139 – La predicación moral cristiana no es un catálogo de pecados y errores. El Evangelio invita ante todo a responder al Dios amante que nos salva. Si esa invitación no brilla no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, el mensaje dejará de tener “olor a Evangelio”

Los preceptos negativos tienen gran papel en la formación moral del hombre. Sirven para recordarle que es finito, contingente y pecador, hecho para obedecer amorosamente a un Ser absoluto que lo creó y gobierna según designios insondables. El humilde reconocimiento de esta condición evita al hombre cualquier sobresalto cuando una autoridad religiosa o aquellos que le son superiores le indican en nombre de Dios normas que deben ser cumplidas, lo cual es natural para quien comprende esta verdad y se sabe necesitado de auxilio para no caer en errores. Cerrar los ojos a esta ley de la condición humana es concebir la existencia de manera equivocada: “Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres.” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 407)

¡No! Esta corta palabra que los humildes oyen como normal se hace muy dura a los orgullosos, aunque les sea dicha por un motivo justo. Nuestro siglo intenta de todas formas difundir la idea que la felicidad es imposible con normas morales severas como son las de la Iglesia, que incluso alguien ha llamado recientemente “ética estoica” y “catálogo de pecados y errores”, además de otros calificativos que demuestran muy poca consonancia con la enseñanza católica sobre el actuar humano.

Sin embargo, el Papa Juan Pablo II dejó las cosas muy claras en la Encíclica Veritatis splendor, n. 13: “El ‘no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio’, son normas morales formuladas en términos de prohibición. Los preceptos negativos expresan con singular fuerza la exigencia indeclinable de proteger la vida humana, la comunión de las personas en el matrimonio, la propiedad privada, la veracidad y la buena fama. Los mandamientos constituyen, pues, la condición básica para el amor al prójimo y al mismo tiempo son su verificación. Constituyen la primera etapa necesaria en el camino hacia la libertad”.

Lo importante en este tema es comprender que la enseñanza inmutable de la Iglesia con respecto a la moral no es equiparable a “acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas”. Mucho más que eso, son leyes basadas en la enseñanza de Jesús: “En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es esclavo del pecado” (Jn 8, 34), y en la profunda comprensión de la necesidad de la gracia para rescatar al hombre de sus propias miserias.”

Si hoy está de moda querer las cosas “con olor a Evangelio”, entonces es muy oportuno recordar en que consiste este perfume: sin duda, en el cumplimiento de la ley por el amor, sea ella positiva o negativa, como enseña Santo Tomás en su magnífico comentario al Decálogo: “Es doble el orden de los divinos mandatos. En efecto, algunos son afirmativos, y la caridad los cumple, porque la plenitud de la ley que consiste en los mandamientos, es el amor, por el cual se les observa. Otros son prohibitivos, y también éstos los cumple la caridad, porque, como dice el Apóstol en I Cor 13, 4, no obra ella falsamente”.

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

I – Los acentos doctrinales y morales también forman parte de la evangelización. Omitirlos significa hacer que el Evangelio pierda su frescura y “olor”
II – ¿Qué papel tienen los preceptos negativos en el anuncio del Evangelio?
III – Jesucristo es la piedra de escándalo recriminada por todos. Para los epicúreos Él es estoico. Para los Estoicos Él es glotón y amigo de pecadores. Fariseos y saduceos se alían entre sí, y con herodianos y romanos, contra el Hijo de Dios
IV – ¿En qué consiste el “olor a Evangelio”? Comprendamos la virtud de la caridad

I – Los acentos doctrinales y morales también forman parte de la evangelización. Omitirlos significa hacer que el Evangelio pierda su frescura y “olor”

