La Congregación para la Doctrina de la Fe…

… juzga la idea de la Iglesia como una ONG que tiene Francisco

  • Ante los problemas no se puede dejar lo esencial: la predicación de la Palabra

El angustioso sentimiento de la urgencia de los problemas no debe hacer perder de vista lo esencial, ni hacer olvidar la respuesta de Jesús al Tentador (Mt 4, 4): “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Dt 8, 3). Así, ante la urgencia de compartir el pan, algunos se ven tentados a poner entre paréntesis y a dejar para el mañana la evangelización: en primer lugar el pan, la Palabra para más tarde. Es un error mortal el separar ambas cosas hasta oponerlas entre sí. Por otra parte, el sentido cristiano sugiere espontáneamente lo mucho que hay que hacer en uno y otro sentido. Para otros, parece que la lucha necesaria por la justicia y la libertad humanas, entendidas en su sentido económico y político, constituye lo esencial y el todo de la salvación. Para éstos, el Evangelio se reduce a un evangelio puramente terrestre. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación, VI, 3-4, 6 de agosto de 1984)

  • La evangelización encuentra su origen en el deseo de Cristo por salvar a todos

El motivo originario de la evangelización es el amor de Cristo para la salvación eterna de los hombres. Los auténticos evangelizadores desean solamente dar gratuitamente lo que gratuitamente han recibido: “Desde los primeros días de la Iglesia los discípulos de Cristo se esforzaron en inducir a los hombres a confesar Cristo Señor, no por acción coercitiva ni por artificios indignos del Evangelio, sino ante todo por la virtud de la palabra de Dios” (Dignitatis humanæ, n. 11) La misión de los Apóstoles ―y su continuación en la misión de la Iglesia antigua― sigue siendo el modelo fundamental de evangelización para todos los tiempos: una misión a menudo marcada por el martirio, como lo demuestra la historia del siglo pasado. Precisamente el martirio da credibilidad a los testigos, que no buscan poder o ganancia sino que entregan la propia vida por Cristo. Manifiestan al mundo la fuerza inerme y llena de amor por los hombres concedida a los que siguen a Cristo hasta la donación total de su existencia. Así, los cristianos, desde los albores del cristianismo hasta nuestros días, han sufrido persecuciones por el Evangelio, como Jesús mismo había anunciado: “a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros” (Jn 15, 20). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización, n. 8, 3 de diciembre de 2007)

… juzga la idea de Francisco de que se puede interpretar la verdad en contra del Magisterio infalible

  • Las intervenciones del Magisterio constituyen la expresión de la obediencia a la palabra de Dios

En realidad las opiniones de los fieles no pueden pura y simplemente identificarse con el sensus fidei. Este último es una propiedad de la fe teologal que, consistiendo en un don de Dios que hace adherirse personalmente a la verdad, no puede engañarse. Esta fe personal es también fe de la Iglesia, puesto que Dios ha confiado a la Iglesia la vigilancia de la Palabra y, por consiguiente, lo que el fiel cree es lo que cree la Iglesia. Por su misma naturaleza, el sensus fidei implica, por lo tanto, el acuerdo profundo del espíritu y del corazón con la Iglesia, el sentire cum Ecclesia. Si la fe teologal en cuanto tal no puede engañarse, el creyente en cambio puede tener opiniones erróneas, porque no todos sus pensamientos proceden de la fe. No todas las ideas que circulan en el pueblo de Dios son coherentes con la fe, puesto que pueden sufrir fácilmente el influjo de una opinión pública manipulada por modernos medios de comunicación. No sin razón el Concilio Vaticano II subrayó la relación indisoluble entre el sensus fidei y la conducción del pueblo de Dios por parte del magisterio de los pastores: ninguna de las dos realidades puede separarse de la otra. Las intervenciones del Magisterio sirven para garantizar la unidad de la iglesia en la verdad del Señor. Ayudan a permanecer en la verdad frente al carácter arbitrario de las opiniones cambiantes y constituyen la expresión de la obediencia a la palabra de Dios. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Donum veritatis, n. 35, 24 de marzo de 1990)

  • La doctrina católica debe ser expuesta y propuesta total e íntegramente

La doctrina católica debe ser expuesta y propuesta total e íntegramente, no hay que silenciar o usar términos ambiguos al referirse a lo que la verdad católica enseña. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Ecclesia Catholica, n. 2, 20 de diciembre de 1949)

  • Los relativismos de hoy en día no son un motivo para desatender el compromiso de anunciar el Evangelio

Los relativismos de hoy en día y los irenismos en ámbito religioso no son un motivo válido para desatender este compromiso arduo y, al mismo tiempo, fascinante, que pertenece a la naturaleza misma de la Iglesia y es “su tarea principal”. “Caritas Christi urget nos” (2 Cor 5, 14): lo testimonia la vida de un gran número de fieles que, movidos por el amor de Cristo, han emprendido, a lo largo de la historia, iniciativas y obras de todo tipo para anunciar el Evangelio a todo el mundo y en todos los ámbitos de la sociedad, como advertencia e invitación perenne a cada generación cristiana para que cumpla con generosidad el mandato del Señor. Por eso, como recuerda el Papa Benedicto XVI, “el anuncio y el testimonio del Evangelio son el primer servicio que los cristianos pueden dar a cada persona y a todo el género humano, por estar llamados a comunicar a todos el amor de Dios, que se manifestó plenamente en el único Redentor del mundo, Jesucristo”. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización, n. 13, 3 de diciembre de 2007)

  • La formulación de los dogmas se distingue del pensamiento de la época

Por lo que se refiere a este condicionamiento histórico, se debe observar ante todo que el sentido de los enunciados de la fe depende en parte de la fuerza expresiva de la lengua en una determinada época y en determinadas circunstancias. Ocurre además, no pocas veces, que una verdad dogmática se expresa en un primer momento de modo incompleto, aunque no falso, y más adelante, en un contexto más amplio de la fe y de los conocimientos humanos, se expresa de manera más plena y perfecta. La Iglesia, por otra parte, con sus nuevos enunciados, intenta confirmar o aclarar las verdades ya contenidas, de una manera o de otra, en la Sagrada Escritura o en precedentes expresiones de la Tradición, pero al mismo tiempo se preocupa también de resolver ciertas cuestiones o de extirpar errores; y todo esto hay que tenerlo en cuenta para entender bien tales enunciados. Finalmente, aunque las verdades que la Iglesia quiere enseñar de manera efectiva con sus fórmulas dogmáticas se distinguen del pensamiento mutable de una época y pueden expresarse al margen de estos pensamientos, sin embargo puede darse el caso de que esas verdades pueden ser enunciadas por el sagrado Magisterio con términos que contienen huellas de tales concepciones. (Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Mysterium Ecclesiae sobre la Doctrina Católica acerca de la Iglesia para defenderla de algunos errores recientes sobre los misterios de la Encanación y de la Trinidad. 24 de junio de 1973 – Acta Apostolicae Sedis an. 65 (1973), pp. 396-408. Ratificada y confirmada por Pablo VI el 11 de mayo de 1973)

  • Las formulas del Magisterio siempre son aptas para comunicar la verdad revelada

Teniendo todo esto presente, hay que decir que las fórmulas dogmáticas del Magisterio de la Iglesia han sido aptas desde el principio para comunicar la verdad revelada y, mientras se mantengan, serán siempre aptas para quienes las interpretan rectamente (cf. Pío IX, Breve Eximiam tuam: DzS 2831; Pablo VI, Enc. Mysterium fidei; “L’Oriente cristiano nella luce di immortali Concili” en Insegnamenti di Paolo VI, 5). Sin embargo, de esto no se deduce que cada una de ellas lo haya sido o lo seguirá siendo en la misma medida. Por esta razón los teólogos tratan de fijar cuál es exactamente la intención de enseñar contenida realmente en las diversas fórmulas, y prestan con este trabajo una notable ayuda al Magisterio vivo de la Iglesia, al que están subordinados. Por esta misma razón puede suceder también que algunas fórmulas dogmáticas antiguas y otras relacionadas con ellas permanezcan vivas y fecundas en el uso habitual de la Iglesia, con tal de que se les añadan oportunamente nuevas exposiciones y enunciados que conserven e ilustren su sentido primordial. Por otra parte, ha ocurrido también alguna vez que en este mismo uso habitual de la Iglesia algunas de estas fórmulas han cedido el paso a nuevas expresiones que, propuestas o aprobadas por el sagrado Magisterio, manifiestan más clara y plenamente su sentido. (Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Mysterium Ecclesiae sobre la Doctrina Católica acerca de la Iglesia para defenderla de algunos errores recientes sobre los misterios de la Encanación y de la Trinidad. 24 de junio de 1973 – Acta Apostolicae Sedis an. 65 (1973), pp. 396-408. Ratificada y confirmada por Pablo VI el 11 de mayo de 1973)

  • El significado de las fórmulas dogmáticas manifiesta la verdad sin deformación o alteración

Por lo demás, el significado mismo de las fórmulas dogmáticas es siempre verdadero y coherente consigo mismo dentro de la Iglesia, aunque pueda ser aclarado más y mejor comprendido. Es necesario, por tanto, que los fieles rehúyan la opinión según la cual en principio las fórmulas dogmáticas (o algún tipo de ellas) no pueden manifestar la verdad de modo concreto, sino solamente aproximaciones mudables que la deforman o alteran de algún modo; y que las mismas fórmulas, además, manifiestan solamente de manera indefinida la verdad, la cual debe ser continuamente buscada a través de aquellas aproximaciones. Los que piensan así no escapan al relativismo teológico y falsean el concepto de infalibilidad de la Iglesia que se refiere a la verdad que hay que enseñar y mantener explícitamente. Una opinión de este tipo se opone a las declaraciones del Concilio Vaticano I, el cual, a pesar de ser consciente del progreso de la Iglesia en el conocimiento de la verdad revelada (Cf. Conc. Vaticano I, Const. dogm. Dei Filius, cap. 4: DzS 3020), ha enseñado sin embargo que “el sentido de los dogmas, que nuestra santa madre la Iglesia ha propuesto de una vez para siempre, debe ser mantenido permanentemente y no se puede abandonar con la vana pretensión de conseguir una inteligencia más profunda” (ibid.); condenó también la sentencia según la cual puede ocurrir “que a los dogmas propuestos por la Iglesia se les deba dar alguna vez, según el progreso de la ciencia, otro sentido diverso del que entendió y entiende la Iglesia” (ibid. can. 3): No hay duda de que, según estos textos del Concilio, el sentido de los dogmas que declara la Iglesia es determinado e irreformable. La mencionada opinión discrepa también de la declaración hecha por el sumo pontífice Juan XXIII acerca de la doctrina cristiana, en la inauguración del Concilio Vaticano II: “Es necesario que esta doctrina cierta e inmutable, a la que se debe prestar fiel asentimiento, sea estudiada y expuesta en conformidad con las exigencias de nuestro tiempo. En efecto, una cosa es el depósito de la fe, es decir, las verdades contenidas en la doctrina revelada, y otra cosa el modo de expresar estas verdades conservando, sin embargo, el mismo sentido y significado” (Juan XXIII, Discurso en la inauguración del Concilio Vaticano II; Gaudium et spes, 62). Dado que el sucesor de Pedro habla aquí de la doctrina cristiana cierta e inmutable, del depósito de la fe que se identifica con las verdades contenidas en esta doctrina, y habla también de estas verdades cuyo significado no se puede cambiar, está claro que él reconoce que el sentido de los dogmas es cognoscible por nosotros, y es verdadero e inmutable. La novedad que él mismo recomienda, teniendo en cuenta las necesidades de los tiempos, concierne solamente a la manera de investigar, exponer y enunciar la misma doctrina en su sentido permanente. De modo semejante el sumo pontífice Pablo VI, exhortando a los Pastores de la Iglesia, declaró: “Debernos aplicarnos hoy con todo empeño en conservar en la doctrina de la fe la plenitud de su significación y de su contenido, expresándola, sin embargo, de manera que hable al espíritu y al corazón de los hombres a quienes va dirigida” (Pablo VI, Exhort. apost. Quinque iam anni). (Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Mysterium Ecclesiae sobre la Doctrina Católica acerca de la Iglesia para defenderla de algunos errores recientes sobre los misterios de la Encanación y de la Trinidad. 24 de junio de 1973 – Acta Apostolicae Sedis an. 65 (1973), pp. 396-408. Ratificada y confirmada por Pablo VI el 11 de mayo de 1973)

…juzga la idea de Francisco de afirmaciones rígidas dentro de la moral familiar

  • La unión corporal en el desenfreno profana el templo del Espíritu Santo

En efecto, el amor de los esposos queda asumido por el matrimonio en el amor con el cual Cristo ama irrevocablemente a la Iglesia, mientras la unión corporal en el desenfreno profana el templo del Espíritu Santo, en el que el mismo cristiano se ha convertido. Por consiguiente, la unión carnal no puede ser legítima sino cuando se ha establecido una definitiva comunidad de vida entre un hombre y una mujer. Así lo entendió y enseñó siempre la Iglesia, que encontró, además, amplio acuerdo con su doctrina en la reflexión de la sabiduría humana y en los testimonios de la historia.  (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Persona humana, n. 7, 29 de diciembre de 1975)

  •  La verdad de la Iglesia no puede diluirse en razón de supuestos motivos pastorales

Una serie de objeciones críticas contra la doctrina y la praxis de la Iglesia concierne a problemas de carácter pastoral. Se dice, por ejemplo, que el lenguaje de los documentos eclesiales será demasiado legalista, que la dureza de la ley prevalecería sobre la comprensión hacia situaciones humanas dramáticas. El hombre de hoy no podría comprender ese lenguaje. Mientras Jesús habría atendido a las necesidades de todos los hombres, sobre todo de los marginados de la sociedad, la Iglesia, por el contrario, se mostraría más bien como juez, que excluye de los sacramentos y de ciertas funciones públicas a personas heridas. Se puede indudablemente admitir que las formas expresivas del Magisterio eclesial a veces no resultan fácilmente comprensibles y deben ser traducidas por los predicadores y catequistas al lenguaje que corresponde a las diferentes personas y a su ambiente cultural. Sin embargo, debe mantenerse el contenido esencial del Magisterio eclesial, pues transmite la verdad revelada y, por ello, no puede diluirse en razón de supuestos motivos pastorales. Es ciertamente difícil transmitir al hombre secularizado las exigencias del Evangelio. Pero esta dificultad no puede conducir a compromisos con la verdad. En la Encíclica Veritatis splendor, Juan Pablo II ha rechazado claramente las soluciones denominadas “pastorales” que contradigan las declaraciones del Magisterio (cf. Ibid. 56). Por lo que respecta a la posición del Magisterio acerca del problema de los fieles divorciados vueltos a casarse, se debe además subrayar que los recientes documentos de la Iglesia unen de modo equilibrado las exigencias de la verdad con las de la caridad. Si en el pasado a veces la caridad quizá no resplandecía suficientemente al presentar la verdad, hoy en cambio el gran peligro es el de callar o comprometer la verdad en nombre de la caridad. La palabra de la verdad puede, ciertamente, doler y ser incómoda; pero es el camino hacia la curación, hacia la paz y hacia la libertad interior. Una pastoral que quiera auténticamente ayudar a la persona debe apoyarse siempre en la verdad. Sólo lo que es verdadero puede, en definitiva, ser pastoral. “Entonces conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). (Congregación para la Doctrina de la Fe. A propósito de algunas objeciones contra la doctrina de la Iglesia sobre de la recepción de la Comunión eucarística por parte de los fieles divorciados y vueltos a casar, n. 5, 1 de enero de 1998)

  • Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente la ley de Dios

Dicha opinión contradice la doctrina católica que excluye la posibilidad de segundas nupcias después del divorcio: “Hoy son numerosos en muchos países los católicos que recurren al divorcio según las leyes civiles y que contraen también civilmente una nueva unión. La Iglesia mantiene, por fidelidad a la palabra de Jesucristo —‘Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio’ (Mc 10, 11-12)—, que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el primer matrimonio. Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente la ley de Dios. Por lo cual no pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales. La reconciliación mediante el sacramento de la penitencia no puede ser concedida más que aquellos que se arrepientan de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total continencia” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1650). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Notificación acerca del libro Just Love. A Framework for Christian Sexual Ethics, de Sor Margaret A. Farley, RSM, 30 de marzo de 2012)


…juzga la idea del papel de la mujer en la Iglesia que tiene Francisco

  • María es para la Iglesia una invitación para escuchar y acoger la Palabra de Dios

La existencia de María es para la Iglesia una invitación a radicar su ser en la escucha y acogida de la Palabra de Dios. Porque la fe no es tanto la búsqueda de Dios por parte del hombre cuanto el reconocimiento de que Dios viene a él, lo visita y le habla. Esta fe, cierta de que “ninguna cosa es imposible para Dios” (cf. Gn 18, 14; Lc 1, 37), vive y se profundiza en la obediencia humilde y amorosa con la que la Iglesia sabe decirle al Padre: “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). La fe continuamente remite a la persona de Jesús: “Haced lo que él os diga” (Jn 2, 5), y lo acompaña en su camino hasta los pies de la cruz. María, en la hora de las tinieblas más profundas, persiste valientemente en la fe, con la única certeza de la confianza en la palabra de Dios. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y del mundo, 31 de julio de 2004)

  • Las mujeres tienen que manifestar el rostro de la Iglesia como Madre de los fieles

Prescindiendo de las condiciones, estados de vida, vocaciones diferentes, con o sin responsabilidades públicas, tales actitudes determinan un aspecto esencial de la identidad de la vida cristiana. Aun tratándose de actitudes que tendrían que ser típicas de cada bautizado, de hecho, es característico de la mujer vivirlas con particular intensidad y naturalidad. Así, las mujeres tienen un papel de la mayor importancia en la vida eclesial, interpelando a los bautizados sobre el cultivo de tales disposiciones, y contribuyendo en modo único a manifestar el verdadero rostro de la Iglesia, esposa de Cristo y madre de los creyentes. En esta perspectiva también se entiende que el hecho de que la ordenación sacerdotal sea exclusivamente reservada a los hombres no impide en absoluto a las mujeres el acceso al corazón de la vida cristiana. Ellas están llamadas a ser modelos y testigos insustituibles para todos los cristianos de cómo la Esposa debe corresponder con amor al amor del Esposo. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y del mundo, 31 de julio de 2004)

  • La caridad es el carisma superior

Lo que hemos de hacer es meditar mejor acerca de la verdadera naturaleza de esta igualdad de los bautizados, que es una de las grandes afirmaciones del cristianismo: igualdad no significa identidad dentro de la Iglesia, que es un cuerpo diferenciado en el que cada uno tiene su función; los papeles son diversos y no deben ser confundidos, no dan pie a superioridad de unos sobre otros ni ofrecen pretexto para la envidia: el único carisma superior que debe ser apetecido es la caridad (cf. 1 Cor 12-13). Los más grandes en el reino de los cielos no son los ministros sino los santos. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración sobre la cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial, n. 6, 15 de octubre de 1976)

  • Ni siquiera la Santísima Virgen fue asociada al ministerio de los Doce

Jesucristo no llamó a ninguna mujer a formar parte de los Doce. Al actuar así, no lo hizo para acomodarse a las costumbres de su tiempo, ya que su actitud respecto a las mujeres contrasta singularmente con la de su ambiente y marca una ruptura voluntaria y valiente. […] Su misma Madre, asociada tan íntimamente a su misterio, y cuyo papel sin par es puesto de relieve por los evangelios de Lucas y de Juan, no ha sido investida del ministerio apostólico, lo cual induciría a los Padres a presentarla como el ejemplo de la voluntad de Cristo en tal campo: “Aunque la bienaventurada Virgen María superaba en dignidad y excelencia a todos los Apóstoles, repite a principios del siglo XIII Inocencio III, no ha sido a ella sino a ellos a quienes el Señor ha confiado las llaves del reino de los cielos” (Inocencio PP. III, Epist). La comunidad apostólica ha sido fiel a la actitud de Jesús. Dentro del pequeño grupo de los que se reúnen en el Cenáculo después de la Ascensión, María ocupa un puesto privilegiado (cf. Hch 1, 14); sin embargo, no es ella la llamada a entrar en el Colegio de los Doce, en el momento de la elección que desembocará en la elección de Matías: los presentados son dos discípulos, que los evangelios no mencionan. El día de Pentecostés, el Espíritu Santo desciende sobre todos, hombres y mujeres (cf. Hch 2, 1; 1, 14), sin embargo, el anuncio del cumplimiento de las profecías en la persona de Jesús es hecho por “Pedro y los Once” (Hch 2, 14). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración sobre la cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial, n. 2-3, 15 de octubre de 1976)

  • San Pablo prohíbe a la mujer la función oficial de enseñar en la Iglesia

Otra objeción viene del carácter caduco que se cree descubrir hoy en algunas de las prescripciones de San Pablo referentes a las mujeres, y de las dificultades que suscitan a este respecto ciertos aspectos de su doctrina. Pero hay que notar que esas prescripciones, probablemente inspiradas en las costumbres del tiempo, no se refieren sino a prácticas de orden disciplinar de poca importancia, como por ejemplo a la obligación por parte de la mujer de llevar un velo en la cabeza (cf. 1 Cor 11, 2-16); tales exigencias ya no tienen valor normativo. No obstante, la prohibición impuesta por el Apóstol a las mujeres de “hablar” en la asamblea (cf. 1 Cor 14, 34-35; 1 Tim 2, 12) es de otro tipo. Los exegetas, sin embargo, precisan así el sentido de la prohibición: Pablo no se opone absolutamente al derecho, que reconoce por lo demás a las mujeres, de profetizar en la asamblea (cf. 1 Cor 11, 5); la prohibición se refiere únicamente a la función oficial de enseñar en la asamblea. Para San Pablo esta prohibición está ligada al plan divino de la creación (cf. 1 Cor 11, 17; Gen 2, 18-24): difícilmente podría verse ahí la expresión de un dato cultural. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración sobre la cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial, n. 4, 15 de octubre de 1976)

… juzga la idea de Francisco de que en el confesionario el sacerdote actúa en nombre del Padre

  • El sacerdote es para la comunidad la imagen del mismo Cristo que perdona

El obispo o el sacerdote, en el ejercicio de su ministerio, no actúa en nombre propio, en persona propia, sino que representa a Cristo que obra a través de él: “El sacerdote tiene verdaderamente el puesto de Cristo”, escribía ya San Cipriano en el siglo III. Este valor de representación de Cristo es lo que San Pablo consideraba como característico de su función apostólica (cf. 2 Cor 5, 20; Gal 4, 14). […] Si se tiene en cuenta el valor de estas reflexiones, se comprenderá mejor el valido fundamento en el que se basa la práctica de la Iglesia; y se podrá concluir que las controversias suscitadas en nuestros días […] son para todos los cristianos una acuciante invitación a profundizar más en el sentido del episcopado y del presbiterado, a descubrir de nuevo el lugar original del sacerdote dentro de la comunidad de los bautizados, de la que él es, ciertamente, parte, pero de la que se distingue, ya que en las acciones que exigen el carácter de la ordenación el es para la comunidad, con toda la eficacia que el sacramento comporta, la imagen, el símbolo del mismo Cristo que llama, perdona y realiza el sacrificio de la alianza. (Denzinger-Hünermann 4602. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Inter insignioris, cap. V, 15 de octubre de 1976)

