91 – La opción por los pobres es una categoría teológica. Quiero una Iglesia pobre para los pobres. La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas

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“¡Libertad, libertad! ¡Cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”, fueron las últimas palabras pronunciadas por Madame Roland, destacada partidaria de la Revolución Francesa, antes de colocar su cabeza en el cepo para ser guillotinada. La frase se hizo célebre por expresar con suma claridad las manipulaciones a que están sujetos determinados conceptos, pues esta mujer era condenada en nombre de los mismos falsos ideales de libertad, igualdad y fraternidad que antes había defendido.

Cada época tiene sus coletillas que, cuidadosamente empleadas, sirven para soliviantar a las masas o para mover aquellos intereses humanos bajo cuya sombra se urden las revoluciones. Si en aquel entonces el talismán era la “libertad”, en nuestros días no parece muy exagerado afirmar que sea la “pobreza”.

En sus dos mil años de historia, la Iglesia siempre se distinguió por su amor y desvelo maternal hacia los pobres, tanto que muchos Pontífices hablaron de una “opción preferencial” por ellos. Sin embargo, el sentido de esta penosa condición a que el hombre está sujeto parece estar sufriendo una extraña metamorfosis… ¿Qué nos enseña el Magisterio sobre la pobreza? ¿Por qué la Iglesia se preocupa por los pobres, y cómo comprendió siempre esta ardua condición humana? ¿La Iglesia debe ser pobre? ¿En qué sentido?

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

I – ¿Quién nos salva, Cristo o la pobreza?
II –
Cómo la Iglesia siempre entendió la pobreza y por qué se preocupa con los pobres
III –
¿La Iglesia debe ser pobre? ¿En qué sentido?
IV –
Los santos, ricos o pobres, son los verdaderos evangelizadores en la Iglesia

I – ¿Quién nos salva, Cristo o la pobreza?

Congregación para la Doctrina de la Fe

El lugar teológico fundamental es la fe apostólica. Poner los pobres como punto de partida es desvirtuar la fe

En su libro Jesucristo liberador, el P. Jon Sobrino afirma: “La cristología latinoamericana determina que su lugar, como realidad sustancial, son los pobres de este mundo, y esta realidad es la que debe estar presente y transir cualquier lugar categorial donde se lleva a cabo”. Y añade: […] la “Iglesia de los pobres es el lugar eclesial de la cristología, por ser una realidad configurada por los pobres”. Aun reconociendo el aprecio que merece la preocupación por los pobres y por los oprimidos, […] esta “Iglesia de los pobres” se sitúa en el puesto que corresponde al lugar teológico fundamental, que es sólo la fe de la Iglesia; en ella encuentra la justa colocación epistemológica cualquier otro lugar teológico. El lugar eclesial de la cristología no puede ser la “Iglesia de los pobres” sino la fe apostólica transmitida por la Iglesia a todas las generaciones. El teólogo, por su vocación particular en la Iglesia, ha de tener constantemente presente que la teología es ciencia de la fe. Otros puntos de partida para la labor teológica correrán el riesgo de la arbitrariedad y terminarán por desvirtuar los contenidos de la fe misma. […] La reflexión teológica no puede tener otra matriz que la fe de la Iglesia. La verdad revelada por Dios mismo en Jesucristo, y transmitida por la Iglesia, constituye, pues, el principio normativo último de la teología, y ninguna otra instancia puede superarla. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Notificación sobre las obras del P. Jon Sobrino S.J., n. 2.11, 26 de noviembre de 2006)

San Ambrosio

La pobreza material no es bienaventurada en sí misma

A la verdad, no toda pobreza es santa, ni toda riqueza criminosa. (San Ambrosio. Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, L. VIII, n. 13: PL 15, 1769)

Ni son bienaventurados todos los pobres

No todos los pobres son bienaventurados; pues la pobreza es de suyo indiferente: puede haber pobres malos y buenos. (San Ambrosio. Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, L. V, n. 53: PL 15, 1650)

Juan Pablo II

El pobre de la bienaventuranza no es el indigente

Hay que recordar que ya en el antiguo Testamento se había hablado de los “pobres del Señor” (cf. Sal 74, 19; 149, 4s), objeto de la benevolencia divina (cf. Is 49, 13; 66, 2). No se trataba simplemente de personas que se hallaban en un estado de indigencia, sino más bien de personas humildes que buscaban a Dios y se ponían con confianza bajo su protección. Estas disposiciones de humildad y confianza aclaran la expresión que emplea el evangelista Mateo en la versión de las bienaventuranzas: “Bienaventurados los pobres de espíritu” (Mt 5, 3). Son pobres de espíritu todos los que no ponen su confianza en el dinero o en los bienes materiales, sino que, por el contrario, se abren al reino de Dios. Pero es precisamente éste el valor de la pobreza que Jesús alaba y aconseja como opción de vida, que puede incluir una renuncia voluntaria a los bienes, y precisamente en favor de los pobres. Es un privilegio de algunos ser elegidos y llamados por él para seguir este camino. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4, 30 de noviembre de 1994)

Congregación para las Causas de los Santos

Un indigente puede ser egoísta y apegado a la única moneda que posee

La célebre página de las Bienaventuranzas […] tiene como primeros destinatarios precisamente a los “pobres de espíritu”, una expresión bíblica para indicar a quienes tienen el corazón y las manos libres. […] No indica simplemente al indigente, porque puede haber personas que no tengan nada y sean egoístas, apegadas incluso a la única moneda que poseen. El pobre de espíritu, por el contrario, es el que se desprende, concreta e interiormente, de las cosas, el que no pone su seguridad y su confianza en los bienes, en el éxito, en el orgullo, en los ídolos fríos del oro y del poder. (Congregación para las Causas de los Santos. Homilía del Cardenal José Saraiva Martins en la beatificación de Sor Josefina Nicoli, 3 de febrero de 2008)

Juan Pablo II

Son bienaventurados los ricos de Dios, tengan o no bienes materiales

Pobres de espíritu son aquellos que, careciendo de bienes terrenales, saben vivir con dignidad humana los valores de una pobreza espiritual rica de Dios; y aquellos que, poseyendo los bienes materiales, viven el desprendimiento interior y la comunicación de bienes con los que sufren necesidad. De los pobres de espíritu es el reino de los cielos. Esta es la recompensa que Jesús les promete. No se puede prometer más. (Juan Pablo II. Homilía en la Misa para los jóvenes en el Hipódromo de Monterrico, n. 10, 2 de febrero de 1985)

