76 – Laudato si’(III): la “espiritualidad ecológica”

Por ser un documento magisterial de alto escalafón, una encíclica debe caracterizarse por ideas claras y definidas, a fin de definir el rumbo a respecto del tema tratado para la conducta de la Jerarquía y de los fieles, como también, de forma colateral, la de los hombres de buena voluntad, pues la Iglesia no deja de ser un referente moral incluso para aquellos que no la siguen. Por ello, uno se pregunta cómo es posible que “Laudato si’” asuma una posición que, en ciertos puntos, contradice la enseñanza magisterial de la Iglesia sobre la cuestión ecológica , mientras que en otras resalta esta misma enseñanza… Nos duele decir, pero es propiamente una ensalada, lo que parece apropiado para una encíclica tan verde. Eso lo podemos comprobar en muchos párrafos que dicen no aprobar pensamientos y principios de una ecología fundamentalista y radical, llegando a citar documentos del Magisterio precedente sobre el tema, mientras que en otros el texto deja amplio margen a ambigüedades e irenismos. Por ejemplo, cuando cita Teilhard de Chardin o la “Carta de la Tierra”, documentos de cuño dudoso o francamente panteísta y que no se armonizan con la doctrina de la Iglesia en muchos puntos, o aun absteniéndose de la mediación de Jesucristo en una oración pública y oficial de su Vicario en la tierra. Todo eso abre las puertas de la Iglesia a la concepción de una religión interconfesional, neopagana y universal, pues hace caso omiso de la doctrina católica en su integridad, ocultando de ella aspectos importantes y definidos, para amalgamarse con el mundo. Vale la pena analizar estos puntos y desvelar estos aspectos, pues más que el planeta, la casa común de todos los católicos es la Santa Iglesia, como afirmó tan acertadamente Juan Pablo II: “En las aguas bautismales naciste a una nueva vida, injertándote en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, una, santa, católica y apostólica, arca de salvación y casa común de cuantos invocan a Dios como Padre.” (Mensaje del Santo Padre a los pueblos de América, 12 de octubre 1992)

Francisco

Cita A

 Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoI – Restricciones de la Iglesia a una “ecología integral”, que es una nueva doctrina, pues conlleva una ideología, y en muchos puntos se opone a las enseñanzas de la IglesiaII – Los problemas ecológicos del planeta se deben al abandono, por parte de gran número de hombres, de la práctica de los Mandamientos, principios morales inmutables. La crisis de nuestro mundo es una crisis moral y, por lo tanto, sólo una conversión moral resolvería los problemas ecológicosIII – Una ecología de carácter espiritual e irenista abre las puertas para una desfiguración de la Religión Católica, que no puede, bajo el pretexto de salvar la humanidad y dialogar con todos, católicos y no católicos, adaptarse a pensamientos que constituyen verdaderas doctrinas contrarias a sus enseñanzas inmutablesCarta de la Tierra: un documento con postulados notoriamente panteístas, fundamentos de una nueva sociedad global, que debe cambiar “valores, instituciones y formas de vida”, es decir, una nueva religión ecológica universal en la cual “las fuerzas de la naturaleza promueven a que la existencia sea una aventura exigente e incierta, pero la Tierra ha brindado las condiciones esenciales para la evolución de la vida”
I – Restricciones de la Iglesia a una “ecología integral”, que es una nueva doctrina, pues conlleva una ideología, y en muchos puntos se opone a las enseñanzas de la Iglesia

a) Preocupaciones legítimas de la Iglesia con el medio ambiente
b) Restricciones del Magisterio a una mentalidad ecológica contraria a la enseñanza de la Iglesia
c) El hombre fue puesto en la cumbre de la creación material visible: imagen y semejanza de Dios, en cuerpo y alma inmortal, cuyo fin último no está en este mundo

II – Los problemas ecológicos del planeta se deben al abandono, por parte de gran número de hombres, de la práctica de los Mandamientos, principios morales inmutables. La crisis de nuestro mundo es una crisis moral y, por lo tanto, sólo una conversión moral resolvería los problemas ecológicos

a) El cristiano debe ver el mundo como un escenario donde la vida se desarrolla de acuerdo con los principios morales, con vistas a la eternidad
b) La raíz de la crisis ambiental es moral
c) La solución para la crisis mundial está en la sociedad fundarse en los principios religiosos de la moral cristiana

III – Una ecología de carácter espiritual e irenista abre las puertas para una desfiguración de la Religión Católica, que no puede, bajo el pretexto de salvar la humanidad y dialogar con todos, católicos y no católicos, adaptarse a pensamientos que constituyen verdaderas doctrinas contrarias a sus enseñanzas inmutables

a) Diálogo y aproximación, sin transigir con la verdad y la fe
b) Sólo habrá respeto auténtico por la naturaleza y por los hombres dentro de una sociedad auténticamente católica
c) La visión cristiana del Dios Uno y Trino es irreconciliable con un disfraz espiritualista de una ecología que, aunque parece abrir espacio al diálogo interreligioso, se entrelaza con el sincretismo religioso y panteísta

