121 – La fe no es una herencia que recibimos, sino que es una respuesta de amor que construimos diariamente

Los buenos conocedores de la naturaleza son los que notan los cambios físicos o climáticos a partir de pequeños indicios. Síntomas ligeros en la apariencia muchas veces significan grandes revuelos, que pueden darse en poco tiempo, pero hay que saber reconocer si se quieren prevenir mayores perjuicios. Estas percepciones son características de un pequeño número de expertos o de personas que viven muy vinculadas a la tierra, a las montañas o al mar y por fin alcanzan, gracias a la experiencia, una intuición acertada de lo que pasa o vendrá a ocurrir.

Sin embargo, en lo que refiere a los asuntos de la salvación no es lo mismo. Todos los que reciben el bautismo, profesan la fe de la Iglesia y viven en la gracia de Dios tienen el sensus fidei que los acompaña en cuestiones referentes a la vida eterna. No son pocos, sino todos los que tienen elementos para discernir los errores de la época o el soplo del Espíritu Santo. Todo dependerá si las ovejas son fieles y buscan la voz de Jesús, el Buen Pastor.

Tal vez por eso numerosos católicos se inquietan cuando de muy altos tronos se afirman cosas poco claras. Y luego surgen las preguntas: ¿Esto será ortodoxo? ¿Expresa fielmente la enseñanza del catolicismo? ¿Se puede rezar el Credo honestamente y decir semejantes cosas? Más preocupante todavía es cuando el tema toca algo tan central como la fe, de la cual depende todo lo demás. No hay que ser experto para darse cuenta de que vienen tempestades. Y que seguramente no serán pequeñas…

Francisco

papafco

Cita ACita B

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

I – La fe católica no se construye, sino que se recibe
II – Los modernistas dicen que la fe es un sentimiento íntimo que brota del hombre, no el asentimiento de la razón a la verdad revelada. Esta herejía está condenada por la Iglesia

I – La fe católica no se construye, sino que se recibe

San Vicente de Lerins

El depósito de la fe no es fruto de ingenio personal, sino de la doctrina

Pero, ¿qué es un depósito? El depósito es lo que te ha sido confiado, no encontrado por ti; tú lo has recibido, no lo has excogitado con tus propias fuerzas. No es el fruto de tu ingenio personal, sino de la doctrina; no está reservado para un uso privado, sino que pertenece a una tradición pública. No salió de ti, sino que a ti vino: a su respecto tú no puedes comportarte como si fueras su autor, sino como su simple custodio. No eres tu quien lo ha iniciado, sino que eres su discípulo; no te corresponderá dirigirlo, sino que tu deber es seguirlo. Guarda el depósito, dice; es decir, conserva inviolado y sin mancha el talento de la fe católica. Lo que te ha sido confiado es lo que debes custodiar junto a ti y transmitir. Has recibido oro, devuelve, pues, oro. No puedo admitir que sustituyas una cosa por otra. No, tú no puedes desvergonzadamente sustituir el oro por plomo, o tratar de engañar dando bronce en lugar de metal precioso. Quiero oro puro, y no algo que solo tenga su apariencia. (San Vicente de Lerins. Conmonitorio, n. 22)

Sagradas Escrituras

La fe viene por el oído

La fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la palabra de Cristo. (Rom 10, 17)

Santo Tomás de Aquino

Esta es la causa de la fe: Dios revela la verdad, y mueve interiormente a aceptarla

Para que se dé la fe se requieren dos condiciones. Primera: que se le propongan al hombre cosas para creer; esto se requiere para creer algo de manera explícita. Segunda: el asentimiento del que cree a lo que se le propone. En cuanto a la primera condición, es necesario que la fe venga de Dios, porque las verdades de fe exceden la razón humana. Por eso no caen dentro de la contemplación del hombre si Dios no las revela. A algunos les son reveladas de manera inmediata por Dios, como sucede en el caso de los apóstoles y profetas; a otros, en cambio, se las propone Dios mediante los predicadores de la fe por El enviados, a tenor de las palabras del Apóstol: ¿Cómo oirán sin que se les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados? (Rom 10, 15). En cuanto a la segunda condición, es decir, el asentimiento del creyente a las verdades de fe, se puede considerar doble causa. Una de ellas induce exteriormente, como el milagro presenciado o la persuasión del hombre que induce a la fe. Pero ninguno de esos motivos es causa suficiente, pues entre quienes ven un mismo milagro y oyen la misma predicación, unos creen y otros no. Por eso es preciso asignar otra causa interna que desde dentro mueva al hombre a asentir a la verdad de fe. Según los pelagianos, esa causa sería únicamente el libre albedrío, y por eso decían: el comienzo de la fe radica en nosotros, que estamos dispuestos a asentir a las cosas de fe; la consumación, en cambio, viene de Dios, que nos propone lo que debemos creer. Pero esto es falso, porque, para asentir a las verdades de fe, el hombre es elevado sobre su propia naturaleza, y por eso es necesario que haya en él un principio sobrenatural que le mueva desde dentro, y ese principio es Dios. Por lo tanto, la fe, para prestar ese asentimiento, que es su acto principal, proviene de Dios, que desde dentro mueve al hombre por la gracia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 6, a. 1)

