138 – La Iglesia es mujer. La mujer, en la Iglesia, es más importante que los obispos y los sacerdotes

Con la venida de Cristo al mundo uno de los cambios más notorios presenciados por la humanidad fue la elevación de la mujer a una nueva y verdadera dignidad. En la casa de Simón es el propio Jesús quien toma la defesa de la adúltera arrepentida. Cuando los Apóstoles intentan apartar las madres que aproximan sus hijos de Nuestro Señor, Él reprocha a ellos y no a las madres. Además de los discípulos, permite Jesús que le acompañen también las santas mujeres. Pero curiosamente no colocó a ninguna de ellas en una posición de predicadora oficial, ni en el gobierno de la Iglesia. Un cuidado para no chocar los padrones de la época, dirán algunos. Objetemos. Si Cristo rompió tantas costumbres causando espanto en los fariseos, ¿acaso Él tendría miedo de cambiar esta norma vigente? ¿Eso no corresponde a los designios de la misma Sabiduría increada en relación a su Iglesia?

Él les tenía amorosamente reservaba otra misión desde siempre.

Tantas mujeres santas a lo largo de la Historia de la Iglesia revelan el papel luminoso e insustituible, pero al mismo tiempo discreto e abnegado de la mujer en la Iglesia, a ejemplo de la Santísima Virgen. ¿Se habrían convertido a la fe Clodoveo y los francos si Santa Clotilde no hubiera estimulado pacientemente a su esposo? ¿La Iglesia tendría un Doctor llamado Agustín, sin las lágrimas y oraciones de una Mónica? Cuantos huérfanos y abandonados deben sus vidas a mujeres abnegadas. Cuántos misioneros deben el éxito de su apostolado a una muchacha que vivía encerrada en un Carmelo, bajo el nombre de Teresa del Niño Jesús. Estas humildes mujeres ocultas son heroínas, en las que brilla una donación de envergadura que pocos soldados en plena guerra hacen de sí mismos. ¿No es una gloria para la mujer en la Iglesia, saber que sus actos ocultos a los ojos de los hombres muchas veces son decisivos para que la santidad se extienda sobre la tierra?

Cuestionamientos actuales que no son sino eco de máximas del mundo, ¿no acaban por quitar a la mujer lo que verdaderamente es suyo? ¿Esta harmoniosa y ascensional continuidad de dos mil años debe ahora sufrir una alteración? ¿Es necesario innovar el papel de la mujer en la Iglesia? ¿Cómo dispuso el Divino Creador los papeles de los hombres y de las mujeres en la fundación de su Iglesia? Son preguntas cuyas respuestas serán útiles para los lectores.

Francisco

francismuj

Cita ACita BCita CCita DCita ECita FCita GCita H

Enseñanzas del Magisterio

Entra en las diversas partes de nuestro estudio

ContenidoAutores

I – ¿Qué figuras mejor manifiestan la naturaleza de la Iglesia?
II – La Iglesia es un organismo vivo, ordenado y jerárquico
III – El papel de la Santísima Virgen en la Iglesia es único e intransferible a cualquier mujer
IV – El papel de la mujer en la Iglesia
V ‒ Humildad y obediencia —virtudes que más brillan en las Doctoras de la Iglesia— ejemplo para toda mujer cristiana
VI – Falsa eclesiología que degenera en reivindicaciones despropositadas y desvirtuadas

I – ¿Qué figuras mejor manifiestan la naturaleza de la Iglesia?

Pío XII

Nada más noble para definir la Iglesia que llamarla de Cuerpo Místico de Cristo

Para definir y describir esta verdadera Iglesia de Cristo —que es la Iglesia santa, católica, apostólica, romana— nada hay mas noble, nada mas excelente, nada mas divino que aquella frase con que se la llama el Cuerpo Místico de Cristo; expresión que brota y aún germina de todo lo que en las Sagradas Escrituras y en los escritos de los Santos Padres frecuentemente se enseña. (Pío XII. Encíclica Mystici Corporis Christi, n. 6, 29 de junio de 1943)

León XIII

La Iglesia es un cuerpo vivo, lleno de savia, sostenido por Jesucristo

La Iglesia es con frecuencia llamada en las sagradas letras un cuerpo, y también el cuerpo de Cristo. “Sois el cuerpo de Cristo” (1 Cor 12, 27). Porque la Iglesia es un cuerpo visible a los ojos; porque es el cuerpo de Cristo, es un cuerpo vivo, activo, lleno de savia, sostenido y animado como está por Jesucristo, que lo penetra con su virtud, como, aproximadamente, el tronco de la viña alimenta y hace fértiles a las ramas que le están unidas. En los seres animados, el principio vital es invisible y oculto en lo más profundo del ser, pero se denuncia y manifiesta por el movimiento y la acción de los miembros; así, el principio de vida sobrenatural que anima a la Iglesia se manifiesta a todos los ojos por los actos que produce. (León XIII. Encíclica Satis cognitum, n. 4, 29 de junio de 1896)

Juan Pablo II

La Iglesia es un reflejo de la belleza de Dios

La santidad constituye la identidad profunda de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, vivificado y partícipe de su Espíritu. La santidad da la salud espiritual al Cuerpo. La santidad determina también su belleza espiritual; la belleza que supera toda belleza de la naturaleza y del arte; una belleza sobrenatural, en la que se refleja la belleza de Dios mismo de un modo más esencial y directo que en toda la belleza de la creación, precisamente porque se trata del Corpus Christi. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 5, 28 de noviembre de 1990)

Viña elegida, santificada por el Espíritu Santo

[La Iglesia] es la Viña elegida, por medio de la cual los sarmientos viven y crecen con la misma linfa santa y santificante de Cristo; es el Cuerpo místico, cuyos miembros participan de la misma vida de santidad de su Cabeza, que es Cristo; es la Esposa amada del Señor Jesús, por quien Él se ha entregado para santificarla (cf. Ef 5, 25 ss). El Espíritu que santificó la naturaleza humana de Jesús en el seno virginal de María (cf. Lc 1, 35), es el mismo Espíritu que vive y obra en la Iglesia, con el fin de comunicarle la santidad del Hijo de Dios hecho hombre. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Christifideles laici, n. 16, 30 de diciembre de 1988)

Benedicto XVI

La Jerusalén celeste, santa y gloriosa es icono de la Iglesia

La Jerusalén celeste es icono de la Iglesia entera, santa y gloriosa, sin mancha ni arruga (cf. Ef 5, 27), iluminada en el centro y en todas partes por la presencia de Dios-Caridad. Es llamada “novia”, “la esposa del Cordero” (Ap 20, 9), porque en ella se realiza la figura nupcial que encontramos desde el principio hasta el fin en la revelación bíblica. La Ciudad-Esposa es patria de la plena comunión de Dios con los hombres; ella no necesita templo alguno ni ninguna fuente externa de luz, porque la presencia de Dios y del Cordero […] la ilumina desde dentro. (Benedicto XVI. Misa de inauguración de la V Conferencia del episcopado latinoamericano y del Caribe, 13 de mayo de 2007)

