117 – Hasta el más malo, el más blasfemo es amado por Dios con ternura de padre, de papá

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El Evangelio de San Lucas relata que fueron crucificados dos ladrones con Jesús: uno a su derecha y otro a su izquierda. Uno de ellos estaba empedernido en sus pecados y blasfemaba mientras el otro, arrepentido, rogaba a Jesús: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino” (Lc 23, 42). Uno recibió el perdón y el Paraíso; el otro recibió el rechazo de Jesús y el infierno. Dios manifiesta en estos dos ladrones los límites de su amor y misericordia por los hombres.

¿Es exacto decir que Dios ama siempre al pecador, incluso si es obstinado y blasfemo? ¿Que necesita el pecador para recibir el amor y la misericordia divinas? Maticemos…

Francisco

santamarta

 

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Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutoresIV – Aclaraciones doctrinarias sobre el pecado de blasfemia
I – Dios espera paciente pero no indefinidamente la conversión del pecador
II – Jesús rechazó el mal ladrón
III – ¿Trabajar para que se disminuya entre los fieles el temor de Dios es celo pastoral?
IV – Aclaraciones doctrinarias sobre el pecado de blasfemia

I – Dios espera paciente pero no indefinidamente la conversión del pecador

Santa Catalina de Siena

Dios concede su misericordia a los que quieren enmendarse

Os aseguro, sin embargo, que si queréis enmendar vuestra vida en este tiempo que tenéis, Dios es tan bueno y misericordioso que os otorgará misericordia. Os recibirá benévolamente en sus brazos, os hará partícipes de la sangre del Cordero derramada con tanto fuego de amor, pues no hay pecador tan grande que no obtenga misericordia. La de Dios es mayor que nuestra maldad, siempre que queramos enmendarnos y vomitar la podredumbre del pecado por la confesión, con el propósito de preferir la muerte a volver a lo vomitado. […] Sabéis que si no os enmendáis, iréis a la cárcel más oscura que se pueda imaginar y que cuando no se da lo que se debe por la confesión y repulsa del pecado, no se necesita que nadie ponga al deudor en la prisión, sino que él mismo va al infierno en compañía de los demonios. (Santa Catalina de Siena. Carta 21)

San Juan Crisóstomo

Sufren gran castigo los que vuelven al pecado

Llevemos vida digna del amor de quien nos ha llamado, digna de la vida misma del cielo, digna del honor que se nos ha concedido. […] Cuando estáis, pues, destinados a participar de tan altos bienes, […] ¿qué castigo no sufriréis si después de don tan alto volvéis al vómito? Porque ya no seréis castigados simplemente por haber pecado como hombres, sino como hijos de Dios, y la grandeza misma del honor recibido se os convertirá en motivo de mayor castigo. […] ¿Qué perdón tendremos nosotros, a quienes se nos ha prometido el cielo mismo y hemos sido hechos coherederos con el Unigénito del Padre? ¿Qué perdón, repito, tendremos si después de recibir a la paloma corremos tras la serpiente? Ya no se nos dirá como a Adán: “Tierra eres y a la tierra volverás”; o aquello de: “Con sudor trabajarás la tierra”, no lo otro de que antes habla la Escritura, sino cosas mucho más terribles: las tinieblas exteriores, las cadenas irrompibles, el gusano venenoso, el crujir de dientes. Y con mucha razón. Porque quien con tan grande beneficio no se ha hecho mejor, bien merece sufrir el último y más duro suplicio. (San Juan Crisóstomo. Homilía XII sobre el Evangelio de San Mateo, n. 3-4)

San Agustín de Hipona

El Señor es misericordioso, pero los que desprecian su benevolencia van a experimentarlo como justo

