56 – “Hay quien dice que el pecado es una ofensa a Dios…”

Es normal tener miedo de ser picado por una serpiente cuyo veneno puede llevar a la muerte en pocos minutos, especialmente en aquellos lugares donde este peligro es una realidad y no apenas una posibilidad remota. Al andar por donde se sabe que habitan estos astutos animales, las alarmas se encienden, se redoblan las atenciones ante cualquier movimiento sospechoso y, en la medida de lo posible, se procura evitar ese lugar cuanto antes. Sin embargo, pocos temen una serpiente incomparablemente más letal que cualquier especie asesina, pues su picadura causa una muerte mucho más profunda; la muerte del alma que nos separa eternamente de Dios. Estamos hablando del pecado. Asunto de tanta gravedad motivó que innumerables santos y autores espirituales lo trataran con suma precisión, evitando a toda costa un lenguaje nebuloso que posibilitara vías de escape para la tendencia de nuestra miserable naturaleza humana a relativizar los negocios del más allá. Por eso, no parece sin cabida recordar algunas importantes precisiones del Magisterio de la Santa Madre Iglesia sobre este tema que nos aclaren las ideas.

Francisco

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La Iglesia es la gran familia de los hijos de Dios. Cierto, también tiene aspectos humanos; en quienes la componen, pastores y fieles, existen defectos, imperfecciones, pecados; también el Papa los tiene, y tiene muchos, pero es bello que cuando nos damos cuenta de ser pecadores encontramos la misericordia de Dios, que siempre nos perdona. No lo olvidemos: Dios siempre perdona y nos recibe en su amor de perdón y de misericordia. Hay quien dice que el pecado es una ofensa a Dios, pero también una oportunidad de humillación para percatarse de que existe otra cosa más bella: la misericordia de Dios. (Audiencia general, 29 de mayo de 2013)

La esperanza es esa virtud cristiana que tenemos como un gran don del Señor y que nos hace ver lejos, más allá de los problemas, dolores, dificultades, más allá de nuestros pecados. Nos hace ver la belleza de Dios. Cuando me encuentro con una persona que tiene esta virtud de la esperanza y está en un momento malo de su vida ―ya sea una enfermedad o una preocupación por un hijo o una hija o alguien de la familia o lo que sea― y tiene esta virtud, en medio del dolor tiene el ojo penetrante, tiene la libertad de ver más allá, siempre más lejos. Y esa es la esperanza. Y esa es la profecía que hoy nos da la Iglesia: hacen falta mujeres y hombres de esperanza, también en medio de los problemas. La esperanza abre horizontes, la esperanza es libre, no es esclava, siempre encuentra un sitio para arreglar una situación.
En el Evangelio  (Mt 21, 23-27) están los jefes de los sacerdotes que preguntan a Jesús con qué autoridad actúa. No tienen horizontes, son hombres encerrados en sus cálculos, esclavos de sus propias rigideces. Y los cálculos humanos cierran el corazón, cierran la libertad, mientras que la esperanza nos hace ligeros. ¡Qué hermosa es la libertad, la magnanimidad, la esperanza de un hombre y una mujer de Iglesia. En cambio, qué fea y cuánto mal hace la rigidez de una mujer o de un hombre de Iglesia, la rigidez clerical, que no tiene esperanza. En este Año de la Misericordia, están esos dos caminos: quien tiene esperanza en la misericordia de Dios y sabe que Dios es Padre, que Dios perdona siempre y todo, que más allá del desierto está el abrazo del Padre, el perdón. Y luego están los que se refugian en su esclavitud, en su rigidez, y no saben nada de la misericordia de Dios. Estos eran doctores, habían estudiado, pero su ciencia no les salvó.  (Homilía en Santa Marta, 14 de diciembre de 2015)

Enseñanzas del Magisterio

Tabla de contenido

I- Nociones fundamentales sobre el pecado

Juan Pablo II
-El pecado es una violación de la ley de Dios y un rechazo de su proyecto
-La Iglesia cree y profesa la existencia del pecado
-El pecado es un acto voluntario de perversidad

San Agustín
-Pecado, desprecio de la ley eterna

Catecismo Romano
-Nuestras faltas violan la santidad del alma y profanan el templo de Dios
-Los pecados turban el orden establecido por la sabiduría divina
-El pecado envenena la razón y la voluntad

II- Los sufrimientos de Cristo y la expiación de los pecados

Sagradas Escrituras
-Reconciliados con Dios, seremos salvados por su vida

Catecismo Mayor de San Pío X
-Jesús padeció para inspirarnos horror al pecado

Pío XI
-Admirando la infinita caridad del Redentor, detestemos el pecado
-Cada falta renueva la pasión del Señor

Juan Pablo II
-La muerte de Cristo nos hace comprender la gravedad de nuestras ofensas

Benedicto XVI
-La misericordia de Jesús no quita la gravedad del pecado

Catecismo Romano
-El hombre es un deudor insolvente

III- Sólo las almas arrepentidas son dignas de misericordia

Sagradas Escrituras
-Que el pecado no siga reinando en vuestro cuerpo mortal

Concilio de Trento
-Es necesario detestar la ofensa a Dios y emendar la perversidad
-El imprescindible aborrecimiento de la vida vieja para la verdadera contrición
-Para la obtención del perdón son necesarios grandes llantos y trabajos

San Bernardo
-El pecador debe reconciliarse consigo mismo por el llanto de la penitencia

San Juan Crisóstomo
-La mancha del pecado se lava con las lágrimas y la confesión

Catecismo Mayor de San Pío X
-¿Qué haréis para excitar a detestar los pecados?

Catecismo Romano
-Disposiciones de alma para pedir perdón al Señor

San Agustín
-Para estar en comunión con Dios, tenemos que expulsar los pecados de nuestro interior
-Jesús perdona los pecados de quien va cambiando hasta alcanzar la perfección
-Ante todo, el reconocimiento del pecado

Catecismo de la Iglesia Católica
-Quien no se arrepiente rechaza el perdón y la salvación

Juan Pablo II
-Al perdón de Dios debe corresponder la conversión del hombre

Benedicto XVI
-El perdón del Señor impulsa a reconocer la gravedad del pecado

Pablo VI
-Soportemos los sufrimientos para evitar la doble pena del infierno

Inocencio IV
-El infierno es el tormento de los que mueren impenitentes

IV- La indiferencia del hombre hacia el pecado suscita la cólera de Dios

San Agustín
-Pocos temen la muerte del alma

Catecismo Romano
-Dios persigue a los pecadores

San Juan Crisóstomo
-Irritan y ofenden a Dios los pecadores que no sienten dolor de sus faltas

San Bernardo
-El que ama la iniquidad, odia su alma

San Agustín
-Un género de muerte: la mala costumbre

San Juan Crisóstomo
-¿La paloma del Bautismo o la serpiente del pecado?

Catecismo Romano
-Por el pecado nos vendemos a la esclavitud del demonio

V- Precisiones doctrinales sobre el pecado venial y el pecado mortal

Juan Pablo II
-El pecado tiene doble consecuencia

Catecismo de la Iglesia Católica
-Un primer pecado prepara muchos otros
-Las consecuencias del pecado venial

San Agustín
-No desprecies el pecado venial, pues conduce al mortal

Santo Tomás de Aquino
-Para el perdón de los pecados veniales también es necesario hacer penitencia

Juan Pablo II
-El pecado mortal es un rechazo del amor de Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación

Catecismo de la Iglesia Católica
-El hombre será condenado si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios

Santo Tomás de Aquino
-La verdadera penitencia es el abandono del pecado
-Aversión a Dios que merece la pena de daño
-Pena irreparable de duración perpetua

 I- Nociones fundamentales sobre el pecado

 Juan Pablo II

  • El pecado es una violación de la ley de Dios y un rechazo de su proyecto

El pecado no es una mera cuestión psicológica o social; es un acontecimiento que afecta a la relación con Dios, violando su ley, rechazando su proyecto en la historia, alterando la escala de valores y “confundiendo las tinieblas con la luz y la luz con las tinieblas”, es decir, “llamando bien al mal y mal al bien.” (cf. Is 5, 20) El pecado, antes de ser una posible injusticia contra el hombre, es una traición a Dios. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 8 de mayo de 2002)

