43 – La fórmula de la felicidad: “Viví y dejá vivir”

El fin supremo del hombre es la felicidad. No estamos seguros si era necesario que Aristóteles formulara este principio para tenerlo tan claro, pero de lo que no cabe la menor duda es de que pocas cosas hay tan universales cuanto el natural deseo de felicidad que brota del corazón humano: no hay hombre que no desee ser feliz. La cuestión es dónde encontrarla… Y la oferta es variada. En la sociedad secularizada –e infeliz– en que vivimos no faltan propuestas al más puro estilo “manual de autoayuda” que presentan caminos de lo más variado, sean basados en un despojamiento abúlico, en una ética agnóstica o en una dudosa filantropía sin Dios. Al contrario, ya los Padres de la Iglesia en los primeros tiempos del Cristianismo y, por supuesto, el Magisterio apuntaron la conveniencia de trascender las legítimas pero efímeras alegrías de este valle de lágrimas, y buscar las perennes “donde no hay polilla ni carcoma […], ni ladrones que abren boquetes y roban” (Mt 6, 20). Siempre… ¿hasta hoy es así?

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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Autores

Juan Pablo II

Existe la tentación de reducir el cristianismo a una ciencia del vivir bien

La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una “gradual secularización de la salvación”, debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral, que abarca al hombre entero y a todos los hombres, abriéndoles a los admirables horizontes de la filiación divina. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 11, 7 de diciembre de 1990)

Santo Tomás de Aquino

Sólo el bien universal puede llenar la voluntad humana

Es imposible que la bienaventuranza del hombre esté en algún bien creado. Porque la bienaventuranza es el bien perfecto que calma totalmente el apetito, de lo contrario no sería fin último si aún quedara algo apetecible. Pero el objeto de la voluntad, que es el apetito humano, es el bien universal. Por eso está claro que sólo el bien universal puede calmar la voluntad del hombre. Ahora bien, esto no se encuentra en algo creado, sino sólo en Dios, porque toda criatura tiene una bondad participada. Por tanto, sólo Dios puede llenar la voluntad del hombre, como se dice en Ps 102, 5: El que colma de bienes tu deseo. Luego la bienaventuranza del hombre consiste en Dios solo. (Santo Tomás de Aquino. S. Th. I-II, q. 2, a. 8)

San Agustín

El sumo bien del hombre es Dios y nada más

Es cierto que todos queremos vivir una vida feliz, y no hay nadie que no asienta a esta proposición aun antes de terminar su enunciado. […] Nadie sin gozar del sumo bien del hombre es dichoso; y el que disfruta de él, ¿puede no serlo? Es preciso, pues, si queremos ser felices, la presencia en nosotros del sumo bien. ¿Cuál es este sumo bien del hombre? […] Es Dios, y nada más; tendiendo hacia Él, vivimos una vida santa; y si lo conseguimos, será una vida, además de santa, feliz y bienaventurada. (San Agustín. De las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos, l. I, n. 4-5.10)

Catecismo de la Iglesia Católica

La verdadera dicha no reside en obras humanas

La verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1723)

Sólo en Dios encontrará el hombre la felicidad que no cesa de buscar

El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 27)

Juan Pablo II

La alegría verdadera es don del Espíritu Santo

Si el cristiano “entristece” al Espíritu Santo, que vive en el alma, ciertamente no puede esperar poseer la alegría verdadera, que proviene de él: “Fruto del Espíritu es amor, alegría, paz…” (Ga 5, 22). Sólo el Espíritu Santo da la alegría profunda, plena, duradera, a la que aspira todo corazón humano. El hombre es un ser hecho para la alegría, no para la tristeza. […] La alegría verdadera es don del Espíritu Santo. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 19 de junio de 1991)

Benedicto XVI

Jesús es la felicidad que buscamos

La felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho de saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret, oculto en la Eucaristía. Sólo él da plenitud de vida a la humanidad. […] Os repito hoy lo que dije al principio de mi pontificado: “Quien deja entrar a Cristo (en la propia vida) no pierde nada, nada, absolutamente nada de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren de par en par las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera.” Estad plenamente convencidos: Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y grande en vosotros, sino que lleva todo a la perfección para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mundo. (Benedicto XVI. Discurso en la fiesta de acogida de los jóvenes en la XX Jornada Mundial de la Juventud, 18 de agosto de 2005)

