96 – La juventud necesita tres pilares claves: educación, deporte y cultura

Basta recorrer las biografías de los numerosos formadores de la juventud que llenas las páginas santoral católico para ver como Dios nunca abandona a aquellos que pasan por esta peligrosa edad y tantas veces son dejados a su suerte por sus mayores. Es una multitud de llamados en las más variadas situaciones históricas para apoyar y santificar a quienes pasan por aquella fase en que el resto de la vida se decidirá. Entre ellos, tal vez ninguno tenga el reconocimiento que San Juan Bosco suscita por la amplitud de su obra, nacida en circunstancias adversas y que hoy se extiende por el mundo entero. Se puede afirmar que Don Bosco no ignoraba ningún aspecto de la hoy llamada –y tan poco y mal entendida– formación integral del hombre. Incontables enseñanzas suyas podrían ser recordadas con provecho, pero será suficiente transmitir aquí la más importante de todas: “El primer grado para educar bien a los jóvenes consiste en trabajar por que confiesen y comulguen con las debidas disposiciones. Estos sacramentos son los más firmes sostenes de la juventud. La frecuente confesión y comunión y la misa diaria son las columnas que deben sostener un edificio educativo”. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, 2 ed., Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 428-429)

juan_boscoEl santo turinés tenía muy claro quien es capaz de salvar la juventud: “Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados” (1 Pe 2, 14). Con estas palabras a su vez tan sencillas y repletas de significado teológico San Pedro anuncia la buena noticia, enseñando que Cristo Crucificado compró para los hombres ―¡a precio muy alto!― la justicia perdida por el pecado. Pero, ¿qué significa exactamente justicia? El Concilio de Trento la define: “la justificación misma que no es sólo remisión de los pecados [Can. 11], sino también santificación y renovación del hombre interior, por la voluntaria recepción de la gracia y los dones, de donde el hombre se convierte de injusto en justo y de enemigo en amigo, para ser heredero según la esperanza de la vida eterna (Tit 3, 7)” (Denzinger-Hünermann 1528). El justo es, pues, el santo. Y para la santidad son llamados todos los hombres, desde su niñez y juventud, sean ricos o pobres, de la élite o de las periferias. Por eso, enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “Conviene pedir a los responsables de la educación que impartan a la juventud una enseñanza respetuosa de la verdad, de las cualidades del corazón y de la dignidad moral y espiritual del hombre” (CCE 2526), camino para la santidad. Sin enseñar el camino de la santidad, por lo tanto, no se educa, sino que apenas se instruye, como bien recordaba el mismo San Juan Bosco.

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Y ese deber educativo es parte integrante de la misión evangelizadora de la Iglesia y en esta misión, dijo Benedicto XVI a los educadores católicos de Estados Unidos, “las instituciones educativas juegan un papel crucial, está en consonancia con la aspiración fundamental de la nación de desarrollar una sociedad verdaderamente a la altura de la dignidad de la persona humana” (Discurso en el Encuentro con los educadores católicos, en el salón de conferencias de la Universidad Católica de América, Washington, D.C., 17 de abril de 2008). El pontífice alertó además a los Obispos de este mismo país: “No es exagerado afirmar que proporcionar a los jóvenes una sólida educación en la fe representa el desafío interno más urgente que debe afrontar la comunidad católica en vuestro país. El depósito de la fe es un tesoro inestimable que cada generación debe transmitir a la sucesiva, conquistando corazones para Jesucristo y formando las mentes en el conocimiento, en la comprensión y en el amor a su Iglesia” (Discurso a Obispos de EUA en visita “ad limina”, 5 de mayo de 2012). Este fue el panorama del Congreso Mundial de Educación Católica, promovido por la Congregación para la Educación Católica en noviembre pasado, cuya síntesis conclusiva afirma: “una escuela católica, haciendo escuela desde la perspectiva católica, sirve a la evangelización. Porque evangeliza la cultura, las relaciones, los valores, la educación en sí misma. Y porque, del modo en el que sea posible en cada caso, hace su aportación específica a la formación religiosa y al anuncio de Jesucristo, de manera especial desde ámbitos extra-académicos. La Educación Católica sirve a todo tipo de alumnos y familias, y a todos puede ayudar a acercarse al don de Jesucristo”. Desde siempre la Santa Iglesia entendió la educación católica de esta manera. Sí, como para Don Bosco, para la Santa Iglesia la educación siempre tuvo como fin principal preparar a los jóvenes para su entrada en el Cielo. Actualmente, contra toda expectativa, nacen nuevas teorías al respecto en el ámbito católico que levantan dudas y… confusión, y más confusión.

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No hace mucho Francisco fundó una red llamada Scholas Ocurrentes que aspira a convertirse en una referencia mundial para la educación de los jóvenes. Cualquiera que escuchara hablar de un movimiento educativo fundado por el Sumo Pontífice pensaría en las más urgentes necesidades de los jóvenes, entre las que deberían destacarse las mismas que tenía San Juan Bosco hace más de un siglo. Por eso, nos sorprende que esta entidad destaque como su fin vincular “la tecnología, el arte y el deporte para fomentar la integración social y la cultura del encuentro” a partir de una educación que “recupere una mirada antropológica y los valores humanos esenciales y que abarque toda la realidad que viven los chicos. Es decir, una mirada holística y de integración social” (Scholas Ocurrentes). No deja de ser curioso que el propio Francisco, fundador de esta red laica de enseñanza, haya querido que el símbolo de la misma sea su propia mano dentro de la cual parece estar el mundo entero. En fin, fuera de las suspicacias que esto levantará no deja de ser cierto que es bastante extraño para quien siempre desea mostrarse como muy humilde y sencillo. Pero lo cierto es que en ningún momento se encuentra en esta página un símbolo religioso católico, ni tan siquiera una sencilla mención a Dios, pero abundan las recurrentes coletillas de la integración y del encuentro y… ¡¡como no!!, a los famosos “valores” que nadie define, pero a los que todo el mundo se agarra y que, por lo tanto, parecen adolecer de un contenido tan arcano como sospechoso… porque bajo la coraza de los valores etéreos se cobijan hoy desde clubes de fútbol hasta los políticos del más variado pelaje. Curioso que asume esos pastosos valores quien no tuvo empacho en despreciar la expresión “valores no negociables” acuñada por Benedicto XVI, colocándose una vez más por encima de todos los papas anteriores. Pero, ¿de qué valen los valores sin el fundamento de la única moral objetiva, que es la católica? Por lo tanto, cabe preguntarse: ¿Qué necesita la juventud? ¿Qué valor tienen los valores sin Dios? ¿Cómo se debe formar católicamente los jóvenes? Estas preguntas como tantas otras siempre han sido respondidas por el Magisterio y por el propio hijo de Mamma Margherita.

Francisco

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Cita ACita BCita CCita DCita E

Enseñanzas del Magisterio

Entra en las diversas partes de nuestro estudio

ContenidoAutores
I – ¿Puede existir educación sin Dios?
II – ¿Cómo educar cristianamente la juventud?
III – ¿Para qué sirven los juegos y la educación física?
IV – Lo que Dios espera de la juventud es la santidad
V – La Iglesia está llamada a evangelizar la cultura

I – ¿Puede existir educación sin Dios?

