142 – La misericordia sobrepasa los confines de la Iglesia y nos relaciona con el judaísmo y el islam, que la consideran uno de los atributos más calificativos de Dios

Los hombres de espíritu limitado, cuando leen las Sagradas Escrituras, muchas veces concluyen que Dios en el Antiguo Testamento era sólo justicia. Un Dios Todopoderoso que hace temblar el Sinaí (Ex 19, 18), que abre la tierra para exterminar los rebeldes (Num 16, 1-35), un Dios de venganzas (Sl 94, 1) que hiere de muerte a Uzá por haber tocado con su mano el Arca de la Alianza cuando ésta se resbaló (2 Sam 6, 1-9).

Al revés, cuando se detienen en el Nuevo Testamento enmarcan a Dios en su misericordia, bondad, longanimidad… y sólo se acuerdan de las bellas páginas del Evangelio en que Jesús curó leprosos, ciegos, paralíticos y perdonó a los pecadores… y por supuesto siempre tienen a mano la más extraordinaria parábola de Jesús: el hijo prodigo.

En realidad, se comprende perfectamente que la contemplación de Dios misericordioso sea más agradable. Del profundo abismo de nuestras miserias ¿cuántas veces nos sentimos en el lugar del hijo que abandona al Padre para gozar los placeres del mundo? Y también ¿cuantas otras nos sentimos emocionados al recordar que después de haber caminado por senderos oscuros volvemos al Padre, confesamos nuestros pecados y nos sentimos abrazados por Él mismo? Pero el hecho de que nos agraden más estos recuerdos no justifican una visualización de Dios en una dimensión apenas: justiciero en el Antiguo Testamento y misericordioso en el Nuevo.

Sí, en el Antiguo Testamento también están relatados pasajes de bondad, misericordia y perdón. Del mismo modo, en el Nuevo están descritas escenas de justicia y hasta mismo de santa cólera, ¡no nos olvidemos de los diálogos de Jesús con los fariseos, ni, sobre todo, de las expulsiones de los mercaderes del Templo! No podemos dividir, ni facetar a Dios, haciéndolo del tamaño de nuestra pequeñez. Él es justicia y misericordia y en Él estos atributos no pueden estar disociados.

Según el Doctor Angélico la justicia de Dios es verdadera en el hecho de que da a cada uno lo que le corresponde según su dignidad, y que mantiene la naturaleza de cada uno en su lugar y con su poder correspondiente. (Suma Teológica, I, cuestión 21, a.1). Además, “la obra de la justicia divina presupone la obra de misericordia, y en ella se funda. […] en cualquier obra de Dios aparece la misericordia como raíz”. (Suma Teológica, I, cuestión 21, a.4). Hasta con los “condenados aparece la misericordia no porque les quite totalmente el castigo, sino porque se lo alivia, ya que no los castiga como merecen”. (Suma Teológica, I, cuestión 21, a.4, ad 1) y “también en el hecho de que los justos sufran en este mundo aparece la justicia y la misericordia. Pues por tales sufrimientos se les limpian pequeñas manchas, y el corazón, dejando lo terreno, se orienta más a Dios”. (Suma Teológica, I, cuestión 21, a.4, ad 3)

Y ¿qué viene a ser misericordia? “Misericordia viene del latín, formado de miser (miserable, desdichado) y cor, cordis (corazón). Esta palabra se refiere a la capacidad de sentir la desdicha de los demás” (etimologías). En las bellas palabras de San Agustín: “¿qué es la misericordia sino cierta compasión de nuestro corazón por la miseria ajena, que nos fuerza a socorrerlo si está en nuestra mano? Este movimiento está subordinado a la razón si se ofrece la misericordia de tal modo que se observe la justicia, ya sea socorriendo al necesitado, ya perdonando al arrepentido.” (Ciudad de Dios, IX, 5)

Dios es misericordia, Él se compadece de los miserables, desdichados que son los pecadores; Él no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta para que tenga vida (Ez 33,11). Por lo tanto, para que uno sea objeto de la misericordia de Dios es elemento necesario el arrepentimiento de sus faltas, el deseo de no volver a ofenderlo y un verdadero cambio de vida.

La misericordia en Dios, como todo en Él, es infinita, pero el pecador que se niega a reconocerlo, que no quiere abrazar las verdades que Él nos dejó y que le da la espaldas con su vida, edifica por sí mismo los obstáculos para que Dios no le trate con misericordia y acumula brasas para ser quemado por la justicia de Dios. En esta o en la otra vida…

 

Francisco

Cita ACita B

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

I – Dios es misericordia, pero también es justicia y en Él estos dos atributos no se contradicen
II – La alianza de misericordia con el pueblo elegido es herencia de la Iglesia Católica. Los que Dios espera de los judíos es la conversión
III – El verdadero amor al prójimo no excluye odio al pecado y a la impiedad
IV – ¿Quién es el Alá “misericordioso y clemente”?
V – ¿Cuál es el principal objetivo de un Año Jubilar? ¿Sincera conversión o sincretismo religioso?

I – Dios es misericordia, pero también es justicia y en Él estos dos atributos no se contradicen

San Agustín de Hipona

Dios perdona para que el pecador se corrija, no para que permanezca en la iniquidad

Pues bien, hermanos, porque tengamos un período de misericordia, no nos abandonemos, no seamos unos aprovechados, y nos digamos: “Dios siempre perdona. Hice ayer esto, y me perdonó; mañana lo haré y también me perdonará”. Así tiendes a la misericordia y no temes el juicio. Si quieres cantar la misericordia, la justicia y el juicio, sábete que te perdona para que te corrijas, no para que permanezcas en la iniquidad. No quieras atesorar ira para el día de la ira, y de la manifestación del justo juicio de Dios. (San Agustín de Hipona. Comentario al Salmo 100, n. 3)

En Dios ni la justicia cierra el camino a la misericordia, ni la misericordia es impedimento para la justicia

El Dios único, el que hizo el cielo y la tierra y cuida con justicia y misericordia de los asuntos humanos, de manera que ni la justicia cierra el camino a la misericordia, ni la misericordia es impedimento para la justicia. (San Agustín de Hipona. La concordancia de los evangelistas, XIV, 21)