El ejemplo de San Francisco: sólo lo Infinito puede llenar el corazón humano

Francisco [de Asís] era muy alegre y generoso, dedicado a los juegos y a los cantos; vagaba por la ciudad de Asís día y noche con amigos de su mismo estilo; era tan generoso en los gastos, que en comidas y otras cosas dilapidaba todo lo que podía tener o ganar”. ¿De cuántos muchachos de nuestro tiempo no se podría decir algo semejante? […] En ese estilo de vida se esconde el deseo de felicidad que existe en el corazón humano. Pero, esa vida ¿podía dar la alegría verdadera? Ciertamente, Francisco no la encontró. Vosotros mismos, queridos jóvenes, podéis comprobarlo por propia experiencia. La verdad es que las cosas finitas pueden dar briznas de alegría, pero sólo lo Infinito puede llenar el corazón. (Benedicto XVI. Discurso en el encuentro con los jóvenes en Asís, 17 de junio de 2007)

Es deber de los obispos enseñar la incapacidad del mundo de dar alegría auténtica

Como el hombre sabio que saca de sus arcas “lo nuevo y lo viejo” (Mt 13, 52), vuestro pueblo debe observar los cambios de la sociedad con discernimiento, y para ello espera vuestra orientación. Ayudadle a reconocer la incapacidad de la cultura secular y materialista de dar satisfacción y alegría auténticas. Sed audaces hablándole de la alegría que implica seguir a Cristo y vivir de acuerdo con sus mandamientos. Recordadle que nuestro corazón ha sido creado para el Señor, y que estará inquieto hasta que descanse en él (cf. San Agustín, Confesiones I, 1). (Benedicto XVI. Discurso a los obispos de la Conferencia Episcopal de Irlanda en visita “ad limina”, 28 de octubre de 2006)

Catecismo Romano

En la unión con Dios está la auténtica felicidad

Nadie dudará, por consiguiente, que éste debe ser también empeño especial de todo pastor de almas: suscitar en ellas el amor hacia la bondad inmensa de Dios, para que, encendidas en ese divino ardor, se sientan atraídas hacia aquel sumo y perfectísimo Bien, pues sólo en la unión con Él encontrarán la auténtica y segura felicidad. Por propia experiencia lo conocerá quien pueda decir con el profeta: ¿A quién tengo yo en los cielos? Fuera de ti, nada deseo sobre la tierra (Ps 72, 25). (Catecismo Romano. Prólogo, IV, 3)

San Basilio Magno

La esperanza de los bienes eternos llena nuestra alma de gozo

Se deben con razón tener por felices aquellos que, por la firme esperanza que tienen de la otra vida, sufren la presente, y por los bienes presentes conmutan los eternos. […] Haciéndote superior a los sucesos presentes, aplicarás tu mente a la esperanza de los bienes eternos, cuyo solo conocimiento es capaz de llenar nuestra alma de gozo, e introducir en nuestros corazones la alegría de los ángeles. (San Basilio Magno. Homilía IV. Sobre la acción de gracias, n. 3.7: PG 31, 223.237-238)

II – ¿Cuál es el camino para encontrar la felicidad? 

Sagradas Escrituras

Sagradas Escrituras

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor, y no acude a los idólatras, que se extravían con engaños. (Sal 40, 5) 

Dichoso el hombre a quien tú educas, al que enseñas tu ley. (Sal 94, 12) 

Dichoso quien teme al Señor y ama de corazón sus mandatos. Su linaje será poderoso en la tierra, la descendencia del justo será bendita. En su casa habrá riquezas y abundancia, su caridad dura por siempre. (Sal 112, 1-3)

Dichoso el hombre que no ha faltado de palabra, ni sufre remordimientos por sus pecados. Dichoso aquel cuya conciencia nada le reprocha, ni ha perdido la esperanza. (Si 14, 1-2)

El que se concentra en una ley perfecta, la de la libertad, y permanece en ella, no como oyente olvidadizo, sino poniéndola en práctica, ese será dichoso al practicarla. (St 1, 25)