Santo Tomás de Aquino

Es doble el orden de los divinos mandatos: son afirmativos y prohibitivos

Lo segundo que opera la caridad es la observancia de los divinos mandatos. San Gregorio: “Nunca está inactivo el amor de Dios: si existe, grandes cosas opera; pero si se niega a obrar, no es amor”. Por lo cual el signo evidente de la caridad es la prontitud en cumplir los preceptos divinos. Vemos, en efecto, que el amante realiza cosas grandes y difíciles por el amado. Juan 14, 23: “El que me ama guardará mi palabra”. Pero se debe considerar que quien observa el mandato y la ley del amor divino cumple con toda la ley. Pues bien, es doble el orden de los divinos mandatos. En efecto, algunos son afirmativos, y la caridad los cumple, porque la plenitud de la ley que consiste en los mandamientos, es el amor, por el cual se les observa. Otros son prohibitivos, y también éstos los cumple la caridad, porque, como dice el Apóstol en I Cor 13, 4, no obra ella falsamente. (Santo Tomas de Aquino. De los dos preceptos de la caridad y de los diez mandamientos de la Ley, Prólogo, 14, 15)

Evitar totalmente el pecado: así se cumple el precepto del amor

Pero para poder cumplir perfectamente con este precepto del amor, cuatro cosas se requieren: La cuarta es el evitar totalmente el pecado. En efecto, nadie que viva en pecado puede amar a Dios. Mt 6, 24: “No podéis servir a Dios y a las riquezas”. Así es que si vivís en pecado, no amáis a Dios. En cambio, le amaba el que le decía —Isaías 38, 3—: “Acuérdate de que he andado fielmente delante de ti y con perfecto corazón”. Y Elías decía —3 Reyes 18, 21—: “¿Hasta cuándo claudicaréis de un lado y de otro?” Así como el que cojea, se inclina ya de un lado, ya del otro; así el pecador, ora peca, ora se esfuerza por buscar a Dios. Por lo cual Dios le dice —Joel 2—, Convertíos a mí con todo vuestro corazón. (Santo Tomas de Aquino. De los dos preceptos de la caridad y de los diez mandamientos de la Ley, Prólogo, 37)

Es necesario que todos los actos que repugnan a la justicia hayan de ser prohibidos en el Evangelio del reino

El reino de Dios consiste principalmente en los actos interiores, pero también, y como consecuencia, en todo aquello sin lo cual no pueden existir dichos actos. Por ejemplo, si el reino de Dios es justicia interior, y paz, y gozo espiritual, necesario es que todos los actos exteriores que repugnan a la justicia, a la paz o al gozo espiritual repugnen también el reino de Dios y, por tanto, hayan de ser prohibidos en el Evangelio del reino. En cambio, aquellas cosas que son indiferentes a esa justicia, paz o gozo, v.gr., comer estos o aquellos alimentos, no constituyen el reino de Dios. Por lo cual, San Pablo dice antes: El reino de Dios no consiste en comida o bebida. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 108, a. 1)

San Juan Crisóstomo

Ni las antiguas leyes son crueles, ni las nuevas molestas y pesadas

¿Veis como los mandamientos de Dios no suponen crueldad, sino mucho amor a los hombres? Y ni por eso llamas duro y pesado al legislador. […] El Dios del Antiguo Testamento, que ellos tienen por cruel, resultaría ser el benigno y manso, y el del Nuevo Testamento, a quien confiesan por bueno, sería el duro y pesado, según su locura. Según su locura, digo, porque nosotros no admitimos más que un solo y mismo legislador de uno y de otro Testamento, que todo lo dispuso convenientemente y acomodó a la diferencia de los tiempos la diferencia de sus leyes. Consiguientemente, ni las antiguas leyes son crueles, ni las nuevas molestas y pesadas, sino todo procede de una sola y misma Providencia. (San Juan Crisóstomo. Homilía XVI sobre el Evangelio de San Mateo, n. 7)

Cuando nuestras obras son por amor a Cristo, lo pesado se hace dulce

Obedezcamos, pues, a las palabras del Señor, y no contendamos ni pleiteemos. Porque, aparte de la recompensa, estos mandamientos encierran en sí mismos sumo placer y provecho. Y, si al vulgo le parecen pesados, y que reclaman mucho esfuerzo, considerad que todo eso lo hacéis por amor de Cristo, y lo pesado se os hará dulce. Si este pensamiento nos acompaña constantemente, no sólo no sentiremos peso ninguno, sino que gozaremos por todos lados de muy grande placer. (San Juan Crisóstomo. Homilía XVI sobre el Evangelio de San Mateo, n. 14)

Pío XI

Incomparable escuela de disciplina orgánica, de vigorización moral y de formación del carácter

