152 – La Iglesia Católica en repetidas ocasiones ha servido de mediadora en favor de la solución de problemas que afectan a la paz, la concordia, la tierra, la defensa de la vida, los derechos humanos y ciudadanos

“La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo” (Jn 14, 7), dice Jesucristo. Por eso la Iglesia Católica nunca quiso ser considerada una institución filantrópica que agrada a los hombres de todas las épocas, independientemente de las costumbres y prácticas morales de los pueblos.

La paz que la Iglesia da al mundo es la paz de Cristo, y por fidelidad a los principios cristianos los católicos no temen ir en contra de las opiniones de su tiempo. La necesidad de contradecir convicciones mundanas hace que el cristiano viva lo que Cristo también anunció: “No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada” (Mt 10, 34).

La Iglesia no cambia ni siquiera una coma de las enseñanzas de Cristo, y esto por fidelidad a Él y a su santas leyes, no por causa de la concepción moderna de la dignidad humana. En caso contrario, cambiaría la posición de la Iglesia según la concepción de dignidad humana de cada época.

Un ejemplo dramático: el mundo predica la dignidad de la mujer por encima de la vida de su hijo… frente a esto la Iglesia no sólo declara: “El dueño de la vida y de la muerte es Dios”, sino que sanciona con la excomunión a la madre que practicó el aborto. Esto, porque la Iglesia no basa su moral en cuestiones de “bien común”, sino en conformidad con los mandamientos de Dios, y en el caso mencionado no se analiza la moralidad del acto según el “trauma de la madre” sino según el mandamiento “no matarás”. Podríamos multiplicar los ejemplos.

El objetivo de la Iglesia es la salvación de las almas y la implantación del Reino de Cristo en el mundo. Y cuanto más la Iglesia logra implantar el Reino de Cristo en la tierra, más se establece la verdadera paz y la dignidad del hombre es respectada. La paz y dignidad, recordamos, según los patrones evangélicos y no los del mundo secularizado en que vivimos.

La preocupación de ser reconocida como una institución fiable delante de la opinión pública en lo que respecta al ámbito de la solidaridad y de la preocupación por los más necesitados es propio de una ONG, y no de una institución divina.

Una vez más, Francisco parecer querer desfigurar la imagen de la Esposa Inmaculada de Cristo y transformarla en una figura laica, empequeñecida y despojada de su esencia sobrenatural. ¿Se puede confiar en las intenciones de alguien que disminuye con sus palabras la figura de la Iglesia? ¿Es posible creer en un líder que rebaja la propia institución que dice estar guiando? Y todavía hay ciegos que no quieren ver…

Recordemos, por lo tanto, los objetivos sobrenaturales que motivan la acción evangelizadora de la Iglesia.

Francisco

filantropia

Cita ACita B

 Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

I – ¿Qué pretensiones tiene la Iglesia Católica al actuar en el mundo secularizado? ¿Ser reconocida como institución filantrópica digna de crédito o cumplidora del mandato de Cristo: “Id al mundo entero y proclamad al Evangelio”?
II – ¿Cuáles son los problemas que la Iglesia quiere solucionar en el mundo? ¿Los que afectan la paz, la concordia y el medio ambiente, la defensa de la vida, los derechos humanos y civiles? ¿O los que afectan el reinado de Cristo y la salvación de las almas?
III – Cuando la Iglesia contradice las corrientes de opinión del mundo lo hace principalmente por fidelidad a Dios y a sus santas leyes, no simplemente porque haya quienes trabajen contra la dignidad humana o el bien común.

I – ¿Qué pretensiones tiene la Iglesia Católica al actuar en el mundo secularizado? ¿Ser reconocida como institución filantrópica digna de crédito o cumplidora del mandato de Cristo: “Id al mundo entero y proclamad al Evangelio”?

