112 – Jesús había dicho que era el Pan bajado del cielo y que daría su carne como alimento y su sangre como bebida, aludiendo así claramente al sacrificio de su misma vida. ¡Tenemos necesidad de Jesús, de estar con Él, de alimentarnos en su mesa, con sus palabras de vida eterna!

En el pasado mes de agosto Francisco comentó el famoso discurso del “Pan de vida” relatado en el sexto capítulo del Evangelio de San Juan.

La rica sustancia teológica de este pasaje siempre alimentó la fe de los adoradores eucarísticos e inspiró en las almas un mayor reconocimiento hacia el grande don que Cristo nos dejó en el sacramento del Altar. Y no sólo, la profundidad de sus palabras fue el punto de partida para importantísimas consideraciones doctrinales sobre la Eucaristía. La unánime consideración de este anuncio como figura del sacramento del altar propició un tesoro de comentarios de papas, santos y doctores que se fundamentan en las palabras claras y arrebatadoras de Jesús: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo”.

Del lado de los protestantes, sin embargo… al analizar este pasaje se hace todo tipo de esfuerzo para interpretar las palabras pronunciadas por nuestro Redentor en la sinagoga de Cafarnaún como una “metáfora” que alude a su muerte próxima. ¿Será porque no quieren alimentarse y adorar a Jesús realmente presente en el augusto Sacramento? A nosotros no nos cabe profundizar tal problema en este estudio, aunque mucho habría que decir sobre la infelicidad de los que cierran los ojos para no reconocer que Cristo está realmente presente en la hostia consagrada.

En esta entrada la pregunta es todavía más inquietante. ¿Por qué Francisco, el hombre que debe instruir la grey del Señor, omite cualquier referencia a la Eucaristía cuando comenta este discurso? ¿Será posible desarrollar un tema más necesario para el bien de los fieles que el de la presencia real en las Sagradas Especies, sobre todo en el contexto del evangelista San Juan?

¿Por qué rompe la tradición de la Iglesia Católica cuando, como veremos, hace suyas las interpretaciones de los protestantes? ¿Será porque a su juicio faltan argumentos sólidos en la innumerable extensión de autores católicos que expliquen la verdadera doctrina de estos versículos? Sin embargo éstos existen, son muy claros y nuestros lectores los pueden apreciar aquí para mejor juzgar esta importante cuestión.

Francisco

Francisco-luteranos

Cita A

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores
I – El sexto capítulo del Evangelio de San Juan siempre fue interpretado por los Papas como doctrina clara referente a la Eucaristía
II – La Iglesia siempre ha entendido y predicado que la Eucaristía es verdadero alimento espiritual
III – El que tiene el deber de instruir los fieles no puede omitir las verdades de fe

Curiosas semejanzas entre Francisco y Lutero a respecto de esta perícopa evangélica…

  • Francisco:

francisco“Jesús había dicho que era el Pan bajado del cielo y que daría su carne como alimento y su sangre como bebida, aludiendo así claramente al sacrificio de su misma vida.”

  • Lutero:

lutero“Que esta sea la correcta comprensión del Evangelio [el texto que él estaba predicando], es decir, qué se debe entender sobre el comer y beber espiritual, las palabras demuestran lo que el Señor habla al final del capítulo: ‘es el espíritu que da la vida, la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida’ (v. 63). Con estas palabras Cristo quiere decir que alimentarse de la carne no aprovecha, mientras que creer que esta carne es el Hijo de Dios que bajó del cielo por mi causa y derramó su sangre por mí, esto es provechoso y es vida. Por eso comer la carne del Hijo de Dios y beber su sangre significa, como ya fue dicho, nada más que creer que su carne fue dada por mí y su sangre fue derramada por mí, y que Él ha vencido el pecado, la muerte, el demonio, el infierno y todo el mal por mí.” (Sermón sobre Juan proferido en la Fiesta de Corpus Christi quizás del año 1523, Die HauptBchriften Luthers in Chronologischer Reihenfolge. Von. P. E. Kretzmann, St. Louis, Mo.: Concordia Publishing House. Cf. St. Louis Ed., XI:2253; Erl. 15, 371-373; Walch XI, 2998-3001, ef. Weunar XII, 580-584)

I – El sexto capítulo del Evangelio de San Juan siempre fue interpretado por los Papas como doctrina clara referente a la Eucaristía

