90 – Es necesaria una fraterna y atenta acogida hacia estas personas que en efecto no están excomulgadas, como algunos piensan: ellas forman parte siempre de la Iglesia. La Iglesia no tiene las puertas cerradas a nadie

¿Quién no ha pasado por la dolorosa situación de asistir a un ser querido en sus últimos momentos de vida? Cuando se produce el desenlace final, sufrimos al velar su cadáver, inerte pero todavía tan amado…. la muerte es cruel, pues no se sacia con arrancar la vida… si no enterramos el cadáver, una peligrosa podredumbre se extenderá a su alrededor poniendo en riesgo la salud de los demás. No nos queda otra solución sino enterrar los despojos de aquel a quien tanto amábamos. Si existiera la posibilidad de alejar la muerte de nuestros familiares y amigos, no mediríamos esfuerzos para conseguirlo. Algo parecido ocurre dentro de la Iglesia.

Como Madre de todos los fieles, ella tiene muchos hijos, algunos vivos y otros desgraciadamente muertos… No físicamente, pero sí espiritualmente y, por lo tanto, separados de Cristo por el pecado mortal. Éste expulsa la vida divina de nuestras almas, nos reduce a miembros muertos de la Iglesia y nos excluye de los bienes divinos. Quien cae en la desgracia de morir en este estado sufrirá eternamente los tormentos del Infierno.

Los miembros vivos de la Iglesia, hermanos de los miembros muertos, tienen la obligación de no medir esfuerzos en rescatar estas almas de su infeliz estado. Un caso particular es el de aquellos que públicamente viven en pecado mortal. En una sociedad donde la institución familiar es cada vez más perjudicada, tal estado público de pecado se manifiesta con particular virulencia con los divorciados que se vuelven a casar por la vía civil. Es doctrina clara de la Iglesia que una nueva convivencia conyugal posterior al primer vínculo matrimonial constituye adulterio, y que el adulterio es un pecado mortal.

Tal como estaríamos dispuestos a hacer de todo para defender a nuestros familiares de una enfermedad contagiosa, mucho más debemos guardarlos de ser atrapados por las garras de esa terrible plaga que tantas víctimas va haciendo por el mundo entero. Y, como no, con gran amor, debemos hacer todo lo posible para rescatar a las almas que se encuentran en situación tan infeliz. Ahora, en ese procedimiento, es necesario actuar con toda delicadeza, cautela y seriedad para evitar que, mientras unos se levantan, otros vengan a caer. Son dos los problemas: proteger a los miembros vivos del contagio mortal y ayudar a los muertos para que regresen a la verdadera vida de la gracia. La ayuda dada a unos no puede desanimar a los otros.

Como siempre la Iglesia tiene las respuestas sobre cómo proceder delante de esta difícil situación. Pero, tal como en la medicina, no siempre el remedio es agradable, aunque sí lo sean sus resultados cuando es aplicado con sabiduría. Leamos lo que el Magisterio nos enseña …

Francisco

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Cita A

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores
I –Quien establece una nueva convivencia tras separarse de un primer matrimonio válido está fuera de la gracia de Dios
II –
Las personas que se encuentran en pecado mortal son miembros muertos de la Iglesia, enemigos de Dios y sus acciones buenas carecen de valor
III –
¿Cuál es la ayuda que necesitan los divorciados vueltos a casar?
IV –
Personas públicamente fuera de la gracia no merecen igual consideración que las que viven en conformidad con la ley de Dios

I – Quien establece una nueva convivencia tras separarse de un primer matrimonio válido está fuera de la gracia de Dios

Santo Tomás de Aquino

El adulterio siempre es pecado mortal

Además, algunos pecados son mortales por su propio género, como el homicidio y el adulterio. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 72, a. 5)

Sagradas Escrituras

Es adúltero todo aquel que repudia a su mujer y se casa con otra

Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio, y el que se casa con una repudiada por su marido comete adulterio. (Lc 18, 16)

Por mandato divino el que se separó no puede pasar a otras nupcias

A los casados les ordeno, no yo sino el Señor: que la mujer no se separe del marido; pero si se separa, que permanezca sin casarse o que se reconcilie con el marido; y que el marido no repudie a la mujer. (1 Cor 7, 10-11)

Catecismo de la Iglesia Católica

Los divorciados vueltos a casar se hallan en situación de adulterio público y permanente

El hecho de contraer una nueva unión [después de un divorcio], aunque reconocida por la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se halla entonces en situación de adulterio público y permanente. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2384)

Catecismo Mayor de San Pío X

Los esposos que viven unidos apenas con un contrato civil están en pecado mortal

¿Basta para un cristiano el matrimonio o contrato civil?
Para un cristiano no basta el contrato civil porque no es sacramento, y, por consiguiente, no es verdadero matrimonio.
¿En qué condiciones se hallan los esposos que viven unidos sin haber contraído más que el matrimonio civil?
Los esposos que viven unidos sin haber contraído más que el matrimonio civil se hallan en estado de continuo pecado mortal, y su unión será siempre ilegítima delante de Dios y de la Iglesia. (Catecismo Mayor de San Pío X, n. 854-855)

Pío IX

Las uniones fuera del matrimonio son concubinato

Pero ningún católico ignora o puede ignorar que el matrimonio es verdadera y propiamente uno de los siete sacramentos de la ley evangélica, instituido por Cristo Señor, y que, por tanto, no puede darse el matrimonio entre los fieles sin que sea al mismo tiempo sacramento, y, consiguientemente, cualquier otra unión de hombre y mujer entre cristianos, fuera del sacramento, sea cualquiera la ley, aun la civil, en cuya virtud esté hecha, no es otra cosa que torpe y pernicioso concubinato tan encarecidamente condenado por la Iglesia; y, por tanto, el sacramento no puede nunca separarse del contrato conyugal. (Denzinger-Hünermann 2998. Pío IX, Alocución Acerbissimum vobiscum, 27 de septiembre de 1852)