I – Restricciones de la Iglesia a una “ecología integral”, que es una nueva doctrina, pues conlleva una ideología, y en muchos puntos se opone a las enseñanzas de la Iglesia


 (Laudato si’) – Una contradicción:
El cuidado de la biodiversidad para asegurar otras formas de vida. Ante todo la humanidad necesita cambiar. Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos

En el cuidado de la biodiversidad, los especialistas insisten en la necesidad de poner especial atención a las zonas más ricas en variedad de especies, en especies endémicas, poco frecuentes o con menor grado de protección efectiva. Hay lugares que requieren un cuidado particular por su enorme importancia para el ecosistema mundial, o que constituyen importantes reservas de agua y así aseguran otras formas de vida. (LS 37)

Un antropocentrismo desviado no necesariamente debe dar paso a un “biocentrismo”, porque eso implicaría incorporar un nuevo desajuste que no sólo no resolverá los problemas sino que añadirá otros. No puede exigirse al ser humano un compromiso con respecto al mundo si no se reconocen y valoran al mismo tiempo sus capacidades peculiares de conocimiento, voluntad, libertad y responsabilidad. (LS 118)

Muchas cosas tienen que reorientar su rumbo, pero ante todo la humanidad necesita cambiar. Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos. Esta conciencia básica permitiría el desarrollo de nuevas convicciones, actitudes y formas de vida. Se destaca así un gran desafío cultural, espiritual y educativo que supondrá largos procesos de regeneración. (LS 202)


a) Preocupaciones legítimas de la Iglesia con el medio ambiente


Juan XXIII

El mandamiento dado por Dios para dominar los bienes naturales tiene en vista satisfacer con ellos las necesidades humanas y no destruirlos

Juan Pablo II

La cultura cristiana siempre ha reconocido en las criaturas que rodean al hombre otros tantos dones de Dios: la explotación desenfrenada es fruto de la secularización de la sociedad

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia

La ciencia y la técnica no son de por sí causa de la secularización exasperada que conduce al nihilismo, el problema es la idea evolucionista que rechaza la creación y desliga el hombre de su Creador

Benedicto XVI

Cuidar del medio ambiente con responsabilidad es reconocer la jerarquía de la creación y no considerarla de forma egoísta

(Laudato si’) – Otra contradicción:
Una comunión universal; todos los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal, una sublime comunión que nos mueve a un respeto sagrado, pero esto no significa igualar los seres vivos ni divinizar la tierra

Esto provoca la convicción de que, siendo creados por el mismo Padre, todos los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal, una sublime comunión que nos mueve a un respeto sagrado, cariñoso y humilde. Quiero recordar que “Dios nos ha unido tan estrechamente al mundo que nos rodea, que la desertificación del suelo es como una enfermedad para cada uno, y podemos lamentar la extinción de una especie como si fuera una mutilación”. (LS 89)

Esto no significa igualar a todos los seres vivos y quitarle al ser humano ese valor peculiar que implica al mismo tiempo una tremenda responsabilidad. Tampoco supone una divinización de la tierra que nos privaría del llamado a colaborar con ella y a proteger su fragilidad. Estas concepciones terminarían creando nuevos desequilibrios por escapar de la realidad que nos interpela. A veces se advierte una obsesión por negar toda preeminencia a la persona humana, y se lleva adelante una lucha por otras especies que no desarrollamos para defender la igual dignidad entre los seres humanos. (LS 90)


b) Restricciones del Magisterio a una mentalidad ecológica contraria a la enseñanza de la Iglesia


Pío XII

Una sociedad que elimina la idea de un Criador y sus criaturas deshace la armonía de las relaciones reguladoras del hombre con el mundo y con sus semejantes según los principios religiosos cristianos

Juan XXIII

Riesgo de buscar soluciones fuera del orden moral, por ejemplo, para solucionar problemas de falta de recursos para mantener la vida no se puede violar los preceptos de la procreación de la vida humana

Juan Pablo II

Posiciones ecológicas exasperadas piden la represión de la natalidad o, inspiradas en el ecocentrismo y el biocentrismo, se presentan en favor de una consideración igualitaria de la “dignidad” de todos los seres vivos

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia

No se puede absolutizar la naturaleza y ponerla, en dignidad, por encima de la persona humana, divinizando la naturaleza o la tierra

