40 – Un Estado debe ser laico – La convivencia pacífica entre las diferentes religiones se ve beneficiada por la laicidad del Estado

Cuando Pilato, lleno de miedo delante del Dios y Hombre verdadero, se escuda en su poder temporal para ocultar la tremenda inseguridad que lo invadía y amenaza Jesús con su presunta autoridad ―“¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?” (Jn 19, 10)―, da oportunidad al Divino Salvador de dejar consignado para todos los tiempos el origen de cualquier autoridad en este mundo: “No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto”. (Jn 19, 11) Por eso, nada más natural que con el desarrollo del cristianismo los Estados occidentales se hayan conformado en unión y bajo la influencia de la Iglesia Católica, promotora de las universidades, de la cultura, de los hospitales, etc., siempre esparciendo la luz del evangelio entre todos los pueblos con su acción benéfica, llevándolos a superar a los demás pueblos paganos.

Sin embargo, los grandes cambios en el Occidente provocados por la decadencia de la Edad Media, pasando por las grandes convulsiones de la Revolución Francesa y llegando a la modernización del siglo XIX, fomentaron y repitieron la acusación calumniosa de que la Iglesia no es amiga del Estado y que no es capaz de promover el desarrollo de una sociedad bien constituida. Promovían, por lo tanto, la separación entre los dos ámbitos, con todas las consecuencias que conocemos en nuestros días. Es este el tema que León XIII trae a colación en su famosa Encíclica “Immortale Dei”, sobre la constitución cristiana del Estado. Este Pontífice, preocupado con los rumbos de secularización y relativismo religioso de su tiempo, aún recuerda que el Apóstol afirma que “no hay autoridad sino por Dios”. (Rom 13, 1) Y “así como no es lícito a nadie descuidar los propios deberes para con Dios, el mayor de los cuales es abrazar con el corazón y con las obras la religión, no la que cada uno prefiera, sino la que Dios manda y consta por argumentos ciertos e irrevocables como única y verdadera, de la misma manera los Estados no pueden obrar, sin incurrir en pecado, como si Dios no existiese, ni rechazar la religión como cosa extraña o inútil, ni pueden, por último, elegir indiferentemente una religión entre tantas. Todo lo contrario. El Estado tiene la estricta obligación de admitir el culto divino en la forma con que el mismo Dios ha querido que se le venere. Es, por tanto, obligación grave de las autoridades honrar el santo nombre de Dios. Entre sus principales obligaciones deben colocar la obligación de favorecer la religión, defenderla con eficacia, ponerla bajo el amparo de las leyes, no legislar nada que sea contrario a la incolumidad de aquélla” (Immortale Dei, n. 3). No obstante, en contra de todo lo que la propia Historia comprueba, para Francisco el “Estado debe ser laico” y “los Estados confesionales terminan mal”…

Francisco

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Cita ACita B

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

 I- El Estado no debe ser indiferente en materia religiosa
II – Beneficios del reconocimiento de la verdadera religión por el Estado
III – Efectos perniciosos de la laicidad del Estado

 I – El Estado no debe ser indiferente en materia religiosa

León XIII

La justicia y la razón prohíben el indeferentismo del Estado en materia religiosa

Es necesario que el Estado, por el mero hecho de ser sociedad, reconozca a Dios como Padre y autor y reverencie y adore su poder y su dominio. La justicia y la razón prohíben, por tanto, el ateísmo del Estado, o, lo que equivaldría al ateísmo, el indiferentismo del Estado en materia religiosa, y la igualdad jurídica indiscriminada de todas las religiones. Siendo, pues, necesaria en el Estado la profesión pública de una religión, el Estado debe profesar la única religión verdadera, la cual es reconocible con facilidad, singularmente en los pueblos católicos, puesto que en ella aparecen como grabados los caracteres distintivos de la verdad. Esta es la religión que deben conservar y proteger los gobernantes, si quieren atender con prudente utilidad, como es su obligación, a la comunidad política. Porque el poder político ha sido constituido para utilidad de los gobernados. Y aunque el fin próximo de su actuación es proporcionar a los ciudadanos la prosperidad de esta vida terrena, sin embargo, no debe disminuir, sino aumentar, al ciudadano las facilidades para conseguir el sumo y último bien, en que está la sempiterna bienaventuranza del hombre, y al cual no puede éste llegar si se descuida la religión. (León XIII. Encíclica Libertas Præstantíssimum, n.16, en 20 de junio de 1888)

