45 – “Jamás se sabe dónde y cómo encontrar a Dios”

Todo cristiano sabe, sobretodo cuando pasa por momentos de duda y aflicción, donde y como encontrar a Dios a fin de obtener alivio para el alma. La oración, sea mental o vocal, es el lugar donde tenemos la seguridad de poder encontrar a Dios, puesto que Él mismo nos ha prometido que “donde están dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estoy yo, en medio de ellos” (Mt 18, 19-20). El Altísimo está siempre dispuesto a escucharnos y atender nuestras necesidades, a cualquier hora podemos colocar nuestro espíritu en contacto con Él, basta recogernos del bullicio y dirigirle una plegaria para que misteriosamente nos hable en el fondo del corazón y de la conciencia. A primera vista, esta concepción, que tan natural suena a nuestros oídos, parece chocar con la afirmación de que a Dios “jamás se sabe dónde y cómo encontrarlo” porque “no eres tú el que fija el tiempo ni el lugar para encontrarte con Él”. ¿Dios ha cambiado su manera de obrar ante nuestras súplicas? ¿Hay una nueva manera de encontrarnos con Dios? Conviene aclarar conceptos.

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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I- Dios toma la iniciativa, pero exige de nuestra parte cooperación y ayuda
II – Dios nos dio los medios para encontrarlo con facilidad

I- Dios toma la iniciativa, pero exige de nuestra parte cooperación y ayuda

Pío XII

Un quietismo disparatado: dejar en manos de Dios toda iniciativa de nuestra vida espiritual

Ni menos alejado de la verdad esta el peligroso error de los que pretenden deducir de nuestra unión mística con Cristo una especie de quietismo disparatado, que atribuye únicamente a la acción del Espíritu divino toda la vida espiritual del cristiano y su progreso en la virtud, excluyendo -por lo tanto- y despreciando la cooperación y ayuda que nosotros debemos prestarle. Nadie, en verdad, podrá negar que el Santo Espíritu de Jesucristo es el único manantial del que proviene a la Iglesia y sus miembros toda virtud sobrenatural. Porque, como dice el Salmista, la gracia y la gloria la dará el Señor. Sin embargo, el que los hombres perseveren constantes en sus santas obras, el que aprovechen con fervor en gracia y en virtud, el que no solo tiendan con esfuerzo a la cima de la perfección cristiana sino que estimulen también en lo posible a los otros a conseguirla, todo esto el Espíritu celestial no lo quiere obrar sin que los mismos hombres pongan su parte con diligencia activa y cotidiana. Porque los beneficios divinos -dice San Ambrosio- no se otorgan a los que duermen, sino a los que velan. Que si en nuestro cuerpo mortal los miembros adquieren fuerza y vigor con el ejercicio constante, con mayor razón sucederá eso en el Cuerpo social de Jesucristo, en el que cada uno de los miembros goza de propia libertad, conciencia e iniciativa. Por eso quien dijo: Y yo vivo, o mas bien yo no soy el que vivo: sino que Cristo vive en mi, no dudó en afirmar: la gracia suya (es decir, de Dios) no estuvo baldía en mi, sino que trabajé más que todos aquellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo. (Pío XII, Carta encíclica Mystici Corporis, n. 38, 29 de junio de 1943)

 II – Dios nos dio los medios para encontrarlo con facilidad

Sagradas Escrituras

Jesús mismo nos enseño dónde y cómo encontrarlo

Asimismo yo les digo: si en la tierra dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir alguna cosa, mi Padre Celestial se lo concederá. Pues donde están dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estoy yo, en medio de ellos. (Mt 18, 19-20)

Catecismo de la Iglesia Católica

Podemos estar constantemente en presencia de Dios

Así, la vida de oración es estar habitualmente en presencia de Dios, tres veces Santo, y en comunión con Él. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2565)

Modos de colocarnos en presencia de Dios

El Señor conduce a cada persona por los caminos de la vida y de la manera que él quiere. Cada fiel, a su vez, le responde según la determinación de su corazón y las expresiones personales de su oración. No obstante, la tradición cristiana ha conservado tres expresiones principales de la vida de oración: la oración vocal, la meditación, y la oración de contemplación. Tienen en común un rasgo fundamental: el recogimiento del corazón. Esta actitud vigilante para conservar la Palabra y permanecer en presencia de Dios hace de estas tres expresiones tiempos fuertes de la vida de oración. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2699)

