84 – En el caso de los divorciados y vueltos a casar, nos planteamos: ¿qué hacemos con ellos, qué puerta se les puede abrir? ¿Por qué no pueden ser padrinos? Tenemos que volver a cambiar un poco las cosas

Desde el principio Dios estableció el matrimonio como una alianza indisoluble y le concedió “la única bendición que no fue abolida ni por la pena del pecado original, ni por el castigo del diluvio”. Jesucristo, elevando el matrimonio a la dignidad de sacramento no solamente hizo con que esta unión fuera más indisoluble y santa, como también quiso que se convirtiera en el reflejo de su misma fidelidad a la Iglesia.

Si analizamos las páginas de la Historia, constatamos que en diversas épocas el divorcio y el repudio fueron actitudes reconocidas y vigentes. La Iglesia, no obstante, desde siempre tuvo el divorcio como un pecado grave y los Papas nunca se cansaron de amonestar a los cristianos para que no se dejaran contaminar con estas costumbres paganas.

Es tradición en la Iglesia que el neófito tenga un padrino. Este encargo lejos de ser apenas un compromiso social —como tristemente muchos creen hoy día—, conlleva graves obligaciones como la de educar en la fe o ser ejemplo en la observancia de los mandamientos y en la virtud. “Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí —dijo Jesús—, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que sucedan escándalos, ¡pero ay del hombre por el que viene el escándalo!” (Mt 18, 6-7). Por eso la Iglesia con la sabiduría que la caracteriza —sabiduría esta conferida por su Divino Esposo—, desde tiempos inmemoriales decretó que solamente pueden ser admitidos como padrinos de bautismo personas católicas y que lleven una vida congruente con la fe. Por lo tanto, aquellos que viven pública e impenitentemente en pecado grave no pueden ser admitidos a la especial misión de custodiar la fe de nadie.

Francisco

Cita A

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores
I – Los requisitos para ser padrino de bautismo y las obligaciones que se asumen en este encargo
II – El matrimonio es indisoluble. El divorcio, un pecado denunciado desde siempre por los Papas

I – Los requisitos para ser padrino de bautismo y las obligaciones que se asumen en este encargo

 Código de Derecho Canónico

El padrino tiene por función asistir el ahijado en su iniciación cristiana

En la medida de lo posible, a quien va a recibir el bautismo se le ha de dar un padrino, cuya función es asistir en su iniciación cristiana al adulto que se bautiza, y, juntamente con los padres, presentar al niño que va a recibir el bautismo y procurar que después lleve una vida cristiana congruente con el bautismo y cumpla fielmente las obligaciones inherentes al mismo. (Código de Derecho Canónico, n. 872)

El padrino debe llevar una vida congruente con la fe

Para que alguien sea admitido como padrino, es necesario que: […] sea católico, esté confirmado, haya recibido ya el Santísimo Sacramento de la Eucaristía y lleve, al mismo tiempo, una vida congruente con la fe y con la misión que va a asumir. (Código de Derecho Canónico, n. 874, §1, 3º)

Catecismo Romano

Que los padrinos conozcan sus obligaciones y las cumplan

Actualmente se les llama “padrinos”; antiguamente eran llamados “receptores”, “prometedores” o “fiadores”. Pueden ejercer este oficio casi todos los laicos. Conviene conozcan perfectamente las obligaciones para que puedan cumplirlas con exactitud. (Catecismo Romano, I, VII, B)

El bautizado debe ser encomendado a la prudencia y fidelidad de un pedagogo

Los motivos que indujeron a la Iglesia a añadir padrinos en la administración bautismal pueden deducirse del mismo significado de este sacramento. Porque el bautismo es un nacimiento espiritual, por el que nos hacemos hijos de Dios. San Pedro escribe: Como niños recién nacidos, apeteced la leche espiritual, para con ella crecer en orden a la salvación. Y así como el niño que nace tiene necesidad de nodriza y de pedagogo, con cuya ayuda y trabajo puede ser educado e instruido, igualmente es necesario que el bautizado, cuando empieza a vivir espiritualmente, sea encomendado a la prudencia y fidelidad de un experto pedagogo espiritual. (Catecismo Romano, I, VII, B)