No podemos desear que Dios sea misericordioso dejando de ser justo

Hermanos míos, prestad atención sobre todo a lo que voy a decir ahora. No quiero entrar a contar contigo lo pasado; cambia tu vida desde hoy; que el mañana te encuentre convertido en otro. En nuestro extravío, deseamos que Dios sea misericordioso dejando de ser justo. Otros, por el contrario, como muy confiados en su propia justicia, quieren que sea justo dejando de ser misericordioso. Dios se manifiesta de ambas maneras; destaca en ambas virtudes: ni su misericordia se opone a la justicia, ni su justicia suprime la misericordia. Es misericordioso y justo. ¿Cómo probamos que es misericordioso? Perdona ahora a los pecadores, concede el perdón a quienes se confiesan tales. ¿Cómo demostramos que es justo? Porque ha de llegar el día del juicio, que momentáneamente difiere, no suprime. Cuando llegue, ha de dar a cada uno según sus méritos. ¿O acaso queréis que dé a quienes se apartaron de él, lo que ha de dar a quienes volvieron a él? Hermanos, ¿os parece justo que Judas sea colocado en el mismo lugar que está Pedro? Allí se hallaría también él si se hubiese corregido; pero perdida la esperanza de alcanzar el perdón, prefirió atarse la soga al cuello antes que pedir clemencia al rey. Por lo tanto, hermanos ―como había comenzado a decir―, no existe motivo para reprochar nada a Dios. Cuando venga a juzgar, nada habrá que podamos alegar contra Él. Cada cual piense en sus pecados, y corríjalos ahora, mientras tiene tiempo. (San Agustín de Hipona. Comentario al Salmo 67, 3, n. 5-6)

Pío IX

En el Cielo entenderemos cuán unidas son en Dios la justicia y la misericordia

A la verdad, cuando libres de estos lazos corpóreos, veamos a Dios tal como es (1 Jn 3, 2), entenderemos ciertamente con cuán estrecho y bello nexo están unidas la misericordia y la justicia divinas. (Pío IX. Alocución Singulari quadam, 9 de diciembre de 1854)

Santo Tomás de Aquino

La misericordia divina no se extiende a aquellos que se hicieron indignos de ella

Dios, en cuanto depende del mismo, se compadece de todos. Mas, por cuanto su misericordia se regula por el orden de su sabiduría, de aquí es que no se extiende a ciertos que se hicieron indignos de misericordia, como los demonios y los condenados que están obstinados en la malicia. Sin embargo, puede decirse que aún en ellos tiene lugar misericordia, en cuanto son castigados menos de lo condigno, no que sean absueltos totalmente de la pena. (Santo Tomás de Aquino. Suplemento de la Suma Teológica, q. 99, a. 2, ad 1)

Gregorio I Magno

La dureza e impenitencia del pecador atesoran la ira de Dios

Considerad, hermanos carísimos, que la misericordia de Dios no deja disculpa alguna a nuestra dureza. No tiene ya el hombre excusa alguna delante de Dios. Despreciamos a Dios, y espera nuestra conversión; ve que le menospreciamos, y todavía nos vuelve a llamar; sufre la injuria de nuestro desprecio, y, no obstante, algunas veces promete hasta permiso a los que vuelven a Él. Que ninguno de nosotros haga desprecio de su longanimidad, porque será tanto más severo en el día del juicio cuanto más haya prorrogado su paciencia antes del juicio. De aquí, pues, que diga San Pablo: “¿Ignoráis, acaso que la benignidad de Dios te atrae a la penitencia? Con tu dureza y tu impenitente corazón te estás atesorando ira, para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios”. (Gregorio I Magno. Homilía sobre los Evangelios, XIII)

Cuando Dios tolera por largo tiempo los pecados de los delincuentes, tomará cuentas muy estrechas

Aquel que está tolerando por largo tiempo los pecados de los delincuentes, ha de llegar a tomarnos cuentas muy estrechas. De aquí que se diga por boca del Eclesiástico: “El Altísimo es paciente remunerador”. Se llama paciente remunerador, porque sufre y tolera los pecados de los hombres, y después paga según su merecido; porque castiga con mayor severidad a aquellos que ha tolerado por más tiempo para que se conviertan. (Gregorio I Magno. Homilía sobre los Evangelios, XIII)

Juan Pablo II

Dios es juez justo: premia el bien y castiga el mal

Al mal moral del pecado corresponde el castigo, que garantiza el orden moral en el mismo sentido trascendente, en el que este orden es establecido por la voluntad del Creador y Supremo Legislador. De ahí deriva también una de las verdades fundamentales de la fe religiosa, basada asimismo en la Revelación: o sea que Dios es un juez justo, que premia el bien y castiga el mal. (Juan Pablo II. Carta apostólica Salvifici doloris, n. 10, 11 de febrero de 1984)

Catecismo Romano

Los que entristecieron conscientemente el Espíritu Divino son recibidos de forma diferente a los que pecaron por ignorancia

Aún la razón de la divina justicia parece exigir que sean recibidos diversamente a la gracia aquellos que por ignorancia pecaron antes del bautismo y aquellos que, rescatados ya una vez de la esclavitud del pecado y de Satanás y adornados con el don del Espíritu Santo, no dudaron en violar conscientemente el templo de Dios y entristecer al Espíritu Divino. Y conviene a la divina clemencia que no nos sean perdonados los pecados sin alguna satisfacción, no sea que, juzgando cosa de poco la culpa y despreciando al Espíritu Santo, nos deslicemos en la primera ocasión a culpas más graves, acumulando así la ira divina para el día de la venganza. (Catecismo Romano, VII, C, 2, a)

Benedicto XVI

El amor al pecador está en encuentra su recto equilibrio también mediante el castigo

[…] Imperaba la conciencia de que la Iglesia no debía ser más Iglesia del derecho, sino Iglesia del amor, que no debía castigar. Así, se perdió la conciencia de que el castigo puede ser un acto de amor. En ese entonces se dio también entre gente muy buena una peculiar ofuscación del pensamiento. Hoy tenemos que aprender de nuevo que el amor al pecador y al damnificado está en su recto equilibrio mediante un castigo al pecador aplicado de forma posible y adecuada. En tal sentido ha habido en el pasado una transformación de la conciencia a través de la cual se ha producido un oscurecimiento del derecho y de la necesidad de castigo, en última instancia también un estrechamiento del concepto de amor, que no es, precisamente, sólo simpatía y amabilidad, sino que se encuentra en la verdad, y de la verdad forma parte también el tener que castigar a aquel que ha pecado contra el verdadero amor. (Benedicto XVI. Luz del mundo. El Papa, la Iglesia y los signos de su tiempo. Una conversación con Peter Seewald, I, 2, p. 16-17)

