26 – La caridad material hecha a los pobres testimonia más el amor de la Iglesia que el estudio de los teólogos

Al hablar de caridad casi siempre pensamos en auxilios materiales ofrecidos a los más necesitados, lo que no deja de ser correcto. Dar limosna es un hábito laudable que siempre fue incentivado por la Santa Madre Iglesia. Sin embargo, no podemos olvidar que las obras de misericordia espirituales —instruir, aconsejar, consolar, confortar, perdonar y sufrir con paciencia (Catecismo de la Iglesia Católica, 2447)—, son más importantes que las corporales —dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y presos, y enterrar los muertos.

Dentro de la Iglesia florecieron como en un jardín exuberante las más diversas órdenes religiosas dedicadas a la asistencia material del prójimo, pero ¿alguna vez se consideraron dispensadas de la obligación de instruir en la verdadera doctrina a aquellos desventurados que yacen en las tinieblas del error?

Francisco

Cita A

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

 I- Primado de las obras de misericordia espirituales sobre las materiales
II- Primado del estudio de la teología
III- Del estudio de la teología, también emana la verdadera caridad

 I- Primado de las obras de misericordia espirituales sobre las materiales

 Benedicto XVI

El cuidado del alma es más necesario que el sustento material

La Iglesia es una de estas fuerzas vivas: en ella late el dinamismo del amor suscitado por el Espíritu de Cristo. Este amor no brinda a los hombres sólo ayuda material, sino también sosiego y cuidado del alma, una ayuda con frecuencia más necesaria que el sustento material. La afirmación según la cual las estructuras justas harían superfluas las obras de caridad, esconde una concepción materialista del hombre: el prejuicio de que el hombre vive “sólo de pan” (Mt 4, 4; cf. Dt 8, 3), una concepción que humilla al hombre e ignora precisamente lo que es más específicamente humano. (Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 28, 25 de diciembre de 2005)

El verdadero trabajo en el campo del Señor es librar a los hombres de la pobreza de la verdad

Es la hora de la misión: queridos amigos, el Señor os envía a vosotros a su mies. Debéis cooperar en la tarea de la que habla el profeta Isaías en la primera lectura: “El Señor me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados” (Is 61, 1). Este es el trabajo para la mies en el campo de Dios, en el campo de la historia humana: llevar a los hombres la luz de la verdad, liberarlos de la pobreza de verdad, que es la verdadera tristeza y la verdadera pobreza del hombre. Llevarles la buena noticia que no es sólo palabra, sino también acontecimiento: Dios, él mismo, ha venido a nosotros. Nos toma de la mano, nos lleva hacia lo alto, hacia sí mismo, y así cura el corazón desgarrado. Damos gracias al Señor porque manda obreros a la mies de la historia del mundo. (Benedicto XVI, Homilía, 5 de febrero de 2011) 

San Juan XXIII

¡No olvidéis los enfermos del alma!

Vosotros queréis aliviar los sufrimientos físicos, pero, bien lo sabemos, no olvidáis que al margen de vuestra actividad están, por desgracia, los más necesitados y los enfermos más contagiosos que son los pecadores obstinados y rebeldes. […] La confusión que reina en este punto en algunos sectores exige el esfuerzo de todas las almas cristianas de buen sentido para ser inexorables y decididas en un ejercicio difícil y paciente de verdadera caridad, y no desaprovechar ocasión para edificar, recordar, corregir, elevar. Jugar con el fuego es siempre perjudicial: et qui amat periculum in illo peribit (Eccl 3, 27). (San Juan XXIII. Discurso a los delegados de las obras de misericordia de Roma, 21 de febrero de 1960)

Pío XI

Iluminar nuestros hermanos con la luz de la fe es la más perfecta caridad

Y si Cristo puso como nota característica de sus discípulos el amarse mutuamente (Jn 13, 35; 15, 12), ¿qué mayor ni más perfecta caridad podremos mostrar a nuestros hermanos que el procurar sacarlos de las tinieblas de la superstición e iluminarlos con la verdadera fe de Jesucristo? Este beneficio, no lo dudéis, supera a las demás obras y demostraciones de caridad tanto cuando aventaja el alma al cuerpo, el cielo a la tierra y lo eterno a lo temporal. (Pío XI. Rerum Ecclesiae, n. 20-21, 28 de febrero de 1926)

