7 – Los jóvenes prefieren convivir sin casarse. Hay que acercarse a ellos.

No es ninguna novedad que los enemigos de la Santa Iglesia intenten manipular las palabras de la Jerarquía Eclesiástica a favor de sus espurios intereses. Aún en nuestros días la influencias de los pastores sobre las almas es demasiada como para que aquellos que querrían un mundo sin Dios no intenten desviarla de su recta finalidad . En las últimas décadas, no ha sido raro que esto se haga inclusive con las enseñanzas de los Papas, pero, con la ayuda de Dios, la verdad siempre ha triunfado.

Mucho han ayudado en este sentido las palabras claras que iluminan una época donde la distinción entre el bien y el mal parecería ser cada vez más difuso, palabras contracorriente que no temen el desprecio del mundo, como las del Beato Pablo VI, San Juan Pablo II o, más recientemente, Benedicto XVI. Y se agradece… porque los católicos necesitamos certezas firmes como rocas fundamentadas en la Fe inmortal de la Iglesia.

Uno de los temas que más necesita esta claridad es la moral familiar, tan vapuleada por todos los lados. Por eso, nada mejor que conocer evitar las expresiones dudosas… Veamos que ejemplo nos da al respecto tanto el Papa Francisco como los Pontífices anteriores.

Francisco

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Autores

Sagradas Escrituras

Rm 12, 2

No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto. (Rm 12, 2)

Juan Pablo II

El peligro de confundir los límites entre la Iglesia y el mundo y el deber de anunciar sin ambages la verdad

La cuestión principal concierne a la relación entre la Iglesia y el mundo. Este tema fue fundamental para el concilio Vaticano II, y sigue siéndolo para la vida de la Iglesia después de más de treinta años. La respuesta que demos a esa cuestión determinará la que daremos a otras muchas cuestiones importantes y prácticas. La secularización avanzada de la sociedad implica una tendencia a confundir los límites entre la Iglesia y el mundo. Algunos aspectos de la cultura dominante pueden condicionar a la comunidad cristiana en actitudes que el Evangelio no admite. A veces falta voluntad para poner en tela de juicio los presupuestos culturales, tal como pide el Evangelio. Esto va acompañado a menudo por un enfoque acrítico del problema del mal moral y por un rechazo a reconocer la realidad del pecado y la necesidad del perdón. Esta actitud se manifiesta en una concepción de la modernidad excesivamente optimista, junto con un malestar ante la cruz y sus implicaciones para la vida cristiana. Se olvida muy fácilmente el pasado, y se acentúa tanto la dimensión horizontal, que se debilita el sentido de lo sobrenatural. Un respeto erróneo del pluralismo lleva a un relativismo que pone en duda las verdades enseñadas por la fe y accesibles a la razón humana; y esto, a su vez, crea confusión acerca de lo que constituye la verdadera libertad. Todo esto causa incertidumbre sobre la contribución propia que la Iglesia está llamada a dar al mundo. Al hablar del diálogo de la Iglesia con el mundo, el Papa Pablo VI usó la expresión colloquium salutis. No se trata de un diálogo por sí mismo, sino de un diálogo que tiene como fuente la verdad y busca comunicar la verdad que libera y salva. El colloquium salutis exige que la Iglesia sea diferente precisamente por el bien del diálogo. La fuente inagotable de esa diferencia es la fuerza del misterio pascual, que proclamamos y comunicamos. En el misterio pascual descubrimos la verdad absoluta y universal, la verdad sobre Dios y sobre la persona humana, que ha sido confiada a la Iglesia y que ella ofrece a los hombres y mujeres de todos los tiempos. Los obispos nunca debemos perder la confianza en la llamada que hemos recibido, la llamada a una diakonía humilde y tenaz de esta verdad. La fe apostólica y la misión apostólica que hemos recibido nos imponen el solemne deber de anunciar la verdad en todos los ámbitos de nuestro ministerio. (Juan Pablo II. Discurso a la Conferencia Episcopal de Australia en visita “ad limina”, n. 3, 14 de diciembre de 1998)

