82 – La hoz y el martillo con el Cristo encima: Para mí no ha sido una ofensa

La figura del Buen Pastor dispuesto a enfrentar al lobo a costa de su vida para proteger y salvar a sus ovejas (Jn 10,11-12) es una imagen elocuente y conmovedora. Elaborada por Nuestro Señor Jesucristo para definirse a sí mismo, expresa entre otros atributos, el celo pastoral que todo Obispo, en colaboración con su presbiterio y bajo la autoridad del Sumo Pontífice, debe poseer para el ejercicio competente de su misión “de enseñar, de santificar y de regir” al pueblo de Dios (Decreto del Concilio Vaticano II, Christus Dominus, n. 11).

Estudiando la Historia de la Iglesia, desde los agitados días de Pío IX hasta el fin del pontificado de Benedicto XVI, se comprueba que los romanos pontífices fieles a esa misión “de enseñar, de santificar y de regir” el rebaño que les fue confiado por Cristo Jesús, no dudaron en condenar de modo tajante los errores del marxismo y alertaron sobre los graves trastornos que la aplicación de su doctrina acarrearía para el orden económico y social. La triste experiencia de las naciones que fueron y que en la actualidad son férreamente subyugadas por los partidos comunistas o socialistas es patente: hambre, tiranía, esclavitud y opresión. La Historia reciente de la humanidad confirma que las condenaciones de Pío IX, León XIII, Pío X, Benedicto XV, Pío XI, Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI, en su calidad de Pastores y Maestros autorizados, tenían todo fundamento. No obstante lo anterior, la misma Historia confirma que en el campo eclesiástico Karl Marx no dejó de ejercer una extraña fascinación. Esta fascinación degeneró en la llamada “Teología de la Liberación” que Juan Pablo II, en estrecha colaboración con el Cardenal Ratzinger, denunciaron y condenaron: “El primer gran desafío que afrontamos fue la Teología de la Liberación que se estaba difundiendo en América Latina. Tanto en Europa como en América del Norte era opinión común que se trataba de un apoyo a los pobres y que por tanto de una causa que se debía aprobar sin duda. Pero era un error” . (Entrevista a Benedicto XVI sobre Juan Pablo II, 7 de marzo de 2014)

La ideología marxista y sus tres derivados: “socialismo”, “comunismo” y “Teología de la Liberación” vinieron a la mente de millones de fieles de los cinco continentes al tomar conocimiento de algunos confusos episodios ocurridos durante el Viaje Apostólico de Francisco a las Repúblicas de Bolivia, Ecuador y Paraguay el pasado mes de julio.

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¿El más comentado de ellos? Sin duda, el simbólico e interesado obsequio que el Presidente de Bolivia y máximo dirigente del “Movimiento al Socialismo boliviano”, Evo Morales, dio a Francisco. El santo crucifijo re-diseñado con los símbolos del comunismo: la hoz y el martillo. Morales, además, para manifestar la amistad y cercanía que lo une al Obispo de Roma, lo distinguió con sendas condecoraciones. La más emblemática de ellas, la figura del mismo polémico crucifijo grabada en un llamativo medallón.

Fue un episodio realmente inusitado. Los medios de prensa intentado en vano “descifrarlo” se apresuraron a declarar que Francisco había afirmado con desagrado que “eso [el crucifijo con la hoz y el martillo] no está bien”.

Sin embargo, el propio portavoz del Vaticano, Padre Federico Lombardi, acosado por la prensa, comenzó a aclarar las cosas: “El Papa no ha tenido una particular reacción a esto ni me ha dicho que manifieste particular reacción negativa a esto”. Afirmando además que ese crucifijo no tiene una interpretación ideológica específica… (sic!)

Finalmente, fue el propio Francisco quien disipó todo tipo de especulaciones cuando a propósito del bochornoso obsequio fue interrogado por la prensa durante el vuelo de regreso a Roma.

¿Qué dijo Francisco sobre el ideólogo de este insólito crucifijo? ¿Lo criticó? ¿Lo elogió? ¿Se ofendió realmente Francisco con estos regalos ofrecidos por el presidente socialista boliviano? ¿Qué debemos concluir de sus palabras?

Para realizar una hermenéutica —como él mismo aconseja en la misma entrevista—, o una interpretación apropiada de estos hechos y las posteriores explicaciones ofrecidas, nunca estará demás un nuevo estudio, pero enriquecido, de las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia. (Ver también estudio anterior) ¿Qué enseñaron los papas precedentes al respecto del socialismo, el marxismo y la Teología de la Liberación? ¿Cuál debe ser la posición de un católico a propósito de estas corrientes ideológicas?

Francisco

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Cita ACita BCita C

 

Enseñanzas del Magisterio

Entra en las diversas partes de nuestro estudio

ContenidoAutores

I – El socialismo sistema ideológico funesto y destructor de la libertad humana
II –
La incompatibilidad del socialismo con los dogmas de la Iglesia es total
III –
El marxismo, auge de rebelión contra el Divino Espíritu Santo
IV –
La Teología de la Liberación: un “milenarismo fácil” incompatible con la Fe Católica

I – El socialismo sistema ideológico funesto y destructor de la libertad humana

Pío IX

El nuevo socialismo y nuevo comunismo: nefandos sistemas y perversas doctrinas

Pero tampoco ignoráis, Venerables Hermanos, que los principales autores de esta tan abominable intriga, no se proponen otra cosa que impulsar a los pueblos, agitados ya con todo viento de perversas doctrinas, al trastorno de todo orden humano de las cosas, y a entregarlos a los nefandos sistemas del nuevo Socialismo y Comunismo. Saben muy bien y lo han comprobado con la larga experiencia de muchos siglos, que ninguna transigencia pueden esperar de la Iglesia Católica, que en la custodia del depósito de la divina Revelación, no permitirá que se le sustraiga un ápice de las verdades de fe propuestas, ni que se le añadan las invenciones de los hombres. Por lo mismo han formado ellos el designio de atraer a los pueblos de Italia a sus opiniones y conventículos protestantes en que, engañosamente les dicen una y otra vez para seducirlos que no deben ver en ello más que una forma diferente de la misma Religión cristiana verdadera, en que lo mismo que la Iglesia Católica se puede agradar a Dios. (Pío IX. Encíclica Noscitis et Nobiscum, 8 de diciembre de 1849)

