103 – La unidad no la van a hacer los teólogos sino el Espíritu Santo. Me uno a ustedes como uno más

“La verdad no se impone de otra manera, sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra suave y fuertemente en las almas.” Sabias palabras de la Declaración Dignitatis Humanae, del Concilio Vaticano II. ¿Y qué es la teología sino la búsqueda y la explicitación de la verdad divina? En efecto, la reflexión teológica reaviva la fe, pues aquella verdad que es ofrecida por la Revelación sobrepasa las capacidades de conocimiento del hombre, pero no se opone a su razón. Una teología que no se funde en la especulación y en los estudios no existe. Por eso la vocación del teólogo es suscitada por el Espíritu Santo y su función es lograr, en comunión con el Magisterio, una comprensión cada vez más profunda de la Palabra de Dios contenida en la Escritura, inspirada y transmitida por la Tradición viva de la Iglesia. No pueden los teólogos presentar una reflexión teológica que contradiga estos elementos. Por esta razón, su discurso acerca de la unidad de los cristianos y del ecumenismo no debe ser distinto de lo que enseña la Santa Iglesia, como ya hemos visto en otras materias y ahora recordaremos. Tampoco el Papa, cabeza visible del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, puede ser “uno más” entre los pastores de sectas protestantes…

Francisco

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Cita A

Yo estoy convencido de que la unidad entre nosotros no la van a hacer los teólogos. Los teólogos nos ayudan, la ciencia de los teólogos nos va a ayudar, pero si esperamos que los teólogos se pongan de acuerdo, la unidad recién se va a lograr al día siguiente del día del Juicio Final. La unidad la hace el Espíritu Santo, los teólogos nos ayudan, ¡pero nos ayudan las buenas voluntades de todos nosotros en el camino y el corazón abierto al Espíritu Santo! Con toda humildad, me uno a ustedes como uno más en esta jornada de oración, de amistad, de cercanía, de reflexión. Con la certeza de que tenemos un solo Señor: Jesús es el Señor. Con la certeza de que este Señor está vivo: Jesús vive, vive el Señor en cada uno de nosotros. Con la certeza de que nos ha enviado el Espíritu que prometió para que realizara esa “armonía” entre todos sus discípulos. (Desde Roma, Francisco reza con los pastores evangélicos pentecostales de Phoenix-EUA, por la unidad de la Iglesia, de 25 de mayo de 2015)

Cita B

[…] otra vez más: el problema del ecumenismo. Nunca litigar. Dejemos que los teólogos estudien los temas abstractos de la teología. Pero, ¿qué debo hacer con un amigo, un vecino, una persona ortodoxa? Ser abierto, ser amigo. ¿Acaso me debo esforzar en convertirlo? Hay un pecado gordo contra el ecumenismo: el proselitismo. Nunca se debe hacer proselitismo con los ortodoxos. Son hermanos y hermanas nuestros, discípulos de Jesucristo. ´[…] ¿Qué debo hacer? No condenar, no, no puedo. Amistad, caminar juntos, rezar unos por otros. Rezar y hacer obras de caridad juntos, cuando es posible. Esto es el ecumenismo. Pero nunca condenar un hermano o una hermana, nunca dejar de saludarla porque es ortodoxa. (Viaje Apostólico a Georgia, 1 de octubre de 2016)

Enseñanzas del Magisterio

Tabla de contenido

I – La teología es una consecuencia natural de la búsqueda de la verdad
II –
La unidad de los cristianos sólo es posible en la única y verdadera Iglesia de Cristo
III –
El Papa no es “uno más” entre los pastores evangélicos pentecostales


I – La teología es una consecuencia natural de la búsqueda de la verdad


Juan Pablo II
-Es obligación moral grave buscar y seguir la verdad

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)
-La verdad no se impone de otra manera sino por la fuerza de la misma verdad

Santo Tomás de Aquino
-La fe confiesa la verdad y la razón investiga la verdad
-Sólo el conocimiento divino aquieta el deseo natural del hombre de conocer su fin
-La teología o doctrina sagrada es una ciencia de revelación divina
-La doctrina sagrada es una ciencia más especulativa que práctica
-Teología: ciencia especulativa fundada en la luz de la ciencia divina

Pío X
-Entre las materias que se ofrecen al espíritu la sagrada teología ocupa el primer puesto

Congregación para la Doctrina de la Fe
-La teología, exigencia a la cual la Iglesia no puede renunciar
-La teología que obedece al impulso de la verdad nace del amor y tiende a comunicarse

Sagradas Escrituras
-La fe viene del oído

Juan Pablo II
-El teólogo debe rechazar las opiniones que no se compaginan con la fe
-El trabajo de los teólogos debe ser animado por el temor del Señor
-El teólogo tiene su función inserta en la misión profética de la Iglesia
-La fe es de algún modo “ejercicio de pensamiento”
-El teólogo católico no puede obviar la Tradición para unir la Escritura y las preocupaciones del presente

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)
-La Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia contribuyen a la salvación de las almas
-Los teólogos deben repartir el alimento de las Escrituras
-El estudio de la Sagrada Escritura debe ser el alma de la teología
-Los teólogos deben buscar un modo adecuado de llevar la doctrina a los hombres de su época

Pío XII
-Los teólogos y filósofos católicos tienen el grave cargo de defender la verdad
-El sagrado Magisterio es norma de verdad para cualquier teólogo
-La especulación que descuida la investigación del depósito sagrado se hace estéril

Pablo VI
-El teólogo debe estar atento y dócil para la luz del Espíritu Santo

Benedicto XVI
-Debemos redescubrir el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios

Congregación para la Doctrina de la Fe
-La justa libertad de los teólogos debe mantenerse en los límites de la Palabra de Dios

Concilio Vaticano I (XX Ecuménico)
-Jamás hay que apartarse de los sagrados dogmas so pretexto de mayor conocimiento

San Atanasio
-El que se aparta de la fe de la Iglesia deja de ser cristiano


II – La unidad de los cristianos sólo es posible en la única y verdadera Iglesia de Cristo


Sagradas Escrituras
-Si alguien os anuncia un evangelio diferente del que recibisteis ¡sea anatema!

Pío IX
-Equiparar la Religión verdadera con las falsas, pretender un consorcio entre Cristo y Belial
-Es engaño decir que en el protestantismo se puede agradar a Dios
-Las confesiones separadas de la Iglesia no constituyen parte de Ella
-Condenación del Syllabus
-Los que viven ajenos a la verdadera fe no pueden llegar a la eterna salvación

Pío XI
-No se puede unir de cualquier manera en un solo cuerpo a todos los que se dicen cristianos
-Un error capital: muchos cristianos quieren unirse a Roma sin abandonar sus falsas opiniones
-No es posible la unión entre cristianos que defienden doctrinas contrarias
-La diversidad de opiniones lleva al menosprecio de la religión
-La unión de los cristianos se dará con el retorno de los disidentes a la única Iglesia verdadera

Pablo VI
-El mensaje de Cristo es único y no admite indiferencia o sincretismo
-En el diálogo subsiste un peligro

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)
-El misterio de la unidad de la Iglesia de Cristo es como un lábaro alzado ante todos los pueblos
-Los hermanos separados no gozan de aquella unidad que sólo existe en la Iglesia Católica
-En el diálogo ecuménico es necesario que se exponga con claridad toda la doctrina
-Entre estas comunidades y la Iglesia Católica hay discrepancias esenciales
-La unidad a la que están llamados todos los hombres es en la doctrina de los Apóstoles
-La Iglesia Católica es necesaria para la salvación
-La única y verdadera religión subsiste en la Iglesia Católica

Congregación para la Doctrina de la Fe
-La única unión verdadera con los cristianos separados es mediante su vuelta a la verdadera Iglesia
-No imaginarse la Iglesia de Cristo como una suma de comunidades cristianas
-La unicidad de la Iglesia fundada por Cristo es verdad de fe

Catecismo de la Iglesia Católica
-La gran riqueza de la diversidad de dones no se opone a la unidad católica

Juan Pablo II
-El ecumenismo no consiste en renunciar a los tesoros de la Iglesia
-La acción universal del Espíritu Santo es inseparable de la Iglesia verdadera
-El anuncio de Cristo y el diálogo interreligioso no deben ser confundidos
-Otras comunidades no poseen la plenitud de la Iglesia Católica
-El diálogo edebe llamar a la conversión, enunciando la fe católica con claridad

Benedicto XVI
-Un tipo de diálogo ecuménico ajeno al espíritu del Concilio Vaticano II
-La unidad operada por el Espíritu se manifiesta en la profesión íntegra de la fe

Comisión Teológica Internacional
-El diálogo entre las religiones no puede ocasionar el sincretismo

Juan Pablo II
-Los cristianos hoy se sienten extraviados, confusos, perplejos e incluso desilusionados…


III – El Papa no es “uno más” entre los pastores evangélicos pentecostales


León XIII
-Hay hombres que son principales en la sociedad

Concilio de Trento (XIX Ecuménico)
-Los cristianos no gozan de igual potestad espiritual… a fortiori el Papa

Bonifacio I
-No se puede poner nadie por encima del Papa

Concilio de Florencia (XVII Ecuménico)
-El Papa tiene plena potestad de apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal

Juan Pablo II
-Por sincera humildad tener conciencia de la dignidad del Papado

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)
-El Vicario de Cristo tiene plena, suprema y universal potestad

Benedicto XV
-Pedro es el común maestro y rector de todos


I – La teología es una consecuencia natural de la búsqueda de la verdad


 Juan Pablo II

  • Es obligación moral grave buscar y seguir la verdad

Si existe el derecho de ser respetados en el propio camino de búsqueda de la verdad, existe aún antes la obligación moral, grave para cada uno, de buscar la verdad y de seguirla una vez conocida. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Veritatis Splendor, n. 34, 6 de agosto de 1993)

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)