A través de los castigos Dios tiene un plan de misericordia

En el texto que hemos escuchado, la ira y la misericordia del Señor se confrontan en una secuencia dramática, pero al final triunfa el amor, porque Dios es amor. ¿Cómo no recoger, del recuerdo de aquellos hechos lejanos, el mensaje válido para todos los tiempos, incluido el nuestro? Pensando en los siglos pasados podemos ver cómo Dios sigue amándonos incluso a través de los castigos. Los designios de Dios, también cuando pasan por la prueba y el castigo, se orientan siempre a un final de misericordia y de perdón. (Benedicto XVI. Homilía en el IV Domingo de Cuaresma, 26 de marzo de 2006)

Juan Pablo II

Dios castiga aquellos que se hicieron sordos a sus llamadas

Dios recurre al castigo como medio para llamar al recto camino a los pecadores sordos a otras llamadas. Sin embargo, la última palabra del Dios justo sigue siendo la del amor y el perdón; su deseo profundo es poder abrazar de nuevo a los hijos rebeldes que vuelven a él con corazón arrepentido. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 13 de agosto de 2003)

Juan Pablo I

Las verdades de la fe son de dos clases: unas agradables, otras duras

Claro que es difícil también aceptar algunas verdades, porque las verdades de la fe son de dos clases: unas, agradables; otras son duras a nuestro espíritu. Por ejemplo, es agradable oír que Dios tiene mucha ternura con nosotros, más ternura aún que la de una madre con sus hijos, como dice Isaías. Qué agradable es esto y qué acorde con nuestro modo de ser. […]. Dios debe castigarme si me obstino; me sigue, me suplica que me convierta, y yo le digo: ¡no!; y así casi le obligo yo mismo a castigarme. Esto no gusta. Pero es verdad de fe. (Juan Pablo I. Audiencia general, 13 de septiembre de 1978)

Pío XII

Cuando Dios castiga, un activo amor es siempre su guía e impulso

En un momento dado Dios deja caer sobre los individuos y sobre los pueblos pruebas cuyo instrumento es la malicia de los hombres, por un designio de su justicia enderezado a castigar los pecados, a purificar las personas y los pueblos con las expiaciones de la vida presente, para hacerlos volver a sí por tal camino; […] al mismo tiempo que esta justicia continúa siempre, aun en la tierra, siendo una justicia de Padre, inspirada y dominada por el amor. Por áspera que pueda parecer la mano del divino Cirujano, cuando con el hierro penetra en las carnes vivas, un activo amor es siempre su guía e impulso, y sólo el verdadero bien de los individuos y de los pueblos le hace intervenir tan dolorosamente. (Pío XII. Radiomensaje para la festividad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, 29 de junio de 1941)

Pío XI

En el poder de juzgar que el Padre concedió al Hijo está también el derecho de premiar y castigar a los hombres

El Padre no juzga a nadie, sino que todo el poder de juzgar se lo dio al Hijo. En lo cual se comprende también su derecho de premiar y castigar a los hombres, aun durante su vida mortal, porque esto no puede separarse de una forma de juicio. Además, debe atribuirse a Jesucristo la potestad llamada ejecutiva, puesto que es necesario que todos obedezcan a su mandato, potestad que a los rebeldes inflige castigos, a los que nadie puede sustraerse. (Denzinger-Hünermann 3677. Pío XI, Encíclica Quas primas, 11 de diciembre de 1925)

San Alfonso de Ligorio

Soportar al pecador que abusa de la misericordia de Dios para ofenderle no sería misericordia, sino injusticia

Es verdad que la misericordia de Dios es grande, y aún diré más, es infinita; pero la misma justicia divina se opone a que Dios sea misericordioso con los pecadores ingratos y endurecidos que abusan de ella para ofenderle. Por eso dijo el Señor un día a Santa Brígida: “Yo soy justo y misericordioso; pero los pecadores olvidan lo primero y solamente se acuerdan de lo segundo”. Porque Dios es también justo, como dice San Basílio, y por el hecho de serlo, está obligado a castigar a los ingratos. El venerable Juan de Ávila decía que el soportar al pecador que abusa de la misericordia de Dios para ofenderle, no sería misericordia, sino injusticia. La misericordia está prometida al que teme a Dios y no al que le desprecia, como cantó la Virgen María: Et misericordia ejus… timentibus eum (Lc 1, 50). (San Alfonso de Ligorio. Sermones abreviados, Sermón 41)

II – La alianza de misericordia con el pueblo elegido es herencia de la Iglesia Católica. Los que Dios espera de los judíos es la conversión

Sagradas Escrituras

San Pedro dice a los israelitas: “arrepentíos y convertíos”

Pedro dirigió la palabra a la gente: “Israelitas, ¿por qué os admiráis de esto? ¿Por qué nos miráis como si hubiéramos hecho andar a este con nuestro propio poder o virtud? El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y de quien renegasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo. Vosotros renegasteis del Santo y del Justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello. Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados; para que vengan tiempos de consuelo de parte de Dios, y envíe a Jesús, el Mesías que os estaba destinado, al que debe recibir el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de la que Dios habló desde antiguo por boca de sus santos profetas”. (Hch 3, 12-15.19-21)

La alianza con el pueblo elegido fue sustituida por la Nueva Alianza

Mas ahora a Cristo le ha correspondido un misterio tanto más excelente cuando mejor es la alianza de la que es mediador: una alianza basada en promesas mejores. Si la primera hubiera sido perfecta, no habría lugar para una segunda. Pero les reprocha: Mirad que llegan días —oráculo del Señor— en que haré con la casa de Israel y con la casa de Judá una alianza nueva; no como la alianza que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto. Ellos fueron infieles a mi alianza y yo me desentendí de ellos —oráculo del Señor. […] Al decir alianza nueva, declaró antigua la anterior; y lo que envejece y queda anticuado, está para desaparecer. (Heb 8, 6-9.13)

Cristo declaró abolido el primer régimen para establecer el segundo

Pues la ley, que presenta solo una sombra de los bienes futuros y no la realidad misma de las cosas, no puede nunca hacer perfectos a los que se acercan, pues lo hacen año tras año y ofrecen siempre los mismos sacrificios. Si no fuera así, ¿no habrían dejado de ofrecerse, porque los ministros del culto, purificados de una vez para siempre, no tendrían ya ningún pecado sobre su conciencia? Pero, en realidad, con estos sacrificios se recuerdan, año tras año, los pecados. Porque es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados. Por eso, al entrar él en el mundo dice: Tu no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo —pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí— para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad. Primero yo dije: Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, ni holocaustos, ni víctimas expiatorias, que se ofrecen según la ley. Después añade: He aquí que vengo para hacer tu voluntad. Niega lo primero, para afirmar lo segundo. (Heb 10, 1-9)

