21 – El encuentro es el puente para la paz

“Esperábamos paz, y nada va bien; tiempo de curación, y llega el terror” (Jer 8, 15). ¿Quién no quiere la paz? Pero… ¿cómo alcanzarla en un mundo agitado por numerosas e intricados problemas? Siglos antes de su nacimiento, el Señor fue profetizado por Isaías como ‘Príncipe de la Paz’ (Is 9,6). Siguiendo su Maestro, los apóstoles – sobretodo san Pablo – siempre ofrecían la paz a sus oyentes y a los destinatarios de sus cartas. Y la Santa Madre Iglesia, tutelada por el Espíritu Santo, supo orientar a los pueblos que se acogieron bajo su manto en las sendas de la paz, según la definición clásica del gran san Agustín: pax tranquillitas ordinis — la paz es la tranquilidad del orden (De Civ. Dei, XIX, 13). Sí, “tranquilidad del orden”, porque el orden es la recta disposición de las cosas según su fin, y el fin de toda criatura humana es volver a Dios, del cual salió. Por lo tanto, cualquier esfuerzo por la paz que se olvide de Dios… vano será, y como decía el profeta, sólo servirá para que nada continúe yendo bien y aumente el terror… Mientras no paran de levantarse voces –¡y qué voces!– a favor de una paz que olvida el lugar que le corresponde a Dios, nos será de enorme provecho saborear la enseñanza perenne de la Iglesia sobre la verdadera paz.  

Francisco

Texto del Nuevo Himno por la Paz

Cita A

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

I- ¿Quién da la paz, el mundo o el ser humano?
II- ¿Una paz sin muros es de Jesucristo?
III- ¿Es siempre bueno el encuentro?
IV – El grave deber de predicar la verdadera doctrina sobre la paz y su relación con Dios

I- ¿Quién da la paz, el mundo o el ser humano?

Sagradas Escrituras

La virtud favorece la paz

Cuando el Señor se complace en la conducta de un hombre, lo reconcilia hasta con sus mismos enemigos. (Prov 16, 7)

La sabiduría, camino para vivir en paz

¡Feliz el hombre que encontró la sabiduría y el que obtiene la inteligencia! Sus caminos son caminos deliciosos y todos sus senderos son apacibles. (Prov 3, 13.17)

Amar la Ley de Dios, fuente de paz

Los que aman tu ley gozan de una gran paz, nada los hace tropezar. (Sal 119, 165)

Las luchas tienen su origen en las pasiones humanas

¿De dónde provienen las luchas y las querellas que hay entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que combaten en sus mismos miembros? Ustedes ambicionan, y si no consiguen lo que desean, matan; envidian, y al no alcanzar lo que pretenden, combaten y se hacen la guerra. Ustedes no tienen, porque no piden. O bien, piden y no reciben, porque piden mal, con el único fin de satisfacer sus pasiones. ¡Corazones adúlteros! ¿No saben acaso que haciéndose amigos del mundo se hacen enemigos de Dios? Porque el que quiere ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios. No piensen que la Escritura afirma en vano: El alma que Dios puso en nosotros está llena de deseos envidiosos. Pero él nos da una gracia más grande todavía, según la palabra de la Escritura que dice: Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. Sométanse a Dios; resistan al demonio, y él se alejará de ustedes. Acérquense a Dios y él se acercará a ustedes. Que los pecadores purifiquen sus manos; que se santifiquen los que tienen el corazón dividido. Reconozcan su miseria con dolor y con lágrimas. Que la alegría de ustedes se transforme en llanto, y el gozo, en tristeza. Humíllense delante del Señor, y él los exaltará. (Sant 4, 1-10)

Cristo es nuestra paz, Él nos hizo miembros de la familia de Dios

Porque Cristo es nuestra paz: él ha unido a los dos pueblos en uno solo, derribando el muro de enemistad que los separaba, y aboliendo en su propia carne la Ley con sus mandamientos y prescripciones. Así creó con los dos pueblos un solo Hombre nuevo en su propia persona, restableciendo la paz, y los reconcilió con Dios en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, destruyendo la enemistad en su persona. Y él vino a proclamar la Buena Noticia de la paz, paz para ustedes, que estaban lejos, paz también para aquellos que estaban cerca. Porque por medio de Cristo, todos sin distinción tenemos acceso al Padre, en un mismo Espíritu. Por lo tanto, ustedes ya no son extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Ustedes están edificados sobre los apóstoles y los profetas, que son los cimientos, mientras que la piedra angular es el mismo Jesucristo. (Ef 2, 14-20)

Dios quiso reconciliar consigo todo por la sangre de la cruz de Cristo

[Cristo] existe antes que todas las cosas y todo subsiste en él. Él es también la Cabeza del Cuerpo, es decir, de la Iglesia. Él es el Principio, el Primero que resucitó de entre los muertos, a fin de que él tuviera la primacía en todo, porque Dios quiso que en él residiera toda la Plenitud. Por él quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz. (Col 1, 17-20)

Pío XII

La paz justa y duradera sólo se obtiene a partir de la Ley de Cristo, fuente de justicia

