160 – “Invoquemos la misericordia de Dios por los pecados cometidos contra el mundo en el que vivimos”

En la epístola a los romanos, San Pablo deja muy claro no sólo a sus destinatarios de aquel tiempo, sino también a todos los que la leerían a lo largo de la historia de la Iglesia, la íntima relación de la Creación, obra de las manos de Dios, con la moral eterna. El Apóstol predicaba que la ira de Dios se revela contra la impiedad y la injusticia de los hombres, los cuales podían conocerle mediante la Creación y glorificarle por su obra, pero “se extraviaron en vanos razonamientos y su mente insensata quedó en la oscuridad. Haciendo alarde de sabios se convirtieron en necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por imágenes que representan a hombres corruptibles, aves, cuadrúpedos y reptiles” (cf. Rom 1, 21-23).

Algo muy parecido sucede en los días actuales, pues la humanidad, en vanos razonamientos, se extraviando de la verdad y de la moral, perdiendo la concepción cristiana de la naturaleza creada, admitiendo que la crisis actual no se encuentra en el hecho patente del apartamiento de Dios sino porque en que nos hemos olvidado de la naturaleza. Según esa idea, la solución para la crisis sería haber, no un cambio rumbo a la santidad, sino una extraña conversión ecológica.

Inspirados en las palabras de San Pablo queremos tener muy claro cual es la conversión que el hombre de hoy necesita, cuales son los verdaderos problemas que desencadenaron la actual crisis ecológica y los aspectos esenciales de una existencia virtuosa según los planes de Dios. ¿Será realmente el cuidado de la creación el objetivo primordial de la vida cristiana?

Francisco

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Cita A

Como cristianos, queremos ofrecer nuestra contribución para superar la crisis ecológica que está viviendo la humanidad. Para ello debemos ante todo extraer de nuestro rico patrimonio espiritual las motivaciones que alimentan la pasión por el cuidado de la creación, recordando siempre que, para los creyentes en Jesucristo, Verbo de Dios hecho hombre por nosotros, “la espiritualidad no está desconectada del propio cuerpo, ni de la naturaleza o de las realidades de este mundo, sino que vive con ellas y en ellas, en comunión con todo lo que nos rodea” (Laudato Si’, 216). La crisis ecológica nos llama por tanto a una profunda conversión espiritual: los cristianos están llamados a una “conversión ecológica, que implica dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea” (ibíd., 217). De hecho, “vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana” (ibíd.). La Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, que se celebrará anualmente, ofrecerá a cada creyente y a las comunidades una valiosa oportunidad de renovar la adhesión personal a la propia vocación de custodios de la creación, elevando a Dios una acción de gracias por la maravillosa obra que Él ha confiado a nuestro cuidado, invocando su ayuda para la protección de la creación y su misericordia por los pecados cometidos contra el mundo en el que vivimos. (Carta con motivo de la institución de la Jornada Mundial de Oración por el cuidado de la creación, 6 de agosto de 2015)

Enseñanzas del Magisterio

Tabla de contenido

I¿El hombre necesita una conversión ecológica o moral? ¿Cuáles son los verdaderos problemas del mundo que desencadenaron la actual crisis ecológica?
II
¿Cuáles son los aspectos esenciales de una existencia virtuosa? ¿El cuidado de la creación es un objetivo primordial de la vida cristiana?
III – ¿Qué enseñan las Escrituras y la Iglesia sobre el pecado? ¿Es cometido contra Dios o contra el mundo? ¿Puede Dios perdonar las “faltas” cometidas contra el mundo sin importarse con las cometidas contra Él?


I – ¿El hombre necesita una conversión ecológica o moral? ¿Cuáles son los verdaderos problemas del mundo que desencadenaron la actual crisis ecológica?

Sagradas Escrituras
-Los romanos, por no glorificar a Dios en la creación, se extraviaron en los peores pecados

Juan Pablo II
-El mal al que nos enfrentamos es esencialmente un mal moral
-La raíz del problema ecológico está en la pérdida del sentido del Dios Criador
-Los problemas ambientales surgieron porque el hombre se alejó de la voluntad del Criador
-Más que preservar el habitat de los animales, es preciso salvaguardar las condiciones morales de la sociedad humana
-La solución al problema ecológico está en referir toda la creación a Dios

Catecismo de la Iglesia Católica
-El uso de los recursos del universo no puede ser separado del respeto a las exigencias morales

Juan XXIII
-La crisis del planeta es consecuencia de su falta de coherencia con la fe
-La causa de la crisis de los recursos naturales está en la negación de los hombres a la ley moral
-El desorden que existe es consecuencia del abandono de los preceptos de la ley eterna
-La vida moral toca, por sus efectos, a la armonía del mundo

Benedicto XVI
-Para salvar la ecología es preciso una verdadera conversión en el sentido de la fe
-Si falla la relación de la criatura humana con el Creador, la materia queda reducida a posesión egoísta
-El hombre debe interpretar y modelar el ambiente natural atento a los dictámenes de la ley moral
-La reconstrucción de la tierra sólo se puede realizar encontrando a Dios
-La relación con el medio ambiente deriva de la relación con Dios

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia
-Sin relación con Dios, la naturaleza pierde su significado profundo

II – ¿Cuáles son los aspectos esenciales de una existencia virtuosa? ¿El cuidado de la creación es un objetivo primordial de la vida cristiana?

