100 – La vida es compleja, está hecha de gracia y de pecado. Si uno no peca, no es hombre

Imaginemos una persona que se pone gravemente enferma y después de muchas tentativas de curarse encuentra por fin un médico que le receta un medicamento eficaz. Después de algunos días de tratamiento, está curada. Naturalmente, la gratitud le hará dar a conocer a tantos cuantos pueda la competencia del facultativo y la eficacia de la fórmula que éste le prescribió, resaltando lo grave que era la enfermedad de la cual la han salvado. Su testimonio, además de ensalzar al médico, servirá para experiencias ulteriores sobre esa molestia y animará a cuantos la padezcan a esperar la curación. ¡Evidentemente, nadie pensará que esta propaganda acarrea una apología de la triste condición de enfermo…

Algo parecido pasa en el plano espiritual. Todos los hombres estamos contagiados de una misma enfermedad ―el pecado― y tenemos necesidad de ejemplos vivos que nos incentiven a alcanzar la perfección, pues aunque parezca difícil, basta con que recurramos al Divino Médico y nos beneficiemos de su gracia que esto será posible. El mismo Dios cuidó de designar a algunos hombres y mujeres con la especial vocación de servir como testimonio de santidad para los demás. Son aquellos que abrazan los consejos evangélicos como medio de conquistar la perfección de la caridad. Su vida debe ser una continua manifestación del poder del Dios amoroso, que se hizo hombre como nosotros para librarnos del pecado. ¿Qué pensar, pues, de un religioso que no refleja en su vida ese poder divino, contentándose en enorgullecerse de que es pecador como los demás?

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores
I – ¿El pecado hace el hombre o lo corrompe?
II –
La gracia que Cristo trajo al mundo con la Redención lleva a los hombres a abandonar el pecado
III –
El estado religioso es un estado de perfección: el religioso debe combatir el pecado más que los laicos
IV –
¿Cuál es el testimonio que el pueblo cristiano debe recibir de los religiosos?

I – ¿El pecado hace el hombre o lo corrompe?

Catecismo de la Iglesia Católica

El Creador hizo al hombre sin pecado

Dios creó al hombre a su imagen y lo estableció en su amistad. Criatura espiritual, el hombre no puede vivir esta amistad más que en la forma de libre sumisión a Dios. […] El hombre depende del Creador, está sometido a las leyes de la creación y a las normas morales que regulan el uso de la libertad. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 396)

Al pecar, el hombre obró contra las exigencias de su estado de criatura

El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su Creador (cf. Gen 3, 1-11) y, abusando de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios. En esto consistió el primer pecado del hombre (cf. Rom 5, 19). […] En este pecado, el hombre se prefirió a sí mismo en lugar de Dios, y por ello despreció a Dios: hizo elección de sí mismo contra Dios, contra las exigencias de su estado de criatura y, por tanto, contra su propio bien. El hombre, constituido en un estado de santidad, estaba destinado a ser plenamente divinizado por Dios en la gloria. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 397-398)

Concilio Vaticano II

El pecado no tiene origen en el Creador e impide al hombre lograr su propia plenitud

Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por instigación del demonio, en el propio exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios. Conocieron a Dios, pero no le glorificaron como a Dios. Obscurecieron su estúpido corazón y prefirieron servir a la criatura, no al Creador. Lo que la Revelación divina nos dice coincide con la experiencia. El hombre, en efecto, cuando examina su corazón, comprueba su inclinación al mal y se siente anegado por muchos males, que no pueden tener origen en su santo Creador. Al negarse con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompe el hombre la debida subordinación a su fin último, y también toda su ordenación tanto por lo que toca a su propia persona como a las relaciones con los demás y con el resto de la creación. Es esto lo que explica la división íntima del hombre. Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. […] El pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su propia plenitud. (Concilio Vaticano II. Constitución pastoral Gaudium et Spes, n. 13, 7 de diciembre de 1965)

