74 – Laudato si’ (I): Consideraciones colaterales: Qué es una encíclica, qué es la doctrina social de la Iglesia y, en fin, cómo debe ser una encíclica social

Pocas imágenes reflejan con tanta autenticidad y poesía la relación entre Dios y los hombres como el pastoreo. “Yo soy el Buen Pastor. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen” (Jo 10, 14.27). Inolvidables palabras del Pastor Eterno que llenan de confianza y seguridad a sus ovejas a lo largo de los siglos. Sí, en todos los siglos, pues el “eco” de la voz del Pastor se hace siempre oír de distintas maneras a los fieles. Una forma privilegiada es, sin duda, el Magisterio de la Iglesia que a través del munus de enseñar prolonga la voz del Divino Maestro por todos los tiempos, conduciendo su rebaño a praderas fértiles y defendiéndolo contra los lobos feroces. Y hasta hoy las “ovejas” saben reconocer quién les habla…

No hace muchos días el Papa Francisco publicó su segunda encíclica. La expectativa que la precedió es clarísimo síntoma del mencionado anhelo por encontrar allí el “eco” de la voz de Jesucristo cuidando su rebaño en los agitados días que vivimos. Venida a luz, “Laudato si’” –que Francisco desea incorporar a la doctrina social de la Iglesia– ha despertado una tan profusa como efímera reacción en los más diversos ámbitos, desde grupos ambientales radicales, hasta dirigentes políticos y sectores religiosos: simpatías, reservas, preocupaciones…

Así pues, delante de la importancia de este documento, el Denzinger-Bergoglio presenta un estudio más minucioso que los habituales, con una estructura conforme su presentación de siempre, pero con algunos elementos nuevos que ayuden al lector a conocer mejor los meandros poco comentados de la Encíclica y a emitir un juicio de valor razonable sobre el mismo, siempre de acuerdo con la doctrina inmutable de la Santa Iglesia.

En esta primera entrega, pareció oportuno hacer unas consideraciones colaterales, pues muchos no tiene claro algunos presupuestos esenciales al leer un documento pontificio, máxime como el que será objeto de nuestro análisis.

Los católicos, ¿cómo debemos considerar esta encíclica? ¿Encontraremos en ella un auténtico eco de la voz del Buen Pastor para aclarar las cuestiones sociales de la actualidad? Dejemos que el mismo Magisterio nos responda.

Francisco

Enseñanzas del Magisterio

Entra en las diversas partes de nuestro estudio

ContenidoI- Una cuestión preliminar: ¿cuál debe ser el grado de adhesión de los fieles a los documentos del Magisterio?II – “Laudato si’” y la doctrina social de la Iglesia: ¿mismas finalidades, objetos y fundamentos?III – En el marco de la doctrina social de la Iglesia, la legítima preocupación ecológica debe ser considerada en función de Dios y de la salvación eterna del hombre

I – Una cuestión preliminar: ¿cuál debe ser el grado de adhesión de los fieles a los documentos del Magisterio?

II – “Laudato si’” y la doctrina social de la Iglesia: ¿mismas finalidades, objetos y fundamentos?

1 – La finalidad de la doctrina social de la Iglesia es la salvación sobrenatural del hombre, preocupación que no se ve en “Laudato si’”

2 – En cuanto documento más autorizado del Magisterio ordinario, las encíclicas suelen tratar de los temas prioritarios para la Iglesia en determinada coyuntura histórica. En las encíclicas sociales el tema prioritario es la persona humana, imagen y semejanza de Dios, y no las algas, los gusanos y reptiles

3 – La doctrina social de la Iglesia forma parte de la teología moral; ofrece principios de reflexión, criterios de juicio y directrices de acción, y no soluciones técnicas

4 – La doctrina social de la Iglesia saca sus principios de la Revelación y de su comprensión por parte de la Iglesia a lo largo de los siglos. A esta fuente no pertenecen patriarcas ortodoxos, musulmanes sufíes y menos aún documentos panteístas como la “Carta de la Tierra”

5 – Para aclarar el actuar moral, la doctrina social se basa en las verdades eternas y no en la contingente autoridad humana como son las discutibles investigaciones científicas sobre el calentamiento global o el efecto invernadero, cuyas causas humanas no han sido comprobadas y son puestas en duda en muchos ámbitos

III – En el marco de la doctrina social de la Iglesia, la legítima preocupación ecológica debe ser considerada en función de Dios y de la salvación eterna del hombre

1 – La cuestión ecológica puede tener implicaciones morales serias, pero no puede desviar al hombre de su verdadero fin que es Dios y la patria eterna. La salvación de un alma vale más que toda la creación.

2 – El cuidado por la creación exige una constante referencia a las verdades soteriológicas y escatológicas de la fe y al mismo Dios; sólo así será efectivo

3 – San Francisco de Asis, ¿un ecologísta en pleno Medioevo? ¿Cómo entender el amor del Poverello por la creación?

I – Una cuestión preliminar: ¿cuál debe ser el grado de adhesión de los fieles a los documentos del Magisterio?

Congregación para la doctrina de la fe

El munus de enseñar fue confiado por Cristo al Magisterio de la Iglesia, que debe predicar las verdades de la fe con vistas a la salvación sobrenatural de todos los hombres

Como sucesores de los Apóstoles, los pastores de la Iglesia “reciben del Señorla misión de enseñar a todas las gentes y de predicar el Evangelio a toda criatura, a fin de que todos los hombres logren la salvación”. Por eso se confía a ellos el oficio de guardar, exponer y difundir la Palabra de Dios, de la que son servidores. (Congregación para la doctrina de la fe. Instrucción Donum veritatis, n. 14, 24 de mayo de 1990)

Para el cumplimiento de esta misión, Cristo promete a su Iglesia la asistencia del Espíritu Santo, pero ésta comporta grados

Para poder cumplir plenamente el oficio que se les ha confiado de enseñar el Evangelio y de interpretar auténticamente la revelación, Jesucristo prometió a los pastores de la Iglesia la asistencia del Espíritu Santo. Él les dio en especial el carisma de la infalibilidad para aquello que se refiere a las materias de fe y costumbres. El ejercicio de este carisma reviste diversas modalidades. […] Se da también la asistencia divina a los sucesores de los Apóstoles, que enseñan en comunión con el sucesor de Pedro, y, en particular, al Romano Pontífice, Pastor de toda la iglesia cuando sin llegar a una definición infalible y sin pronunciarse en “modo definitivo”, en el ejercicio del magisterio ordinario proponen una enseñanza que conduce a una mejor comprensión de la Revelación en materia de fe y costumbres, y ofrecen directivas morales derivadas de esta enseñanza. Hay que tener en cuenta, pues, el carácter propio de cada una de las intervenciones del Magisterio y la medida en que se encuentra implicada su autoridad. (Congregación para la doctrina de la fe. Instrucción Donum veritatis, n. 15; 17, 24 de mayo de 1990)

