118 – Padre, ¿puedo rezar con un evangélico, con un ortodoxo, con un luterano? — ¡Debes, debes! Habéis recibido el mismo bautismo – Las diferencias entre los sacramentos católicos y el culto luterano son “las explicaciones, las interpretaciones”. Hacéis lo mismo, tanto en lengua luterana como en lengua católica, pero es lo mismo.

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“Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa, y ni siquiera le saludéis” (2 Jn 10), enseña San Juan en su segunda epístola. Pero Francisco dicta otras normas de conducta para nuestros tiempos. Si no con palabras, al menos con sus famosos gestos e, sobre todo, en la práctica.

Hay que recibir a todos, sea cual sea la doctrina que traigan, aunque sean rebeldes a la fe de la Iglesia.

Hay que saludar a todos, y dispensar especiales atenciones a aquellos que tienen una vida moral escandalosa o luchan por doctrinas contrarias a las de la Iglesia.

Hay que perdonar y acoger a todos, incluso los que no están arrepentidos y no quieren enmendarse de su mal e hacen proselitismo de él… ¡el mismo proselitismo que no quiere que hagan los católicos!

Hay que rezar con todos, sean o no católicos, no para atraerlos a la verdadera fe, sino para hacer ecumenismo de oración.

Hay que inscribir a todas las víctimas del terrorismo en el Martirologio, aunque no sean mártires ni santos ― ni católicos… ― para hacer el ecumenismo de la sangre.

Hay que… Hay que… Hay que… Ecumenismo del sufrimiento, ecumenismo de la vida consagrada, ecumenismo de los sacramentos, ecumenismo espiritual, ecumenismo del trabajo, de la caridad conjunta…

Valdría la pena preguntar a Francisco qué hacer cuando, al practicar el ecumenismo de la lectura de la Biblia, uno se depara con el pasaje que abre estas líneas…

¿Qué diferencia hay entre la Iglesia Católica y las demás sectas y religiones? ¿Es correcto afirmar que los que profesan otra religión reciben la virtud de la fe? ¿Participamos, de verdad, en la misma fe porque recibimos el mismo bautismo? ¿Puede una persona que no forma parte de la verdadera Iglesia recibir la Cena del Señor?

¿Nuestra fe ya no importa, lo que interesa es el ecumenismo?

¿Qué entiende Francisco por los sacramentos? ¿Son los mismos dentro y fuera de la Iglesia?

“El todo es más que la parte”. ¿Para Francisco, la Iglesia Católica vale más junto con las sectas?

“La corriente de la gracia pasa por todas las ‘Iglesias’ cristianas”. ¿Una doctrina condenada en el Denzinger o enseñanza por Bergoglio?

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoI – Entre la Iglesia Católica y las sectas hay discrepancias esencialesII – Los sacramentos pertenecen únicamente a la Iglesia Católica. Fuera de la verdadera Iglesia de Cristo los sacramentos, si existen, son como que “robados” y en estado agonizante, administrados contra la voluntad de DiosIII – Sólo en la Iglesia Católica el bautismo es lícitamente administrado y recibido. Sólo en ella produce frutos para la salvaciónIV – La Eucaristía realiza la unidad de los verdaderos creyentes. Los herejes no la pueden recibirV – El dogma católico no está sujeto a cambios. La verdad es más grande que las explicaciones e interpretacionesVI – Fe católica versus creencia luterana

I – Entre la Iglesia Católica y las sectas hay discrepancias esenciales
II – Los sacramentos pertenecen únicamente a la Iglesia Católica. Fuera de la verdadera Iglesia de Cristo los sacramentos, si existen, son como que “robados” y en estado agonizante, administrados contra la voluntad de Dios
III – Sólo en la Iglesia Católica el bautismo es lícitamente administrado y recibido. Sólo en ella produce frutos para la salvación
IV – La Eucaristía realiza la unidad de los verdaderos creyentes. Los herejes no la pueden recibir
V – El dogma católico no está sujeto a cambios. La verdad es más grande que las explicaciones e interpretaciones
VI – Fe católica versus creencia luterana
VII – Extractos de los escritos del heresiarca Martín Lutero presentados como elemento de comparación con la enseñanza de la Iglesia Católica

I – Entre la Iglesia Católica y las sectas hay discrepancias esenciales

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)

Entre estas iglesias y comunidades y la Iglesia Católica hay discrepancias esenciales

Hay que reconocer, ciertamente que entre estas iglesias y comunidades y la Iglesia Católica hay discrepancias esenciales no sólo de índole histórica, sociológica, psicológica y cultural, sino, ante todo, de interpretación de la verdad revelada. (Concilio Vaticano II. Decreto Unitatis redintegratio, n. 19, 21 de noviembre de 1964)

León XIII

Las sectas protestantes se han introducido con el objetivo de levantar el nivel de discordia y rebelión religiosa

Es ahora bien conocido a todos, por la evidencia de los hechos, que el plan concebido por las sectas heréticas (emanaciones multiformes del Protestantismo) es levantar el nivel de discordia y de rebelión religiosa en la península [de Italia], pero más que todo en esta noble ciudad [de Roma] que Dios mismo (admirable en el modo de ordenar los hechos) estableció como el centro de esta unidad fecunda y sublime. Esta unidad fue el objeto de la oración dirigida por Nuestro Divino Salvador a Su Padre Celestial (Jn 17, 11, 21) y fue guardada celosamente por los Papas, incluso al punto de entregar sus vidas por ella, a pesar de las oposiciones humanas y las vicisitudes de los tiempos.
Luego de haber destruido en sus respectivos países las creencias venerables y antiguas que eran parte del sagrado depósito de la revelación por medio de sistemas opuestos y discordantes; luego de haber desparramado el aliento helado de la duda, de la división y de la incredulidad en las almas de sus espectadores […], esas sectas se han introducido de este modo en el viñedo elegido del Señor, con el objetivo de proseguir con su obra desastrosa. […] Habiendo sido informados de este hecho, ante todo Nosotros tenemos la necesidad de confesar, como lo hemos hecho en muchas ocasiones, cuán exasperante es esta condición impuesta sobre la cabeza de la Iglesia Católica, la cual se ve forzada a observar el desarrollo libre y progresivo de la herejía en ésta ciudad santa en la que debe reflejarse la luz de la verdad y del buen ejemplo sobre el mundo y la cual debería ser la respetada Sede del Vicario de Jesucristo. Como si no fuera suficiente el torrente de doctrinas enfermas y depravaciones que nacen con impunidad todos los días desde las sillas de profesores, desde los teatros o diarios [periódicos] para corromper las mentes y los corazones de las gentes, hay que agregar a todas esas causas de perversión la labor insidiosa de hombres herejes, que luchan entre ellos, pero que están de acuerdo en vituperar al Supremo Magisterio Pontificio, al clero católico y a los dogmas de nuestra santa religión, de los cuales no conocen el significado y mucho menos aprecian su augusta belleza. (León XIII. Carta Apostólica sobre el proselitismo protestante en Roma, 19 de agosto de 1900)

Pío IX

Es engaño decir que el protestantismo es lo mismo que la Iglesia Católica

Pero tampoco ignoráis, Venerables Hermanos, que los principales autores de esta tan abominable intriga, […] han formado ellos el designio de atraer a los pueblos de Italia a sus opiniones y conventículos protestantes en que, engañosamente les dicen una y otra vez para seducirlos que no deben ver en ello más que una forma diferente de la misma Religión cristiana verdadera, en que lo mismo que la Iglesia Católica se puede agradar a Dios. Entre tanto, en modo alguno ignoran que aquel principio básico del protestantismo, a saber, el libre examen e interpretación de la Sagrada Escritura, por el juicio particular de cada uno, en sumo grado aprovecharía su impía causa. (Pío IX. Encíclica Noscitis et nobiscum, n. 4, 8 de diciembre de 1849)

Gregorio XVI

Los protestantes no ahorraron medios para engañar a los fieles

Pero más tarde se requirió aún más atención cuando los luteranos y calvinistas se atrevieron a oponerse a la doctrina inmutable de la fe con una variedad de errores casi increíble. Ellos no ahorraron medio algunos para engañar a los fieles con las perversas explicaciones de los libros sagrados. (Gregorio XVI. Encíclica Inter praecipuas, n. 4, 8 de mayo de 1844)

Pío IX

Condenación de la doctrina que enseña que el protestantismo es apenas una variante de la única Religión verdadera

18- El protestantismo no es más que una forma distinta de la verdadera religión cristiana; y dentro de aquélla se puede agradar a Dios lo mismo que en la Iglesia católica.(Denzinger-Hünermann 2918. Pío IX, Syllabus o recopilación de los errores modernos, 8 de diciembre de 1864)

León XIII

La Iglesia siempre ha mirado como excluido de la comunión católica a los que se separan de la doctrina verdadera ― El único Señor exige una sola fe