Catecismo de la Iglesia Católica

El creyente ha recibido la fe de otro, debe transmitirla a otro

La fe es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela. Pero la fe no es un acto aislado. Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro, debe transmitirla a otro. Nuestro amor a Jesús y a los hombres nos impulsa a hablar a otros de nuestra fe. Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 166)

Como una madre enseña sus hijos, la Iglesia transmite la fe

La Iglesia, que es “columna y fundamento de la verdad” (1 Tim 3, 15), guarda fielmente “la fe transmitida a los santos de una vez para siempre” (cf. Jud 3). Ella es la que guarda la memoria de las palabras de Cristo, la que transmite de generación en generación la confesión de fe de los apóstoles. Como una madre que enseña a sus hijos a hablar y con ello a comprender y a comunicar, la Iglesia, nuestra Madre, nos enseña el lenguaje de la fe para introducirnos en la inteligencia y la vida de la fe. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 171)

La fe pide sumisión a la palabra escuchada

Obedecer (ob-audire) en la fe es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 144)

Benedicto XVI

No recibimos la fe sólo para nosotros, sino para los demás

La fe requiere que sea transmitida: no se nos ha entregado sólo para nosotros mismos, para la salvación personal de nuestra alma, sino para los demás, para este mundo y para nuestro tiempo. (Benedicto XVI. Homilía en la fiesta litúrgica del santo nombre de María, 12 de septiembre de 2009)

Católica

Nosotros no “hacemos” la fe, ni podemos inventarla

¿Cómo llegar a una fe viva, a una fe realmente católica, a una fe concreta, viva y operante? La fe, en última instancia, es un don. […] Nosotros no “hacemos” la fe, pues es ante todo Dios quien la da. Pero no la “hacemos” también en cuanto que no debemos inventarla. (Benedicto XVI. Encuentro con los sacerdotes y diáconos de la Diócesis de Roma, 2 de marzo de 2006)

El fiel debe creer junto con la Iglesia

Lo segundo es que no podemos inventar nosotros mismos la fe, componiéndola con elementos “sostenibles”; debemos creer juntamente con la Iglesia. (Benedicto XVI. Encuentro con los obispos de Suiza, 7 de noviembre de 2006)

Recibimos la fe como un don: no es producto de nuestro pensamiento o reflexión

Así pues, la fe no es producto de nuestro pensamiento, de nuestra reflexión; es algo nuevo, que no podemos inventar, sino que recibimos como don, como una novedad producida por Dios. (Benedicto XVI. Audiencia general, 10 de diciembre de 2008)

Concilio Vaticano I

La fe es creíble por signos externos – La sola experiencia no es suficiente para moverla

Si alguno dijere que la revelación divina no puede hacerse creíble por signos externos y que, por lo tanto, deben los hombres moverse a la fe por sola la experiencia interna de cada uno y por la inspiración privada, sea anatema. (Denzinger-Hünermann 3033. Concilio Vaticano I, Constitución Dogmática Dei Filius, n. 3)

San Ireneo de Lyon

La Iglesia predica, enseña y transmite la fe con una misma voz

La Iglesia, extendida por el orbe del universo hasta los confines de la tierra, recibió de los Apóstoles y de sus discípulos la fe […]. Esta predicación y esta fe, y, extendida por toda la tierra, con cuidado la custodia como si habitara en una sola familia. Conserva una misma fe, como si tuviese una sola alma y un solo corazón (Ac 4, 32), y la predica, enseña y transmite con una misma voz, como si no tuviese sino una sola boca. Ciertamente son diversas las lenguas, según las diversas regiones, pero la fuerza de la Tradición es una y la misma. (San Ireneo de Lyon. Contra los herejes, I, 10, 1-2)

II – Los modernistas dicen que la fe es un sentimiento íntimo que brota del hombre, no el asentimiento de la razón a la verdad revelada. Esta herejía está condenada por la Iglesia

