148 – La Iglesia no deja de valorar los elementos constructivos en aquellas situaciones que todavía no corresponden o ya no corresponden a su enseñanza sobre el matrimonio

Quien lee La ciudad de Dios de San Agustín se pregunta si el santo no estaba describiendo los días actuales. No en lo que se refiere a la ciudad de Dios –tan lejos de lo que nuestros ojos contemplan–, sino más bien a la ciudad del maligno.

Las leyes y comportamientos referentes al matrimonio y a la familia existentes hoy en día son una deformación, aberración y ultraje a lo que Dios ha establecido; la institución familiar tristemente destrozada y pisoteada por los enemigos de la Santa Iglesia; pobre de aquel que con valentía y verdadero heroísmo defiende y de testimonio de los valores familiares según Jesucristo. A éste le espera una completa indiferencia, para impedir que continúe testimoniando con su vida la indisolubilidad matrimonial. Todos nosotros sabemos que estas afirmaciones no son una exageración. La presión para “adaptarse” a los tiempos es la más cruel de las batallas que el cristiano contemporáneo tiene de enfrentar.

Antes, los pocos que resistían a esta lucha encontraban fuerzas y apoyo en la doctrina católica. Cuando sentían que estaban a punto de sucumbir acudían a un sacerdote para que este les recordase sus obligaciones y el amor que Dios tiene a quien se mantiene fiel en medio de la tormenta.

Y hoy ¿qué apoyo pueden encontrar la muchacha pura, el joven honesto, el padre o madre de familia que son asaltados por ataques constantes? Ni siquiera en el novedoso magisterio de aquel que se sienta en el trono de Pedro encuentran la doctrina clara que les enseña a seguir las leyes de Dios. En lugar de una sustentación, se topan con justificaciones para formar “familias análogas” que, por aunque sean contra las enseñanzas de la Iglesia, son tantas veces más bien vistas y comprendidas que la familia cristiana.

Sí, esta es la triste situación en la cual Francisco, que ama tanto a los marginados, ha dejado las familias bien constituidas, olvidándose que la mayor marginación hoy en día la sufren los que quieren ser fieles a la Ley de Dios. A ésos, Francisco no los apoya.

Pero la verdad es una e inmutable, y todas las uniones fuera del matrimonio siguen siendo una ofensa al creador e inaceptables delante de la Iglesia. El Magisterio infalible así lo afirma con claridad única. Seamos amantes de lo preciso y verdadero y dejemos lo confuso y la mentira para los hijos de las tinieblas.

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

I – ¿Qué tipos de unión realizan de modo parcial y análogo el ideal familiar católico? ¿Pueden ser considerados de alguna forma legítimos?
II –
Las situaciones de unión familiar que no corresponden a la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio sólo pueden ser valoradas en el caso de que sean aptas a la plena regularidad. En sí mismas, siguen siendo irregulares y adúlteras
III En un mundo que no reconoce las leyes de Dios y de la Iglesia, valorar las situaciones irregulares es lo mismo que incentivar a que existan

I – ¿Qué tipos de unión realizan de modo parcial y análogo el ideal familiar católico? ¿Pueden ser considerados de alguna forma legítimos?

Juan XXIII

La vida humana debe propagarse de acuerdo con las leyes sacrosantas y inmutables de Dios

En esta materia hacemos una grave declaración: la vida humana se comunica y propaga por medio de la familia, la cual se funda en el matrimonio uno e indisoluble, que para los cristianos ha sido elevado a la dignidad de sacramento. Y como la vida humana se propaga a otros hombres de una manera consciente y responsable, se sigue de aquí que esta propagación debe verificarse de acuerdo con las leyes sacrosantas, inmutables e inviolables de Dios, las cuales han de ser conocidas y respetadas por todos. (Juan XXIII. Encíclica Mater et magistra, n. 193, 15 de mayo de 1961)

Juan Pablo II

Concubinato no es familia, sólo el matrimonio indisoluble forma una comunidad familiar

