130 – La moral de la Iglesia se encuentra –pienso– en este punto ante una perplejidad: ¿Es el quinto o el sexto mandamiento? A mí no me gusta bajar a reflexiones tan casuísticas, cuando la gente muere por falta de agua y por el hambre, por el hábitat…

En esta vida terrenal todo pasa, porque está sujeto al tiempo. Desde las criaturas minerales, pasando por los vegetales y los animales, todo pasa inevitablemente. Sin embargo, el hombre ―cuya parte material también pasa, para después volver―, cuando cruza los umbrales del fin del tiempo, ya no pasará, sea para vivir en la felicidad o en la perdición eterna. Para recibir el premio de esta felicidad que ya no terminará, dice Jesús en el Evangelio que no basta con llamarlo “Señor”, sino que hay que hacer la voluntad del Padre: “No todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. (Mt 7, 21) Y para hacer la voluntad de Dios es preciso poner en práctica las enseñanzas perennes de Jesús: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. (Mt 24, 35) Ahora bien, toda la enseñanza de Jesús se basa en hacer el bien y nunca el mal, es decir, en cumplir los mandamientos, como le dijo al joven rico: “si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”. (Mt 19, 17) Por lo tanto, su enseñanza puede ser considerada como un código de ética cristiana, fundado en la moral eterna. Esta moral es la que está grabada en el corazón del hombre, como dice el Apóstol a los romanos: “tienen escrita en sus corazones la exigencia de la ley” (Rom 2, 14), y no puede cambiar con el tiempo o con las circunstancias. Fue justamente lo que condenó Jesús a los fariseos: su conducta hipócrita, pues no cumplían la ley de Moisés, adaptando la letra a sus intereses y situaciones, criando una falsa moral propia. Y Él deja claro que no ha cambiado en nada la ley de Dios: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud”. (Mt 5, 17) Fariseo es, por lo tanto, el que no cumple la ley verdadera y no aquel que la cumple… Tal es la enseñanza de la Iglesia a lo largos de los siglos: ¡lo que hiere la ley de Dios es pecado en todos los tiempos! Por consiguiente, las sociedades humanas serán justas o injustas dependiendo de la conducta justa o injusta de sus integrantes: los hombres. No podemos hablar de un “pecado social” en detrimento de los pecados personales, pues aquellos son consecuencia de éstos, que no son mera casuística. La moral es perenne y no existe una “moral de situación”, como veremos en este estudio.

Francisco

Papa-Conferencia-Prensa-AFR-RM-960

Cita A

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoI – Aclaración previa: sobre el sábado y cierto género de fariseísmoII – Moral católica perenne: aclaraciones doctrinales

I – Aclaración previa: sobre el sábado y cierto género de fariseísmo
A – Nuestro Señor Jesucristo contestó la doctrina de los fariseos porque ellos no cumplían la ley y erigían preceptos humanos en lugar de los mandamientos de Dios
B – El descanso del sábado, instituido para abstenerse de las obras serviles y alabar mejor a Dios, fue deturpado por los fariseos según sus criterios humanos
C – Jesús no abolió el precepto sabático, pues substituyó el sábado por el verdadero descanso: el domingo, Día del Señor. Nadie está dispensado de la obligación de honrar a Dios y evitar el pecado
D – Fariseísmo es establecer otras leyes ―socioeconómicas, políticas, ideológicas― en lugar de la salvífica ley de Dios

II – Moral católica perenne: aclaraciones doctrinales
A – La moral católica es la misma de siempre, independiente de las circunstancias, y erran los que defienden una moral de situación
B – La gravedad del pecado se mide por lo personal, antes que por lo social
C – Para resolver las cuestiones sociales ―que son morales― es preciso hacer cumplir la moral personal

I – Aclaración previa: sobre el sábado y cierto género de fariseísmo

A – Nuestro Señor Jesucristo contestó la doctrina de los fariseos porque ellos no cumplían la ley y erigían preceptos humanos en lugar de los mandamientos de Dios

 Sagradas Escrituras

Ninguno de vosotros cumple la ley

¿Acaso no os dio Moisés la ley, y ninguno de vosotros cumple la ley? (Jn 7, 19)

Recibisteis la ley y no la habéis observado

[Dijo Esteban:] “¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo, lo mismo que vuestros padres. ¿Hubo un profeta que vuestros padres no persiguieron? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del Justo, y ahora vosotros los habéis traicionado y asesinado; recibisteis la ley por mediación de ángeles y no la habéis observado”. Oyendo sus palabras se recomían en sus corazones y rechinaban los dientes de rabia. (Hch 7, 51-54)

Juzgan según la ley y actúan contra la ley…

Pablo, mirando fijamente al Sanedrín, dijo: “Hermanos, yo, hasta este día, he procedido ante Dios con conciencia buena e íntegra”. El sumo sacerdote Ananías ordeno a sus ayudantes que lo golpeasen en la boca. Entonces Pablo le dijo: “A ti te va a golpear Dios, muro blanqueado. Tú te sientas para juzgarme según la ley, ¿y actuando contra la ley ordenas que me golpeen?”.(Hch 23, 1-3)

Quebrantaban el mandato de Dios en nombre de su tradición

Entonces se acercaron a Jesús unos fariseos y escribas de Jerusalén y le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores y no se lavan las manos antes de comer?”. Él les respondió: “¿Por qué quebrantáis vosotros el mandato de Dios en nombre de vuestra tradición? Pues Dios dijo: ‘Honra al padre y a la madre’ y ‘El que maldiga al padre o a la madre es reo de muerte’. Pero vosotros decís: ‘Si uno dice al padre o a la madre: Los bienes con que podría ayudarte son ofrenda sagrada, ya no tiene que honrar a su padre o a su madre’. Y así invalidáis el mandato de Dios en nombre de vuestra tradición. Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, diciendo: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”. (Mt 15, 1-9)

La doctrina que enseñan son preceptos humanos

Él les contesto: “Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres”. Y añadió: “Anuláis el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición. Moisés dijo: ‘Honra a tu padre y a tu madre’ y ‘el que maldiga a su padre o a su madre es reo de muerte’. Pero vosotros decís: ‘Si uno le dice al padre o a la madre: Los bienes con que podría ayudarte son corbán, es decir, ofrenda sagrada, ya no le permitís hacer nada por su padre o por su madre, invalidando la palabra de Dios con esa tradición que os transmitís; y hacéis otras muchas cosas semejantes”. (Mc 7, 6-13)

Por fuera los fariseos parecían justos, por dentro estaban repletos de hipocresía y crueldad

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre; lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crueldad. (Mt 23, 27-28)

Parecían justos delante los hombre y eran abominables ante Dios

Los fariseos, que eran amigos del dinero, estaban escuchando todo esto y se burlaban de él. Y les dijo: “Vosotros os las dais de justos delante de los hombre, pero Dios conoce vuestros corazones, pues lo que es sublime entre los hombres es abominable ante Dios. La ley y los profetas llegan hasta Juan; desde entonces se anuncia la buena noticia del reino de Dios y todos se esfuerzan por entrar en él. Es más fácil que pasen el cielo y la tierra que no que caiga un ápice de la ley”. (Lc 16, 15-17)

B – El descanso del sábado, instituido para abstenerse de las obras serviles y alabar mejor a Dios, fue deturpado por los fariseos según sus criterios humanos

 Sagradas Escrituras

Se debía observar el sábado para santificarlo

Observa el día del sábado, para santificarlo, como el Señor, tu Dios, te ha mandado. (Dt 5, 12)

El sábado era consagrado al Señor: no se debía trabajar para santificarlo

Recuerda el día del sábado para santificarlo. Durante seis días trabajarás y harás todas tus tareas, pero el día séptimo es día de descanso, consagrado al Señor, tu Dios. No harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el emigrante que reside en tus ciudades. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra, el mar y lo que hay en ellos; y el séptimo día descansó. Por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó. (Ex 20, 8-11)

Jesús corrige la falsificación farisaica: hacer el bien en sábado es alabar a Dios

Había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Entonces preguntaron a Jesús para poder acusarlo: “¿Está permitido curar en sábado?”. Él les respondió: “Supongamos que uno de vosotros tiene una oveja y que un sábado se le cae en una zanja, ¿no la agarra y la saca? Pues, ¡cuánto más vale un hombre que una oveja! Por lo tanto, está permitido hacer el bien en sábado”. (Mt 12, 10-12)

¿Y no habéis leído en la ley?...

