57 – En el Concilio de Jerusalén la decisión final es fruto de un acuerdo entre diversas maniobras y estratagemas que sembraban cizaña. Esa es la fórmula, cuando el Espíritu nos pone a todos de acuerdo

Inmutable y eterno en su divina naturaleza, el propio Jesucristo declaró sobre su misión en la tierra no haber venido a abolir da ley y los profetas, sino a darles pleno cumplimiento (cf. Mt 5, 15-17). No obstante, es indiscutible que esta “plenitud” trajo consigo la mayor novedad que la historia ha conocido, pues bajo todos los aspectos, la predicación del Redentor significó una completa renovación para el hombre, sea en su relación con Dios sea en la convivencia con los demás. Baste pensar, por ejemplo, en la revelación de la trinidad de Personas en el Dios Único, la invitación a participar de la vida divina por la gracia, o el “giro copernicano” habido en las relaciones humanas con el mandamiento nuevo del amor. E incluso en aspectos ya presentes desde siempre en la vida de los hombres, Jesucristo colocó una perspectiva nueva. Así, ofrece la anhelada paz, pero no la que da el mundo sino “su” paz (cf. Jn 14, 27); y promete la felicidad, pero como recompensa a los justos y los que sufren por su nombre (cf. Mt 5, 3-12).

Lo mismo ocurre con la unión que debe reinar entre sus seguidores: la unidad, que constituye una de las notas de su Iglesia —“un Señor, una fe, un bautismo” (Ef 4, 5)— no es obra del espíritu humano sino del “Espíritu de la verdad” (Jn 14, 17). El tan pregonado —y cuantas veces mal comprendido— “ut unum sint” no incluye el “hijo de la perdición” ni los que “son del mundo”, sino que está asociado a una santificación “en la verdad” (cf. Jn 17, 11-15). Por eso, causa sobresalto oír ciertas afirmaciones que parecen fomentar una unión indiscriminada, cuyo precio —no podría ser diferente— acabaría siendo un acuerdo entre bien y mal, verdad y error, belleza y feura. ¿Es ésta la unidad deseada por Cristo y realizada por el Espíritu Santo? Una vez más, nos será útil aclarar algunos conceptos.

Francisco

Cita ACita B

Enseñanzas del Magisterio

Tabla de contenido

I – ¿La solicitud por la unión justifica una componenda con el error?

 Juan Pablo II
-Concilio de Jerusalén: testimonio de cómo servir a la verdad sin componendas
-Se debe evitar un fácil “estar de acuerdo”
-Una comunión que traiciona la verdad es injuriosa a Dios

Pío X
-Falsa concepción sobre el Magisterio: unión como fusión

Pío XII
-Error de los que buscan la unidad a costa de la integridad de la Fe
-No es lícito disimular la verdad con el pretexto de promover la concordia

Pío X
-La fraternidad no puede ser tolerancia del error

Pablo VI
-La solicitud por la unión no justifica una atenuación de la verdad
-No disimular la verdad por el deseo de agradar a los hombres

Pío XI
-La verdad revelada no comporta transacciones

II – La verdadera unidad se hace en la verdad

Congregación para la Doctrina de la Fe
-Fuera de la verdad no hay unión verdadera

Juan Pablo II
-La misión de la Iglesia es la unidad en la verdad
-Unidad en la caridad y en la verdad

León XIII
-La unión sólo es posible en la unidad de fe

Benedicto XVI
-Perseverar en las enseñanzas de los Apóstoles para lograr la unidad
-La profesión integral de la fe es vínculo de unidad
-La Iglesia: lugar de unidad en la verdad

III – ¿La “novedad” procede siempre del Espíritu Santo?