… juzga la idea de moral que tiene Francisco

  • Condenación oficial de la “moral de situación” por el Magisterio

Muchas de las cosas establecidas en la “moral de situación” son contrarias al dictamen de la razón, de la verdad y de aquello que es razonable, presentan trazos de relativismo y modernismo, y se desvían enormemente de la doctrina católica transmitida a lo largo de los siglos. En muchas de sus afirmaciones son afines a varios sistemas éticos no católicos.
Esto puesto, para llamar la atención hacia el peligro de la “Nueva Moral” de que habló el Sumo Pontífice Pío XII en las Alocuciones del 23 de marzo y del 18 de abril de 1952, y para velar por la pureza y preservación de la doctrina católica, esta Suprema y Sagrada Congregación del Santo Oficio, reprueba y prohíbe transmitir o aprobar esta doctrina designada con el nombre de “Moral de Situación, sea en las Universidades, Ateneos, Seminarios y casas de formación religiosa, o en libros, disertaciones, reuniones, conferencias o por cualquier otro modo de ser propagada o sostenida. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción: De “ethica situationis”, 2 de febrero de 1956, p.144-145)

… juzga la idea de Francisco de renunciar a la propia cultura en beneficio de los refugiados

  • La acción evangelizadora de la Iglesia forma parte de la naturaleza misma de la Iglesia

La acción evangelizadora de la Iglesia nunca desfallecerá, porque nunca le faltará la presencia del Señor Jesús con la fuerza del Espíritu Santo, según su misma promesa: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Los relativismos de hoy en día y los irenismos en ámbito religioso no son un motivo válido para desatender este compromiso arduo y, al mismo tiempo, fascinante, que pertenece a la naturaleza misma de la Iglesia y es “su tarea principal” . “Caritas Christi urget nos” (2 Cor 5, 14): lo testimonia la vida de un gran número de fieles que, movidos por el amor de Cristo, han emprendido, a lo largo de la historia, iniciativas y obras de todo tipo para anunciar el Evangelio a todo el mundo y en todos los ámbitos de la sociedad, como advertencia e invitación perenne a cada generación cristiana para que cumpla con generosidad el mandato del Señor. Por eso, como recuerda el Papa Benedicto XVI, “el anuncio y el testimonio del Evangelio son el primer servicio que los cristianos pueden dar a cada persona y a todo el género humano, por estar llamados a comunicar a todos el amor de Dios, que se manifestó plenamente en el único Redentor del mundo, Jesucristo”. El amor que viene de Dios nos une a Él y “nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea ‘todo en todos’ (cf. 1Cor 15, 28)”. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización, n. 13, 3 de diciembre de 2007)

… juzga la idea de ecumenismo que tiene Francisco

  • …y conservar íntegro el depósito de la fe

Este deber de los Obispos forma parte del oficio a ellos confiado por Dios de conservar puro e íntegro el depósito de la fe”, en comunión con el sucesor de Pedro, y de “anunciar incesantemente el Evangelio”; por este mismo oficio están obligados a no permitir en modo alguno que los ministros de la palabra de Dios se aparten de la sana doctrina y la transmitan corrompida o incompleta”; el pueblo, en efecto, que está confiado a los cuidados de los Obispos y “del cual” ellos “son responsables ante Dios”, goza del “derecho imprescriptible y sagrado” de “recibir la palabra de Dios, toda la palabra de Dios, de la que la Iglesia jamás ha cesado de adquirir un conocimiento cada vez más profundo”. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Para salvaguardar la fe de algunos errores recientes sobre los misterios de la Encarnación y la Trinidad, n. 7, 21 de febrero de 1972)

  • Si la palabra es desmentida por la conducta, difícilmente será acogida

[…] hay que recordar que en la transmisión del Evangelio la palabra y el testimonio de vida van unidos; para que la luz de la verdad llegue a todos los hombres, se necesita, ante todo, el testimonio de la santidad. Si la palabra es desmentida por la conducta, difícilmente será acogida. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la Evangelización, 6 de octubre de 2007)

  • Cristo pide una adhesión completa de la inteligencia, voluntad, sentimientos, actividades y proyectos

“Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3): Dios concedió a los hombres inteligencia y voluntad para que lo pudieran buscar, conocer y amar libremente. Por eso la libertad humana es un recurso y, a la vez, un reto para el hombre que le presenta Aquel que lo ha creado. Un ofrecimiento a su capacidad de conocer y amar lo que es bueno y verdadero. Nada como la búsqueda del bien y la verdad pone en juego la libertad humana, reclamándole una adhesión tal que implica los aspectos fundamentales de la vida. Este es, particularmente, el caso de la verdad salvífica, que no es solamente objeto del pensamiento sino también acontecimiento que afecta a toda la persona —inteligencia, voluntad, sentimientos, actividades y proyectos — cuando ésta se adhiere a Cristo. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la Evangelización, 6 de octubre de 2007)

  • La vida en Cristo exige una reforma del pensar y del obrar

[…] la conversión (metanoia), en su significado cristiano, es un cambio de mentalidad y actuación, como expresión de la vida nueva en Cristo proclamada por la fe: es una reforma continua del pensar y obrar orientada a una identificación con Cristo cada vez más intensa (cf. Gal 2, 20), a la cual están llamados, ante todo, los bautizados. Este es, en primer lugar, el significado de la invitación que Jesús mismo formuló: “convertíos y creed al Evangelio” (Mc 1, 15; cf. Mt 4, 17). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la Evangelización, 6 de octubre de 2007)

… juzga la idea que tiene Francisco sobre la culpa de la Iglesia del cisma anglicano

  • Benedicto XVI ha demostrado cuidados paternales en las negociaciones con los anglicanos

La Constitución apostólica Anglicanorum Coetibus, del 4 de noviembre de 2009, establece las normas esenciales que regirán la erección y la vida de los Ordinariatos Personales para los fieles anglicanos que desean entrar, ya sea de forma individual o corporativamente, en plena comunión con la Iglesia Católica. De esta manera, como se dice en la introducción, el Santo Padre Benedicto XVI ―Pastor Supremo de la Iglesia y, por mandato de Cristo, garante de la unidad del episcopado y de la comunión universal de todas las Iglesias― ha mostrado su paternal cuidado por aquellos fieles anglicanos (laicos, clérigos y miembros de Institutos de Vida Consagrada y de las Sociedades de Vida Apostólica) que han solicitado en repetidas ocasiones a la Santa Sede ser recibidos en la plena comunión católica. (Congregación de la Doctrina de la Fe. El significado de la Constitución apostólica Anglicanorum coetibus, por el P. Gianfranco Ghirlanda, SJ, a la época Rector de la Universidad Pontificia Gregoriana)

  • Juan Pablo II era favorable a encontrar una forma que permitiese a los anglicanos entrar en plena comunión con la Iglesia y conservar algunos elementos de su patrimonio

La Santa Sede, en junio de 1980, a través de la Congregación para la Doctrina de la Fe, expresó parecer favorable sobre la solicitud presentada por los obispos de los Estados Unidos de América referente a la admisión en la comunión plena con la Iglesia Católica de algunos miembros del clero y del laicado perteneciente a la Iglesia Episcopaliana (Anglicana). La respuesta de la Santa Sede a la proposición de estos episcopalianos incluye la posibilidad de una “disposición pastoral” por la que se permita a quienes lo deseen una identidad común conservando algunos elementos de su patrimonio. La entrada de estas personas en la Iglesia católica ha de ser considerada como “reconciliación de cada una de las personas que desean la comunión católica plena”, de acuerdo con lo previsto en el Decreto sobre Ecumenismo (núm. 4) del Concilio Vaticano II. (Congregación de la Doctrina de la Fe. Declaración, 31 de marzo de 1981)

  • Con los planes de ordenar mujeres al episcopado, los anglicanos interrumpen los pasos hacía la plena comunión con la Iglesia

La decisión del reciente Sínodo de la Iglesia de Inglaterra es permitir la ordenación de mujeres obispos […]. En 1975 el Papa Pablo VI emitió una apelación formal al entonces arzobispo de Canterbury, Frederick Donald Coggan, para evitar un paso que tendría un impacto negativo en las relaciones ecuménicas. […] Para los católicos, el problema de la reserva de la ordenación sacerdotal a hombres no es sólo una cuestión de praxis o disciplina, pero es más bien de naturaleza doctrinal y toca el corazón de la doctrina de la propia Eucaristía y en la naturaleza sacramental o “constitución” del Iglesia. Por lo tanto, es una cuestión que no puede ser relegada a la periferia de las conversaciones ecuménicas, sino que tiene que ser tratada directamente con honestidad y caridad por los socios de diálogo que desean la unidad cristiana que, por su propia naturaleza, es la Eucaristía. El Cardenal Walter Kasper, presidente de turno del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, trató sobre este mismo punto en una intervención, en junio de 2006, a la Cámara de Obispos de la Iglesia de Inglaterra durante sus debates sobre la ordenación de mujeres al episcopado. En su intervención, afirmó: “Debido a que el oficio episcopal es un ministerio de unidad, la decisión que se enfrenta tendría un impacto inmediato sobre la cuestión de la unidad de la Iglesia y con ella en el objetivo del diálogo ecuménico. Sería una decisión en contra del objetivo común que hemos hasta ahora perseguido en nuestro diálogo: la plena comunión eclesial, que no puede existir sin la comunión plena del oficio episcopal”. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Discurso del Cardenal Joseph Levada intitulado: 500 años después de San Juan Fisher, Iniciativas del Papa Benedicto con respecto a la comunión eclesial con los anglicanos, 6 de marzo de 2010)

… juzga la idea de Francisco de que dentro de otros cultos se obtienen beneficios espirituales y se da gloria a Dios

  • Las oraciones y ritos no cristianos no tienen origen divino ni la eficacia salvífica propia de los sacramentos, y son obstáculo para la salvación

De hecho algunas oraciones y ritos pueden asumir un papel de preparación evangélica, en cuanto son ocasiones o pedagogías en las cuales los corazones de los hombres son estimulados a abrirse a la acción de Dios (Redemptoris missio, n. 29; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 843). A ellas, sin embargo no se les puede atribuir un origen divino ni una eficacia salvífica ex opere operato, que es propia de los sacramentos cristianos (cf. Conc. de Trento, Decr. De sacramentis, can. 8 de sacramentis in genere: DS 1608). Por otro lado, no se puede ignorar que otros ritos no cristianos, en cuanto dependen de supersticiones o de otros errores (cf. 1 Cor 10, 20-21), constituyen más bien un obstáculo para la salvación (Redemptoris missio, n. 55). Con la venida de Jesucristo Salvador, Dios ha establecido la Iglesia para la salvación de todos los hombres (cf. Hch 17, 30-31). Esta verdad de fe no quita nada al hecho de que la Iglesia considera las religiones del mundo con sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye esa mentalidad indiferentista “marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que ‘una religión es tan buena como otra’” (Redemptoris missio, n. 36). Si bien es cierto que los no cristianos pueden recibir la gracia divina, también es cierto que objetivamente se hallan en una situación gravemente deficitaria si se compara con la de aquellos que, en la Iglesia, tienen la plenitud de los medios salvíficos (cf. Myisticis corporis, DS 3821). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Jesus, 6 de agosto de 2000, n. 21-22)

… juzga la idea de diálogo ecuménico que tiene Francisco

  • Hoy, afirmar que la Iglesia recibió la plenitud de la Revelación divina es intolerancia… ¡quizás fundamentalismo!

Desde hace mucho tiempo se ha ido creando una situación en la cual, para muchos fieles, no está clara la razón de ser de la evangelización. Hasta se llega a afirmar que la pretensión de haber recibido como don la plenitud de la Revelación de Dios, esconde una actitud de intolerancia y un peligro para la paz. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización, n. 10, 3 de diciembre de 2007)

  • La Iglesia se sabe portadora de una fidelidad radical a la Palabra de Dios, establecida por Cristo hasta el fin de los tiempos

Concretamente, no se debe perder nunca de vista que la Iglesia no encuentra la fuente de su fe y de su estructura constitutiva en los principios de la vida social de cada momento histórico. Reconociendo el mundo en el que vive y por cuya salvación obra, la Iglesia se sabe portadora de una fidelidad superior a la que se encuentra vinculada. Se trata de la fidelidad radical a la Palabra de Dios recibida por la misma Iglesia establecida por Cristo hasta el fin de los tiempos. (Congregación para la Doctrina de la Fe. En torno a la respuesta de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la doctrina propuesta en la Carta apostólica Ordinatio sacerdotalis, 28 de octubre de 1995)

  • Hay una distinción clara entre la fe teologal y la creencia en las otras religiones

Debe ser, por lo tanto, firmemente retenida la distinción entre la fe teologal y la creencia en las otras religiones. […] No siempre tal distinción es tenida en consideración en la reflexión actual, por lo cual a menudo se identifica la fe teologal, que es la acogida de la verdad revelada por Dios Uno y Trino, y la creencia en las otras religiones, que es una experiencia religiosa todavía en búsqueda de la verdad absoluta y carente todavía del asentimiento a Dios que se revela. Este es uno de los motivos por los cuales se tiende a reducir, y a veces incluso a anular, las diferencias entre el cristianismo y las otras religiones (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 7, 6 de agosto de 2000)

  • No hay que silenciar o usar términos ambiguos: fuera de la verdad nunca podrá haber una unión verdadera

La doctrina católica debe ser expuesta y propuesta total e íntegramente, no hay que silenciar o usar términos ambiguos al referirse a lo que la verdad católica enseña […]. Porque fuera de la verdad nunca podrá haber una unión verdadera. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Ecclesia Catholica, n. 2, 20 de diciembre de 1949)

  • Teorías relativistas niegan el carácter de verdad absoluta y universal de la doctrina de Cristo, y propugnan un pluralismo religioso por principio y no sólo de hecho

El perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativista, que tratan de justificar el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure (o de principio). En consecuencia, se retienen superadas, por ejemplo, verdades tales como el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo, la naturaleza de la fe cristiana con respecto a la creencia en las otras religiones, el carácter inspirado de los libros de la Sagrada Escritura, la unidad personal entre el Verbo eterno y Jesús de Nazaret, la unidad entre la economía del Verbo encarnado y del Espíritu Santo, la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo, la mediación salvífica universal de la Iglesia, la inseparabilidad —aun en la distinción— entre el Reino de Dios, el Reino de Cristo y la Iglesia, la subsistencia en la Iglesia católica de la única Iglesia de Cristo. […] Se elaboran algunas propuestas teológicas en las cuales la revelación cristiana y el misterio de Jesucristo y de la Iglesia pierden su carácter de verdad absoluta y de universalidad salvífica, o al menos se arroja sobre ellos la sombra de la duda y de la inseguridad. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 4, 6 de agosto de 2000)

  • Censurada la proposición: “pensar que el Dios de la propia religión es el único es simplemente fanatismo”

Las religiones, incluido el Cristianismo, serían uno de los principales obstáculos para el descubrimiento de la verdad. Esta verdad, por otra parte, no es definida nunca por el autor en sus contenidos precisos. Pensar que el Dios de la propia religión es el único, sería simplemente fanatismo. Dios es considerado como una realidad cósmica, vaga y omnipresente. Su carácter personal es ignorado y en la práctica negado. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Notificación sobre los escritos del Padre Anthony de Mello, S.J., 24 de junio de 1998)

  • La paridad, presupuesto del diálogo, se refiere a la igualdad de la dignidad personal de las partes, no a los contenidos doctrinales, ni mucho menos a Jesucristo

“Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad. Los que obedecen a la moción del Espíritu de verdad están ya en el camino de la salvación; pero la Iglesia, a quien esta verdad ha sido confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para ofrecérsela. Porque cree en el designio universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera” (Catecismo de la Iglesia Católica 851). Por ello el diálogo, no obstante forme parte de la misión evangelizadora, constituye sólo una de las acciones de la Iglesia en su misión ad gentes. La paridad, que es presupuesto del diálogo, se refiere a la igualdad de la dignidad personal de las partes, no a los contenidos doctrinales, ni mucho menos a Jesucristo que es el mismo Dios hecho hombre— comparado con los fundadores de las otras religiones. De hecho, la Iglesia, guiada por la caridad y el respeto de la libertad, debe empeñarse primariamente en anunciar a todos los hombres la verdad definitivamente revelada por el Señor, y a proclamar la necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la Iglesia a través del bautismo y los otros sacramentos, para participar plenamente de la comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por otra parte, la certeza de la voluntad salvífica universal de Dios no disminuye sino aumenta el deber y la urgencia del anuncio de la salvación y la conversión al Señor Jesucristo. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 22, 6 de agosto de 2000)

  • Para que el diálogo pueda ser verdaderamente constructivo no basta apertura, hay que tener fidelidad a la identidad de la fe católica

Para que el diálogo pueda ser verdaderamente constructivo, además de la apertura a los interlocutores, es necesaria la fidelidad a la identidad de la fe católica. Sólo así se podrá llegar a la unidad de todos los cristianos en “un solo rebaño y un solo pastor” (Jn 10, 16), y sanear de esta forma la herida que aún impide a la Iglesia católica la realización plena de su universalidad en la historia. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Artículo de comentario. Respuestas a algunas preguntas acerca de ciertos aspectos de la doctrina sobre la Iglesia, 29 de junio de 2007)

… juzga la idea de Francisco de que Dios no condena nunca

  • Cristo pide una adhesión completa de la inteligencia, voluntad, sentimientos, actividades y proyectos

[…] Dios concedió a los hombres inteligencia y voluntad para que lo pudieran buscar, conocer y amar libremente. Por eso la libertad humana es un recurso y, a la vez, un reto para el hombre que le presenta Aquel que lo ha creado. Un ofrecimiento a su capacidad de conocer y amar lo que es bueno y verdadero. Nada como la búsqueda del bien y la verdad pone en juego la libertad humana, reclamándole una adhesión tal que implica los aspectos fundamentales de la vida. Este es, particularmente, el caso de la verdad salvífica, que no es solamente objeto del pensamiento sino también acontecimiento que afecta a toda la persona ―inteligencia, voluntad, sentimientos, actividades y proyectos― cuando ésta se adhiere a Cristo. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la Evangelización, 6 de octubre de 2007)

  • Un cambio de vida en el pensar y en el obrar

Generalmente se usa el término “conversión” en referencia a la exigencia de conducir a los paganos a la Iglesia. No obstante, la conversión (metanoia), en su significado cristiano, es un cambio de mentalidad y actuación, como expresión de la vida nueva en Cristo proclamada por la fe: es una reforma continua del pensar y obrar orientada a una identificación con Cristo cada más intensa (cf. Gal 2, 20) […]. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la Evangelización, 6 de octubre de 2007)

… juzga la idea de Francisco de que las diferencias entre católicos y protestantes son meramente de interpretación

  • Las creencias de las religiones no católicas son experiencias y pensamientos humanos, y no una adhesión a Dios que se revela

“La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado”. La fe, por lo tanto, “don de Dios” y “virtud sobrenatural infundida por Él”, implica una doble adhesión: a Dios que revela y a la verdad revelada por él, en virtud de la confianza que se le concede a la persona que la afirma. Por esto “no debemos creer en ningún otro que no sea Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo”. Debe ser, por lo tanto, firmemente retenida la distinción entre la fe teologal y la creencia en las otras religiones. Si la fe es la acogida en la gracia de la verdad revelada, que “permite penetrar en el misterio, favoreciendo su comprensión coherente”, la creencia en las otras religiones es esa totalidad de experiencia y pensamiento que constituyen los tesoros humanos de sabiduría y religiosidad, que el hombre, en su búsqueda de la verdad, ha ideado y creado en su referencia a lo Divino y al Absoluto. No siempre tal distinción es tenida en consideración en la reflexión actual, por lo cual a menudo se identifica la fe teologal, que es la acogida de la verdad revelada por Dios Uno y Trino, y la creencia en las otras religiones, que es una experiencia religiosa todavía en búsqueda de la verdad absoluta y carente todavía del asentimiento a Dios que se revela. Este es uno de los motivos por los cuales se tiende a reducir, y a veces incluso a anular, las diferencias entre el cristianismo y las otras religiones. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 7, 6 de agosto de 2000)

… juzga la idea de Francisco de que solamente se puede evangelizar con dulzura

  • No se debe callar o comprometer la verdad en nombre de la caridad

[…] Se debe además subrayar que los recientes documentos de la Iglesia unen de modo equilibrado las exigencias de la verdad con las de la caridad. Si en el pasado a veces la caridad quizá no resplandecía suficientemente al presentar la verdad, hoy en día, en cambio, el gran peligro es callar o comprometer la verdad en nombre de la caridad. La palabra de la verdad puede, ciertamente, doler y ser incómoda; pero es el camino hacia la curación, hacia la paz y hacia la libertad interior. Una pastoral que quiera auténticamente ayudar a la persona debe apoyarse siempre en la verdad. Sólo lo que es verdadero puede, en definitiva, ser pastoral. (Congregación para la Doctrina de la Fe. A propósito de algunas objeciones contra la doctrina de la Iglesia sobre de la recepción de la Comunión eucarística por parte de los fieles divorciados y vueltos a casar, n. 5, 1 de enero de 1998)

… juzga la idea de anunciar el Evangelio que tiene Francisco

  • El Concilio Vaticano II debe ser recibido y aplicado en continuidad con la Tradición de la Iglesia

Después del Concilio, la Iglesia ha trabajado para que sus ricas enseñanzas sean recibidas y aplicadas en continuidad con toda la Tradición y bajo la guía segura del Magisterio. […] Desde el comienzo de su pontificado, el Papa Benedicto XVI se ha comprometido firmemente en procurar una correcta comprensión del Concilio, rechazando como errónea la llamada “hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura”, y promoviendo la que él mismo ha llamado “‘hermenéutica de la reforma’, de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del pueblo de Dios en camino”. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Nota con indicaciones pastorales para el Año de la Fe, Introducción, 6 de enero de 2012)

  • El Concilio Vaticano II no ha pretendido cambiar en nada la doctrina sobre la Iglesia

La primera cuestión es si el Concilio Vaticano II ha cambiado la doctrina sobre la Iglesia.
La pregunta se refiere al sentido de aquel “nuevo rostro” de la Iglesia
que, según las citadas palabras de Pablo VI, ha querido ofrecer el Vaticano II.
La respuesta, basada en la enseñanza de Juan XXIII y Pablo VI, es muy explícita: el Vaticano II no tuvo la intención de cambiar, y de hecho no cambió la doctrina anterior sobre la Iglesia, sino que más bien la profundizó y expuso de manera más orgánica. En este sentido se retoman las palabras de Pablo VI en su discurso de promulgación de la Constitución dogmática conciliar Lumen gentium, con las cuales afirma que la doctrina tradicional no ha sido en absoluto cambiada, sino que, “ahora se ha expresado lo que simplemente se vivía; se ha esclarecido lo que estaba incierto; ahora consigue una serena formulación lo que se meditaba, discutía y en parte era controvertido”. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Artículo de comentario a las respuestas a algunas preguntas acerca de ciertos aspecto de la doctrina sobre la Iglesia, 29 de junio de 2007)

  • La Iglesia está vinculada a la fidelidad a la Palabra de Dios, no a los principios de cada momento histórico

No se debe perder nunca de vista que la Iglesia no encuentra la fuente de su fe y de su estructura constitutiva en los principios de la vida social de cada momento histórico. Reconociendo el mundo en el que vive y por cuya salvación obra, la Iglesia se sabe portadora de una fidelidad superior a la que se encuentra vinculada. Se trata de la fidelidad radical a la Palabra de Dios recibida por la misma Iglesia establecida por Cristo hasta el fin de los tiempos. (Congregación para la Doctrina de la Fe. En torno a la respuesta sobre la doctrina propuesta en la Carta apostólica Ordinatio sacerdotalis, 28 de octubre de 1995)

