153 – En la Iglesia caemos en la vanidosa sacralización de la propia cultura, con lo cual podemos mostrar más fanatismo que auténtico fervor evangelizador

Entre los famosos dichos de Cicerón está su definición de la Historia como “testigo del tiempo, luz de la verdad, memoria y maestra de la vida, mensajera de la antigüedad” (De Oratore II, 9, 36). Y esa peculiar testigo nos muestra como vivían los antiguos, en sus culturas de idolatría, esclavitud y hasta de sacrificios humanos. Cristo, trayendo al mundo la luz de la verdad y la ley del Evangelio, cambió todo eso, dejando a sus discípulos el mandato de evangelizar a todos los pueblos, para cambiar la faz de la tierra, llevando todos a vivir según los preceptos divinos, dentro de la gracia y de la caridad fraterna. San Pablo, paradigma para tantas cosas, siguiendo el mandato del Salvador, también lo es en el respeto por todas las culturas, purificándolas de sus errores y perfeccionándolas en sus legítimas cualidades. Así, con los griegos les habla en griego y predica, en el areópago de Atenas, el “Dios desconocido” (Hch 17, 23); ciudadano romano (cf. Hch 16, 37; 22, 25; 23, 27), comprende su inclinación al derecho y les habla en términos de la ley, para explicarles la Ley (cf. Rom 7, 1); siendo libre, se ha hecho esclavo con los esclavos, judío, con los judíos, se ha hecho débil con los débiles, para ganarlos: “me he hecho todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos. Y todo lo hago por causa del Evangelio, para participar yo también de sus bienes” (1 Cor 9, 22-23). En las palabras de Benedicto XVI, es el Apóstol de las Gentes, de hecho, un prototipo de la universalidad de la Iglesia: “san Pablo está en la frontera de tres culturas diversas —romana, griega y judía— y quizá también por este motivo estaba predispuesto a fecundas aperturas universalistas, a una mediación entre las culturas, a una verdadera universalidad” (Benedicto XVI, Audiencia general, 27 de agosto de 2008).

Es decir, la Historia comprueba los frutos de este apostolado paulino, y de los demás apóstoles y discípulos, en el florecimiento de una civilización cristiana, la cual, lejos de caer “en la vanidosa sacralización de la propia cultura”, ha dejado ―sobre todo en Europa y en todos los países que recibieron su influencia cristiana― huellas de beneficios en todos los pueblos con sus peculiaridades. La historia de Europa atestigua sus “instituciones creadoras de cultura y de civilización, en una síntesis fecunda de cristianismo y humanismo. Baste pensar en el papel de los monasterios benedictinos y en las universidades que surgieron por toda Europa, desde París a Oxford, desde Bolonia a Cracovia, desde Praga a Salamanca. La institución familiar, ya que está llamada en el proyecto salvífico de Dios a ser la institución educativa original y primera, debe reforzar siempre su presencia en estas instituciones creadoras de verdadera cultura” (Juan Pablo II. Discurso a los participantes de un simposio sobre la pastoral familiar en Europa, 26 de noviembre de 1982). Sin olvidar la “corriente benéfica de la caridad” ―en las palabras de Pío XII―, que fue la creación de instituciones como, “por ejemplo, hospitales, orfanatos, órdenes para la redención de los esclavos, defensa para los peregrinos, casas para mujeres en peligro, asociaciones para visitar y consolar a los prisioneros, y en tiempos más recientes, leproserías, instituciones para la asistencia a los ancianos pobres, a los ciegos, a los sordomudos, a los emigrantes, a los hijos de presos, a los mutilados, los cuales todos, juntamente con los nombres de sus fundadores y asociados, cuentan entre las preciosas perlas que adornan el Cuerpo místico de Cristo” (Alocución a los delegados del Congreso Nacional Italiano de las Sociedades de Caridad, 22 de abril de 1952: AAS 54, 1952, p.468-469). De este modo, podemos comprobar que la fe, lejos de ser fanatismo o un obstáculo, es una fuerza fecunda para la creación de la cultura.

Francisco

710621papa600

Cita A

 Enseñanzas del Magisterio

Entra en las diversas partes de nuestro estudio

ContenidoAutores

I – La consecuencia normal de la evangelización católica es la formación de una cultura eminentemente cristiana, sin despreciar la diversidad cultural existente en los pueblos, purificándola del error y del mal y elevándola a la unidad de la Iglesia, como en el ejemplo histórico de la evangelización de las Américas
II
Es necesario que los católicos amen, preserven y desarrollen los rasgos culturales nacidos de la práctica de la verdadera religión, sin perderlos en el diálogo con otras culturas no creyentes
III – En Europa es donde más fructificó la fe cristiana recibida en el bautismo. Por eso, la cultura católica que engendró tiene sus raíces en el Evangelio. No es exclusiva, pero ejemplar