Juan XXIII

La esencia de la educación es la colaboración con la gracia

Es un principio de la pedagogía católica que la esencia de la educación consiste en la colaboración con la divina gracia para la formación del verdadero y perfecto cristiano. (Juan XXIII. Mensaje al VII Congreso Interamericano de Educación Católica, 10 de enero de 1960)

Pío XI

Método equivocado de educar: adherirse a las cosas terrenas

Nunca se ha hablado tanto de la educación como en los tiempos modernos; por esto se multiplican las teorías pedagógicas, se inventan, se proponen y discuten métodos y medios, no sólo para facilitar, sino además para crear una educación nueva de infalible eficacia, que capacite a la nuevas generaciones para lograr la ansiada felicidad en esta tierra. La razón de este hecho es que los hombres, creados por Dios a su imagen y semejanza y destinados para gozar de Dios, perfección infinita, al advertir hoy más que nunca, en medio de la abundancia del creciente progreso material, la insuficiencia de los bienes terrenos para la verdadera felicidad de los individuos y de los pueblos sienten por esto mismo un más vivo estímulo hacia una perfección más alta, estímulo que ha sido puesto en la misma naturaleza racional por el Creador y quieren conseguir esta perfección principalmente por medio de la educación. Sin embargo, muchos de nuestros contemporáneos, insistiendo excesivamente en el sentido etimológico de la palabra, pretenden extraer esa perfección de la mera naturaleza humana y realizarla con solas las fuerzas de ésta. Este método es equivocado, porque, en vez de dirigir la mirada a Dios, primer principio y último fin de todo el universo, se repliegan y apoyan sobre sí mismos, adhiriéndose exclusivamente a las cosas terrenas y temporales; y así quedan expuestos a una incesante y continua fluctuación mientras no dirijan su mente y su conducta a la única meta de la perfección, que es Dios. (Pío XI. Encíclica Divini illius Magistri, n. 3-4, 31 de diciembre de 1929)

Pablo VI

Reducir la misión de la Iglesia a un proyecto puramente temporal es perder su significación más profunda

No hay por qué ocultar, en efecto, que muchos cristianos generosos, sensibles a las cuestiones dramáticas que lleva consigo el problema de la liberación, al querer comprometer a la Iglesia en el esfuerzo de liberación han sentido con frecuencia la tentación de reducir su misión a las dimensiones de un proyecto puramente temporal; de reducir sus objetivos, a una perspectiva antropocéntrica; la salvación, de la cual ella es mensajera y sacramento, a un bienestar material; su actividad —olvidando toda preocupación espiritual y religiosa— a iniciativas de orden político o social. Si esto fuera así, la Iglesia perdería su significación más profunda. Su mensaje de liberación no tendría ninguna originalidad y se prestaría a ser acaparado y manipulado por los sistemas ideológicos y los partidos políticos. No tendría autoridad para anunciar, de parte de Dios, la liberación. Por eso quisimos subrayar en la misma alocución de la apertura del Sínodo “la necesidad de reafirmar claramente la finalidad específicamente religiosa de la evangelización. Esta última perdería su razón de ser si se desviara del eje religioso que la dirige: ante todo el reino de Dios, en su sentido plenamente teológico.” (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 32, 8 de diciembre de 1975)

La evangelización debe abarcar al hombre entero

Acerca de la liberación que la evangelización anuncia y se esfuerza por poner en práctica, más bien hay que decir:
No puede reducirse a la simple y estrecha dimensión económica, política, social o cultural, sino que debe abarcar al hombre entero, en todas sus dimensiones, incluida su apertura al Absoluto, que es Dios;
Va por tanto unida a una cierta concepción del hombre, a una antropología que no puede nunca sacrificarse a las exigencias de una estrategia cualquiera, de una praxis o de un éxito a corto plazo.
Por eso, al predicar la liberación y al asociarse a aquellos que actúan y sufren por ella, la Iglesia no admite el circunscribir su misión al solo terreno religioso, desinteresándose de los problemas temporales del hombre; sino que reafirma la primacía de su vocación espiritual, rechaza la substitución del anuncio del reino por la proclamación de las liberaciones humanas, y proclama también que su contribución a la liberación no sería completa si descuidara anunciar la salvación en Jesucristo. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 33-34, 8 de diciembre de 1975)

Pío X

Hay cristianos que viven temeraria y imprudentemente en lo tocante a la religión

¡Cuán comunes y fundados son, por desgracia, estos lamentos de que existe hoy un crecido número de personas, en el pueblo cristiano, que viven en suma ignorancia de las cosas que se han de conocer para conseguir la salvación eterna! Al decir “pueblo cristiano”, no nos referimos solamente a la plebe, esto es, a aquellos hombres de las clases inferiores a quienes excusa con frecuencia el hecho de hallarse sometidos a dueños exigentes, y que apenas si pueden ocuparse de sí mismos y de su descanso; sino que también y, principalmente, hablamos de aquellos a quienes no falta entendimiento ni cultura y hasta se hallan adornados de una gran erudición profana, pero que, en lo tocante a la religión, viven temeraria e imprudentemente. ¡Difícil sería ponderar lo espeso de las tinieblas que con frecuencia los envuelven y —lo que es más triste— la tranquilidad con que permanecen en ellas! (Pío X. Encíclica Acerbo nimis, n. 2-3, 15 de abril de 1905)

Benedicto XVI

Es un contrasentido pretender eliminar a Dios, fuente de la vida

El hombre en verdad está creado para lo que es grande, para el infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente. […] Entonces comprendemos que es un contrasentido pretender eliminar a Dios para que el hombre viva. Dios es la fuente de la vida; eliminarlo equivale a separarse de esta fuente e, inevitablemente, privarse de la plenitud y la alegría: “sin el Creador la criatura se diluye”. La cultura actual, en algunas partes del mundo, sobre todo en Occidente, tiende a excluir a Dios, o a considerar la fe como un hecho privado, sin ninguna relevancia en la vida social. Aunque el conjunto de los valores, que son el fundamento de la sociedad, provenga del Evangelio —como el sentido de la dignidad de la persona, de la solidaridad, del trabajo y de la familia—, se constata una especie de “eclipse de Dios”, una cierta amnesia, más aún, un verdadero rechazo del cristianismo y una negación del tesoro de la fe recibida, con el riesgo de perder aquello que más profundamente nos caracteriza. (Benedicto XVI. Mensaje para la XXIV Jornada Mundial de la Juventud, n. 1, 6 de agosto de 2010)

Pío XII

Oponed resistencia a la educación concebida sobre bases naturalistas

Oponed, pues, a los perniciosos esfuerzos, que querrían apartar completamente la religión de la educación y de la escuela o por lo menos fundar la escuela y la educación sobre una base puramente naturalista, el ideal de una labor docente enriquecida con el tesoro inestimable de una fe sentida y vivificada, por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo. Procurad que vuestros niños y vuestros jóvenes, a medida que van progresando en el camino de los años, reciban también una instrucción religiosa cada vez más amplia y más fundamentada […]. Haced de manera que con esta instrucción vayan estrechamente unidos el santo temor de Dios, la costumbre de recogerse en la oración, y la participación plena y consciente en el espíritu del año litúrgico de la Santa Madre Iglesia. (Pío XII. Radiomensaje al Congreso Interamericano de Educación Católica, 6 de octubre de 1948)

San Juan Bosco

La moderna pedagogía reduce la religión a puro sentimiento

Uno de los defectos o vicios de la moderna pedagogía es reducir la religión a un puro sentimiento. Por eso no quieren que se hable a los chicos de las verdades eternas ni que se los nombre siquiera la muerte, el juicio, y mucho menos el infierno. Hay que instruirlos a fondo y ponerlos en grado de continuar instruyéndose por sí mismos. Es necesaria la reforma de las costumbres. Esto no se logra sino repartiendo el pan de la divina palabra a los pueblos. Catequizad a los niños, inculcad el desapego de las cosas de la tierra. […] Todos los maestros expliquen y hagan estudiar el catecismo diocesano. Es de suma importancia. Dos veces al año verifíquese con toda solemnidad un examen de catecismo, y el que no apruebe, no sea admitido a los demás exámenes. Dense premios especiales a los que se distinguen en este examen. Y para asegurar mejor este estudio, llévese con particular cuidado el registro de las notas semanales y mensuales. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, 2 ed. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 421)