La Nueva Alianza es más gloriosa y permanece por siempre

Nuestra capacidad nos viene de Dios, el cual nos capacitó para ser ministros de una alianza nueva: no de la letra, sino del Espíritu; pues la letra mata, mientras que el Espíritu da vida. Pues si el ministerio de la muerte, grabado en letras sobre piedra, se realizó con tanta gloria que los hijos de Israel no podían fijar la vista en el rostro de Moisés, por el resplandor de su cara, pese a ser un resplandor pasajero ¡cuánto más glorioso no será el ministerio del Espíritu! Pues si el ministerio de la condena era glorioso, ¿no será mucho más glorioso el ministerio de la justicia? más todavía, en este aspecto, lo que era glorioso ya no lo es, comparado con esta gloriosa sobreeminente. Y si lo que era pasajero tuvo su gloria, ¡cuánto más glorioso no será lo que permanece! (2 Cor 3, 6-11)

Pío XII

Con la muerte de Jesús quedó abolida la Antigua Alianza

Y, en primer lugar, con la muerte del Redentor, a la Ley Antigua abolida sucedió el Nuevo Testamento; entonces en la sangre de Jesucristo, y para todo el mundo, fue sancionada la Ley de Cristo con sus misterios, leyes, instituciones y ritos sagrados. Porque, mientras nuestro Divino Salvador predicaba en un reducido territorio —pues no había sido enviado sino a las ovejas que habían perecido de la casa de Israel (Mt 15, 24)— tenían valor, contemporáneamente, la Ley y el Evangelio; pero en el patíbulo de su muerte Jesús abolió la Ley con sus decretos (cf. Ef 2, 15), clavó en la Cruz la escritura del Antiguo Testamento (cf. Col 2, 14), y constituyó el Nuevo en su sangre, derramada por todo el género humano (cf. Mt 26, 28; 1 Cor 11, 25). Pues, como dice San León Magno, hablando de la Cruz del Señor: “De tal manera en aquel momento se realizó un paso tan evidente de la Ley al Evangelio, de la Sinagoga a la Iglesia, de los muchos sacrificios a una sola hostia, que, al exhalar su espíritu el Señor, se rasgó inmediatamente de arriba abajo aquel velo místico que cubría a las miradas el secreto sagrado del templo” (León Magno, Sermón 68, 3 – PL 54, 374). En la Cruz, pues, murió la Ley Vieja, que en breve había de ser enterrada y resultaría mortífera, para dar paso al Nuevo Testamento, del cual Cristo había elegido como idóneos ministros a los Apóstoles (2 Cor 3, 6). (Pío XII. Encíclica Mystici Corporis Christi, n. 12, 29 de junio de 1943)

Concilio de Florencia (XVII Ecuménico)

Aquel que quiera observar los preceptos legales de la Antigua Alianza peca mortalmente

La sacrosanta Iglesia Romana, fundada por la palabra del Señor y Salvador nuestro […], firmemente cree, profesa y enseña que las legalidades del Antiguo Testamento, o sea, de la Ley de Moisés, que se dividen en ceremonias, objetos sagrados, sacrificios y sacramentos, como quiera que fueron instituidas en gracia de significar algo por venir, aunque en aquella edad eran convenientes para el culto divino, cesaron una vez venido Nuestro Señor Jesucristo, quien por ellas fue significado, y empezaron los sacramentos del Nuevo Testamento. Y que mortalmente peca quienquiera ponga en las observancias legales su esperanza después de la pasión, y se someta a ellas, como necesarias a la salvación, como si la fe de Cristo no pudiera salvarnos sin ellas. No niega, sin embargo, que desde la pasión de Cristo hasta la promulgación del Evangelio, no pudiesen guardarse, a condición, sin embargo, de que no se creyesen en modo alguno necesarias para la salvación; pero después de promulgado el Evangelio, afirma que, sin pérdida de la salvación eterna, no pueden guardarse. Denuncia consiguientemente como ajenos a la fe de Cristo a todos los que, después de aquel tiempo, observan la circuncisión y el sábado y guardan las demás prescripciones legales y que en modo alguno pueden ser partícipes de la salvación eterna, a no ser que un día se arrepientan de esos errores. (Denzinger-Hünermann 1330.1348. Concilio de Florencia, Bula Cantate Domino, 4 de febrero de 1442)

Benedicto XIV

Observar las derogadas ceremonias de la ley mosaica es pecado

La primera consideración es que las ceremonias de la ley mosaica fueron derogadas por la venida de Cristo y que ya no pueden ser observadas sin pecado después de la promulgación del Evangelio. Por lo tanto, la distinción entre comidas puras e impuras proclamada por la Antigua Ley pertenece a los preceptos ceremoniales: esto es suficiente para que se pueda sostener correctamente que aquélla ya no existe y que no es admisible una discriminación entre los alimentos. (Benedicto XIV. Encíclica Ex quo primum, cap. 61, n. 1, 1 de marzo de 1756)

Santo Tomás de Aquino

Después de la Pasión de Cristo es pecado mortal observar los ritos antiguos

Está la sentencia del Apóstol, que dice a los Gálatas 5, 2: “Si os circuncidáis, Cristo no os aprovechará de nada”. Pero nada excluye el fruto de la redención de Cristo, fuera del pecado mortal; luego el circuncidarse y observar los otros ritos legales después de la pasión de Cristo es pecado mortal. Son las ceremonias otras tantas profesiones de la fe, en qué consiste el culto interior; y tal es la profesión que el hombre hace con las obras cual es la que hace con las palabras. Y, si en una y otra profesa el hombre alguna falsedad, peca mortalmente. Y, aunque sea una misma la fe que los antiguos patriarcas tenían de Cristo y la que nosotros tenemos, como ellos precedieron a Cristo y nosotros le seguimos, la misma fe debe declararse con diversas palabras por ellos y por nosotros […]. Las ceremonias antiguas significaban a Cristo, que nacería y padecería; pero nuestros sacramentos lo significan como nacido y muerto. Y como pecaría quien ahora hiciera profesión de su fe diciendo que Cristo había de nacer, lo que los antiguos con piedad y verdad decían, así pecaría mortalmente el que ahora observase los ritos que los antiguos patriarcas observaban piadosa y fielmente. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 103, a. 4)