Sagradas Escrituras
-Una confusión sembrada por los judaizantes en la raíz del Concilio de Jerusalén

Simplicio
-Se convocan los concilios por haber surgido novedades en entendimientos extraviados

Sínodo de Valence
-Evitar las novedades que fomentan contiendas

Juan Pablo II
-El prurido de oír novedades aparta de la verdad

Pío X
-Es oficio del Papa guardar la tradición de la Iglesia frente a novedades peligrosas

Benedicto XV
-Guardarse de los espíritus que buscan la novedad en todo

Pío XII
-La novedad sólo es laudable cuando confirma la verdad

IV – La integridad de la fe y la moral no admite acuerdos

Pío X
-Error de considerar que la Iglesia evoluciona por un acuerdo entre fuerzas opuestas

Catecismo Mayor de San Pío X
-En el Concilio los Apóstoles se opusieron a los que corrompían la fe

Sagradas Escrituras
-Para salvaguardar el Evangelio San Pablo no admite concesiones en el Concilio de Jerusalén

Concilio Vaticano II
-Necesidad de conservar las tradiciones recibidas de los Apóstoles

Pío X
-Obligación del Papa de velar por la integridad de la fe y costumes

Pablo VI
-Grave responsabilidad de los obispos de guardar inalterable el depósito de la fe

San Vicente de Lérins
-Los obispos deben transmitir el oro puro de la doctrina a ellos confiado

León XIII
-La única doctrina de la Iglesia no necesita adecuarse al espíritu de la época

Pío XII
-Los principios de la ley natural y positiva no están sujetos a cambios

Congregación para la Doctrina de la Fe
-Valor absoluto e inmutable de los preceptos de la ley natural

Juan Pablo II
-Las prescripciones morales de la ley deben ser fielmente custodiadas

 I – ¿La solicitud por la unión justifica una componenda con el error?

Juan Pablo II

  • Concilio de Jerusalén: testimonio de cómo servir a la verdad sin componendas

Ya en la época apostólica, el concilio de Jerusalén debió armonizar las perspectivas diferentes de los cristianos de origen judío y de los procedentes del paganismo. Ese acontecimiento sigue siendo un testimonio luminoso de cómo hay que servir a la verdad sin componendas. (Juan Pablo II. Ángelus, n. 1, 30 de junio de 1996)

  • Se debe evitar un fácil “estar de acuerdo”

El amor a la verdad es la dimensión más profunda de una auténtica búsqueda de la plena comunión entre los cristianos. […] La plena comunión deberá realizarse en la aceptación de toda la verdad, en la que el Espíritu Santo introduce a los discípulos de Cristo. Por tanto debe evitarse absolutamente toda forma de reduccionismo o de fácil “estar de acuerdo”. (Juan Pablo II. Carta encíclica Ut unum sint, n. 36, 25 de mayo de 1995)

  • Una comunión que traiciona la verdad es injuriosa a Dios

No se trata en este contexto de modificar el depósito de la fe, de cambiar el significado de los dogmas, de suprimir en ellos palabras esenciales, de adaptar la verdad a los gustos de una época, de quitar ciertos artículos del Credo con el falso pretexto de que ya no son comprensibles hoy. La unidad querida por Dios sólo se puede realizar en la adhesión común al contenido íntegro de la fe revelada. En materia de fe, una solución de compromiso está en contradicción con Dios que es la Verdad. En el Cuerpo de Cristo que es “camino, verdad y vida” (Jn 14, 6), ¿quién consideraría legítima una reconciliación lograda a costa de la verdad? […] Por tanto, un “estar juntos” que traicionase la verdad estaría en oposición con la naturaleza de Dios que ofrece su comunión, y con la exigencia de verdad que está en lo más profundo de cada corazón humano. (Juan Pablo II. Carta encíclica Ut unum sint, n. 18, 25 de mayo de 1995)

Pío X

  • Falsa concepción sobre el Magisterio: unión como fusión

Muchísimo peor y más pernicioso es lo que opinan [los modernistas] sobre la autoridad doctrinal y dogmática. Sobre el magisterio de la Iglesia, he aquí cómo discurren. La sociedad religiosa no puede verdaderamente ser una si no es una la conciencia de los socios y una la fórmula de que se valgan. Ambas unidas exigen una especie de inteligencia universal a la que incumba encontrar y determinar la fórmula que mejor corresponda a la conciencia común, y a aquella inteligencia le pertenece también toda la necesaria autoridad para imponer a la comunidad la fórmula establecida. Y en esa unión como fusión, tanto de la inteligencia que elige la fórmula cuanto de la potestad que la impone, colocan los modernistas el concepto del magisterio eclesiástico. (Pío X. Carta encíclica Pascendi, n. 24, 8 de septiembre de 1907)