… juzga la idea de marginados que tiene Francisco

  • No se puede dejar para mañana lo esencial: predicar la palabra de Dios

El angustioso sentimiento de la urgencia de los problemas no debe hacer perder de vista lo esencial, ni hacer olvidar la respuesta de Jesús al Tentador (Mt 4, 4): “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Dt 8, 3). Así, ante la urgencia de compartir el pan, algunos se ven tentados a poner entre paréntesis y a dejar para mañana la evangelización: en primer lugar el pan, la Palabra para más tarde. Es un error mortal el separar ambas cosas hasta oponerlas entre sí. Por otra parte, el sentido cristiano sugiere espontáneamente lo mucho que hay que hacer en uno y otro sentido. Para otros, parece que la lucha necesaria por la justicia y la libertad humanas, entendidas en su sentido económico y político, constituye lo esencial y el todo de la salvación. Para éstos, el Evangelio se reduce a un evangelio puramente terrestre. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación, n. VI, 3-4, 6 de agosto de 1984)

  • Jesús quiso llamar los excluidos a la conversión

Pero Jesús quiso también mostrarse cercano a quienes —aunque ricos en bienes de este mundo— estaban excluidos de la comunidad como “publicanos y pecadores”, pues él vino para llamarles a la conversión (cf. Mc 2, 13-17; Lc 19, 1-10). La pobreza que Jesús declaró bienaventurada es aquella hecha a base de desprendimiento, de confianza en Dios, de sobriedad y disposición a compartir con otros. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Libertatis conscientia, n. 66, 22 de marzo de 1986)

… juzga la idea de Francisco de que los pobres son el centro del Evangelio

  • Todos los hombres deben ser pobres de corazón

Las exigencias de la promoción humana y de una liberación auténtica, solamente se comprenden a partir de la tarea evangelizadora tomada en su integridad. Esta liberación tiene como pilares indispensables la verdad sobre Jesucristo el Salvador, la verdad sobre la Iglesia, la verdad sobre el hombre  y sobre su dignidad. La Iglesia, que quiere ser en el mundo entero la Iglesia de los pobres, intenta servir a la noble lucha por la verdad y por la justicia, a la luz de las Bienaventuranzas, y ante todo de la bienaventuranza de los pobres de corazón. La Iglesia habla a cada hombre y, por lo tanto, a todos los hombres. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación, XI, n. 5, 6 de agosto de 1984)

… juzga la idea de Francisco de que la dirección espiritual es un carisma de laicos

  • Los fieles necesitan que los pastores les enseñen y están obligados a oírlos

Pero sólo a estos Pastores, sucesores de Pedro y de los demás apóstoles, pertenece por institución divina enseñar a los fieles auténticamente, es decir, con la autoridad de Cristo, participada por ellos de diversos modos; por esto los fieles no pueden darse por satisfechos con oírlos como expertos en la doctrina católica, sino que están obligados a recibir lo que les enseñan, con adhesión proporcionada a la autoridad que poseen y que tienen intención de ejercer. De ahí que el Concilio Vaticano II, siguiendo los pasos del Concilio Vaticano I, enseña que Cristo ha instituido en Pedro “el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad de la fe y de la comunión” (LG, 18); y, por su parte, el sumo pontífice Pablo VI ha afirmado: “El Magisterio de los Obispos es para los creyentes el signo y el camino que les permite recibir y reconocer la palabra de Dios” (Pablo VI, Exhort. apost. Quinque iam anni). Por más que el sagrado Magisterio se valga de la contemplación, de la vida y de la búsqueda de los fieles, sin embargo, su función no se reduce a sancionar el consentimiento expresado por ellos, sino que incluso, al interpretar y explicar la palabra de Dios escrita o transmitida, puede prevenir tal consentimiento y exigirlo (Pastor aeternus, cap. 4). Y, finalmente, el Pueblo de Dios, para que no sufra menoscabo en la comunión de la única fe, dentro del único cuerpo de su Señor (cf. Ef 4, 4s), necesita especialmente de la intervención y de la ayuda del Magisterio cuando en su propio seno surgen y se difunden divisiones sobre la doctrina que hay que creer o mantener. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración sobre la doctrina acerca de la Iglesia para defenderla de algunos errores actuales, n. 2, 24 de junio de 1973)

… juzga la idea de Francisco de que católicos y musulmanes comparten la misma fe

  • La Iglesia verdadera no es una especie de suma o síntesis de las otras confesiones denominadas cristianas

Pero, al mismo tiempo, los católicos están obligados a profesar que pertenecen, por misericordioso don de Dios, a la Iglesia fundada por Cristo y guiada por los sucesores de Pedro y de los demás Apóstoles, en quienes persiste íntegra y viva la primigenia institución y doctrina de la comunidad apostólica, que constituye el patrimonio perenne de verdad y santidad de la misma Iglesia. Por lo cual no pueden los fieles imaginarse la Iglesia de Cristo como si no fuera más que una suma ―ciertamente dividida, aunque en algún sentido una― de Iglesias y de comunidades eclesiales; y en ningún modo son libres de afirmar que la Iglesia de Cristo hoy no subsiste ya verdaderamente en ninguna parte, de tal manera que se la debe considerar como una meta a la cual han de tender todas las Iglesias y comunidades. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Mysterium ecclesiae, n. 1, 24 de junio de 1973)

  • La fe teologal cristiana y la creencia en las otras religiones no se identifican

Debe ser, por lo tanto, firmemente retenida la distinción entre la fe teologal y la creencia en las otras religiones. […] No siempre tal distinción es tenida en consideración en la reflexión actual, por lo cual a menudo se identifica la fe teologal, que es la acogida de la verdad revelada por Dios Uno y Trino, y la creencia en las otras religiones, que es una experiencia religiosa todavía en búsqueda de la verdad absoluta y carente todavía del asentimiento a Dios que se revela. Este es uno de los motivos por los cuales se tiende a reducir, y a veces incluso a anular, las diferencias entre el cristianismo y las otras religiones. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 7, 6 de agosto de 2000)

  • Los hombres no pueden salvarse de igual modo en cualquier religión

No se salva quien, sabiendo que la Iglesia ha sido divinamente instituida por Cristo, sin embargo rechaza someterse a la Iglesia o niega la obediencia al Romano Pontífice, vicario de Cristo en la tierra. […] [Pío XII] recuerda a los “por cierto inconsciente deseo y aspiración están ordenados al Cuerpo místico del Redentor”; no los excluye, en efecto, de la salvación, sino que por otra parte afirma que se encuentran en un tal estado “en que no pueden sentirse seguros de la propia salvación… porque carecen, sin embargo, de tantos y tan grandes dones y socorros celestiales cómo sólo en la Iglesia católica es posible gozar”.
Con esas prudentes palabras desaprueba
tanto los que excluyen de la salvación eterna a todos los que se adhieren a la Iglesia sólo con un voto implícito como a los que falsamente sostienen que los hombres pueden igualmente ser salvados en toda religión. (Denzinger-Hünermann, 3867.3871-3872. Carta del Santo Oficio al arzobispo de Boston, 8 de octubre de 1949)

  • Los ritos no cristianos son obstáculo para la salvación

De hecho algunas oraciones y ritos pueden asumir un papel de preparación evangélica, en cuanto son ocasiones o pedagogías en las cuales los corazones de los hombres son estimulados a abrirse a la acción de Dios. A ellas, sin embargo no se les puede atribuir un origen divino ni una eficacia salvífica ex opere operato, que es propia de los sacramentos cristianos. Por otro lado, no se puede ignorar que otros ritos no cristianos, en cuanto dependen de supersticiones o de otros errores (cf. 1 Co 10, 20-21), constituyen más bien un obstáculo para la salvación. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 21, 6 de agosto de 2000)

… juzga la idea de Francisco de que la buena voluntad suple la Teología

  • La teología, exigencia a la cual la Iglesia no puede renunciar

En la fe cristiana están intrínsecamente ligados el conocimiento y la vida, la verdad y la existencia. La verdad ofrecida en la revelación de Dios sobrepasa ciertamente las capacidades de conocimiento del hombre, pero no se opone a la razón humana. Más bien la penetra, la eleva y reclama la responsabilidad de cada uno (cf. 1 Pe 3, 15). Por esta razón desde el comienzo de la Iglesia la “norma de la doctrina” (Rom 6, 17) ha estado vinculada, con el bautismo, al ingreso en el misterio de Cristo. El servicio a la doctrina, que implica la búsqueda creyente de la comprensión de la fe es decir, la teología, constituye por lo tanto una exigencia a la cual la Iglesia no puede renunciar. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Donum Veritatis, n. 1, 24 de mayo de 1990)

  • La teología que obedece al impulso de la verdad nace del amor y tiende a comunicarse

La teología contribuye, pues, a que la fe sea comunicable y a que la inteligencia de los que no conocen todavía a Cristo la pueda buscar y encontrar. La teología, que obedece así al impulso de la verdad que tiende a comunicarse, al mismo tiempo nace también del amor y de su dinamismo: en el acto de fe, el hombre conoce la bondad de Dios y comienza a amarlo, y el amor desea conocer siempre mejor a aquel que ama. De este doble origen de la teología, enraizado en la vida interna del pueblo de Dios y en su vocación misionera, deriva el modo con el cual ha de ser elaborada para satisfacer las exigencias de su misma naturaleza. Puesto que el objeto de la teología es la Verdad, el Dios vivo y su designio de salvación revelado en Jesucristo, el teólogo está llamado a intensificar su vida de fe y a unir siempre la investigación científica y la oración. Así estará más abierto al “sentido sobrenatural de la fe” del cual dependa y que se le manifestará como regla segura para guiar su reflexión y medir la seriedad de sus conclusiones. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Donum Veritatis, n. 7-8, 24 de mayo de 1990)

  • La justa libertad de los teólogos debe mantenerse en los límites de la Palabra de Dios

La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe se alegra de que los teólogos se apliquen con diligencia a investigar el misterio de la Iglesia. Reconoce también que su trabajo alcanza frecuentemente cuestiones que sólo pueden ser aclaradas a través de investigaciones complementarias y a base de tentativas y conjeturas. Sin embargo, la justa libertad de los teólogos debe mantenerse en los límites de la Palabra de Dios, tal como ha sido fielmente conservada y expuesta en la Iglesia, y como es enseñada y explicada por el Magisterio vivo de los Pastores, en primer lugar, del Pastor de todo el Pueblo de Dios. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Mysterium Ecclesiae, sobre la doctrina católica acerca de la Iglesia para defenderla de algunos errores actuales, n. 6, 24 de junio de 1973)

  • La única unión verdadera con los cristianos separados es mediante su vuelta a la verdadera Iglesia

La doctrina católica debe ser expuesta y propuesta total e íntegramente, no hay que silenciar o usar términos ambiguos al referirse a lo que la verdad católica enseña sobre la verdadera naturaleza y las etapas de la justificación, sobre la constitución de la Iglesia, sobre la primacía de jurisdicción del Romano Pontífice, sobre la única unión verdadera mediante la vuelta de los cristianos separados a la única y verdadera Iglesia de Cristo. Sin duda, se les podrá decir que volviendo a la Iglesia no perderán ese bien que, por la gracia de Dios, se realizó en ellos hasta el momento presente, pero que con su vuelta, este bien se hallará completado y llevado a su perfección. Sin embargo, se evitará hablar sobre este aspecto de tal manera que se imaginen que al volver a la iglesia le aportan un elemento esencial que le faltaba. Hay que decir estas cosas con claridad y sin ambages, ante todo porque buscan la verdad, y también porque fuera de la verdad nunca podrá haber una unión verdadera. (Congregación del Santo Oficio. Instrucción Ecclesia Catholica, n. II, 20 de diciembre de 1949)

  • No imaginarse la Iglesia de Cristo como una suma de comunidades cristianas

Pero, al mismo tiempo, los católicos están obligados a profesar que pertenecen, por misericordioso don de Dios, a la Iglesia fundada por Cristo y guiada por los sucesores de Pedro y de los demás Apóstoles, en quienes persiste íntegra y viva la primigenia institución y doctrina de la comunidad apostólica, que constituye el patrimonio perenne de verdad y santidad de la misma Iglesia. Por lo cual no pueden los fieles imaginarse la Iglesia de Cristo como si no fuera más que una suma ―ciertamente dividida, aunque en algún sentido una― de Iglesias y de comunidades eclesiales; y en ningún modo son libres de afirmar que la Iglesia de Cristo hoy no subsiste ya verdaderamente en ninguna parte, de tal manera que se la debe considerar como una meta a la cual han de tender todas las Iglesias y comunidades. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Mysterium Ecclesiae, n. 1, 24 de junio de 1973)

  • La unicidad de la Iglesia fundada por Cristo es verdad de fe

El Señor Jesús, único salvador, no estableció una simple comunidad de discípulos, sino que constituyó a la Iglesia como misterio salvífico: Él mismo está en la Iglesia y la Iglesia está en Él (cf. Jn 15, 1ss; Gal 3, 28; Ef 4, 15-16; Hch 9, 5); por eso, la plenitud del misterio salvífico de Cristo pertenece también a la Iglesia, inseparablemente unida a su Señor. Jesucristo, en efecto, continúa su presencia y su obra de salvación en la Iglesia y a través de la Iglesia (cf. Col 1,24-27), que es su cuerpo (cf. 1 Cor 12, 12-13.27; Col 1, 18). Y así como la cabeza y los miembros de un cuerpo vivo aunque no se identifiquen son inseparables, Cristo y la Iglesia no se pueden confundir pero tampoco separar, y constituyen un único “Cristo total”. Esta misma inseparabilidad se expresa también en el Nuevo Testamento mediante la analogía de la Iglesia como Esposa de Cristo (cf. 2 Cor 11, 2; Ef 5, 25-29; Ap 21, 2.9). Por eso, en conexión con la unicidad y la universalidad de la mediación salvífica de Jesucristo, debe ser firmemente creída como verdad de fe católica la unicidad de la Iglesia por Él fundada. Así como hay un solo Cristo, uno solo es su cuerpo, una sola es su Esposa: “una sola Iglesia católica y apostólica”. Además, las promesas del Señor de no abandonar jamás a su Iglesia (cf. Mt 16, 18; 28, 20) y de guiarla con su Espíritu (cf. Jn 16, 13) implican que, según la fe católica, la unicidad y la unidad, como todo lo que pertenece a la integridad de la Iglesia, nunca faltaran. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 16, 6 de agosto de 2000)

… juzga la idea de familia que tiene Francisco

  • La unión fuera del matrimonio profana el templo del Espíritu Santo

En efecto, el amor de los esposos queda asumido por el matrimonio en el amor con el cual Cristo ama irrevocablemente a la Iglesia, mientras la unión corporal en el desenfreno profana el templo del Espíritu Santo, en el que el mismo cristiano se ha convertido. Por consiguiente, la unión carnal no puede ser legítima sino cuando se ha establecido una definitiva comunidad de vida entre un hombre y una mujer. Así lo entendió y enseñó siempre la Iglesia, que encontró, además, amplio acuerdo con su doctrina en la reflexión de la sabiduría humana y en los testimonios de la Historia. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Persona humana, n. 7, 29 de diciembre de 1975)

  • La familia es de ley natural y las relaciones homosexuales contrastan con esta ley

No existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia. El matrimonio es santo, mientras que las relaciones homosexuales contrastan con la ley moral natural. Los actos homosexuales, en efecto, “cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso”. En la Sagrada Escritura las relaciones homosexuales “están condenadas como graves depravaciones… (cf. Rom 1, 24-27; 1 Cor 6, 10; 1 Tim 1, 10). Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen esta anomalía sean personalmente responsables de ella; pero atestigua que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados”. El mismo juicio moral se encuentra en muchos escritores eclesiásticos de los primeros siglos, y ha sido unánimemente aceptado por la Tradición católica. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales, n. 4, 3 de junio de 2003)

  • Las relaciones homosexuales son depravadas y en nada semejantes al matrimonio

Piensan algunos que su tendencia es natural hasta tal punto que debe ser considerada en ellos como justificativa de relaciones homosexuales en una sincera comunión de vida y amor semejante al matrimonio, en la medida en que se sienten incapaces de soportar una vida solitaria. Indudablemente, esas personas homosexuales deben ser acogidas en la acción pastoral con comprensión y deben ser sostenidas en la esperanza de superar sus dificultades personales y su inadaptación social. También su culpabilidad debe ser juzgada con prudencia. Pero no se puede emplear ningún método pastoral que reconozca una justificación moral a estos actos por considerarlos conformes a la condición de esas personas. Según el orden moral objetivo, las relaciones homosexuales son actos privados de su ordenación necesaria y esencial. En la Sagrada Escritura están condenados como graves depravaciones e incluso presentados como la triste consecuencia de una repulsa de Dios. Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen esta anomalía por esta causa incurran en culpa personal; pero atestigua que los actos homosexuales son por su intrínseca naturaleza desordenados y que no pueden recibir aprobación en ningún caso. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Persona humana, n. 8, 29 de diciembre de 1975)

  • La actividad homosexual es intrínsecamente inmoral

La Iglesia, obediente al Señor que la ha fundado y la ha enriquecido con el don de la vida sacramental, celebra en el sacramento del matrimonio el designio divino de la unión del hombre y de la mujer, unión de amor y capaz de dar vida. Sólo en la relación conyugal puede ser moralmente recto el uso de la facultad sexual. Por consiguiente, una persona que se comporta de manera homosexual obra inmoralmente.
Optar por una actividad sexual con una persona del mismo sexo equivale a anular el rico simbolismo y el significado, para no hablar de los fines, del designio del Creador en relación con la realidad sexual. La actividad homosexual no expresa una unión complementaria, capaz de transmitir la vida, y por lo tanto contradice la vocación a una existencia vivida en esta forma de auto-donación que, según el Evangelio, es la esencia misma de la vida cristiana. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, n. 7, 1 de octubre de 1986)

… juzga la idea de Francisco de que católicos y musulmanes adoran al mismo Dios

  • La fe en Dios Uno y Trino no se identifica con la creencia en Alá

Debe ser, por lo tanto, firmemente retenida la distinción entre la fe teologal y la creencia en las otras religiones. […] No siempre tal distinción es tenida en consideración en la reflexión actual, por lo cual a menudo se identifica la fe teologal, que es la acogida de la verdad revelada por Dios Uno y Trino, y la creencia en las otras religiones, que es una experiencia religiosa todavía en búsqueda de la verdad absoluta y carente todavía del asentimiento a Dios que se revela. Este es uno de los motivos por los cuales se tiende a reducir, y a veces incluso a anular, las diferencias entre el cristianismo y las otras religiones. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 7, 6 de agosto de 2000)

… juzga la idea de Francisco de que las sectas hacen parte de la Iglesia

  • Así como hay un solo Cristo, uno solo es su cuerpo, una sola es su Esposa

En conexión con la unicidad y la universalidad de la mediación salvífica de Jesucristo, debe ser firmemente creída como verdad de fe católica la unicidad de la Iglesia por él fundada. Así como hay un solo Cristo, uno solo es su cuerpo, una sola es su Esposa: “una sola Iglesia católica y apostólica”. Además, las promesas del Señor de no abandonar jamás a su Iglesia (cf. Mt 16, 18; 28, 20) y de guiarla con su Espíritu (cf. Jn 16, 13) implican que, según la fe católica, la unicidad y la unidad, como todo lo que pertenece a la integridad de la Iglesia, nunca faltaran. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 16, 6 de agosto de 2000)

  • Cristo y la Iglesia, el “Cristo total”

Y así como la cabeza y los miembros de un cuerpo vivo aunque no se identifiquen son inseparables, Cristo y la Iglesia no se pueden confundir pero tampoco separar, y constituyen un único “Cristo total”. Esta misma inseparabilidad se expresa también en el Nuevo Testamento mediante la analogía de la Iglesia como Esposa de Cristo (cf. 2 Cor 11, 2; Ef 5, 25-29; Ap 21, 2.9). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 16, 6 de agosto de 2000)

  • Los fieles no pueden imaginarse la Iglesia de Cristo como una entre otras

Por lo tanto, los fieles no pueden imaginarse la Iglesia de Cristo como la suma —diferenciada y de alguna manera unitaria al mismo tiempo— de las Iglesias y Comunidades eclesiales; ni tienen la facultad de pensar que la Iglesia de Cristo hoy no existe en ningún lugar y que, por lo tanto, deba ser objeto de búsqueda por parte de todas las Iglesias y Comunidades. En efecto, los elementos de esta Iglesia ya dada existen juntos y en plenitud en la Iglesia católica, y sin esta plenitud en las otras Comunidades. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 17, 6 de agosto de 2000)

  • El Concilio Vaticano II no ha cambiado la doctrina sobre la Iglesia

La primera cuestión es si el Concilio Vaticano II ha cambiado la doctrina sobre la Iglesia.
La pregunta se refiere al sentido de aquel “nuevo rostro” de la Iglesia que, según las citadas palabras de Pablo VI, ha querido ofrecer el Vaticano II.
La respuesta, basada en la enseñanza de Juan XXIII y Pablo VI, es muy explícita:  el Vaticano II no tuvo la intención de cambiar, y de hecho no cambió la doctrina anterior sobre la Iglesia, sino que más bien la profundizó y expuso de manera más orgánica. En este sentido se retoman las palabras de Pablo VI en su discurso de promulgación de la Constitución dogmática conciliar Lumen gentium, con las cuales afirma que la doctrina tradicional no ha sido en absoluto cambiada, sino que, “ahora se ha expresado lo que simplemente se vivía; se ha esclarecido lo que estaba incierto; ahora consigue una serena formulación lo que se meditaba, discutía y en parte era controvertido”.
Del mismo modo, hay continuidad entre la doctrina expuesta por el Concilio y la  presentada en las siguientes intervenciones magisteriales, que han retomado y profundizado la misma doctrina, y la han desarrollado ulteriormente. En este sentido, por ejemplo, la Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe Dominus Iesus, ha retomado sólo los textos conciliares y los documentos post-conciliares, sin añadir o quitar nada.
A pesar de estos claros testimonios, en el período post-conciliar la doctrina del Vaticano II ha sido objeto, y sigue siéndolo, de interpretaciones desviadas y sin continuidad con la doctrina católica tradicional sobre la naturaleza de la Iglesia: si, por una parte, se vio en ella una “revolución copernicana”, por otra parte, se concentró la atención sobre algunos aspectos considerados casi contrapuestos. En realidad el Concilio Vaticano II tuvo la clara intención de unir y subordinar la reflexión sobre la Iglesia a la reflexión sobre Dios, proponiendo una eclesiología en sentido específicamente teo-lógico. Sin embargo, la recepción del Concilio ha descuidado con frecuencia esta característica para favorecer afirmaciones eclesiológicas individuales y concentrarse en algunas palabras de fácil recuerdo, favoreciendo lecturas unilaterales y parciales de la misma doctrina conciliar. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Artículo de comentario. Respuestas a algunas preguntas acerca de ciertos aspectos de la doctrina sobre la Iglesia, 29 de junio de 2007)