[A los obispos:] Será cuidado de vuestro celo pastoral […] recordarles [los fieles] nuevamente de cuales principios brota una paz justa y duradera y por cuales métodos hay que conseguirla. Ella en verdad, como bien sabéis, se puede conseguir tan solo mediante los principios y las normas dictadas por Cristo, llevados a la práctica con sincera piedad. Tales principios y tales normas traen realmente a los hombres a la verdad, a la justicia y a la caridad; ponen un freno a sus codicias; obligan a los sentidos a que obedezcan a la razón; mueven a la razón a que obedezca a Dios; hacen que todos, aun los que gobiernan los pueblos, reconozcan la libertad debida a la Religión, la cual además de su función fundamental de conducir las almas a la eterna salvación, tiene también la de tutelar y proteger los fundamentos mismos del Estado. (Pío XII. Encíclica Summi Maeroris, sobre las oraciones por la paz y concordia entre los pueblos, 19 de julio de 1950)

Se ha perdido el recto camino por haberse alejado de Jesucristo tanto en la vida privada como en la pública

Tengan todos presente que el acerbo de males que en los últimos años hemos tenido que soportar se ha descargado sobre la humanidad principalmente porque la Religión divina de Jesucristo, que promueve la mutua caridad entre los hombres, los pueblos y las naciones, no era, como habría debido serlo, la regla de la vida privada familiar y pública. Si, pues, se ha perdido el recto camino por haberse alejado de Jesucristo, es menester volver a Él tanto en la vida privada como en la pública. Si el error ha entenebrecido las inteligencias, hay que volver a aquélla verdad divinamente revelada que muestra la senda que lleva al Cielo. Si, por fin, el odio ha dado frutos amargos de muerte, habrá que encender de nuevo aquel amor cristiano, que es el único que puede curar tantas heridas mortales, superar tan tremendos peligros y endulzar tantas angustias y sufrimientos. (Pío XII, Encíclica Optatissima pax, n.6, 18 de diciembre de 1947)

Benedicto XVI

Sin el reconocimiento de Dios no habrá paz para la humanidad

Es esencial que cada uno se esfuerce en vivir la propia vida con una actitud responsable ante Dios, reconociendo en Él la fuente de la propia existencia y la de los demás. Sobre la base de este principio supremo se puede percibir el valor incondicionado de todo ser humano y, así, poner las premisas para la construcción de una humanidad pacificada. Sin este fundamento trascendente, la sociedad es sólo una agrupación de ciudadanos, y no una comunidad de hermanos y hermanas, llamados a formar una gran familia. (Benedicto XVI, Mensaje para la celebración de la XLI Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2008)

La paz es un don de Dios que exige una respuesta personal coherente con el plan divino

También la paz es al mismo tiempo un don y una tarea. Si bien es verdad que la paz entre los individuos y los pueblos, la capacidad de vivir unos con otros, estableciendo relaciones de justicia y solidaridad, supone un compromiso permanente, también es verdad, y lo es más aún, que la paz es un don de Dios. En efecto, la paz es una característica del obrar divino, que se manifiesta tanto en la creación de un universo ordenado y armonioso como en la redención de la humanidad, que necesita ser rescatada del desorden del pecado. Creación y Redención muestran, pues, la clave de lectura que introduce a la comprensión del sentido de nuestra existencia sobre la tierra. […] Mi venerado predecesor Juan Pablo II, dirigiéndose a la Asamblea General de las Naciones Unidas el 5 de octubre de 1995, dijo que nosotros ‘no vivimos en un mundo irracional o sin sentido […], hay una lógica moral que ilumina la existencia humana y hace posible el diálogo entre los hombres y entre los pueblos’. La ‘gramática’ trascendente, es decir, el conjunto de reglas de actuación individual y de relación entre las personas en justicia y solidaridad, está inscrita en las conciencias, en las que se refleja el sabio proyecto de Dios. Como he querido reafirmar recientemente, ‘creemos que en el origen está el Verbo eterno, la Razón y no la Irracionalidad’. Por tanto, la paz es también una tarea que a cada uno exige una respuesta personal coherente con el plan divino. El criterio en el que debe inspirarse dicha respuesta no puede ser otro que el respeto de la ‘gramática’ escrita en el corazón del hombre por su divino Creador. (Benedicto XVI, Mensaje para la celebración de la XL Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2007)

Pío XI

Jesucristo trajo del cielo los remedios para la paz del mundo, por lo que el único trabajo útil a favor de la verdadera paz es restaurar el Reino de Cristo