Pablo VI
-El hombre está obligado a orientar su vida hacia Dios, el bien supremo

Pío XI
-Los fines particulares deben estar subordinados al fin supremo
-¿Qué son los desastres naturales comparados con la ruina de las almas?

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia
-El fin del hombre trasciende el universo creado, pues es Dios mismo

León XIII
-El hombre no tiene residencia permanente en esta tierra. El cuidado por la “casa común” sólo es posible en función de la “Casa del Padre”
-La vida mortal es camino de perfeccionamiento del alma

Santo Tomás de Aquino
-La justificación del impío es una obra más excelente que la creación del cielo y la tierra

San Juan Crisóstomo
-El hombre, solo, merece mayor consideración que el resto de la creación visible

III – ¿Qué enseñan las Escrituras y la Iglesia sobre el pecado? ¿Es cometido contra Dios o contra el mundo? ¿Puede Dios perdonar las “faltas” cometidas contra el mundo sin importarse con las cometidas contra Él?

Juan Pablo II
-La característica esencial del pecado es ser ofensa a Dios
-El pecado afecta a la relación con Dios, es un rechazo de su proyecto
-La desobediencia rompe la unión con nuestro principio vital
-El pecado es alejarse de Dios…
-…y volverse a lo que lo contradice
-Todo pecado entraña apego desordenado a las criaturas
-El pecado mortal es un rechazo del amor de Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación

Santo Tomás de Aquino
-Pecado: aversión a Dios que merece la pena de daño

San Basilio Magno
-El pecado es el uso de las facultades del hombre en contra la voluntad de Dios

Catecismo de la Iglesia Católica
-El pecado es el amor de sí hasta el desprecio de Dios
-Ofensa que aparta nuestros corazones de Dios

Catecismo Romano
-Por el pecado nos hacemos reos delante de Dios
-Los pecados turban el orden establecido por la sabiduría divina
-Nuestras faltas violan la santidad del alma y profanan el templo de Dios


I – ¿El hombre necesita una conversión ecológica o moral? ¿Cuáles son los verdaderos problemas del mundo que desencadenaron la actual crisis ecológica?


Sagradas Escrituras

  • Los romanos, por no glorificar a Dios en la creación, se extraviaron en los peores pecados

La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que tienen la verdad prisionera de la injusticia. Porque lo que de Dios puede conocerse les resulta manifiesto, pues Dios mismo se lo manifestó. Pues lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son perceptibles para la inteligencia a partir de la creación del mundo a través de sus obras; de modo que son inexcusables, pues, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como Dios ni le dieron gracias; todo lo contrario, se ofuscaron en sus razonamientos, de tal modo que su corazón insensato quedó envuelto en tinieblas. Alardeando de sabios, resultaron ser necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles. Por lo cual Dios los entregó a las apetencias de su corazón, a una impureza tal que degradaron sus propios cuerpos; es decir, cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y dando culto a la criatura y no al Creador, el cual es bendito por siempre. Amén. Por esto, Dios los entregó a pasiones vergonzosas, pues sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por otras contrarias a la naturaleza; de igual modo los hombres, abandonando las relaciones naturales con la mujer, se abrasaron en sus deseos, unos de otros, cometiendo la infamia de las relaciones de hombres con hombres y recibiendo en sí mismos el pago merecido por su extravío. Y, como no juzgaron conveniente prestar reconocimiento a Dios, los entregó Dios a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene: llenos de toda clase de injusticia, maldad, codicia, malignidad; henchidos de envidias, de homicidios, discordias, fraudes, perversiones; difamadores, calumniadores, enemigos de Dios, ultrajadores, altaneros, fanfarrones, ingeniosos para el mal, rebeldes a sus padres, insensatos, desleales, crueles, despiadados; los cuales, aunque conocían el veredicto de Dios según el cual los que hacen estas cosas son dignos de muerte, no solo las practican sino que incluso aprueban a los que las hacen. (Rom 1, 18-32)

Juan Pablo II

  • El mal al que nos enfrentamos es esencialmente un mal moral

He creído oportuno señalar este tipo de análisis, ante todo para mostrar cuál es la naturaleza real del mal al que nos enfrentamos en la cuestión del desarrollo de los pueblos; es un mal moral, fruto de muchos pecados que llevan a “estructuras de pecado”. Diagnosticar el mal de esta manera es también identificar adecuadamente, a nivel de conducta humana, el camino a seguir para superarlo. Este camino es largo y complejo y además está amenazado constantemente tanto por la intrínseca fragilidad de los propósitos y realizaciones humanas, cuanto por la mutabilidad de las circunstancias externas tan imprevisibles. Sin embargo, debe ser emprendido decididamente y, en donde se hayan dado ya algunos pasos, o incluso recorrido una parte del mismo, seguirlo hasta el final. En el plano de la consideración presente, la decisión de emprender ese camino o seguir avanzando implica ante todo un valor moral, que los hombres y mujeres creyentes reconocen como requerido por la voluntad de Dios, único fundamento verdadero de una ética absolutamente vinculante. Es de desear que también los hombres y mujeres sin una fe explícita se convenzan de que los obstáculos opuestos al pleno desarrollo no son solamente de orden económico, sino que dependen de actitudes más profundas que se traducen, para el ser humano, en valores absolutos. En este sentido, es de esperar que todos aquellos que, en una u otra medida, son responsables de una “vida más humana” para sus semejantes —estén inspirados o no por una fe religiosa— se den cuenta plenamente de la necesidad urgente de un cambio en las actitudes espirituales que definen las relaciones de cada hombre consigo mismo, con el prójimo, con las comunidades humanas, incluso las más lejanas y con la naturaleza; y ello en función de unos valores superiores, como el bien común, o el pleno desarrollo “de todo el hombre y de todos los hombres”, según la feliz expresión de la Encíclica Populorum progressio. Para los cristianos, así como para quienes la palabra “pecado” tiene un significado teológico preciso, este cambio de actitud o de mentalidad, o de modo de ser, se llama, en el lenguaje bíblico: “conversión” (cf. Mc 1, 15; Lc 13, 35; Is 30, 15). Esta conversión indica especialmente relación a Dios, al pecado cometido, a sus consecuencias, y, por tanto, al prójimo, individuo o comunidad. (Juan Pablo II. Encíclica Sollicitudo rei socialis, n. 37-38, 30 de diciembre de 1987)