Los Estados no pueden obrar, sin incurrir en pecado, como si Dios no existiera

Constituido sobre estos principios, es evidente que el Estado tiene el deber de cumplir por medio del culto público las numerosas e importantes obligaciones que lo unen con Dios. La razón natural, que manda a cada hombre dar culto a Dios piadosa y santamente, porque de Él dependemos, y porque, habiendo salido de Él, a Él hemos de volver, impone la misma obligación a la sociedad civil. Los hombres no están menos sujetos al poder de Dios cuando viven unidos en sociedad que cuando viven aislados. La sociedad, por su parte, no está menos obligada que los particulares a dar gracias a Dios, a quien debe su existencia, su conservación y la innumerable abundancia de sus bienes. Por esta razón, así como no es lícito a nadie descuidar los propios deberes para con Dios […] de la misma manera los Estados no pueden obrar, sin incurrir en pecado, como si Dios no existiese, ni rechazar la religión como cosa extraña o inútil, ni pueden, por último, elegir indiferentemente una religión entre tantas. Todo lo contrario. El Estado tiene la estricta obligación de admitir el culto divino en la forma con que el mismo Dios ha querido que se le venere. Es, por tanto, obligación grave de las autoridades honrar el santo nombre de Dios. (León XIII. Carta Encíclica Immortale Dei, n. 4. Sobre la constitución cristiana del Estado, en 1 de noviembre de 1885)

Cuando el Estado se vuelve contra la Iglesia, la virtud es puesta a prueba

Si queremos juzgar rectamente, el amor sobrenatural por la Iglesia y el amor natural por la patria, son dos amores que proceden de la misma fuente sempiterna, puesto que de los dos es causa y autor el mismo Dios; de donde se sigue que no debe haber contradicción entre uno y otro. Ciertamente, una y otra cosa podemos y debemos: amarnos a nosotros mismos; desear el bien de nuestros prójimos; amar el Estado y el poder que lo gobierna, y al mismo tiempo debemos venerar a la Iglesia como nuestra madre, y con todo el amor posible extenderlo a Dios. Y, sin embargo, o por lo desdichado de los tiempos o por la voluntad menos recta de los hombres, alguna vez este orden de preceptos se pervierte. Porque se ofrecen circunstancias en las cuales parece que el Estado exige de los ciudadanos una manera de obrar, y otra contraria la religión cristiana; por el hecho de que la autoridad del Estado no tiene en cuenta para nada la autoridad sagrada de la Iglesia, o pretender que ésta le sea subordinada. De aquí nace la lucha, y es puesta a prueba la virtud en el combate. Mandan los dos poderes, pero, si mandan cosas contrarias, no se puede obedecer a los dos: “Nadie puede servir al mismo tiempo a dos señores” (Mt 6, 24); y así es menester faltar a uno, si se ha de cumplir lo que el otro ordena. Nadie puede dudar acerca de cuál debe tener la preferencia. Es impiedad abandonar el servicio de Dios para agradar a los hombres; es ilícito transgredir las leyes de Jesucristo por obedecer la autoridad del Estado, o violar los derechos de la Iglesia so pretexto de observar un derecho civil: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5, 29). Lo que Pedro y los demás apóstoles respondían a la autoridad que les imponía cosas ilícitas es lo que se debe repetir sin vacilar en circunstancias similares. (León XIII. Carta Encíclica Sapientiae Christianae, en 10 de enero de 1890)

Gregorio XVI

El indiferentismo religioso es un pestilentísimo error

Tocamos ahora otra causa ubérrima de males, por los que deploramos la presente aflicción de la Iglesia, a saber: el indiferentismo, es decir, aquella perversa opinión que, por engaño de hombres malvados, se ha propagado por todas partes […]. Y de esta de todo punto pestífera fuente del indiferentismo, mana aquella sentencia absurda y errónea, o más bien, aquel delirio de que la libertad de conciencia ha de ser afirmada y reivindicada para cada uno. A este pestilentísimo error le prepara el camino aquella plena e ilimitada libertad de opinión, que para ruina de lo sagrado y de lo civil está ampliamente invadiendo, afirmando a cada paso algunos con sumo descaro que de ella dimana algún provecho a la religión. (Denzinger-Hünermann,  2730-2731. Gregorio XVI. Encíclica Mirari vos arbitramur, n. 10, 15 de agosto de 1832)