Ante todo es necesaria la paz en las almas. No apenas una paz que consiste en exterioridades y cortesía, sino una paz que penetre a los corazones, los unen, los apacigüe y disponga a un mutuo afecto de benevolencia fraternal. Y no hay semejante paz si no es la de Cristo: ‘y la paz de Cristo triunfe en nuestros corazones’ (Col 3, 15); ni puede ser otra la paz suya, la que Él da a los suyos (Jo 14, 27), ya que siendo Dios, ve los corazones (1Rey 16,7), y en los corazones tiene su reino. Por otra parte, con todo derecho pudo Jesucristo llamar suya esta paz, ya que fue el primero que dijo a los hombres: ‘Todos vosotros sois hermanos’ (Mt 23,8), y promulgó sellándola con su propia sangre la ley de la mutua caridad y paciencia entre todos los hombres: ‘este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado’ (Jo 3, 16); ‘soportad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo’ (Gal 6,2). […] De la paz de Cristo, residente en el corazón y fruto de la caridad, se acomoda muy bien a lo que el Apóstol dice del reino de Dios, que por la caridad se adueña de las almas: ‘no consiste el reino de Dios en comer y beber’ (Rom 14, 17); es decir, la paz de Cristo ‘no se alimenta de bienes materiales’, sino de los espirituales y eternos. […] No que la paz de Cristo, la verdadera paz, debe renunciar a los bienes de esta vida; antes al contrario, es promesa de Cristo que os tendrá en abundancia: ‘Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura’ (Mt 6, 33; Lc 12, 31). Pero, ‘la paz de Dios sobrepuja todo entendimiento’ (Fil 4,7), y por lo mismo domina a las ciegas pasiones y evita las disensiones, luchas y discordias que necesariamente brotan del ansia de poseer. Refrenadas, pues, la codicia de los bienes, y restituido al honor debido a las cosas del espíritu, seguiría como fruto espontáneo y agradable la paz de Cristo, con la integridad de la vida y la elevación de la persona humana, que fue ennoblecida por el Sangre de Cristo y la adopción de la filiación divina […] Y como hemos visto que una de las principales causas de las inquietudes en que vivimos es el hallarse muy menoscabada la autoridad del derecho y el respeto a la autoridad — por haberse negado que el derecho y el poder vienen de Dios, creador y gobernador del mundo —, también a este desorden pondrá remedio la paz cristiana, ya que es una paz divina, y por lo mismo manda que se respeten el orden, la ley y el poder. Pues así nos lo enseña la Escritura: ‘Conservad en paz la disciplina’ (Eccl 41, 17), […] Y nuestro Señor Jesucristo, no sólo dijo aquello de: ‘Dad al César lo que es del César’ (Mt 22,21), sino que declaró respetar en el mismo Pilato el poder que le había sido dado de lo alto (Jo 14, 11), de la misma manera que había mandado a los discípulos que reverenciasen a los Escribas y Fariseos que se sentaron en la cátedra del Moisés (Mt 23,2). […] Y si se considera que todo cuanto Cristo enseñó y estableció acerca de la dignidad de la persona humana, de la inocencia de costumbres, del deber de obedecer, de la ordenación divina de la sociedad, del sacramento del matrimonio y de la santidad de la familia cristiana; si se considera, decimos, que estas y otras doctrinas que trajo del cielo a la tierra las entregó a sola su Iglesia, y con promesa solemne de su auxilio y perpetua asistencia, y que le dio el encargo, como maestra infalible que era, que no dejase nunca de anunciarlas a las gentes todas hasta el fin de los tiempos, fácilmente se entiende cuán gran parte puede y debe tener la Iglesia para poner el remedio conducente a la pacificación del mundo. […] Por lo cual, siendo propio de sola la Iglesia, por hallarse en posesión de la verdad y de la virtud de Cristo, el formar rectamente el ánimo de los hombres, ella es la única que puede, no sólo arreglar la paz por el momento, sino afirmarla para el porvenir. […] Cuantas tentativas se han hecho hasta ahora a este respecto han tenido ninguno muy poco éxito, sobre todo en los asuntos con más ardor debatidos. Es que no hay institución alguna humana que pueda imponer a todas las naciones un Código de leyes comunes, acomodado a nuestros campo […] Pero hay una institución divina que puede custodiar la santidad del derecho de gentes; institución que a todas las naciones se extiende y está sobre las naciones todas, provista de la mayor autoridad y venerada por la plenitud del magisterio: la Iglesia de Cristo; y ella es la única que se presenta con aptitud para tan grande oficio, ya por el mandato divino, por su misma naturaleza y constitución, ya por la majestad misma que le dan los siglos, que ni con las tempestades de la guerra quedó maltrecha, antes con admiración de todos salió de ella más acreditada. Síguese, pues, que la paz digna de tal nombre, es a saber, la tan deseada paz de Cristo, no puede existir si no se observan fielmente por todos en la vida pública y en la privada las enseñanzas, los preceptos y los ejemplos de Cristo: y una vez así constituida ordenadamente la sociedad, pueda por fin la Iglesia, desempeñando su divino encargo, hacer valer los derechos todos de Dios, los mismo sobre los individuos que sobre las sociedades. […] De todo lo cual resulta claro que no hay paz de Cristo sino en el reino de Cristo, y que no podemos nosotros trabajar con más eficacia para afirmar la paz que restaurando el reino de Cristo. (Pío XI, Encíclica Ubi Arcano dei Consilio, sobre la Paz de Cristo, 23 de diciembre de 1922)

Santo Tomás de Aquino

La paz es fruto de la caridad, por lo cual, sin la gracia no puede haber paz verdadera

La paz, como queda dicho, implica esencialmente doble unión: la que resulta de la ordenación de los propios apetitos en uno mismo, y la que se realiza por la concordia del apetito propio con el ajeno. Tanto una como otra unión la produce la caridad. Produce la primera por el hecho de que Dios es amado con todo el corazón, de tal manera que todo lo refiramos a Él, y de esta manera todos nuestros deseos convergen en el mismo fin. Produce también la segunda en cuanto amamos al prójimo como a nosotros mismos; por eso quiere cumplir el hombre la voluntad del prójimo como la suya. […] (ad 1:) Nadie pierde la gracia santificante si no es por el pecado, que aparta al hombre del fin debido, prefiriendo sobre él un fin malo. En este sentido, su apetito, de hecho, no se adhiere principalmente al bien final verdadero, sino al aparente. Por eso, sin gracia santificante no puede haber paz verdadera, sino sólo aparente. (Santo Tomás de Aquino, S.Th. II-II, q.29, a.3, co. /ad1. En latín)

II- ¿Una paz sin muros es de Jesucristo?