Los preceptos judiciales de la Antigua Ley fueron abrogados después de Cristo

Los preceptos judiciales no tuvieron valor perpetuo y cesaron con la venida de Cristo. Pero de diferente manera que los ceremoniales. Porque éstos de tal suerte fueron abrogados que no sólo son cosa muerta, sino mortífera para quienes los observan después de Cristo, y más después de divulgado el Evangelio. Los preceptos judiciales están muertos, porque no tienen fuerza de obligar; pero no son mortíferos, y si un príncipe ordenase en su reino la observancia de aquellos preceptos, no pecaría, como no fuera que los observasen o impusiesen su observancia considerándolos como obligatorios en virtud de la institución de la ley antigua. Tal intención en la observación de estos preceptos sería mortífera. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 104, a. 1.3)

Concilio de Florencia (XVII Ecuménico)

Nadie, ni siquiera los judíos, puede salvarse fuera de la Iglesia

Firmemente cree, profesa y predica que nadie que no esté dentro de la Iglesia Católica, no sólo paganos, sino también judíos o herejes y cismáticos, puede hacerse partícipe de la vida eterna, sino que irá al fuego eterno que está aparejado para el diablo y sus ángeles (Mt 25, 41), a no ser que antes de su muerte se uniere con ella. (Denzinger-Hünermann 1351. Concilio de Florencia, Bula Cantate Domino, 4 de febrero de 1442)

San Agustín de Hipona

Se debe invitar a los judíos a la conversión, resistiendo continuarán pecadores

Carísimos, ya escuchen esto los judíos con gusto o con indignación, nosotros, sin embargo, y hasta donde podamos, prediquémoslo con amor hacia ellos. De ninguna manera nos vayamos a gloriar soberbiamente contra las ramas desgajadas, sino más bien tenemos que pensar por gracia de quién, con cuánta misericordia y en qué raíz hemos sido injertados (Rom 11, 17-18), para que no por saber altas cosas, sino por acercarnos a los humildes, les digamos, sin insultarlos con presunción, sino saltando de gozo con temblor (Sal 2, 11): “Venid, caminemos a la luz del Señor” (Is 2, 5), porque “su nombre es grande entre los pueblos”(Mal 1, 11). Si oyeren y escucharen, estarán entre aquellos a quienes se les dijo: “Acercaos a Él y seréis iluminados, y vuestros rostros no se ruborizarán” (Sal 33, 6). Si oyen y no obedecen, si ven y tienen envidia, están entre aquellos de quienes se ha dicho: “El pecador verá y se irritará, rechinará con sus dientes y se consumirá de odio” (Sal 111, 10) (San Agustín de Hipona. Tratado contra los judíos, n. 15)

San Juan Crisóstomo

Los judíos no serán perdonados ni por la circuncisión ni por otras normas, sino por el bautismo

“Y esta será mi alianza con ellos, cuando los purifique de sus pecados”. No cuando sean circuncidados, ni cuando sacrifiquen, ni cuando cumplan las otras normas, sino cuando encuentren absolución de sus pecados. Si, pues, esto ha sido prometido, aunque todavía no ha acontecido con ellos, ni se han apartado mediante la absolución del bautismo, tendrá lugar ciertamente. Así añade: “Porque los dones y el llamado de Dios son irrevocables”. (San Juan Crisóstomo. Homilía IX sobre la Carta a los Romanos, n. 6)

Amados en atención a sus padres, la virtud de éstos les es inútil, si no creen

Por lo tanto, Dios no ha renunciado a llamaros, pero Él espera a que todos los gentíos que deben creer hayan entrado para que también vengan los judíos. Enseguida, él les hace otra concesión, diciendo que pero desde el punto de vista de la elección divina, son amados en atención “a sus padres” ¿Qué quiere decir esto? Enemigos, encuentran el suplicio; amados en atención a sus padres, la virtud de sus ancestrales les es inútil, mientras no crean. (San Juan Crisóstomo. Homilía XIX sobre la Carta a los Romanos, n. 7)

San Bernardo de Claraval

La oración por los judíos no es inútil… ¡para que se conviertan!

¿No cosecha mucho más la Iglesia entre los judíos día a día, por el camino del convencimiento y de la conversión, que si los aniquilara de una vez a todos con la furia de las armas? ¿Crees que ha sido establecido al azar esa oración universal de la Iglesia, en la que se intercede por los pérfidos judíos “desde donde sale el sol hasta su ocaso”, para que el Señor Dios rasgue el velo de su corazón y pasen de sus tinieblas a la luz de la verdad? Si creyera que los incrédulos no pueden creer, “será inútil y ridículo rezar por ellos”. Pero considera con ojos de misericordia que el Señor es compasivo con ellos y que devuelve ben por mal y odio por amor. (San Bernardo de Claraval. Carta 365, n. 2)

Santo Tomás de Aquino

La misericordia que se dará en virtud de la Nueva Alianza

Lo tercero muestra el modo de la salvación, diciendo: “Y mi Alianza”, es claro que Nueva, “será con ellos cuando Yo quitare sus pecados”. Porque la Antigua Alianza no quitaba los pecados, pues, como se dice en Hebreos 10, 4: “Imposible es que la sangre de toros y de machos cabríos quite pecados”. Por lo cual, en atención a la imperfección de la Antigua Alianza se les promete la Nueva Alianza. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Carta a los Romanos, lec. 4, Rom 11, 25-32)

San Agustín de Hipona

Sin reconocer en Cristo el Señor, los judíos están ciegos

Los judíos desprecian al Evangelio y al Apóstol, y no escuchan lo que les decimos, porque no entienden lo que leen. Y ciertamente que si entendiesen lo que había predicho el profeta a quien leen: Te he puesto para luz de los gentiles, de tal modo que seas mi salvación hasta los confines de la tierra, no estarían tan ciegos ni tan enfermos que no reconocieran en Cristo al Señor, ni la luz ni la salvación. (San Agustín de Hipona. Tratado contra los judíos, I, n.2)

III – El verdadero amor al prójimo no excluye odio al pecado y a la impiedad

Santo Tomás de Aquino

¿Cómo amar al prójimo? No por encima de Dios, ni para pecar, porque así se pierde a Dios