Santo Tomás de Aquino

Las limosnas corporales no son superiores a las espirituales

Hay dos maneras de comparar estas limosnas. En primer lugar, considerándolas como son en sí mismas. Desde este punto de vista, las espirituales son superiores a las corporales por tres razones: Primera, porque lo que se da es en sí mismo de mayor valor, ya que se trata de un don espiritual, siempre mayor que un don corporal, según leemos en Pr 4, 2: Os daré un buen don: no olvidéis mi ley. Segunda: la atención a quien recibe el beneficio: el alma es más noble que el cuerpo. Por donde, como el hombre debe mirar por sí mismo más en cuanto al espíritu que en cuanto al cuerpo, otro tanto debe hacer con el prójimo, a quien está obligado a amar como a sí mismo. Tercera, por las acciones mismas con que se auxilia al prójimo: las acciones espirituales son más nobles que las corporales, que en cierto modo son serviles. (São Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 32, a.3) 

San Pío X

Grande parte de los condenados al infierno son los que ignoraron los misterios de la fe

Por lo cual Nuestro predecesor Benedicto XIV escribió justamente: Afirmamos que la mayor parte de los condenados a las penas eternas padecen su perpetua desgracia por ignorar los misterios de la fe, que necesariamente se deben saber y creer para ser contados entre los elegidos. (San Pío X, Acerbo nimis, n. 3, 15 de abril de 1905) 

San Beda

Limosna no es solamente saciar el hambre

Limosna no sólo el que da de comer al que tiene hambre y otras necesidades por el estilo. (Catena Aurea 10137 –Lc 11,37-)

San Gregorio Magno

¡No neguéis al prójimo la limosna de vuestra palabra!

“Los labios del sacerdote guardan la ciencia, y de su boca buscan la ley porque es ángel del Señor de los ejércitos” (Mal 2,7). Pero ese nombre tan elevado también vosotros lo podéis merecer si queréis; pues cada uno de vosotros en cuanto él alcanza, según la gracia divina que ha recibido, se aparta al prójimo del pecado, si procura exhortarle a obrar bien, si recuerda al que falta el reino o el suplicio eterno, es ciertamente ángel al usar las palabras de santa amonestación. Y ninguno diga: yo no sirvo para amonestar, no soy idóneo para exhortar. Haz lo que puedas, para que no se te pida cuenta en los tormentos de lo recibido y mal guardado. No había recibido más que un solo talento aquel que prefirió enterrarlo a gastarle en su provecho. Sabemos que para el tabernáculo del Señor se fabricaron por mandato suyo no sólo vasos, sino también copas. Por vasos se designa la doctrina abundante y por copas la ciencia escasa y pequeña. Lleno uno de la doctrina de la verdad colma la mente de los que le escuchan, y por lo que dice, ofrece como un vaso lleno; otro no puede decir todo lo que siente; más por cuanto lo expone como puede, es como si da a gustar una copa. Por lo tanto, puestos en el tabernáculo del Señor esto es, en la Iglesia, s no podéis administrar la doctrina santa en vasos, en cuanto podáis, auxiliados por la divina gracia, dad a vuestros prójimos copas de saludable doctrina. […] Quizá no tenga pan con que socorrer al necesitado; pero el que tiene lengua dispone de un bien mayor que puede distribuir; pues vale más el reanimar con el alimento de la palabra al alma que ha de vivir para siempre, que saciar con el pan terreno al cuerpo que ha de morir. Por lo tanto, hermanos, no neguéis al prójimo la limosna de vuestra palabra. (San Gregorio Magno, Homilia 4 in Evangelia)

San Jerónimo

El dinero de la doctrina cuanto más se da, tanto más se duplica

Puede entenderse esto también del dinero de la doctrina que nunca falta, sino que cuanto más se da, tanto más se duplica. (Catena Aurea 3533Mt 5,38-42)