Sagradas Escrituras

Jesucristo trajo la división y profetizó el odio contra los que le siguieran

No piensen que he venido a traer la paz sobre la tierra. No vine a traer la paz, sino la espada. Porque he venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra; y así, el hombre tendrá como enemigos a los de su propia casa. (Mt 10, 34-36)

Jesucristo trae la división hasta en las familias

¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división. De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra. (Lc 12, 51)

La paz de Cristo es diferente a la paz del mundo

Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. (Jn 14, 27)

El mundo odia a los que son de Jesucristo

Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. Si ustedes fueran del mundo,
el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia.
(Jn 15, 18-19)

El peligro de juntarse con los pecadores

Ahora, pues, lo que os escribí fue que no os mezclaseis con quien, llamándose hermano, fuese fornicario, o codicioso, o idólatra, o ultrajador, o borracho, o ladrón: con ese tal, ni comer. Pues ¿qué me va a mí en juzgar a los de fuera? ¿Acaso no es a los de dentro a los que vosotros juzgáis? A los de fuera ya Dios los juzgará. Expeled al malvado de entre vosotros. (1Cor 5, 9-13)

El hereje no está unido a Dios y debe huirse de él para no hacerse cómplice suyo

Todo el que se aventura más allá de la doctrina de Cristo y no permanece en ella, no está unido a Dios. En cambio, el que permanece en su doctrina está unido al Padre, y también al Hijo. Si alguien se presenta ante ustedes y no trae esta misma doctrina, no lo reciban en su casa ni lo saluden. Porque el que lo saluda se hace cómplice de sus malas obras. (2Jn 9-11)

Juan Pablo II

Jesús no da simplemente la paz, sino su paz, que exige el orden y la verdad

La justicia camina con la paz y está en relación constante y dinámica con ella. La justicia y la paz tienden al bien de cada uno y de todos, por eso exigen orden y verdad. Cuando una se ve amenazada, ambas vacilan; cuando se ofende la justicia también se pone en peligro la paz. […] En virtud de la fe en Dios-amor y de la participación en la redención universal de Cristo, los cristianos están llamados a comportarse según justicia y a vivir en paz con todos, porque ‘Jesús no da simplemente la paz. Nos da su paz acompañada de su justicia. Él es paz y justicia. Se hace nuestra paz y nuestra justicia. Pronuncié estas palabras hace casi veinte años, sin embargo, en el horizonte de las actuales transformaciones radicales, adquieren en nuestros días un sentido aún más vivo y concreto. […] El corazón del mensaje evangélico es Cristo, paz y reconciliación para todos. (Juan Pablo II. Mensaje para la celebración de la XXXI Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 1998)

Pío XI

Contra los imprudentes “pancristianos”, recuérdese que San Juan prohibía el trato con quien no tuviera la doctrina íntegra

Podría parecer que dichos ‘pancristianos’, tan atentos a unir las iglesias, persiguen el fin nobilísimo de fomentar la caridad entre todos los cristianos, pero, ¿cómo es posible que la caridad redunde en daño de la fe? Nadie, ciertamente, ignora que San Juan, el Apóstol mismo de la caridad, el cual en su Evangelio parece descubrirnos los secretos del Corazón Santísimo de Jesús, y que solía inculcar continuamente a sus discípulos el nuevo precepto Amaos unos a los otros, prohibió absolutamente todo trato y comunicación con aquellos que no profesasen, integra y pura, la doctrina de Jesucristo: ‘Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa, y ni siquiera le saludéis’ (2 Jo 1,10). Siendo, pues, la fe integra y sincera, como fundamento y raíz de la caridad, necesario es que los discípulos de Cristo estén unidos principalmente con el vínculo de la unidad de fe. (Pío XI, Encíclica Mortalium animos, 6 de enero de 1928)

Pío IX

La palabra de perpetua conciliación todo pierde so pretexto de salvarlo

En estos tiempos de confusión y de desorden, no es raro ver cristianos, católicos —hasta los hay en el clero secular, en los claustros— que siempre tienen en los labios la palabra de término medio, de conciliación, de transacción. ¡Pues bien! no vacilo en declararlo: esos hombres están en un error, y no los miro como los enemigos menos peligrosos de la Iglesia. Vivimos en una atmósfera corrompida, pestilencial; sepamos preservarnos de ella; no nos dejemos emponzoñar por las falsas doctrinas, que todo lo pierden, so pretexto de salvarlo todo. (Pío IX. Discurso en la iglesia de Aracoeli, 17 de septiembre de 1861)

San Agustín

Los que aman el mundo se dan una falsa paz para disfrutar de su querido mundo

Por otra parte, lo que el Señor ha añadido y aseverado: ‘No como el mundo la da, yo os la doy’ ¿qué otra cosa significa sino ‘Yo la doy no como la dan los hombres que aman el mundo’? Éstos se dan la paz precisamente para disfrutar por entero, sin la molestia de pleitos y guerras, no de Dios, sino de su querido mundo; y, cuando a los justos dan la paz de no perseguirlos, no puede haber paz auténtica donde no hay concordia auténtica, porque están desunidos los corazones. En efecto, como se llama consorte a quien une su suerte, así ha de llamarse concorde quien une los corazones. Nosotros, pues, carísimos, a quienes Cristo deja paz y nos da su paz no como el mundo, sino como ese mediante el que el mundo se hizo, para ser concordes unamos recíprocamente los corazones y tengamos arriba un único corazón, para que no se corrompa en la tierra. (San Agustín, Comentario sobre el Evangelio de San Juan, Tratado 77, n. 5)

Congregación para la Doctrina de la Fe

Las teorías relativistas juzgan un peligro para la paz el anuncio misionero de la Iglesia

Hoy, sin embargo, ‘el perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativista, que tratan de justificar el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure (o de principio)’ (cf. Dominus Iesus, n.4). Desde hace mucho tiempo se ha ido creando una situación en la cual, para muchos fieles, no está clara la razón de ser de la evangelización (cf. Evangelii Nuntiandi, n.80). Hasta se llega a afirmar que la pretensión de haber recibido como don la plenitud de la Revelación de Dios, esconde una actitud de intolerancia y un peligro para la paz. (Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la Evangelización, 3 de diciembre de 2007)

III- ¿Es siempre bueno el encuentro?

