41 – La tendencia que subraya el ascetismo, el silencio y la penitencia es una desviación que se ha difundido incluso en la Compañía

“Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo, producir frutos buenos” (Mt 7, 18), dice Jesús en el Evangelio. Seguramente sería señalado como loco el botánico se atreviera a decir que un árbol es malo mientras ve que da frutos excelentes, sabrosos y de comprobado valor nutritivo. Le tomarían por un charlatán, por exponer semejante opinión sin fundamento.

Es más o menos lo que pasa en el jardín espiritual de la Iglesia. A lo largo de los siglos, muchos árboles –las distintas escuelas de espiritualidad– fueron plantados en su suelo y produjeron magníficos y variados frutos. Algunos de ellos, además de alimentar a los miembros de las respectivas fundaciones, extendieron sus beneficios a otras familias religiosas o incluso a los fieles laicos, que así pudieron beneficiarse de la savia sagrada de la gracia, la cual, en cualquiera de sus variadas presentaciones, estimula los hombres a buscar la perfección de la caridad, esto es, la santidad.

Uno de esos árboles generosos, especialmente privilegiado, es el que plantó en su día San Ignacio de Loyola con los Ejercicios Espirituales. Basta dar una ojeada en el santoral de los últimos cinco siglos para ver cuáles fueron los frutos de ese método que le valió al fundador de la Compañía de Jesús el título de Patrono de los Ejercicios Espirituales.

Ahora bien, ¿qué debemos pensar de las palabras de Francisco acerca del modo tradicional y consagrado de hacer los Ejercicios espirituales?

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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I– El valor del ascetismo, del silencio y de la penitencia en los Ejercicios Espirituales
II– El valor de la ascesis en la Iglesia

I– El valor del ascetismo, del silencio y de la penitencia en los Ejercicios Espirituales 

San Ignacio de Loyola

Razones por las cuales se debe hacer penitencia externa durante los Ejercicios

La primera nota es que las penitencias externas principalmente se hacen por tres efectos: el primero, por satisfacción de los pecados pasados; 2º, por vencer a sí mismo, es a saber, para que la sensualidad obedezca a la razón, y todas partes inferiores estén más sujetas a las superiores; 3º, para buscar y hallar alguna gracia o don que la persona quiere y desea, así como si desea haber interna contrición de sus pecados o llorar mucho sobre ellos o sobre las penas y dolores que Cristo nuestro Señor pasaba en su pasión, o por solución de alguna dubitación en que la persona se halla.[…] 3ª nota. La 3ª: cuando la persona que se ejercita aún no halla lo que desea, así como lágrimas, consolaciones, etc., muchas veces aprovecha hacer mudanza en el comer, en el dormir y en otros modos de hacer penitencia; de manera que nos mudemos haciendo dos o tres días penitencia, y otros dos o tres no; porque a algunos conviene hacer más penitencia y a otros menos; y también porque muchas veces dejamos de hacer penitencia por el amor sensual y por juicio erróneo. (San Ignacio de Loyola. Ejercicios Espirituales, n. 87 y 89)

La ascesis en las importantes adiciones de San Ignacio para mejor hacer los Ejercicios

6ª adición. La 6ª: no querer pensar en cosas de placer ni alegría, como de gloria, resurrección, etc.; porque para sentir pena, dolor y lágrimas por nuestros pecados impide cualquier consideración de gozo y alegría; mas tener delante de mí quererme doler y sentir pena, trayendo más en memoria la muerte, el juicio.
7ª adición. La 7ª: privarme de toda claridad para el mismo efecto, cerrando ventanas y puertas el tiempo que estuviere en la cámara, si no fuere para rezar, leer y comer.
8ª adición. La 8ª: no reír, ni decir cosa motiva a risa.
9ª adición. La nona: refrenar la vista, excepto al recibir o al despedir de la persona con quien hablare. (San Ignacio de Loyola. Ejercicios Espirituales, n. 78, 79, 80 y 81)