Benedicto XVI

La idea de un determinismo evolutivo lleva a considerar la naturaleza como un tabú intocable o a abusar de ella. Considerar la naturaleza como más importante que la persona humana conduce a actitudes neopaganas o a un nuevo panteísmo: la salvación del hombre no puede venir únicamente de la naturaleza, entendida en el sentido puramente naturalista
Una ecología dicha integral abre el paso a un nuevo panteísmo con acentos neopaganos. El hombre no puede abusar de la naturaleza, pero no puede abdicar de su papel de administrador y guardián de ella

c) El hombre fue puesto en la cumbre de la creación material visible: imagen y semejanza de Dios, en cuerpo y alma inmortal, cuyo fin último no está en este mundo

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia

El hombre, creado a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo así la tierra y cuanto ella contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero

Juan XXIII

Una concepción ecológica que respeta el orden establecido por Dios en la naturaleza hace con que el hombre vea su intrínseca dignidad, superior a todas las demás criaturas, en virtud de la cual pone a su servicio los recursos naturales, como quien recibe un don de Dios

Benedicto XVI

El auténtico desarrollo debe abarcar el progreso material y espiritual, como supieron hacer los santos, porque el hombre es “uno en cuerpo y alma”, nacido del amor creador de Dios y destinado a vivir eternamente

Sagradas Escrituras

Valen los hombres mucho más que “muchos gorriones” y por eso deben temer no la muerte del cuerpo, sino la del alma

Catecismo de la Iglesia Católica

La jerarquía de las criaturas está expresada por el orden de los “seis días”, que va de lo menos perfecto a lo más perfecto: en la creación Dios puso fundamento y leyes estables, en los cuales el creyente podrá apoyarse con confianza
El hombre y la mujer están llamados a “someter” la tierra como “administradores” de Dios

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia

El hombre, en su vida interior, reconoce tener en “sí mismo la espiritualidad y la inmortalidad de su alma” y no se percibe a sí mismo “como partícula de la naturaleza o como elemento anónimo de la ciudad humana”, lo que sería panteísmo
Dios ha querido que el hombre sea el rey de la creación: el mensaje bíblico y el Magisterio de la Iglesia constituyen los puntos de referencia esenciales para valorar los problemas que se plantean en las relaciones entre el hombre y el medio ambiente

II – Los problemas ecológicos del planeta se deben al abandono, por parte de gran número de hombres, de la práctica de los Mandamientos, principios morales inmutables. La crisis de nuestro mundo es una crisis moral y, por lo tanto, sólo una conversión moral resolvería los problemas ecológicos

(Laudato si’)
Hace falta una “conversión ecológica”

Si “los desiertos exteriores se multiplican en el mundo porque se han extendido los desiertos interiores”, la crisis ecológica es un llamado a una profunda conversión interior. Pero también tenemos que reconocer que algunos cristianos comprometidos y orantes, bajo una excusa de realismo y pragmatismo, suelen burlarse de las preocupaciones por el medio ambiente. Otros son pasivos, no se deciden a cambiar sus hábitos y se vuelven incoherentes. Les hace falta entonces una “conversión ecológica”, que implica dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea. Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana. (LS 217)

a) El cristiano debe ver el mundo como un escenario donde la vida se desarrolla de acuerdo con los principios morales, con vistas a la eternidad

Pío XII

La vida moral no pertenece apenas a la esfera interior, sino que toca también, por sus efectos, a la armonía del mundo: cualquier acción o acontecimiento humano, aunque particularísimo, tiene repercusión en el mundo circunstante

Juan XXIII

Sólo la ley moral basada en la religión posee capacidad para resolver los problemas de la vida individual y social, tanto en el interior de las naciones como en el seno de la sociedad internacional
El desorden que existe en las sociedades humanas, en contraste con el orden del universo, es consecuencia de una crisis moral, del abandono de los preceptos de la ley eterna escrita en lo más íntimo de los corazones
La sociedad tiene que ser una realidad de orden principalmente espiritual ―y no naturalista―, cuyos valores morales deben impregnar el relacionamiento entre los hombres en todos sus elementos
El hombre tiene que ajustar sus actividades personales al orden moral, obedeciendo a los designios providenciales de Dios relativos a la eterna salvación, conjugando plenamente las realidades científicas, técnicas y profesionales con los bienes superiores del espíritu

b) La raíz de la crisis ambiental es moral

 Juan XXIII

La crisis del planeta es consecuencia del abandono de la ley moral, de la falta de coherencia entre la fe y la conducta de los que se dicen cristianos

Juan Pablo II

Una cuestión moral: los problemas ambientales surgieron porque el hombre se alejó de la voluntad del Criador de ser dueño y custodio de la naturaleza, con inteligencia y nobleza
El mal al que nos enfrentamos en la cuestión del desarrollo de los pueblos es un mal moral, fruto de un alejamiento de Dios, único fundamento verdadero de una ética absolutamente vinculante
La raíz del problema ecológico está la pérdida del sentido del Dios Criador: una cuestión moral. Fragmentos de Centessimus annus omitidos en las citaciones de Laudato Si’