I – La consecuencia normal de la evangelización católica es la formación de una cultura eminentemente cristiana, sin despreciar la diversidad cultural existente en los pueblos, purificándola del error y del mal y elevándola a la unidad de la Iglesia, como en el ejemplo histórico de la evangelización de las Américas

Catecismo de la Iglesia Católica

En la unidad del Pueblo de Dios se reúnen los diferentes pueblos y culturas, cuya diversidad no se puede oponer a la unidad de la Iglesia

Desde el principio, esta Iglesia una se presenta, no obstante, con una gran diversidad que procede a la vez de la variedad de los dones de Dios y de la multiplicidad de las personas que los reciben. En la unidad del Pueblo de Dios se reúnen los diferentes pueblos y culturas. Entre los miembros de la Iglesia existe una diversidad de dones, cargos, condiciones y modos de vida; “dentro de la comunión eclesial, existen legítimamente las Iglesias particulares con sus propias tradiciones” (LG 13). La gran riqueza de esta diversidad no se opone a la unidad de la Iglesia. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 814)

La Iglesia, fermento y alma de la sociedad, al fundar las comunidades locales, tiene en cuenta un proceso de inculturación, sin prejuicio del Evangelio, que encarna en las culturas de los pueblos

Por su propia misión, “la Iglesia […] avanza junto con toda la humanidad y experimenta la misma suerte terrena del mundo, y existe como fermento y alma de la sociedad humana, que debe ser renovada en Cristo y transformada en familia de Dios” (GS 40, 2). El esfuerzo misionero exige entonces la paciencia. Comienza con el anuncio del Evangelio a los pueblos y a los grupos que aún no creen en Cristo (cf. RM 42-47), continúa con el establecimiento de comunidades cristianas, “signo de la presencia de Dios en el mundo” (AG 15), y en la fundación de Iglesias locales (cf. RM 48-49); se implica en un proceso de inculturación para así encarnar el Evangelio en las culturas de los pueblos (cf. RM 52-54); en este proceso no faltarán también los fracasos. “En cuanto se refiere a los hombres, grupos y pueblos, solamente de forma gradual los toca y los penetra y de este modo los incorpora a la plenitud católica” (AG 6). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 854)

Al anunciar la Buena Nueva a los que la desconocen, la Iglesia consolida, completa y eleva la verdad y el bien que Dios ha repartido entre los hombres y los pueblos, y los purifica del error y del mal

La tarea misionera implica un diálogo respetuoso con los que todavía no aceptan el Evangelio (cf. RM 55). Los creyentes pueden sacar provecho para sí mismos de este diálogo aprendiendo a conocer mejor “cuanto […] de verdad y de gracia se encontraba ya entre las naciones, como por una casi secreta presencia de Dios” (AG 9). Si ellos anuncian la Buena Nueva a los que la desconocen, es para consolidar, completar y elevar la verdad y el bien que Dios ha repartido entre los hombres y los pueblos, y para purificarlos del error y del mal “para gloria de Dios, confusión del diablo y felicidad del hombre” (AG 9). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 856)

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)

La Iglesia introduciendo el reino de Cristo entre los pueblos, asume, purifica y eleva sus capacidades y costumbres en lo que tienen de bueno

Todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios. Por lo cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos, para así cumplir el designio de la voluntad de Dios, quien en un principio creó una sola naturaleza humana, y a sus hijos, que estaban dispersos, determinó luego congregarlos (cf. Jn 11,52). Para esto envió Dios a su Hijo, a quien constituyó en heredero de todo (cf. Hb 1,2), para que sea Maestro, Rey y Sacerdote de todos, Cabeza del pueblo nuevo y universal de los hijos de Dios. Para esto, finalmente, envió Dios al Espíritu de su Hijo, Señor y Vivificador, quien es para toda la Iglesia y para todos y cada uno de los creyentes el principio de asociación y unidad en la doctrina de los Apóstoles, en la mutua unión, en la fracción del pan y en las oraciones (cf. Hch 2,42 gr.).

Así, pues, el único Pueblo de Dios está presente en todas las razas de la tierra, pues de todas ellas reúne sus ciudadanos, y éstos lo son de un reino no terrestre, sino celestial. Todos los fieles dispersos por el orbe comunican con los demás en el Espíritu Santo, y así, “quien habita en Roma sabe que los de la India son miembros suyos” [San J. Crisóstomo, In Io., hom. 65, 1: PG 59, 361]. Y como el reino de Cristo no es de este mundo (cf. Jn 18,36), la Iglesia o el Pueblo de Dios, introduciendo este reino, no disminuye el bien temporal de ningún pueblo; antes, al contrario, fomenta y asume, y al asumirlas, las purifica, fortalece y eleva todas las capacidades y riquezas y costumbres de los pueblos en lo que tienen de bueno. Pues es muy consciente de que ella debe congregar en unión de aquel Rey a quien han sido dadas en herencia todas las naciones (cf. Sal 2,8) y a cuya ciudad ellas traen sus dones y tributos (cf. Sal 71 [72], 10; Is 60,4-7; Ap 21,24). Este carácter de universalidad que distingue al Pueblo de Dios es un don del mismo Señor con el que la Iglesia católica tiende, eficaz y perpetuamente, a recapitular toda la humanidad, con todos sus bienes, bajo Cristo Cabeza, en la unidad de su Espíritu. (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen gentium, n. 13, 21 de noviembre de 1964)