Por ello, es necesario hacer bien presente que no puede existir amor pleno en aquellas uniones que, como el concubinato, son contrarias a la ley de Dios. Pienso particularmente en los hijos nacidos fuera del matrimonio, con la secuela de sufrimientos, irresponsabilidad y marginación que ello conlleva. Como habéis puesto de manifiesto repetidas veces, sólo el matrimonio indisoluble, asumido plenamente en fidelidad y siempre abierto a la vida, puede ser la base firme y duradera de una comunidad familiar que cumpla su vocación como centro de manifestación y difusión del verdadero amor. (Juan Pablo II. Discurso a los obispos de El Salvador en la visita ad liminia, 10 de enero de 1994)

La familia no puede ser presentada inadecuadamente

Por otra parte, con demasiada frecuencia los medios de comunicación presentan a la familia y la vida familiar de modo inadecuado. La infidelidad, la actividad sexual fuera del matrimonio y la ausencia de una visión moral y espiritual del pacto matrimonial se presentan de modo acrítico, y a veces, al mismo tiempo, apoyan el divorcio, la anticoncepción, el aborto y la homosexualidad. Esas presentaciones, al promover causas contrarias al matrimonio y a la familia, perjudican al bien común de la sociedad. (Juan Pablo II. Discurso a la Asamblea Plenaria de la Pontificia Comisión para las Comunicaciones Sociales, 23 de mayo de 2004)

Los preceptos negativos expresan las exigencias del Evangelio

Los mandamientos, recordados por Jesús a su joven interlocutor [el joven rico], están destinados a tutelar el bien de la persona humana, imagen de Dios, a través de la tutela de sus bienes particulares. El “no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio”, son normas morales formuladas en términos de prohibición. Los preceptos negativos expresan con singular fuerza la exigencia indeclinable de proteger la vida humana, la comunión de las personas en el matrimonio, la propiedad privada, la veracidad y la buena fama. Los mandamientos constituyen, pues, la condición básica para el amor al prójimo y al mismo tiempo son su verificación. Constituyen la primera etapa necesaria en el camino hacia la libertad, su inicio. (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis splendor, n. 13, 6 de agosto de 1993)

No hay diferentes formas del precepto divino para los diversos hombres y situaciones

Ellos, [los esposos] sin embargo, no pueden mirar la ley como un mero ideal que se puede alcanzar en el futuro, sino que deben considerarla como un mandato de Cristo Señor a superar con valentía las dificultades. “Por ello la llamada ‘ley de gradualidad’ o camino gradual no puede identificarse con la ‘gradualidad de la ley’, como si hubiera varios grados o formas de precepto en la ley divina para los diversos hombres y situaciones. Todos los esposos, según el plan de Dios, están llamados a la santidad en el matrimonio, y esta excelsa vocación se realiza en la medida en que la persona humana se encuentra en condiciones de responder al mandamiento divino con ánimo sereno, confiando en la gracia divina y n la propia voluntad”. (Juan Pablo II, Homilía para la clausura del VI Sínodo de los Obispos, 8,25 de octubre de 1980) (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 34, 22 de noviembre de 1981)

León XIII

Los amores disolutos y libres siempre fueron condenados por la Iglesia

Cristo, por consiguiente, habiendo renovado el matrimonio con tal y tan grande excelencia, confió y encomendó toda la disciplina del mismo a la Iglesia. La cual ejerció en todo tiempo y lugar su potestad sobre los matrimonios de los cristianos, y la ejerció de tal manera que dicha potestad apareciera como propia suya, y no obtenida por concesión de los hombres, sino recibida de Dios por voluntad de su fundador. Es de sobra conocido por todos, para que se haga necesario demostrarlo, cuántos y qué vigilantes cuidados haya puesto para conservar la santidad del matrimonio a fin de que éste se mantuviera incólume. Sabemos, en efecto, con toda certeza, que los amores disolutos y libres fueron condenados por sentencia del Concilio de Jerusalén. (León XIII. Encíclica Arcanum divinae sapientiae, n. 9, 10 de febrero de 1880)