León XIII

Peste vergonzosa y amenaza de muerte para la sociedad civil

De aquí se ha llegado a esos errores recientes que se llaman comunismo, socialismo y nihilismo, peste vergonzosa y amenaza de muerte para la sociedad civil. Y, sin embargo, son muchos los que se esfuerzan por extender el imperio de males tan grandes y, con el pretexto de favorecer al pueblo, han provocado no pequeños incendios y ruinas. Los sucesos que aquí recordamos ni son desconocidos ni están muy lejanos. (León XIII. Encíclica Diuturnum Illud, n.17, 29 de junio de 1881)

El socialismo y el comunismo: revolución y subversión universal

En efecto, suprimidos el temor de Dios y el respeto de la ley divina, dejando caer en el desprecio la autoridad de los gobernantes, dando libre curso e incentivando la manía de revoluciones; soltando la riendas a las pasiones populares, quebrando todo freno, a no ser el castigo, no puede no seguir una revolución y una subversión universal. Y esta ruina y trastorno es la intención deliberada que demandan con sus esfuerzos numerosas asociaciones comunistas y socialistas. (León XIII. Encíclica Humanum Genus, de 20 de abril de 1884)

El socialismo, una secta pestífera

En fin, todo el mundo sabe perfectamente, con que gravedad de palabras, con que firmeza y constancia nuestro glorioso predecesor Pío IX, de feliz memoria, sea en sus Alocuciones, sea en sus Encíclicas dirigidas a los Obispos de todo el mundo, combatió contra los inicuos esfuerzos de las sectas y específicamente contra la peste del socialismo, que ya irrumpía de sus antros. (León XIII. Encíclica Quod Apostolici Muneris, de 28 de diciembre de 1878)

Una teoría corruptora y destructora de la libertad humana

La negación del dominio de Dios sobre el hombre y sobre el Estado arrastra consigo como consecuencia inevitable la ausencia de toda religión en el Estado, y consiguientemente el abandono más absoluto en todo la referente a la vida religiosa. Armada la multitud con la idea de su propia soberanía, fácilmente degenera en la anarquía y en la revolución, y suprimidos los frenos del deber y de la conciencia, no queda más que la fuerza; la fuerza, que es radicalmente incapaz para dominar por sí solas las pasiones desatadas de las multitudes. Tenemos pruebas convincentes de todas estas consecuencias en la diaria lucha contra los socialistas y revolucionarios, que desde hace ya mucho tiempo se esfuerzan por sacudir los mismos cimientos del Estado. Analicen, pues, y determinen los rectos enjuiciadores de la realidad si esta doctrina es provechosa para la verdadera libertad digna del hombre o si es más bien una teoría corruptora y destructora de esta libertad. (León XIII. Encíclica Libertas Praestantissimum, n. 12, de 20 de junio de 1888)

El socialismo: secta detestable

Poned, además, sumo cuidado en que los hijos de la Iglesia católica no adhieran ni hagan algún favor a la detestable secta [socialista]; antes por el contrario, con acciones ilustres y con una actitud absolutamente digna y laudable demuestren cuán próspera y feliz sería la sociedad si todos sus miembros se distinguieran por la corrección de sus obras y virtudes. (León XIII. Encíclica Quod apostolici muneris, 28 de diciembre de 1878)

El socialismo encubre profundos errores

Desde el inicio de Nuestro pontificado, Nos advertimos para los peligros que por este concepto corría la sociedad civil y pensamos que era Nuestro deber de advertir públicamente a los católicos de los profundos errores que se encubren en las doctrinas del socialismo y de los peligros que de ellas se derivan, no sólo a los bienes externos, sino también a la probidad de las costumbres y la religión. Con este objeto dirigimos la Carta Encíclica Quod Apostolici muneris el 28 de diciembre de 1878.
Pero aumentando día a día la gravedad de estos peligros con detrimento de los intereses privados y públicos, Nos con solicitud acudimos a remediarlo, escribiendo al efecto la Encíclica Rerum Novarum el 15 de Mayo de 1891, en la que tratamos ampliamente de los derechos y deberes, con que las dos clases de ciudadanos, los que aportan el capital y los que aportan el trabajo, deben convenir entre sí. Nos indicamos al mismo tiempo; conforme los preceptos del Evangelio, los remedios que nos han parecido más oportunos, para defensa de la causa de la justicia y de la religión, y dirimir todo conflicto entre las clases de la sociedad. (León XIII, Encíclica Graves de Communi, de 18 de enero de 1901)

El socialismo: germen funesto

Pero por desgracia, aquellos a quienes se ha confiado el cuidado de promover el bien común, rodeados de los artificios de hombres perversos y atemorizados por sus amenazas, siempre han mirado con sospecha a la Iglesia y aún de modo torcido, no comprendiendo que los esfuerzos de las sectas se harían infructuosos si la doctrina de la Iglesia Católica y la autoridad de los romanos Pontífices, hubiese permanecido en el debido honor, tanto entre los Príncipes, como entre los pueblos. Porque “la Iglesia del Dios vivo, que es la columna y fundamento de la verdad” (1 Tim 3,15), enseña las doctrinas y los preceptos que ampliamente proporcionan el bienestar y la vida tranquila de la sociedad, y para que el funesto germen del socialismo sea arrancado de raíz. (León XIII. Encíclica Quod Apostolici Muneris, de 28 de diciembre de 1878)

Benedicto XV

El socialismo: un absurdo y un error

No Nos parece necesario repetir ahora los argumentos que prueban hasta la evidencia lo absurdo del socialismo y de otros semejantes errores. Ya lo hizo sapientísimamente León XIII Nuestro Predecesor, en memorables Encíclicas; y vosotros, Venerables Hermanos, cuidaréis con vuestra diligencia de que tan importantes enseñanzas no caigan en el olvido, sino que sean sabiamente ilustradas e inculcadas, según la necesidad lo requiera, en las asambleas y reuniones de los católicos, en la predicación sagrada y en las publicaciones católicas. (Benedicto XV. Encíclica Ad Beatissimi Apostolorum, 1 de novembro de 1914)

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia

Pío XI definió el comunismo como “intrínsecamente malo”

Con la encíclica «Divini Redemptoris», sobre el comunismo ateo y sobre la doctrina social cristiana, Pío XI criticó de modo sistemático el comunismo, definido «intrínsecamente malo», e indicó como medios principales para poner remedio a los males producidos por éste, la renovación de la vida cristiana, el ejercicio de la caridad evangélica, el cumplimiento de los deberes de justicia a nivel interpersonal y social en orden al bien común, la institucionalización de cuerpos profesionales e interprofesionales. (Pontificio Consejo “Justicia y Paz”. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia n. 92)