Sin la religión no se consigue ningún fruto entre los jóvenes

Sólo la religión es capaz de comenzar y acabar la gran obra de una verdadera educación. Sin religión no se consigue ningún fruto entre los jóvenes. Las almas juveniles, en el período de su formación, tienen necesidad de experimentar los benéficos efectos que se derivan de la dulzura sacerdotal. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, 2 ed. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 428)

Santo Tomás de Aquino

Sólo Dios puede llenar la voluntad del hombre

Es imposible que la bienaventuranza del hombre esté en algún bien creado. Porque la bienaventuranza es el bien perfecto que calma totalmente el apetito, de lo contrario no sería fin último si aún quedara algo apetecible. Pero el objeto de la voluntad, que es el apetito humano, es el bien universal. Por eso está claro que sólo el bien universal puede calmar la voluntad del hombre. Ahora bien, esto no se encuentra en algo creado, sino sólo en Dios, porque toda criatura tiene una bondad participada. Por tanto, sólo Dios puede llenar la voluntad del hombre, como se dice en Ps 102, 5: “El que colma de bienes tu deseo”. Luego la bienaventuranza del hombre consiste en Dios solo. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 2, a. 5)

Benedicto XVI

Las personas necesitan ser llamadas a cultivar una relación con Cristo

Las personas necesitan hoy ser llamadas de nuevo al objetivo último de su existencia. Necesitan reconocer que en su interior hay una profunda sed de Dios. Necesitan tener la oportunidad de enriquecerse del pozo de su amor infinito. Es fácil ser atraídas por las posibilidades casi ilimitadas que la ciencia y la técnica nos ofrecen; es fácil cometer el error de creer que se puede conseguir con nuestros propios esfuerzos saciar las necesidades más profundas. Ésta es una ilusión. Sin Dios, el cual nos da lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar, nuestras vidas están realmente vacías. Las personas necesitan ser llamadas continuamente a cultivar una relación con Cristo, que ha venido para que tuviéramos la vida en abundancia (cf. Jn 10, 10). La meta de toda nuestra actividad pastoral y catequética, el objeto de nuestra predicación, el centro mismo de nuestro ministerio sacramental ha de ser ayudar a las personas a establecer y alimentar semejante relación vital con “Jesucristo nuestra esperanza” (1 Tm 1, 1). (Benedicto XVI. Discurso en la celebración de las Vísperas y encuentro con los obispos de Estados Unidos, 16 de abril de 2008)

II – ¿Cómo educar cristianamente la juventud?

Sagrada Escritura

La educación es joya de oro

Joya de oro es la educación para el sensato, es como brazalete en su brazo derecho. (Eclo 21, 21)

El espíritu educador huye del engaño

La sabiduría no entra en alma perversa, ni habita en cuerpo sometido al pecado. Pues el espíritu educador y santo huye del engaño, se aleja de los pensamientos necios y es ahuyentado cuando llega la injusticia. (Sb 1, 4-5)

El camino elegido en la juventud determinará el de la vejez

Educa al muchacho en el buen camino: cuando llegue a viejo seguirá por él. (Pr 22, 6)

Las Escrituras dan la sabiduría que conduce a la salvación

Los malvados y embaucadores irán de mal en peor, engañando a los demás y engañándose ellos mismos. Tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios es también útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena. (2 Tm 3, 13-17)

Dios nos educa para que participemos de su santidad

Ciertamente tuvimos por educadores a nuestros padres carnales y los respetábamos; ¿con cuánta más razón nos sujetaremos al Padre de nuestro espíritu, y así viviremos? Porque aquellos nos educaban para breve tiempo, según sus luces; Dios, en cambio, para nuestro bien, para que participemos de su santidad. (Hb 12, 9-10)

Pío XI

La juventud debe estar armada cristianamente

Hoy, más que nunca, la juventud debe estar armada y fortalecida cristianamente contra las seducciones y los errores del mundo, el cual, como advierte una sentencia divina, es todo él concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida (Jn 2, 16); de tal manera que, como decía Tertuliano de los primeros cristianos, los cristianos de hoy vivan como deben vivir los verdaderos discípulos de Cristo: “copropietarios del mundo, pero no del error”. (Pío XI. Encíclica Divini illius Magistri, n. 78, 31 de diciembre de 1929)

San Juan Bosco

La Eucaristía y la confesión son los sostenes de la juventud

El primer grado para educar bien a los jóvenes consiste en trabajar por que confiesen y comulguen con las debidas disposiciones. Estos sacramentos son los más firmes sostenes de la juventud. La frecuente confesión y comunión y la misa diaria son las columnas que deben sostener un edificio educativo del cual se quiere tener lejos el castigo y la amenaza. No obligar a los jóvenes la frecuencia de los sacramentos, no; sino animarlos y darles facilidad para que puedan aprovecharse de ellos. En ocasión de ejercicios espirituales, triduos, novenas, sermones, catecismos, etc., debe hacerse resaltar la belleza, la grandeza, la santidad de una religión que propone medios tan fáciles, tan útiles a la sociedad civil, a la tranquilidad del corazón, y a la salvación del alma como son los santos sacramentos. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, 2 ed., Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 428-429)

Los educadores deben tener como fin la salvación de las almas

Razón y religión son los instrumentos de que debe hacer uso constante el educador, enseñarlos y practicarlos él mismo si quiere ser obedecido y obtener su fin. Este fin supremo consiste en tornar buenos a los jóvenes y salvarlos eternamente; todo lo demás: letras, ciencias, artes, oficios, se ha de considerar como medios.(San Juan Bosco. Biografía y escritos, 2 ed., Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 423-424)

Educador cristiano es el que encamina por la senda de la santidad

¿Cuál es la obligación del educador cristiano? Según el espíritu de Jesucristo y la plática de su moral, el educador, sea padre o maestro, evita dar a los niños que la Providencia le ha confiado esa educación viciada; debe encaminarlos inmediatamente por la senda de la santidad, cuyas guías son renuncia y generosidad. Para comunicarles el espíritu de sacrificio debe dirigir sus cuidados, sobre todo, a cultivar su razón y su voluntad, sin descuidar ningunas de las demás facultades. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, 2 ed., Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 415)

Formar el corazón con el celo por la gloria de Dios

La infancia, la adolescencia, la juventud, son épocas de un extraordinario florecimiento de sentimientos y de afectos. El educador lo debe aprovechar. El corazón presenta sectores poco explorados, casi desconocidos. El centro del corazón, digamos, es el amor. Hay que purificar el amor, transformar la sentimentalidad humana en amor fino y sublime; en caridad, en caridad para con Dios y para con el prójimo. Refrenar la ira, ayudar al prójimo, sujetar la sensibilidad a la razón, a las enseñanzas de la fe, al celo por la gloria de Dios. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, 2 ed., Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 411)

La instrucción debe comenzar por el conocimiento del fin

No hay instrucción verdadera sin que sea al mismo tiempo educación. La inteligencia es la luz que Dios nos ha dado para alumbrar nuestro camino. Es al mismo tiempo el grande instrumento para todo trabajo humano. Es lo que distingue al hombre del bruto. Es el reflejo de Dios. Conviene cultivarla y educarla debidamente. La instrucción camina paralela a la vida y al obrar humano, que comienza siempre, y debe comenzar, por el conocimiento del fin, para proceder luego a escoger y aplicar concretamente los medios que conducen al fin mismo. Este pensamiento es el que preside la formación intelectual. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, 2 ed., Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 408-409)