El Señor es compasivo y misericordioso, paciente y de mucha misericordia. ¿Quién tan sufrido? ¿Quién tan abundante en su misericordia? Se peca y se sigue viviendo; se acumulan pecados y la vida se acrecienta; se blasfema sin parar, y él hace salir su sol sobre buenos y malos (cf. Mt 4, 45). Por todas partes llama a la corrección, y está invitando a la penitencia; su llamada es con los beneficios que concede a su criatura; prolongando el tiempo de la vida, llama por algún lector, por algún expositor; llama también por algún íntimo pensamiento, llama a la corrección por algún doloroso castigo, y llama, sí, por medio de su misericordia consoladora: Es muy indulgente y de enorme misericordia. Pero, eso sí, pon mucho cuidado, no sea que abuses de ella incorrectamente, y vayas acumulando, como dice el Apóstol, ira y más ira, para el día de la ira: ¿Es que desprecias las riquezas de su bondad y su benevolencia, ignorando que la paciencia de Dios te llama a la penitencia? (cf. Rom 2, 5.4). Porque te ha perdonado ¿te parece que has logrado agradarlo? Has hecho, dice, esto y aquello, y me he callado; has sospechado perversamente que yo soy semejante a ti (Sal 49, 21). No me agradan los pecados; pero con mi benignidad lo que busco son acciones buenas. Si castigase a los pecadores, no encontraría fieles arrepentidos. Por lo tanto, Dios, con el perdón de su longanimidad, te está impulsando a la penitencia: pero cuando tú dices cada día: “este día se está acabando, y mañana yo seré igual, porque no va a ser el día último”, llega el tercero: y de repente llegó la ira de Dios. Hermano, no retrases tu conversión al Señor. Los hay que preparan su conversión, pero la van retrasando, y en ellos resuena la voz del cuervo: “cras, cras”, “mañana, mañana”. […] ¿Hasta cuándo va a durar el “cras, cras”? Fíjate en el último “mañana”; y como no sabes cuál va a ser, bástate saber que has vivido como pecador hasta el día de hoy. Lo has oído, lo sueles oír con frecuencia; hoy también los has oído; cuanto más frecuente lo oyes, tanto más tardas en corregirte. Pues tú, conforme a la dureza de tu corazón impenitente, vas atesorando ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, que retribuirá a cada uno según sus obras (Rom 2, 5.6). No te forjes la idea de que Dios es tan misericordioso, hasta el punto de no ser justo. Dios es misericordioso y compasivo. Oigo esto y me alegro. Así dices. Óyelo y alégrate, pues todavía añade: Paciente y de gran misericordia; pero así concluye: y también veraz. Te alegras de las palabras primeras; la última te debe hacer temblar. Es tan clemente y compasivo, que es también veraz y justo. Cuando tú te has ido acumulando ira para el día de la ira, ¿No vas a experimentar como justo a quien despreciaste como compasivo y bondadoso? […] Debemos pensar, hermanos míos, en evitar no sólo las amenazas futuras, sino también su ira del tiempo presente. (San Agustín de Hipona. Comentario al Salmo 102, n. 16-17)

Dios derrama sus beneficios a los pecadores cuando dejan de ofenderlo

Admirable eres, ¡oh Creador del universo!, en todas tus obras, pero eres todavía más maravilloso en las obras de tu inefable caridad. Por lo cual dijiste de ti mismo, por boca de uno de tus siervos: “La misericordia de Dios está sobre todas sus obras” (Sal 144, 9), y en otro texto habla de una sola persona [David], pero confiamos en que se puede aplicar a todo el pueblo: “No apartaré de él mi misericordia” (Sal 88, 34). En efecto, Señor, tú sólo desprecias, rechazas y odias a los que son tan insensatos que no te tienen ningún amor. En lugar de hacer sentir a quienes te ofendieron los efectos de tu ira, derramas sobre ellos tus beneficios cuando dejan de ofenderte. ¡Oh Dios mío, fuerza de mi salvación!, ¡cuán desgraciado soy por haberte ofendido! Hice el mal ante tus ojos, y atraje sobre mí la ira que yo había justamente merecido. Pequé, y soportaste mis faltas, pequé y todavía me sufres. Si hago penitencia, me perdonas; si me convierto a ti, me recibes; y si difiero mi conversión me aguardas pacientemente. Extraviado me devuelves al buen camino, combates mi resistencia, reanimas mi indiferencia, me abres tus brazos cuando retorno a ti, esclareces mi ignorancia, mitigas mis tristezas, me salvas de la perdición, me levantas cuando estoy caído, me concedes lo que te pido, te presentas a mí cuando te busco, me abres la puerta cuando te llamo. (San Agustín de Hipona. Meditaciones, cap. 2)

Jesús perdona los pecados de quien va cambiando hasta alcanzar la perfección

Las palabras “Él es fiel y justo para limpiarnos de toda iniquidad” podían quizá dejar la impresión de que el Apóstol Juan otorga la impunidad a los pecados y que los hombres podrían decir para sí: “Pequemos, hagamos tranquilos lo que queramos, pues Cristo, que es fiel y justo, nos limpia de toda iniquidad”. Para evitarlo, te quita esa seguridad dañina y te infunde un temor provechoso. Quieres tener una seguridad dañina, llénate de preocupación. Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, si estás a disgusto contigo mismo y vas cambiando hasta alcanzar la perfección. […] Pero si se infiltrase el pecado, como resultado de la debilidad de la vida, préstale atención al instante, desagrádete al instante, condénalo inmediatamente. Y una vez que lo hayas condenado, llegarás confiado a la presencia del juez. (San Agustín. Homilías sobre la primera carta de San Juan a los Partos, n. 6)