Cuidadosa de su deber, la Iglesia nada ha deseado con tanto ardor ni procurado con tanto esfuerzo cómo conservar del modo más perfecto la integridad de la fe. Por esto ha mirado como a rebeldes declarados y ha lanzado de su seno a todos los que no piensan como ella sobre cualquier punto de su doctrina. Tal ha sido constantemente la costumbre de la Iglesia, apoyada por el juicio unánime de los Santos Padres, que siempre han mirado como excluido de la comunión católica y fuera de la Iglesia a cualquiera que se separe en lo más mínimo de la doctrina enseñada por el magisterio auténtico. […] Este medio, instituido por Dios para conservar la unidad de la fe, de que Nos hablamos, está expuesto con insistencia por San Pablo en su epístola a los de Éfeso, al exhortarles, en primer término, a conservar la armonía de los corazones. “Aplicaos a conservar la unidad del espíritu por el vínculo de la paz”; y como los corazones no pueden estar plenamente unidos por la caridad si los espíritus no están conformes en la fe, quiere que no haya entre todos ellos más que una misma fe.Un solo Señor y una sola fe”. (León XIII. Encíclica Satis cognitum, n. 17-18, 26 de junio de 1896)

Pío XI

Prohibición de todo trato con los que no profesan la verdadera doctrina

Nadie, ciertamente, ignora que San Juan, el Apóstol mismo de la caridad, el cual en su Evangelio parece descubrirnos los secretos del Corazón Santísimo de Jesús, y que solía inculcar continuamente a sus discípulos el nuevo precepto “Amaos unos a los otros”, prohibió absolutamente todo trato y comunicación con aquellos que no profesaran, íntegra y pura, la doctrina de Jesucristo: “Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa, y ni siquiera le saludéis’ (2 Jn 10)”. (Pío XI. Encíclica Mortalium animos, n. 9, 6 de enero de 1928)

Pío IX

Necesidad de anatematizar a los que se apartan de la fe de Cristo, traicionando al depósito de la fe

Ya desde el origen de la Iglesia naciente, conviniendo que la fe de los elegidos fuera probada como el oro en el fuego, el Apóstol, vaso de elección, quiso advertir a los fieles, que si alguno se levantare de los que alteran y trastornan el Evangelio de Cristo, diseminando falsas doctrinas y haciendo traición al depósito de la fe, aunque fuera un ángel el que evangelizara otra cosa que lo evangelizado, era preciso anatematizarlo. (Pío IX. Carta apostólica Ad Apostolicae Sedis, 22 de agosto de 1851)

Las confesiones separadas de la Iglesia no constituyen parte de Ella

Examinando cuidadosamente y reflexionando sobre el estado de las diversas sociedades religiosas, divididas entre sí, y separadas de la Iglesia Católica… no se puede dejar de estar convencido de que cualquiera de estas sociedades por sí mismas, ni todas ellas juntas, no pueden de ninguna manera constituir y ser la única Iglesia católica que Cristo nuestro Señor construyó y estableció, y que por su voluntad debe continuar; y que no pueden de ninguna manera decir que son ramas o partes de esa Iglesia, ya que están visiblemente separadas de la unidad católica. (Denzinger-Hünermann 2998. Pío IX, Carta apostólica Iam vos omnes, 13 de septiembre 1864)

León XIII

Evitar trato con los que se esconden bajo la máscara de la tolerancia religiosa

Todos deben evitar la familiaridad o amistad con cualquiera que sea sospechoso de pertenecer a la masonería o a grupos afiliados. Conocedlos por sus frutos y evitadlos. Debe evitarse toda familiaridad, no sólo con aquellos impíos libertinos que promueven abiertamente el carácter de la secta, sino también con aquellos que se esconden bajo la máscara de la tolerancia universal, el respeto a todas las religiones, y el deseo de conciliar las máximas del evangelio con las de la revolución. Estos hombres buscan la reconciliación de Cristo y Belial, la Iglesia de Dios y el estado sin Dios. (León XIII. Encíclica Custodi di quella fede, n. 15, 8 de diciembre de 1892)

León XII

El Dios verdadero no aprueba las sectas que profesan enseñanzas falsas

Es imposible que el Dios verdadero, que es la Verdad misma, el mejor, el más sabio proveedor y el premiador de los buenos, apruebe todas las sectas que profesan enseñanzas falsas que a menudo son inconsistentes y contradictorias entre sí, y otorgue premios eternos a sus miembros […] porque por la fe divina confesamos un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. […] Por eso confesamos que no hay salvación fuera de la Iglesia. (León XII. Encíclica Ubi primum, n. 14, 5 de mayo de 1824)

San Cipriano de Cartago

Quien recoge en otra parte disipa la Iglesia de Cristo - Él que se separa de la Iglesia se une a una adúltera y no logrará las recompensas de Cristo

La Iglesia de Cristo no puede ser adúltera, pues es incorruptible y pura. Solo una casa conoce, guarda la inviolabilidad de un solo tálamo con pudor casto. Ella nos conserva para Dios, ella destina para el Reino a los hijos que ha engendrado. Todo el que se separa de la Iglesia se une a una adúltera, se aleja de las promesas de la Iglesia, y no logrará las recompensas de Cristo quien abandona la Iglesia de Cristo; es un extraño, es un profano, es un enemigo. No puede tener a Dios por Padre quien no tiene la Iglesia por Madre. Si pudo salvarse alguno fuera del arca de Noé, entonces lo podrá también quien estuviese fuera de la Iglesia. Nos lo advierte el Señor cuando dice: “Quien no está conmigo, está contra Mí, y quien no recoge conmigo desparrama” (Mt 12, 30). Quien rompe la paz y concordia de Cristo, está contra Cristo. Quien recoge en otra parte, fuera de la Iglesia, disipa la Iglesia de Cristo. (San Cipriano de Cartago. De unitate Eclesiae, II, 6)

León XIII

La principal preocupación sea fortalecer el carácter del pueblo católico y que todos los fieles estén completamente imbuidos de la verdad

Que para todos la principal preocupación sea fortalecer el carácter del pueblo Católico, inspirando nobles y santas intenciones, al mismo tiempo previniendo descuidos en los que bajo apariencia de inocentes reuniones para jóvenes, conferencias para mujeres jóvenes, clases de idiomas, crecimiento cultural y subsidios para familias pobres, se ocultan propósitos criminales de insinuar en las mentes y corazones las máximas réprobas de la herejía. Que todos los fieles estén completamente imbuidos con la verdad de que nada debe ser más precioso para ellos que el tesoro de su Fe, por la cual sus antepasados confrontaron sin miedo no sólo las miserias de privaciones sino también persecuciones violentas y hasta la muerte. (León XIII. Carta Apostólica sobre el proselitismo protestante en Roma, 19 de agosto de 1900)

Gregorio XVI

Los que piensan que por todas las partes se va al Cielo perecerán eternamente

Si dice el Apóstol que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo, entiendan, por lo tanto, los que piensan que por todas partes se va al puerto de salvación, que, según la sentencia del Salvador, están ellos contra Cristo, pues no están con Cristo y que los que no recolectan con Cristo, esparcen miserablemente, por lo cual es indudable que perecerán eternamente los que no tengan fe católica y no la guardan íntegra y sin mancha. (Gregorio XVI. Encíclica Mirari vos, n. 9, 15 de agosto de 1832)

II – Los sacramentos pertenecen únicamente a la Iglesia Católica. Fuera de la verdadera Iglesia de Cristo los sacramentos, si existen, son como que “robados” y en estado agonizante, administrados contra la voluntad de Dios

Catecismo de la Iglesia Católica

Los sacramentos son “de la Iglesia”, existen “por ella” y “para ella”

Por el Espíritu que la conduce “a la verdad completa” (Jn 16, 13), la Iglesia reconoció poco a poco este tesoro recibido de Cristo y precisó su “dispensación”, tal como lo hizo con el canon de las Sagradas Escrituras y con la doctrina de la fe, como fiel dispensadora de los misterios de Dios (cf. Mt 13, 52; 1 Cor 4, 1). Así, la Iglesia ha precisado a lo largo de los siglos, que, entre sus celebraciones litúrgicas, hay siete que son, en el sentido propio del término, sacramentos instituidos por el Señor. Los sacramentos son “de la Iglesia” en el doble sentido de que existen “por ella” y “para ella”. Existen “por la Iglesia” porque ella es el sacramento de la acción de Cristo que actúa en ella gracias a la misión del Espíritu Santo. Y existen “para la Iglesia”, porque ellos son “sacramentos […] que constituyen la Iglesia” (San Agustín, De civitate Dei 22, 17; Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, III, q. 64, a. 2, ad 3), ya que manifiestan y comunican a los hombres, sobre todo en la Eucaristía, el misterio de la Comunión del Dios Amor, uno en tres Personas. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1117-1118)

Código de Derecho Canónico

Recibir los sacramentos lícitamente: solo los fieles católicos y de ministros católicos

Los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho recibirlos. Los pastores de almas y los demás fieles, cada uno según su función eclesiástica, tienen obligación de procurar que quienes piden los sacramentos se preparen para recibirlos con la debida evangelización y formación catequética, atendiendo a las normas dadas por la autoridad eclesiástica competente. Los ministros católicos administran los sacramentos lícitamente sólo a los fieles católicos, los cuales, a su vez, sólo los reciben lícitamente de los ministros católicos. (Código de Derecho Canónico, c. 843-844)

Concilio Vaticano II

Los sacramentos están ordenados a la edificación del Cuerpo de Cristo, la Iglesia