  • La Iglesia cree y profesa la existencia del pecado

La Iglesia, inspirándose en la revelación, cree y profesa que el pecado es una ofensa a Dios. ¿Qué corresponde a esta “ofensa”, a este rechazo del Espíritu que es amor y don en la intimidad inescrutable del Padre, del Verbo y del Espíritu Santo? La concepción de Dios, como ser necesariamente perfectísimo, excluye ciertamente de Dios todo dolor derivado de limitaciones o heridas; pero, en las profundidades de Dios, se da un amor de Padre que, ante el pecado del hombre, según el lenguaje bíblico, reacciona hasta el punto de exclamar: “Estoy arrepentido de haber hecho al hombre.” (Juan Pablo II. Encíclica Dominum et Vivificantem, n. 39, 18 de mayo de 1986)

  • El pecado es un acto voluntario de perversidad

El Concilio recuerda que una característica esencial del pecado es ser ofensa a Dios. Se trata de un hecho enorme, que incluye el acto perverso de la criatura que, a sabiendas y voluntariamente, se opone a la voluntad de su Creador y Señor, violando la ley del bien y entrando, mediante una opción libre, bajo el yugo del mal. […] Es preciso decir que es también un acto de lesa caridad divina, en cuanto infracción de la ley de la amistad y alianza que Dios estableció con su pueblo y con todo hombre mediante la sangre de Cristo; y, por tanto, un acto de infidelidad y, en la práctica, de rechazo de su amor. El pecado, por consiguiente, no es un simple error humano, y no comporta sólo un daño para el hombre: es una ofensa hecha a Dios, en cuanto que el pecador viola su ley de Creador y Señor, y hiere su amor de Padre. No se puede considerar el pecado exclusivamente desde el punto de vista de sus consecuencias psicológicas: el pecado adquiere su significado de la relación del hombre con Dios. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4, 15 de abril de 1992)

San Agustín

  • Pecado, desprecio de la ley eterna

Pecado es un hecho, dicho o deseo contra la ley eterna. A su vez, la ley eterna es la razón o voluntad divina que manda conservar el orden natural y prohíbe alterarlo. (San Agustín. Réplica a Fausto, l. XXII, n. 27)

Catecismo Romano

  • Nuestras faltas violan la santidad del alma y profanan el templo de Dios

Con él [el pecado] queda violada la santidad del alma, esposa de Cristo, y profanado el templo del Señor, acerca de lo cual escribió San Pablo: “Si alguno profana el templo de Dios, Dios le destruirá. Porque el templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros” (1 Cor 3, 16-17). (Catecismo Romano, parte II, cap. VI, II, n. 2)

  • Los pecados turban el orden establecido por la sabiduría divina

Cierto que nuestros pecados de pensamiento, palabra y obra van directamente contra Dios, a quien negamos obediencia, turbando, en cuanto nos es posible, el orden establecido por su infinita sabiduría. (Catecismo Romano, parte II, cap. VI, II, n. 3)

  • El pecado envenena la razón y la voluntad

El pecado es una peste que corrompe la carne y penetra los huesos, envenenando la misma razón y voluntad. (Catecismo Romano, parte II, cap. VI, II, n. 2)

II- Los sufrimientos de Cristo y la expiación de los pecados

Sagradas Escrituras

  •  Reconciliados con Dios, seremos salvados por su vida

Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvados del castigo! Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida! ” (Rm 5, 5-10)

Catecismo Mayor de San Pío X

  • Jesús padeció para inspirarnos horror al pecado

No era absolutamente necesario que Jesús padeciese tanto, porque el menor de sus padecimientos hubiera sido suficiente para nuestra redención, siendo cualquiera acción suya de valor infinito. Quiso Jesús padecer tanto para satisfacer más copiosamente a la divina justicia, para mostrarnos más su amor y para inspirarnos sumo horror al pecado. (Catecismo Mayor de San Pío X, n. 108-109)

Pío XI

  • Admirando la infinita caridad del Redentor, detestemos el pecado

Tal fue, ciertamente, el designio del misericordioso Jesús cuando quiso descubrirnos su Corazón con los emblemas de su pasión y echando de sí llamas de caridad: que mirando de una parte la malicia infinita del pecado, y, admirando de otra la infinita caridad del Redentor, más vehementemente detestásemos el pecado y más ardientemente correspondiésemos a su caridad. (Pío XI. Encíclica Miserentissimus Redemptor, n. 8, 8 de mayo de 1928)

  • Cada falta renueva la pasión del Señor

De todo lo cual tanto más hondamente se penetran las almas piadosas cuanto más claro ven que los pecados de los hombres en cualquier tiempo cometidos fueron causa de que el Hijo de Dios se entregase a la muerte; y aun ahora esta misma muerte, con sus mismos dolores y tristezas, de nuevo le infieren, ya que cada pecado renueva a su modo la pasión del Señor, conforme a lo del Apóstol: “Nuevamente crucifican al Hijo de Dios y le exponen a vituperio.” (Pío XI. Encíclica Miserentissimus Redemptor, n. 10, 8 de mayo de 1928)

Juan Pablo II

  • La muerte de Cristo nos hace comprender la gravedad de nuestras ofensas

La muerte en cruz, penosa y desgarradora, fue también “sacrificio de expiación”, que nos hace comprender tanto la gravedad del pecado, que es rebelión contra Dios y rechazo de su amor, como la maravillosa obra redentora de Cristo, que al expiar por la humanidad nos ha devuelto la gracia, es decir, la participación en la misma vida trinitaria de Dios y la herencia de su felicidad eterna. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 22 de marzo de 1989)

Benedicto XVI

  • La misericordia de Jesús no quita la gravedad del pecado

Jesucristo, encarnación de Dios, demostró esta inmensa misericordia, que no quita nada a la gravedad del pecado, sino que busca siempre salvar al pecador, ofrecerle la posibilidad de rescatarse, de volver a comenzar, de convertirse. (Benedicto XVI. Ángelus, 31 de octubre de 2010)

Catecismo Romano

  • El hombre es un deudor insolvente

Por el pecado nos hacemos reos delante de Dios y quedamos sometidos al débito de la pena que hemos de pagar o satisfaciendo o sufriendo. Por esto dijo Cristo de sí mismo por el profeta: “Tengo que pagar lo que nunca tomé” (Ps 68, 5). Esto demuestra no sólo que el hombre es deudor, sino también que es un deudor insolvente, incapaz de satisfacer por sí mismo. De aquí la necesidad de recurrir a la misericordia divina. Mas no nos exime este recurso del deber de la satisfacción en la justa medida que exige la justicia divina, de la que Dios es igualmente celosísimo. Y esto nos exige acudir a los méritos de la pasión de Cristo, sin los que nos sería absolutamente imposible alcanzar el perdón de nuestros pecados. (Catecismo Romano, parte II, cap. VI, II, n. 2)

III- Sólo las almas arrepentidas son dignas de misericordia

Sagradas Escrituras

  • Que el pecado no siga reinando en vuestro cuerpo mortal

¿Qué diremos, pues? ¿Permanezcamos en el pecado para que abunde la gracia? De ningún modo. Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo vamos a seguir viviendo en el pecado? […] Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. […] Nuestro hombre viejo fue crucificado con Cristo, para que fuera destruido el cuerpo de pecado, y, de este modo, nosotros dejáramos de servir al pecado; porque quien muere ha quedado libre del pecado. […] Que el pecado no siga reinando en vuestro cuerpo mortal, sometiéndoos a sus deseos; no pongáis vuestros miembros al servicio del pecado, como instrumentos de injusticia; antes bien, ofreceos a Dios. (Rm 6, 1-13)

Concilio de Trento

  • Es necesario detestar la ofensa a Dios y emendar la perversidad

En todo tiempo, la penitencia para alcanzar la gracia y la justicia fue ciertamente necesaria a todos los hombres que se hubieran manchado con algún pecado mortal, aun a aquellos que hubieran pedido ser lavados por el sacramento del bautismo, a fin de que, rechazada y emendada la perversidad, detestaran tamaña ofensa de Dios con odio del pecado y dolor de su alma. De ahí que diga el profeta: Convertíos y haced penitencia de todas vuestras iniquidades, y la iniquidad no se convertirá en ruina para vosotros” (Ez 18, 30), Y el Señor dijo también: “Si no hiciereis penitencia, todos pereceréis de la misma manera” (Lc 13, 3). (Denzinger-Hünermann 1669. Concilio de Trento. Sesión XIV, 25 de noviembre de 1551)