Juan XXIII

Al margen de vuestra actividad están, por desgracia, los más necesitados y los enfermos más contagiosos que son los pecadores

Vosotros queréis aliviar los sufrimientos físicos, pero, bien lo sabemos, no olvidéis que al margen de vuestra actividad están, por desgracia, los más necesitados y los enfermos más contagiosos que son los pecadores obstinados y rebeldes. […] La confusión que reina en este punto en algunos sectores exige el esfuerzo de todas las almas cristianas de buen sentido para ser inexorables y decididas en un ejercicio difícil y paciente de verdadera caridad, y no desaprovechar ocasión para edificar, recordar, corregir, elevar. Jugar con el fuego es siempre perjudicial: et qui amat periculum in illo peribit (Ecl 3, 27). (Juan XXIII. Discurso a los delegados de las obras de misericordia de Roma, n. 1, 21 de febrero de 1960)

Pío XI

La obligación de la Iglesia es dirigir los hombres a la felicidad eterna, no a la temporal

Cierto que no se le impuso a la Iglesia la obligación de dirigir a los hombres a la felicidad exclusivamente caduca y temporal, sino a la eterna; más aún, “la Iglesia considera impropio inmiscuirse sin razón en estos asuntos terrenos” (Ubi arcano, 23 de diciembre de 1922). Pero no puede en modo alguno renunciar al cometido, a ella confiado por Dios, de interponer su autoridad, no ciertamente en materias técnicas, para las cuales no cuenta con los medios adecuados ni es su cometido, sino en todas aquellas que se refieren a la moral. (Pío XI. Encíclica Quadragesimo anno, n. 41, 15 de mayo de 1931)

Congregación para la Doctrina de la Fe

Ante los problemas no se puede dejar lo esencial: la predicación de la Palabra

El angustioso sentimiento de la urgencia de los problemas no debe hacer perder de vista lo esencial, ni hacer olvidar la respuesta de Jesús al Tentador (Mt 4, 4): “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Dt 8, 3). Así, ante la urgencia de compartir el pan, algunos se ven tentados a poner entre paréntesis y a dejar para el mañana la evangelización: en primer lugar el pan, la Palabra para más tarde. Es un error mortal el separar ambas cosas hasta oponerlas entre sí. Por otra parte, el sentido cristiano sugiere espontáneamente lo mucho que hay que hacer en uno y otro sentido. Para otros, parece que la lucha necesaria por la justicia y la libertad humanas, entendidas en su sentido económico y político, constituye lo esencial y el todo de la salvación. Para éstos, el Evangelio se reduce a un evangelio puramente terrestre. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación, VI, 3-4, 6 de agosto de 1984)

Benedicto XVI

El primer servicio que los cristianos pueden dar al género humano es anunciar el Evangelio

El anuncio y el testimonio del Evangelio son el primer servicio que los cristianos pueden dar a cada persona y a todo el género humano, por estar llamados a comunicar a todos el amor de Dios, que se manifestó plenamente en el único Redentor del mundo, Jesucristo”. (Benedicto XVI. Discurso a los participantes en el Congreso organizado por la Congregación para la Evangelización de los Pueblos con motivo del 40° aniversario del Decreto conciliar Ad gentes, 11 de marzo de 2006)

La Iglesia dentro de la confusión del mundo ilumina a través de la Palabra de Dios

Esta es la función in persona Christi del sacerdote: hacer presente, en la confusión y en la desorientación de nuestro tiempo, la luz de la Palabra de Dios. (Benedicto XVI. Audiencia general, 14 de abril de 2010)

La Iglesia no quiere la adhesión de los hombres a una institución, sino a Dios

La Iglesia se abre al mundo, no para obtener la adhesión de los hombres a una institución con sus propias pretensiones de poder, sino más bien para hacerles entrar en sí mismos y conducirlos así hacia Aquel del que toda persona puede decir con San Agustín: Él es más íntimo a mí que yo mismo (cf. Confesiones 3, 6, 11). Él, que está infinitamente por encima de mí, está de tal manera en mí que es mi verdadera interioridad. Mediante este estilo de apertura al mundo propio de la Iglesia, queda al mismo tiempo diseñada la forma en la que cada cristiano puede realizar esa misma apertura de modo eficaz y adecuado. (Benedicto XVI. Discurso en el encuentro con los católicos comprometidos en la Iglesia y la sociedad, 25 de septiembre de 2011)

Juan Pablo II

La Iglesia no predica el bien vivir, sino la salvación de las almas y la filiación divina

La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una “gradual secularización de la salvación”, debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral, que abarca al hombre entero y a todos los hombres, abriéndoles a los admirables horizontes de la filiación divina. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 11, 7 de diciembre de 1990)

