6 – ¿La consciencia errónea justifica?

Incluso en el fondo del alma del hombre más perverso brilla una centella inextinguible que le recuerda a cada momento la obligación de hacer el bien y evitar el mal. Por eso, nadie consigue cometer tropelías sin antes disculparlas delante de su conciencia. Francisco abre nuevos horizontes dentro de la Teología Moral al enseñar que Dios mira con agrado este procedimiento tan tristemente común en la naturaleza humana decaída.

Francisco

Cita A

 Enseñanzas del Magisterio

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Autores

Gregorio XVI

Los peligros de la libertad de conciencia

De esa cenagosa fuente del indiferentismo mana aquella absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, locura, que afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad de conciencia. Este pestilente error se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opiniones que, para ruina de la sociedad religiosa y de la civil, se extiende cada día más por todas partes, llegando la impudencia de algunos a asegurar que de ella se sigue gran provecho para la causa de la religión. ¡Y qué peor muerte para el alma que la libertad del error! decía San Agustín[21]. Y ciertamente que, roto el freno que contiene a los hombres en los caminos de la verdad, e inclinándose precipitadamente al mal por su naturaleza corrompida, consideramos ya abierto aquel abismo[22] del que, según vio San Juan, subía un humo que oscurecía el sol y arrojaba langostas que devastaban la tierra. De aquí la inconstancia en los ánimos, la corrupción de la juventud, el desprecio -por parte del pueblo- de las cosas santas y de las leyes e instituciones más respetables; en una palabra, la mayor y más mortífera peste para la sociedad, porque, aun la más antigua experiencia enseña cómo los Estados, que más florecieron por su riqueza, poder y gloria, sucumbieron por el solo mal de una inmoderada libertad de opiniones, libertad en la oratoria y ansia de novedades. [Nota 21: Ep. 166], [ nota 22: Apoc. 9, 3]. (Gregorio XVI, encíclica Mirari Vos, 15 de agosto de 1832)

Concilio Vaticano II

El deber de la Iglesia de predicar al único Dios verdadero

Por eso, a los no creyentes la Iglesia proclama el mensaje de salvación para que todos los hombres conozcan al único Dios verdadero y a su enviado Jesucristo, y se conviertan de sus caminos haciendo penitencia. Y a los creyentes les debe predicar continuamente la fe y la penitencia, y debe prepararlos, además, para los Sacramentos, enseñarles a cumplir todo cuanto mandó Cristo y estimularlos a toda clase de obras de caridad, piedad y apostolado, para que se ponga de manifiesto que los fieles, sin ser de este mundo, son la luz del mundo y dan gloria al Padre delante de los hombres. (Sacrosanctum Concilium, 9)

El cristiano tiene elementos suficientes para adecuar su vida a la Ley Divina

El hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el Primogénito entre muchos hermanos, recibe las primicias del Espíritu (Rm 8,23), las cuales le capacitan para cumplir la ley nueva del amor. (Gaudium et Spes, 22)

San Agustín

Tienen ignorancia invencible los que fueron engañados por otros, pero buscan diligentemente la verdad

Dijo en verdad el apóstol Pablo: ‘Después de una corrección, rehúye al hereje, sabiendo que el tal ha claudicado, peca y está condenado por sí mismo’. Pero no han de ser tenidos por herejes los que no defienden con terca animosidad su sentencia, aunque ella sea perversa y falsa; especialmente si ellos no la inventaron por propia y audaz presunción, sino que fueron seducidos e inducidos a error, porque la recibieron de sus padres, y con tal de que busquen por otra parte con prudente diligencia la verdad y estén dispuestos a corregirse cuando la encuentren. […] Por eso he escrito asimismo a algunos de los jefes donatistas, no cartas de comunión, pues hace ya tiempo que no las reciben de la unidad católica universal por su perversidad, sino cartas privadas, como pudiera enviarlas lícitamente a los paganos. Ellos las han leído; sin embargo, o no quisieron o, como parece más creíble, no pudieron contestar. Al enviarlas, me pareció que yo cumplía mi deber de caridad. (San Agustín, Sermón 43, n.1)

Pío IX

A pesar de la ignorancia invencible, es impío investigar sus límites

Efectivamente, por la fe debe sostenerse que nadie puede salvarse fuera de la Iglesia Apostólica Romana; ésta es la única arca de salvación y quien no hubiere entrado en ella, perecerá en el diluvio. Al mismo tiempo, se debe también tener por cierto quequienes ignoran la verdadera religión, cuando su ignorancia sea invencible, no son por ello culpables ante los ojos del Señor. Ahora, ¿quién será tan arrogante de poder señalar los límites de esta ignorancia conforme a la índole y variedad de los pueblos, regiones, caracteres y tantas otras cosas? Cuando libres de estos lazos corpóreos, veremos a Dios tal como es, entonces sí entenderemos ciertamente el estrecho y noble vinculo que une la misericordia y la  justicia divina; mas en cuanto permanezcamos en la tierraagravados por esta masa mortal que pesa al alma, conservemos como firmísimo, según la doctrina católica, que existe un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo (Ef 4,5). Pasar más allá en nuestra investigación, es impío. (Pío IX, Alocución Singulari quadam, 9 de diciembre de 1854)

Pablo VI

Sólo la Iglesia puede formar adecuadamente la conciencia y los fieles deben cooperar en esta misión

