34 – La Iglesia tiene el hábito pecaminoso de mirarse demasiado a sí misma y ser autorreferencial

“De Jesucristo y de la Iglesia, me parece que es todo uno y que no es necesario hacer una dificultad de ello”, dijo Santa Juana de Arca con la impresionante precisión teológica que, incluso no siendo letrada, le daba su gran unión con el Divino Salvador. Jesucristo confió a su Iglesia la misión de iluminar a todos los pueblos, anunciándoles la Buena Noticia de la salvación. Esa misma luz, sin embargo, alegra a unos y molesta a otros, pues “el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras” (Jn 3, 20). Ser lumen Christi en el mundo significa poner de manifiesto la verdad, pero también denunciar el error. ¿Qué pensaríamos, entonces, si alguien acusase a la luz de una especie de narcisismo espiritual por cumplir precisamente aquello que es propio a su condición de luz?

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

 I – Jesucristo y la Iglesia: ¿un solo Cuerpo y una sola luz, o dos partidos?
II- Santa e inmaculada, la Iglesia contempla a Cristo cuando se mira a sí misma III- Al predicar la verdad y condenar el error, la Iglesia cumple su misión
III- Al predicar la verdad y condenar el error, la Iglesia cumple su misión

I – Jesucristo y la Iglesia: ¿un solo Cuerpo y una sola luz, o dos partidos?

 León XIII

La Iglesia manifiesta a Jesucristo en todos sus actos

La Iglesia es con frecuencia llamada en las sagradas letras un cuerpo, y también el cuerpo de Cristo. “Sois el cuerpo de Cristo” (1 Cor 12, 27). Porque la Iglesia es un cuerpo visible a los ojos; porque es el cuerpo de Cristo, es un cuerpo vivo, activo, lleno de savia, sostenido y animado como está por Jesucristo, que lo penetra con su virtud, como, aproximadamente, el tronco de la viña alimenta y hace fértiles a las ramas que le están unidas. En los seres animados, el principio vital es invisible y oculto en lo más profundo del ser, pero se denuncia y manifiesta por el movimiento y la acción de los miembros; así, el principio de vida sobrenatural que anima a la Iglesia se manifiesta a todos los ojos por los actos que produce. De aquí se sigue que están en un pernicioso error los que, haciéndose una Iglesia a medida de sus deseos, […] la miran como una institución humana, provista de una organización, de una disciplina y ritos exteriores, pero sin ninguna comunicación permanente de los dones de la gracia divina, sin nada que demuestre por una manifestación diaria y evidente la vida sobrenatural que recibe de Dios. (León XIII. Carta encíclica Satis cognitum, n. 4, 29 de junio de 1896)

Benedicto XVI

La Iglesia está siempre iluminada por la presencia de Cristo

La Jerusalén celeste es icono de la Iglesia entera, santa y gloriosa, sin mancha ni arruga (cf. Ef 5, 27), iluminada en el centro y en todas partes por la presencia de Dios-Caridad. Es llamada “novia”, “la esposa del Cordero” (Ap 20, 9) […]. La Ciudad-Esposa es patria de la plena comunión de Dios con los hombres; ella no necesita templo alguno ni ninguna fuente externa de luz, porque la presencia de Dios y del Cordero es inmanente y la ilumina desde dentro. (Benedicto XVI. Misa de inauguración de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano, 13 de mayo de 2007)

Juan Pablo II

La luz de Cristo resplandece en el rostro de la Iglesia

La Iglesia no vive para sí misma, sino para Cristo. Intenta ser la “estrella” que sirva como punto de referencia para ayudar a encontrar el camino que conduce a Él. En la teología patrística se hablaba de la Iglesia como “mysterium lunae” para subrayar que ella, como la luna, no brilla con luz propia, sino que refleja a Cristo, su Sol. Me es grato recordar que, justamente con este pensamiento, comienza la Constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II: “¡Cristo es la luz de los pueblos!”, “lumen gentium”! Los Padres conciliares continuaban expresando sus ardientes deseos de “iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo que resplandece sobre el rostro de la Iglesia” (n. 1). (Juan Pablo II. Homilía en la clausura de la Puerta Santa, 6 de enero de 2001)