Cristo está dispuesto a castigar a los que no reconocen sus pecados

Corred, hermanos míos, para que no os envuelvan las tinieblas (Jn 3, 19-21). […] Trabajad, pues, sin tregua, cuando es de día, luce el día: Cristo es el día. Está dispuesto a perdonar, pero a los que reconocen su pecado; en cambio, lo está a castigar a quienes se defienden, se jactan de ser justos y suponen ser algo, aunque son nada. (San Agustín de Hipona. Tratado XII sobre el Evangelio de San Juan, n. 14)

Para estar en comunión con Dios, tenemos que expulsar de nosotros los pecados

Si Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna y debemos estar en comunión con él, tenemos que expulsar de nosotros las tinieblas para que se produzca en nosotros la luz, pues las tinieblas no pueden entrar en comunión con la luz. […] Afirmas estar en comunión con Dios, pero caminas en tinieblas; por otra parte, Dios es luz y en él no hay tinieblas, ¿cómo entonces están en comunión la luz y las tinieblas? […] Los pecados, en cambio, son tinieblas, como lo dice el Apóstol al afirmar que el diablo y sus ángeles son los que dirigen estas tinieblas. No diría de ellos que dirigen las tinieblas si no dirigiesen a los pecadores y dominasen sobre los inicuos. ¿Qué hacemos, hermanos míos? Hay que estar en comunión con Dios, pues, de lo contrario, no cabe esperanza alguna de vida eterna. […] Caminemos en la luz como también él está en la luz para que podamos estar en comunión con él. (San Agustín. Homilías sobre la primera carta de San Juan a los Partos, n. 5)

San Alfonso María de Ligorio

Dios se venga de los pecadores obstinados

Es verdad que la misericordia de Dios es grande, y aún diré más, es infinita; pero la misma justicia divina se opone a que Dios sea misericordioso con los pecadores ingratos y endurecidos que abusan de ella para ofenderle. Por eso dijo el Señor un día Santa Brígida: “Yo soy justo y misericordioso: pero los pecadores olvidan lo primero, y solamente se acuerdan de lo segundo”. Porque Dios es también justo, como dice San Basilio, y por el hecho de serlo, está obligado a castigar a los ingratos. […] La misericordia está prometida al que teme a Dios y no al que le desprecia, como cantó la Virgen María: “Et misericordia eius… timentibus eum” (Lc 1, 50). Pero Dios, dicen los hombres temerarios, ha usado conmigo tantas veces de misericordia, ¿Por qué no he de esperar que la use también de aquí adelante? Voy a responder a estos tales: la usará con vosotros, si queréis mudar de vida; pero si queréis seguir ofendiéndole, dice Dios en el Deuteronomio (32, 33): “Mea est ultio; et ego retribuam in tempore, ut labatur pes eorum”: que deberá vengarse de vosotros, haciéndoos caer en los infiernos. (San Alfonso María de Ligorio. Sermón XLI para la dominica duodécima después de Pentecostes)

San Juan Crisóstomo

Los pecadores que no sienten dolor de los pecados irritan y ofenden a Dios

Lo mejor indudablemente es no pecar en absoluto; pero después del pecado, lo mejor es que el pecador sienta su culpa y se corrija. Si esto no tenemos, ¿cómo podremos rogar a Dios y pedirle perdón de nuestros pecados, cuando ningún caso hacemos de ellos? Porque si tú mismo, que has pecado, no quieres saber ni siquiera que has pecado ¿de qué le vas a pedir perdón a Dios, cuando ignoras tus mismos pecados? Confiesa, pues, tus pecados tal como son, por que así te des cuenta de lo que se te perdona y seas agradecido. […] Cuando, empero, hemos ofendido a Dios, dueño del universo, nos quedamos con la boca abierta, nos desmayamos, y nos entregamos al placer, y nos embriagamos, y seguimos en todo y por todo nuestra vida habitual. ¿Cuándo, pues, esperamos hacérnosle propicio? ¿No será así que con nuestra insensibilidad le ofenderemos aún más que con el pecado mismo? Y, en efecto, más que el pecado mismo, irrita y ofende a Dios que los pecadores no sientan dolor alguno de sus pecados. (San Juan Crisóstomo. Homilía XIV sobre el Evangelio de San Mateo, n. 4)

Catecismo Romano

Dios persigue a los pecadores

Hay guerra viva entre el Dios ofendido y el pecador. San Pablo dice: “Ira e indignación, tribulación y angustia sobre todo el que hace el mal” (Rom 2, 8-9). Es verdad que el acto del pecado es transitorio; pero la mancha y la culpa que él engendra permanecen, y Dios les va persiguiendo constantemente con su ira, como la sombra sigue al cuerpo. (Catecismo Romano, VI, 2)