En aquel tiempo atravesó Jesús en sábado un sembrado; los discípulos, que tenían hambre, empezaron a arrancar espigas y a comérselas. Los fariseos, al verlo, le dijeron: “Mira tus discípulos están haciendo una cosa que no está permitida en sábado”. Les replicó “¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y sus hombres sintieron hambre? Entró en la casa de Dios y comieron de los panes de la proposición, cosa que no les estaba permitida ni a él ni a sus compañeros, sino sólo a los sacerdotes. ¿Y no habéis leído en la ley que los sacerdotes pueden violar el sábado en el templo sin incurrir en culpa? Pues os digo que aquí hay uno que es más que el templo. Si comprendierais lo que significa ‘quiero misericordia y no sacrificio’, no condenaríais a los inocentes. Porque el Hijo del hombre es señor del sábado”. (Mt 12, 1-8)

San Beda

La ley únicamente manda abstenerse de los trabajos serviles en el sábado, o sea, de las malas acciones

Comprendiendo el Señor la calumnia que le preparaban, reprende a aquellos que no interpretan bien los mandamientos de la ley, creyendo que en los sábados no podían hacerse obras buenas, siendo así que la ley únicamente manda abstenerse de los trabajos serviles en el sábado –esto es, de las malas acciones. Por ello Jesús les dijo: “Os pregunto: ¿Es lícito en los sábados hacer bien?”, etc. (San Beda citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Lc 6, 6-11)

San Cirilo de Alejandría

Los fariseos querían ignorar las Sagradas Escrituras para conspirar contra Jesús y los suyos

Los escribas y los fariseos, ignorando las Sagradas Escrituras, habían conspirado a una para acusar a los discípulos de Cristo; por lo cual prosigue: “Y algunos de los fariseos les decían: ¿Por qué hacéis, …?”. Dime tú, cuando se te pone la mesa en día de sábado, ¿acaso no partes pan? ¿Por qué, pues, reprendes a los otros? (San Cirilo de Alejandría citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Lc 6, 1-5)

San Ambrosio de Milán

Jesús acusa a los que defienden la ley de ignorarla…

El Señor arguye a los defensores de la ley de ignorarla, citándoles el ejemplo de David. Y así dice: “Y Jesús, tomando la palabra, les reprendió: ¿Ni aun esto habéis leído?”, etc. (San Ambrosio de Milán citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Lc 6, 1-5)

C – Jesús no abolió el precepto sabático, pues substituyó el sábado por el verdadero descanso: el domingo, Día del Señor. Nadie está dispensado de la obligación de honrar a Dios y evitar el pecado

 Santo Tomás de Aquino

¿Por qué el sábado fue introducido en el Decálogo?

Entre los beneficios futuros que debían ser prefigurados, el principal y el término de todos es el descanso de la mente en Dios, en la presente vida por la gracia y en la futura por la gloria, lo cual era figurado por el descanso sabático. Por lo cual se dice en Is 58,13: “Si te abstienes de viajar en sábado y de hacer tu voluntad en el día santo, si miras como delicioso el sábado y lo santificas alabando al Señor…”. Estos son los beneficios que principalmente están grabados en la mente de los hombres, y más de los fieles. Cuanto a las otras solemnidades, se celebraban en memoria de algunos beneficios particulares y pasajeros, como la Pascua en recordación de la pasada liberación egipcia y de la futura pasión de Cristo, que pasó, y nos introduce en el descanso del sábado espiritual. Por esto, omitidas todas las demás solemnidades y sacrificios, de sólo el sábado se hace mención en los preceptos del decálogo. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q.100, a.5, ad 2)

El precepto del sábado se refiere a la obligación moral de honrar a Deus: en cuanto a la fijación del tiempo, es mero aspecto ceremonial

El precepto de la observancia del sábado es en parte moral, a saber, en cuanto en él se prescribe que el hombre vaque algún tiempo a las cosas divinas, según lo que se dice en Sal 45,11: “Vacad y ved que yo soy Dios”. Según esto se cuenta entre los preceptos del decálogo, no en lo que mira a la fijación del tiempo, pues bajo este aspecto es ceremonial. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q.100, a.3, ad 2)

El precepto del sábado como ceremonial es cambiado al domingo, Día del Señor, pues la prefigura da lugar al figurado: Cristo

Todos los preceptos ceremoniales de la ley antigua se ordenaban al culto de Dios, según hemos dicho (q.101 a.1.2). El culto exterior debe estar en armonía con el interior, que consiste en la fe, la esperanza y la caridad. Luego, según la diversidad del culto interior, debe variar el exterior. Podemos distinguir tres grados en el culto interior: el primero, en que se tiene la fe y la esperanza de los bienes celestiales y de aquellos que nos introducen en estos bienes, como de cosas futuras; y tal fue el estado de la fe y de la esperanza en el Viejo Testamento. El segundo es aquel en que tenemos la fe y la esperanza de los bienes celestiales como de cosas futuras; pero de las cosas que nos introducen en aquellos bienes las tenemos como de cosas presentes o pasadas, y éste es el estado de la ley nueva. El tercer estado es aquel en que unas y otras son ya presentes y nada de lo que se cree es ausente ni se espera para el futuro, y éste es el estado de los bienaventurados.
El sábado, que recordaba la primera creación, se mudó en el domingo, en el cual se conmemora la nueva criatura, incoada en la resurrección de Cristo. Asimismo, a las otras solemnidades de la ley antigua suceden nuevas solemnidades, porque los beneficios otorgados a aquel pueblo significan los beneficios a nosotros concedidos por Cristo. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q.103, a.3, sol/ ad 4)

¿Cómo debe el cristiano guardar el sábado?

“Acuérdate de santificar el día del sábado”. Ya se dijo que así como los judíos celebran el sábado, así nosotros los cristianos celebramos el domingo y otras fiestas importantes. Veamos, pues, cómo debemos guardarlos. Y es de saberse que Dios no dice: Guarda el sábado, sino “acuérdate de santificar el sábado”.

Ahora bien, la palabra santo se toma en dos acepciones diferentes. En efecto, a veces santo es lo mismo que puro. Dice el Apóstol en 1Cor 6, 11: “Pero habéis sido lavados, pero habéis sido santificados”. A veces se llama santa a una cosa consagrada al culto de Dios, como un lugar, un tiempo, vestiduras y vasos sagrados. Así es que de estas dos maneras debemos celebrar las fiestas. O sea, con pureza de corazón y entregándonos al servicio divino.

Por lo mismo hay que considerar dos cosas en este precepto. Primeramente, en verdad, qué se debe evitar en día festivo; en segundo lugar, qué debe hacerse. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 98-100)

¿Qué se debe evitar en el sábado?

Ahora bien, debemos evitar tres cosas. a) Primeramente el trabajo corporal. Jer 17, 22: “Santificaréis el sábado, no haciendo en ese día obra servil”, por lo cual también en la ley se dice —Lev 23, 25—: “Ninguna obra servil haréis ese día”. Obra servil es el trabajo corporal, porque una obra libre es un acto del alma, como entender y otros semejantes; y a esos actos ningún hombre puede ser constreñido.