Los sacramentos están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar culto a Dios. […] Es de suma importancia que los fieles comprendan fácilmente los signos sacramentales y reciban con la mayor frecuencia posible aquellos sacramentos que han sido instituidos para alimentar la vida cristiana. (Concilio Vaticano II. Constitución Sacrosanctum Concilium, n. 59, 4 de diciembre de 1963)

San Agustín de Hipona

Los sacramentos edifican la Iglesia

Así como en el principio del género humano se le quitó una costilla al costado del varón para hacer a la mujer, era conveniente que en tal hecho se simbolizase proféticamente a Cristo y a la Iglesia. En efecto, aquel sopor del varón (Gen 2, 21) significaba la muerte de Cristo, cuyo costado fue atravesado pendiente aún en la cruz después de muerto, de donde salieron sangre y agua (Jn 19, 36). Que es la figura de los sacramentos con que se edifica la Iglesia. (San Agustín de Hipona. La ciudad de Dios, L. XXII, cap. XVII)

Santo Tomás de Aquino

Los sacramentos existen para edificar la Iglesia de Cristo. No está permitido usarlos para fundar otra Iglesia o transmitir otra fe

Los Apóstoles y sus sucesores son vicarios de Dios en el gobierno de la Iglesia, constituida sobre la fe y los sacramentos de la fe. Por tanto, de la misma manera que a ellos no les es permitido fundar otra Iglesia, tampoco les es permitido transmitir otra fe, ni instituir otros sacramentos, pues se dice que la Iglesia de Cristo ha sido construida por los sacramentos que brotaron del costado de Cristo pendiente de la cruz. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, a. 64, a. 2, ad. 3)

Catecismo Romano

Hay que tener un especial estudio y dedicación por los sacramentos. “No deis las cosas santas a perros”

Si todas las verdades de la fe requieren conocimiento y celo adecuado, la doctrina de los sacramentos – tan necesarios por divina disposición y tan fecundos en bienes para la vida espiritual – exige de todo cristiano un especial estudio y una singular dedicación. Sólo mediante este cuidadoso estudio y su frecuente meditación nos dispondremos convenientemente para poder acercarnos de manera digna y provechosa a la recepción de tan sublimes y divinos misterios. Recordemos en esta ocasión aquellas palabras de Cristo: No deis las cosas santas a perros, ni arrojéis vuestras perlas a puercos (Mt 7,6). (Catecismo Romano, II, I)

San Agustín de Hipona

Es propio del error interpretar inútilmente los signos instituidos por Dios

Es esclavo de los signos el que hace o venera alguna cosa significativa, ignorando lo que signifique. El que hace o venera algún signo útil instituido por Dios, entendiendo su valor y significación, no adora lo que se ve y es transitorio, sino más bien aquello a que se han de referir todos estos signos. […] Mas en este tiempo, cuando por la resurrección de nuestro Señor Jesucristo brilló clarísimo el signo de nuestra libertad, no estamos ya oprimidos con el grave peso de aquellos signos cuya inteligencia tenemos, sino que el mismo Señor y la enseñanza apostólica nos transmitieron unos pocos entre tantos antiguos, y estos facilísimos de cumplir, sacratísimos en su significación y purísimos en su observancia, como son el sacramento del bautismo y la celebración del cuerpo y la sangre del Señor. Cualquiera que los recibe bien instruido sabe a qué se refiere, de modo que no los venera con carnal servidumbre, sino más bien con la libertad espiritual. Así como seguir materialmente la letra y tomar los signos por las cosas que significan denota debilidad servil, así interpretar inútilmente los signos es propio del error miserablemente libre. […] Mejor es verse agobiado por signos desconocidos pero útiles, que no, interpretándolos inútilmente, enredar en los lazos del error la cerviz que salió del yugo de la servidumbre. (San Agustín de Hipona. Sobre la doctrina cristiana. L. 3, cap. 9, n. 13)

III – Sólo en la Iglesia Católica el bautismo es lícitamente administrado y recibido. Sólo en ella produce frutos para la salvación

San Agustín de Hipona

En la Iglesia Católica es donde se recibe legítimamente el bautismo

Quien pudiendo recibir el bautismo en la propia Iglesia Católica, elige perversamente ser bautizado en el cisma, aunque piense luego tornar a la Católica, por estar seguro de que en ella produce fruto el sacramento, que en otra parte se recibe válidamente sin provecho alguno, ese tal es un perverso y un inicuo, sin lugar a dudas, tanto más pernicioso cuanto más a sabiendas obra. No duda en absoluto de que en la Iglesia católica es donde se recibe legítimamente, como no duda de que es allí donde produce fruto lo que se recibe en otra parte. Afirmamos sin dudarlo estos dos puntos: en la Iglesia católica existe el bautismo, y sólo en ella es donde se recibe legítimamente. […] Puede suceder que alguien no comprenda cómo afirmamos que puede administrarse allí el sacramento y, sin embargo, no recibirse lícitamente. Considere que no afirmamos siquiera su licitud, como la admiten incluso los que entre ellos se apartan de la comunión. Sobre lo cual podemos acudir a la comparación de la señal corporal en la milicia, que pueden mantener y recibir aun fuera de la milicia los desertores, pero que no debe ser mantenida ni recibida fuera de ella; y, sin embargo, no se debe cambiar ni retirar si el soldado desertor vuelve a la milicia. (San Agustín de Hipona. Tratado sobre el bautismo, cap. II-III, n. 3-4)

Es una impiedad recibir el bautismo de Cristo fuera de la comunión del Cuerpo de Cristo

El motivo de los que incautamente caen en los lazos de estos herejes, pensando que son la Iglesia de Cristo, es diferente del que tienen los que saben que no hay otra Iglesia católica que la que, a tenor de la promesa recibida está difundida por toda la tierra y se extiende hasta sus confines y, creciendo entre la cizaña y aspirando al descanso futuro en medio de la pesadumbre de los escándalos, dice en el salmo: Desde el confín de la tierra clamo a ti cuando se angustia mi corazón. Me levantaste sobre la roca (Sal 60, 30). Pero esta roca era Cristo; y en ella -dice el Apóstol- hemos resucitado nosotros y estamos en el cielo, no todavía en la realidad, sino en la esperanza. Por eso continúa en el salmo diciendo: Dame el reposo, pues tú eres mi refugio, la torre fortificada frente al enemigo (Sal 60, 3-4). Con aquellas promesas, como con dardos y lanzas en torre bien defendida, no sólo se está en guardia, sino también se derrota al enemigo, que viste a sus lobos con piel de ovejas para que clamen: Mira, aquí está el Mesías, míralo, allí está (Mt 24, 23), y aparten así del conjunto de la ciudad universal establecida sobre el monte a muchos fieles, los atraigan a los lazos de sus asechanzas y los devoren después de degollarlos; y aun conociendo esto, prefieren recibir el bautismo de Cristo fuera de la comunión del Cuerpo de Cristo, para trasladarse luego a la misma comunión con lo que hayan recibido en otra parte. Es decir, a ciencia y conciencia van a recibir contra la Iglesia de Cristo su propio bautismo, al menos el mismo día que lo reciben. Si esto es una impiedad, ¿hay alguien que pueda decir: Permítaseme un solo día cometer una impiedad? Si tiene intención de pasarse a la Católica, yo le preguntaría la causa. ¿Qué podría responderme sino que es una desgracia […] no estar en la unión católica? Ahora bien, este mal se prolongará tantos días cuantos dure el mal que haces. Y bien se puede decir que es más grave el mal de muchos días que el que dura pocos; lo que no puede decirse es que no se realiza ningún mal. Y ¿por qué se ha de realizar un mal tan detestable, no digo ya un solo día, sino ni una sola hora? Quien pretenda esto, podría pedir a la Iglesia o al mismo Dios que le concediese apostatar, aunque sólo fuera por un día. No hay motivo, en efecto, para temer ser apóstata un solo día y no temer ser un solo día cismático o hereje. (San Agustín de Hipona. Tratado sobre el bautismo, cap. IV, n. 5)

San Cipriano de Cartago

Sólo a los jefes de la Iglesia Católica les está permitido bautizar y otorgar el perdón de los pecados

En primer lugar el Señor otorgó a Pedro, sobre el que edificó la Iglesia y en quien estableció y mostró el origen de la unidad, este poder de desatar en la tierra lo que él hubiere desatado. Y asimismo, después de la resurrección, habla a los apóstoles con estas palabras: Como me envió el Padre, yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados, y a quien los retengáis, le será retenidos (cf. Jn 20, 21-23). Por estas palabras sabemos que sólo a los jefes de la Iglesia, asentados en la ley del evangelio y las prescripciones del Señor, les está permitido bautizar y otorgar el perdón de los pecados; pero fuera de la Iglesia no se puede ni atar ni soltar nada, puesto que no hay quien pueda atar y desatar. (San Cipriano de Cartago. Carta 72 a Yubayano, n. 7)

El bautismo de los que están fuera de la Iglesia es un bautismo profano y adúltero