Juan Pablo II

El pecado es contrario a la dignidad humana

Es precisamente el pecado el que desde el principio hace que el hombre esté en cierto modo desheredado de su propia humanidad. El pecado quita al hombre, de diversos modos, lo que decide su verdadera dignidad: la de imagen y semejanza de Dios. ¡Cada pecado en cierto modo reduce esta dignidad! Cuanto más “esclavo del pecado se hace el hombre” (Jn 8, 34), tanto menos goza de la libertad de los hijos de Dios. Deja de ser dueño de sí, tal como exigiría la estructura misma de su ser persona, es decir, de criatura racional, libre, responsable. […] Al ser racional compete tender a la verdad y existir en la verdad. En lugar de la verdad sobre el bien, el pecado introduce la no verdad: el verdadero bien es eliminado por el pecado en favor de un bien aparente, que no es un bien verdadero, habiendo sido eliminado el verdadero bien en favor del falso. La alienación que acontece con el pecado toca la esfera cognoscitiva, pero a través de la conciencia afecta a la voluntad. […] Como vemos, la real alienación del hombre ―la alienación de un ser hecho a imagen de Dios, racional y libre― no es más que “la esclavitud del pecado” (Rom 3, 9). Y este aspecto del pecado lo pone de relieve con toda fuerza la Sagrada Escritura. El pecado es no sólo contra Dios, es al mismo tiempo contra el hombre. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 9-10, 12 de noviembre de 1986)

San Bernardo de Claraval

El libre albedrío fue concedido al hombre para que tuviese la gloria de no pecar

Entre todos los animales solamente el hombre tenía la posibilidad de pecar, por el privilegio de su libre albedrío. Pero no se le concedió para que pecase, sino para tener la gloria de no pecar pudiendo pecar. Qué mayor gloria para él que poderle aplicar lo que dice la Escritura: ¿Quién es? Vamos a felicitarlo. ¿Y por qué merece esta alabanza? Hizo maravillas en su vida. ¿Cuales? Pudo desviarse y no se desvió; pudo hacer el mal y no lo hizo. Este honor lo conservó mientras se abstuvo del pecado. Y lo perdió al pecar. Pecó porque era libre. Y era libre por su libertad de elección, la cual le otorga la posibilidad de pecar. La culpa de esto no está en el que se la dio, sino en el que abusó de ella. La facultad que recibió para tener la gloria de no pecar, él la utilizó para pecar. Es verdad que pecó porque recibió la posibilidad de hacerlo. Pero no lo hizo porque pudo, sino porque quiso. […] Por eso la caída del pecador no se debe atribuir a la facultad de poder hacerlo, sino al vicio de la voluntad. (San Bernardo de Claraval. Tratado sobre la gracia y el libre albedrío, cap. VII, n. 22-23)

Juan Pablo II

Reconocerse pecador es el primer paso para volver a Dios

Reconocer el propio pecado, es más, —yendo aún más a fondo en la consideración de la propia personalidad— reconocerse pecador, capaz de pecado e inclinado al pecado, es el principio indispensable para volver a Dios. […] En efecto, no puede tratarse sobre el pecado y la conversión solamente en términos abstractos. En la condición concreta del hombre pecador, donde no puede existir conversión sin el reconocimiento del propio pecado, el ministerio de reconciliación de la Iglesia interviene en cada caso con una finalidad claramente penitencial, esto es, la de conducir al hombre al “conocimiento de sí mismo” según la expresión de Santa Catalina de Siena; a apartarse del mal, al restablecimiento de la amistad con Dios, a la reforma interior, a la nueva conversión eclesial. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia, n. 13, 2 de diciembre de 1984)

Concilio Vaticano II

Cristo es el hombre perfecto, en quien la naturaleza humana ha sido elevada a dignidad sin igual

En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su corona. El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. (Concilio Vaticano II. Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 22, 7 de diciembre de 1965)

Obra Pontificia para las Vocaciones Eclesiásticas

En María se realiza la imagen perfecta de la mujer

María, en fin, es la imagen perfectamente realizada de la mujer, perfecta síntesis del alma femenina y de la creatividad del Espíritu, que en Ella encuentra y escoge la esposa, virgen madre de Dios y del hombre, hija del Altísimo y madre de todo viviente. (Obra Pontificia para las Vocaciones Eclesiásticas. Documento final del Congreso europeo sobre las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada en Europa, n. 23, 6 de enero de 1998)

Juan Pablo II

La vocación del hombre es ser divinizado

La Iglesia, al anunciar a Jesús de Nazaret, verdadero Dios y Hombre perfecto, abre a cada ser humano la perspectiva de ser “divinizado” y, por tanto, de hacerse así más hombre. Éste es el único medio por el cual el mundo puede descubrir la alta vocación a la que está llamado y llevarla a cabo en la salvación realizada por Dios. (Juan Pablo II. Bula Incarnationis mysterium, n. 2, 30 de noviembre de 1998)