Pío XII

La Iglesia sólo tiene una luz: la de su divina Cabeza, Cristo

Así como los nervios se difunden desde la cabeza a todos nuestros miembros, dándoles la facultad de sentir y de moverse, así nuestro Salvador derrama en su Iglesia su poder y eficacia, para que con ella los fieles conozcan más claramente y más ávidamente deseen las cosas divinas. De Él se deriva al Cuerpo de la Iglesia toda la luz con que los creyentes son iluminados por Dios, y toda la gracia con que se hacen santos, como Él es santo. Cristo ilumina a toda su Iglesia […]. Él infunde en los fieles la luz de la fe: Él enriquece con los dones sobrenaturales de ciencia, inteligencia y sabiduría a los Pastores y a los Doctores, y principalmente a su Vicario en la tierra, para que conserven fielmente el tesoro de la fe, lo defiendan con valentía, lo expliquen y corroboren piadosa y diligentemente; Él, por fin, aunque invisible, preside e ilumina a los Concilios de la Iglesia. (Pío XII. Carta encíclica Mystici Corporis, 29 de junio de 1943)

La Iglesia es otro Cristo

Tal denominación Cuerpo de Cristo no solamente proviene de que Cristo debe ser considerado Cabeza de su Cuerpo místico, sino también de que de tal modo sustenta a su Iglesia, y en cierta manera vive en ella, que ésta subsiste casi como una segunda persona de Cristo. […] Sin embargo, tan excelso nombre no se ha de entender como si aquel vínculo inefable, por el que el Hijo de Dios asumió una concreta naturaleza humana, se hubiera de extender a la Iglesia universal, sino que significa cómo nuestro Salvador de tal manera comunica a su Iglesia los bienes que le son propios, que la Iglesia, en todos los órdenes de su vida, tanto visible como invisible, reproduce en sí lo más perfectamente posible la imagen de Cristo. (Pío XII. Carta encíclica Mystici Corporis, 29 de junio de 1943)

San Ambrosio

Es Cristo que vive en la Iglesia

La Iglesia no refulge con luz propia, sino con la luz de Cristo. Obtiene su esplendor del Sol de la justicia, para después decir: vivo, pero ya no vivo yo, sino que vive en mí Cristo. (San Ambrosio. Hexaemeron, Lib. IV, c. 8, 33)

Congregación para la Doctrina de la Fe

Cristo y la Iglesia son inseparables

El Señor Jesús, único Salvador, no estableció una simple comunidad de discípulos, sino que constituyó a la Iglesia como misterio salvífico: Él mismo está en la Iglesia y la Iglesia está en Él (cf. Jn 15, 1ss; Ga 3, 28; Ef 4, 15-16; Hch 9, 5); por eso, la plenitud del misterio salvífico de Cristo pertenece también a la Iglesia, inseparablemente unida a su Señor. Jesucristo, en efecto, continúa su presencia y su obra de salvación en la Iglesia y a través de la Iglesia (cf. Col 1,24-27), (cf. Lumen gentium, n. 14) que es su cuerpo (cf. 1 Co 12, 12-13.27; Col 1,18) (Lumen gentium, n. 7) Y así como la cabeza y los miembros de un cuerpo vivo aunque no se identifiquen son inseparables, Cristo y la Iglesia no se pueden confundir pero tampoco separar, y constituyen un único “Cristo total”. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 16, 6 de agosto de 2000)

II- Santa e inmaculada, la Iglesia contempla a Cristo cuando se mira a sí misma

Sagradas Escrituras

Cristo se entregó a sí mismo por su Iglesia para consagrarla

Cristo amó a su Iglesia: Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. (Ef 5, 25-27)

Gregorio XVI

La Iglesia no está sujeta a defectos, pues es guiada por el Espíritu Santo

En efecto, constando, según el testimonio de los Padres de Trento, que la Iglesia recibió su doctrina de Cristo Jesús y de sus Apóstoles, que es enseñada por el Espíritu Santo, que sin cesar la sugiere toda verdad, es completamente absurdo e injurioso en alto grado el decir que sea necesaria cierta restauración y regeneración para volverla a su incolumidad primitiva, dándola nueva vigor, como si pudiera ni pensarse siquiera que la Iglesia está sujeta a defecto, a ignorancia o a cualesquier otras imperfecciones. Con cuyo intento pretenden los innovadores echar los fundamentos de una institución humana moderna, para así lograr aquello que tanto horrorizaba a San Cipriano, esto es, que la Iglesia, que es cosa divina, se haga cosa humana. (Gregorio XVI. Encíclica Mirari vos, 15 de agosto de 1832)