El sentire cum Ecclesia no sólo pide hacer penitencia, sino también alabarla

[Para el sentido verdadero que en la Iglesia Militante debemos tener, se guarden las reglas siguientes…] 7ª regla. Alabar constituciones cerca ayunos y abstinencias, así como cuaresmas, cuatro témporas, vigilias, viernes y sábado; asimismo penitencias no solamente internas, mas aun externas. (San Ignacio de Loyola. Ejercicios Espirituales, n. 359)

Pío XI

El retiro en los Ejercicios es el mejor remedio para curar la ligereza e irreflexión

La más grave enfermedad que aflige a nuestra época, siendo fuente fecunda de los males que toda persona sensata lamenta, es la ligereza e irreflexión que lleva extraviados a los hombres. […] Pues para curar esta enfermedad que tan reciamente aflige hoy a los hombres, ¿qué remedio y qué alivio mejor podríamos proponer que invitar al piadoso retiro de los Ejercicios espirituales a estas almas débiles y descuidadas de las cosas eternas? Y, ciertamente, aunque los Ejercicios Espirituales no fuesen sino un corto retiro de algunos días, durante los cuales el hombre, apartado del trato ordinario de los demás y de la baraúnda de preocupaciones halla oportunidad, no para emplear dicho tiempo en una quietud ociosa, sino para meditar en los gravísimos problemas que siempre han preocupado profundamente al género humano, los problemas de su origen y de su fin, de dónde viene el hombre y adónde va; aunque sólo esto fuesen los Ejercicios Espirituales, nadie dejaría de ver que de ellos pueden sacarse beneficios no pequeños. (Pío XI. Encíclica Mens Nostra, n. 5, 20 de diciembre de 1929)

El método ignaciano, príncipe entre todos los demás ejercicios espirituales

Y es cosa averiguada que, entre todos los métodos de Ejercicios Espirituales que muy laudablemente se fundan en los principios de la sana ascética católica, uno principalmente ha obtenido siempre la primacía. El cual, adornado con plenas y reiteradas aprobaciones de la Santa Sede, y ensalzado con las alabanzas de varones preclaros en santidad y ciencia del espíritu, ha producido en el espacio de casi cuatro siglos grandes frutos de santidad. Nos referimos al método introducido por San Ignacio de Loyola, al que cumple llamar especial y principal Maestro de los Ejercicios Espirituales […]. […] Y, ciertamente, la excelencia de la doctrina espiritual, enteramente apartada de los peligros y errores del falso misticismo, la admirable facilidad de acomodar estos Ejercicios a cualquier clase y estado de personas, ya se dediquen a la contemplación en los claustros, ya lleven una vida activa en negocios seculares; la unidad orgánica de sus partes; el orden claro y admirable con que se suceden las verdades que se meditan; los documentos espirituales, finalmente, que, una vez sacudido el yugo de los pecados y desterradas las enfermedades que atacan a las costumbres, llevan al hombre por las sendas seguras de la abnegación y de la extirpación de los malos hábitos. (Pío XI. Encíclica Mens Nostra, n. 22, 20 de diciembre de 1929)

Pío XII

La perseverancia del pueblo español durante la guerra se explica, en parte, con los Ejercicios

Porque, efectivamente, ¿qué sois vosotros en estos momentos sino la representación de un pueblo profundamente católico cuya perseverancia en la fe —ardiente y viva— acaso se explique también, entre otras razones, por el florecimiento que los Ejercicios de San Ignacio tienen en vuestro patrio solar? […] Bien alto fue su valor a la hora de la prueba, cuando, en medio de la persecución, vuestra fidelidad y vuestro espíritu de sacrificio quedaron escritos con la sangre de vuestros heroicos hermanos. ¡Buena práctica de los propósitos de los Ejercicios, demostrada no con la vida, sino con la muerte! (Pío XII. Discurso a una peregrinación organizada por la Obra de Ejercicios Parroquiales de España, 24 de octubre de 1948)

Los Ejercicios son eficaces cuando existe fidelidad al espíritu y al método ignaciano