Sagradas Escrituras

El peligro de pudrir la propia fe

¿No saben que “un poco de levadura hace fermentar toda la masa”? (1Cor 5,6)

Pablo VI

El apostolado es arriesgado y hay que estar inmunizado contra el contagio de los errores

Pero subsiste el peligro. El arte del apostolado es arriesgado. La solicitud por acercarse a los hermanos no debe traducirse en una atenuación o en una disminución de la verdad. Nuestro diálogo no puede ser una debilidad frente al deber con nuestra fe. El apostolado no puede transigir con una especie de compromiso ambiguo respecto a los principios de pensamiento y de acción que han de señalar nuestra cristiana profesión. El irenismo y el sincretismo son en el fondo formas de escepticismo respecto a la fuerza y al contenido de la palabra de Dios que queremos predicar. Sólo el que es totalmente fiel a la doctrina de Cristo puede ser eficazmente apóstol. Y sólo el que vive con plenitud la vocación cristiana puede estar inmunizado contra el contagio de los errores con los que se pone en contacto. (Pablo VI, Encíclica Ecclesiam Suam, n. 33, 6 de agosto de 1964)

El peligro inminente de extravío en medio de las transformaciones presentes – obligación de profundizarse sobre la Iglesia según la Escritura y en la Tradición

Todos saben por igual que la humanidad en este tiempo está en vía de grandes transformaciones, trastornos y desarrollos que cambian profundamente no sólo sus formas exteriores de vida, sino también sus modos de pensar. Su pensamiento, su cultura, su espíritu se han modificado íntimamente, ya por el progreso científico, técnico y social, ya por las corrientes del pensamiento filosófico y político que la invaden y atraviesan. Todo ello, como las olas de un mar, envuelve y sacude a la Iglesia misma; los espíritus de los hombres que a ella se confían están fuertemente influidos por el clima del mundo temporal; de tal manera que un peligro como de vértigo, de aturdimiento, de extravío, puede sacudir su misma solidez e inducir a muchos a aceptar los más extraños pensamientos, como si la Iglesia tuviera que renegar de sí misma y abrazar novísimas e impensadas formas de vida. […] Ahora bien; creemos que para inmunizarse contra tal peligro, siempre inminente y múltiple, que procede de muchas partes, el remedio bueno y obvio es el profundizar en la conciencia de la Iglesia, sobre lo que ella es verdaderamente, según la mente de Cristo conservada en la Escritura y en la Tradición, e interpretada y desarrollada por la genuina enseñanza eclesiástica, la cual está, como sabemos, iluminada y guiada por el Espíritu Santo. (Pablo VI, Encíclica Ecclesiam Suam, n. 8, 6 de agosto de 1964)

Pío XII

No es lícito esconder la verdad so pretexto de facilitar la concordia

No es lícito, ni siquiera con el pretexto de hacer más fácil la concordia, disimular siquiera un solo dogma; pues, como advierte el patriarca de Alejandría: ‘Desear la paz es ciertamente primero y mayor bien, pero no si debe por tal motivo permitir que venga a menos la virtud de la piedad en Cristo (Epis. 61). (Pío XII, Encíclica Orientalis Ecclesiae, 9 de abril de 1944)

Pío XI

Los enemigos de la Iglesia invitan la colaboración amistosa con ellos en el campo del humanitarismo, la caridad y la paz para atraerse las muchedumbres

Al principio, el comunismo se manifestó tal cual era en toda su criminal perversidad; pero pronto advirtió que de esta manera alejaba de sí a los pueblos, y por esto ha cambiado de táctica y procura ahora atraerse las muchedumbres con diversos engaños, ocultando sus verdaderos intentos bajo el rótulo de ideas que son en sí mismas buenas y atrayentes. Por ejemplo, viendo el deseo de paz que tienen todos los hombres, los jefes del comunismo aparentan ser los más celosos defensores y propagandistas del movimiento por la paz mundial; pero, al mismo tiempo, por una parte, excitan a los pueblos a la lucha civil para suprimir las clases sociales, lucha que hace correr ríos de sangre, y, por otra parte, sintiendo que su paz interna carece de garantías sólidas, recurren a un acopio ilimitado de armamentos. De la misma manera, con diversos nombres que carecen de todo significado comunista, fundan asociaciones y publican periódicos cuya única finalidad es la de hacer posible la penetración de sus ideas en medios sociales que de otro modo no les serian fácilmente accesibles; más todavía, procuran infiltrarse insensiblemente hasta en las mismas asociaciones abiertamente católicas o religiosas. En otras partes, los comunistas, sin renunciar en nada a sus principios, invitan a los católicos a colaborar amistosamente con ellos en el campo del humanitarismo y de la caridad, proponiendo a veces, con estos fines, proyectos completamente conformes al espíritu cristiano y a la doctrina de la Iglesia. […] Procurad, venerables hermanos, con sumo cuidado que los fieles no se dejen engañar. El comunismo es intrínsecamente malo, y no se puede admitir que colaboren con el comunismo, en terreno alguno, los que quieren salvar de la ruina la civilización cristiana. (Pío XI. Encíclica Divini Redemptoris, sobre el comunismo ateo, 19 de marzo de 1937)

