107 – Jesús vino al mundo para aprender a ser hombre

Después de la desobediencia de Adán y Eva en el Paraíso, solamente el mismo Dios podía reparar el ultraje que fuera infringido por el pecado del hombre. Esa ofensa Dios la quiso reparar con la venida al mundo de su Hijo Unigénito, hecho Hombre en el seno de María. La Encarnación del Hijo de Dios es uno de los más grandes misterios de nuestra fe, misterio de la sabiduría divina que se esconde bajo la humanidad.

El Creador quiso encarnarse para manifestar junto a los hombres la gloria del Padre e indicar el verdadero camino de santidad hacia Él. Por eso no dudó en humillarse a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz (cf. Flp 2, 8). Veamos qué nos dice la Iglesia acerca de este trecho de la epístola a los Filipenses contrastadas con las enseñanzas novedosas del innovador predicador de Santa Marta.

Francisco

01

Cita A

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores
I – ¿Cristo aprendió a ser obediente sólo en el sufrimiento?
II –
Caminando con los hombres ¿el deseo de Cristo era rebajarse o elevar a los hombres?
III –
La recta interpretación de Filipenses 2, 8: “se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz”

I – ¿Cristo aprendió a ser obediente sólo en el sufrimiento?

Sagradas Escrituras

Jesús vino hacer la voluntad del Padre

Jesús les dice: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra”. (Jn 4, 34)

“No busco mi voluntad”

Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. (Jn 5, 30)

Cristo bajó del Cielo para hacer la voluntad del Padre

He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. (Jn 6, 38)

Las obras de Jesús son encargo del Padre

Los judíos agarraron de nuevo piedras para apedrearlo. Jesús les replicó: “Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre, por cuál de ellas me apedreáis?” (Jn 10, 31-32)

Catecismo de la Iglesia Católica

Todos los milagros, prodigios y obras de Jesús son testimonio de su obediencia al Padre

Jesús acompaña sus palabras con numerosos “milagros, prodigios y signos” (Hch 2, 22) que manifiestan que el Reino está presente en El. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado (cf. Lc 7, 18-23). Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado (cf. Jn 5, 36; 10, 25). Invitan a creer en Jesús (cf. Jn 10, 38). Concede lo que le piden a los que acuden a él con fe (cf. Mc 5, 25-34; 10, 52, etc.). Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquél que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que él es Hijo de Dios (cf. Jn 10, 31-38). Pero también pueden ser “ocasión de escándalo” (Mt 11, 6). No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos (cf. Jn 11, 47-48); incluso se le acusa de obrar movido por los demonios (cf. Mc 3, 22). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 547-548)

La voluntad humana de Cristo es en todo coherente con la del Padre

De manera paralela, la Iglesia confesó en el VI Concilio Ecuménico que Cristo posee dos voluntades y dos operaciones naturales, divinas y humanas, no opuestas, sino cooperantes, de forma que el Verbo hecho carne, en su obediencia al Padre, ha querido humanamente todo lo que ha decidido divinamente con el Padre y el Espíritu Santo para nuestra salvación (cf. III Concilio de Constantinopla, año 681: DS, 556-559). La voluntad humana de Cristo “sigue a su voluntad divina sin hacerle resistencia ni oposición, sino todo lo contrario, estando subordinada a esta voluntad omnipotente” (ibíd., 556). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 475)

“He aquí que yo vengo, oh Dios, a hacer tu voluntad”

En Cristo, y por medio de su voluntad humana, la voluntad del Padre fue cumplida perfectamente y de una vez por todas. Jesús dijo al entrar en el mundo: “He aquí que yo vengo, oh Dios, a hacer tu voluntad” (Hb 10,7 Ps 40,8). Sólo Jesús puede decir: “Yo hago siempre lo que le agrada a él” (Jn 8, 29). En la oración de su agonía, acoge totalmente esta voluntad: “No se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22,42; cf. Jn 4, 34 Jn 5, 30 Jn 6, 38). He aquí por qué Jesús “se entregó a sí mismo por nuestros pecados según la voluntad de Dios” (Gal 1, 4). “Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo” (Heb 10, 10). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2824)

También en los momentos de gloria Jesús fue obediente

Tú te has transfigurado en la montaña, y, en la medida en que ellos eran capaces, tus discípulos han contemplado tu Gloria, oh Cristo Dios, a fin de que cuando te vieran crucificado comprendiesen que Tu Pasión era voluntaria y anunciasen al mundo que Tú eres verdaderamente la irradiación del Padre (Liturgia bizantina, Kontakion de la Fiesta de la Transfiguración). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 555)

II – Caminando con los hombres ¿el deseo de Cristo era rebajarse o elevar a los hombres?