Pío XII

  • Error de los que buscan la unidad a costa de la integridad de la Fe

Aún hoy no faltan quienes, como en los tiempos apostólicos, amando la novedad más de lo debido […] se hallan en peligro de apartarse poco a poco e insensiblemente de la verdad revelada y arrastrar también a los demás hacía el error. Señálese también otro peligro, tanto más grave cuanto más se oculta bajo la capa de virtud. Muchos deplorando la discordia del género humano y la confusión reinante en las inteligencias humanas, son movidos por un celo imprudente y llevados por un interno impulso y un ardiente deseo de romper las barreras que separan entre sí a las personas buenas y honradas; por ello, propugnan una especie tal de irenismo que, pasando por alto las cuestiones que dividen a los hombres, se proponen no sólo combatir en unión de fuerzas al arrollador ateísmo, sino también reconciliar las opiniones contrarias aun en el campo dogmático. […] Algunos de ellos, abrasados por un imprudente irenismo, parecen considerar como un óbice para restablecer la unidad fraterna todo cuanto se funda en las mismas leyes y principios dados por Cristo y en las instituciones por Él fundadas o cuanto constituye la defensa y el sostenimiento de la integridad de la fe, caído todo lo cual, seguramente la unificación sería universal, en la común ruina. (Pío XII. Carta encíclica Humani generis, n. 6-7, 12 de agosto de 1950)

  • No es lícito disimular la verdad con el pretexto de promover la concordia

Incluso con el pretexto de promover la concordia no es lícito disimular un solo dogma; porque, como el Patriarca de Alejandría nos advierte, “aunque el deseo de la paz es una cosa noble y excelente, sin embargo, no debemos ser negligentes, en aras de la lealtad a Cristo”. […] El único método exitoso será aquel que basa la armonía y el acuerdo entre los fieles de Cristo en todas las verdades que Dios ha revelado. (Pío XII. Carta encíclica Orientalis Ecclesiae, n. 1, 9 de abril de 1944)

Pío X

  • La fraternidad no puede ser tolerancia del error

La doctrina católica nos ensena que el primer deber de la caridad no esta en la tolerancia de las opiniones erróneas, por muy sinceras que sean, ni en la indiferencia teórica o practica ante el error o el vicio en que vemos caídos a nuestros hermanos […]. Porque, si se quiere llegar, y Nos lo deseamos con toda nuestra alma, a la mayor suma de bienestar posible para la sociedad y para cada uno de sus miembros por medio de la fraternidad, o, como también se dice, por medio de la solidaridad universal, es necesaria la unión de los espíritus en la verdad, la unión de las voluntades en la moral, la unión de los corazones en el amor de Dios y de su Hijo Jesucristo. (Pío X. Carta encíclica Notre charge apostolique, n. 22-23, 23 de agosto de 1910)

Pablo VI

  • La solicitud por la unión no justifica una atenuación de la verdad

La solicitud por acercarse a los hermanos no debe traducirse en una atenuación o en una disminución de la verdad. Nuestro diálogo no puede ser una debilidad frente al deber con nuestra fe. […] El irenismo y el sincretismo son en el fondo formas de escepticismo respecto a la fuerza y al contenido de la palabra de Dios que queremos predicar. (Pablo VI. Carta encíclica Ecclesiam suam, n. 33, 6 de agosto de 1964)

  • No disimular la verdad por el deseo de agradar a los hombres

De todo evangelizador se espera que posea el culto a la verdad, puesto que la verdad que él profundiza y comunica no es otra que la verdad revelada y, por tanto, más que ninguna otra, forma parte de la verdad primera que es el mismo Dios. El predicador del Evangelio será aquel que, aun a costa de renuncias y sacrificios, busca siempre la verdad que debe transmitir a los demás. No vende ni disimula jamás la verdad por el deseo de agradar a los hombres, de causar asombro, ni por originalidad o deseo de aparentar. No rechaza nunca la verdad. […] El Dios de verdad espera de nosotros que seamos los defensores vigilantes y los predicadores devotos de la misma. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 78, 8 de diciembre de 1975)