Benedicto XVI

En la Eucaristía Jesús ofrece su cuerpo y derrama su sangre por los hombres

En la Eucaristía, Jesús no da “algo”, sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. Él es el Hijo eterno que el Padre ha entregado por nosotros. En el Evangelio escuchamos también a Jesús que, después de haber dado de comer a la multitud con la multiplicación de los panes y los peces, dice a sus interlocutores que lo habían seguido hasta la sinagoga de Cafarnaúm: “Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo” (Jn 6, 32-33); y llega a identificarse él mismo, la propia carne y la propia sangre, con ese pan: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo” (Jn 6, 51). Jesús se manifiesta así como el Pan de vida, que el Padre eterno da a los hombres. (Benedicto XVI. Exhortación apostólica Sacramentum caritatis, n. 7, 22 de febrero de 2007)

Comulgar el cuerpo y la sangre de Cristo es participar de la vida divina de modo cada vez más consciente

El Señor Jesús, que por nosotros se ha hecho alimento de verdad y de amor, hablando del don de su vida nos asegura que “quien coma de este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 51). Pero esta “vida eterna” se inicia en nosotros ya en este tiempo por el cambio que el don eucarístico realiza en nosotros: “El que me come vivirá por mí” (Jn 6, 57). Estas palabras de Jesús nos permiten comprender cómo el misterio “creído” y “celebrado” contiene en sí un dinamismo que lo convierte en principio de vida nueva en nosotros y forma de la existencia cristiana. En efecto, comulgando el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo se nos hace partícipes de la vida divina de un modo cada vez más adulto y consciente. Análogamente a lo que San Agustín dice en las Confesiones sobre el Logos eterno, alimento del alma, poniendo de relieve su carácter paradójico, el santo Doctor imagina que se le dice: “Soy el manjar de los grandes: crece, y me comerás, sin que por eso me transforme en ti, como el alimento de tu carne; sino que tú te transformarás en mí”[VII, 10, 16: PL 32, 742]. En efecto, no es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; “nos atrae hacia sí” (Benedicto XVI. Exhortación apostólica Sacramentum caritatis, n. 70, 22 de febrero de 2007)

Con la multiplicación de los panes, Jesús anuncia el Pan Eucarístico

A continuación, la gente, al ver este milagro [la multiplicación de los panes] —que parecía ser la renovación tan esperada del nuevo “maná”, el don del pan del cielo—, quiere hacerlo su rey. Pero Jesús no acepta y se retira a orar solo en la montaña. Al día siguiente, en la otra orilla del lago, en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús interpretó el milagro, no en el sentido de una realeza de Israel, con un poder de este mundo, como lo esperaba la muchedumbre, sino en el sentido de la entrega de sí mismo: “El pan que yo voy a dar es mi carne por la vida del mundo” (Jn 6, 51). Jesús anuncia la cruz y con la cruz la auténtica multiplicación de los panes, el Pan eucarístico, su manera totalmente nueva de ser rey, una manera completamente opuesta a las expectativas de la gente. (Benedicto XVI. Audiencia general, 24 de mayo de 2006)

Juan Pablo II

La Eucaristía no es una metáfora: “Mi carne es verdadera comida” (Jn 6, 55)

La Eucaristía es verdadero banquete, en el cual Cristo se ofrece como alimento. Cuando Jesús anuncia por primera vez esta comida, los oyentes se quedan asombrados y confusos, obligando al Maestro a recalcar la verdad objetiva de sus palabras: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn 6, 53). No se trata de un alimento metafórico: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6, 55). (Juan Pablo II. Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 16, 17 de abril de 2003)

Cristo habla de manera que nadie puede dudar: Él mismo se dará como alimento

A todos los aquí presentes, a todos los uruguayos, Jesús dice esta tarde: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo” (Jn 6, 51). Después de veinte siglos de historia, la Iglesia sigue y siempre seguirá custodiando el tesoro de la Eucaristía como su don más precioso, como la fuente de donde brota toda su vida y su proyección en la historia humana. Con estas palabras pronunciadas en Cafarnaúm, Jesús promete a quien coma su pan que vivirá para siempre. (Juan Pablo II. Homilía en Montevideo, n. 2, 7 de mayo de 1988)