Catecismo de la Iglesia Católica

Transgresión contra el plan y la ley de Dios

Contraer un nuevo matrimonio por parte de los divorciados mientras viven sus cónyuges legítimos contradice el plan y la ley de Dios enseñados por Cristo. Los que viven en esta situación no están separados de la Iglesia pero no pueden acceder a la comunión eucarística. Pueden vivir su vida cristiana sobre todo educando a sus hijos en la fe. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1665)

San Agustín de Hipona

No se una a otra persona ni por causa de los hijos

El sacramento mira a que la unión sea irrompible, y el repudiado o repudiada no se una a otra persona ni aun por causa de los hijos. (San Agustín de Hipona. Comentario literal al Génisis. lib, IX, cap. VII, n. 12)

Pío X

Los que no quieren sujetarse a la ley de Dios son sus enemigos

Porque los que no quieren sujetarse a la ley de Dios, son tenidos, sin duda alguna, como enemigos de Dios. (Pío X. Encíclica Communium rerum, n. 21, 21 de abril de 1909)

Concilio de Trento

Anatema para quien niegue que una nueva convivencia después de la ruptura del vínculo matrimonial no sea adulterio

Si alguno dijere que la Iglesia yerra cuando enseñó y enseña que, conforme a la doctrina del Evangelio y los Apóstoles (cf. Mc 10; 1 Cor 7), no se puede desatar y que ninguno de los dos, ni siquiera el inocente, que no dio causa para el adulterio, puede contraer nuevo matrimonio mientras viva el otro cónyuge, y que adultera lo mismo y que después de repudiar a la adúltera se casa con otra, como la que después de repudiar al adúltero se casa con otro, sea anatema. (Denzinger-Hünermann 1807. Concilio de Trento, Sesión XXIV, Sobre el sacramento del matrimonio, 11 de noviembre de 1563)

II – Las personas que se encuentran en pecado mortal son miembros muertos de la Iglesia, enemigos de Dios y sus acciones buenas carecen de valor

Sagradas Escrituras

Dios rompe con los que no cumplen los mandamientos

Pero, si no me escucháis ni cumplís todos estos mandamientos; si despreciáis mis preceptos y rechazáis mis normas, no haciendo caso de todos mis mandamientos y rompiendo mi alianza, yo también haré lo mismo con vosotros. (Lv 26, 14-16)

El pecador atenta contra su propia vida

Los pecadores y malhechores atentan contra su propia vida. (Tob 12, 10)

Concilio de Trento

Todo el que está en pecado mortal es hijo de la ira y enemigo de Dios

Como todos los pecados mortales, aun los de pensamiento, hacen a los hombres hijos de ira (Ep 2, 3) y enemigos de Dios, es indispensable pedir también de todos perdón a Dios con clara y verecunda confesión. (Denzinger-Hünermann 1680. Concilio de Trento, Sesión XIV, Sobre el sacramento de la penitencia)

Catecismo Mayor de San Pío X

El pecado mortal reduce la persona al estado de miembro muerto de la Iglesia

¿Cuáles son los miembros vivos de la Iglesia?
Los miembros vivos de la Iglesia son todos y solamente los justos; a saber, los que están actualmente en gracia de Dios.
¿Y cuáles son los miembros muertos?
Miembros muertos de la Iglesia son los fieles que se hallan en pecado mortal. (Catecismo Mayor de San Pío X, n. 168-169)

San Juan Crisóstomo

Dios habita en el justo, y la muerte en el pecador

El mismo Dios habita en los cuerpos de los justos. Los cuerpos de los pecadores se llaman sepulcros de muertos, porque el alma está muerta dentro del cuerpo del pecador y no puede creerse que viva, porque nada hace sobre el cuerpo que pueda llamarse vivo y espiritual. (San Juan Crisóstomo citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Mt 23, 25-26)

Santo Tomás de Aquino

El pecado mortal excluye totalmente el hábito de la gracia

Un pecado venial no excluye cualquier acto de la gracia, por el que todos los pecados veniales pueden quedar perdonados. Pero el pecado mortal excluye totalmente el hábito de la gracia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 87, a. 4)

El adulterio mata el alma

Mas debe saberse que el adulterio y la fornicación se prohíben por muchas razones. En efecto, primeramente dan muerte al alma. “El adúltero pierde el alma por pobreza del espíritu” (Pr 6, 32). Y dice “por pobreza del espíritu”, lo que ocurre cuando la carne domina al espíritu. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 161)

Catecismo Mayor de San Pío X

Son excluidos de la comunión de los bienes espirituales todos los que se hallan en pecado mortal

¿Entran todos los hijos de la Iglesia en esta comunión de bienes?
En la comunión de los bienes internos entran los cristianos que están en gracia de Dios; pero los que están en pecado mortal no participan de estos bienes.
¿Por qué no participan de estos bienes los que están en pecado mortal?
Porque la gracia de Dios es la que junta a los fieles con Dios y entre sí; por esto, los que están en pecado mortal, como no tienen la gracia de Dios, son excluidos de la comunión de los bienes espirituales.(Catecismo Mayor de San Pío X, n. 219-220)

Juan Pablo II

El pecado mortal es un rechazo del amor de Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación

Se deberá evitar reducir el pecado mortal a un acto de “opción fundamental” —como hoy se suele decir— contra Dios, entendiendo con ello un desprecio explícito y formal de Dios o del prójimo. Se comete, en efecto, un pecado mortal también, cuando el hombre, sabiendo y queriendo elige, por cualquier razón, algo gravemente desordenado. En efecto, en esta elección está ya incluido un desprecio del precepto divino, un rechazo del amor de Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación: el hombre se aleja de Dios y pierde la caridad. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Reconciliatio et Paenitentia, n. 17, 2 de diciembre de 1984)

