62 – «¡La Virgen seguramente tendría ganas de decir al Ángel: “¡Mentiroso! ¡Me has engañado!”»

La advocación de la Virgen Dolorosa es la referencia más significativa para el pueblo cristiano cuando reza delante de la cruz. En ella contemplamos a la que, como nos dice la Escritura, permaneció de pie al lado de Cristo mientras los Apóstoles huían y lo traicionaban, por lo lejos que estaban de comprender la profundidad del misterio del Gólgota. Esa presencia de María, plenamente unida a la Pasión de su Hijo para consolarlo, adorarlo y reparar el desprecio de los que más deberían darle muestras de fidelidad en esa hora suprema, conmovió a las almas verdaderamente cristianas a lo largo de los siglos.

Estas consideraciones tienen un fondo teológico que las justifica: la Santísima Virgen está unida a la obra de la redención en los planes de Dios. El sacrificio de Jesús y su misión salvífica estuvieron desde el principio asociados a la figura de María, a quien la Trinidad miró con predilección.

Por eso, atribuir a la Madre Dolorosa reacciones incompatibles con la perfección de su caridad agrede nuestra piedad mariana y contradice la propia doctrina católica que debería guiar las consideraciones a respecto de la Madre de Dios. Por eso, nos parece indispensable recordar el Magisterio Pontificio y la doctrina de los Padres y Doctores.

Francisco

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Cita A

Pienso en cuantas veces [María] ha guardado silencio y cuantas veces no ha dicho aquello que sentía para custodiar el misterio de la relación con su Hijo, hasta el silencio más crudo al pie de la Cruz.
El Evangelio no nos dice nada si ella dijo o no una palabra… Era silenciosa, pero dentro su corazón, ¡cuántas cosas decía al Señor! “Tú, aquel día —esto es lo que hemos leído— me has dicho que serás grande; tú me has dicho que le habrías dado el Trono de David, su padre, que habría reinado por siempre ¡y ahora lo veo allí!”¡La Virgen era humana! Y quizás tenía ganas de decir: “¡Mentira! ¡He sido engañada!”: Juan Pablo II decía esto, hablando de la Virgen en aquel momento. Pero Ella, con el silencio, ha cubierto el misterio que no comprendía y con este silencio ha dejado que este misterio pudiese crecer y florecer en la esperanza.” (Homilía en Santa Marta, 20 de diciembre de 2013)

Cita B

Muchas veces pienso en la Virgen, cuando le dieron el cuerpo muerto de su Hijo, tan destrozado, escupido, ensangrentado, sucio. ¿Qué hizo la Virgen? ¿Lleváoslo? No, lo abrazó, lo acarició. Tampoco la Virgen lo entendía. Porque, en aquel momento, se acordaría de lo que el Ángel le había dicho: Será Rey, será grande, será profeta, y dentro de sí, con aquel cuerpo −tan herido, que había sufrido tanto antes de morir− en sus brazos, por dentro seguramente tendría ganas de decir al Ángel: ¡Mentiroso! ¡Me has engañado!(Encuentro con niños gravemente enfermos, 30 de mayo de 2015)

Enseñanzas del Magisterio

Tabla de contenido

I – La Virgen María, entre todos la más unida a la obra redentora de Cristo
II –
Plena conformidad de María a los designios del Padre sobre su Hijo
III – Ante la cruz la Virgen da su entero consentimiento al sacrificio de Cristo


I – La Virgen María, entre todos la más unida a la obra redentora de Cristo

Juan Pablo II
-Aceptando y asistiendo al sacrificio de su Hijo María es aurora de la Redención

Pablo VI
-La cooperación libre y perfectamente dócil de Maria

San Alfonso María de Ligorio
-Jesús y María ofrecieron un mismo sacrificio

Concilio Vaticano II
-Con la obediencia María cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador
-Mientras llevaba en este mundo una vida igual que la de los demás, estaba constantemente unida con su Hijo

Pío X
-Unión de sufrimientos y propósitos entre Cristo y María

Juan Pablo II
-Para nuestra reconciliación con todos ofrece la hostia santa, agradable a Dios

Pío IX
-Así como Cristo, La Santísima Virgen triunfa de la serpiente

León XIII
-Más poderosa que los hombres y los ángeles en virtud de su papel en la salvación de la humanidad