II – La gracia que Cristo trajo al mundo con la Redención lleva a los hombres a abandonar el pecado

Sagradas Escrituras

El mandato de Cristo

Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto. (Mt 5, 48)

Juan Pablo II

Para el cristiano, no pecar es un mandato, no una invitación

Al respecto podemos afirmar también con San Pablo que “es grande el misterio de la piedad”. También en este sentido la piedad, como fuerza de conversión y reconciliación, afronta la iniquidad y el pecado. Además en este caso los aspectos esenciales del misterio de Cristo son objeto de la piedad en el sentido de que el cristiano acoge el misterio, lo contempla y saca de él la fuerza espiritual necesaria para vivir según el Evangelio. También se debe decir aquí que “el que ha nacido de Dios, no comete pecado”; pero la expresión tiene un sentido imperativo: sostenido por el misterio de Cristo, como manantial interior de energía espiritual, el cristiano es invitado a no pecar; más aún, recibe el mandato de no pecar, y de comportarse dignamente “en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios viviente” (1 Tim 3, 15), siendo un “hijo de Dios”. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia, n. 21, 2 de diciembre de 1984)

La impecabilidad no es connatural al hombre, pero se puede obtener por la acción de Dios

Refiriéndose sin duda a este misterio, también San Juan, con su lenguaje característico diferente del de San Pablo, pudo escribir que “todo el nacido de Dios no peca, sino que el nacido de Dios le guarda, y el maligno no le toca” (1 Jn 5, 18s). En esta afirmación de San Juan hay una indicación de esperanza, basada en las promesas divinas: el cristiano ha recibido la garantía y las fuerzas necesarias para no pecar. No se trata, por consiguiente, de una impecabilidad adquirida por virtud propia o incluso connatural al hombre, como pensaban los gnósticos. Es un resultado de la acción de Dios. Para no pecar el cristiano dispone del conocimiento de Dios, recuerda San Juan en este mismo texto. Pero poco antes escribía: “Quien ha nacido de Dios no comete pecado, porque la simiente de Dios permanece en él” (1 Jn 3, 9). Si por esta “simiente de Dios” nos referimos —como proponen algunos comentaristas— a Jesús, el Hijo de Dios, entonces podemos decir que para no pecar —o para liberarse del pecado— el cristiano dispone de la presencia en su interior del mismo Cristo y del misterio de Cristo, que es misterio de piedad. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia, n. 20, 2 de diciembre de 1984)

San Agustín de Hipona

Quien reconoce el propio pecado y lo condena, obtiene el perdón de Dios

Él [Cristo] es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, si estás a disgusto contigo mismo y vas cambiando hasta alcanzar la perfección. Según eso, ¿cómo continúa? “Hijitos míos, os escribo para que no pequéis”. Pero tal vez se os ha infiltrado el pecado como resultado de la vida humana; ¿qué sucederá, pues? ¿Qué hacer? ¿Entrará ya la desesperación? Escucha: “Pero si alguien peca, tenemos un abogado ante el Padre, Jesucristo, el justo, y él es víctima de propiciación de nuestros pecados” (1 Jn 2, 1-2). Él es, pues, nuestro abogado. Pon empeño en no pecar. Pero si se infiltrase el pecado, como resultado de la debilidad de la vida, préstale atención al instante, desagrádate al instante, condénalo inmediatamente. Y una vez que lo hayas condenado, llegarás confiado a la presencia del juez.(San Agustín de Hipona. Tratado sobre la Primera Carta de San Juan, hom. 1, n. 7)