Pío XI

Ricos y pobres deben tener su mirada fija en el cielo

Todos los cristianos, ricos y pobres, deben tener siempre fija su mirada en el cielo, recordando que no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la futura (Heb 13,14). Los ricos no deben poner su felicidad en las riquezas de la tierra ni enderezar sus mejores esfuerzos a conseguirlas, sino que, considerándose como simples administradores de las riquezas, que han de dar estrecha cuenta de ellas al supremo dueño, deben usar de ellas como de preciosos medios que Dios les otorgó para ejercer la virtud, y no dejar de distribuir a los pobres los bienes superfluos, según el precepto evangélico (cf. Lc 11,41). […] Los pobres, por su parte, en medio de sus esfuerzos, guiados por las leyes de la caridad y de la justicia, para proveerse de lo necesario y para mejorar su condición social, deben también ellos permanecer siempre pobres de espíritu (Mt 5,3), estimando más los bienes espirituales que los goces terrenos. Tengan además siempre presente que nunca se conseguirá hacer desaparecer del mundo las miserias, los dolores y las tribulaciones, a los que están sujetos también los que exteriormente aparecen como más afortunados. La paciencia es, pues, necesaria para todos; esa paciencia que mantiene firme el espíritu, confiado en las divinas promesas de una eterna felicidad. […] Sólo así se cumplirá la consoladora promesa del Señor: Bienaventurados los pobres. (Pío XI. Encíclica Divini Redemptoris, n. 44-45, 19 de marzo de 1937)

León XIII

Para alcanzar la felicidad eterna no importa ser rico o pobre

Dios no creó al hombre para estas cosas frágiles y perecederas, sino para las celestiales y eternas, dándonos la tierra como lugar de exilio y no de residencia permanente. Y, ya nades en la abundancia, ya carezcas de riquezas y de todo lo demás que llamamos bienes, nada importa eso para la felicidad eterna; lo verdaderamente importante es el modo como se usa de ellos. […] La verdadera dignidad y excelencia del hombre radica en lo moral, es decir, en la virtud; que la virtud es patrimonio común de todos los mortales, asequible por igual a altos y bajos, a ricos y pobres; y que el premio de la felicidad eterna no puede ser consecuencia de otra cosa que de las virtudes y de los méritos, sean éstos de quienes fueren. (León XIII. Encíclica Rerum novarum, n. 16.19, 15 de mayo de 1891)

San Juan Crisóstomo

La pobreza es buena según los sentimientos de los que la padecen

Hay cosas que son buenas, otras malas y otras medianas. La castidad, la humildad y otras virtudes semejantes, son de las primeras; y cuando el hombre las elige, hace el bien. Las opuestas a éstas son las malas, y hace el mal el hombre que las acepta. Y, en fin, las medianas, como por ejemplo las riquezas, son las que se destinan al bien, como en la limosna, o al mal, como en la avaricia. Lo mismo sucede respecto de la pobreza, que lleva a la blasfemia o a la sabiduría, según los sentimientos de los que la padecen. (San Juan Crisóstomo. Hom. 8 in Ep. 2 ad Tim, citado por Santo Tomás de Aquino, Catena aurea In Lucam, c. 12, v. 16-21)

Santo Tomás de Aquino

La perfección no consiste en la pobreza, sino en seguir a Cristo

La perfección no consiste esencialmente en la pobreza, sino en seguir a Cristo, según lo que dice San Jerónimo en Super Mt.: Dado que no es suficiente con dejar todo, Pedro añadió lo que es perfecto, a saber: Te hemos seguido. Ahora bien: la pobreza es una especie de instrumento o ejercicio para llegar a la perfección. Por eso dice el abad Moisés, en las Colaciones de los Padres: Los ayunos, vigilias, meditación de las Escrituras, desnudez, privación de todas las posesiones, no son la perfección, sino instrumentos de la misma. Ahora bien: la privación de toda posesión, o pobreza, es un instrumento de la perfección en cuanto que el estar libre de riquezas lleva consigo la supresión de algunos obstáculos para la caridad. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 188, a. 7)

La suma perfección puede coexistir con una gran opulencia: el ejemplo de Abrahán

La perfección cristiana no consiste esencialmente en la pobreza voluntaria, sino que esta pobreza es sólo un medio para dicha perfección. De ahí que no se siga que, donde hay mayor pobreza, haya mayor perfección, e incluso pueden coexistir una gran opulencia y la suma perfección. Así, Abrahán, al que se dijo en Gn 17,1: Anda en mi presencia y sé perfecto, sabemos que fue rico. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 185, a. 6, ad 1)

Nada impide que de la pobreza nazca un vicio

Porque ni las riquezas ni la pobreza ni ninguna otra cosa exterior es por sí misma un bien del hombre, sino sólo según que se ordena al bien de la razón, nada impide que de cualquier de ellas nazca algún vicio, cuando el hombre no usa de ellas según la regla de la razón; y sin embargo no por esto han de juzgarse simplemente malas, sino malo su uso. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra Gentiles, L. III, c. 134, n. 6)

San Basilio Magno

La pobreza no salva al pobre

No puede llamarse bienaventurado a todo el que es afligido por la pobreza, sino solamente al que prefiere el precepto de Jesucristo a las riquezas mundanas. Hay muchos pobres de bienes, pero que son muy avaros por el afecto; a éstos no los salva la pobreza, pero los condena su deseo. Ninguna cosa que no sea voluntaria aprovecha para la salvación, por la sencilla razón de que toda virtud está basada en el libre albedrío. Es bienaventurado el pobre que imita a Jesucristo. (San Basilio Magno citado por Santo Tomás de Aquino. Catena aurea In Lucam, c. 6, v. 20-23)

Congregación para la Doctrina de la Fe

La Iglesia recibe de Cristo la verdad de salvación que ofrece al mundo

Esta verdad que viene de Dios tiene su centro en Jesucristo, Salvador del mundo. De Él, que es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6), la Iglesia recibe lo que ella ofrece a los hombres. Del misterio del Verbo encarnado y redentor del mundo, ella saca la verdad sobre el Padre y su amor por nosotros, así como la verdad sobre el hombre y su libertad. Cristo, por medio de su cruz y resurrección, a realizado nuestra redención que es la liberación en su sentido más profundo, ya que ésta nos ha liberado del mal más radical, es decir, del pecado y del poder de la muerte. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Libertatis conscientia, n. 3, 22 de marzo de 1986)