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)

Esposa inmaculada del Cordero inmaculado

La Iglesia, llamada “Jerusalén de arriba” y “madre nuestra” (Gal 4, 26; cf. Ap 12, 17), es también descrita como esposa inmaculada del Cordero inmaculado (cf. Ap 19, 7; 21, 2.9; 22, 17), a la que Cristo “amó y se entregó por ella para santificarla” (Ef 5, 25-26), la unió consigo en pacto indisoluble e incesantemente la “alimenta y cuida” (Ef 5, 29); a ella, libre de toda mancha, la quiso unida a sí y sumisa por el amor y la fidelidad (cf. Ef 5, 24), y, en fin, la enriqueció perpetuamente con bienes celestiales, para que comprendiéramos la caridad de Dios y de Cristo hacia nosotros, que supera toda ciencia (cf. Ef 3,19). (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen gentium, n. 6, 21 de noviembre de 1964)

San Agustín de Hipona

Virgen y madre, de integridad virginal e incorrupta fecundidad

[Nuestro Señor Jesucristo] es el más hermoso de los hijos de los hombres, hijo de Santa María, esposo de la Santa Iglesia, a la que transformó en semejante a su madre. En efecto, para nosotros la hizo madre y para sí la conservó virgen. A ella se refiere el Apóstol cuando escribe: Os he unido a un solo varón para presentaros a Cristo como virgen casta. Refiriéndose a ella, dice también que nuestra madre no es la esclava, sino la libre, la abandonada que tiene más hijos que la casada. También la Iglesia, como María, goza de perenne integridad virginal y de incorrupta fecundidad. Lo que María mereció tener en la carne, la Iglesia lo conservó en el espíritu; pero con una diferencia: María dio a luz a un único hijo; la Iglesia alumbra a muchos, que han de ser congregados en la unidad por aquel hijo único. (San Agustín de Hipona. Sermón 195, n. 2)

II – La Iglesia es un organismo vivo, ordenado y jerárquico

Juan XXIII

En la Iglesia hay una clara distinción entre el clero y el pueblo

La Iglesia santa de Cristo es una sociedad perfecta en la que todos sus miembros participan de todos los beneficios, de los tesoros espirituales de su sagrado patrimonio de doctrina y de gracia. Y puesto que se trata de un organismo vivo, todos los elementos e instrumentos están ordenados y calificados de tal manera que respondan al fin sobrenatural, el cual, aunque inmerso en lo terreno, se eleva hacia la eternidad. Esto entraña una clara distinción, pero no separación, entre el clero y el pueblo. Al clero incumbe una función de dirección y santificación de todo el cuerpo social, para lo cual se necesita un llamamiento, una vocación divina y una consagración. También se invita al pueblo cristiano a la misma participación de la gracia divina. Pero el Señor Jesús, Verbo de Dios, hecho Hombre para salvación de todo el mundo, ha confiado la distribución de esta gracia al sacerdocio, al orden sacerdotal, instituido específicamente para ejercer esta altísima función de mediación entre los cielos y la tierra para bien y santificación del pueblo que toma su nombre de Cristo. (Juan XXIII. Discurso en la solemne inauguración del Primer Sínodo Diocesano de Roma, 24 de enero de 1960)

Juan Pablo II

Sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir

Sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir aquella obediencia fundamental que se sitúa en el centro mismo de su existencia y de su misión en la historia, esto es, la obediencia al mandato de Jesús “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes” (Mt 28, 19) y “Haced esto en conmemoración mía” (Lc 22, 19; cf. 1 Cor 11, 24), o sea, el mandato de anunciar el Evangelio y de renovar cada día el sacrificio de su cuerpo entregado y de su sangre derramada por la vida del mundo. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Pastores dabo vobis, n. 1, 25 de marzo de 1992)

Benedicto XVI

Misión insustituible de los sacerdotes
El sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo

El sacerdote no es simplemente alguien que detenta un oficio, como aquellos que toda sociedad necesita para que puedan cumplirse en ella ciertas funciones. Por el contrario, el sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo: pronunciar en nombre de Cristo la palabra de absolución de nuestros pecados, cambiando así, a partir de Dios, la situación de nuestra vida. Pronuncia sobre las ofrendas del pan y el vino las palabras de acción de gracias de Cristo, que son palabras de transustanciación, palabras que lo hacen presente a Él mismo, el Resucitado, su Cuerpo y su Sangre, transformando así los elementos del mundo; son palabras que abren el mundo a Dios y lo unen a Él. (Benedicto XVI. Homilía en la clausura del Año Sacerdotal, 11 de junio 2010)

Cristo sostiene a su rebaño a través de los pastores de la Iglesia

A través de los pastores de la Iglesia, en efecto, Cristo apacienta su rebaño: es él quien lo guía, lo protege y lo corrige, porque lo ama profundamente. Pero el Señor Jesús, Pastor supremo de nuestras almas, ha querido que el Colegio apostólico, hoy los obispos, en comunión con el Sucesor de Pedro, y los sacerdotes, sus colaboradores más valiosos, participen en esta misión suya de hacerse cargo del pueblo de Dios, de ser educadores en la fe, orientando, animando y sosteniendo a la comunidad cristiana. (Benedicto XVI. Audiencia general, 26 de mayo de 2010)

Pío XII

Los Obispos tienen un vínculo especialísimo con la Cabeza divina de todo el Cuerpo

Los Obispos no solamente han de ser considerados como los principales miembros de la Iglesia universal, como quienes están ligados por un vínculo especialísimo con la Cabeza divina de todo el Cuerpo —y por ello con razón son llamados partes principales de los miembros del Señor (S. Greg. Magno, Moralia, XIV, 35, 43) —, sino que, por lo que a su propia diócesis se refiere, apacientan y rigen como verdaderos Pastores, en nombre de Cristo, la grey que a cada uno ha sido confiada (Cf. Conc. Vat. I, Const. Pastor aeternus de Eccl., cap. 3); pero, haciendo esto, no son completamente independientes, sino que están puestos bajo la autoridad del Romano Pontífice. (Pío XII. Encíclica Mystici Corporis Christi, n. 42, 29 de junio de 1943)