Pío XII

Es tradición en la Iglesia mantener la distinción y la unidad de los dos poderes

Vuestras ciudades son parte viva de la Iglesia. Hay, en Italia, quien se agite por temer que el cristianismo quita de César lo que es de César. Como si dar a César lo que le pertenece no fuera un mandato de Jesús; como si el laicismo del Estado, cuando sano y legítimo, no fuese uno de los principios de la doctrina católica; como si no fuera tradición en la Iglesia el continuo esfuerzo por mantener la distinción, pero también, siempre según los rectos principios, la unidad de los dos poderes; como si, en cambio, la mezcolanza de lo sacro y lo profano no hubiera sido verificada en la historia con mayor intensidad, que cuando una porción de fieles se separa de la Iglesia. (Pío XII. Discurso a los marchigiani residentes en Roma, en 23 de marzo de 1958)

Catecismo de la Iglesia Católica

Compete a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso aquellos referentes al orden social

La Iglesia, “columna y fundamento de la verdad” (1 Tm 3, 15), “recibió de los Apóstoles […] este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva” (Lumen Gentium, 17). “Compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas” (CIC can. 747, §2). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2032)

II – Beneficios del reconocimiento de la verdadera religión por el Estado 

Gregorio XVI

La unión entre la Iglesia y el Estado siempre fue saludable para lo sagrado y lo civil

Tampoco pudiéramos augurar más fausto suceso tanto para la religión como para la autoridad civil de los deseos de aquellos que quieren a todo trance la separación de la Iglesia y del Estado y que se rompa la mutua concordia del poder y el sacerdocio. Consta, en efecto, que es sobremanera temida por los amadores de la más descarada libertad aquella concordia que siempre fue fausta y saludable a lo sagrado y a lo civil… (Denzinger-Schönmetzer 1615. Gregorio XVI, Encíclica Mirari vos arbitramur, en 15 de agosto de 1832)

León XIII

Conservada la doctrina entre los príncipes, la acción de las sectas no tendría efecto

Pero para suma desventura, aquellos a quien se ha encomendado el cuidado del bien común, rodeados de los artificios de hombres pérfidos, y atemorizados por sus amenaza, hayan mirado siempre a la Iglesia con desconfianza, y aún torcido, no comprendiendo que los esfuerzos de las sectas serian vanos si la doctrina de la Iglesia católica y la autoridad de los Romanos Pontífices hubiese permanecido siempre en el debido honor, tanto entre los príncipes como entre los pueblos. (León XIII, Carta Encíclica Quod apostolici muneris, en 28 de diciembre de 1878)

La sociedad humana se benefició de la restauración de todo en Cristo

Y para que unos tan singulares beneficios [los de la redención] permanecieran sobre la tierra mientras hubiera hombres, [Cristo] constituyó a la Iglesia en vicaria de su misión y le mandó, mirando al futuro, que, si algo padeciera perturbación en la sociedad humana, lo ordenara; que, si algo estuviere caído, que lo levantara. Mas, aunque esta divina restauración de que hemos hablado toca de una manera principal y directa a los hombres constituidos en el orden sobrenatural de la gracia, sus preciosos y saludables frutos han trascendido, de todos modos, al orden natural ampliamente. (León XIII. Carta Encíclica Arcanum divinae sapientiae, n. 1-2. Sobre la familia, en 10 de febrero de 1880)

La virtud divina de la religión engendró el orden de los Estados

Estos grandes peligros públicos, que están a la vista, nos causan una grave preocupación al ver en peligro casi a todas horas la seguridad de los príncipes, la tranquilidad de los Estados y la salvación de los pueblos. Y, sin embargo, la virtud divina de la religión cristiana engendró los egregios fundamentos de la estabilidad y el orden de los Estados desde el momento en que penetró en las costumbres e instituciones de las ciudades. No es el más pequeño y último fruto de esta virtud el justo y sabio equilibrio de derechos y deberes entre los príncipes y los pueblos. Porque los preceptos y ejemplos de Cristo Señor nuestro poseen una fuerza admirable para contener en su deber tanto a 1os que obedecen como a los que mandan. (León XIII. Carta Encíclica Diuturnum illud, n. 2. Sobre la autoridad política, en 29 de junio de 1881)

