

Pío XII

Renunciar al título y carácter de la acción cristiana bajo el pretexto de colaborar con una acción “humana” que signifique agnosticismo para con la religión y los verdaderos valores equivaldría a un pedido de abdicación, que el cristiano no puede consentir

La acción cristiana no puede, tanto hoy como otrora, renunciar a su título y carácter, únicamente porque algunos ven en el consorcio humano hodierno una sociedad dicha pluralista, dividida por la oposición de mentalidades inalterables en sus posiciones respectivas, e incapaces de admitir toda colaboración que no se establezca sobre el plan simplemente “humano”. Si este “humano” significa, como parece, agnosticismo para con la Religión y los verdaderos valores de la vida, toda invitación a la colaboración equivaldría a un pedido de abdicación, con el cual el cristiano no puede consentir. Por lo demás, ¿de dónde este “humano” quitaría la fuerza de obligar, de fundamentar la libertad de conciencia para todos, sino del vigor del orden y de la armonía divina? Este humano acabaría por criar un “ghetto” de nuevo género, pero privado de un carácter universal. (Pío XII. Mensaje de Navidad a los fieles y al pueblo del mundo entero, 22 de diciembre de 1957)

Concilio Vaticano I

Dios es el creador de todo, señor del cielo y de la tierra

[Sobre Dios uno, vivo y verdadero y su distinción de la universidad de las cosas] La Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana cree y confiesa que hay un solo Dios verdadero y vivo, creador y señor del cielo y de la tierra, omnipotente, eterno, inmenso, incomprensible, infinito en su entendimiento y voluntad y en toda perfección; el cual, siendo una sola sustancia espiritual, singular, absolutamente simple e inmutable, debe ser predicado como distinto del mundo, real y esencialmente, felicísimo en sí y de sí, e inefablemente excelso por encima de todo lo que fuera de Él mismo existe o puede ser concebido [Can. 1-4]. (Denzinger-Hünermann 3001. Concilio Vaticano I. Constitución dogmática Dei Filius, sobre la fe católica. SESION III, de 24 de abril de 1870)

San Buenaventura

Las cosas del mundo sensible llevan a trascenderlas y traspasarlas para llegar a Cristo, el sacramento escondido en Dios

En Jesucristo, maravillas que no teniendo en manera alguna semejantes en las cosas creadas, exceden toda perspicacia del humano entendimiento, esto es lo que le queda todavía: trascender y traspasar, especulando tales cosas, no sólo este mundo sensible sino también a sí misma, tránsito en el que Cristo es el camino y la puerta, la escala y el vehículo como propiciatorio colocado sobre el arca y sacramento escondido en Dios desde tantos siglos. (San Buenaventura. Itinerarium mentis in Deum. C.7, n.1)

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia

Sólo en el diálogo con Dios la criatura humana encuentra la propia verdad, en la que halla inspiración y normas para proyectar el futuro del mundo

La relación del hombre con el mundo es un elemento constitutivo de la identidad humana. Se trata de una relación que nace como fruto de la unión, todavía más profunda, del hombre con Dios. El Señor ha querido a la persona humana como su interlocutor: sólo en el diálogo con Dios la criatura humana encuentra la propia verdad, en la que halla inspiración y normas para proyectar el futuro del mundo, un jardín que Dios le ha dado para que sea cultivado y custodiado (cf. Gen 2,15). Ni siquiera el pecado suprime esta misión, aun cuando haya marcado con el dolor y el sufrimiento la nobleza del trabajo (cf. Gen 3,17-19). (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 452)

Congregación para la Doctrina de la Fe

Son contrarias a la fe cristiana y católica aquellas propuestas de solución de experiencias religiosas no cristianas que contemplen una acción salvífica de un Dios fuera de la única mediación de Cristo

Debe ser, por lo tanto, firmemente creída como verdad de fe católica que la voluntad salvífica universal de Dios Uno y Trino es ofrecida y cumplida una vez para siempre en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios. Teniendo en cuenta este dato de fe, y meditando sobre la presencia de otras experiencias religiosas no cristianas y sobre su significado en el plan salvífico de Dios, la teología está hoy invitada a explorar si es posible, y en qué medida, que también figuras y elementos positivos de otras religiones puedan entrar en el plan divino de la salvación. En esta tarea de reflexión la investigación teológica tiene ante sí un extenso campo de trabajo bajo la guía del Magisterio de la Iglesia. El Concilio Vaticano II, en efecto, afirmó que “la única mediación del Redentor no excluye, sino suscita en sus criaturas una múltiple cooperación que participa de la fuente única”. Se debe profundizar el contenido de esta mediación participada, siempre bajo la norma del principio de la única mediación de Cristo: “Aun cuando no se excluyan mediaciones parciales, de cualquier tipo y orden, éstas sin embargo cobran significado y valor únicamente por la mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como paralelas y complementarias”. No obstante, serían contrarias a la fe cristiana y católica aquellas propuestas de solución que contemplen una acción salvífica de Dios fuera de la única mediación de Cristo. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, n.14, 6 de agosto de 2000)