Pío X

Para los modernistas los dogmas de fe no pasan de una interpretación de hechos religiosos que la mente humana elaboró con trabajoso esfuerzo

[Doctrina condenada] Los dogmas que la Iglesia presenta como revelados, no son verdades bajadas del cielo, sino una interpretación de hechos religiosos que la mente humana se elaboró con trabajoso esfuerzo.(Denzinger-Hünermann, 3422. Pío X, Decreto del Santo Oficio Lamentabili, n. 22, 3 de julio de 1907)

La fe no es un sentimiento de la religión que se origina en la voluntad

Sostengo con toda certeza y sinceramente profeso que la fe no es un sentimiento ciego de la religión que brota de los escondrijos de la subconsciencia, bajo presión del corazón y la inclinación de la voluntad formada moralmente, sino un verdadero asentimiento del entendimiento a la verdad recibida de fuera por oído, por el que creemos ser verdaderas las cosas que han sido dichas atestiguadas y reveladas por el Dios personal, creador y Señor nuestro, y lo creemos por la autoridad de Dios, sumamente veraz. (Denzinger-Hünermann, 3542. Pío X, Motu proprio Sacrorum antistitum, Juramento antimodernista, n. 5)

El error modernista niega la revelación y afirma: la fe reside en un sentimiento íntimo que ha de hallarse exclusivamente en la vida del hombre…

La religión, como todo hecho, exige una explicación. Pues bien: una vez repudiada la teología natural y cerrado, en consecuencia, todo acceso a la revelación al desechar los motivos de credibilidad; más aún, abolida por completo toda revelación externa, resulta claro que no puede buscarse fuera del hombre la explicación apetecida, y debe hallarse en lo interior del hombre; pero como la religión es una forma de la vida, la explicación ha de hallarse exclusivamente en la vida misma del hombre. Por tal procedimiento se llega a establecer el principio de la inmanencia religiosa. […] Por esta razón, siendo Dios el objeto de la religión, síguese de lo expuesto que la fe, principio y fundamento de toda religión, reside en un sentimiento íntimo engendrado por la indigencia de lo divino. (Pío X. Encíclica Pascendi dominici gregis, n. 5, 8 de septiembre de 1907)

…y cuando éste llega a sentir la indigencia de lo divino, logra por fin descubrir la religión

¿Quiere ahora saberse en qué forma esa indigencia de lo divino, cuando el hombre llegue a sentirla, logra por fin convertirse en religión? Responden los modernistas: la ciencia y la historia están encerradas entre dos límites: uno exterior, el mundo visible; otro interior, la conciencia. Llegadas a uno de éstos, imposible es que pasen adelante la ciencia y la historia; más allá está lo incognoscible. Frente ya a este incognoscible, tanto al que está fuera del hombre, más allá de la naturaleza visible, como al que está en el hombre mismo, en las profundidades de la subconsciencia, la indigencia de lo divino, sin juicio alguno previo (lo cual es puro fideísmo) suscita en el alma, naturalmente inclinada a la religión, cierto sentimiento especial, que tiene por distintivo el envolver en sí mismo la propia realidad de Dios, bajo el doble concepto de objeto y de causa íntima del sentimiento, y el unir en cierta manera al hombre con Dios. A este sentimiento llaman fe los modernistas: tal es para ellos el principio de la religión.(Pío X. Encíclica Pascendi dominici gregis, n. 5, 8 de septiembre de 1907)

Los modernistas erigen la conciencia religiosa en regla universal, totalmente igual a la revelación…

Pero no se detiene aquí la filosofía o, por mejor decir, el delirio modernista. Pues en ese sentimiento los modernistas no sólo encuentran la fe, sino que con la fe y en la misma fe, según ellos la entienden, afirman que se verifica la revelación. Y, en efecto, ¿qué más puede pedirse para la revelación? ¿No es ya una revelación, o al menos un principio de ella, ese sentimiento que aparece en la conciencia, y Dios mismo, que en ese preciso sentimiento religioso se manifiesta al alma aunque todavía de un modo confuso? Pero, añaden aún: desde el momento en que Dios es a un tiempo causa y objeto de la fe, tenemos ya que aquella revelación versa sobre Dios y procede de Dios; luego tiene a Dios como revelador y como revelado. De aquí, venerables hermanos, aquella afirmación tan absurda de los modernistas de que toda religión es a la vez natural y sobrenatural, según los diversos puntos de vista. De aquí la indistinta significación de conciencia y revelación. De aquí, por fin, la ley que erige a la conciencia religiosa en regla universal, totalmente igual a la revelación, y a la que todos deben someterse, hasta la autoridad suprema de la Iglesia, ya la doctrinal, ya la preceptiva en lo sagrado y en lo disciplinar. (Pío X. Encíclica Pascendi dominici gregis, n. 6, 8 de septiembre de 1907)