Pero vuestro ejemplo Nos sirve también para encarecer la eficacia de los Ejercicios de San Ignacio, cuando se conserva la fidelidad al espíritu y al método, como gracias a Dios sucede entre vosotros. No es cierto que el método haya perdido eficacia o que no corresponda a las exigencias del hombre moderno. En cambio es una triste realidad que el licor pierde fuerza y la máquina potencia, cuando se diluye en las aguas incoloras de la superadaptación o cuando se desmontan algunas piezas fundamentales del engranaje ignaciano. Los Ejercicios de San Ignacio serán siempre uno de los medios más eficaces para la regeneración espiritual del mundo y para su recta ordenación, pero con la condición de que sigan siendo auténticamente ignacianos. (Pío XII. Discurso a una peregrinación organizada por la Obra de Ejercicios Parroquiales de España, 24 de octubre de 1948)

Pío XI

El método ignaciano reforma el hombre y lo hace obediente a Dios

No que debamos apreciar poco los métodos de ejercicios usados por otros pero, en aquellos que se hacen según el método ignaciano, todo el esquema está tan sabiamente combinado, cada parte tan entrelazada con la otra que, donde no se sea contrario a la gracia divina, se renueva, por así decirlo, radicalmente al hombre y lo somete totalmente a la voluntad divina. Preparado así para la vida de acción, Ignacio se empeñó en formar a los compañeros que escogió, queriendo que se fuesen ejemplarmente obedientes a Dios y al Vicario de Dios, el Pontífice Romano y que considerasen la obediencia como la nota característica de su Compañía. Por esto, no sólo quiso que los suyos se dedicaran a alimentar el fervor espiritual especialmente mediante la práctica de los Ejercicios sino que también los armó de este mismo instrumento para que se sirvieran de él a cada momento para reconducir a la Iglesia todas las almas que se habían alejado y para someterlas totalmente al poder de Cristo. (Pío XI. Carta Apostólica Meditantibus Nobis, 3 de diciembre de 1922)

Pío XII

El deseo de mayor mortificación es uno de los efectos de los Ejercicios

Pero lo que afirmamos sin vacilar es que siempre, en todos los casos y para todas las personas, habrá una participación de aquel fruto que consiste en “ordenar su vida” (Ejerc. Esp., 21) después de “vencer a sí mismo” (Ibíd.), quitando “de sí todas las afecciones desordenadas… para buscar y hallar la voluntad divina en la disposición do su vida” (Ibíd. 1); siempre se saldrá de ellos con una práctica mayor de la oración y del examen de conciencia, con un mayor deseo de mortificación, con una formación moral más profunda; siempre se sentirá después el ejercitante más dispuesto a poder “en todo amar y servir a su divina majestad” (Ibíd., 233). (Pío XII. Discurso, 15 de junio de 1956)

Juan Pablo II

Espiritualidad que ha resistido a la prueba de los siglos y aún demuestra vitalidad

No dudo de que vuestra vida y la de aquellos con quienes mantengáis contacto, se beneficiarán de la profundización en el conocimiento y comprensión que estáis realizando de la espiritualidad intrépida y abnegada de San Ignacio de Loyola. Es una forma de espiritualidad que ha resistido la prueba de los siglos y está demostrando a diario su vitalidad y trascendencia para nuestros tiempos y necesidades. (Juan Pablo II. Audiencia General, 28 de enero de 1981)

Pío XI

Los Ejercicios practicados en secreto son preferibles a los practicados públicamente

Por lo tanto, es preciso, ante todo, que en la soledad el alma se entregue a las sagradas meditaciones, alejando todos los cuidados y preocupaciones de la vida ordinaria; pues, como claramente enseña el áureo librito “De la Imitación de Cristo”: En el silencio y la soledad aprovecha el alma devota (De imit. Chr. 1, 20, 6). Así, pues, aunque pensamos que las santas meditaciones, con que públicamente se ejercitan las masas, son de alabar y se han de promover con toda pastoral solicitud, como enriquecidas por Dios con múltiples bendiciones, sin embargo, recomendamos principalmente los Ejercicios espirituales practicados en secreto. (Pío XI. Encíclica Mens Nostra, n. 20, 20 de diciembre de 1929)

