159 – La diversidad es bella cuando acepta entrar constantemente en un proceso de reconciliación, hasta sellar una especie de pacto cultural que haga emerger una “diversidad reconciliada”

Después de la inesperada renuncia de Benedicto XVI corrieron todo tipo de rumores sobre los posibles sucesores del Papa alemán, con mayor o menor probabilidad de acierto en las especulaciones, dentro de una novedosa situación como fue la renuncia pontificia. Lo que algunos comentaban con interesada capacidad de análisis y sin detenerse demasiado en los nombres de posibles purpurados, era uno de los papeles que, según su mundano concepto, el nuevo ocupante de la silla de Pedro tendría que representar: el de la apertura hacia otras religiones y culturas, como condición para la presencia de la Iglesia en el mundo de hoy, la cual en muchas partes ya es bastante reducida, cuando no indeseada. Este sería el programa, independientemente del nuevo titular de la silla de Pedro, que daría el norte a su actuación.

Vamos por el cuarto año del gobierno de Jorge Mario Bergoglio y los hechos han dado razón a los que así opinaron. Las iniciativas de Francisco en este campo se repiten a diario, en un enfermizo y con frecuencia contradictorio afán de ser amigo de todos y apoyarlos en sus creencias, inaugurando un nuevo tipo de liderazgo muy intrigante para los católicos: no basado en las enseñanzas de la Iglesia, ni teniendo por objetivo llevarlas al mundo entero, como ordenó el mismo Cristo. Esta idea, aunque desconcertante, corresponde a la más estricta realidad, que el lector atento seguramente acompaña desde marzo del 2013.

Ciertas ideas de Francisco, que repite muy a menudo en diferentes términos, expresan su más firme convicción: lo que realmente importa es conformar en el ámbito religioso y civil una convivencia exenta de conflictos, en una apertura que parece olvidar o quizá sacrificar en el altar de los ídolos del mundo las más sagradas enseñanzas, costumbres y devociones que el catolicismo nos ha dejado. Aquello está por encima de esto.

Es nuestro deber proclamar la doctrina verdadera que el mismo Francisco oculta delante de la platea mediática que lo acompaña fervorosamente, aunque seamos conscientes de que esto nos quita su favor y amistad, que nunca tuvimos, por cierto, pues su tiempo está dedicado a otro tipo de periferias… Hay que señalar como curiosamente esta política ecuménica e interconfesional suya es correspondida en medida muy mediocre por aquellos a quien busca besar los pies. Si él se preocupara en hacer por Dios lo que hace por sus enemigos, la situación de la Iglesia sería muy diferente.

 

Francisco

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Cita ACita B

 Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

I ¿Cuáles son las diversidades que el Espíritu Santo armoniza? ¿Y las que desaprueba?
II – ¿Existen síntesis que superan cualquier conflicto? ¿Cuáles son?
III ¿Puede el Espíritu Santo formar una diversidad cultural reconciliada? ¿Su divina actuación dispensa la esfera religiosa para emprender una actividad laica?

I – ¿Cuáles son las diversidades que el Espíritu Santo armoniza? ¿Y las que desaprueba?

Juan Pablo II

El Espíritu Santo une todas las diversidades dentro de la Iglesia Católica

Cristo ha dotado a la Iglesia, su Cuerpo, de la plenitud de los bienes y medios de salvación; el Espíritu Santo mora en ella, la vivifica con sus dones y carismas, la santifica, la guía y la renueva sin cesar. De ahí deriva una relación singular y única que, aunque no excluya la obra de Cristo y del Espíritu Santo fuera de los confines visibles de la Iglesia, le confiere un papel específico y necesario. De ahí también el vínculo especial de la Iglesia con el Reino de Dios y de Cristo, dado que tiene “la misión de anunciarlo e instaurarlo en todos los pueblos” (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 5) (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 18, 12 de julio de 1990)