Benedicto XVI

El secreto de la felicidad está en que Dios ocupe el primer lugar

Dios nos ama: este es el manantial de la verdadera alegría. Aun teniendo todo lo que se desea, a veces se es infeliz; en cambio, se podría estar privado de todo, incluso de libertad y de salud, y estar en paz y en alegría, si dentro del corazón está Dios. Por tanto, el secreto está aquí: es preciso que Dios ocupe siempre el primer lugar en nuestra vida. (Benedicto XVI. Discurso en la visita al centro penitenciario para menores de Casal del Marmo, Roma, 18 de marzo de 2007)

La Eucaristía es el manantial de la alegría cristiana

¿Dónde se encuentra el manantial de la alegría cristiana sino en la Eucaristía, que Cristo nos ha dejado como alimento espiritual, mientras somos peregrinos en esta tierra? La Eucaristía alimenta en los creyentes de todas las épocas la alegría profunda, que está íntimamente relacionada con el amor y la paz, y que tiene su origen en la comunión con Dios y con los hermanos. (Benedicto XVI. Ángelus, 18 de marzo de 2007)

La verdadera alegría brota de la cruz de Cristo

La auténtica alegría es algo diferente del placer; la alegría crece, madura siempre en el sufrimiento, en comunión con la cruz de Cristo. Sólo aquí brota la verdadera alegría de la fe. (Benedicto XVI. Discurso a los sacerdotes de la diócesis de Aosta, 25 de julio de 2005)

Cumplir los Mandamientos es el camino de la felicidad

La voluntad de Dios es que nosotros seamos felices. Por ello nos ha dado las indicaciones concretas para nuestro camino: los Mandamientos. Cumpliéndolos encontramos el camino de la vida y de la felicidad. Aunque a primera vista puedan parecer un conjunto de prohibiciones, casi un obstáculo a la libertad, si los meditamos más atentamente a la luz del Mensaje de Cristo, representan un conjunto de reglas de vida esenciales y valiosas que conducen a una existencia feliz, realizada según el proyecto de Dios. (Benedicto XVI. Mensaje para la XXVII Jornada Mundial de la Juventud, n. 5, 15 de marzo de 2012)

Dichosos los que cumplen la Palabra de Dios

Esta íntima relación entre la Palabra de Dios y la alegría se manifiesta claramente en la Madre de Dios. Recordemos las palabras de Santa Isabel: “Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1, 45). María es dichosa porque tiene fe, porque ha creído, y en esta fe ha acogido en el propio seno al Verbo de Dios para entregarlo al mundo. La alegría que recibe de la Palabra se puede extender ahora a todos los que, en la fe, se dejan transformar por la Palabra de Dios. El Evangelio de Lucas nos presenta en dos textos este misterio de escucha y de gozo. Jesús dice: “Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra” (8, 21). Y, ante la exclamación de una mujer que entre la muchedumbre quiere exaltar el vientre que lo ha llevado y los pechos que lo han criado, Jesús muestra el secreto de la verdadera alegría: “Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen” (11, 28). (Benedicto XVI. Exhortación apostólica Verbum Domini, n. 124, 30 de septiembre de 2010)

Juan Pablo II

Fuera de la amistad con Dios no hay verdadera alegría

La alegría verdadera incluye la justicia del reino de Dios, del que San Pablo dice que es “justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14, 17). Se trata de la justicia evangélica, que consiste en la conformidad con la voluntad de Dios, en la obediencia a sus leyes y en la amistad personal con él. Fuera de esta amistad, no hay alegría verdadera. […] El pecado es fuente de tristeza, sobre todo porque es una desviación y casi una separación del alma del justo en orden a Dios, que da consistencia a la vida. El Espíritu Santo, que obra en el hombre la nueva justicia en la caridad, elimina la tristeza y da la alegría: esa alegría, que vemos florecer en el Evangelio. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 19 de junio de 1991)