Cualquier unión fuera del sacramento carece de toda fuerza y razón de legítimo matrimonio

Tomaos el mayor cuidado de que los pueblos abunden en los preceptos de la sabiduría cristiana y no olviden jamás que el matrimonio no fue instituido por voluntad de los hombres, sino en el principio por autoridad y disposición de Dios, y precisamente bajo esta ley, de que sea de uno con una; y que Cristo, autor de la Nueva Alianza, lo elevó de menester de naturaleza a sacramento y que, por lo que atañe al vínculo, atribuyó la potestad legislativa y judicial a su Iglesia. Acerca de esto habrá que tener mucho cuidado de que las mentes no se vean arrastradas por las falaces conclusiones de los adversarios, según los cuales esta potestad le ha sido quitada a la Iglesia. Todos deben igualmente saber que, si se llevara a cabo entre fieles una unión de hombre con mujer fuera del sacramento, tal unión carece de toda fuerza y razón de legítimo matrimonio. (León XIII. Encíclica Arcanum divinae sapientiae, n. 24-25, 10 de febrero de 1880).

Los de costumbres corrompidas se empeñan en desnudar el matrimonio de toda santidad

Y la causa de esto es, que imbuidos en las opiniones de la falsa filosofía y en las costumbres corrompidas de algunos, nada llevan tan a mal como sujetarse y obedecer; y trabajan con todas sus fuerzas para que no solamente los individuos, sino también las familias y la sociedad entera, desprecien soberbiamente el imperio de Dios. Conocen perfectamente que la fuente y origen de la familia y de la sociedad, es el matrimonio, y por esto mismo no pueden sufrir que esté sujeto a la jurisdicción de la Iglesia; por el contrario, se empeñan en desnudarlo de toda santidad y colocarlo en el número de aquellas cosas que fueron instituidas por los hombres y son administradas y regidas por el derecho civil de los pueblos. (León XIII. Encíclica Arcanum divinae sapientiae, n. 10, 10 de febrero de 1880).

Pío IX

Cualquier unión fuera del matrimonio sacramental es concubinato

Pero ningún católico ignora o puede ignorar que el matrimonio es verdadera y propiamente uno de los siete sacramentos de la ley evangélica, instituido por Cristo Señor, y que, por tanto, no puede darse el matrimonio entre los fieles sin que sea al mismo tiempo sacramento, y, consiguientemente, cualquier otra unión de hombre y mujer entre cristianos, fuera del sacramento, sea cualquiera la ley, aun la civil, en cuya virtud esté hecha, no es otra cosa que torpe y pernicioso concubinato tan encarecidamente condenado por la Iglesia; y, por tanto, el sacramento no puede nunca separarse del contrato conyugal […]. (Denzinger-Hünermann 2998. Pío IX, Alocución Acerbissimum vobiscum, 27 de septiembre de 1852)

Pío XII

Nunca es permitido ceder al apetito carnal fuera del matrimonio

En efecto, la unión conyugal, por su naturaleza misma, contiene el destino, aptitud y suficiencia para el mencionado fin, porque los que contraen matrimonio o viven en matrimonio se hallan ligados y vinculados entre sí por un derecho mutuo, exclusivo y perpetuo, a realizar actos que sean aptos —de por sí— para la generación del hijo. Supuesto este derecho, y dado también que —por una parte— el apetito sexual se siente impulsado ardientemente a ejercer la potencia generadora, y que —por otra parte— no está permitido a los hombres ceder a este apetito fuera del matrimonio, es evidente que en el matrimonio se ha provisto de manera suficiente y eficaz a la obtención del fin de la procreación y educación del hijo. (Pío XII. Instrucción a la Rota Romana, 22 de enero de 1944)

Concilio de Trento (XIX Ecuménico)

Sea anatema quien niegue que una nueva convivencia después de la separación de cónyuge no sea adulterio