  • La verdad no se impone de otra manera sino por la fuerza de la misma verdad

Esta exigencia de libertad en la sociedad humana se refiere sobre todo a los bienes del espíritu humano, principalmente a aquellos que pertenecen al libre ejercicio de la religión en la sociedad. Secundando con diligencia estos anhelos de los espíritus y proponiéndose declarar cuán conformes son con la verdad y con la justicia, este Concilio Vaticano estudia la sagrada tradición y la doctrina de la Iglesia, de las cuales saca a la luz cosas nuevas, de acuerdo siempre con las antiguas. En primer lugar, profesa el sagrado Concilio que Dios manifestó al género humano el camino por el que, sirviéndole, pueden los hombres salvarse y ser felices en Cristo. Creemos que esta única y verdadera religión subsiste en la Iglesia Católica y Apostólica, a la cual el Señor Jesús confió la misión de difundirla a todos los hombres, diciendo a los Apóstoles: “Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado.” (Mt 28, 19-20) Por su parte, todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla. Confiesa asimismo el santo Concilio que estos deberes afectan y ligan la conciencia de los hombres, y que la verdad no se impone de otra manera, sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra suave y fuertemente en las almas. Ahora bien, puesto que la libertad religiosa que exigen los hombres para el cumplimiento de su obligación de rendir culto a Dios, se refiere a la inmunidad de coacción en la sociedad civil, deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo. Se propone, además, el sagrado Concilio, al tratar de esta verdad religiosa, desarrollar la doctrina de los últimos Pontífices sobre los derechos inviolables de la persona humana y sobre el ordenamiento jurídico de la sociedad. (Concilio Vaticano II. Declaración Dignitatis Humanae, n. 1, 7 de diciembre de 1965)

Santo Tomás de Aquino

  • La fe confiesa la verdad y la razón investiga la verdad

Lo que está por encima de la razón humana, no lo creemos sino revelándolo Dios. Hay empero, para manifestar esta verdad, algunas razones verosímiles que pueden ser expuestas ciertamente para ejercicio y solaz de los fieles […]. Procurando, pues, proceder del modo propuesto, primero nos consagraremos a manifestar aquella verdad que la fe confiesa y la razón investiga, trayendo las razones demostrativas y probables, algunas de las cuales las hemos tomado de los libros de los filósofos y de los santos, por las cuales sea confirmada la verdad y quede convencido el adversario. Después, para que el proceso se haga de las cosas más manifiestas a nosotros a las que lo son menos, pasaremos a la manifestación de aquella verdad que excede a la razón, resolviendo las dificultades de los adversarios y declarando con autoridades, en cuanto Dios lo permite, la verdad de la fe. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra Gentiles, l. I, c. 9, n. 4-6)

  • Sólo el conocimiento divino aquieta el deseo natural del hombre de conocer su fin

El hombre desea naturalmente saber la causa de todo efecto conocido. Y el entendimiento humano conoce el ente universal. Luego, desea naturalmente conocer su causa, que es sólo Dios, como se ha probado (lib. II, cap. 15). Y no ha alcanzado alguno al fin último mientras no se aquiete su deseo natural. No basta, pues, para la felicidad humana, que es el último fin, el conocimiento de cualquier otro ser inteligible, si falta el conocimiento divino, que aquieta el deseo natural como último fin. Es pues, el fin último del hombre el conocimiento mismo de Dios. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra Gentiles, l. III, c. 25, n. 12)

  • La teología o doctrina sagrada es una ciencia de revelación divina

Para la salvación humana fue necesario que, además de las materias filosóficas, cuyo campo analiza la razón humana, hubiera alguna ciencia cuyo criterio fuera la revelación divina. Y esto es así porque Dios, como fin al que se dirige el hombre, excede la comprensión a la que puede llegar sólo la razón. Dice (Is 64, 4): ¡Dios! Nadie ha visto lo que tienes preparado para los que te aman. Sólo Tú. El fin tiene que ser conocido por el hombre para que hacia Él pueda dirigir su pensar y su obrar. Por eso fue necesario que el hombre, para su salvación, conociera por revelación divina lo que no podía alcanzar por su exclusiva razón humana. Más aún. Lo que de Dios puede comprender la sola razón humana, también precisa la revelación divina, ya que, con sola la razón humana, la verdad de Dios sería conocida por pocos, después de muchos análisis y con resultados plagados de errores. Y, sin embargo, del exacto conocimiento de la verdad de Dios depende la total salvación del hombre, pues en Dios está la salvación. Así, pues, para que la salvación llegara a los hombres de forma más fácil y segura, fue necesario que los hombres fueran instruidos, acerca de lo divino, por revelación divina. Por todo ello se deduce la necesidad de que, además de las materias filosóficas, resultado de la razón, hubiera una doctrina sagrada, resultado de la revelación. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 1. a. 1)

  • La doctrina sagrada es una ciencia más especulativa que práctica

La doctrina sagrada, tal como quedó indicado, siendo una abarca todo lo que concierne a las ciencias filosóficas por el aspecto formal bajo el que lo considera, esto es, en cuanto puede ser conocido por la luz divina. De ahí que, aun cuando las ciencias filosóficas unas sean especulativas y otras prácticas, sin embargo, la doctrina sagrada las abarca todas de la misma forma que Dios se conoce a sí mismo y su obrar con la misma ciencia. Por otra parte, estamos ante una ciencia más especulativa que práctica porque trata principalmente más de lo divino que de lo humano; pues cuando trata de lo humano lo hace en cuanto que el hombre, por su obrar, se encamina al perfecto conocimiento de Dios, puesto que en ese conocer consiste la felicidad eterna. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 1, a. 4)

  • Teología: ciencia especulativa fundada en la luz de la ciencia divina

Como quiera que esta ciencia con respecto a algo es especulativa, y con respecto a algo es práctica, está por encima de todas las demás ciencias tanto especulativas como prácticas. De entre las ciencias especulativas se dice que una es superior a otra según la certeza que contiene, o según la dignidad de la materia que trata. En ambos aspectos, la doctrina sagrada está por encima de las otras ciencias especulativas. Con respecto a la certeza de las ciencias especulativas, fundada en la razón natural, que puede equivocarse, contrapone la certeza que se funda en la luz de la ciencia divina, que no puede fallar. Con respecto a la dignidad de la materia, porque la doctrina sagrada trata principalmente de algo que por su sublimidad sobrepasa la razón humana. Las otras ciencias sólo consideran lo que está sometido a la razón. De entre las ciencias prácticas es más digna la que se orienta a un fin más alto, como lo civil a lo militar, puesto que el bien del ejército tiene por fin el bien del pueblo. El fin de la doctrina sagrada como ciencia práctica es la felicidad eterna que es el fin al que se orientan todos los objetivos de las ciencias prácticas. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 1, a. 5)

Pío X

  • Entre las materias que se ofrecen al espíritu la sagrada teología ocupa el primer puesto

Nadie ignora que entre las muchas y diversas materias que se ofrecen a un espíritu ávido de la verdad, la sagrada teología ocupa el primer puesto. […] Trabajad con denuedo en el estudio de las cosas naturales, pues así como ahora causan admiración los ingeniosos inventos y las empresas llenas de eficacia de hoy día, más adelante serán objeto de perenne aprobación y elogio. Pero todo esto sin detrimento alguno de los estudios sagrados. (Pío X. Sacrorum Antistitum, n. 1, 1 de septiembre de 1910)

Congregación para la Doctrina de la Fe

  • La teología, exigencia a la cual la Iglesia no puede renunciar

En la fe cristiana están intrínsecamente ligados el conocimiento y la vida, la verdad y la existencia. La verdad ofrecida en la revelación de Dios sobrepasa ciertamente las capacidades de conocimiento del hombre, pero no se opone a la razón humana. Más bien la penetra, la eleva y reclama la responsabilidad de cada uno (cf. 1 Pe 3, 15). Por esta razón desde el comienzo de la Iglesia la “norma de la doctrina” (Rom 6, 17) ha estado vinculada, con el bautismo, al ingreso en el misterio de Cristo. El servicio a la doctrina, que implica la búsqueda creyente de la comprensión de la fe es decir, la teología, constituye por lo tanto una exigencia a la cual la Iglesia no puede renunciar. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Donum Veritatis, n. 1, 24 de mayo de 1990)

  • La teología que obedece al impulso de la verdad nace del amor y tiende a comunicarse

La teología contribuye, pues, a que la fe sea comunicable y a que la inteligencia de los que no conocen todavía a Cristo la pueda buscar y encontrar. La teología, que obedece así al impulso de la verdad que tiende a comunicarse, al mismo tiempo nace también del amor y de su dinamismo: en el acto de fe, el hombre conoce la bondad de Dios y comienza a amarlo, y el amor desea conocer siempre mejor a aquel que ama. De este doble origen de la teología, enraizado en la vida interna del pueblo de Dios y en su vocación misionera, deriva el modo con el cual ha de ser elaborada para satisfacer las exigencias de su misma naturaleza. Puesto que el objeto de la teología es la Verdad, el Dios vivo y su designio de salvación revelado en Jesucristo, el teólogo está llamado a intensificar su vida de fe y a unir siempre la investigación científica y la oración. Así estará más abierto al “sentido sobrenatural de la fe” del cual dependa y que se le manifestará como regla segura para guiar su reflexión y medir la seriedad de sus conclusiones. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Donum Veritatis, n. 7-8, 24 de mayo de 1990)

Sagradas Escrituras

  • La fe viene del oído

Así, pues, la fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la palabra de Cristo. (Rom 10, 17)

Juan Pablo II

  • El teólogo debe rechazar las opiniones que no se compaginan con la fe

Así, pues, está claro cuánta importancia tiene el estudio de los que, de acuerdo con la ciencia más alta, investigan este misterio de Cristo. Esta es vuestra misión, ésta la importancia de vuestra presencia en la Iglesia. La teología casi desde los comienzos de la Iglesia se desarrolló juntamente con la práctica pastoral y siempre le dio y le sigue dando gran fuerza. Como a la catequesis. Sin embargo, es conveniente que este trabajo vuestro de investigación vaya por varios caminos: es sabido que desde antiguo existían muchas escuelas teológicas; y también en esta época se reconocen diversas opiniones y sentencias legítimas, de tal manera que se puede hablar de un sano pluralismo. Sin embargo, siempre se ha de procurar que permanezca íntegro el “depósito de la fe” y que el teólogo rechace aquellas opiniones filosóficas que no puedan compaginarse con la misma fe. (Juan Pablo II. Discurso a la Comisión Teológica Internacional, n. 5, 26 de octubre de 1979)