Catecismo de la Iglesia Católica

La única y verdadera espiritualidad para los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, es la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad: todos son llamados a la santidad, en la unión mística con Cristo

“Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman […] a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los llamó; y a los que llamó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó” (Rom 8, 28-30). “Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (LG 40). Todos son llamados a la santidad: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48): “Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo […] para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos” (LG 40). El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama “mística”, porque participa del misterio de Cristo mediante los sacramentos —“los santos misterios”— y, en Él, del misterio de la Santísima Trinidad. Dios nos llama a todos a esta unión íntima con Él, aunque las gracias especiales o los signos extraordinarios de esta vida mística sean concedidos solamente a algunos para manifestar así el don gratuito hecho a todos. “El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cf. 2 Tm 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas: “El que asciende no termina nunca de subir; y va paso a paso; no se alcanza nunca el final de lo que es siempre susceptible de perfección. El deseo de quien asciende no se detiene nunca en lo que ya le es conocido” (San Gregorio de Nisa, In Canticum homilia 8). Los hijos de la Santa Madre Iglesia esperan justamente la gracia de la perseverancia final y de la recompensa de Dios, su Padre, por las obras buenas realizadas con su gracia en comunión con Jesús (cf. Concilio de Trento: DS 1576). Siguiendo la misma norma de vida, los creyentes comparten la “bienaventurada esperanza” de aquellos a los que la misericordia divina congrega en la “Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, […] que baja del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo” (Ap 21, 2). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2012-2016)

Pío XII

La perfección y el orden del universo no vienen de un proceso inmanente, que deifica la naturaleza, sino es un acontecimiento admirable y vital de la historia del Verbo Divino: la figura de este mundo pasa y su destino final es la gloria del Padre y el triunfo del Verbo

Por lo tanto, es vano esperar la perfección y el orden del mundo de un cierto proceso inmanente, en el cual el hombre sería apenas espectador ajeno, según afirman algunos. Este obscuro inmanentismo es la vuelta a la antigua superstición, que deificaba la naturaleza; y no se puede basar, como se pretende, en la historia, sino falsificando artificialmente la explicación de los hechos. La historia de la humanidad en el mundo es cosa muy distinta de un proceso de fuerzas ciegas; es un acontecimiento admirable y vital de la misma historia del Verbo divino, que tuvo su inicio en Él y se cumplirá por Él, en el día del retorno universal al primer principio, cuando el Verbo encarnado ofrecerá al Padre, como testimonio de su gloria, su propiedad rescatada e iluminada por el Espíritu de Dios. Entonces, muchos hechos, especialmente de la historia, que parecen ahora desarmonías, se revelarán como elemento de auténtica armonía: como, por ejemplo, el continuo sobrevenir de cosas nuevas, mientras que las antiguas desaparecen, porque unas y otras participaron o participan de algún modo de la verdad y bondad divinas. La naturaleza pasajera de una cosa o de un hecho no les quita, cuando lo tienen, la dignidad de expresar el Espíritu divino. El mundo entero, por lo demás, es así, como advierte el Apóstol: “En efecto, la figura de este mundo pasa” (1 Cor 7, 31), pero su destino final a la gloria del Padre y al triunfo del Verbo, que está en el fundamento de todo su proceso, le confiere y le conserva al mundo la dignidad de testimonio e instrumento de la verdad, bondad y armonía eternas. (Pío XII. Mensaje de Navidad a los fieles y al pueblo del mundo entero, 22 de diciembre de 1957)

Juan XXIII

Ni la justicia ni la paz podrán existir en la tierra mientras los hombres no tengan conciencia de la dignidad que poseen como seres creados por Dios y elevados a la filiación divina: el hombre, separado de Dios, se torna inhumano para sí y para sus semejantes

Porque la teoría más falsa de nuestros días es la que afirma que el sentido religioso, que la naturaleza ha infundido en los hombres, ha de ser considerado como pura ficción o mera imaginación, la cual debe, por tanto, arrancarse totalmente de los espíritus por ser contraria en absoluto al carácter de nuestra época y al progreso de la civilización. Lejos de ser así, esa íntima inclinación humana hacia la religión resulta prueba convincente de que el hombre ha sido, en realidad, creado por Dios y tiende irrevocablemente hacia Él, como leemos en San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (Confesiones. I, 1). Por lo cual, por grande que llegue a ser el progreso técnico y económico, ni la justicia ni la paz podrán existir en la tierra mientras los hombres no tengan conciencia de la dignidad que poseen como seres creados por Dios y elevados a la filiación divina; por Dios, decimos, que es la primera y última causa de toda la realidad creada. El hombre, separado de Dios, se torna inhumano para sí y para sus semejantes, porque las relaciones humanas exigen de modo absoluto la relación directa de la conciencia del hombre con Dios, fuente de toda verdad, justicia y amor. (Juan XXIII. Encíclica Mater et Magistra, n. 214-215, 15 de mayo de 1961)