La alegría es el resultado inevitable de estar más cerca de Dios

Cada vez que nos reunimos en la Eucaristía, somos fortalecidos en la santidad y renovados en la alegría, pues la alegría y la santidad son el resultado inevitable de estar más cerca de Dios. Cuando nos alimentamos con el pan vivo que ha bajado del cielo, nos asemejamos más a nuestro Salvador resucitado, que es la fuente de nuestra alegría, una “alegría que es para todo el pueblo” (Lc 2, 10). (Juan Pablo II. Homilía en el Estadio Nacional de Karachi, Pakistán, n. 8, 16 de febrero de 1981)

Los diez mandamientos son el camino seguro para la felicidad

Efectivamente, el Señor ha indicado el camino seguro para el logro de la felicidad en la ley moral, expresión de su voluntad creadora y salvífica, o sea en los diez mandamientos, inscritos en la conciencia de cada hombre, históricamente manifestados al pueblo israelita y perfeccionados por el mensaje evangélico. […] San Juan en su carta advierte además que el amor de Dios, fuente y garantía de la felicidad verdadera, no es vago, sentimental, sino concreto y comprometido: “Pues éste es el amor de Dios: que guardemos sus preceptos. Sus preceptos no son pesados” (1 Jn 5, 3). El que consciente y deliberadamente quebranta la ley de Dios, va inexorablemente hacia la infelicidad. Pero el cristiano posee, en cambio, el secreto de la felicidad. (Juan Pablo II. Homilía en la iglesia de Nuestra Señora del Lago, n. 2, 2 de septiembre de 1979)

La alegría viene de la gracia, del perdón de Dios y de la esperanza de la felicidad eterna...

La alegría cristiana es una realidad que no se describe fácilmente, porque es espiritual y también forma parte del misterio. Quien verdaderamente cree que Jesús es el Verbo Encarnado, el Redentor del hombre, no puede menos de experimentar en lo íntimo un sentido de alegría inmensa, que es consuelo, paz, abandono, resignación, gozo. […] Es la alegría de la luz interior sobre el significado de la vida y de la historia; es la alegría de la presencia de Dios en el alma, mediante la gracia; es la alegría del perdón de Dios, mediante sus sacerdotes, cuando por desgracia se ha ofendido a su infinito amor, y arrepentidos se retorna a sus brazos de Padre; es la alegría de la espera de la felicidad eterna, por la que la vida se entiende como un “éxodo”, una peregrinación, bien que comprometidos en las vicisitudes del mundo. (Juan Pablo II. Discurso a la peregrinación de la Archidiócesis de Nápoles, n. 2, 24 de marzo de 1979)

...de la fe vivida en la oración y práctica de los sacramentos...

Llevad, sobre todo, la alegría cristiana en vuestro corazón: alegría que brota de la fe serenamente aceptada; intensamente profundizada mediante la meditación personal y el estudio de la Palabra de Dios y de las enseñanzas de la Iglesia; dinámicamente vivida en la unión con Dios en Cristo, en la oración, y en la práctica constante de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía y de la Reconciliación; en la asimilación del mensaje evangélico, a veces duro para nuestra débil naturaleza, que no está siempre en sintonía con las exigencias exaltantes, pero comprometidas del “Sermón de la Montaña” y de las “Bienaventuranzas”. “Noli gaudere in saeculo —nos dice San Agustín— gaude in Christo, gaude in verbo eius, gaude in lege eius” (Enarr. in ps. 93, 24: PL 37, 1212). (Juan Pablo II. Discurso a los jóvenes del movimiento Comunión y Liberación, n. 1, 16 de marzo de 1980)

...de la Eucaristía dominical y de la paz de conciencia

Encontremos la alegría que nos da la participación en la Eucaristía. Sea para nosotros la Misa dominical el punto culminante de cada semana. Volvamos a encontrar la alegría que proviene de la penitencia, de la conversión: de este espléndido sacramento de reconciliación con Dios, que Cristo ha instituido para restablecer la paz en la conciencia del hombre. (Juan Pablo II. Ángelus, n. 3, 25 de marzo de 1979)