San Juan de Ávila

Los que gozan de perfecta limpieza de los pecados engrandecen la honra de Dios

No tenga nadie temor de atribuir la alteza de honra espiritual, y grandeza de espirituales riquezas, y perfecta limpieza de los pecados, a los que el celestial Padre justifica por merecimientos de Jesucristo nuestro Señor. Ni piense nadie que el ser ellos tales perjudica a la honra del mismo Señor. Porque como todo lo que ellos tienen les viene por Él, no sólo no disminuye la honra de Él ser ellos tan valerosos, mas aún la manifiestan y engrandecen; pues es claro que cuanto ellos más justos y más hermosos están, tanto más se manifiesta ser de gran valor los merecimientos de Aquel, que tanto bien alcanzó a los que de sí ni lo tenían ni lo merecían. No es el Señor como algunos, que les pesa o les place poco con la honra o virtud de sus criados, pareciéndoles que perjudica a la suya; o como las vanas mujeres, que huyen de acompañarse de criadas hermosas porque no obscurezcan la hermosura de ellas. Caridad tiene, cierto, Jesucristo nuestro Señor, y que excede a todo nuestro conocimiento, como dice San Pablo (Ep 3,19), para tener nuestro bien por suyo; y porque tuviésemos muchos bienes, perdió Él su dignísima vida en la cruz. (San Juan de Ávila. Audi filia, cap. 90)

Jesús tiene el poder de librar al hombre no sólo de la condenación, sino del mismo pecado

La cual confesión, con otras semejantes que en la Escritura divina hay, de los bienes que por Jesucristo nos vienen, da ciertamente más honra a Jesucristo, que decir que ni la virtud de su sangre, ni de su gracia, ni sacramentos, ni infundirse el Espíritu Santo en un hombre, ni incorporarlo consigo, no son bastantes a quitar el pecado de un hombre, sino a hacer que no sea condenado por él. ¿Qué es esto, sino sentir mal de Dios Padre, que prometiendo enviar con su único Hijo remedio entero contra el pecado, y que en su tiempo había de recibir fin el pecado (Da 9,24), no cumple lo prometido, pues el Hijo venido, el pecado se queda aún en quien participa del Hijo? ¿Cómo se puede cumplir la palabra que dice (Ez 36,25): “Derramaré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpios de todas vuestras suciedades”, si de verdad no me limpian en mi, sino échanme un manto limpio encima, diciéndome que se imputa por mía la justicia y limpieza de Jesucristo nuestro Señor? Lo cual, más es cubrir mi suciedad, que quitarla. Y quien esto dice, por el mismo caso niega ser el Mesías prometido en la Ley Jesucristo nuestro Señor ; y debe esperar otro, que libre, no sólo de la condenación del pecado, mas del mismo pecado; pues es claro que el que de entrambas cosas librase, sería mejor Salvador que quien de la una. (San Juan de Ávila. Audi filia, cap. 90)

III – El estado religioso es un estado de perfección: el religioso debe combatir el pecado más que los laicos

Juan Pablo II

La vida religiosa es camino expreso de una perfección que es preciso lograr

Camino de perfección significa, evidentemente, camino de una perfección que es preciso lograr, y no de una perfección ya alcanzada, como explica con claridad Santo Tomás de Aquino (cf. Summa Theol., II-II, q. 184, a. 5.7). Los que se hallan comprometidos a la práctica de los consejos evangélicos no creen haber alcanzado ya la perfección. Se reconocen pecadores, como todos los demás hombres: pecadores salvados. Pero se sienten y están llamados más expresamente a tender hacia la perfección, que consiste esencialmente en la caridad (cf. Summa Theol., II-II, q. 184, aa. 1.3). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1, 9 de noviembre de 1994)

La más completa realización de la misión de santificar

Como expresión de la santidad de la Iglesia, se debe reconocer una excelencia objetiva a la vida consagrada, que refleja el mismo modo de vivir de Cristo. Precisamente por esto, ella es una manifestación particularmente rica de los bienes evangélicos y una realización más completa del fin de la Iglesia que es la santificación de la humanidad. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Vita consecrata, n. 32, 25 de marzo de 1996)

Concilio Vaticano II

Cuánto más los religiosos se entregan a Dios, más exuberante es la Iglesia

Mas en medio de tanta diversidad de dones, todos los que son llamados por Dios a la práctica de los consejos evangélicos y fielmente los profesan se consagran de modo particular al Señor, siguiente a Cristo, quien, virgen y pobre, redimió y santificó a los hombres por su obediencia hasta la muerte de Cruz. Así, impulsados por la caridad que el Espíritu Santo difunde en sus corazones, viven más y más para Cristo y para su Cuerpo, que es la Iglesia. Porque cuanto más fervientemente se unan a Cristo por medio de esta donación de sí mismos, que abarca la vida entera, más exuberante resultará la vida de la Iglesia y más intensamente fecundo su apostolado. (Concilio Vaticano II. Decreto Perfectae caritatis, n. 1, 28 de octubre de 1965)