No descuidar la facultad soberana, la voluntad

La sabiduría es el arte de gobernar la propia voluntad. La educación de la voluntad consiste ante todo en fortificarla, alejando de ella todos los impedimentos que puedan obstaculizarla en su recto ejercicio y dándole ocasiones y motivos para ejercitarse debidamente según su vida natural y sobrenatural. Todos o casi todos los educadores miran como el principal privilegio del niño el desarrollo de su inteligencia. Pero es una falta de prudencia ésta, porque desconocen o fácilmente pierden de vista la naturaleza humana y la recíproca dependencia de nuestras facultades. Dirigen todo esfuerzo a desarrollar la facultad cognoscitiva y el sentimiento, que errónea y dolorosamente confunden con la facultad de amar y en cambio descuidan completamente la facultad soberana, la voluntad, única fuente del verdadero y puro amor, de la cual la sensibilidad no es más que una especie de apariencia. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, 2 ed., Madrid,Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 413)

El niño, sobreexcitado por la cultura intensa, es juguete del maligno

La inteligencia y la sensibilidad, sobreexcitada por una cultura intensa, atraen todas las fuerzas del alma, absorben toda su vida y adquieren prematuramente una extrema vivacidad, unida a la más exquisita delicadeza. El niño así concibe rápidamente; su imaginación es ardiente y móvil; la memoria retiene con escrupulosa exactitud y sin esfuerzo los más pequeños detalles, dando origen al memorismo; la sensibilidad encanta a cuantos se le acercan. Pero todas estas brillantes cualidades esconden la insuficiencia más vergonzosa, la debilidad más fatal. El niño hoy, y, por desgracia, más tarde el joven, arrastrado por la prontitud de las concepciones, no sabe pensar ni obrar con criterio, le falta buen sentido, el tacto, la medida; en una palabra, el espíritu práctico. […] Demasiado somero para leer en el fondo de su alma, no ve más que la superficie, es decir, las conmociones pasajeras, y, apresurado a captar sus pequeños movimientos, cree haber decidido con firmeza lo que parece querer; incapaz de dominarse, se apresura a ponerlo en práctica. ¡Triste y ridículo juguete del espíritu maligno, que no cesa de engañarlo, suscitándole impresiones que él, pobre ciego, toma por propósitos firmes y largamente meditados! […] La virtud lo seduce, pero como repugna a la debilidad su naturaleza, interpreta esta repugnancia como voluntad contraria. Y cede. En vano caen las gracias más abundantes sobre su alma, porque no las sabe recoger; su conciencia es como un mar en borrasca, agitado sin cesar por las más contrarias corrientes. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, 2 ed., Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 413-414)

Todo debe concurrir para la formación de la conciencia

Formación de la conciencia que es como decir formar en los alumnos ese intelecto práctico que conoce la ley moral y a su luz valúa cada acción, descubriendo su consonancia o discrepancia con dicha ley y obrando en conformidad con ella. Todo debe concurrir a esto: lecturas, conversaciones, coloquios, clases, pláticas, conferencias, públicas y privadas han de mirar a insinuar en las inteligencias el recto juicio acerca de las cosas y de las acciones de la vida. Deben aprender a huir del mal y hacer el bien no por temor o miramiento al hombre, sino por amor a Dios; no por el premio o castigo del superior, sino por deber de conciencia. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, 2 ed., Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 410-411)

Moralidad: ¡he aquí lo que más importa!

La impureza es el vicio que más estragos ocasiona en la juventud. Moralidad: ¡he aquí lo que más importa! […] Es menester tener siempre ocupados a los muchachos. […] Si nosotros no los ocupamos, ellos se buscarán ocupación, y ciertamente con pensamientos y cosa no buena. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, 2 ed., Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 429)

Pío XI

El verdadero cristiano es el hombre sobrenatural que siente, piensa y obra según la recta razón iluminada por los ejemplos de Cristo

El fin propio e inmediato de la educación cristiana es cooperar con la gracia divina en la formación del verdadero y perfecto cristiano; es decir, formar a Cristo en los regenerados con el bautismo, según la viva expresión del Apóstol: Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto hasta ver a Cristo formado en vosotros (Gal 4, 19). Porque el verdadero cristiano debe vivir la vida sobrenatural en Cristo: Cristo, vuestra vida (Col 3, 4), y manifestarla en toda su actuación personal: Para que la vida de Jesús se manifieste también en nuestra carne mortal (2 Cor 4, 11).
Por esto precisamente, la educación cristiana comprende todo el ámbito de la vida humana, la sensible y la espiritual, la intelectual y la moral, la individual, la doméstica y la civil, no para disminuirla o recortarla sino para elevarla, regularla y perfeccionarla según los ejemplos y la doctrina de Jesucristo. Por consiguiente, el verdadero cristiano, formado por la educación cristiana, es el hombre sobrenatural que siente, piensa y obra constante y consecuentemente según la recta razón iluminada por la luz sobrenatural de los ejemplos y de la doctrina de Cristo o, para decirlo con una expresión ahora en uso, el verdadero y completo hombre de carácter. (Pío XI. Encíclica Divini illius Magistri, n. 80-82, 31 de diciembre de 1929)

La educación está ordenada al fin último del hombre

La educación consiste esencialmente en la formación del hombre tal cual debe ser y debe portarse en esta vida terrena para conseguir el fin sublime para el cual ha sido creado, es evidente que así como no puede existir educación verdadera que no esté totalmente ordenada hacia este fin último, así también en el orden presente de la Providencia, es decir, después que Dios se nos ha revelado en su unigénito Hijo, único que es camino, verdad y vida (Jn 14, 6), no puede existir otra completa y perfecta educación que la educación cristiana. Lo cual demuestra la importancia suprema de la educación cristiana, no solamente para los individuos, sino también para las familias y para toda la sociedad humana ya que la perfección de esta sociedad es resultado necesario de la perfección de los miembros que la componen. E igualmente, de los principios indicados resulta clara y manifiesta la excelencia insuperable de la obra de la educación cristiana, pues ésta tiende, en último análisis, a asegurar el Sumo Bien, Dios, a las almas de los educandos, y el máximo bienestar posible en esta tierra a la sociedad humana. (Pío XI. Encíclica Divini illius Magistri, n. 5, 31 de diciembre de 1929)

Pío XII

A la escasez de principios contraponed una educación capaz de discernir la moral

Contraponed a la escasez de principios de este siglo, que todo lo mide por el criterio del éxito, una educación que haga al joven capaz de discernir entre la verdad y el error, el bien y el mal, el derecho y la injusticia, plantando firmemente en su alma los puros sentimientos del amor, de la fraternidad y de la fidelidad. Si las peligrosas películas de hoy día, hablando tan sólo a los sentidos y de una manera excesivamente unilateral, traen consigo el riesgo de producir en las almas un estado de superficialidad y de pasividad anímica, el libro bueno puede completar lo que aquí falta desempeñando en la labor educativa un papel de importancia cada vez mayor. (Pío XII. Radiomensaje al Congreso Interamericano de Educación Católica, 6 de octubre de 1948)

Juan XXIII

Hay que orientar el comportamiento total del joven

La catequesis intelectual será poco eficaz si no va acompañada de una educación que comprenda, junto con la inteligencia, la voluntad y el corazón del adolescente: la religión abarca al hombre entero; es el comportamiento total de su vida lo que hay que orientar en función del mensaje cristiano poniendo en práctica toda una pedagogía de la vida espiritual para que el joven adquiera conciencia de la correspondencia que existe entre las verdades que se le enseña a creer y las aspiraciones interiores que brotan de su personalidad hacia ideales de justicia, de caridad y de rectitud moral. (Juan XXIII. Mensaje al VII Congreso Interamericano de Educación Católica, 10 de enero de 1960)