Pontificio Consejo Justicia y Paz

Lo mismo se aplica a la doctrina social de la Iglesia

En cuanto parte de la enseñanza moral de la Iglesia, la doctrina social reviste la misma dignidad y tiene la misma autoridad de tal enseñanza. Es Magisterio auténtico, que exige la aceptación y adhesión de los fieles. El peso doctrinal de las diversas enseñanzas y el asenso que requieren depende de su naturaleza, de su grado de independencia respecto a elementos contingentes y variables, y de la frecuencia con la cual son invocados. (Pontificio Consejo Justicia y Paz. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 80, 26 de mayo de 2006)

Congregación para la doctrina de la fe

Se debe adhesión al Magisterio infalible, sea cuanto el Romano Pontífice define ex cathedra una verdad, sea por medio del magisterio ordinario y universal cuando, en materia de fe y moral y en continuidad con la tradición de la Iglesia, propone como definitiva una doctrina

Cuando el Magisterio de la Iglesia se pronuncia de modo infalible declarando solemnemente que una doctrina está contenida en la Revelación, la adhesión que se pide es la de la fe teologal. Esta adhesión se extiende a la enseñanza del magisterio ordinario y universal cuando propone para creer una doctrina de fe como de revelación divina. Cuando propone “de modo definitivo” unas verdades referentes a la fe y a las costumbres, que, aun no siendo de revelación divina, sin embargo están estrecha e íntimamente ligadas con la Revelación, deben ser firmemente aceptadas y mantenidas. (Congregación para la doctrina de la fe. Instrucción Donum veritatis, n. 23, 24 de mayo de 1990)

Un ejemplo de magisterio ordinario y universal infalible, y en consecuencia vinculante, en la “Instrucción Donum vitae” de la Congregación para la doctrina de la fe: el Magisterio no ofrece opiniones ni propone líneas de diálogo, sino que, por la autoridad de la Iglesia, define la verdadera doctrina o su aplicación respecto al problema planteado

El estilo de la Donum vitae corresponde al de un documento de auténtico Magisterio: habla continuamente en nombre y con la autoridad de la Iglesia (por ejemplo se usan estas expresiones significativas: la intervención de la Iglesia [introducción, 1], la Iglesia propone [ibidem], la Iglesia ofrece [introducción, 5], la Iglesia prohíbe [parte 1, 5], la Iglesia es contraria [parte 2, 5], la Iglesia recuerda al hombre [conclusión]) y desde el preámbulo dice que “no pretende reproducir toda la enseñanza de la Iglesia sobre la dignidad de la vida humana naciente y de la procreación, sino ofrecer, a la luz de la doctrina precedente del Magisterio, una respuesta específica a los problemas planteados” (Donum vitae, preámbulo). (Congregación para la doctrina de la fe. Sobre la autoridad doctrinal de la Instrucción “Donum vitae”, 21 de diciembre de 1988)

Concilio Vaticano II

Adhesión a los documentos no infalibles del Magisterio: religioso obsequio

Los Obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte, en materia de fe y costumbres, deben aceptar el juicio de su Obispo, dado en nombre de Cristo, y deben adherirse a él con religioso respeto. Este obsequio religioso de la voluntad y del entendimiento de modo particular ha de ser prestado al magisterio auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se preste adhesión al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, que se colige principalmente ya sea por la índole de los documentos, ya sea por la frecuente proposición de la misma doctrina, ya sea por la forma de decirlo. (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen gentium, n. 25, 21 de noviembre de 1964)

Congregación para la doctrina de la fe

¿Entonces nunca se puede cuestionarlos? Las intervenciones en asuntos discutibles – como son las teorías científicas y modelos económicos y sociales – no siempre estuvieron exentas de carencia, y es lícito hacer preguntas sobre su oportunidad, forma y contenido

Con el objeto de servir del mejor modo posible al pueblo de Dios, particularmente al prevenirlo en relación con opiniones peligrosas que pueden llevar al error, el Magisterio puede intervenir sobre asuntos discutibles en los que se encuentran implicados, junto con principios seguros, elementos conjeturales y contingentes. […] La voluntad de asentimiento leal a esta enseñanza del Magisterio en materia de por si no irreformable debe constituir la norma. Sin embargo puede suceder que el teólogo se haga preguntas referentes, según los casos, a la oportunidad, a la forma o incluso al contenido de una intervención. Esto lo impulsará sobre todo a verificar cuidadosamente cuál es la autoridad de estas intervenciones, tal como resulta de la naturaleza de los documentos, de la insistencia al proponer una doctrina y del modo mismo de expresarse. En este ámbito de las intervenciones de orden prudencial, ha podido suceder que algunos documentos magisteriales no estuvieran exentos de carencias. (Congregación para la doctrina de la fe. Instrucción Donum veritatis, n. 24, 24 de mayo de 1990)

II – “Laudato si’” y la doctrina social de la Iglesia: ¿mismas finalidades, objetos y fundamentos?

1 – La finalidad de la doctrina social de la Iglesia es la salvación sobrenatural del hombre, preocupación que no se ve en “Laudato si’”

Juan Pablo II

El principal deber de los Pastores es el de ser maestros de la verdad divina y no políticos, científicos o técnicos

Es un gran consuelo para el Pastor universal constatar que os congregáis aquí, no como un simposio de expertos, no como un parlamento de políticos, no como un congrego de científicos o técnicos, por importantes que puedan ser esas reuniones, sino como un fraterno encuentro de Pastores de la Iglesia. Y como Pastores tenéis la viva conciencia de que vuestro deber principal es el de ser maestros de la verdad. No de una verdad humana y racional, sino de la Verdad que viene de Dios; que trae consigo el principio de la auténtica liberación del hombre: “conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32); esa verdad que es la única en ofrecer una base sólida para una “praxis” adecuada. (Juan Pablo II. Discurso en la inauguración de la III Conferencia general del Episcopado Latinoamericano, 28 de enero de 1979)

Catecismo de la Iglesia Católica

La Iglesia tiene una misión distinta de las autoridades políticas, pues se ocupa de temas temporales a causa de su ordenación a Dios y cuando lo exige el bien de las almas

La Iglesia expresa un juicio moral, en materia económica y social, “cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas” (GS 76). En el orden de la moralidad, la Iglesia ejerce una misión distinta de la que ejercen las autoridades políticas: ella se ocupa de los aspectos temporales del bien común a causa de su ordenación al supremo Bien, nuestro fin último. Se esfuerza por inspirar las actitudes justas en el uso de los bienes terrenos y en las relaciones socioeconómicas. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2420)

Juan XXIII

Su doctrina social tiene por principio el hombre elevado a un orden sobrenatural

La Iglesia católica enseña y proclama una doctrina de la sociedad y de la convivencia humana que posee indudablemente una perenne eficacia. El principio capital, sin duda alguna, de esta doctrina afirma que el hombre es necesariamente fundamento, causa y fin de todas las instituciones sociales; el hombre, repetimos, en cuanto es sociable por naturaleza y ha sido elevado a un orden sobrenatural. De este trascendental principio, que afirma y defiende la sagrada dignidad de la persona, la santa Iglesia, con la colaboración de sacerdotes y seglares competentes, ha deducido, principalmente en el último siglo, una luminosa doctrina social para ordenar las mutuas relaciones humanas. (Juan XXIII. Encíclica Mater et magistra, n. 218-220, 15 de mayo de 1961)