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. […] A propósito de estas palabras podemos considerar cinco cosas, que debemos observar en el amor al prójimo. 1) Lo primero es que debemos amarlo verdaderamente como a nosotros mismos: así lo hacemos si lo amamos por él mismo, no por nosotros. Por lo cual es de observar que hay tres amores, de los cuales dos no son verdaderos, y el tercero sí lo es. El primero es por motivo de utilidad. […] En efecto, desaparece al desaparecer el provecho. Y así no queremos el bien para el prójimo, sino que más bien queremos un bien que sea de utilidad para nosotros. Y hay otro amor que procede de lo deleitable. Y tampoco este es verdadero, porque falta al faltar lo deleitable. Y así, con este amor, no queremos principalmente el bien para el prójimo, sino que más bien queremos su bien para nosotros. El tercero es amor porque su motivo es la virtud. Y sólo éste es verdadero. En efecto, de esa manera no amamos al prójimo por nuestro propio bien, sino por el suyo. Lo segundo es que debemos amar ordenadamente, o sea, que no lo amemos más que a Dios o tanto como a Dios, sino que debes amarlo como a ti mismo. Cant 2, 4: “Él ha ordenado en mí la caridad”. Este orden lo enseñó el Señor en Mt 10, 37, diciendo: “El que ama a su padre o a su madre más que a Mí no es digno de Mí, y el que ama a su hijo o a su hija más que a Mí, no es digno de Mí”. […] 5) Lo quinto es que debemos amarlo justa y santamente, de suerte que no lo amemos para pecar, porque ni a ti has de amarte así, porque así perderías a Dios. Por lo cual dice Jn 15, 9: “Permaneced en mi caridad”, caridad de la que dice el Eclo, 24, 24: “Yo soy la madre del amor hermoso”. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 49-51.55)

El amor al prójimo implica odiar el pecado que él comete

Pero es necesario notar que aun en esto se halla cierta contrariedad. En efecto, los santos odiaron a algunos. Dice el Sal 138, 22: “Los odio con el más perfecto odio”; y el Evangelio en Lc 14, 26: “Si alguno no aborrece a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y hermanas, y aun su propia vida, no puede ser mi discípulo”. Y por eso es de saberse que en todos nuestros actos los hechos de Cristo deben ser nuestro modelo. En efecto, Dios ama y odia. Porque en todo hombre se deben considerar dos cosas: a saber, la naturaleza y el pecado. Indudablemente, se debe amar en los hombres su naturaleza, pero odiar el pecado. Por lo cual sí alguien quiere que el hombre esté en el infierno, odiará su naturaleza; pero si alguien quiere que el hombre sea bueno, odiará el pecado, que siempre debe ser odiado. “Odiaste a todos los operadores de iniquidad” (Sal 5, 7). “Amas [Señor] todo cuanto existe y nada aborreces de cuanto has hecho” (Sab 11, 25). He aquí, pues, que Dios ama y odia: ama la naturaleza y odia el pecado. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 57-58)

Por la culpa que sitúa los pecadores en oposición a Dios, han de ser odiados todos

En los pecadores se pueden considerar dos cosas; a saber: la naturaleza y la culpa. Por su naturaleza, recibida de Dios, son en verdad capaces de la bienaventuranza, en cuya comunicación está fundada la caridad, como hemos visto (a. 3; q.23 a.1 y 5). Desde este punto de vista, pues, deben ser amados con caridad. Su culpa, en cambio, es contraria a Dios y constituye también un obstáculo para la bienaventuranza. Por eso, por la culpa que les sitúa en oposición a Dios, han de ser odiados todos, incluso el padre, la madre y los parientes, como se lee en la Escritura (Lv 14, 26). Debemos, pues, odiar en los pecadores el serlo y amarlos como capaces de la bienaventuranza. Esto es verdaderamente amarles en caridad por Dios. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 25, a. 6)

Disimular las injurias que los malos cometen contra Dios es demasiado impío

Los malos son tolerados por los buenos en lo de soportar pacientemente, como conviene que sea, las injurias propias; pero no así las injurias contra Dios o contra el prójimo. Pues dice, a este propósito, el Crisóstomo en Super Mt.: Ser paciente en las injurias propias es digno de alabanza; pero disimular las injurias contra Dios es demasiado impío. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 108, a. 1, ad 2)

San Agustín de Hipona

Ningún pecador debe ser amado en cuanto es pecador

Vive justa y santamente el que estime en su valor todas las cosas. Éste será el que tenga el amor ordenado de suerte que ni ame lo que no deba amarse, ni deje de amar lo que debe ser amado, ni ame más lo que se debe amar menos, ni ame con igualdad lo que exige más o menos amor, ni ame, por fin, menos o más lo que por igual debe amarse. Ningún pecador debe ser amado en cuanto es pecador. A todo hombre, en cuanto hombre, se le debe amar por Dios y a Dios por sí mismo. (San Agustín de Hipona. Sobre la Doctrina Cristiana, L. I, c. 27, n. 28)

IV – ¿Quién es el Alá “misericordioso y clemente”?

Benedicto XVI

Según el Islam, Alá no estaría obligado a revelar la verdad

En este contexto, Khoury cita una obra del conocido islamista francés R. Arnaldez, quien observa que Ibn Hazm llega a decir que Dios [Alá] no estaría vinculado ni siquiera por su propia palabra y que nada le obligaría a revelarnos la verdad. Si él quisiera, el hombre debería practicar incluso la idolatría. (Benedicto XVI. Discurso en la Universidad de Ratisbona, 12 de septiembre de 2006)

San Juan Damasceno

Alá permite la poligamia y el concubinato

Mahoma escribió muchos libros ridículos, a cada uno de los cuales les puso un título. Por ejemplo, está el libro “Sobre la Mujer”, en el que claramente prevé que es legal tomar cuatro esposas y, si es posible mil concubinas, tantas como se pueda mantener, además de las cuatro esposas. También hizo legal quitar cualquier mujer que uno puede desear. (San Juan Damasceno. Sobre las herejías, 101, 5)

Alá aconseja el adulterio

Mahoma tenía un amigo llamado Zaid. Este hombre tenía una hermosa esposa de la que Mahoma se enamoró. Una vez, cuando estaban sentados juntos, Mahoma dijo: “Escúcheme, amigo, Dios me ha ordenado que tome su esposa”. El otro contestó: “Tú eres un apóstol, haz como Dios te ha dicho y toma a mi esposa”, y la repudió. Antes, para contar la historia desde el principio, le dijo: “Dios me ha dado la orden de que te divorcies de tu esposa”. Y él se divorció. Entonces, algunos días después dijo: “Ahora Dios me ha ordenado tomarla como esposa”. Entonces, después de haberla tomado y cometer adulterio con ella, estableció esta ley: “El que quiere pude divorciarse de su esposa, pero después de divorciarse él desea retornar con ella, otro tiene que casarse con ella. Pues no es lícito tomarla a menos haya sido casada con otro. Además, si un hermano repudia a su esposa, deje que su hermano se case con ella si así lo desea”. (San Juan Damasceno. Sobre las herejías, 101, 5)