Pablo VI

Un peligro induce a muchos a aceptar los más extraños pensamientos como si la Iglesia tuviera que renegar de sí misma

Todos saben por igual que la humanidad en este tiempo está en vía de grandes transformaciones, trastornos y desarrollos que cambian profundamente no sólo sus formas exteriores de vida, sino también sus modos de pensar. Su pensamiento, su cultura, su espíritu se han modificado íntimamente, ya por el progreso científico, técnico y social, ya por las corrientes del pensamiento filosófico y político que la invaden y atraviesan. Todo ello, como las olas de un mar, envuelve y sacude a la Iglesia misma; los espíritus de los hombres que a ella se confían están fuertemente influidos por el clima del mundo temporal; de tal manera que un peligro como de vértigo, de aturdimiento, de extravío, puede sacudir su misma solidez e inducir a muchos a aceptar los más extraños pensamientos, como si la Iglesia tuviera que renegar de sí misma y abrazar novísimas e impensadas formas de vida. […] Ahora bien; creemos que para inmunizarse contra tal peligro, siempre inminente y múltiple, que procede de muchas partes, el remedio bueno y obvio es el profundizar en la conciencia de la Iglesia, sobre lo que ella es verdaderamente, según la mente de Cristo conservada en la Escritura y en la Tradición, e interpretada y desarrollada por la genuina enseñanza eclesiástica, la cual está, como sabemos, iluminada y guiada por el Espíritu Santo. (Pablo VI. Encíclica Ecclesiam suam, n. 8, 6 de agosto de 1964)

Pío XI

La paz de Cristo no puede existir sin la observancia de los preceptos de Cristo

Pero hay una institución divina que puede custodiar la santidad del derecho de gentes; institución que a todas las naciones se extiende y está sobre las naciones todas, provista de la mayor autoridad y venerada por la plenitud del magisterio: la Iglesia de Cristo; y ella es la única que se presenta con aptitud para tan grande oficio, ya por el mandato divino, por su misma naturaleza y constitución, ya por la majestad misma que le dan los siglos, que ni con las tempestades de la guerra quedó maltrecha, antes con admiración de todos salió de ella más acreditada. Síguese, pues, que la paz digna de tal nombre, es a saber, la tan deseada paz de Cristo, no puede existir si no se observan fielmente por todos en la vida pública y en la privada las enseñanzas, los preceptos y los ejemplos de Cristo: y una vez así constituida ordenadamente la sociedad, pueda por fin la Iglesia, desempeñando su divino encargo, hacer valer los derechos todos de Dios, los mismo sobre los individuos que sobre las sociedades. […] De todo lo cual resulta claro que no hay paz de Cristo sino en el reino de Cristo, y que no podemos nosotros trabajar con más eficacia para afirmar la paz que restaurando el reino de Cristo. (Pío XI. Encíclica Ubi arcano, 23 de diciembre de 1922)

Santo Tomás de Aquino

La Iglesia universal está gobernada por el Espíritu de verdad

La Iglesia universal no puede incurrir en error, ya que está gobernada por el Espíritu Santo, Espíritu de verdad. Así lo prometió el Señor a sus discípulos diciendo: “Cuando venga Él, el Espíritu de verdad, os guiará hasta la verdad plena” (Jn 16, 13). (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 1, a. 9,s.c)


II – ¿Existen síntesis que superan cualquier conflicto? ¿Cuáles son?