La observancia concienzuda de los diez mandamientos de la ley de Dios y de los preceptos de la Iglesia —estos últimos, en definitiva, no son sino disposiciones derivadas de las normas del Evangelio—, es para todo individuo una incomparable escuela de disciplina orgánica, de vigorización moral y de formación del carácter. Es una escuela que exige mucho, pero no más de lo que podemos. Dios misericordioso, cuando ordena como legislador: “Tú debes”, da con su gracia la posibilidad de ejecutar su mandato. El dejar, por consiguiente, inutilizadas las energías morales de tan poderosa eficacia o el obstruirles a sabiendas el camino en el campo de la instrucción popular, es obra de irresponsables, que tiende a producir una depauperación religiosa en el pueblo. El solidarizar la doctrina moral con opiniones humanas, subjetivas y mudables en el tiempo, en lugar de cimentarla en la santa voluntad de Dios eterno y en sus mandamientos, equivale a abrir de par en par las puertas a las fuerzas disolventes. Por lo tanto, fomentar el abandono de las normas eternas de una doctrina moral objetiva, para la formación de las conciencias y para el ennoblecimiento de la vida en todos sus planos y ordenamientos, es un atentado criminal contra el porvenir del pueblo, cuyos tristes frutos serán muy amargos para las generaciones futuras. (Pío XI. Encíclica Mit Brennender Sorge, c. 7, n. 34, 14 de marzo de 1937)

Benedicto XVI

Aunque a primera vista puedan parecer un conjunto de prohibiciones, los mandamientos son reglas esenciales

La voluntad de Dios es que nosotros seamos felices. Por ello nos ha dado las indicaciones concretas para nuestro camino: los Mandamientos. Cumpliéndolos encontramos el camino de la vida y de la felicidad. Aunque a primera vista puedan parecer un conjunto de prohibiciones, casi un obstáculo a la libertad, si los meditamos más atentamente a la luz del Mensaje de Cristo, representan un conjunto de reglas de vida esenciales y valiosas que conducen a una existencia feliz, realizada según el proyecto de Dios. (Benedicto XVI. Mensaje para la XXVII Jornada Mundial de la Juventud, n. 5, 15 de marzo de 2012)

Sagradas Escrituras

Para entrar en el Cielo hay que guardar los mandamientos

Si quieres entrar en la vida eterna guarda los mandamientos. (Mt 19, 17)

Sigue los mandamientos del Señor y estarás libre de las maldiciones

Todas estas maldiciones vendrán sobre ti, te perseguirán y te alcanzarán, hasta destruirte, por no haber escuchado la voz del Señor, tu Dios, observando los preceptos y mandatos que él te mandó y serán como signo y prodigio contra ti y tu descendencia, por siempre. (Dt 28, 45-46)

Pío X

El principal ministerio de cuantos ejercen el gobierno de la Iglesia es enseñar a los fieleslas cosas sagradas

Conviene averiguar ahora a quién compete preservar a las almas de aquella perniciosa ignorancia [de la religión] e instruirlas en ciencia tan indispensable. Lo cual, Venerables Hermanos, no ofrece dificultad alguna, porque ese gravísimo deber corresponde a los pastores de almas que, efectivamente, se hallan obligados por mandato del mismo Cristo a conocer y apacentar las ovejas, que les están encomendadas. Apacentar es, ante todo, adoctrinar: Os daré pastores según mi corazón, que os apacentarán con la ciencia y con la doctrina. (Jr 3, 15) […] El principal ministerio de cuantos ejercen de alguna manera el gobierno de la Iglesia consiste en enseñar a los fieles en las cosas sagradas. (Pío X. Encíclica Acerbo nimis, n. 7, 15 de abril de 1905)

II – ¿Qué papel tienen los preceptos negativos en el anuncio del Evangelio?