  • El imprescindible aborrecimiento de la vida vieja para la verdadera contrición

La contrición, que ocupa el primer lugar entre los mencionados actos del penitente, es un dolor del alma y detestación del pecado cometido, con propósito de no pecar en adelante. Ahora bien, este movimiento de contrición fue en todo tiempo necesario para impetrar el perdón de los pecados, y en el hombre caído después del bautismo, sólo prepara para la remisión de los pecados si va junto con la confianza en la divina misericordia y con el deseo de cumplir todo lo demás que se requiere para recibir debidamente este sacramento. Declara, pues, el santo Concilio que esta contrición no solo contiene en si el cese del pecado y el propósito e iniciación de una nueva vida, sino también el aborrecimiento de la vieja, conforme a aquello: “Arrojad de vosotros todas vuestras iniquidades, en que habéis prevaricado y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo” (Ez 18, 31). (Denzinger-Hünermann 1676. Concilio de Trento. Sesión XIV, 25 de noviembre de 1551)

  • Para la obtención del perdón son necesarios grandes llantos y trabajos

Por el sacramento de la penitencia no podemos en manera alguna llegar a esta renovación e integridad sin grandes llantos y trabajos de nuestra parte, por exigirlo así la divina justicia, de suerte que con razón fue definida la penitencia por los santos padres como “cierto bautismo trabajoso”. (Denzinger-Hünermann 1672. Concilio de Trento, Sesión XIV, 25 de noviembre de 1551)

San Bernardo

  • El pecador debe reconciliarse consigo mismo por el llanto de la penitencia

Quien pide la misericordia, obtiene esta oportuna respuesta: Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Compadécete de tu alma, tú que aspiras a que Dios se compadezca de ti. Llora cada noche sobre tu lecho. Acuérdate de regar tu cama con tus propias lágrimas. Si te compadeces de ti mismo, si te esfuerzas en gemir con el llanto de la penitencia, estarás ya en primer grado de la misericordia, y con toda seguridad la alcanzarás. Si eres muy pecador y buscas una gran misericordia y una inmensa compasión, afánate en acrecentar tu propia misericordia. Reconcíliate contigo mismo, pues eres una carga para ti al ser enemigo de Dios. (San Bernardo. Tratado a los clérigos sobre la conversión, cap. XVI, n. 29)

San Juan Crisóstomo

  • La mancha del pecado se lava con las lágrimas y la confesión

El pecado, empero, deja tan grande mancha, que mil fuentes de agua no son capaces de lavarla; sí, las lágrimas y la confesión. Pero nadie se da cuenta de esta mancha. (San Juan Crisóstomo. Homilía sobre el Evangelio de San Mateo: 37, n. 6)

Catecismo Mayor de San Pío X

  • ¿Qué haréis para excitar a detestar los pecados?

Para excitarme a detestar los pecados consideraré: 1°, el rigor de la infinita justicia de Dios y la deformidad del pecado que ha afeado mi alma y me ha hecho merecedor de las penas eternas del infierno, 2.°, que he perdido la gracia, amistad y filiación de Dios y la herencia del paraíso; 3 °, que he ofendido a mi Redentor que murió por mí y por causa de mis pecados; 4.°, que he menospreciado a mi Creador y a mi Dios; que he vuelto las espaldas a mi sumo Bien digno de ser amado sobre todas las cosas y servido fielmente. (Catecismo Mayor de San Pío X, n. 726)

Catecismo Romano

  • Disposiciones de alma para pedir perdón al Señor

Convendrá señalar las disposiciones con que debe acercarse el alma al Señor para pedir el perdón de sus culpas. 1. Ante todo, con conciencia de tus propios pecados y humilde arrepentimiento de los mismos y pleno convencimiento de que Dios quiere siempre perdonar a quien se acerca con estas disposiciones. 2. Ni basta simplemente recordar los pecados; es necesario que nuestra memoria de ellos sea dolorosa: un recuerdo que punce el corazón y excite el alma al arrepentimiento. La memoria de nuestros pecados debe ir siempre acompañada de este dolor y arrepentimiento, que nos harán recurrir con ansiedad y angustia a Dios, nuestro Padre, para que Él nos saque, con la gracia de su perdón, las espinas que llevamos clavadas en el alma. (Catecismo Romano, parte II, cap. VI, II, n. 2)

San Agustín

  • Para estar en comunión con Dios, tenemos que expulsar los pecados de nuestro interior

Si Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna y debemos estar en comunión con él, tenemos que expulsar de nosotros las tinieblas para que se produzca en nosotros la luz, pues las tinieblas no pueden entrar en comunión con la luz. […] Afirmas estar en comunión con Dios, pero caminas en tinieblas; por otra parte, Dios es luz y en él no hay tinieblas, ¿cómo entonces están en comunión la luz y las tinieblas? […] Los pecados, en cambio, son tinieblas, como lo dice el Apóstol al afirmar que el diablo y sus ángeles son los que dirigen estas tinieblas. No diría de ellos que dirigen las tinieblas si no dirigiesen a los pecadores y dominasen sobre los inicuos. ¿Qué hacemos, hermanos míos? Hay que estar en comunión con Dios, pues, de lo contrario, no cabe esperanza alguna de vida eterna. […] Caminemos en la luz como también él está en la luz para que podamos estar en comunión con él. (San Agustín. Homilías sobre la primera carta de San Juan a los Partos, n. 5)

  • Jesús perdona los pecados de quien va cambiando hasta alcanzar la perfección

Las palabras “Él es fiel y justo para limpiarnos de toda iniquidad” podían quizá dejar la impresión de que el apóstol Juan otorga la impunidad a los pecados y que los hombres podrían decir para sí: “Pequemos, hagamos tranquilos lo que queramos, pues Cristo, que es fiel y justo, nos limpia de toda iniquidad”. Para evitarlo, te quita esa seguridad dañina y te infunde un temor provechoso. Quieres tener una seguridad dañina, llénate de preocupación. Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, si estás a disgusto contigo mismo y vas cambiando hasta alcanzar la perfección. […] Pero si se infiltrase el pecado, como resultado de la debilidad de la vida, préstale atención al instante, desagrádete al instante, condénalo inmediatamente. Y una vez que lo hayas condenado, llegarás confiado a la presencia del juez. (San Agustín. Homilías sobre la primera carta de San Juan a los Partos, n. 6)

  • Ante todo, el reconocimiento del pecado

Ante todo, el reconocimiento del pecado; que nadie se considere justo ni levante su cerviz el hombre que no existía y existe ante los ojos de Dios que ve lo que es. Ante todo, pues, el reconocimiento del pecado y luego el amor. (San Agustín. Homilías sobre la primera carta de San Juan a los Partos, n. 6)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • Quien no se arrepiente rechaza el perdón y la salvación

No hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo. Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1864)

Juan Pablo II

  • Al perdón de Dios debe corresponder la conversión del hombre

A este “regreso” de Dios que perdona debe corresponder el “regreso”, es decir, la conversión del hombre que se arrepiente. En efecto, el Salmo declara que la paz y la salvación se ofrecen “a los que se convierten de corazón”. Los que avanzan con decisión por el camino de la santidad reciben los dones de la alegría, la libertad y la paz. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 25 de septiembre de 2002)

Benedicto XVI

  • El perdón del Señor impulsa a reconocer la gravedad del pecado

El penitente, experimentando la ternura y el perdón del Señor, es más fácilmente impulsado a reconocer la gravedad del pecado, y más decidido a evitarlo, para permanecer y crecer en la amistad reanudada con él. (Benedicto XVI. Discurso a los penitenciarios de las cuatro basílicas papales, 19 de febrero de 2007)

Pablo VI

  • Soportemos los sufrimientos para evitar la doble pena del infierno

Impulsados, pues, por el amor y por el propósito de aplacar a Dios a causa de las ofensas hechas a su santidad y a su justicia, y a la par animados por la confianza en su infinita misericordia, hemos de soportar los sufrimientos del espíritu y del cuerpo, para que expiemos nuestros pecados y los del prójimo, y así evitemos la doble pena: del daño y del sentido, esto es, la pérdida de Dios, sumo Bien, y el fuego eterno. (Pablo VI. Exhortación Apostólica Signum Magnum, n. 24, 13 de mayo de 1967)

Inocencio IV

  • El infierno es el tormento de los que mueren impenitentes

Si alguno muere en pecado mortal sin penitencia, sin género de duda es perpetuamente atormentado por los ardores del infierno eterno. (Denzinger-Hünermann 830. Inocencio IV. Carta Sub Catholicae professione al Obispo de Túsculo, 6 de marzo de 1254)