La Iglesia jamás debe esconder la verdadera moral

La doctrina de la Iglesia, y en particular su firmeza en defender la validez universal y permanente de los preceptos que prohíben los actos intrínsecamente malos, es juzgada no pocas veces como signo de una intransigencia intolerable, sobre todo en las situaciones enormemente complejas y conflictivas de la vida moral del hombre y de la sociedad actual. Dicha intransigencia estaría en contraste con la condición maternal de la Iglesia. Ésta —se dice— no muestra comprensión y compasión. Pero, en realidad, la maternidad de la Iglesia no puede separarse jamás de su misión docente, que ella debe realizar siempre como esposa fiel de Cristo, que es la verdad en persona: ‘Como Maestra, no se cansa de proclamar la norma moral… De tal norma la Iglesia no es ciertamente ni la autora ni el árbitro. En obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección’. En realidad, la verdadera comprensión y la genuina compasión deben significar amor a la persona, a su verdadero bien, a su libertad auténtica. Y esto no se da, ciertamente, escondiendo o debilitando la verdad moral, sino proponiéndola con su profundo significado de irradiación de la sabiduría eterna de Dios, recibida por medio de Cristo, y de servicio al hombre, al crecimiento de su libertad y a la búsqueda de su felicidad. (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis splendor, n. 95, 6 de agosto de 1993)

La solución contra el relativismo moral se encuentra en la integridad del mensaje de Jesucristo

Las poderosas fuerzas de los medios de comunicación social y la industria del espectáculo se dirigen en gran parte a los jóvenes, que se descubren a sí mismos como el objetivo de ideologías opuestas que tratan de condicionar e influir en sus actitudes y acciones. Se crea confusión en los jóvenes, acosados por el relativismo moral y el indiferentismo religioso. ¿Cómo pueden afrontar la cuestión de la verdad y las exigencias de coherencia en el comportamiento moral cuando la cultura moderna les enseña a vivir como si no existieran valores absolutos, o les dice que se contenten con una vaga religiosidad? La pérdida generalizada del sentido trascendente de la existencia humana lleva al fracaso en la vida moral y social. Vuestra tarea, queridos hermanos en el episcopado, es mostrar la enorme importancia para los hombres y mujeres contemporáneos —y para las generaciones más jóvenes— de Jesucristo y su Evangelio, puesto que en él encuentran su realización las aspiraciones y necesidades más profundas del hombre. Es necesario escuchar de nuevo el mensaje salvífico de Jesucristo en todo su vigor y su fuerza, para experimentarlo y gustarlo plenamente. (Juan Pablo II. Discurso a la Conferencia Episcopal de Escocia en visita “ad limina”, n. 5, 4 de marzo de 2003)

La mejor pastoral familiar exige claridad doctrinal y no conformarse a las opiniones en boga

Una propuesta pastoral para la familia en crisis supone, como exigencia preliminar, claridad doctrinal, enseñada efectivamente en el campo de la teología moral, sobre la sexualidad y la valoración de la vida. Las opiniones opuestas de teólogos, sacerdotes y religiosos, divulgadas incluso por los medios de comunicación social, sobre las relaciones prematrimoniales, el control de la natalidad, la admisión de los divorciados a los sacramentos, la homosexualidad y el lesbianismo, la fecundación artificial, el uso de prácticas abortivas o la eutanasia, muestran el grado de incertidumbre y la confusión que turban y llegan a adormecer la conciencia de muchos fieles. En la base de la crisis se percibe la ruptura entre la antropología y la ética, marcada por un relativismo moral según el cual no se valora el acto humano con referencia a los principios permanentes y objetivos, propios de la naturaleza creada por Dios, sino conforme a una reflexión meramente subjetiva acerca de lo que es más conveniente para el proyecto personal de vida. Se produce entonces una evolución semántica en la que al homicidio se le llama muerte inducida, al infanticidio, aborto terapéutico, y el adulterio se convierte en una simple aventura extramatrimonial. Al no tener ya una certeza absoluta en las cuestiones morales, la ley divina se transforma en una propuesta facultativa dentro de la oferta variada de las opiniones más en boga. (Juan Pablo II. Discurso al octavo grupo de obispos de Brasil en visita “ad limina”, n. 6, 16 de noviembre de 2002)