Pontificio Consejo Justicia y Paz

Su fin primordial y único es ayudar al hombre a alcanzar la salvación

Con su doctrina social la Iglesia “se propone ayudar al hombre en el camino de la salvación”: se trata de su fin primordial y único. No existen otras finalidades que intenten arrogarse o invadir competencias ajenas, descuidando las propias, o perseguir objetivos extraños a su misión. (Pontificio Consejo Justicia y Paz. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 69, 26 de mayo de 2006)

2 – En cuanto documento más autorizado del Magisterio ordinario, las encíclicas suelen tratar de los temas prioritarios para la Iglesia en determinada coyuntura histórica. En las encíclicas sociales el tema prioritario es la persona humana, imagen y semejanza de Dios, y no las algas, los gusanos y reptiles

Pontificio Consejo Justicia y Paz

El objeto de la doctrina social es el hombre, confiado por Cristo a la Iglesia

El objeto de la doctrina social es esencialmente el mismo que constituye su razón de ser: el hombre llamado a la salvación y, como tal, confiado por Cristo al cuidado y a la responsabilidad de la Iglesia. (Pontificio Consejo Justicia y Paz. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 81, 26 de mayo de 2006)

Juan Pablo II

La trama y guía de la doctrina social es la persona humana, hecha a imagen y semejanza de Dios

Hay que tener presente desde ahora que lo que constituye la trama y en cierto modo la guía […], en verdad, de toda la doctrina social de la Iglesia, es la correcta concepción de la persona humana y de su valor único, porque “el hombre… en la tierra es la sola criatura que Dios ha querido por sí misma”. En él ha impreso su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26), confiriéndole una dignidad incomparable. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 11, 1 de mayo de 1991)

Catecismo de la Iglesia Católica

Por ser imagen de Dios, un hombre vale más que muchos pajaritos y ovejas

La jerarquía de las criaturas está expresada por el orden de los “seis días”, que va de lo menos perfecto a lo más perfecto. Dios ama todas sus criaturas (cf. Sal 145, 9), cuida de cada una, incluso de los pajarillos. Sin embargo Jesús dice: “Vosotros valéis más que muchos pajarillos” (Lc 12, 6-7), o también: “¡Cuánto más vale un hombre que una oveja!” (Mt 12, 12). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 342)

Benedicto XVI

El hombre tiene una dignidad incomparable, pues por él fue entregado el propio Hijo de Dios

El hombre, creado a imagen de Dios, tiene una dignidad incomparable; es tan digno de amor a los ojos de su Creador, que Dios no dudó en entregarle a su propio Hijo. (Benedicto XVI. Discurso al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, 8 de enero de 2007)

Más que defender la tierra, el agua y el aire, la Iglesia debe defender al hombre contra la destrucción de sí mismo

La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y la debe hacer valer en público. Y, al hacerlo, no sólo debe defender la tierra, el agua y el aire como dones de la creación que pertenecen a todos. Debe proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo. Es necesario que exista una especie de ecología del hombre bien entendida. En efecto, la degradación de la naturaleza está estrechamente unida a la cultura que modela la convivencia humana: cuando se respeta la “ecología humana” en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia. (Benedicto XVI. Encíclica Caritas in veritate, n. 51, 29 de junio de 2009)

Concilio Vaticano II

En nuestros días es la persona humana la que hay que salvar

En nuestros días, el género humano, admirado de sus propios descubrimientos y de su propio poder, se formula con frecuencia preguntas angustiosas sobre la evolución presente del mundo, sobre el puesto y la misión del hombre en el universo, sobre el sentido de sus esfuerzos individuales y colectivos, sobre el destino último de las cosas y de la humanidad. El Concilio, testigo y expositor de la fe de todo el Pueblo de Dios congregado por Cristo, no puede dar prueba mayor de solidaridad, respeto y amor a toda la familia humana que la de dialogar con ella acerca de todos estos problemas, aclarárselos a la luz del Evangelio y poner a disposición del género humano el poder salvador que la Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, ha recibido de su Fundador. Es la persona del hombre la que hay que salvar. Es la sociedad humana la que hay que renovar. (Concilio Vaticano II. Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 3, 7 de diciembre de 1965)

Juan Pablo II

Salvaguardar la vida natural y moral del hombre es más urgente que preservar el medio ambiente y las especies animales amenazadas de extinción

Además de la destrucción irracional del ambiente natural hay que recordar aquí la más grave aún del ambiente humano, al que, sin embargo, se está lejos de prestar la necesaria atención. Mientras nos preocupamos justamente, aunque mucho menos de lo necesario, de preservar los “habitat” naturales de las diversas especies animales amenazadas de extinción, porque nos damos cuenta de que cada una de ellas aporta su propia contribución al equilibrio general de la tierra, nos esforzamos muy poco por salvaguardar las condiciones morales de una auténtica “ecología humana”. No sólo la tierra ha sido dada por Dios al hombre, el cual debe usarla respetando la intención originaria de que es un bien, según la cual le ha sido dada; incluso el hombre es para sí mismo un don de Dios y, por tanto, debe respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 38, 1 de mayo de 1991)

3 – La doctrina social de la Iglesia forma parte de la teología moral; ofrece principios de reflexión, criterios de juicio y directrices de acción, y no soluciones técnicas

Pontificio Consejo Justicia y Paz

La doctrina social es de naturaleza teológico-moral

La doctrina social, por tanto, es de naturaleza teológica, y específicamente teológico-moral, ya que “se trata de una doctrina que debe orientar la conducta de las personas”. “Se sitúa en el cruce de la vida y de la conciencia cristiana con las situaciones del mundo y se manifiesta en los esfuerzos que realizan los individuos, las familias, operadores culturales y sociales, políticos y hombres de Estado, para darles forma y aplicación en la historia”. (Pontificio Consejo Justicia y Paz. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 73, 26 de mayo de 2006)

La doctrina social de la Iglesia no pertenece al ámbito de ideologías ni se pronuncia según parámetros socioeconómicos

La doctrina social de la Iglesia “no pertenece al ámbito de la ideología, sino al de la teología y especialmente de la teología moral”. No se puede definir según parámetros socioeconómicos. No es un sistema ideológico o pragmático, que tiende a definir y componer las relaciones económicas, políticas y sociales, sino una categoría propia: es “la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana”. (Pontificio Consejo Justicia y Paz. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 72, 26 de mayo de 2006)

Juan Pablo II

La doctrina social es un instrumento de evangelización que anuncia la salvación en Cristo y bajo esta perspectiva se ocupa de lo demás

La doctrina social tiene de por sí el valor de un instrumento de evangelización: en cuanto tal, anuncia a Dios y su misterio de salvación en Cristo a todo hombre y, por la misma razón, revela al hombre a sí mismo. Solamente bajo esta perspectiva se ocupa de lo demás: de los derechos humanos de cada uno y, en particular, del “proletariado”, la familia y la educación, los deberes del Estado, el ordenamiento de la sociedad nacional e internacional, la vida económica, la cultura, la guerra y la paz, así como del respeto a la vida desde el momento de la concepción hasta la muerte. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 54, 1 de mayo de 1991)