Pablo VI

Acoger con fe el don de la Eucaristía es acoger a Cristo

Por eso, haciendo eco al Doctor Angélico, el pueblo cristiano canta frecuentemente: “Visus tactus gustus in te fallitur, sed auditu solo tuto creditur: Credo quidquid dixit Dei Filius, Nil hoc Verbo veritatis verius.” [En ti se engaña la vista, el tacto, el gusto; sólo el oído cree con seguridad. Creo lo que ha dicho el Hijo de Dios, pues nada hay más verdadero que este Verbo de la verdad]. Más aún, afirma San Buenaventura: “Que Cristo está en el sacramento como signo, no ofrece dificultad alguna; pero que esté verdaderamente en el sacramento, como en el cielo, he ahí la grandísima dificultad; creer esto, pues, es muy meritorio” [In IV Sententiarum 10, 1, 1]. Por lo demás, esto mismo ya lo insinúa el Evangelio, cuando cuenta cómo muchos de los discípulos de Cristo, luego de oír que habían de comer su carne y beber su sangre, volvieron las espaldas al Señor y le abandonaron diciendo: “¡Duras son estas palabras! ¿Quién puede oírlas?” En cambio Pedro, al preguntarle el Señor si también los Doce querían marcharse, afirmó con pronta firmeza su fe y la de los demás apóstoles, con esta admirable respuesta: “Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 61-69). (Pablo VI. Encíclica Mysterium fidei, n. 3, 3 de septiembre de 1965)

La Eucaristía es fuente de esperanza como el mismo Jesús dijo en el Evangelio de Juan

Con convicción plena y absoluta pensamos que estas verdades servirán de guía y darán fuerza a vuestro ministerio apostólico con la esperanza gozosa de la venida de Nuestro Señor Jesucristo. La Eucaristía es nuestra fuente de esperanza porque es nuestra prenda de vida. El mismo Jesús lo dijo: “Yo soy el pan de vida… si alguno come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 48-51). En medio de los problemas del mundo moderno permanezcamos constantes en esta esperanza. Nuestro optimismo se basa, no en la negación falta de realismo de las dificultades y contradicciones enormes y manifiestas que acosan el reino de Dios, sino en la seguridad de que el misterio pascual del Señor Jesús en la Eucaristía actúa hasta el fin de los siglos y triunfa del pecado y de la muerte. (Pablo VI. Discurso a los obispos de las regiones pastorales IV y IX de Estados Unidos en visita ad limina, 15 de junio de 1978)

Catecismo de la Iglesia Católica

En el sexto capítulo de San Juan encontramos el primer anuncio de la Eucaristía

El primer anuncio de la Eucaristía dividió a los discípulos, igual que el anuncio de la pasión los escandalizó: “Es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?” (Jn 6, 60). La Eucaristía y la cruz son piedras de escándalo. Es el mismo misterio, y no cesa de ser ocasión de división. “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6, 67): esta pregunta del Señor resuena a través de las edades, como invitación de su amor a descubrir que sólo Él tiene “palabras de vida eterna” (Jn 6, 68), y que acoger en la fe el don de su Eucaristía es acogerlo a Él mismo. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1336)

Las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm preparan la institución de la Eucaristía

Los tres Evangelios sinópticos y San Pablo nos han transmitido el relato de la institución de la Eucaristía; por su parte, San Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras que preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como el pan de vida, bajado del cielo (cf. Jn 6). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1338)

La vida en Cristo se fundamenta en el banquete eucarístico

La comunión acrecienta nuestra unión con Cristo. Recibir la Eucaristía en la comunión da como fruto principal la unión íntima con Cristo Jesús. En efecto, el Señor dice: “Quien come mi Carne y bebe mi Sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6, 56). La vida en Cristo encuentra su fundamento en el banquete eucarístico: “Lo mismo que me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí” (Jn 6, 57). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1391)

Concilio de Trento (XIX Ecuménico)

Creamos y veneremos la eucaristía porque Cristo nos dio su carne para comer (Jn 6, 48 ss)

Y, finalmente, con paternal afecto amonesta el santo Concilio, exhorta, ruega y suplica, por las entrañas de misericordia de nuestro Dios (Lc 1, 78) que todos y cada uno de los que llevan el nombre cristiano convengan y concuerden ya por fin una vez en este “signo de unidad, en este vínculo de la caridad” (San Agustín, In Ioh. trat. 26, 13: PL 35, 1612); en este símbolo de, concordia, y, acordándose de tan grande majestad y de tan eximio amor de Jesucristo nuestro Señor que entregó su propia vida por precio de nuestra salud y nos dio su carne para comer (Jn 6, 48 ss), crean y veneren estos sagrados misterios de su cuerpo y de su sangre con tal constancia y firmeza de fe, con tal devoción de alma, con tal piedad y culto, que puedan recibir frecuentemente aquel pan sobre sustancial (Mt 6,11) y ése sea para ellos vida de su alma y salud perpetua de su mente, con cuya fuerza confortados (1R 19,18), puedan llegar desde el camino de esta mísera peregrinación a la patria celestial, para comer sin velo alguno el mismo pan de los ángeles (Ps 77,25) que ahora comen bajo los velos sagrados. (Denzinger-Hünermann 1649. Concilio de Trento, Sesión XIII, Decreto sobre el sacramento de la Eucaristía, 11 de octubre de 1551)