San Bernardo de Claraval

El pecador obstinado se estrangula con sus manos impías

Quizá haya alguien que quede perplejo por aquello del salmo: “El que ama la iniquidad, odia su alma.” Pero yo añado: odia también su misma carne. O ¿acaso no la odia el que cada día se compra montones de infierno, y el que por dureza e impenitencia de su corazón atesora ira divina para el día de la venganza? Este odio al cuerpo y al alma radica no en el efecto o intención, sino en las obras efectivas. Odia despiadadamente su propio cuerpo cuando lo desgarra sin compasión al adormecer el juicio de su conciencia. ¿Hay locura más grave que la impenitencia del corazón y la voluntad obstinada en pecar? El mismo se estrangula con sus manos impías, que hieren y matan el espíritu, no el cuerpo. Si has visto alguna vez a un hombre restregarse las manos hasta hacerse brotar sangre, ahí tienes un claro ejemplo de lo que hace un pecador. (San Bernardo de Claraval. Tratado a los clérigos sobre la conversión, cap. IV, n. 5)

San Agustín de Hipona

Se engaña quién espera mucho en la misericordia

Por una y otra cosa peligran, pues, los hombres, por esperar y por desesperar; cosas contrarias, sentimientos contrarios. ¿Quién se engaña esperando? Quien dice: Dios es bueno, Dios es compasivo; haré lo que me place, lo que me gusta; soltaré las riendas a mis caprichos, satisfaré los deseos de mi alma. ¿Por qué esto? Porque Dios es compasivo, Dios es bueno, Dios es apacible. Ésos peligran por la esperanza. En cambio, por desesperación quienes, cuando caen en graves pecados, al suponer que no pueden perdonárseles a ellos arrepentidos y, estimando que están destinados sin duda a la condenación, se dicen a sí mismos con la actitud de los gladiadores destinados a la espada: “Vamos a ser ya condenados, ¿por qué no hacer lo que queramos?”. Por eso dan pena los desesperados; pues ya no tienen qué temer, vehementemente son también de temer. Mata a éstos la desesperación; a aquéllos la esperanza. El ánimo fluctúa entre la esperanza y la desesperación. Es de temer que te mate la esperanza y que, por esperar mucho de la misericordia, incurras en juicio; a la inversa, es de temer que te mate la desesperación y, por suponer que no se te perdonan ya los pecados graves que has cometido, no te arrepientas e incurras en la sabiduría del juez, el cual dice: Y yo me reiré de vuestra ruina. ¿Qué hace, pues, el Señor con quienes peligran por una y otra enfermedad? A quienes peligran por esperanza, dice esto: “No tardes en convertirte al Señor ni lo difieras de día en día, pues su ira vendrá súbitamente y en el tiempo de la venganza te destruirá” (Eclo 5, 8-9). A quienes peligran por desesperación, ¿qué dice? “Cualquier día en que el inicuo se convierta, olvidaré todas sus iniquidades” (Sal 24, 8). (San Agustín de Hipona. Tratado XXXIII sobre el Evangelio de San Juan, n. 8)

San Bernardo de Claraval

El que peca con la esperanza del perdón atrae la maldición de Dios

Hay una confianza infiel, que sólo atrae sobre si la maldición: y es la que se halla en el hombre, cuando peca con la esperanza del perdón. Más no debe llamarse esto confianza, sino insensibilidad y disimulación perniciosa. Porque, ¿qué confianza es la de aquél que no atiende a su peligro? ¿Cómo buscará remedio contra el temor el que ni teme, ni cree tener motivo para temer? La esperanza es un consuelo; y no necesita consuelo el que se aplaude a si mismo de haber obrado el mal, y se alegra en cosas pésimas. […] Examinemos nuestros caminos y nuestras aficiones, pensemos en todos nuestros peligros con vigilante atención. Diga cada uno lleno de pavor: Yo iré a las puertas del infierno; para que ya no respiremos sino en la misericordia de Dios. (San Bernardo de Claraval. Sermón III en la Anunciación de la Virgen)

II – Jesús rechazó el mal ladrón

San Roberto Belarmino

El mal ladrón rechazó la gracia de Dios y encontró su perdición definitiva

Si algún hombre quiere conocer el poder de la gracia de Dios, que ponga sus ojos en el buen ladrón. […] Con la asistencia de la gracia de Dios, cuando las puertas del cielo parecían cerradas para él, y las fauces del infierno abiertas para recibirlo, y el pecador mismo tan alejado como parece posible de la vida eterna, fue iluminado repentinamente de lo alto, sus pensamientos se dirigieron hacia el canal apropiado, y confesó que Cristo era inocente y el Rey del mundo por venir, y, como ministro de Dios, reprobó al ladrón que lo acompañaba, lo persuadió de que se arrepintiera, y se encomendó humilde y devotamente a Cristo. […] Por otro lado, en orden a permitirnos ver la magnitud de la debilidad humana, el mal ladrón no se convierte ni por la inmensa caridad de Cristo, quien oró tan amorosamente por sus ejecutores, ni por la fuerza de sus propios sufrimientos, ni por la admonición y ejemplo de su compañero, ni por la inusual oscuridad, el partirse de las rocas, o la conducta de aquellos que, después de la muerte de Cristo, volvieron a la ciudad golpeándose el pecho. […] Si uno de los ladrones cooperó con la gracia de Dios en el último momento, el otro la rechazó, y encontró su perdición definitiva. (San Roberto Belarmino. Comentario a las Siete Palabras de Jesús en la Cruz, cap. VI)