Si alguno dijere que la Iglesia yerra cuando enseñó́ y enseña que, conforme a la doctrina del Evangelio y los Apóstoles (Mc 10; 1 Cor 7), no se puede desatar y que ninguno de los dos, ni siquiera el inocente, que no dio causa para el adulterio, puede contraer nuevo matrimonio mientras viva el otro cónyuge, y que adultera lo después de repudiar al adúltero se casa con otro, sea anatema. (Denzinger-Hünermann 1807. Concilio de Trento, Sesión XXIV, Doctrina sobre el sacramento del matrimonio, 11 de noviembre 1563)

Catecismo Romano

Para ser familia, la prole debe nascer de la mujer propia y legítima

También se enseñará a los fieles que son tres los bienes del matrimonio: la prole, la fe y el sacramento, con cuya compensación se suavizan las molestias que indica el Apóstol por estas palabras: Estos tales (los casados) sufrirán las aflicciones de la carne, y se consigue que revista honestidad el comercio carnal, que es justamente reprobable fuera del matrimonio. Es, en efecto, el primer bien la prole, esto es, los hijos que se tienen de la mujer propia y legítima. Y en tanto grado estimó este bien el Apóstol, que llegó a decir: “Se salvará la mujer por medio de la crianza de sus hijos”. (Catecismo Romano. II, VIII, El sacramento del matrimonio)

Catecismo de la Iglesia Católica

Es erróneo juzgar la moralidad de los actos humanos considerando sólo la intención que los inspira

Es, por tanto, erróneo juzgar de la moralidad de los actos humanos considerando sólo la intención que los inspira o las circunstancias [ambiente, presión social, coacción o necesidad de obrar, etc.] que son su marco. Hay actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto; por ejemplo, la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el adulterio. No está permitido hacer el mal para obtener un bien. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1756)

La fornicación es un escándalo grave

La fornicación es la unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio. Es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de los esposos así como a la generación y educación de los hijos. Además, es un escándalo grave cuando hay de por medio corrupción de menores. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2353)

Juan Pablo II

Fuera del matrimonio las uniones carnales son inmorales

Describiendo la unión sexual entre marido y mujer como una expresión especial de su alianza de amor, habéis dicho justamente: “La relación sexual es un bien humano y moral solamente en el ámbito del matrimonio; fuera del matrimonio es inmoral”.

Como hombres que tienen “palabras de veracidad en el poder de Dios” (2 Cor 6, 7), como auténticos maestros de la ley de Dios y Pastores compasivos, habéis dicho también justamente: “El comportamiento homosexual…, en cuanto diverso de la tendencia homosexual, es moralmente deshonesto”. Con la claridad de esta verdad habéis ejemplificado la efectiva caridad de Cristo; no habéis traicionado a aquellos a quienes por razones de homosexualidad se hallan frente a difíciles problemas morales, como hubiera sucedido si, en nombre de la comprensión o por otros motivos, hubierais suscitado una falsa esperanza entre algún hermano o hermana. Más bien, con vuestro testimonio en favor de la verdad de la humanidad según el plan de Dios, habéis manifestado realmente amor fraterno, alentando la verdadera dignidad, la verdadera dignidad humana de aquéllos que miran a la Iglesia de Cristo por la norma que viene de la Palabra de Dios. (Juan Pablo II. Discurso a los obispos estadounidenses, 5 de octubre de 1979)

II – Las situaciones de unión familiar que no corresponden a la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio sólo pueden ser valoradas en el caso de que sean aptas a la plena regularidad. En sí mismas, siguen siendo irregulares y adúlteras

Pontificio Consejo para la Familia

En casos de una segunda unión se necesita verificar si el matrimonio religioso precedente puede haber sido nulo

Mientras permanezcan en una situación objetivamente en contraria con el Evangelio, no están en plena comunión con la Iglesia y por ello no pueden ser admitidos a recibir la Eucaristía, sacramento de la comunión no sólo espiritual, sino también visible. […] Para encaminar con ellos buenas relaciones puede ser oportuno algún encuentro específico. Se necesita también verificar si existen posibilidades eventuales para regularizar su convivencia, por ejemplo en el caso de que su matrimonio religioso precedente haya sido nulo. (Pontificio Consejo para la Familia. Conferencia Regina Apostolorum, El obispo y la pastoral familiar, 16 de septiembre de 2009)