  • Sobre la expresión subsistit in

La segunda cuestión afronta el modo en el que hay que entender la afirmación según la cual la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica.
Cuándo G. Philips escribió que la expresión subsistit in habría hecho correr ríos de tinta, probablemente no había previsto que la discusión continuaría por tanto tiempo y con tanta intensidad, al punto de empujar a la Congregación para la Doctrina de la Fe a publicar el presente documento.
Tanta insistencia, fundada por lo demás en los citados textos conciliares y del Magisterio siguiente, refleja la preocupación de salvaguardar la unidad y la unicidad de la Iglesia, que sufrirían menoscabo si se admitiera que pueden darse muchas subsistencias de la Iglesia fundada por Cristo. En efecto, como se dice en la Declaración Mysterium Ecclesiae, si así fuera se llegaría a imaginar “la Iglesia de Cristo como la suma —diferenciada y de alguna manera unitaria al mismo tiempo— de las Iglesias y Comunidades eclesiales” o a “pensar que la Iglesia de Cristo hoy no existe en ningún lugar y que, por lo tanto, deba ser objeto de búsqueda por parte de todas las Iglesias y Comunidades”. La única Iglesia de Cristo ya no existiría como “una” en la historia, o existiría sólo de modo ideal, o sea in fieri en una convergencia o reunificación futura de las muchas Iglesias hermanas, auspiciada y promovida por el diálogo.
Aún más explícita es la Notificación de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre un escrito de Leonardo Boff, según el cual la única Iglesia de Cristo “podría también subsistir en otras iglesias cristianas”; al contrario, —puntualiza la Notificación— “el Concilio había escogido la palabra subsistit precisamente para aclarar que existe una sola “subsistencia” de la verdadera Iglesia, mientras que fuera de su estructura visible existen sólo elementa Ecclesiae, los cuales —siendo elementos de la misma Iglesia— tienden y conducen a la Iglesia católica”. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Respuestas a algunas preguntas acerca de ciertos aspectos de la doctrina sobre la Iglesia, 29 de junio de 2007)

  • La Iglesia existe como sujeto único en la realidad histórica

La tercera cuestión se refiere a la razón por la cual se usó la expresión subsistit in y no el verbo est.
Ha sido precisamente este cambio de terminología en la descripción de la relación entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica lo que ha dado lugar a las más variadas ilaciones, sobre todo en campo ecuménico. En realidad los Padres conciliares tuvieron la simple intención de reconocer la presencia de elementos eclesiales propios de la Iglesia de Cristo en las Comunidades cristianas no católicas en cuanto tales. En consecuencia, la identificación de la Iglesia de Cristo con la Iglesia católica no se puede entender como si fuera de la Iglesia católica hubiera un “vacío eclesial”. Al mismo tiempo, esa identificación significa que, si se considera el contexto en que se sitúa la expresión subsistit in, es decir la referencia a la única Iglesia de Cristo “constituida y ordenada en este mundo como sociedad gobernada por el sucesor de Pedro y los obispos en comunión con él”, el paso de est a subsistit in no reviste un sentido teológico particular de discontinuidad con la doctrina católica anterior.
En efecto, ya que la Iglesia como la quiso Cristo, de hecho, sigue existiendo (subsistit in) en la Iglesia Católica, la continuidad de subsistencia comporta una sustancial identidad de esencia entre Iglesia de Cristo e Iglesia Católica.
El Concilio quiso enseñar que la Iglesia de Jesucristo, como sujeto concreto en este mundo, se puede encontrar en la Iglesia Católica. Esto puede ocurrir una sola vez y, por ello, la concepción de que el subsistit tendría que multiplicarse no corresponde con lo que se quiso decir. Con la palabra subsistit el Concilio quiso expresar la singularidad y no multiplicabilidad de la Iglesia de Cristo: la Iglesia existe como sujeto único en la realidad histórica.
Por consiguiente, la sustitución de “est” con “subsistit in”, contra  tantas interpretaciones infundadas, no significa que la Iglesia católica renuncie a su convicción de ser la única verdadera Iglesia de Cristo
. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Artículo de comentario. Respuestas a algunas preguntas acerca de ciertos aspectos de la doctrina sobre la Iglesia, 29 de junio de 2007)

  • Sobre la expresión “iglesias hermanas”

La expresión “iglesias hermanas” se repite a menudo en el diálogo ecuménico, sobre todo entre católicos y ortodoxos, y es objeto de profundización por ambas partes del diálogo. Aun existiendo un uso indudablemente legítimo de la expresión, en la actual literatura ecuménica se ha difundido un modo ambiguo de utilizarla. En conformidad con la enseñanza del Concilio Vaticano II y el sucesivo Magisterio pontificio, es por lo tanto oportuno recordar cuál es el uso proprio y adecuado de tal expresión. Pero antes, parece útil señalar brevemente la historia del término. […] En efecto, en sentido propio, Iglesias hermanas son exclusivamente las Iglesias particulares (o las agrupaciones de Iglesias particulares: por ejemplo, los Patriarcados y las Metropolías). Debe quedar siempre claro, incluso cuando la expresión Iglesias hermanas es usada en este sentido propio, que la Iglesia universal, una, santa, católica y apostólica, no es hermana sino madre de todas las Iglesias particulares.
Se puede hablar de Iglesias hermanas, en sentido propio, también en referencia a Iglesias particulares católicas y no católicas; y por lo tanto también la Iglesia particular de Roma puede ser llamada hermana de todas las Iglesias particulares. Pero, como ya ha sido recordado, no se puede decir propiamente que la Iglesia católica sea hermana de una Iglesia particular o grupo de Iglesias. No se trata solamente de una cuestión terminológica, sino sobre todo de respetar una verdad fundamental de la fe católica: la de la unicidad de la Iglesia de Jesucristo. Existe, en efecto, una única Iglesia, y por eso el plural Iglesias se puede referir solamente a las Iglesias particulares. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Nota sobre la expresión “iglesias hermanas”. Carta a los presidentes de las conferencias episcopales, n. 1.10-11, 30 de junio de 2000)

… juzga la idea de que el hombre es el centro de la vida cristiana que tiene Francisco

  • Los pastores corren el riesgo de ser desviados hacia empresas tan ruinosas como la miseria que ellas mismas combaten

El celo y la compasión que deben estar presentes en el corazón de todos los pastores corren el riesgo de ser desviados y proyectados hacia empresas tan ruinosas para el hombre y su dignidad como la miseria que se combate, si no se presta suficiente atención a ciertas tentaciones.
El angustioso sentimiento de la urgencia de los problemas no debe hacer perder de vista lo esencial, ni hacer olvidar la respuesta de Jesús al Tentador (Mt 4, 4): “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Dt 8, 3). Así, ante la urgencia de compartir el pan, algunos se ven tentados a poner entre paréntesis y a dejar para el mañana la evangelización: en primer lugar el pan, la Palabra para más tarde. Es un error mortal el separar ambas cosas hasta oponerlas entre sí. Por otra parte, el sentido cristiano sugiere espontáneamente lo mucho que hay que hacer en uno y otro sentido.
Para otros, parece que la lucha necesaria por la justicia y la libertad humanas, entendidas en su sentido económico y político, constituye lo esencial y el todo de la salvación. Para éstos, el Evangelio se reduce a un evangelio puramente terrestre. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación, VI, n. 2-4, 6 de agosto de 1984)

… juzga las ideas pro-comunistas de Francisco pronunciadas con los Movimientos Populares

  • El análisis marxista apunta para una situación social intolerable que exige acciones eficaces: una situación que “no puede esperar más”

La impaciencia y una voluntad de eficacia han conducido a ciertos cristianos, desconfiando de todo otro método, a refugiarse en lo que ellos llaman «el análisis marxista». Su razonamiento es el siguiente: una situación intolerable y explosiva exige una acción eficaz que no puede esperar más. Una acción eficaz supone un análisis científico de las causas estructurales de la miseria. Ahora bien, el marxismo ha puesto a punto los instrumentos de tal análisis. Basta pues aplicarlos a la situación del Tercer Mundo, y en especial a la de América Latina. (Congregación para la doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”, cap. VII, nn.1-2, 6 de agosto de 1984)

  • Un axioma marxista: la lucha de clases es la ley de la historia: predicar el amor a los pobres constituye mala fe e intento de engañarlos en favor del capitalismo

Lo que estas «teologías de la liberación» han acogido como un principio, no es el hecho de las estratificaciones sociales con las desigualdades e injusticias que se les agregan, sino la teoría de la lucha de clases como ley estructural fundamental de la historia. Se saca la conclusión de que la lucha de clases entendida así divide a la Iglesia y que en función de ella hay que juzgar las realidades eclesiales. También se pretende que es mantener, con mala fe, una ilusión engañosa el afirmar que el amor, en su universalidad, puede vencer lo que constituye la ley estructural primera de la sociedad capitalista. (Congregación para la doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”, cap. IX, n.2, 6 de agosto de 1984)

  • Otro axioma marxista: la “historia” movida por la lucha de clases lleva al proceso de autorredención, es decir, hacia el proceso del cambio social anhelado

En esta concepción [marxista], la lucha de clases es el motor de la historia. La historia llega a ser así una noción central. Se afirmará que Dios se hace historia. Se añadirá que no hay más que una sola historia, en la cual no hay que distinguir ya entre historia de la salvación e historia profana. Mantener la distinción sería caer en el « dualismo ». Semejantes afirmaciones reflejan un inmanentismo historicista. Por esto se tiende a identificar el Reino de Dios y su devenir con el movimiento de la liberación humana, y a hacer de la historia misma el sujeto de su propio desarrollo como proceso de la autorredención del hombre a través de la lucha de clases. Esta identificación está en oposición con la fe de la Iglesia, tal como la ha recordado el Concilio Vaticano II (Cf. Lumen gentium, n. 9-17). (Congregación para la doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”, cap. IX, n.3, 6 de agosto de 1984)

  • Por medio una actividad política fundamentada “en la lucha de clases” confiar en un futuro “mesiánico” donde los pobres serán finalmente liberados

En esta línea, algunos llegan hasta el límite de identificar a Dios y la historia, y a definir la fe como « fidelidad a la historia », lo cual significa fidelidad comprometida en una práctica política conforme a la concepción del devenir de la humanidad concebido como un mesianismo puramente temporal. En consecuencia, la fe, la esperanza y la caridad reciben un nuevo contenido: ellas son « fidelidad a la historia », « confianza en el futuro», « opción por los pobres »: que es como negarlas en su realidad teologal. De esta nueva concepción se sigue inevitablemente una politización radical de las afirmaciones de la fe y de los juicios teológicos. Ya no se trata solamente de atraer la atención sobre las consecuencias e incidencias políticas de las verdades de fe, las que serían respetadas ante todo por su valor trascendente. Se trata más bien de la subordinación de toda afirmación de la fe o de la teología a un criterio político dependiente de la teoría de la lucha de clases, motor de la historia. (Congregación para la doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”, cap. IX, nn.4-6, 6 de agosto de 1984)

  • La lucha de clases exige ver al rico como el enemigo al que hay que combatir. El amor al prójimo sólo es válido para “el hombre nuevo” que surgirá de la revolución victoriosa

En consecuencia, se presenta la entrada en la lucha de clases como una exigencia de la caridad como tal; se denuncia como una actitud estática y contraria al amor a los pobres la voluntad de amar desde ahora a todo hombre, cualquiera que sea su pertenencia de clase, y de ir a su encuentro por los caminos no violentos del diálogo y de la persuasión. Si se afirma que el hombre no debe ser objeto de odio, se afirma igualmente que en virtud de su pertenencia objetiva al mundo de los ricos, él es ante todo un enemigo de clase que hay que combatir. Consecuentemente la universalidad del amor al prójimo y la fraternidad llegan a ser un principio escatológico, válido sólo para el « hombre nuevo » que surgirá de la revolución victoriosa. (Congregación para la doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”, cap. IX, n.7, 6 de agosto de 1984)

  • Las “teologías de la liberación” establecen una amalgama ruinosa entre el pobre de la Escritura y el proletariado de Marx: “lucha de clases” y “lucha revolucionaria” para liberar a los pobres

Pero las « teologías de la liberación », que tienen el mérito de haber valorado los grandes textos de los Profetas y del Evangelio sobre la defensa de los pobres, conducen a un amalgama ruinosa entre el pobre de la Escritura y el proletariado de Marx. Por ello el sentido cristiano del pobre se pervierte y el combate por los derechos de los pobres se transforma en combate de clase en la perspectiva ideológica de la lucha de clases. La Iglesia de los pobres significa así una Iglesia de clase, que ha tomado conciencia de las necesidades de la lucha revolucionaria como etapa hacia la liberación y que celebra esta liberación en su liturgia. (Congregación para la doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”, cap. IX, n.10, 6 de agosto de 1984)

  • Las “teologías de la liberación” propician la «concientización»: El pueblo debe tomar “conciencia” de su opresión en vista de la lucha liberadora

Pero las « teologías de la liberación », de las que hablamos, entienden por Iglesia del pueblo una Iglesia de clase, la Iglesia del pueblo oprimido que hay que «concientizar » en vista de la lucha liberadora organizada. El pueblo así entendido llega a ser también para algunos, objeto de la fe. (Congregación para la doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”, cap. IX, n.12, 6 de agosto de 1984)

  • El comunismo precisamente en nombre de la liberación del pueblo, mantiene a naciones enteras en condiciones de esclavitud indignas del hombre

Millones de nuestros contemporáneos aspiran legítimamente a recuperar las libertades fundamentales de las que han sido privados por regímenes totalitarios y ateos que se han apoderado del poder por caminos revolucionarios y violentos, precisamente en nombre de la liberación del pueblo. No se puede ignorar esta vergüenza de nuestro tiempo: pretendiendo aportar la libertad se mantiene a naciones enteras en condiciones de esclavitud indignas del hombre. Quienes se vuelven cómplices de semejantes esclavitudes, tal vez inconscientemente, traicionan a los pobres que intentan servir. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación, cap. XI, n. 10, 6 de agosto de 1984)

… juzga la idea de posibilidad de ruptura del vínculo matrimonial que tiene Francisco

  • El privilegio paulino se aplica a matrimonios hechos entre personas no bautizadas

Como es sabido, esta Sagrada Congregación ha estudiado y tratado con atención la cuestión sobre la disolución del matrimonio en favor de la fe.
Ahora, finalmente, después de haber investigado diligentemente este asunto, nuestro Santo Padre, el Papa Pablo VI, se ha dignado aprobar estas nuevas normas en las que se presentan las condiciones para la concesión de la disolución del matrimonio en favor de la fe, tanto en el caso de que se bautice o se convierta la parte peticionaria, o en el caso contrario.
I. Para que esta disolución se conceda válidamente se requieren tres condiciones indispensables:

a) ausencia del bautismo en uno de los cónyuges durante todo el tiempo de la vida conyugal;
b
) no haber hecho uso del matrimonio después de que la parte no bautizada hubiera recibido, si ése fuera el caso, el bautismo;
c
) que la persona no bautizada fuera de la Iglesia Católica concediera libertad y posibilidad a la parte católica para profesar su propia religión y bautizar y educar en la fe católica a los hijos; esta condición debe asegurarse de forma cautelar.

(Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción sobre la disolución del matrimonio en favor de la fe, 6 de diciembre de 1973)

… juzga la idea de una Iglesia pobre para los pobres que tiene Francisco

  • El lugar teológico fundamental es la fe apostólica. Poner los pobres como punto de partida es desvirtuar la fe

En su libro Jesucristo liberador, el P. Jon Sobrino afirma: “La cristología latinoamericana determina que su lugar, como realidad sustancial, son los pobres de este mundo, y esta realidad es la que debe estar presente y transir cualquier lugar categorial donde se lleva a cabo”. Y añade: […] la “Iglesia de los pobres es el lugar eclesial de la cristología, por ser una realidad configurada por los pobres”. Aun reconociendo el aprecio que merece la preocupación por los pobres y por los oprimidos, […] esta “Iglesia de los pobres” se sitúa en el puesto que corresponde al lugar teológico fundamental, que es sólo la fe de la Iglesia; en ella encuentra la justa colocación epistemológica cualquier otro lugar teológico. El lugar eclesial de la cristología no puede ser la “Iglesia de los pobres” sino la fe apostólica transmitida por la Iglesia a todas las generaciones. El teólogo, por su vocación particular en la Iglesia, ha de tener constantemente presente que la teología es ciencia de la fe. Otros puntos de partida para la labor teológica correrán el riesgo de la arbitrariedad y terminarán por desvirtuar los contenidos de la fe misma. […] La reflexión teológica no puede tener otra matriz que la fe de la Iglesia. La verdad revelada por Dios mismo en Jesucristo, y transmitida por la Iglesia, constituye, pues, el principio normativo último de la teología, y ninguna otra instancia puede superarla. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Notificación sobre las obras del P. Jon Sobrino S.J., n. 2.11, 26 de noviembre de 2006)

  • La Iglesia recibe de Cristo la verdad de salvación que ofrece al mundo

Esta verdad que viene de Dios tiene su centro en Jesucristo, Salvador del mundo. De Él, que es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6), la Iglesia recibe lo que ella ofrece a los hombres. Del misterio del Verbo encarnado y redentor del mundo, ella saca la verdad sobre el Padre y su amor por nosotros, así como la verdad sobre el hombre y su libertad. Cristo, por medio de su cruz y resurrección, a realizado nuestra redención que es la liberación en su sentido más profundo, ya que ésta nos ha liberado del mal más radical, es decir, del pecado y del poder de la muerte. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Libertatis conscientia, n. 3, 22 de marzo de 1986)

  • Por la fuerza del misterio pascual Cristo nos ha salvado

El Hijo de Dios, que se ha hecho pobre por amor a nosotros, quiere ser reconocido en los pobres, en los que sufren o son perseguidos: “Cuantas veces hicisteis esto a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40). Pero es, ante todo, por la fuerza de su Misterio Pascual que Cristo nos ha liberado. Mediante su obediencia perfecta en la Cruz y mediante la gloria de su resurrección, el Cordero de Dios ha quitado el pecado del mundo y nos ha abierto la vía de la liberación definitiva. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Libertatis conscientia, n. 50-51, 22 de marzo de 1986)

  • La redención operada por Cristo se hace eficaz mediante los sacramentos

El misterio de la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la fuente única e inagotable de la redención de la humanidad, que se hace eficaz en la Iglesia mediante los sacramentos. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Notificación sobre las obras del P. Jon Sobrino S.J., n. 10, 26 de noviembre de 2006)

  • La primera pobreza es la de no conocer a Cristo

La preocupación por los más sencillos y pobres es, desde el inicio, uno de los rasgos que caracteriza la misión de la Iglesia. Si es cierto, como también lo ha recordado el Santo Padre, que “la primera pobreza de los pueblos es no conocer a Cristo”, entonces todos los hombres tienen derecho a conocer al Señor Jesús, que es “esperanza de las naciones y salvador de los pueblos”, y a mayor razón cada cristiano tiene derecho de conocer de modo adecuado, auténtico e integral, la verdad que la Iglesia confiesa y expresa acerca de Cristo. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Nota explicativa a la notificación sobre las obras del P. Jon Sobrino S.J., n. 1, 26 de noviembre de 2006)

  • La miseria humana es signo de la necesidad de salvación

Bajo sus múltiples formas —indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas y psíquicas y, por último, la muerte— la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los “más pequeños de sus hermanos” (cf. Mt 25, 40. 45). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Libertatis conscientia, n. 68, 22 de marzo de 1986)

  • La preocupación por el pan material no puede sustituir la evangelización

El celo y la compasión que deben estar presentes en el corazón de todos los pastores corren el riesgo de ser desviados y proyectados hacia empresas tan ruinosas para el hombre y su dignidad como la miseria que se combate, si no se presta suficiente atención a ciertas tentaciones. El angustioso sentimiento de la urgencia de los problemas no debe hacer perder de vista lo esencial, ni hacer olvidar la respuesta de Jesús al Tentador (Mt 4, 4): “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Dt 8, 3). Así, ante la urgencia de compartir el pan, algunos se ven tentados a poner entre paréntesis y a dejar para el mañana la evangelización: en primer lugar el pan, la Palabra para más tarde. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Libertatis nuntius, n. VI, 2-3, 6 de agosto de 1984)

… juzga la visión de la Iglesia hacia los divorciados en segunda unión que tiene Francisco

  • Las soluciones pastorales nunca pueden contradecir el Magisterio

Una serie de objeciones críticas contra la doctrina y la praxis de la Iglesia concierne a problemas de carácter pastoral. Se dice, por ejemplo, que el lenguaje de los documentos eclesiales será demasiado legalista, que la dureza de la ley prevalecería sobre la comprensión hacia situaciones humanas dramáticas. El hombre de hoy no podría comprender ese lenguaje. Mientras Jesús habría atendido a las necesidades de todos los hombres, sobre todo de los marginados de la sociedad, la Iglesia, por el contrario, se mostraría más bien como juez, que excluye de los sacramentos y de ciertas funciones públicas a personas heridas.
Se puede indudablemente admitir que las formas expresivas del Magisterio eclesial a veces no resultan fácilmente comprensibles y deben ser traducidas por los predicadores y catequistas al lenguaje que corresponde a las diferentes personas y a su ambiente cultural. Sin embargo, debe mantenerse el contenido esencial del Magisterio eclesial, pues transmite la verdad revelada y, por ello, no puede diluirse en razón de supuestos motivos pastorales. Es ciertamente difícil transmitir al hombre secularizado las exigencias del Evangelio. Pero esta dificultad no puede conducir a compromisos con la verdad. En la Encíclica Veritatis splendor, Juan Pablo II ha rechazado claramente las soluciones denominadas ‘pastorales’ que contradigan las declaraciones del Magisterio (cf. ibid 56).
Por lo que respecta a la posición del Magisterio acerca del problema de los fieles divorciados vueltos a casarse, se debe además subrayar que los recientes documentos de la Iglesia unen de modo equilibrado las exigencias de la verdad con las de la caridad. Si en el pasado a veces la caridad quizá no resplandecía suficientemente al presentar la verdad, hoy en cambio el gran peligro es el de callar o comprometer la verdad en nombre de la caridad. La palabra de la verdad puede, ciertamente, doler y ser incómoda; pero es el camino hacia la curación, hacia la paz y hacia la libertad interior. Una pastoral que quiera auténticamente ayudar a la persona debe apoyarse siempre en la verdad. Sólo lo que es verdadero puede, en definitiva, ser pastoral. ‘Entonces conoceréis la verdad y la verdad os hará libres’ (Jn 8, 32). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Atención pastoral de divorciados vueltos a casar, Introducción del Cardenal Joseph Ratzinger, 1 de enero de 1998)

  • Ciertas tareas eclesiales sólo pueden ser ejercidas por personas de vida cristiana ejemplar

Hay otras tareas eclesiales, que presuponen un testimonio de vida cristiana particular, que tampoco pueden ser encargadas a divorciados que se han vuelto a casar civilmente: servicios litúrgicos (lector, ministro extraordinario de la Eucaristía), servicios catequéticos (profesor de religión, catequista para la primera comunión o para la confirmación), participación como miembro del consejo pastoral diocesano o parroquial. Los miembros de estos consejos deben estar plenamente insertados en la vida eclesial y sacramental y llevar además una vida que esté de acuerdo con los principios morales de la Iglesia. El Derecho Canónico establece que, para los consejos pastorales diocesanos, y eso vale también para los Consejos parroquiales, “sólo sean designados fieles que se distingan por una fe segura, buenas costumbres y prudencia”(CIC, can. 512, 3). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Atención pastoral de divorciados vueltos a casar, Introducción del Cardenal Joseph Ratzinger, 1 de enero de 1998)

  • Los divorciados vueltos a casar no pueden acceder a la comunión o al sacramento de la penitencia

Dicha opinión contradice la doctrina católica que excluye la posibilidad de segundas nupcias después del divorcio: “Hoy son numerosos en muchos países los católicos que recurren al divorcio según las leyes civiles y que contraen también civilmente una nueva unión. La Iglesia mantiene, por fidelidad a la palabra de Jesucristo —“Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio” (Mc 10, 11-12)—, que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el primer matrimonio. Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente la ley de Dios. Por lo cual no pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales. La reconciliación mediante el sacramento de la penitencia no puede ser concedida más que aquellos que se arrepientan de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total continencia” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1650). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Notificación acerca del libro Just Love. A Framework for Christian Sexual Ethics, de Sor Margaret A. Farley, RSM, 30 de marzo de 2012)

… juzga la idea que Francisco tiene sobre el sufrimiento humano

  • Tentación de reducir el Hijo de Dios a un hombre a nuestra medida

Actualmente es grande la tentación de reducir Jesucristo, el Hijo de Dios, sólo a un Jesús histórico, a un hombre puro. No se niega necesariamente la divinidad de Jesús, sino que con ciertos métodos se destila de la Biblia un Jesús a nuestra medida, un Jesús posible y comprensible en el marco de nuestra historiografía. Pero este “Jesús histórico” no es sino un artefacto, la imagen de sus autores y no la imagen del Dios viviente (cf. 2 Cor 4, 4s; Col 1, 15). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Intervención del Cardenal Ratzinger durante el Convenio de los Catequistas y Docentes de Religión, 10 de diciembre de 2000)

  • Confesar la divinidad de Jesús es punto esencial de la fe

La divinidad de Jesús ha sido objeto de la fe de la Iglesia desde el comienzo, mucho antes de que en el Concilio de Nicea se proclamara su consustancialidad con el Padre. El hecho de que no se use este término no significa que no se afirme la divinidad de Jesús en sentido estricto. […] La divinidad de Jesús, está claramente atestiguada en los pasajes del Nuevo Testamento […]. Las numerosas declaraciones conciliares en este sentido se encuentran en continuidad con cuanto en el Nuevo Testamento se afirma de manera explícita y no solamente “en germen”. La confesión de la divinidad de Jesucristo es un punto absolutamente esencial de la fe de la Iglesia desde sus orígenes y se halla atestiguada desde el Nuevo Testamento. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Notificación sobre las obras del Padre Jon Sobrino, S.J., 26 de noviembre de 2006)

  • ¡Ojo con las interpretaciones burguesas, sin valor teológico y revolucionarias de Cristo!