San Juan Crisóstomo

La diferencia entre los ladrones: uno recibió como herencia el Reino de los cielos, y el otro fue lanzado a los infiernos

¿Qué, preguntarás, tan grandes cosas hizo el ladrón, que después de la cruz pudiera alcanzar el paraíso? ¿Quieres que demostremos brevemente su virtud? ¡Mientras allá abajo Pedro negaba, él allá arriba confesaba! Y esto no lo digo acusando a Pedro, ¡lejos eso de mí!, sino para manifestar la magnanimidad del ladrón. El discípulo no soportó las amenazas de una bellísima muchacha, mientras que el ladrón, contemplando a todo el pueblo que lo rodeaba y gritaba y profería blasfemias y dicterios, no se cuidó de eso, ni pensó en la vileza presente del Crucificado; sino que, pasando por encima de todo, con los ojos de la fe, y dejando a un lado todos esos viles impedimentos, reconoció al Rey de los cielos; y con el ánimo humillado ante él, le decía: ¡Acuérdate de mí cuando estés en tu reino! […] Había, en efecto, otro ladrón crucificado juntamente con él, para que se cumpliera aquello de que fue contado entre los criminales. […] Así pues: el otro ladrón lo insultaba. ¿Ves la diferencia de ladrón a ladrón? ¡Ambos están en la cruz! ¡Ambos lo están por su vida de latrocinios! ¡Ambos por su iniquidad! ¡Pero no tienen ambos la misma suerte! Porque el uno recibió como herencia el Reino de los cielos, y el otro fue lanzado a los infiernos. […] Se diferencian el ladrón y el ladrón: aquél injuria, éste adora; aquél blasfema, éste bendice y aun increpa al blasfemo con estas palabras: ¿Tampoco tú temes a Dios? ¡Porque nosotros recibimos lo que hemos merecido por nuestras obras! […] Dios es justo Juez, y su juicio brotará como una luz que no puede oscurecerse ni por la ignorancia ni por las tinieblas. Y para que no fuera a excusarse con que a Jesús lo había condenado el tribunal de acá abajo, lo condujo al de allá arriba, y lo amonestó con aquel terrible tribunal. Como si le dijera: ¡Mira a aquél y no darás sentencia de condenación ni te pondrás del lado de los jueces terrenos y corrompidos; sino que aceptarás la sentencia dada allá arriba! (San Juan Crisóstomo. Homilía I acerca de la cruz y del ladrón)

Abrumado de tormentos, el buen ladrón pide a la fuente de la justicia que perdone su maldad

El buen ladrón predicaba a los presentes, reflexionando sobre las palabras con que el otro increpaba al Salvador. Pero cuando vio que estaban endurecidos sus corazones, se volvió hacia Aquél que conoce los secretos de la conciencia. Prosigue: “Y decía a Jesús: Señor, acuérdate de mí cuando vinieres a tu reino”. Ves un crucificado, y lo confiesas Dios. Ves el aspecto de un sentenciado, y publicas su dignidad de rey. Abrumado de tormentos, pides a la fuente de la justicia que perdone tu maldad. Ves, aunque oculto, el reino, mas tú olvidas tus maldades públicas, y reconoces la fe de una cosa oculta. La iniquidad perdió al discípulo de la verdad; la misma verdad, ¿no perdonará al discípulo de la iniquidad? (San Juan Crisóstomo citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Lc 23, 38-43)

San Agustín

Uno será condenado, otro será salvado; en el medio está aquel que condena y salva. Aquella cruz fue un tribunal

¿Queréis saber que no es la pena, sino la causa, la que hace al mártir? Considerad las tres cruces presentes cuando el Señor fue crucificado en medio de dos ladrones. El tormento era igual, pero la causa separaba a aquellos a quienes unía el tormento. Uno de aquellos ladrones creyó en Jesucristo el Señor mientras pendía del madero. […] Allí había tres cruces: el tormento era el mismo, pero distinta la causa. De los ladrones, uno iba a ser condenado y el otro salvado, y en el medio se hallaba quien condenaba y salvaba. A uno le castiga, al otro le absuelve. Aquella cruz fue un tribunal. (San Agustín de Hipona. Homilia 328, n. 7)

Pío XI

Mirando la infinita caridad del Redentor, detestemos el pecado

Tal fue, ciertamente, el designio del misericordioso Jesús cuando quiso descubrirnos su Corazón con los emblemas de su pasión y echando de sí llamas de caridad: que mirando de una parte la malicia infinita del pecado, y, admirando de otra la infinita caridad del Redentor, más vehementemente detestásemos el pecado y más ardientemente correspondiésemos a su caridad. (Pío XI. Carta Encíclica Miserentissimus Redemptor, n. 8, 8 de mayo de 1928)

III – ¿Trabajar para que se disminuya entre los fieles el temor de Dios es celo pastoral?