Por la fuerza del misterio pascual Cristo nos ha salvado

El Hijo de Dios, que se ha hecho pobre por amor a nosotros, quiere ser reconocido en los pobres, en los que sufren o son perseguidos: “Cuantas veces hicisteis esto a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40). Pero es, ante todo, por la fuerza de su Misterio Pascual que Cristo nos ha liberado. Mediante su obediencia perfecta en la Cruz y mediante la gloria de su resurrección, el Cordero de Dios ha quitado el pecado del mundo y nos ha abierto la vía de la liberación definitiva. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Libertatis conscientia, n. 50-51, 22 de marzo de 1986)

Juan Pablo II

La salvación no puede venir más que de Jesucristo

Remontándonos a los orígenes de la Iglesia, vemos afirmado claramente que Cristo es el único Salvador de la humanidad, el único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios. A las autoridades religiosas judías que interrogan a los Apóstoles sobre la curación del tullido realizada por Pedro, éste responde: “Por el nombre de Jesucristo, el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre y no por ningún otro se presenta éste aquí sano delante de vosotros… Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Act 4, 10. 12). Esta afirmación, dirigida al Sanedrín, asume un valor universal, ya que para todos —judíos y gentiles— la salvación no puede venir más que de Jesucristo. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 5, 7 de diciembre de 1990)

Congregación para la Doctrina de la Fe

La redención operada por Cristo se hace eficaz mediante los sacramentos

El misterio de la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la fuente única e inagotable de la redención de la humanidad, que se hace eficaz en la Iglesia mediante los sacramentos. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Notificación sobre las obras del P. Jon Sobrino S.J., n. 10, 26 de noviembre de 2006)

Juan Pablo II

Sólo el que sufre en unión con Cristo y la Iglesia puede tener parte en el sufrimiento redentor

El que sufre en unión con Cristo —como en unión con Cristo soporta sus “tribulaciones” el apóstol Pablo— no sólo saca de Cristo aquella fuerza, de la que se ha hablado precedentemente, sino que “completa” con su sufrimiento lo que falta a los padecimientos de Cristo. […] El sufrimiento de Cristo ha creado el bien de la redención del mundo. Este bien es en sí mismo inagotable e infinito. Ningún hombre puede añadirle nada. Pero, a la vez, en el misterio de la Iglesia como cuerpo suyo, Cristo en cierto sentido ha abierto el propio sufrimiento redentor a todo sufrimiento del hombre. […] Sólo en este marco y en esta dimensión de la Iglesia cuerpo de Cristo, que se desarrolla continuamente en el espacio y en el tiempo, se puede pensar y hablar de “lo que falta a los padecimientos de Cristo”. El Apóstol, por lo demás, lo pone claramente de relieve, cuando habla de completar lo que falta a los sufrimientos de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia. Precisamente la Iglesia, que aprovecha sin cesar los infinitos recursos de la redención, introduciéndola en la vida de la humanidad, es la dimensión en la que el sufrimiento redentor de Cristo puede ser completado constantemente por el sufrimiento del hombre. (Juan Pablo II. Carta apostólica Salvifici doloris, n. 24, 11 de febrero de 1984)

II – Cómo la Iglesia siempre entendió la pobreza y por qué se preocupa con los pobres

Juan Pablo II

El amor de la Iglesia por los pobres pertenece a su constante tradición

Para la Iglesia el mensaje social del Evangelio no debe considerarse como una teoría, sino, por encima de todo, un fundamento y un estímulo para la acción. Impulsados por este mensaje, algunos de los primeros cristianos distribuían sus bienes a los pobres, dando testimonio de que, no obstante las diversas proveniencias sociales, era posible una convivencia pacífica y solidaria. Con la fuerza del Evangelio, en el curso de los siglos, los monjes cultivaron las tierras; los religiosos y las religiosas fundaron hospitales y asilos para los pobres; las cofradías, así como hombres y mujeres de todas las clases sociales, se comprometieron en favor de los necesitados y marginados, convencidos de que las palabras de Cristo: “Cuantas veces hagáis estas cosas a uno de mis hermanos más pequeños, lo habéis hecho a mí” (Mt 25, 40) no deben quedarse en un piadoso deseo, sino convertirse en compromiso concreto de vida. […] El amor de la Iglesia por los pobres […] pertenece a su constante tradición. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 57, 1 de mayo de 1991)

Pablo VI

La misión de la Iglesia no se reduce a un proyecto temporal

Muchos cristianos […] han sentido con frecuencia la tentación de reducir su misión a las dimensiones de un proyecto puramente temporal; de reducir sus objetivos, a una perspectiva antropocéntrica; la salvación, de la cual ella es mensajera y sacramento, a un bienestar material; su actividad —olvidando toda preocupación espiritual y religiosa— a iniciativas de orden político o social. Si esto fuera así, la Iglesia perdería su significación más profunda. Su mensaje de liberación no tendría ninguna originalidad y se prestaría a ser acaparado y manipulado por los sistemas ideológicos y los partidos políticos. No tendría autoridad para anunciar, de parte de Dios, la liberación. Por eso quisimos subrayar en la misma alocución de la apertura del Sínodo “[…] Ante todo el reino de Dios, en su sentido plenamente teológico”. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 32, 8 de diciembre de 1975)

Benedicto XVI

Hay muchas pobrezas además de la material

Combatir la pobreza implica considerar atentamente el fenómeno complejo de la globalización. […] Pero la referencia a la globalización debería abarcar también la dimensión espiritual y moral, instando a mirar a los pobres desde la perspectiva de que todos comparten un único proyecto divino […]. En dicha perspectiva se ha de tener una visión amplia y articulada de la pobreza. Si ésta fuese únicamente material, las ciencias sociales, que nos ayudan a medir los fenómenos basándose sobre todo en datos de tipo cuantitativo, serían suficientes para iluminar sus principales características. Sin embargo, sabemos que hay pobrezas inmateriales, que no son consecuencia directa y automática de carencias materiales. Por ejemplo, en las sociedades ricas y desarrolladas existen fenómenos de marginación, pobreza relacional, moral y espiritual: se trata de personas desorientadas interiormente, aquejadas por formas diversas de malestar a pesar de su bienestar económico. Pienso, por una parte, en el llamado “subdesarrollo moral” y, por otra, en las consecuencias negativas del “superdesarrollo”. (Benedicto XVI. Mensaje para la celebración de la XLII Jornada Mundial de la Paz, n. 2, 1 de enero de 2009)

Catecismo de la Iglesia Católica

El amor de la Iglesia por los pobres abarca no sólo la pobreza material, sino también la cultural y espiritual

“El amor de la Iglesia por los pobres […] pertenece a su constante tradición”. Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas (cf Lc 6, 20-22), en la pobreza de Jesús (cf Mt 8, 20), y en su atención a los pobres (cf Mc 12, 41-44). El amor a los pobres es también uno de los motivos del deber de trabajar, con el fin de “hacer partícipe al que se halle en necesidad” (Ef 4, 28). No abarca sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2444)