Pío IX

La exigencia de la caridad cristiana es sacar de las tinieblas del error a los que no están unidos a la fe católica

Lejos, sin embargo, de los hijos de la Iglesia Católica ser jamás en modo alguno enemigos de los que no nos están unidos por los vínculos de la misma fe y caridad; al contrario, si aquellos son pobres o están enfermos o afligidos por cualesquiera otras miserias, esfuércense más bien en cumplir con ellos todos los deberes de la caridad cristiana y en ayudarlos siempre y, ante todo, pongan empeño por sacarlos de las tinieblas del error en que míseramente yacen y reducirlos a la verdad católica y a la Madre amantísima, la Iglesia, que no cesa nunca de tenderles sus manos maternas y llamarlos nuevamente a su seno, a fin de que, fundados y firmes en la fe, esperanza y caridad y fructificando en toda obra buena (Col 1, 10), consigan la eterna salvación. (Pío IX. Encíclica Quanto Conficiamur Moerore, 10 de agosto de 1863)

Más peligrosos que los enemigos declarados son los que atraen a los imprudentes amantes de la conciliación

Si bien los hijos del siglo son más sagaces que los hijos de la luz (Lc 16,8), sus astucias y violencias hubieran tenido menos efecto sin la ayuda ofrecida por muchas manos amigas de la grey católica. No hubiera servido, como ellos querían, unirse al mismo carro, esforzarse en unir la luz y las tinieblas y hacer participar a la iniquidad con la justicia, gracias a las doctrinas que han dado en llamarse católico-liberales y que fundadas en los principios más perniciosos, dieron ventajas al poder laico en el mismo momento en que éste se insertaba en el dominio espiritual, inclinando el espíritu a la sumisión, o por lo menos a la tolerancia ante las leyes más inicuas, como si no estuviere escrito que ‘para nada pueden servir dos maestros’ (Lc 16,13). Esta clase de gente es, sin duda alguna, más peligrosa y dañina que los enemigos declarados, porque sin llamar la atención y sin, tal vez, ponerse en guardia, se prestan a las maniobras de estos últimos. Por otra parte, manteniéndose de este costado del límite de opinión netamente condenado, dan la impresión de una irreprochable probidad doctrinaria y atraen a los imprudentes amantes de la conciliación, engañando a la gente honesta que rechazaría un error declarado. Es así como dividen los espíritus, rompen la unidad y debilitan las fuerzas que deberían oponerse unidas al adversario. (Beato Pío IX. Per Tristisima – Carta a los miembros del Circulo San Ambrosio de Milán, 6 de marzo de 1873)

Santo Tomás de Aquino

Los fieles sencillos no deben tratar con los infieles por temer su propia perversión

A los fieles se les prohíbe el trato con alguna persona por dos razones: la primera, en castigo de aquel a quien se le sustrae la comunicación con los fieles; la segunda, por precaución hacia quienes se les prohíbe el trato con ella. Ambas razones pueden deducirse de las palabras del Apóstol. […] En cuanto al segundo título, hay que distinguir, de acuerdo con las condiciones diversas de personas, ocupaciones y tiempos. Si se trata, efectivamente, de cristianos firmes en la fe, hasta el punto de que de su comunicación con los infieles se pueda esperar más bien la conversión de éstos que el alejamiento de aquéllos de la fe, no debe impedírseles el comunicar con los infieles que nunca recibieron la fe, es decir, con los paganos y judíos, sobre todo cuando la necesidad apremia. Si, por el contrario, se trata de fieles sencillos y débiles en la fe, cuya perversión se pueda temer como probable, se les debe prohibir el trato con los infieles; sobre todo se les debe prohibir que tengan con ellos una familiaridad excesiva y una comunicación innecesaria. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q.10, a.9, co.)

IV – El grave deber de predicar la verdadera doctrina sobre la paz y su relación con Dios

Sagradas Escrituras

El grave deber de estar totalmente con Nuestro Señor Jesucristo

El que no está conmigo está contra mí y el que no recoge conmigo, desparrama. (Mt 12, 30/ Lc 11,23)

¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!

Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! Si yo realizara esta tarea por iniciativa propia, merecería ser recompensado, pero si lo hago por necesidad, quiere decir que se me ha confiado una misión. (1Cor 9, 16-17)

¿Cómo creer, si nadie lo predica?

Pero, ¿cómo invocarlo sin creer en él? ¿Y cómo creer, sin haber oído hablar de él? ¿Y cómo oír hablar de él, si nadie lo predica? […] La fe, por lo tanto, nace de la predicación.