El pecado tiene doble consecuencia

El pecado, por su carácter de ofensa a la santidad y a la justicia de Dios, como también de desprecio a la amistad personal de Dios con el hombre, tiene una doble consecuencia. En primer lugar, si es grave, comporta la privación de la comunión con Dios y, por consiguiente, la exclusión de la participación en la vida eterna. […] En segundo lugar, “todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las criaturas que es necesario purificar, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se llama la “pena temporal del pecado” con cuya expiación se cancela lo que impide la plena comunión con Dios y con los hermanos.  (Juan Pablo II. Bula Incarnationis mysterium, n. 10, 29 de noviembre de 1998)

Catecismo Romano

Los hombres esclavos de sus culpas no participan del fruto espiritual

De tantas y tan grandes dádivas y bienes que Dios concede a toda la Iglesia, solamente gozan los que haciendo una vida verdaderamente cristiana, son justos y amados de Dios. Pero los miembros muertos, esto es, los hombres enredados de sus culpas y apartados de la gracia de Dios, aunque no están privados del beneficio de ser aun miembros de este cuerpo; mas como son miembros muertos, no perciben el fruto espiritual que llega a los virtuosos y justos. (Catecismo Romano, I, X, 26)

Catecismo de la Iglesia Católica

El pecado mortal excluye del Reino de Dios y causa la muerta eterna en el infierno

El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana como lo es también el amor. Entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia. Si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna del infierno; de modo que nuestra libertad tiene poder de hacer elecciones para siempre, sin retorno. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1861)

Catecismo Mayor de San Pío X

La eficacia de la oración depende del estado de gracia

¿Cuál es la primera y mejor disposición para hacer eficaces nuestras oraciones?
La primera y mejor disposición para hacer eficaces nuestras oraciones es estar en gracia de Dios o desear, al menos, ponerse en tal estado.(Catecismo Mayor de San Pío X, n. 267)

Santo Tomás de Aquino

La oración no es meritoria sin la gracia santificante

Sin la gracia santificante no es meritoria la oración, lo mismo que no lo es ningún otro acto virtuoso. Y es que aun la misma oración con que se impetra la gracia santificante procede de una cierta gracia como de don gratuito, pues incluso el mismo orar es don de Dios, como dice San Agustín en el libro De Perseverantia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 83, a. 15)

Catecismo de la Iglesia Católica

Si el corazón está alejado de Dios, la oración es vana

¿De dónde viene la oración del hombre? Cualquiera que sea el lenguaje de la oración (gestos y palabras), el que ora es todo el hombre. Sin embargo, para designar el lugar de donde brota la oración, las Sagradas Escrituras hablan a veces del alma o del espíritu, y con más frecuencia del corazón (más de mil veces). Es el corazón el que ora. Si este está alejado de Dios, la expresión de la oración es vana. […] La oración cristiana es una relación de Alianza entre Dios y el hombre en Cristo. Es acción de Dios y del hombre; brota del Espíritu Santo y de nosotros, dirigida por completo al Padre, en unión con la voluntad humana del Hijo de Dios hecho hombre. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2563-2564)

III – ¿Cuál es la ayuda que necesitan los divorciados vueltos a casar?

Congregación para la Doctrina de la Fe

Las soluciones pastorales nunca pueden contradecir el Magisterio

Una serie de objeciones críticas contra la doctrina y la praxis de la Iglesia concierne a problemas de carácter pastoral. Se dice, por ejemplo, que el lenguaje de los documentos eclesiales será demasiado legalista, que la dureza de la ley prevalecería sobre la comprensión hacia situaciones humanas dramáticas. El hombre de hoy no podría comprender ese lenguaje. Mientras Jesús habría atendido a las necesidades de todos los hombres, sobre todo de los marginados de la sociedad, la Iglesia, por el contrario, se mostraría más bien como juez, que excluye de los sacramentos y de ciertas funciones públicas a personas heridas.
Se puede indudablemente admitir que las formas expresivas del Magisterio eclesial a veces no resultan fácilmente comprensibles y deben ser traducidas por los predicadores y catequistas al lenguaje que corresponde a las diferentes personas y a su ambiente cultural. Sin embargo, debe mantenerse el contenido esencial del Magisterio eclesial, pues transmite la verdad revelada y, por ello, no puede diluirse en razón de supuestos motivos pastorales. Es ciertamente difícil transmitir al hombre secularizado las exigencias del Evangelio. Pero esta dificultad no puede conducir a compromisos con la verdad. En la Encíclica Veritatis splendor, Juan Pablo II ha rechazado claramente las soluciones denominadas ‘pastorales’ que contradigan las declaraciones del Magisterio (cf. ibid 56).
Por lo que respecta a la posición del Magisterio acerca del problema de los fieles divorciados vueltos a casarse, se debe además subrayar que los recientes documentos de la Iglesia unen de modo equilibrado las exigencias de la verdad con las de la caridad. Si en el pasado a veces la caridad quizá no resplandecía suficientemente al presentar la verdad, hoy en cambio el gran peligro es el de callar o comprometer la verdad en nombre de la caridad. La palabra de la verdad puede, ciertamente, doler y ser incómoda; pero es el camino hacia la curación, hacia la paz y hacia la libertad interior. Una pastoral que quiera auténticamente ayudar a la persona debe apoyarse siempre en la verdad. Sólo lo que es verdadero puede, en definitiva, ser pastoral. ‘Entonces conoceréis la verdad y la verdad os hará libres’ (Jn 8, 32). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Atención pastoral de divorciados vueltos a casar, Introducción del Cardenal Joseph Ratzinger, 1 de enero de 1998)

Juan Pablo II

La verdadera acción pastoral trata de incitar una vida de coherencia con la fe

Es cada vez más frecuente el caso de católicos que, por motivos ideológicos y prácticos, prefieren contraer sólo matrimonio civil, rechazando o, por lo menos, difiriendo el religioso. Su situación no puede equipararse sin más a la de los que conviven sin vínculo alguno, ya que hay en ellos al menos un cierto compromiso a un estado de vida concreto y quizá estable, aunque a veces no es extraña a esta situación la perspectiva de un eventual divorcio. Buscando el reconocimiento público del vínculo por parte del Estado, tales parejas demuestran una disposición a asumir, junto con las ventajas, también las obligaciones. A pesar de todo, tampoco esta situación es aceptable para la Iglesia. La acción pastoral tratará de hacer comprender la necesidad de coherencia entre la elección de vida y la fe que se profesa, e intentará hacer lo posible para convencer a estas personas a regular su propia situación a la luz de los principios cristianos. Aun tratándoles con gran caridad e interesándoles en la vida de las respectivas comunidades, los pastores de la Iglesia no podrán admitirles al uso de los sacramentos. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 82, 22 de noviembre de 1981)