Benedicto XVI

El hombre interpreta y modela el ambiente natural mediante la cultura, la cual debe ser orientada a su vez por la libertad responsable, atenta a los dictámenes de la ley moral
El sistema ecológico se apoya no sólo en la buena relación con la naturaleza, sino también en la sana convivencia social, que exige un comportamiento moral. Fragmentos de Caritas in veritate omitidos en las citaciones de Laudato Si’

(Laudato si’)
La ecología humana es inseparable de la noción de bien común, que requiere la paz social, es decir, la estabilidad y seguridad de un cierto orden. El fin de la marcha del universo está en la plenitud de Dios, un argumento más para rechazar todo dominio despótico e irresponsable del ser humano sobre las demás criaturas; todas avanzan, junto con nosotros y a través de nosotros, hacia el término común, que es Dios

La ecología humana es inseparable de la noción de bien común, un principio que cumple un rol central y unificador en la ética social. Es “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección”. (LS 156)

El bien común presupone el respeto a la persona humana en cuanto tal, con derechos básicos e inalienables ordenados a su desarrollo integral. También reclama el bienestar social y el desarrollo de los diversos grupos intermedios, aplicando el principio de la subsidiariedad. Entre ellos destaca especialmente la familia, como la célula básica de la sociedad. Finalmente, el bien común requiere la paz social, es decir, la estabilidad y seguridad de un cierto orden, que no se produce sin una atención particular a la justicia distributiva, cuya violación siempre genera violencia. Toda la sociedad ―y en ella, de manera especial el Estado― tiene la obligación de defender y promover el bien común. (LS 157)

El fin de la marcha del universo está en la plenitud de Dios, que ya ha sido alcanzada por Cristo resucitado, eje de la maduración universal. [nota 53: En esta perspectiva se sitúa la aportación del P. Teilhard de Chardin] Así agregamos un argumento más para rechazar todo dominio despótico e irresponsable del ser humano sobre las demás criaturas. El fin último de las demás criaturas no somos nosotros. Pero todas avanzan, junto con nosotros y a través de nosotros, hacia el término común, que es Dios, en una plenitud trascendente donde Cristo resucitado abraza e ilumina todo. Porque el ser humano, dotado de inteligencia y de amor, y atraído por la plenitud de Cristo, está llamado a reconducir todas las criaturas a su Creador. (LS 83)

c) La solución para la crisis mundial está en la sociedad fundarse en los principios religiosos de la moral cristiana

Juan Pablo II

Más que preservar el “habitat” de los animales, es preciso salvaguardar las condiciones morales de la sociedad humana. Más fragmentos de la Centessimus annus “olvidados” en las citaciones de Laudato Si’
La “ecología integral” presenta una concepción de familia diferente de la católica, que es fundada en el matrimonio, cuna de la formación moral del hombre. Aún más fragmentos de la Centessimus annus “olvidados” en las citaciones de Laudato Si’
La cuestión ecológica encuentra en la Biblia una luminosa y fuerte indicación ética para una solución respetuosa del gran bien de la vida

Benedicto XVI

Si falla la relación de la criatura humana con el Creador, la materia queda reducida a posesión egoísta, el hombre se convierte en la “última instancia”
Es preciso salvaguardar el patrimonio de valores de la sociedad, el cual tiene su origen y está inscrito en la ley moral natural, que fundamenta el respeto de la persona humana y de la creación
Para salvar la ecología es preciso, como condición, salvar nuestra capa espiritual de ozono y, en especial, salvar nuestras selvas húmedas espirituales: una verdadera conversión en el sentido de la fe

Catecismo de la Iglesia Católica

El uso de los recursos naturales del universo no puede ser separado del respeto a las exigencias morales. Algunas partes del Catecismo no citadas en la Laudato Si’

CELAM – Documento de Aparecida

Una ecología humana, de principios cristianos, está abierta a la trascendencia para recapitular todas las cosas en Cristo y con Él alabar al Padre

Juan Pablo II

La verdadera conversión favorece una vida nueva, en la que no haya separación entre la fe y las obras, en la respuesta cotidiana a la universal llamada a la santidad

III – Una ecología de carácter espiritual e irenista abre las puertas para una desfiguración de la Religión Católica, que no puede, bajo el pretexto de salvar la humanidad y dialogar con todos, católicos y no católicos, adaptarse a pensamientos que constituyen verdaderas doctrinas contrarias a sus enseñanzas inmutables

(Laudato si’)
Nadie pretende volver a la época de las cavernas, pero sí es indispensable aminorar la marcha para mirar la realidad de otra manera. El regreso a las fuentes de su acervo ético y espiritual es lo que permite a las religiones responder mejor a las necesidades actuales; provocar a las religiones a entrar en un diálogo entre ellas orientado al cuidado de la naturaleza; se vuelve necesario un diálogo abierto y amable entre los diferentes movimientos ecologistas. La educación ambiental debería disponernos a dar ese salto hacia el Misterio, desde donde una ética ecológica adquiere su sentido más hondo