El padrino puede prestar valiosa ayuda a los pastores de almas

Él [el padrino] le enseñará los preceptos de la religión cristiana, le iniciará en las prácticas de la piedad y le ayudará a ir creciendo poco a poco en la vida de Dios, hasta llegar, con el auxilio divino, a la madurez de hombre perfecto. De esta manera los padrinos pueden prestar una valiosa ayuda a los sacerdotes y pastores de almas, que, por sus múltiples tareas apostólicas, muchas veces no disponen de suficiente tiempo para ocuparse de la formación individual de los niños.  (Catecismo Romano, I, VII, B)

Misión frecuentemente ejercida con lamentable ligereza

Conviene además enseñar a los fieles cuáles son los deberes espirituales que contraen como padrinos. ¡Es lamentable la ligereza con que frecuentemente se realiza hoy este oficio! Parece que no nos queda vivo sino el nombre, sin que muchas veces sospechen siquiera quienes lo ejercen los elementos de santidad que en sí encierra este deber. Piensen seriamente los padrinos que por gravísima ley quedan confiados para siempre a su cuidado y tutela religiosa los hijos espirituales y que a ellos incumbe la obligación de desarrollar en sus almas la vida cristiana y asegurar el cumplimiento de las promesas hechas en el bautismo. (Catecismo Romano, I, VII, C)

“Os habéis constituido responsables de los ahijados ante Dios”

San Dionisio pone en boca del padrino estas palabras: Yo prometo que, cuando el niño llegue a poder comprender las verdades divinas, he de inducirle con mis asiduas exhortaciones a que profese y cumpla las cosas santas que promete y a que enteramente renuncie a las contrarias. Y San Agustín a su vez: Os amonesto, hombres o mujeres que apadrinasteis niños en el bautismo, que recordéis que os habéis constituido responsables de ellas ante Dios. Es lógico, por lo demás, que quien se ha comprometido con un cargo, no debe cansarse jamás de cumplirlo con la máxima diligencia. Y quien se comprometió a ser educador y guía de un niño, no puede permitirse abandonarlo mientras tenga necesidad de su tutela y apoyo.  (Catecismo Romano, I, VII, C)

Deber de inculcar en los hijos espirituales la guarda de la castidad

San Agustín resume en pocas palabras las enseñanzas que han de procurar los padrinos a sus hijos espirituales: Deben inculcarles la guarda de la castidad, el amor a la justicia y a la caridad; deben enseñarles el Credo, la Oración dominical, el Decálogo y los primeros elementos de la doctrina cristiana. (Catecismo Romano, I, VII, C)

Es fácil precisar a quiénes no debe confiarse el oficio de padrinos

Con estos conceptos será fácil precisar a quiénes no debe confiarse el oficio de esta santa tutela: a quienes no quieran ejercitarla con fidelidad o no puedan mantenerla con el debido cuidado y constancia. (Catecismo Romano, I, VII, C)

Catecismo Mayor de San Pío X

Personas católicas, de buenas costumbres y obedientes a las leyes de la Iglesia

¿Quiénes son los padrinos y madrinas del Bautismo?
Los padrinos y madrinas del Bautismo son aquellas personas que por disposición de la Iglesia tienen a los niños en la sagrada fuente, contestan por ellos y salen fiadores ante Dios de su cristiana educación, especialmente si en esto faltasen los padres.
¿Qué personas deben elegirse para padrinos y madrinas?
Deben elegirse para padrinos y madrinas personas católicas, de buenas costumbres y obedientes a las leyes de la Iglesia.
¿Cuáles son las obligaciones de los padrinos y madrinas?
Los padrinos y madrinas están obligados a procurar que sus hijos espirituales sean instruidos en las verdades de la fe y vivan como buenos cristianos, edificándolos con buenos ejemplos.(Catecismo Mayor de San Pío X, n. 573.575-576)