Congregación para la Doctrina de la Fe

La libertad positiva no es posible sin ascesis

La búsqueda de Dios mediante la oración debe ser precedida y acompañada de la ascesis y de la purificación de los propios pecados y errores, porque, según la palabra de Jesús, solamente “los limpios de corazón verán a Dios” (Mt 5, 8). […] En contra de lo que pensaban los estoicos y neoplatónicos, las pasiones no son, en sí mismas, negativas, sino que es negativa su tendencia egoísta y, por tanto,  el cristiano debe liberarse de ella para llegar a aquel estado de libertad positiva que la Antigüedad cristiana llama “apatheia”, el Medioevo “impassibilitas” y los Ejercicios Espirituales ignacianos “indiferencia” [San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, n. 23 y passim.]. Esto es imposible sin una radical abnegación, como se ve también en San Pablo, que usa abiertamente la palabra “mortificación” (de las tendencias pecaminosas) [Cf. Col 3, 5; Rm 6, 11ss.; Gal 5, 24.]. Sólo esta abnegación hace al hombre libre para realizar la voluntad de Dios y participar en la libertad del Espíritu Santo. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta a los Obispos de la Iglesia Católica, n. 18, 15 de octubre de 1989)

Pío IX

Los que hacen los Ejercicios deben estar libres de ocupaciones exteriores

Y como sabéis que la práctica de los Ejercicios Espirituales ayuda extraordinariamente para conservar la dignidad del orden eclesiástico y fijar y aumentar la santidad, urgid con santo celo tan saludable obra, y no ceséis de exhortar a todos los llamados a servir al Señor a que se retiren con frecuencia a algún sitio a propósito para practicarlos libres de ocupaciones exteriores, y dándose con más intenso estudio a la meditación de las cosas eternas y divinas, puedan purificarse de las manchas contraídas en el mundo. (Pío IX. Encíclica Qui Pluribus, n. 19, 9 de noviembre de 1846)

León Magno

La penitencia libera de la concupiscencia carnal y favorece la meditación

Porque, aunque sin el alma nada apetecería el cuerpo, el cual recibe la sensibilidad de la misma que le comunica el movimiento, con todo, es propio del alma privar de algunas cosas a aquel que le está sujeto y, obrando juiciosamente, apartarle de las cosas exteriores que le son nocivas, para que, libre habitualmente de las carnales concupiscencias, pueda dedicarse en su interior a la meditación de la divina sabiduría y, acallado el tumulto de los cuidados externos, gozarse en la contemplación de las cosas santas y en la posesión de aquellos bienes que han de durar eternamente. (León Magno. Sermo XIX. De jejunio decimi mensis, c. 1)

Juan Pablo II

El Espíritu Santo actúa en aquel que está en silencio y se mortifica

En efecto, la palabra divina revela sus profundidades a quien está atento, mediante el silencio y la mortificación, a la acción misteriosa del Espíritu. La prescripción del silencio regular, a la vez que establece tiempos en los que la palabra humana debe callar, orienta hacia un estilo caracterizado por una gran moderación en la comunicación verbal. Esta norma, si se percibe y vive en su sentido profundo, educa lentamente para la interiorización, gracias a la cual el monje se abre a un conocimiento auténtico de Dios y del hombre. (Juan Pablo II. Mensaje al abad del Monasterio de Subiaco, n. 4, 7 de julio de 1999)

La falta de silencio compromete la paz interior

Hoy resulta difícil crearse “zonas de desierto y silencio” porque estamos continuamente envueltos en el engranaje de las ocupaciones, en el fragor de los acontecimientos y en el reclamo de los medios de comunicación, de modo que la paz interior corre peligro y encuentran obstáculos los pensamientos elevados que deben cualificar la existencia del hombre. Es difícil pero es importante saberlo hacer. (Juan Pablo II. Discurso a los jóvenes en la Basílica Vaticana, primera parte de la Audiencia General de 18 de marzo de 1981)