Nuestro Señor Jesucristo a Santa Catalina de Siena

Han nacido tinieblas y división en el mundo por falta de santo temor

Los prelados colocados en sus prelacías por Cristo en la tierra me hacían sacrificio de justicia con santa y honesta vida, resplandecía en ellos y en sus súbditos la margarita de la justicia con verdadera humildad y ardentísima caridad. […] Y porque antes habían hecho justicia consigo mismos, por eso la hacían con sus súbditos, queriendo verlos vivir virtuosamente, y les corregían sin ningún temor servil. […] Por eso corrigieron y no dejaron podrir los miembros por falta de corrección, sino que les aplicaban caritativamente el ungüento de la benignidad y quemaban la llaga del delito con la aspereza del fuego, con la reprehensión y penitencia, poco o mucho, según la gravedad del pecado, y no temían la muerte, con tal que corrigiesen y dejasen la verdad. Estos eran verdaderos hortelanos, que con diligencia y temor santo arrancaban las espinas de los pecados mortales, y plantaban olorosas plantas de virtudes. Por lo cual, los súbditos vivían en santo y verdadero temor, y si criaban como flores olorosas en el cuerpo místico de la Iglesia. […] En ellos no había culpa de pecado, por eso tenían la santa justicia. […] Esta era y es aquella margarita en quien la justicia resplandece, que daba paz y alumbraba los entendimientos de las criaturas, y hacia perseverar el santo temor, y los corazones estaban unidos; y así se sabe que por ninguna cosa han venido tantas tinieblas y división en el mundo entre Seculares y Religiosos, Clérigos y Pastores de la Santa Iglesia, como por haber faltado la luz de la justicia y nacido las tinieblas de la injusticia. […] Te dije que en estos infelices y desdichados llevan en su pecho la injusticia. […] A mí no me tributan alabanza, y a si propios honestidad y santa vida, deseo de la salud de las almas, ni hambre de la virtud; y por eso cometen injusticia con sus súbditos y prójimos, y no corrigen sus vicios; antes bien […], los dejan dormir y yacer en su enfermedad. (Santa Catalina de Siena. El Diálogo, cap. XXXIII. XXXVI, p. 240-241.252-253)

Pío X

Hace daño a los hermanos quien se queda sólo en palabras complacientes

Otra manera de hacer daño es la de quienes hablan de las cosas de la religión como si hubiesen de ser medidas según los cánones y las conveniencias de esta vida que pasa, dando al olvido la vida eterna futura: hablan brillantemente de los beneficios que la religión cristiana ha aportado a la humanidad, pero silencian las obligaciones que impone; pregonan la caridad de Jesucristo nuestro Salvador, pero nada dicen de la justicia. El fruto que esta predicación produce es exiguo, ya que, después de oírla, cualquier profano llega a persuadirse de que, sin necesidad de cambiar de vida, él es un buen cristiano con tal de decir: Creo en Jesucristo. ¿Qué clase de fruto quieren obtener estos predicadores? No tienen ciertamente ningún otro propósito más que el de buscar por todos los medios ganarse adeptos halagándoles los oídos, con tal de ver el templo lleno a rebosar, no les importa que las almas queden vacías. Por eso es por lo que ni mencionan el pecado, los novísimos, ni ninguna otra cosa importante, sino que se quedan solo en palabras complacientes, con una elocuencia más propia de un arenga profana que de un sermón apostólico y sagrado, para conseguir el clamor y el aplauso; contra estos oradores escribía San Jerónimo: “Cuando enseñes en la Iglesia, debes provocar no el clamor del pueblo, sino su compunción: las lágrimas de quienes te oigan deben ser tu alabanza”. (Pío X. Motu proprio Sacrorum antistitum, 1 de septiembre de 1910)

Pío XII

El principal deber de los Pastores es refutar los errores y pecados de los hombres

El principal deber que nos impone nuestro oficio y nuestro tiempo es “dar testimonio de la verdad”. Este deber, que debemos cumplir con firmeza apostólica, exige necesariamente la exposición y la refutación de los errores y de los pecados de los hombres, para que, vistos y conocidos a fondo, sea posible el tratamiento médico y la cura: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). (Pío XII. Encíclica Summi pontificatus, n. 14, 20 de octubre de 1939)