Juan Pablo II

Los católicos unidos sólo por un contrato civil deben ser incentivados a regularizar su situación

Es cada vez más frecuente el caso de católicos que, por motivos ideológicos y prácticos, prefieren contraer sólo matrimonio civil, rechazando o, por lo menos, difiriendo el religioso. Su situación no puede equipararse sin más a la de los que conviven sin vínculo alguno, ya que hay en ellos al menos un cierto compromiso a un estado de vida concreto y quizá estable, aunque a veces no es extraña a esta situación la perspectiva de un eventual divorcio. Buscando el reconocimiento público del vínculo por parte del Estado, tales parejas demuestran una disposición a asumir, junto con las ventajas, también las obligaciones. A pesar de todo, tampoco esta situación es aceptable para la Iglesia. La acción pastoral tratará de hacer comprender la necesidad de coherencia entre la elección de vida y la fe que se profesa, e intentará hacer lo posible para convencer a estas personas a regular su propia situación a la luz de los principios cristianos. Aun tratándoles con gran caridad e interesándoles en la vida de las respectivas comunidades, los pastores de la Iglesia no podrán admitirles al uso de los sacramentos. (Juan Pablo II. Encíclica Familiaris consortio, n. 82, 22 de noviembre de 1981)

Pontificio Consejo para los Textos Legislativos

La acción pastoral ha de instruir a católicos unidos por un contrato civil a regularizar su situación con un matrimonio religioso

Se trata de católicos que, por motivos ideológicos y (o) prácticos, contraen solo matrimonio civil, excluyendo o por lo menos difiriendo –por causas diversas: incluso por escasez de clero e ignorancia de la forma extraordinaria del sacramento– el matrimonio religioso. En cualquier caso la acción pastoral ha de dirigirse a convencer y ayudar a esas personas a regular su situación de modo que esta se acomode a su fe y a la moral cristiana. La Exhortación Familiaris consortio recuerda que: “Aun tratándoles con gran caridad e interesándoles en la vida de las respectivas comunidades, los pastores de la Iglesia no podrán admitirles a los sacramentos (Familiaris consortio, n. 82). Obviamente tampoco se excluye en este caso —porque no se trata de fieles que hayan incurrido en pena de excomunión o entredicho— la posibilidad, si se comprometen a vivir continentes en espera de contraer matrimonio canónico, de admitirles privadamente a la sagrada Comunión, si rite dispositi y remoto scandalo. (Pontificio Consejo para los Textos Legislativos. La Eucaristía en el Ordenamiento Jurídico de la Iglesia, 12 de noviembre de 2005)

Congregación para los Obispos

Muchas veces los católicos unidos apenas en estado civil o los divorciados pueden regularizar su situación, pero mientras no lo hacen, están en situación irregular

Con amargura se constata que hoy aumenta el número de los bautizados que se encuentran en situaciones irregulares en lo referente al matrimonio: el llamado “matrimonio a prueba”, las uniones de hecho, los católicos unidos solamente con el rito civil, el divorcio; situaciones todas que dañan gravemente a los directamente interesados, a sus hijos y a toda la sociedad en general. En todos estos casos, los Pastores dediquen su mayor esfuerzo para obtener, si es posible, la regularización de estas relaciones. (Congregación para los Obispos. Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos Apostolorum Successores, n. 202, 22 de febrero de 2004)