Juan Pablo II

Los mandamientos son normas formuladas en términos de prohibición pero constituyen la primera etapa en el camino hacia la libertad

Los mandamientos, recordados por Jesús a su joven interlocutor [el joven rico], están destinados a tutelar el bien de la persona humana, imagen de Dios, a través de la tutela de sus bienes particulares. El “no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio”, son normas morales formuladas en términos de prohibición. Los preceptos negativos expresan con singular fuerza la exigencia indeclinable de proteger la vida humana, la comunión de las personas en el matrimonio, la propiedad privada, la veracidad y la buena fama. Los mandamientos constituyen, pues, la condición básica para el amor al prójimo y al mismo tiempo son su verificación. Constituyen la primera etapa necesaria en el camino hacia la libertad, su inicio. (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis splendor, n. 13, 6 de agosto de 1993)

Pablo VI

Hay sistemas morales basados en la errónea convicción de que es sólo por la fe y la gracia somos salvados

El Evangelio no es, en absoluto, un código de fácil cumplimiento: exige esfuerzo y fidelidad. Aquí se podrían analizar los sistemas morales que renuncian el esfuerzo personal para obtener la salvación, en la errónea convicción de que es sólo por la fe y la gracia que tenemos la suerte de ser salvos, sin una positiva y sistemática disciplina moral, como si la fe y la gracia, dones de Dios, verdaderas causas de la salvación, no exigiesen una respuesta, una coherencia, una cooperación libre y responsable de nosotros, ya sea como condición de cooperar en la obra salvadora de Dios en nosotros, sea también como consecuencia del renacimiento llevado a cabo por su misericordiosa acción sobrenatural. (Pablo VI. Audiencia general, 7 de julio de 1971)

Pío XII

Es doctrina engañosa romper los mandamientos para sustituirlos con otras normas

Y viendo a los pregoneros de una doctrina engañosa que, de la misma manera que niegan la eficacia y la saludable verdad de la fe cristiana o impiden que ésta se lleve a la práctica, parecen romper con impiedad suma las tablas de los mandamientos de Dios, para sustituirlas con otras normas de las que están desterrados los principios morales de la revelación del Sinaí y el divino espíritu que ha brotado del sermón de la montaña y de la cruz de Cristo. (Pío XII. Encíclica Summi pontificatus, n. 5, 20 de octubre de 1939)

Pío X

Los que enseñan en la Iglesia deben exhortar a huir de los vicios y a practicar la virtud

El oficio, pues, del catequista consiste en elegir alguna verdad relativa a la fe y a las costumbres cristianas, y, explicarla en todos sus aspectos. Y, como el fin de la enseñanza es la perfección de la vida, el catequista ha de comparar lo que Dios manda obrar y lo que los hombres hacen realmente; después de lo cual, y sacando oportunamente algún ejemplo de la Sagrada Escritura, de la historia de la Iglesia o de las vidas de los Santos, ha de aconsejar a sus oyentes, como si la señalara con el dedo, la norma a que deben ajustar la vida, y terminará exhortando a los presentes a huir de los vicios y a practicar la virtud. (Pio X. Encíclica Acerbo nimis, n. 9, 15 de abril de 1905)

Congregación para el Clero

El más grande obstáculo que tiene el hombre para adherir a la obra de la salvación es el pecado

Las condiciones históricas y ambientales no son, sin embargo, el principal obstáculo a la libertad del hombre: el más grande obstáculo que tiene el hombre para adherir libremente a la obra de la salvación es el pecado. “Creado por Dios en la justicia, el hombre sin embargo, por instigación del demonio, en el propio exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios” (Gaudium et Spes, n. 13). El pecado se ha hecho una dolorosa experiencia de los hombres y es causa de muchos sufrimientos y ruina. (Congregación para el Clero. Directorio General para la Catequesis, n. 62)

Violación consciente y libre de la ley moral

Ni hay que olvidar la doctrina acerca de la naturaleza y los efectos del pecado personal con el que el hombre viola, consciente y libremente, la ley moral y ofende gravemente en cosas graves a Dios. (Congregación para el Clero. Directorio General para la Catequesis, n. 62)

La realidad del pecado constituye un aspecto fundamental de la fe cristiana que no puede ser callado

La historia de la salvación es también historia de liberación del pecado. Todas las intervenciones de Dios desde el Antiguo hasta el Nuevo Testamento tienen también la finalidad de dirigir al hombre en la lucha contra las fuerzas del mal; la misión histórica de Cristo se endereza a la destrucción del pecado y se realiza en el misterio de la cruz. La penetrante reflexión de S. Pablo (Rom 5) sobre la realidad del pecado y sobre la consiguiente “obra de justicia” de Cristo, constituye un aspecto fundamental de la fe cristiana, que no puede ser callado en la catequesis. (Congregación para el Clero. Directorio General para la Catequesis, n. 62)