 

Lo que está ocurriendo nos pone ante la urgencia de avanzar en una valiente revolución cultural. La ciencia y la tecnología no son neutrales, sino que pueden implicar desde el comienzo hasta el final de un proceso diversas intenciones o posibilidades, y pueden configurarse de distintas maneras. Nadie pretende volver a la época de las cavernas, pero sí es indispensable aminorar la marcha para mirar la realidad de otra manera, recoger los avances positivos y sostenibles, y a la vez recuperar los valores y los grandes fines arrasados por un desenfreno megalómano (LS 114)

Está pendiente el desarrollo de una nueva síntesis que supere falsas dialécticas de los últimos siglos. El mismo cristianismo, manteniéndose fiel a su identidad y al tesoro de verdad que recibió de Jesucristo, siempre se repiensa y se reexpresa en el diálogo con las nuevas situaciones históricas, dejando brotar así su eterna novedad. (LS 121)

Por otra parte, cualquier solución técnica que pretendan aportar las ciencias será impotente para resolver los graves problemas del mundo si la humanidad pierde su rumbo, si se olvidan las grandes motivaciones que hacen posible la convivencia, el sacrificio, la bondad. En todo caso, habrá que interpelar a los creyentes a ser coherentes con su propia fe y a no contradecirla con sus acciones, habrá que reclamarles que vuelvan a abrirse a la gracia de Dios y a beber en lo más hondo de sus propias convicciones sobre el amor, la justicia y la paz. Si una mala comprensión de nuestros propios principios a veces nos ha llevado a justificar el maltrato a la naturaleza o el dominio despótico del ser humano sobre lo creado o las guerras, la injusticia y la violencia, los creyentes podemos reconocer que de esa manera hemos sido infieles al tesoro de sabiduría que debíamos custodiar. Muchas veces los límites culturales de diversas épocas han condicionado esa conciencia del propio acervo ético y espiritual, pero es precisamente el regreso a sus fuentes lo que permite a las religiones responder mejor a las necesidades actuales. (LS 200)

La mayor parte de los habitantes del planeta se declaran creyentes, y esto debería provocar a las religiones a entrar en un diálogo entre ellas orientado al cuidado de la naturaleza, a la defensa de los pobres, a la construcción de redes de respeto y de fraternidad. Es imperioso también un diálogo entre las ciencias mismas, porque cada una suele encerrarse en los límites de su propio lenguaje, y la especialización tiende a convertirse en aislamiento y en absolutización del propio saber. Esto impide afrontar adecuadamente los problemas del medio ambiente. También se vuelve necesario un diálogo abierto y amable entre los diferentes movimientos ecologistas, donde no faltan las luchas ideológicas. La gravedad de la crisis ecológica nos exige a todos pensar en el bien común y avanzar en un camino de diálogo que requiere paciencia, ascesis y generosidad, recordando siempre que “la realidad es superior a la idea”. (LS 201)

La educación ambiental ha ido ampliando sus objetivos. Si al comienzo estaba muy centrada en la información científica y en la concientización y prevención de riesgos ambientales, ahora tiende a incluir una crítica de los «mitos» de la modernidad basados en la razón instrumental (individualismo, progreso indefinido, competencia, consumismo, mercado sin reglas) y también a recuperar los distintos niveles del equilibrio ecológico: el interno con uno mismo, el solidario con los demás, el natural con todos los seres vivos, el espiritual con Dios. La educación ambiental debería disponernos a dar ese salto hacia el Misterio, desde donde una ética ecológica adquiere su sentido más hondo. (LS 210)

(Laudato si’)
Propongo una [oración] que podamos compartir todos los que creemos en un Dios creador omnipotente

Después de esta prolongada reflexión, gozosa y dramática a la vez, propongo dos oraciones, una que podamos compartir todos los que creemos en un Dios creador omnipotente, y otra para que los cristianos sepamos asumir los compromisos con la creación que nos plantea el Evangelio de Jesús.

Oración por nuestra tierra

Dios omnipotente, que estás presente en todo el universo y en la más pequeña de tus criaturas, Tú, que rodeas con tu ternura todo lo que existe, derrama en nosotros la fuerza de tu amor para que cuidemos la vida y la belleza. Inúndanos de paz, para que vivamos como hermanos y hermanas sin dañar a nadie. Dios de los pobres, ayúdanos a rescatar a los abandonados y olvidados de esta tierra que tanto valen a tus ojos. Sana nuestras vidas, para que seamos protectores del mundo y no depredadores, para que sembremos hermosura y no contaminación y destrucción. Toca los corazones de los que buscan sólo beneficios a costa de los pobres y de la tierra. Enséñanos a descubrir el valor de cada cosa, a contemplar admirados, a reconocer que estamos profundamente unidos con todas las criaturas en nuestro camino hacia tu luz infinita. Gracias porque estás con nosotros todos los días. Aliéntanos, por favor, en nuestra lucha por la justicia, el amor y la paz. (LS 246)

a) Diálogo y aproximación, sin transigir con la verdad y la fe

Catecismo Mayor de San Pío X

Hemos de pedir a Dios las gracias en nombre de Jesucristo porque, siendo Él nuestro mediador, sólo por medio de Él podemos acercarnos al trono de Dios