  • El trabajo de los teólogos debe ser animado por el temor del Señor

El esfuerzo de muchos teólogos, alentados por el Concilio, ya ha dado sus frutos con interesantes y útiles reflexiones sobre las verdades de fe que hay que creer y aplicar en la vida, presentadas de manera más adecuada a la sensibilidad y a los interrogantes de los hombres de nuestro tiempo. La Iglesia y particularmente los obispos, a los cuales Cristo ha confiado ante todo el servicio de enseñar, acogen con gratitud este esfuerzo y alientan a los teólogos a un ulterior trabajo, animado por un profundo y auténtico temor del Señor, que es el principio de la sabiduría (cf. Prov 1, 7). (Juan Pablo II. Carta Encíclica Veritatis Splendor, n. 29, 6 de agosto de 1993)

  • El teólogo tiene su función inserta en la misión profética de la Iglesia

Entre las vocaciones suscitadas por el Espíritu en la Iglesia —leemos en la Instrucción Donum veritatis— se distingue la del teólogo, que tiene la función especial de lograr, en comunión con el Magisterio, una comprensión cada vez más profunda de la palabra de Dios contenida en la Escritura inspirada y transmitida por la Tradición viva de la Iglesia. Por su propia naturaleza, la fe interpela la inteligencia, porque descubre al hombre la verdad sobre su destino y el camino para alcanzarlo. Aunque la verdad revelada supere nuestro modo de hablar y nuestros conceptos sean imperfectos frente a su insondable grandeza (cf. Ef 3, 19), sin embargo, invita a nuestra razón —don de Dios otorgado para captar la verdad— a entrar en el ámbito de su luz, capacitándola así para comprender en cierta medida lo que ha creído. La ciencia teológica, que busca la inteligencia de la fe respondiendo a la invitación de la voz de la verdad, ayuda al pueblo de Dios, según el mandamiento del apóstol (cf. 1 Pe 3, 15), a dar cuenta de su esperanza a aquellos que se lo piden.” Para definir la identidad misma y, por consiguiente, realizar la misión propia de la teología, es fundamental reconocer su íntimo y vivo nexo con la Iglesia, su misterio, su vida y misión: “La teología es ciencia eclesial, porque crece en la Iglesia y actúa en la Iglesia… Está al servicio de la Iglesia y por lo tanto debe sentirse dinámicamente inserta en la misión de la Iglesia, especialmente en su misión profética.” Por su naturaleza y dinamismo, la teología auténtica sólo puede florecer y desarrollarse mediante una convencida y responsable participación y pertenencia a la Iglesia, como comunidad de fe, de la misma manera que el fruto de la investigación y la profundización teológica vuelve a esta misma Iglesia y a su vida de fe. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Veritatis Splendor, n. 109, 6 de agosto de 1993)

  • La fe es de algún modo “ejercicio de pensamiento”

La fe, por tanto, no teme la razón, sino que la busca y confía en ella. Como la gracia supone la naturaleza y la perfecciona, así la fe supone y perfecciona la razón. Esta última, iluminada por la fe, es liberada de la fragilidad y de los límites que derivan de la desobediencia del pecado y encuentra la fuerza necesaria para elevarse al conocimiento del misterio de Dios Uno y Trino. Aun señalando con fuerza el carácter sobrenatural de la fe, el Doctor Angélico no ha olvidado el valor de su carácter racional; sino que ha sabido profundizar y precisar este sentido. En efecto, la fe es de algún modo “ejercicio del pensamiento”; la razón del hombre no queda anulada ni se envilece dando su asentimiento a los contenidos de la fe, que en todo caso se alcanzan mediante una opción libre y consciente. Precisamente por este motivo la Iglesia ha propuesto siempre a santo Tomás como maestro de pensamiento y modelo del modo correcto de hacer teología. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Fides et ratio, n. 43, 14 de septiembre de 1998)

  • El teólogo católico no puede obviar la Tradición para unir la Escritura y las preocupaciones del presente

Concentración en Dios y en su salvación dirigida a los hombres, significa orden interno de las verdades teológicas. En el centro se encuentran Dios Padre, Jesucristo y el Espíritu Santo. La Palabra de la Escritura, la Iglesia y los Sacramentos constituyen los grandes fundamentos históricos de la salvación ofrecida al mundo; pero la “jerarquía en las verdades” solicitada por el Concilio Vaticano II, no significa una simple reducción de la amplitud de la fe católica a unas pocas verdades básicas, como algunos han pensado. Cuanto más profunda y radicalmente se capta el centro, tanto más claras y convincentes resultan las líneas que enlazan el centro divino con aquellas verdades que parecen más bien estar situadas al margen. La profundidad de la concentración se manifiesta también en el alcance de su irradiación a toda la teología. […] El teólogo católico no puede tender el puente entre la Escritura y las preocupaciones de nuestro presente sin tener en cuenta la mediación de la Tradición. Esta no reemplaza a la Palabra de Dios en la Biblia; más bien da testimonio de ella, en el transcurso de épocas históricas, mediante nuevas interpretaciones. Permaneced siempre en diálogo con la Tradición viva de la Iglesia. Extraed de ella los tesoros a menudo no descubiertos aún. Haced ver a los hombres de la Iglesia que, obrando así, no os abandonáis a reliquias del pasado, sino que nuestra gran herencia, que se extiende desde los Apóstoles hasta nuestros días, encierra en sí un rico potencial capaz de dar respuesta a los interrogantes actuales. Si somos capaces de descubrir el valor de la Sagrada Escritura y de percibir el eco que ha dejado en la Tradición viva de la Iglesia, podremos entonces transmitir mejor el Evangelio de Dios. Nos haremos más críticos y sensibles de cara a nuestro propio presente. Este no constituye ni la única ni la última medida del conocimiento teológico. (Juan Pablo II. Alocución a los profesores de teología en el convento de los capuchinos de Altötting, n. 1-2, 18 de noviembre de 1980)

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)

  • La Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia contribuyen a la salvación de las almas

Esta Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo: puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón y, ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales, ya por el anuncio de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad. Es decir, la Iglesia, en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios. […] Es evidente, por tanto, que la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin el otro, y que, juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas. (Concilio Vaticano II. Constitución Dogmática Dei Verbum, n. 8; 10, 18 de noviembre de 1965)

  • Los teólogos deben repartir el alimento de las Escrituras

Los exegetas católicos, y demás teólogos deben trabajar, aunando diligentemente sus fuerzas, para investigar y proponer las Letras divinas, bajo la vigilancia del Sagrado Magisterio, con los instrumentos oportunos, de forma que el mayor número posible de ministros de la palabra puedan repartir fructuosamente al Pueblo de Dios el alimento de las Escrituras, que ilumine la mente, robustezca las voluntades y encienda los corazones de los hombres en el amor de Dios. El Sagrado Concilio anima a los hijos de la Iglesia dedicados a los estudios bíblicos, para que la obra felizmente comenzada, renovando constantemente las fuerzas, la sigan realizando con todo celo, según el sentir de la Iglesia. (Concilio Vaticano II. Constitución Dogmática Dei Verbum, n. 23, 18 de noviembre de 1965)

  • El estudio de la Sagrada Escritura debe ser el alma de la teología

La sagrada teología se apoya, como en cimientos perpetuos en la palabra escrita de Dios, al mismo tiempo que en la Sagrada Tradición, y con ella se robustece firmemente y se rejuvenece de continuo, investigando a la luz de la fe toda la verdad contenida en el misterio de Cristo. Las Sagradas Escrituras contienen la palabra de Dios y, por ser inspiradas, son en verdad la palabra de Dios; por consiguiente, el estudio de la Sagrada Escritura ha de ser como el alma de la sagrada teología. También el ministerio de la palabra, esto es, la predicación pastoral, la catequesis y toda instrucción cristiana, en que es preciso que ocupe un lugar importante la homilía litúrgica, se nutre saludablemente y se vigoriza santamente con la misma palabra de la Escritura. (Concilio Vaticano II. Constitución Dogmática Dei Verbum, n. 24, 18 de noviembre de 1965)

  • Los teólogos deben buscar un modo adecuado de llevar la doctrina a los hombres de su época

Aunque la Iglesia ha contribuido mucho al progreso de la cultura, consta, sin embargo, por experiencia que por causas contingentes no siempre se ve libre de dificultades al compaginar la cultura con la educación cristiana. Estas dificultades no dañan necesariamente a la vida de fe; por el contrario, pueden estimular la mente a una más cuidadosa y profunda inteligencia de aquélla. Puesto que los más recientes estudios y los nuevos hallazgos de las ciencias, de la historia y de la filosofía suscitan problemas nuevos que traen consigo consecuencias prácticas e incluso reclaman nuevas investigaciones teológicas. Por otra parte, los teólogos, guardando los métodos y las exigencias propias de la ciencia sagrada, están invitados a buscar siempre un modo más apropiado de comunicar la doctrina a los hombres de su época; porque una cosa es el depósito mismo de la fe, o sea, sus verdades, y otra cosa es el modo de formularlas conservando el mismo sentido y el mismo significado. (Concilio Vaticano II. Constitución Pastoral Gaudium et spes, n. 62, 7 de diciembre de 1965)

Pío XII

  • Los teólogos y filósofos católicos tienen el grave cargo de defender la verdad

Ahora bien, a los teólogos y filósofos católicos, a quienes incumbe el grave cargo de defender la verdad divina y humana y sembrarla en las almas de los hombres, no les es lícito ni ignorar ni descuidar esas opiniones que se apartan más o menos del recto camino. Más aún, es menester que las conozcan a fondo, primero porque no se curan bien las enfermedades si no son de antemano debidamente conocidas; luego, porque alguna vez en esos mismo falsos sistemas se esconde algo de verdad, y, finalmente, porque estimulan la mente a investigar y ponderar con más diligencia algunas verdades filosóficas y teológicas. (Denzinger-Hünermann 3879. Pío XII, Encíclica Humani generis, n. 5, 2 de agosto de 1950)