Pablo VI

La solicitud por acercarse a los hermanos no debe traducirse en una atenuación o en una disminución de la verdad

El arte del apostolado es arriesgado. La solicitud por acercarse a los hermanos no debe traducirse en una atenuación o en una disminución de la verdad. Nuestro diálogo no puede ser una debilidad frente al deber con nuestra fe. El apostolado no puede transigir con una especie de compromiso ambiguo respecto a los principios de pensamiento y de acción que han de señalar nuestra cristiana profesión. El irenismo y el sincretismo son en el fondo formas de escepticismo respecto a la fuerza y al contenido de la palabra de Dios que queremos predicar. Sólo el que es totalmente fiel a la doctrina de Cristo puede ser eficazmente apóstol. Y sólo el que vive con plenitud la vocación cristiana puede estar inmunizado contra el contagio de los errores con los que se pone en contacto. (Pablo VI. Encíclica Ecclesiam suam, n. 33, 6 de agosto de 1964)

Juan Pablo II

No faltan quienes en aras de un malentendido progresismo pretenden identificar a la Iglesia con una cultura del pasado o algo superado

También entre vosotros se está produciendo, por desgracia, un preocupante fenómeno de descristianización. Las graves consecuencias de este cambio de mentalidad y costumbres no se ocultan a vuestra solicitud de Pastores. La primera de ellas es la constatación de un ambiente “en el que el bienestar económico y el consumismo inspiran y sostienen una existencia vivida como si no hubiera Dios” (Christifideles laici, 34). Con frecuencia, la indiferencia religiosa se instala en la conciencia personal y colectiva, y Dios deja de ser para muchos el origen y la meta, el sentido y la explicación última de la vida. Por otra parte, no faltan quienes en aras de un malentendido progresismo pretenden identificar a la Iglesia con posturas inmovilistas del pasado. Éstos no tienen dificultad en tolerarla como resto de una vieja cultura, pero estiman irrelevante su mensaje y su palabra, negándole audiencia y descalificándola como algo ya superado. […] Frente a este neopaganismo, la Iglesia en España ha de responder con un testimonio renovado y un decidido esfuerzo evangelizador que sepa crear una nueva síntesis cultural capaz de transformar con la fuerza del Evangelio “los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad” (Evangelii nuntiandi, 19). (Juan Pablo II. Discurso a los obispos de las provincias de Valladolid y Valencia en visita ad limina, n.4.5, 23 de septiembre de 1991)

Si bien es cierto que la fe trasciende toda cultura, hay una íntima vinculación entre el Evangelio y las realizaciones del hombre

La primera evangelización ―cuyo inicio pronto cumplirá 500 años― modeló la identidad histórico-cultural de vuestro pueblo (cf. Puebla, 412. 445-446); y el substrato cultural católico, sellado particularmente por el corazón y su intuición, se expresa en la plasmación artística, de la que vuestros templos, vuestras pinturas tradicionales, vuestro arte popular, constituyen una muestra tan valiosa. Se expresa también, con caracteres no pocas veces conmovedores, la piedad hecha vida de las manifestaciones populares de devoción.

Si bien es cierto que la fe trasciende toda cultura, dado que pone de manifiesto un acontecimiento que tiene su origen en Dios y no en el hombre, ello no quiere decir que esté al margen de la cultura. Hay una íntima vinculación entre el Evangelio y las realizaciones del hombre. Este vínculo es creador de cultura. (Juan Pablo II. Encuentro con el mundo de la cultura y de la empresa en el seminario Santo Toribio, n. 5-6, 15 de mayo de 1988)

En el rostro de Nuestra Señora de Guadalupe está simbolizada la potencia y arraigo de esa primera evangelización de los diversos pueblos y etnias, culturas

La expansión de la cristiandad ibérica trajo a los nuevos pueblos el don que estaba en los orígenes y gestación de Europa —la fe cristiana —con su poder de humanidad y salvación, de dignidad y fraternidad, de justicia y amor para el Nuevo Mundo. Esto provocó el extraordinario despliegue misionero, desde la transparencia e incisividad de la fe cristiana, en los diversos pueblos y etnias, culturas y lenguas indígenas. Los hombres y pueblos del nuevo mestizaje americano, fueron engendrados también por la novedad de la fe cristiana. Y en el rostro de Nuestra Señora de Guadalupe está simbolizada la potencia y arraigo de esa primera evangelización. (Juan Pablo II. Homilia, n.3, 12 de octubre de 1984)