Concilio Vaticano II

La liturgia: un modo de encontrarnos con Dios

Para realizar una obra tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, “ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz”, sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los Sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos” (Mt., 18,20). Realmente, en esta obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima Esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y por El tributa culto al Padre Eterno. (Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada liturgia, n. 7, 4 de diciembre de 1963)

Pío XII

Dios fijó el tiempo y el lugar para encontrarnos con Él

[Dios] quiere que el culto instituido y tributado por El durante su vida terrena continúe sin interrupción ninguna. Porque no ha dejado huérfano al género humano, sino que, así como lo asiste siempre con su continuo y poderoso patrocinio, haciéndose en el cielo nuestro abogado ante el Padre [18], así también le ayuda mediante su Iglesia, en la cual está indefectiblemente presente en el transcurso de los siglos, Iglesia que El ha constituido columna de la verdad[19] y dispensadora de gracia, y que con el sacrificio de la cruz fundó, consagró y confirmó eternamente[20]. (Pío XII, Carta Encíclica Mediator Dei, n. 26, 20 de noviembre de 1947)

Encontrarse es bueno, pero vivir en Él todavía mejor y más necesario

Pero el elemento esencial del culto tiene que ser el interno; efectivamente, es necesario vivir en Cristo, consagrarse completamente a El, para que en El, con El y por El se dé gloria al Padre. (Pío XII, Carta Encíclica Mediator Dei, n. 34, 20 de noviembre de 1947)

Los sacramentos, traen a nuestras almas la propia vida de Dios

En las celebraciones litúrgicas, y particularmente en el augusto sacrificio del altar, se continúa sin duda la obra de nuestra redención y se aplican sus frutos. Cristo obra nuestra salvación cada día en los sacramentos y en su sacrificio, y, por su medio, continuamente purifica y consagra a Dios el género humano. Tienen éstos, por consiguiente, una virtud objetiva, con la cual, de hecho, hacen partícipes a nuestras almas de la vida divina de Jesucristo. Ellos tienen, pues, por divina virtud y no por la nuestra, la eficacia de unir la piedad de los miembros con la piedad de la Cabeza, y de hacerla, en cierto modo, una acción de toda la comunidad. (Pío XII, Carta Encíclica Mediator Dei, n. 42, 20 de noviembre de 1947)

En la Santa Misa, inequívocamente Dios se hará presente

Aquella inmolación incruenta con la cual, por medio de las palabras de la consagración, el mismo Cristo se hace presente en estado de víctima sobre el altar, la realiza sólo el sacerdote, en cuanto representa la persona de Cristo, no en cuanto tiene la representación de todos los fieles. (Pío XII, Carta Encíclica Mediator Dei, n. 112, 20 de noviembre de 1947)

Mediante la oración podemos encontrarnos con la misma Santísima Trinidad

A la excelsa dignidad de esa oración de la Iglesia [el Oficio Divino] ha de corresponder la intensa piedad de nuestra alma. Y pues la voz del que así ruega repite aquellos cantos que fueron escritos por inspiración del Espíritu Santo, que declaran y ensalzan la perfectísima grandeza de Dios, es menester que el interno sentimiento de nuestro espíritu acompañe esta voz, de tal manera que nos apropiemos aquellos mismos sentimientos, con los cuales nos elevamos hacia el cielo, adoremos la Santa Trinidad y le rindamos las debidas alabanzas y gracias. «Salmodiemos de forma que nuestra mente concuerde con nuestra voz». No se trata, pues, de un simple rezo, ni de un canto, que, aunque sea perfectísimo según las normas de la música y de los sagrados ritos, pueda sólo llegar a los oídos, sino sobre todo de la elevación de nuestra mente y de nuestro espíritu a Dios, para consagrarle absolutamente nuestras personas y todas nuestras acciones. (Pío XII, Carta Encíclica Mediator Dei, n. 180, 20 de noviembre de 1947)