En las reconstrucciones del “Jesús histórico” normalmente el tema de la cruz no tiene significado. En una interpretación “burguesa” se vuelve un incidente, por sí mismo evitable, sin valor teológico; en una interpretación revolucionaria se vuelve la muerte heroica de un rebelde. La verdad es diferente. La cruz pertenece al misterio divino —es expresión de su amor hasta el fin (Jn 13, 1). La secuela de Cristo es participación a su cruz, unirse a su amor, a la transformación de nuestra vida, que se vuelve el nacimiento del hombre nuevo, creado según Dios (cf. Ef 4, 24). Quien omite la cruz, omite la esencia del cristianismo (cf. 1 Cor 2, 2). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Intervención del Cardenal Ratzinger durante el Convenio de los Catequistas y Docentes de Religión, 10 de diciembre de 2000)

… juzga la oración hecha por Francisco en el encuentro ecuménico e interreligioso de Sarajevo

  • La fe teologal cristiana y la creencia en las otras religiones no se identifican

Debe ser, por lo tanto, firmemente retenida la distinción entre la fe teologal y la creencia en las otras religiones. […] No siempre tal distinción es tenida en consideración en la reflexión actual, por lo cual a menudo se identifica la fe teologal, que es la acogida de la verdad revelada por Dios Uno y Trino, y la creencia en las otras religiones, que es una experiencia religiosa todavía en búsqueda de la verdad absoluta y carente todavía del asentimiento a Dios que se revela. Este es uno de los motivos por los cuales se tiende a reducir, y a veces incluso a anular, las diferencias entre el cristianismo y las otras religiones. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 7, 6 de agosto de 2000)

  • Teorías relativistas niegan la universalidad salvífica de Cristo

El perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativista, que tratan de justificar el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure (o de principio). En consecuencia, se retienen superadas, por ejemplo, verdades tales como el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo, la naturaleza de la fe cristiana con respecto a la creencia en las otras religiones, […] la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo, la mediación salvífica universal de la Iglesia […]. Se elaboran algunas propuestas teológicas en las cuales la revelación cristiana y el misterio de Jesucristo y de la Iglesia pierden su carácter de verdad absoluta y de universalidad salvífica, o al menos se arroja sobre ellos la sombra de la duda y de la inseguridad. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 4, 6 de agosto de 2000)

… juzga la idea de equiparar la catequesis al yoga o zen que tiene Francisco

  • Prácticas que proponen abandonar la idea de Dios Uno y Trino

Con la actual difusión de los métodos orientales de meditación en el mundo cristiano y en las comunidades eclesiales, nos encontramos ante un poderoso intento, no exento de riesgos y errores, de mezclar la meditación cristiana con la no cristiana. Las propuestas en este sentido son numerosas y más o menos radicales: algunas utilizan métodos orientales con el único fin de conseguir la preparación psicofísica para una contemplación realmente cristiana; otras van más allá y buscan originar, con diversas técnicas, experiencias espirituales análogas a las que se mencionan en los escritos de ciertos místicos católicos; otras incluso no temen colocar aquel absoluto sin imágenes y conceptos, propio de la teoría budista, en el mismo plano de la majestad de Dios, revelada en Cristo, que se eleva por encima de la realidad finita; para tal fin, se sirven de una “teología negativa” que trascienda cualquier afirmación que tenga algún contenido sobre Dios, negando que las criaturas del mundo puedan mostrar algún vestigio, ni siquiera mínimo, que remita a la infinitud de Dios. Por esto, proponen abandonar no sólo la meditación de las obras salvíficas que el Dios de la Antigua y Nueva Alianza ha realizado en la historia, sino también la misma idea de Dios, Uno y Trino, que es Amor, en favor de una inmersión “en el abismo indeterminado de la divinidad”. Estas propuestas u otras análogas de armonización entre meditación cristiana y técnicas orientales deberán ser continuamente examinadas con un cuidadoso discernimiento de contenidos y de métodos, para evitar la caída en un pernicioso sincretismo. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta a los Obispos sobre algunos aspectos de la meditación cristiana, n. 12, 15 de octubre de 1989)

… juzga la idea de divorciados para padrinos que tiene Francisco

  • Recordando la disciplina de la Iglesia

Por consiguiente, frente a las nuevas propuestas pastorales arriba mencionadas, esta Congregación siente la obligación de volver a recordar la doctrina y la disciplina de la Iglesia al respecto. Fiel a la palabra de Jesucristo, la Iglesia afirma que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el anterior matrimonio. Si los divorciados se han vuelto a casar civilmente, se encuentran en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios y por consiguiente no pueden acceder a la Comunión eucarística mientras persista esa situación. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, n. 4, 14 de septiembre de 1994)

… juzga las palabras de Francisco en su primera aparición pública

  • El sacramento del orden confiere a quien lo recibe poderes apostólicos específicos

Aunque todos los bautizados gocen de la misma dignidad ante Dios, en la comunidad cristiana que su divino Fundador quiso jerárquicamente estructurada, existen desde sus orígenes poderes apostólicos específicos, basados en el sacramento del Orden. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta Sacerdotium ministeriale, III, n. 2-3, 6 de agosto de 1983)

  • El Obispo de Roma es Sucesor de Pedro en su servicio a la Iglesia universal

La Iglesia, ya desde los inicios y cada vez con mayor claridad, ha comprendido que, de la misma manera que existe la sucesión de los Apóstoles en el ministerio de los Obispos, así también el ministerio de la unidad, encomendado a Pedro, pertenece a la estructura perenne de la Iglesia de Cristo y que esta sucesión está fijada en la sede de su martirio. Basándose en el testimonio del Nuevo Testamento, la Iglesia católica enseña, como doctrina de fe, que el Obispo de Roma es Sucesor de Pedro en su servicio primacial en la Iglesia universal; esta sucesión explica la preeminencia de la Iglesia de Roma. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Consideraciones El Primado del sucesor de Pedro en el misterio de la Iglesia, n. 3-4, 31 de octubre de 1998)

  • Al Obispo de Roma cabe una particular sollicitudo omnium Ecclesiarum por su plena y suprema potestad

Todos los Obispos son sujetos de la sollicitudo omnium Ecclesiarum en cuanto miembros del Colegio episcopal que sucede al Colegio de los Apóstoles. […] En el caso del Obispo de Roma —Vicario de Cristo según el modo propio de Pedro, como Cabeza del Colegio de los Obispos—, la sollicitudo omnium Ecclesiarum adquiere una fuerza particular porque va acompañada de la plena y suprema potestad en la Iglesia: una potestad verdaderamente episcopal, no sólo suprema, plena y universal, sino también inmediata, sobre todos, tanto pastores como los demás fieles. Por tanto, el ministerio del Sucesor de Pedro no es un servicio que llega a cada Iglesia particular desde fuera, sino que está inscrito en el corazón de cada Iglesia particular, en la que “está verdaderamente presente y actúa la Iglesia de Cristo”. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Consideraciones El Primado del sucesor de Pedro en el misterio de la Iglesia, n. 6, 31 de octubre de 1998)

… juzga el hecho de Francisco no haberse ofendido con la Cruz en forma de símbolo comunista

  • Los aspectos ideológicos del marxismo son predominantes en el pensamiento de muchos teólogos de la liberación

En el caso del marxismo, tal como se intenta utilizar, la crítica previa se impone tanto más cuanto que el pensamiento de Marx constituye una concepción totalizante del mundo en la cual numerosos datos de observación y de análisis descriptivo son integrados en una estructura filosófico-ideológica, que impone la significación y la importancia relativa que se les reconoce. Los a priori ideológicos son presupuestos para la lectura de la realidad social. Así, la disociación de los elementos heterogéneos que componen esta amalgama epistemológicamente híbrida llega a ser imposible, de tal modo que creyendo aceptar solamente lo que se presenta como un análisis, resulta obligado aceptar al mismo tiempo la ideología. Así no es raro que sean los aspectos ideológicos los que predominan en los préstamos que muchos de los « teólogos de la liberación » toman de los autores marxistas. (Congregación para la doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”, VII, n.6, 6 de agosto de 1984)

  • La ilusión y el peligro de entrar en la lucha de clases propiciada por el marxismo

La llamada de atención de Pablo VI sigue siendo hoy plenamente actual: a través del marxismo, tal como es vivido concretamente, se pueden distinguir diversos aspectos y diversas cuestiones planteadas a los cristianos para la reflexión y la acción. Sin embargo, «sería ilusorio y peligroso llegar a olvidar el íntimo vínculo que los une radicalmente, aceptar los elementos del análisis marxista sin reconocer sus relaciones con la ideología, entrar en la práctica de la lucha de clases y de su interpretación marxista dejando de percibir el tipo de sociedad totalitaria a la cual conduce este proceso».(Congregación para la doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”, VII, n. 7, 6 de agosto de 1984)

  • “Lucha de clases”; “conflicto social agudo”: tesis marxistas incompatibles con la concepción cristiana del hombre y de la sociedad

Es verdad que desde los orígenes, pero de manera más acentuada en los últimos años, el pensamiento marxista se ha diversificado para dar nacimiento a varias corrientes que divergen notablemente unas de otras. En la medida en que permanecen realmente marxistas, estas corrientes continúan sujetas a un cierto número de tesis fundamentales que no son compatibles con la concepción cristiana del hombre y de la sociedad. En este contexto, algunas fórmulas no son neutras, pues conservan la significación que han recibido en la doctrina marxista. « La lucha de clases » es un ejemplo. Esta expresión conserva la interpretación que Marx le dio, y no puede en consecuencia ser considerada como un equivalente, con alcance empírico, de la expresión « conflicto social agudo ». Quienes utilizan semejantes fórmulas, pretendiendo sólo mantener algunos elementos del análisis marxista, por otra parte rechazado en su totalidad, suscitan por lo menos una grave ambigüedad en el espíritu de sus lectores. (Congregación para la doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”, VII, n. 8, 6 de agosto de 1984)

  • Ateísmo, negación de la persona humana, de su libertad y derechos: centro de la concepción marxista

Recordemos que el ateísmo y la negación de la persona humana, de su libertad y de sus derechos, están en el centro de la concepción marxista. Esta contiene pues errores que amenazan directamente las verdades de la fe sobre el destino eterno de las personas. Aún más, querer integrar en la teología un «análisis» cuyos criterios de interpretación dependen de esta concepción atea, es encerrarse en ruinosas contradicciones. El desconocimiento de la naturaleza espiritual de la persona conduce a subordinarla totalmente a la colectividad y, por tanto, a negar los principios de una vida social y política conforme con la dignidad humana. (Congregación para la doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”, VII, n. 9, 6 de agosto de 1984)

… juzga la idea de pedir oraciones a no católicos y ateos que tiene Francisco

  • La oración cristiana debe ser hecha dentro de la comunión de los santos

La oración cristiana, incluso hecha en soledad, tiene lugar siempre dentro de aquella “comunión de los santos” en la cual y con la cual se reza, tanto en forma pública y litúrgica como en forma privada. Por tanto, debe realizarse siempre en el espíritu auténtico de la Iglesia en oración y, como consecuencia, bajo su guía, que puede concretarse a veces en una dirección espiritual experimentada. El cristiano, también cuando está solo y ora en secreto, tiene la convicción de rezar siempre en unión con Cristo, en el Espíritu Santo, junto con todos los santos para el bien de la Iglesia. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta a los Obispos sobre algunos aspectos de la meditación cristiana, n. 7, 15 de octubre de 1989)

… juzga la idea de hacer teología que tiene Francisco

  • La función del teólogo es profundizar la comprensión de la Palabra de Dios

Entre las vocaciones suscitadas de ese modo por el Espíritu en la iglesia se distingue la del teólogo, que tiene la función especial de lograr, en comunión con el Magisterio, una comprensión cada vez más profunda de la Palabra de Dios contenida en la Escritura inspirada y transmitida por la tradición viva de la iglesia. (Denzinger-Hünermann 4870. Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Donum Veritatis, n. 6, 24 de Marzo de 1990)

  • El teólogo debe dar cuenta de su esperanza a aquellos que se lo piden

La ciencia teológica, que busca la inteligencia de la fe respondiendo a la invitación de la voz de la verdad ayuda al pueblo de Dios, según el mandamiento del Apóstol (cf. 1 P 3, 15), a dar cuenta de su esperanza a aquellos que se lo piden. (Denzinger-Hünermann 4870. Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Donum Veritatis, n. 6, 24 de Marzo de 1990)

  • La evangelización del teólogo consiste en presentar la verdad en la palabra

La teología que indaga la « razón de la fe » y la ofrece como respuesta a quienes la buscan, constituye parte integral de la obediencia a este mandato [cf. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, Mt 28, 19], porque los hombres no pueden llegar a ser discípulos si no se les presenta la verdad contenida en la palabra de la fe (cf. Rm 10, 14 s.). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Donum Veritatis, n. 7, 24 de Marzo de 1990)

  • El objeto de la teología: la Verdad

Puesto que el objeto de la teología es la Verdad, el Dios vivo y su designio de salvación revelado en Jesucristo, el teólogo está llamado a intensificar su vida de fe y a unir siempre la investigación científica y la oración. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Donum Veritatis, n. 8, 24 de Marzo de 1990)

… juzga las ideas presentes en la Laudato Sí´

  • El munus de enseñar fue confiado por Cristo al Magisterio de la Iglesia, que debe predicar las verdades de la fe con vistas a la salvación sobrenatural de todos los hombres

Como sucesores de los Apóstoles, los pastores de la Iglesia “reciben del Señorla misión de enseñar a todas las gentes y de predicar el Evangelio a toda criatura, a fin de que todos los hombres logren la salvación”. Por eso se confía a ellos el oficio de guardar, exponer y difundir la Palabra de Dios, de la que son servidores. (Congregación para la doctrina de la fe. Instrucción Donum veritatis, n. 14, 24 de mayo de 1990)

  • Para el cumplimiento de esta misión, Cristo promete a su Iglesia la asistencia del Espíritu Santo, pero ésta comporta grados

Para poder cumplir plenamente el oficio que se les ha confiado de enseñar el Evangelio y de interpretar auténticamente la revelación, Jesucristo prometió a los pastores de la Iglesia la asistencia del Espíritu Santo. Él les dio en especial el carisma de la infalibilidad para aquello que se refiere a las materias de fe y costumbres. El ejercicio de este carisma reviste diversas modalidades. […] Se da también la asistencia divina a los sucesores de los Apóstoles, que enseñan en comunión con el sucesor de Pedro, y, en particular, al Romano Pontífice, Pastor de toda la iglesia cuando sin llegar a una definición infalible y sin pronunciarse en “modo definitivo”, en el ejercicio del magisterio ordinario proponen una enseñanza que conduce a una mejor comprensión de la Revelación en materia de fe y costumbres, y ofrecen directivas morales derivadas de esta enseñanza. Hay que tener en cuenta, pues, el carácter propio de cada una de las intervenciones del Magisterio y la medida en que se encuentra implicada su autoridad. (Congregación para la doctrina de la fe. Instrucción Donum veritatis, n. 15; 17, 24 de mayo de 1990)

  • De debe adhesión al Magisterio infalible, sea cuanto el Romano Pontífice define ex cathedra una verdad, sea por medio del magisterio ordinario y universal cuando, en materia de fe y moral y en continuidad con la tradición de la Iglesia, propone como definitiva una doctrina

Cuando el Magisterio de la Iglesia se pronuncia de modo infalible declarando solemnemente que una doctrina está contenida en la Revelación, la adhesión que se pide es la de la fe teologal. Esta adhesión se extiende a la enseñanza del magisterio ordinario y universal cuando propone para creer una doctrina de fe como de revelación divina. Cuando propone “de modo definitivo” unas verdades referentes a la fe y a las costumbres, que, aun no siendo de revelación divina, sin embargo están estrecha e íntimamente ligadas con la Revelación, deben ser firmemente aceptadas y mantenidas. (Congregación para la doctrina de la fe. Instrucción Donum veritatis, n. 23, 24 de mayo de 1990)

  • Un ejemplo de magisterio ordinario y universal infalible, y en consecuencia vinculante, en la “Instrucción Donum vitae” de la Congregación para la doctrina de la fe: el Magisterio no ofrece opiniones ni propone líneas de diálogo, sino que, por la autoridad de la Iglesia, define la verdadera doctrina o su aplicación respecto al problema planteado

El estilo de la Donum vitae corresponde al de un documento de auténtico Magisterio: habla continuamente en nombre y con la autoridad de la Iglesia (por ejemplo se usan estas expresiones significativas: la intervención de la Iglesia [introducción, 1], la Iglesia propone [ibidem], la Iglesia ofrece [introducción, 5], la Iglesia prohíbe [parte 1, 5], la Iglesia es contraria [parte 2, 5], la Iglesia recuerda al hombre [conclusión]) y desde el preámbulo dice que “no pretende reproducir toda la enseñanza de la Iglesia sobre la dignidad de la vida humana naciente y de la procreación, sino ofrecer, a la luz de la doctrina precedente del Magisterio, una respuesta específica a los problemas planteados” (Donum vitae, preámbulo). (Congregación para la doctrina de la fe. Sobre la autoridad doctrinal de la Instrucción “Donum vitae”, 21 de diciembre de 1988)

  • Entonces nunca se puede cuestionarlos? Las intervenciones en asuntos discutibles – como son las teorías científicas y modelos económicos y sociales – no siempre estuvieron exentas de carencia, y es lícito hacer preguntas sobre su oportunidad, forma y contenido

Con el objeto de servir del mejor modo posible al pueblo de Dios, particularmente al prevenirlo en relación con opiniones peligrosas que pueden llevar al error, el Magisterio puede intervenir sobre asuntos discutibles en los que se encuentran implicados, junto con principios seguros, elementos conjeturales y contingentes. […] La voluntad de asentimiento leal a esta enseñanza del Magisterio en materia de por si no irreformable debe constituir la norma. Sin embargo puede suceder que el teólogo se haga preguntas referentes, según los casos, a la oportunidad, a la forma o incluso al contenido de una intervención. Esto lo impulsará sobre todo a verificar cuidadosamente cuál es la autoridad de estas intervenciones, tal como resulta de la naturaleza de los documentos, de la insistencia al proponer una doctrina y del modo mismo de expresarse. En este ámbito de las intervenciones de orden prudencial, ha podido suceder que algunos documentos magisteriales no estuvieran exentos de carencias. (Congregación para la doctrina de la fe. Instrucción Donum veritatis, n. 24, 24 de mayo de 1990)

  • El los siglos XII y XIII, la herejía de los cátaros revivió las doctrinas dualistas gnósticas, que consideraban malo todo el universo material, causando muchos males a la Iglesia

Entre los siglos XII y XIII muchas profesiones de fe tuvieron que insistir rápidamente en que Dios es creador de los seres “visibles e invisibles”, que es autor de los dos Testamentos, y especificar que el diablo no era malo por naturaleza, sino como consecuencia de una elección. Las antiguas posiciones dualísticas, encuadradas en vastos movimientos doctrinales y espirituales, constituían entonces, en la Francia meridional y en la Italia septentrional, un daño real para la fe. (Congregación para la doctrina de la fe. Fe cristiana y demonología, 26 de mayo de 1976)

  • Los hombres no pueden salvarse de igual modo en cualquier religión

No se salva quien, sabiendo que la Iglesia ha sido divinamente instituida por Cristo, sin embargo rechaza someterse a la Iglesia o niega la obediencia al Romano Pontífice, vicario de Cristo en la tierra. […] [Pío XII] recuerda a los “por cierto inconsciente deseo y aspiración están ordenados al Cuerpo místico del Redentor”; no los excluye, en efecto, de la salvación, sino que por otra parte afirma que se encuentran en un tal estado “en que no pueden sentirse seguros de la propia salvación… porque carecen, sin embargo, de tantos y tan grandes dones y socorros celestiales cómo sólo en la Iglesia católica es posible gozar”.
Con esas prudentes palabras desaprueba
tanto los que excluyen de la salvación eterna a todos los que se adhieren a la Iglesia sólo con un voto implícito como a los que falsamente sostienen que los hombres pueden igualmente ser salvados en toda religión. (Denzinger-Hünermann, 3867.3871-3872. Carta del Santo Oficio al arzobispo de Boston, 8 de octubre de 1949)

  • El pluralismo religioso arroja sobre la Iglesia de Jesucristo sombras de duda y de inseguridad

El perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativista, que tratan de justificar el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure (o de principio). En consecuencia, se retienen superadas, por ejemplo, verdades tales como el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo, la naturaleza de la fe cristiana con respecto a la creencia en las otras religiones, […] la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo, la mediación salvífica universal de la Iglesia […]. Se elaboran algunas propuestas teológicas en las cuales la revelación cristiana y el misterio de Jesucristo y de la Iglesia pierden su carácter de verdad absoluta y de universalidad salvífica, o al menos se arroja sobre ellos la sombra de la duda y de la inseguridad. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 4, 6 de agosto de 2000)

  • Son contrarias a la fe cristiana y católica aquellas propuestas de solución de experiencias religiosas no cristianas que contemplen una acción salvífica de un Dios fuera de la única mediación de Cristo