Benedicto XVI

Sin disciplina no se prepara el joven para afrontar las pruebas del futuro

También el sufrimiento forma parte de la verdad de nuestra vida. Por eso, al tratar de proteger a los más jóvenes de cualquier dificultad y experiencia de dolor, corremos el riesgo de formar, a pesar de nuestras buenas intenciones, personas frágiles y poco generosas, pues la capacidad de amar corresponde a la capacidad de sufrir, y de sufrir juntos. Así, queridos amigos de Roma, llegamos al punto quizá más delicado de la obra educativa: encontrar el equilibrio adecuado entre libertad y disciplina. Sin reglas de comportamiento y de vida, aplicadas día a día también en las cosas pequeñas, no se forma el carácter y no se prepara para afrontar las pruebas que no faltarán en el futuro. Pero la relación educativa es ante todo encuentro de dos libertades, y la educación bien lograda es una formación para el uso correcto de la libertad. A medida que el niño crece, se convierte en adolescente y después en joven; por tanto, debemos aceptar el riesgo de la libertad, estando siempre atentos a ayudarle a corregir ideas y decisiones equivocadas. En cambio, lo que nunca debemos hacer es secundarlo en sus errores, fingir que no los vemos o, peor aún, que los compartimos como si fueran las nuevas fronteras del progreso humano. (Benedicto XVI. Mensaje a la diócesis de Roma sobre la tarea urgente de la educación, 21 de enero de 2008)

Pío XII

Desarrollar el espíritu jerárquico para disipar la atmósfera de excesiva libertad

Desarrollad, en las almas de los niños y de los jóvenes, el espíritu jerárquico, que no niega a cada edad su debido desenvolvimiento, para disipar, en lo posible, esa atmósfera de independencia y de excesiva libertad que en nuestros días respira la juventud y que la llevaría a rechazar toda autoridad y todo freno, procurando suscitar y formar el sentido de la responsabilidad y recordando que la libertad no es el único entre todos los valores humanos, aunque se cuente entre los primeros, sino que tiene sus límites intrínsecos en las normas ineludibles de la honestidad y extrínsecos en los derechos correlativos de los demás, tanto de cada uno en particular cuanto de la sociedad tomada en su conjunto. (Pío XII. Radiomensaje al Congreso Interamericano de Educación Católica, 6 de octubre de 1948)

Pío XI

Desde la infancia, educar el entendimiento y la voluntad con los medios sobrenaturales

“La necedad se esconde en el corazón del niño; la vara de la corrección la hace salir de él” (Prov 22, 15). Es, por tanto, necesario desde la infancia corregir las inclinaciones desordenadas y fomentar las tendencias buenas, y sobre todo hay que iluminar el entendimiento y fortalecer la voluntad con las verdades sobrenaturales y los medios de la gracia, sin los cuales es imposible dominar las propias pasiones y alcanzar la debida perfección educativa de la Iglesia, que fue dotada por Cristo con la doctrina revelada y los sacramentos para que fuese maestra eficaz de todos los hombres.
Por esta razón es falso todo naturalismo pedagógico que de cualquier modo excluya o merme la formación sobrenatural cristiana en la instrucción de la juventud.
[…] Desgraciadamente, si atendemos al significado obvio de los términos y a los hechos objetivamente considerados, hemos de concluir que la finalidad de casi todos estos nuevos doctores no es otra que la de liberar la educación de la juventud de toda relación de dependencia con la ley divina. (Pío XI. Encíclica Divini illius Magistri, n. 44-46, 31 de diciembre de 1929)

Hoy el decálogo es ignorado

En nuestros días se da el caso, bien extraño por cierto, de educadores y filósofos que se afanan por descubrir un código moral universal de educación, como si no existiera ni el decálogo, ni la ley evangélica y ni siquiera la ley natral, esculpida por Dios en el corazón del hombre, promulgada por la recta razón y codificada por el mismo Dios con una revelación positiva en el decálogo. Y por esto también los modernos innovadores de la filosofía suelen calificar despreciativamente de heterónoma, pasiva y anticuada la educación cristiana por fundarse ésta en la autoridad divina y en la ley sagrada.
Pretensión equivocada y lamentable la de estos innovadores, porque, en lugar de liberar, como ellos dicen, al niño, lo hacen en definitiva esclavo de su loco orgullo y de sus desordenadas pasiones, las cuales, por lógica consecuencia de los falsos sistemas pedagógicos, quedan justificadas como legítimas exigencias de una naturaleza que se proclama autónoma. (Pío XI. Encíclica Divini illius Magistri, n. 46-47, 31 de diciembre de 1929)

Los tesoros educativos pertenecen a la Iglesia

Éstos son los frutos benéficos de la educación cristiana, precisamente por la virtuosa vida sobrenatural en Cristo que esta educación desarrolla y forma en el hombre; porque Cristo Nuestro Señor, Maestro Divino, es el autor y el dador de esta vida virtuosa y, al mismo tiempo, con su ejemplo, el modelo universal y accesible a todas las condiciones de la vida humana, particularmente de la juventud, en el período de su vida escondida, laboriosa y obediente, adornada de todas las virtudes individuales, domésticas y sociales, delante de Dios y delante de los hombres. Por consiguiente, todo este conjunto de tesoros educativos de infinito valor que hasta ahora hemos ido recordando parcialmente, pertenece de una manera tan íntima a la Iglesia, que viene como a identificarse con su propia naturaleza, por ser la Iglesia el Cuerpo Místico de Cristo, la Esposa Inmaculada de Cristo y, por lo tanto, Madre fecundísima y educadora soberana y perfecta. (Pío XI. Encíclica Divini illius Magistri, n. 85-86, 31 de diciembre de 1929)

III – ¿Para qué sirven los juegos y la educación física?

Pío XI

Desarrollar las energías naturales con la vida sobrenatural

El verdadero cristiano, lejos de renunciar a la acción terrena o debilitar sus energías naturales, las desarrolla y perfecciona combinándolas con la vida sobrenatural, de tal manera que ennoblece la misma vida natural y le procura un auxilio más eficaz, no sólo de orden espiritual y eterno, sino también de orden material y temporal. (Pío XI. Encíclica Divini illius Magistri, n. 83, 31 de diciembre de 1929)

San Juan Bosco

La educación física es importante para hacer del cuerpo colaborador del espíritu

Jamás perderá su actualidad el conocido programa de la antigüedad greco-romana: Mens sana in corpore sano. Y debe entenderse en un sentido integral: lograr una justa colaboración entre los dos constitutivos del hombre. Hacer del cuerpo un digno colaborador del espíritu para la gloria de Dios y el bien del prójimo. […] Convenientísima y hasta necesaria es la educación física, pero no se la debe convertir en un mero ejercicio mecánico ni en un mero conjunto de movimientos más o menos acompasados, sino que ha de ser una disciplina, un perfeccionamiento en todo sentido, también en el estético. La agilidad y robustez del cuerpo para que sirva mejor al alma y a la vida social. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, 2 ed., Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 406)

Los juegos que apasionan por intereses materiales no son recomendables

El juego está hecho para descansar y aventar malos humores. Por eso no son recomendables los juegos sedentarios, ni los que exigen demasiado cálculo, ni los que apasionan por intereses materiales. […] Debe prohibirse todo juego que incluya peligro de ofender a Dios, causar daño al prójimo y hacerse mal a sí mismo. (San Juan Bosco. Biografía y escritos. 2 ed., Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 406-407)