Corán

Alá odia a todos aquellos que no practican el Islam

Dirígenos por la vía recta, la vía de los que Tú has agraciado, no de los que han incurrido en la ira, ni de los extraviados. (Corán, sura 1:6,7)

En la ley de talión está la vida

En la ley del talión tenéis vida, ¡hombres de intelecto! Quizás, así, temáis a Alá. (Corán, sura 2:179)

Aquellos que temen a Alá tal vez serán dichosos

La piedad no estriba en que entréis en casa por detrás, sino en que temáis a Alá. ¡Entrad en casa por la puerta y temed a Alá! Quizás, así prosperéis. (Corán, sura 2:189)

¡Matadles! ¡Expulsadles!

Matadles donde deis con ellos, y expulsadles de donde os hayan expulsado. Tentar es más grave que matar. No combatáis contra ellos junto a la Mezquita Sagrada, a no ser que os ataquen allí. Así que, si combaten contra vosotros, matadles: ésa es la retribución de los infieles. El mes sagrado por el mes sagrado. Las cosas sagradas caen bajo la ley del talión. Si alguien os agrediera, agredidle en la medida que os agredió. (Corán, sura 2: 191,194)

Solamente Alá sabe lo que conviene

Se os ha prescrito que combatáis, aunque os disguste. Puede que os disguste algo que os conviene y améis algo que no os conviene. Alá sabe, mientras que vosotros no sabéis. Te preguntan si está permitido combatir en el mes sagrado. Di: “Combatir en ese mes es pecado grave. Pero apartar del camino de Alá —y negarle— y de la Mezquita Sagrada y expulsar de ella a la gente es aún más grave para Alá, así como tentar es más grave que matar”. (Corán, sura 2:216-217)

A quien Alá maldice, no encuentra auxilio en nadie

A ésos son a quienes Alá ha maldecido, y no encontrarás quien auxilie a quien Alá maldiga. (Corán, sura 4:52)

A quien Alá desvía, no encuentra salvación

¿Por qué vais a dividiros en dos partidos a propósito de los hipócritas? Alá les ha rechazado ya por lo que han hecho. ¿Es que queréis dirigir a quien Alá ha extraviado? No encontrarás camino para aquél a quien Alá extravía. (Corán, sura 4:88)

Alá es violento en el castigar a los que se oponen a él

Cuando vuestro Señor inspiró a los ángeles: «Yo estoy con vosotros. ¡Confirmad, pues, a los que creen! Infundiré el terror en los corazones de quienes no crean. ¡Cortadles del cuello, pegadles en todos los dedos!» Es que se habían separado de Alá y de Su Enviado… Y quien se separa de Alá y de Su Enviado… Alá castiga severamente. ¡Ahí tenéis! ¡Gustadlo! Y que los infieles tendrán el castigo del Fuego. (Corán, sura 8:12-14)

¡Matad! Alá es misericordioso...

Cuando hayan transcurrido los meses sagrados, matad a los asociadores dondequiera que les encontréis. ¡Capturadles! ¡Sitiadles! ¡Tendedles emboscadas por todas partes! Pero si se arrepienten, hacen la azalá y dan el azaque, entonces ¡dejadles en paz! Alá es indulgente, misericordioso. (Corán, sura 9:5)

Alá no es interrogado por lo que hace

Si hubiera habido en ellos otros dioses distintos de Alá, se habrían corrompido. ¡Gloria a Alá, Señor del Trono, que está por encima de lo que cuentan! No tendrá Él que responder de lo que hace, pero ellos tendrán que responder. (Corán, sura 21, 22-23)

V – ¿Cuál es el principal objetivo de un Año Jubilar? ¿Sincera conversión o sincretismo religioso?

Pío XI

En el Año Santo los fieles viven el deseo de tener sus almas purificadas

Y todo cuanto ha acontecido en el transcurso del Año Santo, digno todo de perpetua memoria y recordación, ¿acaso no ha redundado en indecible honra y gloria del Fundador de la Iglesia, Señor y Rey Supremo? […] Además, cuantos —en tan grandes multitudes— durante el Año Santo han venido de todas partes a Roma guiados por sus obispos y sacerdotes, ¿qué otro propósito han traído sino postrarse, con sus almas purificadas, ante el sepulcro de los apóstoles y visitarnos a Nos para proclamar que viven y vivirán sujetos a la soberanía de Jesucristo? (Pío XI. Encíclica Quas Primas, n.2-3, 11 de diciembre de 1925)

Juan Pablo II

Para la indulgencia son necesarias nuestra aceptación y nuestra correspondencia

El punto de partida para comprender la indulgencia es la abundancia de la misericordia de Dios, manifestada en la cruz de Cristo. Jesús crucificado es la gran “indulgencia” que el Padre ha ofrecido a la humanidad, mediante el perdón de las culpas y la posibilidad de la vida filial (cf. Jn 1, 12-13) en el Espíritu Santo (cf. Gal 4, 6; Rom 5, 5; 8, 15-16). Ahora bien, este don, en la lógica de la alianza que es el núcleo de toda la economía de la salvación, no nos llega sin nuestra aceptación y nuestra correspondencia. A la luz de este principio, no es difícil comprender que la reconciliación con Dios, aunque está fundada en un ofrecimiento gratuito y abundante de misericordia, implica al mismo tiempo un proceso laborioso, en el que participan el hombre, con su compromiso personal, y la Iglesia, con su ministerio sacramental. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 29 de septiembre de 1999)

Las indulgencias no son un descuento con respecto al compromiso de conversión

El sentido de las indulgencias se ha de comprender en este horizonte de renovación total del hombre en virtud de la gracia de Cristo Redentor mediante el ministerio de la Iglesia. […] Se ve entonces cómo las indulgencias, lejos de ser una especie de “descuento” con respecto al compromiso de conversión, son más bien una ayuda para un compromiso más firme, generoso y radical. Este compromiso se exige de tal manera, que para recibir la indulgencia plenaria se requiere como condición espiritual la exclusión “de todo afecto hacia cualquier pecado, incluso venial” (Enchiridion indulgentiarum, p. 25). Por eso, erraría quien pensara que puede recibir este don simplemente realizando algunas actividades exteriores. Al contrario, se requieren como expresión y apoyo del camino de conversión. En particular manifiestan la fe en la abundancia de la misericordia de Dios y en la maravillosa realidad de la comunión que Cristo ha realizado, uniendo indisolublemente la Iglesia a sí mismo como su Cuerpo y su Esposa. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4-5, 29 de septiembre de 1999)