Hay que valorar el progreso de acuerdo con su genuina naturaleza: bienes instrumentales puestos al servicio del hombre, para que éste alcance su fin supremo, que es facilitar su perfeccionamiento personal, en el orden natural y en el sobrenatural

Por este motivo, nuestra preocupación de Pastor universal de todas las almas nos obliga a exhortar insistentemente a nuestros hijos para que en el ejercicio de sus actividades y en el logro de sus fines no permitan que se paralice en ellos el sentido de la responsabilidad u olviden el orden de los bienes supremos. Es bien sabido que la Iglesia ha enseñado siempre, y sigue enseñando, que los progresos científicos y técnicos y el consiguiente bienestar material que de ellos se sigue son bienes reales y deben considerase como prueba evidente del progreso de la civilización humana. Pero la Iglesia enseña igualmente que hay que valorar ese progreso de acuerdo con su genuina naturaleza, esto es, como bienes instrumentales puestos al servicio del hombre, para que éste alcance con mayor facilidad su fin supremo, el cual no es otro que facilitar su perfeccionamiento personal, así en el orden natural como en el sobrenatural. Deseamos, por ello, ardientemente que resuene como perenne advertencia en los oídos de nuestros hijos el aviso del divino Maestro: “¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? ¿O qué podrá dar el hombre a cambio de su alma?” (Mt 16,26). (Juan XXIII. Encíclica Mater et Magistra, n. 245-247, 15 de mayo de 1961)

Consejo Pontificio de la Cultura y Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso

La creciente convicción de que existe cierta verdad de fondo, un núcleo de verdad, en el centro de toda experiencia religiosa ha llevado a la idea de que se pueden y deben captar los elementos característicos de las diversas religiones para llegar a una forma universal de religión

Hoy, juntamente con mons. Fitzgerald, tengo el honor de presentar un documento relativo a este fenómeno, elaborado por don Peter Fleetwood, entonces oficial del Consejo pontificio para la cultura, y por la doctora Teresa Osório Gonçalves del Consejo pontificio para el diálogo interreligioso; por tanto, fruto de una auténtica y larga colaboración interdicasterial, precisamente para ayudar a responder “con dulzura y respeto”, como recomendaba el apóstol san Pedro (cf. 1 P 3, 15), a este desafío religioso y, al mismo tiempo, cultural. […] Las razones de ese cambio son muchas y diversas, pero entran todas en el ámbito del cambio cultural general de formas tradicionales de religión a expresiones más personales e individuales de lo que ahora se llama “espiritualidad”. Al parecer, son tres los motivos que han dado origen a ese cambio. El primero es la sensación de que las religiones tradicionales o institucionales no pueden dar lo que antes se creía que podían dar. Algunas personas, en su visión del mundo, no logran encontrar espacio para creer en un Dios trascendente personal; y a muchos la experiencia los ha llevado a preguntarse si este Dios tiene poder para realizar cambios en el mundo o incluso si existe. Las tristes experiencias que han afectado al mundo entero han vuelto muy escépticas a algunas personas con respecto a la religión. […] Hay otra razón para explicar cierta inquietud y cierto rechazo con respecto a la Iglesia tradicional. No olvidemos que en la antigua Europa las religiones paganas precristianas eran muy fuertes y a menudo se producían lamentables conflictos vinculados al cambio político, pero inevitablemente calificados como opresión cristiana de las antiguas religiones. Uno de los pasos más significativos en lo que se podría llamar el ámbito “espiritual” en el siglo pasado, más o menos, fue una vuelta a las formas precristianas de religión. […] La compleja serie de fenómenos conocidos con el término de religiones “neopaganas” pone de manifiesto la necesidad, que sienten muchos, de inventar modos nuevos para “contraatacar” al cristianismo y volver a una forma más auténtica de religión, vinculada más íntimamente a la naturaleza y a la tierra. Por eso, se debe reconocer que en la religión neopagana no hay sitio para el cristianismo. Guste o no, se produce una lucha para conquistar la mente y el corazón de la gente en la relación entre el cristianismo, las antiguas religiones precristianas y sus “primas” de origen más reciente. El tercer motivo de un desengaño generalizado con respecto a la religión institucional deriva de una creciente obsesión en la cultura occidental por las religiones orientales y los caminos de sabiduría. Cuando ha resultado más fácil viajar fuera del propio continente, muchos europeos aventureros han comenzado a explorar lugares que antes sólo conocían repasando las páginas de textos antiguos. La atracción de lo exótico los ha puesto en contacto más estrecho con las religiones y las prácticas esotéricas de varias culturas orientales, desde el antiguo Egipto hasta la India y Tibet. La creciente convicción de que existe cierta verdad de fondo, un núcleo de verdad en el centro de toda experiencia religiosa, ha llevado a la idea de que se pueden y deben captar los elementos característicos de las diversas religiones para llegar a una forma universal de religión. Una vez más, en ese ámbito hay poco espacio para las religiones institucionales, en particular, el judaísmo y el cristianismo. (Consejo Pontificio de la Cultura y Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso. Intervención del Cardenal Paul Poupard en la presentación del documento “Jesucristo, portador de agua viva. Una reflexión Cristiana sobre la ‘Nueva Era’”, 3 de febrero de 2003)