En los años de la juventud el hombre debe habituarse al trabajo

El hombre, queridos hijos, ha nacido para trabajar. Adán fue colocado en el paraíso terrenal para que lo cultivase. El Apóstol San Pablo dice: “No merece comer quien no quiere trabajar: Si quis non vult operari, nec manducet (cf. 2 Ts 3, 10). Por trabajo se entiende el cumplimiento de los propios deberes, ya de estudio, ya del arte, u oficio. Trabajadores somos todos. Recordad que, mediante el trabajo, podéis haceros beneméritos de la sociedad, de la religión, y hacer el bien a vuestras almas, especialmente si ofrecéis a Dios las ocupaciones de cada día. […] Recordad que vuestra edad es la primavera de la vida. El que no se habitúa al trabajo durante la juventud, por lo regular será un holgazán hasta la vejez, para deshonra de la patria y de sus parientes, y quizá con irreparable daño para su propia alma, porque el ocio trae consigo toda clase de vicio. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, 2 ed., Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 489)

Pío XII

La Iglesia aprueba la cultura física cuando no se encamina al culto del cuerpo

Responded a la exagerada importancia hoy concedida a cuanto es puramente técnico y material con una educación que reconozca siempre el primer lugar a los valores espirituales y morales, a los naturales y, sobre todo, a los sobrenaturales. La Iglesia, sin duda ninguna, aprueba la cultura física, si es ordenada; y será ordenada cuando no se encamine al culto del cuerpo, cuando sea útil para fortalecerlo y no para despilfarrar sus energías, cuando sirva también de recreo al espíritu y no sea causa de debilitación y de rudeza espiritual, cuando procure nuevos estímulos para el estudio y para el trabajo profesional y cuando no conduzca a su abandono, a su descuido o a la perturbación de la paz que debe presidir el santuario del hogar. Oponed a la busca inmoderada del placer y a la indisciplina moral, —que querrían igualmente invadir hasta las filas de los jóvenes católicos, haciéndoles olvidar que llevan consigo una naturaleza caída cargada con la triste herencia de una culpa original—, la educación del dominio de sí mismo, del sacrificio y de la renuncia, empezando con lo más pequeño para pasar luego a lo mayor; la educación de la fidelidad al cumplimiento de los propios deberes, de la sinceridad, serenidad y pureza, especialmente en los años en que el desarrollo va llegando a la madurez. Pero nunca se os olvide que a esta meta no se puede llegar sin la potente ayuda de los Sacramentos de la Confesión y de la Santísima Eucaristía, cuyo sobrenatural valor educativo jamás podrá ser apreciado debidamente. (Pío XII. Radiomensaje al Congreso interamericano de Educación Católica, 6 de octubre de 1948)

San Juan Crisóstomo

La vida del cristiano es de combate y lucha, no de diversión y de placer

Se ha echado encima una gran pelea y nuestra batalla es contra las Potestades invisibles; nuestro combate es contra los espíritus de la maldad, contra los Príncipes del mal. Ojalá que procediendo con diligencia, vigilantes y despiertos, podamos sostenernos y hacer frente al feroz escuadrón. Pero si nos entregamos a la risa, a la danza y a ser perpetuamente perezosos, por nuestra desidia caeremos aun antes de combatir.
Así es que no nos conviene andar perpetuamente riendo y entregarnos a los banquetes.
Eso es propio de quienes danzan en el teatro, de las meretrices, de los que para eso se hacen cortar el pelo, de los parásitos, de los aduladores; pero no de quienes están destinados al cielo, de los que tienen sus nombres escritos entre los ciudadanos de la eterna ciudad, de los que están dotados de armas espirituales. Es propio de aquellos a quienes el diablo ha iniciado en aquello otro. Porque es él, él mismo, quien con artimañas de este jaez se esfuerza por este camino en debilitar a los soldados de Cristo y volver muelles los nervios y las fuerzas del alma. (San Juan Crisóstomo. Homilía VI sobre el Evangelio de San Mateo)

Consumir las energías en lo temporal es traicionar la salvación

¡Qué lo de esta vida es un juego de niños, pero lo futuro no es un juego de niños! Y aun quizá esta vida no es un juego de niños, sino algo peor aún. Porque no termina en risas, sino que trae consigo un grave daño a quienes no quieren ordenar diligentemente sus costumbres. […] ¡Seamos, pues, varones! ¿Hasta cuándo nos arrastraremos por tierra, ensoberbecidos con piedras y maderos? ¿Hasta cuándo andaremos en juegos de niños? Y ¡ojalá solamente jugáramos! Ahora, en cambio, estamos traicionando nuestra salvación. A la manera de los niños que abandonan sus lecciones y gastan todo su tiempo en juegos semejantes, quedan sujetos a muy duros castigos, así nosotros, al consumir en tales cosas todos nuestros anhelos, cuando se nos exigían por medio de las obras las pruebas de nuestro aprendizaje, por no poder darlas sufriremos el más tremendo de los castigos; y no habrá quien nos libre, así sea nuestro padre o hermano u otro cualquiera.
Todas estas cosas presentes desaparecerán; pero el castigo que por ellas nos sobrevenga es eterno y permanecerá para siempre. (San Juan Crisóstomo. Homilía XXIII sobre el Evangelio de San Mateo)

San Alfonso de Ligorio

Todo lo de este mundo acaba

En suma, el tiempo es breve, por lo que es necesario que lo aprovechemos para prepararnos a morir penetrados del pensamiento de que todo lo de este mundo acaba. Por esto dice el Apóstol que los que en tierra lloran, como si no llorasen, porque pasan todas las miserias de la vida, y los que se salvan serán felices por toda la eternidad; y los que gozan, como si no gozasen, porque día vendrá en que habrá que dejarlo todo, y quien se condena será desgraciado por toda la eternidad. (San Alfonso María de Ligorio. Sermones abreviados, Sermón XXXIX, Obras ascéticas, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1954, vol. 2, p. 794)

IV – Lo que Dios espera de la juventud es la santidad

Pablo VI

Que la juventud no deje de expandir la fe

La Iglesia está preocupada […], sobre todo, porque esa sociedad deje expandirse su tesoro antiguo y siempre nuevo: la fe, y por qué vuestras almas se puedan sumergir libremente en sus bienhechoras claridades. Confía en que encontraréis tal fuerza y tal gozo, que no estaréis tentados, como algunos de vuestros mayores, de ceder a la seducción de las filosofías del egoísmo o del placer, o a las de la desesperanza y de la nada, y que, frente al ateísmo, fenómeno de cansancio y de vejez, sabréis afirmar vuestra fe en la vida y en lo que da sentido a la vida: la certeza de la existencia de un Dios justo y bueno. En el nombre de este Dios y de su Hijo, Jesús, os exhortamos a ensanchar vuestros corazones a las dimensiones del mundo […]. Sed generosos, puros, respetuosos, sinceros. Y edificad con entusiasmo un mundo mejor que el de vuestros mayores. (Pablo VI. Mensaje a los jóvenes en la clausura del Concilio Vaticano II, 8 de diciembre de 1965)