Pío XI

Querer unión sin unidad de fe es dañoso a la propia fe

Podría parecer que dichos “pancristianos”, tan atentos a unir las iglesias, persiguen el fin nobilísimo de fomentar la caridad entre todos los cristianos, pero, ¿cómo es posible que la caridad redunde en daño de la fe? Nadie, ciertamente, ignora que San Juan, el Apóstol mismo de la caridad, el cual en su Evangelio parece descubrirnos los secretos del Corazón Santísimo de Jesús, y que solía inculcar continuamente a sus discípulos el nuevo precepto “Amaos unos a los otros”, prohibió absolutamente todo trato y comunicación con aquellos que no profesasen, integra y pura, la doctrina de Jesucristo: ‘Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa, y ni siquiera le saludéis’ (2 Jo 1,10). Siendo, pues, la fe integra y sincera, como fundamento y raíz de la caridad, necesario es que los discípulos de Cristo estén unidos principalmente con el vínculo de la unidad de fe. (Pío XI, Encíclica Mortalium animos, n. 9, 6 de enero de 1928)

Pío IX

Los cristianos que tienen en los labios palabras de término medio son enemigos de la Iglesia

En estos tiempos de confusión y de desorden, no es raro ver cristianos, católicos —hasta los hay en el clero secular, en los claustros— que siempre tienen en los labios la palabra de término medio, de conciliación, de transacción. ¡Pues bien! no vacilo en declararlo: esos hombres están en un error, y no los miro como los enemigos menos peligrosos de la Iglesia. Vivimos en una atmósfera corrompida, pestilencial; sepamos preservarnos de ella; no nos dejemos emponzoñar por las falsas doctrinas, que todo lo pierden, so pretexto de salvarlo todo. (Pío IX. Discurso en la iglesia de Aracoeli, 17 de septiembre de 1861)

La verdadera caridad exige que pongamos empeño por sacar a los enemigos del error

Lejos, sin embargo, de los hijos de la Iglesia Católica ser jamás en modo alguno enemigos de los que no nos están unidos por los vínculos de la misma fe y caridad; al contrario, si aquellos son pobres o están enfermos o afligidos por cualesquiera otras miserias, esfuércense más bien en cumplir con ellos todos los deberes de la caridad cristiana y en ayudarlos siempre y, ante todo, pongan empeño por sacarlos de las tinieblas del error en que míseramente yacen y reducirlos a la verdad católica y a la Madre amantísima, la Iglesia, que no cesa nunca de tenderles sus manos maternas y llamarlos nuevamente a su seno, a fin de que, fundados y firmes en la fe, esperanza y caridad y fructificando en toda obra buena (Col 1, 10), consigan la eterna salvación. (Denzinger-Hünermann 1678. Pío IX, Encíclica Quanto conficiamur moerore, 10 de agosto de 1863)

Santo Tomás de Aquino

Los que no están arraigados en el amor del bien pueden llegar a atentar contra los buenos

Las relaciones con los extranjeros pueden ser de paz o de guerra […] La razón de esto era que, si luego que llegasen fuesen admitidos los extraños a tratar los negocios del pueblo, pudieran originarse muchos peligros; pues, no estando arraigados en el amor del bien público, podrían atentar contra el pueblo. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 105, a. 3)

Hay que evitar una familiaridad excesiva y una comunicación innecesaria con los infieles

A los fieles se les prohíbe el trato con alguna persona por dos razones: la primera, en castigo de aquel a quien se le sustrae la comunicación con los fieles; la segunda, por precaución hacia quienes se les prohíbe el trato con ella. Ambas razones pueden deducirse de las palabras del Apóstol. […] En cuanto al segundo título, hay que distinguir, de acuerdo con las condiciones diversas de personas, ocupaciones y tiempos. Si se trata, efectivamente, de cristianos firmes en la fe, hasta el punto de que de su comunicación con los infieles se pueda esperar más bien la conversión de éstos que el alejamiento de aquéllos de la fe, no debe impedírseles el comunicar con los infieles que nunca recibieron la fe, es decir, con los paganos y judíos, sobre todo cuando la necesidad apremia. Si, por el contrario, se trata de fieles sencillos y débiles en la fe, cuya perversión se pueda temer como probable, se les debe prohibir el trato con los infieles; sobre todo se les debe prohibir que tengan con ellos una familiaridad excesiva y una comunicación innecesaria. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 10, a. 9)