 II – La incompatibilidad del socialismo con los dogmas de la Iglesia es total

León XIII

Los socialistas tergiversan el Evangelio para engañar

Aunque los socialistas, abusando del mismo Evangelio para engañar a los incautos, tengan la costumbre de torcerlo según sus intenciones, con todo, es tanta la diferencia entre sus perversas opiniones de la purísima doctrina de Cristo, que no se puede imaginar una mayor. “Porque ¿qué asociación puede haber entre la justicia y la iniquidad? ¿Y qué consorcio entre la luz con las tinieblas? (2 Cor 6,14). (León XIII. Encíclica Quod Apostolici Muneris, de 28 de diciembre de 1878)

Pío XI

La ilusión estéril de querer conciliar el socialismo con el Evangelio

No vaya, sin embargo, a creer cualquiera que las sectas o facciones socialistas que no son comunistas se contenten de hecho o de palabra solamente con esto. Por lo general, no renuncian ni a la lucha de clases ni a la abolición de la propiedad, sino que sólo las suavizan un tanto. Ahora bien, si los falsos principios pueden de este modo mitigarse y de alguna manera desdibujarse, surge o más bien se plantea indebidamente por algunos la cuestión de si no cabría también en algún aspecto mitigar y amoldar los principios de la verdad cristiana, de modo que se acercaran algo al socialismo y encontraran con él como un camino intermedio.
Hay quienes se ilusionan con la estéril esperanza de que por este medio los socialistas vendrían a nosotros. ¡Vana esperanza! Los que quieran ser apóstoles entre los socialistas es necesario que profesen abierta y sinceramente la verdad cristiana plena e íntegra y no estén en connivencia bajo ningún aspecto con los errores.
Si de verdad quieren ser pregoneros del Evangelio, esfuércense ante todo en mostrar a los socialistas que sus postulados, en la medida en que sean justos, pueden ser defendidos con mucho más vigor en virtud de los principios de la fe y promovidos mucho más eficazmente en virtud de la caridad cristiana. (Pío XI. Encíclica Quadragesimo anno, n. 116, 15 de mayo de 1931)

El socialismo aunque parezca “suavizarse” y “enmendarse” sigue siendo socialismo: es incompatible con los dogmas de la Iglesia Católica

Pero ¿qué decir si, en lo tocante a la lucha de clases y a la propiedad privada, el socialismo se suaviza y se enmienda hasta el punto de que, en cuanto a eso, ya nada haya de reprensible en él? ¿Acaso abdicó ya por eso de su naturaleza, contraria a la religión cristiana? Es ésta una cuestión que tiene perplejos los ánimos de muchos. Y son muchos los católicos que, sabiendo perfectamente que los principios cristianos jamás pueden abandonarse ni suprimirse, parecen volver los ojos a esta Santa Sede y pedir con insistencia que resolvamos si un tal socialismo se ha limpiado de falsas doctrinas lo suficientemente, de modo que pueda ser admitido y en cierta manera bautizado sin quebranto de ningún principio cristiano.
Para satisfacer con nuestra paternal solicitud a estos deseos, declaramos los siguiente: considérese como doctrina, como hecho histórico o como “acción” social, el socialismo, si sigue siendo verdadero socialismo, aun después de haber cedido a la verdad y a la justicia en los puntos indicados, es incompatible con los dogmas de la Iglesia católica, puesto que concibe la sociedad de una manera sumamente opuesta a la verdad cristiana. (Pío XI. Encíclica Quadragesimo anno, n. 117, 15 de mayo de 1931)

Socialista y católico son términos contradictorios

Aun cuando el socialismo, como todos los errores, tiene en sí algo de verdadero (cosa que jamás han negado los Sumos Pontífices), se funda sobre una doctrina de la sociedad humana propia suya, opuesta al verdadero cristianismo. Socialismo religioso, socialismo cristiano, implican términos contradictorios: nadie puede ser a la vez buen católico y verdadero socialista. (Pío XI. Encíclica Quadragesimo anno, n. 120, 15 de mayo de 1931)

Juan XXIII

La oposición entre el comunismo y el cristianismo es radical

El Sumo Pontífice [Pío XI] manifiesta además que la oposición entre el comunismo y el cristianismo es radical. Y añade qué los católicos no pueden aprobar en modo alguno la doctrina del socialismo moderado. En primer lugar, porque la concepción socialista del mundo limita la vida social del hombre dentro del marco temporal, y considera, por tanto, como supremo objetivo de la sociedad civil el bienestar puramente material; y en segundo término, porque, al proponer como meta exclusiva de la organización social de la convivencia humana la producción de bienes materiales, limita extraordinariamente la libertad, olvidando la genuina noción de autoridad social. (Juan XXIII. Encíclica Mater et Magistra, n. 34, 15 de mayo del año 1961)

Pablo VI

El socialismo idealizado por algunos cristianos es incompatible con la fe

Hoy en día hay cristianos que se sienten atraídos por las corrientes socialistas y sus diferentes evoluciones. Ellos tratan de reconocer ciertas aspiraciones que llevan dentro de sí mismos en nombre de su fe. Se sienten incluidos en este flujo histórico, y quieren jugar un papel. Ahora bien, de acuerdo con los continentes y las culturas, esta corriente histórica asume diferentes formas bajo un mismo vocablo, incluso si era, y sigue siendo, en muchos casos, inspirado por ideologías incompatibles con la fe. Un atento discernimiento se impone. Con demasiada frecuencia los cristianos atraídos por el socialismo tienden a idealizarlo en términos muy genéricos: deseo de justicia, de solidaridad y de igualdad. Se niegan a reconocer las limitaciones de los movimientos socialistas históricos, que siguen condicionados por sus ideologías de origen. (Pablo VI, Carta Apostólica Octogesima Adveniens, n.31, 14 de mayo de 1971)