  • La raíz del problema ecológico está en la pérdida del sentido del Dios Criador

Es asimismo preocupante […] la cuestión ecológica. El hombre, impulsado por el deseo de tener y gozar, más que de ser y de crecer, consume de manera excesiva y desordenada los recursos de la tierra y su misma vida. […] Cree que puede disponer arbitrariamente de la tierra, sometiéndola sin reservas a su voluntad como si ella no tuviese una fisonomía propia y un destino anterior dados por Dios, y que el hombre puede desarrollar ciertamente, pero que no debe traicionar. […] Esto demuestra, sobre todo, mezquindad o estrechez de miras del hombre, animado por el deseo de poseer las cosas en vez de relacionarlas con la verdad, y falto de aquella actitud desinteresada, gratuita, estética que nace del asombro por el ser y por la belleza que permite leer en las cosas visibles el mensaje de Dios invisible que las ha creado. A este respecto, la humanidad de hoy debe ser consciente de sus deberes y de su cometido para con las generaciones futuras. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 37, 1 de mayo de 1991)

  • Los problemas ambientales surgieron porque el hombre se alejó de la voluntad del Criador

Este estado de amenaza para el hombre, por parte de sus productos, tiene varias direcciones y varios grados de intensidad. Parece que somos cada vez más conscientes del hecho de que la explotación de la tierra, del planeta sobre el cual vivimos, exige una planificación racional y honesta. Al mismo tiempo, tal explotación para fines no solamente industriales, sino también militares, el desarrollo de la técnica no controlado ni encuadrado en un plan a radio universal y auténticamente humanístico, llevan muchas veces consigo la amenaza del ambiente natural del hombre, lo enajenan en sus relaciones con la naturaleza y lo apartan de ella. […] En cambio era voluntad del Creador que el hombre se pusiera en contacto con la naturaleza como “dueño” y “custodio” inteligente y noble, y no como “explotador” y “destructor” sin ningún reparo. El progreso de la técnica y el desarrollo de la civilización de nuestro tiempo, que está marcado por el dominio de la técnica, exigen un desarrollo proporcional de la moral y de la ética. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptor hominis, n. 15, 4 de marzo de 1979)

  • Más que preservar el habitat de los animales, es preciso salvaguardar las condiciones morales de la sociedad humana

Además de la destrucción irracional del ambiente natural hay que recordar aquí la más grave aún del ambiente humano, al que, sin embargo, se está lejos de prestar la necesaria atención. Mientras nos preocupamos justamente, aunque mucho menos de lo necesario, de preservar los habitat naturales de las diversas especies animales amenazadas de extinción, porque nos damos cuenta de que cada una de ellas aporta su propia contribución al equilibrio general de la tierra, nos esforzamos muy poco por salvaguardar las condiciones morales de una auténtica “ecología humana”. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 38, 1 de mayo de 1991)

  • La solución al problema ecológico está en referir toda la creación a Dios

El desequilibrio ecológico […] nace de un uso arbitrario —y en definitiva nocivo— de las criaturas, cuyas leyes y orden natural se violan, ignorando o despreciando la finalidad que es inmanente en la obra de la creación. También este modo de comportamiento se deriva de una falsa interpretación de la autonomía de las cosas terrenas. Cuando el hombre usa estas cosas “sin referirlas al Creador” —por utilizar también las palabras de la constitución conciliar— se hace a sí mismo daños incalculables. La solución del problema de la amenaza ecológica está en relación íntima con los principios de la “legítima autonomía de las realidades terrenas”, es decir, en definitiva, con la verdad acerca de la creación y acerca del Creador del mundo. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4, 2 de abril de 1986)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • El uso de los recursos del universo no puede ser separado del respeto a las exigencias morales

El séptimo mandamiento exige el respeto de la integridad de la creación. Los animales, como las plantas y los seres inanimados, están naturalmente destinados al bien común de la humanidad pasada, presente y futura (cf. Gen 1, 28-31). El uso de los recursos minerales, vegetales y animales del universo no puede ser separado del respeto a las exigencias morales. El dominio concedido por el Creador al hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos no es absoluto; está regulado por el cuidado de la calidad de la vida del prójimo incluyendo la de las generaciones venideras. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2415)