Pío XI

El retiro atrae los hombres tanto más cuanto los tiempos son más borrascosos

En el decurso de los siglos, los hombres han experimentado siempre en su interior este deseo de la apacible soledad, en la cual, sin testigos, el alma se dedique a las cosas de Dios. Más todavía: es cosa averiguada que cuanto más borrascosos son los tiempos por que atraviesa la sociedad humana, con tanta mayor fuerza los hombres sedientos de justicia y verdad son impulsados por el Espíritu Santo al retiro, “para que, libres de los apetitos del cuerpo, puedan entregarse más a menudo a la divina sabiduría, en el aula de su corazón, y allí, enmudecido el estrépito de los cuidados terrenos, se alegren con meditaciones santas y delicias eternas” (San León Magno, Sermo XIX: PL 54,186). (Pío XI. Encíclica Mens Nostra, n. 9, 20 de diciembre de 1929)

Benedicto XVI

Es necesario educar los fieles en el valor del silencio y del recogimiento

Nuestro tiempo no favorece el recogimiento, y se tiene a veces la impresión de que hay casi temor de alejarse de los instrumentos de comunicación de masa, aunque solo sea por un momento. Por eso se ha de educar al Pueblo de Dios en el valor del silencio. Redescubrir el puesto central de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia quiere decir también redescubrir el sentido del recogimiento y del sosiego interior. (Benedicto XVI. Exhortación Apostólica Verbum Domini, n. 66, 30 de septiembre de 2010)

II– El valor de la ascesis en la Iglesia

Concilio Vaticano II

Las almas que se dedican a la penitencia son gala de la Iglesia

Los Institutos destinados por entero a la contemplación, o sea, aquellos cuyos miembros se dedican solamente a Dios en la soledad y silencio, en la oración asidua y generosa penitencia, ocupan siempre, aun cuando apremien las necesidades de un apostolado activo, un lugar eminente en el Cuerpo Místico de Cristo, en el que no todos los miembros tienen la misma función. En efecto, ofrecen a Dios un eximio sacrificio de alabanza, ilustran al Pueblo de Dios con frutos ubérrimos de santidad y le edifican con su ejemplo e incluso contribuyen a su desarrollo con una misteriosa fecundidad. De esta manera son gala de la Iglesia y manantial para ella de gracias celestiales. (Concilio Vaticano II. Decreto Perfectae Caritatis, n. 7, 28 de octubre de 1965)

Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica

La ascésis es necesaria para vivir los consejos evangélicos

La consagración del religioso se adentra por ese mismo camino, no puede ser un reflejo de la consagración de Cristo, si su vida no lleva consigo la abnegación. […] Es cierto que muchas penitencias del día de hoy se hallan en los hechos mismos de la vida y deben ser aceptadas allí. Sin embargo, es cierto que los religiosos, si no construyen su vida sobre “una austeridad alegre y bien equilibrada” (ET 30) y una renuncia decidida y concreta, arriesgan la pérdida de la libertad espiritual, necesaria para vivir los consejos. En efecto, sin esa austeridad y renuncia, su misma consagración puede verse en peligro. Por eso, no puede darse un testimonio público de Cristo, pobre, casto y obediente, sin ascética. (Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares. Elementos Esenciales de la doctrina de la Iglesia sobre la vida religiosa, n. 31, 31 de mayo de 1983)

Pío XI

Para vencer los efectos del pecado original es imprescindible la lucha

El pecado original es la culpa hereditaria, propia, aunque no personal, de cada uno de los hijos de Adán, que en él pecaron (cf. Rom 5,12); es pérdida de la gracia —y, consiguientemente, de la vida eterna— con la propensión al mal, que cada cual ha de sofocar por medio de la gracia, de la penitencia, de la lucha y del esfuerzo moral. La pasión y muerte del Hijo de Dios redimió al mundo de la maldita herencia del pecado y de la muerte. La fe en estas verdades, hechas hoy objeto de vil escarnio por parte de los enemigos de Cristo en vuestra patria, pertenece al inalienable depósito de la religión cristiana. (Pío XI. Carta Encíclica Mit Brennender Sorge, n. 30, 14 de marzo de 1937)