Código de Derecho Canónico

Totalmente dedicados a Dios, prenuncian la gloria celestial

La vida consagrada por la profesión de los consejos evangélicos es una forma estable de vivir en la cual los fieles, siguiendo más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, se dedican totalmente a Dios como a su amor supremo, para que, entregados por un nuevo y peculiar título a su gloria, a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo, consigan la perfección de la caridad en el servicio del Reino de Dios y, convertidos en signo preclaro en la Iglesia, prenuncien la gloria celestial. (Código de Derecho Canónico, c. 573, § 1)

Juan Pablo II

Seguir a Cristo con todo el corazón y conformar con Él toda la existencia

Por tanto, en la vida consagrada no se trata sólo de seguir a Cristo con todo el corazón, amándolo “más que al padre o a la madre, más que al hijo o a la hija” (cf. Mt 10, 37), como se pide a todo discípulo, sino de vivirlo y expresarlo con la adhesión “conformadora” con Cristo de toda la existencia, en una tensión global que anticipa, en la medida posible en el tiempo y según los diversos carismas, la perfección escatológica.
En efecto, mediante la profesión de los consejos evangélicos la persona consagrada no sólo hace de Cristo el centro de la propia vida, sino que se preocupa de reproducir en sí mismo, en cuanto es posible,     “aquella forma de vida que escogió el Hijo de Dios al venir al mundo” (Lumen Gentium, n. 44). (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Vita consecrata, n. 16, 25 de marzo de 1996)

Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares

Signo de atracción que incita a revisiones profundas de vida y de valores

Fieles a esta “regla suprema”, los religiosos saben que están comprometidos en un camino cotidiano de conversión al Reino de Dios que les convierte en el seno de la Iglesia y a la faz del mundo, en signo de atracción, incitando a revisiones profundas de vida y de valores. Es este, sin duda, el empeño más trascendente y fecundo al cual son llamados, incluso en aquellos campos en que la comunidad cristiana actúa en pro de la promoción humana y del desarrollo de las relaciones sociales inspiradas en principios de solidaridad y de comunión fraternal. […] La fuerza de transformación que encierra el espíritu de las Bienaventuranzas, penetrando dinámicamente la vida de los religiosos, caracteriza su vocación y su misión. (Plenaria de la Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares, n. 18, 25-28 abril de 1978)

Lo que más cuenta no es lo que hacen los religiosos, sino lo que son como personas consagradas

Su continua renovación individual de vida debiera ser fuente de nuevo crecimiento en los institutos a los que pertenecen, recordando las palabras del Papa Juan Pablo II: “Lo que más cuenta no es lo que los religiosos hacen, sino lo que son como personas consagradas al Señor” (Mensaje a la Plenaria de la Sda. Congregación, marzo 1980). No solamente con las obras, con que directamente anuncian el Evangelio, sino, con mayor fuerza aún, con su mismo modo de vivir, debieran ser voz que afirma con convicción y confianza: Hemos visto al Señor. Ha resucitado. Hemos escuchado su palabra. (Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares. Elementos esenciales de la doctrina de la Iglesia sobre la vida religiosa, 31 de mayo de 1983)

Santa Teresa de Jesús

La falta de perfección de los religiosos es causa de muchos males en la Iglesia

¡Oh grandísimo mal, grandísimo mal de religiosos -no digo ahora más mujeres que hombres- adonde no se guarda religión!, adonde en un monasterio hay dos caminos: de virtud y religión, y falta de religión, y todos casi se andan por igual; antes mal dije, no por igual, que, por nuestros pecados, camínese más el más imperfecto; y como hay más de él, es más favorecido. Usase tan poco el de la verdadera religión, que más ha de temer el fraile y la monja que ha de comenzar de veras a seguir del todo su llamamiento a los mismos de su casa, que a todos los demonios; y más cautela y disimulación ha de tener para hablar en la amistad que desea tener con Dios, que en otras amistades y voluntades que el demonio ordena en los monasterios. Y no sé de qué nos espantamos haya tantos males en la Iglesia, pues los que habían de ser los dechados para que todos sacasen virtudes, tienen tan borrada la labor que el espíritu de los santos pasados dejaron en las religiones. (Santa Teresa de Jesús. Libro de la Vida, cap. 7, n. 5)

IV – ¿Cuál es el testimonio que el pueblo cristiano debe recibir de los religiosos?