Juan XXIII

  • La crisis del planeta es consecuencia de su falta de coherencia con la fe

Es también un hecho evidente que, en las naciones de antigua tradición cristiana, las instituciones civiles florecen hoy con un indudable progreso científico y poseen en abundancia los instrumentos precisos para llevar a cabo cualquier empresa; pero con frecuencia se observa en ellas un debilitamiento del estímulo y de la inspiración cristiana. Hay quien pregunta, con razón, cómo puede haberse producido este hecho. Porque a la institución de esas leyes contribuyeron no poco, y siguen contribuyendo aún, personas que profesan la fe cristiana y que, al menos en parte, ajustan realmente su vida a las normas evangélicas. La causa de este fenómeno creemos que radica en la incoherencia entre su fe y su conducta. Es, por consiguiente, necesario que se restablezca en ellos la unidad del pensamiento y de la voluntad, de tal forma que su acción quede animada al mismo tiempo por la luz de la fe y el impulso de la caridad. La inconsecuencia que demasiadas veces ofrecen los cristianos entre su fe y su conducta, juzgamos que nace también de su insuficiente formación en la moral y en la doctrina cristiana. Porque sucede con demasiada frecuencia en muchas partes que los fieles no dedican igual intensidad a la instrucción religiosa y a la instrucción profana; mientras en ésta llegan a alcanzar los grados superiores, en aquélla no pasan ordinariamente del grado elemental. Es, por tanto, del todo indispensable que la formación de la juventud sea integral, continúa y pedagógicamente adecuada, para que la cultura religiosa y la formación del sentido moral vayan a la par con el conocimiento científico y con el incesante progreso de la técnica. (Juan XXIII. Encíclica Pacem in terris, n. 151-153, 11 de abril de 1963)

  • La causa de la crisis de los recursos naturales está en la negación de los hombres a la ley moral

De aquí procede claramente el hecho de que los pueblos utilicen en gran escala las energías humanas y los recursos naturales en detrimento más bien que en beneficio de la humanidad y de que, además, se cree en los individuos y en las naciones un sentimiento profundo de angustia que retrasa el debido ritmo de las empresas de mayor importancia. La causa de esta situación parece provenir de que los hombres, y principalmente las supremas autoridades de los Estados, tienen en su actuación concepciones de vida totalmente distintas. Hay, en efecto, quienes osan negar la existencia de una ley moral objetiva, absolutamente necesaria y universal y, por último, igual para todos. […] Ahora bien, la base única de los preceptos morales es Dios. Si se niega la idea de Dios, esos preceptos necesariamente se desintegran por completo. El hombre, en efecto, no consta sólo de cuerpo, sino también de alma, dotada de inteligencia y libertad. El alma exige, por tanto, de un modo absoluto, en virtud de su propia naturaleza, una ley moral basada en la religión, la cual posee capacidad muy superior a la de cualquier otra fuerza o utilidad material para resolver los problemas de la vida individual y social, así en el interior de las naciones como en el seno de la sociedad internacional. (Juan XXIII. Encíclica Mater et magistra, n. 204-205.207- 208, 15 de mayo de 1961)

  • El desorden que existe es consecuencia del abandono de los preceptos de la ley eterna

Resulta, sin embargo, sorprendente el contraste que con este orden maravilloso del universo ofrece el desorden que reina entre los individuos y entre los pueblos. Parece como si las relaciones que entre ellos existen no pudieran regirse más que por la fuerza. Sin embargo, en lo más íntimo del ser humano, el Creador ha impreso un orden que la conciencia humana descubre y manda observar estrictamente. “Los hombres muestran que los preceptos de la ley están escritos en sus corazones, siendo testigo su conciencia” (Rom 2, 15). Por otra parte, ¿cómo podría ser de otro modo? Todas las obras de Dios son, en efecto, reflejo de su infinita sabiduría, y reflejo tanto más luminoso cuanto mayor es el grado absoluto de perfección de que gozan. Pero una opinión equivocada induce con frecuencia a muchos al error de pensar que las relaciones de los individuos con sus respectivas comunidades políticas pueden regularse por las mismas leyes que rigen las fuerzas y los elementos irracionales del universo, siendo así que tales leyes son de otro género y hay que buscarlas solamente allí donde las ha grabado el Creador de todo, esto es, en la naturaleza del hombre. (Juan XXIII. Encíclica Pacem in terris, n. 4-6, 11 de abril de 1963)

Pío XII

  • La vida moral toca, por sus efectos, a la armonía del mundo

La sinfonía del cosmos, particularmente en la tierra y entre los hombres, es confiada por su Autor supremo a la misma humanidad, para que ésta, como una inmensa orquesta, distribuida en el tiempo y multiforme en sus medios, pero unida bajo la dirección de Cristo, la ejecute fielmente, interpretando con la mejor perfección posible su tema único y genial. En efecto, Dios entregó sus designios a los hombres, para que los pongan en acto, personal y libremente, empeñando su plena responsabilidad moral y exigiendo, cuando es necesario, fatigas y sacrificios, a ejemplo de Cristo. Bajo este aspecto, el cristiano es, en primer lugar, un admirador del orden divino en el mundo, aquel que ama su presencia y hace de todo para verla reconocida y afirmada. Él será, pues, necesariamente, su ardoroso defensor contra las fuerzas y tendencias que le obstaculizan la realización, sean las que tiene escondidas en sí mismo —las malas inclinaciones—, sean las venidas del exterior —Satanás y sus supersticiones. […] La vocación al cristianismo no es, pues, una invitación de Dios tan sólo para el complacimiento estético en la contemplación de su orden admirable, sino el llamamiento obligatorio a una acción incesante, austera y dirigida para todos los sentidos y aspectos de la vida. Su acción se desarrolla, antes de todo, en la plena observancia de la ley moral, cualquier sea su objeto, pequeño o grande, secreto o público, de abstención o realización positiva. La vida moral no pertenece tan solamente a la esfera interior, que no toque también, por sus efectos, a la armonía del mundo. El hombre no es más solo, como individuo y segregado en sí mismo, en cualquier acontecimiento, aunque particularísimo, que sus determinaciones y actos no tengan repercusión en el mundo circunstante. Ejecutor de la divina sinfonía, ningún hombre puede presumir que su acción es un negocio exclusivamente suyo, que le diga respeto a sí mismo. La vida moral es, sin duda, en primer lugar, un hecho individual e interior, pero no en sentido de un cierto “interiorismo” y “historicismo”, por el cual algunos se esfuerzan en debilitar y rechazar el valor universal de las normas morales. (Pío XII. Radiomensaje navideño a los fieles y a los pueblos del mundo entero, 22 de diciembre de 1957)