II – Plena conformidad de María a los designios del Padre sobre su Hijo

San Ambrosio
-En pie ante la cruz María conforma su corazón con el del Salvador

San Buenaventura
-La Santísima Virgen estuvo presente como mujer fuerte ante la Cruz

San Alfonso María de Ligorio
-Con todo su corazón, ofreció y consintió que su Hijo muriera para salvarnos

San Gregorio Nacianceno
-Unida a Cristo en las prosperidades y en los dolores

Juan Pablo II
-María resplandeciente de esperanza en la hora dramática del Calvario

III – Ante la cruz la Virgen da su entero consentimiento al sacrificio de Cristo

San Juan Crisóstomo
-Los mismos símbolos de la derrota ahora son causa de nuestro triunfo

Pío XII
-María ofreció el holocausto de sus derechos maternos por todos los hijos de Adán
-Nuestra redención se cumplió según una cierta “recapitulación”: sometido a la muerte por causa de una virgen el género humano se salva también por medio de una virgen

Pío X
-No limitándose a contemplar el cruel espectáculo, María se alegraba por la salvación del género humano

León XIII
-Lo ofreció voluntariamente a la divina justicia

Concilio Vaticano II
-Ante la cruz María consentía amorosamente en la inmolación de la Víctima

Juan Pablo II
-En la cruz hay dos altares: uno en el corazón de María, otro en el cuerpo de Cristo

I – La Virgen María, entre todos la más unida a la obra redentora de Cristo

Juan Pablo II

  • Aceptando y asistiendo al sacrificio de su Hijo María es aurora de la Redención

María nos precede y acompaña. El silencioso itinerario que inicia con su Concepción Inmaculada y pasa por el sí de Nazaret que la hace Madre de Dios, encuentra en el Calvario un momento particularmente señalado. También allí, aceptando y asistiendo al sacrificio de su Hijo, es María aurora de la Redención; y allí nos la entregará su Hijo como Madre. “La Madre miraba con ojos de piedad las llagas del Hijo, de quien sabía que había de venir la redención del mundo” (Santo Ambrosio, De institutione virginis, n. 49). Crucificada espiritualmente con el Hijo crucificado (Cf. Gel 2, 20), contemplaba con caridad heroica la muerte de su Dios, “consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima que Ella misma había engendrado” (Lumen Gentium, n. 58). Cumple la voluntad del Padre en favor nuestro y nos acoge a todos como a hijos, en virtud del testamento de Cristo: “Mujer, he ahí a tu hijo” (Jn 19, 26).  (Juan Pablo II. Discurso Papal en Guayaquil, n. 5, 31 de enero de 1985)

Pablo VI

  • La cooperación libre y perfectamente dócil de Maria

Se abre ahora ante nosotros un gran panorama teológico, propio de la doctrina católica, en el que vemos cómo el designio divino de la salvación, ofrecida al mundo, por el único mediador, eficaz por virtud propia, entre Dios y los hombres, que es Cristo Jesús (cf. 1 Tm 2, 5; Hb 12, 24), se realiza con la cooperación humana, maravillosamente asociada a la obra divina. Y ¿qué cooperación humana ha sido elegida, en la historia de nuestros destinos cristianos, como primera por su función, por su dignidad, por su eficiencia, no puramente instrumental y física, sino en cuanto factor predestinado, pero libre y perfectamente dócil, sino la de María? (Pablo VI. Audiencia general, 30 de mayo de 1973)

San Alfonso María de Ligorio

  • Jesús y María ofrecieron un mismo sacrificio

Al morir Jesús, María unió su voluntad con la de su Hijo de tal manera que ambos ofrecieron un mismo sacrificio, y por eso dice el mismo santo abad que así es como el Hijo y la madre realizando la Redención humana obtuvieron la salvación de los hombres. La Madre de Dios puede ser llamada “salvadora del mundo”, pues con el sufrimiento soportado compadeciendo a su Hijo —y que ofreció voluntariamente a la divina justicia— mereció que se comunicaran a los hombres los méritos del Redentor. (San Alfonso María de Ligorio. Las glorias de María, II, 1, 6, 6)