  • El sagrado Magisterio es norma de verdad para cualquier teólogo

Este sagrado Magisterio ha de ser para cualquier teólogo en materias de fe y costumbres la norma próxima y universal de la verdad, como quiera que a él encomendó Cristo Señor el depósito entero de la fe, es decir, la Sagrada Escritura y la Tradición divina, para custodiarlo, defenderlo o interpretarlo. (Denzinger-Hünermann 3884. Pío XII, Encíclica Humani generis, n. 12, 12 de agosto de 1950)

  • La especulación que descuida la investigación del depósito sagrado se hace estéril

También es verdad que los teólogos han de volver constantemente a las fuentes de la divina revelación, pues a ellos toca indicar de qué modo se halle en las Sagradas Letras y en la “tradición”, explícita o implícitamente, lo que por el magisterio vivo es enseñado. Añádase a esto que ambas fuentes de la doctrina divinamente revelada contienen tantos y tan grandes tesoros de verdad, que realmente jamás se agotan. De ahí que, con el estudio de las sagradas fuentes, las ciencias sagradas se rejuvenecen constantemente; mientras por experiencia sabemos que la especulación que descuida la ulterior investigación del depósito sagrado se hace estéril. (Denzinger-Hünermann 3886. Pío XII. Encíclica Humani generis, n. 15, 12 de agosto de 1950)

Pablo VI

  • El teólogo debe estar atento y dócil para la luz del Espíritu Santo

La teología, de hecho, mediante la inteligencia iluminada por la fe, y no sin cierta luz del Espíritu Santo a la cual el teólogo debe estar atento y ser dócil, tiene la tarea de conocer y penetrar más completamente el contenido de la Revelación; de llevar al conocimiento de la comunidad cristiana, y particularmente del propio Magisterio, los frutos de su investigación, de modo que, a través de la enseñanza de la autoridad, ésta se haga luz para todo el pueblo cristiano; y, después, colaborar para divulgar, explicar, justificar y defender la verdad enseñada con autoridad por el Magisterio. (Pablo VI. Discurso a los participantes del Congreso Internacional de Teología del Concilio Vaticano II, 1 de octubre de 1966)

Benedicto XVI

  • Debemos redescubrir el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios

Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: “Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna” (Jn 6, 27). (Benedicto XVI. Carta apostólica em forma de motu proprio Porta Fidei, n. 2-3, 11 de octubre de 2011)

Congregación para la Doctrina de la Fe

  • La justa libertad de los teólogos debe mantenerse en los límites de la Palabra de Dios

La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe se alegra de que los teólogos se apliquen con diligencia a investigar el misterio de la Iglesia. Reconoce también que su trabajo alcanza frecuentemente cuestiones que sólo pueden ser aclaradas a través de investigaciones complementarias y a base de tentativas y conjeturas. Sin embargo, la justa libertad de los teólogos debe mantenerse en los límites de la Palabra de Dios, tal como ha sido fielmente conservada y expuesta en la Iglesia, y como es enseñada y explicada por el Magisterio vivo de los Pastores, en primer lugar, del Pastor de todo el Pueblo de Dios. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Mysterium Ecclesiae, sobre la doctrina católica acerca de la Iglesia para defenderla de algunos errores actuales, n. 6, 24 de junio de 1973)

Concilio Vaticano I (XX Ecuménico)

  • Jamás hay que apartarse de los sagrados dogmas so pretexto de mayor conocimiento

Y, en efecto, la doctrina de la fe que Dios ha revelado, no ha sido propuesta como un hallazgo filosófico que deba ser perfeccionado por los ingenios humanos, sino entregada a la Esposa de Cristo como un depósito divino, para ser fielmente guardada e infaliblemente declarada. De ahí que también hay que mantener perpetuamente aquel sentido de los sagrados dogmas que una vez declaró la santa madre Iglesia y jamás hay que apartarse de ese sentido so pretexto y nombre de una más alta inteligencia [Can. 3]. “Crezca, pues, y mucho y poderosamente se adelante en quilates, la inteligencia, ciencia y sabiduría de todos y de cada uno, ora de cada hombre particular, ora de toda la Iglesia universal, de las edades y de los siglos; pero solamente en su propio género, es decir, en el mismo dogma, en el mismo sentido, en la misma sentencia.” (Denzinger-Hünermann 3020. Concilio Vaticano I, Constitución Dei Filius, c. IV, III Sesión, 24 de abril de 1870)

San Atanasio

  • El que se aparta de la fe de la Iglesia deja de ser cristiano

Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar el contenido de la antigua tradición, de la doctrina y la fe de la Iglesia católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron los apóstoles y la conservaron los santos Padres. En ella, efectivamente, está fundamentada la Iglesia, de manera que todo aquel que se aparta de esta fe deja de ser cristiano y ya no merece el nombre de tal. (San Atanasio. Epistola I ad Serapionem, 28: PG 26, 594-595)


II – La unidad de los cristianos sólo es posible en la única y verdadera Iglesia de Cristo


Sagradas Escrituras

  • Si alguien os anuncia un evangelio diferente del que recibisteis ¡sea anatema!

No es que haya otro evangelio; lo que pasa es que algunos os están turbando y quieren deformar el Evangelio de Cristo. Pues bien, aunque nosotros mismos o un ángel del cielo os predicara un evangelio distinto del que os hemos predicado, ¡sea anatema! Lo he dicho y lo repito: Si alguien os anuncia un evangelio diferente del que recibisteis ¡sea anatema! (Gal 1, 7-9)

Pío IX

  • Equiparar la Religión verdadera con las falsas, pretender un consorcio entre Cristo y Belial

Conocéis también, Venerables Hermanos, otra clase de errores y engaños monstruosos, con los cuales los hijos de este siglo atacan a la Religión cristiana […] Tal es el sistema perverso y opuesto a la luz natural de la razón que propugna la indiferencia en materia de religión, con el cual estos inveterados enemigos de la Religión, quitando todo discrimen entre la virtud y el vicio, entre la verdad y el error, entre la honestidad y vileza, aseguran que en cualquier religión se puede conseguir la salvación eterna, como si alguna vez pudieran entrar en consorcio la justicia con la iniquidad, la luz con las tinieblas, Cristo con Belial (cf. 2 Cor 6, 15). (Pío IX. Encíclica Qui Pluribus, n. 9, 9 de noviembre de 1846)

  • Es engaño decir que en el protestantismo se puede agradar a Dios

Pero tampoco ignoráis, Venerables Hermanos, que los principales autores de esta tan abominable intriga, […] han formado ellos el designio de atraer a los pueblos de Italia a sus opiniones y conventículos protestantes en que, engañosamente les dicen una y otra vez para seducirlos que no deben ver en ello más que una forma diferente de la misma Religión cristiana verdadera, en que lo mismo que la Iglesia Católica se puede agradar a Dios. Entretanto, en modo alguno ignoran que aquel principio básico del protestantismo, a saber, el libre examen e interpretación de la Sagrada Escritura, por el juicio particular de cada uno, en sumo grado aprovecharía su impía causa. (Pío IX. Encíclica Nostis et nobiscum, n. 4, 8 de diciembre de 1849)

  • Las confesiones separadas de la Iglesia no constituyen parte de Ella

Ahora bien, examinando cuidadosamente y reflexionando sobre el estado de las diversas sociedades religiosas, divididas entre sí, y separadas de la Iglesia Católica … no se puede dejar de estar convencido de que cualquiera de estas sociedades por sí mismas, ni todas ellas juntas, no pueden de ninguna manera constituir y ser la única Iglesia católica que Cristo nuestro Señor construyó y estableció, y que por su voluntad debe continuar; y que no pueden de ninguna manera decir que son ramas o partes de esa Iglesia, ya que están visiblemente separadas de la unidad católica. (Denzinger-Hünermann 2998. Pío IX, Carta Apostólica Iam Vos Omnes, 13 de septiembre 1864)

  • Condenación del Syllabus

[Errores relativos al reconocimiento del protestantismo como una religión verdadera]
5. La revelación divina es imperfecta, y, por tanto, está sujeta a un progreso continuo e indefinido, que corresponda al desarrollo de razón humana.
6. El protestantismo no es más que una forma distinta de la verdadera religión cristiana; y dentro de aquélla se puede agradar a Dios lo mismo que en la Iglesia católica.(Denzinger-Hünermann 2905; 2918. Pío IX, Syllabus o recopilación de errores que se proscribieron, 8 de diciembre de 1864)

  • Los que viven ajenos a la verdadera fe no pueden llegar a la eterna salvación

Es menester recordar y reprender nuevamente el gravísimo error en que míseramente se hallan algunos católicos, al opinar que hombres que viven en el error y ajenos a la verdadera fe y a la unidad católica pueden llegar a la eterna salvación [v. 2917]. Lo que ciertamente se opone en sumo grado a la doctrina católica. (Denzinger-Hünermann 2865. Pío IX, Encíclica Quanto conficiamur moerore, 10 de agosto de 1863)

Pío XI

  • No se puede unir de cualquier manera en un solo cuerpo a todos los que se dicen cristianos