San León Magno

Debéis participar en la santa mesa sin ninguna duda sobre la verdad del cuerpo y sangre de Cristo

La verdad de la encarnación tiene su prueba tanto en la fiesta eucarística como en la institución divina de la limosna. Queridísimos, confesad con todo vuestro corazón y rechazad las mentiras de los herejes para que vuestro ayuno y limosna no sean ensuciados por cualquier contagio con el error: porque así nuestra ofrenda es limpia y nuestras ofrendas de misericordia, santas, cuando aquellos que las practican comprenden lo que hacen. Porque cuando el Señor dice “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Jn 6, 53), así debéis participar en la santa mesa sin ninguna duda sobre la verdad del cuerpo y sangre de Cristo. (San León I Magno. Sermón XCI en la Fiesta del Séptimo Mes, VI, III)

San Juan Damasceno

El Señor dijo: “este es mi cuerpo”, no “esto es una figura de mi cuerpo”

El pan de la mesa y el vino y agua son cambiados sobrenaturalmente, a través de la invocación y presencia del Espíritu Santo, en el cuerpo y sangre de Cristo y son no dos sino un solo y mismo [cuerpo]. […] El pan y el vino no son meras figuras del cuerpo y sangre de Cristo (¡Dios nos libre!) sino el cuerpo deificado del propio Señor. Pues el Señor dijo: “este es mi cuerpo”, no “esto es una figura de mi cuerpo”. Y: “mi sangre”, no “la figura de mi sangre”. (San Juan Damasceno. De fide orthodoxa, lib. IV, cap. XIII)

Santo Tomás de Aquino

Jesús nos une en este sacramento por la realidad de su cuerpo y de su sangre

Mientras tanto, sin embargo, no ha querido privarnos de su presencia corporal en el tiempo de la peregrinación, sino que nos une con él en este sacramento [de la Eucaristía] por la realidad de su cuerpo y de su sangre. Por eso dice en Jn 6, 57: Quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Por tanto, este sacramento es signo de la más grande caridad y aliento de nuestra esperanza, por la unión tan familiar de Cristo con nosotros. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 75, a. 1)

En la Eucaristía está todo el cuerpo de Cristo

En virtud del sacramento [de la Eucaristía], en este sacramento se contiene, en lo que se refiere a los alimentos del pan, no solamente la carne, sino todo el cuerpo de Cristo, o sea, los huesos, los nervios, etc. Y esto se deduce por la forma de este sacramento, en la que no se dice ésta es mi carne, sino esto es mi cuerpo. Y, por eso, cuando dice el Señor en Jn 6, 56: Mi carne es verdadera comida, la palabra carne se toma allí por todo el cuerpo, ya que, hablando de comer, parece que la palabra carne se acomoda mejor al uso humano. De hecho, los hombres comen de ordinario carne de animales, no huesos ni partes semejantes. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 76, a. 1, sol. 2)

II – La Iglesia siempre ha entendido y predicado que la Eucaristía es verdadero alimento espiritual

Benedicto XVI

La Eucaristía es el alimento del alma

Demos gracias a Dios por el don del pan, tanto por la Eucaristía, alimento del alma, como por el pan de cada día, alimento del cuerpo. Que Dios bendiga la cosecha de este año y a todos los que trabajan en ella. (Benedicto XVI. Audiencia general, 19 de agosto de 2009)

Juan Pablo II

La Iglesia se alimenta del “Pan vivo”, la Eucaristía

No puedo dejar pasar este Jueves Santo de 2003 sin detenerme ante el “rostro eucarístico” de Cristo, señalando con nueva fuerza a la Iglesia la centralidad de la Eucaristía. De ella vive la Iglesia. De este “pan vivo” se alimenta. ¿Cómo no sentir la necesidad de exhortar a todos a que hagan de ella siempre una renovada experiencia? (Juan Pablo II. Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 7, 17 de abril de 2003)