La docilidad al Espíritu Santo conlleva la fidelidad a los mandamientos de Dios

Cristo confió a sus apóstoles la tarea de enseñar a observar todas las cosas que él había enseñado (Mt 28, 20). Por eso la catequesis no comprende solamente las verdades que hay que creer sino también las cosas que hay que hacer. La vida moral del cristiano, es decir el modo de vivir conforme a su dignidad de hombre y de hijo adoptivo de Dios, es el compromiso de vivir y crecer, bajo la gula del Espíritu Santo en la vida nueva comunicada por Jesucristo. La vida moral del cristiano es guiada por la gracia y los dones del Espíritu Santo: “El amor de Dios se ha difundido en nuestros corazones con el Espíritu Santo que nos fue dado” (Rom 5, 5). La docilidad al Espíritu Santo conlleva la fidelidad a los mandamientos de Dios, como también a las leyes de la Iglesia y a las leyes civiles justas. (Congregación para el Clero. Directorio General para la Catequesis, n. 63)

Sagradas Escrituras

La voluntad de Dios es que andéis lejos de la fornicación, avaricia y palabras torpes

La fornicación y toda especie de impureza o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como corresponde a santos, ni tampoco palabras torpes, ni truhanerías. Y así, mirad, hermanos, que andéis con gran circunspección; no como necios sino como prudentes. Por lo tanto, no seáis indiscretos, sino atentos sobre cuál es la voluntad de Dios. (Eph 5, 3-5)

III – Jesucristo es la piedra de escándalo recriminada por todos. Para los epicúreos Él es estoico. Para los estoicos Él es glotón y amigo de pecadores. Fariseos y saduceos se alían entre sí, y con herodianos y romanos, contra el Hijo de Dios

Sagradas Escrituras

Los fariseos y maestros de la ley no se contentan con lo que Dios les prepara

Al oír a Juan, todo el pueblo, incluso los publicanos, recibiendo el bautismo de Juan, proclamaron que Dios es justo. Pero los fariseos y los maestros de la ley, que no habían aceptado su bautismo, frustraron el designio de Dios para con ellos. “¿A quién, pues, compararé los hombres de esta generación? ¿A quién son semejantes? Se asemejan a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros aquello de: ‘Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado’. Porque vino Juan el Bautista, que ni come pan ni bebe vino, y decís: ‘Tiene un demonio’; vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: ‘Mirad qué hombre más comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores’. Sin embargo, todos los hijos de la sabiduría le han dado la razón.” (Lc 7, 29-35)

Los que siguen a Cristo no pueden agradar al mundo

Por otra parte, todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos. (2 Tim, 12)

Como ovejas entre lobos

Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas. Pero ¡cuidado con la gente!, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y ante los gentiles. (Mt 10, 16-18)

El mundo no ama los cristianos porque odia a Cristo

Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. (Jn 17, 14)

Juan Pablo II

La heredad de Dios crece con rechazos, incomprensiones y luchas

Han pasado muchos siglos desde Cristo. La heredad de Dios ha ido creciendo maravillosamente —no sin que se repitan los rechazos, las incomprensiones y luchas— sobre la piedra angular: Cristo muerto y resucitado. (Juan Pablo II. Homilía en la iglesia de San Bartolomé de Orcasitas, n. 2, 3 de noviembre de 1982)

San Juan Crisóstomo

El que se empeña en ser santo no tendrá muchos amigos

No es posible que quien de verdad se empeñe por ser santo deje de tener muchos que no le quieran; pero eso no importa, pues hasta con tal motivo aumenta la corona de su gloria. Por eso, a una sola cosa hemos de atender: a ordenar con perfección nuestra propia conducta. Si hacemos esto, conduciremos a una vida cristiana a los que andan en tinieblas. (San Juan Crisóstomo. Homilía XV sobre el Evangelio de San Mateo)