San Juan Crisóstomo

Si amamos nuestros hermanos, incentivémoslos al dolor del pecado

Enfermedad no es la parálisis solamente, sino también el pecado: más aún, éste es peor que aquélla, tanto más cuanto el alma es mejor que el cuerpo. ¡Ea, pues! Acerquémonos también ahora nosotros a Jesús; roguémosle que frene nuestra alma, que descuidadamente procede; y haciendo a un lado todos los intereses del siglo, cuidemos únicamente de lo espiritual. Si esto consigues, luego podrás atender a aquéllos. No te desentiendas por el hecho de que no te dueles cuando pecas, sino más bien duélete de eso mismo sobre todo: de que no tienes dolor de tus pecados. Eso te sucede, no porque el pecado no muerda, sino porque acostumbrada el alma al pecado, ha perdido la sensibilidad del mal. Piensa cómo aquellos que sí sienten sus pecados, lloran más amargamente que si se les destrozara o quemara; y cómo gimen y sufren y sollozan, con el objeto de deponer su mala conciencia: nada de esto harían si no se dolieran grandemente de sus pecados.
Cierto que sería mejor nunca pecar; pero tras el pecado sólo queda dolerse y enmendarse. Pero si no tenemos ese dolor y deseo de la enmienda ¿cómo pediremos a Dios perdón de pecados a los que no damos ninguna importancia? Si tú que pecaste no quieres ni siquiera saber que pecaste ¿suplicarás a Dios el perdón de faltas de que no te das cuenta que cometiste? ¿Cómo apreciarás entonces la grandeza del don? […] ¿Acaso no lo irritamos más aún? Porque el no dolemos de nuestros pecados es cosa que más lo provoca a ira que el mismo pecado.(San Juan Crisóstomo. Homilía XIV sobre el Evangelio de San Mateo)

Pongamos todos los medios para convertir a los pecadores

Sabiendo esto nosotros, pongamos todos los medios para convertir a los pecadores y a los tibios, amonestándolos, adoctrinándolos, rogándoles, exhortándolos, aconsejándolos, aun cuando nada aventajemos. Sabía Jesús de antemano que Judas jamás se enmendaría; y sin embargo no cesaba de poner lo que estaba de su parte, amonestándolo, amenazándolo, llamándolo infeliz. (San Juan Crisóstomo. Homilía LXXX sobre el Evangelio de San Mateo)

Pseudo-Crisóstomo

En todo buscamos que el pecador suelte el pecado

Y así como la nave —una vez roto el timón— es llevada a donde quiere la tempestad, así también el hombre, cuando pierde el auxilio de la divina gracia por su pecado, ya no hace lo que quiere, sino lo que quiere el demonio. Y si Dios no lo desata con la mano poderosa de su misericordia, permanecerá esclavo por sus pecados hasta la muerte. Por esto dice a sus discípulos: soltadle; esto es, por vuestra predicación y por vuestros milagros, porque todos los judíos y los gentiles fueron puestos en libertad por medio de los apóstoles. “Y traédmelos”, esto es, convertidlos a mi gloria. (Pseudo-Crisóstomo citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Mt 21, 1-9)

Pío X

Tolerar el error no es caridad

La doctrina católica nos enseña que el primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las opiniones erróneas, por muy sinceras que sean, ni en la indiferencia teórica o practica ante el error o el vicio en que vemos caídos a nuestros hermanos, sino en el celo por su mejoramiento intelectual y moral no menos que en el celo por su bienestar material. Esta misma doctrina católica nos enseña también que común de toda la familia humana, y en el amor de Jesucristo, cuyos miembros somos, hasta el punto de que aliviar a un desgraciado es hacer un bien al mismo Jesucristo. (Pío X. Encíclica Notre Charge Apostolique, n. 22, 15 de agosto de 1910)

Hace daño a los hermanos quien se queda sólo en palabras complacientes

Otra manera de hacer daño es la de quienes hablan de las cosas de la religión como si hubiesen de ser medidas según los cánones y las conveniencias de esta vida que pasa, dando al olvido la vida eterna futura: hablan brillantemente de los beneficios que la religión cristiana ha aportado a la humanidad, pero silencian las obligaciones que impone; pregonan la caridad de Jesucristo nuestro Salvador, pero nada dicen de la justicia. El fruto que esta predicación produce es exiguo, ya que, después de oírla, cualquier profano llega a persuadirse de que, sin necesidad de cambiar de vida, él es un buen cristiano con tal de decir: Creo en Jesucristo.
¿Qué clase de fruto quieren obtener estos predicadores? No tienen ciertamente ningún otro propósito más que el de buscar por todos los medios ganarse adeptos halagándoles los oídos, con tal de ver el templo lleno a rebosar, no les importa que las almas queden vacías. Por eso es por lo que ni mencionan el pecado, los novísimos, ni ninguna otra cosa importante, sino que se quedan solo en palabras complacientes, con una elocuencia más propia de un arenga profana que de un sermón apostólico y sagrado, para conseguir el clamor y el aplauso; contra estos oradores escribía San Jerónimo: “Cuando enseñes en la Iglesia, debes provocar no el clamor del pueblo, sino su compunción: las lágrimas de quienes te oigan deben ser tu alabanza”. (Pío X. Motu proprio Sacrorum Antistitum, 1 de septiembre de 1910)