Pero donde con falaz apariencia de bien se engañan más fácilmente algunos, es cuando se trata de fomentar la unión de todos los cristianos. ¿Acaso no es justo —suele repetirse— y no es hasta conforme con el deber, que cuantos invocan el nombre de Cristo se abstengan de mutuas recriminaciones y se unan por fin un día con vínculos de mutua caridad? ¿Y quién se atreverá a decir que ama a Jesucristo, sino procura con todas sus fuerzas realizar los deseos que Él manifestó al rogar a su Padre que sus discípulos fuesen una sola cosa? (Jn 17, 21) y el mismo Jesucristo ¿por ventura no quiso que sus discípulos se distinguiesen y diferenciasen de los demás por este rasgo y señal de amor mutuo: En esto conocerán todos que sois mis discípulos, en que os améis unos a otros? (Jn 13, 35) ¡Ojala —añaden— fuesen una sola cosa todos los cristianos! Mucho más podrían hacer para rechazar la peste de la impiedad, que, deslizándose y extendiéndose cada vez más, amenaza debilitar el Evangelio. Estos y otros argumentos parecidos divulgan y difunden los llamados “pan cristianos”; los cuales, lejos de ser pocos en número, han llegado a formar legiones y a agruparse en asociaciones ampliamente extendidas, bajo la dirección, las mas de ellas, de hombres católicos, aunque discordes entre sí en materia de fe. Exhortándonos, pues, la conciencia de Nuestro deber a no permitir que la grey del Señor sea sorprendida por perniciosas falacias, invocamos vuestro celo, Venerables Hermanos, para evitar mal tan grave; pues confiamos que cada uno de vosotros, por escrito y de palabra, podrá más fácilmente comunicarse con el pueblo y hacerle entender mejor los principios y argumentos que vamos a exponer, y en los cuales hallaran los católicos la norma de lo que deben pensar y practicar en cuanto se refiere al intento de unir de cualquier manera en un solo cuerpo a todos los hombres que se llaman católicos. Dios, Creador de todas las cosas, nos ha creado a los hombres con el fin de que le conozcamos y le sirvamos. Tiene, pues, nuestro Creador perfectísimo derecho a ser servido por nosotros. Pudo ciertamente Dios imponer para el gobierno de los hombres una sola ley, la de la naturaleza, ley esculpida por Dios en el corazón del hombre al crearle: y pudo después regular los progresos de esa misma ley con solo su providencia ordinaria. Pero en vez de ella prefirió dar Él mismo los preceptos que habíamos de obedecer; y en el decurso de los tiempos, esto es desde los orígenes del género humano hasta la venida y predicación de Jesucristo, enseñó por Si mismo a los hombres los deberes que su naturaleza racional les impone para con su Creador. “Dios, que en otro tiempo habló a nuestros padres en diferentes ocasiones y de muchas maneras, por medio de los Profetas, nos ha hablado últimamente por su Hijo Jesucristo” (Heb 1, 1-2) Por donde claramente se ve que ninguna religión puede ser verdadera fuera de aquella que se funda en la palabra revelada por Dios, revelación que comenzada desde el principio, y continuada durante la Ley Antigua, fue perfeccionada por el mismo Jesucristo con la Ley Nueva. Ahora bien: si Dios ha hablado —y que haya hablado lo comprueba la historia— es evidente que el hombre está obligado a creer absolutamente la revelación de Dios, y a obedecer totalmente sus preceptos. Y con el fin de que cumpliésemos bien lo uno y lo otro, para gloria de Dios y salvación nuestra, el Hijo Unigénito de Dios fundo en la tierra su Iglesia. Así pues, los que se proclaman cristianos es imposible no crean que Cristo fundó una Iglesia, y precisamente una sola. Mas, si se pregunta cuál es esa Iglesia conforme a la voluntad de su Fundador, en esto ya no convienen todos. Muchos de ellos, por ejemplo, niegan que la Iglesia de Cristo haya de ser visible, a lo menos en el sentido de que deba mostrarse como un solo cuerpo de fieles, concordes en una misma doctrina y bajo un solo magisterio y gobierno. Estos tales entienden que la Iglesia visible no es más que la alianza de varias comunidades cristianas, aunque las doctrinas de cada una de ellas sean distintas. (Pío XI. Encíclica Mortalium animos, n. 4-8, 6 de enero de 1928)

  • Un error capital: muchos cristianos quieren unirse a Roma sin abandonar sus falsas opiniones

Y aquí se Nos ofrece ocasión de exponer y refutar una falsa opinión de la cual parece depender toda esta cuestión, y en la cual tiene su origen la múltiple acción y confabulación de los católicos que trabajan, como hemos dicho, por la unión de las iglesias cristianas. Los autores de este proyecto no dejan de repetir casi infinitas veces las palabras de Cristo: “Sean todos una misma cosa. Habrá un solo rebano y un solo pastor” (Jn 17, 21; 19, 16) mas de tal manera las entienden, que, según ellos, solo significan un deseo y una aspiración de Jesucristo, deseo que todavía no se ha realizado. Opinan, pues, que la unidad de fe y de gobierno, nota distintiva de la verdadera y única Iglesia de Cristo, no ha existido casi nunca hasta ahora, y ni siquiera hoy existe: podrá, ciertamente, desearse, y tal vez algún día se consiga, mediante la concordante impulsión de las voluntades; pero en entre tanto, habrá que considerarla solo como un ideal. En lo demás, y cada una con los mismos derechos exactamente que las otras; y que la Iglesia solo fue única y una, a lo sumo desde la edad apostólica hasta tiempos de los primeros Concilios Ecuménicos. Sería necesario pues -dicen-, que, suprimiendo y dejando a un lado las controversias y variaciones rancias de opiniones, que han dividido hasta hoy a la familia cristiana, se formule se proponga con las doctrinas restantes una norma común de fe, con cuya profesión puedan todos no ya reconocerse, sino sentirse hermanos. Y cuando las múltiples iglesias o comunidades estén unidas por un pacto universal, entonces será cuando puedan resistir solida y fructuosamente los avances de la impiedad… Esto es así tomando las cosas en general, Venerables Hermanos; mas hay quienes afirman y conceden que el llamado Protestantismo ha desechado demasiado desconsideradamente ciertas doctrinas fundamentales de la fe y algunos ritos del culto externo ciertamente agradables y útiles, los que la Iglesia Romana por el contrario aun conserva; añaden sin embargo en el acto, que ella ha obrado mal porque corrompió la religión primitiva por cuanto agregó y propuso como cosa de fe algunas doctrinas no solo ajenas sino mas bien opuestas al Evangelio, entre las cuales se enumera especialmente el Primado de jurisdicción que ella adjudica a Pedro y a sus sucesores en la sede Romana. En el número de aquellos, aunque no sean muchos, figuran también los que conceden al Romano Pontífice cierto Primado de honor o alguna jurisdicción o potestad de la cual creen, sin embargo, que desciende no del derecho divino sino de cierto consenso de los fieles. Otros en cambio aun avanzan a desear que el mismo Pontífice presida sus asambleas, las que pueden llamarse “multicolores”. Por lo demás, aun cuando podrán encontrarse a muchos no católicos que predican a pulmón lleno la unión fraterna en Cristo, sin embargo, hallarán pocos a quienes se ocurre que han de sujetarse y obedecer al Vicario de Jesucristo cuando ensena o manda y gobierna. Entre tanto asevera que están dispuestos a actuar gustosos en unión con la Iglesia Romana, naturalmente en igualdad de condiciones jurídicas, o sea de iguales a igual: mas si pudieran actuar no parece dudoso de que lo harían con la intención de que por un pacto o convenio por establecerse tal vez, no fueran obligados a abandonar sus opiniones que constituyen aun la causa por qué continúan errando y vagando fuera del único redil de Cristo. (Pío XI. Encíclica Mortalium animos, n. 9, 6 de enero de 1928)

  • No es posible la unión entre cristianos que defienden doctrinas contrarias

Por tanto, ¿cómo es posible imaginar una confederación cristiana, cada uno de cuyos miembros pueda, hasta en materias de fe, conservar su sentir y juicio propios aunque contradigan al juicio y sentir de los demás? ¿y de qué manera, si se nos quiere decir, podrían formar una sola y misma Asociación de fieles los hombres que defienden doctrinas contrarias, como, por ejemplo, los que afirman y los que niegan que la sagrada Tradición es fuente genuina de la divina Revelación; los que consideran de institución divina la jerarquía eclesiástica, formada de Obispos, presbíteros y servidores del altar, y los que afirman que esa Jerarquía se ha introducido poco a poco por las circunstancias de tiempos y de cosas; los que adoran a Cristo realmente presente en la Sagrada Eucaristía por la maravillosa conversión del pan y del vino, llamada “transubstanciación”, y los que afirman que el Cuerpo de Cristo esta allí presente solo por la fe, o por el signo y virtud del Sacramento; los que en la misma Eucaristía reconocen su doble naturaleza de sacramento y sacrificio, y los que sostienen que solo es un recuerdo o conmemoración de la Cena del Señor; los que estiman buena y útil la suplicante invocación de los santos que reinan con Cristo, sobre todo de la Virgen María Madre de Dios, y la veneración de sus imágenes, y los que pretenden que tal culto es ilícito por ser contrario al honor del único Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo? (Ver 1 Tm 2, 5). (Pío XI. Encíclica Mortalium animos, n. 14, 6 de enero de 1928)

  • La diversidad de opiniones lleva al menosprecio de la religión

Entre tan grande diversidad de opiniones, no sabemos cómo se podrá abrir camino para conseguir la unidad de la Iglesia, unidad que no puede nacer más que de un solo magisterio, de una sola ley de creer y de una sola fe de los cristianos. En cambio, sabemos, ciertamente que de esa diversidad de opiniones es fácil el paso al menosprecio de toda religión, o “indiferentismo”, y al llamado “modernismo”, con el cual los que están desdichadamente inficionados, sostienen que la verdad dogmática no es absoluta sino relativa, o sea, proporcionada a las diversas necesidades de lugares y tiempos, y a las varias tendencias de los espíritus, no hallándose contenida en una revelación inmutable, sino siendo de suyo acomodable a la vida de los hombres. (Pío XI. Encíclica Mortalium animos, n. 15, 6 de enero de 1928)

  • La unión de los cristianos se dará con el retorno de los disidentes a la única Iglesia verdadera

La unión de los cristianos no se puede fomentar de otro modo que procurando el retorno de los disidentes a la única y verdadera Iglesia de Cristo, de la cual un día desdichadamente se alejaron; a aquella única y verdadera Iglesia que todos ciertamente conocen y que por la voluntad de su Fundador debe permanecer siempre tal cual Él mismo la fundo para la salvación de todos. Nunca, en el transcurso de los siglos, se contaminó esta mística Esposa de Cristo, ni podrá contaminarse jamás, como dijo bien San Cipriano: No puede adulterar la Esposa de Cristo; es incorruptible y fiel. Conoce una sola casa y custodia con casto pudor la santidad de una sola estancia (S. Cipr. De la unidad de la Iglesia: PL 4, 518-519). Por eso se maravillaba con razón el santo Mártir de que alguien pudiese creer que esta unidad, fundada en la divina estabilidad y robustecida por medio de celestiales sacramentos, pudiese desgarrarse en la Iglesia, y dividirse por el disentimiento de las voluntades discordes (S. Cipr. De la unidad de la Iglesia: PL 4, 519-B; 520-A). Porque siendo el cuerpo místico de Cristo, esto es, la Iglesia, uno (1 Cor 12, 12) compacto y conexo (Ef 4, 15), lo mismo que su cuerpo físico, necedad es decir que el cuerpo místico puede constar de miembros divididos y separados; quien, pues, no está unido con él no es miembro suyo, ni está unido con su cabeza, que es Cristo (Ef 5, 30; 1, 22).  (Pío XI. Encíclica Mortalium animos, n. 16, 6 de enero de 1928)