Pero es de saberse que las obras corporales pueden hacerse en sábado por cuatro motivos. En primer lugar por necesidad. Por lo cual el Señor excusó a sus discípulos que habían cortado espigas en día sábado, como se dice en Mt 12, 3-7. En segundo lugar por la utilidad de la Iglesia. Por lo cual se dice en el mismo Evangelio (Mt 12, 5) que los sacerdotes hacían todas las cosas que eran necesarias en el templo en día sábado. En tercer lugar por la utilidad del prójimo. Por lo cual el Señor curó en sábado al hombre de la mano seca, y confundió a los judíos —que lo censuraban— con el ejemplo de la oveja, Mt 12, 11-12. En cuarto lugar por la autoridad de un superior. Por lo cual el Señor ordenó a los judíos que circuncidaran en día sábado, como se dice en Jn 7, 23.

b) En segundo lugar debemos evitar el pecado. Jer 17, 21: “Guardad vuestras almas, y no llevéis cargas en día de sábado”. Ahora bien, el peso del alma, o sea, el peso malvado es el pecado: Sal 37, 5: “Pesan sobre mí como pesada carga”. Ahora bien, el pecado es una obra servil: en verdad, como se dice en Jn 8, 34: “El que comete pecado es siervo del pecado”. Por lo cual, cuando se dice: “Ninguna obra servil hagáis en ese día”, esto puede entenderse del pecado. Por lo cual obra contra este precepto el que peca en día de sábado, porque se ofende a Dios trabajando y pecando [en ese día], Is 1, 13-14: “El sábado y vuestras otras fiestas no las soportaré”. ¿Y por qué? Porque “son inicuas vuestras asambleas. Mi alma odia vuestras neomenias y vuestras festividades: se me han hecho molestas”.

c) En tercer lugar debemos evitar la ociosidad. Eclo 33, 29: “La ociosidad enseña muchas maldades. San Jerónimo le dice a Rústico: “Ocúpate continuamente en cualquier obra buena, para que el diablo te encuentre ocupado”.(Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 100-103)

¿Qué se debe hacer en sábado?

Ahora debemos decir en qué cosas hemos de ocuparnos: y son tres. a) Primeramente se deben hacer sacrificios. Por lo cual, en Num 28, 3-10, se dice que Dios ordenó que diariamente se ofreciera un cordero en la mañana, y otro en la tarde, pero que en sábado deberían duplicarse. Lo cual significa que en sábado debemos ofrecerle a Dios el sacrificio de todo lo que tenemos. 1Crón 29, 14: “Tuyas son todas las cosas, y lo que hemos recibido de tus manos, te lo damos”.

Por lo cual primero debemos ofrecer espontáneamente el alma doliéndonos de nuestros pecados: Sal 50, 19: “El sacrificio (agradable) a Dios es un corazón contrito”, y pidiendo beneficios (divinos): Sal 140, 2: “Señor, que mi oración se eleve como el incienso en tu presencia”. En efecto, el día de fiesta fue establecido para tener el gozo espiritual que produce la oración, por lo cual en ese día deben multiplicarse las oraciones.

En segundo lugar debemos mortificar nuestro cuerpo, y esto ayunando; Rom 12, I: “Os ruego, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos a Dios como hostia viva y santa”; alabando: Sal 49, 23: “El que me ofrezca un sacrificio de alabanza me honrará”; por lo cual en ese día deben multiplicarse los cantos (de alabanza).
En tercer lugar, debes sacrificar tus bienes, y esto dando limosnas. Heb 13, 16: “De la beneficencia y de la mutua asistencia no os olvidéis: con tales sacrificios se obliga a Dios”; y esto dos veces más que en otros días, porque entonces la alegría es general. Neh 8, 10: “Enviad partes a los que no prepararon para ellos, porque este es el santo día del Señor”.

b) En segundo lugar en el estudio de las palabras del Señor, como los judíos mismos lo hacen ahora. Hch 13, 27: “Las palabras de los profetas que se leen cada sábado”. Por lo cual también los cristianos, cuya justicia debe ser más perfecta, deben concurrir a la predicación y al oficio de la Iglesia. Jn 8, 47: “El que es de Dios, oye las palabras de Dios”; además, hablan cosas de provecho: dice el Apóstol en Ef 4, 29: “No salga de vuestra boca palabra mala, sino que sea buena, para edificación”. En efecto, estas dos cosas son de provecho para el espíritu del pecador, porque cambian su corazón en mejor. Jer 23, 29: “Mis palabras son como fuego ardiente, dice el Señor, y como martillo que rompe una piedra”.

Ahora bien, lo contrario les ocurre aun a los perfectos si no dicen o no escuchan cosas de provecho. Dice el Apóstol en 1Cor 15, 33-34: “Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres. Vigilad, justos, y no pequéis”; y Sal 118, 11: “En mi corazón guardé tus palabras”. En efecto, la palabra (de Dios) instruye al ignorante: Sal 118, 105: “Tu palabra es para mis pies una lámpara”; e inflama al tibio: Sal 104, 19: “La palabra del Señor lo inflamó”.

c) En tercer lugar, en divinos ejercicios. Por otra parte, esto es propio de los perfectos. Sal 33, 9: “Gustad y ved cuan dulce es el Señor”. Y esto por el descanso del espíritu. En efecto, así como el cuerpo fatigado desea el descanso, así también el alma. Ahora bien, el lugar del alma es Dios: Sal 30, 3: “Sed para mí un Dios protector y un lugar de refugio”. Heb 4, 9-10: “Así queda un descanso para el pueblo de Dios: porque el que ha entrado en su descanso, también descansará de sus obras, como Dios descansó de las suyas”. Sab 8, 16: “Entrando en mi casa descansaré en ella”.

Pero antes de que el alma alcance ese reposo, es necesario que le precedan tres descansos. El primero, de la turbación del pecado. Is 57, 20: “El corazón del impío es como un mar impetuoso, que no se puede apaciguar”. El segundo, de las pasiones de la carne; porque la carne apetece contra el espíritu, y el espíritu contra la carne, como se dice en Gal 5, 27. El tercero, de las ocupaciones del mundo. Lc 10, 41: “Marta, Marta, tú te inquietas y te turbas por muchas cosas”. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 104-108)

D – Fariseísmo es establecer otras leyes ―socioeconómicas, políticas, ideológicas― en lugar de la salvífica ley de Dios

 Santo Tomás de Aquino

No se puede dispensar precepto alguno del Decálogo en nombre del “bien común”

Según se dijo atrás (q.96 a.6; q.97 a.4) hay lugar a la dispensa cuando se presenta un caso particular en el cual la observancia literal de la ley resultase contraria a la intención del legislador. Ahora bien, la intención del legislador mira primero y principalmente al bien común; luego, a conservar el orden de la justicia y de la virtud, por el cual se conserva el bien común y se llega a él. Si, pues, se dan algunos preceptos que encierran la misma conservación de ese bien común y el orden mismo de la justicia y de la virtud, tales preceptos contienen la intención del legislador y no admiten dispensa alguna. Por ejemplo, si en la comunidad se diera un decreto de que nadie destruyese el Estado ni entregase la ciudad a los enemigos, que nadie ejecutase cosa mala o injusta, tales preceptos no serían dispensables. Pero si se diesen algunos preceptos ordenados al logro de estos fines, en los que se determinasen algunas especiales medidas, tales preceptos serían dispensables, por cuanto en algunos casos la no observancia de estos preceptos no traería ningún perjuicio a los que contienen la intención del legislador. Por ejemplo, si para la conservación del Estado se estableciese en una ciudad que, de cada barrio, algunos ciudadanos hiciesen guardia para la defensa de la ciudad asediada, se podría dispensar a algunos mirando a mayor utilidad.Pues bien, los preceptos del decálogo contienen la misma intención del legislador, esto es, de Dios, pues los preceptos de la primera tabla que se refieren a Dios, contienen el mismo orden al bien común y final, que es Dios.
Los preceptos de la segunda tabla contienen el orden de la justicia que se debe observar entre los hombres, a saber, que a ninguno se haga perjuicio y que se dé a cada uno lo que le es debido. En este sentido se han de entender los preceptos del decálogo. De donde se sigue que absolutamente excluyen la dispensa. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q.100, a.8)

¿La dispensa del sábado entre los Macabeos prueba que los preceptos del Decálogo pueden ser dispensados?