La misión de la Iglesia consiste en despertar las conciencias a través del Evangelio, y no en actuar directamente en lo económico o técnico

En la Encíclica Sollicitudo rei socialis he afirmado que “la Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer al problema del subdesarrollo en cuanto tal”, sino que “da su primera contribución a la solución del problema urgente del desarrollo cuando proclama la verdad sobre Cristo, sobre sí misma y sobre el hombre, aplicándola a una situación concreta”. La Conferencia de los Obispos latinoamericanos en Puebla afirmó que “el mejor servicio al hermano es la evangelización, que lo prepara a realizarse como hijo de Dios, lo libera de las injusticias y lo promueve integralmente”. La misión de la Iglesia no es actuar directamente en el plano económico, técnico, político o contribuir materialmente al desarrollo, sino que consiste esencialmente en ofrecer a los pueblos no un “tener más”, sino un “ser más”, despertando las conciencias con el Evangelio. El desarrollo humano auténtico debe echar sus raíces en una evangelización cada vez más profunda. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 58, 7 de diciembre de 1990)

Pablo VI

La tarea de la Iglesia es la difusión del Evangelio para iluminar los espíritus sobre la verdad e indicar el recto camino a seguir

En el campo social, la Iglesia ha querido realizar siempre una doble tarea: iluminar los espíritus para ayudarlos a descubrir la verdad y distinguir el camino que deben seguir en medio de las diversas doctrinas que los solicitan; y consagrarse a la difusión de la virtud del Evangelio, con el deseo real de servir eficazmente a la humanidad. (Pablo VI. Carta apostólica Octogesima adveniens, n. 48, 14 de mayo de 1971)

Pío XII

Empeñémonos con todo esfuerzo para hacer que vuelvan a Cristo los hermanos desviados del recto camino

Al considerar atentamente las gravísimas necesidades de nuestra época, hemos de empeñarnos con todo esfuerzo para hacer que vuelvan a Cristo los hermanos desviados del recto camino, o los cegados por las pasiones; para iluminar a los pueblos con la luz de la doctrina cristiana, formándoles en una más perfecta conciencia de sus deberes de cristianos según las rectas normas de nuestra religión y, finalmente, para excitar a todos a que se entreguen con valentía a las batallas por la verdad y por la justicia. (Pío XII. Exhortación apostólica Menti nostrae, 23 de septiembre de 1950)

II – ¿Cuáles son los problemas que la Iglesia quiere solucionar en el mundo? ¿Los que afectan la paz, la concordia y el medio ambiente, la defensa de la vida, los derechos humanos y civiles? ¿O los que afectan el reinado de Cristo y la salvación de las almas?

Benedicto XVI

La crisis actual obliga la Iglesia a encontrar nuevos medios para anunciar el camino de salvación

Entre estas, quiero mencionar en primer lugar la necesidad de un estudio exhaustivo de la crisis de la modernidad. Durante los últimos siglos, la cultura europea ha estado condicionada fuertemente por la noción de modernidad. Sin embargo, la crisis actual tiene menos que ver con la insistencia de la modernidad en la centralidad del hombre y de sus preocupaciones, que con los problemas planteados por un “humanismo” que pretende construir un regnum hominis separado de su necesario fundamento ontológico. Una falsa dicotomía entre teísmo y humanismo auténtico, llevada al extremo de crear un conflicto irreconciliable entre la ley divina y la libertad humana, ha conducido a una situación en la que la humanidad, por todos sus progresos económicos y técnicos, se siente profundamente amenazada. […] Una tercera cuestión que es necesario investigar concierne a la naturaleza de la contribución que el cristianismo puede dar al humanismo del futuro. La cuestión del hombre, y por consiguiente de la modernidad, desafía a la Iglesia a idear medios eficaces para anunciar a la cultura contemporánea el “realismo” de su fe en la obra salvífica de Cristo. El cristianismo no debe ser relegado al mundo del mito y la emoción, sino que debe ser respetado por su deseo de iluminar la verdad sobre el hombre, de transformar espiritualmente a hombres y mujeres, permitiéndoles así realizar su vocación en la historia. (Benedicto XVI. Discurso a los participantes en el Encuentro europeo de profesores universitarios, 23 de junio de 2007)