Benedicto XVI

  • Para salvar la ecología es preciso una verdadera conversión en el sentido de la fe

Hemos reconocido el problema de la destrucción del medio ambiente. Pero el hecho de que para salvar la ecología es preciso, como condición, salvar nuestra capa espiritual de ozono y, en especial, salvar nuestras selvas húmedas espirituales, es algo que parece penetrar sólo muy lentamente en nuestra conciencia. ¿No deberíamos habernos preguntado hace mucho tiempo qué pasa con la polución del pensamiento, con la contaminación de nuestras almas? Muchas de las cosas que admitimos en esta cultura de los medios y del comercio corresponden en el fondo a una carga tóxica que, casi forzosamente, tiene que llevar a una contaminación espiritual. El hecho de que hay una contaminación del pensamiento que nos conduce ya anticipadamente a perspectivas erróneas no puede ignorarse. Liberarnos nuevamente de ello por medio de una verdadera conversión —por utilizar esa palabra fundamental de la fe cristiana— es uno de los desafíos cuya evidencia se ha hecho ya visible a nivel general. En nuestro mundo, tan científico y moderno en su orientación, conceptos semejantes no tenían ya significación alguna. Una conversión en el sentido de la fe en una voluntad de Dios que nos indica un camino que se consideraba pasada de moda y superada. Creo que, sin embargo, lentamente se va advirtiendo que algo hay de cierto cuando decimos que debemos reflexionar para adoptar una actitud nueva. (Benedicto XVI. Luz del mundo. El Papa, la Iglesia y los signos de los tiempos. Una conversación con Peter Seewald. Editorial Herder, p. 26-27)

  • Si falla la relación de la criatura humana con el Creador, la materia queda reducida a posesión egoísta

La tierra es un don precioso del Creador, que ha diseñado su orden intrínseco, dándonos así las señales orientadoras a las que debemos atenernos como administradores de su creación. Precisamente a partir de esta conciencia, la Iglesia considera las cuestiones vinculadas al ambiente y a su salvaguardia como íntimamente relacionadas con el tema del desarrollo humano integral. A estas cuestiones me he referido varias veces en mi última Encíclica, Caritas in veritate, recordando “la urgente necesidad moral de una renovada solidaridad” (n. 49) no sólo en las relaciones entre los países, sino también entre las personas, pues Dios ha dado a todos el ambiente natural, y su uso implica una responsabilidad personal con respecto a toda la humanidad, y de modo especial con respecto a los pobres y las generaciones futuras (cf. n. 48). Sintiendo la común responsabilidad por la creación (cf. n. 51), la Iglesia no sólo está comprometida en la promoción de la defensa de la tierra, del agua y del aire, dados por el Creador a todos; sobre todo se empeña por proteger al hombre de la destrucción de sí mismo. De hecho, “cuando se respeta la ‘ecología humana’ en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia” (ib.). ¿No es verdad que la utilización desconsiderada de la creación comienza donde Dios es marginado o incluso se niega su existencia? Si falla la relación de la criatura humana con el Creador, la materia queda reducida a posesión egoísta, el hombre se convierte en la “última instancia”, y el objetivo de la existencia se reduce a una carrera afanosa para poseer lo más posible. (Benedicto XVI. Audiencia general, 26 de agosto de 2009)

  • El hombre debe interpretar y modelar el ambiente natural atento a los dictámenes de la ley moral

Hoy, muchos perjuicios al desarrollo provienen en realidad de estas maneras de pensar distorsionadas. Reducir completamente la naturaleza a un conjunto de simples datos fácticos acaba siendo fuente de violencia para con el ambiente, provocando además conductas que no respetan la naturaleza del hombre mismo. Ésta, en cuanto se compone no sólo de materia, sino también de espíritu, y por tanto rica de significados y fines trascendentes, tiene un carácter normativo incluso para la cultura. El hombre interpreta y modela el ambiente natural mediante la cultura, la cual es orientada a su vez por la libertad responsable, atenta a los dictámenes de la ley moral. Por tanto, los proyectos para un desarrollo humano integral no pueden ignorar a las generaciones sucesivas, sino que han de caracterizarse por la solidaridad y la justicia intergeneracional, teniendo en cuenta múltiples aspectos, como el ecológico, el jurídico, el económico, el político y el cultural. (Benedicto XVI. Encíclica Caritas in veritate, n. 48, 29 de junio de 2009)