Pablo VI

El alimento espiritual de los fieles es Cristo, bajo las especies del pan y del vino

Cuanto hemos dicho brevemente acerca del sacrificio de la misa nos anima a exponer algo también sobre el sacramento de la Eucaristía, ya que ambos, sacrificio y sacramento, pertenecen al mismo misterio sin que se pueda separar el uno del otro. El Señor se inmola de manera incruenta en el sacrificio de la misa, que representa el sacrifico de la cruz, y nos aplica su virtud salvadora, cuando por las palabras de la consagración comienza a estar sacramentalmente presente, como alimento espiritual de los fieles, bajo las especies del pan y del vino. (Pablo VI. Encíclica Mysterium fidei, n. 5, 3 de septiembre de 1965)

Juan XXIII

Jesús alimenta nuestras almas con su cuerpo y sangre

Según las palabras del Divino Maestro la Eucaristía da la verdadera vida a los hombres. “En verdad en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros”, y “el que come este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 53, 58). Son palabras muy claras y solemnes. Jesús con su cuerpo y sangre alimenta nuestras almas para que vivan de su vida. (Juan XXIII. Mensaje al Congreso Eucarístico Nacional de Brasil, 2 de abril de 1960)

Pío XII

La Iglesia nos nutre en la Eucaristía con el “Pan de los ángeles”

Así, el alma se eleva más y mejor hacia Dios; así, el sacerdocio de Jesucristo se mantiene siempre activo en la sucesión de los tiempos, ya que la liturgia no es sino el ejercicio de este sacerdocio. Lo mismo que su Cabeza divina, también la Iglesia asiste continuamente a sus hijos, les ayuda y les exhorta a la santidad, para que, adornados con esta dignidad sobrenatural, puedan un día volver al Padre, que está en los cielos. Ella regenera dando vida celestial a los nacidos a la vida terrenal, los fortifica con el Espíritu Santo para la lucha contra el enemigo implacable; llama a los cristianos en torno a los altares, y con insistentes invitaciones les anima a celebrar y tomar parte en el sacrificio eucarístico, y los nutre con el pan de los ángeles, para que estén cada vez más fuertes; purifica y consuela a los que el pecado hirió y manchó. (Pío XII. Encíclica Mediador Dei, n. 32, 20 de noviembre de 1947)

Pío X

Cristo indicó repetidas veces la necesidad de comer a menudo su carne y beber su sangre

Estos deseos coinciden con los en que se abrazaba Nuestro Señor Jesucristo al instituir este Divino Sacramento. Pues Él mismo indico repetidas veces, con claridad suma, la necesidad de comer a menudo su carne y beber su sangre, especialmente con estas palabras: “Este es el pan que descendió del Cielo; no como el mana que comieron vuestros padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente” (Jn 6, 59). De la comparación del Pan de los Ángeles con el pan y con el maná fácilmente podían los discípulos deducir que, así como el cuerpo se alimenta de pan diariamente, y cada día eran recreados los hebreos con el maná en el desierto, del mismo modo el alma cristiana podría diariamente comer y regalarse con el Pan del Cielo. A más de que casi todos los Santos Padres de la Iglesia enseñan que el pan de cada día (Lc 11, 3), que se manda pedir en la oración dominical, no tanto se ha de entender del pan material, alimento del cuerpo, cuanto de la recepción diaria del Pan Eucarístico. (Pío X. Decreto Sacra tridentina synodus, n. 2, 20 de diciembre de 1905)

Concilio de Trento (XIX Ecuménico)

Jesús quiso que este sacramento se tomara como alimento espiritual de las almas

Así, pues, nuestro Salvador, cuando estaba para salir de este mundo al Padre, instituyó este sacramento en el que vino como a derramar las riquezas de su divino amor hacia los hombres, componiendo un memorial de sus maravillas (Sal 110, 4), y mandó que al recibirlo, hiciéramos memoria de Él (1 Cor 11, 24) y anunciáramos su muerte hasta que Él mismo venga a juzgar al mundo (1 Cor 11, 25). Ahora bien, quiso que este sacramento se tomara como espiritual alimento de las almas (Mt 26, 26) por el que se alimenten y fortalezcan (can. 5) los que viven de la vida de Aquel que dijo: “El que me come a mí, también él vivirá por mí” (Jn 6, 58), y como antídoto por el que seamos liberados de las culpas cotidianas y preservados de los pecados mortales. Quiso también que fuera prenda de nuestra futura gloria y perpetua felicidad, y juntamente símbolo de aquel solo cuerpo, del que es El mismo la cabeza (1 Co 11, 3, Ep 5, 23) y con el que quiso que nosotros estuviéramos, como miembros, unidos por la más estrecha conexión de la fe, la esperanza y la caridad, a fin de que todos dijéramos una misma cosa y no hubiera entre nosotros escisiones (cf. 1 Cor 1, 10). (Denzinger-Hünermann 1638. Concilio de Trento, Sesión XIII, Decreto sobre el sacramento de la Eucaristía, 11 de octubre de 1551)

