Honorio I…

INICIO DEL PONTIFICADO 27.X.625 – FIN DEL PONTIFICADO 12.X.638

… juzga la idea de que Cristo se manchó por el pecado, que tiene Francisco

  • Cristo no experimentó contagio alguno de la naturaleza pecadora…

De ahí que también confesamos una sola voluntad de Nuestro Señor Jesucristo, pues ciertamente fue asumida por la divinidad nuestra naturaleza, no nuestra culpa; aquella “naturaleza” ciertamente que fue creada antes del pecado, no la que quedo viciada después de la prevaricación. Porque Cristo… , sin pecado concebido por obra del Espíritu Santo, sin pecado nació de la santa e inmaculada Virgen Madre de Dios, sin experimentar contagio alguno de la naturaleza viciada. (Denzinger-Hünermann 487. Honorio I, Carta Scripta fraternitatis, al patriarca Sergio de Constantinopla, 634)

… juzga la idea que tiene Francisco de que Jesucristo fingía sus enfados

  • En Jesús la naturaleza humana ejecuta lo que es de la carne y la naturaleza divina lo que es de Dios

Por lo que toca al dogma eclesiástico, lo que debemos mantener y predicar en razón de la sencillez de los hombres y para cortar los enredos de las cuestiones inextricables, no es definir una o dos operaciones en el mediador de Dios y de los hombres, sino que debemos confesar que las dos naturalezas unidas en un solo Cristo por unidad natural operan y son eficaces con comunicación de la una a la otra, y que la naturaleza divina obra lo que es de Dios, y la humana ejecuta lo que es de la carne, no enseñando que dividida ni confusa ni convertiblemente la naturaleza de Dios se convirtió en el hombre ni que la naturaleza humana se convirtiere en Dios, sino confesando íntegras las diferencias de las dos naturalezas.
Quitando, pues, el escándalo de la nueva invención, no es menester que nosotros confesemos con toda verdad a un solo operador Cristo Señor, en las dos naturalezas; y en lugar de las dos operaciones, quitado el vocablo de la doble operación, más bien proclamar que las dos naturalezas, es decir, la de la divinidad y la de la carne asumida, obran en una sola persona, la del Unigénito de Dios Padre, inconfesa, indivisible e inconvertiblemente, lo que les es propio. (Denzinger-Hünermann 488. Honorio I, Carta Scripta dilectissimi filii, año 634)