Concilio Vaticano II

  • Con la obediencia María cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador

La Santísima Virgen, predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios juntamente con la encarnación del Verbo, por disposición de la Divina Providencia, fue en la tierra la Madre excelsa del Divino Redentor, compañera singularmente generosa entre todas las demás criaturas y humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia. (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen gentium, n. 61, 21 de noviembre de 1964)

  • Mientras llevaba en este mundo una vida igual que la de los demás, estaba constantemente unida con su Hijo

El modelo perfecto de esa vida espiritual y apostólica es la Santísima Virgen María, Reina de los Apóstoles, la cual, mientras llevaba en este mundo una vida igual que la de los demás, llena de preocupaciones familiares y de trabajos, estaba constantemente unida con su Hijo, cooperó de un modo singularísimo a la obra del Salvador; más ahora, asunta el cielo, “cuida con amor maternal de los hermanos de su Hijo, que peregrinan todavía y se debaten entre peligros y angustias, hasta que sean conducidos a la patria feliz.” (Concilio Vaticano II. Decreto Apostolicam actuositatem, n. 4, 18 de noviembre de 1965

Pío X

  • Unión de sufrimientos y propósitos entre Cristo y María

Por la unión de sufrimientos y propósitos entre Cristo y María, mereció convertirse de la manera más digna en la reparadora del mundo perdido y en consecuencia dispensadora de todos los favores que Jesús nos adquirió con su muerte y con su sangre… Sin embargo, porque ella supera en santidad y unión con Cristo a toda criatura humana y angelical por haber sido escogida por Cristo para asociarla en la obra de la salvación humana, mereció por nosotros de congruo, como dicen, aquello que Cristo nos mereció de condigno, siendo ella la principal dispensadora de las gracias que se distribuyen. (Pío X. Encíclica Ad diem illum laetissimum, 2 de febrero de 1904)

Juan Pablo II

  • Para nuestra reconciliación con todos ofrece la hostia santa, agradable a Dios

San Bernardo, muerto el año 1153, dirigiéndose a María, comenta así la presentación de Jesús en el templo: “Ofrece tu Hijo, Virgen Santísima, y presenta al Señor el fruto de tu seno. Para nuestra reconciliación con todos ofrece la hostia santa, agradable a Dios” (Sermo 3 in Purif., 2: PL 183, 370).  (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 25 de octubre de 1995)

Pío IX

  • Así como Cristo, la Santísima Virgen triunfa de la serpiente

Por lo cual, al glosar las palabras con las que Dios, vaticinando en los principios del mundo los remedios de su piedad dispuestos para la reparación de los mortales, aplastó la osadía de la engañosa serpiente levantó maravillosamente la esperanza de nuestro linaje, diciendo: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya”; enseñaron que, con este divino oráculo, fue de antemano designado clara y patentemente el misericordioso Redentor del humano linaje, es decir, el unigénito Hijo de Dios Cristo Jesús, y designada la Santísima Madre, la Virgen María, y al mismo tiempo brillantemente puestas de relieve las mismísimas enemistades de entrambos contra el diablo. Por lo cual, así como Cristo, mediador de Dios y de los hombres, asumida la naturaleza humana, borrando la escritura del decreto que nos era contrario, lo clavó triunfante en la cruz, así la Santísima Virgen, unida a Él con apretadísimo e indisoluble vínculo hostigando con Él y por Él eternamente a la venenosa serpiente, y de la misma triunfando en toda la línea, trituró su cabeza con el pie inmaculado. (Pío IX. Bula Ineffabilis Deus, 8 de diciembre de 1854)

León XIII

  • Más poderosa que los hombres y los ángeles en virtud de su papel en la salvación de la humanidad

En efecto, la Virgen, exenta de la mancha original, escogida para ser la Madre de Dios y asociada por lo mismo a la obra de la salvación del género humano, goza cerca de su Hijo de un favor y poder tan grande, como nunca han podido ni podrán obtenerlo ni los hombres ni los Ángeles. (León XIII. Encyclica Supremi apostolatus, n. 2, 1 de septiembre de 1883)