Pablo VI

  • El mensaje de Cristo es único y no admite indiferencia o sincretismo

Una exhortación en este sentido nos ha parecido de importancia capital, ya que la presentación del mensaje evangélico no constituye para la Iglesia algo de orden facultativo: está de por medio el deber que le incumbe, por mandato del Señor, con vista a que los hombres crean y se salven. Sí, este mensaje es necesario. Es único. De ningún modo podría ser reemplazado. No admite indiferencia, ni sincretismo, ni acomodos. Representa la belleza de la Revelación. Lleva consigo una sabiduría que no es de este mundo. Es capaz de suscitar por sí mismo la fe, una fe que tiene su fundamento en la potencia de Dios. Es la Verdad. Merece que el apóstol le dedique todo su tiempo, todas sus energías y que, si es necesario, le consagre su propia vida. (Pablo VI. Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, n. 5, 8 de diciembre de 1975)

  • En el diálogo subsiste un peligro

Pero subsiste el peligro. El arte del apostolado es arriesgado. La solicitud por acercarse a los hermanos no debe traducirse en una atenuación o en una disminución de la verdad. Nuestro diálogo no puede ser una debilidad frente al deber con nuestra fe. El apostolado no puede transigir con una especie de compromiso ambiguo respecto a los principios de pensamiento y de acción que han de señalar nuestra cristiana profesión. El irenismo y el sincretismo son en el fondo formas de escepticismo respecto a la fuerza y al contenido de la palabra de Dios que queremos predicar. Sólo el que es totalmente fiel a la doctrina de Cristo puede ser eficazmente apóstol. Y sólo el que vive con plenitud la vocación cristiana puede estar inmunizado contra el contagio de los errores con los que se pone en contacto. (Pablo VI. Encíclica Ecclesiam suam, n. 33, 6 de agosto de 1964)

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)

  • El misterio de la unidad de la Iglesia de Cristo es como un lábaro alzado ante todos los pueblos

Para el establecimiento de esta su santa Iglesia en todas partes y hasta el fin de los tiempos, confió Jesucristo al Colegio de los Doce el oficio de enseñar, de regir y de santificar. De entre ellos destacó a Pedro, sobre el cual determinó edificar su Iglesia, después de exigirle la profesión de fe; a él prometió las llaves del reino de los cielos y previa la manifestación de su amor, le confió todas las ovejas, para que las confirmara en la fe y las apacentara en la perfecta unidad, reservándose Jesucristo el ser El mismo para siempre la piedra fundamental y el pastor de nuestras almas. Jesucristo quiere que su pueblo se desarrolle por medio de la fiel predicación del Evangelio, y la administración de los sacramentos, y por el gobierno en el amor, efectuado todo ello por los Apóstoles y sus sucesores, es decir, por los Obispos con su cabeza, el sucesor de Pedro, obrando el Espíritu Santo; y realiza su comunión en la unidad, en la profesión de una sola fe, en la común celebración del culto divino, y en la concordia fraterna de la familia de Dios. Así, la Iglesia, único rebaño de Dios como un lábaro alzado ante todos los pueblos, comunicando el Evangelio de la paz a todo el género humano, peregrina llena de esperanza hacia la patria celestial. Este es el Sagrado misterio de la unidad de la Iglesia de Cristo y por medio de Cristo, comunicando el Espíritu Santo la variedad de sus dones, El modelo supremo y el principio de este misterio es la unidad de un solo Dios en la Trinidad de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. (Concilio Vaticano II. Decreto Unitatis Redintegratio, n. 2, 21 de noviembre de 1964)

  • Los hermanos separados no gozan de aquella unidad que sólo existe en la Iglesia Católica

En esta una y única Iglesia de Dios, ya desde los primeros tiempos, se efectuaron algunas escisiones que el Apóstol condena con severidad, pero en tiempos sucesivos surgieron discrepancias mayores, separándose de la plena comunión de la Iglesia no pocas comunidades, a veces no sin responsabilidad de ambas partes. Pero los que ahora nacen y se nutren de la fe de Jesucristo dentro de esas comunidades no pueden ser tenidos como responsables del pecado de la separación, y la Iglesia católica los abraza con fraterno respeto y amor; puesto que quienes creen en Cristo y recibieron el bautismo debidamente, quedan constituidos en alguna comunión, aunque no sea perfecta, con la Iglesia católica. […] Los hermanos separados, sin embargo, ya particularmente, ya sus comunidades y sus iglesias, no gozan de aquella unidad que Cristo quiso dar a los que regeneró y vivificó en un cuerpo y en una vida nueva y que manifiestan la Sagrada Escritura y la Tradición venerable de la Iglesia. Solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es auxilio general de la salvación, puede conseguirse la plenitud total de los medios salvíficos. Creemos que el Señor entregó todos los bienes de la Nueva Alianza a un solo colegio apostólico, a saber, el que preside Pedro, para constituir un solo Cuerpo de Cristo en la tierra, al que tienen que incorporarse totalmente todos los que de alguna manera pertenecen ya al Pueblo de Dios. (Concilio Vaticano II. Decreto Unitatis Redintegratio, n. 3, 21 de noviembre de 1964)

  • En el diálogo ecuménico es necesario que se exponga con claridad toda la doctrina

En ningún caso debe ser obstáculo para el diálogo con los hermanos el sistema de exposición de la fe católica. Es totalmente necesario que se exponga con claridad toda la doctrina. Nada es tan ajeno al ecumenismo como el falso irenismo, que pretendiera desvirtuar la pureza de la doctrina católica y obscurecer su genuino y verdadero sentido. La fe católica hay que exponerla al mismo tiempo con más profundidad y con más rectitud, para que tanto por la forma como por las palabras pueda ser cabalmente comprendida también por los hermanos separados. Finalmente, en el diálogo ecumenista los teólogos católicos, bien imbuidos de la doctrina de la Iglesia, al tratar con los hermanos separados de investigar los divinos misterios, deben proceder con amor a la verdad, con caridad y con humildad. Al confrontar las doctrinas no olviden que hay un orden o “jerarquía” de las verdades en la doctrina católica, por ser diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana. (Concilio Vaticano II. Decreto Unitatis Redintegratio, n. 11, 21 de noviembre de 1964)

  • Entre estas comunidades y la Iglesia Católica hay discrepancias esenciales

Hay que reconocer, ciertamente que entre estas Iglesias y comunidades y la Iglesia Católica hay discrepancias esenciales no sólo de índole histórica, sociológica, psicológica y cultural, sino, ante todo, de interpretación de la verdad revelada. (Concilio Vaticano II. Decreto Unitatis Redintegratio, n. 19, 21 de noviembre de 1964)

  • La unidad a la que están llamados todos los hombres es en la doctrina de los Apóstoles

Todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios. Por lo cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos, para así cumplir el designio de la voluntad de Dios, quien en un principio creó una sola naturaleza humana, y a sus hijos, que estaban dispersos, determinó luego congregarlos (cf. Jn 11, 52). Para esto envió Dios a su Hijo, a quien constituyó en heredero de todo (cf. Hb 1, 2), para que sea Maestro, Rey y Sacerdote de todos, Cabeza del pueblo nuevo y universal de los hijos de Dios. Para esto, finalmente, envió Dios al Espíritu de su Hijo, Señor y Vivificador, quien es para toda la Iglesia y para todos y cada uno de los creyentes el principio de asociación y unidad en la doctrina de los Apóstoles, en la mutua unión, en la fracción del pan y en las oraciones (cf. Hch 2, 42). (Concilio Vaticano II. Constitución Dogmática Lumen gentium, n.13, 21 de noviembre de 1964)

  • La Iglesia Católica es necesaria para la salvación

El sagrado Concilio fija su atención en primer lugar en los fieles católicos. Y enseña, fundado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, que esta Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación. El único Mediador y camino de salvación es Cristo, quien se hace presente a todos nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia. El mismo, al inculcar con palabras explícitas la necesidad de la fe y el bautismo (cf. Mc 16, 16; Jn 3, 5), confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta. Por lo cual no podrían salvarse aquellos hombres que, conociendo que la Iglesia católica fue instituida por Dios a través de Jesucristo como necesaria, sin embargo, se negasen a entrar o a perseverar en ella. A esta sociedad de la Iglesia están incorporados plenamente quienes, poseyendo el Espíritu de Cristo, aceptan la totalidad de su organización y todos los medios de salvación establecidos en ella, y en su cuerpo visible están unidos con Cristo, el cual la rige mediante el Sumo Pontífice y los Obispos, por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno y comunión eclesiástica. (Concilio Vaticano II. Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 14, 21 de noviembre de 1964)

  • La única y verdadera religión subsiste en la Iglesia Católica

En primer lugar, profesa el sagrado Concilio que Dios manifestó al género humano el camino por el que, sirviéndole, pueden los hombres salvarse y ser felices en Cristo. Creemos que esta única y verdadera religión subsiste en la Iglesia Católica y Apostólica, a la cual el Señor Jesús confió la misión de difundirla a todos los hombres, diciendo a los Apóstoles: “Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado” (Mt 28, 19-20). Por su parte, todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla. Confiesa asimismo el santo Concilio que estos deberes afectan y ligan la conciencia de los hombres, y que la verdad no se impone de otra manera, sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra suave y fuertemente en las almas. Ahora bien, puesto que la libertad religiosa que exigen los hombres para el cumplimiento de su obligación de rendir culto a Dios, se refiere a la inmunidad de coacción en la sociedad civil, deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo. (Concilio Vaticano II. Declaración Dignitatis humanae, n. 1, 7 de diciembre de 1965)

Congregación para la Doctrina de la Fe

  • La única unión verdadera con los cristianos separados es mediante su vuelta a la verdadera Iglesia