Se equivocan los que silencian las gravísimas obligaciones de la fe cristiana

Cuanto se equivocan los que estiman que serán más dignos de la Iglesia y trabajaran con más fruto para la salvación eterna de los hombres si, movidos por una prudencia humana, […] movidos por la vana esperanza de que así pueden ayudar mejor a los equivocados, cuando en realidad los hacen compañeros de su propio descarrío. Pero la verdad es única y no puede dividirse; permanece eterna, sin doblegarse a los tiempos: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre (He 13, 8). (Pío X. Encíclica Iucunda sane, n. 25-26, 12 de marzo de 1904)

Dios pide cuentas a quien omite la corrección

Debemos inculcar también aquel otro dicho de Anselmo tan noble y tan paternal: “Cuando oigo alguna cosa de vosotros que no agrada a Dios ni os es provechosa, si me descuido en avisaros, ni temo a Dios, ni os amo como debo”. […] Entonces, imitando a Anselmo, debemos nuevamente rogar, aconsejar y avisar “que consideréis con diligencia todas estas cosas, y si vuestra conciencia os manifiesta que debéis corregiros en algo os dispongáis a hacerlo”. Porque no debe descuidarse nada que pueda corregirse, porque Dios pide cuenta no solo de las malas obras, sino también de haber omitido corregir aquellos males que podían enmendarse. Y cuanto mayor es el poder que tienen para corregirlos, con tanto mayor rigor les exige Dios que según la potestad que misericordiosamente les ha sido comunicada, quieran hacerlo y lo pongan en práctica como es debido. (Pío X. Encíclica Communium rerum, n. 26, 21 de abril de 1909)

Benedicto XVI

Que el pecador note el distanciamiento que él mismo ha provocado

El texto del Evangelio […] nos dice que el amor fraterno comporta también un sentido de responsabilidad recíproca, por lo cual, si mi hermano comete una falta contra mí, yo debo actuar con caridad hacia él y, ante todo, hablar con él personalmente, haciéndole presente que aquello que ha dicho o hecho no está bien. Esta forma de actuar se llama corrección fraterna: no es una reacción a una ofensa recibida, sino que está animada por el amor al hermano. Comenta San Agustín: “Quien te ha ofendido, ofendiéndote, ha inferido a sí mismo una grave herida, ¿y tú no te preocupas de la herida de tu hermano? Tú debes olvidar la ofensa recibida, no la herida de tu hermano” (Discursos 82, 7).
¿Y si el hermano no me escucha? Jesús en el Evangelio de hoy indica una gradualidad: ante todo vuelve a hablarle junto a dos o tres personas, para ayudarle mejor a darse cuenta de lo que ha hecho; si, a pesar de esto, él rechaza la observación, es necesario decirlo a la comunidad; y si tampoco no escucha a la comunidad, es preciso hacerle notar el distanciamiento que él mismo ha provocado, separándose de la comunión de la Iglesia. Todo esto indica que existe una corresponsabilidad en el camino de la vida cristiana: cada uno, consciente de sus propios límites y defectos, está llamado a acoger la corrección fraterna y ayudar a los demás con este servicio particular. (Benedicto XVI. Ángelus, 4 de septiembre de 2011)

Frente al mal no hay que callar pues corregir es obra de misericordia

En la Sagrada Escritura leemos: “Reprende al sabio y te amará. Da consejos al sabio y se hará más sabio todavía; enseña al justo y crecerá su doctrina” (Pr 9, 8 ss). Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18, 15). […] La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de “corregir al que se equivoca”. Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana. Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. Sin embargo, lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación; lo que la mueve es siempre el amor y la misericordia, y brota de la verdadera solicitud por el bien del hermano. El Apóstol Pablo afirma: “Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado” (Ga 6, 1). En nuestro mundo impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad. […] El Apóstol Pablo invita a buscar lo que “fomente la paz y la mutua edificación” (Rm 14, 19), tratando de “agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación” (ib. 15, 2), sin buscar el propio beneficio ‘sino el de la mayoría, para que se salven’ (1 Cor 10, 33). Esta corrección y exhortación mutua, con espíritu de humildad y de caridad, debe formar parte de la vida de la comunidad cristiana. (Benedicto XVI. Mensaje para la Cuaresma de 2012, n. 1-2, 3 de noviembre de 2011)

Santo Tomás de Aquino

La corrección fraterna es el más importante acto de la caridad

Hay, por lo mismo, doble corrección del delincuente. La primera: aportar remedio al pecado como mal de quien peca. Esta es propiamente la corrección fraterna, cuyo objetivo es corregir al culpable. Ahora bien, remover el mal de uno es de la misma naturaleza que procurar su bien. Pero esto último es acto de caridad que nos impulsa a querer y trabajar por el bien de la persona a la que amamos. Por lo mismo, la corrección fraterna es también acto de caridad, ya que con ella rechazamos el mal del hermano, es decir, el pecado. La remoción del pecado —tenemos que añadir— incumbe a la caridad más que la de un daño exterior, e incluso más que la del mismo mal corporal, por cuanto su contrario, el bien de la virtud, es más afín a la caridad que el bien corporal o el de las cosas exteriores. De ahí que la corrección fraterna es acto más esencial de la caridad que el cuidado de la enfermedad del cuerpo o la atención que remedia la necesidad externa. La otra corrección remedia el pecado del delincuente en cuanto revierte en perjuicio de los demás y, sobre todo, en perjuicio del bien común. Este tipo de corrección es acto de justicia, cuyo cometido es conservar la equidad de unos con otros. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 33, a. 1)

El buen médico arranca el mal de raíz

El buen médico no sólo suprime el mal que aparece sino que también arranca la raíz del mal, no sea que retoñe: por lo cual quiere que nos abstengamos de las causas de los pecados. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 149)

El no ser castigado redunda en mal para el proprio pecador

En segundo lugar priva de la vida: en efecto, el adúltero debe morir según la ley, como se dice en el Lv 20 y en Dt 22. Y que a veces no sea castigado corporalmente es para su mal; porqué la pena corporal que se sufre con paciencia es para la remisión de los pecados; pero será castigado en seguida en la vida futura. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 161)

San Basilio Magno

¿Si el alma no conoce sus pecados y nadie lo advierte, cómo puede curarse?