III – El marxismo, auge de rebelión contra el Divino Espíritu Santo

Pío XII

El marxismo ateo enmascara su táctica y oculta su estrategia

Hemos observado a menudo que el enemigo de la raza humana es uno y múltiple. Hoy en día se presenta con un rostro bien definida y con un nombre bien conocido. Se despliega en un amplio frente, y combate sin exclusión de los medios y sin escatimar golpes; la zona de Terni se encuentra entre las que más sufrió el ataque. Sea por la habilidad con la que enmascara su táctica y oculta su estrategia, sea por el miedo que ha sabido infundir, como por la esperanza que ha despertado. El marxismo ateo ha penetrado entre vosotros y es todavía bien firme en su posición. Nuestro corazón está inquieto y lágrimas vienen a Nuestros ojos cada vez que nos preguntamos cómo es posible que todavía exista tal beneplácito y tanta obstinación en una parte considerable de las mejores agrupaciones de trabajadores. ¿Es posible que en este punto nada valga para abrirle sus ojos, nada sirva para mover sus corazones? Quieren quedarse con los enemigos de Dios, quieren reforzar las filas, cooperando, así, a empeorar el caos del mundo moderno. ¿Por Qué? Individuos y pueblos se han dejado llevar por el mal camino, porque han prometido una mejor distribución de los bienes, proclamando al mismo tiempo de querer salvaguardar la libertad, proteger la familia, asegurando que el pueblo tendrá el poder, los trabajadores las fábricas, los campesinos la tierra.
Por el contrario, después de haber sembrado el odio, provocado la subversión, fomentado la discordia, llegan al poder, empobrecen al pueblo y hacen reinar el terror. Es esto lo que está sucediendo en estos días en el agitado pueblo húngaro, lo documenta la evidencia de la sangre donde saben hacer llegar los enemigos de Dios
. (Pío XII. Discurso a una peregrinación de trabajadores de Terni, n.2, 18 de noviembre de 1956)

Pablo VI

El análisis marxista conduce a una sociedad totalitaria

Si a través del marxismo, tal como se vive en realidad, se pueden distinguir estos diversos aspectos y las cuestiones que plantea para la reflexión y la acción de los cristianos, sería ilusorio y peligroso llegar a olvidar el íntimo vínculo que tales aspectos une de modo radical; aceptar los elementos del análisis marxista sin reconocer sus relaciones con la ideología, entrar en la práctica de la lucha de clases y de su interpretación marxista no tomando en cuenta el tipo de sociedad totalitaria y violenta a la que este proceso conduce. (Pablo VI, Carta Apostólica Octogesima Adveniens, n.34, 14 de mayo de 1971)

La Iglesia no puede adherir a movimientos políticos y sociales marxistas

Y luego tenemos un sexto axioma, el más discutido y difícil. La Iglesia no adhirió y no puede adherir a los movimientos sociales, ideológicos y políticos, que, aprovechando su origen y su fuerza del marxismo, han conservado los principios y los métodos negativos, por la concepción incompleta, propia del marxismo radical, y por lo tanto falsa, del hombre, de la historia, del mundo. El ateísmo, que profesa y promueve, no está a favor de la concepción científica del universo y de la civilización, sino que es una ceguera a la que el hombre y la sociedad terminan a la larga sirviendo con las consecuencias más graves. El materialismo, en el que deriva expone al hombre a experiencias y tentaciones extremadamente nocivas; apaga su auténtica espiritualidad y su trascendente esperanza. (Pablo VI. Homilía del 22 de mayo de 1966 al celebrar el 75 aniversario de la Rerum Novarum)

Las falsas y peligrosas ideologías que promueven la lucha de clases

La lucha de clases, erigida en sistema, vulnera e impide la paz social; desemboca fatalmente en la violencia y en el abuso, por tanto en la abolición de la libertad, conduciendo pues a la instauración de un sistema altamente autoritario y tendencialmente totalitario. Con esto la Iglesia no deja caer ninguna de las instancias vueltas a la justicia y al progreso de la clase obrera; más aún la Iglesia, rectificando estos errores y estas desviaciones, no excluye de su amor a cualquier hombre y cualquier trabajador. Cosas conocidas por lo tanto, inclusive por una experiencia histórica existente, que no permite ilusiones; sino que cosas dolorosas, por la presión ideológica y prácticas que se llevan a cabo en el mundo del trabajo, de los cuales pretenden interpretar las aspiraciones y promover las reivindicaciones, generando así grandes dificultades y grandes divisiones. No queremos discutir ahora, sino que recordar que la misma palabra, a la cual hoy, vosotros Trabajadores Cristianos, dais testimonio de honor y de gratitud, es la que nos advierte a no poner nuestra confianza en falsas y peligrosas ideologías. (Pablo VI. Homilía del 22 de mayo de 1966 al celebrar el 75 aniversario de la Rerum Novarum)

La Iglesia condena los errores del marxismo

Tampoco se crea que esta solicitud pastoral, de la cual hoy la Iglesia hace un programa prevalente, que absorbe su atención y empeña su cuidado, signifique un cambio de juicio acerca de los errores difusos en nuestra sociedad y ya condenados por la Iglesia, como por ejemplo, el marxismo ateo: buscar aplicar los remedios saludables y precisos para la enfermedad contagiosa y letal no significa cambiar la opinión sobre ella, sí significa tratar de combatirla no sólo en la teoría, sino que en la práctica; significa dar una terapia seguida del diagnóstico; esto es, la condena doctrinal seguida de la caridad salvífica.(Pablo VI. Discurso a los sacerdotes participantes de la XIII semana de orientación pastoral, 6 de septiembre de 1963)

Juan Pablo II

El marxismo: máxima expresión de la resistencia al Espíritu Santo

Por desgracia, la resistencia al Espíritu Santo, que San Pablo subraya en la dimensión interior y subjetiva como tensión, lucha y rebelión que tiene lugar en el corazón humano, encuentra en las diversas épocas históricas y, especialmente, en la época moderna su dimensión externa, concentrándose como contenido de la cultura y de la civilización, como sistema filosófico, como ideología, como programa de acción y formación de los comportamientos humanos. Encuentra su máxima expresión en el materialismo, ya sea en su forma teórica —como sistema de pensamiento— ya sea en su forma práctica —como método de lectura y de valoración de los hechos— y además como programa de conducta correspondiente. El sistema que ha dado el máximo desarrollo y ha llevado a sus extremas consecuencias prácticas esta forma de pensamiento, de ideología y de praxis, es el materialismo dialéctico e histórico, reconocido hoy como núcleo vital del marxismo. (Juan Pablo II. Encíclica Dominum et Vivificantem, n. 56, 18 de mayo de 1986)