  • La reconstrucción de la tierra sólo se puede realizar encontrando a Dios

En la Encíclica Spe salvi quise hablar precisamente también del juicio final, del juicio en general y, en este contexto, también del purgatorio, del infierno y del paraíso. Creo que a todos nos impresiona siempre la objeción de los marxistas, según los cuales los cristianos sólo han hablado del más allá y han descuidado la tierra. […] Aunque esté bien mostrar que los cristianos se comprometen por la tierra —y todos estamos llamados a trabajar para que esta tierra sea realmente una ciudad para Dios y de Dios— no debemos olvidar la otra dimensión. Si no la tenemos en cuenta, no trabajamos bien por la tierra. Mostrar esto ha sido una de mis finalidades fundamentales al escribir la encíclica. Cuando no se conoce el juicio de Dios, no se conoce la posibilidad del infierno, del fracaso radical y definitivo de la vida; no se conoce la posibilidad y la necesidad de purificación. Entonces el hombre no trabaja bien por la tierra, porque al final pierde los criterios; al no conocer a Dios, ya no se conoce a sí mismo y destruye la tierra. Todas las grandes ideologías han prometido: nosotros cuidaremos de las cosas, ya no descuidaremos la tierra, crearemos un mundo nuevo, justo, correcto, fraterno. En cambio, han destruido el mundo. Lo vemos con el nazismo, lo vemos también con el comunismo, que prometieron construir el mundo como tendría que haber sido y, en cambio, han destruido el mundo. En las visitas ad limina de los Obispos de los países ex comunistas veo siempre cómo en esas tierras no sólo han quedado destruidos el planeta, la ecología, sino sobre todo, y más gravemente, las almas. Recobrar la conciencia verdaderamente humana, iluminada por la presencia de Dios, es la primera tarea de reconstrucción de la tierra. Esta es la experiencia común de esos países. La reconstrucción de la tierra, respetando el grito de sufrimiento de este planeta, sólo se puede realizar encontrando a Dios en el alma, con los ojos abiertos hacia Dios. (Benedicto XVI. Discurso a los párrocos, sacerdotes y diáconos de la diócesis de Roma, 7 de febrero de 2008)

  • La relación con el medio ambiente deriva de la relación con Dios

La relación entre personas o comunidades y el medio ambiente deriva, en último término, de su relación con Dios. “Cuando el hombre se aleja del designio de Dios Creador, provoca un desorden que repercute inevitablemente en el resto de la creación”. (Benedicto XVI. Mensaje a los participantes en el VII Simposio sobre Religión, Ciencia y Medio Ambiente, 1 de septiembre de 2007)

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia

  • Sin relación con Dios, la naturaleza pierde su significado profundo

La actitud que debe caracterizar al hombre ante la creación es esencialmente la de la gratitud y el reconocimiento: el mundo, en efecto, orienta hacia el misterio de Dios, que lo ha creado y lo sostiene. Si se coloca entre paréntesis la relación con Dios, la naturaleza pierde su significado profundo, se la empobrece. En cambio, si se contempla la naturaleza en su dimensión de criatura, se puede establecer con ella una relación comunicativa, captar su significado evocativo y simbólico y penetrar así en el horizonte del misterio, que abre al hombre el paso hacia Dios, Creador de los cielos y de la tierra. El mundo se presenta a la mirada del hombre como huella de Dios, lugar donde se revela su potencia creadora, providente y redentora. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 487)


II – ¿Cuáles son los aspectos esenciales de una existencia virtuosa? ¿El cuidado de la creación es un objetivo primordial de la vida cristiana?


Pablo VI

  • El hombre está obligado a orientar su vida hacia Dios, el bien supremo

De la misma manera que la creación entera está ordenada a su Criador, la creatura espiritual está obligada a orientar espontáneamente su vida hacia Dios, verdad primera y bien soberano. […] Por su inserción en el Cristo vivo, el hombre tiene el camino abierto hacia un progreso nuevo, hacia un humanismo trascendental, que le da su mayor plenitud; tal es la finalidad suprema del desarrollo personal. […] Este crecimiento personal y comunitario se vería comprometido si se alterase la verdadera escala de valores. (Pablo VI. Encíclica Populorum progressio, n. 16.18, 26 de marzo de 1967)

Pío XI

  • Los fines particulares deben estar subordinados al fin supremo

Una y la misma es, efectivamente, la ley moral que nos manda buscar, así como directamente en la totalidad de nuestras acciones nuestro fin supremo y último, así también en cada uno de los órdenes particulares esos fines que entendemos que la naturaleza o, mejor dicho, el autor de la naturaleza, Dios, ha fijado a cada orden de cosas factibles, y someterlos subordinadamente a aquél. (Pío XI. Encíclica Quadragesimo anno, n. 43, 15 de mayo de 1931)

  • ¿Qué son los desastres naturales comparados con la ruina de las almas?