Debe ser, por lo tanto, firmemente creída como verdad de fe católica que la voluntad salvífica universal de Dios Uno y Trino es ofrecida y cumplida una vez para siempre en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios. Teniendo en cuenta este dato de fe, y meditando sobre la presencia de otras experiencias religiosas no cristianas y sobre su significado en el plan salvífico de Dios, la teología está hoy invitada a explorar si es posible, y en qué medida, que también figuras y elementos positivos de otras religiones puedan entrar en el plan divino de la salvación. En esta tarea de reflexión la investigación teológica tiene ante sí un extenso campo de trabajo bajo la guía del Magisterio de la Iglesia. El Concilio Vaticano II, en efecto, afirmó que “la única mediación del Redentor no excluye, sino suscita en sus criaturas una múltiple cooperación que participa de la fuente única”. Se debe profundizar el contenido de esta mediación participada, siempre bajo la norma del principio de la única mediación de Cristo: “Aun cuando no se excluyan mediaciones parciales, de cualquier tipo y orden, éstas sin embargo cobran significado y valor únicamente por la mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como paralelas y complementarias”. No obstante, serían contrarias a la fe cristiana y católica aquellas propuestas de solución que contemplen una acción salvífica de Dios fuera de la única mediación de Cristo. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, n.14, 6 de agosto de 2000)

… juzga la idea de una “Iglesia horizontal” que tiene Francisco

  • Fundamento de la primacía de San Pedro entre los Doce

“Primero Simón, llamado Pedro”. Con este significativo relieve de la primacía de Simón Pedro, San Mateo introduce en su Evangelio la lista de los doce Apóstoles, que también en los otros dos Evangelios sinópticos y en los Hechos comienza con el nombre de Simón. Esta lista, dotada de gran fuerza testimonial, y otros pasajes evangélicos muestran con claridad y sencillez que el canon neotestamentario recogió las palabras de Cristo relativas a Pedro y a su papel en el grupo de los Doce. Por eso, ya en las primeras comunidades cristianas, como más tarde en toda la Iglesia, la imagen de Pedro quedó fijada como la del Apóstol que, a pesar de su debilidad humana, fue constituido expresamente por Cristo en el primer lugar entre los Doce y llamado a desempeñar en la Iglesia una función propia y específica. Él es la roca sobre la que Cristo edificará su Iglesia; es aquel que, una vez convertido, no fallará en la fe y confirmará a sus hermanos, y, por último, es el Pastor que guiará a toda la comunidad de los discípulos del Señor. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Consideraciones El Primado del Sucesor de Pedro en el misterio de la Iglesia, n. 3, 31 de octubre de 1998)

  • El ministerio petrino difiere en su esencia de los gobiernos humanos

El ejercicio del ministerio petrino —para que “no pierda su autenticidad y transparencia”— debe entenderse a partir del Evangelio, o sea, de su esencial inserción en el misterio salvífico de Cristo y en la edificación de la Iglesia. El Primado difiere en su esencia y en su ejercicio de los oficios de gobierno vigentes en las sociedades humanas: no es un oficio de coordinación o de presidencia, ni se reduce a un Primado de honor, ni puede concebirse como una monarquía de tipo político. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Consideraciones El Primado del Sucesor de Pedro en el misterio de la Iglesia, n. 7, 31 de octubre de 1998)

… juzga la idea de la fe como revolución que tiene Francisco

  • Desde hace siglos los cristianos se distinguen por el cumplimiento de sus deberes

El compromiso del cristiano en el mundo, en dos mil años de historia, se ha expresado en diferentes modos. Uno de ellos ha sido el de la participación en la acción política: Los cristianos, afirmaba un escritor eclesiástico de los primeros siglos, ‘cumplen todos sus deberes de ciudadanos’. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Nota Doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, n. 1, 24 de noviembre de 2002)

… juzga la idea de Comunismo que tiene Francisco

  • Prohibición formal de cooperar con partidos comunistas. Excomunión latae sententiaea

Preguntas: 1. Si es lícito inscribirse en el partido comunista o prestarle apoyo.

  1. Si es licito publicar, difundir o leer libros, revistas, periódicos u hojas que defienden la doctrina y la acción de los comunistas, o escribir en ellos.
  2. Si pueden ser admitidos a los sacramentos aquellos fieles que han cumplido consciente y libremente los actos mencionados en los números 1 y 2.
  3. Si los fieles que profesan la doctrina materialista y anticristiana de los comunistas, y sobre todo los que la defienden y la propagan, por el hecho mismo, como apóstatas de la fe católica, incurren en la excomunión reservada de un modo especial a la Sede Apostólica.

Respuesta (confirmada por el Sumo Pontífice [Pío XII] el 30 de junio):

A la 1. No: el comunismo, en efecto, es materialista y anticristiano; y los jefes comunistas, incluso si a veces de palabra profesan no combatirla religión, en realidad sin embargo, tanto en la doctrina como en la acción, se muestran hostiles a Dios, a la verdadera religión y a la Iglesia de Cristo.
A la 2. No: están prohibidos, en efecto, por el derecho mismo (cf. CIC, can. 1399).
A la 3. No, según los principios de carácter general referentes al rechazo de los sacramentos a los que no tienen la disposición requerida.
A la 4: Sí.

(Denzinger-Hünermann 3865. Decreto del Santo Oficio, 28 de junio (1 de julio) de 1949)

  • El comunismo: la vergüenza de nuestro tiempo. Pretendiendo aportar la libertad mantiene naciones enteras en la esclavitud

Millones de nuestros contemporáneos aspiran legítimamente a recuperar las libertades fundamentales de las que han sido privados por regímenes totalitarios y ateos que se han apoderado del poder por caminos revolucionarios y violentos, precisamente en nombre de la liberación del pueblo. No se puede ignorar esta vergüenza de nuestro tiempo: pretendiendo aportar la libertad se mantiene a naciones enteras en condiciones de esclavitud indignas del hombre. Quienes se vuelven cómplices de semejantes esclavitudes, tal vez inconscientemente, traicionan a los pobres que intentan servir. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación, cap. XI, n. 10, 6 de agosto de 1984)

… juzga la idea de que el clamor del pueblo expresa la voluntad de Dios que tiene Francisco

  • No todas las ideas que circulan en el pueblo de Dios son coherentes con la fe

    En realidad las opiniones de los fieles no pueden pura y simplemente identificarse con el sensus fidei. Este último es una propiedad de la fe teologal que, consistiendo en un don de Dios que hace adherirse personalmente a la Verdad, no puede engañarse. Esta fe personal es también fe de la Iglesia, puesto que Dios ha confiado a la Iglesia la vigilancia de la Palabra y, por consiguiente, lo que el fiel cree es lo que cree la Iglesia. Por su misma naturaleza, el sensus fidei implica, por lo tanto, el acuerdo profundo del espíritu y del corazón con la Iglesia, el sentire cum Ecclesia.
    Si la fe teologal en cuanto tal no puede enganarse, el creyente en cambio puede tener opiniones erroneas, porque no todos sus pensamientos proceden de la fe. No todas las ideas que circulan en el pueblo de Dios son coherentes con la fe, puesto que pueden sufrir facilmente el influjo de una opinión pública manipulada por modernos medios de comunicación. No sin razón el Concilio Vaticano II subrayó la relación indisoluble entre el sensus fidei y la conducción del pueblo de Dios por parte del magisterio de los pastores: ninguna de las dos realidades puede separarse de la otra. Las intervenciones del Magisterio sirven para garantizar la unidad de la iglesia en la verdad del Señor. Ayudan a permanecer en la verdad frente al carácter arbitrario de las opiniones cambiantes y constituyen la expresion de la obediencia a la palabra de Dios. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo, n. 35, 24 de marzo de 1990)

… juzga la idea de que el Papa no debe juzgar que tiene Francisco

  • El Sucesor de Pedro tiene gracia para ser fundamento visible de la unidad de fe de la Iglesia

En efecto, el Romano Pontífice, como Sucesor de Pedro, es “el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los Obispos como de la muchedumbre de fieles” y, por eso, tiene una gracia ministerial específica para servir a la unidad de fe y de comunión que es necesaria para el cumplimiento de la misión salvífica de la Iglesia. (Congregación para la Doctrina de la Fe. El primado del sucesor de Pedro en el misterio de la Iglesia, n. 4, 31 de octubre de 1998)

  • El Romano Pontífice debe garantizar una rigurosa fidelidad a la Palabra de Dios

El ejercicio del ministerio petrino ―para que “no pierda su autenticidad y transparencia”― debe entenderse a partir del Evangelio, o sea, de su esencial inserción en el misterio salvífico de Cristo y en la edificación de la Iglesia. El Primado difiere en su esencia y en su ejercicio de los oficios de gobierno vigentes en las sociedades humanas: no es un oficio de coordinación o de presidencia, ni se reduce a un Primado de honor, ni puede concebirse como una monarquía de tipo político. El Romano Pontífice, como todos los fieles, está subordinado a la Palabra de Dios, a la fe católica, y es garante de la obediencia de la Iglesia y, en este sentido, servus servorum. No decide según su arbitrio, sino que es portavoz de la voluntad del Señor, que habla al hombre en la Escritura vivida e interpretada por la Tradición; en otras palabras, la episkopé del Primado tiene los límites que proceden de la ley divina y de la inviolable constitución divina de la Iglesia contenida en la Revelación. El Sucesor de Pedro es la roca que, contra la arbitrariedad y el conformismo, garantiza una rigurosa fidelidad a la Palabra de Dios: de ahí se sigue también el carácter martirológico de su Primado que implica el testimonio personal de la obediencia de la cruz. (Congregación para la Doctrina de la Fe. El primado del sucesor de Pedro en el misterio de la Iglesia, n. 7, de 31 de octubre de 1998)

  • El método pastoral con los homosexuales no puede suponerles una justificación

En nuestros días —fundándose en observaciones de orden psicológico— han llegado algunos a juzgar con indulgencia, e incluso a excusar completamente, las relaciones entre personas del mismo sexo, contra la doctrina constante del Magisterio y contra el sentido moral del pueblo cristiano. Se hace una distinción —que no parece infundada— entre los homosexuales cuya tendencia, proviniendo de una educación falsa, de falta de normal evolución sexual, de hábito contraído, de malos ejemplos y de otras causas análogas, es transitoria o a lo menos no incurable, y aquellos otros homosexuales que son irremediablemente tales por una especie de instinto innato o de constitución patológica que se tiene por incurable. Ahora bien, en cuanto a los sujetos de esta segunda categoría, piensan algunos que su tendencia es natural hasta tal punto que debe ser considerada en ellos como justificativa de relaciones homosexuales en una sincera comunión de vida y amor semejante al matrimonio, en la medida en que se sienten incapaces de soportar una vida solitaria. Indudablemente, esas personas homosexuales deben ser acogidas en la acción pastoral con comprensión y deben ser sostenidas en la esperanza de superar sus dificultades personales y su inadaptación social. También su culpabilidad debe ser juzgada con prudencia. Pero no se puede emplear ningún método pastoral que reconozca una justificación moral a estos actos por considerarlos conformes a la condición de esas personas. Según el orden moral objetivo, las relaciones homosexuales son actos privados de su ordenación necesaria y esencial. En la Sagrada Escritura están condenados como graves depravaciones e incluso presentados como la triste consecuencia de una repulsa de Dios. Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen esta anomalía por esta causa incurran en culpa personal; pero atestigua que los actos homosexuales son por su intrínseca naturaleza desordenados y que no pueden recibir aprobación en ningún caso. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Persona humana, n. 8. Acerca de ciertas cuestiones de ética sexual, 29 de diciembre de 1975)

  • Toda violación directa al orden moral de la sexualidad es objetivamente grave

Según la doctrina de la Iglesia, el pecado mortal que se opone a Dios no consiste en la sola resistencia formal y directa al precepto de la caridad; se da también en aquella oposición al amor auténtico que está incluida en toda transgresión deliberada, en materia grave, de cualquiera de las leyes morales. El mismo Jesucristo indicó el doble mandamiento del amor como fundamento de la vida moral. Pero de este mandamiento depende toda la ley y los profetas (cf. Mt 22,40); incluye, por consiguiente, todos los demás preceptos particulares. De hecho, al joven rico que le preguntaba: “¿Qué debo hacer de bueno para obtener la vida eterna?”, Jesús le respondió: “Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos […]: no matarás, no adulterarás, no robarás, no levantarás falso testimonio; honra a tu padre y a tu madre y ama al prójimo como a ti mismo” (Mt 19,16-19). Por lo tanto, el hombre peca mortalmente no sólo cuando su acción procede de menosprecio directo del amor de Dios y del prójimo, sino también cuando consciente y libremente elige un objeto gravemente desordenado, sea cual fuere el motivo de su elección. En ella está incluido, en efecto, según queda dicho, el menosprecio del mandamiento divino: el hombre se aparta de Dios y pierde la caridad. Ahora bien, según la tradición cristiana y la doctrina de la Iglesia, y como también lo reconoce la recta razón, el orden moral de la sexualidad comporta para la vida humana bienes tan elevados, que toda violación directa de este orden es objetivamente grave. Es verdad que en las faltas de orden sexual, vista su condición especial y sus causas, sucede más fácilmente que no se les dé un consentimiento plenamente libre; y esto invita a proceder con cautela en todo juicio sobre el grado de responsabilidad subjetiva de las mismas. Es el caso de recordar en particular aquellas palabras de la Sagrada Escritura: “El hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón” (1 Sam 16, 7). Sin embargo, recomendar esa prudencia en el juicio sobre la gravedad subjetiva de un acto pecaminoso particular no significa en modo alguno sostener que en materia sexual no se cometen pecados mortales. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Persona humana, n. 9. Acerca de ciertas cuestiones de ética sexual, 29 de diciembre de 1975)

  • La realización concreta de la tendencia desordenada en las relaciones homosexuales no es una opción moralmente aceptable

En la discusión que siguió a la publicación de la Declaración [Persona humana], se propusieron unas interpretaciones excesivamente benévolas de la condición homosexual misma, hasta el punto que alguno se atrevió incluso a definirla indiferente o, sin más, buena. Es necesario precisar, por el contrario, que la particular inclinación de la persona homosexual, aunque en sí no sea pecado, constituye sin embargo una tendencia, más o menos fuerte, hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. Por este motivo la inclinación misma debe ser considerada como objetivamente desordenada. Quienes se encuentran en esta condición deberían, por tanto, ser objeto de una particular solicitud pastoral, para que no lleguen a creer que la realización concreta de tal tendencia en las relaciones homosexuales es una opción moralmente aceptable. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Homosexualitatis problema, n. 3. Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, 1 de octubre de 1986)

  • La Iglesia rechaza las doctrinas erróneas en relación con la homosexualidad

Como sucede en cualquier otro desorden moral, la actividad homosexual impide la propia realización y felicidad porque es contraria a la sabiduría creadora de Dios. La Iglesia, cuando rechaza las doctrinas erróneas en relación con la homosexualidad, no limita sino que más bien defiende la libertad y la dignidad de la persona, entendidas de modo realístico y auténtico. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Homosexualitatis problema, n. 7, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, 1 de octubre de 1986)

  • Proteger quienes no quieren abandonar las prácticas homosexuales es opuesto a la enseñanza de la Iglesia

La enseñanza de la Iglesia de hoy se encuentra, pues, en continuidad orgánica con la visión de la Sagrada Escritura y con la constante tradición. Aunque si el mundo de hoy desde muchos puntos de vista verdaderamente ha cambiado, la comunidad cristiana es consciente del lazo profundo y duradero que la une a las generaciones que la han precedido “en el signo de la fe”. Sin embargo, en la actualidad un número cada vez más grande de personas, aun dentro de la Iglesia, ejercen una fortísima presión para llevarla a aceptar la condición homosexual, como si no fuera desordenada, y a legitimar los actos homosexuales. Quienes dentro de la comunidad de fe incitan en esta dirección tienen a menudo estrechos vínculos con los que obran fuera de ella. Ahora bien, estos grupos externos se mueven por una visión opuesta a la verdad sobre la persona humana, que nos ha sido plenamente revelada en el misterio de Cristo. Aunque no en un modo plenamente consciente, manifiestan una ideología materialista que niega la naturaleza trascendente de la persona humana, como también la vocación sobrenatural de todo individuo. Los ministros de la Iglesia deben procurar que las personas homosexuales confiadas a su cuidado no se desvíen por estas opiniones, tan profundamente opuestas a la enseñanza de la Iglesia. Sin embargo el riesgo es grande y hay muchos que tratan de crear confusión en relación con la posición de la Iglesia y de aprovechar esta confusión para sus propios fines. Dentro de la Iglesia se ha formado también una tendencia, constituida por grupos de presión con diversos nombres y diversa amplitud, que intenta acreditarse como representante de todas las personas homosexuales que son católicas. Pero el hecho es que sus seguidores, generalmente, son personas que, o ignoran la enseñanza de la Iglesia, o buscan subvertirla de alguna manera. Se trata de mantener bajo el amparo del catolicismo a personas homosexuales que no tienen intención alguna de abandonar su comportamiento homosexual. Una de las tácticas utilizadas es la de afirmar, en tono de protesta, que cualquier crítica, o reserva en relación con las personas homosexuales, con su actividad y con su estilo de vida, constituye simplemente una forma de injusta discriminación. En algunas naciones se realiza, por consiguiente, un verdadero y propio tentativo de manipular a la Iglesia conquistando el apoyo de sus pastores, frecuentemente de buena fe, en el esfuerzo de cambiar las normas de la legislación civil. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Homosexualitatis problema, n. 8-9. Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, 1 de octubre de 1986)

  • La tendencia homosexual es un desorden objetivo y conlleva una cuestión moral

La “tendencia sexual” no constituye una cualidad comparable con la raza, el origen étnico, etc., respecto a la no discriminación. A diferencia de esas cualidades, la tendencia homosexual es un desorden objetivo (cf. Homosexualitatis problema, n. 3) y conlleva una cuestión moral. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Algunas consideraciones concernientes a la Respuesta a propuestas de ley sobre la no discriminación de las personas homosexuales, n. 10, 24 de julio de 1992)

  • Las relaciones homosexuales contrastan con la ley moral natural

No existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia. El matrimonio es santo, mientras que las relaciones homosexuales contrastan con la ley moral natural. Los actos homosexuales, en efecto, “cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso”. En la Sagrada Escritura las relaciones homosexuales “están condenadas como graves depravaciones… (cf. Rom 1, 24-27; 1 Cor 6, 10; 1 Tim 1, 10). Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen esta anomalía sean personalmente responsables de ella; pero atestigua que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados”. El mismo juicio moral se encuentra en muchos escritores eclesiásticos de los primeros siglos, y ha sido unánimemente aceptado por la Tradición católica. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales, n. 4, 3 de junio de 2003)

… juzga el hecho de pedir la bendición a herejes y cismáticos

  • No se puede tolerar que eclesiásticos oren guiados por herejes

Nada ciertamente puede ser de más precio para un católico que arrancar de raíz los cismas y disensiones entre los cristianos, y que los cristianos todos sean “solícitos en guardar la unidad del espíritu en el vínculo de la paz” (Ef 4, 3), … Mas que los fieles de Cristo y los varones eclesiásticos oren por la unidad cristiana, guiados por los herejes y, lo que es peor, según una intención en gran manera manchada e infecta de herejía, no puede de ningún modo tolerarse. (Denzinger-Hünermann 2887. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los obispos de Inglaterra, 16 de septiembre de 1864)

… juzga la idea de armonía entre bien y mal que tiene Francisco

  • Fuera de la verdad no hay unión verdadera

La doctrina católica debe ser expuesta y propuesta total e íntegramente, no hay que silenciar o usar términos ambiguos al referirse a lo que la verdad católica enseña […]. Porque fuera de la verdad nunca podrá haber una unión verdadera. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Ecclesia Catholica, 20 de diciembre de 1949)

  • Valor absoluto e inmutable de los preceptos de la ley natural

Cristo ha instituido su Iglesia como “columna y fundamento de la verdad”. Con la asistencia del Espíritu Santo, ella conserva sin cesar y transmite sin error las verdades del orden moral e interpreta auténticamente no sólo la ley positiva revelada, sin también “los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana” y que afectan al pleno desarrollo y santificación del hombre. Es un hecho que la Iglesia, a lo largo de toda su historia, ha atribuido constantemente a un cierto número de preceptos de la ley natural valor absoluto e inmutable, y ha considerado que la transgresión de los mismos se opone a la doctrina y al espíritu del Evangelio. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Persona humana, 29 de diciembre de 1975)

…juzga la idea de males de nuestro tiempo que tiene Francisco

  • Ante los problemas no se puede dejar lo esencial: la predicación de la Palabra

El angustioso sentimiento de la urgencia de los problemas no debe hacer perder de vista lo esencial, ni hacer olvidar la respuesta de Jesús al Tentador (Mt 4, 4): “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. (Dt 8, 3) Así, ante la urgencia de compartir el pan, algunos se ven tentados a poner entre paréntesis y a dejar para el mañana la evangelización: en primer lugar el pan, la Palabra para más tarde. Es un error mortal el separar ambas cosas hasta oponerlas entre sí. Por otra parte, el sentido cristiano sugiere espontáneamente lo mucho que hay que hacer en uno y otro sentido. Para otros, parece que la lucha necesaria por la justicia y la libertad humanas, entendidas en su sentido económico y político, constituye lo esencial y el todo de la salvación. Para éstos, el Evangelio se reduce a un evangelio puramente terrestre. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación, n. VI, 3-4, 6 de agosto de 1984) 

… juzga la idea de claridad y seguridad doctrinal que tiene Francisco

  • El pueblo de Dios debe profundizar su fe por medio de la reflexión

Para ejercer su función profética en el mundo, el pueblo de Dios debe constantemente despertar o « reavivar » su vida de fe (cf. 2 Tm 1, 6), en especial por medio de una reflexión cada vez más profunda, guiada por el Espíritu Santo, sobre el contenido de la fe misma y a través de un empeño en demostrar su racionalidad a aquellos que le piden cuenta de ella (cf. 1 P 3 , 1 5). (Congregación para la Doctrina de la Fe, Donum Veritatis, 24 de Marzo de 1990, n. 5)

  • La fe invita la razón a profundizarse

Por su propia naturaleza la fe interpela la inteligencia, porque descubre al hombre la verdad sobre su destino y el camino para alcanzarlo. Aunque la verdad revelada supere nuestro modo de hablar y nuestros conceptos sean imperfectos frente a su insondable grandeza (cf. Ef 3, 19), sin embargo invita a nuestra razón — don de Dios otorgado para captar la verdad — a entrar en su luz, capacitándola así para comprender en cierta medida lo que ha creído. La ciencia teológica, que busca la inteligencia de la fe respondiendo a la invitación de la voz de la verdad ayuda al pueblo de Dios, según el mandamiento del Apóstol (cf. 1 P 3, 15), a dar cuenta de su esperanza a aquellos que se lo piden. (Congregación para la Doctrina de la Fe, Donum Veritatis, 24 de Marzo de 1990, n. 6)

… juzga la idea de Iglesia-minoría que tiene Francisco

  • Necesidad de la conversión y el bautismo

La Iglesia, guiada por la caridad y el respeto de la libertad, debe empeñarseprimariamente en anunciar a todos los hombres la verdad definitivamente revelada por el Señor, y a proclamar la necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la Iglesia a través del bautismo y los otros sacramentos, para participar plenamente de la comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 22, 6 de agosto de 2000) 

  • La promoción del bien temporal es consecuencia natural de la misión salvífica de la Iglesia