Pío XI

  • La verdad revelada no comporta transacciones

¿Y habremos Nos de sufrir —cosa que seria por todo extremo injusta— que la verdad revelada por Dios, se rindiese y entrase en transacciones? Porque de lo que ahora se trata es de defender la verdad revelada. […] Y si nuestro Redentor manifestó expresamente que su Evangelio no solo era para los tiempos apostólicos, sino también para las edades futuras, ¿habrá podido hacerse tan obscura e incierta la doctrina de la Fe, que sea hoy conveniente tolerar en ella hasta las opiniones contrarias entre si? Si esto fuese verdad, habría que decir también que el Espíritu Santo infundido en los apóstoles, y la perpetua permanencia del mismo Espíritu en la Iglesia, y hasta la misma predicación de Jesucristo, habría perdido hace muchos siglos toda utilidad y eficacia; afirmación que seria ciertamente blasfema. (Pío XI. Carta encíclica Mortalium animos, n. 11, 6 de enero de 1928)

II – La verdadera unidad se hace en la verdad

 Congregación para la Doctrina de la Fe

  • Fuera de la verdad no hay unión verdadera

La doctrina católica debe ser expuesta y propuesta total e íntegramente, no hay que silenciar o usar términos ambiguos al referirse a lo que la verdad católica enseña […]. Porque fuera de la verdad nunca podrá haber una unión verdadera. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción Ecclesia Catholica, 20 de diciembre de 1949)

Juan Pablo II

  • La misión de la Iglesia es la unidad en la verdad

Unidad en la verdad: ésta es la misión confiada por Cristo a su Iglesia, por la que trabaja activamente, invocándola ante todo de Aquel que lo puede todo y que fue el primero en orar al Padre, ante la inminencia de su muerte y resurrección, para que los creyentes fuesen “uno” (Jn 17, 21). […] Resulta claro que esta unión misteriosa y visible no se puede conseguir sin la identidad de la fe, sin la participación de la vida sacramental, sin la consiguiente coherencia de la vida moral, y sin la continua y fervorosa oración personal y comunitaria. (Juan Pablo II. Presentación oficial y solemne del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 8, 7 de diciembre de 1992)

  • Unidad en la caridad y en la verdad

Vigilar por la pureza de la doctrina, base en la edificación de la comunidad cristiana, es pues, junto con el anuncio del Evangelio, el deber primero e insustituible del Pastor, del Maestro de la fe. Con cuánta frecuencia ponía esto de relieve San Pablo, convencido de la gravedad en el cumplimiento de este deber (cf 1Tim 1,3-7; 18-20; 11,16; 2Tim 1, 4-14). Además de la unidad en la caridad, nos urge siempre la unidad en la verdad. (Juan Pablo II. Discurso en la inauguración de la III Conferencia general del Episcopado Latinoamericano, n. I. 1, 28 de enero de 1979)

León XIII

  • La unión sólo es posible en la unidad de fe

Unión, que la entendemos perfecta y total, pues no sería tal toda otra que consigo trajera tan solo una cierta comunidad de dogmas y una correspondencia en el amor fraternal. La verdadera unión entre los cristianos es la que quiso e instituyo Jesucristo mismo, fundador de su Iglesia; esto es, la constituida por la unidad de la fe y la unidad del régimen. (León XIII. Carta encíclica Praeclara gratulationis, n. 8, 20 de junio de 1894)

Benedicto XVI

  • Perseverar en las enseñanzas de los Apóstoles para lograr la unidad

Según los Hechos, la unidad de los creyentes se reconocía porque “perseveraban en la enseñanza de los Apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones” (2,42). La unidad de los creyentes se alimenta, pues, de la enseñanza de los Apóstoles (el anuncio de la Palabra de Dios) a la que ellos responden con una fe unánime, de la comunión fraterna (el servicio de la caridad), de la fracción del pan (la Eucaristía y el conjunto de los sacramentos) y de la oración personal y comunitaria. Estos son los cuatro pilares sobre los que se fundan la comunión y el testimonio en el seno de la primera comunidad de los creyentes. (Benedicto XVI. Exhortación apostólica Ecclesia in Medio Oriente, n. 5, 14 de septiembre de 2012)