San Cirilo de Jerusalén

La Eucaristía es pan celestial y bebida saludable

Existían también, en la antigua Alianza, los panes de la proposición; pero, puesto que se referían a una alianza caduca, tuvieron un final. Pero, en la nueva Alianza, el pan es celestial y la bebida saludable, y santifican el alma y el cuerpo. Pues, como el pan le va bien al cuerpo, así también el Verbo [Cristo] le va bien al alma. (San Cirilo de Jerusalén. Catequesis XXII, El Cuerpo y la Sangre del Señor, n. 5)

III – El que tiene el deber de instruir los fieles no puede omitir las verdades de fe

Pío VI

Cualquier omisión acerca de la transustanciación favorece a los herejes

En cuanto por semejante imprudente y sospechosa omisión se sustrae el conocimiento tanto de un artículo que pertenece a la fe, como de una voz consagrada por la Iglesia para defender su profesión contra las herejías, y tiende así a introducir el olvido de ella, como si se tratara de una cuestión meramente escolástica, es perniciosa, derogativa de la exposición de la verdad católica acerca del dogma de la transustanciación y favorecedora de los herejes. (Denzinger-Hünermann 2629. Pío VI, Bula Auctorem fidei, 28 de agosto de 1794)

Gregorio XVI

Nada debe quitarse de cuanto ha sido definido ni nada mudarse, tanto en la palabra como en el sentido

Bien cumpliréis vuestro deber si, como lo exige vuestro oficio, vigiláis tanto sobre vosotros como sobre vuestra doctrina, teniendo presente siempre que toda la Iglesia sufre con cualquier novedad, y que, según consejo del pontífice San Agatón, nada debe quitarse de cuanto ha sido definido, nada mudarse, nada añadirse, sino que debe conservarse puro tanto en la palabra como en el sentido. Firme e inconmovible se mantendrá así la unidad, arraigada como en su fundamento en la Cátedra de Pedro para que todos encuentren baluarte, seguridad, puerto tranquilo y tesoro de innumerables bienes allí mismo donde las Iglesias todas tienen la fuente de todos sus derechos. (Gregorio XVI. Encíclica Mirari vos, n. 4, 15 de agosto 1832)

León XIII

No se deben omitir ciertos puntos del Magisterio para ganar a aquellos que disienten

El fundamento sobre el que se fundan estas nuevas ideas es que, con el fin de atraer más fácilmente a aquellos que disienten de ella, la Iglesia debe adecuar sus enseñanzas mas conforme con el espíritu de la época, aflojar algo de su antigua severidad y hacer algunas concesiones a opiniones nuevas. Muchos piensan que estas concesiones deben ser hechas no solo en asuntos de disciplina, sino también en las doctrinas pertenecientes al “depósito de la fe”. Ellos sostienen que sería oportuno, para ganar a aquellos que disienten de nosotros, omitir ciertos puntos del Magisterio de la Iglesia que son de menor importancia, y de esta manera moderarlos para que no porten el mismo sentido que la Iglesia constantemente les ha dado.
Tal política tendería a separar a los católicos de la Iglesia en vez de atraer a los que disienten. No hay nada más cercano a nuestro corazón que tener de vuelta en el rebaño de Cristo a los que se han separado de Él, pero no por un camino distinto al señalado por Cristo. (León XIII. Carta Testem benevolentiae al Cardenal James Gibbons, 22 de enero 1899)

Es ilícito interpretar las Escrituras contra el sentido que les ha dado la Iglesia