IV- La indiferencia del hombre hacia el pecado suscita la cólera de Dios

San Agustín

  • Pocos temen la muerte del alma

Si observamos todas las clases de muertes y entendemos las más detestables, muere todo el que peca. Pero todo hombre teme la muerte de la carne; la muerte del alma, pocos. Respecto a la muerte de la carne, que sin duda va a llegar alguna vez, todos procuran que no llegue; de eso es de lo que se preocupan. El hombre que va a morir se preocupa de no morir, mas no se preocupa de no pecar el hombre, que a vivir eternamente. Y, cuando se preocupa de no morir, sin causa se preocupa, pues consigue diferir mucho la muerte, no evadirla; si, en cambio, no quiere pecar, no se preocupará y vivirá eternamente. (San Agustín. Tratado 49 sobre el Evangelio de San Juan, n. 2)

Catecismo Romano

  • Dios persigue a los pecadores

Hay guerra viva entre el Dios ofendido y el pecador. San Pablo dice: “Ira e indignación, tribulación y angustia sobre todo el que hace el mal.” (Rm 2, 8-9) Es verdad que el acto del pecado es transitorio; pero la mancha y la culpa que él engendra permanecen, y Dios les va persiguiendo constantemente con su ira, como la sombra sigue al cuerpo. (Catecismo Romano 4500, cap. VI, n. 2)

San Juan Crisóstomo

  • Irritan y ofenden a Dios los pecadores que no sienten dolor de sus faltas

Lo mejor indudablemente es no pecar en absoluto; pero después del pecado, lo mejor es que el pecador sienta su culpa y se corrija. Si esto no tenemos, ¿cómo podremos rogar a Dios y pedirle perdón de nuestros pecados, cuando ningún caso hacemos de ellos? Porque si tú mismo, que has pecado, no quieres saber ni siquiera que has pecado ¿de qué le vas a pedir perdón a Dios, cuando ignoras tus mismos pecados? Confiesa, pues, tus pecados tal como son, porque así te des cuenta de lo que se te perdona y seas agradecido. […] Cuando, empero, hemos ofendido a Dios, dueño del universo, nos quedamos con la boca abierta, nos desmayamos, y nos entregamos al placer, y nos embriagamos, y seguimos en todo y por todo nuestra vida habitual. ¿Cuándo, pues, esperamos hacérnosle propicio? ¿No será así que con nuestra insensibilidad le ofenderemos aún más que con el pecado mismo? Y, en efecto, más que el pecado mismo, irrita y ofende a Dios que los pecadores no sientan dolor alguno de sus pecados. (San Juan Crisóstomo. Homilía sobre el Evangelio de San Mateo: 14, n. 4)

San Bernardo

  • El que ama la iniquidad, odia su alma

Quizá haya alguien que quede perplejo por aquello del salmo: El que ama la iniquidad, odia su alma. Pero yo añado: odia también su misma carne. O ¿acaso no la odia el que cada día se compra montones de infiernos, y el que por dureza e impenitencia de su corazón atesora ira divina para el día de la venganza? Este odio al cuerpo y al alma radica no en el efecto o intención, sino en las obras efectivas. Odia despiadadamente su propio cuerpo cuando lo desgarra sin compasión al adormecer el juicio de su conciencia. ¿Hay locura más grave que la impenitencia del corazón y la voluntad obstinada en pecar? El mismo se estrangula con sus manos impías, que hieren y matan el espíritu, no el cuerpo. Si has visto alguna vez a un hombre restregarse las manos hasta hacerse brotar sangre, ahí tienes un claro ejemplo de lo que hace un pecador. (San Bernardo. Tratado a los clérigos sobre la conversión, cap. IV, n. 5)

San Agustín

  • Un género de muerte: la mala costumbre

Hay un género de muerte monstruoso: se llama la mala costumbre. Una cosa es, en efecto, pecar; otra, formar la costumbre de pecar. Quien peca y se corrige al instante, revive rápidamente; porque no está aún implicado en la costumbre, no está sepultado. Quien, en cambio, acostumbra a pecar, está sepultado y de él se dice bien “hiede”, pues comienza a tener pésima fama, olor asquerosísimo, digamos. Así son todos los habituados a malas acciones, los “de costumbres depravadas”. (San Agustín. Tratado 49 sobre el Evangelio de San Juan, n. 3)

San Juan Crisóstomo

  • ¿La paloma del Bautismo o la serpiente del pecado?

Desde aquel momento [del bautismo], nos saca de la vida vieja a la nueva, nos abre las puertas de arriba, nos manda desde allí al Espíritu Santo y nos convida a nuestra patria celeste. Y no solo nos convida, sino que, a par, nos otorga la máxima dignidad. Porque no nos hizo ángeles o arcángeles, sino hijos amados de Dios. […] Considerando todo esto, llevemos vida digna del amor de quien nos ha llamado, digna de la vida misma del cielo, digna del honor que se nos ha concedido. […] Cuando estáis, pues, destinados a participar de tan altos bienes, […] ¿qué castigo no sufriréis si después de don tan alto volvéis al vómito? Porque ya no seréis castigados simplemente por haber pecado como hombres, sino como hijos de Dios, y la grandeza misma del honor recibido se os convertirá en motivo de mayor castigo. […] ¿Qué perdón tendremos nosotros, a quienes se nos ha prometido el cielo mismo y hemos sido hechos coherederos con el Unigénito del Padre? ¿Qué perdón, repito, tendremos si después de recibir a la paloma corremos tras la serpiente? (San Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 12, n. 3-4)

Catecismo Romano

  • Por el pecado nos vendemos a la esclavitud del demonio

Esta ansiedad y angustia brotará espontáneamente no sólo de la consideración de la fealdad del mal cometido, sino también de la indignidad y audacia con que nosotros, pobres gusanos, osamos levantarnos y ofender la majestad e infinita santidad de Dios, que nos había colmado de tantos y tan inmensos beneficios. Y todo ello, ¿para qué? Para alejarnos de un Padre tan bueno —el Sumo Bien— y vendernos por un precio miserable a la vergonzosa esclavitud del demonio. Dios nos puso un yugo suave de amor, un lazo dulce y amable de infinita caridad; mas nosotros lo rompimos para pasarnos al enemigo, al príncipe de este mundo (Jn 12, 31), al príncipe de las tinieblas (Ep 6, 12), al rey de todos los feroces (Jb 41, 25). (Catecismo Romano, parte II, cap. VI, II, n. 2)

V- Precisiones doctrinales sobre el pecado venial y el pecado mortal

Juan Pablo II

  • El pecado tiene doble consecuencia

El pecado, por su carácter de ofensa a la santidad y a la justicia de Dios, como también de desprecio a la amistad personal de Dios con el hombre, tiene una doble consecuencia. En primer lugar, si es grave, comporta la privación de la comunión con Dios y, por consiguiente, la exclusión de la participación en la vida eterna. […] En segundo lugar, “todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las criaturas que es necesario purificar, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se llama la ‘pena temporal’ del pecado” con cuya expiación se cancela lo que impide la plena comunión con Dios y con los hermanos. (Juan Pablo II. Bula Incarnationis mysterium, n. 10, 29 de noviembre de 1998)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • Un primer pecado prepara muchos otros

El pecado crea una facilidad para el pecado, engendra el vicio por la repetición de actos. De ahí resultan inclinaciones desviadas que oscurecen la conciencia y corrompen la valoración concreta del bien y del mal. Así el pecado tiende a reproducirse y a reforzarse, pero no puede destruir el sentido moral hasta su raíz. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1865)

  • Las consecuencias del pecado venial

El pecado venial debilita la caridad; entraña un afecto desordenado a bienes creados; impide el progreso del alma en el ejercicio de las virtudes y la práctica del bien moral; merece penas temporales. El pecado venial deliberado y que permanece sin arrepentimiento, nos dispone poco a poco a cometer el pecado mortal. No obstante, el pecado venial no nos hace contrarios a la voluntad y la amistad divinas; no rompe la Alianza con Dios. Es humanamente reparable con la gracia de Dios. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1863)

San Agustín

  • No desprecies el pecado venial, pues conduce al mortal

Mientras el hombre carga con la carne no puede no tener pecados, al menos leves. Pero no desprecies estos pecados que llamamos leves. Si los desprecias al considerar su propio peso, asústate al considerar su número. Muchas cosas menudas hacen una mole grande; muchas gotas llenan un río, muchos granos hacen un muelo. (San Agustín. Homilías sobre la primera carta de San Juan a los Partos, n. 6)