Pontificio Consejo Justicia y Paz

La misión de la Iglesia no es de orden político, económico o social

La Iglesia no se hace cargo de la vida en sociedad bajo todos sus aspectos, sino con su competencia propia, que es la del anuncio de Cristo Redentor: “La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente de esta misma misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina”. Esto quiere decir que la Iglesia, con su doctrina social, no entra en cuestiones técnicas y no instituye ni propone sistemas o modelos de organización social: ello no corresponde a la misión que Cristo le ha confiado. (Pontificio Consejo Justicia y Paz. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 68, 26 de mayo de 2006)

Pío XI

El ámbito específico del Magisterio son las consecuencias morales de las cuestiones sociales. No busca interponer su autoridad en materias técnicas, que no son de su competencia

Cierto que no se le impuso a la Iglesia la obligación de dirigir a los hombres a la felicidad exclusivamente caduca y temporal, sino a la eterna; más aún, “la Iglesia considera impropio inmiscuirse sin razón en estos asuntos terrenos” (Ubi arcano, 23 de diciembre de 1992). Pero no puede en modo alguno renunciar al cometido, a ella confiado por Dios, de interponer su autoridad, no ciertamente en materias técnicas, para las cuales no cuenta con los medios adecuados ni es su cometido, sino en todas aquellas que se refieren a la moral. (Pío XI. Encíclica Quadragesimo anno, n. 41, 15 de mayo de 1931)

Pablo VI

La tarea de la Iglesia en el campo social es ayudar a descubrir la verdad y el recto camino a seguir

En el campo social, la Iglesia ha querido realizar siempre una doble tarea: iluminar los espíritus para ayudarlos a descubrir la verdad y distinguir el camino que deben seguir en medio de las diversas doctrinas que los solicitan; y consagrarse a la difusión de la virtud del Evangelio, con el deseo real de servir eficazmente a la humanidad. (Pablo VI. Carta apostólica Octogesima adveniens, n. 48, 14 de mayo de 1971)

Pío XII

La Iglesia debe formar las conciencias de los que están llamados a buscar las soluciones prácticas para los problemas sociales conforme a las leyes divinas

Movido por la convicción profunda de que la Iglesia tiene no sólo el derecho, sino el deber de pronunciar su autorizada palabra en las cuestiones sociales, dirigió León XIII al mundo su mensaje. No es que pretendiese él establecer normas de carácter puramente práctico, casi diríamos técnico, de la constitución social; porque sabía bien y era para él evidente […] que la Iglesia no se atribuye tal misión. […] Es, en cambio, a no dudarlo, competencia de la Iglesia, allí donde el orden social se aproxima y llega a tocar el campo moral, juzgar si las bases de un orden social existente están de acuerdo con el orden inmutable que Dios Creador y Redentor ha promulgado por medio del derecho natural y de la revelación; doble manifestación a que se refiere León XIII en su encíclica. […] Porque la Iglesia, guardiana del orden sobrenatural cristiano, a que convergen naturaleza y gracia, tiene que formar las conciencias, aun las de aquellos que están llamados a buscar soluciones para los problemas y deberes impuestos por la vida social. De la forma dada a la sociedad, conforme o no a las leyes divinas, depende y se insinúa también el bien o el mal en las almas, es decir, el que los hombres, llamados todos a ser vivificados por la gracia de Jesucristo, en los trances del curso de la vida terrena respiren el sano y vital aliento de la verdad y de la virtud moral o el bacilo morboso y muchas veces mortal del error y de la depravación. (Pío XII. Radiomensaje en el 50 aniversario de la “Rerum novarum”, n. 4-5, 1 de junio de 1941)

Juan Pablo II

Para eso ofrece principios de reflexión, criterios de juicio y directrices de acción

La doctrina social cristiana ha reivindicado una vez más su carácter de aplicación de la Palabra de Dios a la vida de los hombres y de la sociedad así como a las realidades terrenas, que con ellas se enlazan, ofreciendo “principios de reflexión”, “criterios de juicio” y “directrices de acción”. (Juan Pablo II. Encíclica Sollicitudo Rei Socialis, n. 8, 30 de diciembre de 1987)

4 – La doctrina social de la Iglesia saca sus principios de la Revelación y de su comprensión por parte de la Iglesia a lo largo de los siglos. A esta fuente no pertenecen patriarcas ortodoxos, musulmanes sufíes y menos aún documentos panteístas como la “Carta de la Tierra”

Pontificio Consejo Justicia y Paz

Las raíces de la doctrina social están en la Sagrada Escritura y Tradición

En su continua atención por el hombre en la sociedad, la Iglesia ha acumulado así un rico patrimonio doctrinal. Éste tiene sus raíces en la Sagrada Escritura, especialmente en el Evangelio y en los escritos apostólicos, y ha tomado forma y cuerpo a partir de los Padres de la Iglesia y de los grandes Doctores del Medioevo, constituyendo una doctrina en la cual, aun sin intervenciones explícitas y directas a nivel magisterial, la Iglesia se ha ido reconociendo progresivamente. (Pontificio Consejo Justicia y Paz. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 87, 26 de mayo de 2006)

Benedicto XVI

La doctrina social está construida sobre el fundamento de los Apóstoles

La doctrina social de la Iglesia ilumina con una luz que no cambia los problemas siempre nuevos que van surgiendo. Eso salvaguarda tanto el carácter permanente como histórico de este “patrimonio” doctrinal que, con sus características específicas, forma parte de la Tradición siempre viva de la Iglesia. La doctrina social está construida sobre el fundamento transmitido por los Apóstoles a los Padres de la Iglesia y acogido y profundizado después por los grandes Doctores cristianos. (Benedicto XVI. Encíclica Caritas in veritate, n. 12, 29 de junio de 2009)

La aportación cristiana es iluminada por la divina Revelación y Tradición

La búsqueda de la paz por parte de todos los hombres de buena voluntad se verá facilitada sin duda por el reconocimiento común de la relación inseparable que existe entre Dios, los seres humanos y toda la creación. Los cristianos ofrecen su propia aportación, iluminados por la divina Revelación y siguiendo la Tradición de la Iglesia. Consideran el cosmos y sus maravillas a la luz de la obra creadora del Padre y de la redención de Cristo, que, con su muerte y resurrección, ha reconciliado con Dios “todos los seres: los del cielo y los de la tierra” (Col 1,20). (Benedicto XVI. Mensaje para la celebración de la XLIII Jornada Mundial de la Paz, n. 14, 1 de enero de 2010)

Juan Pablo II

La verdadera visión moral del mundo se basa en convicciones religiosas sacadas de la Revelación

No pocos valores éticos, de importancia fundamental para el desarrollo de una sociedad pacífica, tienen una relación directa con la cuestión ambiental. La interdependencia de los muchos desafíos, que el mundo actual debe afrontar, confirma la necesidad de soluciones coordinadas, basadas en una coherente visión moral del mundo. Para el cristiano tal visión se basa en las convicciones religiosas sacadas de la Revelación. (Juan Pablo II. Mensaje para la XXIII Jornada Mundial de la paz, n. 2, 1 de enero de 1990)

Benedicto XVI

Fuera de la perspectiva de la fe apostólica, la doctrina social se reduce a datos sociológicos