Así como entre las enfermedades corporales hay muchas que no sienten los que las experimentan, sino que más bien dan crédito a lo que dicen los médicos no teniendo en cuenta su insensibilidad propia, así el alma que no advierte sus pasiones ni conoce sus pecados, debe dar crédito a los que pueden dárselos a conocer. (San Basilio Magno citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Lc 22, 21-23)

Juan XXIII

Hagamos de todo para librar a las almas del pecado mortal

Y en verdad que el Cura de Ars no vivía sino para los pobres pecadores, como él decía, con la esperanza de verlos convertirse y llorar. Su conversión era el fin al que convergían todos sus pensamientos y la obra en la que consumía todo su tiempo y todas sus fuerzas. Y todo esto porque bien conocía él por la práctica del confesionario toda la malicia del pecado y sus ruinas espantosas en el mundo de las almas. Hablaba de ello en términos terribles: “Si tuviésemos fe y si viésemos un alma en estado de pecado mortal, nos moriríamos de terror”. (Juan XXIII. Encíclica Sacerdotii nostri primordia, 1 de agosto de 1950)

Juan Pablo II

Las puertas están abiertas para todos, pero son estrechas

La Cuaresma invita a los creyentes a tomar en serio la exhortación de Jesús: “Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición y son muchos lo que entran por ella” (Mt 7, 13).
¿Cuál es la puerta ancha y cuál la senda espaciosa de que habla Jesús? Es la puerta de la autonomía moral, la senda del orgullo intelectual. ¡Cuántas personas, incluso cristianas, viven en la indiferencia, acomodándose a la mentalidad del mundo y cediendo a los halagos del pecado!
La Cuaresma es el tiempo propicio para analizar la propia vida, para reanudar con mayor decisión la participación en los sacramentos, para formular propósitos más firmes de vida nueva, aceptando, como enseña Jesús, pasar por la puerta estrecha y por la senda angosta, que conducen a la vida eterna (cf. Mt 7, 14). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 16 de febrero 1994)

El pecado exige reparación

El sacrificio expiatorio de la cruz nos hace comprender la gravedad del pecado. A los ojos de Dios el pecado nunca es un hecho sin importancia. El Padre ama a los hombres y le ofenden profundamente sus transgresiones o rebeliones. Aunque está dispuesto a perdonar, Él, por el bien y el honor del hombre mismo, pide una reparación. Pero precisamente en esto la generosidad divina se demuestra del modo más sorprendente. El Padre dona a la humanidad el propio Hijo, para que ofrezca esta reparación. Con esto muestra la abismal gravedad del pecado, puesto que reclama la reparación más alta posible, la que viene de su mismo Hijo. A la vez, revela la grandeza infinita de su amor, ya que Él es el primero que lleva el peso de la reparación con el don del Hijo. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 20 de abril de 1983)

Benedicto XVI

No olvidemos que para Jesús el bien es bien y el mal es el mal

Para evitar equívocos, conviene notar que la misericordia de Jesús no se manifiesta poniendo entre paréntesis la ley moral. Para Jesús el bien es bien y el mal es mal. La misericordia no cambia la naturaleza del pecado, pero lo quema en un fuego de amor. Este efecto purificador y sanador se realiza si hay en el hombre una correspondencia de amor, que implica el reconocimiento de la ley de Dios, el arrepentimiento sincero, el propósito de una vida nueva. A la pecadora del Evangelio se le perdonó mucho porque amó mucho. En Jesús Dios viene a darnos amor y a pedirnos amor. (Benedicto XVI. Homilía en la visita pastoral a Asís con ocasión del VII centenario de la conversión de San Francisco, 17 de junio de 2007)

San Agustín

Jesús quiere que cambiemos de vida

Tampoco te condenaré yo. ¿Qué significa, Señor? ¿Fomentas, pues, los pecados? Simple y llanamente, no es así. Observa lo que sigue: “Vete, en adelante no peques ya.” El Señor, pues, ha condenado, pero el pecado, no al hombre. Efectivamente, si fuese fautor de pecados diría: “Tampoco te condenaré yo; vete, vive como vives; está segura de mi absolución; por mucho que peques, yo te libraré de todo castigo, hasta de los tormentos del quemadero y del infierno”. No dijo esto. (San Agustín. Tratados sobre el Evangelio de San Juan, 33, 6)

IV – Personas públicamente fuera de la gracia no merecen igual consideración que las que viven en conformidad con la ley de Dios

San Agustín

Distancia de justos y pecadores: como del cielo y la tierra

Puede decirse que, en lo espiritual, hay tanta distancia entre justos y pecadores, como en lo material entre el cielo y la tierra. (San Agustín. Sobre el sermón de la Montaña, n. 2)

Santo Tomás de Aquino

Los más virtuosos deben ser amados más que los menos virtuosos

¿Ha de ser más amado un prójimo que otro? […]
No todos los prójimos se relacionan con Dios de la misma manera, ya que algunos están más cerca de El por su mayor bondad. A los que están más cerca [de Dios] se les debe amar más con caridad que a los que están menos cerca. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 26, a. 6)

Pío X

En el corazón de Jesús hay mansedumbre para algunos e indignación hacia otros

Porque, si Jesús ha sido bueno para los extraviados y los pecadores, no ha respetado sus convicciones erróneas, por muy sinceras que pareciesen; los ha amado a todos para instruirlos, convertirlos y salvarlos. Si ha llamado hacia sí, para aliviarlos, a los que padecen y sufren, no ha sido para predicarles el celo por una de igualdad quimérica. Si ha levantado a los humildes, no ha sido para inspirarles el sentimiento de una dignidad independiente y rebelde a la obediencia. Si su corazón desbordaba mansedumbre para las almas de buena voluntad, ha sabido igualmente armarse de una santa indignación contra los profanadores de la casa de Dios, contra los miserables que escandalizan a los pequeños, contra las autoridades que agobian al pueblo bajo el peso de onerosas cargas sin poner en ellas ni un dedo para aliviarlas. Ha sido tan enérgico como dulce; ha reprendido, amenazado, castigado, sabiendo y enseñándonos que con frecuencia el temor es el comienzo de la sabiduría y que conviene a veces cortar un miembro para salvar al cuerpo. (Pío X. Encíclica Notre Charge Apostolique, n. 38, 15 de Agosto de 1910)