Juan Pablo II

Primacía en la atención a la pobreza espiritual

El verdadero celo evangelizador se compadece sobre todo de la situación de necesidad espiritual –a veces extrema– en la que se debaten tantos hombres y mujeres. Pensad en cuantos todavía no conocen a Cristo, o bien tienen una imagen deformada de El, o han abandonado su seguimiento, buscando el propio bienestar en los atractivos de la sociedad secularizada o a través del odioso enfrentamiento de las luchas ideológicas. Ante esa pobreza del espíritu, el cristiano no puede permanecer pasivo: ha de orar, dar testimonio de su fe en todo momento, y hablar de Cristo, su gran amor, con valentía y caridad. Y debe procurar que esos hermanos se acerquen o retornen al Señor y a su Cuerpo místico, que es la Iglesia, mediante una profunda y gozosa conversión de sus vidas, que dé sentido y valor de eternidad a todo su caminar terreno. La primacía de esta atención a las formas espirituales de la pobreza humana, impedirá que el amor preferencial de Cristo por los pobres –del que participa la Iglesia– sea interpretado con categorías meramente socio-económicas, y alejará todo peligro de injusta discriminación en la acción pastoral. (Juan Pablo II. Homilía en la celebración con los fieles de Viedma, n. 3, 7 de abril de 1987)

Pío XI

Nadie es más pobre que aquél que carece de la gracia

Convenzámonos de que nadie debe ser tenido por tan pobre y desnudo, nadie por tan débil, hambriento y sediento, como el que carece del conocimiento y de la gracia de Dios. Con esto ante los ojos, recordemos que quien es misericordioso con los más necesitados del mundo, no quedará a su vez desprovisto de la misericordia de Dios y de su recompensa. (Pío XI. Encíclica Rerum Ecclesiae, n. 53, 28 de febrero de 1926)

Congregación para la Doctrina de la Fe

La primera pobreza es la de no conocer a Cristo

La preocupación por los más sencillos y pobres es, desde el inicio, uno de los rasgos que caracteriza la misión de la Iglesia. Si es cierto, como también lo ha recordado el Santo Padre, que “la primera pobreza de los pueblos es no conocer a Cristo”, entonces todos los hombres tienen derecho a conocer al Señor Jesús, que es “esperanza de las naciones y salvador de los pueblos”, y a mayor razón cada cristiano tiene derecho de conocer de modo adecuado, auténtico e integral, la verdad que la Iglesia confiesa y expresa acerca de Cristo. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Nota explicativa a la notificación sobre las obras del P. Jon Sobrino S.J., n. 1, 26 de noviembre de 2006)

La miseria humana es signo de la necesidad de salvación

Bajo sus múltiples formas —indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas y psíquicas y, por último, la muerte— la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los “más pequeños de sus hermanos” (cf. Mt 25, 40. 45). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Libertatis conscientia, n. 68, 22 de marzo de 1986)

Pablo VI

La solicitud de la Iglesia por las necesidades de los hombres nace del deseo de iluminarlos con la luz de Cristo

El reino de Dios, que ha tenido en la Iglesia de Cristo sus comienzos aquí en la tierra, no es de este mundo (cf. Jn 18,36), cuya figura pasa (cf. 1Cor 7,31), y también que sus crecimientos propios no pueden juzgarse idénticos al progreso de la cultura de la humanidad o de las ciencias o de las artes técnicas, sino que consiste en que se conozcan cada vez más profundamente las riquezas insondables de Cristo, en que se ponga cada vez con mayor constancia la esperanza en los bienes eternos, en que cada vez más ardientemente se responda al amor de Dios; finalmente, en que la gracia y la santidad se difundan cada vez más abundantemente entre los hombres. […] Por lo cual, la gran solicitud con que la Iglesia, Esposa de Cristo, sigue de cerca las necesidades de los hombres, es decir, sus alegrías y esperanzas, dolores y trabajos, no es otra cosa sino el deseo que la impele vehementemente a estar presente a ellos, ciertamente con la voluntad de iluminar a los hombres con la luz de Cristo, y de congregar y unir a todos en aquel que es su único Salvador. (Pablo VI. Credo del Pueblo de Dios, n. 27, 30 de junio de 1968)

Sagradas Escrituras

La opción preferencial de Cristo es por la evangelización de los pobres

Jesús les respondió: “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados”. (Mt 11, 4-5)

Juan Pablo II

El mayor bien que podemos dar a los pobres es el Evangelio

Que sea ésta también la nota especial de vuestro ministerio: preocupación por los pobres, por aquellos que se encuentran en necesidad material o espiritual. De aquí vuestro amor pastoral abarcará a quienes están necesitados, a los afligidos, a los que están en pecado. Y recordemos siempre que el mayor bien que podemos darles es la Palabra de Dios. Esto no quiere decir que no les asistamos en sus necesidades físicas, sino que ellos necesitan algo más, y que nosotros tenemos algo más que darles; el Evangelio de Jesucristo. (Juan Pablo II. Discurso al episcopado filipino y a otros obispos de Asia, n. 4, 17 de febrero de 1981)

Congregación para la Doctrina de la Fe

La preocupación por el pan material no puede sustituir la evangelización

El celo y la compasión que deben estar presentes en el corazón de todos los pastores corren el riesgo de ser desviados y proyectados hacia empresas tan ruinosas para el hombre y su dignidad como la miseria que se combate, si no se presta suficiente atención a ciertas tentaciones. El angustioso sentimiento de la urgencia de los problemas no debe hacer perder de vista lo esencial, ni hacer olvidar la respuesta de Jesús al Tentador (Mt 4, 4): “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Dt 8, 3). Así, ante la urgencia de compartir el pan, algunos se ven tentados a poner entre paréntesis y a dejar para el mañana la evangelización: en primer lugar el pan, la Palabra para más tarde. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Libertatis nuntius, n. VI, 2-3, 6 de agosto de 1984)