Si no se proclama la Palabra de Dios, los hombres se apartar de la verdad para escuchar cosas fantasiosas

Yo te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, y en nombre de su Manifestación y de su Reino: proclama la Palabra de Dios, insiste con ocasión o sin ella, arguye, reprende, exhorta, con paciencia incansable y con afán de enseñar. Porque llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina; por el contrario, llevados por sus inclinaciones, se procurarán una multitud de maestros que les halaguen los oídos, y se apartarán de la verdad para escuchar cosas fantasiosas. Tú, en cambio, vigila atentamente, soporta todas las pruebas, realiza tu tarea como predicador del Evangelio, cumple a la perfección tu ministerio. (2Tm 4, 1-5)

Concilio Vaticano I

La Iglesia tiene el deber de proscribir el error para que nadie se deje engañar

Ahora bien, la Iglesia, que recibió juntamente con el cargo apostólico de enseñar, el mandato de custodiar el depósito de la fe, tiene también divinamente el derecho y deber de proscribir la ciencia de falso nombre (1Tm 6, 20), a fin de que nadie se deje engañar por la filosofía y la vana falacia (cf. Col 2, 8; Can 2). (Denzinger-Hünermann 3018. Concilio Vaticano I, Constitución dogmática Dei Filius, sobre la fe católica, 24 de abril de 1870)

Pío X

La paz sólo vendrá mediante la luz de la razón regida por la ciencia de las cosas divinas

La actual depresión y debilidad de las almas, de que resultan los mayores males, provienen, principalmente, de la ignorancia de las cosas divinas. Esta opinión concuerda enteramente con lo que Dios mismo declaro por su profeta Oseas: ‘No hay conocimiento de Dios en la tierra. La maldición, y la mentira, y el homicidio, y el robo, y el adulterio lo han inundado todo; la sangre se añade a la sangre por cuya causa se cubrirá de luto la tierra y desfallecerán todos sus moradores.’ (Os 4,1ss) […] Con razón decía el apóstol San Pablo escribiendo a los de Éfeso: ‘La fornicación y toda especie de impureza o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como corresponde a santos, ni tampoco palabras torpes, ni truhanerías’ (Ef 5,3ss). Como fundamento de este pudor y santidad, con que se moderan las pasiones, puso la ciencia de las cosas divinas: ‘Y así, mirad, hermanos, que andéis con gran circunspección; no como necios sino como prudentes… Por lo tanto, no seáis indiscretos, sino atentos sobre cuál es la voluntad de Dios (5, 15ss) […] Sentencia justa; porque la voluntad humana apenas conserva algún resto de aquel amor a la honestidad y la rectitud, puesto en el hombre por Dios creador suyo, amor que le impulsaba hacia un bien, no entre sombras, sino claramente visto. Mas, depravada por la corrupción del pecado original y olvidada casi de Dios, su Hacedor, la voluntad humana convierte toda su inclinación a amar la vanidad y a buscar la mentira. Extraviada y ciega por las malas pasiones, necesita un guía que le muestre el camino para que se restituya a la vía de la justicia que desgraciadamente abandono. Este guía, que no ha de buscarse fuera del hombre, y del que la misma naturaleza le ha provisto, es la propia razón; mas si a la razón le falta su verdadera luz, que es la ciencia de las cosas divinas, sucederá que, al guiar un ciego a otro ciego, ambos caerán en el hoyo […] Solo la doctrina cristiana pone al hombre en posesión de su eminente dignidad natural en cuanto hijo del Padre celestial […] Pero de esta misma dignidad y del conocimiento que de ella se ha de tener infiere Cristo que los hombres deben amarse como hermanos y vivir en la tierra como conviene a los hijos de la luz, no en comilonas y borracheras, no en deshonestidades y disoluciones, no en contiendas y envidias (cf. Rm 13,13); mándanos asimismo que nos entreguemos en manos de Dios, que es quien cuida de nosotros; que socorramos al pobre, hagamos bien a nuestros enemigos y prefiramos los bienes eternos del alma a los perecederos del tiempo. […] Cuando al espíritu lo envuelven las espesas tinieblas de la ignorancia, no pueden darse ni la rectitud de la voluntad ni las buenas costumbres, pues si caminando con los ojos abiertos puede apartarse el hombre del buen camino, el que padece de ceguera está en peligro cierto de desviarse. (Pío X. Encíclica Acerbo Nimis, sobre la enseñanza de la Doctrina cristiana, 15 de abril de 1905)

El deber más grave del pastor es adoctrinar

Conviene averiguar hora a quién compete preservar a las almas de aquella perniciosa ignorancia e instruirlas en ciencia tan indispensable. -Lo cual, Venerables Hermanos, no ofrece dificultad alguna, porque ese gravísimo deber corresponde a los pastores de almas que, efectivamente, se hallan obligados por mandato del mismo Cristo a conocer y apacentar las ovejas, que les están encomendadas. Apacentar es, ante todo, adoctrinar: ‘Os daré pastores según mi corazón, que os apacentarán con la ciencia y con la doctrina’ (Jr 3, 15). Así hablaba Jeremías, inspirado por Dios. Y, por ello, decía también el apóstol San Pablo: ‘No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar’ (1Cor 1,17) advirtiendo así que el principal ministerio de cuantos ejercen de alguna manera el gobierno de la Iglesia consiste en enseñar a los fieles en las cosas sagradas. […] Cierto es que Dios alaba grandemente la piedad que nos mueve a procurar el alivio de las humanas miserias: mas, ¿quién negará que mayor alabanza merecen el celo y el trabajo consagrados a procurar los bienes celestiales a los hombres, y no ya las transitorias ventajas materiales? […] Importa mucho, Venerables Hermanos, asentar bien aquí -e insistir en ello- que para todo sacerdote éste es el deber más grave, más estricto, que le obliga. Porque ¿quién negará que en el sacerdote a la santidad de vida debe irle unida la ciencia? ‘En los labios del sacerdote ha de estar el depósito de la ciencia’ (Mt 2,7). […] Por lo cual, el sacrosanto Concilio de Trento, hablando de los pastores de almas, declara que la primera y mayor de sus obligaciones era la de enseñar al pueblo cristiano (Sess. 5, c. 2 de refor.; sess. 22, c. 8; sess. 24, c. 4 et 7 de refor). […] Por eso escribía el Apóstol: ‘La fe proviene del oír, y el oír depende de la predicación de la palabra de Cristo’ (Rom 10,17). Y para mostrar la necesidad de la enseñanza añadió: ¿Cómo… oirán hablar, si no se les predica? (Rom 10,14). (San Pío X. Encíclica Acerbo Nimis, sobre la enseñanza de la Doctrina cristiana, 15 de abril de 1905)