Los ánimos de todos, efectivamente, se dejan impresionar exclusivamente por las perturbaciones, por los desastres y por las ruinas temporales. Y ¿qué es todo eso, si miramos las cosas con los ojos cristianos, como debe ser, comparado con la ruina de las almas? (Pío XI. Encíclica Quadragesimo anno, n. 130, 15 de mayo de 1931)

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia

  • El fin del hombre trasciende el universo creado, pues es Dios mismo

La persona humana, en sí misma y en su vocación, trasciende el horizonte del universo creado, de la sociedad y de la historia: su fin último es Dios mismo, que se ha revelado a los hombres para invitarlos y admitirlos a la comunión con Él. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 47)

León XIII

  • El hombre no tiene residencia permanente en esta tierra. El cuidado por la “casa común” sólo es posible en función de la “Casa del Padre”

No podemos, indudablemente, comprender y estimar en su valor las cosas caducas si no es fijando el alma sus ojos en la vida inmortal de ultratumba, quitada la cual se vendría inmediatamente abajo toda especie y verdadera noción de lo honesto; más aún, todo este universo de cosas se convertiría en un misterio impenetrable a toda investigación humana. Pues lo que nos enseña de por sí la naturaleza, que sólo habremos de vivir la verdadera vida cuando hayamos salido de este mundo, eso mismo es dogma cristiano y fundamento de la razón y de todo el ser de la religión. Pues que Dios no creó al hombre para estas cosas frágiles y perecederas, sino para las celestiales y eternas, dándonos la tierra como lugar de exilio y no de residencia permanente. (León XIII. Encíclica Rerum novarum, n. 16, 15 de mayo de 1891)

  • La vida mortal es camino de perfeccionamiento del alma

La vida mortal, aunque buena y deseable, no es, con todo, el fin último para que hemos sido creados, sino tan sólo el camino y el instrumento para perfeccionar la vida del alma con el conocimiento de la verdad y el amor del bien. El alma es la que lleva impresa la imagen y semejanza de Dios, en la que reside aquel poder mediante el cual se mandó al hombre que dominara sobre las criaturas inferiores y sometiera a su beneficio a las tierras todas y los mares. “Llenad la tierra y sometedla, y dominad a los peces del mar y a las aves del cielo y a todos los animales que se mueven sobre la tierra” (Gen 1, 28). (León XIII. Encíclica Rerum novarum, n. 30, 15 de mayo de 1891)

Santo Tomás de Aquino

  • La justificación del impío es una obra más excelente que la creación del cielo y la tierra

La grandeza de una obra puede ser determinada desde dos puntos de vista. En primer lugar, por el modo de obrar. Y en este sentido la obra más grande es la de la creación, en la que se hace algo de la nada. En segundo lugar, por la magnitud del resultado obtenido. Y bajo este aspecto, la justificación del impío, que tiene por término el bien eterno de la participación divina, es una obra más excelente que la creación del cielo y la tierra, cuyo término es el bien de la naturaleza mudable. De aquí que San Agustín, tras afirmar que es más hacer un justo de un pecador que crear el cielo y la tierra, añade: Porque el cielo y la tierra pasarán; mas la salud y la justificación de los predestinados permanecerán para siempre. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 113, a. 9)

San Juan Crisóstomo

  • El hombre, solo, merece mayor consideración que el resto de la creación visible

¿Cuál es, pues, el ser que va a venir a la existencia rodeado de semejante consideración? Es el hombre, grande y admirable figura viviente, más precioso a los ojos de Dios que la creación entera; es el hombre, para él existen el cielo y la tierra y el mar y la totalidad de la creación, y Dios ha dado tanta importancia a su salvación que no ha perdonado a su Hijo único por él. Porque Dios no ha cesado de hacer todo lo posible para que el hombre subiera hasta él y se sentara a su derecha. (San Juan Crisóstomo. Sermones sobre el Génesis, 2, 1)


III – ¿Qué enseñan las Escrituras y la Iglesia sobre el pecado? ¿Es cometido contra Dios o contra el mundo? ¿Puede Dios perdonar las “faltas” cometidas contra el mundo sin importarse con las cometidas contra Él?


Juan Pablo II

  • La característica esencial del pecado es ser ofensa a Dios

El Concilio recuerda que una característica esencial del pecado es ser ofensa a Dios. Se trata de un hecho enorme, que incluye el acto perverso de la criatura que, a sabiendas y voluntariamente, se opone a la voluntad de su Creador y Señor, violando la ley del bien y entrando, mediante una opción libre, bajo el yugo del mal. […] Es preciso decir que es también un acto de lesa caridad divina, en cuanto infracción de la ley de la amistad y alianza que Dios estableció con su pueblo y con todo hombre mediante la sangre de Cristo; y, por tanto, un acto de infidelidad y, en la práctica, de rechazo de su amor. El pecado, por consiguiente, no es un simple error humano, y no comporta sólo un daño para el hombre: es una ofensa hecha a Dios, en cuanto que el pecador viola su ley de Creador y Señor, y hiere su amor de Padre. No se puede considerar el pecado exclusivamente desde el punto de vista de sus consecuencias psicológicas: el pecado adquiere su significado de la relación del hombre con Dios. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4, 15 de abril de 1992)

  • El pecado afecta a la relación con Dios, es un rechazo de su proyecto

El pecado no es una mera cuestión psicológica o social; es un acontecimiento que afecta a la relación con Dios, violando su ley, rechazando su proyecto en la historia, alterando la escala de valores y “confundiendo las tinieblas con la luz y la luz con las tinieblas”, es decir, “llamando bien al mal y mal al bien” (cf. Is 5, 20). El pecado, antes de ser una posible injusticia contra el hombre, es una traición a Dios. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 8 de mayo de 2002)

  • La desobediencia rompe la unión con nuestro principio vital

El hombre siente que esta desobediencia a Dios rompe la unión con su principio vital: es un pecado mortal, o sea un acto que ofende gravemente a Dios y termina por volverse contra el mismo hombre con una oscura y poderosa fuerza de destrucción. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia, n.17, 2 de diciembre de 1984)