Por su parte, los fieles, en la formación de su conciencia, deben prestar diligente atención a la doctrina sagrada y cierta de la Iglesia . Pues por voluntad de Cristo la Iglesia católica es la maestra de la verdad, y su misión consiste en anunciar y enseñar auténticamente la verdad, que es Cristo, y al mismo tiempo declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana. Procuren además los fieles cristianos, comportándose con sabiduría con los que no creen, difundir “en el Espíritu Santo, en caridad no fingida, en palabras de verdad” (2 Cor., 6, 6-7) la luz de la vida, con toda confianza y fortaleza apostólica, incluso hasta el derramamiento de sangre. Porque el discípulo tiene la obligación grave para con Cristo Maestro de conocer cada día mejor la verdad que de El ha recibido, de anunciarla fielmente y de defenderla con valentía, excluyendo los medios contrarios al espíritu evangélico. Al mismo tiempo, sin embargo, la caridad de Cristo le acucia para que trate con amor, prudencia y paciencia a los hombres que viven en el error o en la ignorancia de la fe. (Pablo VI, Dignitatis humanae, 7 de diciembre de 1965)

Juan Pablo II

La conciencia errónea no se equipara al bien moral. El mal fruto de la ignorancia, no deja de ser un mal

63. De cualquier modo, la dignidad de la conciencia deriva siempre de la verdad: en el caso de la conciencia recta, se trata de la verdad objetiva acogida por el hombre; en el de la conciencia errónea, se trata de lo que el hombre, equivocándose, considera subjetivamente verdadero. Nunca es aceptable confundir un error subjetivo sobre el bien moral con la verdad objetiva, propuesta racionalmente al hombre en virtud de su fin, ni equiparar el valor moral del acto realizado con una conciencia verdadera y recta, con el realizado siguiendo el juicio de una conciencia errónea 108. El mal cometido a causa de una ignorancia invencible, o de un error de juicio no culpable, puede no ser imputable a la persona que lo hace; pero tampoco en este caso aquél deja de ser un mal, un desorden con relación a la verdad sobre el bien. Además, el bien no reconocido no contribuye al crecimiento moral de la persona que lo realiza; éste no la perfecciona y no sirve para disponerla al bien supremo. Así, antes de sentirnos fácilmente justificados en nombre de nuestra conciencia, debemos meditar en las palabras del salmo: «¿Quién se da cuenta de sus yerros? De las faltas ocultas límpiame» (Sal 19, 13). Hay culpas que no logramos ver y que no obstante son culpas, porque hemos rechazado caminar hacia la luz (cf. Jn 9, 39-41). […] 77. Para ofrecer los criterios racionales de una justa decisión moral, las mencionadas teorías tienen en cuenta la intención y las consecuencias de la acción humana. Ciertamente hay que dar gran importancia ya sea a la intención —como Jesús insiste con particular fuerza en abierta contraposición con los escribas y fariseos, que prescribían minuciosamente ciertas obras externas sin atender al corazón (cf. Mc 7, 20-21; Mt 15, 19)—, ya sea a los bienes obtenidos y los males evitados como consecuencia de un acto particular. Se trata de una exigencia de responsabilidad. Pero la consideración de estas consecuencias —así como de las intenciones— no es suficiente para valorar la calidad moral de una elección concreta. La ponderación de los bienes y los males, previsibles como consecuencia de una acción, no es un método adecuado para determinar si la elección de aquel comportamiento concreto es, según su especie o en sí misma, moralmente buena o mala, lícita o ilícita. Las consecuencias previsibles pertenecen a aquellas circunstancias del acto que, aunque puedan modificar la gravedad de una acción mala, no pueden cambiar, sin embargo, la especie moral. [Nota 108: Cf. S. Tomás de Aquino, De Veritate, q. 17, a. 4.] (Juan Pablo II, Veritatis Splendor, 6 de agosto de 1993)

Los cristianos hoy, en gran parte, se sienten extraviados, confusos, perplejos e incluso desilusionados…

Hoy, para un trabajo eficaz en el campo de la predicación, es necesario ante todo conocer bien la realidad espiritual y sicológica de los cristianos que viven en la sociedad moderna. Es necesario admitir con realismo, y con profunda y atormentada sensibilidad, que los cristianos hoy, en gran parte, se sienten extraviados, confusos, perplejos e incluso desilusionados; se han esparcido a manos llenas ideas contrastantes con la verdad revelada y enseñada desde siempre; se han propalado verdaderas y propias herejías, en el campo dogmático y moral, creando dudas, confusiones, rebeliones, se ha manipulado incluso la liturgia; inmersos en el “relativismo” intelectual y moral, y por esto, en el permisivismo, los cristianos se ven tentados por el ateísmo, el agnosticismo, el iluminismo vagamente moralista, por un cristianismo sociológico, sin dogmas definidos y sin moral objetiva. (Juan Pablo II. Discurso a los participantes en el Congreso Nacional Italiano sobre el tema “Misiones al Pueblo para los años 80”, n. 2, en 6 de febrero de 1981)

Catecismo

La buena intención no justifica cualquier acto humano

Es, por tanto, erróneo juzgar de la moralidad de los actos humanos considerando sólo la intención que los inspira o las circunstancias (ambiente, presión social, coacción o necesidad de obrar, etc.) que son su marco. Hay actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto; por ejemplo, la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el adulterio. No está permitido hacer el mal para obtener un bien. (Catecismo, 1756)


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