Juan Pablo II

La educación moral es una exigencia prioritaria

Nuestra época, más que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría para humanizar todos los nuevos descubrimientos de la humanidad. El destino futuro del mundo corre peligro si no se forman hombres más instruidos en esta sabiduría” (Gaudium et spes, n. 15). La educación de la conciencia moral que hace a todo hombre capaz de juzgar y de discernir los modos adecuados para realizarse según su verdad original, se convierte así en una exigencia prioritaria e irrenunciable. Es la alianza con la Sabiduría divina la que debe ser más profundamente reconstituida en la cultura actual. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 8, 22 de noviembre de 1981)

Pío X

La separación de Dios es un íntimo y gravísimo mal que aflige nuestra sociedad

Luego, dejando aparte otros motivos [para rehusar el Pontificado] Nos llenaba de temor sobre todo la tristísima situación en que se encuentra la humanidad. ¿Quién ignora, efectivamente, que la sociedad actual, más que en épocas anteriores, está afligida por un íntimo y gravísimo mal que, agravándose por días, la devora hasta la raíz y la lleva a la muerte? Comprendéis, Venerables Hermanos, cual es el mal; la defección y la separación de Dios: nada más unido a la muerte que esto, según lo dicho por el Profeta: “Pues he aquí que quienes se alejan de ti, perecerán” (Sal 72, 26). Detrás de la misión pontificia que se me ofrecía, Nos veíamos el deber de salir al paso de tan gran mal: Nos parecía que recaía en Nos el mandato del Señor: “Hoy te doy sobre pueblos y reinos poder de destruir y arrancar, de edificar y plantar” (Jer 1,10); pero, conocedor de Nuestra propia debilidad, Nos espantaba tener que hacer frente a un problema que no admitía ninguna dilación y sí tenía muchas dificultades. (Pío X. Encíclica E supremi apostolatus, n. 3, 4 de octubre de 1903)

Pío XI

La paz que la Iglesia busca es el estabelecimiento del Reino de Cristo

No sólo exhortamos entonces a buscar la paz de Cristo en el reino de Cristo, sino que, además, prometimos que para dicho fin haríamos todo cuanto posible nos fuese. En el reino de Cristo, dijimos: pues estábamos persuadidos de que no hay medio más eficaz para restablecer y vigorizar la paz que procurar la restauración del reinado de Jesucristo. (Pío XI. Encíclica Quas primas, n. 1, 11 de diciembre de 1925)

En medio a los males del mundo la Iglesia quiere afirmar la realeza de Cristo

Además, para condenar y reparar de alguna manera esta pública apostasía, producida, con tanto daño de la sociedad, por el laicismo, ¿no parece que debe ayudar grandemente la celebración anual de la fiesta de Cristo Rey entre todas las gentes? En verdad: cuanto más se oprime con indigno silencio el nombre suavísimo de nuestro Redentor, en las reuniones internacionales y en los Parlamentos, tanto más alto hay que gritarlo y con mayor publicidad hay que afirmar los derechos de su real dignidad y potestad. (Pío XI. Encíclica Quas primas, n. 25, 11 de diciembre de 1925)

Más preocupa a la Iglesia el menosprecio hacia la conducta de vida cristiana que la falta de paz

En vez, pues, de la confianza y seguridad reina la congojosa incertidumbre y el temor; en vez del trabajo y la actividad, la inercia y la desidia; en vez de la tranquilidad del orden, en que consiste la paz, la perturbación de las empresas industriales, la languidez del comercio, la decadencia en el estudio de las letras y de las artes; de ahí también, lo que es más de lamentar, el que se eche de menos en muchas partes la conducta de vida verdaderamente cristiana, de modo que no solamente la sociedad parece no progresar en la verdadera civilización de que suelen gloriarse los hombres, sino que parece querer volver a la barbarie. Y a todos estos males aquí enumerados vienen a poner el colmo aquellos que, cierto, no percibe el hombre animal (1 Cor 2, 14), pero que son, sin embargo, los más graves de nuestro tiempo. Queremos decir los danos causados en todo lo que se refiere a los intereses espirituales y sobrenaturales, de los que tan íntimamente depende la vida de las almas; y tales danos, como fácilmente se comprende, son tanto más de llorar que las pérdidas de los bienes terrenos, cuanto el espíritu aventaja a la materia. (Pío XI. Encíclica Ubi arcano, n. 12-13, 23 de diciembre de 1922)