Catecismo de la Iglesia Católica

La tarea de los padrinos es una verdadera función eclesial

Para que la gracia bautismal pueda desarrollarse es importante la ayuda de los padres. Ese es también el papel del padrino o de la madrina, que deben ser creyentes sólidos, capaces y prestos a ayudar al nuevo bautizado, niño o adulto, en su camino de la vida cristiana. Su tarea es una verdadera función eclesial. Toda la comunidad eclesial participa de la responsabilidad de desarrollar y guardar la gracia recibida en el Bautismo. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1255)

Santo Tomás de Aquino

El bautizado queda obligado a través de otro en cosas indispensables a la salvación

Quien responde creo por el niño bautizado, no predice que el niño creerá cuando llegue a la madurez adecuada. Si así fuera, respondería creerá. Lo que hace es profesar la fe de la Iglesia en nombre del niño, al que se comunica la fe, recibe el sacramento de esta fe, y queda obligado a ella a través de otro. De hecho, nada impide que uno quede obligado a través de otro en las cosas que son indispensables para la salvación. De igual modo, el padrino que responde por el niño, promete que él hará todo lo que pueda para que el niño crea. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 71, a. 1)

Incumbencia de enseñar a vivir cristianamente

La instrucción tiene muchas etapas. […]. La tercera enseña a vivir cristianamente. Y ésta incumbe a los padrinos. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 71, a. 4)

Concilio Vaticano II

Los catecúmenos deben aprender de los padrinos a dar testimonio de vida

Pero esta iniciación cristiana durante el catecumenado no deben procurarla solamente los catequistas y sacerdotes, sino toda la comunidad de los fieles, y en modo especial los padrinos, de suerte que sientan los catecúmenos, ya desde el principio, que pertenecen al Pueblo de Dios. Y como la vida de la Iglesia es apostólica, los catecúmenos han de aprender también a cooperar activamente en la evangelización y edificación de la Iglesia con el testimonio de la vida y la profesión de la fe. (Concilio Vaticano II. Decreto Ad gentes, n. 14, 7 de diciembre de 2014)

Juan Pablo II

Los niños deben encontrar en sus padrinos apoyo, guía y ejemplo

De este modo, estaréis más preparados para realizar la tarea de primeros educadores de vuestros hijos en la fe. Estos niños deberán encontrar en vosotros, así como en sus padrinos y madrinas, un apoyo y una guía en su camino de fidelidad a Cristo y al Evangelio. Sed para ellos ejemplos de fe sólida, de profunda oración y de compromiso activo en la vida eclesial. (Juan Pablo II. Homilía en misa de administración del sacramento del bautismo, n. 3, 9 de enero de 2000)

Que los padrinos asuman sus graves deberes

La Iglesia se complace en dar la bienvenida a estos nuevos bautizados; pero desea que los padres, los padrinos y madrinas, y también toda la comunidad, asuman los graves deberes del buen ejemplo, la recta enseñanza y auténtica formación cristiana, para que el niño, en el desarrollo gradual de su existencia, sea fiel a sus compromisos bautismales. (Juan Pablo II. Homilía en la solemnidad del bautismo del Señor, n. 3, 9 de enero de 1983)

Los padrinos deben apoyar a los padres en la educación según las enseñanzas del Evangelio

La vela encendida en el cirio pascual es símbolo de la luz de la fe que los padres, los padrinos y las madrinas deberán custodiar y alimentar continuamente, con la gracia vivificadora del Espíritu. […] También de vosotros, padrinos y madrinas, Dios espera una cooperación singular, que se expresa en el apoyo que debéis dar a los padres en la educación de estos recién nacidos según las enseñanzas del Evangelio. (Juan Pablo II. Homilía en la fiesta del bautismo del Señor, 7 de enero de 2001)