Juan Pablo I

La caridad de la Iglesia quedaría incompleta si no apuntara a la vida eterna

Para nosotros la evangelización abarca enseñanzas explícitas sobre el nombre de Jesús, su identidad, sus enseñanzas, su reino y sus promesas. Y su promesa principal es la vida eterna. Verdaderamente Jesús tiene palabras que nos guían a la vida eterna. Justamente hace muy poco, en una audiencia general, hablamos a los fieles de la vida eterna. Estamos convencido de que nos es necesario hacer hincapié en este tema, a fin de completar nuestro mensaje y modelar nuestras enseñanzas según las de Jesús. Desde los tiempos del Evangelio e imitando al Señor que “pasó haciendo el bien” (Hch 10, 38), la Iglesia está irrevocablemente llamada a colaborar en el alivio de la miseria física y de las necesidades. Pero su caridad pastoral quedaría incompleta si no apuntara a “necesidades más altas aún”. (Juan Pablo I. Discurso a un grupo de obispos filipinos en visita “ad limina apostolorum”, 28 de septiembre de 1978)

Benedicto XVI

El testimonio de la caridad debe estar acompañado del anuncio de la verdad

El testimonio de la caridad, que se hace especialmente concreto en este lugar, pertenece a la misión de la Iglesia junto con el anuncio de la verdad del Evangelio. El hombre no sólo tiene necesidad de alimento material o de ayuda para superar los momentos de dificultad; también necesita saber quién es y conocer la verdad sobre sí mismo, sobre su dignidad. […] Por eso, la Iglesia, con su servicio en favor de los pobres, está comprometida a anunciar a todos la verdad sobre el hombre, que es amado por Dios, ha sido creado a su imagen, redimido por Cristo y llamado a la comunión eterna con él. Así muchas personas han podido redescubrir, y siguen redescubriendo, su propia dignidad, perdida a veces por acontecimientos trágicos, y recuperan la confianza en sí mismos y la esperanza para el futuro. (Benedicto XVI. Discurso en la visita al albergue de Cáritas en la Estación Termini de Roma, 14 de febrero de 2010)

Pío XII

Las redenciones materiales deben tener por base la elevación moral

La Iglesia se preocupa y se ha preocupado siempre de la cuestión obrera, de la cuestión social, ofreciendo sobre todo aquellos grandes principios, que han de ser la única base de toda verdadera solución, y descendiendo también, cuando le es posible, a aquellas iniciativas prácticas que están a su alcance. La Iglesia desea que quienes trabajan puedan vivir una vida realmente humana, para luego poder vivir una vida cristiana, sin que las excesivas preocupaciones terrenas les impidan mirar al cielo; la Iglesia propugna una más justa distribución de los bienes naturales, partiendo principalmente de la base de un justo salario, que garantice la vida presente vuestra y de vuestra familia, abriendo las puertas al ahorro como garantía del porvenir. Pero dejadnos añadir una vez más que la Iglesia desea que todas las redenciones materiales tengan por base una anterior elevación intelectual y moral, porque no de solo pan vive el hombre (Dt 8, 3) y está escrito: buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura (Mt 6, 33). (Pío XII. Discurso a una peregrinación de trabajadores de Barcelona, 25 de octubre de 1954)

Juan Pablo II

Los deberes para con los pobres se radican en su dignidad de hijos de Dios

En la Iglesia, queridos hermanos y hermanas, experimentáis de modo especial la dignidad de hijos de Dios, que es el título más noble y hermoso a que puede aspirar el ser humano. Mantened siempre viva y operante dicha dignidad; en ella rende la grandeza que la Iglesia, Cuerpo de Cristo, cuida, tutela y promueve. Nadie tiene tantas razones para amar, respetar y hacer respetar a los pobres como la Iglesia, que es depositaria de la verdad revelada sobre el hombre, imagen de Dios, redimido por Cristo. El anuncio de la Buena Nueva del reino da razón de esta alegría que hoy compartimos, a pesar de las particulares dificultades de vuestra existencia. […] En su dignidad de hijo de Dios es donde radican los derechos de todo hombre, cuyo garante es Dios mismo. Por eso la Iglesia, obediente al mandato recibido, urge los deberes de solidaridad, de justicia y de caridad para con todos, particularmente para con los más necesitados. (Juan Pablo II. Encuentro con los habitantes de los barrios populares de Medellín, n. 2-3, 5 de julio de 1986)

Pablo VI

La opción por los pobres tiene por objeto elevarlos a una vida conforme a su dignidad de hijos de Dios

La Iglesia], con su preferencia por los pobres y su amor por la pobreza evangélica, jamás quiso dejarlos en su estado, sino ayudarles y levantarles a formas crecientemente superiores de vida, más conformes con su dignidad de hombres y de hijos de Dios. (Pablo VI. Homilía en la canonización de Juan Macías, 28 de septiembre de 1975)

Benedicto XVI

Para cambiar las estructuras sociales injustas es necesario centrar la atención en la salvación eterna

Cambiar las estructuras sociales injustas no es suficiente para garantizar la felicidad de la persona humana. Por otra parte, como dije recientemente a los obispos reunidos en Aparecida, Brasil, el trabajo político “no es competencia inmediata de la Iglesia”. Más bien, su misión es promover el desarrollo integral de la persona humana. Por esta razón, los grandes desafíos que se plantean en el mundo en este momento, como la globalización, los abusos de los derechos humanos y las estructuras sociales injustas, no se pueden afrontar y superar sin centrar la atención en las necesidades más profundas de la persona humana: la promoción de la dignidad humana, el bienestar y, en último análisis, la salvación eterna. (Benedicto XVI. Discurso a los participantes en la XVIII Asamblea General de “Caritas Internationalis”, 8 de junio de 2007)

Pontificio Consejo Justicia y Paz

La Iglesia es conciente que no es posible erradicar la pobreza de la tierra

Jesús dice: “Pobres tendréis siempre con vosotros, pero a mí no me tendréis siempre” (Mt 26,11; cf. Mc 14,3-9; Jn 12,1-8) no para contraponer al servicio de los pobres la atención dirigida a Él. El realismo cristiano, mientras por una parte aprecia los esfuerzos laudables que se realizan para erradicar la pobreza, por otra parte pone en guardia frente a posiciones ideológicas y mesianismos que alimentan la ilusión de que se pueda eliminar totalmente de este mundo el problema de la pobreza. Esto sucederá sólo a su regreso, cuando Él estará de nuevo con nosotros para siempre. (Pontificio Consejo Justicia y Paz. Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 183, 26 de mayo de 2006)

III – ¿La Iglesia debe ser pobre? ¿En qué sentido?