II- Primado del estudio de la teología

  Santo Tomás de Aquino

La doctrina sagrada es la principal ciencia

Como quiera que esta ciencia [teológica] con respecto a algo es especulativa, y con respecto a algo es práctica, está por encima de todas las demás ciencias tanto especulativas como prácticas. De entre las ciencias especulativas se dice que una es superior a otra según la certeza que contiene, o según la dignidad de la materia que trata. En ambos aspectos, la doctrina sagrada está por encima de las otras ciencias especulativas. Con respecto a la certeza de las ciencias especulativas, fundada en la razón natural, que puede equivocarse, contrapone la certeza que se funda en la luz de la ciencia divina, que no puede fallar. Con respecto a la dignidad de la materia, porque la doctrina sagrada trata principalmente de algo que por su sublimidad sobrepasa la razón humana. Las otras ciencias sólo consideran lo que está sometido a la razón.  De entre las ciencias prácticas es más digna la que se orienta a un fin más alto, como lo civil a lo militar, puesto que el bien del ejército tiene por fin el bien del pueblo. El fin de la doctrina sagrada como ciencia práctica es la felicidad eterna que es el fin al que se orientan todos los objetivos de las ciencias prácticas. Queda patente, bajo cualquier aspecto, que la doctrina sagrada es superior a las otras ciencias. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 1, a.5)

Benedicto XVI

Quien no conoce la verdad puede caer en el sentimentalismo

La verdad es luz que da sentido y valor a la caridad. Esta luz es simultáneamente la de la razón y la de la fe, por medio de la cual la inteligencia llega a la verdad natural y sobrenatural de la caridad, percibiendo su significado de entrega, acogida y comunión. Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. (Benedicto XVI. Caritas in veritate, n. 3, 29 de junio de 2009)

Las Sagradas Escrituras, lámpara de nuestros pasos y luz en nuestro sendero

La Iglesia no vive de sí misma, sino del Evangelio, y en el Evangelio encuentra siempre de nuevo orientación para su camino. Es una consideración que todo cristiano debe hacer y aplicarse  a sí mismo: sólo quien se pone primero a la escucha de la Palabra, puede convertirse después en su heraldo. En efecto, el cristiano no debe enseñar su  propia sabiduría, sino la sabiduría de Dios, que a menudo se presenta como escándalo a los ojos del mundo (cf. 1 Co 1, 23). La Iglesia sabe bien que Cristo vive en las sagradas Escrituras. Precisamente por eso, como subraya la Constitución, ha tributado siempre a las divinas Escrituras una veneración semejante a la que reserva al Cuerpo mismo del Señor (cf. Dei Verbum, 21). (Benedicto XVI, Discurso al Congreso internacional en el XL aniversario de la Constitución Dei Verbum, 16 de septiembre de 2005)

San Juan Pablo II

La formación del sacerdote se construye en el estudio de la sagrada doctrina

La formación intelectual del futuro sacerdote se basa y se construye sobre todo en el estudio de la sagrada doctrina y de la teología. El valor y la autenticidad de la formación teológica dependen del respeto escrupuloso de la naturaleza propia de la teología, que los Padres sinodales han resumido así: “La verdadera teología proviene de la fe y trata de conducir a la fe”. Ésta es la concepción que constantemente ha enseñado la Iglesia Católica mediante su Magisterio. Ésta es también la línea seguida por los grandes teólogos, que enriquecieron el pensamiento de la Iglesia católica a través de los siglos. (San Juan Pablo II. Pastor dabo vobis, n. 53)

La dedicación al estudio teológico no es un elemento extrínseco y secundario

La formación intelectual, aun teniendo su propio carácter específico, se relaciona profundamente con la formación humana y espiritual, constituyendo con ellas un elemento necesario; en efecto, es como una exigencia insustituible de la inteligencia con la que el hombre, participando de la luz de la inteligencia divina, trata de conseguir una sabiduría que, a su vez, se abre y avanza al conocimiento de Dios y a su adhesión. […] Además, la situación actual […] exige un excelente nivel de formación intelectual, que haga a los sacerdotes capaces de anunciar —precisamente en ese contexto— el inmutable Evangelio de Cristo y hacerlo creíble frente a las legítimas exigencias de la razón humana. […] La dedicación al estudio, que ocupa una buena parte de la vida de quien se prepara al sacerdocio, no es precisamente un elemento extrínseco y secundario de su crecimiento humano, cristiano, espiritual y vocacional; en realidad, a través del estudio, sobre todo de la teología, el futuro sacerdote se adhiere a la palabra de Dios, crece en su vida espiritual y se dispone a realizar su ministerio pastoral. (San Juan Pablo II. Pastores dabo vobis, n. 51, 25 de marzo de 1992)