Juan Pablo II

Sin Dios, los valores creados quedan vacíos

Cristo responde a su joven interlocutor del Evangelio. Él le dice: “Nadie es bueno sino sólo Dios”. Hemos oído ya lo que el otro preguntaba. “Maestro bueno ¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?” ¿Cómo actuar, a fin de que mi vida tenga sentido, pleno sentido y valor? Nosotros podemos traducir así su pregunta en el lenguaje de nuestro tiempo. En este contexto la respuesta de Cristo quiere decir: sólo Dios es el último fundamento de todos los valores; sólo Él da sentido definitivo a nuestra existencia humana. Sólo Dios es bueno, lo cual significa: en Él y sólo en Él todos los valores tienen su primera fuente y su cumplimiento final; en Él “el alfa y la omega, el principio y el fin” (Ap 21, 6). Solamente en Él hallan su autenticidad y confirmación definitiva. Sin Él —sin la referencia a Dios— todo el mundo de los valores creados queda como suspendido en un vacío absoluto, pierde su transparencia y expresividad. El mal se presenta como bien y el bien es descartado. ¿No nos indica esto mismo la experiencia de nuestro tiempo, donde quiera que Dios ha sido eliminado del horizonte de las valoraciones, de los criterios, de los actos? […] Ruego insistentemente, a fin de que vosotros, jóvenes amigos, escuchéis esta respuesta de Cristo de modo verdaderamente personal, para que encontréis el camino interior que os ayude a comprenderla, para aceptarla y hacerla realidad. […] El hombre sin Dios no puede comprenderse a sí mismo ni puede tampoco realizarse sin Dios. Jesucristo ha venido al mundo ante todo para hacer a cada uno de nosotros conscientes de ello. Sin Él esta dimensión fundamental de la verdad sobre el hombre caería fácilmente en la oscuridad. Sin embargo, “vino la luz al mundo” (Jn 3, 19; cf. 1, 9), “pero las tinieblas no la acogieron” (Jn 1, 5). (Juan Pablo II. Carta apostólica Dilecti amici, n. 4, 31 de marzo1985)

Cristo os llama a comprometeros en favor del bien

Sé que con frecuencia os preguntáis acerca de cómo vivir vuestra vida de manera que valga la pena; cómo comportaros de modo que vuestra existencia esté llena y no caiga en un vacío; cómo hacer algo para mejorar la sociedad en la que vivís, saliendo al paso de los graves males que sufre y que repugnan a vuestra sed de sinceridad, de fraternidad, de justicia, de paz, de solidaridad. […] Cristo os llama a comprometeros en favor del bien, de la destrucción del egoísmo y del pecado en todas sus formas. Quiere que construyáis una sociedad en la que se cultiven los valores morales que Dios desea ver en el corazón y en la vida del hombre. Cristo os invita a ser hijos fieles de Dios, operadores de bien, de justicia, de hermandad, de amor, de honestidad y concordia. Cristo os alienta a llevar siempre en vuestro espíritu y en vuestras acciones la esencia del Evangelio: el amor a Dios y el amor al hombre. (Juan Pablo II. Discurso a los jóvenes, n. 2, 3 de marzo de 1983)

Buscar la santidad en el estudio y en el trabajo

Ahora ya podemos captar cuál es el significado más profundo del estudio y del trabajo al mismo tiempo: la búsqueda de la santidad. La tarea que se abre ante vosotros, que os proponéis dar testimonio cristiano en el trabajo universitario, puede encerrarse en una palabra llena de contenido: santidad. Santidad en el estudio y por medio del estudio. El mundo del trabajo tiene necesidad de vuestra vida santa. […] Y como el pecado que deteriora las obras del hombre y perturba los ambientes de su actividad transformándolos en lugares de lucha y odios, es obstáculo del amor de Dios, resulta evidente que el cristiano estará al servicio del mundo del trabajo solamente si lucha contra el pecado que anida en su alma. (Juan Pablo II. Discurso al Congreso Internacional UNIV 83, n. 3, 29 de marzo de 1983)

San Juan Bosco

Del temor de Dios depende todo nuestro bien

Recordad, queridos jóvenes, que hemos sido creados para conocer, amar y servir a Dios, nuestro Creador, y que de nada nos servirá toda la ciencia del mundo y todas las riquezas del universo sin el temor de Dios. De este santo temor depende todo nuestro bien temporal y eterno. Para mantenernos en el temor de Dios nos sirven la oración, los sacramentos y la palabra de Dios. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, 2 ed., Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 489-490)

Las virtudes son el mejor ornamento de un joven

Recordad, queridos jóvenes, que sois la delicia del Señor. Feliz el que comienza desde pequeño a observar la ley de Dios. Dios merece ser amado, porque nos ha creado, nos ha redimido, nos conserva y nos ha hecho y nos hace innumerables beneficios, y tiene un gran premio reservado a quien guarda su ley. La caridad es la que distingue a los hijos de Dios de los hijos del demonio y del mundo. El que da buenos consejos a sus compañeros hace una grande obra de caridad. Obedeced a vuestros superiores, según el mandato de Dios, y todo saldrá bien. Las virtudes que forman el mejor ornamento de un joven cristiano son la caridad, la pureza, la humildad y la obediencia. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, 2 ed., Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 416)

Desde pequeño, caminar por la senda de la virtud

¡Qué difícil es desarraigar un vicio que haya echado raíces en la juventud! […] Esfuércese cada uno por adquirir hábitos buenos, porque de esta manera le será fácil practicar la virtud. Los hábitos formados en la juventud, generalmente duran toda la vida: si son buenos, nos conducen a la virtud y nos dan seguridad moral de salvación eterna. La Historia enseña que en todo tiempo fue amada la virtud y venerados y honrados los que la practican; el vicio, al contrario, fue siempre reprobado, y fueron despreciados los viciosos. Esto debe servirnos de acicate para huirlo constantemente y practicar la virtud. El que quiera ser grande debe comenzar desde pequeñito a caminar valientemente por la senda de la virtud. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, 2 ed., Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 416)

El cristiano debe procurar conocer la voluntad divina

Hijos míos: Dios, en sus eternos consejos, ha destinado a cada uno de vosotros una condición de vida con sus gracias correspondientes. Como en cualquier otra circunstancia, también en ésta, que es capitalísima, el cristiano debe procurar conocer la voluntad divina, imitando a Jesucristo, que protestaba haber venido a la tierra, únicamente para cumplir la voluntad de su Eterno Padre. Importa, pues, muchísimo, amados míos, que procuréis ver bien claro, para no empeñaros en ocupaciones a que el Señor no os destina. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, 2 ed., Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 422)

Desprendeos de lo terreno para elevaros al cielo

Hijos míos, desprendeos de lo terreno. Imitad a los pajarillos cuando quieren desanidar. Empiezan a salir al borde del nido, sacuden las alitas, intentan levantarse en los aires, hacen prueba de sus fuerzas. Así debéis hacer vosotros: sacudir un poco las alas para elevaros as cielo… Comenzad con cosas pequeñas, con las que son necesarias para la eterna salvación. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, 2 ed., Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 412)

El mundo es muy ingrato

Jóvenes, acostumbraos a decir al demonio: ¡No puedo: tengo un alma sola! Esta es la verdadera lógica cristiana. Por eso, pureza de intención, hacer lo que agrada a Dios, obedecer a Dios. Es esta conveniencia: el mundo es muy ingrato; es imposible tenerlo contento; el mejor consejo que se puede dar es no esperar del mundo la recompensa, sino de Dios solo. (San Juan Bosco. Biografía y escritos. 2 ed. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 410-411)

San Ambrosio de Milán

No hay daño más oculto que las dulzuras del mundo

¿Qué mar menos clemente que el mundo, tan poco seguro, tan versátil, tan profundo, tan agitado por el aliento de espíritus impuros? […] No hay daño más oculto que las dulzuras del mundo: fascinando el alma tiranizan la vida y destruyen en cierto modo los sentidos y la inteligencia en los escollos de los cuerpos. (San Ambrosio de Milán. Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, L. IV, n. 3)