II – Plena conformidad de María a los designios del Padre sobre su Hijo

San Ambrosio

  • En pie ante la cruz María conforma su corazón con el del Salvador

Pero María se mostró a la altura de la dignidad que correspondía a la Madre de Cristo. Cuando huyeron los Apóstoles, estaba en pie ante la cruz, mirando las llagas de su Hijo, no como quien espera la muerte de su tesoro, sino la salvación del mundo. Y aun quizás porque conociendo la redención del mundo por la muerte de su Hijo, ella deseaba contribuir con algo a la redención universal, conformando su corazón con el del Salvador. (San Ambrosio citado por Santo Tomás de Aquino. Catena aurea in Jo 19, 25-27)

San Buenaventura

  • La Santísima Virgen estuvo presente como mujer fuerte ante la Cruz

Ella pagó el precio [de la redención] como mujer fuerte y amorosa —especialmente cuando Cristo sufrió en la cruz para pagar ese precio, con objeto de purgarnos, lavarnos y redimirnos— la Santísima Virgen estuvo presente, aceptando y consintiendo con el designio divino. (San Buenaventura. Collatio de donis Spiritus Sancti, 6, 16)

San Alfonso María de Ligorio

  • Con todo su corazón, ofreció y consintió que su Hijo muriera para salvarnos

Nuestra madre amorosísima estuvo siempre y del todo unida a la voluntad de Dios, por lo que —dice San Buenaventura— siendo ella el amor del eterno Padre hacia los hombres que aceptó la muerte de su Hijo por nuestra salvación, y el amor del Hijo al querer morir por nosotros para identificarse con este amor excesivo del Padre y del Hijo hacia los hombres, ella también, con todo su corazón, ofreció y consintió que su Hijo muriera para que todos nos salváramos. (San Alfonso María de Ligorio. Las glorias de María, I, 1, II, 3)

San Gregorio Nacianceno

  • Unida a Cristo en las prosperidades y en los dolores

Todas estas cosas que se dicen del Salvador, afectan igualmente a su Madre, porque toma también para sí todos sus trabajos y todas sus glorias, y no solamente le anuncia las prosperidades, sino que también los dolores. (San Gregorio Niceno por Santo Tomás de Aquino. Catena aurea in Lc 2, 33-35)

Juan Pablo II

  • María resplandeciente de esperanza en la hora dramática del Calvario

En este supremo “sí” de María resplandece la esperanza confiada en el misterioso futuro, iniciado con la muerte de su Hijo crucificado. Las palabras con que Jesús, a lo largo del camino hacia Jerusalén, enseñaba a sus discípulos “que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días” (Mc 8, 31), resuenan en su corazón en la hora dramática del Calvario, suscitando la espera y el anhelo de la Resurrección.
La esperanza de María al pie de la cruz encierra una luz más fuerte que la oscuridad que reina en muchos corazones: ante el sacrificio redentor, nace en María la esperanza de la Iglesia y de la humanidad. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4, 2 de abril de 1997)

III – Ante la cruz la Virgen da su entero consentimiento al sacrificio de Cristo

San Juan Crisóstomo

  • Los mismos símbolos de la derrota ahora son causa de nuestro triunfo

Una virgen, un árbol y la muerte eran los símbolos de nuestra derrota… Ved pues ahora, cómo los mismos son causa de nuestro triunfoEn vez de Eva, María; en vez del árbol de la ciencia del bien y del mal, el árbol de la Cruz; en vez de la muerte de Adán, la muerte del Señor. (San Juan Crisóstomo. Homilía 22 sobre la Santa Pascua, 22: PG. 52,768)

Pío XII

  • María ofreció el holocausto de sus derechos maternos por todos los hijos de Adán

Ella que dio su consentimiento en representación de toda la naturaleza humana a la realización de un matrimonio espiritual entre el Hijo de Dios y la naturaleza humana. Ella, la que, libre de toda mancha personal y original, unida siempre estrechísimamente con su Hijo, lo ofreció como nueva Eva al Eterno Padre en el Gólgota, juntamente con el holocausto de sus derechos maternos y de su materno amor, por todos los hijos de Adán manchados con su deplorable pecado. (Pío XII. Encílclica Mystici corporis Christi, n. 51, 29 de junio de 1943)