Benedicto XVI

No todas las peticiones de declaración de nulidad del matrimonio son válidas

Hay que huir de las tentaciones pseudo-pastorales que sitúan las cuestiones en un plano meramente horizontal, en el que lo que cuenta es satisfacer las peticiones subjetivas para obtener a toda costa la declaración de nulidad, a fin de poder superar, entre otras cosas, los obstáculos para recibir los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía. En cambio, el bien altísimo de la readmisión a la Comunión Eucarística después de la reconciliación sacramental exige que se considere el bien auténtico de las personas, inseparable de la verdad de su situación canónica. Sería un bien ficticio, y una falta grave de justicia y de amor, allanarles el camino hacia la recepción de los sacramentos, con el peligro de hacer que vivan en contraste objetivo con la verdad de su condición personal. (Benedicto XVI. Discurso a los miembros del Tribunal de la Rota Romana, 29 de enero de 2010)

San Agustín de Hipona

Los hijos en sí no son razón para regularizar una situación matrimonial ilegitima

El sacramento mira a que la unión sea irrompible, y el repudiado o repudiada no se una a otra persona ni aun por causa de los hijos. (San Agustín de Hipona. Comentario literal al Génisis. lib, IX, cap. VII, n. 12)

III – En un mundo que no reconoce las leyes de Dios y de la Iglesia, valorar las situaciones irregulares es lo mismo que incentivar a que existan

Sagradas Escrituras

Peligro de dejar de llamar lo malo por su nombre

¡Ay de los que llaman bien al mal y mal al bien, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! (Is 5, 20)

Vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina y apartando el oído de la verdad, se volverán a las fábulas

Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y a muertos, por su manifestación y por su reino: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus propios deseos y de lo que les gusta oír; y, apartando el oído de la verdad, se volverán a las fábulas. Pero tú sé sobrio en todo, soporta los padecimientos, cumple tu tarea de evangelizador, desempeña tu ministerio. (2 Tim 4, 1-5)

Pontificio Consejo para la Familia

Cuidado al predicar la libertad de la mujer que muchos entienden como liberación del matrimonio

Es justo promover igualdad de oportunidades para hombre y mujer, refutando roles y jerarquías sociales fijas. Pero está fuera de la realidad y del buen sentido pensar, como algunos ha llegado a hacerlo, que la liberación de la mujer implica la liberación del matrimonio (palabra que se buscaría fuera eliminada del código y civil) y de la maternidad (función que debería ser sustituida con una máquina para la gestación de los nuevos seres humanos). Los niños tienen necesidad del amor padre y madre para nacer y crecer en modo digno. (Pontificio Consejo para la Familia. Conferencia Regina Apostolorum, El obispo y la pastoral familiar, 16 de septiembre de 2009)

Benedicto XVI

El aumento del divorcio y de las uniones irregulares obliga a anunciar la integridad de la vida y de la familia

La familia es, con razón, uno de los temas principales de vuestro Sínodo, como lo es en las orientaciones pastorales de la Iglesia, en Italia y en todo el mundo. En efecto, en vuestra diócesis, como también en otras partes, han aumentado los divorcios y las uniones irregulares, y esto constituye para los cristianos una urgente invitación a anunciar y testimoniar en toda su integridad el Evangelio de la vida y de la familia. La familia está llamada a ser “íntima comunidad de vida y amor” (Gaudium et spes, n. 48), porque está fundada en el matrimonio indisoluble. (Benedicto XVI. Discurso a una peregrinación de la diócesis de Verona, 4 de junio de 2005)

Los obispos tienen la responsabilidad de proclamar constantemente los valores no-negociables

Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene una importancia particular para quienes, por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas. Estos valores no son negociables. […] Los obispos han de llamar constantemente la atención sobre estos valores. Ello es parte de su responsabilidad para con la grey que se les ha confiado. (Benedicto XVI. Exhortación apostólica Sacramentum caritatis, n. 83, 22 de febrero de 2007)

Juan Pablo II

La crisis en la familia demanda claridad doctrinal

Una propuesta pastoral para la familia en crisis supone, como exigencia preliminar, claridad doctrinal, enseñada efectivamente en el campo de la teología moral, sobre la sexualidad y la valoración de la vida. Las opiniones opuestas de teólogos, sacerdotes y religiosos, divulgadas incluso por los medios de comunicación social, sobre las relaciones prematrimoniales, el control de la natalidad, la admisión de los divorciados a los sacramentos, la homosexualidad y el lesbianismo, la fecundación artificial, el uso de prácticas abortivas o la eutanasia, muestran el grado de incertidumbre y la confusión que turban y llegan a adormecer la conciencia de muchos fieles. (Juan Pablo II. Discurso a los obispos de Brasil en visita ad limina, n. 6, 16 de noviembre de 2002)