El Concilio Vaticano abrazó la doctrina de los Padres, cuando renovando el decreto del Concilio Tridentino acerca de la interpretación de la palabra de Dios escrita, declaró que la mente de aquél es que en las materias de fe y costumbres que atañen a la edificación de la doctrina cristiana, ha de tenerse por verdadero sentido de la Sagrada Escritura aquel que mantuvo y sigue manteniendo la Santa Madre Iglesia, a quien toca juzgar del verdadero sentido e interpretación de las Escrituras Santas; y que por tanto, a nadie es lícito interpretar la misma Sagrada Escritura contra este sentido ni tampoco contra el unánime consentimiento de los Padres. (Denzinger-Hünermann 3281. León XIII. Encíclica Providentissimus Deus, 18 de noviembre de 1893)

Ambiguas y peligrosas son las interpretaciones que ponen de lado la doctrina de los Padres y de los Concilios

La Biblia es, pues, la principal y más asequible fuente de elocuencia sagrada. Pero quienes se constituyen en pregoneros de novedades, no alimentan el acervo de sus discursos de la fuente de agua viva, sino que insensatamente y equivocados se arriman a las cisternas agrietadas de la sabiduría humana; así, dando de lado a la doctrina inspirada por Dios, o a la de los Padres de la Iglesia y a la de los Concilios, todo se les vuelve airear los nombres y las ideas de escritores profanos y recientes, que todavía viven: estas ideas dan lugar con frecuencia a interpretaciones ambiguas o muy peligrosas. (León XIII citado por Pío X. Motu proprio Sacrorum antistitum, 1 de diciembre de 1910)

Pío X

Los que traspasan los límites puestos por los Padres y la Iglesia caen en gravísimos errores

Son lamentables los resultados con que los tiempos actuales, refractarios a toda mesura, van tras las novedades que la investigación de las supremas razones de las cosas ofrece, y caen en gravísimos errores al mismo tiempo que desprecian lo que es la herencia del género humano. Estos errores son mucho más graves cuando se trata de la ciencia sagrada, o de la interpretación de la Sagrada Escritura, o de los más importantes misterios de la fe. Es muy doloroso encontrar incluso no pocos escritores católicos que traspasan los límites puestos por los Santos Padres y por la Iglesia misma, y se dedican a desarrollar los dogmas de una manera que en realidad no es más que deformarlos; y esto con el pretexto de ofrecer una más profunda comprensión de los mismos y en nombre de la crítica histórica. (Pío X. Decreto Lamentabili sane exitu, 3 de julio de 1907)

Es oficio del Papa guardar la tradición de la Iglesia frente a novedades peligrosas

Al oficio de apacentar la grey del Señor que nos ha sido confiada de lo alto, Jesucristo señaló como primer deber el de guardar con suma vigilancia el depósito tradicional de la santa fe, tanto frente a las novedades profanas del lenguaje como a las contradicciones de una falsa ciencia. No ha existido época alguna en la que no haya sido necesaria a la grey cristiana esa vigilancia de su Pastor supremo; porque jamás han faltado, suscitados por el enemigo del género humano, “hombres de lenguaje perverso”, “decidores de novedades y seductores”, “sujetos al error y que arrastran al error”. (Pío X. Encíclica Pascendi Dominici gregis, n. 1.11.42, 8 de septiembre de 1907)

Para un modernista todo está sujeto a cambio

Así, pues, venerables hermanos, según la doctrina y maquinaciones de los modernistas, nada hay estable, nada inmutable en la Iglesia. (Pío X. Encíclica Pascendi Dominici gregis, n. 26-27, 8 de septiembre de 1907)

Benedicto XV

Cuidado con los que buscan la novedad en el modo de hablar de la cosas divinas

No solamente deseamos que los católicos se guarden de los errores de los modernistas, sino también de sus tendencias, o del espíritu modernista, como suele decirse; el que queda inficionado de este espíritu rechaza con desdén todo lo que sabe a antigüedad y busca, con avidez, la novedad en todas las cosas: en el modo de hablar de las cosas divinas, en la celebración del culto sagrado, en las instituciones católicas, y hasta en el ejercicio de la piedad. Queremos, por tanto, que sea respetada aquella ley de nuestros mayores: “No se innove nada, fuera de lo que es tradición”, la cual, si por una parte, ha de ser observada inviolablemente en las cosas de fe, por otra, sin embargo, debe servir de norma para todo aquello que pueda sufrir mutación, si bien, aún en esto vale generalmente la regla: “No con novedades, sino de una manera nueva”. (Benedicto XV. Encíclica Ad beatissimi apostolorum, 1 de noviembre de 1914)