Delante de las uniones de hecho, la urgencia de una pastoral que busque la regularización

Uniones libres de hecho. Se trata de uniones sin algún vínculo institucional públicamente reconocido, ni civil ni religioso. Este fenómeno, cada vez más frecuente, ha de llamar la atención de los pastores de almas, ya que en el mismo puede haber elementos varios, actuando sobre los cuales será quizá posible limitar sus consecuencias.
En efecto, algunos se consideran como obligados por difíciles situaciones —económicas, culturales y religiosas— en cuanto que, contrayendo matrimonio regular, quedarían expuestos a daños, a la pérdida de ventajas económicas, a discriminaciones, etc. En otros, por el contrario, se encuentra una actitud de desprecio, contestación o rechazo de la sociedad, de la institución familiar, de la organización socio-política o de la mera búsqueda del placer. Otros, finalmente, son empujados por la extrema ignorancia y pobreza, a veces por condicionamientos debidos a situaciones de verdadera injusticia, o también por una cierta inmadurez psicológica que les hace sentir la incertidumbre o el temor de atarse con un vínculo estable y definitivo. En algunos países las costumbres tradicionales prevén el matrimonio verdadero y propio solamente después de un período de cohabitación y después del nacimiento del primer hijo.
Cada uno de estos elementos pone a la Iglesia serios problemas pastorales, por las graves consecuencias religiosas y morales que de ellos derivan (pérdida del sentido religioso del matrimonio visto a la luz de la Alianza de Dios con su pueblo, privación de la gracia del sacramento, grave escándalo), así como también por las consecuencias sociales (destrucción del concepto de familia, atenuación del sentido de fidelidad incluso hacia la sociedad, posibles traumas psicológicos en los hijos y afirmación del egoísmo).
Los pastores y la comunidad eclesial se preocuparán por conocer tales situaciones y sus causas concretas, caso por caso; se acercarán a los que conviven, con discreción y respeto; se empeñarán en una acción de iluminación paciente, de corrección caritativa y de testimonio familiar cristiano que pueda allanarles el camino hacia la regularización de su situación. Pero, sobre todo, adelántense enseñándoles a cultivar el sentido de la fidelidad en la educación moral y religiosa de los jóvenes; instruyéndoles sobre las condiciones y estructuras que favorecen tal fidelidad, sin la cual no se da verdadera libertad; ayudándoles a madurar espiritualmente y haciéndoles comprender la rica realidad humana y sobrenatural del matrimonio-sacramento. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 81, 22 de noviembre de 1981)

Benedicto XVI

La misericordia no cambia la naturaleza del pecado y exige correspondencia

Para evitar equívocos, conviene notar que la misericordia de Jesús no se manifiesta poniendo entre paréntesis la ley moral. Para Jesús el bien es bien y el mal es mal. La misericordia no cambia la naturaleza del pecado, pero lo quema en un fuego de amor. Este efecto purificador y sanador se realiza si hay en el hombre una correspondencia de amor, que implica el reconocimiento de la ley de Dios, el arrepentimiento sincero, el propósito de una vida nueva. A la pecadora del Evangelio se le perdonó mucho porque amó mucho. En Jesús Dios viene a darnos amor y a pedirnos amor. (Benedicto XVI. Homília en la visita pastoral a Asís con ocasión del VII centenario de la conversión de San Francisco, 17 de junio de 2007)

Pío X

La neutralidad delante de las acometidas del mundo es cobarde

A vosotros, venerables hermanos, a quienes la divina providencia ha constituido pastores y guías del pueblo cristiano, incumbe la obligación de procurar resistir con todo empeño a esta funestísima tendencia de la moderna sociedad, de adormecerse en una vergonzosa inercia, mientras recrudece la guerra contra la religión, procurando una cobarde neutralidad, por medio de rodeos y convenios, en detrimento del justo y honesto, y sin acordarse de aquella categórica sentencia de Cristo: ‘el que no está conmigo está contra mí’ (Mt 12, 30). (Pío X. Encíclica Communium rerum, 21 de abril de 1909)