Nadie está exento del deber de expiación de los pecados

Pecadores como somos todos, abrumados de muchas culpas, no hemos de limitarnos a honrar a nuestro Dios con sólo aquel culto con que adoramos y damos los obsequios debidos a su Majestad suprema, o reconocemos suplicantes su absoluto dominio, o alabamos con acciones de gracias su largueza infinita; sino que, además de esto, es necesario satisfacer a Dios, juez justísimo, “por nuestros innumerables pecados, ofensas y negligencias”. A la consagración, pues, con que nos ofrecemos a Dios, con aquella santidad y firmeza que, como dice el Angélico, son propias de la consagración (S. Th. II-II q. 81, a. 8 c.), ha de añadirse la expiación con que totalmente se extingan los pecados, no sea que la santidad de la divina justicia rechace nuestra indignidad impudente, y repulse nuestra ofrenda, siéndole ingrata, en vez de aceptarla como agradable. Este deber de expiación a todo el género humano incumbe, pues, como sabemos por la fe cristiana, después de la caída miserable de Adán el género humano, inficionado de la culpa hereditaria, sujeto a las concupiscencias y míseramente depravado, había merecido ser arrojado a la ruina sempiterna. (Pío XI. Encíclica Miserentissimus Redemptor, n. 5, 8 de mayo de 1928)

Concilio de Trento

Quien fue perdonado debe crecer en virtud por medio de la mortificación

[Los que fueron] Justificados, pues, de esta manera y hechos amigos y domésticos de Dios (Jn 15, 15; Ep 2, 19), caminando de virtud en virtud (Ps 83, 8), se renuevan (como dice el Apóstol) de día en día (2 Co 4,16); esto es, mortificando los miembros de su carne (Col 3,5) y presentándolos como armas de la justicia (Rm 6,13-19) para la santificación por medio de la observancia de los mandamientos de Dios y de la Iglesia: crecen en la misma justicia, recibida por la gracia de Cristo, cooperando la fe, con las buenas obras (cf. St 2, 22), y se justifican más [can. 24 y 32], conforme está escrito: El que es justo, justifíquese todavía (Ap 22, 11), y otra vez: No te avergüences de justificarte hasta la muerte (Si 18, 22), y de nuevo: Veis que por las obras se justifica el hombre y no sólo por la fe (Sant 2, 24). (Denzinger-Hünermann 1535. Concilio de Trento, sección sexta, Cap. 10, 13 de enero de 1547)

Catecismo Romano

Sin mortificación no se alcanza la corona incorruptible

Tiene también grandísima importancia en esta batalla contra los instintos de la carne la práctica de la mortificación del cuerpo con ayunos y vigilias, peregrinaciones y otros ejercicios de penitencia propios de la virtud de la templanza. San Pablo escribía a los Corintios: Quien se prepara para la lucha, de todo se abstiene, y eso para alcanzar una corona corruptible; mas nosotros, para alcanzar una incorruptible (1 Co 9, 24). Y poco después añade: Castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que, habiendo sido heraldo para los otros, resulte yo descalificado (1Co 9, 27). Y en la Carta a los Romanos: No os deis a la carne para satisfacer sus concupiscencias (Rm 13,14). (Catecismo Romano. Parte II, Cap. V, IV, B, 2)

Juan XXIII

Peligra gravemente la salvación eterna del que no busca la mortificación

Muchos, por desgracia, en vez de la mortificación y de la negación de sí mismos, impuestas por Jesucristo a todos sus seguidores con las palabras: “Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome todos los días su cruz y sígame” (Lc 9, 23), buscan más bien los placeres desenfrenados de la tierra y desvían y debilitan las energías más nobles del espíritu. Contra este modo de vivir desarreglado, que desencadena a menudo las más bajas pasiones y lleva a grave peligro de la salvación eterna es preciso que los cristianos reaccionen con la fortaleza de los mártires y de los santos que han ilustrado siempre la Iglesia Católica. (Juan XXIII. Encíclica Paenitentiam Agere, n. 21, 1 de julio de 1962)