Sin la claridad de la verdad, falsas esperanzas son suscitados en los que viven fuera de la ley de Dios

Como hombres que tienen “palabras de veracidad en el poder de Dios” (2 Cor 6, 7), como auténticos maestros de la ley de Dios y Pastores compasivos, habéis dicho también justamente: “El comportamiento homosexual…, en cuanto diverso de la tendencia homosexual, es moralmente deshonesto”. Con la claridad de esta verdad habéis ejemplificado la efectiva caridad de Cristo; no habéis traicionado a aquellos a quienes por razones de homosexualidad se hallan frente a difíciles problemas morales, como hubiera sucedido si, en nombre de la comprensión o por otros motivos, hubierais suscitado una falsa esperanza entre algún hermano o hermana. Más bien, con vuestro testimonio en favor de la verdad de la humanidad según el plan de Dios, habéis manifestado realmente amor fraterno, alentando la verdadera dignidad, la verdadera dignidad humana de aquéllos que miran a la Iglesia de Cristo por la norma que viene de la Palabra de Dios. (Juan Pablo II. Discurso a los obispos estadounidenses, 5 de octubre de 1979)

Es una grave omisión no proclamar la verdad sobre el matrimonio

Tanto en la opinión pública como en la legislación civil no faltan intentos de equiparar meras uniones de hecho a la familia, o de reconocer como tal la unión de personas del mismo sexo. Estas y otras anomalías nos llevan a proclamar, con firmeza pastoral, la verdad sobre el matrimonio y la familia. Dejar de hacerlo sería una grave omisión pastoral, que induciría a las personas al error, especialmente a las que tienen la importante responsabilidad de tomar decisiones sobre el bien común de la nación. (Juan Pablo II. Discurso a los obispos de Brasil en visita ad limina, n. 4, 16 de noviembre de 2002)

En una época donde hay una profunda incertidumbre sobre la verdad, la doctrina tiene que ser enseñada con claridad

La Iglesia está llamada a proclamar una verdad absoluta y universal al mundo en una época en la que en muchas culturas hay una profunda incertidumbre sobre si existe o no esa verdad. Por consiguiente, la Iglesia debe hablar con la fuerza del testimonio auténtico. Al considerar lo que esto entraña, el Papa Pablo VI identificó cuatro cualidades, que llamó perspicuitas, lenitas, fiducia, prudentia: claridad, afabilidad, confianza y prudencia (cf. Ecclesiam suam, n. 38). Hablar con claridad significa que es preciso explicar de forma comprensible la verdad de la Revelación y las enseñanzas de la Iglesia que provienen de ella. Lo que enseñamos no siempre es accesible inmediata o fácilmente a los hombres de nuestro tiempo. Por eso, hay que explicar, no sólo repetir. (Juan Pablo II. Discurso a la conferencia episcopal de Antillas en visita ad limina, 7 de mayo de 2002)

Juan XXIII

En nuestro mundo envuelto en tinieblas hay que hablar con claridad

Allí donde se extiende la ignorancia de las verdades religiosas, se relajan las costumbres” (San Bernardino de Siena). Hablar, pues, con sencillez; hablar con claridad; iluminar, iluminar. Después de veinte siglos de luz cristiana, todavía las tinieblas envuelven a muchas almas e instituciones humanas. Y no hay que hacerse ilusiones. La grave tarea que el Divino Fundador confió a su Iglesia exigirá una atención y una aplicación cada vez más conforme con las necesidades de los tiempos. Las palabras que integran nuestros sermones no son nuestras, sino de la doctrina celestial. En la obra de iluminar las almas, a nosotros confiadas, se cansarán nuestros miembros y se secará nuestra lengua antes de que cumplamos perfectamente la tarea. (Juan XXIII. Discurso a los cuaresmeros de Roma, 19 de febrero de 1960)