Concilio Vaticano II

Necesidad ineludible de formar a los jóvenes según la verdadera moral conyugal

Hay que formar a los jóvenes, a tiempo y convenientemente, sobre la dignidad, función y ejercicio del amor conyugal, y esto preferentemente en el seno de la misma familia. Así, educados en el culto de la castidad, podrán pasar, a la edad conveniente, de un honesto noviazgo al matrimonio. (Concilio Vaticano II. Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 49)

León XIII

Obligación pastoral de preservar la santidad del matrimonio

Cristo, por consiguiente, habiendo renovado el matrimonio con tal y tan grande excelencia, confió y encomendó toda la disciplina del mismo a la Iglesia. La cual ejerció en todo tiempo y lugar su potestad sobre los matrimonios de los cristianos, y la ejerció de tal manera que dicha potestad apareciera como propia suya, y no obtenida por concesión de los hombres, sino recibida de Dios por voluntad de su fundador. Es de sobra conocido por todos, para que se haga necesario demostrarlo, cuántos y qué vigilantes cuidados haya puesto para conservar la santidad del matrimonio a fin de que éste se mantuviera incólume. Sabemos, en efecto, con toda certeza, que los amores disolutos y libres fueron condenados por sentencia del concilio de Jerusalén. (León XIII. Carta encíclica Arcanum Divinae Sapientiae, n. 9, 10 de febrero de 1880)

Fundamento del matrimonio cristiano

Tomaos el mayor cuidado de que los pueblos abunden en los preceptos de la sabiduría cristiana y no olviden jamás que el matrimonio no fue instituido por voluntad de los hombres, sino en el principio por autoridad y disposición de Dios, y precisamente bajo esta ley, de que sea de uno con una; y que Cristo, autor de la Nueva Alianza, lo elevó de menester de naturaleza a sacramento y que, por lo que atañe al vínculo, atribuyó la potestad legislativa y judicial a su Iglesia. Acerca de esto habrá que tener mucho cuidado de que las mentes no se vean arrastradas por las falaces conclusiones de los adversarios, según los cuales esta potestad le ha sido quitada a la Iglesia. Todos deben igualmente saber que, si se llevara a cabo entre fieles una unión de hombre con mujer fuera del sacramento, tal unión carece de toda fuerza y razón de legítimo matrimonio. (León XIII. Carta encíclica Arcanum Divinae Sapientiae, n. 24-25, 10 de febrero de 1880)

Pío IX

Las uniones fuera del matrimonio son concubinato

Pero ningún católico ignora o puede ignorar que el matrimonio es verdadera y propiamente uno de los siete sacramentos de la ley evangélica, instituído por Cristo Señor, y que, por tanto, no puede darse el matrimonio entre los fieles sin que sea al mismo tiempo sacramento, y, consiguientemente, cualquier otra unión de hombre y mujer entre cristianos, fuera del sacramento, sea cualquiera la ley, aun la civil, en cuya virtud esté hecha, no es otra cosa que torpe y pernicioso concubinato tan encarecidamente condenado por la Iglesia; y, por tanto, el sacramento no puede nunca separarse del contrato conyugal. (Denzinger-Hünermann 2998. Pío IX. Alocución Acerbissimum vobiscum, 27 de septiembre de 1852)

Congregación para la Doctrina de la Fe

La unión fuera del matrimonio profana el templo del Espíritu Santo

En efecto, el amor de los esposos queda asumido por el matrimonio en el amor con el cual Cristo ama irrevocablemente a la Iglesia, mientras la unión corporal en el desenfreno profana el templo del Espíritu Santo, en el que el mismo cristiano se ha convertido. Por consiguiente, la unión carnal no puede ser legítima sino cuando se ha establecido una definitiva comunidad de vida entre un hombre y una mujer. Así lo entendió y enseñó siempre la Iglesia, que encontró, además, amplio acuerdo con su doctrina en la reflexión de la sabiduría humana y en los testimonios de la historia. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Persona humana, n. 7, 29 de diciembre de 1975)

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