Santo Tomás de Aquino

  • Para el perdón de los pecados veniales también es necesario hacer penitencia

La remisión de la culpa, como se acaba de exponer, se realiza mediante la unión con Dios, de quien, en cierto modo, separa la culpa. Ahora bien, esta separación es completa con el pecado mortal, y es incompleta con el pecado venial. Porque con el pecado mortal el alma se aparta totalmente de Dios, puesto que obra en contra de la caridad. Mientras que el pecado venial enfría el afecto del hombre impidiéndole dirigirse a Dios con presteza. Por eso, ambos pecados se perdonan con la penitencia, ya que por el uno y por el otro queda la voluntad del hombre desordenada por la inmoderada inclinación del hombre a los bienes creados. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica III, q. 87, a. 1)

Juan Pablo II

  • El pecado mortal es un rechazo del amor de Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación

Se deberá evitar reducir el pecado mortal a un acto de “opción fundamental” —como hoy se suele decir— contra Dios, entendiendo con ello un desprecio explícito y formal de Dios o del prójimo. Se comete, en efecto, un pecado mortal también, cuando el hombre, sabiendo y queriendo elige, por cualquier razón, algo gravemente desordenado. En efecto, en esta elección está ya incluido un desprecio del precepto divino, un rechazo del amor de Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación: el hombre se aleja de Dios y pierde la caridad. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia, n. 17, 2 de diciembre de 1984)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • El hombre será condenado si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios

El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana como lo es también el amor. Entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia. Si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna del infierno; de modo que nuestra libertad tiene poder de hacer elecciones para siempre, sin retorno. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1861)

Santo Tomás de Aquino

  • La verdadera penitencia es el abandono del pecado

El pecado mortal no puede ser perdonado sin una verdadera penitencia, a la cual corresponde el abandono del pecado en cuanto ofensa de Dios, lo cual es común a todos los pecados mortales. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica III, q. 86, a. 3)

  • Aversión a Dios que merece la pena de daño

El castigo es proporcionado al pecado. Mas en el pecado hay dos cosas. Una de ellas es la aversión con respecto al bien inmutable, que es infinito; y así, por esta parte, el pecado es infinito. La otra cosa que hay en el pecado es la conversión desordenada al bien transitorio. Y por esta parte el pecado es finito, ya porque el mismo bien transitorio es finito, ya porque la misma conversión (a él) es finita, pues los actos de una criatura no pueden ser infinitos. Por razón, pues, de la aversión al pecado le corresponde la pena de daño, que también es infinita, pues es la pérdida del bien infinito, es a saber, de Dios. Más por razón de la conversión (a las criaturas, finitas) le corresponde la pena de sentido, que también es finita. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 87, a. 4)

  • Pena irreparable de duración perpetua

La duración de la pena corresponde a la duración de la culpa, no ciertamente por parte del acto, sino por parte de la mancha, perdurando la cual, perdura el reato de la pena. Mas el rigor de la pena corresponde a la gravedad de la culpa. Pero la culpa que es irreparable, lleva consigo durar perpetuamente: y por eso incurre en una pena eterna. Mas no es infinita por parte de la conversión (a las criaturas); y por ello no incurre por esta parte en una pena cuantitativamente infinita. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 87, a. 4)


Descubre otra innovación:  

¿La “cultura del encuentro” es reconocer que todas las religiones tienen algo bueno para ofrecernos?

11 thoughts on “56 – “Hay quien dice que el pecado es una ofensa a Dios…”

  1. El Papa sólo quiere decir que Dios más que ofendido por el pecado pues el no tiene por que ofenderse ya que no tiene sentimientos como nosotros y siendo El como es Amor no tiene odio o desprecio de nadie, ni del pecador. Lo que le genera el pecador es la compasión y la misericordia que lo llevó a enviar a su Hijo al mundo para ofrecerle su perdón al pecador.
    Quien pierde con el pecado es el pecador y la humanidad no Dios. Pero Dios quiere jugar a perder para mostrarnos su Amor. Eso es Cristo en la Cruz. El que tenga oídos que entienda!!!

  2. El doble Lenguaje de Bergoglio está condenado por la Escritura.
    El relativismo y La ambivalencia son propios de los Herejes Modernistas

    El Catecismo nos enseña:

    1850 El pecado es una ofensa a Dios: “Contra ti, contra ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces” (Sal 51, 6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse “como dioses”, pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal (Gn 3, 5). El pecado es así “amor de sí hasta el desprecio de Dios” (San Agustín, De civitate Dei, 14, 28). Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cf Flp 2, 6-9).

    La manera de predicar el anti-evangelio es por medio del doble lenguaje el mensaje se divide en dos partes utilizando la estrategia de la demagogia para controlar dos públicos distintos de esta manera ambos públicos que son diametralmente opuestos toman cada uno una parte del mensaje es así como los políticos manipulan a las masas. La mayoría de los mensajes y acciones de Bergoglio son ambivalentes utilizando esta artimaña. Para manipular tanto a los católicos como a las masas anti-católicas convirtiéndose el mismo en el centro de adoración.
    En la carta abierta de Lucrecia ella describe con exacta precisión las acciones ambivalentes de Francisco:
    “..al parecer, le gusta caerle bien a todos y estar bien con todos, así que puede un día decir un discurso en la TV en contra del aborto y, al día siguiente, en la misma TV, aparecer bendiciendo a las feministas pro-aborto en la Plaza de Mayo; puede decir un discurso maravilloso contra los masones y, unas horas después, estar cenando y brindando con ellos en el Club de Rotarios.”

    El mismo Jesucristo condena esta ambivalencia común en los modernistas.
    Mateo 5:37.
    Sea vuestro lenguaje: “Sí, sí”; “no, no”: que lo que pasa de aquí viene del Maligno.

    El Lenguaje de Doble Sentido será Maldito”
    Susurro et bilinguis maledictus,
    multos enim turbabit pacem habentes.(Eclo 28: 15).
    “Bilinguis maledictus.

    El Santo Papa Pio X denuncia esta táctica propia de los herejes modernistas: ”Así, pues, venerables hermanos, reconocemos que el método apologético de los modernistas, que sumariamente dejamos descrito, se ajusta por completo a sus doctrinas; método ciertamente lleno de errores, como las doctrinas mismas; apto no para edificar, sino para destruir; no para hacer católicos, sino para arrastrar a los mismos católicos a la herejía y aun a la destrucción total de cualquier religión.
    … ” Y como una táctica de los modernistas.., táctica, a la verdad, la más insidiosa, consiste en no exponer jamás sus doctrinas de un modo metódico y en su conjunto, sino dándolas en cierto modo por fragmentos y esparcidas acá y allá, lo cual contribuye a que se les juzgue fluctuantes e indecisos en sus ideas, cuando en realidad éstas son perfectamente fijas y consistentes..” Carta Encíclica Pascendi SS Pío X.

    Nos dice la escritura que los falsos profetas se valen de un lenguaje lisonjero para arrastrar tras de si a los ingenuos , también nos dice que con hipocresía explotarán a muchos. 2 Pedro 2:3
    En su ambición de dinero, los explotarán a ustedes con falsas enseñanzas; pero la condenación los espera a ellos sin remedio, pues desde hace mucho tiempo están sentenciados.

  3. Exactamente Bergoglio maliciosamente pervierte la verdad. Leamos lo que ensena al respecto San Alfonso María de Ligorio que lo explica con mas detalle es un poco largo pero vale la pena leerlo aqui solo copio la primera parte la segunda Parte también valdría la pena leerla:

    Los vicios mortales de la impureza
    San Alfonso María de Ligorio

    Primer Punto
    El engaño de aquellos que dicen que los pecados contra la pureza no son un Gran mal

    El incasto dice por tanto que los pecados contra la pureza no son sino un mal menor. Al igual que “… La puerca vuelve a revolcarse en el lodo” (2 Pedro 2:22), ellos se encuentran inmersos en su propia suciedad (inmundicia), por lo que no ven la maldad de sus acciones, y por lo tanto, no sienten ni aborrecer el mal olor de sus impurezas, que produce asco y horror en todos los demás. ¿Puede usted, que dicen que el vicio de la impureza no es más que un pequeño mal – yo le pregunto puede negar que es un pecado mortal? Si lo niegas, eres un hereje, porque como dice San Pablo, “no erréis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas (que se echan con varones), ni ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los calumniadores, ni los estafadores, poseerán el Reino de Dios “- 1 Corintios 6: 9.10. Es un pecado mortal, no puede ser un pequeño mal. Es más pecaminoso que el robo o la detracción, o la violación del ayuno. Entonces, ¿cómo puedes decir que no es un gran mal? Tal vez es el pecado mortal que a usted le parece ser un mal menor? ¿Es un mal menor despreciar la gracia de Dios, darle la espalda a él, y perder su amistad, por un bestial placer transitorio?