Gregorio Magno

El que rehusa apacentar el rebaño de Dios no ama el supremo Pastor

Por eso, dijo la Verdad a sus discípulos: ‘No puede ocultarse una ciudad puesta en la cima de un monte, ni tampoco encienden una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelabro, para que alumbre a todos que están en la casa’ (Mt 5, 14-15). Y también a Pedro: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas?’ (Jn 21, 16) Pedro, cuando respondió inmediatamente que le amaba, oyó: ‘Si me amas, apacienta mis ovejas’ (Jn 21, 17). Por consiguiente, si el apacentar es un testimonio de amor, el que teniendo abundancia de virtudes rehusa apacentar el rebaño de Dios, convénzase de que no ama el supremo Pastor. (San Gregorio Magno. Regla Pastoral, lib, I, c.5)

Juan Pablo II

Gravísimo peligro de confundir los límites entre la Iglesia y el mundo

La cuestión principal concierne a la relación entre la Iglesia y el mundo. […] La secularización avanzada de la sociedad implica una tendencia a confundir los límites entre la Iglesia y el mundo. Algunos aspectos de la cultura dominante pueden condicionar a la comunidad cristiana en actitudes que el Evangelio no admite. […] Esto va acompañado a menudo por un enfoque acrítico del problema del mal moral y por un rechazo a reconocer la realidad del pecado y la necesidad del perdón. Esta actitud se manifiesta en una concepción de la modernidad excesivamente optimista, junto con un malestar ante la cruz y sus implicaciones para la vida cristiana. Se olvida muy fácilmente el pasado, y se acentúa tanto la dimensión horizontal, que se debilita el sentido de lo sobrenatural. (San Juan Pablo II. Discurso a la Conferencia Episcopal de Australia en visita “ad limina”, n. 3, 14 de diciembre de 1998)

La constante tentación de buscar una libertad ilusoria fuera de la verdad

Debido al misterioso pecado del principio, cometido por instigación de Satanás, que es ‘mentiroso y padre de la mentira’ (Jn 8, 44), el hombre es tentado continuamente a apartar su mirada del Dios vivo y verdadero y dirigirla a los ídolos (cf. 1Ts 1, 9), cambiando ‘la verdad de Dios por la mentira’ (Rm 1, 25); de esta manera, su capacidad para conocer la verdad queda ofuscada y debilitada su voluntad para someterse a ella. Y así, abandonándose al relativismo y al escepticismo (cf. Jn 18, 38), busca una libertad ilusoria fuera de la verdad misma. Pero las tinieblas del error o del pecado no pueden eliminar totalmente en el hombre la luz de Dios creador. Por esto, siempre permanece en lo más profundo de su corazón la nostalgia de la verdad absoluta y la sed de alcanzar la plenitud de su conocimiento. (San Juan Pablo II. Encíclica Veritatis Splendor, n.1, 6 de agosto de 1993)

León XIII

Callar es propio del cobarde o de quien duda de la verdad, y es injurioso a Dios

Pero cuando la necesidad apremia no sólo deben guardar incólume la fe los mandan, sino que cada uno esté obligado a propagar la fe delante de los otros, ya para instruir y confirmar a los demás fieles, ya para reprimir la audacia de los infieles. Ceder el puesto al enemigo, o callar cuando de todas partes se levanta incesante clamoreo para oprimir a la verdad, propio es, o de hombre cobarde o de quien duda estar en posesión de las verdades que profesa. Lo uno y lo otro es vergonzoso e injurioso a Dios; lo uno y lo otro, contrario a la salvación del individuo y de la sociedad: ello aprovecha únicamente a los enemigos del nombre cristiano, porque la cobardía de los buenos fomenta la audacia de los malos. (León XIII, Encíclica Sapientiae Christianae, n.14, 10 de enero de 1890)

San Juan Crisóstomo

Quien tiene autoridad para enseñar y no lo hace es transgresor de la Ley

Nota bien cómo [Cristo] empieza y por dónde hace resaltar las culpas de ellos. Porque dice: Enseñan, pero no obran. Como si les dijera: cada uno tiene culpa como transgresor de la Ley, pero sobre todo el que tiene autoridad para enseñar, pues queda reo de doble y aun triple condenación. En primer lugar como transgresor: en segundo lugar porque debiendo enseñar a los otros y enmendarlos falla en esto, y por razón de su dignidad de maestro es digno de pena mayor. En tercer lugar porque es motivo de mayor corrupción, pues procede así estando constituido en el grado de doctor de la Ley. (San Juan Crisóstomo, Homilía LXXII sobre el Evangelio de San Mateo, n.72)


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Odino Faccia, co-autor junto al Papa Francisco del Himno por la Paz, apoya y difunde nuestro estudio. 

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