Pío XI

Por medio de los sacerdotes, la Iglesia difunde la verdad

En medio de las aberraciones del pensamiento humano, ebrio por una falsa libertad exenta de toda ley y freno; en medio de la espantosa corrupción, fruto de la malicia humana, se yergue cual faro luminoso la Iglesia, que condena toda desviación —a la diestra o a la siniestra— de la verdad, que indica a todos y a cada uno el camino que deben seguir. Y ¡ay si aún este faro, no digamos se extinguiese, lo cual es imposible por las promesas infalibles sobre que está cimentado, pero si se le impidiera difundir profusamente sus benéficos rayos! […] Y si, puestos en la pendiente del error y del vicio, no hemos llegado todavía a más hondo abismo, se debe a los rayos de la verdad cristiana que, a pesar de todo, no dejan de seguir difundidos por el mundo. Ahora bien: la Iglesia ejercita su ministerio de la palabra por medio de los sacerdotes, distribuidos convenientemente por los diversos grados de la jerarquía sagrada, a quienes envía por todas partes como pregoneros infatigables de la buena nueva, única que puede conservar, o implantar, o hacer resurgir la verdadera civilización. (Pío XI. Encíclica Ad catholici sacerdotii, n. 19, 20 de diciembre de 1935)

San Bernardo de Claraval

La conducta de los servidores desleales no agrada a Dios

Dice el Señor: “Pedro, ¿me amas? Señor, tú sabes que te amo. Apacienta mis ovejas”. ¿Cómo es posible confiar unas ovejas tan queridas a un hombre que no ama? Lo que se pide a los administradores es que, al menos, sean de fiar. ¡Ay de los servidores desleales, que, sin ajustar sus cuentas, pretenden enmendar a los demás aparentando administrar justicia! Son réprobos, y se presentan como servidores de la gracia. Son rebeldes, y no temen usurpar la estima y el renombre que corresponde a los pacíficos. Son falsos y mentirosos, que se presentan como fieles mediadores de paz y se tragan los pecados de la gente. Son miserables, esclavos de los bajos deseos; su conducta no agrada a Dios y, sin embargo, simulan querer aplacarlo. (San Bernardo de Claraval. Tratado a los clérigos sobre la conversión, cap. XIX, n. 32)

IV – Aclaraciones doctrinarias sobre el pecado de blasfemia

Catecismo Romano

Nunca será excesivo el esfuerzo de todos por combatir tan enorme y detestable costumbre de la blasfemia

Quiso, no obstante, el Señor explicitar este mandamiento [el segundo], para señalarnos la suma importancia que Él atribuye al deber de tributar el honor y respeto que le son debidos a su divino y santísimo nombre. Procuremos también nosotros conocer y meditar con la máxima atención y distinción posibles todo cuanto se refiere a este mandamiento. Tanto más que no escasean, por desgracia, quienes, cegados por la ignorancia, se atreven a maldecir a Aquel a quien los mismos ángeles adoran; demasiados hombres que, olvidando tan grave precepto, cada día, cada hora y casi cada minuto arrojan contra la majestad de Dios la ofensa de sus insultos: juramentos falsos y vanos, discursos impregnados de imprecaciones y maldiciones, blasfemias, abuso del santo nombre de Dios, bajo mil formas, hasta por las cosas más frívolas e insignificantes. Nunca será, por consiguiente, excesivo el esfuerzo de todos por combatir tan enorme y detestable costumbre. (Catecismo Romano, II, I)

Los culpables de blasfemia no podrán huir de la venganza divina

Puesto que el temor del castigo tiene con frecuencia más eficacia que cualquiera otra consideración, añade el mandamiento divino estas palabras, que deben meditarse con suma atención: No tomarás en falso el nombre de Yavé, tu Dios, porque no dejará Yavé sin castigo al que tome en falso su nombre (Ex 20, 7). […] Nunca se insistirá suficientemente en la gravedad de esta abominación ni se trabajará lo debido para desterrarla de entre los fieles. Tanto más cuanto que diabólicamente se ha ido acentuando esta horrenda costumbre, no bastando ya la ley para refrenarla, y siendo necesario recurrir a las amenazas y a los castigos. […] Notemos, por último, que Dios no ha querido precisar este o aquel castigo para quienes le niegan el honor que le es debido; únicamente ha anunciado con terrible gravedad que los culpables no podrán huir a su divina venganza. En las pruebas de cada día ―fruto, sin duda, del incumplimiento de este precepto― vemos que Dios no falta a su palabra de justicia. Y si en el día del juicio ha de pedir cuenta de toda palabra ociosa, ¿cuánto no habrán de temer su divina ira quienes se atreven a ofender y menospreciar su santísimo Nombre? (Catecismo Romano, II, V)