La relectura de la Populorum progressio insta a permanecer fieles a su mensaje de caridad y de verdad, considerándolo en el ámbito del magisterio específico de Pablo VI y, más en general, dentro de la tradición de la doctrina social de la Iglesia. Se han de valorar después los diversos términos en que hoy, a diferencia de entonces, se plantea el problema del desarrollo. El punto de vista correcto, por tanto, es el de la Tradición de la fe apostólica, patrimonio antiguo y nuevo, fuera del cual la Populorum progressio sería un documento sin raíces y las cuestiones sobre el desarrollo se reducirían únicamente a datos sociológicos. (Benedicto XVI. Encíclica Caritas in veritate, n. 10, 29 de junio de 2009)

5 – Para aclarar el actuar moral, la doctrina social se basa en las verdades eternas y no en la contingente autoridad humana como son las discutibles investigaciones científicas sobre el calentamiento global o el efecto invernadero, cuyas causas humanas no han sido comprobadas y son puestas en duda en muchos ámbitos

 Juan Pablo II

No existe solución para la cuestión moral fuera del Evangelio, donde ellas encuentran su debido planteamiento moral

Consciente de su misión como sucesor de Pedro, León XIII se propuso hablar, y esta misma conciencia es la que anima hoy a su sucesor. Al igual que él y otros Pontífices anteriores y posteriores a él, me voy a inspirar en la imagen evangélica del “escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los cielos”, del cual dice el Señor que “es como el amo de casa que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas” (Mt 13, 52). Este tesoro es la gran corriente de la Tradición de la Iglesia, que contiene las “cosas viejas”, recibidas y transmitidas desde siempre, y que permite descubrir las “cosas nuevas”, en medio de las cuales transcurre la vida de la Iglesia y del mundo. […] Como entonces, hay que repetir que no existe verdadera solución para la “cuestión social” fuera del Evangelio y que, por otra parte, las “cosas nuevas” pueden hallar en él su propio espacio de verdad y el debido planteamiento moral. (Juan Pablo II. Centesimus annus, n. 3; 5, 1 de mayo de 1991)

Para conocer al hombre es necesario conocer a Dios

La Iglesia conoce el “sentido del hombre” gracias a la Revelación divina. “Para conocer al hombre, el hombre verdadero, el hombre integral, hay que conocer a Dios”, decía Pablo VI, citando a continuación a santa Catalina de Siena, que en una oración expresaba la misma idea: “En la naturaleza divina, Deidad eterna, conoceré la naturaleza mía”. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 55, 1 de mayo de 1991)

Juan XXIII

La base única de los preceptos morales es Dios y no conceptos humanos divergentes entre sí

Los hombres, y principalmente las supremas autoridades de los Estados, tienen en su actuación concepciones de vida totalmente distintas. Hay, en efecto, quienes osan negar la existencia de una ley moral objetiva, absolutamente necesaria y universal y, por último, igual para todos. Por esto, al no reconocer los hombres una única ley de justicia con valor universal, no pueden llegar en nada a un acuerdo pleno y seguro. Porque, aunque el término justicia y la expresión exigencias de la justicia anden en boca de todos, sin embargo, estas palabras nos tienen en todos la misma significación; más aún, con muchísima frecuencia, la tienen contraria. […] Ahora bien, la base única de los preceptos morales es Dios. Si se niega la idea de Dios, esos preceptos necesariamente se desintegran por completo. El hombre, en efecto, no consta sólo de cuerpo, sino también de alma, dotada de inteligencia y libertad. El alma exige, por tanto, de un modo absoluto, en virtud de su propia naturaleza, una ley moral basada en la religión, la cual posee capacidad muy superior a la de cualquier otra fuerza o utilidad material para resolver los problemas de la vida individual y social, así en el interior de las naciones como en el seno de la sociedad internacional. (Juan XXIII. Encíclica Mater et magistra, n. 205-206; 208, 15 de mayo de 1961)

Pío XII

Es necesario tener cautela con las hipótesis de las ciencias humanas

Resta ahora decir algo sobre determinadas cuestiones que, aun perteneciendo a las ciencias llamadas positivas, se entrelazan, sin embargo, más o menos con las verdades de la fe cristiana. No pocos ruegan con insistencia que la fe católica tenga muy en cuenta tales ciencias; y ello ciertamente es digno de alabanza, siempre que se trate de hechos realmente demostrados; pero es necesario andar con mucha cautela cuando más bien se trate sólo de hipótesis, que, aun apoyadas en la ciencia humana, rozan con la doctrina contenida en la Sagrada Escritura o en la tradición. Si tales hipótesis se oponen directa o indirectamente a la doctrina revelada por Dios, entonces sus postulados no pueden admitirse en modo alguno. (Pío XII. Encíclica Humani generis, n. 28, 12 de agosto de 1950)

Pontificio Consejo Justicia y Paz

Las circunstancias de incertidumbre no comportan aplicaciones prácticas

Las autoridades llamadas a tomar decisiones para hacer frente a los riesgos contra la salud y el medio ambiente, a menudo se encuentran ante situaciones en las que los datos científicos disponibles son contradictorios o cuantitativamente escasos: puede ser oportuno entonces hacer una valoración según el “principio de precaución”, que no comporta la aplicación de una regla, sino una orientación para gestionar situaciones de incertidumbre. […] Las circunstancias de incertidumbre y provisionalidad hacen especialmente importante la transparencia en el proceso de toma de decisiones. (Pontificio Consejo Justicia y Paz. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 469, 26 de mayo de 2006)

III – En el marco de la doctrina social de la Iglesia, la legítima preocupación ecológica debe ser considerada en función de Dios y de la salvación eterna del hombre

1 – La cuestión ecológica puede tener implicaciones morales serias, pero no puede desviar al hombre de su verdadero fin que es Dios y la patria eterna. La salvación de un alma vale más que toda la creación

Pontificio Consejo Justicia y Paz

El fin del hombre trasciende el universo creado, pues es Dios mismo

La persona humana, en sí misma y en su vocación, trasciende el horizonte del universo creado, de la sociedad y de la historia: su fin último es Dios mismo, que se ha revelado a los hombres para invitarlos y admitirlos a la comunión con Él. (Pontificio Consejo Justicia y Paz. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 47, 26 de mayo de 2006)

Pablo VI

El hombre está obligado a orientar su vida hacia Dios, el bien supremo

De la misma manera que la creación entera está ordenada a su Creador, la creatura espiritual está obligada a orientar espontáneamente su vida hacia Dios, verdad primera y bien soberano. […] Por su inserción en el Cristo vivo, el hombre tiene el camino abierto hacia un progreso nuevo, hacia un humanismo trascendental, que le da su mayor plenitud; tal es la finalidad suprema del desarrollo personal. […] Este crecimiento personal y comunitario se vería comprometido si se alterase la verdadera escala de valores. (Pablo VI. Encíclica Populorum progressio, n. 16; 18, 26 de marzo de 1967)

Pío XI

Los fines particulares, como lo es el cuidado por la naturaleza, deben estar subordinados al fin supremo

Una y la misma es, efectivamente, la ley moral que nos manda buscar, así como directamente en la totalidad de nuestras acciones nuestro fin supremo y ultimo, así también en cada uno de los órdenes particulares esos fines que entendemos que la naturaleza o, mejor dicho, el autor de la naturaleza, Dios, ha fijado a cada orden de cosas factibles, y someterlos subordinadamente a aquél. (Pío XI. Encíclica Quadragesimo anno, n. 43, 15 de mayo de 1931)