Concilio Vaticano I

En la Iglesia unos enseñan y otros no

La Iglesia de Cristo no es una comunidad de iguales en la que todos los fieles tuvieran los mismos derechos, sino que es una sociedad de desiguales, no sólo porque entre los fieles unos son clérigos y otros laicos, sino, de manera especial, porque en la Iglesia reside el poder que viene de Dios, por el que a unos es dado santificar, enseñar y gobernar, y a otros no. (Concilio Vaticano I. Primer esquema de la Constitución Ecclesia Christi, cap. X)

San Clemente Romano

Agrada a Dios que cada uno cumpla sus propias funciones en la Iglesia

Porque el Sumo Sacerdote tiene sus peculiares funciones asignadas a él; los levitas tienen encomendados sus propios servicios, mientras que el simple laico (laikos anthropos) está sometido a los preceptos del laico. Hermanos, procuremos agradar a Dios, cada uno en su propio puesto, manteniéndonos en buena conciencia. (San Clemente Romano. Carta a los Corintios, 40-42, 4)

Pío X

Categorías distintas: los pastores y el rebaño

La Iglesia es esencialmente una sociedad desigual que comprende dos categorías de personas: los pastores y el rebaño, los que están colocados en los distintos grados de la jerarquía, y la multitud de los fieles; y estas categorías son distintas entre sí de tal manera, que solamente en el cuerpo pastoral residen el derecho y la autoridad necesarios para promover y dirigir a todos los miembros hacia el fin de esta sociedad. En cuanto a la multitud, ella no tiene otro derecho que el de dejarse conducir y, muy dócilmente, seguir a sus pastores. (Pío X. Encíclica Vehementer nos, 11 de febrero de 1906)

Concilio Vaticano II

El Espíritu Santo marca los presbíteros con un carácter especial

El ministerio de los presbíteros, por estar unido al Orden episcopal, participa de la autoridad con que Cristo mismo forma, santifica y rige su Cuerpo. Por lo cual, el sacerdocio de los presbíteros supone, ciertamente, los sacramentos de la iniciación cristiana, pero se confiere por un sacramento peculiar por el que los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan marcados con un carácter especial que los configura con Cristo Sacerdote, de tal forma, que pueden obrar en nombre de Cristo Cabeza. (Concilio Vaticano II. Decreto Presbyterorum ordinis, n. 2, 7 de diciembre de 1965)

San Alfonso de Ligorio

Toda la Iglesia junta no puede dar tanto honor a Dios como un solo sacerdote

El sacerdote es el ministro destinado de Dios para público embajador de toda la Iglesia para honrarle, y para que por su medio todos los fieles puedan impetrar la divina gracia. Toda la Iglesia junta no puede dar tanto honor a Dios, ni puede alcanzar de Él tantas gracias, como un solo sacerdote que celebra una misa. (San Alfonso de Ligorio. Selva de materias predicables e instructivas, cap. I, 2)

Afirmación de Francisco: "La mujer, en la Iglesia, es más importante que los obispos y los sacerdotes".

San Alfonso de Ligorio

A Dios solamente es inferior el sacerdote

El sacerdocio es la suprema dignidad entre todas las dignidades creadas […]. La dignidad del sacerdote es la más elevada de todas las jerarquías de la tierra y de todas las altezas celestiales, y a Dios solamente es inferior el sacerdote. (San Alfonso María de Ligorio. Selva de materias predicables e instructivas, cap. I, 1)

Santa Catalina de Siena

Ni siquiera los ángeles están a la altura de la dignidad sacerdotal

¡O querida hija! he dicho todo esto para que conozcas mejor la dignidad en que yo he puesto a mis Ministros, y te duelas más de sus miserias. […] En la vida presente no pueden subir a mayor dignidad. Ellos son mis ungidos, y los llamo mis Cristos, porque me he dado a ellos para que me suministren a vosotros, y los he puesto como flores olorosas en el cuerpo místico de la Santa Iglesia. No he concedido esta dignidad a los ángeles, y sí a los hombres que he elegido por mis ministros, los cuales he puesto como ángeles, y deben ser ángeles terrenos en esta vida. (Santa Catalina de Siena. Dialogo, 3ª resp., cap. IV)

Benedicto XVI

Ningún hombre por sí mismo, puede poner a otro en contacto con Dios, el don de crear este contacto, es parte esencial de la gracia del sacerdocio

Ningún hombre por sí mismo, partiendo de sus propias fuerzas, puede poner a otro en contacto con Dios. El don, la tarea de crear este contacto, es parte esencial de la gracia del sacerdocio. Esto se realiza en el anuncio de la Palabra de Dios, en la que su luz nos sale al encuentro. Se realiza de un modo particularmente denso en los sacramentos. La inmersión en el Misterio pascual de muerte y resurrección de Cristo acontece en el Bautismo, se refuerza en la Confirmación y en la Reconciliación, se alimenta en la Eucaristía, sacramento que edifica a la Iglesia como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo. Por tanto, es Cristo mismo quien nos hace santos, es decir, nos atrae a la esfera de Dios. Pero como acto de su infinita misericordia llama a algunos a “estar” con él (cf. Mc 3, 14) y a convertirse, mediante el sacramento del Orden, pese a su pobreza humana, en partícipes de su mismo sacerdocio, ministros de esta santificación. (Benedicto XVI. Audiencia general, 5 de mayo de 2010)

Pío XII

Conociendo bien la importancia del sacerdocio, los enemigos de la Iglesia asestan sus golpes contra el clero

Aun los enemigos de la Iglesia conocen bien la importancia vital del sacerdocio; y por esto, contra él precisamente […] asestan ante todo sus golpes para quitarle de en medio y llegar así, desembarazado el camino, a la destrucción siempre anhelada y nunca conseguida de la Iglesia misma. (Pío XII. Encíclica Ad catholici sacerdotii, n. 7, 20 de diciembre de 1935)

III – El papel de la Santísima Virgen en la Iglesia es único e intransferible a cualquier mujer

San Alberto Magno

La Santa Virgen no fue elegida por el Señor para al ministerio

La Santa Virgen empero no fue elegida por el Señor para al ministerio, sino para ser su consorte y auxiliar, conforme a lo que se lee en el Génesis: “Hagámosle ayuda semejante a él”. Pero, si esto es así, no debió recibir orden alguna, pues la mayor de las órdenes de la Iglesia es la de Papa, y éste es vicario de Jesucristo. Más la Santa Virgen no es vicaria, sino coadjutora y compañera, particionera en el reino, ya que tomó parte en la Pasión que su Hijo sufrió por todo el género humano, cuando, al huir soldados y discípulos, quedóse ella de pie junto a la cruz, recibiendo en su corazón las herida que Cristo recibía en su cuerpo; entonces fue cuando una espada atravesó su alma. (San Alberto Magno. Marial, q. 42, ad 4)