El encargo de los padrinos tiene importancia eminente para la catequesis

Los padres solicitan el bautismo para sus hijos recién nacidos, comprometiéndose a educarlos cristianamente. Para dar una expresión todavía más completa a este compromiso, piden a otras personas, los llamados padrinos, que se comprometan a ayudarles —y en caso de necesidad sustituirles— a educar en la fe de la Iglesia al recién bautizado. Este uso, practicado corrientemente, tiene una importancia eminente para el problema de la catequesis. No puede llevarse a cabo la educación de un niño bautizado en la fe de la Iglesia sin que haya una catequesis sistemática. […] Los compromisos que asumen los padres y padrinos durante el bautismo de un recién nacido, se refieren en primer lugar al tiempo de la infancia y de la adolescencia.  (Juan Pablo II. Audiencia general, 19 de diciembre de 1984)

Benedicto XVI

La renuncia al pecado de padrinos y madrinas es la premisa necesaria para que la Iglesia confiera el bautismo

El rito del bautismo recuerda con insistencia el tema de la fe ya desde el inicio, cuando el celebrante recuerda a los padres que, al pedir el bautismo para sus hijos, asumen el compromiso de “educarlos en la fe”. Esta tarea se exige de manera aún más fuerte a los padres y padrinos en la tercera parte de la celebración, que comienza dirigiéndoles estas palabras: “Tenéis la tarea de educarlos en la fe para que la vida divina que reciben como don sea preservada del pecado y crezca cada día. Por tanto, si en virtud de vuestra fe estáis dispuestos a asumir este compromiso […]”. Estas palabras del rito sugieren que, en cierto sentido, la profesión de fe y la renuncia al pecado de padres, padrinos y madrinas representan la premisa necesaria para que la Iglesia confiera el Bautismo a sus hijos. (Benedicto XVI. Homilía en la fiesta del bautismo del Señor, 10 de enero de 2010)

Ayuda para que los ahijados caminen toda la vida en la luz de la fe

El Bautismo ilumina con la luz de Cristo, abre los ojos a su resplandor e introduce en el misterio de Dios a través de la luz divina de la fe. En esta luz los niños que van a ser bautizados tendrán que caminar durante toda la vida, con la ayuda de las palabras y el ejemplo de los padres, de los padrinos y madrinas. (Benedicto XVI. Homilía en la fiesta del bautismo del Señor, 10 de enero de 2010)

Comprometedora misión que exige acudir a las fuentes buenas

La misión de los padres, ayudados por el padrino y la madrina, es educar al hijo o la hija. Educar es comprometedor; a veces es arduo para nuestras capacidades humanas, siempre limitadas. Pero educar se convierte en una maravillosa misión si se la realiza en colaboración con Dios, que es el primer y verdadero educador de cada ser humano. […] Como personas adultas, nos hemos comprometido a acudir a las fuentes buenas, por nuestro bien y el de aquellos que han sido confiados a nuestra responsabilidad, en especial vosotros, queridos padres, padrinos y madrinas, por el bien de estos niños. ¿Y cuáles son “las fuentes de la salvación”? Son la Palabra de Dios y los sacramentos. (Benedicto XVI. Homilía en la fiesta del bautismo del Señor, 8 de enero de 2012)

Los padrinos deben enseñar a manifestar abiertamente la fe

A vosotros, queridos padrinos y madrinas, la importante tarea de sostener y ayudar en la obra educativa de los padres […]. Sabed siempre ofrecerles vuestro buen ejemplo a través del ejercicio de las virtudes cristianas. No es fácil manifestar abiertamente y sin componendas aquello en lo que se cree, especialmente en el contexto en que vivimos, frente a una sociedad que considera a menudo pasados de moda y extemporáneos a quienes viven de la fe en Jesús. (Benedicto XVI. Homilía en la fiesta del bautismo del Señor, 13 de enero de 2013)

Llevar los hijos a la pila bautismal es don, alegría, pero también responsabilidad