Entre los preceptos del decálogo está la observancia del sábado. Pero este precepto lo hallamos dispensado ya en el libro 1Mac, 2,41: “Y tomaron aquel día esta resolución: Todo hombre, quienquiera que sea, que en día de sábado viniera a pelear con nosotros, será de nosotros combatido”. Luego son dispensables los preceptos del decálogo.
[…] Aquella resolución fue más bien una interpretación del precepto que una dispensa. No se puede decir que viole el sábado el que ejecuta una obra necesaria para la salud de los hombres, como el Señor lo prueba en Mt 12, 3ss. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q.100, a. 8, obj. 4.ad 4)

Pío XII

Las bases del orden social deben estar de acuerdo con el orden inmutable de la ley de Dios

Es, en cambio, a no dudarlo, competencia de la Iglesia, allí donde el orden social se aproxima y llega a tocar el campo moral, juzgar si las bases de un orden social existente están de acuerdo con el orden inmutable que Dios Creador y Redentor ha promulgado por medio del derecho natural y de la Revelación; doble manifestación a que se refiere León XIII en su encíclica. […] Porque la Iglesia, guardiana del orden sobrenatural cristiano, a que convergen naturaleza y gracia, tiene que formar las conciencias, aun las de aquellos que están llamados a buscar soluciones para los problemas y deberes impuestos por la vida social. De la forma dada a la sociedad, conforme o no a las leyes divinas, depende y se insinúa también el bien o el mal en las almas, es decir, el que los hombres, llamados todos a ser vivificados por la gracia de Jesucristo, en los trances del curso de la vida terrena respiren el sano y vital aliento de la verdad y de la virtud moral o el bacilo morboso y muchas veces mortal del error y de la depravación. (Pío XII. Radiomensaje en el 50º aniversario de la “Rerum novarum”, n. 5, 1 de junio de 1941)

Juan XXIII

Al no reconocer los hombres una única ley de justicia con valor universal, no pueden llegar en nada a un acuerdo pleno y seguro

os hombres, y principalmente las supremas autoridades de los Estados, tienen en su actuación concepciones de vida totalmente distintas. Hay, en efecto, quienes osan negar la existencia de una ley moral objetiva, absolutamente necesaria y universal y, por último, igual para todos. Por esto, al no reconocer los hombres una única ley de justicia con valor universal, no pueden llegar en nada a un acuerdo pleno y seguro.
Porque, aunque el término “justicia” y la expresión “exigencias de la justicia” anden en boca de todos, sin embargo, estas palabras no tienen en todos la misma significación; más aún, con muchísima frecuencia, la tienen contraria. […] padding-left: 30px; text-align: justify;”>Ahora bien, la base única de los preceptos morales es Dios. Si se niega la idea de Dios, esos preceptos necesariamente se desintegran por completo. El hombre, en efecto, no consta sólo de cuerpo, sino también de alma, dotada de inteligencia y libertad. El alma exige, por tanto, de un modo absoluto, en virtud de su propia naturaleza, una ley moral basada en la religión, la cual posee capacidad muy superior a la de cualquier otra fuerza o utilidad material para resolver los problemas de la vida individual y social, así en el interior de las naciones como en el seno de la sociedad internacional. (Juan XXIII. Encíclica Mater et magistra, n. 205-206.208, 15 de mayo de 1961)

Catecismo de la Iglesia Católica

Cuando la Iglesia emite un juicio sobre materias socioeconómicas es con un fondo moral, es decir, con fundamento en la ley de Dios

La Iglesia expresa un juicio moral, en materia económica y social, “cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas” (Gaudium et spes, n. 76). En el orden de la moralidad, la Iglesia ejerce una misión distinta de la que ejercen las autoridades políticas: ella se ocupa de los aspectos temporales del bien común a causa de su ordenación al supremo Bien, nuestro fin último. Se esfuerza por inspirar las actitudes justas en el uso de los bienes terrenos y en las relaciones socioeconómicas. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2420)

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia

La Iglesia no tiene leyes ideológicas sino que sus parámetros socioeconómicos pertenecen al ámbito de la teología moral para orientar la conducta cristiana

La doctrina social de la Iglesia “no pertenece al ámbito de la ideología, sino al de la teología y especialmente de la teología moral”. No se puede definir según parámetros socioeconómicos. No es un sistema ideológico o pragmático, que tiende a definir y componer las relaciones económicas, políticas y sociales, sino una categoría propia: es “la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana”.
La doctrina social, por tanto, es de naturaleza teológica, y específicamente teológico-moral, ya que “se trata de una doctrina que debe orientar la conducta de las personas”. Se sitúa en el cruce de la vida y de la conciencia cristiana con las situaciones del mundo y se manifiesta en los esfuerzos que realizan los individuos, las familias, operadores culturales y sociales, políticos y hombres de Estado, para darles forma y aplicación en la historia”. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 72-73)

II – Moral católica perenne: aclaraciones doctrinales

A – La moral católica es la misma de siempre, independiente de las circunstancias, y erran los que defienden una moral de situación

 Santo Tomás de Aquino

Los actos humanos son voluntarios, por eso tienen dimensión moral, sean los actos exteriores o su finalidad interior

Unos actos se llaman humanos porque son voluntarios, como se dijo (q.1 a.1). Ahora bien, en un acto voluntario se da un acto doble: un acto interior de la voluntad y un acto exterior; y cada uno de ellos tiene su objeto propio. Pero el objeto del acto interior voluntario es propiamente el fin, mientras que el objeto de la acción exterior es aquello sobre lo que versa. Pues bien, lo mismo que el acto exterior recibe la especie del objeto sobre el que versa, el acto interior de la voluntad recibe su especie del fin, como de su propio objeto. Ahora bien, igual que lo que procede de la voluntad se comporta como formal con respecto a lo que procede del acto exterior, porque la voluntad utiliza para obrar los miembros como instrumentos, también los actos exteriores sólo tienen razón de moralidad en cuanto que son voluntarios. Por tanto, la especie de un acto humano se considera formalmente según el fin, y materialmente según el objeto del acto exterior. Por eso dice el Filósofo en el V Ethic. que quien roba para cometer adulterio es, hablando propiamente, más adúltero que ladrón. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 18, a. 6)

Todo acto del hombre que procede de la razón deliberativa, considerado individualmente, es bueno o malo

A veces un acto es indiferente según la especie y, sin embargo, es bueno o malo considerado individualmente; precisamente porque el acto moral, como se dijo (a.3), no recibe la bondad sólo de su objeto, sino también de las circunstancias, que son como accidentes. Igual que algo conviene a un hombre individual en virtud de accidentes individuales, que no le conviene al hombre bajo la razón de especie. Y es necesario que todo acto individual tenga alguna circunstancia que lo acerque al bien o al mal, al menos desde la intención del fin; porque, como es propio de la razón ordenar, el acto que procede de la razón deliberativa, si no está ordenado al fin debido, por eso mismo se opone a la razón y tiene razón de mal; en cambio, si se ordena al fin debido, conviene con el orden de la razón, por lo que tiene razón de bien. Ahora bien, es necesario que se ordene o no al fin debido. Por consiguiente, es necesario que todo acto del hombre que procede de la razón deliberativa, considerado individualmente, sea bueno o malo.
[…] Todo fin pretendido por la razón deliberativa pertenece al bien de alguna virtud o al mal de algún vicio, pues todo lo que uno hace ordenadamente para sostenimiento o reposo de su cuerpo, se ordena al bien de la virtud en quien ordena su cuerpo al bien de la virtud. Y lo mismo vale en los otros casos. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 18, a. 9; ad 3)

Catecismo de la Iglesia Católica

La moral juzga los actos del hombre individualmente

La libertad hace del hombre un sujeto moral. Cuando actúa de manera deliberada, el hombre es, por así decirlo, el padre de sus actos. Los actos humanos, es decir, libremente realizados tras un juicio de conciencia, son calificables moralmente: son buenos o malos.