San Juan Crisóstomo

Los negocios humanos son humo que ciega para la eternidad

¿No has notado cómo los ojos corporales derraman lágrimas cuando están entre el humo; y en cambio se tornan más perspicaces y sanos cuando están en un aire transparente y en un prado, junto a las fontanas, en los huertos? Lo mismo sucede con los ojos del alma. Si ésta se pasea y alimenta en el prado de las Sagradas Escrituras, su ojo será limpio, claro, perspicaz; mientras que si se sumerge en las humaredas de los negocios seculares, su ojo se cubrirá de llanto y lágrimas así al presente como en lo futuro. Porque los humanos negocios son como el humo. (San Juan Crisóstomo. Homilía II sobre el Evangelio de San Mateo)

Benedicto XVI

Lo que Dios desea más de cada uno de vosotros es que seáis santos

Espero que, entre quienes me escucháis hoy, esté alguno de los futuros santos del siglo XXI. Lo que Dios desea más de cada uno de vosotros es que seáis santos. Él os ama mucho más de lo jamás podríais imaginar y quiere lo mejor para vosotros. Y, sin duda, lo mejor para vosotros es que crezcáis en santidad. Quizás alguno de vosotros nunca antes pensó esto. Quizás, alguno opina que la santidad no es para él. Dejad que me explique. Cuando somos jóvenes, solemos pensar en personas a las que respetamos, admiramos y como las que nos gustaría ser. Puede que sea alguien que encontramos en nuestra vida diaria y a quien tenemos una gran estima. O puede que sea alguien famoso. Vivimos en una cultura de la fama, y a menudo se alienta a los jóvenes a modelarse según las figuras del mundo del deporte o del entretenimiento. Os pregunto: ¿Cuáles son las cualidades que veis en otros y que más os gustarían para vosotros? ¿Qué tipo de persona os gustaría ser de verdad? Cuando os invito a ser santos, os pido que no os conforméis con ser de segunda fila. Os pido que no persigáis una meta limitada y que ignoréis las demás. Tener dinero posibilita ser generoso y hacer el bien en el mundo, pero, por sí mismo, no es suficiente para haceros felices. Estar altamente cualificado en determinada actividad o profesión es bueno, pero esto no os llenará de satisfacción a menos que aspiremos a algo más grande aún. Llegar a la fama, no nos hace felices. La felicidad es algo que todos quieren, pero una de las mayores tragedias de este mundo es que muchísima gente jamás la encuentra, porque la busca en los lugares equivocados. La clave para esto es muy sencilla: la verdadera felicidad se encuentra en Dios. Necesitamos tener el valor de poner nuestras esperanzas más profundas solamente en Dios, no en el dinero, la carrera, el éxito mundano o en nuestras relaciones personales, sino en Dios. Sólo él puede satisfacer las necesidades más profundas de nuestro corazón. (Benedicto XVI. Saludo a los alumnos en la celebración de la educación católica, 17 de septiembre de 2010)

V – La Iglesia está llamada a evangelizar la cultura

Pablo VI

Las culturas deben ser regeneradas por el encuentro con la Buena Nueva

El Evangelio y, por consiguiente, la evangelización no se identifican ciertamente con la cultura y son independientes con respecto a todas las culturas. Sin embargo, el reino que anuncia el Evangelio es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura, y la construcción del reino no puede por menos de tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas. Independientes con respecto a las culturas, Evangelio y evangelización no son necesariamente incompatibles con ellas, sino capaces de impregnarlas a todas sin someterse a ninguna. La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo, como lo fue también en otras épocas. De ahí que hay que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura, o más exactamente de las culturas. Estas deben ser regeneradas por el encuentro con la Buena Nueva. Pero este encuentro no se llevará a cabo si la Buena Nueva no es proclamada. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 20, 8 de diciembre de 1975)

Concilio Vaticano II

La Iglesia ha empleado los hallazgos de las diversas culturas para difundir el mensaje de Cristo

Múltiples son los vínculos que existen entre el mensaje de salvación y la cultura humana. Dios, en efecto, al revelarse a su pueblo hasta la plena manifestación de sí mismo en el Hijo encarnado, habló según los tipos de cultura propios de cada época.
De igual manera, la Iglesia, al vivir durante el transcurso de la historia en variedad de circunstancias, ha empleado los hallazgos de las diversas culturas para difundir y explicar el mensaje de Cristo en su predicación a todas las gentes, para investigarlo y comprenderlo con mayor profundidad, para expresarlo mejor en la celebración litúrgica y en la vida de la multiforme comunidad de los fieles. […] La buena nueva de Cristo renueva constantemente la vida y la cultura del hombre, caído, combate y elimina los errores y males que provienen de la seducción permanente del pecado. Purifica y eleva incesantemente la moral de los pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda como desde sus entrañas las cualidades espirituales y las tradiciones de cada pueblo y de cada edad, las consolida, perfecciona y restaura en Cristo. Así, la Iglesia, cumpliendo su misión propia, contribuye, por lo mismo, a la cultura humana y la impulsa, y con su actividad, incluida la litúrgica, educa al hombre en la libertad interior. (Concilio Vaticano II. Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 58, 7 de diciembre de 1965)

Contribución a que la familia humana se eleve a los conceptos más altos de la verdad, del bien y de la belleza

Los cristianos, en marcha hacia la ciudad celeste, deben buscar y gustar las cosas de arriba, lo cual en nada disminuye, antes por el contrario, aumenta, la importancia de la misión que les incumbe de trabajar con todos los hombres en la edificación de un mundo más humano. En realidad, el misterio de la fe cristiana ofrece a los cristianos valiosos estímulos y ayudas para cumplir con más intensidad su misión y, sobre todo, para descubrir el sentido pleno de esa actividad que sitúa a la cultura en el puesto eminente que le corresponde en la entera vocación del hombre. […] El hombre, cuando se entrega a las diferentes disciplinas de la filosofía, la historia, las matemáticas y las ciencias naturales y se dedica a las artes, puede contribuir sobremanera a que la familia humana se eleve a los conceptos más altos de la verdad, el bien y la belleza y al juicio del valor universal, y así sea iluminada mejor por la maravillosa Sabiduría, que desde siempre estaba con Dios disponiendo todas las cosas con El, jugando en el orbe de la tierra y encontrando sus delicias en estar entre los hijos de los hombres. (Concilio Vaticano II. Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 57, 7 de diciembre de 1965)

Pío XI

Es derecho inalienable de la Iglesia vigilar la educación de sus hijos

La Iglesia fomenta la literatura, la ciencia y el arte, en cuanto son necesarios o útiles para la educación cristiana y, además, para toda su labor en pro de la salvación de las almas, incluso fundando y manteniendo escuelas e instituciones propias en todas las disciplinas y en todos los grados de la cultura. Ni debe estimarse como ajena a su Magisterio materno la misma educación física, precisamente porque también ésta tiene razón de medio que puede ayudar o dañar a la educación cristiana. […] Además, es derecho inalienable de la Iglesia, y al mismo tiempo deber suyo inexcusable, vigilar la educación completa de sus hijos, los fieles, en cualquier institución, pública o privada, no solamente en lo referente a la enseñanza religiosa allí dada, sino también en lo relativo a cualquier otra disciplina y plan de estudio, por la conexión que éstos pueden tener con la religión y la moral. El ejercicio de este derecho no puede ser calificado como injerencia indebida, sino como valiosa providencia materna de la Iglesia, que inmuniza a sus hijos frente a los graves peligros de todo contagio que pueda dañar a la santidad e integridad de la doctrina y de la moral. Esta vigilancia de la Iglesia, lejos de crear inconveniente alguno, supone la prestación de un eficaz auxilio al orden y al bienestar de las familias y del Estado, manteniendo alejado de la juventud aquel veneno que en esta edad inexperta y tornadiza suele tener más fácil acceso y más rápido arraigo en la vida moral. (Pío XI. Encíclica Divini illius Magistri, n. 16.18-19, 31 de diciembre de 1929)


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