La primera evangelización marcó esencialmente la identidad histórico-cultural de América Latina

Un dato consignado por la historia es que la primera evangelización marcó esencialmente la identidad histórico-cultural de América Latina (Puebla, 412). Prueba de ello es que la fe católica no fue desarraigada del corazón de sus pueblos, a pesar del vacío pastoral creado en el período de la independencia o del hostigamiento y persecuciones posteriores. (Juan Pablo II. Homilia, n.5, 12 de octubre de 1984)

La Iglesia dejó huellas profundas en la historia y carácter del pueblo americano

Llego a un continente donde la Iglesia ha ido dejando huellas profundas, que penetran muy adentro en la historia y carácter de cada pueblo. Vengo a esta porción viva eclesial, la más numerosa, parte vital para el futuro de la Iglesia católica, que entre hermosas realizaciones no exentas de sombras, entre dificultades y sacrificios, da testimonio de Cristo y quiere hoy responder al reto del momento actual, proponiendo una luz de esperanza, para el aquí y para el más allá, a través de su obra de anuncio de la Buena Nueva, que se concreta en el Cristo Salvador, Hijo de Dios y Hermano mayor de los hombres. (Juan Pablo II. Discurso al Presidente de la República Dominicana, 25 de enero de 1979)

La fe es fermento para una auténtica cultura, porque su dinamismo promueve la realización de una síntesis cultural en una visión equilibrada

Las raíces de la cultura de vuestro país están impregnadas del mensaje cristiano. La historia del Perú se ha ido forjando al calor de la fe, que ha inspirado y a la vez ha impreso una marca propia a su vida y sus costumbres. A la luz de ella se modeló una nueva síntesis cultural mestiza que une en sí el legado autóctono americano y el aporte europeo. […] Dentro de la inmensa tarea de evangelización a la que estamos llamados como Iglesia, la evangelización de la cultura ocupa un lugar preferencial (cf. Puebla, 365 ss.). Ella debe alcanzar a todo el hombre y a todas las manifestaciones del hombre, llegando hasta la raíz misma de su ser, costumbres y tradiciones. (Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 20) […] Evangelizar la cultura es promover al hombre en su dimensión más profunda. Por ello, se hace a veces necesario poner en evidencia todo aquello que a la luz del Evangelio atenta contra la dignidad de la persona. Por otra parte, la fe es fermento para una auténtica cultura, porque su dinamismo promueve la realización de una síntesis cultural en una visión equilibrada, que sólo se puede conseguir a la luz superior de que ella es portadora. La fe ofrece la respuesta de aquella sabiduría “siempre antigua y siempre nueva” que puede ayudar al hombre a adecuar, con criterios de verdad, los medios a los fines, los proyectos a los ideales, las acciones a los patrones morales que permitan restablecer en nuestro hoy el alterado equilibrio de valores. En una palabra, la fe, lejos de ser un obstáculo, es fuerza fecunda para la creación de la cultura. (Juan Pablo II. Encuentro con el mundo de la cultura y de la empresa en el seminario Santo Toribio, n.2-5, 15 de mayo de 1988)

Pío XII

No se puede olvidar que los sacerdotes católicos llevaron la luz del Evangelio a los indígenas y a los negros, instruyéndoles en el Evangelio y haciéndoles vivir en la fraternidad cristiana

Cuando después se descubrieron y explotaron nuevas tierras en la otra parte del globo, no faltaron sacerdotes de Cristo que se unieron celosamente a los colonizadores de aquellas regiones para ayudarles a mantenerse en la práctica de la moral cristiana e impedirles que con las riquezas de las nuevas tierras se llenasen de orgullo y también para transformarse en seguida en misioneros de los indígenas, carentes hasta entonces completamente de la luz de la fe, e instruirles en el Evangelio, haciéndoles vivir en la fraternidad cristiana. (Pío XII, Constitución apostólica Exsul familia, n. 8, 1 de agosto de 1952)

II – Es necesario que los católicos amen, preserven y desarrollen los rasgos culturales nascidos de la práctica de la verdadera religión, sin perderlos en el diálogo con otras culturas no creyentes

Pío XII

Los verdaderos cristianos deben desear con ardor que la fe eche raíces y florezca en todos los lugares