El marxismo inspiró una dictadura férrea volviendo al hombre en esclavo

Tenemos detrás de nosotros un historia larga y dolorosa, y sentimos la necesidad irrefrenable de mirar hacia el futuro. La memoria histórica, sin embargo nos debe acompañar, porque podemos hacer que la experiencia de estas décadas interminables, en que incluso vuestro país [Lituania] ha sentido el peso de una férrea dictadura que, en nombre de la justicia y la igualdad, violó la libertad y la dignidad de los individuos y de la sociedad civil. ¿Cómo pudo suceder esto?
El análisis sería complejo. Me parece, sin embargo, poder decir que entre las razones no menos importantes es el ateísmo militante en el que el marxismo se inspiró: un ateísmo ofensivo incluso del hombre cuya dignidad sustraía el fundamento y la garantía más sólida. A este error se añadirán otros, como la concepción materialista de la historia, la visión duramente conflictiva de la sociedad, el papel “mesiánico” atribuido al partido único, señor del Estado. Todo convergerá para que este sistema, nacido con la presunción de liberar al hombre, termine por hacerlo esclavo. (Juan Pablo II. Discurso al mundo académico e intelectuales de Lituania, 5 de septiembre de 1993)

El marxismo contempla una concepción totalitaria del mundo

Después de la caída, en muchos países, de las ideologías que condicionaban la política a una concepción totalitaria del mundo —la primera entre ellas el marxismo—, existe hoy un riesgo no menos grave debido a la negación de los derechos fundamentales de la persona humana y a la absorción en la política de la misma inquietud religiosa que habita en el corazón de todo ser humano: es el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético, que quita a la convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral, despojándola más radicalmente del reconocimiento de la verdad. (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis Splendor, n. 101, 6 de agosto de 1993)

El marxismo-leninismo, 75 años de dramas por una mentira que ha herido profundamente la naturaleza humana

El reflujo del marxismo-leninismo ateo como sistema político totalitario en Europa está lejos de solucionar los dramas que ha provocado en estos tres cuartos de siglo. Todos los que han sido afectados por este sistema totalitario de un modo u otro, sus responsables y sus partidarios, como sus más extremos opositores, se han convertido en sus víctimas. Quienes han sacrificado por la utopía comunista su familia, sus energías y su dignidad comienzan a tomar conciencia de haber sido arrastrados en una mentira que ha herido profundamente la naturaleza humana. Los demás encuentran una libertad para la cual no estaban preparados y cuyo uso permanece hipotético, pues viven en condiciones políticas, sociales y económicas precarias, y experimentan una situación cultural confusa, con el despertar sangriento de los antagonismos nacionalistas.
En su conclusión el Simposio pre-sinodal os preguntaba ¿hacia dónde y hacia quién se dirigirán aquellos cuyas esperanzas utópicas acaban de desvanecerse? El vacío espiritual que mina la sociedad es, ante todo, un vacío cultural. Y es la conciencia moral, renovada por el Evangelio de Cristo, que puede llenarlo verdaderamente. (Juan Pablo II. Discurso a la Asamblea plenaria del Consejo Pontificio para la Cultura, 10 de enero de 1992)

El marxismo: sistema teórico y práctico que ofrece falsas soluciones

El mismo curso de la historia mundial está poniendo de manifiesto la falacia de las soluciones propuestas por el marxismo. Este sistema teórico y práctico exacerba metódicamente las divisiones entre los hombres, y pretende resolver las cuestiones humanas dentro de un horizonte cerrado a la trascendencia. En la orilla opuesta, la experiencia contemporánea de los países más desarrollados pone de manifiesto otras graves deficiencias: una visión de la vida basada sólo en el bienestar material y en una libertad egoísta que se autoconsidera ilimitada. Estas consideraciones ofrecen, por contraste, orientaciones claras para vuestro futuro. No existe verdadero progreso al margen de la verdad integral sobre el hombre, que los cristianos sabemos que sólo se encuentra en Cristo. Anheláis, ciertamente, la prosperidad junto con la tan necesaria superación de diferencias económicas y culturales y con la plena integración de todas las regiones de vuestra extensa geografía en un amplio programa de progreso y desarrollo. Sin embargo, todo esto será frágil y precario si no va unido a una cristianización más profunda de vuestra tierra. (San Juan Pablo II. Discurso al Presidente de la República de Chile, 22 de abril de 1991)

La ideología marxista llegó a las extremas consecuencias de su ateismo

Veo, ante todo, el estrato profundo y espléndido del cristianismo, la corriente espiritual y cristiana que ha tenido también su apogeo “contemporáneo”, siempre vivo y presente, como ya he dicho. Pero en ese conjunto han aparecido las otras, bien conocidas, corrientes de una potente elocuencia y eficacia negativa. Por una parte, está toda la herencia racionalista, iluminista, cientificista del llamado “liberalismo” laicista en las naciones del Occidente, que ha traído consigo la negación radical del cristianismo; por otra parte, está la ideología y la práctica del “marxismo” ateo, que ha llegado, puede decirse, a las extremas consecuencias de sus postulados materialistas en las diversas denominaciones actuales. En este “crisol candente” del mundo contemporáneo, Cristo quiere estar de nuevo presente, con toda la elocuencia de su misterio pascual. (Juan Pablo II. Discurso a la ciudad de Turín, 13 de abril de 1980)

La Iglesia opone a los “reduccionismos” marxistas la verdad sobre Dios

El siglo XX se ha convertido en la historia de la Iglesia y quizá especialmente en suelo polaco para el momento de un nuevo reto. Después de mil años de cristianismo Polonia tuvo que aceptar el desafío, que está contenido en la ideología de la dialéctica marxista, el que califica cada religión como un factor alienante para el hombre. Conocemos este desafío, yo mismo lo he vivido aquí, en esta tierra. La Iglesia lo está viviendo en diferentes lugares del globo terrestre.
Se trata de un desafío muy profundo. Según la antropología materialista, la religión es considerada un factor que priva al hombre de la plenitud de su humanidad. El hombre mismo con la religión se privaría, por sí solo, de la plenitud de la humanidad, renunciando a aquello que es inmanentemente e íntegramente “humano”, en favor de un Dios que de acuerdo con las premisas del sistema materialista serían solamente “un producto” del hombre.
Este puede ser un desafío destructivo. Sin embargo, después de años de experiencia, no podemos dejar de no constatar, que esta puede ser puesta igualmente un desafío que ha empeñado a fondo a los cristianos para emprender los esfuerzos, en la búsqueda de nuevas soluciones. En este sentido llega a ser, de algún modo, un desafío creativo: el elocuente testimonio del Concilio Vaticano II. La Iglesia ha aceptado el desafío; lo leyó en uno de los providenciales “signos de los tiempos” y por medio de estos “signos”, con una nueva profundidad y fuerza de convicción, ha dado testimonio de la verdad sobre Dios, Cristo y el hombre, contra todos los “reduccionismos” de naturaleza epistemológica o sistemática, contra toda dialéctica materialista. (Juan Pablo II. Discurso a los Obispos de Polonia, 14 junio de 1987)