Si miramos las cosas con ojos cristianos, nada puede ser comparado con la ruina de las almas

Los ánimos de todos, efectivamente, se dejan impresionar exclusivamente por las perturbaciones, por los desastres y por las ruinas temporales. Y ¿qué es todo eso, si miramos las cosas con los ojos cristianos, como debe ser, comparado con la ruina de las almas? Y, sin embargo, puede afirmarse sin temeridad que son tales en la actualidad las condiciones de la vida social y económica, que crean a muchos hombres las mayores dificultades para preocuparse de lo único necesario, esto es, de la salvación eterna. (Pío XI. Encíclica Quadragesimo anno, n. 130, 15 de mayo de 1931)

Lo más precioso para la Iglesia es la incolumidad de la familia, la santidad del matrimonio y la educación cristiana de la juventud

Sin embargo, debemos reconocer con dolor que, a pesar de vuestros diligentes y asiduos cuidados, también en esas regiones, como ocurre desgraciadamente en muchas otras, se está haciendo una guerra, a veces, sorda, a veces, descubierta contra cuánto hay de más preciado para la Santa Madre Iglesia, con daño gravísimo para las almas. La incolumidad de la familia es atacada en sus fundamentos por los frecuentes atentados contra la santidad del matrimonio; la educación cristiana de la juventud, dificultada y a veces descuidada, ahí como en otras naciones, está ahora seriamente comprometida por errores contra la fe y la moral y por calumnias contra la Iglesia, a la cual se presenta como enemiga del progreso, de la libertad y de los intereses del pueblo; el mismo consorcio civil está amenazado por una propaganda nefasta de teorías subversivas de todo orden social, mientras, de otra parte, se aleja al obrero de las prácticas cristianas por la frecuente violación del descanso festivo y por la sed excesiva de diversiones, fácil vehículo, hartas veces, de perversión moral. (Pío XI. Carta apostólica Con singular complacencia, 18 de enero de 1939)

En toda obra social hay que promover el mayor bien, la salvación de las almas y el reino de Cristo

Los miembros, pues, de la Acción Católica son también dentro de ciertos límites, fomentadores y defensores de la vida sobrenatural en las almas. De cuanto hemos expuesto se deduce claramente que la Acción Católica no es nunca de orden material, sino espiritual; no de orden terreno, sino celestial; no político, sino religioso. Su fin propio la distingue netamente de todo movimiento, de toda asociación que se proponga finalidades puramente terrenas y temporales, aunque sean nobles y dignas de encomio. Sin embargo, es también acción social, porque promueve el mayor bien de la sociedad: el reino de Jesucristo. Además, lejos de desinteresarse de los grandes problemas que trabajan a la sociedad y se reflejan en el orden moral y religioso, los estudia y los dirige hacia su verdadera solución, según los principios de la justicia y de la caridad cristiana. (Pío XI. Carta apostólica Con singular complacencia, 18 de enero de 1939)

San Francisco de Sales

No se puede poner más cuidado en distribuir el pan material que el pan del cielo

Los apóstoles, encargados de predicar el Evangelio por todo el mundo y de distribuir el pan del cielo a las almas, creyeron, muy acertadamente, que habrían obrado mal si se hubiesen distraído de este santo ejercicio para practicar la virtud de socorrer a los pobres, aunque esta virtud sea muy excelente. Cada vocación tiene necesidad de practicar alguna especial virtud: unas son las virtudes del prelado, otras las del príncipe, otras las del soldado, otras las de una mujer casada, otras las de una viuda; y, aunque todos han de tener todas las virtudes, no todos, empero, las han de practicar igualmente, sino que cada uno ha de ejercitarse, particularmente, en aquellas que exige el género de vida a que ha sido llamado. (San Francisco de Sales. Introducción a la vida devota, parte III, cap. 1)

III – Cuando la Iglesia contradice las corrientes de opinión del mundo lo hace principalmente por fidelidad a Dios y a sus santas leyes, no simplemente porque haya quienes trabajen contra la dignidad humana o el bien común