El Evangelio exige de los cristianos intensa mortificación de las pasiones

No es ajeno a este propósito recordar aquí a todos, tanto a los poderosos como a los humildes, que es absolutamente inseparable del sentido que la sabiduría cristiana tiene de la vida la voluntad de vivir sobriamente y de soportar, con la gracia de Dios, el sacrificio. Mas, por desgracia, hoy se ha apoderado de muchos un afán inmoderado de placeres. No son pocos, en efecto, los hombres para quienes el supremo objeto de la vida en anhelar los deleites y saciar la sed de sus pasiones, con grave daño indudablemente del espíritu y también del cuerpo. Ahora bien, quien considere esta cuestión, aun en el plano meramente natural del hombre, ha de confesar que es medida sabia y prudente usar de reflexión y templanza en todas las cosas y refrenar las pasiones. Quien, por su parte, considera dicha cuestión desde el punto de vista sobrenatural, sabe que el Evangelio, la Iglesia católica y toda la tradición ascética exigen de los cristianos intensa mortificación de las pasiones y paciencia singular frente a las adversidades de la vida. (Juan XXIII. Encíclica Mater et Magistra, n. 234 y 235, 15 de mayo de 1961)

Juan Pablo II

Para ordenar su interior, el hombre necesita una voluntad ejercitada en la penitencia

Y he aquí, pues, la consecuencia paradójica: frente a máquinas cada vez más grandes y complejas, el hombre acaba por encontrarse moralmente cada vez más pequeño y mezquino, en poder de las fuerzas oscuras de su inconsciente o de las no menos engañosas y potentes de la psicología de masa. Para ser restituido a su libertad, el hombre necesita ante todo de una ayuda de lo alto que vuelva a ordenar su mundo interior, trastornado por el pecado: esta ayuda la obtiene orando. Necesita, además, una voluntad fuerte y decidida, capaz de sustraerse a las sugestiones falaces del mal, para orientarse valientemente por los caminos del bien: y esto supone el entrenamiento generoso en la renuncia y el sacrificio, esto es, supone la valentía de hacer penitencia, para conseguir el autocontrol que le permita dominarse a sí mismo fácilmente en armonía con la más profunda verdad del propio ser. (Juan Pablo II. Ángelus, 24 de febrero de 1985)

Cada fiel debe buscar formas de penitencia conformes con sus necesidades

Además, por la acción de la gracia el fiel que se esfuerza generosamente en la práctica de la penitencia, conoce una progresiva identificación con Cristo, que es el verdadero liberador del hombre. “Donde está el Espíritu del Señor, hay libertad” (2 Cor 3, 17). Hoy las prácticas penitenciales mandadas por la ley de la Iglesia son tan limitadas, que no agotan en absoluto el deber y la necesidad de cada uno de hacer penitencia. Lo más queda confiado a la generosa iniciativa de cada uno. Por esto, es necesario que la madurez de conciencia de cada fiel lo impulse a buscar espontáneamente, más aún, a crear en el ámbito de la propia libertad, las formas y los modos de penitencia conformes con las necesidades personales de liberación del pecado, de purificación y de perfeccionamiento. (Juan Pablo II. Ángelus, 10 de marzo de 1985)

El silencio y la soledad son elementos de formación sacerdotal permanente

Jesús con frecuencia se retiraba solo a rezar (cf. Mt 14,23). La capacidad de mantener una soledad positiva es condición indispensable para el crecimiento de la vida interior. Se trata de una soledad llena de la presencia del Señor, que nos pone en contacto con el Padre a la luz del Espíritu. En este sentido, fomentar el silencio y buscar espacios y tiempos “de desierto” es necesario para la formación permanente, tanto en el campo intelectual, como en el espiritual y pastoral. De este modo, se puede afirmar que no es capaz de verdadera y fraterna comunión el que no sabe vivir bien la propia soledad. (Juan Pablo II. Exortación Apóstólica Pastores dabo vobis, n. 74, 25 de marzo de 1992)