Pío XII

La Iglesia es indefectible en su misión de enseñar y gobernar

Y con su muerte nuestro Salvador fue hecho, en el pleno e íntegro sentido de la palabra, Cabeza de la Iglesia, de la misma manera, por su sangre la Iglesia ha sido enriquecida con aquella abundantísima comunicación del Espíritu, por la cual, desde que el Hijo del Hombre fue elevado y glorificado en su patíbulo de dolor, es divinamente ilustrada. […] Así en la hora de su preciosa muerte quiso enriquecer a su Iglesia con los abundantes dones del Paráclito, para que fuese un medio apto e indefectible del Verbo Encarnado en la distribución de los frutos de la Redención. Puesto que la llamada misión jurídica de la Iglesia y la potestad de ensenar, gobernar y administrar los sacramentos deben el vigor y fuerza sobrenatural, que para la edificación del Cuerpo de Cristo poseen, al hecho de que Jesucristo pendiente de la Cruz abrió a la Iglesia la fuente de sus dones divinos, con los cuales pudiera ensenar a los hombres una doctrina infalible y los pudiese gobernar por medio de Pastores ilustrados por virtud divina y rociarlos con la lluvia de las gracias celestiales. (Pío XII. Carta encíclica Mystici Corporis, 29 de junio de 1943)

Juan Pablo II

La santidad, identidad y belleza de la Iglesia

La santidad constituye la identidad profunda de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, vivificado y partícipe de su Espíritu. La santidad da la salud espiritual al Cuerpo. La santidad determina también su belleza espiritual; la belleza que supera toda belleza de la naturaleza y del arte; una belleza sobrenatural, en la que se refleja la belleza de Dios mismo de un modo más esencial y directo que en toda la belleza de la creación, precisamente porque se trata del Corpus Christi. (San Juan Pablo II. Audiencia general, 28 de noviembre de 1990)

Los que quieren una Iglesia que no piense en sí misma la menosprecian

Se dan además determinadas concepciones […], las cuales dan relieve a la imagen de una Iglesia que no piensa en sí misma, sino que se dedica a testimoniar y servir al Reino. Es una “Iglesia para los demás”, —se dice— como “Cristo es el hombre para los demás”. Se describe el cometido de la Iglesia, como si debiera proceder en una doble dirección; por un lado, promoviendo los llamados “valores del Reino”, cuales son la paz, la justicia, la libertad, la fraternidad; por otro, favoreciendo el diálogo entre los pueblos, las culturas, las religiones, para que, enriqueciéndose mutuamente, ayuden al mundo a renovarse y a caminar cada vez más hacia el Reino. […] El Reino, tal como lo entienden, termina por marginar o menospreciar a la Iglesia, como reacción a un supuesto “eclesiocentrismo” del pasado […]. No hay que tener miedo a caer en una forma de “eclesiocentrismo”. Pablo VI, que afirmó la existencia de “un vínculo profundo entre Cristo, la Iglesia y la evangelización”, dijo también que la Iglesia “no es fin para sí misma, sino fervientemente solícita de ser toda de Cristo, en Cristo y para Cristo, y toda igualmente de los hombres, entre los hombres y para los hombres”. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 17; 19, 7 de diciembre de 1990)

Pablo VI

Al contemplarse a sí misma, la Iglesia se hace más de Cristo

La Iglesia quiere finalmente contemplarse a sí misma o antes buscarse a sí misma en la mente de Jesucristo, su Divino Fundador. Esto seguramente significa rendir homenaje a la sabiduría y a la caridad de su Fundador pues mientras le profesa fe y fidelidad con continua observancia se hace más idónea para desarrollar la misión de salvación para la cual fue instituida. Nadie puede pensar que al proceder de ese modo la Iglesia por un lado se encierra en sí misma para complacerse y olvidarse, sea de Cristo de quien todo lo recibe, a quien todo lo debe, o del género humano, a quien debe servir. La Iglesia se encuentra entre Cristo y la comunidad humana, no envuelta sobre sí misma, como un velo cerrado que intercepta la visión, no ordenada hacia sí misma, sino, al contrario, constantemente empeñada en ser toda de Cristo, en Cristo, por Cristo, en ser toda de los hombres, para los hombres, verdaderamente humilde y excelente entre el Divino Salvador y la humanidad, instituida para tutela y difusión de la verdad y la gracia de la vida sobrenatural. (Beato Pablo VI. Discurso en la inauguración de la tercera sesión del Concilio Vaticano II, 14 de septiembre de 1964)

III- Al predicar la verdad y condenar el error, la Iglesia cumple su misión

 Concilio Vaticano II

Por voluntad de Cristo la Iglesia es la maestra de la verdad

Los fieles, en la formación de su conciencia, deben prestar diligente atención a la doctrina sagrada y cierta de la Iglesia. Pues por voluntad de Cristo la Iglesia católica es la maestra de la verdad, y su misión consiste en anunciar y enseñar auténticamente la verdad, que es Cristo, y al mismo tiempo declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana. […] El discípulo tiene la obligación grave para con Cristo Maestro de conocer cada día mejor la verdad que de El ha recibido, de anunciarla fielmente y de defenderla con valentía. (Concilio Vaticano II. Declaración Dignitatis humanae, n. 14, 7 de diciembre de 1965)