Nosotros, que tenemos por cierto, sabemos y creemos que nada es posible fuera de la Iglesia y que el bautismo único está en nosotros. […] Debemos, por tanto, considerar la fe de los que creen fuera, si, según la misma fe, pueden adquirir algo de gracia. Porque si la fe es una para nosotros y los herejes, puede haber también una sola gracia. Si confiesan con nosotros al mismo Padre, al mismo Hijo, al mismo Espíritu Santo, la misma Iglesia, […] puede en ellos también ser uno solo el bautismo si una sola es la fe. […] No hay otra cosa en ellos más que infidelidad y blasfemia, y luchas enemigas de la salud y verdad. ¿Cómo, por tanto, el que entre ellos ha sido bautizado ha podido adquirir la remisión de los pecados y la misericordia de Dios por su fe, quien no tuvo la verdad de la misma fe? Si, pues, como creen algunos, alguien pudo adquirir algo fuera de la Iglesia, según su fe, no hay duda que recibió lo que creyó. Y el que cree falso no puede adquirir lo que es verdadero, sino más bien ha recibido lo adúltero y profano, como es su fe. Este asunto del bautismo profano y adúltero lo toca de pasada el profeta Jeremías cuando dice: “¿Por qué los que me afligen tienen fuerza? Mi llaga es profunda, ¿cómo curaré? Siendo así ella, se hizo como un agua engañosa y pérfida (Jer 15, 18). El Espíritu Santo habla por el profeta del agua engañosa y sin seguridad. ¿Cuál es esta agua engañosa y pérfida? Sin duda, la que miente la imagen del bautismo y hace inútil la gracia de la fe con una sombra de apariencia. (San Cipriano de Cartago. Carta 72 a Yubayano, n. 2. 4-6)

¿Por qué vamos a mirar con buenos ojos a los adúlteros, profanos y enemigos de la unidad de la Iglesia?

Es deber del buen soldado defender contra rebeldes y enemigos el campamento de su general. Es deber del general prestigioso conservar las enseñas que se le han confiado. Está escrito: El Señor tu Dios es Dios celoso (Deut 4, 24). Los que hemos recibido el Espíritu de Dios debemos tener celo por la fe divina. Con este celo Finees agradó y calmó al Señor, aplacando su ira, que hacía perecer a su pueblo. ¿Por qué vamos a mirar con buenos ojos a los adúlteros, profanos y enemigos de la unidad que Dios quiere los que no conocemos sino un solo Cristo y una sola Iglesia? La Iglesia es como un paraíso que produce árboles frutales dentro de sus muros, y los que de ellos no dan fruto son arrancados y echados al fuego. Estos árboles los riega ella por medio de cuatro ríos, que son los cuatro evangelios, por los que se distribuye la gracia del bautismo con el agua de salvación y del cielo. ¿Acaso puede regar de las fuentes de la Iglesia quien no está dentro de ella? ¿Acaso puede ofrecer la bebida de salud a alguien quien, por estar desviado y condenado por sí mismo y relegado fuera de las fuentes del paraíso, se secó y desfalleció de sed eterna? (San Cipriano de Cartago. Carta 72 a Yubayano, n. 10)

Juan Pablo II

La rebeldía contra el Cuerpo de Cristo no puede ser fruto del bautismo bien recibido

Regenerados como “hijos en el Hijo”, los bautizados son inseparablemente “miembros de Cristo y miembros del cuerpo de la Iglesia”, como enseña el Concilio de Florencia. El bautismo significa y produce una incorporación mística pero real al cuerpo crucificado y glorioso de Jesús. […] Jesús, nos ha revelado la misteriosa unidad de sus discípulos con Él y entre sí, presentándola como imagen y prolongación de aquella arcana comunión que liga el Padre al Hijo y el Hijo al Padre en el vínculo amoroso del Espíritu (cf. Jn 17,21). (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Christifideles Laici, n. 11-12)

Santo Tomás de Aquino

El bautismo existe para que los hombres se incorporen a Cristo. Luego todo bautizado tiene el deber grave de incorporarse plenamente a su Cuerpo Místico

Los hombres están obligados a todo aquello sin lo cual no pueden conseguir la salvación. Ahora bien, está claro que nadie puede conseguir la salvación más que por Cristo, por lo que el Apóstol en Rm 5, 18 dice: “Como por el delito de uno solo llegó la condenación a todos los hombres, así por la justicia de uno solo llega a todos los hombres la justificación de la vida”. Pero el bautismo se da precisamente para esto, para que el hombre regenerado por Cristo se incorpore a él y se convierta en un miembro suyo; por lo que se dice en Ga 3, 17: “Los que habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de él”. Luego es claro que todos están obligados a recibir el bautismo y que sin él no hay salvación para los hombres. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 68, a. 1)

IV – La Eucaristía realiza la unidad de los verdaderos creyentes. Los herejes no la pueden recibir

San Agustín de Hipona

Cuando los herejes reciben la Eucaristía, reciben algo que testimonia en su contra

He aquí lo que habéis recibido. Ved cómo el conjunto de muchos granos se ha transformado en un solo pan; de idéntica manera, sed también vosotros una sola cosa amándoos, poseyendo una sola fe, una única esperanza y un indiviso amor. Cuando los herejes reciben este sacramento, reciben algo que testimonia en su contra, puesto que ellos buscan la división, mientras este pan les está señalando la unidad. (San Agustín de Hipona. Sermón 229, n. 2)

La Eucaristía se vuelve perjudicial para los herejes

El que forma parte de la unidad de ese cuerpo, es decir, el que es miembro de ese organismo integrado por los cristianos, que comulgan habitualmente del altar en el sacramento de su cuerpo, ése es de quien puede decirse que come el cuerpo de Cristo y bebe su sangre. De ahí que los herejes y cismáticos, separados de la unidad del cuerpo, pueden, sí, recibir el mismo sacramento, pero de nada les sirve; es más, se les vuelve perjudicial, porque su sentencia será mucho más rigurosa que la de una, siquiera tardía, liberación. Porque no están, de hecho, integrados con el vínculo de paz expresado en aquel sacramento. […] Finalmente, dice el mismo Cristo: El que come mi cuerpo y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él (Jn 6, 57). Aquí manifiesta lo que es comer no sólo sacramentalmente, sino realmente, el cuerpo de Cristo y beber su sangre. Esto es, en efecto, permanecer en Cristo para que Cristo permanezca en él. La frase equivale a esta otra: «El que no permanece en mí ni yo en él, que no diga ni crea que come mi cuerpo o bebe mi sangre». No permanecen, por lo tanto, en Cristo quienes no son sus miembros. Y no son miembros de Cristo los que se hacen miembros de meretriz, a no ser que con la penitencia hagan desaparecer ese mal y vuelvan a este bien por la reconciliación. (San Agustín de Hipona. La ciudad de Dios, L. XXI, cap. XXV, n. 2)

Se recibe dignamente la Eucaristía si se huye de la falsa doctrina

Recibid, pues, y comed el cuerpo de Cristo, transformados ya vosotros mismos en miembros de Cristo en el cuerpo de Cristo; recibid y bebed la sangre de Cristo. Para no desintegraros, comed el vínculo que os une; no os estiméis en poco, bebed vuestro precio. […] Si tenéis vida en él, seréis una sola carne con él. En efecto, este sacramento no recomienda el cuerpo de Cristo en forma que os separe de él. […] Comenzáis, pues, a recibir lo que ya habéis empezado a ser si no lo recibís indignamente para no comer y beber vuestra condenación. […] Lo recibís dignamente si os guardáis del fermento de la doctrina falsa, de forma que seáis panes ácimos de sinceridad y de verdad. (San Agustín de Hipona. Sermón 228 B, Los Sacramentos Pascuales, n. 3-5)

San Juan Crisóstomo

Que nadie comulgue, si no es discípulo del Señor

Voy a decir algo más espantoso: no es mal tan grave que los endemoniados estén dentro de la Iglesia, como que entren esos de quienes dice Pablo que pisotean a Cristo, que profanan la sangre del Testamento e injurian a la gracia del Espíritu Santo. Mucho peor que el endemoniado es el pecador que se acerca a la Eucaristía. Porque el endemoniado no merece castigo por serlo; mas los que indignamente se acercan a la Eucaristía son entregados a suplicio eterno. No expulsemos, pues, sólo a los endemoniados, sino a todos sin excepción que veamos se acercan indignamente. Que nadie, pues, comulgue, si no es discípulo del Señor. Que ningún Judas le reciba, porque no le pase lo que a Judas. (San Juan Crisóstomo. Homilía 82 sobre el Evangelio de San Mateo, n. 6)

Santo Tomás de Aquino

Dos modos de recibir la Eucaristía

Hay dos modos de comer este Sagrado Manjar: sacramental y espiritual. Hay unos, pues, que lo comen de ambos modos, es a saber, son aquellos que toman el sacramento de tal suerte que de su esencia participan, esto es, de la caridad, por la cual hay unidad en la Iglesia; y de éstos se entiende lo de San Juan.
Otros solo sacramentalmente, es a saber, aquellos que lo comen de tal suerte que no tocan el meollo, esto es, no tienen la caridad, y de los tales se entiende lo que aquí dice San Pablo: “quien lo come y lo bebe indignamente se traga y bebe su propia condenación”.
Además de estos dos modos, hay otro tercero de tomar el Sacramento, por accidente llamado, esto es, cuando se toma no tal como sacramento, lo que acaece de tres modos:
a) como cuando un fiel toma por no consagrada una hostia consagrada. El tal ya tiene costumbre de usar de este Sacramento, mas no como sacramento lo usa en el dicho momento.
b) como cuando un infiel, que fe no tiene ninguna acerca del Sacramento, toma la hostia consagrada.(Santo Tomás de Aquino. Comentario a la primera epístola a los Corintios, lec. 7, 1 Cor 11, 27-34)