    Santo Tomás enseña que ese es un pecado mortal, porque es un insulto a hacia Dios infinito, que contiene cierta infinidad de malicia. “Un pecado cometido contra Dios, que tiene una cierta infinitud, a causa de la infinita Majestad Divina” – Santo Tomás ¿Es pecado mortal un mal menor? Se trata de un mal tan grande, que si todos los ángeles y todos los santos, los apóstoles, mártires, e incluso la Madre de Dios, que ofrecieran todos sus méritos para expiar un solo pecado mortal, la oblación no sería suficiente. No, porque esa reparación o satisfacción sea finita; sino que la deuda contraída por el pecado mortal es infinita, a causa de la majestad infinita de Dios, que ha sido ofendido. Dios detesta enormemente a los pecados contra la pureza más allá sin medida. Si una mujer encuentra su plato sucio, se asquea, y no puede comer. ¿Ahora, que repugnancia e indignación debe tener Dios, que es la pureza misma, he aquí las asquerosas impurezas por las cuales su ley es violada? Él ama la pureza con un amor infinito, y en consecuencia Él detesta infinitamente la sensualidad que el hombre lascivo y voluptuoso llama un mal menor. Hasta los demonios que tenían un alto rango en el cielo antes de su caída, desprecian a tentar a los hombres a los pecados de la carne.
    Santo Tomás dice que Lucifer, que se supone haber sido el Diablo que tentó a Jesús en el desierto, lo tentó a cometer otros pecados, pero despreciado a tentarlo para atentar contra la castidad. ¿Es este pecado un mal menor? ¿Es entonces un mal menor el ver a un hombre dotado de un alma racional, y enriquecido con tantas gracias divinas, atreverse por medio de los pecado de impureza, a rebajarse al nivel de una bestia? “La fornicación y el placer”, dice San Jerónimo, “pervierten el entendimiento, y los hombres se convierten en bestias”. En el voluptuoso (lujurioso) e incasto, se verifican literalmente, las palabras de David: “Y el hombre cuando se encontraba en honor al no entender, se compara con las bestias sin sentido, y se ha hecho como ellas” – Salmo 48:13 (Salmo 49:12). San Jerónimo dice que no hay nada más vil y degradante, que dejarse vencer por la carne. “Nihil Vilius quam vinci una carne”. ¿Es un mal menor olvidar a Dios y desterrarlo del alma, por ir tras darle al cuerpo una satisfacción vil, de la cual, cuando se ha terminado, te da vergüenza?. De esto, el Señor se queja por medio del profeta Ezequiel: “Por tanto, así dice el Señor Omnipotente: «Puesto que te has olvidado de mí y me has vuelto la espalda, tendrás que sufrir las consecuencias de tu lujuria y de tus fornicaciones.» – Ezequiel 23:35. Santo Tomás dice que por todos los vicios, pero sobre todo por el vicio de la impureza, los hombres se retiran bien lejos de Dios. “Por luxuriam maxime recedit a Deo”.
    Por otra parte, los pecados de impureza, debido a su gran número, son un mal inmenso. Un blasfemo no siempre blasfema, pero sólo cuando está borracho, o es provocado a encolerizarse. El asesino, cuyo comercio es asesinar a otros, no en la mayoría comete más de ocho o diez homicidios. Sin embargo, el incasto es culpable de un torrente incesante de pecados, por los pensamientos, por las palabras, por las miradas, por las complacencias, y tocando, de modo que, cuando van a la confesión, les resulta imposible saber el número de los pecados que han cometidos contra la pureza. Incluso en su sueño, el Diablo representa para ellos objetos obscenos, que al despertar, pueden deleitarse con ellos, y porque se hacen los esclavos del enemigo, obedecen y dan consentimiento a sus sugerencias, porque es fácil de adquirir un hábito de este pecado. Para los demás pecados, como la blasfemia, la maledicencia, y el asesinato, los hombres no son propensos, pero a este vicio, que la naturaleza les inclina. Por lo tanto, dice Santo Tomás, que no hay ningún pecador tan dispuesto a ofender a Dios, como lo es el devoto de la lujuria, en cada ocasión que se le ocurre. “Nullus ad Dei contemptum promptior”. El pecado de impureza trae consigo el pecado de difamación, de robo, odio y la jactancia de sus asquerosas abominaciones. Además, normalmente implica la malicia del escándalo. Otros pecados, como la blasfemia, el perjurio y el asesinato, despiertar horror en los que son testigos, pero este pecado excita a otros, que son carnales, para cometerlos, o por lo menos, para cometerlos con menos horror.
    “Totum hominem”, dice san Cipriano, «agit in triumphum libidinis”. Por la lujuria el Diablo triunfa sobre el hombre entero, sobre su cuerpo y sobre su alma; en su memoria, llenándola con el recuerdo de los placeres impuros, con el fin de hacerle tomar la complacencia en ellos; sobre su intelecto, para hacerlo desear ocasiones de cometer pecado; sobre la voluntad, haciendo que ame sus impurezas, como su fin último, y como si no existiera Dios. »Yo había convenido con mis ojos no mirar con lujuria a ninguna mujer. Porque ¿qué galardón me daría Dios desde arriba? – Job 31:1-2. Job tuvo miedo de mirar a una virgen, porque sabía que si él accedía a un mal pensamiento, Dios no tendría parte en él. Según San Gregorio, de la impureza surge la ceguera del entendimiento, la destrucción, el odio hacia Dios, y se pierde la esperanza de la vida eterna. San Agustín dice que a pesar de que el incasto (lascivo) puede envejecer, el vicio de la impureza no envejece en él. Por lo tanto, Santo Tomás dice que no hay pecado en el que el Diablo se deleita tanto como en este pecado; porque no hay otro pecado en el cual la naturaleza se aferra con tanta tenacidad. Al vicio de la impureza se adhiere tan firmemente el apetito por los placeres carnales que se convierte en insaciable. Ahora vayan y digan que el pecado de la impureza solamente es un pequeño mal. A la hora de la muerte tu no dirás eso, todos los pecados de ese tipo entonces le mostrarán a usted un monstruo del infierno. Mucho menos, dirá usted eso ante el Juicio-en el Trono de Jesucristo, quien te dirá lo que el Apóstol ya te ha dicho, “Ningún fornicario, o inmundo (quien comete inmoralidades sexuales, o hace cosas impuras) no puede tener parte en el reino de Cristo y de Dios”. – Efesios 5:5. El hombre que ha vivido como un animal, no merece sentarse con los ángeles.

    Mis queridos Hermanos , vamos a seguir orando para que Dios nos libre de este vicio, y si no lo hacemos, perderemos nuestras almas. El pecado de impureza trae consigo la ceguera y la obstinación. Todos los vicios producen el oscurecimiento del entendimiento, pero en la impureza se produce en mayor grado que el resto de los pecados. “La Fornicación, el vino y la embriaguez, quitan el entendimiento” – Oseas 4:11. El Vino nos priva de entendimiento y la razón; lo mismo ocurre con la impureza. Por lo tanto, Santo Tomás dice que el hombre que se entrega a los placeres impuros, no vive de acuerdo a la razón. “In nullo procedit secundum judicium rationis”. ¿Ahora si los incastos se ven privados de luz, y ya no ve el mal que ellos hacen, cómo puede ellos aborrecerlo, para enmendar sus vidas? El profeta Oseas dice: ese que es cegado por su propio lodo, ni siquiera piensa en volver a Dios, porque sus impurezas le arrebata todo conocimiento de Dios. “No pondrán sus pensamientos en volverse á su Dios, porque espíritu de fornicación está en medio de ellos, y no conocen al Señor” – Oseas 5:4. Por lo tanto, San Lorenzo Justiniano escribe, que este pecado hace que los hombres se olviden de Dios. “Los placeres de la carne inducen al olvido de Dios”. Y San Juan Damasceno enseña, que “el hombre carnal no puede mirar a la luz de la verdad”. Así, el lascivo y voluptuoso ya no entienden lo que significa la gracia de Dios, el juicio, el infierno y la eternidad. “El fuego ha caído sobre ellos, y no verán el sol” – Salmo 57:9.(Salmo 58:8). Algunos de estos malhechores ciegos van tan lejos como para decir, que la fornicación no es en sí misma pecaminosa. Dicen, que no estaba prohibido en la ley antigua, y en apoyo a esta doctrina execrable, aducen las palabras del Señor a Oseas: “Ve, toma para ti una mujer de las fornicaciones, y ten hijos con ella; así ellos serán hijos de (una mujer) de fornicación (de una prostituta) ” – Oseas 1:2. En respuesta digo que Dios no permitió que Oseas fornicara, sino que tomara por esposa a una mujer que había sido culpable de fornicación, y los hijos de este matrimonio fueron llamados hijos de la fornicación, porque la madre había sido culpable de ese delito. Esto es, según San Jerónimo, el significado de las palabras del Señor a Oseas. “Idcirco”, dice el Santo Doctor, “fornicationis appellandi sunt filii, quod sunt de meretrice generati”. Pero la fornicación ha sido prohibida siempre, bajo pena de pecado mortal, en el Antiguo Testamento, así como en la nueva ley. San Pablo dice: “ningún fornicario, o inmundo tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios…” – Efesios 5:5. He aquí la impiedad a la cual la ceguera de tales pecadores los lleva! De esta ceguera surge, que, a pesar de que vaya a los sacramentos, sus confesiones son nulas por falta de verdadera contrición; porque ¿cómo es posible que tengan verdadero dolor, cuando no reconocen ni aborrecer sus pecados?