Toda teología está ordenada a alimentar la fe

Santo Tomás es muy explícito cuando afirma que la fe es como el habitus de la teología, o sea, su principio operativo permanente, y que “toda la teología está ordenada a alimentar la fe”. Por tanto, el teólogo es ante todo un creyente, un hombre de fe. Pero es un creyente que se pregunta sobre su fe (fides quaerens intellectum), que se pregunta para llegar a una comprensión más profunda de la fe misma. (San Juan Pablo II. Pastor dabo vobis, n. 53, 25 de marzo de 1992)

Teología: el estudio para comunicar a los demás la fe cristiana

En su reflexión madura sobre la fe, la teología se mueve en dos direcciones. La primera es la del estudio de la Palabra de Dios: la palabra escrita en el Libro sagrado, celebrada y transmitida en la Tradición viva de la Iglesia e interpretada auténticamente por su Magisterio. De aquí el estudio de la Sagrada Escritura, “la cual debe ser como el alma de toda la teología”: de los Padres de la Iglesia y de la liturgia, de la historia eclesiástica, de las declaraciones del Magisterio. La segunda dirección es la del hombre, interlocutor de Dios: el hombre llamado a “creer”, a “vivir” y a “comunicar” a los demás la fides y el ethos cristiano. De aquí el estudio de la dogmática, de la teología moral, de la teología espiritual, del derecho canónico y de la teología pastoral. (San Juan Pablo II, Pastor dabo vobis, n. 54, 25 de marzo de 1992)

San Pío X

La Sagrada Teología debe ocupar el primer puesto

Nadie ignora que entre las muchas y diversas materias que se ofrecen a un espíritu ávido de la verdad, la Sagrada Teología ocupa el primer puesto. […] Trabajad con denuedo en el estudio de las cosas naturales, pues así como ahora causan admiración los ingeniosos inventos y las empresas llenas de eficacia de hoy día, más adelante serán objeto de perenne aprobación y elogio. Pero todo esto sin detrimento alguno de los estudios sagrados. (San Pío X. Sacrorum Antistitum, n. 1, 1 de septiembre de 1910)

Muchos están llenos de erudición pero nada saben de la religión

¡Cuán comunes y fundados son, por desgracia, estos lamentos de que existe hoy un crecido número de personas, en el pueblo cristiano, que viven en suma ignorancia de las cosas que se han de conocer para conseguir la salvación eterna! Al decir “pueblo cristiano”, no Nos referimos solamente a la plebe, esto es, a aquellos hombres de las clases inferiores a quienes excusa con frecuencia el hecho de hallarse sometidos a dueños exigentes, y que apenas si pueden ocuparse de sí mismos y de su descanso; sino que también y, principalmente, hablamos de aquellos a quienes no falta entendimiento ni cultura y hasta se hallan adornados de una gran erudición profana, pero que, en lo tocante a la religión, viven temeraria e imprudentemente. ¡Difícil seria ponderar lo espeso de las tinieblas que con frecuencia los envuelven y —lo que es más triste— la tranquilidad con que permanecen en ellas! De Dios, soberano autor y moderador de todas las cosas, y de la sabiduría de la fe cristiana para nada se preocupan; y así nada saben de la Encarnación del Verbo de Dios, ni de la redención por El llevada a cabo; nada saben de la gracia, el principal medio para la eterna salvación; nada del sacrificio augusto ni de los sacramentos, por los cuales conseguimos y conservamos la gracia. En cuanto al pecado, ni conocen su malicia ni su fealdad, de suerte que no ponen el menor cuidado en evitarlo, ni en lograr su perdón; y así llegan a los últimos momentos de su vida, en que el sacerdote —por no perder la esperanza de su salvación— les ensena sumariamente la religión, en vez de emplearlos principalmente, según convendría, en moverles a actos de caridad; y esto, si no ocurre —por desgracia, con harta frecuencia— que el moribundo sea de tan culpable ignorancia que tenga por inútil el auxilio del sacerdote y juzgue que pueda traspasar tranquilamente los umbrales de la eternidad sin haber satisfecho a Dios por sus pecados. (San Pío X. Acerbo nimis, n. 2-3, 15 de abril de 1905) 