  • La profesión integral de la fe es vínculo de unidad

Es el Espíritu Santo, principio de unidad, quien constituye a la Iglesia como comunión. Él es el principio de la unidad de los fieles en la enseñanza de los Apóstoles, en la fracción del pan y en la oración. […] La comunión de los bautizados en la enseñanza de los Apóstoles y en la fracción del pan eucarístico se manifiesta visiblemente en los vínculos de la profesión de la integridad de la fe, de la celebración de todos los sacramentos instituidos por Cristo y del gobierno del Colegio de los obispos unidos a su cabeza, el Romano Pontífice. (Benedicto XVI. Constitución apostólica Anglicanorum coetibus, 4 de noviembre de 2009)

  • La Iglesia: lugar de unidad en la verdad

Jesús afirma: “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena” (Jn 16, 13). Aquí Jesús, hablando del Espíritu Santo, nos explica qué es la Iglesia y cómo debe vivir para ser lo que debe ser, para ser el lugar de la unidad y de la comunión en la Verdad […] Queridos amigos, debemos vivir según el Espíritu de unidad y de verdad, y por esto debemos pedir al Espíritu que nos ilumine y nos guíe a vencer la fascinación de seguir nuestras verdades, y a acoger la verdad de Cristo transmitida en la Iglesia. (Benedicto XVI. Homilía en la solemnidad de Pentecostés, 27 de mayo de 2012)

III – ¿La “novedad” procede siempre del Espíritu Santo?

Sagradas Escrituras

  • Una confusión sembrada por los judaizantes en la raíz del Concilio de Jerusalén

Unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme al uso de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más de entre ellos subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre esta controversia. (Hch 15, 1-2)

Simplicio

  • Se convocan los concilios por haber surgido novedades en entendimientos extraviados

[Un concilio] jamás se convocó por otros motivos que por haber surgido alguna novedad en entendimientos extraviados o alguna ambigüedad en la aserción de los dogmas, a fin de que, tratando los asuntos en común, si alguna oscuridad había, la iluminara la autoridad de la deliberación sacerdotal, como fue forzoso hacerlo primero por la impiedad de Arrio, luego por la de Nestorio y, últimamente, por la de Dióscoro y Eutiques. (Denzinger Hünermann 343. Simplicio, Carta Quantum presbyterorum al obispo Acacio de Constantinopla, 10 de enero de 476)

Sínodo de Valence

  • Evitar las novedades que fomentan contiendas

Evitamos con todo empeño las novedades de las palabras y las presuntuosas charlatanerías por las que más bien puede fomentarse entre los hermanos las contiendas y los escándalos que no crecer edificación alguna de temor de Dios. […] Sólo ha de tenerse con toda firmeza lo que nos gozamos de haber sacado de las maternas entrañas de la Iglesia. (Sínodo de Valence. Denzinger-Hünermann 625. La predestinación, can. 1, 8 de enero de 885)

Juan Pablo II

  • El prurido de oír novedades aparta de la verdad

El Magisterio de la Iglesia realiza su obra de discernimiento, acogiendo y aplicando la exhortación que el apóstol Pablo dirigía a Timoteo: “Te conjuro en presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, por su manifestación y por su reino: proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se buscarán una multitud de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas” (2 Tm 4, 1-4). (Juan Pablo II. Carta encíclica Veritatis splendor, n. 30, 6 de agosto de 1993)

Pío X

  • Es oficio del Papa guardar la tradición de la Iglesia frente a novedades peligrosas