    El vicio de la impureza lleva consigo también la obstinación. Para vencer las tentaciones, especialmente contra la castidad, la oración continua es necesaria. “Velad y orad para que no entréis en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil.” – Marcos 14:38. ¿Pero cómo los impúdicos, que siempre están tratando de caer en la tentación, rogarán a Dios librarlos de la tentación? Pues como San Agustín confesó de sí mismo, incluso se abstienen de la oración, por el temor de ser escuchados y curado de la enfermedad, que desean continuar. “Tuve miedo”, dijo el Santo “, que pronto escucharía y curaría el pecado de la concupiscencia, que deseaba ser saciado, en lugar de extinguirse”. San Pedro llama a este vicio, un pecado incesante. “Tienen los ojos llenos de adulterio y nunca cesan de pecar” – 2 Pedro 2:14. La Impureza se llama el pecado sin cesar a causa de la obstinación que lo induce. Algunas personas adictas a este vicio, dice: Yo siempre confieso el pecado. Tanto peor, porque, ya que siempre reincide en el pecado, estas confesiones sirven para hacerlo perseverar en el pecado. El temor al castigo es disminuido diciendo: Yo siempre confieso el pecado. Si considera que este pecado sin duda merece el infierno, seguramente no diría: yo no voy a renunciar a el, no me importa si estoy condenado. Pero el Diablo le engaña. Dice, comete este pecado, para que después lo confieses. Sin embargo, para hacer una buena confesión de sus pecados, debe tener verdadero contrición del corazón, y el firme propósito de no pecar más. ¿Dónde están esa contrición y este firme propósito de enmienda, cuando siempre se vuelve al vómito? Si hubiera tenido estas disposiciones, y hubiera recibido la gracia santificante en sus confesiones, no debería tener una recaída, o por lo menos debió abstenerse de recaer durante un tiempo considerable. Usted siempre ha vuelto a caer en el pecado en ocho o diez días, y quizás en menos tiempo, después de la confesión. ¿Qué signo es esto? Es una señal de que estaban siempre en enemistad con Dios. Si un hombre enfermo vomita inmediatamente el medicamento que toma, es una señal de que su enfermedad es incurable.

    San Jerónimo dice, que el vicio de la impureza, cuando es habitual, cesará cuando echan al infeliz empedernido que complace en él, en el fuego del infierno “¡Oh, fuego infernal, la lujuria, cuyo combustible es la gula, cuyas chispas son breves conversaciones, cuyo fin es el infierno”. El libidinoso viene a ser como el buitre que espera a ser asesinado por el cazador, en vez de abandonar la podredumbre de los cadáveres en los que se alimenta. Esto es lo que sucedió a una mujer joven, quien, después de haber vivido en el hábito del pecado con un joven, cayó enferma, y que parecía estar convertida. A la hora de la muerte, ella pidió permiso de su confesor para enviar buscar al joven, con el fin de exhortarlo a cambiar su vida en vista de su muerte. El confesor muy imprudentemente dio el permiso, y le enseñó lo que debía decirle a su cómplice en el pecado. Pero escuchen lo que pasó. Tan pronto como lo vio, se olvidó de su promesa hecha al confesor y la exhortación que iba a dar al joven. ¿Y qué hizo? Ella se enderezó, se sentó en la cama, estiró los brazos hacia él, y le dijo: Amigo, yo siempre te he amado, y hasta ahora, al final de mi vida, Te amo, veo que por tu culpa iré al infierno, pero no me importa, yo estoy dispuesta, por el amor tuyo a ser condenada. Después de estas palabras, cayó de espaldas sobre la cama y expiró. Estos hechos están relacionados por el Padre Segneri. ¡Oh! lo difícil que es para una persona que ha contraído el hábito de este vicio, enmendar su vida y volver con sinceridad a Dios! lo difícil que es para esta persona que no pongan fin a este hábito que le lleva al infierno, como la mujer joven desafortunada de quien acabo de hablar.

    Punto segundo
    La ilusión y error de muerte, de los que dicen, que Dios se apiada de este pecado

    Los devotos de la lujuria dicen que Dios se apiada de este pecado, pero ese no es el lenguaje de Santo Tomás de Villanueva. El dice que en las Sagradas Escrituras no leemos de ningún otro pecado tan severamente castigado como el pecado de la impureza. ” Luxuriae facinus prae aliis punitum legimus” – Sermón 4. Encontramos en la Escritura, que por el castigo de este pecado, un diluvio de fuego descendió del cielo en cuatro ciudades, y en un instante, no sólo destruyó los habitantes, sino incluso las mismas piedras. “Entonces el Señor hizo que cayera del cielo una lluvia de fuego y azufre sobre Sodoma y Gomorra. Así destruyó a esas ciudades y a todos sus habitantes, junto con toda la llanura y la vegetación del suelo.” – Génesis 19, 24-25. San Pedro Damián cuenta que un hombre y una mujer que había pecado contra la pureza, fueron encontrados quemados y negro como un carbón. (…)

  4. Me parece muy grave la expresión “Hay quien dice que el pecado es una ofensa a Dios”, es un desprecio brutal a Dios. Si el pecado no es una ofensa a Dios, ¿porque motivo Cristo se encarnó para redimir nos ?
    Por lo visto Francisco, considera el pecado solo desde un punto de vista humano: es solo una debilidad humana, por la que luego tenemos que humillarnos para recibir la misericòrdia de Dios (sic), a parte de la misericoria ¿acaso no recibimos sobretodo el PERDON de Dios ? y si recibimos el perdón ¿no es acaso porque le hemos ofendido ?

  5. Es un hereje pertinaz, no tiene un ápice de arrepentimiento, hoy 3 de junio ha vuelto a repetir su herejía “hay que “arrodillarse” ante los pobres”, quiere que todos pongamos al ser humano como un ídolo y nos postremos ante él, dejando de lado el culto y adoración al Dios uno y trino.

  6. Dentro de los Pecados de Blasfemia contra el Espíritu Santo se enumeran:

    •La presunción de salvarse sin merecimientos

    •La impugnación de la verdad conocida

    •La impenitencia final
    “El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón nunca, antes bien será reo de pecado eterno” (Mc 3,29; Cf. Mt 12:32; Lc 12:10).

    Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica en el # 1864:

    No hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios, mediante el arrepentimiento, rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo (Cf. DV 46). Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna.

    Y dentro de los pecados que claman al cielo se encuentran:

    •El Homicidio voluntario

    •El Pecado impuro contra el orden de la naturaleza (Pecado carnal contra la naturaleza) :

    El pecado de los sodomitas (cf. Génesis 18, 20; 19, 13).

    Bergoglio le besa y le lava los pies a los sodomitas y permite que en su misa le den la comunión sin amonestar ni antes ni después al transexual porque estos curas liberales progresistas piensan que es la Iglesia la que debe cambiar no el pecador. Ya que consideran a la Iglesia la opresora.