Cardenal Joseph Ratzinger

El gran engaño del marxismo se convirtió en destrucción

La gloria de Dios y la paz en la tierra son inseparables. Cuando Dios es excluido, deja de haber paz en la tierra, y ninguna ortopraxis sin Dios se puede salvar. De hecho, no existe una praxis simplemente justa, prescindiendo de un conocimiento de aquello que es justo. La voluntad sin conocimiento es ciega, y lo mismo es válido para las acciones, para la ortopraxis, que son ciegas sin el conocimiento y llevan al abismo. El gran engaño del marxismo fue el de decirnos que ya se había reflexionado lo suficiente sobre el mundo, y que, finalmente, valía la pena cambiarlo. Pero si no sabemos en qué dirección debemos cambiar, si no comprendemos su sentido y su fin interior, entonces el simple cambio se convierte en destrucción, vemos esto y todavía lo continuamos a ver. (Card. J. Ratzinger. Intervención “Eucaristía, Comunión y solidaridad”, Congreso Eucarístico de Benevento, 2 de junio de 2002)

Benedicto XVI

Marx y el comunismo: una revolución hacia el cambio de todas las cosas

En el s. XVIII no faltó la fe en el progreso como nueva forma de la esperanza humana y siguió considerando la razón y la libertad como la estrella-guía que se debía seguir en el camino de la esperanza. Sin embargo, el avance cada vez más rápido del desarrollo técnico y la industrialización que comportaba crearon muy pronto una situación social completamente nueva: se formó la clase de los trabajadores de la industria y el así llamado « proletariado industrial », cuyas terribles condiciones de vida ilustró de manera sobrecogedora Friedrich Engels en 1845. Para el lector debía estar claro: esto no puede continuar, es necesario un cambio. Pero el cambio supondría la convulsión y el abatimiento de toda la estructura de la sociedad burguesa. Después de la revolución burguesa de 1789 había llegado la hora de una nueva revolución, la proletaria: el progreso no podía avanzar simplemente de modo lineal a pequeños pasos. Hacía falta el salto revolucionario. Karl Marx recogió esta llamada del momento y, con vigor de lenguaje y pensamiento, trató de encauzar este nuevo y, como él pensaba, definitivo gran paso de la historia hacia la salvación, hacia lo que Kant había calificado como el « reino de Dios ». Al haber desaparecido la verdad del más allá, se trataría ahora de establecer la verdad del más acá. La crítica del cielo se transforma en la crítica de la tierra, la crítica de la teología en la crítica de la política. El progreso hacia lo mejor, hacia el mundo definitivamente bueno, ya no viene simplemente de la ciencia, sino de la política; de una política pensada científicamente, que sabe reconocer la estructura de la historia y de la sociedad, y así indica el camino hacia la revolución, hacia el cambio de todas las cosas. (Benedicto XVI. Encíclica Spe salvi, n.20, 30 de noviembre de 2007)

El verdadero error de Marx es el materialismo

Con precisión puntual, aunque de modo unilateral y parcial, Marx ha descrito la situación de su tiempo y ha ilustrado con gran capacidad analítica los caminos hacia la revolución, y no sólo teóricamente: con el partido comunista, nacido del manifiesto de 1848, dio inicio también concretamente a la revolución. Su promesa, gracias a la agudeza de sus análisis y a la clara indicación de los instrumentos para el cambio radical, fascinó y fascina todavía hoy de nuevo. Después, la revolución se implantó también, de manera más radical en Rusia. Pero con su victoria se puso de manifiesto también el error fundamental de Marx. Él indicó con exactitud cómo lograr el cambio total de la situación. Pero no nos dijo cómo se debería proceder después. Suponía simplemente que, con la expropiación de la clase dominante, con la caída del poder político y con la socialización de los medios de producción, se establecería la Nueva Jerusalén. En efecto, entonces se anularían todas las contradicciones, por fin el hombre y el mundo habrían visto claramente en sí mismos. Entonces todo podría proceder por sí mismo por el recto camino, porque todo pertenecería a todos y todos querrían lo mejor unos para otros. Así, tras el éxito de la revolución, Lenin pudo percatarse de que en los escritos del maestro no había ninguna indicación sobre cómo proceder. Había hablado ciertamente de la fase intermedia de la dictadura del proletariado como de una necesidad que, sin embargo, en un segundo momento se habría demostrado caduca por sí misma. Esta «fase intermedia» la conocemos muy bien y también sabemos cuál ha sido su desarrollo posterior: en lugar de alumbrar un mundo sano, ha dejado tras de sí una destrucción desoladora. El error de Marx no consiste sólo en no haber ideado los ordenamientos necesarios para el nuevo mundo; en éste, en efecto, ya no habría necesidad de ellos. Que no diga nada de eso es una consecuencia lógica de su planteamiento. Su error está más al fondo. Ha olvidado que el hombre es siempre hombre. Ha olvidado al hombre y ha olvidado su libertad. Ha olvidado que la libertad es siempre libertad, incluso para el mal. Creyó que, una vez solucionada la economía, todo quedaría solucionado. Su verdadero error es el materialismo: en efecto, el hombre no es sólo el producto de condiciones económicas y no es posible curarlo sólo desde fuera, creando condiciones económicas favorables. (Benedicto XVI. Encíclica Spes Salvi, n. 20-21, 30 de noviembre de 2007)

El marxismo: panacea desvanecida que prometió resolver los problemas sociales

El marxismo había presentado la revolución mundial y su preparación como la panacea para los problemas sociales: mediante la revolución y la consiguiente colectivización de los medios de producción —se afirmaba en dicha doctrina— todo iría repentinamente de modo diferente y mejor. Este sueño se ha desvanecido. En la difícil situación en la que nos encontramos hoy, a causa también de la globalización de la economía, la doctrina social de la Iglesia se ha convertido en una indicación fundamental, que propone orientaciones válidas mucho más allá de sus confines: estas orientaciones —ante el avance del progreso— se han de afrontar en diálogo con todos los que se preocupan seriamente por el hombre y su mundo. (Benedicto XVI. Encíclica Deus caritas est, n. 27, 25 de diciembre de 2005)