Concilio de Trento (XIX Ecuménico)

Sacramento instituido con la finalidad de mantener una unidad sin escisiones

Quiso también que fuera prenda de nuestra futura gloria y perpetua felicidad, y juntamente símbolo de aquel solo cuerpo, del que es Él mismo la cabeza (cf. 1 Cor 11, 3; Ef 5, 23) y con el que quiso que nosotros estuviéramos, como miembros, unidos por la más estrecha conexión de la fe, la esperanza y la caridad, a fin de que todos dijéramos una misma cosa y no hubiera entre nosotros escisiones (cf. 1 Cor 1, 10). (Denzinger-Hünermann 1638. Concilio de Trento, Sesión XIII, Decreto sobre el sacramento de la Eucaristía, 11 de octubre de 1551)

Catecismo de la Iglesia Católica

La Eucaristía realiza la unidad de los verdaderos creyentes

La Iglesia es “comunión de los santos”: esta expresión designa primeramente las “cosas santas” (sancta), y ante todo la Eucaristía, “que significa y al mismo tiempo realiza la unidad de los creyentes, que forman un solo cuerpo en Cristo”. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 960)

Benedicto XVI

Sacramento que está en las raíces de la Iglesia como misterio de comunión

La antigüedad cristiana designó con las mismas palabras Corpus Christi el Cuerpo nacido de la Virgen María, el Cuerpo eucarístico y el Cuerpo eclesial de Cristo. Este dato, muy presente en la tradición, ayuda a aumentar en nosotros la conciencia de que no se puede separar a Cristo de la Iglesia. El Señor Jesús, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio por nosotros, anunció eficazmente en su donación el misterio de la Iglesia. Es significativo que en la segunda plegaria eucarística, al invocar al Paráclito, se formule de este modo la oración por la unidad de la Iglesia: “que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo”. Este pasaje permite comprender bien que la res del Sacramento eucarístico incluye la unidad de los fieles en la comunión eclesial. La Eucaristía se muestra así en las raíces de la Iglesia como misterio de comunión. (Benedicto XVI. Exhortación apostólica Sacramentum Caritatis, n. 15, 22 de Febrero de 2007)

Catecismo Romano

Unidad sacramental que corresponde a la unidad del cuerpo místico

Aunque sean dos los elementos —el pan y el vino— que constituyen integralmente el sacramento de la Eucaristía, no por ello debe deducirse que son dos sacramentos. Es uno solo, como enseña la autoridad de la Iglesia. […] Esta unidad del sacramento corresponde plenamente al efecto que produce: la gracia, que une a todos los fieles en el único cuerpo místico de Cristo. (Catecismo Romano, II, III, IV, B)

Santo Tomás de Aquino

Quien recibe este Sacramento está unido a Cristo e incorporado a sus miembros

En este sacramento, como en los otros, lo que es sacramento es signo de lo que es la cosa producida por el sacramento. Ahora bien, la cosa producida por este sacramento es doble, como se ha dicho ya. Una, significada y contenida en el sacramento, y que es el mismo Cristo. Otra, significada y no contenida, y que es el cuerpo místico de Cristo: la sociedad de los santos. Por tanto, quienquiera que recibe este sacramento, por el mero hecho de hacerlo, significa que está unido a Cristo e incorporado a sus miembros. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 80, a. 4)

La fe eucarística hace que los hijos de la Iglesia se unan mutuamente

Este sacramento tiene un triple significado. Uno, con respecto al pasado, en cuanto que es conmemoración de la pasión del Señor, que fue un verdadero sacrificio, como se ha dicho ya. En este sentido se le llama sacrificio. El segundo, con respecto al presente, y es la unidad eclesial, en la que los hombres quedan congregados por este sacramento. Y, en este sentido, se le denomina communio o synaxis. Y así, dice San Juan Damasceno en el IV libro que se la llama comunión porque por ella comulgamos con Cristo, por ella participamos de su carne y de su divinidad, y por ella comulgamos y nos unimos mutuamente. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica III, q. 73, a. 4)

San Agustín de Hipona

Constituidos miembros de Cristo, seamos lo que recibimos

La Eucaristía, en consecuencia, es nuestro pan de cada día. Pero si lo recibimos no solo en el estómago, sino también en el espíritu. El fruto que se entiende que él produce es la unidad, a fin de que, integrados en su cuerpo, constituidos miembros suyos, seamos lo que recibimos. Entonces será efectivamente nuestro pan de cada día. (San Agustín de Hipona. Sermón 57, La entrega del Padrenuestro, n. 7)

León X

Condenación de los errores de Martín Lutero
  1. Grande es el error de aquellos que se acercan al sacramento de la Eucaristía confiados en que se han confesado, en que no tienen conciencia de pecado mortal alguno, en que previamente han hecho sus oraciones y actos preparatorios: todos ellos comen y beben su propio juicio. Mas si creen y confían que allí han de conseguir la gracia, esta sola fe les hace puros y dignos. […] [Censura:] Condenamos, reprobamos y de todo punto rechazamos todos y cada uno de los antedichos artículos o errores, respectivamente, según se previene, como heréticos, escandalosos, falsos u ofensivos a los oídos piadosos o bien engañosos de las mentes sencillas, y opuestos a la verdad católica.(Denzinger-Hünermann 1465. 1491. Bula Exurge Deus, 15 de julio de 1520)

V – El dogma católico no está sujeto a cambios. La verdad es más grande que las explicaciones e interpretaciones

San Vicente de Lerins

Ante el depósito de la fe, somos apenas custodios

Pero, ¿qué es un depósito? El depósito es lo que te ha sido confiado, no encontrado por ti; tú lo has recibido, no lo has excogitado con tus propias fuerzas. No es el fruto de tu ingenio personal, sino de la doctrina; no está reservado para un uso privado, sino que pertenece a una tradición pública. No salió de ti, sino que a ti vino: a su respecto tú no puedes comportarte como si fueras su autor, sino como su simple custodio. No eres tu quien lo ha iniciado, sino que eres su discípulo; no te corresponderá dirigirlo, sino que tu deber es seguirlo. Guarda el depósito, dice; es decir, conserva inviolado y sin mancha el talento de la fe católica. Lo que te ha sido confiado es lo que debes custodiar junto a ti y transmitir. Has recibido oro, devuelve, pues, oro. No puedo admitir que sustituyas una cosa por otra. No, tú no puedes desvergonzadamente sustituir el oro por plomo, o tratar de engañar dando bronce en lugar de metal precioso. Quiero oro puro, y no algo que solo tenga su apariencia. (San Vicente de Lerins. Conmonitorio, Iglesia custodio fiel del Depósito de la Fe, n. 22)

Recibir novedades profanas es costumbre de herejes

El Apóstol nos hablaba de novedades profanas en las expresiones. Ahora bien, profano es lo que no tiene nada de sagrado ni religioso, y es totalmente extraño al santuario de la Iglesia, templo de Dios. Las novedades profanas en las expresiones son, pues, las novedades concernientes a los dogmas, cosas y opiniones en contraste con la tradición y la antigüedad; su aceptación implicaría necesariamente la violación poco menos que total de la fe de los Santos Padres. Llevaría necesariamente a decir que todos los fieles de todos los tiempos, todos los santos, los castos, los continentes, las vírgenes, todos los clérigos, los levitas y los obispos, los millares de confesores, los ejércitos de mártires, un número tan grande de ciudades y de pueblos, de islas y provincias, de reyes, de gentes, de reinos y de naciones, en una palabra, el mundo entero incorporado a Cristo Cabeza mediante la fe católica, durante un gran número de siglos ha ignorado, errado, blasfemado, sin saber lo que debía creer. Evita, pues, las novedades profanas en las expresiones, ya que recibirlas y seguirlas no fue nunca costumbre de los católicos, y si de los herejes. (San Vicente de Lérins. El Conmonitorio, Estar en guardia ante los herejes, n. 24)

Toda doctrina nueva insinuada por una sola persona fuera de la doctrina común no tiene nada que ver con la religión

El verdadero y auténtico católico es el que ama la verdad de Dios y a la Iglesia, cuerpo de Cristo; aquel que no antepone nada a la religión divina y a la fe católica: ni la autoridad de un hombre, ni el amor, ni el genio, ni la elocuencia, ni la filosofía; sino que despreciando todas estas cosas y permaneciendo sólidamente firme en la fe, está dispuesto a admitir y a creer solamente lo que la Iglesia siempre y universalmente ha creído. Sabe que toda doctrina nueva y nunca antes oída, insinuada por una sola persona, fuera o contra la doctrina común de los fieles, no tiene nada que ver con la religión, sino que más bien constituye una tentación. (San Vicente de Lerins. Conmonitorio, El verdadero católico y el hereje, n. 20)