Pontificio Consejo para la Cultura

La cooperación con los no creyentes no exime a los cristianos de su fe

El Islam vive actualmente una fuerte expansión, debido en particular a los movimientos migratorios que provienen de países con fuerte crecimiento demográfico. Los países de tradición cristiana, que tienen, a excepción de África, una demografía escasa o negativa, perciben hoy frecuentemente la presencia creciente de musulmanes como un desafío social, cultural e incluso religioso. […] Una colaboración leal con los musulmanes en el plano cultural puede permitir mantener —en una efectiva reciprocidad— relaciones fructuosas tanto en los países islámicos como con las comunidades musulmanas establecidas en los países de tradición cristiana. Una semejante cooperación no exime a los cristianos de dar cuenta de su fe cristológica y trinitaria con relación a otras expresiones del monoteísmo. (Pontificio Consejo para la Cultura. Para una pastoral de la cultura, 23 de mayo de 1999)

Pío XII

Es menester volver a Dios tanto en la vida privada como en la pública

Tengan todos presente que el acerbo de males que en los últimos años hemos tenido que soportar se ha descargado sobre la humanidad principalmente porque la Religión divina de Jesucristo, que promueve la mutua caridad entre los hombres, los pueblos y las naciones, no era, como habría debido serlo, la regla de la vida privada familiar y pública. Si, pues, se ha perdido el recto camino por haberse alejado de Jesucristo, es menester volver a Él tanto en la vida privada como en la pública. Si el error ha entenebrecido las inteligencias, hay que volver a aquélla verdad divinamente revelada que muestra la senda que lleva al Cielo. Si, por fin, el odio ha dado frutos amargos de muerte, habrá que encender de nuevo aquel amor cristiano, que es el único que puede curar tantas heridas mortales, superar tan tremendos peligros y endulzar tantas angustias y sufrimientos. (Pío XII. Encíclica Optatissima pax, n. 6, 18 de diciembre de 1947)

Congregación para la Doctrina de la Fe

El perenne anuncio de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías relativistas

Hoy, sin embargo, “el perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativista, que tratan de justificar el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure (o de principio)” (cf. Dominus Iesus, n. 4). Desde hace mucho tiempo se ha ido creando una situación en la cual, para muchos fieles, no está clara la razón de ser de la evangelización (cf. Evangelii Nuntiandi, n. 80). Hasta se llega a afirmar que la pretensión de haber recibido como don la plenitud de la Revelación de Dios, esconde una actitud de intolerancia y un peligro para la paz. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la Evangelización, 3 de diciembre de 2007)

III – ¿Puede el Espíritu Santo formar una diversidad cultural reconciliada? ¿Su divina actuación dispensa la esfera religiosa para emprender una actividad laica?

Comisión Teológica Internacional

La inculturación que toma el camino del diálogo entre las religiones no puede, en modo alguno, dar ocasión al sincretismo

No podemos olvidar la transcendencia del Evangelio con respecto a todas las culturas humanas en las que la fe cristiana tiene vocación de enraizarse y de desarrollarse según todas sus virtualidades. En efecto, por grande que deba ser el respeto por lo que es verdadero y santo en la herencia cultural de un pueblo, sin embargo esta actitud no pide que se preste un carácter absoluto a esta herencia cultural. Nadie puede olvidar que, desde los orígenes, el Evangelio ha sido “escándalo para los judíos y locura para los gentiles” (1 Cor 1, 23). La inculturación que toma el camino del diálogo entre las religiones, no podría, en modo alguno, dar ocasión al sincretismo. (Comisión Teológica Internacional. La fe y la inculturación, n. 14, diciembre de 1987)