Juan Pablo II reivindicó para Cristo la “carga de esperanza” dada al marxismo

Karol Wojtyła subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar «umbral de la esperanza». Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz. (Benedicto XVI. Homilía del 1 de mayo de 2011)

Comisión Teológica Internacional

Los presupuestos filosóficos de la antropología marxista son erróneos

No es raro que contengan elementos ideológicos, explícitos o implícitos, fundados sobre presupuestos filosóficos sometidos a discusión o sobre una concepción antropológica errónea. Éste es el caso, por ejemplo, para una parte importante de los análisis inspirados en el marxismo y el leninismo. Si se recurre a este género de teorías y de análisis, debemos darnos cuenta de que no adquieren suplemento alguno de certeza por el hecho de que la teología los introduzca en la trama de sus exposiciones. La teología debe, sin duda alguna, reconocer más bien el pluralismo de las interpretaciones científicas de la realidad social y recordar que no está obligatoriamente unida a ninguno de los análisis sociológicos concretos. (Comisión Teológica Internacional, “Promoción humana y salvación cristiana”, 1976)

IV – La Teología de la Liberación: un “milenarismo fácil” incompatible con la Fe Católica

Juan Pablo II

La opción preferencial por los pobres no significa ver al pobre como clase en lucha

En la perspectiva del ya cercano medio milenio de evangelización, la Iglesia en América Latina se halla ante esa tarea importantísima, que hunde sus raíces en el Evangelio. No cabe duda que la Iglesia ha de ser íntegramente fiel a su Señor, poniendo en práctica esa opción, ofreciendo su generoso aporte a la obra de “liberación social” de las muchedumbres desposeídas, a fin de lograr para todos una justicia que corresponda a su dignidad de hombres e hijos de Dios. Pero esa importante y urgente tarea ha de realizarla en una línea de fidelidad al Evangelio, que prohíbe el recurso a métodos de odio y violencia:
— ha de realizarla manteniendo una opción preferencial por el pobre que no sea —como yo mismo he dicho en diversas ocasiones— exclusiva y excluyente, sino que se abra a cuantos quieren salir de su pecado y convertirse en su corazón;
— ha de realizarla sin que esa opción signifique ver al pobre como clase, como clase en lucha, o como Iglesia separada de la comunión y obediencia a los Pastores puestos por Cristo;
— ha de realizarla mirando al hombre en su vocación terrena y eterna;
— ha de realizarla sin que el imprescindible esfuerzo de transformación social exponga al hombre a caer tanto bajo sistemas que le privan de su libertad y le someten a programas de ateísmo, como de materialismo práctico que lo expolian de su riqueza interior y trascendente;
— ha de realizarla sabiendo que la primera liberación que ha de procurarse al hombre es la liberación del pecado, del mal moral que anida en su corazón, y que es causa del “pecado social” y de las estructuras opresoras.
Son éstos algunos puntos básicos de referencia, que la Iglesia no puede olvidar en su acción evangelizadora y promocional. Ellos han de estar presentes en la práctica y en la reflexión teológica, de acuerdo con las indicaciones de la Santa Sede en su reciente “Instrucción sobre algunos aspectos de la “teología de la liberación””, emanada de la Congregación para la Doctrina de la Fe. (Juan Pablo II. Misa por la evangelización de los pueblos, Santo Domingo, jueves 11 de octubre de 1984)

La solidaridad con los pobres no significa hipotecarse a ideologías extrañas a la fe

Por parte vuestra, dad la plena seguridad —a los miembros de vuestras diócesis que trabajan con ese espíritu en favor de los pobres— de que la Iglesia quiere mantener su opción preferencial por éstos y alienta el empeño de cuantos, fieles a las directrices de la Jerarquía, se entregan generosamente en favor de los más necesitados como parte inseparable de su propia misión. De esta manera el imprescindible clamor por la justicia y la necesaria solidariedad preferente con el pobre, no necesitarán hipotecarse a ideologías extrañas a la fe, como si fueran éstas las que guardan el secreto de la verdadera eficacia. Esta urgente llamada a la evangelización integral tiene también como punto de referencia los otros problemas que vosotros mismos me habéis presentado en vuestros informes, y que tiene como centro de vuestras preocupaciones la decadencia moral en muchos sectores de la vida pública. (Juan Pablo II. Discurso a los Obispos del Perú en visita “ad limina”,nn. 4-5, 4 de octubre de 1984)

La peligrosa incertidumbre creada entre los fieles por la Teología de la Liberación

Al mismo tiempo, transformando los corazones es también la única fuerza capaz de cambiar eficazmente las estructuras, fundamentar y alentar la causa de la auténtica dignidad del hombre y establecer la civilización del amor. Ese amor, centro del cristianismo, eleva al hombre y lo lleva, en Cristo y por Cristo, a la plenitud sin término de su vida en Dios, a la vez que eleva las mismas realidades terrenas. Por eso no podemos aceptar un humanismo sin al menos una implícita referencia a Dios, ni una dialéctica materialista que sería la práctica negación de Dios.
Sobre esta base teológica habréis de fundamentar vuestro servicio general a la fe como Pastores y guías del Pueblo fiel. Desde ella tendréis que esclarecer las dudas de vuestros fieles en los temas que afecten a su camino eclesial. A este respecto no puedo dejar de mencionar la peligrosa incertidumbre creada en ciertos ambientes vuestros —aunque menos frecuentes que en otras partes— por algunas corrientes de la teología de la liberación. En esa labor de esclarecimiento os ayudarán las normas contenidas en la relativa Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Y para que en vuestro País el empeño y aliento a la opción preferencial por los pobres sean plenamente eclesiales, os recomiendo recoger los criterios que di durante mi reciente visita a la República Dominicana (Ioannis Pauli PP. II, Homilia in urbe «Santo Domingo» habita, 5, die 11 oct. 1984). (Juan Pablo II. Discurso a los Obispos de Bolivia, 7 de diciembre de 1984)