Al oficio de apacentar la grey del Señor que nos ha sido confiada de lo alto, Jesucristo señaló como primer deber el de guardar con suma vigilancia el depósito tradicional de la santa fe, tanto frente a las novedades profanas del lenguaje como a las contradicciones de una falsa ciencia. No ha existido época alguna en la que no haya sido necesaria a la grey cristiana esa vigilancia de su Pastor supremo; porque jamás han faltado, suscitados por el enemigo del género humano, “hombres de lenguaje perverso”, “decidores de novedades y seductores”, “sujetos al error y que arrastran al error”. […] Ciegos, ciertamente, y conductores de ciegos, que, inflados con el soberbio nombre de ciencia, llevan su locura hasta pervertir el eterno concepto de la verdad, a la par que la genuina naturaleza del sentimiento religioso: para ello han fabricado un sistema “en el cual, bajo el impulso de un amor audaz y desenfrenado de novedades, no buscan dónde ciertamente se halla la verdad y, despreciando las santas y apostólicas tradiciones, abrazan otras doctrinas vanas, fútiles, inciertas y no aprobadas por la Iglesia, sobre las cuales —hombres vanísimos— pretenden fundar y afirmar la misma verdad” [8]. […] Los católicos venerarán siempre la autoridad del concilío II de Nicea, que condenó “a aquellos que osan…, conformándose con los criminales herejes, despreciar las tradiciones eclesiásticas e inventar cualquier novedad…, o excogitar torcida o astutamente para desmoronar algo de las legítimas tradiciones de la Iglesia católica”. [Nota 8: Gregorio XVI. Singulari nos]. (Pío X. Carta encíclica Pascendi, n. 1;11;42, 8 de septiembre de 1907)

Benedicto XV

  • Guardarse de los espíritus que buscan la novedad en todo

No solamente deseamos que los católicos se guarden de los errores de los modernistas, sino también de sus tendencias, o del espíritu modernista, como suele decirse; el que queda inficionado de este espíritu rechaza con desdén todo lo que sabe a antigüedad y busca, con avidez, la novedad en todas las cosas: en el modo de hablar de las cosas divinas, en la celebración del culto sagrado, en las instituciones católicas, y hasta en el ejercicio de la piedad. Queremos, por tanto, que sea respetada aquella ley de nuestros mayores: “No se innove nada, fuera de lo que es tradición”, la cual, si por una parte, ha de ser observada inviolablemente en las cosas de fe, por otra, sin embargo, debe servir de norma para todo aquello que pueda sufrir mutación, si bien, aun en esto vale generalmente la regla: “No con novedades, sino de una manera nueva”. (Denzinger-Hünermann 3626. Benedicto XV. Encíclica Ad beatissimi Apostolorum, 1 de noviembre de 1914)

Pío XII

  • La novedad sólo es laudable cuando confirma la verdad

Entre los sacerdotes, singularmente entre los menos dotados de doctrina y de una vida severa, cada día se va difundiendo, más grave y más extenso, cierto afán de novedades. Novedad, por sí misma, nunca es un criterio cierto de verdad, y tampoco puede ser laudable, sino cuando, al mismo tiempo que confirma la verdad, conduce a la rectitud y a la probidad. (Pío XII. Exhortación apostólica Menti Nostrae, 23 de septiembre de 1950)

IV – La integridad de la fe y la moral no admite acuerdos

Pío X

  • Error de considerar que la Iglesia evoluciona por un acuerdo entre fuerzas opuestas

Ahondando más en la mente de los modernistas, diremos que la evolución proviene del encuentro opuesto de dos fuerzas, de las que una estimula el progreso mientras la otra pugna por la conservación. La fuerza conservadora reside vigorosa en la Iglesia y se contiene en la tradición. […] Al contrario, en las conciencias de los individuos se oculta y se agita una fuerza que impulsa al progreso […]. Ahora bien: de una especie de mutuo convenio y pacto entre la fuerza conservadora y la progresista, esto es, entre la autoridad y la conciencia de los particulares, nacen el progreso y los cambios. […] Así, pues, venerables hermanos, según la doctrina y maquinaciones de los modernistas, nada hay estable, nada inmutable en la Iglesia. (Pío X. Carta encíclica Pascendi, n. 26-27, 8 de septiembre de 1907)