Por su excelsa vocación María está sobre todas las órdenes

La Santísima Virgen está al presente sobre todos los órdenes de los Ángeles de la Iglesia triunfante. Luego en la tierra estuvo sobre todos los órdenes de la Iglesia militante. (San Alberto Magno. Marial, q. 42, ad 4)

Juan Pablo II

María es el miembro más noble de la Iglesia

La Madre del Redentor tiene un lugar preciso en el plan de la salvación, porque “al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, para que recibieran la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!” (Gal 4, 4-6). Con estas palabras del apóstol Pablo, que el Concilio Vaticano II cita al comienzo de la exposición sobre la bienaventurada Virgen María, deseo iniciar también mi reflexión sobre el significado que María tiene en el misterio de Cristo y sobre su presencia activa y ejemplar en la vida de la Iglesia. […] En la liturgia, en efecto, la Iglesia saluda a María de Nazaret como a su exordio, ya que en la Concepción inmaculada ve la proyección, anticipada en su miembro más noble, de la gracia salvadora de la Pascua y, sobre todo, porque en el hecho de la Encarnación encuentra unidos indisolublemente a Cristo y a María: al que es su Señor y su Cabeza y a la que, pronunciando el primer fiat de la Nueva Alianza, prefigura su condición de esposa y madre. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris mater, n. 1, 25 de marzo de 1987)

María por estar vinculada al misterio de Cristo está presente en el misterio de la Iglesia

Este culto es del todo particular: contiene en sí y expresa aquel profundo vínculo existente entre la Madre de Cristo y la Iglesia. Como virgen y madre, María es para la Iglesia un “modelo perenne”. Se puede decir, pues, que, sobre todo según este aspecto, es decir como modelo o, más bien como “figura”, María, presente en el misterio de Cristo, está también constantemente presente en el misterio de la Iglesia. En efecto, también la Iglesia “es llamada madre y virgen”, y estos nombres tienen una profunda justificación bíblica y teológica. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris mater, n. 42, 25 de marzo de 1987)

Benedicto XVI

La Iglesia, al igual que María, es mediadora de la bendición de Dios para el mundo

María, la virgen, esposa de José, que Dios ha elegido desde el primer instante de su existencia para ser la madre de su Hijo hecho hombre, ha sido la primera en ser colmada de esta bendición. Ella, según el saludo de santa Isabel, es “bendita entre las mujeres” (Lc 1, 42). Toda su vida está iluminada por el Señor, bajo el radio de acción del nombre y el rostro de Dios encarnado en Jesús, el “fruto bendito de su vientre”. […] María es madre y modelo de la Iglesia, que acoge en la fe la Palabra divina y se ofrece a Dios como “tierra fecunda” en la que él puede seguir cumpliendo su misterio de salvación. También la Iglesia participa en el misterio de la maternidad divina mediante la predicación, que siembra por el mundo la semilla del Evangelio, y mediante los sacramentos, que comunican a los hombres la gracia y la vida divina. La Iglesia vive de modo particular esta maternidad en el sacramento del bautismo, cuando engendra hijos de Dios por el agua y el Espíritu Santo, el cual exclama en cada uno de ellos: “Abbà, Padre” (Ga 4, 6). La Iglesia, al igual que María, es mediadora de la bendición de Dios para el mundo: la recibe acogiendo a Jesús y la transmite llevando a Jesús. Él es la misericordia y la paz que el mundo por sí mismo no se puede dar y que necesita tanto o más que el pan. (Benedicto XVI. Homilía en la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, 1 de enero de 2012)

La vocación de la Virgen con los fieles comenzó con las palabras: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”

San Juan, el único de los apóstoles que permaneció en el Gólgota junto a la Madre de Jesús y a otras mujeres, fue testigo privilegiado de ese acontecimiento. La maternidad de María, que comenzó con el fiat de Nazaret, culmina bajo la cruz. Si es verdad, como observa san Anselmo, que “desde el momento del fiat María comenzó a llevarnos a todos en su seno”, la vocación y misión materna de la Virgen con respecto a los creyentes en Cristo comenzó efectivamente cuando Cristo le dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26). […] El Hijo de Dios cumplió así su misión: nacido de la Virgen para compartir en todo, excepto en el pecado, nuestra condición humana, en el momento de regresar al Padre dejó en el mundo el sacramento de la unidad del género humano (cf. Lumen gentium, n. 1): la familia “congregada por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (San Cipriano de Cartago, De Orat. Dom. 23: PL 4, 536), cuyo núcleo primordial es precisamente este vínculo nuevo entre la Madre y el discípulo. De este modo, quedan unidas de manera indisoluble la maternidad divina y la maternidad eclesial. (Benedicto XVI. Homilía en el Santuario de la Casa de María en Éfeso, 29 de noviembre de 2006)

Sólo María es Madre del misterio de la unidad que Cristo y la Iglesia representan

Como Cristo, la Iglesia no sólo es un instrumento de la unidad; también es un signo eficaz. Y la Virgen María, Madre de Cristo y de la Iglesia, es la Madre de ese misterio de unidad que Cristo y la Iglesia representan inseparablemente y construyen en el mundo y a lo largo de la historia. (Benedicto XVI. Homilía en el Santuario de la Casa de María en Éfeso, 29 de noviembre de 2006)

Catecismo de la Iglesia Católica

María es la imagen escatológica de la Iglesia

Después de haber hablado de la Iglesia, de su origen, de su misión y de su destino, no se puede concluir mejor que volviendo la mirada a María para contemplar en ella lo que es la Iglesia en su misterio, en su “peregrinación de la fe”, y lo que será al final de su marcha, donde le espera, “para la gloria de la Santísima e indivisible Trinidad”, “en comunión con todos los santos” (Lumen Gentium, n. 69), aquella a quien la Iglesia venera como la Madre de su Señor y como su propia Madre: “Entre tanto, la Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo” (Lumen Gentium, n. 68). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 972)

San Agustín de Hipona

La bienaventuranza de María no está en la carne sino en cumplir la voluntad de Dios

Santa María cumplió ciertamente la voluntad del Padre; y por ello significa más para María haber sido discípula de Cristo que haber sido madre de Cristo. Más dicha le aporta haber sido discípula de Cristo que haber sido su madre. Por eso era María bienaventurada, puesto que, antes de darlo a luz, llevó en su seno al maestro. Mira si no es cierto lo que digo. Mientras caminaba el Señor con la muchedumbre que le seguía, haciendo divinos milagros, una mujer gritó: ¡Bienaventurado el seno que te llevó! ¡Dichoso el seno que te llevó! Mas, para que no se buscase la felicidad en la carne, ¿qué replicó el Señor? Más bien, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la guardan. Por ese motivo, pues, era bienaventurada también María: porque escuchó la palabra de Dios y la guardó: guardó la verdad en su mente mejor que la carne en su seno. La Verdad es Cristo, carne es Cristo; Cristo Verdad estaba en la mente de María, Cristo carne estaba en el seno de María: de más categoría es lo que está en la mente que lo que se lleva en el seno. (San Agustín de Hipona. Sermón 72 A, n. 7)