    Por eso Bergoglio en vez de dirigir el mensaje para que los sodomitas abandonen el vicio dirige el mensaje no hacia el pecador sino hacia la Iglesia. Por eso en Argentina en el escandalo de la Basílica del Santísimo Sacramento donde Bergoglio permitió que los sodomitas Roberto Trinidad (Flor de la V) y su pareja gay recibieran la comunión el discurso de reproche después del escandalo lo dirigió hacia los sacerdotes que se habían negado al sacrilegio del bautismo de los mellizos nacidos de la compraventa de un ovulo y alquiler de vientre por la pareja gay donde además se estafaron a esos niños mintiéndoles en la partida de bautismo aparece que su madre era el travesti Roberto Trinidad.
    Bergoglio ahora astutamtne se limita a actúa y deja que otros Obispos y curas apostatas hablan a favor del vicio de la sodomía y mientras tanto el mismo los asciende y los promueve.

    Estos curas sodomitas apostatas no buscan el arrepentimiento sino que la sociedad acepte el vicio de la sodomía y las adopciones gay. Por eso el mismo Kasper aboga libremente a favor del vicio de la sodomía diciendo que no es pecado mortal.

    Bergoglio no predica el arrepentimiento de los pecados sino la rebelión y la obstinación.

    Por eso Bergoglio (Francisco) aqui vemos que a quien le exige la apertura y la conversión y cambio no es la adultera sino a la Iglesia: “El confesionario no es una sala de tortura, sino aquel lugar de misericordia en el que el Señor nos empuja a hacer lo mejor que podamos. Estoy pensando en la situación de una mujer que tiene a sus espaldas el fracaso de un matrimonio en el que se dio también un aborto. Después de aquello esta mujer se ha vuelto a casar y ahora vive en paz con cinco hijos. El aborto le pesa enormemente y está sinceramente arrepentida. Le encantaría retomar la vida cristiana. ¿Qué hace el confesor?”. 19 de septiembre, del 2013 (Entrevista para la revista Jesuita La Civiltá Cattolica )

    Como vemos Bergoglio predican la Rebelión y blasfemia contra el Espíritu Santo.

    • Fíjate lo curioso que resulta que, cuando da el ejemplo de la “pobre mujer” divorciada, dice “ahora vive en paz con cinco hijos”, pero luego dice que las mujeres católicas no deberían ser “como conejos”. Acá hay una gran falta de sentido común (en el mejor de los casos).

  7. Muy buena exposición de la doctrina católica. Si los sacerdotes, en los últimos 50 años hubieran predicado acerca de esto, no estaríamos lamentando ahora la construcción de una falsa iglesia, sobre las ruinas de la católica, donde se dice que el pecado no existe y se enseña una falsa misericordia.

  8. Otra perla dee- Bergoglio: Promover el falso ecumenismo. No se puede llegar a la unidad sacrificando la verdad. A mi la Religión Católica me llena completamente, respeto las demás confesiones pero nada me pueden aportar.

  9. Bergoglio no habla como sacerdote sino como un siervo y ministro de Lucifer.

    Daniel 11:32-33 Con halagos hará apostatar [corromperá] a los que obran inicuamente hacia el pacto, mas el pueblo que conoce a su Dios se mostrará fuerte y actuará.

    Bergoglio contradice la Palabra de Dios con Malicia y astucia:

    1 Juan 3:6 aquel que permanece en él no continúa pecando. Todo aquel que sigue pecando no le ha visto ni le ha conocido.

    1 Juan 3:8 El que sigue pecando es del diablo, pues el diablo siempre ha pecado, por eso el Hijo de Dios vino para destruir las obras que hace el diablo.
    Nos enseña San Pablo en Romanos 2:4 que la Misericordia de Dios nos debe guiar al arrepentimiento de lo contrario la persona actúa en desafío a la Voluntad de Dios que consiste en nuestra Santificación y en apartarnos de toda inmoralidad sexual .

    Después del conocimiento de la Verdad quienes siguen pecando y voluntariamente siguen andando en tinieblas por medio de la practica de los vicios ofenden gravemente a Dios tanto que ese pecado de Malicia se convierte en Blasfemia contra el Espíritu Santo por eso nos afirma la Escritura que quienes siguen pecando pisotean la Sangre de Cristo y por este motivo merecen el castigo Eterno.

    “Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?”
    (Hebreos 10:26-29)

    Bergoglio promueve el Abuso voluntario de la Misericordia de Dios y se gloria de ser pecador esta no es la primera vez que Bergoglio repite la misma Blasfemia ya en su libro Sobre el Cielo y la tierra dice:“Suelo decir que la única gloria que tenemos, como subraya San Pablo, es ser pecadores” “Para mí el pecado no es una mancha que tengo que limpiar”

    Bergoglio sigue su propia agenda por eso ha repetido con malicia las mismas herejías:
    “El lugar privilegiado del encuentro con Jesucristo son los propios pecadores. Parece una herejía pero lo decía también san Pablo” que presumía solo de dos cosas: de sus pecados y de Cristo Resucitado que lo había salvado.

    Recuerden que los teólogos de la liberación han cambiado el concepto de pecado. En 1991 , el Jesuita Jon Sobrino definió el pecado como estructura social injusta.

    Libro de Bergoglio Conversaciones, p. 107: “… es un problema de pecado. Desde hace unos cuantos años, la Argentina vive una situación de pecado, porque no se hace cargo de la gente que no tiene pan, ni trabajo”.

    Bergoglio peca de presunción.

    Abusar de la misericoridia de Dios como excusa para seguir pecando.
    San Alfonso María de Ligorio dice: “Cierto autor indicaba que el infierno se puebla más por la misericordia que no por la justicia divina; y así es, porque, contando temerariamente con la misericordia, prosiguen pecando y se condenan. Dios es misericordioso. ¿Pero, quién lo niega? Y, a pesar de ello, ¡ a cuántos manda hoy día la misericordia al infierno! Dios es misericordioso, pero también justo, y por eso está obligado a castigar a quien lo ofende. Él usa de misericordia con los pecadores, pero sólo con quienes luego de ofenderle lo lamentan y temen ofenderlo otra vez: Su misericordia por generaciones y generaciones para con aquellos que le temen (Lc 1, 50.), cantó la Madre de Dios. Con los que abusan de su misericordia para despreciarlo, usa de justicia. El Señor perdona los pecados, pero no puede perdonar la voluntad de pecar. Escribe San Agustín que quien peca con esperanza de arrepentirse después de pecar, no es penitente, sino que se burla de Dios (“Irrisor est, non poenitens”). El Apóstol nos advierte que de Dios no se burla uno en vano: De Dios nadie se burla (Gálatas 6:7). Sería burlarse de Dios ofenderlo como y cuanto uno quiere y después ir al cielo” (Sermón 32, Ilusiones del pecador ).
    Por los frutos los conoceremos y ya hemos visto cual fue el fruto del encuentro de Bergoglio con la pareja de Lesbianas. Maliciosamente llamó a la Lesbiana que se hizo cambio de sexo hijo de Dios como si fuera un varón. Bergoglio ha demostrado con sus propios hechos que el no busca la conversión de los sodomitas ni su arrepentimiento sino que los confirma en su rebelión contra las leyes de Dios.

  10. “Hay quien dice que el pecado es una ofensa a Dios”. Qué vergüenza de afirmación. Que maléfica afirmación. Qué forma más ruín de crear confusión. Bergogloio no es católico. Hay quién dice…. Puro y oscuro enredo. Es decir, Él, Bergoglio, no lo dice. Lo dicen por ahí. “Hay quien dice que el pecado es una ofensa a Dios”. Para esta inefable y siniestra criatura al que llaman sucesor de Pedro (con lo que eso conlleva de ofensa para el mismísimo San Pedro), el pecado no es una ofensa a Dios. Si esto no es una herejía dicha por un maldito hereje y una cruel burla a Su santa Iglesia Católica, que baje Dios y lo vea. Más basura de Bergoglio que casa perfectamente con la frasecita de marras: “Por eso, para mí el pecado no es una mancha que tengo que limpiar” (Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti, El Papa Francisco. Conversaciones con Jorge Bergoglio). ¿HASTA CUANDO, SEÑOR????

Dentro de la gravedad del momento presente, el "Denzinger-Bergoglio" es consciente de la importancia de oír y dar voz al Pueblo de Dios mediante los comentarios contenidos en esta página. No significa, sin embargo, que todos ellos expresen nuestras ideas. De forma diferente a otras páginas que censuran las intervenciones de sus lectores, queremos dar libertad para que cada uno opine sobre la actual situación de la Iglesia. Pero, dado el caráter peculiar de nuestra página debemos evitar los foros paralelos.

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