Catecismo Mayor de San Pío X

  • En el Concilio los Apóstoles se opusieron a los que corrompían la fe

Ya en los tiempos apostólicos había habido hombres perversos que, por interés y ambición, turbaban y corrompían en el pueblo la pureza de la fe con abominables errores. Opusiéronse a ellos los Apóstoles con la predicación, con los escritos y con las infalibles sentencias del primer Concilio que celebraron en Jerusalén. Desde entonces acá, no ha cesado el espíritu de las tinieblas en sus ponzoñosos ataques contra la Iglesia y las divinas verdades de que es depositaria indefectible; y suscitando constantemente nuevas herejías, ha ido atentando uno tras otro contra todos los dogmas de la cristiana religión. (Catecismo Mayor de San Pío X, n. 3126-3127)

Sagradas Escrituras

  • Para salvaguardar el Evangelio San Pablo no admite concesiones en el Concilio de Jerusalén

Subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, llevando también a Tito. […] Y les expuse el Evangelio que predico entre los gentiles, aunque en privado, a los más cualificados, no fuera que caminara o hubiera caminado en vano. Sin embargo, ni siquiera obligaron a circuncidarse a Tito, que estaba conmigo y es griego. Di este paso por motivo de esos intrusos, esos falsos hermanos que se infiltraron para espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús y esclavizarnos. Pero ni por un momento cedimos a su imposición, a fin de preservar para vosotros la verdad del Evangelio. (Gal 2, 1-5)

Concilio Vaticano II

  • Necesidad de conservar las tradiciones recibidas de los Apóstoles

La predicación apostólica, que está expuesta de un modo especial en los libros inspirados, debía conservarse hasta el fin de los tiempos por una sucesión continua. De ahí que los Apóstoles, comunicando lo que de ellos mismos han recibido, amonestan a los fieles que conserven las tradiciones que han aprendido o de palabra o por escrito, y que sigan combatiendo por la fe que se les ha dado una vez para siempre. (Concilio Vaticano II. Constitución Dei Verbum, n. 9, 18 de noviembre de 1965)

Pío X

  • Obligación del Papa de velar por la integridad de la fe y costumes

Nuestro cargo apostólico nos impone la obligación de velar por la pureza de la fe y la integridad de la disciplina católica y de preservar a los fieles de los peligros del error y del mal, mayormente cuando el error y el mal se presentan con un lenguaje atrayente que, cubriendo la vaguedad de las ideas y el equivoco de las expresiones con el ardor del sentimiento y la sonoridad de las palabras, puede inflamar los corazones en el amor de causas seductoras pero funestas. (Pío X. Notre charge apostolique, n. 1, 23 de agosto de 1910)

Pablo VI

  • Grave responsabilidad de los obispos de guardar inalterable el depósito de la fe

Insistíamos también sobre la grave responsabilidad que nos incumbe, que compartimos con nuestros hermanos en el Episcopado, de guardar inalterable el contenido de la fe católica que el Señor confió a los Apóstoles: traducido en todos los lenguajes, revestido de símbolos propios en cada pueblo, explicitado por expresiones teológicas que tienen en cuenta medios culturales, sociales y también raciales diversos, debe seguir siendo el contenido de la fe católica tal cual el Magisterio eclesial lo ha recibido y lo transmite. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 65, 8 de diciembre de 1975)

San Vicente de Lérins

  • Los obispos deben transmitir el oro puro de la doctrina a ellos confiado

Es provechoso que examinemos con mayor diligencia esa frase del Apóstol: ¡Oh Timoteo!, guarda el depósito, evitando las novedades profanas en las expresiones. […] ¿Quién es hoy Timoteo sino la Iglesia universal en general, y de modo particular el cuerpo de los obispos, quienes, ellos principalmente, deben poseer un conocimiento puro de la religión cristiana, y además transmitirlo a los demás? […] Pero, ¿qué es un depósito? El depósito es lo que te ha sido confiado, no encontrado por ti; tú lo has recibido, no lo has excogitado con tus propias fuerzas. No es el fruto de tu ingenio personal, sino de la doctrina; no está reservado para un uso privado, sino que pertenece a una tradición pública. No salió de ti, sino que a ti vino: a su respecto tú no puedes comportarte como si fueras su autor, sino como su simple custodio. No eres tu quien lo ha iniciado, sino que eres su discípulo; no te corresponderá dirigirlo, sino que tu deber es seguirlo. Guarda el depósito, dice; es decir, conserva inviolado y sin mancha el talento de la fe católica. Lo que te ha sido confiado es lo que debes custodiar junto a ti y transmitir. Has recibido oro, devuelve, pues, oro. No puedo admitir que sustituyas una cosa por otra. No, tú no puedes desvergonzadamente sustituir el oro por plomo, o tratar de engañar dando bronce en lugar de metal precioso. Quiero oro puro, y no algo que solo tenga su apariencia. (San Vicente de Lérins. Conmonitorio I, 22)