Los que socavan la doctrina enseñada por los Padres son detractores de las Escrituras

No le faltan a la Escritura Santa otros detractores; nos referimos a quienes de tal manera abusan de principios de suyo rectos, con tal de que se contengan dentro de ciertos límites, que destruyen los fundamentos de la verdad de la Biblia y socavan la doctrina católica comúnmente enseñada por los Padres. (Denzinger-Hunermann 3654. Benedicto XV, Encíclica Spiritus Paraclitus, 15 de septiembre de 1920)

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)

El Magisterio debe servir a la palabra de Dios

Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer. Es evidente, por tanto, que la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin el otro, y que, juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas. (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Dei Verbum, n. 10, 18 de noviembre de 1965)

Conservar las tradiciones que aprendidas de palabra o por escrito

La predicación apostólica, que está expuesta de un modo especial en los libros inspirados, debía conservarse hasta el fin de los tiempos por una sucesión continua. De ahí que los Apóstoles, comunicando lo que de ellos mismos han recibido, amonestan a los fieles que conserven las tradiciones que han aprendido o de palabra o por escrito, y que sigan combatiendo por la fe que se les ha dado una vez para siempre. (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Dei Verbum, n. 8, 18 de noviembre de 1965)

Pablo VI

Grave responsabilidad de guardar la fe, tal cual el Magisterio la ha recibido

Insistíamos también sobre la grave responsabilidad que nos incumbe, que compartimos con nuestros hermanos en el Episcopado, de guardar inalterable el contenido de la fe católica que el Señor confió a los Apóstoles: traducido en todos los lenguajes, revestido de símbolos propios en cada pueblo, explicitado por expresiones teológicas que tienen en cuenta medios culturales, sociales y también raciales diversos, debe seguir siendo el contenido de la fe católica tal cual el Magisterio eclesial lo ha recibido y lo transmite.(Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 65, 8 de diciembre de 1975)

La Iglesia conserva rigurosamente la Revelación auténtica

Podemos entonces comprender por qué la Iglesia católica, ayer y hoy, da tanta importancia a la rigurosa conservación de la Revelación auténtica, y la considera como un tesoro inviolable, y tiene una conciencia tan severa de su deber fundamental de defender y de transmitir en términos inequívocos la doctrina de la fe; la ortodoxia es su primera preocupación; el magisterio pastoral su función primaria y providencial; la enseñanza apostólica fija de hecho los cánones de su predicación; y la consigna del Apóstol Pablo, Depositum custodi [Custodia el depósito] (1 Tim 6, 20; 2 Tim 1, 14), constituye para ella un compromiso tal, que sería una traición violar. La Iglesia maestra no inventa su doctrina; ella es testigo, es custodia, es intérprete, es medio; y, para cuanto se refiere a las verdades propias del mensaje cristiano, ella se puede decir conservadora, intransigente; y a quien le solicita que vuelva su fe más fácil, más relativa a los gustos de la cambiante mentalidad de los tiempos, responde con los Apóstoles: Non possumus, no podemos (Hch 4, 20). (Pablo VI. Audiencia general, 19 de enero 1972)

Pontificia Comisión Bíblica

Los que enseñan no deben apartarse jamás de la tradición de la Iglesia, ni siquiera en cosas mínimas

Finalmente, los que instruyen al pueblo cristiano con la predicación sagrada tienen necesidad de suma prudencia. Ante todo, enseñen la doctrina, recordando la recomendación de San Pablo: “Atiende a tu tarea de enseñar, y en esto persevera; haciendo esto, te salvarás tú y tus oyentes” (1 Tim 4, 16). […] Esta virtud de la prudencia debe ser ante todo característica de quienes difunden escritos de divulgación para los fieles. Sea su preocupación poner con claridad las riquezas de la palabra divina “para que los fieles se sientan movidos y enfervorizados para mejorar su propia vida” (Encíclica Divino afflante Spiritu; A.A.S. XXXV [1943], p. 320). Sean escrupulosos en no apartarse jamás de la doctrina común o de la tradición de la Iglesia ni siquiera en cosas mínimas, aprovechando los progresos de la ciencia bíblica y los resultados de los estudiosos modernos, pero evitando del todo las temerarias opiniones de los innovadores (cf. Carta Apostólica Quoniam in re biblica; Pío X Acta, III, p. 75). (Pontificia Comisión Bíblica. La verdad histórica sobre los Evangelios, n. 4, 21 de abril de 1964)


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