No es tiempo de coronas y de premios, sino de luchas

Pues bien, hecha esta petición, escucha lo que les responde Jesús: No sabéis lo que pedís. No es tiempo de coronas y de premios, sino de combates, luchas, sudores, de pruebas y de peleas. Esto es lo que significa la frase: No sabéis lo que pedís. Todavía no habéis probado las cárceles, aún no habéis salido a la palestra para combatir. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar? En este pasaje llama cáliz y bautismo a su cruz y a su muerte: cáliz, por la avidez con que lo apura; bautismo, porque por medio de su muerte iba a purificar el orbe de la tierra; y no sólo lo redimía de este modo, sino mediante la resurrección, si bien ésta no le resultaba penosa. Les dice: El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, refiriéndose de este modo a la muerte. Santiago fue efectivamente decapitado, y Juan fue varias veces condenado a muerte. […] Vosotros, ciertamente, moriréis, os matarán, conseguiréis la corona del martirio; pero en cuanto a que seáis los primeros, no me toca a mí concederlo: lo recibirán los que luchan, en base a su mayor esfuerzo, en atención a su mayor prontitud de ánimo. (San Juan Crisóstomo. Homilía VII contra los Anomeos, 4-5)

IV – ¿En qué consiste el “olor a Evangelio”? Comprendamos la virtud de la caridad

Juan Pablo II

Fuente de serenidad es el cumplimiento de los mandamientos del Señor

A pesar de todo [el sufrimiento y las dificultades], el justo conserva intacta su fidelidad: “Lo juro y lo cumpliré: guardaré tus justos mandamientos […]. No olvido tu voluntad […]. No me desvié de tus decretos” (Sal 118, 106.109.110). La paz de la conciencia es la fuerza del creyente; su constancia en cumplir los mandamientos divinos es la fuente de la serenidad. Por tanto, es coherente la declaración final: “Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón” (v. 111). Esta es la realidad más valiosa, la “herencia”, la “recompensa” (v. 112), que el salmista conserva con gran esmero y amor ardiente: las enseñanzas y los mandamientos del Señor. Quiere ser totalmente fiel a la voluntad de su Dios. Por esta senda encontrará la paz del alma y logrará atravesar el túnel oscuro de las pruebas, llegando a la alegría verdadera. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 21 de junio 2004)

Benedicto XVI

El cristianismo no es el camino de la comodidad, sino una escalada exigente

La teología de la cruz no es una teoría; es la realidad de la vida cristiana. Vivir en la fe en Jesucristo, vivir la verdad y el amor implica renuncias todos los días, implica sufrimientos. El cristianismo no es el camino de la comodidad; más bien, es una escalada exigente, pero iluminada por la luz de Cristo y por la gran esperanza que nace de él. San Agustín dice: a los cristianos no se les ahorra el sufrimiento; al contrario, les toca un poco más, porque vivir la fe expresa el valor de afrontar la vida y la historia más en profundidad. Con todo, sólo así, experimentando el sufrimiento, conocemos la vida en su profundidad, en su belleza, en la gran esperanza suscitada por Cristo crucificado y resucitado. (Benedicto XVI. Audiencia general, 5 de noviembre de 2008)

Congregación para el Clero

Al encontrar a Jesucristo el hombre ve colmadas sus aspiraciones más hondas

La fe lleva consigo un cambio de vida, una metanoia, es decir, una transformación profunda de la mente y del corazón: hace así que el creyente viva esa nueva manera de ser, de vivir, de vivir juntos, que inaugura el Evangelio. La fe y la conversión brotan del corazón, es decir, de lo más profundo de la persona humana, afectándola por entero. Al encontrar a Jesucristo, y al adherirse a Él, el ser humano ve colmadas sus aspiraciones más hondas: encuentra lo que siempre buscó y además de manera sobreabundante. (Congregación para el Clero. Directorio General para la Catequesis, n. 55)