La misión esencial de la Iglesia, siguiendo la de Cristo, es una misión evangelizadora y salvífica. Saca su impulso de la caridad divina. La evangelización es anuncio de salvación, don de Dios. […] Pero el amor que impulsa a la Iglesia a comunicar a todos la participación en la vida divina mediante la gracia, le hace también alcanzar por la acción eficaz de sus miembros el verdadero bien temporal de los hombres, atender a sus necesidades, proveer a su cultura y promover una liberación integral de todo lo que impide el desarrollo de las personas. La Iglesia quiere el bien del hombre en todas sus dimensiones; en primer lugar como miembro de la ciudad de Dios y luego como miembro de la ciudad terrena. (Instrucción Libertatis conscientia, n. 63, 22 de marzo de 1986)

…. juzga las relaciones de Francisco con mujeres “ordenadas” de las iglesias cristianas

  • Excomunión latae sententiae para intento de ordenación sacerdotal femenina

La Congregación para la Doctrina de la Fe, para tutelar la naturaleza y la validez del sacramento del orden, en virtud de la especial facultad a ella conferida de parte de la Suprema Autoridad de la Iglesia (cfr. can. 30, Código de Derecho Canónico), en la Sesión Ordinaria del 19 de diciembre de 2007, ha decretado:
Quedando a salvo cuanto prescrito en el can. 1378 del Código de Derecho Canónico,cualquiera que atente conferir el orden sagrado a una mujer, así como la mujer que atente recibir el orden sagrado, incurre en la excomunión latae sententiae reservada a la Sede Apostólica. Si quien atentase conferir el orden sagrado a una mujer o la mujer que atentase recibir el orden sagrado fuese un fiel cristiano sujeto al Código de Cánones de las Iglesias Orientales, sin perjuicio de lo que se prescribe en el can. 1443 de dicho Código, sea castigado con la excomunión mayor, cuya remisión se reserva también a la Sede Apostólica (cfr. can. 1423, Código de Cánones de las Iglesias Orientales). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Decreto general relativo al delito de atentada ordenación sagrada de una mujer, 19 de diciembre de 2007) 

  • La Iglesia no se considera autorizada a admitir mujeres a la ordenación sacerdotal

Algunas comunidades cristianas nacidas de la Reforma del siglo XVI o en tiempo posterior han admitido desde hace algunos años a las mujeres en el cargo de pastor, equiparándolas a los hombres; esta iniciativa ha provocado, por parte de los miembros de esas comunidades o grupos similares, peticiones y escritos encaminados a generalizar dicha admisión, aunque no han faltado tampoco reacciones en sentido contrario. Todo esto constituye pues un problema ecuménico, acerca del cual la Iglesia Católica debe manifestar su pensamiento, tanto más cuanto que algunos sectores de opinión se han preguntado si ella misma no debería modificar su disciplina y admitir a las mujeres a la ordenación sacerdotal. Algunos teólogos católicos han llegado a plantear públicamente la cuestión y han dado lugar a investigaciones, no sólo en el campo de la exégesis, de la patrística, de la historia de la Iglesia, sino también en el campo de la historia de las instituciones y de las costumbres, de la sociología, de la psicología. Los diversos argumentos susceptibles de esclarecer tan importante problema, han sido sometidos a un examen crítico. Y como se trata de un tema debatido sobre el que la teología clásica no detuvo demasiado su atención, la discusión actual corre el riesgo de pasar por alto elementos esenciales. Por estos motivos, obedeciendo al mandato recibido del Santo Padre y haciéndose eco de la declaración que él mismo ha hecho en su carta del 30 de noviembre 1975, la Congregación para la Doctrina de la Fe se siente en el deber de recordar que la Iglesia, por fidelidad al ejemplo de su Señor, no se considera autorizada a admitir a las mujeres a la ordenación sacerdotal. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Inter insigniores, 15 de octubre de 1976)

  • Nunca la Iglesia admitió la ordenación sacerdotal o episcopal de mujeres

La Iglesia no ha admitido nunca que las mujeres pudiesen recibir válidamente la ordenación sacerdotal o episcopal. Algunas sectas heréticas de los primeros siglos, sobre todo gnósticas, quisieron hacer ejercitar el ministerio sacerdotal a las mujeres. Tal innovación fue inmediatamente señalada y condenada por los Padres, que la consideraron inaceptable por parte de la Iglesia. Es cierto que se encuentra en sus escritos el innegable influjo de prejuicios contra la mujer, los cuales sin embargo –hay que decirlo– no han influido en su acción pastoral y menos todavía en su dirección espiritual. Pero por encima de estas consideraciones inspiradas por el espíritu del momento, se indica –sobre todo en los documentos canónicos de la tradición antioquena y egipcia– el motivo esencial de ello: que la Iglesia, al llamar únicamente a los hombres para la ordenación y para el ministerio propiamente sacerdotal, quiere permanecer fiel al tipo de ministerio sacerdotal deseado por el Señor, Jesucristo, y mantenido cuidadosamente por los Apóstoles. La misma convicción anima a la teología medieval, incluso cuando los doctores escolásticos, en su intento de aclarar racionalmente los datos de la fe, dan con frecuencia, en este punto, argumentos que el pensamiento moderno difícilmente admitiría o hasta justamente rechazaría. Desde entonces puede decirse que la cuestión no ha sido suscitada hasta hoy, ya que tal práctica gozaba de la condición de posesión pacífica y universal. La tradición de la Iglesia respecto de este punto ha sido pues tan firme a lo largo de los siglos que el magisterio no ha sentido necesidad de intervenir para proclamar un principio que no era discutido o para defender una ley que no era controvertida. Pero cada vez que esta tradición tenía ocasión de manifestarse, testimoniaba la voluntad de la Iglesia de conformarse con el modelo que el Señor le ha dejado. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Inter insigniores, Introducción, n. 1, 15 de octubre de 1976)

  • ¿Podría la Iglesia apartarse hoy de la actitud de Jesús y de los Apóstoles?

Jesucristo no llamó a ninguna mujer a formar parte de los Doce. Al actuar así, no lo hizo para acomodarse a las costumbres de su tiempo, ya que su actitud respecto a las mujeres contrasta singularmente con la de su ambiente y marca una ruptura voluntaria y valiente. […] ¿Podría la Iglesia apartarse hoy de esta actitud de Jesús y de los Apóstoles, considerada por toda la tradición, hasta el momento actual, como normativa? En favor de una respuesta positiva a esta pregunta han sido presentados diversos argumentos que conviene examinar.
Se ha dicho especialmente que la toma de posición de Jesús y de los Apóstoles se explica por el influjo de su ambiente y de su tiempo. Si Jesús, se dice, no ha confiado a las mujeres, ni siquiera a su Madre, un ministerio que las asimila a los Doce, es porque las circunstancias históricas no se lo permitían. Sin embargo, nadie ha probado, y es sin duda imposible probar, que esta actitud se inspira solamente en motivos socio-culturales. El examen de los evangelios demuestra por el contrario, como hemos visto, que Jesús ha roto con los prejuicios de su tiempo, contraviniendo frecuentemente las discriminaciones practicadas para con las mujeres. No se puede pues sostener que, al no llamar a las mujeres para entrar en el grupo apostólico, Jesús se haya dejado guiar por simples razones de oportunidad. A mayor razón este clima socio-cultural no ha condicionado a los Apóstoles en un ambiente griego en el que esas mismas discriminaciones no existían.
Otra objeción viene del carácter caduco que se cree descubrir hoy en algunas de las prescripciones de San Pablo referentes a las mujeres, y de las dificultades que suscitan a este respecto ciertos aspectos de su doctrina. Pero hay que notar que esas prescripciones, probablemente inspiradas en las costumbres del tiempo, no se refieren sino a prácticas de orden disciplinar de poca importancia, como por ejemplo a la obligación por parte de la mujer de llevar un velo en la cabeza (cf. 1 Cor 11, 2-16); tales exigencias ya no tienen valor normativo. No obstante, la prohibición impuesta por el Apóstol a las mujeres de “hablar” en la asamblea (cf. 1 Cor 14, 34-35; 1 Tim 2, 12) es de otro tipo. Los exegetas, sin embargo, precisan así el sentido de la prohibición: Pablo no se opone absolutamente al derecho, que reconoce por lo demás a las mujeres, de profetizar en la asamblea (cf. 1 Cor 11, 5); la prohibición se refiere únicamente a la función oficial de enseñar en la asamblea. Para San Pablo esta prohibición está ligada al plan divino de la creación (cf. 1 Cor 11, 17; Gen 2, 18-24): difícilmente podría verse ahí la expresión de un dato cultural. No hay que olvidar, por lo demás, que debemos a San Pablo uno de los textos más vigorosos del Nuevo Testamento acerca de la igualdad fundamental entre el hombre y la mujer, como hijos de Dios en Cristo (cf. Gal 3, 28). No hay, pues, motivo para acusarle de prejuicios hostiles para con las mujeres, cuando se constata la confianza que les testimonia y la colaboración que les pide en su apostolado. […] La adaptación a las civilizaciones y a las épocas no puede pues abolir, en los puntos esenciales, la referencia sacramental a los acontecimientos fundacionales del cristianismo y al mismo Cristo.
En último análisis es la Iglesia la que, a través de la voz de su Magisterio, asegura en campos tan variados el discernimiento acerca de lo que puede cambiar y de lo que debe quedar inmutable. Cuando ella cree no poder aceptar ciertos cambios, es porque se siente vinculada por la conducta de Cristo; su actitud, a pesar de las apariencias, no es la del arcaísmo, sino la de la fidelidad: ella no puede comprenderse verdaderamente más que bajo esta luz. La Iglesia se pronuncia, en virtud de la promesa del Señor y de la presencia del Espíritu Santo, con miras a proclamar mejor el misterio de Cristo, de salvaguardarlo y de manifestar íntegramente la riqueza del mismo.
Esta práctica de la Iglesia reviste, pues, un carácter normativo: en el hecho de no conferir más que a hombres la ordenación sacerdotal hay una tradición constante en el tiempo, universal en Oriente y en Occidente, vigilante en reprimir inmediatamente los abusos; esta norma, que se apoya en el ejemplo de Cristo, es seguida porque se la considera conforme con el plan de Dios para su Iglesia. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Inter insigniores, Introducción, n. 2; 4, 15 de octubre de 1976)

  • Las mujeres pueden tener el acceso a la vida eclesial sin ser sacerdotes

Confiando su Madre al apóstol San Juan, el Crucificado invita a su Iglesia a aprender de María el secreto del amor que triunfa. Muy lejos de otorgar a la Iglesia una identidad basada en un modelo contingente de femineidad, la referencia a María, con sus disposiciones de escucha, acogida, humildad, fidelidad, alabanza y espera, coloca a la Iglesia en continuidad con la historia espiritual de Israel. Estas actitudes se convierten también, en Jesús y a través de él, en la vocación de cada bautizado. […] Así, las mujeres tienen un papel de la mayor importancia en la vida eclesial, interpelando a los bautizados sobre el cultivo de tales disposiciones, y contribuyendo en modo único a manifestar el verdadero rostro de la Iglesia, esposa de Cristo y madre de los creyentes. En esta perspectiva también se entiende que el hecho de que la ordenación sacerdotal sea exclusivamente reservada a los hombres no impide en absoluto a las mujeres el acceso al corazón de la vida cristiana. Ellas están llamadas a ser modelos y testigos insustituibles para todos los cristianos de cómo la Esposa debe corresponder con amor al amor del Esposo. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y el mundo, n. 16, 31 de mayo de 2004)

  • Forma parte del deposito de la fe que la Iglesia no puede ordenar mujeres

Pregunta: Si la doctrina que debe mantenerse de manera definitiva, según la cual la Iglesia no tiene facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres propuesta en la Carta Apostólica Ordinatio sacerdotalis, se ha de entender como perteneciente al depósito de la fe.
-Respuesta: .
Esta doctrina exige un asentimiento definitivo, puesto que, basada en la Palabra de Dios escrita y constantemente conservada y aplicada en la Tradición de la Iglesia desde el principio, ha sido propuesta infaliblemente por el Magisterio ordinario y universal (cf. Lumen gentium, 25,2). Por consiguiente, en las presentes circunstancias, el Sumo Pontífice, al ejercer su ministerio de confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22,32),ha propuesto la misma doctrina con una declaración formal, afirmando explícitamente lo que siempre, en todas partes y por todos los fieles se debe mantener, en cuanto perteneciente al depósito de la fe. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Respuesta a la duda propuesta sobre la doctrina de la Carta Apostólica Ordinatio sacerdotalis, 28 de octubre de 1995)

  • No hay contradicción entre la dignidad de la mujer y el sacerdocio exclusivo masculino

No se puede olvidar que la Iglesia enseña, como verdad absolutamente fundamental de la antropología cristiana, la igual dignidad personal entre el varón y la mujer, y la necesidad de superar y de eliminar “toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona” (Gaudium et spes, 29). A la luz de esta verdad, se puede intentar una mejor comprensión de la doctrina según la cual la mujer no puede recibir la Ordenación sacerdotal. Una correcta teología no puede prescindir ni de una ni de otra enseñanza, sino que debe mantenerlas juntas; solamente así podrá profundizar en los designios de Dios sobre la mujer y sobre el sacerdocio (y por tanto, sobre la misión de la mujer en la Iglesia). En cambio, si admitiese la existencia de una contradicción entre estas dos verdades, quizá dejándose condicionar demasiado por las modas o por el espíritu del tiempo, habría perdido el camino del progreso en la inteligencia de la fe. […] Para comprender que no hay violencia ni discriminación hacia las mujeres, es necesario considerar también la naturaleza misma del sacerdocio ministerial, que es un servicio y no una posición de poder humano o de privilegio sobre los demás. Quien —ya sea hombre o mujer— concibe el sacerdocio como una afirmación personal, como término o incluso como punto de partida de una carrera de humano progreso, se equivoca profundamente, porque el verdadero sentido del sacerdocio cristiano —ya sea el sacerdocio común de los fieles como, de un modo totalmente peculiar, el sacerdocio ministerial— no se puede encontrar si no es en el sacrificio de la propia existencia, en unión con Cristo, para el servicio de los hermanos. Es evidente que el ministerio sacerdotal no puede constituir ni el ideal general ni, menos aún, la meta de la vida cristiana. En este sentido, no resulta superfluo recordar, una vez más, que “el único carisma superior, que se puede y se debe desear, es la caridad (cfr. 1 Cor 12-13)” (Decl. Inter insigniores, VI). […] Pero aquí nos encontramos ya ante la esencial interdependencia entre Sagrada Escritura y Tradición; interdependencia que hace que estos dos modos de transmisión del Evangelio formen una unidad inseparable junto con el Magisterio, el cual es parte integrante de la Tradición e instancia interpretativa auténtica de la Palabra de Dios escrita y transmitida (cfr. Const. Dei Verbum, 9 y 10). En el caso específico de las ordenaciones sacerdotales, los sucesores de los Apóstoles han observado siempre la norma de conferir la ordenación sacerdotal solamente a varones, y el Magisterio, con la asistencia del Espíritu Santo, nos enseña que esto ha sucedido no por casualidad, ni por acostumbramiento repetitivo, ni por sujeción a condicionamientos sociológicos, ni menos aún por una imaginaria inferioridad de la mujer, sino porque “la Iglesia ha reconocido siempre como norma perenne el modo de actuar de su Señor en la elección de los doce hombres, que El puso como fundamento de su Iglesia” (Carta ap. Ordinatio sacerdotalis, n. 2). (Congregación para la Doctrina de la Fe. En torno a la Respuesta de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la doctrina propuesta en la Carta Apostólica Ordinatio sacerdotalis, 28 de octubre de 1995) 

  • Actitud pastoral de los obispos en las relaciones con miembros de las iglesias cristianas

En cuanto al método a seguir para este trabajo, los mismos obispos establecerán lo que sea preciso hacer y lo que sea preciso evitar, y exigirán que todos se acojan a sus prescripciones.Velarán también para que bajo el falso pretexto de que hay que considerar mucho más lo que nos une que lo que nos separa, no se caiga en un peligroso indiferentismo, sobre todo por parte de aquellos que están menos instruidos en las cuestiones teológicas, y cuya práctica religiosa es menos profunda. Se debe evitar, en efecto, que dentro de un espíritu que hoy día se llama irénico, la doctrina católica, ya sea en sus dogmas o en sus verdades, se vea, por medio de un estudio comparado o por un vano deseo de asimilación progresiva de las diferentes profesiones de fe, englobada o adaptada en algún aspecto a las doctrinas disidentes, de modo que la pureza de la doctrina católica se halle afectada o bien que su sentido cierto y verdadero se encuentre oscurecido.
Desterrarán también la peligrosa ambigüedad en la expresión que daría lugar a opiniones erróneas y a esperanzas falaces
que nunca podrán realizarse, diciendo, por ejemplo, que la enseñanza de los Soberanos Pontífices, en las encíclicas sobre la vuelta de los disidentes a la Iglesia y sobre el Cuerpo místico de Cristo, no debe ser tomada en gran consideración, puesto que no todo es dogma de fe, o bien, y lo que es aún peor, que en las materias dogmáticas, la iglesia católica no posee la plenitud de Cristo, y que puede hallar una mayor perfección en las demás Iglesias.
Impedirán cuidadosamente y con real insistencia que al exponer la historia de la Reforma y de los reformadores, se exageren desmesuradamente los defectos católicos y apenas se hagan notar las faltas de los reformados
, o bien que se dé importancia a elementos accidentales de tal modo que lo que es esencial, la defección de la fe católica no se perciba con claridad. Velarán, finalmente, para que a causa de un celo exagerado y falso o por imprudencia y exceso de ardor en la acción, no se perjudique en vez de favorecer el objetivo fijado.
La doctrina católica debe ser expuesta y propuesta total e íntegramente, no hay que silenciar o usar términos ambiguos al referirse a lo que la verdad católica enseña sobre la verdadera naturaleza y las etapas de la justificación, sobre la constitución de la Iglesia, sobre la primacía de jurisdicción del Romano Pontífice, sobre la única unión verdadera mediante la vuelta de los cristianos separados a la única y verdadera Iglesia de Cristo.Sin duda, se les podrá decir que volviendo a la Iglesia no perderán ese bien que, por la gracia de Dios, se realizó en ellos hasta el momento presente, pero que con su vuelta, este bien se hallará completado y llevado a su perfección. Sin embargo, se evitará hablar sobre este aspecto de tal manera que se imaginen que al volver a la iglesia le aportan un elemento esencial que le faltaba. Hay que decir estas cosas con claridad y sin ambages, ante todo porque buscan la verdad, y también porque fuera de la verdad nunca podrá haber una unión verdadera. (Instrucción “Ecclesia Catholica” sobre el movimiento ecuménico, Santo Oficio. 20 de diciembre de 1949)

  • El auténtico empeño ecuménico exige claridad en la presentación de la fe

Finalmente, no han faltado comentarios que tienden a ver en la Carta Ordinatio sacerdotalis una ulterior e inoportuna dificultad en el camino, ya de por sí difícil, del movimiento ecuménico. A este respecto es necesario no olvidar que, según la letra y el espíritu del Concilio Vaticano II (cf. Decr. Unitatis redintegratio, 11), el auténtico empeño ecuménico, en el que la Iglesia Católica no puede ni quiere cejar, exige una plena sinceridad y claridad en la presentación de la identidad de la propia fe. Además, es necesario decir que la doctrina reafirmada en la Carta Ordinatio sacerdotalis no puede dejar de favorecer la plena comunión con las Iglesias ortodoxas que, conformemente a la Tradición, han mantenido y mantienen con fidelidad la misma enseñanza. La singular originalidad de la Iglesia y del sacerdocio ministerial dentro de ella, reclaman una precisa claridad de criterios. Concretamente, no se debe perder nunca de vista que la Iglesia no encuentra la fuente de su fe y de su estructura constitutiva en los principios de la vida social de cada momento histórico. Reconociendo el mundo en el que vive y por cuya salvación obra, la Iglesia se sabe portadora de una fidelidad superior a la que se encuentra vinculada. Se trata de la fidelidad radical a la Palabra de Dios recibida por la misma Iglesia establecida por Cristo hasta el fin de los tiempos. (Congregación para la Doctrina de la Fe. En torno a la Respuesta de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la doctrina propuesta en la Carta Apostólica Ordinatio sacerdotalis, 28 de octubre de 1995)

  • El relativismo justifica el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure

El perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativista, que tratan de justificar el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure (o de principio). En consecuencia, se retienen superadas, por ejemplo, verdades tales como el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo, la naturaleza de la fe cristiana con respecto a la creencia en las otra religiones, el carácter inspirado de los libros de la Sagrada Escritura, la unidad personal entre el Verbo eterno y Jesús de Nazaret, la unidad entre la economía del Verbo encarnado y del Espíritu Santo, la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo, la mediación salvífica universal de la Iglesia, la inseparabilidad —aun en la distinción— entre el Reino de Dios, el Reino de Cristo y la Iglesia, la subsistencia en la Iglesia católica de la única Iglesia de Cristo. Las raíces de estas afirmaciones hay que buscarlas en algunos presupuestos, ya sean de naturaleza filosófica o teológica, que obstaculizan la inteligencia y la acogida de la verdad revelada. Se pueden señalar algunos: la convicción de la inaferrablilidad y la inefabilidad de la verdad divina, ni siquiera por parte de la revelación cristiana; la actitud relativista con relación a la verdad, en virtud de lo cual aquello que es verdad para algunos no lo es para otros; la contraposición radical entre la mentalidad lógica atribuida a Occidente y la mentalidad simbólica atribuida a Oriente; el subjetivismo de quien, considerando la razón como única fuente de conocimiento, se hace « incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la verdad del ser »; la dificultad de comprender y acoger en la historia la presencia de eventos definitivos y escatológicos; el vaciamiento metafísico del evento de la encarnación histórica del Logos eterno, reducido a un mero aparecer de Dios en la historia;el eclecticismo de quien, en la búsqueda teológica, asume ideas derivadas de diferentes contextos filosóficos y religiosos, sin preocuparse de su coherencia y conexión sistemática, ni de su compatibilidad con la verdad cristiana; la tendencia, en fin, a leer e interpretar la Sagrada Escritura fuera de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 4, 6 de agosto de 2000)

  • Es verdad de fe la unicidad de la Iglesia fundada por Cristo

El Señor Jesús, único salvador, no estableció una simple comunidad de discípulos, sino que constituyó a la Iglesia como misterio salvífico: Él mismo está en la Iglesia y la Iglesia está en Él (cf. Jn 15, 1ss; Gal 3,28; Ef 4, 15-16; Hch 9, 5); por eso, la plenitud del misterio salvífico de Cristo pertenece también a la Iglesia, inseparablemente unida a su Señor. Jesucristo, en efecto, continúa su presencia y su obra de salvación en la Iglesia y a través de la Iglesia (cf. Col 1,24-27), que es su cuerpo (cf. 1 Cor 12, 12-13.27; Col 1,18). Y así como la cabeza y los miembros de un cuerpo vivo aunque no se identifiquen son inseparables, Cristo y la Iglesia no se pueden confundir pero tampoco separar, y constituyen un único « Cristo total ». Esta misma inseparabilidad se expresa también en el Nuevo Testamento mediante la analogía de la Iglesia como Esposa de Cristo (cf. 2 Cor 11, 2; Ef 5, 25-29; Ap 21, 2.9). Por eso, en conexión con la unicidad y la universalidad de la mediación salvífica de Jesucristo, debe ser firmemente creída como verdad de fe católica la unicidad de la Iglesia por Él fundada. Así como hay un solo Cristo, uno solo es su cuerpo, una sola es su Esposa: « una sola Iglesia católica y apostólica ». Además, las promesas del Señor de no abandonar jamás a su Iglesia (cf. Mt 16, 18; 28, 20) y de guiarla con su Espíritu (cf. Jn 16, 13) implican que, según la fe católica, la unicidad y la unidad, como todo lo que pertenece a la integridad de la Iglesia, nunca faltaran. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 16, 6 de agosto de 2000)