Pablo VI

El sacerdote está obligado a una ascética viril

La vida sacerdotal exige una intensidad espiritual genuina y segura para vivir del Espíritu y para conformarse al Espíritu (Gál 5, 25); una ascética interior exterior verdaderamente viril en quien, perteneciendo con especial título a Cristo, tiene en él y por él crucificada la carne con sus concupiscencias y apetitos (Gál 5, 24), no dudando por esto de afrontar duras largas pruebas (cf. 1Cor 9, 26-27). (Pablo VI. Encíclica Sacerdotalis Caelibatus, n. 78, 24 de junio de 1967)

Pío XI

El Poverello de Asís fue uno de los más grandes penitentes

Y también para los hombres individualmente es la penitencia vehículo de paz verdadera, alejándolos de los bienes terrenales y caducos, y elevándolos hacia los bienes eternos, dándoles aún en medio de las privaciones y adversidades una paz que el mundo con todas sus riquezas y placeres no puede darles. Uno de los cánticos más serenos y jubilosos que jamás se oyera en este valle de lágrimas ¿no es acaso el célebre “Cántico al Sol” de San Francisco? Pues bien; quien lo compuso, quien lo escribió, quien lo cantó, era uno de los más grandes penitentes, el Pobrecito de Asís, que nada absolutamente poseía sobre la tierra y llevaba en su cuerpo extenuado los dolorosos estigmas de su Señor Crucificado. Por consiguiente, la oración y la penitencia son las dos poderosas fuerzas espirituales que en este tiempo nos ha dado Dios para que le reconduzcamos la humanidad extraviada. (Pío XI. Encíclica Caritate Christi Compulsi, 3 de mayo de 1932)

León XIII

Los que buscan una vida más confortable no tienen la benevolencia de la Iglesia

Con grande gozo llevó la cruz el que nos prescribió la abnegación de nosotros mismos. Y en esta disposición del alma de que hablamos consiste precisamente la dignidad de la naturaleza humana. Pues los mismos sabios de la antigüedad bien han reconocido que el dominarse a sí mismos y hacer que la parte inferior del alma se sujete a la superior, no indica debilidad o abatimiento de la voluntad, sino antes bien cierta generosa virtud, en gran manera conveniente a la razón, y que es, a la vez, digna del hombre. […] Y por esto queremos recordar que los que se forjan en su mente una ley y manera de sentir y obrar más ancha y muelle en la vida cristiana, de preceptos más suaves y conformes con su floja inclinación y más benignos con la humana naturaleza, no han de ser jamás tolerados ni oídos con benevolencia. (León XIII. Encíclica Tametsi Futura, n. 11 y 22, 1 de noviembre de 1900)

Pío XI

Para vencer el mal que hoy atormenta el mundo, se necesita una cruzada de oración y penitencia

Cuando los apóstoles preguntaron al Salvador por qué no habían podido librar del espíritu maligno a un endemoniado, les respondió el Señor: Esta especie [de demonios] no puede ser lanzada sino por la oración el ayuno (Mt 17, 20). Tampoco podrá ser vencido el mal que hoy atormenta a la humanidad si no se acude a una santa e insistente cruzada universal de oración y penitencia; por esto recomendamos singularmente a las Ordenes contemplativas, masculinas y femeninas, que redoblen sus súplicas y sus sacrificios para lograr del cielo una poderosa ayuda a la Iglesia en sus luchas presentes, poniendo para ello como intercesora a la inmaculada Madre de Dios, la cual, así como un día aplastó la cabeza de la antigua serpiente, así también es hoy la defensa segura y el invencible Auxilium Christianorum. (Pío XI. Encíclica Divini Redemptoris, n. 62, 19 de marzo de 1937)


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