San Ireneo de Lyon

Llevar los hombres a la comunión con Dios por la filiación divina

Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios. (San Ireneo de Lyon citado por el Catecismo de la Iglesia Católica. Contra los herejes, 3, 19, 1)

San Atanasio de Alejandría

Elevarnos a la divinidad

Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios. (San Atanasio de Alejandría. De Incarnatione, 54, 3. PG 25, 192B)

La Liturgia de las Horas

Nos dar parte en la divinidad

¡Oh admirable intercambio! El Creador del género humano, tomando cuerpo y alma, nace de la Virgen y, hecho hombre sin concurso de varón, nos da parte en su divinidad. (La Liturgia de las Horas. Solemnidad de la Santísima Virgen María Madre de Dios, Antífona de I y II Vísperas)

Santo Tomás de Aquino

Manifestar la verdad y salvar a los pecadores

El género de vida de Cristo debió ser tal que concordase con el fin de la encarnación, por la que vino a este mundo. Y vino al mundo, primero, para manifestar la verdad, como El mismo dijo en Jn 18, 37: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad”. Por tal motivo, no debía ocultarse, llevando una vida solitaria, sino manifestarse en público, predicando a la luz del día. De donde, en Lc 4, 42-43, dice a los que trataban de retenerle: “También a otras ciudades tengo que anunciar el evangelio del Reino de Dios, pues para esto he sido enviado.” Segundo, vino para liberar a los hombres del pecado, conforme a lo que se lee en 1 Tm 1, 15: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 40, a. 1)

Catecismo de la Iglesia Católica

Quiso manifestar el amor de Dios por nosotros

El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 9). “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 458)

Jesús, modelo de santidad para los hombres y norma de la nueva ley

El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: “Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí…” (Mt 11, 29). “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la Transfiguración, ordena: “Escuchadle” (Mc 9, 7; cf. Dt 6, 4-5). Él es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la Ley nueva: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15, 12). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 459)

Juan Pablo II

Vino para restablecer la verdad en la relación entre el hombre y Dios…

Pero debemos reflexionar también sobre el motivo de la Encarnación: ¿por qué el Hijo asumió la naturaleza humana, insertándose —Él, que es la trascendencia infinita— en nuestra historia y sometiéndose a todos los límites del tiempo y del espacio? La respuesta la da Jesús mismo en la conversación con Pilato: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Jn 18, 37). En efecto, a la verdad se opone el pecado, cuya raíz más profunda es la mentira (cf. Jn 8, 44), por tanto la redención del pecado se obtiene con el restablecimiento de la verdad en la relación entre el hombre y Dios. Y Jesús vino al mundo para restablecer esta verdad esencial. (Juan Pablo II. Ángelus, n. 2, 22 de diciembre de 1991)

…liberar de la esclavitud del pecado, del mal, de la muerte

“Algo nuevo”: los cristianos sabemos que el Antiguo Testamento, cuando habla de “realidades nuevas”, se refiere en última instancia a la verdadera gran “novedad” de la historia: Cristo, que vino al mundo para liberar a la humanidad de la esclavitud del pecado, del mal y de la muerte. (Juan Pablo II. Visita pastoral a la parroquia romana de Nuestra Señora del Sufragio y San Agustín de Canterbury, n. 1, 1 de abril de 2001)

Elevar la humanidad al nivel de Dios y abrirle pleno acceso a la familiaridad divina

En la dignidad conferida de modo singularísimo a María, se manifiesta la dignidad que el misterio del Verbo hecho carne quiere conferir a toda la humanidad. Cuando el Hijo de Dios se abajó para hacerse hombre, semejante a nosotros en todo, menos en el pecado, elevó la humanidad al nivel de Dios. En la reconciliación realizada entre Dios y la humanidad, Él no quería restablecer simplemente la integridad y la pureza de la vida humana, herida por el pecado. Quería comunicar al hombre la vida divina y abrirle el pleno acceso a la familiaridad con Dios.
De este modo María nos hace comprender la grandeza del amor divino, no sólo para con Ella, sino para con nosotros. Ella nos introduce en la obra grandiosa, con la que Dios no se ha limitado a curar a la humanidad de las llagas del pecado, sino que le ha asignado un destino superior de íntima unión con Él. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 4 de enero de 1984)

Pío XII

Vino al mundo para glorificar y entregarse como víctima

No tendremos otra cosa que recomendaros, porque vivir de amor reparador y glorificador es vivir de la vida de Aquel que vino al mundo para glorificar al Padre y entregarse a sí mismo como víctima por la salvación del género humano; es vivir la quintaesencia del espíritu cristiano; es vivir la más alta perfección. (Pío XII. Discurso a un Grupo de Peregrino de Bilbao, 15 de mayo de 1956)