León XIII

El hombre no tiene residencia permanente en esta tierra. El cuidado por la “casa común” sólo es posible en función de la “Casa del Padre”

No podemos, indudablemente, comprender y estimar en su valor las cosas caducas si no es fijando el alma sus ojos en la vida inmortal de ultratumba, quitada la cual se vendría inmediatamente abajo toda especie y verdadera noción de lo honesto; más aún, todo este universo de cosas se convertiría en un misterio impenetrable a toda investigación humana. Pues lo que nos enseña de por sí la naturaleza, que sólo habremos de vivir la verdadera vida cuando hayamos salido de este mundo, eso mismo es dogma cristiano y fundamento de la razón y de todo el ser de la religión. Pues que Dios no creó al hombre para estas cosas frágiles y perecederas, sino para las celestiales y eternas, dándonos la tierra como lugar de exilio y no de residencia permanente. (León XIII. Encíclica Rerum novarum, n. 16, 15 de mayo de 1891)

La vida mortal es camino de perfeccionamiento del alma, la que lleva impresa la imagen y semejanza de Dios

La vida mortal, aunque buena y deseable, no es, con todo, el fin último para que hemos sido creados, sino tan sólo el camino y el instrumento para perfeccionar la vida del alma con el conocimiento de la verdad y el amor del bien. El alma es la que lleva impresa la imagen y semejanza de Dios, en la que reside aquel poder mediante el cual se mandó al hombre que dominara sobre las criaturas inferiores y sometiera a su beneficio a las tierras todas y los mares. “Llenad la tierra y sometedla, y dominad a los peces del mar y a las aves del cielo y a todos los animales que se mueven sobre la tierra”. (León XIII. Encíclica Rerum novarum, n. 30, 15 de mayo de 1891)

Pío XI

¿Qué son los desastres naturales comparados con la ruina de las almas?

Los ánimos de todos, efectivamente, se dejan impresionar exclusivamente por las perturbaciones, por los desastres y por las ruinas temporales. Y ¿qué es todo eso, si miramos las cosas con los ojos cristianos, como debe ser, comparado con la ruina de las almas? (Pío XI. Encíclica Quadragesimo anno, n. 130, 15 de mayo de 1931)

Santo Tomás de Aquino

La justificación del impío es una obra más excelente que la creación del cielo y la tierra

La grandeza de una obra puede ser determinada desde dos puntos de vista. En primer lugar, por el modo de obrar. Y en este sentido la obra más grande es la de la creación, en la que se hace algo de la nada. En segundo lugar, por la magnitud del resultado obtenido. Y bajo este aspecto, la justificación del impío, que tiene por término el bien eterno de la participación divina, es una obra más excelente que la creación del cielo y la tierra, cuyo término es el bien de la naturaleza mudable. De aquí que San Agustín, tras afirmar que es más hacer un justo de un pecador que crear el cielo y la tierra, añade: Porque el cielo y la tierra pasarán; mas la salud y la justificación de los predestinados permanecerán para siempre. (Santo Tomás de Aquino. Suma teológica. I-II, q. 113, a. 9)

El bien de la gracia de un solo individuo es superior al bien natural de todo el universo

El bien de la gracia de un solo individuo es superior al bien natural de todo el universo. (Santo Tomás de Aquino. Suma teológica. I-II, q. 113, a. 9, ad 2)

San Juan Crisóstomo

El hombre, solo, merece mayor consideración que el resto de la creación visible

¿Cuál es, pues, el ser que va a venir a la existencia rodeado de semejante consideración? Es el hombre, grande y admirable figura viviente, más precioso a los ojos de Dios que la creación entera; es el hombre, para él existen el cielo y la tierra y el mar y la totalidad de la creación, y Dios ha dado tanta importancia a su salvación que no ha perdonado a su Hijo único por él. Porque Dios no ha cesado de hacer todo lo posible para que el hombre subiera hasta él y se sentara a su derecha. (San Juan Crisóstomo. Sermones in Genesim. Sermo 2, 1: PG 54, 587-588)

2 – El cuidado por la creación exige una constante referencia a las verdades soteriológicas y escatológicas de la fe y al mismo Dios; sólo así será efectivo

 Pío XII

La harmonía de la relación entre el hombre y la creación viene de su común origen divino, sublimado por la Encarnación

La relación del hombre con el mundo goza de la clara luz del Espíritu eterno, comunicado por el Criador a la creación. De esta forma, la Encarnación conserva y aumenta la dignidad del hombre y la nobleza del mundo sobre el fundamento de su mismo origen en el Espíritu divino, fuente de unidad, orden y harmonía. Si, al contrario, se quita este fundamento del espíritu y, en consecuencia, la imagen (en el hombre) y el vestigio (en las criaturas irracionales) del eterno Ser divino en las cosas creadas, se pierde también la harmonía en la relación del hombre con el mundo. (Pío XII. Radiomensaje navideño a los fieles y a los pueblos del mundo entero, 22 de diciembre de 1957)

Catecismo de la Iglesia Católica

La creación encuentra su sentido y cumbre en la Redención

La obra de la creación culmina en una obra todavía más grande: la Redención. La primera creación encuentra su sentido y su cumbre en la nueva creación en Cristo, cuyo esplendor sobrepasa el de la primera (cf. Misal Romano, Vigilia Pascual, oración después de la primera lectura). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 349)

Pío XII

Jesucristo vence al pecado, raíz de la desarmonía entre el hombre y la naturaleza

La profunda oscuridad y desarmonía, raíces de todas las demás, que el Verbo encarnado ha venido iluminar y recomponer, consistía en la ruptura producida por el pecado original, que arrastró en sus amargas consecuencias todo el género humano y el mundo, su casa. […] Con todo, nunca se extinguió en el hombre y en el mundo la espera de un retorno a su primitiva condición, al orden divino, expresada, según la expresión del Apóstol, con los gemidos de todas las criaturas (cf. Rom 8, 22), pues a pesar de la esclavitud del pecado, el hombre permanece siempre imagen del Espíritu divino, y el mundo propiedad del Verbo. Cristo ha venido a reanimar lo que la culpa había mortificado, sanar lo que ella había herido, iluminar lo que había ofuscado, tanto en el hombre como en el mundo. (Pío XII. Radiomensaje navideño a los fieles y a los pueblos del mundo entero, 22 de diciembre de 1957)

Juan XXIII

La doctrina de Cristo une el cielo y la tierra, la vida terrena y la eterna

La doctrina de Cristo une, en efecto, la tierra con el cielo, ya que considera al hombre completo, alma y cuerpo, inteligencia y voluntad, y le ordena elevar su mente desde las condiciones transitorias de esta vida terrena hasta las alturas de la vida eterna, donde un día ha de gozar de felicidad y de paz imperecederas. (Juan XXIII. Encíclica Mater et magistra, n. 1-2, 15 de mayo de 1961)

Juan Pablo II

El futuro depende de la concepción del hombre acerca de su destino final, y esta es la contribución específica de la Iglesia