  • Las Comunidades eclesiales cristianas que no han conservado el Episcopado válido no son Iglesia en sentido propio

Existe, por lo tanto, una única Iglesia de Cristo, que subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el Sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él. Las Iglesias que no están en perfecta comunión con la Iglesia católica pero se mantienen unidas a ella por medio de vínculos estrechísimos como la sucesión apostólica y la Eucaristía válidamente consagrada, son verdaderas iglesias particulares. Por eso, también en estas Iglesias está presente y operante la Iglesia de Cristo, si bien falte la plena comunión con la Iglesia católica al rehusar la doctrina católica del Primado, que por voluntad de Dios posee y ejercita objetivamente sobre toda la Iglesia el Obispo de Roma. Por el contrario, las Comunidades eclesiales que no han conservado el Episcopado válido y la genuina e íntegra sustancia del misterio eucarístico, no son Iglesia en sentido propio. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 17, sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, 6 de agosto de 2000)

 … juzga la idea de ascetismo, silencio y penitencia que tiene Francisco

  • La libertad positiva no es posible sin ascesis

La búsqueda de Dios mediante la oración debe ser precedida y acompañada de la ascesis y de la purificación de los propios pecados y errores, porque, según la palabra de Jesús, solamente “los limpios de corazón verán a Dios” (Mt 5, 8). […] En contra de lo que pensaban los estoicos y neoplatónicos, las pasiones no son, en sí mismas, negativas, sino que es negativa su tendencia egoísta y, por tanto,  el cristiano debe liberarse de ellapara llegar a aquel estado de libertad positiva que la Antigüedad cristiana llama “apatheia”, el Medioevo “impassibilitas” y los Ejercicios Espirituales ignacianos “indiferencia” [San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, n. 23 y passim.]. Esto es imposible sin una radical abnegación, como se ve también en San Pablo, que usa abiertamente la palabra “mortificación” (de las tendencias pecaminosas) [Cf. Col 3, 5; Rm 6, 11ss.; Gal 5, 24.]. Sólo esta abnegación hace al hombre libre para realizar la voluntad de Dios y participar en la libertad del Espíritu Santo. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta a los Obispos de la Iglesia Católica, n. 18, 15 de octubre de 1989)

 … juzga la idea de que la Iglesia no debe ser un punto de referencia que tiene Francisco

  • Cristo y la Iglesia son inseparables

El Señor Jesús, único Salvador, no estableció una simple comunidad de discípulos, sino que constituyó a la Iglesia como misterio salvífico: Él mismo está en la Iglesia y la Iglesia está en Él (cf. Jn 15, 1ss; Ga 3, 28; Ef 4, 15-16; Hch 9, 5); por eso, la plenitud del misterio salvífico de Cristo pertenece también a la Iglesia, inseparablemente unida a su Señor. Jesucristo, en efecto, continúa su presencia y su obra de salvación en la Iglesia y a través de la Iglesia(cf. Col 1,24-27), (cf. Lumen gentium, n. 14) que es su cuerpo (cf. 1 Co 12, 12-13.27; Col 1,18) (Lumen gentium, n. 7) Y así como la cabeza y los miembros de un cuerpo vivo aunque no se identifiquen son inseparables, Cristo y la Iglesia no se pueden confundir pero tampoco separar, y constituyen un único “Cristo total”. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 16, 6 de agosto de 2000)

  • El Pueblo de Dios necesita ser esclarecido sobre la verdadera doctrina

A estos Pastores, sucesores de Pedro y de los demás apóstoles, pertenece por institución divina enseñar a los fieles auténticamente, es decir, con la autoridad de Cristo, participada por ellos de diversos modos […] El Pueblo de Dios, para que no sufra menoscabo en la comunión de la única fe, dentro del único cuerpo de su Señor (cf. Ef 4, 4s), necesita especialmente de la intervención y de la ayuda del Magisterio cuando en su propio seno surgen y se difunden divisiones sobre la doctrina que hay que creer o mantener. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Mysterium Ecclesiae, n. 2, 24 de junio de 1973)

… juzga la idea de libertad religiosa que tiene Francisco

  • La única Iglesia elegida por Cristo es la Iglesia Católica

El Señor Jesús, único salvador, no estableció una simple comunidad de discípulos, sino que constituyo a la Iglesia como misterio salvífico: Él mismo está en la Iglesia y la Iglesia está en Él. […] Los fieles están obligados a profesar que existe una continuidad histórica – radicada en la sucesión apostólica – entre la Iglesia fundada por Cristo y la Iglesia católica: Esta es la única Iglesia de Cristo […] que nuestro Salvador confió después de su resurrección a Pedro para que la apacentara (Jn 24, 17), confiándole a él y a los demás Apóstoles su difusión y gobierno (cf. Mt 28,18ss.), y la erigió para siempre como “columna y fundamento de la verdad” (1 Tm 3, 15). (Congregación para la Doctrina de la Fe, Unicidad y unidad de la Iglesia, IV, 16) 

… juzga la idea del papel de las religiones no cristianas que tiene Francisco

  • No se puede identificar la fe teologal cristiana y la creencia en las otras religiones

Debe ser, por lo tanto, firmemente retenida la distinción entre la fe teologal y la creencia en las otras religiones. […] No siempre tal distinción es tenida en consideración en la reflexión actual, por lo cual a menudo se identifica la fe teologal, que es la acogida de la verdad revelada por Dios Uno y Trino, y la creencia en las otras religiones, que es una experiencia religiosa todavía en búsqueda de la verdad absoluta y carente todavía del asentimiento a Dios que se revela. Este es uno de los motivos por los cuales se tiende a reducir, y a veces incluso a anular, las diferencias entre el cristianismo y las otras religiones. (Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus, n. 7, 6 de agosto de 2000)

  • Los ritos no cristianos son obstáculo para la salvación

De hecho algunas oraciones y ritos pueden asumir un papel de preparación evangélica, en cuanto son ocasiones o pedagogías en las cuales los corazones de los hombres son estimulados a abrirse a la acción de Dios. A ellas, sin embargo no se les puede atribuir un origen divino ni una eficacia salvífica ex opere operato, que es propia de los sacramentos cristianos. Por otro lado, no se puede ignorar que otros ritos no cristianos, en cuanto dependen de supersticiones o de otros errores (cf. 1 Co 10, 20-21),constituyen más bien un obstáculo para la salvación. (Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus, n. 21, 6 de agosto de 2000)

  • Teorías relativistas niegan la universalidad salvífica de Cristo y la Iglesia

El perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativista, que tratan de justificar el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure (o de principio). En consecuencia, se retienen superadas, por ejemplo,verdades tales como el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo, la naturaleza de la fe cristiana con respecto a la creencia en las otras religiones, […] la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo, la mediación salvífica universal de la Iglesia […]. Se elaboran algunas propuestas teológicas en las cuales la revelación cristiana y el misterio de Jesucristo y de la Iglesia pierden su carácter de verdad absoluta y de universalidad salvífica, o al menos se arroja sobre ellos la sombra de la duda y de la inseguridad. (Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus, n. 4, 6 de agosto de 2000)

  • Los no cristianos se hallan en situación deficitaria cuanto a la salvación

[La Iglesia] excluye esa mentalidad indiferentista “marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que una religión es tan buena como otra”(Redemptoris missio, 36). Si bien es cierto que los no cristianos pueden recibir la gracia divina, también es cierto que objetivamente se hallan en una situación gravemente deficitaria si se compara con la de aquellos que, en la Iglesia, tienen la plenitud de los medios salvíficos (cf. Pío XII, Enc. Mystici corporis). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 22, 6 de agosto de 2000)

  • Los hombres no pueden salvarse de igual modo en cualquier religión

No se salva quien, sabiendo que la Iglesia ha sido divinamente instituida por Cristo, sin embargo rechaza someterse a la Iglesia o niega la obediencia al Romano Pontífice, vicario de Cristo en la tierra. […] [Pío XII] recuerda a los “por cierto inconsciente deseo y aspiración están ordenados al Cuerpo místico del Redentor”; no los excluye, en efecto, de la salvación, sino que por otra parte afirma que se encuentran en un tal estado “en que no pueden sentirse seguros de la propia salvación… porque carecen, sin embargo, de tantos y tan grandes dones y socorros celestiales cómo sólo en la Iglesia católica es posible gozar”.
Con esas prudentes palabras desaprueba tanto los que excluyen de la salvación eterna a todos los que se adhieren a la Iglesia sólo con un voto implícito como a los que falsamente sostienen que los hombres pueden igualmente ser salvados en toda religión.(Denzinger-Hünermann, 3867.3871-3872. Carta del Santo Oficio al arzobispo de Boston, 8 de octubre de 1949)

… juzga la idea de inmortalidad del alma que tiene Francisco

  • El alma subsiste después de la muerte

Esta Congregación, que tiene la responsabilidad de promover y de salvaguardar la doctrina de la fe, se propone recoger aquí lo que, en nombre de Cristo, enseña la Iglesia, especialmente sobre lo que acaece entre la muerte del cristiano y la resurrección universal. […] 3) La Iglesia afirma la supervivencia y la subsistencia, después de la muerte, de un elemento espiritual que está dotado de conciencia y de voluntad, de manera que subsiste el mismo “yo” humano. Para designar este elemento, la Iglesia emplea la palabra “alma”, consagrada por el uso de la Sagrada Escritura y de la tradición. Aunque ella no ignora que este término tiene en la Biblia diversas acepciones, opina, sin embargo, que no se da razón alguna válida para rechazarlo, y considera al mismo tiempo que un término verbal es absolutamente indispensable para sostener la fe de los cristianos. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta Recentiores episcoporum synodi, 17 de mayo de 1979)

  • El castigo eterno espera al pecador y a los que tienen fe, la luz de Cristo

La Iglesia, en una línea de fidelidad al Nuevo Testamento y a la Tradición, cree en la felicidad de los justos que estarán un día con Cristo. Ella cree en el castigo eterno que espera al pecador, que será privado de la visión de Dios, y en la repercusión de esta pena en todo su ser. […] El cristiano debe mantener firmemente estos dos puntos esenciales; debe creer, por una parte, en la continuidad fundamental existente, en virtud del Espíritu Santo, entre la vida presente en Cristo y la vida futura ―en efecto, la caridad es la ley del Reino de Dios y por nuestra misma caridad en la tierra se medirá nuestra participación en la gloria divina en el cielo―; pero, por otra parte, el cristiano debe ser consciente de la ruptura radical que hay entre la vida presente y la futura, ya que la economía de la fe es sustituida por la de la plena luz: nosotros estaremos con Cristo y “veremos a Dios” (cf. 1 Jn 3, 2.); promesa y misterio admirables en los que consiste esencialmente nuestra esperanza. Si la imaginación no puede llegar allí, el corazón llega instintiva y profundamente. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta Recentiores episcoporum synodi, 17 de mayo de 1979)

… juzga la idea de esencia de la divinidad que tiene Francisco

  • La Iglesia proclama el verdadero misterio de Dios

La misión universal de la Iglesia nace del mandato de Jesucristo y se cumple en el curso de los siglos en la proclamación del misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y del misterio de la encarnación del Hijo, como evento de salvación para toda la humanidad. Es éste el contenido fundamental de la profesión de fe cristiana:Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador de cielo y tierra […]. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial con el Padre, por quien todo fue hecho (Conc. de Constantinopla I,Symbolum Costantinopolitanum: DS 150). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 1)

… juzga la idea de paz que tiene Francisco

  • Las teorías relativistas juzgan un peligro para la paz el anuncio misionero de la Iglesia 

Hoy, sin embargo, ‘el perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativista, que tratan de justificar el pluralismo religioso, no sólode facto sino también de iure (o de principio)’ (cf. Dominus Iesus, n.4). Desde hace mucho tiempo se ha ido creando una situación en la cual, para muchos fieles, no está clara la razón de ser de la evangelización (cf. Evangelii Nuntiandi, n.80). Hasta se llega a afirmar que la pretensión de haber recibido como don la plenitud de la Revelación de Dios, esconde una actitud de intolerancia y un peligro para la paz. (Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la Evangelización, 3 de diciembre de 2007)

… juzga la idea de carne de Cristo y la pobreza como categoría teológica que tiene Francisco:

  • Jesús quiso llamar los excluidos a la conversión

Pero Jesús quiso también mostrarse cercano a quienes —aunque ricos en bienes de este mundo— estaban excluidos de la comunidad como “publicanos y pecadores”, pues él vino para llamarles a la conversión (Cf. Mc 2, 13-17; Lc 19, 1-10). La pobreza que Jesús declaró bienaventurada es aquella hecha a base de desprendimiento, de confianza en Dios, de sobriedad y disposición a compartir con otros. (Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Libertatis Conscientia, sobre libertad cristiana y liberación, n. 66)

  • Una preferencia que no significa exclusividad

En su significación positiva, la Iglesia de los pobres significa la preferencia, no exclusiva, dada a los pobres, según todas las formas de miseria humana, ya que ellos son los preferidos de Dios. (Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Libertatis nuntius, sobre algunos aspectos de la «Teología de la Liberación», n. 9)

  • Tentación de reducir el Evangelio de la salvación a un evangelio terrestre

Las diversas teologías de la liberación se sitúan, por una parte, en relación con la opción preferencial por los pobres reafirmada con fuerza y sin ambigüedades, después de Medellín, en la Conferencia de Puebla (Cf. n. 1134-1165 y n. 1166-1205), y por otra, en la tentación de reducir el Evangelio de la salvación a un evangelio terrestre. (Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Libertatis nuntius, sobre algunos aspectos de la «Teología de la Liberación», n. 5)

  • Una opción exclusiva por los pobres puede reducirla a particularismo

La opción preferencial por los pobres, lejos de ser un signo de particularismo o de sectarismo, manifiesta la universalidad del ser y de la misión de la Iglesia. Dicha opción no es exclusiva. Esta es la razón por la que la Iglesia no puede expresarla mediante categorías sociológicas e ideológicas reductivas, que harían de esta preferencia una opción partidista y de naturaleza conflictiva. (Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Libertatis Conscientia, sobre libertad cristiana y liberación, n. 68)

… juzga la idea de enseñar asuntos de moral que tiene Francisco

  • El silencio no es una pastoral válida

Se debe dejar bien en claro que todo alejamiento de la enseñanza de la Iglesia, o el silencio acerca de ella, so pretexto de ofrecer un cuidado pastoral, no constituye una forma de auténtica atención ni de pastoral válida. Sólo lo que es verdadero puede finalmente ser también pastoral. Cuando no se tiene presente la posición de la Iglesia seimpide que los hombres y las mujeres homosexuales reciban aquella atención que necesitan y a la que tienen derecho. (Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, n. 15, 1 de octubre de 1986) 

  • La correcta transmisión de la verdad depende de la fidelidad de quien ejercita el ministerio

Es evidente, además, que una clara y eficaz transmisión de la doctrina de la Iglesia [acerca del homosexualismo] a todos los fieles y a la sociedad en su conjunto depende en gran parte de la correcta enseñanza y de la fidelidad de quien ejercita el ministerio pastoral. Los Obispos tienen la responsabilidad particularmente grave de preocuparse de que sus colaboradores en el ministerio, y sobre todo los sacerdotes, estén rectamente informados y personalmente bien dispuestos para comunicar a todos la doctrina de la Iglesia en su integridad. (Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, n. 13, 1 de octubre de 1986)

… juzga la idea de acceso a los sacramentos y comunión y divorciados de segunda unión que tiene Francisco

  • Aplicación concreta de la prohibición de comulgar para divorciados en segunda unión

Si los divorciados se han vuelto a casar civilmente, se encuentran en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios y por consiguiente no pueden acceder a la Comunión eucarística mientras persista esa situación.
Esta norma de ninguna manera tiene un carácter punitivo o en cualquier modo discriminatorio hacia los divorciados vueltos a casar, sino que expresa más bien una situación objetiva que de por sí hace imposible el acceso a la Comunión eucarística: «Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio». (Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la Comunión Eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, n.4)

  • La comunión a los divorciados de segunda unión riñe con la doctrina de la Iglesia

El fiel que está conviviendo habitualmente «more uxorio» con una persona que no es la legítima esposa o el legítimo marido, no puede acceder a la Comunión eucarística. En el caso de que él lo juzgara posible, los pastores y los confesores, dada la gravedad de la materia y las exigencias del bien espiritual de la persona y del bien común de la Iglesia, tienen el grave deber de advertirle que dicho juicio de conciencia riñe abiertamente con la doctrina de la Iglesia. (Joseph Ratzinger, Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la Comunión Eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, n. 6, 14 de noviembre de 1994) 

… juzga la idea de incapacidad ante la crisis de la familia que tiene Francisco

  • Deber de enseñar la moral auténtica ante las nuevas situaciones

Corresponde a los obispos enseñar a los fieles la doctrina moral que se refiere a la sexualidad, cualesquiera que sean las dificultades que el cumplimiento de este deber encuentre en las ideas y en las costumbres que hoy se hallan extendidas. Esta doctrina tradicional debe ser profundizada, expresada de manera apta para esclarecer las conciencias ante las nuevas situaciones. (Congregación para a Doctrina de la Fe. Declaración Persona humana, 29 de diciembre de 1975, n. 13)

… juzga la idea de Fe en Dios que tiene Francisco

  • La creencia de las demás religiones no se puede identificar con la Fe Católica

7.- Debe ser, por lo tanto, firmemente retenida la distinción entre la fe teologal y la creencia en las otras religiones. Si la fe es la acogida en la gracia de la verdad revelada, que «permite penetrar en el misterio, favoreciendo su comprensión coherente »,21 la creencia en las otras religiones es esa totalidad de experiencia y pensamiento que constituyen los tesoros humanos de sabiduría y religiosidad, que el hombre, en su búsqueda de la verdad, ha ideado y creado en su referencia a lo Divino y al Absoluto.22
No siempre tal distinción es tenida en consideración en la reflexión actual, por lo cual a menudo se identifica la fe teologal, que es la acogida de la verdad revelada por Dios Uno y Trino, y la creencia en las otras religiones, que es una experiencia religiosa todavía en búsqueda de la verdad absoluta y carente todavía del asentimiento a Dios que se revela. Este es uno de los motivos por los cuales se tiende a reducir, y a veces incluso a anular, las diferencias entre el cristianismo y las otras religiones. (Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus, 6 de agosto de 2000)

… juzga la idea de Dios y de Verdad absoluta que tiene Francisco

  • Consecuencias de negar la plenitud de la Religión Católica

El perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativista, que tratan de justificar el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure (o de principio).En consecuencia, se retienen superadas, por ejemplo, verdades tales como el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo, la naturaleza de la fe cristiana con respecto a la creencia en las otra religiones, el carácter inspirado de los libros de la Sagrada Escritura, la unidad personal entre el Verbo eterno y Jesús de Nazaret, la unidad entre la economía del Verbo encarnado y del Espíritu Santo, la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo, la mediación salvífica universal de la Iglesia, la inseparabilidad —aun en la distinción— entre el Reino de Dios, el Reino de Cristo y la Iglesia, la subsistencia en la Iglesia católica de la única Iglesia de Cristo. […] Sobre la base de tales presupuestos, que se presentan con matices diversos, unas veces como afirmaciones y otras como hipótesis, se elaboran algunas propuestas teológicas en las cuales la revelación cristiana y el misterio de Jesucristo y de la Iglesia pierden su carácter de verdad absoluta y de universalidad salvífica, o al menos se arroja sobre ellos la sombra de la duda y de la inseguridad. […] 5. No pocas veces algunos proponen que en teología se eviten términos como « unicidad », « universalidad », « absolutez », cuyo uso daría la impresión de un énfasis excesivo acerca del valor del evento salvífico de Jesucristo con relación a las otras religiones. En realidad, con este lenguaje se expresa simplemente la fidelidad al dato revelado, pues constituye un desarrollo de las fuentes mismas de la fe. Desde el inicio, en efecto, la comunidad de los creyentes ha reconocido que Jesucristo posee una tal valencia salvífica, que Él sólo, como Hijo de Dios hecho hombre, crucificado y resucitado, en virtud de la misión recibida del Padre y en la potencia del Espíritu Santo, tiene el objetivo de donar la revelación (cf. Mt 11,27) y la vida divina (cf. Jn 1,12; 5,25-26; 17,2) a toda la humanidad y a cada hombre.
En este sentido se puede y se debe decir que Jesucristo tiene, para el género humano y su historia, un significado y un valor singular y único, sólo de él propio, exclusivo, universal y absoluto. Jesús es, en efecto, el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos. Recogiendo esta conciencia de fe, el Concilio Vaticano II enseña: « El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, Hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la historia humana, “punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización”, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones. Él es aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y de muertos ».[1] « Es precisamente esta singularidad única de Cristo la que le confiere un significado absoluto y universal, por lo cual, mientras está en la historia, es el centro y el fin de la misma: “Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin” (Ap 22,13)” [(46) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 6]. [Nota 45: Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 45. La necesidad y absoluta singularidad de Cristo en la historia humana está bien expresada por San Ireneo cuando contempla la preeminencia de Jesús como Primogénito: « En los cielos como primogénito del pensamiento del Padre, el Verbo perfecto dirige personalmente todas las cosas y legisla; sobre la tierra como primogénito de la Virgen, hombre justo y santo, siervo de Dios, bueno, aceptable a Dios, perfecto en todo; finalmente salvando de los infiernos a todos aquellos que lo siguen, como primogénito de los muertos es cabeza y fuente de la vida divina » (Demostratio, 39: SC 406, 138)]. (Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus, 6 de agosto de 2000)

… juzga la idea de unidad de la Iglesia que tiene Francisco

  • La Iglesia verdadera no es una especie de suma o síntesis de las otras confesiones denominadas cristianas

Pero, al mismo tiempo, los católicos están obligados a profesar que pertenecen, por misericordioso don de Dios, a la Iglesia fundada por Cristo y guiada por los sucesores de Pedro y de los demás Apóstoles, en quienes persiste íntegra y viva la primigenia institución y doctrina de la comunidad apostólica, que constituye el patrimonio perenne de verdad y santidad de la misma Iglesia. Por lo cual no pueden los fieles imaginarse la Iglesia de Cristo como si no fuera más que una suma ―ciertamente dividida, aunque en algún sentido una― de Iglesias y de comunidades eclesiales; y en ningún modo son libres de afirmar que la Iglesia de Cristo hoy no subsiste ya verdaderamente en ninguna parte, de tal manera que se la debe considerar como una meta a la cual han de tender todas las Iglesias y comunidades.  (Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Mysterium Ecclesiae, 24 de junio de 1973)

… juzga la idea de pastoralidad delante de las nuevas costumbres que tiene Francisco

  • La unión fuera del matrimonio profana el templo del Espíritu Santo

En efecto, el amor de los esposos queda asumido por el matrimonio en el amor con el cual Cristo ama irrevocablemente a la Iglesia, mientras la unión corporal en el desenfreno profana el templo del Espíritu Santo, en el que el mismo cristiano se ha convertido. Por consiguiente, la unión carnal no puede ser legítima sino cuando se ha establecido una definitiva comunidad de vida entre un hombre y una mujer. Así lo entendió y enseñó siempre la Iglesia, que encontró, además, amplio acuerdo con su doctrina en la reflexión de la sabiduría humana y en los testimonios de la historia. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Persona humana, n. 7, 29 de diciembre de 1975)