El espíritu misional y el espíritu católico, decíamos hace ya algún tiempo, son una misma cosa. La catolicidad es una nota esencial de la verdadera Iglesia: hasta tal punto que un cristiano no es verdaderamente afecto y devoto a la Iglesia si no se siente igualmente apegado y devoto de su universalidad, deseando que eche raíces y florezca en todos los lugares de la tierra. (Pío XII. Encíclica Fidei donum, n. 12, 21 de abril de 1957)

Sínodo de los Obispos

El sincretismo y el relativismo moral traen como consecuencia la pérdida del sentido de Dios y una anticultura de sectas o movimientos pararreligiosos

En la religiosidad de los pueblos de América no faltan, a veces, elementos ajenos al cristianismo que, en ocasiones, llegan a formar una suerte de sincretismo construido sobre la base de creencias populares, o que en otros casos desorientan a los creyentes desviándolos hacia sectas o movimientos pararreligiosos. […] Por otra parte, se constata en el aspecto religioso una mentalidad secularista que va llevando, poco a poco, a las personas hacia el relativismo moral y hacia el indiferentismo religioso. […] El progresivo indiferentismo religioso lleva a la pérdida del sentido de Dios y de su santidad, lo cual a su vez se traduce en una pérdida del sentido de lo sacro, del misterio y de la capacidad de admirarse, como disposiciones humanas que predisponen al diálogo y al encuentro con Dios. Tal indiferentismo lleva casi inevitablemente a una falsa autonomía moral y a un estilo de vida secularista que excluye a Dios. (Sínodo de los Obispos. Lineamenta de la asamblea especial para América, n. 18-19, 1 de agosto de 1996)

Es necesario que los católicos se adhieran de tal manera al absoluto de Dios que puedan dar testimonio de Él en una civilización materialista que lo niega

Los cristianos de hoy deben ser formados para vivir en un mundo que ampliamente ignora a Dios o que, en materia religiosa, en lugar de un diálogo exigente y fraterno, estimulante para todos, cae muy a menudo en un indiferentismo nivelador, cuando no se queda en una actitud menospreciativa de “suspicacia” en nombre de sus progresos en materia de “explicaciones” científicas. Para “entrar” en este mundo, para ofrecer a todos un “diálogo de salvación” donde cada uno se siente respetado en su dignidad fundamental, la de buscador de Dios, tenemos necesidad de una catequesis que enseñe a los jóvenes y a los adultos de nuestras comunidades a permanecer lúcidos y coherentes en su fe, a afirmar serenamente su identidad cristiana y católica, a “ver lo invisible” y a adherirse de tal manera al absoluto de Dios que puedan dar testimonio de Él en una civilización materialista que lo niega. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Catechesi tradendae, n. 57, 16 de octubre 1979)

Pontificio Consejo para la Cultura

En el diálogo con los no creyentes no se puede olvidar el mandato misionero de Cristo

El diálogo con los no creyentes y la pastoral de la increencia tratan de responder al doble mandato de Cristo a la Iglesia: “Id a todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,15), “Amaestrad a todas las naciones” (Mt 28,19). Este mandamiento misionero concierne a todos los miembros de la Iglesia, sin excepción. No se puede separar de la vida misma de la Iglesia ni quedar reservado para algunos expertos. Es una misión transversal, que afecta conjuntamente a la catequesis y la enseñanza, la liturgia y la actividad pastoral ordinaria, las familias y las parroquias, los seminarios y las universidades. […] Sin el impulso de una fe vivida en plenitud, las iniciativas pastorales carecen de valor apostólico. (Pontificio Consejo para la Cultura. Documento final de la Asamblea plenaria 2004. ¿Dónde está tu Dios? La fe cristiana ante la increencia religiosa, II)

Hay actualmente una ruptura en la transmisión de la fe, que está íntimamente ligada a un alejamiento de la cultura popular impregnada de cristianismo

En efecto, en amplios espacios culturales donde la pertenencia a la Iglesia sigue siendo mayoritaria, se observa una ruptura de la transmisión de la fe, íntimamente ligada a un proceso de alejamiento de la cultura popular, profundamente impregnada de cristianismo a lo largo de los siglos. Es también importante tener en cuenta los datos que condicionan este proceso de alejamiento, debilitamiento y oscurecimiento de la fe en el ambiente cultural cambiante donde viven los cristianos, con el fin de presentar propuestas pastorales concretas que respondan a los desafíos de la nueva evangelización. El habitat cultural donde el hombre se halla, influye sobre sus maneras de pensar y de comportarse, así como sobre los criterios de juicio y los valores, y no deja de plantear cuestiones difíciles y a la vez decisivas. (Pontificio Consejo para la Cultura. Documento final de la Asamblea plenaria 2004. ¿Dónde está tu Dio s? La fe cristiana ante la increencia religiosa, Introducción, n. 1)

Hoy no se trata solamente de llenar de fe las culturas, sino traer de vuelta la fe que ha perdido el mundo