Congregación para la Doctrina de la Fe

Ciertas tareas eclesiales sólo pueden ser ejercidas por personas de vida cristiana ejemplar

Hay otras tareas eclesiales, que presuponen un testimonio de vida cristiana particular, que tampoco pueden ser encargadas a divorciados que se han vuelto a casar civilmente: servicios litúrgicos (lector, ministro extraordinario de la Eucaristía), servicios catequéticos (profesor de religión, catequista para la primera comunión o para la confirmación), participación como miembro del consejo pastoral diocesano o parroquial. Los miembros de estos consejos deben estar plenamente insertados en la vida eclesial y sacramental y llevar además una vida que esté de acuerdo con los principios morales de la Iglesia. El Derecho Canónico establece que, para los consejos pastorales diocesanos, y eso vale también para los Consejos parroquiales, “sólo sean designados fieles que se distingan por una fe segura, buenas costumbres y prudencia”(CIC, can. 512, 3). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Atención pastoral de divorciados vueltos a casar, Introducción del Cardenal Joseph Ratzinger, 1 de enero de 1998)

Los divorciados vueltos a casar no pueden acceder a la comunión o al sacramento de la penitencia

Dicha opinión contradice la doctrina católica que excluye la posibilidad de segundas nupcias después del divorcio: “Hoy son numerosos en muchos países los católicos que recurren al divorcio según las leyes civiles y que contraen también civilmente una nueva unión. La Iglesia mantiene, por fidelidad a la palabra de Jesucristo —“Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio” (Mc 10, 11-12)—, que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el primer matrimonio. Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente la ley de Dios. Por lo cual no pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales. La reconciliación mediante el sacramento de la penitencia no puede ser concedida más que aquellos que se arrepientan de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total continencia” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1650). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Notificación acerca del libro Just Love. A Framework for Christian Sexual Ethics, de Sor Margaret A. Farley, RSM, 30 de marzo de 2012)

Pío XI

El que no tiene virtudes interiores perjudica el apostolado

Los que están privados o no practican las virtudes interiores no podemos considerarlos suficientemente idóneos y armados contra los peligros y las luchas de la vida, ni capaces de dedicarse al apostolado, sino que al igual que “un metal que resuena o un címbalo que resuena”, o no benefician en nada, o quizá perjudiquen la misma causa a la cual pretenden sostener y defender, como claramente ya ha ocurrido más de una vez en el pasado. (Pío XI. Carta apostólica Singulare Illud, 13 de junio de 1926)

Pío X

Si los llamados a dedicarse a la Iglesia no dan buen ejemplo, no arrastran a otros

Por lo tanto, todos los que están llamados a dirigir o dedicarse personalmente a la causa católica deben ser buenos católicos, firmes en la fe, sólidamente instruidos en materias religiosas, verdaderamente sumisos a la Iglesia y especialmente a la Sede Apostólica y al Vicario de Jesucristo. Deben ser hombres de piedad auténtica, de virtudes varoniles y de una vida tan casta e intrépida que puedan ser ejemplo para guiar a todos los demás. Si no son formados así, será difícil que arrastren otros a hacer el bien y prácticamente imposible que actúen con buenas intenciones. (Pío X. Encíclica Il Fermo Proposito, n. 11, 11 de junio de 1905)

Consejo Pontificio para la Familia

Más importante que el número son personas de auténtica vida cristiana

Los hombres no podrían creer en Cristo y no podrían tomar en serio su Evangelio si no encontrasen los signos de su presencia. Especialmente hoy tienen necesidad de encontrarlo y de cualquier forma verlo.  “Los hombres de nuestro tiempo —observa Juan Pablo II— quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo hablar de Cristo, sino en cierto modo hacérselo ver” (NMI, 16).
Se puede ver a Cristo en los milagros; pero más aun se lo puede ver en los santos, no sólo en aquellos heroicos y extraordinarios, sino también en aquellos ordinarios que tiende a la santidad como “alto grado de la vida cristiana ordinaria” (NMI, 31) y no se contentan con “una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial” (ibid). Hoy más que nunca se precisan falta cristianos ejemplares, de familias cristianas unidas, de comunidades eclesiales fervorosas. Para solventar la crisis de la familia, que es una crisis del matrimonio, de la natalidad y de la educación, que se traduce en una disgregación y cansancio de la sociedad, la misión pastoral más importante es formar en cada parroquia núcleos de familias que sean evangelio vivido. Para evangelizar nuestro mundo secularizado y los pueblos que ignoran nuestra fe, es más necesaria la autenticidad de la vida cristiana que el número de los cristianos. Es a través de los pocos, que muchos vienen interpelados y pueden orientarse a la vida eterna, aunque si en esta tierra no alcanzan a inserirse plenamente en la Iglesia. Lo que cuenta más es que existan hogueras encendidas que iluminen y caliente la noche. (Consejo Pontificio para la Familia. Homilía del Cardenal Ennio Antonelli en la Solemne Eucaristía de Clausura del Congreso Ayudar la familia hoy, 12 de diciembre de 2010)