La moralidad de los actos humanos depende:
— del objeto elegido;
— del fin que se busca o la intención;
— de las circunstancias de la acción.
El objeto, la intención y las circunstancias forman las “fuentes” o elementos constitutivos de la moralidad de los actos humanos. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1749-1750)

Las circunstancias agravan o disminuyen la bondad o la malicia moral de los actos humanos y no pueden de suyo modificar la calidad moral de los actos

Las circunstancias, comprendidas en ellas las consecuencias, son los elementos secundarios de un acto moral. Contribuyen a agravar o a disminuir la bondad o la malicia moral de los actos humanos (por ejemplo, la cantidad de dinero robado). Pueden también atenuar o aumentar la responsabilidad del que obra (como actuar por miedo a la muerte). Las circunstancias no pueden de suyo modificar la calidad moral de los actos; no pueden hacer ni buena ni justa una acción que de suyo es mala. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1754)

San Juan Crisóstomo

El premio es dado por la intención buena o mala con que se obra

Cristo no premia ni castiga la obra sencilla, sino la voluntad del que la hace.
[…] No pensemos, pues, que los preceptos son imposibles. Son, por el contrario, útiles y grandemente fáciles, con tal de que estemos alertas; y acarrean grandes ventajas, tales que no sólo a nosotros mismos aprovechan, sino aun a quienes nos hieren, en gran manera. Y lo más excelente que tienen es que, al ordenarnos que soportemos los males, por el mismo caso enseñan la virtud a quienes nos dañan. Juzga el ladrón que es grande bien el apoderarse de lo ajeno. Tú en cambio le demuestras que estás dispuesto a darle aun lo que no pide: a su pequeñez y a su rapacidad contrapones tu presteza y tu virtud. (San Juan Crisóstomo. Homilía XIX sobre el Evangelio de San Mateo)

Pío XII

La Iglesia se preocupa con circunstancias económicas y sociales aplicándoles la perenne moral cristiana

El divino Redentor ha entregado su Revelación —de la cual forman parte esencial las obligaciones morales— no ya a cada uno de los hombres, sino a su Iglesia, a la que ha dado la misión de conducirlos a que abracen con fidelidad aquel sacro depósito. E, igualmente, a la Iglesia misma y no a cada uno de los individuos, fue prometida la asistencia ordenada a preservar la Revelación de errores y deformaciones. Sabia providencia también ésta, porque la Iglesia, organismo viviente, puede así, segura y fácilmente, tanto iluminar y profundizar aun las verdades morales como aplicarlas, manteniendo intacta su sustancia, a las variables condiciones de lugares y de tiempos. Basta pensar, por ejemplo, en la doctrina social de la Iglesia, que, nacida para responder a nuevas necesidades, en el fondo no es sino la aplicación de la perenne moral cristiana a las presentes circunstancias económicas y sociales. (Pío XII. Radiomensaje La Familia, sobre la conciencia y la moral, n. 9, 23 de marzo de 1952)

La moral de situación no se basa en las leyes morales universales de los diez mandamientos, sino sobre las condiciones o circunstancias concretas en las que ha de obrar, según las cuales la conciencia individual tiene que juzgar y elegir

Nos hemos hablado ya de la nueva moral en nuestro radiomensaje del 23 de marzo último a los educadores cristianos. Y lo que hoy vamos a tratar no es sólo una continuación de lo que entonces dijimos: Nos queremos descubrir los profundos orígenes de esta concepción. Se la podría calificar de existencialismo ético, de actualismo ético, de individualismo ético, entendidos en el sentido restrictivo que vamos a explicar y tal como se les encuentra en lo que con otro nombre se ha llamado Situationsethik (moral de situación).
El signo distintivo de esta moral es que no se basa en manera alguna sobre las leyes morales universales, como —por ejemplo— los diez mandamientos, sino sobre las condiciones o circunstancias reales y concretas en las que ha de obrar y según las cuales la conciencia individual tiene que juzgar y elegir. Tal estado de cosas es único y vale una vez para cada acción humana. Luego la decisión de la conciencia —afirman los defensores de esta ética— no puede ser imperada por las ideas, principios y leyes universales. (Pío XII. Discurso sobre los errores de la moral de situación, n. 3-4, 18 de abril de 1952)

La moral de situación desplaza a Dios como fin último de los actos humanos

La fe cristiana basa sus exigencias morales en el conocimiento de las verdades esenciales y de sus relaciones; así lo hace San Pablo en la carta a los Romanos (Rom 1, 19-21) para la religión en cuanto tal, ya sea ésta la cristiana, ya la anterior al cristianismo: a partir de la creación, dice el Apóstol, el hombre entrevé y palpa de algún modo al Creador, su poder eterno y su divinidad, y esto con una evidencia tal que él se sabe y se siente obligado a reconocer a Dios y a darle algún culto, de manera que desdeñar este cultivo o pervertirlo en la idolatría es gravemente culpable, para todos y en todos los tiempos.
Esto no es, de ningún modo, lo que afirma la ética de que Nos hablamos. Ella no niega, sin más, los conceptos y los principios morales generales (aunque a veces se acerque mucho a semejante negación), sino que los desplaza del centro al último confín. (Pío XII. Discurso sobre los errores de la moral de situación, n. 5-6, 18 de abril de 1952)

Las obligaciones fundamentales de la ley moral están basadas en la esencia, en la naturaleza del hombre y en sus relaciones esenciales, y valen en todos los lugares donde se encuentre el hombre

Se preguntará de qué modo puede la ley moral, que es universal, bastar e incluso ser obligatoria en un caso particular, el cual, en su situación concreta, es siempre único y de una vez. Ella lo puede y ella lo hace, porque, precisamente a causa de su universalidad, la ley moral comprende necesaria e intencionalmente todos los casos particulares, en los que se verifican sus conceptos. Y en estos casos, muy numerosos, ella lo hace con una lógica tan concluyente, que aun la conciencia del simple fiel percibe inmediatamente y con plena certeza la decisión que se debe tornar.
Esto vale especialmente para las obligaciones negativas de la ley moral, para las que exigen un no hacer un dejar de lado. Pero no para éstas solas. Las obligaciones fundamentales de la ley moral están basadas en la esencia, en la naturaleza del hombre y en sus relaciones esenciales, y valen, por consiguiente, en todas partes donde se encuentre el hombre; las obligaciones fundamentales de la ley cristiana, por lo mismo que sobrepasan a las de la ley natural, están basadas sobre la esencia del orden sobrenatural constituido por el divino Redentor. De las relaciones esenciales entre el hombre y Dios, entre hombre y hombre, entre los cónyuges, entre padres e hijos; de las relaciones esenciales en la comunidad, en la familia, en la Iglesia, en el Estado, resulta, entre otras cosas, que el odio a Dios, la blasfemia, la idolatría, la defección de la verdadera fe, la negación de la fe, el perjurio, el homicidio, el falso testimonio, la calumnia, el adulterio y la fornicación, el abuso del matrimonio, el pecado solitario, el robo y la rapiña, la sustracción de lo que es necesario a la vida, la defraudación del salario justo (cf. Sant 5,4), el acaparamiento de los víveres de primera necesidad y el aumento injustificado de los precios, la bancarrota fraudulenta, las injustas maniobras de especulación, todo ello está gravemente prohibido por el Legislador divino. No hay motivo para dudar. Cualquiera que sea la situación del individuo, no hay más remedio que obedecer. (Pío XII. Discurso sobre los errores de la moral de situación, n. 9-10, 18 de abril de 1952)

El cristiano debe asumir el grave y grande cometido de hacer valer en todos los campos de su vida personal ―profesional, social y pública― la verdad, el espíritu y la ley de Cristo

Donde no hay normas absolutamente obligatorias, independientes de toda circunstancia o eventualidad, la situación de una vez en su unicidad requiere, es verdad, un atento examen para decidir cuáles son las normas que se han de aplicar y en qué manera. La moral católica ha tratado siempre y ampliamente este problema de la formación de la propia conciencia con el examen previo de las circunstancias del caso que se ha de resolver. Todo lo que ella enseña ofrece una ayuda preciosa para las determinaciones de la conciencia tanto teóricas como prácticas. Baste citar la exposición, no superada, de Santo Tomás sobre la virtud cardinal de la prudencia y las virtudes con ella relacionadas (Sum. Theol. II-II q. 47-57). Su tratado revela un sentido en la actividad personal y de la realización, que contiene todo cuanto hay de justo y de positivo en la ética según la situación, pero evitando todas sus confusiones y desviaciones. Bastará, por lo tanto, al moralista moderno continuar en la misma, línea si quiere profundizar nuevos problemas. […] El cristiano, por su parte, debe asumir el grave y grande cometido de hacer valer en su vida personal, en su vida profesional y en la vida social y pública, en cuanto de él dependa, la verdad, el espíritu y la ley de Cristo. Esto es la moral católica; y ella deja un vasto campo libre a la iniciativa y a la responsabilidad personal del cristiano. (Pío XII. Discurso sobre los errores de la moral de situación, n. 12, 18 de abril de 1952)

Sería erróneo fijar para la vida real normas que se apartaran de la moral natural y cristiana y a las que se llamara de buen grado con la palabra “ética personalista”