Se trata, pues, no sólo de injertar la fe en las culturas, sino también de devolver la vida a un mundo descristianizado, cuyas referencias cristianas son a menudo sólo de orden cultural. Estas nuevas situaciones culturales a lo largo del mundo se presentan a la Iglesia, en el umbral del tercer milenio, como nuevos campos de evangelización. (Pontificio Consejo para la Cultura. Para una pastoral de la cultura, n.1)

Comisión Teológica Internacional

Por grande que sea el respeto debido a la herencia cultural de un pueblo, no se puede olvidar que el evangelio transciende a todas las culturas humanas, en las cuales la fe cristiana tiene vocación de enraizarse y desarrollarse

Sin embargo, no podemos olvidar la transcendencia del evangelio con respecto a todas las culturas humanas en las que la fe cristiana tiene vocación de enraizarse y de desarrollarse según todas sus virtualidades. En efecto, por grande que deba ser el respeto por lo que es verdadero y santo en la herencia cultural de un pueblo, sin embargo, esta actitud no pide que se preste un carácter absoluto a esta herencia cultural. Nadie puede olvidar que, desde los orígenes, el evangelio ha sido “escándalo para los judíos y locura para los gentiles” (1 Cor 1, 23). La inculturación que toma el camino del diálogo entre las religiones, no podría, en modo alguno, dar ocasión al sincretismo. (Comisión Teológica Internacional. La fe y la inculturación, n. 14, diciembre de 1987)

Pontificio Consejo para la pastoral de los emigrados e itinerantes

Con mucho respeto por las culturas de no creyentes, los cristianos estamos llamados a darles testimonio del Evangelio

En la sociedad contemporánea, a la que las migraciones contribuyen a dar una configuración multiétnica, intercultural y multirreligiosa, los cristianos deberán afrontar un capítulo esencialmente inédito y fundamental de la tarea misionera: su ejercicio en las tierras de antigua tradición cristiana (cfr. PaG 65 y 68). Con mucho respeto y atención por las tradiciones y las culturas de los inmigrantes, los cristianos estamos llamados a darles testimonio del Evangelio de la caridad y de la paz también a ellos, y a anunciarles explícitamente la Palabra de Dios, para que les llegue la bendición del Señor, prometida a Abrahán y a su descendencia por siempre. (Pontificio Consejo para la pastoral de los emigrados e itinerantes. Instrucción Erga migrantes carita Christi, n.100, 3 de mayo de 2004)

Pío IX

En estos tiempos de confusión y de desorden, no es raro ver cristianos teniendo en los labios la palabra de término medio. Estos conciliadores son enemigos de la Iglesia

En estos tiempos de confusión y de desorden, no es raro ver cristianos, católicos ―hasta los hay en el clero secular, en los claustros― que siempre tienen en los labios la palabra de término medio, de conciliación, de transacción. Pues bien, no vacilo en declararlo: esos hombres están en un error, y no los miro como los enemigos menos peligrosos de la Iglesia. Vivimos en una atmósfera corrompida, pestilencial; sepamos preservarnos de ella; no nos dejemos emponzoñar por las falsas doctrinas, que todo lo pierden, so pretexto de salvarlo todo. (Pío IX. Discurso en la Iglesia de Aracoeli, 17 de septiembre de 1861)

III – En Europa es donde más fructificó la fe cristiana recibida en el bautismo. Por eso, la cultura católica que engendró tiene sus raíces en el Evangelio. No es exclusiva, pero ejemplar

Sagradas Escrituras

Haced discípulos a todos los pueblos

Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. (Mt 28, 19-20)

Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación

Y les dijo: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado”. (Mc 16, 15-16)

Proclama la Palabra de Dios, con paciencia incansable y con afán de enseñar

Yo te conjuro de la parte de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, y en nombre de su Manifestación y de su Reino, proclama la Palabra de Dios, insiste con ocasión o sin ella, arguye, reprende, exhorta, con paciencia incansable y con afán de enseñar. (2 Tim 4, 1-2)

Juan Pablo II

Benito, Cirilo y Metodio, tres santos testigos de diferentes culturas,fundaron su obra civilizadora sobre el anuncio del Evangelio