La doctrina cristiana nos hace conocer a Dios

Fácilmente se descubre que es así, porque, en efecto, la doctrina cristiana nos hace conocer a Dios y lo que llamamos sus infinitas perfecciones, harto más hondamente que las fuerzas naturales. ¿Y cómo esto? Mandándonos a un mismo tiempo reverenciar a Dios por obligaciones de fe, que se refiere a la razón; por deber de esperanza, que se refiere a la voluntad; y por deber de caridad, que se refiere al corazón, con la cual deja al hombre enteramente sometido a Dios, su Creador y Moderador. De la misma manera, solo la doctrina cristiana pone al hombre en posesión de su eminente dignidad natural en cuanto hijo del Padre celestial, que está en los cielos, que le hizo a su imagen y semejanza para vivir con él eternamente dichoso. Pero de esta misma dignidad y del conocimiento que de ella se ha de tener infiere Cristo que los hombres deben amarse como hermanos y vivir en la tierra como conviene a los hijos de la luz, no en comilonas y borracheras, no en deshonestidades y disoluciones, no en contiendas y envidias (Rm 13, 13); mándanos asimismo que nos entreguemos en manos de Dios, que es quien cuida de nosotros; que socorramos al pobre, hagamos bien a nuestros enemigos y prefiramos los bienes eternos del alma a los perecederos del tiempo. (San Pío X. Acerbo nimis, n. 4, 15 de abril de 1905)

Sixto V

La teología es necesaria para rebatir los errores y herejías

El conocimiento y ejercicio de esta saludable ciencia, que fluye de las abundantísimas fuentes de las diversas letras, Sumos Pontífices, Santos Padres y Concilios, pudo siempre proporcionar grande auxilio a la Iglesia, ya para entender e interpretar verdadera y sanamente las mismas Escrituras, ya para leer y explicar más segura y útilmente los Padres, ya para descubrir y rebatir los varios errores y herejías; pero en estos últimos días, en que llegaron ya los tiempos peligrosos descritos por el Apóstol, y hombres blasfemos, soberbios, seductores, crecen en maldad, errando e induciendo a otros a error, es en verdad sumamente necesaria para confirmar las dogmas de la fe católica y para refutar las herejías. (Sisto V. Bulla Triumphantis, an. 1588) 

III- Del estudio de la teología, también emana la verdadera caridad

Benedicto XVI

Para dar amor a los hermanos es necesario adquirirlo en escucha asidua de la Palabra de Dios

En la Sagrada Escritura, la llamada al amor del prójimo está unida al mandamiento de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (cf. Mc 12, 29-31). Por consiguiente, el amor al prójimo responde al mandato y al ejemplo de Cristo si se funda en un verdadero amor a Dios. Así es posible para el cristiano hacer experimentar a los demás a través de su entrega la ternura providente del Padre celestial, gracias a una configuración cada vez más profunda con Cristo. Para dar amor a los hermanos, es necesario tomarlo del fuego de la caridad divina, mediante la oración, la escucha asidua de la Palabra de Dios y una vida centrada en la Eucaristía. (Benedicto XVI, Discurso a la Soberana y Militar Orden de Malta, 9 de febrero de 2013) 

Es necesario redescubrir el gusto por el estudio de la Palabra de Dios

Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). (Benedicto XVI. Porta fidei, n. 2-3, 11 de octubre de 2011)

Es importante educar al Pueblo de Dios para acercarse a las Sagradas Escrituras

De aquí se deduce la importancia de educar y formar con claridad al Pueblo de Dios, para acercarse a las Sagradas Escrituras en relación con la Tradición viva de la Iglesia, reconociendo en ellas la misma Palabra de Dios. Es muy importante, desde el punto de vista de la vida espiritual, desarrollar esta actitud en los fieles. En este sentido, puede ser útil recordar la analogía desarrollada por los Padres de la Iglesia entre el Verbo de Dios que se hace “carne” y la Palabra que se hace “libro”. (Benedicto XVI, Verbum Domni, n.18, 30 de septiembre de 2010)  