Por consiguiente, sería erróneo fijar para la vida real normas que se apartaran de la moral natural y cristiana y a las que se llamara de buen grado con la palabra “ética personalista”; ésta, sin duda, recibiría de aquélla una cierta orientación, pero no supondría en igual medida una estricta obligación. La ley de estructura del hombre concreto no está por inventar, sino por aplicar. (Pío XII. Discurso a los participantes en el V Congreso Internacional de Psicoterapia y de Psicología Clínica, n. 7, 13 de abril de 1953)

Congregación para la Doctrina de la Fe

Condenación oficial de la “moral de situación” por el Magisterio

Muchas de las cosas establecidas en la “moral de situación” son contrarias al dictamen de la razón, de la verdad y de aquello que es razonable, presentan trazos de relativismo y modernismo, y se desvían enormemente de la doctrina católica transmitida a lo largo de los siglos. En muchas de sus afirmaciones son afines a varios sistemas éticos no católicos.
Esto puesto, para llamar la atención hacia el peligro de la “Nueva Moral” de que habló el Sumo Pontífice Pío XII en las Alocuciones del 23 de marzo y del 18 de abril de 1952, y para velar por la pureza y preservación de la doctrina católica, esta Suprema y Sagrada Congregación del Santo Oficio, reprueba y prohíbe transmitir o aprobar esta doctrina designada con el nombre de “Moral de Situación, sea en las Universidades, Ateneos, Seminarios y casas de formación religiosa, o en libros, disertaciones, reuniones, conferencias o por cualquier otro modo de ser propagada o sostenida. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción: De “ethica situationis”, 2 de febrero de 1956, p.144-145)

B – La gravedad del pecado se mide por lo personal, antes que por lo social

 Santo Tomás de Aquino

El pecado se da porque uno hace voluntariamente lo que no debe, o por no hacer lo que debe

Para el bien se requieren más cosas que para el mal: porque el bien resulta de la perfecta integridad de la causa; mas el mal, de cualquier defecto singular, como dice Dionisio, en el capítulo 4 De div. nom. Y así el pecado puede acontecer ya por hacer uno lo que no debe, ya por no hacer lo que debe. Mas el mérito no puede darse a no ser que uno haga voluntariamente lo que debe. Por eso el mérito no puede darse sin (algún) acto; mientras el pecado, sí.

Una cosa se dice voluntaria, no sólo porque recae sobre ella un acto de la voluntad, sino porque está en nuestra facultad el que se haga o no, como se dice en el libro III de los Éticos. De donde también se sigue que el mismo querer puede decirse voluntario, en cuanto está en la facultad del hombre querer y no querer. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 71, a. 5, ad 1-2)

Pecado es el acto humano que hiere la regla de la voluntad humana, es decir, la ley eterna, que rige la razón humana

Como es claro por lo dicho (a.l), el pecado no es otra cosa que un acto humano malo. Mas que un acto sea humano, le viene por ser voluntario, según consta por lo dicho anteriormente (q.1 a.1): ya sea voluntario, como elegido de la voluntad; ya (lo sea) como imperado por la misma, cual los actos exteriores, bien del hablar, o del obrar. Y al acto humano le viene el ser malo por carecer de la debida medida. Ahora bien; toda medida de cualquier cosa se toma por referencia a una regla, de la cual, si se separa, se dice desarreglado.
Mas la regla de la voluntad humana es doble: una próxima y homogénea, esto es, la misma razón humana; y otra, la regla primera, esto es, la ley eterna, que es como la razón de Dios. Y por eso Agustín, en la definición del pecado, puso dos cosas: una que pertenece a la sustancia del acto humano, lo cual es como material en el pecado: cuando dijo dicho, hecho o deseo; y otra que pertenece a la razón de mal, lo cual es como formal en el pecado: cuando dijo contra la ley eterna. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 71, a. 6)

San Alfonso de Ligorio

Al pecar, el hombre dice a Dios: “No serviré”

El pecador, al despreciar la ley de Dios, es a Dios mismo a quien desprecia, pues sabe que despreciando la ley pierde la divina gracia. “Por la transgresión de la ley afrentas a Dios” (Rom 2, 23), dice el Apóstol. Dios es el soberano Señor de todo cuanto existe, porque ha creado todas las cosas. “En tus manos está el universo entero… Tú hiciste el cielo y la tierra” (Est 13, 9). Por eso todas las criaturas, aun las privadas de razón, le rinden pleno y entero vasallaje. “¿Quién es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?” (Mt 8, 27). “El fuego y el granizo, nieve y nieblas, el huracán que cumple su palabra” (Sal 148, 8). Pero el hombre, en el momento de pecar, dice a Dios: Señor, vos me mandáis, pero yo rehúso obedecer; me mandáis que perdone aquella injuria, pero yo quiero vengarme; me mandáis que respete el bien ajeno, pero yo quiero retenerlo; queréis que me abstenga de placeres deshonestos, pero yo no quiero abstenerme. El Señor reprocha: “Quebraste tu yugo, rompiste tus ataduras y dijiste: ‘No serviré’” (Jer 2, 20). En una palabra, el pecador, cuando rompe con el precepto, dice a Dios: “No os conozco como mi Señor”, como precisamente respondió Faraón a Moisés, cuando le intimaba de parte de Dios que dejase en libertad a su pueblo. “¿Y quién es Yahveh para que yo tenga que escuchar su voz, dejando marchar a Israel? No conozco a Yahveh ni dejaré partir a Israel” (Ex 5, 2). (San Alfonso de Ligorio. Sermones abreviados, Sermón 6, Punto I, n. III, p. 63)

Catecismo de la Iglesia Católica

El pecado es un acto o deseo contrario a la ley eterna

El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como “una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna” (San Agustín, Contra Faustum manichaeum, 22, 27; San Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-II, q. 71, a. 6).
El pecado es una ofensa a Dios: “Contra ti, contra ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces” (Sal 51, 6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse “como dioses”, pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal (Gn 3, 5). El pecado es así “amor de sí hasta el desprecio de Dios” (San Agustín, De civitate Dei, 14, 28). Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cf. Flp 2, 6-9). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1849-1850)

La raíz del pecado está en el corazón del hombre, en su libre voluntad

La variedad de pecados es grande. La Escritura contiene varias listas. La carta a los Gálatas opone las obras de la carne al fruto del Espíritu: “Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios” (5,19-21; cf. Rom 1, 28-32; 1Cor 6, 9-10; Ef 5, 3-5; Col 3, 5-8; 1Tim 1, 9-10; 2Tim 3, 2-5).
Se pueden distinguir los pecados según su objeto, como en todo acto humano, o según las virtudes a las que se oponen, por exceso o por defecto, o según los mandamientos que quebrantan. Se los puede agrupar también según que se refieran a Dios, al prójimo o a sí mismo; se los puede dividir en pecados espirituales y carnales, o también en pecados de pensamiento, palabra, acción u omisión. La raíz del pecado está en el corazón del hombre, en su libre voluntad, según la enseñanza del Señor: “De dentro del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones. robos, falsos testimonios, injurias. Esto es lo que hace impuro al hombre” (Mt 15,19-20). En el corazón reside también la caridad, principio de las obras buenas y puras, a la que hiere el pecado. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1852-1853)

Las llamadas “estructuras de pecado” son consecuencia de los pecados personales

El pecado es un acto personal. Pero nosotros tenemos una responsabilidad en los pecados cometidos por otros cuando cooperamos a ellos:
— participando directa y voluntariamente;
— ordenándolos, aconsejándolos, alabándolos o aprobándolos;
— no revelándolos o no impidiéndolos cuando se tiene obligación de hacerlo;
— protegiendo a los que hacen el mal.
Así el pecado convierte a los hombres en cómplices unos de otros, hace reinar entre ellos la concupiscencia, la violencia y la injusticia. Los pecados provocan situaciones sociales e instituciones contrarias a la bondad divina. Las “estructuras de pecado” son expresión y efecto de los pecados personales. Inducen a sus víctimas a cometer a su vez el mal. En un sentido analógico constituyen un “pecado social” (cf. RP 16). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1868-1869)

Juan Pablo II

En cada hombre no existe nada tan personal e intransferible como el mérito de la virtud o la responsabilidad de la culpa