San Benito, gigante de la fe y de la civilización, en una sociedad sacudida por una tremenda crisis de valores y de instituciones, afirmó con la fuerza de su obra formativa la primacía del espíritu, defendiendo así la dignidad personal del hombre en cuanto hijo de Dios, y la dignidad del trabajo entendido como servicio a los hermanos. Partiendo de tal afirmación de las exigencias superiores del hombre, San Benito, mediante la obra silenciosa y eficaz de sus monjes, llenó de sentido cristiano la vida y la cultura de los pueblos europeos. […] Empujados por los mismos ideales y animados por las idénticas finalidades del Patriarca de Occidente, actuaron en la historia y en la cultura de los pueblos eslavos, hacia mediados del siglo IX, los dos grandes hermanos Cirilo y Metodio, procedentes de Oriente. Ellos, formados en Constantinopla, aportaron la contribución de la antigua cultura griega y de la tradición de la Iglesia oriental, la cual de esa manera se introdujo profundamente en la formación religiosa y civil de pueblos que han colaborado de manera relevante en la construcción de la Europa moderna. Cirilo y Metodio, como Benito, testigos de diferentes culturas que en ellos idealmente se encuentran e integran, fundaron su obra civilizadora sobre el anuncio del Evangelio y de los valores que emanan de él. Este idéntico anuncio ha sido instrumento de recíproco conocimiento y de unión entre los diferentes pueblos de Europa, asegurándole un patrimonio espiritual y cultural común. (Juan Pablo II. Discurso a los peregrinos de Croacia y Eslovenia, n.3-4, 21 de marzo de 1981)

En el imperio de Carlomagno hubo la feliz unión de la cultura clásica, la fe cristiana y las tradiciones de diversos pueblos, herencia espiritual y cultural del continente europeo

El rey de los francos, que constituyó a Aquisgrán como capital de su reino, dio una contribución esencial a los fundamentos políticos y culturales de Europa y, por tanto, mereció recibir ya de sus contemporáneos el nombre de pater Europae. La feliz unión de la cultura clásica y de la fe cristiana con las tradiciones de diversos pueblos se realizó en el imperio de Carlomagno y se ha desarrollado de varias formas como herencia espiritual y cultural de Europa a lo largo de los siglos. Aunque la Europa moderna presenta, en muchos aspectos, una realidad nueva, en la figura histórica de Carlomagno se puede ver un elevado valor simbólico. […] Doy las gracias en particular a todos los que han puesto sus fuerzas al servicio de la construcción de la casa común europea sobre la base de los valores transmitidos por la fe cristiana, como también sobre la base de la cultura occidental. (Juan Pablo II. Discurso durante la ceremonia de entrega del premio internacional Carlomagno, n.2.3, 24 de marzo de 2004)

A lo largo de los siglos, el cristianismo ha dado una importante contribución a la formación del patrimonio cultural de los pueblos

Quisiera utilizar esta circunstancia para reflexionar junto con vosotros, sobre la contribución específica que los cristianos, como hombres de cultura y de ciencia, están llamados a dar para el ulterior crecimiento de un verdadero humanismo en vuestra patria, en el seno de la gran familia de los pueblos. En efecto, el cristiano tiene la misión de transmitir a las diversas instancias de la vida social y, por tanto, también al mundo de la cultura, la luz del Evangelio. De hecho, a lo largo de los siglos, el cristianismo ha dado una importante contribución a la formación del patrimonio cultural de vuestro pueblo. Por consiguiente, en el umbral del tercer milenio no pueden faltar nuevas fuerzas vivas que den renovado impulso a la promoción y al desarrollo de la herencia cultural de la nación, con plena fidelidad a sus raíces cristianas. (Juan Pablo II. Mensaje del Santo Padre al mundo de la cultura y de la ciencia en la sede de la nunciatura, Zagreb, 3 de octubre de 1998)

Las raíces cristianas son para Europa la principal garantía de su futuro

La “buena nueva” ha sido y sigue siendo fuente de vida para Europa. Si es verdad que el cristianismo no se puede reducir a ninguna cultura particular, sino que dialoga con cada una para llevarlas a todas a expresar lo mejor de sí en cada campo del saber y del obrar humano, las raíces cristianas son para Europa la principal garantía de su futuro. ¿Podría vivir y desarrollarse un árbol sin raíces? Europa, ¡no olvides tu historia! (Juan Pablo II. Homilia, n. 3, 28 de junio de 2003)

En el cristianismo se encuentran las raíces comunes que fomentaron la civilización europea, su cultura, su dinamismo, su actividad; en una palabra, todo lo que constituye su gloria