Juan Pablo II

La verdadera actividad ecuménica de ningún modo significa renunciar o causar perjuicio a los tesoros de la verdad divina, constantemente confesada y enseñada por la Iglesia

Pablo VI

La solicitud por acercarse a los hermanos no debe traducirse en una atenuación o en una disminución de la verdad: nuestro diálogo no puede ser una debilidad frente al deber con nuestra fe

Pío IX

Los hombres que viven en el error y ajenos a la verdadera fe y a la unidad católica no pueden llegar a la eterna salvación
Errores condenados por el Syllabus

Catecismo de la Iglesia Católica

Jesús confía abiertamente a sus discípulos el misterio de la oración al Padre: “pedir en su Nombre”

Juan XXIII

Los católicos, en sus relaciones con los no católicos, deben ser siempre consecuentes consigo mismos y no aceptar jamás compromisos que puedan dañar la integridad de la religión o de la moral

(Laudato si’)
La desaparición de una cultura puede ser tanto o más grave que la desaparición de una especie animal o vegetal. Es indispensable prestar especial atención a las comunidades aborígenes con sus tradiciones culturales: para ellos, la tierra es un espacio sagrado con el cual necesitan interactuar para sostener su identidad y sus valores. Son precisamente ellos quienes mejor los cuidan

Muchas formas altamente concentradas de explotación y degradación del medio ambiente no sólo pueden acabar con los recursos de subsistencia locales, sino también con capacidades sociales que han permitido un modo de vida que durante mucho tiempo ha otorgado identidad cultural y un sentido de la existencia y de la convivencia. La desaparición de una cultura puede ser tanto o más grave que la desaparición de una especie animal o vegetal. La imposición de un estilo hegemónico de vida ligado a un modo de producción puede ser tan dañina como la alteración de los ecosistemas. (LS 145)

En este sentido, es indispensable prestar especial atención a las comunidades aborígenes con sus tradiciones culturales. No son una simple minoría entre otras, sino que deben convertirse en los principales interlocutores, sobre todo a la hora de avanzar en grandes proyectos que afecten a sus espacios. Para ellos, la tierra no es un bien económico, sino don de Dios y de los antepasados que descansan en ella, un espacio sagrado con el cual necesitan interactuar para sostener su identidad y sus valores. Cuando permanecen en sus territorios, son precisamente ellos quienes mejor los cuidan. Sin embargo, en diversas partes del mundo, son objeto de presiones para que abandonen sus tierras a fin de dejarlas libres para proyectos extractivos y agropecuarios que no prestan atención a la degradación de la naturaleza y de la cultura. (LS 146)

b) Sólo habrá respeto auténtico por la naturaleza y por los hombres dentro de una sociedad auténticamente católica

Juan XXIII

La esperanza para nuestra época es colaborar con la difusión de la doctrina de la Iglesia Católica, cuya luz ilumina, enciende, inflama; cuya voz amonestadora sirve para todos los tiempos; cuya virtud ofrece siempre remedios tan eficaces como adecuados para las necesidades de la humanidad y las preocupaciones y ansiedades de la vida presente

Benedicto XVI

No basta la buena voluntad… Sin Dios el hombre no sabe adónde ir ni tampoco logra entender quién es. La fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es dejarse guiar por la verdad de Jesucristo: “Sin mí no podéis hacer nada”
Sólo hay respeto por la naturaleza si hay respeto por la convivencia humana. Cada vez se ve más claramente un nexo inseparable entre la paz con la creación y la paz entre los hombres: una y otra presuponen la paz con Dios
Sin el fundamento trascendente de la familia fundada en los valores morales ―que se identifican con los valores cristianos―, la sociedad es sólo una agrupación de ciudadanos, y no una comunidad de hermanos y hermanas

Concilio Vaticano II

Sólo es posible la unión de la familia humana si está fundada en Cristo, conformándola por hijos de Dios: misión íntima de la evangelización de la Iglesia

(Laudato si’)
No podemos ignorar que, también fuera de la Iglesia Católica, otras religiones han desarrollado una amplia preocupación y una valiosa reflexión sobre estos temas. Aceptar el mundo como sacramento de comunión, como modo de compartir con Dios y con el prójimo en una escala global. Propongo que nos detengamos ahora a pensar en los distintos aspectos de una “ecología integral”. ¿Para qué vinimos a esta vida? Un mundo interdependiente nos obliga a pensar en “un solo mundo, en un proyecto común”; a crear una “ciudadanía ecológica”