El pecado, en sentido verdadero y propio, es siempre un acto de la persona, porque es un acto libre de la persona individual, y no precisamente de un grupo o una comunidad. Este hombre puede estar condicionado, apremiado, empujado por no pocos ni leves factores externos; así como puede estar sujeto también a tendencias, taras y costumbres unidas a su condición personal. En no pocos casos dichos factores externos e internos pueden atenuar, en mayor o menor grado, su libertad y, por lo tanto, su responsabilidad y culpabilidad. Pero es una verdad de fe, confirmada también por nuestra experiencia y razón, que la persona humana es libre. No se puede ignorar esta verdad con el fin de descargar en realidades externas —las estructuras, los sistemas, los demás— el pecado de los individuos. Después de todo, esto supondría eliminar la dignidad y la libertad de la persona, que se revelan —aunque sea de modo tan negativo y desastroso— también en esta responsabilidad por el pecado cometido. Y así, en cada hombre no existe nada tan personal e intransferible como el mérito de la virtud o la responsabilidad de la culpa.
Por ser el pecado una acción de la persona, tiene sus primeras y más importantes consecuencias en el pecador mismo, o sea, en la relación de éste con Dios —que es el fundamento mismo de la vida humana— y en su espíritu, debilitando su voluntad y oscureciendo su inteligencia. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica post-sinodal Reconciliatio et paenitentia, n. 16, 2 de diciembre de 1984)

La repercusión que tiene todo pecado en el conjunto eclesial y en la familia humana es lo que da al pecado individual un carácter social

Llegados a este punto hemos de preguntarnos a qué realidad se referían los que, en la preparación del Sínodo y durante los trabajos sinodales, mencionaron con cierta frecuencia el pecado social.
La expresión y el concepto que a ella está unido, tienen, en verdad, diversos significados.
Hablar de pecado social quiere decir, ante todo, reconocer que, en virtud de una solidaridad humana tan misteriosa e imperceptible como real y concreta, el pecado de cada uno repercute en cierta manera en los demás. Es ésta la otra cara de aquella solidaridad que, a nivel religioso, se desarrolla en el misterio profundo y magnífico de la comunión de los santos, merced a la cual se ha podido decir que “toda alma que se eleva, eleva al mundo”. A esta ley de la elevación corresponde, por desgracia, la ley del descenso, de suerte que se puede hablar de una comunión del pecado, por el que un alma que se abaja por el pecado abaja consigo a la Iglesia y, en cierto modo, al mundo entero. En otras palabras, no existe pecado alguno, aun el más íntimo y secreto, el más estrictamente individual, que afecte exclusivamente a aquel que lo comete. Todo pecado repercute, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor daño en todo el conjunto eclesial y en toda la familia humana. Según esta primera acepción, se puede atribuir indiscutiblemente a cada pecado el carácter de pecado social. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica post-sinodal Reconciliatio et paenitentia, n. 16, 2 de diciembre de 1984)

No es legítimo ni aceptable un significado de pecado social que al oponerlo al pecado personal casi lo borra para admitir únicamente culpas y responsabilidades sociales

En todo caso hablar de pecados sociales, aunque sea en sentido analógico, no debe inducir a nadie a disminuir la responsabilidad de los individuos, sino que quiere ser una llamada a las conciencias de todos para que cada uno tome su responsabilidad, con el fin de cambiar seria y valientemente esas nefastas realidades y situaciones intolerables.
Dado por sentado todo esto en el modo más claro e inequívoco hay que añadir inmediatamente que no es legítimo ni aceptable un significado de pecado social —por muy usual que sea hoy en algunos ambientes—, que al oponer, no sin ambigüedad, pecado social y pecado personal, lleva más o menos inconscientemente a difuminar y casi a borrar lo personal, para admitir únicamente culpas y responsabilidades sociales. Según este significado, que revela fácilmente su derivación de ideologías y sistemas no cristianos —tal vez abandonados hoy por aquellos mismos que han sido sus paladines—, prácticamente todo pecado sería social, en el sentido de ser imputable no tanto a la conciencia moral de una persona, cuanto a una vaga entidad y colectividad anónima, que podría ser la situación, el sistema, la sociedad, las estructuras, la institución. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica post-sinodal Reconciliatio et paenitentia, n. 16, 2 de diciembre de 1984)

La Iglesia, cuando denuncia situaciones de pecados sociales, sabe y proclama que estos casos son el fruto, la acumulación y la concentración de muchos pecados personales

Ahora bien la Iglesia, cuando habla de situaciones de pecado o denuncia como pecados sociales determinadas situaciones o comportamientos colectivos de grupos sociales más o menos amplios, o hasta de enteras Naciones y bloques de Naciones, sabe y proclama que estos casos de pecado social son el fruto, la acumulación y la concentración de muchos pecados personales. Se trata de pecados muy personales de quien engendra, favorece o explota la iniquidad; de quien, pudiendo hacer algo por evitar, eliminar, o, al menos, limitar determinados males sociales, omite el hacerlo por pereza, miedo y encubrimiento, por complicidad solapada o por indiferencia; de quien busca refugio en la presunta imposibilidad de cambiar el mundo; y también de quien pretende eludir la fatiga y el sacrificio, alegando supuestas razones de orden superior. Por lo tanto, las verdaderas responsabilidades son de las personas. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica post-sinodal Reconciliatio et paenitentia, n. 16, 2 de diciembre de 1984)

C – Para resolver las cuestiones sociales ―que son morales― es preciso hacer cumplir la moral personal

 Sagradas Escrituras

Quien busca la santidad recibe lo demás por añadidura

Buscad el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás os será dado por añadidura. (Mt. 6, 33)

Pío XI

Obedeciendo a la ley de Dios, los fines particulares, tanto individuales como sociales, quedan perfectamente encuadrados en el orden de los fines

Pues, aun cuando la economía y la disciplina moral, cada cual en su ámbito, tienen principios propios, a pesar de ello es erróneo que el orden económico y el moral estén tan distanciados y ajenos entre sí, que bajo ningún aspecto dependa aquél de éste.
Las leyes llamadas económicas, fundadas sobre la naturaleza de las cosas y en la índole del cuerpo y del alma humanos, establecen, desde luego, con toda certeza qué fines no y cuáles sí, y con qué medios, puede alcanzar la actividad humana dentro del orden económico; pero la razón también, apoyándose igualmente en la naturaleza de las cosas y del hombre, individual y socialmente considerado, demuestra claramente que a ese orden económico en su totalidad le ha sido prescrito un fin por Dios Creador.
Una y la misma es, efectivamente, la ley moral que nos manda buscar, así como directamente en la totalidad de nuestras acciones nuestro fin supremo y ultimo, así también en cada uno de los órdenes particulares esos fines que entendemos que la naturaleza o, mejor dicho, el autor de la naturaleza, Dios, ha fijado a cada orden de cosas factibles, y someterlos subordinadamente a aquél.
Obedeciendo fielmente esta ley, resultará que los fines particulares, tanto individuales como sociales, perseguidos por la economía, quedan perfectamente encuadrados en el orden total de los fines, y nosotros, ascendiendo a través de ellos como por grados, conseguiremos el fin último de todas las cosas, esto es, Dios, bien sumo e inexhausto de sí mismo y nuestro. (Pío XI. Carta Encíclica Quadragesimo Anno, n. 42-43, 15 de mayo de 1931)

Pío XII

El uso de bienes materiales en la sociedad debe basarse en el cumplimento de los deberes morales

El derecho originario sobre el uso de los bienes materiales, por estar en íntima unión con la dignidad y con los demás derechos de la persona humana, ofrece a ésta, con las formas indicadas anteriormente, base material segura y de suma importancia para elevarse al cumplimiento de sus deberes morales. La tutela de este derecho asegurará la dignidad personal del hombre y le aliviará el atender y satisfacer con justa libertad a aquel conjunto de obligaciones y decisiones estables de que directamente es responsable para con el Criador. Ciertamente es deber absolutamente personal del hombre conservar y enderezar a la perfección su vida material y espiritual, para conseguir el fin religioso y moral que Dios ha señalado a todos los hombres y dándoles como norma suprema, siempre y en todo caso obligatoria, con preferencia a todo otro deber. (Pío XII. Radiomensaje en el 50 Aniversario de la “Rerum Novarum”, n. 14, 1 de junio de 1941)