(Laudato si’)
La Carta de la Tierra nos invitaba a todos a dejar atrás una etapa de autodestrucción y a comenzar de nuevo, pero todavía no hemos desarrollado una conciencia universal que lo haga posible. Por eso me atrevo a proponer nuevamente aquel precioso desafío

La Carta de la Tierra nos invitaba a todos a dejar atrás una etapa de autodestrucción y a comenzar de nuevo, pero todavía no hemos desarrollado una conciencia universal que lo haga posible. Por eso me atrevo a proponer nuevamente aquel precioso desafío: “Como nunca antes en la historia, el destino común nos hace un llamado a buscar un nuevo comienzo […] Que el nuestro sea un tiempo que se recuerde por el despertar de una nueva reverencia ante la vida; por la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad; por el aceleramiento en la lucha por la justicia y la paz y por la alegre celebración de la vida” [nota 148: “Carta de la Tierra”, La Haya (29 junio 2000)]. (LS 207)


Carta de la Tierra: un documento con postulados notoriamente panteístas, fundamentos de una nueva sociedad global, que debe cambiar “valores, instituciones y formas de vida”, es decir, una nueva religión ecológica universal en la cual “las fuerzas de la naturaleza promueven a que la existencia sea una aventura exigente e incierta, pero la Tierra ha brindado las condiciones esenciales para la evolución de la vida”

Para seguir adelante, debemos reconocer que en medio de la magnífica diversidad de culturas y formas de vida, somos una sola familia humana y una sola comunidad terrestre con un destino común. Debemos unirnos para crear una sociedad global sostenible fundada en el respeto hacia la naturaleza, los derechos humanos universales, la justicia económica y una cultura de paz. En torno a este fin, es imperativo que nosotros, los pueblos de la Tierra, declaremos nuestra responsabilidad unos hacia otros, hacia la gran comunidad de la vida y hacia las generaciones futuras. La humanidad es parte de un vasto universo evolutivo. La Tierra, nuestro hogar, está viva con una comunidad singular de vida. Las fuerzas de la naturaleza promueven a que la existencia sea una aventura exigente e incierta, pero la Tierra ha brindado las condiciones esenciales para la evolución de la vida. La capacidad de recuperación de la comunidad de vida y el bienestar de la humanidad dependen de la preservación de una biosfera saludable, con todos sus sistemas ecológicos, una rica variedad de plantas y animales, tierras fértiles, aguas puras y aire limpio. El medio ambiente global, con sus recursos finitos, es una preocupación común para todos los pueblos. La protección de la vitalidad, la diversidad y la belleza de la Tierra es un deber sagrado. […] La elección es nuestra: formar una sociedad global para cuidar la Tierra y cuidarnos unos a otros o arriesgarnos a la destrucción de nosotros mismos y de la diversidad de la vida. Se necesitan cambios fundamentales en nuestros valores, instituciones y formas de vida. […] Para llevar a cabo estas aspiraciones, debemos tomar la decisión de vivir de acuerdo con un sentido de responsabilidad universal, identificándonos con toda la comunidad terrestre, al igual que con nuestras comunidades locales. Somos ciudadanos de diferentes naciones y de un solo mundo al mismo tiempo, en donde los ámbitos local y global, se encuentran estrechamente vinculados. Todos compartimos una responsabilidad hacia el bienestar presente y futuro de la familia humana y del mundo viviente en su amplitud. El espíritu de solidaridad humana y de afinidad con toda la vida se fortalece cuando vivimos con reverencia ante el misterio del ser, con gratitud por el regalo de la vida y con humildad con respecto al lugar que ocupa el ser humano en la naturaleza. (Texto de la Carta de la Tierra. Preámbulo. La Haya, 29 de junio de 2000)


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