Progresos sí, pero con la condición de que no se trate de modificación

Quizá alguien diga: ¿ningún progreso de la religión es entonces posible en la Iglesia de Cristo? Ciertamente que debe haber progreso, ¡Y grandísimo! ¿Quién Podría ser tan hostil a los hombres y tan contrario a Dios que intentara impedirlo? Pero a condición de que se trate verdaderamente de progreso por la fe, no de modificación. Es característica del progreso el que una cosa crezca, permaneciendo siempre idéntica a sí misma; es propio, en cambio, de la modificación que una cosa se transforme en otra. Así, pues, crezcan y progresen de todas las maneras posibles la inteligencia, el conocimiento, la sabiduría, tanto de la colectividad como del individuo, de toda la Iglesia, según las edades y los siglos; con tal de que eso suceda exactamente según su naturaleza peculiar, en el mismo dogma, en el mismo sentido, según una misma interpretación. Que la religión de las almas imite el modo de desarrollarse los cuerpos, cuyos elementos, aunque con el paso de los años se desenvuelven y crecen, sin embargo permanecen siendo siempre ellos mismos. […] Estas mismas leyes de crecimiento debe seguir el dogma cristiano, de modo que con el paso de los años se vaya consolidando, se vaya desarrollando en el tiempo, se vaya haciendo más majestuoso con la edad, pero de tal manera que siga siempre incorrupto e incontaminado, integro y perfecto en todas sus partes y, por así decir, en todos sus miembros y sentidos, sin admitir ninguna alteración, ninguna pérdida de sus propiedades, ninguna variación en lo que está definido. (San Vicente de Lerins. Conmonitorio, El progreso del dogma y sus condiciones, n. 23)

Pío XI

La verdad revelada por Dios no puede rendirse y entrar en transacciones

¿Y habremos Nos de sufrir ―cosa que sería por todo extremo injusta― que la verdad revelada por Dios, se rindiese y entrase en transacciones? Porque de lo que ahora se trata es de defender la verdad revelada. Para instruir en la fe evangélica a todas las naciones envió Cristo por el mundo todo a los Apóstoles; y para que éstos no errasen en nada, quiso que el Espíritu Santo les ensenase previamente toda la verdad (Jn 16,13) ¿y acaso esta doctrina de los Apóstoles ha descaecido del todo, o siquiera se ha debilitado alguna vez en la Iglesia, a quien Dios mismo asiste dirigiéndola y custodiándola? Y si nuestro Redentor manifestó expresamente que su Evangelio no solo era para los tiempos apostólicos, sino también para las edades futuras, ¿habrá podido hacerse tan obscura e incierta la doctrina de la Fe, que sea hoy conveniente tolerar en ella hasta las opiniones contrarias entre sí? Si esto fuese verdad, habría que decir también que el Espíritu Santo infundido en los apóstoles, y la perpetua permanencia del mismo Espíritu en la Iglesia, y hasta la misma predicación de Jesucristo, habría perdido hace muchos siglos toda utilidad y eficacia; afirmación que sería ciertamente blasfema. (Pío XI. Encíclica Mortalium animos, n. 11, 6 de enero de 1928)

La diversidad de opiniones lleva al menosprecio de la religión, o “indiferentismo”, y al llamado “modernismo”, que sostiene no ser absoluta la verdad dogmática

Entre tan grande diversidad de opiniones, no sabemos cómo se podrá abrir camino para conseguir la unidad de la Iglesia, unidad que no puede nacer más que de un solo magisterio, de una sola ley de creer y de una sola fe de los cristianos. En cambio, sabemos, ciertamente que de esa diversidad de opiniones es fácil el paso al menosprecio de toda religión, o “indiferentismo”, y al llamado “modernismo”, con el cual los que están desdichadamente inficionados, sostienen que la verdad dogmática no es absoluta sino relativa, o sea, proporcionada a las diversas necesidades de lugares y tiempos, y a las varias tendencias de los espíritus, no hallándose contenida en una revelación inmutable, sino siendo de suyo acomodable a la vida de los hombres. (Pío XI. Encíclica Mortalium animos, n. 15, 6 de enero de 1928)

Benedicto XVI

Nosotros no “hacemos” la fe, ni podemos inventarla

¿Cómo llegar a una fe viva, a una fe realmente católica, a una fe concreta, viva y operante? La fe, en última instancia, es un don. […] Nosotros no “hacemos” la fe, pues es ante todo Dios quien la da. Pero no la “hacemos” también en cuanto que no debemos inventarla. (Benedicto XVI. Encuentro con los sacerdotes y diáconos de la Diócesis de Roma, 2 de marzo de 2006)

Pablo VI

El mensaje de Cristo es la verdad y no admite indiferencia o sincretismo

Una exhortación en este sentido nos ha parecido de importancia capital, ya que la presentación del mensaje evangélico no constituye para la Iglesia algo de orden facultativo: está de por medio el deber que le incumbe, por mandato del Señor, con vista a que los hombres crean y se salven. Sí, este mensaje es necesario. Es único. De ningún modo podría ser reemplazado. No admite indiferencia, ni sincretismo, ni acomodos. Representa la belleza de la Revelación. Lleva consigo una sabiduría que no es de este mundo. Es capaz de suscitar por sí mismo la fe, una fe que tiene su fundamento en la potencia de Dios. Es la Verdad. Merece que el apóstol le dedique todo su tiempo, todas sus energías y que, si es necesario, le consagre su propia vida. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 5, 8 de diciembre de 1975)

Juan Pablo II

Una comunión que traiciona la verdad es injuriosa a Dios

No se trata en este contexto de modificar el depósito de la fe, de cambiar el significado de los dogmas, de suprimir en ellos palabras esenciales, de adaptar la verdad a los gustos de una época, de quitar ciertos artículos del Credo con el falso pretexto de que ya no son comprensibles hoy. La unidad querida por Dios sólo se puede realizar en la adhesión común al contenido íntegro de la fe revelada. En materia de fe, una solución de compromiso está en contradicción con Dios que es la Verdad. En el Cuerpo de Cristo que es “camino, verdad y vida” (Jn 14, 6), ¿quién consideraría legítima una reconciliación lograda a costa de la verdad? […] Por tanto, un “estar juntos” que traicionase la verdad estaría en oposición con la naturaleza de Dios que ofrece su comunión, y con la exigencia de verdad que está en lo más profundo de cada corazón humano. (Juan Pablo II. Encíclica Ut unum sint, n. 18, 25 de mayo de 1995)

Se debe evitar un fácil “estar de acuerdo”

El amor a la verdad es la dimensión más profunda de una auténtica búsqueda de la plena comunión entre los cristianos. […] La plena comunión deberá realizarse en la aceptación de toda la verdad, en la que el Espíritu Santo introduce a los discípulos de Cristo. Por tanto debe evitarse absolutamente toda forma de reduccionismo o de fácil “estar de acuerdo”. (Juan Pablo II. Encíclica Ut unum sint, n. 36, 25 de mayo de 1995)

Pío XII

No es lícito disimular la verdad con el pretexto de promover la concordia

Incluso con el pretexto de promover la concordia no es lícito disimular un solo dogma; porque, como el Patriarca de Alejandría nos advierte, “aunque el deseo de la paz es una cosa noble y excelente, sin embargo, no debemos ser negligentes, en aras de la lealtad a Cristo”. […] El único método exitoso será aquel que basa la armonía y el acuerdo entre los fieles de Cristo en todas las verdades que Dios ha revelado. (Pío XII. Encíclica Orientalis Ecclesiae, n. 1, 9 de abril de 1944)

León XIII

La unión sólo es posible en la unidad de fe…

Unión, que la entendemos perfecta y total, pues no sería tal toda otra que consigo trajera tan sólo una cierta comunidad de dogmas y una correspondencia en el amor fraternal. La verdadera unión entre los cristianos es la que quiso e instituyó Jesucristo mismo, fundador de su Iglesia; esto es, la constituida por la unidad de la fe y la unidad del régimen. (León XIII. Encíclica Praeclara gratulationis, n. 8, 20 de junio de 1894)

Pío X

…y en la unión de los espíritus en la verdad

La doctrina católica nos enseña que el primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las opiniones erróneas, por muy sinceras que sean, ni en la indiferencia teórica o practica ante el error o el vicio en que vemos caídos a nuestros hermanos. […] Porque, si se quiere llegar, y Nos lo deseamos con toda nuestra alma, a la mayor suma de bienestar posible para la sociedad y para cada uno de sus miembros por medio de la fraternidad, o, como también se dice, por medio de la solidaridad universal, es necesaria la unión de los espíritus en la verdad, la unión de las voluntades en la moral, la unión de los corazones en el amor de Dios y de su Hijo Jesucristo. (Pío X. Encíclica Notre charge apostolique, n. 22-23, 23 de agosto de 1910)

VI – Fe católica versus creencia luterana

Concilio Vaticano I (XX Ecuménico)

1- La fe es una virtud por la cual se acepta la verdad revelada por Dios, a causa de la autoridad del propio Dios