San Ireneo

Nuestro punto de encuentro: Dios está en la Iglesia y la Iglesia está en Dios

En efecto, “en la Iglesia Dios puso apóstoles, profetas, doctores” (1Co 12,28), y todos los otros efectos del Espíritu. De éste no participan quienes no se unen a la Iglesia, sino que se privan a sí mismos de la vida por su mala doctrina y pésima conducta. Pues donde está la Iglesia ahí se encuentra el Espíritu de Dios, y donde está el Espíritu de Dios ahí está la Iglesia y toda la gracia, ya que el Espíritu es la verdad. (San Ireneo de Lyon, Contra herejes Liv.3 ch.24)

Juan Pablo II

Desde tiempos remotos Dios podía ser encontrado en su templo

De esta forma, el Dios santo e invisible se hacía disponible a su pueblo a través de Moisés, el legislador, Aarón, el sacerdote, y Samuel, el profeta. Se revelaba con palabras y obras de salvación y de juicio, y estaba presente en Sión por el culto celebrado en el templo. (Juan Pablo II. Audiencia, miércoles 27 de noviembre de 2002)

San Agustín

Si el alma no se eleva no se sabe como ni donde encontrar a Dios

Me doy cuenta de que mi Dios es algo superior a mi alma. Luego para ponerme en contacto con él, he meditado en todo esto y he levantado mi alma sobre mí. ¿Cuándo mi alma llegará a tocar lo que busca superior a mi alma, si mi alma no se eleva sobre sí misma? Si permanece en sí misma, no se verá más que a ella, y al verse a sí misma, ciertamente no verá a su Dios.(San Agustín, comentario al salmo 41, n. 8)

¿Donde encontrar a Dios?

El que tiene su casa sublime en lo secreto, tiene también en la tierra un tabernáculo. Esa su tienda en la tierra, es decir, su Iglesia, está todavía como peregrina. Pero es aquí donde hay que buscarlo, porque en esa tienda se encuentra el camino por el que se llega a la casa. Por eso, cuando elevaba mi alma sobre mí, para lograr encontrar a mi Dios, ¿por qué lo hice? Porque voy a entrar en la tienda. Así es, ya que fuera de esa tienda me equivocaré si busco a mi Dios. Porque voy a entrar en la tienda admirable hasta la casa de Dios. Entraré, sí, en el lugar de la tienda, tienda admirable, hasta la casa de Dios. (San Agustín, comentario al salmo 41, n. 9)

Dios también se encuentra en el alma de los fieles

Hay muchas cosas que me causan admiración en la tienda. Fijaos cuántas cosas admiro en él: puesto que la morada de Dios en la tierra son los hombres fieles, lo que admiro en ellos es la obediencia de sus componentes, puesto que no reina en ellos el pecado, que se deja llevar de las propias inclinaciones, ni prestan sus miembros al pecado como armas de maldad, sino que los entregan al Dios vivo para el bien obrar.(San Agustín, comentario al salmo 41, n. 9)

Inocencio XI

Contemplación: fuente de la máxima unión y encuentro con Dios

Para que la doctrina de la oración contemplativa con que las almas de los fieles son elevadas a la máxima unión con Dios, eliminados los errores, permanezca íntegra y pura, se guarden bien sobre todo los contemplativos de afirmar y de tener por cierto que la presencia de Dios sólo es en cada lugar el objeto de la contemplación y de la oración que éstos llaman de quietud. (Denzinger-Hünermann 2181, 2185; Inocencio XI, Esquema para una instrucción del Santo Oficio, redactado por el cardenal Girolamo Casanate, hacia octubre de 1682)

Pío X

Necesidad de la oración constante para el progreso espiritual

El sacerdote, mucho más que cualquier otro, debe obedecer al precepto de Cristo: Preciso es orar siempre (Lc 18,1) […]. Y ¡cuántas ocasiones se presentan durante el día para elevarse hacia Dios a un alma poseída por el deseo de la propia santificación y de la salvación de las otras almas! Angustias íntimas, fuerza y pertinacia de las tentaciones, falta de virtudes, desaliento y esterilidad en los trabajos, innumerables ofensas o negligencia y, finalmente, el temor a los juicios divinos: todas estas cosas nos incitan poderosamente a llorar ante el Señor para enriquecernos fácilmente, a sus ojos, de méritos y, además, conseguir su protección. (Pío X, Exortación Apostólica Haerent Animo, n. 18, 4 de agosto de 1908)


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