Benedicto XVI

Una solución adecuada de los problemas reclama la proclamación de la verdad

La doctrina social de la Iglesia responde a esta dinámica de caridad recibida y ofrecida. Es caritas in veritate in re social, anuncio de la verdad del amor de Cristo en la sociedad. Dicha doctrina es servicio de la caridad, pero en la verdad. La verdad preserva y expresa la fuerza liberadora de la caridad en los acontecimientos siempre nuevos de la historia. Es al mismo tiempo verdad de la fe y de la razón, en la distinción y la sinergía a la vez de los dos ámbitos cognitivos. El desarrollo, el bienestar social, una solución adecuada de los graves problemas socioeconómicos que afligen a la humanidad, necesitan esta verdad. Y necesitan aún más que se estime y dé testimonio de esta verdad. Sin verdad, sin confianza y amor por lo verdadero, no hay conciencia y responsabilidad social, y la actuación social se deja a merced de intereses privados y de lógicas de poder, con efectos disgregadores sobre la sociedad, tanto más en una sociedad en vías de globalización, en momentos difíciles como los actuales. (Benedicto XVI. Encíclica Caritas in veritate, n. 5, 29 de junio de 2009)

Juan Pablo II

Los pastores son la voz de Cristo que llama a la fidelidad a la ley de Dios

En toda época, los hombres y las mujeres necesitan escuchar a Cristo, el buen Pastor, que los llama a la fe y a la conversión de vida (cf. Mc 1, 15). Como pastores de almas, debéis ser la voz de Cristo hoy, animando a vuestro pueblo a redescubrir “la belleza de la verdad, la fuerza liberadora del amor de Dios, el valor de la fidelidad incondicional a todas las exigencias de la ley del Señor, incluso en las circunstancias más difíciles” (Veritatis splendor, n. 107). (Juan Pablo II. Discurso al noveno grupo de obispos de Estados Unidos en visita ad limina apostolorum, n. 1, 27 de junio de 1998)

Radicalidad y perfección en la obediencia a la verdad que es Cristo

En obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección. (Juan Pablo II. Encíclica Familiaris consortio, n. 33, 22 de noviembre de 1981)

Cuanto mayor la oposición al Evangelio, tanto más necesario es su anuncio

Jesucristo es principio estable y centro permanente de la misión que Dios mismo ha confiado al hombre. En esta misión debemos participar todos, en ella debemos concentrar todas nuestras fuerzas, siendo ella necesaria más que nunca al hombre de nuestro tiempo. Y si tal misión parece encontrar en nuestra época oposiciones más grandes que en cualquier otro tiempo, tal circunstancia demuestra también que es en nuestra época aún más necesaria y —no obstante las oposiciones— es más esperada que nunca. Aquí tocamos indirectamente el misterio de la economía divina que ha unido la salvación y la gracia con la Cruz. No en vano Jesucristo dijo que el “reino de los cielos está en tensión, y los esforzados lo arrebatan” (Mt 11, 12). (Juan Pablo II. Encíclica Redemptor hominis, n. 11, 4 de marzo de 1979)

Pablo VI

El primer medio de evangelización es la santidad

Ante todo, […] hay que subrayar esto: para la Iglesia el primer medio de evangelización consiste en un testimonio de vida auténticamente cristiana, entregada a Dios en una comunión que nada debe interrumpir y a la vez consagrada igualmente al prójimo con un celo sin límites. […] San Pedro lo expresaba bien cuando exhortaba a una vida pura y respetuosa, para que si alguno se muestra rebelde a la palabra, sea ganado por la conducta. Será sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo, es decir, mediante un testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, […] en una palabra de santidad. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 41, 8 de diciembre de 1975)

Pío XI

En medio a la corrupción del mundo, la Iglesia se levanta como un faro luminoso de la verdad

En medio de las aberraciones del pensamiento humano, ebrio por una falsa libertad exenta de toda ley y freno; en medio de la espantosa corrupción, fruto de la malicia humana, se yergue cual faro luminoso la Iglesia, que condena toda desviación —a la diestra o a la siniestra— de la verdad, que indica a todos y a cada uno el camino que deben seguir. Y ¡ay si aún este faro, no digamos se extinguiese, lo cual es imposible por las promesas infalibles sobre que está cimentado, pero si se le impidiera difundir profusamente sus benéficos rayos! Bien vemos con nuestros propios ojos a dónde ha conducido al mundo el haber rechazado, en su soberbia, la revelación divina y el haber seguido, aunque sea bajo el especioso nombre de ciencia, falsas teorías filosóficas y morales. Y si, puestos en la pendiente del error y del vicio, no hemos llegado todavía a más hondo abismo, se debe a los rayos de la verdad cristiana que, a pesar de todo, no dejan de seguir difundidos por el mundo. (Pío XI. Encíclica Ad catholici sacerdotii, n. 19, 20 de diciembre de 1935)