Ahora bien, esta fe que “es el principio de la humana salvación”, la Iglesia Católica profesa que es una virtud sobrenatural por la que, con inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por Él ha sido revelado, no por la intrínseca verdad de las cosas, percibida por la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede ni engañarse ni engañarnos. (Denzinger-Hunermann 3008. Concilio Vaticano I, Sesión III, cap. 3, 1869-1870)

Santo Tomás de Aquino

2- Por lo tanto, la razón por la que creemos es Dios, Verdad Primera, infinitamente sabio y verdadero

Tomada como hábito, la fe se puede considerar de dos maneras. La primera, por parte del objeto. Así considerada, la fe es una, porque su objeto formal es la Verdad primera, y adhiriéndonos a ella creemos las verdades que contiene la fe. [ …] Y aunque las verdades de fe que todos comúnmente creen son diversas, todas ellas pueden reducirse a unidad. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 4, a. 6)

Congregación para la Doctrina de la Fe

2a- Las creencias de las religiones no católicas son experiencias y pensamientos humanos, y no una adhesión a Dios que se revela

“La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado”. La fe, por lo tanto, “don de Dios” y “virtud sobrenatural infundida por Él”, implica una doble adhesión: a Dios que revela y a la verdad revelada por él, en virtud de la confianza que se le concede a la persona que la afirma. Por esto “no debemos creer en ningún otro que no sea Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo”. Debe ser, por lo tanto, firmemente retenida la distinción entre la fe teologal y la creencia en las otras religiones. Si la fe es la acogida en la gracia de la verdad revelada, que “permite penetrar en el misterio, favoreciendo su comprensión coherente”, la creencia en las otras religiones es esa totalidad de experiencia y pensamiento que constituyen los tesoros humanos de sabiduría y religiosidad, que el hombre, en su búsqueda de la verdad, ha ideado y creado en su referencia a lo Divino y al Absoluto. No siempre tal distinción es tenida en consideración en la reflexión actual, por lo cual a menudo se identifica la fe teologal, que es la acogida de la verdad revelada por Dios Uno y Trino, y la creencia en las otras religiones, que es una experiencia religiosa todavía en búsqueda de la verdad absoluta y carente todavía del asentimiento a Dios que se revela. Este es uno de los motivos por los cuales se tiende a reducir, y a veces incluso a anular, las diferencias entre el cristianismo y las otras religiones. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 7, 6 de agosto de 2000)

Santo Tomás de Aquino

3- Quién niega sólo un punto de la fe, aceptando ciertas cosas y rechazando otras, no tiene la virtud de la fe, pues rechaza la autoridad del propio Dios, y acepta su propia razón

El hereje que rechaza un solo artículo de fe no tiene el hábito ni de la fe formada ni de la fe informe. Y la razón de ello está en el hecho de que la especie de cualquier hábito depende de la razón formal del objeto, y si ésta desaparece, desaparece también la especie del hábito. Pues bien, el objeto formal de la fe es la Verdad primera revelada en la Sagrada Escritura y en la enseñanza de la Iglesia. Por eso, quien no se adhiere, como regla infalible y divina, a la enseñanza de la Iglesia, que procede de la Verdad primera revelada en la Sagrada Escritura, no posee el hábito de la fe, sino que retiene las cosas de la fe por otro medio distinto. Como el que tiene en su mente una conclusión sin conocer el medio de demostración, es evidente que no posee la ciencia de esa conclusión, sino tan sólo opinión.
Ahora bien, es evidente que quien se adhiere a la enseñanza de la Iglesia como regla infalible presta su asentimiento a todo cuanto enseña la Iglesia. De lo contrario, si de las cosas que enseña la Iglesia admite las que quiere y excluye las que no quiere, no asiente a la enseñanza de la Iglesia como regla infalible, sino a su propia voluntad. Así, es del todo evidente que el hereje que de manera pertinaz rechaza un solo artículo no está preparado para seguir en su totalidad la enseñanza de la Iglesia (estaría, en realidad, en error y no sería hereje si no lo rechaza con pertinacia). Es, pues, evidente que el hereje que niega un solo artículo no tiene fe respecto a los demás, sino solamente opinión, que depende de su propia voluntad. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 5, a. 3)

Santo Tomás de Aquino

4- Por lo tanto, la negación pertinaz de un dogma ―la herejía― es querer negar el asentimiento a Cristo

El que cree, asiente a las palabras de otro, parece que lo principal y como fin de cualquier acto de creer es aquel en cuya aserción se cree; son, en cambio, secundarias las verdades a las que se asiente creyendo en él. En consecuencia, quien profesa la fe cristiana tiene voluntad de asentir a Cristo en lo que realmente constituye su enseñanza. Pues bien, de la rectitud de la fe cristiana se puede uno desviar de dos maneras. La primera: porque no quiere prestar su asentimiento a Cristo, en cuyo caso tiene mala voluntad respecto del fin mismo. La segunda: porque tiene la intención de prestar su asentimiento a Cristo, pero falla en la elección de los medios para asentir, porque no elige lo que en realidad enseñó Cristo, sino lo que le sugiere su propio pensamiento. De este modo es la herejía una especie de infidelidad, propia de quienes profesan la fe de Cristo, pero corrompiendo sus dogmas. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q.11, a.1)

Santo Tomás de Aquino

5 – Por lo que la herejía es pecado gravísimo, mayor que los demás

Todo pecado, como hemos expuesto (I-II, q.71, a.6; q.73, a.3, ad 3), consiste en la aversión a Dios. De ahí que tanto más grave es el pecado cuanto más aleja al hombre de Dios. Ahora bien, la infidelidad es la que más aleja a los hombres de Dios, ya que les priva hasta de su auténtico conocimiento, y ese conocimiento falso de Dios no le acerca a Él, sino que le aleja. Ni siquiera puede darse que conozca a Dios en cuanto a algún aspecto quien tiene de Él una opinión falsa, ya que lo que piensa no es Dios. Es, pues, evidente que la infidelidad es el mayor pecado de cuantos pervierten la vida normal, cosa distinta a lo que ocurre con los pecados que se oponen a las otras virtudes teologales, como se verá después. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 10, a. 3)

Santo Tomás de Aquino

6 - La herejía es además peor que el pecado de los judíos o de los paganos

Está el testimonio de San Pedro: ‘Más les hubiera valido no haber conocido el camino de la justicia que, una vez conocido, volverse atrás (2 Pe 2,21)’. Ahora bien, los gentiles no conocieron el camino de la justicia; los herejes, en cambio, y los judíos, que de alguna manera lo conocieron, lo abandonaron. Su pecado es, por lo mismo, más grave.
En la infidelidad se pueden considerar dos cosas. Una de ellas, su relación con la fe.
Bajo este aspecto, peca más gravemente contra la fe quien hace frente a la fe recibida que quien se opone a la fe aún no recibida; de la misma manera que quien no cumple lo que prometió peca más gravemente que si no cumple lo que nunca prometió. Según esto, en su infidelidad, los herejes, que profesan la fe del Evangelio y la rechazan corrompiéndola, pecan más gravemente que los judíos que nunca la recibieron. Mas porque éstos la recibieron en figura en la ley antigua, y la corrompieron interpretándola mal, su infidelidad es por eso pecado más grave que la de los gentiles que de ningún modo recibieron la ley del Evangelio. Otra de las cosas a considerar en la infidelidad es la corrupción de lo que concierne a la fe. En este sentido, dado que los gentiles yerran en más cosas que los judíos, y éstos, a su vez, yerran en más cosas que los herejes, es más grave la infidelidad de los gentiles que la de los judíos, y la de éstos mayor aún que la de los herejes; si bien, quizás, haya que exceptuar a algunos de éstos, por ejemplo, a los maniqueos, quienes, aun en las cosas de fe, yerran más que los gentiles. De estos modos de gravedad en cuanto a la culpa debe anteponerse la primera a la segunda, puesto que, como hemos expuesto (a.1), la infidelidad tiene razón de culpa más por su resistencia a la fe que por su carencia de ella; esto, como hemos dicho (a.1), parece que atañe más a la pena. Así, pues, hablando en términos absolutos, la infidelidad de los herejes es la peor. (Santo Tomás de Aquino, II-II, q.10, a.6)

Por todo lo visto queda claro que la creencia luterana no es fe, sino un rechazo contra Dios. Obviamente eso no quiere decir que no haya personas bien intencionadas que nacieron de padres herejes. Pero tratar la herejía oficial como formando parte de la túnica inconsútil de Cristo es una blasfemia, tal como decir que Cristo tiene un consorcio con Satanás.