Juan Pablo II

No se trata de añadir pobreza a la de los pobres, sino de enriquecer a los demás

Santo Tomás comenta: Jesús “defendió la pobreza material para darnos a nosotros las riquezas espirituales” (Summa Theol, III, q. 40, a. 3). Todos los que, acogiendo su invitación, siguen voluntariamente el camino de la pobreza, que él inauguró, son llevados a enriquecer espiritualmente la humanidad. Lejos de añadir simplemente su pobreza a la de los otros pobres que viven en el mundo, están llamados a proporcionarles la verdadera riqueza, que es de orden espiritual. Como he escrito en la exhortación apostólica Redemptionis donum, Cristo “es el maestro y el portavoz de la pobreza que enriquece” (n. 12). Si contemplamos a este Maestro, aprendemos de él el verdadero sentido de la pobreza evangélica y la grandeza de la vocación a seguirlo por el camino de esa pobreza. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2-3, 30 de noviembre de 1994)

La pobreza evangélica es la submisión de todos los bienes al Bien supremo de Dios

De la pobreza evangélica los Padres sinodales han dado una descripción muy concisa y profunda, presentándola como “sumisión de todos los bienes al Bien supremo de Dios y de su Reino”. En realidad, sólo el que contempla y vive el misterio de Dios como único y sumo Bien, como verdadera y definitiva Riqueza, puede comprender y vivir la pobreza, que no es ciertamente desprecio y rechazo de los bienes materiales, sino el uso agradecido y cordial de estos bienes y, a la vez, la gozosa renuncia a ellos con gran libertad interior, esto es, hecha por Dios y obedeciendo sus designios. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Pastores dabo vobis, n. 30, 25 de marzo de 1992)

Juan XXII

Cristo y sus Apóstoles tuvieron bienes materiales

Como quiera que frecuentemente se pone en duda entre algunos escolásticos si el afirmar pertinazmente que nuestro Redentor y Señor Jesucristo y sus Apóstoles no tuvieron nada en particular, ni siquiera en común, ha de considerarse como herético, ya que las sentencias sobre ello son diversas y contrarias: Nos, deseando poner fin a esta disputa, con consejo de nuestros hermanos, declaramos, por este edicto perpetuo, que en adelante ha de ser tenida por errónea y herética semejante aserción pertinaz, como quiera que expresamente contradice a la Sagrada Escritura que en muchos lugares asegura que tenían algunas cosas, y supone que la misma Escritura Sagrada, por la que se prueban ciertamente los artículos de la fe ortodoxa, en cuanto al asunto propuesto contiene fermento de mentira, y, por ello, en cuanto de semejante aserción depende, destruyendo en todo la fe de la Escritura, vuelve dudosa e incierta la fe católica, al quitarle su prueba. (Denzinger-Hünermann 930. Juan XXII, Constitución Cum inter nonnullos, 12 de noviembre de 1323)

Juan XXIII

Jesucristo tenía una caja para su Iglesia

Verdad es que, al recomendar esta santa pobreza, no entendemos en modo alguno, Venerables Hermanos, aprobar la miseria a la que se ven reducidos, a veces, los ministros del Señor en las ciudades o en las aldeas. En el Comentario sobre la exhortación del Señor al desprendimiento de los bienes de este mundo, San Beda el Venerable nos pone precisamente en guardia contra toda interpretación abusiva: “Mas no se crea —escribe— que esté mandado a los santos el no conservar dinero para su uso propio o para los pobres; pues se lee que el Señor mismo tenía, para formar su Iglesia, una caja… ; sino más bien que no se sirva a Dios por esto, ni se renuncie a la justicia por temor a la pobreza”. (Juan XXIII. Encíclica Sacerdotii nostri primordia, n. 1, 1 de agosto de 1959)

Juan Pablo II

Es derecho de la Iglesia poseer y admnistrar bienes temporales

La Iglesia siempre ha reivindicado el derecho a poseer y administrar bienes temporales. Pero no pide privilegios en este campo, sino la posibilidad de emplear los medios de que dispone para una triple finalidad: “Sostener el culto divino, sustentar honradamente al clero y demás ministros, y hacer las obras de apostolado sagrado y de caridad, sobre todo con los necesitados” (Código de Derecho Canónico, c. 1254, § 2). (Juan Pablo II. Discurso a la delegación de Croacia, 15 de diciembre de 1998)

Benedicto XVI

Cuando movimientos pauperísticos se llevantaron contra una Iglesia rica y hermosa, las órdenes mendicantes se les opusieron

San Francisco de Asís y Santo Domingo de Guzmán […] tuvieron la capacidad de leer con inteligencia “los signos de los tiempos”, intuyendo los desafíos que debía afrontar la Iglesia de su época. Un primer desafío era la expansión de varios grupos y movimientos de fieles que, a pesar de estar impulsados por un legítimo deseo de auténtica vida cristiana, se situaban a menudo fuera de la comunión eclesial. Estaban en profunda oposición a la Iglesia rica y hermosa que se había desarrollado precisamente con el florecimiento del monaquismo. En recientes catequesis hablé de la comunidad monástica de Cluny, que había atraído a numerosos jóvenes y, por tanto, fuerzas vitales, como también bienes y riquezas. Así se había desarrollado, lógicamente, en un primer momento, una Iglesia rica en propiedades y también inmóvil. Contra esta Iglesia se contrapuso la idea de que Cristo vino a la tierra pobre y que la verdadera Iglesia debería ser precisamente la Iglesia de los pobres; así el deseo de una verdadera autenticidad cristiana se opuso a la realidad de la Iglesia empírica. Se trata de los movimientos llamados “pauperísticos” de la Edad Media, los cuales criticaban ásperamente el modo de vivir de los sacerdotes y de los monjes de aquel tiempo, acusados de haber traicionado el Evangelio y de no practicar la pobreza como los primeros cristianos, y estos movimientos contrapusieron al ministerio de los obispos una auténtica “jerarquía paralela”. Además, para justificar sus propias opciones, difundieron doctrinas incompatibles con la fe católica. Por ejemplo, el movimiento de los cátaros o albigenses volvió a proponer antiguas herejías, como la devaluación y el desprecio del mundo material –la oposición contra la riqueza se convierte rápidamente en oposición contra la realidad material en cuanto tal. […] Los Franciscanos y los Dominicos, en la estela de sus fundadores, mostraron en cambio que era posible vivir la pobreza evangélica, la verdad del Evangelio como tal, sin separarse de la Iglesia; mostraron que la Iglesia sigue siendo el lugar verdadero, auténtico, del Evangelio y de la Escritura. (Benedicto XVI. Audiencia general, 13 de enero de 2010)

Pío X

La reverencia despertada por la magnificencia de la Iglesia es un honor tributado a Cristo

En general, he aquí lo que [los modernistas] imponen a la Iglesia: como el fin único de la potestad eclesiástica se refiere sólo a cosas espirituales, se ha de desterrar todo aparato externo y la excesiva magnificencia con que ella se presenta ante quienes la contemplan. En lo que seguramente no se fijan es en que, si la religión pertenece a las almas, no se restringe, sin embargo, sólo a las almas, y que el honor tributado a la autoridad recae en Cristo, que la fundó. (Pío X. Encíclica Pascendi dominici gregis, n. 24, 8 de septiembre de 1907)