Los Obispos deben apartar de su grey los errores

Los Obispos son los pregoneros de la fe que ganan nuevos discípulos para Cristo y son los maestros auténticos, o sea los que están dotados de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe que ha de ser creída y ha de ser aplicada a la vida, y la ilustran bajo la luz del Espíritu Santo, extrayendo del tesoro de la Revelación cosas nuevas y viejas (cf. Mt 13, 52), la hacen fructificar y con vigilancia apartan de su grey los errores que la amenazan (cf. 2 Tm 4,1-4). (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen gentium, n. 25, 21 de noviembre de 1964)

Congregación para la Doctrina de la Fe

El Pueblo de Dios necesita ser esclarecido sobre la verdadera doctrina

A estos Pastores, sucesores de Pedro y de los demás apóstoles, pertenece por institución divina enseñar a los fieles auténticamente, es decir, con la autoridad de Cristo, participada por ellos de diversos modos […] El Pueblo de Dios, para que no sufra menoscabo en la comunión de la única fe, dentro del único cuerpo de su Señor (cf. Ef 4, 4s), necesita especialmente de la intervención y de la ayuda del Magisterio cuando en su propio seno surgen y se difunden divisiones sobre la doctrina que hay que creer o mantener. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Mysterium Ecclesiae, n. 2, 24 de junio de 1973)

Concilio Vaticano I

Cohibir el error evita el cisma

Esta Sede de San Pedro permanece siempre intacta de todo error, según la promesa de nuestro divino Salvador hecha al príncipe de sus discípulos: “Yo he rogado por ti, a fin de que no desfallezca tu fe y tú, una vez convertido confirma a tus hermanos” (Lc 22, 32). Así, pues, este carisma de la verdad y de la fe nunca deficiente, fue divinamente conferido a Pedro y a sus sucesores en esta cátedra, para que desempeñaran su excelso cargo para la salvación de todos; para que toda la grey de Cristo, apartada por ellos del pasto venenoso del error, se alimentare con él de la doctrina celeste; para que, quitada la ocasión del cisma, la Iglesia entera se conserve una, y, apoyada en su fundamento, se mantenga firme contra las puertas del infierno. (Denzinger-Hünermann 3070-3071. Concilio Vaticano I. Pastor Aeternus, cap. 4, 18 de julio de 1870)

Pío XI

Para la unidad de la caridad es indispensable la unidad de fe

Donde con falaz apariencia de bien se engañan mas fácilmente algunos, es cuando se trata de fomentar la unión de todos los cristianos. ¿Acaso no es justo —suele repetirse— y no es hasta conforme con el deber, que cuantos invocan el nombre de Cristo se abstengan de mutuas recriminaciones y se unan por fin un día con vínculos de mutua caridad? […] Estos y otros argumentos parecidos divulgan y difunden los llamados “pancristianos”; los cuales, lejos de ser pocos en numero, han llegado a formar legiones y a agruparse en asociaciones ampliamente extendidas, bajo la dirección, las más de ellas, de hombres católicos […]. Podrá parecer que dichos “pancristianos”, tan atentos a unir las iglesias, persiguen el fin nobilísimo de fomentar la caridad entre todos los cristianos, Pero, ¿como es posible que la caridad redunde en daño de la fe? Nadie, ciertamente, ignora que San Juan, el Apóstol mismo de la caridad, el cual en su Evangelio parece descubrirnos los secretos del Corazón Santísimo de Jesús, y que solía inculcar continuamente a sus discípulos el nuevo precepto Amaos unos a los otros, prohibió absolutamente todo trato y comunicación con aquellos que no profesasen, íntegra y pura, la doctrina de Jesucristo: Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa, y ni siquiera le saludéis. Siendo, pues, la fe íntegra y sincera, como fundamento y raíz de la caridad, necesario es que los discípulos de Cristo estén unidos principalmente con el vínculo de la unidad de fe. (Pío XI. Carta encíclica Mortalium animos, n. 4-5; 13, 6 de enero de 1928)