Benedicto XVI

Necesitamos familias que den testimonio de fidelidad

Hoy más que nunca se necesita el testimonio y el compromiso público de todos los bautizados para reafirmar la dignidad y el valor único e insustituible de la familia fundada en el matrimonio de un hombre con una mujer y abierto a la vida, así como el de la vida humana en todas sus etapas. Se han de promover también medidas legislativas y administrativas que sostengan a las familias en sus derechos inalienables, necesarios para llevar adelante su extraordinaria misión. Los testimonios presentados en la celebración de ayer muestran que también hoy la familia puede mantenerse firme en el amor de Dios y renovar la humanidad en el nuevo milenio.
Deseo expresar mi cercanía
y asegurar mi oración por todas las familias que dan testimonio de fidelidad en circunstancias especialmente arduas. Aliento a las familias numerosas que, viviendo a veces en medio de contrariedades e incomprensiones, dan un ejemplo de generosidad y confianza en Dios, deseando que no les falten las ayudas necesarias. Pienso también en las familias que sufren por la pobreza, la enfermedad, la marginación o la emigración. Y muy especialmente en las familias cristianas que son perseguidas a causa de su fe. El Papa está muy cerca de todos ustedes y les acompaña en su esfuerzo de cada día. (Benedicto XVI. Discurso al final de la misa de clausura de VI Encuentro Mundial de la Familia, n. 4-5, 18 de enero de 2009)

Sagradas Escrituras

No tratéis con el que no hace caso de las enseñanzas del Apóstol

Por vuestra parte, hermanos, no os canséis de hacer el bien. Si alguno no hace caso de lo que decimos en la carta, señaladlo y no tratéis con él, para que se avergüence. Pero no lo consideréis como un enemigo, sino corregidlo como a un hermano. (2 Tes 3, 13-15)

El castigo de los malos sirva de lección para los más jóvenes

Así también la mujer que es infiel a su marido, y le da un heredero nacido de un extraño. Primero, ha desobedecido la ley del Altísimo; segundo, ha faltado a su marido; tercero, se ha prostituido con adulterio  y le ha dado hijos de un extraño. Esta será llevada a la asamblea, y el castigo caerá sobre sus hijos. Sus hijos no echarán raíces, y sus ramas no darán frutos. Dejará un recuerdo maldito, y su infamia no se borrará. Y los que vengan después de ella reconocerán que nada es mejor que el temor del Señor, nada más dulce que guardar sus mandamientos. Grande gloria es seguir a Dios, abundancia de días, que tú seas acogido por él. (Eclo 23, 22-28)

Pío X

Los llamados a dirigir han de ser católicos a toda prueba

Para bien cumplirlo [el apostolado], se requiere la gracia divina, la cual no se otorga al apóstol que no viva unido con Cristo. Sólo cuando hayamos formado la imagen de Cristo en nosotros, entonces podremos con facilidad comunicarla, a nuestra vez, a las familias y a la sociedad. Por cuya causa, los llamados a dirigir o los dedicados a promover el movimiento católico han de ser católicos a toda prueba, convencidos de su fe, sólidamente instruidos en las cosas de religión, sinceramente obedientes a la Iglesia y en particular a esta Suprema Cátedra Apostólica y al Vicario, de piedad genuina, de firmes virtudes, de costumbres puras, de vida tan intachable que a todos sirvan de eficaz ejemplo. (Pío X. Encíclica Il fermo propostio, 11 de junio de 1905)

Catecismo Mayor de San Pío X

El buen médico usa remedios dolorosos para salvar la vida del enfermo

¿No es demasiado riguroso el confesor que dilata la absolución al penitente porque no lo cree todavía bien dispuesto?
El confesor que dilata la absolución al penitente porque no lo cree todavía bien dispuesto, no es demasiado riguroso, antes muy caritativo, portándose como buen médico que prueba todos los remedios, por dolorosas y ásperos que sean, para salvar, la vida del enfermo. (Catecismo Mayor de San Pío X, n. 774)

Juan Pablo II

Las palabras de Jesús no pueden ser pasadas por alto: “No peques más”

Entre las costumbres de una sociedad secularizada y las exigencias del Evangelio, media un profundo abismo. Hay muchos que querrían participar en la vida eclesial, pero ya no encuentran ninguna relación entre su propio mundo y los principios cristianos. Se cree que la Iglesia, sólo por rigidez, mantiene sus normas, y que ello choca contra la misericordia que nos enseña Jesús en el Evangelio. Las duras exigencias de Jesús, su palabra: “Vete y no peques más” (Jn 8, 11), son pasadas por alto. A menudo se habla de recurso a la conciencia personal, olvidando, sin embargo, que esta conciencia es como el ojo que no posee por sí mismo la luz, sino solamente cuando mira hacia su auténtica fuente. (Juan Pablo II. Alocución a la Conferencia Episcopal Alemana, n. 6, 17 de noviembre de 1980)

San Ireneo de Lyon

Un consejo de Dios Misericordioso: “Enderezad vuestra conducta”

Esto mismo dice Isaías: “¿Para qué quiero ese montón de sacrificios vuestros? dice el Señor. Estoy harto” (Is 1, 10). Y, una vez que ha rechazado los holocaustos, oblaciones y sacrificios, así como las fiestas, los sábados, las solemnidades y todas las costumbres que las acompañaban, les indica qué cosas son aceptables para la salvación: “Lavaos, purificaos, quitad de mi vista la maldad de vuestros corazones; dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien; buscad el derecho, salvad al oprimido, haced justicia al huérfano, defended a la viuda. Entonces venid y disputemos, dice el Señor” (Is 1, 16-18). […] Mas, como Dios está lleno de misericordia, no los privó de un buen consejo. Pues, aunque dijo por Jeremías: “¿Para qué me ofrecéis incienso de Saba y canela de tierras lejanas? No me agradan vuestros holocaustos y sacrificios” (Jr 6, 20); en seguida añadió: “Escuchad la Palabra del Señor, todos los hombres de Judá. Esto dice el Señor Dios de Israel: Enderezad vuestros caminos y vuestra conducta, y os haré habitar en este lugar. No os fijéis de palabras mentirosas, porque no os serán de ningún provecho, cuando decís: ‘¡Templo del Señor! ¡Templo del Señor!’” (Jr 7, 2-4). (San Ireneo de Lyon. Contra los herejes, Lib. 4, c. 17, 1-2)

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