San Agustín de Hipona

Sé inmaculado e poseerás la felicidad

¿Quién puede, pudo o podrá jamás encontrar a alguno que no quiera ser feliz? Si el que exhorta no hace más que mover la voluntad de aquel a quien persuade para que vaya en pos de lo que le sugiere […]. Luego ¿por qué se nos incita a que queramos lo que no podemos menos de querer si no es porque, deseando todos la felicidad, muchos ignoran el modo de llegar a ella? Esto, pues, es lo que enseña el que dice: Bienaventurados los que están sin mancilla en el camino, los que andan en la ley del Señor. Esto es como si dijese: Sé lo que quieres: buscas la bienaventuranza. Si quieres ser feliz, sé inmaculado. Todos quieren la felicidad, pero pocos los que quieren ser inmaculados, sin lo cual no se llega a conseguir lo que todos quieren. Pero ¿en dónde llegará a ser inmaculado el hombre si no es en el camino? ¿En qué camino? En el del Señor. Por esto se nos exhorta y no en vano se nos dice: Bienaventurados los que están sin mancilla en el camino, los que andan en la ley del Señor. (San Agustín de Hipona. Comentarios al Salmo 118, lib. III, ser. I, n. 1)

Nota doctrinal: ¿Es posible amar a Dios sin observar los mandamientos? ¿La caridad se pierde por el pecado mortal? – Si es cierto que “el Evangelio invita ante todo a responder al Dios amante que nos salva”, hay que tener cuidado de nunca ofenderle, sino “el edificio moral de la Iglesia corre el riesgo de convertirse en un castillo de naipes”

Santo Tomás de Aquino

La caridad es susceptible de ser perdida por el pecado

Por la caridad habita en nosotros el Espíritu Santo, como se deduce de lo que dejamos expuesto (II-II 24, 2; II-II 23, 2). Partiendo de ahí podemos considerar la caridad de tres maneras. La primera, de parte del Espíritu Santo, que mueve al alma a amar a Dios. Por esta parte, la caridad goza de impecabilidad por virtud del Espíritu Santo, que realiza infaliblemente lo que quiere. Resulta, por lo mismo, imposible que sean al mismo tiempo verdad estas dos cosas: que el Espíritu Santo quiera mover a uno al acto de caridad, y que éste pierda la caridad pecando, ya que el don de perseverancia se encuentra entre los beneficios de Dios, gracias a los cuales, quienes son librados, lo son ciertísimamente, como escribe San Agustín en el libro De praedest. Sanct. En segundo lugar se puede considerar la caridad en su propia esencia. Bajo este aspecto, la caridad no puede sino lo que corresponde a su esencia. Por eso no puede pecar, lo mismo que ni el calor puede enfriar ni la injusticia hacer bien, como se expresa San Agustín en el libro De Serm. Dom. Se puede, finalmente, considerar la caridad por parte del sujeto, que es voluble, según la libertad del libre albedrío. Esta relación de la caridad con el sujeto se puede, sin embargo, considerar de dos maneras: bajo la razón formal de la relación de la forma con la materia, y bajo la especial razón de las relaciones entre el hábito y la potencia. Corresponde, en primer lugar, a la forma existir en el sujeto de manera amisible cuando no informa toda la potencialidad de la materia, como se ve en las formas de los seres susceptibles de generación y de corrupción. En estos casos, la materia recibe una forma, quedándole todavía potencia para otra, como si la potencialidad de la materia no estuviera llena con su forma; por eso puede perderse una forma con la recepción de otra. Pero la forma del cuerpo celeste se recibe de manera inamisible, porque llena la potencialidad de la materia, de suerte que no le queda potencia para otra. Es lo que sucede con la caridad de la patria: es inamisible porque llena de manera total la potencialidad de la mente racional en cuanto que todos sus movimientos se dirigen continuamente a Dios. La caridad de la presente vida, en cambio, no llena de esta manera la potencialidad de su sujeto, porque no tiende siempre en acto a Dios. Por eso, cuando no tiende actualmente a Dios, la caridad es susceptible de ser perdida. Por otra parte, lo propio del hábito es inclinar la potencia a obrar en la forma a él adecuada, haciendo parecer bueno lo que le es conforme, y malo lo que le es contrario. Pues lo mismo que el gusto aprecia los sabores según su disposición, la mente del hombre juzga también lo que debe hacer según su habitual disposición. Por eso en III Ethic. Dice el Filósofo que cada uno aprecia el fin según es él mismo. En consecuencia, será inamisible la caridad donde lo que armonice con ella no puede ser sino bueno, o sea en la patria, en donde se ve a Dios en su esencia, que es la bondad misma por esencia. Por eso la caridad de la patria no puede perderse. Puede perderse, empero, la caridad de la vida presente, puesto que se encuentra en un estado en el que no se ve la esencia de Dios.