Pero no podemos ignorar que, también fuera de la Iglesia Católica, otras Iglesias y Comunidades cristianas ―como también otras religiones― han desarrollado una amplia preocupación y una valiosa reflexión sobre estos temas que nos preocupan a todos. Para poner sólo un ejemplo destacable, quiero recoger brevemente parte del aporte del querido Patriarca Ecuménico Bartolomé, con el que compartimos la esperanza de la comunión eclesial plena. (LS 7)

Los cristianos, además, estamos llamados a “aceptar el mundo como sacramento de comunión, como modo de compartir con Dios y con el prójimo en una escala global. Es nuestra humilde convicción que lo divino y lo humano se encuentran en el más pequeño detalle contenido en los vestidos sin costuras de la creación de Dios, hasta en el último grano de polvo de nuestro planeta” [nota 18: Patriarca Ecuménico Bartolomé Discurso “Global Responsibility and Ecological Sustainability: Closing Remarks”, I Vértice de Halki, Estambul (20 junio 2012)]. (LS 9)

En este universo, conformado por sistemas abiertos que entran en comunicación unos con otros, podemos descubrir innumerables formas de relación y participación. Esto lleva a pensar también al conjunto como abierto a la trascendencia de Dios, dentro de la cual se desarrolla. La fe nos permite interpretar el sentido y la belleza misteriosa de lo que acontece. (LS 79)

Dado que todo está íntimamente relacionado, y que los problemas actuales requieren una mirada que tenga en cuenta todos los factores de la crisis mundial, propongo que nos detengamos ahora a pensar en los distintos aspectos de una “ecología integral”, que incorpore claramente las dimensiones humanas y sociales. (LS 137)

Cuando nos interrogamos por el mundo que queremos dejar, entendemos sobre todo su orientación general, su sentido, sus valores. Si no está latiendo esta pregunta de fondo, no creo que nuestras preocupaciones ecológicas puedan lograr efectos importantes. Pero si esta pregunta se plantea con valentía, nos lleva inexorablemente a otros cuestionamientos muy directos: ¿Para qué pasamos por este mundo? ¿para qué vinimos a esta vida? ¿para qué trabajamos y luchamos? ¿para qué nos necesita esta tierra? Por eso, ya no basta decir que debemos preocuparnos por las futuras generaciones. Se requiere advertir que lo que está en juego es nuestra propia dignidad. Somos nosotros los primeros interesados en dejar un planeta habitable para la humanidad que nos sucederá. Es un drama para nosotros mismos, porque esto pone en crisis el sentido del propio paso por esta tierra. (LS 160)

Desde mediados del siglo pasado, y superando muchas dificultades, se ha ido afirmando la tendencia a concebir el planeta como patria y la humanidad como pueblo que habita una casa de todos. Un mundo interdependiente no significa únicamente entender que las consecuencias perjudiciales de los estilos de vida, producción y consumo afectan a todos, sino principalmente procurar que las soluciones se propongan desde una perspectiva global y no sólo en defensa de los intereses de algunos países. La interdependencia nos obliga a pensar en “un solo mundo, en un proyecto común”. (LS 164)

Sin embargo, esta educación, llamada a crear una “ciudadanía ecológica”, a veces se limita a informar y no logra desarrollar hábitos. La existencia de leyes y normas no es suficiente a largo plazo para limitar los malos comportamientos, aun cuando exista un control efectivo. Para que la norma jurídica produzca efectos importantes y duraderos, es necesario que la mayor parte de los miembros de la sociedad la haya aceptado a partir de motivaciones adecuadas, y que reaccione desde una transformación personal. (LS 211)

c) La visión cristiana del Dios Uno y Trino es irreconciliable con un disfraz espiritualista de una ecología que, aunque parece abrir espacio al diálogo interreligioso, se entrelaza con el sincretismo religioso y panteísta

Pío XII

Renunciar al título y carácter de la acción cristiana bajo el pretexto de colaborar con una acción “humana” que signifique agnosticismo para con la religión y los verdaderos valores equivaldría a un pedido de abdicación, que el cristiano no puede consentir

Concilio Vaticano I

Dios es el creador de todo, señor del cielo y de la tierra

San Buenaventura

Las cosas del mundo sensible llevan a trascenderlas y traspasarlas para llegar a Cristo, el sacramento escondido en Dios

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia

Sólo en el diálogo con Dios la criatura humana encuentra la propia verdad, en la que halla inspiración y normas para proyectar el futuro del mundo

Congregación para la Doctrina de la Fe

Son contrarias a la fe cristiana y católica aquellas propuestas de solución de experiencias religiosas no cristianas que contemplen una acción salvífica de un Dios fuera de la única mediación de Cristo

Catecismo de la Iglesia Católica

La única y verdadera espiritualidad para los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, es la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad: todos son llamados a la santidad, en la unión mística con Cristo