La doctrina católica debe ser expuesta y propuesta total e íntegramente, no hay que silenciar o usar términos ambiguos al referirse a lo que la verdad católica enseña sobre la verdadera naturaleza y las etapas de la justificación, sobre la constitución de la Iglesia, sobre la primacía de jurisdicción del Romano Pontífice, sobre la única unión verdadera mediante la vuelta de los cristianos separados a la única y verdadera Iglesia de Cristo. Sin duda, se les podrá decir que volviendo a la Iglesia no perderán ese bien que, por la gracia de Dios, se realizó en ellos hasta el momento presente, pero que con su vuelta, este bien se hallará completado y llevado a su perfección. Sin embargo, se evitará hablar sobre este aspecto de tal manera que se imaginen que al volver a la iglesia le aportan un elemento esencial que le faltaba. Hay que decir estas cosas con claridad y sin ambages, ante todo porque buscan la verdad, y también porque fuera de la verdad nunca podrá haber una unión verdadera. (Congregación del Santo Oficio. Instrucción Ecclesia Catholica, n. II, 20 de diciembre de 1949)

  • No imaginarse la Iglesia de Cristo como una suma de comunidades cristianas

Pero, al mismo tiempo, los católicos están obligados a profesar que pertenecen, por misericordioso don de Dios, a la Iglesia fundada por Cristo y guiada por los sucesores de Pedro y de los demás Apóstoles, en quienes persiste íntegra y viva la primigenia institución y doctrina de la comunidad apostólica, que constituye el patrimonio perenne de verdad y santidad de la misma Iglesia. Por lo cual no pueden los fieles imaginarse la Iglesia de Cristo como si no fuera más que una suma ―ciertamente dividida, aunque en algún sentido una― de Iglesias y de comunidades eclesiales; y en ningún modo son libres de afirmar que la Iglesia de Cristo hoy no subsiste ya verdaderamente en ninguna parte, de tal manera que se la debe considerar como una meta a la cual han de tender todas las Iglesias y comunidades. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Mysterium Ecclesiae, n. 1, 24 de junio de 1973)

  • La unicidad de la Iglesia fundada por Cristo es verdad de fe

El Señor Jesús, único salvador, no estableció una simple comunidad de discípulos, sino que constituyó a la Iglesia como misterio salvífico: Él mismo está en la Iglesia y la Iglesia está en Él (cf. Jn 15, 1ss; Gal 3, 28; Ef 4, 15-16; Hch 9, 5); por eso, la plenitud del misterio salvífico de Cristo pertenece también a la Iglesia, inseparablemente unida a su Señor. Jesucristo, en efecto, continúa su presencia y su obra de salvación en la Iglesia y a través de la Iglesia (cf. Col 1,24-27), que es su cuerpo (cf. 1 Cor 12, 12-13.27; Col 1, 18). Y así como la cabeza y los miembros de un cuerpo vivo aunque no se identifiquen son inseparables, Cristo y la Iglesia no se pueden confundir pero tampoco separar, y constituyen un único “Cristo total”. Esta misma inseparabilidad se expresa también en el Nuevo Testamento mediante la analogía de la Iglesia como Esposa de Cristo (cf. 2 Cor 11, 2; Ef 5, 25-29; Ap 21, 2.9). Por eso, en conexión con la unicidad y la universalidad de la mediación salvífica de Jesucristo, debe ser firmemente creída como verdad de fe católica la unicidad de la Iglesia por Él fundada. Así como hay un solo Cristo, uno solo es su cuerpo, una sola es su Esposa: “una sola Iglesia católica y apostólica”. Además, las promesas del Señor de no abandonar jamás a su Iglesia (cf. Mt 16, 18; 28, 20) y de guiarla con su Espíritu (cf. Jn 16, 13) implican que, según la fe católica, la unicidad y la unidad, como todo lo que pertenece a la integridad de la Iglesia, nunca faltaran. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 16, 6 de agosto de 2000)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • La gran riqueza de la diversidad de dones no se opone a la unidad católica

Desde el principio, esta Iglesia una se presenta, no obstante, con una gran diversidad que procede a la vez de la variedad de los dones de Dios y de la multiplicidad de las personas que los reciben. En la unidad del Pueblo de Dios se reúnen los diferentes pueblos y culturas. Entre los miembros de la Iglesia existe una diversidad de dones, cargos, condiciones y modos de vida; “dentro de la comunión eclesial, existen legítimamente las Iglesias particulares con sus propias tradiciones” (LG 13). La gran riqueza de esta diversidad no se opone a la unidad de la Iglesia. No obstante, el pecado y el peso de sus consecuencias amenazan sin cesar el don de la unidad. También el apóstol debe exhortar a “guardar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz” (Ef 4, 3).815. ¿Cuáles son estos vínculos de la unidad? “Por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección” (Col 3, 14). Pero la unidad de la Iglesia peregrina está asegurada por vínculos visibles de comunión:

la profesión de una misma fe recibida de los Apóstoles;

la celebración común del culto divino, sobre todo de los sacramentos;

la sucesión apostólica por el sacramento del orden, que conserva la concordia fraterna de la familia de Dios. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 814-815)

Juan Pablo II

  • El ecumenismo no consiste en renunciar a los tesoros de la Iglesia

La verdadera actividad ecuménica significa apertura, acercamiento, disponibilidad al diálogo, búsqueda común de la verdad en el pleno sentido evangélico y cristiano; pero de ningún modo significa ni puede significar renunciar o causar perjuicio de alguna manera a los tesoros de la verdad divina, constantemente confesada y enseñada por la Iglesia. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Redemptor Hominis, n. 6, 4 de marzo de 1979)

  • La acción universal del Espíritu Santo es inseparable de la Iglesia verdadera

Todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones tiene un papel de preparación evangélica, y no puede menos de referirse a Cristo, Verbo encarnado por obra del Espíritu, “para que, hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas. La acción universal del Espíritu no hay que separarla tampoco de la peculiar acción que despliega en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris Missio, n. 29, 7 de diciembre de 1990)

  • El anuncio de Cristo y el diálogo interreligioso no deben ser confundidos

A la luz de la economía de la salvación, la Iglesia no ve un contraste entre el anuncio de Cristo y el diálogo interreligioso; sin embargo siente la necesidad de compaginarlos en el ámbito de su misión ad gentes. En efecto, conviene que estos dos elementos mantengan su vinculación íntima y, al mismo tiempo, su distinción, por lo cual no deben ser confundidos, ni instrumentalizados, ni tampoco considerados equivalentes, como si fueran intercambiables. […] El diálogo debe ser conducido y llevado a término con la convicción de que la Iglesia es el camino ordinario de salvación y que sólo ella posee la plenitud de los medios de salvación [Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 14; cf. Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 7]. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Redemptoris Missio, n. 55, 7 de diciembre de 1990)

  • Otras comunidades no poseen la plenitud de la Iglesia Católica

Los elementos de esta Iglesia ya dada existen, juntos en plenitud, en la Iglesia católica, y sin esta plenitud en las otras comunidades. (Juan Pablo II. Encíclica Ut unum sint, n. 14, 25 de marzo de 1995)

  • El diálogo debe llamar a la conversión, enunciando la fe católica con claridad

Una vez más el Concilio Vaticano II nos ayuda. Se puede decir que todo el Decreto sobre el ecumenismo está lleno del espíritu de conversión. El diálogo ecuménico presenta en este documento un carácter propio; se transforma en “diálogo de la conversión”, y por tanto, según la expresión de Pablo VI, en auténtico “diálogo de salvación”. El diálogo no puede desarrollarse siguiendo una trayectoria exclusivamente horizontal, limitándose al encuentro, al intercambio de puntos de vista, o incluso de dones propios de cada Comunidad. Tiende también y sobre todo a una dimensión vertical que lo orienta hacia Aquél, Redentor del mundo y Señor de la historia, que es nuestra reconciliación. La dimensión vertical del diálogo está en el común y recíproco reconocimiento de nuestra condición de hombres y mujeres que han pecado. Precisamente esto abre en los hermanos que viven en comunidades que no están en plena comunión entre ellas, un espacio interior en donde Cristo, fuente de unidad de la Iglesia, puede obrar eficazmente, con toda la potencia de su Espíritu Paráclito. […] En relación al estudio de las divergencias, el Concilio pide que se presente toda la doctrina con claridad. Al mismo tiempo, exige que el modo y el método de enunciar la fe católica no sea un obstáculo para el diálogo con los hermanos. Ciertamente es posible testimoniar la propia fe y explicar la doctrina de un modo correcto, leal y comprensible, y tener presente contemporáneamente tanto las categorías mentales como la experiencia histórica concreta del otro. Obviamente, la plena comunión deberá realizarse en la aceptación de toda la verdad, en la que el Espíritu Santo introduce a los discípulos de Cristo. Por tanto debe evitarse absolutamente toda forma de reduccionismo o de fácil “estar de acuerdo”. Las cuestiones serias deben resolverse, porque de lo contrario resurgirían en otros momentos, con idéntica configuración o bajo otro aspecto. (Juan Pablo II. Encíclica Ut unum sint, n. 35-36, 25 de mayo de 1995)

Benedicto XVI

  • Un tipo de diálogo ecuménico ajeno al espíritu del Concilio Vaticano II

La coherencia del compromiso ecuménico con la enseñanza del Concilio Vaticano II y con toda la Tradición ha sido uno de los ámbitos al que la Congregación, en colaboración con el Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos, siempre ha prestado atención. Hoy podemos constatar no pocos frutos buenos producidos por los diálogos ecuménicos, pero debemos reconocer también que el riesgo de un falso irenismo y de un indiferentismo, del todo ajeno al espíritu del Concilio Vaticano II, exige nuestra vigilancia. Este indiferentismo está causado por la opinión, cada vez más difundida, de que la verdad no sería accesible al hombre; por lo tanto, sería necesario limitarse a encontrar reglas para una praxis capaz de mejorar el mundo. Y así la fe sería sustituida por un moralismo sin fundamento profundo. El centro del verdadero ecumenismo es, en cambio, la fe en la cual el hombre encuentra la verdad que se revela en la Palabra de Dios. Sin la fe todo el movimiento ecuménico se reduciría a una forma de “contrato social” al cual adherirse por un interés común, una “praxiología” para crear un mundo mejor. La lógica del Concilio Vaticano II es completamente distinta: la búsqueda sincera de la unidad plena de todos los cristianos es un dinamismo animado por la Palabra de Dios, por la Verdad divina que nos habla en esta Palabra. Por ello, el problema crucial, que marca de modo transversal los diálogos ecuménicos, es la cuestión de la estructura de la Revelación —la relación entre la Sagrada Escritura, la Tradición viva en la Santa Iglesia y el Ministerio de los sucesores de los Apóstoles como testimonio de la verdadera fe. Y aquí está implícita la cuestión de la eclesiología que forma parte de este problema: cómo llega la verdad de Dios a nosotros. Aquí, por lo demás, es fundamental el discernimiento entre la Tradición con mayúscula y las tradiciones. (Benedicto XVI. Discurso a los participantes en la plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe, 27 de enero de 2012)