Juan XXIII

Las relaciones sociales deben moverse en el ámbito moral para que la convivencia entre los hombres atienda a los derechos y obligaciones de la vida social

Si las relaciones sociales se mueven en el ámbito del orden moral y de acuerdo con los criterios señalados, no implicarán, por su propia naturaleza, peligros graves o excesivas cargas sobre los ciudadanos: todo lo contrario, contribuirán no sólo a fomentar en éstos la afirmación y el desarrollo de la personalidad humana, sino también a realizar satisfactoriamente aquella deseable trabazón de la convivencia entre los hombres, que, como advierte nuestro predecesor Pío XI, de grata memoria, en la encíclica “Quadragesimo anno”, es absolutamente necesaria para satisfacer los derechos y las obligaciones de la vida social. (Juan XXIII. Carta Encíclica Mater et Magistra, n. 67, 15 de mayo del año 1961)

La causa de los problemas sociales de nuestro tiempo es que muchos niegan la existencia de una ley moral objetiva, absolutamente necesaria y universal, e igual para todos

La causa de esta situación parece provenir de que los hombres, y principalmente las supremas autoridades de los Estados, tienen en su actuación concepciones de vida totalmente distintas. Hay, en efecto, quienes osan negar la existencia de una ley moral objetiva, absolutamente necesaria y universal y, por último, igual para todos. Por esto, al no reconocer los hombres una única ley de justicia con valor universal, no pueden llegar en nada a un acuerdo pleno y seguro. (Juan XXIII. Carta Encíclica Mater et Magistra, n. 205, 15 de mayo del año 1961)

El alma humana exige una ley moral basada en la religión, la cual posee capacidad impar para resolver todos los problemas de la vida individual y social

Ahora bien, la base única de los preceptos morales es Dios. Si se niega la idea de Dios, esos preceptos necesariamente se desintegran por completo. El hombre, en efecto, no consta sólo de cuerpo, sino también de alma, dotada de inteligencia y libertad. El alma exige, por tanto, de un modo absoluto, en virtud de su propia naturaleza, una ley moral basada en la religión, la cual posee capacidad muy superior a la de cualquier otra fuerza o utilidad material para resolver los problemas de la vida individual y social, así en el interior de las naciones como en el seno de la sociedad internacional. (Juan XXIII. Carta Encíclica Mater et Magistra, n. 208, 15 de mayo del año 1961)

Juan Pablo II

No existe verdadera solución para la “cuestión social” fuera del Evangelio

Hay que repetir que no existe verdadera solución para la “cuestión social” fuera del Evangelio y que, por otra parte, las “cosas nuevas” pueden hallar en él su propio espacio de verdad y el debido planteamiento oral. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Centesimus annus, n. 5, 1 de mayo de 1991)

El Magisterio siempre ha propuesto una enseñanza moral sobre los múltiples y diferentes ámbitos de la vida humana, sea a nivel personal o social

Siempre, pero sobre todo en los dos últimos siglos, los Sumos Pontífices, ya sea personalmente o junto con el Colegio episcopal, han desarrollado y propuesto una enseñanza moral sobre los múltiples y diferentes ámbitos de la vida humana. En nombre y con la autoridad de Jesucristo, han exhortado, denunciado, explicado; por fidelidad a su misión, y comprometiéndose en la causa del hombre, han confirmado, sostenido, consolado; con la garantía de la asistencia del Espíritu de verdad han contribuido a una mejor comprensión de las exigencias morales en los ámbitos de la sexualidad humana, de la familia, de la vida social, económica y política. Su enseñanza, dentro de la tradición de la Iglesia y de la historia de la humanidad, representa una continua profundización del conocimiento moral. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Veritatis Splendor, n. 4, 6 de agosto de 1993)

Hoy se creó una nueva situación dentro de la misma comunidad cristiana que se opone a la verdad de constituir la ley moral los cimientos de las relaciones humanas y la vida social

Sin embargo, hoy se hace necesario reflexionar sobre el conjunto de la enseñanza moral de la Iglesia, con el fin preciso de recordar algunas verdades fundamentales de la doctrina católica, que en el contexto actual corren el riesgo de ser deformadas o negadas. En efecto, ha venido a crearse una nueva situación dentro de la misma comunidad cristiana, en la que se difunden muchas dudas y objeciones de orden humano y psicológico, social y cultural, religioso e incluso específicamente teológico, sobre las enseñanzas morales de la Iglesia. Ya no se trata de contestaciones parciales y ocasionales, sino que, partiendo de determinadas concepciones antropológicas y éticas, se pone en tela de juicio, de modo global y sistemático, el patrimonio moral. En la base se encuentra el influjo, más o menos velado, de corrientes de pensamiento que terminan por erradicar la libertad humana de su relación esencial y constitutiva con la verdad. Y así, se rechaza la doctrina tradicional sobre la ley natural y sobre la universalidad y permanente validez de sus preceptos; se consideran simplemente inaceptables algunas enseñanzas morales de la Iglesia; se opina que el mismo Magisterio no debe intervenir en cuestiones morales más que para “exhortar a las conciencias” y “proponer los valores” en los que cada uno basará después autónomamente sus decisiones y opciones de vida. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Veritatis Splendor, n. 4, 6 de agosto de 1993)

Los mandamientos están destinados a tutelar el bien de la persona humana, y sus relaciones sociales: sin su observancia no se ama a Dios ni al prójimo

Los mandamientos, recordados por Jesús a su joven interlocutor, están destinados a tutelar el bien de la persona humana, imagen de Dios, a través de la tutela de sus bienes particulares. El “no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio”, son normas morales formuladas en términos de prohibición. Los preceptos negativos expresan con singular fuerza la exigencia indeclinable de proteger la vida humana, la comunión de las personas en el matrimonio, la propiedad privada, la veracidad y la buena fama.
Los mandamientos constituyen, pues, la condición básica para el amor al prójimo y al mismo tiempo son su verificación. Constituyen la primera etapa necesaria en el camino hacia la libertad, su inicio. “La primera libertad —dice san Agustín— consiste en estar exentos de crímenes…, como serían el homicidio, el adulterio, la fornicación, el robo, el fraude, el sacrilegio y pecados como éstos. Cuando uno comienza a no ser culpable de estos crímenes (y ningún cristiano debe cometerlos), comienza a alzar los ojos a la libertad, pero esto no es más que el inicio de la libertad, no la libertad perfecta…” (In Iohannis Evangelium Tractatus, 41, 9-10).
Todo ello no significa que Cristo pretenda dar la precedencia al amor al prójimo o separarlo del amor a Dios. Esto lo confirma su diálogo con el doctor de la ley, el cual hace una pregunta muy parecida a la del joven. Jesús le remite a los dos mandamientos del amor a Dios y del amor al prójimo (cf. Lc 10, 25-27) y le invita a recordar que sólo su observancia lleva a la vida eterna: “Haz eso y vivirás” (Lc 10, 28). Es, pues, significativo que sea precisamente el segundo de estos mandamientos el que suscite la curiosidad y la pregunta del doctor de la ley: “¿Quién es mi prójimo?” (Lc 10, 29). El Maestro responde con la parábola del buen samaritano, la parábola-clave para la plena comprensión del mandamiento del amor al prójimo (cf. Lc 10, 30-37).
Los dos mandamientos, de los cuales “penden toda la Ley y los profetas” (Mt 22, 40), están profundamente unidos entre sí y se compenetran recíprocamente. De su unidad inseparable da testimonio Jesús con sus palabras y su vida: su misión culmina en la cruz que redime (cf. Jn 3, 14-15), signo de su amor indivisible al Padre y a la humanidad (cf. Jn 13, 1).
Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento son explícitos en afirmar que sin el amor al prójimo, que se concreta en la observancia de los mandamientos, no es posible el auténtico amor a Dios. San Juan lo afirma con extraordinario vigor: “Si alguno dice: ‘Amo a Dios’, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (Jn 4, 20). El evangelista se hace eco de la predicación moral de Cristo, expresada de modo admirable e inequívoco en la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10, 30-37) y en el “discurso” sobre el juicio final (cf. Mt 25, 31-46). (Juan Pablo II. Carta Encíclica Veritatis Splendor, n. 13-14, 6 de agosto de 1993)

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