Necesidad de una caridad intelectual como la de grandes Santos mendicantes y teólogos

Otro gran desafío eran las transformaciones culturales que estaban teniendo lugar en ese periodo. Nuevas cuestiones avivaban el debate en las universidades, que nacieron a finales del siglo XII. Frailes Menores y Predicadores no dudaron en asumir también esta tarea y, como estudiantes y profesores, entraron en las universidades más famosas de su tiempo, erigieron centros de estudio, produjeron textos de gran valor, dieron vida a auténticas escuelas de pensamiento, fueron protagonistas de la teología escolástica en su mejor período e influyeron significativamente en el desarrollo del pensamiento. Los más grandes pensadores, santo Tomás de Aquino y san Buenaventura, eran mendicantes, trabajando precisamente con este dinamismo de la nueva evangelización, que renovó también la valentía del pensamiento, del diálogo entre razón y fe. También hoy hay una “caridad de la verdad y en la verdad”, una “caridad intelectual” que ejercer, para iluminar las inteligencias y conjugar la fe con la cultura. El empeño puesto por los Franciscanos y los Dominicos en las universidades medievales es una invitación, queridos fieles, a hacerse presentes en los lugares de elaboración del saber, para proponer, con respeto y convicción, la luz del Evangelio sobre las cuestiones fundamentales que afectan al hombre, su dignidad, su destino eterno. Pensando en el papel de los Franciscanos y de los Dominicos en la Edad Media, en la renovación espiritual que suscitaron, en el soplo de vida nueva que infundieron en el mundo, un monje dijo: “En aquel tiempo el mundo envejecía. Pero en la Iglesia surgieron dos Órdenes, que renovaron su juventud, como la de un águila” (Burchard d’Ursperg, Chronicon). (Benedicto XVI, Audiencia general, 13 de enero de 2010)

San Juan Pablo II

La falta de formación ocasiona graves obstáculos al auténtico anuncio del Evangelio

El mayor desafío de nuestra época brota de la vasta y progresiva separación entre la fe y la razón, entre el Evangelio y la cultura. Los estudios dedicados a este inmenso campo se multiplican día tras día en el marco de la nueva evangelización. En efecto, el anuncio de la salvación encuentra muchos obstáculos, que brotan de conceptos erróneos y de una grave falta de formación adecuada. (San Juan Pablo II. Inter munera academiarum, n. 2, 28 de enero de 1999)

San Juan XXIII

La Iglesia tiene el deber de ofrecer la verdad a los pueblos

La difusión de la verdad y de la caridad de Cristo es la verdadera misión de la Iglesia, que tiene el deber de ofrecer a los pueblos “en la medida más grande posible, las sustanciales riquezas de su doctrina y de su vida, mantenedoras de un orden social cristiano”. Ella, por ende, en los territorios de Misión, provee con toda largueza posible aun a las iniciativas de carácter social y asistencial que son de suma conveniencia a las comunidades cristianas y a los pueblos entre los que ellas viven. Mas cuídese bien de no agobiar el apostolado misionero con un conjunto de instituciones de orden puramente profano. Bastará con aquellos servicios indispensables de fácil mantenimiento y de utilidad práctica, cuyo funcionamiento pueda lo antes posible ser puesto en manos del personal local, y que se dispongan las cosas de tal suerte que al personal propiamente misionero se le ofrezca la posibilidad de dedicar las mejores energías al ministerio de la enseñanza de la santificación y de la salvación. (San Juan XXIII, Princeps Pastorum, n. 12, 28 de noviembre de 1959) 

Pío XII

Quién desea animar a los demás debe dedicarse a los estudios de las sagradas ciencias

Si todos vosotros queréis ser luz de la verdad, que viene de Cristo, ante todo tenéis que ser ilustrados vosotros mismos por esa verdad. Por ello os dedicáis con ahínco a los estudios de las sagradas ciencias. Si ansiáis encender los ánimos de los hombres en la caridad de Cristo, vosotros mismos debéis arder antes en esa caridad. A ello responde vuestra educación religioso-ascética. (Pío XII. Discurso a los colegios eclesiásticos de Roma, 24 de junio de 1939)

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