El peligro de asumir acríticamente en la teología las tesis marxistas

Por último, también la Congregación para la Doctrina de la Fe, en cumplimiento de su específica tarea al servicio del magisterio universal del Romano Pontífice, ha debido intervenir para señalar el peligro que comporta asumir acríticamente, por parte de algunos teólogos de la liberación, tesis y metodologías derivadas del marxismo.
Así pues, en el pasado el Magisterio ha ejercido repetidamente y bajo diversas modalidades el discernimiento en materia filosófica. Todo lo que mis Venerados Predecesores han enseñado es una preciosa contribución que no se puede olvidar. (Juan Pablo II. Encíclica Fides et ratio, n. 54, 14 de septiembre de 1998)

El peligro de construir un hegelianismo o un marxismo supuestamente cristianos

Es a partir de este tipo de síntesis que vos encontraréis, juntamente con vuestros fieles, en la situación de todas las culturas. Hay lugar para muchas posiciones doctrinales diversas y más o menos legítimas. Sois ciertamente conscientes de un peligro: el dejar que se constituye una filosofía y una teología de la ”africanidad”, que sería únicamente autóctona y sin ninguna relación real y profunda con Cristo; y en este caso, el cristianismo no sería más que una referencia verbal, un elemento introducido y acrecentado artificialmente. La Europa medieval conoció también algunos aristotélicos que de cristianos sólo tenían el nombre, como por ejemplo los averroístas que Santo Tomás de Aquino y san Buenaventura debieron combatir con vigor. En la época actual, se puede percibir el mismo peligro en los intentos por construir un hegelianismo o un marxismo supuestamente cristianos. (Juan Pablo II. Discurso a los Obispos de Zaire en visita “ad Limina”, 30 de abril de 1983)

Benedicto XVI

La teología de la Liberación: una experiencia de milenarismo fácil

PREGUNTA: Hay todavía muchos exponentes de la teología de la liberación en diversos lugares de Brasil. ¿Cuál es el mensaje específico para estos exponentes de la teología de la liberación?
-Papa:
Yo diría que, al cambiar la situación política, también ha cambiado profundamente la situación de la teología de la liberación, y ahora es evidente que estaban equivocados esos milenarismos fáciles, que prometían inmediatamente, como consecuencia de la revolución, las condiciones completas de una vida justa. Esto hoy lo saben todos. Ahora la cuestión es cómo la Iglesia debe estar presente en la lucha por las reformas necesarias, en la lucha por condiciones de vida más justas. En esto se dividen los teólogos, en particular los exponentes de la teología política. Nosotros, con la Instrucción dada a su tiempo por la Congregación para la doctrina de la fe, tratamos de realizar una labor de discernimiento, es decir, tratamos de librarnos de falsos milenarismos, de librarnos también de una mezcla errónea de Iglesia y política, de fe y política; y de mostrar la parte específica de la misión de la Iglesia, que consiste precisamente en responder a la sed de Dios y por tanto también educar en las virtudes personales y sociales, que son condición necesaria para hacer que madure el sentido de la legalidad. (Benedicto XVI. Entrevista concedida durante su vuelo hacia Brasil, 9 de mayo de 2007)

Congregación para la Doctrina y la Fe

Los aspectos ideológicos del marxismo son predominantes en el pensamiento de muchos teólogos de la liberación

En el caso del marxismo, tal como se intenta utilizar, la crítica previa se impone tanto más cuanto que el pensamiento de Marx constituye una concepción totalizante del mundo en la cual numerosos datos de observación y de análisis descriptivo son integrados en una estructura filosófico-ideológica, que impone la significación y la importancia relativa que se les reconoce. Los a priori ideológicos son presupuestos para la lectura de la realidad social. Así, la disociación de los elementos heterogéneos que componen esta amalgama epistemológicamente híbrida llega a ser imposible, de tal modo que creyendo aceptar solamente lo que se presenta como un análisis, resulta obligado aceptar al mismo tiempo la ideología. Así no es raro que sean los aspectos ideológicos los que predominan en los préstamos que muchos de los « teólogos de la liberación » toman de los autores marxistas. (Congregación para la doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”, VII, n.6, 6 de agosto de 1984)

La ilusión y el peligro de entrar en la lucha de clases propiciada por el marxismo

La llamada de atención de Pablo VI sigue siendo hoy plenamente actual: a través del marxismo, tal como es vivido concretamente, se pueden distinguir diversos aspectos y diversas cuestiones planteadas a los cristianos para la reflexión y la acción. Sin embargo, «sería ilusorio y peligroso llegar a olvidar el íntimo vínculo que los une radicalmente, aceptar los elementos del análisis marxista sin reconocer sus relaciones con la ideología, entrar en la práctica de la lucha de clases y de su interpretación marxista dejando de percibir el tipo de sociedad totalitaria a la cual conduce este proceso».(Congregación para la doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”, VII, n. 7, 6 de agosto de 1984)

“Lucha de clases”; “conflicto social agudo”: tesis marxistas incompatibles con la concepción cristiana del hombre y de la sociedad

Es verdad que desde los orígenes, pero de manera más acentuada en los últimos años, el pensamiento marxista se ha diversificado para dar nacimiento a varias corrientes que divergen notablemente unas de otras. En la medida en que permanecen realmente marxistas, estas corrientes continúan sujetas a un cierto número de tesis fundamentales que no son compatibles con la concepción cristiana del hombre y de la sociedad. En este contexto, algunas fórmulas no son neutras, pues conservan la significación que han recibido en la doctrina marxista. « La lucha de clases » es un ejemplo. Esta expresión conserva la interpretación que Marx le dio, y no puede en consecuencia ser considerada como un equivalente, con alcance empírico, de la expresión « conflicto social agudo ». Quienes utilizan semejantes fórmulas, pretendiendo sólo mantener algunos elementos del análisis marxista, por otra parte rechazado en su totalidad, suscitan por lo menos una grave ambigüedad en el espíritu de sus lectores. (Congregación para la doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”, VII, n. 8, 6 de agosto de 1984)

Ateísmo, negación de la persona humana, de su libertad y derechos: centro de la concepción marxista

Recordemos que el ateísmo y la negación de la persona humana, de su libertad y de sus derechos, están en el centro de la concepción marxista. Esta contiene pues errores que amenazan directamente las verdades de la fe sobre el destino eterno de las personas. Aún más, querer integrar en la teología un «análisis» cuyos criterios de interpretación dependen de esta concepción atea, es encerrarse en ruinosas contradicciones. El desconocimiento de la naturaleza espiritual de la persona conduce a subordinarla totalmente a la colectividad y, por tanto, a negar los principios de una vida social y política conforme con la dignidad humana. (Congregación para la doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”, VII, n. 9, 6 de agosto de 1984)


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