Juan Pablo II

La Iglesia no teme “derrochar” en el culto a Dios

Quien lee el relato de la institución eucarística en los Evangelios sinópticos queda impresionado por la sencillez y, al mismo tiempo, la “gravedad”, con la cual Jesús, la tarde de la Última Cena, instituye el gran Sacramento. Hay un episodio que, en cierto sentido, hace de preludio: la unción de Betania. Una mujer, que Juan identifica con María, hermana de Lázaro, derrama sobre la cabeza de Jesús un frasco de perfume precioso, provocando en los discípulos –en particular en Judas (cf. Mt 26, 8; Mc 14, 4; Jn 12, 4)– una reacción de protesta, como si este gesto fuera un “derroche” intolerable, considerando las exigencias de los pobres. Pero la valoración de Jesús es muy diferente. Sin quitar nada al deber de la caridad hacia los necesitados, a los que se han de dedicar siempre los discípulos –“pobres tendréis siempre con vosotros” (Mt 26, 11; Mc 14, 7; cf. Jn 12, 8)–, Él se fija en el acontecimiento inminente de su muerte y sepultura, y aprecia la unción que se le hace como anticipación del honor que su cuerpo merece también después de la muerte, por estar indisolublemente unido al misterio de su persona. […] Como la mujer de la unción en Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de “derrochar”, dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el don inconmensurable de la Eucaristía. (Juan Pablo II. Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 47-48, 17 de abril de 2003)

Oficina para las celebraciones litúrgicas del Sumo Pontífice

En el culto, no se debe confundir “noble sencillez” con “pobreza litúrgica”

La belleza divina se manifiesta de forma totalmente particular en la sagrada liturgia, también a través de las cosas materiales de las que el hombre, hecho de alma y cuerpo, tiene necesidad para alcanzar las realidades espirituales: el edificio del culto, los adornos, las vestiduras, las imágenes, la música, la propia dignidad de las ceremonias. Debe leerse a propósito el quinto capítulo sobre el “Decoro de la celebración litúrgica” en la última encíclica Ecclesia de Eucharistia del papa Juan Pablo II, donde afirma que Cristo mismo quiso un ambiente digno y decoroso para la Última Cena, pidiendo a los discípulos que la prepararan en la casa de un amigo que tenía una “sala grande y dispuesta” (Lc 22,12; cf. Mc14,15). […] La liturgia exige lo mejor de nuestras posibilidades, para glorificar a Dios Creador y Redentor. En el fondo, el cuidado atento de las iglesias y de la liturgia debe ser una expresión de amor por el Señor. Incluso en un lugar donde la Iglesia no tenga grandes recursos materiales, no se puede descuidar este deber. […] Pero la “noble sencillez” del Rito Romano no se debe confundir con una malentendida “pobreza litúrgica” y un intelectualismo que pueden llevar a arruinar la solemnidad, fundamento del Culto divino. (Oficina para las celebraciones litúrgicas del Sumo Pontífice. La noble sencillez de las vestimentas litúrgicas, 17 de noviembre de 2010)

Concilio Vaticano II

Para el esplendor del culto, los objetos sagrados deben ser dignos y bellos

La santa madre Iglesia fue siempre amiga de las bellas artes, buscó constantemente su noble servicio, principalmente para que las cosas destinadas al culto sagrado fueran en verdad dignas, decorosas y bellas, signos y símbolos de las realidades celestiales. […] La Iglesia procuró con especial interés que los objetos sagrados sirvieran al esplendor del culto con dignidad y belleza. (Concilio Vaticano II. Constitución Sacrosanctum concilium, n. 122, 4 de diciembre dee 1963)

San Francisco de Asís

Todo lo que concierne al santo sacrificio sea precioso

Os ruego, más que si se tratara de mí mismo, que, cuando os parezca bien y veáis que conviene, supliquéis humildemente a los clérigos que veneren sobre todas las cosas el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo y sus santos nombres y sus palabras escritas que consagran el cuerpo. Los cálices, los corporales, los ornamentos del altar y todo lo que concierne al sacrificio, deben tenerlos preciosos. Y si el santísimo cuerpo del Señor estuviera colocado en algún lugar paupérrimamente, que ellos lo pongan y lo cierren en un lugar precioso según el mandato de la Iglesia. (San Francisco de Asis. Carta a los custodios I, n. 2-4)

Dondequiera que esté indebidamente colocado el Santísimo Sacramento, que se ponga en lugar precioso

Todos aquellos que administran tan santísimos ministerios, y sobre todo quienes los administran sin discernimiento, consideren en su interior cuán viles son los cálices, los corporales y los manteles donde se sacrifica el cuerpo y la sangre de nuestro Señor. Y hay muchos que lo abandonan en lugares viles, lo llevan miserablemente, y lo reciben indignamente, y lo administran a los demás sin discernimiento. […] ¿No nos mueven a piedad todas estas cosas, siendo así que el mismo piadoso Señor se entrega en nuestras manos, y lo tocamos y tomamos diariamente por nuestra boca? ¿Acaso ignoramos que tenemos que caer en sus manos? Por consiguiente, enmendémonos de todas estas cosas y de otras pronta y firmemente; y dondequiera que estuviese indebidamente colocado y abandonado el santísimo cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, que se retire de aquel lugar y que se ponga en un lugar precioso. (San Francisco de Asis. Carta a los clérigos II, n. 4-5.8-11)

Benedicto XVI

El amor no repara en gastos; la preocupación de Judas por los pobres era el disfraz de su egoísmo

María de Betania, “tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos” (12, 3). El gesto de María es la expresión de fe y de amor grandes por el Señor: para ella no es suficiente lavar los pies del Maestro con agua, sino que los unge con una gran cantidad de perfume precioso que —como protestará Judas— se habría podido vender por trescientos denarios; y no unge la cabeza, como era costumbre, sino los pies: María ofrece a Jesús cuanto tiene de mayor valor y lo hace con un gesto de profunda devoción. El amor no calcula, no mide, no repara en gastos, no pone barreras, sino que sabe donar con alegría, busca sólo el bien del otro, vence la mezquindad, la cicatería, los resentimientos, la cerrazón que el hombre lleva a veces en su corazón. […] Al acto de María se contraponen la actitud y las palabras de Judas, quien, bajo el pretexto de la ayuda a los pobres oculta el egoísmo y la falsedad del hombre cerrado en sí mismo, encadenado por la avidez de la posesión, que no se deja envolver por el buen perfume del amor divino. Judas calcula allí donde no se puede calcular, entra con ánimo mezquino en el espacio reservado al amor, al don, a la entrega total. Y Jesús, que hasta aquel momento había permanecido en silencio, interviene a favor del gesto de María: “Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura” (Jn 12, 7). (Benedicto XVI. Homilía, 29 de marzo de 2010)