No se ha encontrado un sistema superior para gobernar el Estado

Dondequiera que la Iglesia ha penetrado, ha hecho cambiar al punto el estado de las cosas. Ha informado las costumbres con virtudes desconocidas hasta entonces y ha implantado en la sociedad civil una nueva civilización. Los pueblos que recibieron esta civilización superaron a los demás por su equilibrio, por su equidad y por las glorias de su historia. No obstante, una muy antigua y repetida acusación calumniosa afirma que la Iglesia es enemiga del Estado y que es nula su capacidad para promover el bienestar y la gloria que lícita y naturalmente apetece toda sociedad bien constituida. Desde el principio de la Iglesia los cristianos fueron perseguidos con calumnias muy parecidas. Blanco del odio y de la malevolencia, los cristianos eran considerados como enemigos del Imperio. […] La atrocidad de esta calumnia armó y aguzó, no sin motivo, la pluma de San Agustín. En varias de sus obras, especialmente en La ciudad de Dios, demostró con tanta claridad la eficacia de la filosofía cristiana en sus relaciones con el Estado, que no sólo realizó una cabal apología de la cristiandad de su tiempo, sino que obtuvo también un triunfo definitivo sobre las acusaciones falsas. No descansó, sin embargo, la fiebre funesta de estas quejas y falsas recriminaciones. Son muchos los que se han empeñado en buscar la norma constitucional de la vida política al margen de las doctrinas aprobadas por la Iglesia católica. Últimamente, el llamado derecho nuevo, presentado como adquisición de los tiempos modernos y producto de una libertad progresiva, ha comenzado a prevalecer por todas partes. Pero, a pesar de los muchos intentos realizados, la realidad es que no se ha encontrado para constituir y gobernar el Estado un sistema superior al que brota espontáneamente de la doctrina del Evangelio. (León XIII. Carta Encíclica Immortale Dei, n.1. Sobre la constitución cristiana del Estado, en 1 de noviembre de 1885)

Concilio Vaticano II

La Revelación lleva a una profunda comprensión de las leyes de la vida social

Entre los principales aspectos del mundo actual hay que señalar la multiplicación de las relaciones mutuas entre los hombres. Contribuye sobremanera a este desarrollo el moderno progreso técnico. Sin embargo, la perfección del coloquio fraterno no está en ese progreso, sino más hondamente en la comunidad que entre las personas se establece, la cual exige el mutuo respeto de su plena dignidad espiritual. La Revelación cristiana presta gran ayuda para fomentar esta comunión interpersonal y al mismo tiempo nos lleva a una más profunda comprensión de las leyes que regulan la vida social, y que el Creador grabó en la naturaleza espiritual y moral del hombre. (Concilio Vaticano II. Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 23. Sobre la Iglesia en el mundo actual, en 7 de diciembre de 1965)

Catecismo de la Iglesia Católica

La Iglesia descubre las exigencias de la moral, la justicia y la paz en la sociedad

La Iglesia recibe del Evangelio la plena revelación de la verdad del hombre. Cuando cumple su misión de anunciar el Evangelio, enseña al hombre, en nombre de Cristo, su dignidad propia y su vocación a la comunión de las personas; y le descubre las exigencias de la justicia y de la paz, conformes a la sabiduría divina. La Iglesia expresa un juicio moral, en materia económica y social, “cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas” (Gaudium et spes, 76). En el orden de la moralidad, la Iglesia ejerce una misión distinta de la que ejercen las autoridades políticas: ella se ocupa de los aspectos temporales del bien común a causa de su ordenación al supremo Bien, nuestro fin último. Se esfuerza por inspirar las actitudes justas en el uso de los bienes terrenos y en las relaciones socioeconómicas. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2419-2420)