Congregación para la Doctrina de la Fe

María es para la Iglesia una invitación para escuchar y acoger la Palabra de Dios

La existencia de María es para la Iglesia una invitación a radicar su ser en la escucha y acogida de la Palabra de Dios. Porque la fe no es tanto la búsqueda de Dios por parte del hombre cuanto el reconocimiento de que Dios viene a él, lo visita y le habla. Esta fe, cierta de que “ninguna cosa es imposible para Dios” (cf. Gn 18, 14; Lc 1, 37), vive y se profundiza en la obediencia humilde y amorosa con la que la Iglesia sabe decirle al Padre: “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). La fe continuamente remite a la persona de Jesús: “Haced lo que él os diga” (Jn 2, 5), y lo acompaña en su camino hasta los pies de la cruz. María, en la hora de las tinieblas más profundas, persiste valientemente en la fe, con la única certeza de la confianza en la palabra de Dios. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y del mundo, 31 de julio de 2004)

San Alfonso de Ligorio

Cristo es la Cabeza y María el cuello por donde pasan los auxilios divinos

San Jerónimo —quien dice que en Jesucristo se encuentra la plenitud de la gracia como en la cabeza, de la cual fluyen luego hacia sus miembros, que somos nosotros, todos los dinamismos vitales, es decir, los auxilios divinos para alcanzar la salvación eterna. También en María residió la misma plenitud como en el cuello por donde dichos auxilios pasan a los miembros. San Bernardino de Siena lo confirma. Explica con mayor claridad este pensamiento diciendo que por medio de María se comunican a los fieles, que son el Cuerpo Místico de Jesucristo, todas las gracias de la vida espiritual, que descienden a ellos de Jesús que es su cabeza. (San Alfonso de Ligorio. Las glorias de María, cap. 5)

IV – El papel de la mujer en la Iglesia

Juan Pablo II

La humidad y servicio de María es modelo del papel de la mujer en la Iglesia

Aquí se realiza el modelo más alto de colaboración responsable de la mujer en la redención del hombre —de todo el hombre—, que constituye la referencia trascendente para toda afirmación sobre el papel y la función de la mujer en la historia. María, realizando esa forma de cooperación tan sublime, indica también el estilo mediante el cual la mujer debe cumplir concretamente su misión. Ante el anuncio del ángel, la Virgen no manifiesta una actitud de reivindicación orgullosa, ni busca satisfacer ambiciones personales. San Lucas nos la presenta como una persona que sólo deseaba brindar su humilde servicio con total y confiada disponibilidad al plan divino de salvación. Este es el sentido de la respuesta: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra” (Lc 1, 38). En efecto, no se trata de una acogida puramente pasiva, pues da su consentimiento sólo después de haber manifestado la dificultad que nace de su propósito de virginidad, inspirado por su voluntad de pertenecer más totalmente al Señor. Después de haber recibido la respuesta del ángel, María expresa inmediatamente su disponibilidad, conservando una actitud de humilde servicio. Se trata del humilde y valioso servicio que tantas mujeres, siguiendo el ejemplo de María, han prestado y siguen prestando en la Iglesia para el desarrollo del reino de Cristo. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1-2, 6 de diciembre de 1995)

Congregación para la Doctrina de la Fe

Las mujeres tienen que manifestar el rostro de la Iglesia como Madre de los fieles

Prescindiendo de las condiciones, estados de vida, vocaciones diferentes, con o sin responsabilidades públicas, tales actitudes determinan un aspecto esencial de la identidad de la vida cristiana. Aun tratándose de actitudes que tendrían que ser típicas de cada bautizado, de hecho, es característico de la mujer vivirlas con particular intensidad y naturalidad. Así, las mujeres tienen un papel de la mayor importancia en la vida eclesial, interpelando a los bautizados sobre el cultivo de tales disposiciones, y contribuyendo en modo único a manifestar el verdadero rostro de la Iglesia, esposa de Cristo y madre de los creyentes. En esta perspectiva también se entiende que el hecho de que la ordenación sacerdotal sea exclusivamente reservada a los hombres no impide en absoluto a las mujeres el acceso al corazón de la vida cristiana. Ellas están llamadas a ser modelos y testigos insustituibles para todos los cristianos de cómo la Esposa debe corresponder con amor al amor del Esposo. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y del mundo, 31 de julio de 2004)

Juan Pablo II

Las mujeres desempeñan su papel a través de una laboriosidad humilde y escondida

Aunque no hayan sido llamadas al apostolado de los Doce y por tanto al sacerdocio ministerial, muchas mujeres acompañan a Jesús en su ministerio y asisten al grupo de los Apóstoles (cf. Lc 8, 2-3 ); están presentes al pie de la Cruz (cf. Lc 23, 49); ayudan al entierro de Jesús (cf. Lc 23, 55) y la mañana de Pascua reciben y transmiten el anuncio de la resurrección (cf. Lc 24, 1-10); rezan con los Apóstoles en el Cenáculo a la espera de Pentecostés (cf. Hch 1, 14). Siguiendo el rumbo trazado por el Evangelio, la Iglesia de los orígenes se separa de la cultura de la época y llama a la mujer a desempeñar tareas conectadas con la evangelización. En sus Cartas, Pablo recuerda, también por su propio nombre, a numerosas mujeres por sus varias funciones dentro y al servicio de las primeras comunidades eclesiales (cf. Rm 16, 1-15; Flp 4, 2-3; Col 4, 15; 1 Co 11, 5; 1 Tm 5, 16). […] Y, como en los orígenes, así también en su desarrollo sucesivo la Iglesia siempre ha conocido —si bien en modos diversos y con distintos acentos— mujeres que han desempeñado un papel quizá decisivo y que han ejercido funciones de considerable valor para la misma Iglesia. Es una historia de inmensa laboriosidad, humilde y escondida la mayor parte de las veces, pero no por eso menos decisiva para el crecimiento y para la santidad de la Iglesia. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Christifideles laici, n. 49, 30 de diciembre de 1988)