La unidad sólo es posible en el seno de la Iglesia

La unión de los cristianos no se puede fomentar de otro modo que procurando el retorno de los disidentes a la única y verdadera Iglesia de Cristo, de la cual un día desdichadamente se alejaron; a aquella única y verdadera Iglesia que todos ciertamente conocen y que por la voluntad de su Fundador debe permanecer siempre tal cual Él mismo la fundó para la salvación de todos. […] Ahora bien, en esta única Iglesia de Cristo nadie vive y nadie persevera, que no reconozca y acepte con obediencia la suprema autoridad de Pedro y de sus legítimos sucesores. ¿No fue acaso al Obispo de Roma a quien obedecieron, como a sumo Pastor de las almas, los ascendientes de aquellos que hoy yacen anegados en los errores de Focio, y de otros novadores? Alejáronse ¡ay! los hijos de la casa paterna, que no por eso se arruinó ni pereció, sostenida como está perpetuamente por el auxilio de Dios. […] Vuelvan, pues, a la Sede Apostólica, asentada en esta ciudad de Roma, que consagraron con su sangre los Príncipes de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, a la Sede raíz y matriz de la Iglesia Católica (S. Cipr. Carta 38 a Cornelio 3) vuelvan los hijos disidentes, no ya con el deseo y la esperanza de que la Iglesia de Dios vivo, la columna y el sostén de la verdad (1Tm 3,15) abdique de la integridad de su fe, y consienta los errores de ellos, sino para someterse al magisterio y al gobierno de ella. (Pío XI. Carta encíclica Mortalium animos, n. 16-18, 6 de enero de 1928)

León XIII

Para conservar la unidad de la fe es necesario lanzar fuera los rebeldes

Cuidadosa de su deber, la Iglesia nada ha deseado con tanto ardor ni procurado con tanto esfuerzo cómo conservar del modo más perfecto la integridad de la fe. Por esto ha mirado como a rebeldes declarados y ha lanzado de su seno a todos los que no piensan como ella sobre cualquier punto de su doctrina. […] Tal ha sido constantemente la costumbre de la Iglesia, apoyada por el juicio unánime de los Santos Padres, que siempre han mirado como excluido de la comunión católica y fuera de la Iglesia a cualquiera que se separe en lo más mínimo de la doctrina enseñada por el magisterio auténtico. […] Este medio, instituido por Dios para conservar la unidad de la fe, de que Nos hablamos, está expuesto con insistencia por San Pablo en su epístola a los de Éfeso, al exhortarles, en primer término, a conservar la armonía de los corazones. “Aplicaos a conservar la unidad del espíritu por el vínculo de la paz”; y como los corazones no pueden estar plenamente unidos por la caridad si los espíritus no están conformes en la fe, quiere que no haya entre todos ellos más que una misma fe. “Un solo Señor y una sola fe”. (León XIII. Carta encíclica Satis cognitum, n. 17-18, 38 de junio de 1896)

Las divisiones surgen de la desobediencia al Pontífice

De aquí también esta sentencia del mismo San Cipriano, según la que la herejía y el cisma se producen y nacen del hecho de negar al poder supremo la obediencia que le es debida: “La única fuente de donde han surgido las herejías y de donde han nacido los cismas es que no se obedece al Pontífice de Dios ni se quiere reconocer en la Iglesia un solo Pontífice y un solo juez, que ocupa el lugar de Cristo”. (León XIII. Carta encíclica Satis cognitum, n. 4, 38 de junio de 1896)

Pío IX

Es preciso anatematizar a los que diseminan falsas doctrinas

Creemos de nuestro deber y oficio cortar y arrancar de raíz las yerbas nocivas que viéremos crecer, a fin de que no se arraiguen y propaguen en daño del campo del Señor. Y por cierto, que ya desde el origen de la Iglesia naciente, conviniendo que la fe de los elegidos fuera probada como el oro en el fuego, el Apóstol, vaso de elección, quiso advertir a los fieles, que si alguno se levantare de los que alteran y trastornan el Evangelio de Cristo, diseminando falsas doctrinas y haciendo traición al depósito de la fe, aunque fuera un ángel el que evangelizara otra cosa que lo evangelizado, era preciso anatematizarlo. (Pío IX. Carta apostólica Ad Apostolicae Sedis, 22 de agosto de 1851)

Santo Tomás de Aquino

La excomunión es conveniente a quien se separa de la Iglesia por el cisma

Cada cual debe ser castigado por lo que peca, como dice la Escritura (Ps 2, 17). Ahora bien, según hemos visto (a. 1), el cismático peca en dos cosas. La primera, por separarse de los miembros de la Iglesia. Bajo este aspecto es conveniente que la excomunión sea la pena del cismático. La segunda cosa en que peca es por resistirse a someterse a la cabeza de la Iglesia. Por eso, dado que se resiste a dejarse corregir por la potestad espiritual, es justo que lo sea por el poder temporal. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 37, a. 4)


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