Pío IX

Insignes en la doctrina, ornados por las virtudes, encendidos de amor de Dios y de los hombres

Nadie ciertamente ignora o puede ignorar, que las familias religiosas, ya desde su primera institución brillaron con casi innumerables varones insignes en todo género de doctrina y cúmulo de erudición, y esclarecidos con el ornato de todas las virtudes y la gloria de la santidad, ilustres también en honrosísimas dignidades, encendidos en ardiente amor de Dios y de los hombres, hechos espectáculo para el mundo, los ángeles y los hombres y que solamente se deleitaron en aplicarse con todo cuidado, afición y empeño, de día y de noche, a llevar sobre su cuerpo la mortificación de Jesús, propagar la fe y doctrina católicas desde el sol naciente hasta el ocaso, luchar valientemente por ella, soportar alegremente cualquier género de severidades, tormentos y suplicios hasta dar la misma vida, atraer a los pueblos rudos y bárbaros, sacándolos de su tinieblas, fiereza de costumbres y encenagamiento en los vicios, a la luz de la verdad evangélica, a toda virtud y a la cultura de la sociedad civil, cultivar y proteger las letras, disciplinas y artes y librarlas de la destrucción, modelar maduramente las tiernas mentes de los jóvenes y sus corazones blandos como la cera en la piedad y la honestidad, volver a los errantes al camino de la salud. Ni es esto sólo sino que, revestidos de entrañas de misericordia, no hay ningún género de caridad heroica que ellos, aun exponiendo su vida, no hayan ejercido, como proporcionar amorosamente los oportunos subsidios de la cristiana beneficencia y providencia a los cautivos, encarcelados, enfermos, moribundos y a todos los desgraciados, necesitados y afligidos, suavizando sus dolores, enjugando sus lágrimas y proveyendo a sus necesidades con todo género de auxilios y obras. (Pío IX. Encíclica Ubi primum arcano, n. 1, 17 de junio de 1847)

Concilio Vaticano II

Símbolo que atrae todos los fieles a cumplir los deberes cristianos

Así, pues, la profesión de los consejos evangélicos aparece como un símbolo que puede y debe atraer eficazmente a todos los miembros de la Iglesia a cumplir sin desfallecimiento los deberes de la vida cristiana. Y como el Pueblo de Dios no tiene aquí ciudad permanente, sino que busca la futura, el estado religioso, por librar mejor a sus seguidores de las preocupaciones terrenas, cumple también mejor, sea la función de manifestar ante todos los fieles que los bienes celestiales se hallan ya presentes en este mundo, sea la de testimoniar la vida nueva y eterna conquistada por la redención de Cristo, sea la de prefigurar la futura resurrección y la gloria del reino celestial. El mismo estado imita más de cerca y representa perennemente en la Iglesia el género de vida que el Hijo de Dios tomó cuando vino a este mundo para cumplir la voluntad del Padre, y que propuso a los discípulos que le seguían. Finalmente, proclama de modo especial la elevación del reino de Dios sobre todo lo terreno y sus exigencias supremas; muestra también ante todos los hombres la soberana grandeza del poder de Cristo glorioso y la potencia infinita del Espíritu Santo, que obra maravillas en la Iglesia. (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen Gentium, n. 44, 21 de noviembre de 1964)

Juan Pablo II

Testimonio de valor incalculable para la Iglesia y de eficacia inigualable para los que buscan a Dios

El estado religioso tiende a poner en práctica y ayuda a descubrir y amar las bienaventuranzas evangélicas, mostrando la felicidad profunda que se obtiene mediante renuncias y sacrificios. Se trata de un testimonio preclaro, como dice el Concilio, porque refleja algo de la luz divina que encierra la palabra, la llamada, los consejos de Jesús. Además, se trata de un testimonio inestimable, porque los consejos evangélicos, como el celibato voluntario o la pobreza evangélica, constituyen un estilo particular de vida, que tiene un valor incalculable para la Iglesia y una eficacia inigualable para todos los que en el mundo, más o menos directa o conscientemente, buscan el reino de Dios. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4, 8 de febrero de 1995)