Pablo VI

La alegría se encuentra en acercarse a Dios y apartarse del pecado

El hombre puede verdaderamente entrar en la alegría acercándose a Dios y apartándose del pecado. Sin duda alguna “la carne y la sangre” son incapaces de conseguirlo (cf. Mt 16, 17). Pero la Revelación puede abrir esta perspectiva y la gracia puede operar esta conversión. Nuestra intención es precisamente invitaros a las fuentes de la alegría cristiana. […] La alegría cristiana es por esencia una participación espiritual de la alegría insondable, a la vez divina y humana, del Corazón de Jesucristo glorificado. (Pablo VI. Exhortación apostólica Gaudete in Domino, n. 15-16, 9 de mayo de 1975)

La alegría verdadera sólo es posible en la Iglesia

Alegría común, verdaderamente sobrenatural, don del Espíritu de unidad y de amor, y que no es posible de verdad sino donde la predicación de la fe es acogida íntegramente, según la norma apostólica. […] La alegría de ser cristiano, vinculado a la Iglesia “en Cristo”, en estado de gracia con Dios, es verdaderamente capaz de colmar el corazón humano. (Pablo VI. Exhortación apostólica Gaudete in Domino, n. 68.72, 9 de mayo de 1975)

Juan XXIII

El que quiera la verdadera alegría, huya del pecado

El que quiera merecer las complacencias del Señor Jesús y de su Madre, que camine rectamente por el camino del bien sin vacilaciones ni componendas; que huya del pecado, origen de toda desgracia y desequilibrio, incluso material, y obre el bien, es decir, practique la caridad, las obras de misericordia, la justicia, la honradez, y todo esto a la luz esplendorosa de la Eucaristía, que debe penetrar suavemente las mentes y voluntades. Sólo así el hombre tiene la verdadera alegría interior, la verdadera paz. (Juan XXIII. Radiomensaje a la ciudad de Turín, 27 de marzo de 1960)

La santidad es fuente de alegría

Esto es todo: saber santificarse y sacrificarse con Cristo y por amor a Cristo. Todos los siglos proporcionan brotes de santidad, que son la única fuente de verdadera alegría. (Juan XXIII. Homilía en la beatificación del Padre Inocencio Berzo, 12 de noviembre de 1961)

Pío XII

La felicidad está en Dios y en la práctica de sus enseñanzas

Hoy el mundo navega a la deriva, acaso más que nunca, tras el norte engañoso de la felicidad. Y la felicidad está solamente en Dios y en la práctica de sus divinas enseñanzas. (Pío XII. Radiomensaje al clero y al pueblo argentino, 1 de febrero de 1948)

Catecismo Mayor de San Pío X

La mayor felicidad es la conciencia pura

El cristiano puede estar contento aun en el estado de pobreza, si considera que la mayor felicidad es la conciencia pura y tranquila, que nuestra verdadera patria es el cielo, que Jesucristo se hizo pobre por nuestro amor y ha prometido un premio especial a los que sufren con resignación. (Catecismo Mayor de San Pío X, n. 470)

San Agustín

Si quieres ser feliz, sé inmaculado

Este gran salmo, hermanos míos, desde su comienzo nos exhorta a la bienaventuranza, que nadie desprecia. ¿Quién puede, pudo o podrá jamás encontrar a alguno que no quiera ser feliz? Si el que exhorta no hace más que mover la voluntad de aquel a quien persuade para que vaya en pos de lo que le sugiere, ¿qué necesidad tiene de exhortación el alma humana a la felicidad, que ansia por naturaleza? Luego ¿por qué se nos incita a que queramos lo que no podemos menos de querer si no es porque, deseando todos la felicidad, muchos ignoran el modo de llegar a ella? Esto, pues, es lo que enseña el que dice: Bienaventurados los que están sin mancilla en el camino, los que andan en la ley del Señor. Esto es como si dijese: Sé lo que quieres: buscas la bienaventuranza. Si quieres ser feliz, sé inmaculado. Todos quieren la felicidad, pero pocos los que quieren ser inmaculados, sin lo cual no se llega a conseguir lo que todos quieren. Pero ¿en dónde llegará a ser inmaculado el hombre si no es en el camino? ¿En qué camino? En el del Señor. Por esto se nos exhorta y no en vano se nos dice: Bienaventurados los que están sin mancilla en el camino, los que andan en la ley del Señor. (San Agustín. Comentarios a los Salmos, Salmo 118, sermón 1, 1)


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