San Agustín

El reinado de los buenos es beneficioso para las empresas humanas

Así, pues, cuando al Dios verdadero se le adora, y se le rinde un culto auténtico y una conducta moral intachable, es ventajoso que los buenos tengan el poder durante largos períodos sobre grandes dominios. Y tales ventajas no lo son tanto para ellos mismos cuanto para sus súbditos. Por lo que a ellos concierne, les basta para su propia felicidad con la bondad y honradez. Son éstos dones muy estimables de Dios para llevar aquí una vida digna y merecer luego la eterna. Porque en esta tierra, el reinado de los buenos no es beneficioso tanto para ellos cuanto para las empresas humanas. Al contrario, el reinado de los malos es pernicioso sobre todo para los que ostentan el poder, puesto que arruinan su alma por una mayor posibilidad de cometer crímenes. En cambio, aquellos que les prestan sus servicios sólo quedan dañados por la propia iniquidad. En efecto, los sufrimientos que les vienen de señores injustos no constituyen un castigo de algún delito, sino una prueba de su virtud. Consiguientemente, el hombre honrado, aunque esté sometido a servidumbre, es libre. En cambio, el malvado, aunque sea rey, es esclavo, y no de un hombre, sino de tantos dueños como vicios tenga. De estos vicios se expresa la divina Escritura en estos términos: “Cuando uno se deja vencer por algo, queda hecho su esclavo” (2 Pe 2, 19). (San Agustín, La Ciudad de Dios, L. IV, c. 3)

El gobierno que honra a Dios manda en la caridad

Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial. La primera se gloría en sí misma; la segunda se gloría en el Señor. Aquélla solicita de los hombres la gloria; la mayor gloria de ésta se cifra en tener a Dios como testigo de su conciencia. Aquélla se engríe en su gloria; ésta dice a su Dios: “Gloria mía, Tú mantienes alta mi cabeza” (Sal 3, 4). La primera está dominada por la ambición de dominio en sus príncipes o en las naciones que somete; en la segunda se sirven mutuamente en la caridad los superiores mandando y los súbditos obedeciendo. Aquélla ama su propia fuerza en los potentados; ésta le dice a su Dios: “Yo te amo, Señor; Tú eres mi fortaleza” (Sal 17, 2). Por eso, los sabios de aquélla, viviendo según el hombre, han buscado los bienes de su cuerpo o de su espíritu o los de ambos; y pudiendo conocer a Dios, “no lo honraron ni le dieron gracias como a Dios, sino que se desvanecieron en sus pensamientos, y su necio corazón se oscureció. Pretendiendo ser sabios, exaltándose en su sabiduría por la soberbia que los dominaba, resultaron unos necios que cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes de hombres mortales, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles” (pues llevaron a los pueblos a adorar a semejantes simulacros, o se fueron tras ellos), “venerando y dando culto a la criatura en vez de al Creador, que es bendito por siempre” (Rom 1, 21-25). En la segunda, en cambio, no hay otra sabiduría en el hombre que una vida religiosa, con la que se honra justamente al verdadero Dios, esperando como premio en la sociedad de los santos, hombres y ángeles, “que Dios sea todo en todas las cosas” (1 Cor 15, 28). (San Agustín, La Ciudad de Dios, L. XIV, c. 28)