El estado religioso siempre ha dado sabrosos frutos de santidad

Queridísimos, vosotros representáis en la Iglesia un estado de vida que se remonta a los primeros siglos de su historia y que ha dado siempre, una y otra vez, abundantes y sabrosos frutos de santidad, de incisivo testimonio cristiano, de apostolado eficaz, e incluso de aportación notable a la formación de un rico patrimonio de cultura y civilización en el ámbito de las diversas familias religiosas. Pues bien, todo esto ha sido y es siempre posible en virtud de esa total y fiel unión con Cristo, de la que habla el Concilio y que no sólo se os pide, sino que incluso es fácilmente realizable por la condición especial de religiosos consagrados al Señor. (Juan Pablo II. Discurso al Consejo de de la Unión de Superiores Generales, n. 2, 26 de noviembre de 1979)

Los religiosos avivan en la conciencia de los fieles la llamada a la santidad

De este modo la vida consagrada aviva continuamente en la conciencia del Pueblo de Dios la exigencia de responder con la santidad de la vida al amor de Dios derramado en los corazones por el Espíritu Santo (cf. Rom 5, 5), reflejando en la conducta la consagración sacramental obrada por Dios en el Bautismo, la Confirmación o el Orden. En efecto, se debe pasar de la santidad comunicada por los sacramentos a la santidad de la vida cotidiana. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Vita Consecrata, n. 33, 25 de marzo de 1996)

Pío XII

La historia de la santidad y del apostolado católico va unida a la historia de la vida religiosa

Todos saben cuán estrecha e íntimamente va unida la historia de la santidad de la Iglesia y del apostolado católico con la historia y fastos de la vida religiosa canónica, que por la gracia continuamente vivificante del Espíritu Santo creció de día en día con variedad admirable y se fortaleció más y más con nueva, más alta y más firme unidad. (Pío XII. Constitución apostólica Provida Mater Ecclesia, n. 4, 2 de febrero de 1974)

Congregación para el Clero

Un don para los fieles, que nunca será suplido por los sacerdotes y laicos

La profesión de los consejos evangélicos, que caracteriza a la vida religiosa, constituye un don para toda la comunidad cristiana. En la acción catequética diocesana, su aportación original y específica nunca podrá ser suplida por la de los sacerdotes y laicos. Esta contribución original brota del testimonio público de su consagración, que les convierte en signo viviente de la realidad del Reino: “La profesión de estos consejos en un estado de vida estable reconocido por la Iglesia es lo que caracteriza la vida consagrada a Dios” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 915). Aunque los valores evangélicos deben ser vividos por todo cristiano, las personas de vida consagrada “encarnan la Iglesia deseosa de entregarse a la radicalidad de las bienaventuranzas” (Evangelii nuntiandi, n. 69). (Congregación para el Clero. Directorio General para la Catequesis, n. 228)

Pablo VI

El testimonio de virtud de los religiosos es primordial en la evangelización

Los religiosos, también ellos, tienen en su vida consagrada un medio privilegiado de evangelización eficaz. A través de su ser más íntimo, se sitúan dentro del dinamismo de la Iglesia, sedienta de lo Absoluto de Dios, llamada a la santidad. Es de esta santidad de la que ellos dan testimonio. Ellos encarnan la Iglesia deseosa de entregarse al radicalismo de las bienaventuranzas. Ellos son por su vida signo de total disponibilidad para con Dios, la Iglesia, los hermanos.
Por esto, asumen una importancia especial en el marco del testimonio que, como hemos dicho anteriormente, es primordial en la evangelización. Este testimonio silencioso de pobreza y de desprendimiento, de pureza y de transparencia, de abandono en la obediencia puede ser a la vez que una interpelación al mundo y a la Iglesia misma, una predicación elocuente, capaz de tocar incluso a los no cristianos de buena voluntad, sensibles a ciertos valores. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, n. 69, 8 de diciembre de 1975)

El mundo necesita ver en los religiosos la fe y el amor sin límites a Jesucristo

Este mundo, hoy más que nunca, tiene necesidad de ver en vosotros hombres y mujeres que han creído en la Palabra del Señor, en su Resurrección y en la vida eterna hasta el punto de empeñar su vida terrena para dar testimonio de la realidad de este amor que se ofrece a todos los hombres. La Iglesia no ha cesado de ser vivificada en el curso de la historia y de alegrarse por tantos religiosos y religiosas que, en la diversidad de sus vocaciones, fueron testimonios vivientes de un amor sin límites a Jesucristo. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelica Testificatio, n. 53, 29 de junio de 1971)


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