Juan Pablo II

Hoy existe la tendencia a confundir los límites entre la Iglesia y el mundo

La cuestión principal concierne a la relación entre la Iglesia y el mundo. […] La secularización avanzada de la sociedad implica una tendencia a confundir los límites entre la Iglesia y el mundo. Algunos aspectos de la cultura dominante pueden condicionar a la comunidad cristiana en actitudes que el Evangelio no admite. […] Esto va acompañado a menudo por un enfoque acrítico del problema del mal moral y por un rechazo a reconocer la realidad del pecado y la necesidad del perdón. Esta actitud se manifiesta en una concepción de la modernidad excesivamente optimista, junto con un malestar ante la cruz y sus implicaciones para la vida cristiana. Se olvida muy fácilmente el pasado, y se acentúa tanto la dimensión horizontal, que se debilita el sentido de lo sobrenatural. (Juan Pablo II. Discurso a la Conferencia Episcopal de Australia en visita ad limina, n. 3, 14 de diciembre de 1998)

No se puede favorecer un diálogo que silencia a Cristo

Se describe el cometido de la Iglesia, como si debiera proceder en una doble dirección; por un lado, promoviendo los llamados “valores del Reino”, cuales son la paz, la justicia, la libertad, la fraternidad; por otro, favoreciendo el diálogo entre los pueblos, las culturas, las religiones, para que, enriqueciéndose mutuamente, ayuden al mundo a renovarse y a caminar cada vez más hacia el Reino. Junto a unos aspectos positivos, estas concepciones manifiestan a menudo otros negativos. Ante todo, dejan en silencio a Cristo: el Reino, del que hablan, se basa en un “teocentrismo”, porque Cristo —dicen— no puede ser comprendido por quien no profesa la fe cristiana, mientras que pueblos, culturas y religiones diversas pueden coincidir en la única realidad divina, cualquiera que sea su nombre. Por el mismo motivo, conceden privilegio al misterio de la creación, que se refleja en la diversidad de culturas y creencias, pero no dicen nada sobre el misterio de la redención. Además el Reino, tal como lo entienden, termina por marginar o menospreciar a la Iglesia, como reacción a un supuesto “eclesiocentrismo” del pasado y porque consideran a la Iglesia misma sólo un signo, por lo demás no exento de ambigüedad. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 17, 12 de julio de 1990)

El anuncio del Reino no puede ser separado de la Iglesia

El Reino de Dios no es un concepto, una doctrina o un programa sujeto a libre elaboración, sino que es ante todo una persona que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen del Dios invisible. Si se separa el Reino de la persona de Jesús, no existe ya el reino de Dios revelado por él, y se termina por distorsionar tanto el significado del Reino —que corre el riesgo de transformarse en un objetivo puramente humano o ideológico— como la identidad de Cristo, que no aparece ya como el Señor, al cual debe someterse todo (cf. 1 Cor l5, 27). Asimismo, el Reino no puede ser separado de la Iglesia. Ciertamente, ésta no es fin para sí misma, ya que está ordenada al Reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento. Sin embargo, a la vez que se distingue de Cristo y del Reino, está indisolublemente unida a ambos. Cristo ha dotado a la Iglesia, su Cuerpo, de la plenitud de los bienes y medios de salvación; el Espíritu Santo mora en ella, la vivifica con sus dones y carismas, la santifica, la guía y la renueva sin cesar. De ahí deriva una relación singular y única que, aunque no excluya la obra de Cristo y del Espíritu Santo fuera de los confines visibles de la Iglesia, le confiere un papel específico y necesario. De ahí también el vínculo especial de la Iglesia con el Reino de Dios y de Cristo, dado que tiene “la misión de anunciarlo e instaurarlo en todos los pueblos” (Lumen gentium, n. 5). (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 18, 12 de julio de 1990)

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)