La primera y más importante labor se realiza en el corazón del hombre, y el modo como éste se compromete a construir el propio futuro depende de la concepción que tiene de sí mismo y de su destino. Es a este nivel donde tiene lugar la contribución específica y decisiva de la Iglesia […]. La Iglesia lleva a cabo este servicio predicando la verdad sobre la creación del mundo, que Dios ha puesto en las manos de los hombres para que lo hagan fecundo y más perfecto con su trabajo, y predicando la verdad sobre la Redención, mediante la cual el Hijo de Dios ha salvado a todos los hombres y al mismo tiempo los ha unido entre sí haciéndolos responsables unos de otros. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 51, 1 de mayo de 1991)

Benedicto XVI

Quien no conoce el juicio de Dios, el inferno, el purgatorio y el paraíso no trabaja bien por la tierra

En la encíclica Spe salvi quise hablar precisamente también del juicio final, del juicio en general y, en este contexto, también del purgatorio, del infierno y del paraíso. Creo que a todos nos impresiona siempre la objeción de los marxistas, según los cuales los cristianos sólo han hablado del más allá y han descuidado la tierra. […] Aunque esté bien mostrar que los cristianos se comprometen por la tierra —y todos estamos llamados a trabajar para que esta tierra sea realmente una ciudad para Dios y de Dios— no debemos olvidar la otra dimensión. Si no la tenemos en cuenta, no trabajamos bien por la tierra. Mostrar esto ha sido una de mis finalidades fundamentales al escribir la encíclica. Cuando no se conoce el juicio de Dios, no se conoce la posibilidad del infierno, del fracaso radical y definitivo de la vida; no se conoce la posibilidad y la necesidad de purificación. Entonces el hombre no trabaja bien por la tierra, porque al final pierde los criterios; al no conocer a Dios, ya no se conoce a sí mismo y destruye la tierra. Todas las grandes ideologías han prometido: nosotros cuidaremos de las cosas, ya no descuidaremos la tierra, crearemos un mundo nuevo, justo, correcto, fraterno. En cambio, han destruido el mundo. Lo vemos con el nazismo, lo vemos también con el comunismo, que prometieron construir el mundo como tendría que haber sido y, en cambio, han destruido el mundo. En las visitas “ad limina” de los obispos de los países ex comunistas veo siempre cómo en esas tierras no sólo han quedado destruidos el planeta, la ecología, sino sobre todo, y más gravemente, las almas. Recobrar la conciencia verdaderamente humana, iluminada por la presencia de Dios, es la primera tarea de reconstrucción de la tierra. Esta es la experiencia común de esos países. La reconstrucción de la tierra, respetando el grito de sufrimiento de este planeta, sólo se puede realizar encontrando a Dios en el alma, con los ojos abiertos hacia Dios. (Benedicto XVI. Discurso a los párrocos, sacerdotes y diáconos de la diócesis de Roma, 7 de febrero de 2008)

La relación con el medio ambiente deriva de la relación con Dios

La relación entre personas o comunidades y el medio ambiente deriva, en último término, de su relación con Dios. “Cuando el hombre se aleja del designio de Dios Creador, provoca un desorden que repercute inevitablemente en el resto de la creación”. (Benedicto XVI. Mensaje a los participantes en el VII simposio sobre “Religión, ciencia y medio ambiente”, 1 de septiembre de 2007)

Pontificio Consejo Justicia y Paz

Sin relación con Dios, la naturaleza pierde su significado profundo

La actitud que debe caracterizar al hombre ante la creación es esencialmente la de la gratitud y el reconocimiento: el mundo, en efecto, orienta hacia el misterio de Dios, que lo ha creado y lo sostiene. Si se coloca entre paréntesis la relación con Dios, la naturaleza pierde su significado profundo, se la empobrece. En cambio, si se contempla la naturaleza en su dimensión de criatura, se puede establecer con ella una relación comunicativa, captar su significado evocativo y simbólico y penetrar así en el horizonte del misterio, que abre al hombre el paso hacia Dios, Creador de los cielos y de la tierra. El mundo se presenta a la mirada del hombre como huella de Dios, lugar donde se revela su potencia creadora, providente y redentora. (Pontificio Consejo Justicia y Paz. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 487, 26 de mayo de 2006)

Juan Pablo II

La solución del problema ecológico está en referir toda la creación a Dios

El desequilibrio ecológico […] nace de un uso arbitrario —y en definitiva nocivo— de las criaturas, cuyas leyes y orden natural se violan, ignorando o despreciando la finalidad que es inmanente en la obra de la creación. También este modo de comportamiento se deriva de una falsa interpretación de la autonomía de las cosas terrenas. Cuando el hombre usa estas cosas “sin referirlas al Creador” —por utilizar también las palabras de la Constitución conciliar— se hace a sí mismo daños incalculables. La solución del problema de la amenaza ecológica está en relación íntima con los principios de la “legítima autonomía de las realidades terrenas”, es decir, en definitiva, con la verdad acerca de la creación y acerca del Creador del mundo. (Juan Pablo II. Audiencia general, 2 de abril de 1986, n. 4)

Benedicto XVI

La creación espera hijos de Dios que la miren y traten desde Él

Donde la palabra del Creador se ha entendido de modo correcto, donde ha habido vida con el Creador redentor, allí las personas se han comprometido en la tutela de la creación y no en su destrucción. En este contexto se puede citar el capítulo 8 de la carta a los Romanos, donde se dice que la creación sufre y gime por la sumisión en que se encuentra y que espera la revelación de los hijos de Dios: se sentirá liberada cuando vengan criaturas, hombres que son hijos de Dios y que la tratarán desde Dios. Yo creo que es precisamente esto lo que nosotros podemos constatar como realidad: la creación gime —lo percibimos, casi lo sentimos— y espera personas humanas que la miren desde Dios. […] El derroche de la creación comienza donde no reconocemos ya ninguna instancia por encima de nosotros, sino que sólo nos vemos a nosotros mismos; comienza donde no existe ya ninguna dimensión de la vida más allá de la muerte, donde en esta vida debemos acapararlo todo y poseer la vida de la forma más intensa posible, donde debemos poseer todo lo que es posible poseer. Por tanto, yo creo que sólo se pueden realizar y desarrollar, comprender y vivir, instancias verdaderas y eficaces contra el derroche y la destrucción de la creación donde la creación se considera desde Dios, donde la vida se considera desde Dios y tiene dimensiones mayores, en la responsabilidad ante Dios. (Benedicto XVI. Discurso en el encuentro con el clero de la diócesis de Bolzano-Bressanone, 6 de agosto de 2008)

3 – San Francisco de Asis, ¿un ecologísta en pleno Medioevo? ¿Cómo entender el amor del Poverello por la creación?