Pío XII

La perfección y el orden del universo no vienen de un proceso inmanente, que deifica la naturaleza, sino es un acontecimiento admirable y vital de la historia del Verbo Divino: la figura de este mundo pasa y su destino final es la gloria del Padre y el triunfo del Verbo

Juan XXIII

Ni la justicia ni la paz podrán existir en la tierra mientras los hombres no tengan conciencia de la dignidad que poseen como seres creados por Dios y elevados a la filiación divina: el hombre, separado de Dios, se torna inhumano para sí y para sus semejantes
Hay que valorar el progreso de acuerdo con su genuina naturaleza: bienes instrumentales puestos al servicio del hombre, para que éste alcance su fin supremo, que es facilitar su perfeccionamiento personal, en el orden natural y en el sobrenatural

Consejo Pontificio de la Cultura y Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso

La creciente convicción de que existe cierta verdad de fondo, un núcleo de verdad, en el centro de toda experiencia religiosa ha llevado a la idea de que se pueden y deben captar los elementos característicos de las diversas religiones para llegar a una forma universal de religión

(Laudato si’)
La Carta de la Tierra nos invitaba a todos a dejar atrás una etapa de autodestrucción y a comenzar de nuevo, pero todavía no hemos desarrollado una conciencia universal que lo haga posible. Por eso me atrevo a proponer nuevamente aquel precioso desafío

La Carta de la Tierra nos invitaba a todos a dejar atrás una etapa de autodestrucción y a comenzar de nuevo, pero todavía no hemos desarrollado una conciencia universal que lo haga posible. Por eso me atrevo a proponer nuevamente aquel precioso desafío: “Como nunca antes en la historia, el destino común nos hace un llamado a buscar un nuevo comienzo […] Que el nuestro sea un tiempo que se recuerde por el despertar de una nueva reverencia ante la vida; por la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad; por el aceleramiento en la lucha por la justicia y la paz y por la alegre celebración de la vida” [nota 148: “Carta de la Tierra”, La Haya (29 junio 2000)]. (LS 207)


Carta de la Tierra: un documento con postulados notoriamente panteístas, fundamentos de una nueva sociedad global, que debe cambiar “valores, instituciones y formas de vida”, es decir, una nueva religión ecológica universal en la cual “las fuerzas de la naturaleza promueven a que la existencia sea una aventura exigente e incierta, pero la Tierra ha brindado las condiciones esenciales para la evolución de la vida”

Para seguir adelante, debemos reconocer que en medio de la magnífica diversidad de culturas y formas de vida, somos una sola familia humana y una sola comunidad terrestre con un destino común. Debemos unirnos para crear una sociedad global sostenible fundada en el respeto hacia la naturaleza, los derechos humanos universales, la justicia económica y una cultura de paz. En torno a este fin, es imperativo que nosotros, los pueblos de la Tierra, declaremos nuestra responsabilidad unos hacia otros, hacia la gran comunidad de la vida y hacia las generaciones futuras. La humanidad es parte de un vasto universo evolutivo. La Tierra, nuestro hogar, está viva con una comunidad singular de vida. Las fuerzas de la naturaleza promueven a que la existencia sea una aventura exigente e incierta, pero la Tierra ha brindado las condiciones esenciales para la evolución de la vida. La capacidad de recuperación de la comunidad de vida y el bienestar de la humanidad dependen de la preservación de una biosfera saludable, con todos sus sistemas ecológicos, una rica variedad de plantas y animales, tierras fértiles, aguas puras y aire limpio. El medio ambiente global, con sus recursos finitos, es una preocupación común para todos los pueblos. La protección de la vitalidad, la diversidad y la belleza de la Tierra es un deber sagrado. […] La elección es nuestra: formar una sociedad global para cuidar la Tierra y cuidarnos unos a otros o arriesgarnos a la destrucción de nosotros mismos y de la diversidad de la vida. Se necesitan cambios fundamentales en nuestros valores, instituciones y formas de vida. […] Para llevar a cabo estas aspiraciones, debemos tomar la decisión de vivir de acuerdo con un sentido de responsabilidad universal, identificándonos con toda la comunidad terrestre, al igual que con nuestras comunidades locales. Somos ciudadanos de diferentes naciones y de un solo mundo al mismo tiempo, en donde los ámbitos local y global, se encuentran estrechamente vinculados. Todos compartimos una responsabilidad hacia el bienestar presente y futuro de la familia humana y del mundo viviente en su amplitud. El espíritu de solidaridad humana y de afinidad con toda la vida se fortalece cuando vivimos con reverencia ante el misterio del ser, con gratitud por el regalo de la vida y con humildad con respecto al lugar que ocupa el ser humano en la naturaleza. (Texto de la Carta de la Tierra. Preámbulo. La Haya, 29 de junio de 2000)

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