Orígenes

La mujer es llamada a hacerse oír de una forma discreta

Felipe, el evangelista, tenía cuatro hijas y profetizaban (cf. Hch 21, 8-9). Si pues profetizaban, ¿qué inconveniente hay en que también nuestras profetisas (las nuestras, como dicen ellos) profeticen? Responderemos a esto diciendo en primer lugar que si las nuestras profetizaban, mostradnos los signos de la profecía en ellas mismas. En segundo lugar, si también profetizaban las hijas de Felipe, sin embargo, no hablaban en las iglesias: en efecto, no tenemos constancia de esto en los Hechos de los Apóstoles, ni tampoco en el Antiguo Testamento. Se atestigua que Débora era profetisa (cf. Jc 4, 4) y que María la hermana de Aarón tocando el tímpano iba delante de las mujeres. Pero no encontrarás que Débora hablara al pueblo, como Jeremías e Isaías. No encontrarás que Juldá (cf. 2 R 22, 14; 2 Cro 34, 22) siendo profetisa hubiera hablado al pueblo o a alguno que se acercara a ella. (Orígenes. Fragmentos a la primera Carta a los Corintios)

Juan Pablo II

A ejemplo de María, la donación de sí mismo es lo mejor que la mujer puede ofrecer a la Iglesia

Esta dimensión mariana en la vida cristiana adquiere un acento peculiar respecto a la mujer y a su condición. […] Se puede afirmar que la mujer, al mirar a María, encuentra en ella el secreto para vivir dignamente su feminidad y para llevar a cabo su verdadera promoción. A la luz de María, la Iglesia lee en el rostro de la mujer los reflejos de una belleza, que es espejo de los más altos sentimientos, de que es capaz el corazón humano: la oblación total del amor, la fuerza que sabe resistir a los más grandes dolores, la fidelidad sin límites, la laboriosidad infatigable y la capacidad de conjugar la intuición penetrante con la palabra de apoyo y de estímulo. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris Mater, n. 46, 25 de marzo de 1987)

La dignidad de los fieles laicos, hombres y mujeres se encuentra en la santidad

La dignidad de los fieles laicos se nos revela en plenitud cuando consideramos esa primera y fundamental vocación, que el Padre dirige a todos ellos en Jesucristo por medio del Espíritu: la vocación a la santidad, o sea a la perfección de la caridad. El santo es el testimonio más espléndido de la dignidad conferida al discípulo de Cristo. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Christifideles laici, n. 16, 30 de diciembre de 1988)

Cristo otorgó a la mujer su verdadera dignidad

Es algo universalmente admitido —incluso por parte de quienes se ponen en actitud crítica ante el mensaje cristiano— que Cristo fue ante sus contemporáneos el promotor de la verdadera dignidad de la mujer y de la vocación correspondiente a esta dignidad. […] En las enseñanzas de Jesús, así como en su modo de comportarse, no se encuentra nada que refleje la habitual discriminación de la mujer, propia del tiempo; por el contrario, sus palabras y sus obras expresan siempre el respeto y el honor debido a la mujer. […] Este modo de hablar sobre las mujeres y a las mujeres, y el modo de tratarlas, constituye una clara “novedad” respecto a las costumbres dominantes entonces. (Juan Pablo II. Carta apostólica Mulieris dignitatem, n. 12-13, 15 de agosto de 1988)

Congregación para la Doctrina de la Fe

La caridad es el carisma superior

Lo que hemos de hacer es meditar mejor acerca de la verdadera naturaleza de esta igualdad de los bautizados, que es una de las grandes afirmaciones del cristianismo: igualdad no significa identidad dentro de la Iglesia, que es un cuerpo diferenciado en el que cada uno tiene su función; los papeles son diversos y no deben ser confundidos, no dan pie a superioridad de unos sobre otros ni ofrecen pretexto para la envidia: el único carisma superior que debe ser apetecido es la caridad (cf. 1 Cor 12-13). Los más grandes en el reino de los cielos no son los ministros sino los santos. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración sobre la cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial, n. 6, 15 de octubre de 1976)

Sagrada Escrituras

La mujer brilla por su calma y sumisión

Que la mujer aprenda sosegadamente y con toda sumisión. No consiento que la mujer enseñe ni que domine sobre el varón, sino que permanezca sosegada. (1 Tim 2, 11-13)

V ‒ Humildad y obediencia —virtudes que más brillan en las Doctoras de la Iglesia— ejemplo para toda mujer cristiana

Benedicto XVI

Santa Teresita, Doctora de la Iglesia y Patrona de las Misiones en el escondrijo del convento vivió plenamente la gracia del bautismo…

Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, que sólo vivió en este mundo 24 años, a finales del siglo XIX, llevando una vida muy sencilla y oculta, pero que, después de su muerte y de la publicación de sus escritos, se ha convertido en una de las santas más conocidas y amadas. “Teresita” no ha dejado de ayudar a las almas más sencillas, a los pequeños, a los pobres, a los que sufren, que la invocan, y también ha iluminado a toda la Iglesia con su profunda doctrina espiritual, hasta el punto de que el venerable Juan Pablo II, en 1997, quiso darle el título de doctora de la Iglesia, añadiéndolo al de patrona de las misiones, que ya le había otorgado Pío XI en 1927. Mi amado predecesor la definió “experta en la scientia amoris” (Novo millennio ineunte, n. 42). […] Así Teresa nos indica a todos que la vida cristiana consiste en vivir plenamente la gracia del bautismo en el don total de sí al amor del Padre, para vivir como Cristo, en el fuego del Espíritu Santo, su mismo amor por todos los demás. (Benedicto XVI. Audiencia general, 6 de abril de 2011)

… y tuvo auténtico espíritu misionero mediante su oración contemplativa

Por su parte, Santa Teresa de Lisieux, sin salir jamás de su Carmelo, mediante su oración contemplativa y la correspondencia mantenida con sacerdotes —el abad Bellière y el padre Roulland—, vivió, a su manera, un auténtico espíritu misionero, acompañando a cada uno en su servicio al Evangelio y dando al mundo un nuevo camino espiritual, que le valió el título de doctora de la Iglesia, hace exactamente diez años. Desde Pío XII hasta nuestros días, los Papas no han dejado de recordar el vínculo que existe entre oración, caridad y acción en la misión de la Iglesia, para que, como señala también el concilio Vaticano II, “la totalidad del mundo se transforme en pueblo de Dios, cuerpo del Señor y templo del Espíritu” (Lumen gentium, n. 17). (Benedicto XVI. Audiencia General. Mensaje por el 80º aniversario de la proclamación de Santa Teresa del Niño Jesús como patrona de las misiones, 6 de abril de 2011)