… y atacan las raíces de la Iglesia: la fe y sus fibras más profundas

Tales hombres se extrañan de verse colocados por Nos entre los enemigos de la Iglesia. Pero no se extrañará de ello nadie que, prescindiendo de las intenciones, reservadas al juicio de Dios, conozca sus doctrinas y su manera de hablar y obrar. Son seguramente enemigos de la Iglesia, y no se apartará de lo verdadero quien dijere que ésta no los ha tenido peores. Porque, en efecto, como ya hemos dicho, ellos traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera, sino desde dentro: en nuestros días, el peligro está casi en las entrañas mismas de la Iglesia y en sus mismas venas; y el daño producido por tales enemigos es tanto más inevitable cuanto más a fondo conocen a la Iglesia. Añádase que han aplicado la segur no a las ramas, ni tampoco a débiles renuevos, sino a la raíz misma; esto es, a la fe y a sus fibras más profundas. Mas una vez herida esa raíz de vida inmortal, se empeñan en que circule el virus por todo el árbol, y en tales proporciones que no hay parte alguna de la fe católica donde no pongan su mano, ninguna que no se esfuercen por corromper. (Pío X. Encíclica Pascendi dominici gregis, n. 2, 8 de septiembre de 1907)

San Vicente de Lerins

Toda doctrina nueva insinuada por una sola persona fuera de la doctrina común no tiene nada que ver con la religión

El verdadero y auténtico católico es el que ama la verdad de Dios y a la Iglesia, cuerpo de Cristo; aquel que no antepone nada a la religión divina y a la fe católica: ni la autoridad de un hombre, ni el amor, ni el genio, ni la elocuencia, ni la filosofía; sino que despreciando todas estas cosas y permaneciendo sólidamente firme en la fe, está dispuesto a admitir y a creer solamente lo que la Iglesia siempre y universalmente ha creído. Sabe que toda doctrina nueva y nunca antes oída, insinuada por una sola persona, fuera o contra la doctrina común de los fieles, no tiene nada que ver con la religión, sino que más bien constituye una tentación. (San Vicente de Lerins. Conmonitorio, n. 20)

Progresos sí, pero a condición de que no se trate de modificación

Quizá alguien diga: ¿ningún progreso de la religión es entonces posible en la Iglesia de Cristo? Ciertamente que debe haber progreso, ¡Y grandísimo! ¿Quién Podría ser tan hostil a los hombres y tan contrario a Dios que intentara impedirlo? Pero a condición de que se trate verdaderamente de progreso por la fe, no de modificación. Es característica del progreso el que una cosa crezca, permaneciendo siempre idéntica a sí misma; es propio, en cambio, de la modificación que una cosa se transforme en otra. Así, pues, crezcan y progresen de todas las maneras posibles la inteligencia, el conocimiento, la sabiduría, tanto de la colectividad como del individuo, de toda la Iglesia, según las edades y los siglos; con tal de que eso suceda exactamente según su naturaleza peculiar, en el mismo dogma, en el mismo sentido, según una misma interpretación. Que la religión de las almas imite el modo de desarrollarse los cuerpos, cuyos elementos, aunque con el paso de los años se desenvuelven y crecen, sin embargo permanecen siendo siempre ellos mismos. […] Estas mismas leyes de crecimiento debe seguir el dogma cristiano, de modo que con el paso de los años se vaya consolidando, se vaya desarrollando en el tiempo, se vaya haciendo más majestuoso con la edad, pero de tal manera que siga siempre incorrupto e incontaminado, integro y perfecto en todas sus partes y, por así decir, en todos sus miembros y sentidos, sin admitir ninguna alteración, ninguna pérdida de sus propiedades, ninguna variación en lo que está definido. (San Vicente de Lerins. Conmonitorio, n. 23)

San Agustín de Hipona

Es más decoroso creer en la enseñanza de los santos y profetas inspirados

¿No es mucho más decoroso creer lo que nos enseñaron los santos y veraces ángeles, los profetas que nos hablaron inspirados por el Espíritu de Dios, lo que nos enseñó el mismo a quien anunciaron como Salvador sus heraldos, los mismos apóstoles, sus enviados, que divulgaron el Evangelio por toda la tierra? (San Agustín de Hipona. La ciudad de Dios, lib. X, cap. 30)


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