Pío X

No hay fraternidad genuina fuera de la caridad cristiana

Lo mismo se aplica a la noción de fraternidad que se encuentra en el amor de interés común o, más allá de todas las filosofías y religiones, en la mera noción de la humanidad, incluyendo de este modo un amor igual y la tolerancia a todos los seres humanos y a sus miserias, ya sean intelectuales, morales físicas y temporales. Pero la doctrina católica nos dice que el primer deber de la caridad no radica en la tolerancia de las ideas falsas, por sincera que sea, ni en la indiferencia teórica o práctica hacia los errores y vicios en los que vemos a nuestros hermanos cayeron, sino en el celo por su mejoramiento intelectual y moral, así como por su bienestar material. La doctrina católica nos dice, además, que el amor al prójimo brota de nuestro amor a Dios, que es Padre de todos, y el objetivo de toda la familia humana; y en Jesucristo, cuyos miembros somos, hasta el punto que en hacer el bien a los demás, estamos haciendo el bien a Jesucristo mismo. Cualquier otro tipo de amor es pura ilusión, estéril y fugaz. […] No hay fraternidad genuina fuera de la caridad cristiana. A través del amor de Dios y de su Hijo Jesucristo nuestro Salvador, la caridad cristiana abarca a todos los hombres, consuela a todos, y lleva a todos a la misma fe y la misma felicidad celestial. (Pío X. Encíclica Notre charge apostolique, n.22-23, 15 de agosto de 1910)

La verdad es única y no puede doblegarse a los tiempos

Cuanto se equivocan los que estiman que serán más dignos de la Iglesia y trabajarán con más fruto para la salvación eterna de los hombres si, movidos por una prudencia humana, […] movidos por la vana esperanza de que así pueden ayudar mejor a los equivocados, cuando en realidad los hacen compañeros de su propio descarrío. Pero la verdad es única y no puede dividirse; permanece eterna, sin doblegarse a los tiempos: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre (Heb 13, 8). (Pío X. Encíclica Iucunda sane, n. 25-26, 12 de marzo de 1904)

Congregación para la Doctrina de la Fe

La evangelización encuentra su origen en el deseo de Cristo por salvar a todos

El motivo originario de la evangelización es el amor de Cristo para la salvación eterna de los hombres. Los auténticos evangelizadores desean solamente dar gratuitamente lo que gratuitamente han recibido: “Desde los primeros días de la Iglesia los discípulos de Cristo se esforzaron en inducir a los hombres a confesar Cristo Señor, no por acción coercitiva ni por artificios indignos del Evangelio, sino ante todo por la virtud de la palabra de Dios” (Dignitatis humanæ, n. 11) La misión de los Apóstoles ―y su continuación en la misión de la Iglesia antigua― sigue siendo el modelo fundamental de evangelización para todos los tiempos: una misión a menudo marcada por el martirio, como lo demuestra la historia del siglo pasado. Precisamente el martirio da credibilidad a los testigos, que no buscan poder o ganancia sino que entregan la propia vida por Cristo. Manifiestan al mundo la fuerza inerme y llena de amor por los hombres concedida a los que siguen a Cristo hasta la donación total de su existencia. Así, los cristianos, desde los albores del cristianismo hasta nuestros días, han sufrido persecuciones por el Evangelio, como Jesús mismo había anunciado: “a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros” (Jn 15, 20). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización, n. 8, 3 de diciembre de 2007)

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia

La Iglesia analiza todo bajo su conformidad con el Evangelio

La doctrina social de la Iglesia “no pertenece al ámbito de la ideología, sino al de la teología y especialmente de la teología moral”. No se puede definir según parámetros socioeconómicos. No es un sistema ideológico o pragmático, que tiende a definir y componer las relaciones económicas, políticas y sociales, sino una categoría propia: esla cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana”. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 72)


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