Juan Pablo II

Santa Catalina de Siena brilla por su constante cultivo de la unión con Cristo

Una de las dos mujeres, honradas por Pablo VI con el título de Doctora de la Iglesia —junto a Santa Teresa de Ávila—, es precisamente ella: Catalina de Siena. Catalina cultivó constantemente una profunda unión con el Esposo divino, aun en medio de las ocupaciones agobiantes de su vida tan agitada. Lo pudo gracias a la “celda interior”, que había llegado a construir en su intimidad. “Haceos una celda en la mente, de la cual no podáis jamás salir”, aconsejará más tarde a sus discípulos, basándose en la experiencia personal [Legenda maior, I, IV]. Efectivamente, en ella “encontramos el manjar angélico del ardiente deseo de Dios hacia nosotros” (Carta 26). (Juan Pablo II. Homilía en la visita pastoral a Siena, n. 2, 14 de setiembre de 1980)

Benedicto XVI

Doctora de la Iglesia, Santa Hildegarda de Binger resplandece por su obediencia, sencillez, caridad y hospitalidad

En santa Hildegarda de Bingen se advierte una extraordinaria armonía entre la doctrina y la vida cotidiana. En ella la búsqueda de la voluntad de Dios en la imitación de Cristo se expresa como una constante práctica de las virtudes, que ella ejercita con suma generosidad y que alimenta en las raíces bíblicas, litúrgicas y patrísticas a la luz de la Regla de San Benito: resplandece en ella de modo particular la práctica perseverante de la obediencia, de la sencillez, de la caridad y de la hospitalidad. En esta voluntad de total pertenencia al Señor, la abadesa benedictina sabe involucrar sus no comunes dotes humanas, su aguda inteligencia y su capacidad de penetración de las realidades celestes. (Benedicto XVI. Carta apostólica en la proclamación de Santa Hildegarda de Bingen, Monja Profesa de la Orden de San Benito, como Doctora de la Iglesia universal, n. 2, 7 de octubre de 2012)

Pablo VI

Doctora de la Iglesia no es un título que comporte funciones jerárquicas, sino reconoce que supo confesar la fe que recibió de Dios mediante la Iglesia

Este es, en síntesis, el mensaje que nos da Santa Teresa de Jesús, doctora de la santa Iglesia. Escuchémoslo y hagámoslo nuestro. Debemos añadir dos observaciones que nos parecen importantes. En primer lugar hay que notar que Santa Teresa de Ávila es la primera mujer a quien la Iglesia confiere el título de doctora; y esto no sin recordar las severas palabras de San Pablo: “Las mujeres cállense en las asambleas” (1Cor 14, 34), lo cual quiere decir incluso hoy que la mujer no está destinada a tener en la Iglesia funciones jerárquicas de magisterio y de ministerio. ¿Se habrá violado entonces el precepto apostólico? Podemos responder con claridad: no. Realmente no se trata de un título que comporte funciones jerárquicas de magisterio, pero a la vez debemos señalar que este hecho no supone en ningún modo un menosprecio de la sublime misión de la mujer en el seno del Pueblo de Dios. Por el contrario, ella, al ser incorporada a la Iglesia por el bautismo, participa del sacerdocio común de los fieles, que la capacita y la obliga a “confesar delante de los hombres la fe que recibió de Dios mediante la Iglesia” (Paulo VI. Homilía. Proclamación de Santa Teresa de Jesús como doctora de la Iglesia, 27 de septiembre de 1970)

Juan Pablo II

Santa Teresa de Ávila, mujer excepcional, envuelta de humildad, de penitencia y de sencillez

Para honrar, juntamente con el Papa, a Santa Teresa, esa mujer excepcional, Doctora de la Iglesia, y sin embargo “envuelta toda ella de humildad, de penitencia y de sencillez”, como dijera mi predecesor Pablo VI (Homilía del 27 de septiembre de 1970]. (Juan Pablo II. Discurso a las religiosas de clausura del Monasterio de la Encarnación de Ávila , 1 de noviembre de 1982)

VI – Falsa eclesiología que degenera en reivindicaciones despropositadas y desvirtuadas

 Juan Pablo II

Eclesiología errónea, que lleva a falsas reivindicaciones

El respeto de los derechos de la mujer representa un paso esencial hacia una sociedad más justa y madura, y la Iglesia no puede menos de hacer suyo este digno objetivo. […]. Sin embargo, en algunos círculos sigue existiendo un clima de insatisfacción con respecto a la posición de la Iglesia, especialmente donde no se comprende con claridad la distinción entre los derechos humanos y civiles de la persona y los derechos, deberes, ministerios y funciones que los fieles tienen o desempeñan en el seno de la Iglesia. Una eclesiología errónea puede llevar fácilmente a presentar falsas reivindicaciones y crear falsas expectativas. […] La igualdad de los bautizados, una de las grandes afirmaciones del cristianismo, existe en un cuerpo variado en el que los hombres y las mujeres no desempeñan meramente papeles funcionales, sino arraigados profundamente en la antropología cristiana y en los sacramentos. La distinción de funciones no implica en absoluto la superioridad de unos sobre otros: el único don superior al que podemos y debemos aspirar es el amor (cf. 1Co 12-13). En el reino de los cielos los más grandes no son los ministros, sino los santos (cf. Inter insigniores, n. 6). (Juan Pablo II. Discurso al VI grupo de obispos estadounidenses en visita “ad limina apostolorum”, n. 5-6, 2 de julio de 1993)

El papel de la mujer en la Iglesia debe ser visto a la luz de Cristo

La Iglesia “cree que la clave, el centro y el fin” del hombre, así como “de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro” y afirma que “bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre” (Gaudium et spes, n. 10). Con estas palabras la Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual nos indica el camino a seguir al asumir las tareas relativas a la dignidad de la mujer y a su vocación, bajo el trasfondo de los cambios significativos de nuestra época. Podemos afrontar tales cambios de modo correcto y adecuado solamente si volvemos de nuevo a la base que se encuentra en Cristo, aquellas verdades y aquellos valores “inmutables” de los que él mismo es “Testigo fiel” (cf. Ap 1, 5) y Maestro. Un modo diverso de actuar conduciría a resultados dudosos, por no decir erróneos y falaces. (Juan Pablo II. Carta apostólica Mulieris dignitatem, n. 28, 15 de agosto de 1988)

No podemos imaginar que Cristo estaba siguiendo la mentalidad de la época al elegir sólo varones por ser sus Apóstoles

Cristo, llamando como apóstoles suyos sólo a hombres, lo hizo de un modo totalmente libre y soberano. Y lo hizo con la misma libertad con que en todo su comportamiento puso en evidencia la dignidad y la vocación de la mujer, sin amoldarse al uso dominante y a la tradición avalada por la legislación de su tiempo. Por lo tanto, la hipótesis de que haya llamado como apóstoles a unos hombres, siguiendo la mentalidad difundida en su tiempo, no refleja completamente el modo de obrar de Cristo. […] Todos ellos estaban con Cristo durante la última Cena y sólo ellos recibieron el mandato sacramental: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19; 1 Cor 11, 24), que está unido a la institución de la Eucaristía. Ellos, la tarde del día de la resurrección, recibieron el Espíritu Santo para perdonar los pecados: “A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 23). (Juan Pablo II. Carta apostólica Mulieris dignitatem, n. 26, 15 de agosto de 1988)