  • El pecado es alejarse de Dios…

El hombre sabe también, por una experiencia dolorosa, que mediante un acto consciente y libre de su voluntad puede volverse atrás, caminar en el sentido opuesto al que Dios quiere y alejarse así de Él (aversio a Deo), rechazando la comunión de amor con Él, separándose del principio de vida que es Él, y eligiendo, por lo tanto, la muerte. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia, n. 17, 2 de diciembre de 1984)

  • …y volverse a lo que lo contradice

Siguiendo la tradición de la Iglesia, llamamos pecado mortal al acto, mediante el cual un hombre, con libertad y conocimiento, rechaza a Dios, su ley, la alianza de amor que Dios le propone, prefiriendo volverse a sí mismo, a alguna realidad creada y finita, a algo contrario a la voluntad divina (conversio ad creaturam). (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia, n.17, 2 de diciembre de 1984)

  • Todo pecado entraña apego desordenado a las criaturas

El pecado, por su carácter de ofensa a la santidad y a la justicia de Dios, como también de desprecio a la amistad personal de Dios con el hombre, tiene una doble consecuencia. En primer lugar, si es grave, comporta la privación de la comunión con Dios y, por consiguiente, la exclusión de la participación en la vida eterna. […] En segundo lugar, “todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las criaturas que es necesario purificar, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se llama la ‘pena temporal’ del pecado” con cuya expiación se cancela lo que impide la plena comunión con Dios y con los hermanos. (Juan Pablo II. Bula Incarnationis mysterium, n. 10, 29 de noviembre de 1998)

  • El pecado mortal es un rechazo del amor de Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación

Se deberá evitar reducir el pecado mortal a un acto de “opción fundamental” —como hoy se suele decir— contra Dios, entendiendo con ello un desprecio explícito y formal de Dios o del prójimo. Se comete, en efecto, un pecado mortal también, cuando el hombre, sabiendo y queriendo elige, por cualquier razón, algo gravemente desordenado. En efecto, en esta elección está ya incluido un desprecio del precepto divino, un rechazo del amor de Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación: el hombre se aleja de Dios y pierde la caridad. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia, n. 17, 2 de diciembre de 1984)

Santo Tomás de Aquino

  • Pecado: aversión a Dios que merece la pena de daño

El castigo es proporcionado al pecado. Mas en el pecado hay dos cosas. Una de ellas es la aversión con respecto al bien inmutable, que es infinito; y así, por esta parte, el pecado es infinito. La otra cosa que hay en el pecado es la conversión desordenada al bien transitorio. Y por esta parte el pecado es finito, ya porque el mismo bien transitorio es finito, ya porque la misma conversión (a él) es finita, pues los actos de una criatura no pueden ser infinitos. Por razón, pues, de la aversión al pecado le corresponde la pena de daño, que también es infinita, pues es la pérdida del bien infinito, es a saber, de Dios. Más por razón de la conversión (a las criaturas, finitas) le corresponde la pena de sentido, que también es finita. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q.87, a.4)

San Basilio Magno

  • El pecado es el uso de las facultades del hombre en contra la voluntad de Dios

En esto consiste precisamente el pecado, en el uso desviado y contrario a la voluntad de Dios de las facultades que Él nos ha dado para practicar el bien; por el contrario, la virtud, que es lo que Dios pide de nosotros, consiste en usar de esas facultades con recta conciencia, de acuerdo con los designios del Señor. (San Basilio Magno. De la regla monástica mayor, resp. 2, 1)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • El pecado es el amor de sí hasta el desprecio de Dios

El pecado es así “amor de sí hasta el desprecio de Dios” (San Agustín, De civitate Dei, 14, 28). Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cf. Flp 2, 6-9). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1850)

  • Ofensa que aparta nuestros corazones de Dios

El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1850)

Catecismo Romano

  • Por el pecado nos hacemos reos delante de Dios

Por el pecado nos hacemos reos delante de Dios y quedamos sometidos al débito de la pena que hemos de pagar o satisfaciendo o sufriendo. Por esto dijo Cristo de sí mismo por el profeta: “Tengo que pagar lo que nunca tomé” (Ps 68, 5). Esto demuestra no sólo que el hombre es deudor, sino también que es un deudor insolvente, incapaz de satisfacer por sí mismo. De aquí la necesidad de recurrir a la misericordia divina. Mas no nos exime este recurso del deber de la satisfacción en la justa medida que exige la justicia divina, de la que Dios es igualmente celosísimo. Y esto nos exige acudir a los méritos de la pasión de Cristo, sin los que nos sería absolutamente imposible alcanzar el perdón de nuestros pecados. (Catecismo Romano, II, VI, III, 3)

  • Los pecados turban el orden establecido por la sabiduría divina

Cierto que nuestros pecados de pensamiento, palabra y obra van directamente contra Dios, a quien negamos obediencia, turbando, en cuanto nos es posible, el orden establecido por su infinita sabiduría. (Catecismo Romano, II, VI, II, 3)

  • Nuestras faltas violan la santidad del alma y profanan el templo de Dios

Con él [el pecado] queda violada la santidad del alma, esposa de Cristo, y profanado el templo del Señor, acerca de lo cual escribió San Pablo: “Si alguno profana el templo de Dios, Dios le destruirá. Porque el templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros” (1 Cor 3, 16-17). (Catecismo Romano, II, VI, II, 2)


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