La Iglesia debe purificar y elevar las costumbres de los pueblos

Por lo cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos […] Así, pues, el único Pueblo de Dios está presente en todas las razas de la tierra, pues de todas ellas reúne sus ciudadanos, y éstos lo son de un reino no terrestre, sino celestial. Todos los fieles dispersos por el orbe comunican con los demás en el Espíritu Santo […] Y como el reino de Cristo no es de este mundo (cf. Jn 18, 36), la Iglesia o el Pueblo de Dios, introduciendo este reino, no disminuye el bien temporal de ningún pueblo; antes, al contrario, fomenta y asume, y al asumirlas, las purifica, fortalece y eleva todas las capacidades y riquezas y costumbres de los pueblos en lo que tienen de bueno. […] Este carácter de universalidad que distingue al Pueblo de Dios es un don del mismo Señor con el que la Iglesia católica tiende, eficaz y perpetuamente, a recapitular toda la humanidad, con todos sus bienes, bajo Cristo Cabeza, en la unidad de su Espíritu. (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen gentium, n. 13, 21 de noviembre, 1964)

Diversidad dentro de culturas católicas

En virtud de esta catolicidad, cada una de las partes colabora con sus dones propios con las restantes partes y con toda la Iglesia, de tal modo que el todo y cada una de las partes aumentan a causa de todos los que mutuamente se comunican y tienden a la plenitud en la unidad. De donde resulta que el Pueblo de Dios no sólo reúne a personas de pueblos diversos, sino que en sí mismo está integrado por diversos órdenes. Hay, en efecto, entre sus miembros una diversidad, sea en cuanto a los oficios, pues algunos desempeñan el ministerio sagrado en bien de sus hermanos, sea en razón de la condición y estado de vida, pues muchos en el estado religioso estimulan con su ejemplo a los hermanos al tender a la santidad por un camino más estrecho. […] De aquí se derivan finalmente, entre las diversas partes de la Iglesia, unos vínculos de íntima comunión en lo que respecta a riquezas espirituales, obreros apostólicos y ayudas temporales. […] Todos los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de Dios. (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen gentium, n. 13, 21 de noviembre, 1964)

Los laicos deben trabajar para que la Iglesia esté presente en todo lugar

Ahora bien, el apostolado de los laicos es participación en la misma misión salvífica de la Iglesia, apostolado al que todos están destinados por el Señor mismo en virtud del bautismo y de la confirmación. […] Los laicos están especialmente llamados a hacer presente y operante a la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias en que sólo puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos. Así, todo laico, en virtud de los dones que le han sido otorgados, se convierte en testigo y simultáneamente en vivo instrumento de la misión de la misma Iglesia en la medida del don de Cristo (Ef 4, 7). (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen Gentium, n. 33, 21 de noviembre de 1964)

Pablo VI

La solicitud por acercarse a los hermanos no debe traducirse en una disminución de la verdad

¿Hasta qué punto debe la Iglesia acomodarse a las circunstancias históricas y locales en que desarrolla su misión? ¿Cómo debe precaverse del peligro de un relativismo que llegue a afectar su fidelidad dogmática y moral? Pero ¿cómo hacerse al mismo tiempo capaz de acercarse a todos para salvarlos a todos, según el ejemplo del Apóstol: “Me hago todo para todos, a fin de salvar a todos?” […] El arte del apostolado es arriesgado. La solicitud por acercarse a los hermanos no debe traducirse en una atenuación o en una disminución de la verdad. Nuestro diálogo no puede ser una debilidad frente al deber con nuestra fe. El apostolado no puede transigir con una especie de compromiso ambiguo respecto a los principios de pensamiento y de acción que han de señalar nuestra cristiana profesión. El irenismo y el sincretismo son en el fondo formas de escepticismo respecto a la fuerza y al contenido de la palabra de Dios que queremos predicar. Sólo el que es totalmente fiel a la doctrina de Cristo puede ser eficazmente apóstol. Y sólo el que vive con plenitud la vocación cristiana puede estar inmunizado contra el contagio de los errores con los que se pone en contacto. (Pablo VI. Encíclica Ecclesiam suam, n. 33, 6 de agosto de 1964)