III – La recta interpretación de Filipenses 2, 8: “se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz”

Santo Tomás de Aquino

Humildad en la cual refleja la majestad

“El cual, teniendo la naturaleza de Dios”. Propone el ejemplo de Cristo, y para dar mayor realce a su humildad, la hace preceder de su majestad y seguir de su exaltación. […] Enaltece, en segundo lugar, la humildad de Cristo, por lo que hace al misterio de su Pasión, al decir: “humillóse a Sí mismo”; y muestra con la humildad el modo: “hecho obediente”. Es pues hombre, mas fuera de lo común, porque es Dios y hombre, y, no obstante eso, se humilló. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Carta a los Filipenses, lec. 2, Fil 2, 5-8)

Benedicto XVI

Hasta la muerte de cruz para manifestar el esplendor de su majestad divina

Ya subrayamos en otra ocasión que el texto tiene un movimiento descendente y otro ascendente. En el primero, Cristo Jesús, desde el esplendor de su divinidad, que le pertenece por naturaleza, elige descender hasta la humillación de la “muerte de cruz”. Así se hace realmente hombre y nuestro redentor, con una auténtica y plena participación en nuestra realidad humana de dolor y muerte. El segundo movimiento, ascendente, revela la gloria pascual de Cristo que, después de la muerte, se manifiesta de nuevo en el esplendor de su majestad divina. (Benedicto XVI. Audiencia general, n. 1-2, 26 de octubre de 2005)

Teodoreto de Ciro

Camino rebosante de amor y justicia para liberar a los hombres

El Creador, con sabiduría y justicia, actuó por nuestra salvación, dado que no quiso servirse sólo de su poder para concedernos el don de la libertad ni armar únicamente la misericordia contra aquel que ha sometido al género humano, para que aquel no acusara a la misericordia de injusticia, sino que inventó un camino rebosante de amor a los hombres y, a la vez, dotado de justicia. En efecto, después de unir a sí la naturaleza del hombre ya vencida, la lleva a la lucha y la prepara para reparar la derrota, para vencer a aquel que un tiempo había logrado inicuamente la victoria, para librarse de la tiranía de quien cruelmente la había hecho esclava y para recobrar la libertad originaria”. (Teodoreto de Ciro. De Providentia, Oratio 10, 747)

San Atanasio de Alejandría

Padeció en su propia carne para ofrecerse como víctima al Padre

Y si está escrito que “se humilló” con referencia a la encarnación, es evidente que “fue exaltado” también con referencia a la misma. Como hombre tenía necesidad de esta exaltación, a causa de la bajeza de la carne y de la muerte. Siendo imagen del Padre y su Verbo inmortal, tomó la forma de esclavo, y como hombre soporto en su propia carne la muerte, para ofrecerse así a sí mismo como ofrenda al Padre en favor nuestro. Y así también, como hombre, está escrito que fue exaltado por nosotros en Cristo, así también todos nosotros en Cristo somos exaltados, y resucitados de entre los muertos y elevados a los cielos “en los que penetro Jesús como precursor nuestro. (San Atanasio de Alejandría. Oratio contra Arianos I, 95B. PG 26)

Benedicto XVI

La muerte de Jesús nace de su libre opción de obediencia al Padre

Esta participación radical y verdadera en la condición humana, excluido el pecado (cf. Heb 4, 15), lleva a Jesús hasta la frontera que es el signo de nuestra finitud y caducidad, la muerte. Ahora bien, su muerte no es fruto de un mecanismo oscuro o de una ciega fatalidad: nace de su libre opción de obediencia al designio de salvación del Padre (cf. Flp 2, 8). (Benedicto XVI. Audiencia general, n. 3, 1 de junio de 2005)

Juan Pablo II

Con el sufrimiento en la cruz ha vuelto el amor traicionado por Adán

La humanidad, sometida al pecado en los descendientes del primer Adán, en Jesucristo ha sido sometida perfectamente a Dios y unida a él y, al mismo tiempo, está llena de misericordia hacia los hombres. Se tiene así una nueva humanidad, que en Jesucristo por medio del sufrimiento de la cruz ha vuelto al amor, traicionado por Adán con su pecado. (Juan Pablo II. Encíclica Dominum et vivificantem, n. 40, 18 de mayo de 1986)

Misterio de la Encarnación y de la Redención expresado en Flp 2, 8

“Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 5-8). Se describe aquí el misterio de la Encarnación y de la Redención, como despojamiento total de sí, que lleva a Cristo a vivir plenamente la condición humana y a obedecer hasta el final el designio del Padre. Se trata de un anonadamiento que, no obstante, está impregnado de amor y expresa el amor. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris Missio, n. 88, 7 de diciembre de 1990)


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