  • Nuestra redención se cumplió según una cierta “recapitulación”: sometido a la muerte por causa de una virgen el género humano se salva también por medio de una virgen

Dadas estas premisas, puede argumentarse así: Si María, en la obra de la salvación espiritual, por voluntad de Dios fue asociada a Cristo Jesús, principio de la misma salvación, y ello en manera semejante a la en que Eva fue asociada a Adán, principio de la misma muerte, por lo cual puede afirmarse que nuestra redención se cumplió según una cierta “recapitulación”, por la que el género humano, sometido a la muerte por causa de una virgen, se salva también por medio de una virgen; si, además, puede decirse que esta gloriosísima Señora fue escogida para Madre de Cristo precisamente “para estar asociada a Él en la redención del género humano” (Pío XI, Epístola Auspicatus profecto) “y si realmente fue Ella, la que, libre de toda mancha personal y original, unida siempre estrechísimamente con su Hijo, lo ofreció como nueva Eva al Eterno Padre en el Gólgota, juntamente con el holocausto de sus derechos maternos y de su maternal amor, por todos los hijos de Adán manchados con su deplorable pecado(Encíclica Mystici corporis Christi) se podrá de todo ello legítimamente concluir que, así como Cristo, el nuevo Adán, es nuestro Rey no sólo por ser Hijo de Dios, sino también por ser nuestro Redentor, así, según una cierta analogía, puede igualmente afirmarse que la Beatísima Virgen es Reina, no sólo por ser Madre de Dios, sino también por haber sido asociada cual nueva Eva al nuevo Adán. (Pío XII. Encíclica Ad caeli reginam, n. 15, 11 de octubre de 1954)

Pío X

  • No limitándose a contemplar el cruel espectáculo, María se alegraba por la salvación del género humano

A todo esto hay que añadir, en alabanzas de la santísima Madre de Dios, no solamente el haber proporcionado, al Dios Unigénito que iba a nacer con miembros humanos, la materia de su carne con la que se lograría una hostia admirable para la salvación de los hombres; sino también el papel de custodiar y alimentar esa hostia e incluso, en el momento oportuno, colocarla ante el ara. De ahí que nunca son separables el tenor de la vida y de los trabajos de la Madre y del Hijo, de manera que igualmente recaen en uno y otro las palabras del Profeta: mi vida transcurrió en dolor y entre gemidos mis años. Efectivamente cuando llegó la última hora del Hijo, estaba en pie junto a la cruz de Jesús, su Madre, no limitándose a contemplar el cruel espectáculo, sino gozándose de que su Unigénito se inmolara para la salvación del género humano, y tanto se compadeció que, si hubiera sido posible, ella misma habría soportado gustosísima todos los tormentos que padeció su Hijo. (Pío X. Encíclica Ad diem illum laetissimum, n. 12, 2 de febrero de 1904)

León XIII

  • Lo ofreció voluntariamente a la divina justicia

Cuando María se ofreció por completo a Dios junto con su Hijo en el Templo, ya estaba compartiendo con Él la dolorosa expiación a nombre del linaje humano… [al pie de la cruz] lo ofreció voluntariamente a la divina justicia, muriendo con Él en su Corazón, traspasada por la espada del dolor. (León XIII. Encíclica Jucunda semper, n. 6, 8 de septiembre de 1894)

Concilio Vaticano II

  • Ante la cruz María consentía amorosamente en la inmolación de la Víctima

Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (cf. Jn 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado (cf. Jn 19, 26-27). (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen gentium, n. 58, 21 de noviembre de 1964)

Juan Pablo II

  • En la cruz hay dos altares: uno en el corazón de María, otro en el cuerpo de Cristo

Un discípulo y amigo de San Bernardo, Arnaldo de Chartres, destaca en particular la ofrenda de María en el sacrificio del Calvario. Distingue en la cruz “dos altares: uno en el corazón de María; otro en el cuerpo de Cristo. Cristo inmolaba su carne; María, su alma.” María se inmola espiritualmente en profunda comunión con Cristo y suplica por la salvación del mundo: “Lo que la Madre pide, el Hijo lo aprueba y el Padre lo otorga” (De septem verbis Domini in cruce, 3: PL 189, 1694). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 25 de octubre de 1995)


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