León XIII

  • La única doctrina de la Iglesia no necesita adecuarse al espíritu de la época

El fundamento sobre el que se fundan estas nuevas ideas es que, con el fin de atraer mas fácilmente a aquellos que disienten de ella, la Iglesia debe adecuar sus enseñanzas mas conforme con el espíritu de la época, aflojar algo de su antigua severidad y hacer algunas concesiones a opiniones nuevas. Muchos piensan que estas concesiones deben ser hechas no solo en asuntos de disciplina, sino también en las doctrinas pertenecientes al “deposito de la fe”. […] No se necesitan muchas palabras, querido hijo, para probar la falsedad de estas ideas si se trae a la mente la naturaleza y el origen de la doctrina que la Iglesia propone. […] Lejos de la mente de alguno el disminuir o suprimir, por cualquier razón, alguna doctrina que haya sido transmitida. Tal política tendería a separar a los católicos de la Iglesia en vez de atraer a los que disienten. […] La historia prueba claramente que la Sede Apostólica, a la cual ha sido confiada la misión no solo de enseñar, sino también de gobernar toda la Iglesia, se ha mantenido “en una misma doctrina, en un mismo sentido y en una misma sentencia” (Constitutio de Fide Catholica, cap. IV). (León XIII. Carta Testem benevolentiae, 22 de enero de 1899)

Pío XII

  • Los principios de la ley natural y positiva no están sujetos a cambios

La verdad y sus expresiones filosóficas no pueden estar sujetas a cambios continuos, principalmente cuando se trate de los principios que la mente humana conoce por sí misma o de aquellos juicios que se apoyan tanto en la sabiduría de los siglos como en el consentimiento y fundamento aun de la misma revelación divina. […] Por ello, el cristiano, tanto filósofo como teólogo, no abraza apresurada y ligeramente las novedades que se ofrecen todos los días, sino que ha de examinarlas con la máxima diligencia y ha de someterlas a justo examen, no sea que pierda la verdad ya adquirida o la corrompa, ciertamente con grave peligro y daño aun para la fe misma. (Pío XII. Carta encíclica Humani generis, n. 24, 12 de agosto de 1950)

Congregación para la Doctrina de la Fe

  • Valor absoluto e inmutable de los preceptos de la ley natural

Cristo ha instituido su Iglesia como “columna y fundamento de la verdad”. Con la asistencia del Espíritu Santo, ella conserva sin cesar y transmite sin error las verdades del orden moral e interpreta auténticamente no sólo la ley positiva revelada, sin también “los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana” y que afectan al pleno desarrollo y santificación del hombre. Es un hecho que la Iglesia, a lo largo de toda su historia, ha atribuido constantemente a un cierto número de preceptos de la ley natural valor absoluto e inmutable, y ha considerado que la transgresión de los mismos se opone a la doctrina y al espíritu del Evangelio. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Persona humana, 29 de diciembre de 1975)

Juan Pablo II

  • Las prescripciones morales de la ley deben ser fielmente custodiadas

Las prescripciones morales, impartidas por Dios en la antigua alianza y perfeccionadas en la nueva y eterna en la persona misma del Hijo de Dios hecho hombre, deben ser custodiadas fielmente y actualizadas permanentemente en las diferentes culturas a lo largo de la historia. […] Esta actualización de los mandamientos […] no puede más que confirmar la validez permanente de la revelación e insertarse en la estela de la interpretación que de ella da la gran tradición de enseñanzas y vida de la Iglesia, de lo cual son testigos la doctrina de los Padres, la vida de los santos, la liturgia de la Iglesia y la enseñanza del Magisterio. (Juan Pablo II. Carta encíclica Veritatis splendor, n. 25;27, 6 de agosto de 1993)


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