Congregación para la doctrina de la fe

El los siglos XII y XIII, la herejía de los cátaros revivió las doctrinas dualistas gnósticas, que consideraban malo todo el universo material, causando muchos males a la Iglesia

Entre los siglos XII y XIII muchas profesiones de fe tuvieron que insistir rápidamente en que Dios es creador de los seres “visibles e invisibles”, que es autor de los dos Testamentos, y especificar que el diablo no era malo por naturaleza, sino como consecuencia de una elección. Las antiguas posiciones dualísticas, encuadradas en vastos movimientos doctrinales y espirituales, constituían entonces, en la Francia meridional y en la Italia septentrional, un daño real para la fe. (Congregación para la doctrina de la fe. Fe cristiana y demonología, 26 de mayo de 1976)

Benedicto XVI

Las órdenes mendicantes fueron llamadas a afrontar tal herejía por su adhesión a la doctrina de la Iglesia. En este contexto, la admiración de San Francisco por la naturaleza puede ser entendida como un testimonio de la bondad de la creación

[San Francisco y San Domingos] tuvieron la capacidad de leer con inteligencia “los signos de los tiempos”, intuyendo los desafíos que debía afrontar la Iglesia de su época. Un primer desafío era la expansión de varios grupos y movimientos de fieles que, a pesar de estar impulsados por un legítimo deseo de auténtica vida cristiana, se situaban a menudo fuera de la comunión eclesial. […] Además, para justificar sus propias opciones, difundieron doctrinas incompatibles con la fe católica. Por ejemplo, el movimiento de los cátaros o albigenses volvió a proponer antiguas herejías, como la devaluación y el desprecio del mundo material –la oposición contra la riqueza se convierte rápidamente en oposición contra la realidad material en cuanto tal–, la negación de la voluntad libre y después el dualismo, la existencia de un segundo principio del mal equiparado a Dios. […] [El] estilo personal y comunitario de las Órdenes Mendicantes, unido a la total adhesión a las enseñanzas de la Iglesia y a su autoridad, fue muy apreciado por los Pontífices de la época, como Inocencio III y Honorio III, que apoyaron plenamente estas nuevas experiencias eclesiales, reconociendo en ellas la voz del Espíritu. Y no faltaron los frutos: los grupos “pauperísticos” que se habían separado de la Iglesia volvieron a la comunión eclesial o lentamente se redujeron hasta desaparecer. (Benedicto XVI. Audiencia general, 13 de enero de 2010)

San Buenaventura

La consideración de las criaturas era para San Francisco ocasión de aumentar el amor a Dios que abrasaba su corazón, sirviéndose de ellas para subir hasta su Amado

¿Quién será capaz de describir la ardiente caridad en que se abrasaba Francisco, el amigo del Esposo? Todo él parecía impregnado –como un carbón encendido– de la llama del amor divino. Con sólo oír la expresión “amor de Dios”, al momento se sentía estremecido, excitado, inflamado, cual si con el plectro del sonido exterior hubiera sido pulsada la cuerda interior de su corazón. […] Mas para que todas las criaturas le impulsaran al amor divino, exultaba de gozo en cada una de las obras de las manos del Señor y por el alegre espectáculo de la creación se elevaba hasta la razón y causa vivificante de todos los seres. En las cosas bellas contemplaba al que es sumamente hermoso, y, mediante las huellas impresas en las criaturas, buscaba por doquier a su Amado, sirviéndose de todos los seres como de una escala para subir hasta Aquel que es todo deseable. Impulsado por el afecto de su extraordinaria devoción, degustaba la bondad originaria de Dios en cada una de las criaturas, como en otros tantos arroyos derivados de la misma bondad; y, como si percibiera un concierto celestial en la armonía de las facultades y movimientos que Dios les ha otorgado, las invitaba dulcemente –cual otro profeta David– a cantar las alabanzas divinas (Sal 148,1-14). (San Buenaventura. Legenda mayor, c. 9, n. 1)


Benedicto XVI

Su mirada a la naturaleza es una contemplación del Creador; entenderlo de otra forma es hacer irreconocible a San Francisco

El mismo san Francisco sufre una especie de mutilación cuando se lo cita como testigo de valores, ciertamente importantes, apreciados por la cultura moderna, pero olvidando que la opción profunda, podríamos decir el corazón de su vida, es la opción por Cristo. […] En san Francisco todo parte de Dios y vuelve a Dios. Sus Alabanzas al Dios altísimo manifiestan un alma en diálogo constante con la Trinidad. […] Su mirada a la naturaleza es, en realidad, una contemplación del Creador en la belleza de las criaturas. Incluso su deseo de paz toma forma de oración, ya que le fue revelado el modo como debía formularlo: “El Señor te dé la paz” (2 Test: FF 121). San Francisco es un hombre para los demás, porque en el fondo es un hombre de Dios. Querer separar, en su mensaje, la dimensión “horizontal” de la “vertical” significa hacer irreconocible a san Francisco. (Benedicto XVI. Discurso durante el encuentro con los sacerdotes y los religiosos en la Catedral de San Rufino, 17 de junio de 2007)

Antes de ser una invitación a respectar la creación, el “Cántico de las criaturas” es una alabanza dirigida a Dios. En el himno franciscano, de clara inspiración bíblica, el bien supremo no es la protección del medio ambiente, sino su Creador

San Francisco era un auténtico enamorado de Jesús. Lo encontraba en la palabra de Dios, en los hermanos, en la naturaleza, pero sobre todo en su presencia eucarística. […] Como en círculos concéntricos, el amor de san Francisco a Jesús no sólo se extiende a la Iglesia sino también a todas las cosas, vistas en Cristo y por Cristo. De aquí nace el Cántico de las criaturas, en el que los ojos descansan en el esplendor de la creación: desde el hermano sol hasta la hermana luna, desde la hermana agua hasta el hermano fuego. Su mirada interior se hizo tan pura y penetrante, que descubrió la belleza del Creador en la hermosura de las criaturas. El Cántico del hermano sol, antes de ser una altísima página de poesía y una invitación implícita a respetar la creación, es una oración, una alabanza dirigida al Señor, al Creador de todo. (Benedicto XVI. Discurso durante el encuentro con los jóvenes ante la Basílica de Santa María de los Ángeles en Asís, 17 de junio de 2007)

San Francisco de Asís

Fragmentos del “Cántico de las criaturas” omitidos en “Laudato si’”: a Dios todas las alabanzas; consideraciones sobre la muerte, el pecado y la salvación eterna

Altísimo, omnipotente, buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición
.
A ti solo, Altísimo, corresponden,
y ningún hombre es digno de hacer de ti mención. […] Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!:
bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad,
porque la muerte segunda no les hará mal.
Load y bendecid a mi Señor,
y dadle gracias y servidle con gran humildad.
(San Francisco de Asís. Cántico de las criaturas, n. 1-2; 12-14)

San Buenaventura

La piedad que lo llevaba a amar todas las criaturas, le inclinaba sobre todo hacia la salvación de las almas redimidas por la sangre de Cristo

La verdadera piedad, que, según el Apóstol, es útil para todo (1 Tim 4,8), de tal modo había llenado el corazón y penetrado las entrañas de Francisco, que parecía haber reducido enteramente a su dominio al varón de Dios. […] Sin duda, la piedad lo inclinaba afectuosamente hacia todas las criaturas, pero de un modo especial hacia las almas, redimidas con la sangre preciosa de Cristo Jesús. En efecto, cuando las veía sumergidas en alguna mancha de pecado, lo deploraba con tan tierna conmiseración, que bien podía decirse que, como una madre, las engendraba diariamente en Cristo. (San Buenaventura. Leyenda mayor, c. 8, n. 1)


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