Europa entera se ha encontrado a sí misma alrededor de la “memoria” de Santiago, en los mismos siglos en los que ella se edificaba como continente homogéneo y unido espiritualmente. Por ello el mismo Goethe insinuará que la conciencia de Europa ha nacido peregrinando. La peregrinación a Santiago fue uno de los fuertes elementos que favorecieron la comprensión mutua de pueblos europeos tan diferentes, como los latinos, los germanos, celtas, anglosajones y eslavos. La peregrinación acercaba, relacionaba y unía entre sí a aquellas gentes que, siglo tras siglo, convencidas por la predicación de los testigos de Cristo, abrazaban el Evangelio y contemporáneamente, se puede afirmar, surgían como pueblos y naciones. La historia de la formación de las naciones europeas va a la par con su evangelización; hasta el punto de que las fronteras europeas coinciden con las de la penetración del Evangelio. Después de veinte siglos de historia, no obstante los conflictos sangrientos que han enfrentado a los pueblos de Europa, y a pesar de las crisis espirituales que han marcado la vida del continente — hasta poner a la conciencia de nuestro tiempo graves interrogantes sobre su suerte futura— se debe afirmar que la identidad europea es incomprensible sin el cristianismo, y que precisamente en él se hallan aquellas raíces comunes, de las que ha madurado la civilización del continente, su cultura, su dinamismo, su actividad, su capacidad de expansión constructiva también en los demás continentes; en una palabra, todo lo que constituye su gloria. Y todavía en nuestros días, el alma de Europa permanece unida porque, además de su origen común, tiene idénticos valores cristianos y humanos. (Juan Pablo II. Acto europeo en Santiago de Compostela, n.2-3, 9 de noviembre de 1982)

Toda Europa atestigua la relación existente entre cultura y cristianismo

Ciertamente no será exagerado afirmar en particular que, a través de una multitud de hechos, Europa toda entera —del Atlántico a los Urales— atestigua, en la historia de cada nación y en la de la comunidad entera, la relación entre la cultura y el cristianismo. (Juan Pablo II. Discurso a la Organización de las Naciones Unidas para la educación, la ciencia y la cultura – UNESCO, 2 de junio de 1980)

Benedicto XVI

Del monaquismo forma parte, junto con la cultura de la palabra, una cultura del trabajo, sin la cual el desarrollo de Europa es impensable

Quisiera hablaros esta tarde del origen de la teología occidental y de las raíces de la cultura europea. He recordado al comienzo que el lugar donde nos encontramos es emblemático. Está ligado a la cultura monástica, porque aquí vivieron monjes jóvenes, para aprender a comprender más profundamente su llamada y vivir mejor su misión. ¿Es ésta una experiencia que representa todavía algo para nosotros, o nos encontramos sólo con un mundo ya pasado? Para responder, conviene que reflexionemos un momento sobre la naturaleza del monaquismo occidental. ¿De qué se trataba entonces? A tenor de la historia de las consecuencias del monaquismo cabe decir que, en la gran fractura cultural provocada por las migraciones de los pueblos y el nuevo orden de los Estados que se estaban formando, los monasterios eran los lugares en los que sobrevivían los tesoros de la vieja cultura y en los que, a partir de ellos, se iba formando poco a poco una nueva cultura. […] Del monaquismo forma parte, junto con la cultura de la palabra, una cultura del trabajo, sin la cual el desarrollo de Europa, su ethos y su formación del mundo son impensables. (Benedicto XVI. Encuentro con el mundo de la cultura en el Collège des Bernardins, 12 de septiembre de 2008)

Pío XII

Bárbaros invasores y habitantes de lejanas regiones recibieron el beneficio de la verdadera fe

Brilla igualmente el celo de los pastores y el entusiasmo de los sacerdotes que llevaron con su esfuerzo a los habitantes de lejanas regiones el beneficio de la verdadera fe juntamente con la convivencia civil y las relaciones sociales, mientras que a los pueblos bárbaros invasores se esforzaren en hacerlos asimilar a un mismo tiempo la Religión cristiana y la pacífica convivencia con las poblaciones civilizadas. (Pío XII. Constitución apostólica Exsul familia, n. 6)

Card. Angelo Sodano

El encuentro de la Iglesia y Europa las enriqueció mutuamente con valores que sólo son el alma de la civilización europea y forman parte del patrimonio de la humanidad

La Iglesia y Europa son dos realidades íntimamente unidas en su ser y en su destino. Han realizado juntas un recorrido de siglos y permanecen marcadas por la misma historia. Al encontrarse se han enriquecido mutuamente con valores que no sólo son el alma de la civilización europea, sino que también forman parte del patrimonio de toda la humanidad. […] ¡Jóvenes europeos, éste es vuestro reto! Debéis comunicar a la Europa de hoy la esperanza que lleváis dentro. Ciertamente, no se trata de crear una Europa paralela a la existente, sino de mostrar a esta Europa que su alma y su identidad están profundamente enraizadas en el cristianismo, para poder así ofrecer a Europa la clave de interpretación de su propia vocación en el mundo. La unidad de Europa será duradera y provechosa si está asentada sobre los valores humanos y cristianos que integran su alma común, como son la dignidad de la persona humana, el profundo sentimiento de justicia y libertad, la laboriosidad, el espíritu de iniciativa, el amor a la familia, el respeto a la vida, la tolerancia y el deseo de cooperación y de paz. (Card. Angelo Sodano. Homilía en la Misa conclusiva del Encuentro Europeo de Jóvenes, Santiago de Compostela, 8 de agosto de 1999)


Print Friendly, PDF & Email