Para vivir bien un Año Santo hay que reconciliarse con Dios

Estando en el Año Santo, os invito a todos […] a reconciliaros con Dios, a romper las cadenas del pecado y vivir en la amistad con El. Cristo pagó por nuestras culpas mediante el sacrificio de su vida. Ello debe impulsarnos a amar profundamente a Dios, que antes nos amó en Cristo y nos rescató con su sangre. (Juan Pablo II. Audiencia general, 13 de abril de 1983)

El Año jubilar es un tiempo de sincera conversión

Que por tu gracia, Padre, el Año jubilar sea un tiempo de conversión profunda y de gozoso retorno a ti. […] Concede, Padre, que los discípulos de tu Hijo, purificada la memoria y reconocidas las propias culpas, sean una sola cosa para que el mundo crea. (Juan Pablo II. Oración para la celebración del Gran Jubileo del año 2000, n.2.4, 1 de junio de 1999)

Comité Central para el Jubileo Año 2000

El Jubileo se destina a promover la santidad de vida

En la tradición católica el Jubileo es un gran evento religioso. El Jubileo es el año de la remisión y penitencia por los pecados; es el año de la reconciliación entre los adversarios, la conversión y de la penitencia sacramental. […] El Jubileo es llamado “Año Santo” no sólo porque comienza, desarrolla y termina con solemnes actos sagrados, sino también porque está destinado a promover la santidad de vida. (Comité Central para el Jubileo Año 2000. Documento ¿Qué es el Jubileo?, 17 de febrero de 1997)

Pablo VI

Renovación y reconciliación con Dios son clave para un Año Santo

Renovación y Reconciliación quedan como términos clave, que indican las esperanzas que tenemos puestas en el Año Santo. Pero, como ya dijimos, quedarán sin efecto si no se realiza en nosotros una ruptura (Pablo VI. Alocución del 9 de mayo 1973).

Reconciliación con Dios a través de una ruptura con el pecado

Nos encontramos en el tiempo de Cuaresma, tiempo por excelencia de renovación de nosotros mismos en Cristo, de reconciliación con Dios y con nuestros hermanos. A través de una ruptura con el pecado, la injusticia y el egoísmo, nos asociamos a la muerte y resurrección de Cristo. (Pablo VI. Mensaje para la Cuaresma, 2 de marzo de 1974)

Juan Pablo II

El Año Santo es una llamada a la conversión

El Año Santo es por su naturaleza un momento de llamada a la conversión. Esta es la primera palabra de la predicación de Jesús que, significativamente, está relacionada con la disponibilidad a creer: “Convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 15). […] Así pues, el examen de conciencia es uno de los momentos más determinantes de la existencia personal. En efecto, en él todo hombre se pone ante la verdad de su propia vida, descubriendo así la distancia que separa sus acciones del ideal que se ha propuesto. La historia de la Iglesia es una historia de santidad. El Nuevo Testamento afirma con fuerza esta característica de los bautizados: son «santos » en la medida en que, separados del mundo que está sujeto al Maligno, se consagran al culto del único y verdadero Dios. (João Paulo II. Bula Incarnationis mysterium, n. 11, 29 de noviembre de 1998)

El arrepentimiento es necesario para participar en la gracia de la Redención

El Año Santo es una llamada al arrepentimiento y a la conversión, como disposición necesaria para participar en la gracia de la Redención. (Juan Pablo II. Discurso al Sacro Colegio y la Curia Romana con motivo de las felicitaciones navideñas, 23 de diciembre de 1982)

Tiempo de purificación

El Año santo es tiempo de purificación: la Iglesia es santa porque Cristo es su Cabeza y su Esposo, el Espíritu es su alma vivificante, y la Virgen María y los santos son su manifestación más auténtica. Sin embargo, los hijos de la Iglesia conocen la experiencia del pecado, cuyas sombras se reflejan en ella, oscureciendo su belleza. (Juan Pablo II. Ángelus, n. 1, 12 de marzo de 2000)

Penitenciaría Apostólica

El arrepentimiento, la confesión de los pecados y la penitencia son importantes requisitos para lucrar las indulgencias plenarias del Año Santo

Con el presente decreto, que da cumplimiento a la voluntad del Santo Padre expresada en la Bula para la convocación del Gran Jubileo del año 2000, la Penitenciaría Apostólica, en virtud de las facultades concedidas por el mismo Sumo Pontífice, determina la disciplina que se ha de observar para la obtención de la indulgencia jubilar. Todos los fieles debidamente preparados pueden beneficiarse copiosamente del don de la indulgencia durante todo el Jubileo, según las disposiciones especificadas a continuación. […] Culmen del Jubileo es el encuentro con Dios Padre por medio de Cristo Salvador, presente en su Iglesia, especialmente en sus Sacramentos. Por esto, todo el camino jubilar, preparado por la peregrinación, tiene como punto de partida y de llegada la celebración del sacramento de la Penitencia y de la Eucaristía, misterio pascual de Cristo, nuestra paz y nuestra reconciliación: éste es el encuentro transformador que abre al don de la indulgencia para uno mismo y para los demás. Después de haber celebrado dignamente la confesión sacramental, que de manera ordinaria, según el can. 960 del CIC y el can. 720, § 1 del CCEO, debe ser en su forma individual e íntegra, el fiel, una vez cumplidos los requisitos exigidos, puede recibir o aplicar, durante un prudente período de tiempo, el don de la indulgencia plenaria, incluso cotidianamente, sin tener que repetir la confesión. Conviene, no obstante, que los fieles reciban frecuentemente la gracia del sacramento de la Penitencia, para ahondar en la conversión y en la pureza de corazón. La participación en la Eucaristía —necesaria para cada indulgencia— es conveniente que tenga lugar el mismo día en que se realizan las obras prescritas. (Penitenciaría Apostólica. Aparte de la Bula Incarnationis mysterium de convocación del gran jubileo del año 2000, Disposiciones para obtener la indulgencia jubilar, 29 de noviembre de 1998)


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