VII – Extractos de los escritos del heresiarca Martín Lutero presentados como elemento de comparación con la enseñanza de la Iglesia Católica

La negación de los siete sacramentos por Lutero

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Comenzaré por negar la existencia de siete sacramentos, y, por el momento, propondré sólo tres: el bautismo, la penitencia y el pan. Todos ellos se han reducido por obra y gracia de la curia romana a una mísera cautividad, y la iglesia ha sido totalmente despojada de su libertad. Aquilatando mis palabras al uso de la Escritura, en realidad tendría que decir que no admito más que un sacramento y tres signos sacramentales. De ello hablaré a su debido tiempo (nota). Nota: El único sacramento sería la palabra de Dios realizada en Cristo (Marín Lutero. La Cautividad Babilónic, de La Iglesia de Martín Lutero, 1520)

La confirmación no es un sacramento

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Realmente, me maravilla la ocurrencia que han tenido de convertir en sacramento de confirmación la imposición de las manos. […] no vemos por qué motivo haya que encuadrar entre ellos a la confirmación. (Marín Lutero. La Cautividad Babilónica, de La Iglesia de Martín Lutero, 1520)

El orden es un invento de la Iglesia del Papa
 

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La iglesia de Cristo no conoce este sacramento; es un invento de la iglesia del papa. No sólo está desprovisto de la más mínima promesa de gracia; es que en todo el nuevo testamento ni mención suya se halla. Resulta ridículo afirmar que es un sacramento divino lo que nunca se puede demostrar que haya sido instituido por Dios. No es que condene sin más un rito que se ha venido celebrando a lo largo de tantos siglos; lo que quiero decir es que no hay derecho a introducir en las cosas sagradas lo que sólo es ficción humana, ni a presentar como divino lo que en realidad no lo es, para que no estemos haciendo el ridículo a los ojos de nuestro adversario. (Marín Lutero. La Cautividad Babilónica, de La Iglesia de Martín Lutero, 1520)

El menosprecio del sacerdocio por parte de Lutero

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Pues el que ha salido del agua bautismal puede gloriarse de haber sido ordenado sacerdote, obispo y papa, si bien no le corresponde a cualquiera desempeñar tal ministerio. Como todos somos igualmente sacerdotes, nadie debe darse importancia a sí mismo ni atreverse a hacer sin nuestra autorización y elección aquello en lo cual todos tenemos el mismo poder, porque lo que es común, nadie puede arrogárselo sin autorización y orden de la comunidad. Y donde sucediera que alguien, electo para tal ministerio, fuera destituido por abuso, esta persona sería igual que antes. Por ello; un estado sacerdotal no debería ser otra cosa en la cristiandad que el de un funcionario público. Mientras ejerza la función, manda. Si fuera destituido, sería labrador o ciudadano como los demás. Por tanto, un sacerdote ya no es sacerdote en verdad cuando, lo destituyen. Mas ahora han inventado caracteres indelebles y parlotean que un sacerdote destituido es, no obstante, una cosa distinta que un simple laico. Hasta sueñan con que un sacerdote jamás puede ser otra cosa que sacerdote. No puede volverse lego.
Empero todo esto es sólo habladuría y ley inventada por el hombre.
(Martín Lutero. A la nobleza cristiana de la nación alemana acerca del mejoramiento del estado cristiano, 1520)

Lutero rechaza la necesidad de que el sacerdote absuelva los pecados

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Con cuánta mayor razón se le perdonarán los pecados ocultos, si espontáneamente el hermano los confiesa al hermano, de manera que no haya necesidad de entregarle a la iglesia, es decir, al prelado o al sacerdote, contra lo que ellos se empeñan en vociferar a tenor de su interpretación. Esta sentencia se ve reforzada por la autoridad de Cristo que dice “todo lo que atareis en la tierra será atado en los cielos, y todo lo que desatareis en la tierra será desatado en los cielos”. Estas palabras van dirigidas a todos los cristianos. E insiste en lo mismo: “Os lo repito: si dos de entre vosotros se ponen de acuerdo sobre la tierra, mi padre celestial les concederá cuanto pidan’. Es indudable que el hermano que aquí abajo revela al hermano lo oculto y le pide perdón está de acuerdo con él en esa verdad que es Cristo. Y confirma lo anterior de forma más explícita aún: “En verdad os digo: donde estuvieren dos o tres congregados en mi nombre, allí me encontraré yo también en medio de ellos”.
Por tanto, si Cristo concedió a cualquier fiel la facultad de absolver incluso los pecados manifiestos, tengo la seguridad de que podrá ser absuelto de los ocultos todo aquel que, confesándolos espontáneamente o recibiendo la corrección, pida perdón en privado a cualquier hermano y se enmiende, a pesar de todo lo que en contra afirme la insensatez de los pontífices. Hay que añadir otro argumento de menos peso: si tuviese validez la reserva de los pecados ocultos, de forma que no fuese posible la salvación si no han sido remitidos, con mayor motivo imposibilitarían la salvación los anteriormente enumerados, las mismas obras buenas e idolatrías que actualmente enseñan los pontífices. Ahora bien, si esto, siendo gravísimo, no obsta a la salvación, menos razón existirá para reservar tan neciamente lo otro que es mucho más leve. La ignorancia y la ceguera de los pastores son las que determinan que tales monstruosidades existan en la iglesia. Por eso advertiría a esos príncipes de Babilonia, a esos obispos de Bethavén, que fuesen más parcos a la hora de reservar los casos. Que permitan, además, a todos los hermanos y a todos las hermanas la facultad libérrima de oír la confesión de los pecados ocultos, para que el pecador revele a quien quiera su pecado y pida por boca del prójimo el perdón y el consuelo, es decir, la palabra de Cristo. Con sus temeridades lo único que hacen es encadenar sin motivo las conciencias a los enfermos, afirmar su tiranía rebosante de impiedad y cebar su avaricia a costa del pecado y de la perdición de los hermanos. Contaminan así sus manos con la sangre de las almas, los hijos son devorados por sus padres, Efraím devora a Judá y Siria a Israel a boca llena, como dice Isaías. (Martín Lutero. La Cautividad Babilónica, de La Iglesia de Martín Lutero, 1520)

Lutero niega al matrimonio el carácter sacramental

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En ningún lugar de la Escritura se considera al matrimonio como sacramento. No sólo eso: precisamente las tradiciones humanas aducidas para proponerlo como sacramento lo que hacen es convertirlo en objeto de irrisión. […] Cristo y la iglesia son un misterio, es decir, algo secreto y grande; el matrimonio puede y debe ser figura suya en fuerza de una alegoría real. Pero eso no justifica el deducir que el matrimonio es un sacramento. […] Admitamos, por tanto, que el matrimonio es figura de Cristo y de la iglesia; un sacramento que no ha sido instituido por Dios sino arbitrado en la iglesia por hombres que han sido arrastrados por la ignorancia de la realidad y del sentido de las palabras. Una vez que esta ignorancia no se opone en nada a la fe, tiene que ser tolerada con caridad, de la misma manera que se toleran en la iglesia. (Martín Lutero. La Cautividad Babilónica, de La Iglesia de Martín Lutero, 1520)

Para Lutero el acto matrimonial siempre es un pecado

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Con toda esta exaltación de la vida matrimonial, sin embargo, no he querido atribuir a la naturaleza una condición de impecabilidad. Por lo contrario, digo que la carne y la sangre, corrompido a través de Adán, es concebido y nacido en pecado, como dice el Salmo 51 [: 5]. Las relaciones venéreas nunca están sin pecado; pero Dios las excusa por medio de su gracia, porque el estado matrimonial es su trabajo, y él conserva en y por el pecado todo lo bueno que ha implantado y bendecido en el matrimonio. (Martín Lutero. The estate of marriage, 1522)

Lutero predica el divorcio

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El tercer caso de divorcio es aquel en el que una de las partes priva y evita la otra, negándose a cumplir con el deber conyugal o para vivir con otra persona. Por ejemplo, uno encuentra muchas mujeres tercas que no quieren ceder, y que no les importa que sus maridos caigan en el pecado de fornicación diez veces. Aquí es el momento para el marido decir: “Si no quieres, otra va querer; la doncella vendrá si la esposa no viene”. Primero el marido debe amonestar y advertir a su esposa dos o tres veces, y hacer conocer la situación a los demás para que su obstinación se convierta en un asunto de conocimiento común y sea así reprendida delante de la comunidad. Si ella sigue negándose, deshazte de ella; toma una Esther y deja a Vasti irse, como hizo el rey Asuero [Esther 1 : 1 : 17] . (Martín Lutero. The estate of marriage, 1522)

El desprecio de Lutero por el celibato

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No te dejes engañar en este aspecto, incluso si es necesario efectuar diez juramentos, votos, pactos y promesas diamantinas o blindadas. Porque así como no puedes prometer solemnemente que serás un hombre o una mujer (y si efectuases una promesa tal, sería una tontería y no sirve para nada ya que no puedes hacerse algo distinto de lo que eres) […]. Y en caso de que hagas una promesa tal, también sería una tontería y no sirve para nada, engendrar y multiplicarse es cuestión de un mandato de Dios, no de tu propio poder. De aquí se puede ver la extensión de la validez de todos los votos del claustro. Ningún voto de cualquier joven o doncella es válido ante Dios […]. Por lo tanto, sacerdotes, monjes y monjas están obligados a renunciar a sus votos cuando el mandato de Dios para engendrar y multiplicarse es poderoso y fuerte dentro de ellos. No tienen poder por cualquier autoridad, ley, orden o promesa de obstaculizar esto que Dios ha creado en su interior. Si lo obstaculizan, sin embargo, pueden estar seguros de que no van a permanecer puros, sino que inevitablemente van a mancharse a sí mismos con pecados secretos o fornicación. Pues son simplemente incapaces de resistir la palabra y el manato de Dios dentro de ellos. (Martín Lutero. The estate of marriage, 1522)


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