León XIII

Es celo por la salvación de los fieles realizar ceremonias con pompa y esplendor

Las Escrituras nos enseñan (Qo 17,4) que es deber de todos estar solícitos por la salvación de nuestro vecino según las posibilidades y posición de cada uno. […] Quienes pertenecen al clero deben realizar esto por el instruido cumplimiento de su ministerio de predicación, por la pompa y esplendor de las ceremonias. (León XIII. Carta Testem benevolentiae, 22 de enero de 1899)

Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice

La Iglesia atraerá al hombre, rico o pobre, llevando el manto real de la verdadera belleza

¿Para qué sirve la belleza de las vestimentas y de los vasos sagrados, si el pobre muere de hambre o no tiene con qué cubrir su desnudez? ¿Esa belleza no quita recursos al cuidado de los necesitados? […] Tenemos necesidad en el presente no tanto de simplificar y de quitar lo superfluo, sino de redescubrir el decoro y la majestad del culto divino. La sagrada liturgia de la Iglesia atraerá al hombre de nuestro tiempo no vistiendo cada vez más los vestidos de la cotidianidad anónima y gris, a lo que ya está muy acostumbrado, sino llevando el manto real de la verdadera belleza, vestidura siempre nueva y joven, que la hace ser percibida como una ventana abierta al Cielo, como punto de contacto con el Dios Uno y Trino, a cuya adoración está ordenada, a través de la mediación de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. (Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice. La belleza del rito litúrgico, 3 de noviembre de 2010)

IV – Los santos, ricos o pobres, son los verdaderos evangelizadores en la Iglesia

Juan Pablo II

La Iglesia es universal y no de una sola clase

“Bienaventurados los pobres de espíritu”. Son “pobres de espíritu” también los “ricos” que, en proporción de su propia riqueza, no dejan de “darse a sí mismos” y de “servir a los demás”. Así, pues, la Iglesia de los pobres habla en primer lugar y por encima de todo al hombre. A cada hombre y, por lo tanto, a todos los hombres. Es la Iglesia universal. La Iglesia del misterio de la Encarnación. No es la Iglesia de una clase o de una sola casta. Y habla en nombre de la propia verdad. (Juan Pablo II. Discurso en la visita a la favela Vidigal en Río de Janeiro, n. 4-5, 2 de julio de 1980)

Benedicto XVI

Evangelizar es anunciar a Jesucristo, único Salvador, sin reducciones sociológicas

Cuanto más vivo sea el amor por la Eucaristía en el corazón del pueblo cristiano, tanto más clara tendrá la tarea de la misión: llevar a Cristo. No es sólo una idea o una ética inspirada en Él, sino el don de su misma Persona. Quien no comunica la verdad del Amor al hermano no ha dado todavía bastante. La Eucaristía, como sacramento de nuestra salvación, nos lleva a considerar de modo ineludible la unicidad de Cristo y de la salvación realizada por Él a precio de su sangre. Por tanto, la exigencia de educar constantemente a todos al trabajo misionero, cuyo centro es el anuncio de Jesús, único Salvador, surge del Misterio eucarístico, creído y celebrado. Así se evitará que se reduzca a una interpretación meramente sociológica la decisiva obra de promoción humana que comporta siempre todo auténtico proceso de evangelización. (Benedicto XVI. Exhortación apostólica Sacramentum caritatis, n. 86, 22 de febrero de 2007)

Juan Pablo II

La unión con Cristo es la que nos hace evangelizadores

Miembros de la Iglesia en virtud del bautismo, todos los cristianos son corresponsables de la actividad misionera. […] Tal cooperación se fundamenta y se vive, ante todo, mediante la unión personal con Cristo: sólo si se está unido a él, como el sarmiento a la viña (cf. Jn 15, 5), se pueden producir buenos frutos. La santidad de vida permite a cada cristiano ser fecundo en la misión de la Iglesia: “El Concilio invita a todos a una profunda renovación interior, a fin de que, teniendo viva conciencia de la propia responsabilidad en la difusión del Evangelio, acepten su participación en la obra misionera entre los gentiles”. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 77, 7 de diciembre de 1990)

La santidad es el presupuesto fundamental de la misión salvífica de la Iglesia

La vocación a la santidad está ligada íntimamente a la misión. […] La santidad es un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia. La santidad de la Iglesia es el secreto manantial y la medida infalible de su laboriosidad apostólica y de su ímpetu misionero. Sólo en la medida en que la Iglesia, Esposa de Cristo, se deja amar por Él y Le corresponde, llega a ser una Madre llena de fecundidad en el Espíritu. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Christifideles laici, n. 17, 30 de diciembre de 1988)

Pablo VI

El primer medio de evangelización es la santidad

Ante todo, […] hay que subrayar esto: para la Iglesia el primer medio de evangelización consiste en un testimonio de vida auténticamente cristiana, entregada a Dios en una comunión que nada debe interrumpir y a la vez consagrada igualmente al prójimo con un celo sin límites. […] San Pedro lo expresaba bien cuando exhortaba a una vida pura y respetuosa, para que si alguno se muestra rebelde a la palabra, sea ganado por la conducta. Será sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo, es decir, mediante un testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, […] en una palabra de santidad. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 41, 8 de diciembre de 1975)

Benedicto XV

Para ser apóstol es necesario huir del pecado y practicar la virtud

Pero quienes deseen hacerse aptos para el apostolado tienen que concentrar necesariamente sus energías en lo que antes hemos indicado, y que es de suma importancia y trascendencia, a saber: la santidad de la vida. Porque ha de ser hombre de Dios quien a Dios tiene que predicar, como ha de huir del pecado quien a los demás exhorta que lo detesten. […] El misionero deber ser dechado de todos por su humildad, obediencia, pureza de costumbres, señalándose sobre todo por su piedad y por su espíritu de unión y continuo trato con Dios, de quien ha de procurar a menudo recabar el éxito de sus negocios espirituales, convencido de que la medida de la gracia y ayuda divina en sus empresas corresponderá al grado de su unión con Dios. (Benedicto XV. Carta apostólica Maximum illud, n. 64.67, 30 de noviembre de 1919)


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