A las objeciones:

Soluciones:

San Juan, en el texto citado, habla del poder del Espíritu Santo, con cuya protección vuelve inmune del pecado a quienes mueve a su placer.

No es verdadera caridad la que por su misma esencia puede abandonarse. Equivaldría esto a amar a tiempos y luego dejar de amar, lo cual no sería propio del verdadero amor. Pero si se pierde la caridad por volubilidad del sujeto, eso acontece contra la tendencia que entraña el acto de caridad. Y esto no repunga a la esencia de la caridad.

El amor de Dios se propone siempre realizar grandes cosas, porque corresponde a la naturaleza misma de la caridad. Pero no siempre llega a realizar esas grandes cosas por la condición del sujeto.

La caridad, por la naturaleza misma de su acto, excluye cuanto puede inducir a pecar. Pero sucede que a veces no está en acto, y entonces puede sobrevenir algún motivo para pecar, y, si se consiente, se pierde la caridad.(Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, q. 24, a. 11)

Es esencial a la caridad amar a Dios de tal manera que se le quiera estar sujeto y seguir en todo la regla de sus mandamientos

El objeto de la virtud teologal es el último fin. Pues bien, las otras virtudes teologales, o sea, la fe y la esperanza, no se pierden por un solo pecado mortal; tan sólo quedan informes. Puede, pues, permanecer también la caridad informe, aun perpetrado un pecado mortal.

Contra esto: está el hecho de que por el pecado mortal se hace el hombre digno de muerte eterna, según el Apóstol: Estipendio del pecado es la muerte (Rom 6, 23). Ahora bien, quien tiene caridad, tiene mérito de vida eterna, según San Juan (14, 21). Si uno me ama, será amado de mi Padre, y yo le amaré y me mostraré a él, y en esa manifestación consiste en realidad la vida eterna, a tenor de estas palabras: Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo (Jn 17, 3). Pero nadie puede ser a la vez digno de vida y de muerte eterna. En conclusión, es imposible que nadie tenga caridad con pecado mortal. La caridad, pues, se pierde por un solo acto de pecado mortal.

Respondo: Un contrario desaparece cuando sobreviene el otro. Ahora bien, cualquier acto de pecado mortal es contrario a la naturaleza propia de la caridad, que consiste en amar a Dios sobre todo, y que el hombre le esté sometido por completo, refiriendo todas las cosas a Él. Es, por lo mismo, esencial a la caridad amar a Dios de tal manera que se quiera estarle sujeto en todo y seguir en todo la regla de sus mandamientos, ya que contraría a la caridad lo que sea contrario a sus preceptos, y por eso puede excluirla. En el caso de que la caridad fuera hábito adquirido, fruto de la actividad del sujeto, su pérdida no resultaría necesariamente de un solo acto contrario, ya que un acto no va directamente contra el hábito, sino contra el acto, y la conservación del hábito en el sujeto no implica la continuidad del acto; por consiguiente, cuando sobreviene un acto contrario, no desaparece automáticamente el hábito adquirido. La caridad, en cambio, por ser hábito infuso, depende de la acción de Dios que la infunde, y en su infusión y conservación se comporta Dios como el sol en la iluminación del aire, como ya hemos expuesto (a. 10 arg. 3; q.4 a.4 ad 3). Y así como la luz cesaría al instante en el aire por la interposición de algún obstáculo a la iluminación del sol, igualmente cesa de estar la caridad en el alma al instante cuando se interpone algún obstáculo a la influencia divina de la caridad. Es evidente, por otra parte, que cualquier pecado mortal que va contra los mandamientos divinos constituye un obstáculo a esa infusión de Dios. Efectivamente, del solo hecho de que el hombre, al elegir, prefiera el pecado a la amistad divina, que exige el cumplimiento de su voluntad, se sigue que, inmediatamente, por un solo pecado mortal, se pierda el hábito de la caridad. A este propósito escribe San Agustín en VIII Super Genesim ad litt.: El hombre es iluminado estándole Dios presente; ausente Dios, al punto se entenebrece; de Él se apartan no por distancias locales, sino por aversión de la voluntad. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, q. 24, a. 12)


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