Algunas funciones fueron confiadas a los Doce y no a las mujeres

Los evangelios muestran que Jesús no envió jamás a las mujeres en misiones de predicación, como hizo con el grupo de los Doce, que eran todos varones (cf. Lc 9,1-6), y también con los 72, entre los que no se menciona la presencia de ninguna mujer (cf. Lc 10,1-20). Sólo a los Doce Jesús da la autoridad sobre el reino: “Dispongo un reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí” (Lc 22, 29). Sólo a los Doce confiere la misión y el poder de celebrar la eucaristía en su nombre (cf. Lc 22, 19): esencia del sacerdocio ministerial. Sólo a los Apóstoles, después de su resurrección, da el poder de perdonar los pecados (cf. Jn 20, 22-23) y de emprender la obra de evangelización universal (cf. Mt 28, 18-20 Mc 16, 16-18). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 27 de julio de 1994)

Necesidad de discernir lo que contribuye a la consolidación de los verdaderos valores y lo que puede ocasionar degradación moral

Mientras lleve a cabo su compromiso de evangelizar, la mujer sentirá más vivamente la necesidad de ser evangelizada. Así, con los ojos iluminados por la fe (cf. Ef 1, 18), la mujer podrá distinguir lo que verdaderamente responde a su dignidad personal y a su vocación, de todo aquello que —quizás con el pretexto de esta “dignidad” y en nombre de la “libertad” y del “progreso”—hace que la mujer no sirva a la consolidación de los verdaderos valores, sino que, al contrario, se haga responsable de la degradación moral de las personas, de los ambientes y de la sociedad. Llevar a cabo un “discernimiento” semejante es una urgencia histórica impostergable; y, al mismo tiempo, es una posibilidad y una exigencia que derivan de la participación, por parte de la mujer cristiana, en el oficio profético de Cristo y de su Iglesia. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Christifideles laici, n. 51, 30 de diciembre de 1988)

Congregación para la Doctrina de la Fe

Ni siquiera la Santísima Virgen fue asociada al ministerio de los Doce

Jesucristo no llamó a ninguna mujer a formar parte de los Doce. Al actuar así, no lo hizo para acomodarse a las costumbres de su tiempo, ya que su actitud respecto a las mujeres contrasta singularmente con la de su ambiente y marca una ruptura voluntaria y valiente. […] Su misma Madre, asociada tan íntimamente a su misterio, y cuyo papel sin par es puesto de relieve por los evangelios de Lucas y de Juan, no ha sido investida del ministerio apostólico, lo cual induciría a los Padres a presentarla como el ejemplo de la voluntad de Cristo en tal campo: “Aunque la bienaventurada Virgen María superaba en dignidad y excelencia a todos los Apóstoles, repite a principios del siglo XIII Inocencio III, no ha sido a ella sino a ellos a quienes el Señor ha confiado las llaves del reino de los cielos” (Inocencio PP. III, Epist). La comunidad apostólica ha sido fiel a la actitud de Jesús. Dentro del pequeño grupo de los que se reúnen en el Cenáculo después de la Ascensión, María ocupa un puesto privilegiado (cf. Hch 1, 14); sin embargo, no es ella la llamada a entrar en el Colegio de los Doce, en el momento de la elección que desembocará en la elección de Matías: los presentados son dos discípulos, que los evangelios no mencionan. El día de Pentecostés, el Espíritu Santo desciende sobre todos, hombres y mujeres (cf. Hch 2, 1; 1, 14), sin embargo, el anuncio del cumplimiento de las profecías en la persona de Jesús es hecho por “Pedro y los Once” (Hch 2, 14). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración sobre la cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial, n. 2-3, 15 de octubre de 1976)

San Pablo prohíbe a la mujer la función oficial de enseñar en la Iglesia

Otra objeción viene del carácter caduco que se cree descubrir hoy en algunas de las prescripciones de San Pablo referentes a las mujeres, y de las dificultades que suscitan a este respecto ciertos aspectos de su doctrina. Pero hay que notar que esas prescripciones, probablemente inspiradas en las costumbres del tiempo, no se refieren sino a prácticas de orden disciplinar de poca importancia, como por ejemplo a la obligación por parte de la mujer de llevar un velo en la cabeza (cf. 1 Cor 11, 2-16); tales exigencias ya no tienen valor normativo. No obstante, la prohibición impuesta por el Apóstol a las mujeres de “hablar” en la asamblea (cf. 1 Cor 14, 34-35; 1 Tim 2, 12) es de otro tipo. Los exegetas, sin embargo, precisan así el sentido de la prohibición: Pablo no se opone absolutamente al derecho, que reconoce por lo demás a las mujeres, de profetizar en la asamblea (cf. 1 Cor 11, 5); la prohibición se refiere únicamente a la función oficial de enseñar en la asamblea. Para San Pablo esta prohibición está ligada al plan divino de la creación (cf. 1 Cor 11, 17; Gen 2, 18-24): difícilmente podría verse ahí la expresión de un dato cultural. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración sobre la cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial, n. 4, 15 de octubre de 1976)

Pío X

El reformador modernista quiere repartir la autoridad en la Iglesia

Queda, finalmente, ya hablar sobre el modernista en cuanto reformador. […] Andan clamando que el régimen de la Iglesia se ha de reformar en todos sus aspectos, pero principalmente en el disciplinar y dogmático, y, por lo tanto, que se ha de armonizar interior y exteriormente con lo que llaman conciencia moderna, que íntegramente tiende a la democracia; por lo cual, se debe conceder al clero inferior y a los mismos laicos cierta intervención en el gobierno y se ha de repartir la autoridad, demasiado concentrada y centralizada. (Pío X. Encíclica Pascendi Dominici gregis, n. 37, 8 de septiembre de 1907)

Estudios relacionados
  • 106 - La dirección espiritual es un carisma de los laicos
  • 115 - Los Padres reunidos en el Concilio habían percibido la exigencia de hablar de Dios a los hombres de su tiempo en un modo más comprensible. Había llegado el tiempo de anunciar el Evangelio de un modo nuevo
  • 140 - ¿Amamos a la Iglesia sabiendo incluso comprender sus defectos? La Iglesia también tiene defectos
  • 150 - En la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella
  • 152 - La Iglesia Católica en repetidas ocasiones ha servido de mediadora en favor de la solución de problemas que afectan a la paz, la concordia, la tierra, la defensa de la vida, los derechos humanos y ciudadanos

  • Print Friendly, PDF & Email