Código de Derecho Canónico

Quien profiere una blasfemia debe ser condenado con una pena justa

Quien, en un espectáculo o reunión públicos, en un escrito divulgado, o de cualquier otro modo por los medios de comunicación social, profiere una blasfemia, atenta gravemente contra las buenas costumbres, injuria la religión o la Iglesia o suscita odio o desprecio contra ellas debe ser castigado con una pena justa. (Código de Derecho Canónico, c. 1369)

San Beda, El Venerable

La blasfemia sólo es perdonada si se hace penitencia proporcionada

No se perdonarán todos los pecados y blasfemias a todos los hombres en general, sino a los que hayan hecho penitencia proporcionada a sus errores en esta vida. (San Beda, El Venerable citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Mc 3, 23-30)

Catecismo de la Iglesia Católica

La blasfemia es de suyo un pecado grave

La blasfemia se opone directamente al segundo mandamiento. Consiste en proferir contra Dios —interior o exteriormente— palabras de odio, de reproche, de desafío; en injuriar a Dios, faltarle al respeto en las expresiones, en abusar del nombre de Dios. Santiago reprueba a “los que blasfeman el hermoso Nombre (de Jesús) que ha sido invocado sobre ellos” (St 2, 7). La prohibición de la blasfemia se extiende a las palabras contra la Iglesia de Cristo, los santos y las cosas sagradas. […] El abuso del nombre de Dios para cometer un crimen provoca el rechazo de la religión. La blasfemia es contraria al respeto debido a Dios y a su santo nombre. Es de suyo un pecado grave. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2148)

Santo Tomás de Aquino

La blasfemia es la negación de alguna bondad divina e impide el honor divino

El concepto de blasfemia parece implicar cierta negación de alguna bondad excelente, y sobre todo de la divina. Pero Dios, como afirma Dionisio en De div. nom., es la esencia misma de la bondad, y por eso, lo que compete a Dios pertenece a su bondad; lo que no le compete, en cambio, queda lejos de la razón perfecta de bondad, que constituye su esencia. Por lo tanto, todo el que o niega algo que compete a Dios o afirma de él lo que no le pertenece, deroga la bondad divina. […] Si se manifiesta al exterior por el lenguaje, es la blasfemia verbal. En este segundo sentido se opone la blasfemia a la confesión de fe. […] Quien habla contra Dios con intención de inferirle un insulto, deroga la bondad divina no sólo en la verdad del entendimiento, sino también según la perversidad de la voluntad, que detesta e impide, en cuanto puede, el honor divino. Esta es la blasfemia consumada. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 13, a. 1)

La blasfemia se opone a la caridad divina

Está el testimonio del Levítico: “Quien blasfemare el nombre de Yahveh, será muerto” (Lv 24,16). Ahora bien, la pena de muerte no se aplica sino por pecado mortal. En consecuencia, la blasfemia es pecado mortal. Según hemos expuesto (I-II 72, 5), por el pecado mortal se aparta el hombre del primer principio de la vida espiritual, que es la caridad de Dios. De ahí que lo que es contrario a la caridad es en su género pecado mortal. La blasfemia, por su género, se opone a la caridad divina, ya que, como hemos dicho (a. 1), deroga la bondad divina, objeto de la caridad. En consecuencia, la blasfemia es, por su género, pecado mortal. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 13, a. 2)

La blasfemia conlleva la gravedad de la infidelidad

Está el comentario de la Glosa al texto de Isaías al pueblo terrible (Is 18, 2), que dice: Todo pecado, comparado con la blasfemia, es leve. Como ya hemos expuesto (a. 1), la blasfemia se opone a la confesión de fe; por eso conlleva la gravedad de la infidelidad. Y el pecado se agrava si sobreviene la repulsa de la voluntad, y todavía más si prorrumpe en palabras; de la misma manera que la alabanza de la fe se acrecienta por el amor y la confesión. Por eso, siendo la infidelidad el máximo pecado en su género, como hemos dicho (II-II 10, 3), también lo es la blasfemia, que pertenece a su género y lo agrava. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 13, a. 3)

Al condenado, detestando la justicia divina, se le agrega la blasfemia

Los condenados conservarán la voluntad perversa apartada de la justicia de Dios, ya que aman aquello por lo que están castigados y querrían disfrutar de ello, si pudieran, odiando las penas que se les infligen por sus pecados. Se duelen, sin embargo, de los pecados cometidos, no porque los detesten, sino porque son castigados por ellos. Por lo tanto, esa detestación de la justicia de Dios constituye en ellos la blasfemia interior del corazón, y es creíble que, después de la resurrección, proferirán también la blasfemia oral, lo mismo que los santos la alabanza vocal de Dios. […] Quien muere en pecado mortal, lleva consigo una voluntad en situación de detestar la justicia divina en algún aspecto. Por ese motivo podrá agregársele la blasfemia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 13, a. 4)


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