Pío XII

Imprudencia de los que usan terminología vaga y abandonan la terminología teológica tradicional

Por todas estas razones, pues, es de suma imprudencia el abandonar o rechazar o privar de su valor tantas y tan importantes nociones y expresiones que hombres de ingenio y santidad no comunes, bajo la vigilancia del sagrado Magisterio y con la luz y guía del Espíritu Santo, han concebido, expresado y perfeccionado —con un trabajo de siglos— para expresar las verdades de la fe, cada vez con mayor exactitud, y (suma imprudencia es) sustituirlas con nociones hipotéticas o expresiones fluctuantes y vagas de la nueva filosofía, que, como las hierbas del campo, hoy existen, y mañana caerían secas; aún más: ello convertiría el mismo dogma en una caña agitada por el viento. (Pío XII. Encíclica Humani generis, n. 11, 12 de agosto de 1950)

León XIII

De nuestro silencio se aprovechan los enemigos de la Iglesia

Porque en tan grande y universal extravío de opiniones, es deber de la Iglesia tomar el patrocinio de la verdad y extirpar de los ánimos el error; deber que está obligada a cumplir siempre e inviolablemente, porque a su tutela ha sido confiado el honor de Dios y la salvación de las almas. Pero cuando la necesidad apremia no sólo deben guardar incólume la fe los que mandan, sino que cada uno esté obligado a propagar la fe delante de los otros, ya para instruir y confirmar a los demás fieles, ya para reprimir la audacia de los infieles. Ceder el puesto al enemigo, o callar cuando de todas partes se levanta incesante clamoreo para oprimir a la verdad, propio es, o de hombre cobarde o de quien duda estar en posesión de las verdades que profesa. Tanto uno y otro es vergonzoso e injurioso a Dios; lo uno y lo otro, contrario a la salvación del individuo y de la sociedad: ello aprovecha únicamente a los enemigos del nombre cristiano, porque la cobardía de los buenos fomenta la audacia de los malos. (León XIII. Encíclica Sapientiae christianae, n. 14, 10 de enero de 1890)

León XII

Cuanto más grave es el mal, más el Pontífice Romano ha de prevenir a los fieles

Cuanto más graves son los males que amenazan al rebaño de Cristo nuestro Dios y Salvador, tanta mayor solicitud en apartarlos deben poner los Pontífices Romanos, a quienes en San Pedro, Príncipe de los Apóstoles, fue cometido el poder y cuidado de apacentarlo y gobernarlo. Pues como colocados en la suprema atalaya de la Iglesia, a ellos toca descubrir de más lejos las asechanzas que los enemigos del nombre cristiano en vano maquinan para exterminio de la Iglesia de Cristo; como también indicarlas y manifestarlas a los fieles a fin de que se guarden; y por último alejarlas y frustrarlas con su autoridad. (León XII. Carta apostólica Quo graviora, n. 1, 13 de marzo de 1825)

Pío IX

Los males del tiempo exigen un cuidado en enseñar la doctrina siempre y con exactitud

Por eso, no dejéis de enseñar, siempre y con exactitud, los venerables misterios de Nuestra augusta Religión, su doctrina, preceptos, y su disciplina, a los pueblos confiados a vuestros cuidados, valiéndoos principalmente de los párrocos y de otros clérigos que se distingan por la integridad de su vida, la gravedad de su conducta y la santa y sólida doctrina, sea por medio de la predicación de la divina palabra, sea por el catecismo. Pues, vosotros sabéis muy bien que una parte notabilísima de los males nacen en la mayoría de los casos de la ignorancia de las cosas divinas que son necesarias para la salvación, por consiguiente comprenderéis perfectamente que debe emplearse todo cuidado y empaño para alejar del pueblo este mal. (Pío IX. Encíclica Quanto conficiamur, n. 15, 10 de agosto de 1863)

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