  • La unidad operada por el Espíritu se manifiesta en la profesión íntegra de la fe

Es el Espíritu Santo, principio de unidad, quien constituye a la Iglesia como comunión. Él es el principio de la unidad de los fieles en la enseñanza de los Apóstoles, en la fracción del pan y en la oración. Con todo, la Iglesia, por analogía con el misterio del Verbo encarnado, no es sólo una comunión invisible, espiritual, sino también visible; de hecho, “la sociedad dotada de órganos jerárquicos y el Cuerpo místico de Cristo, el grupo visible y la comunidad espiritual, la Iglesia de la tierra y la Iglesia enriquecida de bienes del cielo, no se pueden considerar como dos realidades distintas. Forman más bien una sola realidad compleja resultante de un doble elemento, divino y humano” (LG 8). La comunión de los bautizados en la enseñanza de los Apóstoles y en la fracción del pan eucarístico se manifiesta visiblemente en los vínculos de la profesión de la integridad de la fe, de la celebración de todos los sacramentos instituidos por Cristo y del gobierno del Colegio de los obispos unidos a su cabeza, el Romano Pontífice. (Benedicto XVI. Constitución Apostólica Anglicanorum Coetibus, 4 de noviembre de 2009)

Comisión Teológica Internacional

  • El diálogo entre las religiones no puede ocasionar el sincretismo

Sin embargo, no podemos olvidar la transcendencia del evangelio con respecto a todas las culturas humanas en las que la fe cristiana tiene vocación de enraizarse y de desarrollarse según todas sus virtualidades. En efecto, por grande que deba ser el respeto por lo que es verdadero y santo en la herencia cultural de un pueblo, sin embargo esta actitud no pide que se preste un carácter absoluto a esta herencia cultural. Nadie puede olvidar que, desde los orígenes, el evangelio ha sido “escándalo para los judíos y locura para los gentiles” (1 Cor 1, 23). La inculturación que toma el camino del diálogo entre las religiones, no podría, en modo alguno, dar ocasión al sincretismo. (Comisión Teológica Internacional. La fe y la inculturación, n. 14, diciembre de 1987)

Juan Pablo II

  • Los cristianos hoy se sienten extraviados, confusos, perplejos e incluso desilusionados…

Hoy, para un trabajo eficaz en el campo de la predicación, es necesario ante todo conocer bien la realidad espiritual y sicológica de los cristianos que viven en la sociedad, moderna. Es necesario admitir con realismo, y con profunda y atormentada sensibilidad, que los cristianos hoy, en gran parte, se sienten extraviados, confusos, perplejos e incluso desilusionados; se han esparcido a manos llenas ideas contrastantes con la verdad revelada y enseñada desde siempre; se han propalado verdaderas y propias herejías, en el campo dogmático y moral, creando dudas, confusiones, rebeliones, se ha manipulado incluso la liturgia; inmersos en el “relativismo” intelectual y moral, y por esto, en el permisivismo, los cristianos se ven tentados por el ateísmo, el agnosticismo, el iluminismo vagamente moralista, por un cristianismo sociológico, sin dogmas definidos y sin moral objetiva. (Juan Pablo II. Discurso a los participantes en el Congreso Nacional Italiano sobre el tema “Misiones al Pueblo para los años 80”, n. 2, 6 de febrero de 1981)


III – El Papa no es “uno más” entre los pastores evangélicos pentecostales


León XIII

  • Hay hombres que son principales en la sociedad

Es necesario en absoluto que haya quienes se dediquen a las funciones de gobierno, quienes legislen, quienes juzguen y, finalmente, quienes con su dictamen y autoridad administren los asuntos civiles y militares. Aportaciones de tales hombres que nadie dejará de ver que son principales y que ellos deben ser considerados como superiores en toda sociedad por el hecho de que contribuyen al bien común más de cerca y con más altas razones. (León XIII. Encíclica Rerum novarum, n. 25, 15 de mayo de 1891)

Concilio de Trento (XIX Ecuménico)

  • Los cristianos no gozan de igual potestad espiritual… a fortiori el Papa

Porque cualquiera que afirmase que todos los cristianos son promiscuamente sacerdotes del Nuevo Testamento, o que todos gozan entre sí de igual potestad espiritual; no haría más que confundir la jerarquía eclesiástica, que es en sí como un ejército ordenado en la campaña; y sería lo mismo que si contra la doctrina del bienaventurado San Pablo, todos fuesen Apóstoles, todos Profetas, todos Evangelistas, todos Pastores y todos Doctores. (Concilio de Trento. Sección XXIII, Doctrina del Sacramento del Orden, cap. IV, 15 de julio de 1563)

Bonifacio I

  • No se puede poner nadie por encima del Papa

La institución de la naciente Iglesia universal tomó origen del ministerio del Beato Pedro, en el cual hay su dirección y su culmen. En efecto, de su manantial fluyó, a medida que crecía el cultivo de la religión, la disciplina eclesiástica en todas las Iglesias. Las disposiciones del Concilio de Nicea no testimonian otra cosa: hasta tal punto que no se osó establecer a nadie por encima de él, constatando que no se puede poner a nadie por encima de su servicio; se sabía además que todo le había sido concedido por la palabra del Señor. Es cierto que esta iglesia romana es para las iglesias esparcidas por todo el orbe como la cabeza de sus miembros. (Denzinger-Hünermann 233. Bonifacio I, Carta Institutio a los obispos de Tesalia, 11 de marzo del 422)

Concilio de Florencia (XVII Ecuménico)

  • El Papa tiene plena potestad de apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal

Asimismo definimos que la santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice tienen el primado sobre todo el orbe y que el mismo Romano Pontífice es el sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, verdadero vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia y padre y maestro de todos los cristianos, y que al mismo, en la persona del bienaventurado Pedro, le fue entregada por nuestro Señor Jesucristo plena potestad de apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal, como se contiene hasta en las actas de los Concilios ecuménicos y en los sagrados cánones. (Denzinger-Hünermann 1307. Concilio de Florencia, Bula Laetentur coeli, Decreto para los griegos, 6 de julio de 1439)

Juan Pablo II

  • Por sincera humildad tener conciencia de la dignidad del Papado

“Servus servorum Dei”: es sabido que este título, escogido por él [Gregorio Magno] desde que era diácono y usado en muchas de sus cartas, se convirtió a continuación en un título tradicional y casi una definición de la persona del Obispo de Roma. Y también es cierto que por sincera humildad él lo hizo lema de su ministerio y que, precisamente por razón de su función universal en la Iglesia de Cristo, siempre se consideró y se mostró como el máximo y primer siervo, siervo de los siervos de Dios, siervo de todos a ejemplo de Cristo mismo, quien había afirmado explícitamente que “no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20, 28). Profundísima fue, por tanto, la conciencia de la dignidad del Papado, que aceptó con gran temor tras haber intentado en vano evitarla permaneciendo escondido; pero, al mismo tiempo, fue clarísima la conciencia de su deber de servir, pues estaba convencido de que toda autoridad, sobre todo en la Iglesia, es esencialmente un servicio; convicción que trató de infundir a los demás. Esa concepción de su propia función pontificia y, por analogía, de todo ministerio pastoral se resume en la palabra responsabilidad: quien desempeña algún ministerio eclesiástico debe responder de lo que hace no sólo ante los hombres, no sólo ante las almas que le fueron confiadas, sino también y en primer lugar ante Dios y ante su Hijo, en cuyo nombre actúa cada vez que distribuye los tesoros sobrenaturales de la gracia, anuncia las verdades del Evangelio y realiza actividades directivas o de gobierno. (Juan Pablo II. Carta Plurimum Significans, en el XVI centenario de la elevación de San Gregorio Magno al Pontificado, 29 del junio de 1990)

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)

  • El Vicario de Cristo tiene plena, suprema y universal potestad

Así como, por disposición del Señor, San Pedro y los demás Apóstoles forman un solo Colegio apostólico, de igual manera se unen entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los Obispos, sucesores de los Apóstoles. […] El Colegio o Cuerpo de los Obispos, por su parte, no tiene autoridad, a no ser que se considere en comunión con el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, como cabeza del mismo, quedando totalmente a salvo el poder primacial de éste sobre todos, tanto pastores como fieles. Porque el Romano Pontífice tiene sobre la Iglesia, en virtud de su cargo, es decir, como Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, plena, suprema y universal potestad, que puede siempre ejercer libremente. […] El Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad así de los Obispos como de la multitud de los fieles. (Concilio Vaticano II. Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 22-23, 21 de noviembre de 1964)

Benedicto XV

  • Pedro es el común maestro y rector de todos

A Pedro el Príncipe de los Apóstoles, el Fundador divino de la Iglesia otorgó los dones de inerrancia en materia de fe y de unión con Dios. Esta relación es similar a la de un “Director de Coro en el Coro de los Apóstoles”. Él es el común maestro y rector de todos, de modo que él podría alimentar el rebaño de Aquel que estableció su Iglesia sobre la autoridad de Pedro mismo y sus sucesores. Y sobre esta roca mística el fundamento de la estructura eclesiástica toda permanece firme. Desde allí se eleva la unidad de la caridad cristiana así como nuestra fe católica. (Benedicto XV. Encíclica Principi Apostolorum Petro, 5 de octubre de 1920)


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