III – Efectos perniciosos de la laicidad del Estado 

Pío XII

El laicismo substrae al Estado el influjo benéfico de Dios y de la Iglesia

Narra el sagrado Evangelio que, cuando Jesús fue crucificado, “las tinieblas invadieron toda la superficie de la tierra” (Mt 27, 45); símbolo luctuoso de lo que ha sucedido, y sigue sucediendo, cuando la incredulidad religiosa, ciega y demasiado orgullosa de sí misma, excluye a Cristo de la vida moderna, y especialmente de la pública y, junto con la fe en Cristo, debilita también la fe en Dios. De aquí se sigue que todas las normas y principios morales según los cuales eran juzgadas en otros tiempos las acciones de la vida privada y de la vida pública, hayan caído en desuso, y se sigue también que donde el Estado se ajusta por completo a los prejuicios del llamado laicismo —fenómeno que cada día adquiere más rápidos progresos y obtiene mayores alabanzas— y donde el laicismo logra substraer al hombre, a la familia y al Estado del influjo benéfico y regenerador de Dios y de la Iglesia, aparezcan señales cada vez más evidentes y terribles de la corruptora falsedad del viejo paganismo. Cosa que sucede también en aquellas regiones en las que durante tantos siglos brillaron los fulgores de la civilización cristiana: “las tinieblas se extendieron mientras crucificaban a Jesús” (Brev. Rom., Viernes Santo, resp. 4). Pero muchos, tal vez, al separarse de la doctrina de Cristo, no advertían que eran engañados por el falso espejismo de unas frases brillantes, que presentaban esta separación del cristianismo como liberación de una servidumbre impuesta; ni preveían las amargas consecuencias que se seguirían del cambio que venía a sustituir la verdad, que libera, con el error, que esclaviza; ni pensaban, finalmente, que, renunciando a la ley de Dios, infinitamente sabia y paterna, y a la amorosa, unificante y ennoblecedora doctrina de amor de Cristo, se entregaban al arbitrio de una prudencia humana lábil y pobre. Alardeaban de un progreso en todos los campos, siendo así que retrocedían a cosas peores; pensaban elevarse a las más altas cimas, siendo así que se apartaban de su propia dignidad; afirmaban que este siglo nuestro había de traer una perfecta madurez, mientras estaban volviendo precisamente a la antigua esclavitud. No percibían que todo esfuerzo humano para sustituir la ley de Cristo por algo semejante está condenado al fracaso: “Se entontecieron en sus razonamientos” (Rom 1, 21). Así debilitada y perdida la fe en Dios y en el divino Redentor y apagada en las almas la luz que brota de los principios universales de moralidad, queda inmediatamente destruido el único e insustituible fundamento de estable tranquilidad en que se apoya el orden interno y externo de la vida privada y pública, que es el único que puede engendrar y salvaguardar la prosperidad de los Estados. (Pío XII, Carta Encíclica Summi pontificatus, n. 23-25, 20 de octubre de 1939)

Concilio Vaticano I

Difundiéndose la impiedad, la verdad se diluye

Nace y se difunde a lo largo y ancho del mundo aquella doctrina del racionalismo o naturalismo ―radicalmente opuesta a la religión cristiana, ya que ésta es de origen sobrenatural―, la cual no ahorra esfuerzos en lograr que Cristo, quien es nuestro único Señor y salvador, sea excluido de las mentes de las personas así como de la vida moral de las naciones y se establezca así el reino de lo que ellos llaman la simple razón o naturaleza. El abandono y rechazo de la religión cristiana, así como la negación de Dios y su Cristo, ha sumergido la mente de muchos en el abismo del panteísmo, materialismo y ateísmo, de modo que están luchando por la negación de la naturaleza racional misma, de toda norma sobre lo correcto y justo, y por la ruina de los fundamentos mismos de la sociedad humana. Con esta impiedad difundiéndose en toda dirección, ha sucedido infelizmente que muchos, incluso entre los hijos de la Iglesia católica, se han extraviado del camino de la piedad auténtica, y como la verdad se ha ido diluyendo gradualmente en ellos, su sentido católico ha sido debilitado. (Concilio Vaticano I. XX ecuménico. Constitución dogmática Filius Dei, sobre la fe católica, 3a. sesión, 24 de abril de 1870)

San Agustín

Los gobiernos sin justicia se convierten en bandas de ladrones a gran escala

Si de los gobiernos quitamos la justicia, ¿en qué se convierten sino en bandas de ladrones a gran escala? Y estas bandas, ¿qué son sino reinos en pequeño? Son un grupo de hombres, se rigen por un jefe, se comprometen en pacto mutuo, reparten el botín según la ley por ellos aceptada. Supongamos que a esta cuadrilla se le van sumando nuevos grupos de bandidos y llega a crecer hasta ocupar posiciones, establecer cuarteles, tomar ciudades y someter pueblos: abiertamente se autodenomina reino, título que a todas luces le confiere no la ambición depuesta, sino la impunidad lograda. Con toda finura y profundidad le respondió al célebre Alejandro Magno un pirata caído prisionero. El rey en persona le preguntó: “¿Qué te parece tener el mar sometido al pillaje?” “Lo mismo que a ti ―respondió― el tener el mundo entero. Sólo que a mí, como trabajo con una ruin galera, me llaman bandido, y a ti, por hacerlo con toda una flota, te llaman emperador”. (San Agustín, La Ciudad de Dios, L. IV, c. 4)


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