León XIII

Que todas las regiones del mundo puedan ser penetradas y dominadas por el nombre de Jesús

Movidos por la caridad que acude con mayor premura allá donde mayor es la necesidad, Nuestro espíritu vuela primero hacia los pueblos más desgraciados de todos, esto es, a los que o nunca recibieron la luz del Evangelio o, si la recibieron, llegaron a perderla, ya por la propia inercia, ya por las vicisitudes de los tiempos, de suerte que ignoran plenamente a Dios. Y porque toda salvación viene de Cristo Jesús, pues no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en el que debamos ser salvos (Ac 4,12). Nuestro máximo deseo es que todas las regiones del mundo puedan muy pronto ser penetradas y dominadas por el sacro nombre de Jesús. Y en ello nunca la Iglesia dejo de cumplir su deber. (León XIII. Encíclica Praeclara gratulationis, n. 3, 20 de junio de 1894)

La verdadera unión entre los cristianos sólo se encuentra en la Iglesia

Unión, que la entendemos perfecta y total, pues no sería tal toda otra que consigo trajera tan sólo una cierta comunidad de dogmas y una correspondencia en el amor fraternal. La verdadera unión entre los cristianos es la que quiso e instituyó Jesucristo mismo, fundador de su Iglesia; esto es, la constituida por la unidad de la fe y la unidad del régimen.(León XIII. Encíclica Praeclara gratulationis, n. 8, 20 de junio de 1894)

La sociedad humana fue renovada desde sus cimientos por las costumbres cristianas

Bastará en este orden con recordar brevemente los ejemplos de los antiguos. Recordamos cosas y hechos que no ofrecen duda alguna: que la sociedad humana fue renovada desde sus cimientos por las costumbres cristianas; que, en virtud de esta renovación, fue impulsado el género humano a cosas mejores; más aún, fue sacado de la muerte a la vida y colmado de una tan elevada perfección, que ni existió otra igual en tiempos anteriores ni podrá haberla mayor en el futuro. Finalmente, que Jesucristo es el principio y el fin mismo de estos beneficios y que, como de Él han procedido, a El tendrán todos que referirse. (León XIII. Encíclica Rerum novarum, n. 21, 15 de mayo de 1891)

Congregación para la Doctrina de la Fe

Para que haya unidad son necesarios la conversión y el bautismo

La Iglesia, guiada por la caridad y el respeto de la libertad, debe empeñarse primariamente en anunciar a todos los hombres la verdad definitivamente revelada por el Señor, y a proclamar la necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la Iglesia a través del bautismo y los otros sacramentos, para participar plenamente de la comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 22, 6 de agosto de 2000)

Sínodo de los Obispos

Cuidado con elementos ajenos al cristianismo que desvían hacia movimientos pararreligiosos

El sincretismo y el relativismo moral traen como consecuencia la pérdida del sentido de Dios. En la religiosidad de los pueblos de América no faltan, a veces, elementos ajenos al cristianismo que, en ocasiones, llegan a formar una suerte de sincretismo construido sobre la base de creencias populares, o que en otros casos desorientan a los creyentes desviándolos hacia sectas o movimientos pararreligiosos. […] Por otra parte, se constata en el aspecto religioso una mentalidad secularista que va llevando, poco a poco, a las personas hacia el relativismo moral y hacia el indiferentismo religioso. […] El progresivo indiferentismo religioso lleva a la pérdida del sentido de Dios y de su santidad, lo cual a su vez se traduce en una pérdida del sentido de lo sacro, del misterio y de la capacidad de admirarse, como disposiciones humanas que predisponen al diálogo y al encuentro con Dios. Tal indiferentismo lleva casi inevitablemente a una falsa autonomía moral y a un estilo de vida secularista que excluye a Dios. (Sínodo de los Obispos. Lineamenta de la asamblea especial para América, n. 18-19, 1 de agosto de 1996)


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