Queridos amigos, ¡qué grande es el don del Bautismo! Si nos diéramos plenamente cuenta de ello, nuestra vida se convertiría en un “gracias” continuo. ¡Qué alegría para los padres cristianos, que han visto nacer de su amor una nueva criatura, llevarla a la pila bautismal y verla renacer en el seno de la Iglesia a una vida que jamás tendrá fin! Don, alegría, pero también responsabilidad. En efecto, los padres, juntamente con los padrinos, deben educar a los hijos según el Evangelio.  (Benedicto XVI. Ángelus, 11 de enero de 2009)

II – El matrimonio es indisoluble. El divorcio, un pecado denunciado desde siempre por los Papas

Código de Derecho Canónico

El matrimonio no puede ser disuelto por ningún poder humano

El matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte. (Código de Derecho Canónico, n. 1141)

Catecismo Romano

La doctrina de Cristo es clara: “Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, adultera”

Según la doctrina de Cristo, el vínculo matrimonial no puede ser disuelto por el divorcio. Si el libelo de repudio dejase libre a la mujer, lícitamente podría contraer nuevo matrimonio sin incurrir en adulterio. Cristo en cambio claramente dice: Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, adultera, y el que se casa con la repudiada por el marido, comete adulterio. Es doctrina cierta que el vínculo matrimonial no se disuelve más que con la muerte. (Catecismo Romano, 2, VII)

Obligados por la ley del vínculo conyugal, los esposos se hacen más cautos

Si el matrimonio pudiera disolverse por el divorcio, jamás faltarían razones subjetivamente suficientes para hacerlo; y el demonio, eterno enemigo de la paz y de la pureza, se encargaría de avivar el fuego de la discordia. Obligados, en cambio, por la ley del vínculo conyugal, que perdura inexorablemente aun después de la separación, y privados de toda esperanza de poder contraer nuevo matrimonio, los esposos se harán más cautos y comedidos en sus accesos de ira y discordia. Y aun justificadamente separados, terminarán fácilmente por sentir el más vivo deseo de la unión y volver de nuevo a la vida conyugal.  (Catecismo Romano, 2, VII)

Concilio de Trento

La gracia de la indisolubilidad matrimonial nos la mereció Cristo

El perpetuo e indisoluble lazo del matrimonio, lo proclamó por inspiración del Espíritu divino el primer padre del género humano cuando dijo: Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. […] Que con este vinculo sólo dos se unen y se juntan, lo enseñó más abiertamente Cristo Señor, cuando refiriendo, como pronunciadas por Dios, las últimas palabras, dijo: Así, pues, ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19, 6), e inmediatamente la firmeza de este lazo, con tanta anterioridad proclamada por Adán, la confirmó El con estas palabras: Así, pues, lo que Dios unió, el hombre no lo separe (cf. Mc 10, 9). Ahora bien, la gracia que perfeccionara aquel amor natural y confirmara la unidad indisoluble y santificara a los cónyuges, nos la mereció por su pasión el mismo Cristo, instituidor y realizador de los venerables sacramentos. (Denzinger-Hünermann 1797-1799. Concilio de Trento, 24ª sesión, 11 de noviembre de 1563)

Herejía, cohabitación molesta o ausencia del cónyuge no anulan en matrimonio

Si alguno dijere que, a causa de herejía o por cohabitación molesta o por culpable ausencia del cónyuge, el vínculo del matrimonio puede disolverse, sea anatema. (Denzinger-Hünermann 1807. Concilio de Trento, 24ª sesión, can. 5, 11 de noviembre de 1563)

Si alguno dijere que la Iglesia yerra cuando enseña la indisolubilidad matrimonial, sea anatema

Si alguno dijere que la Iglesia yerra cuando enseñó y enseña que, conforme a la doctrina del Evangelio y los apóstoles (cf. Mt 5, 32; 19, 9; Mc 10, lis; Lc 16, 18; 1 Cor 7, 1), no se puede desatar el vínculo del matrimonio por razón del adulterio de uno de los cónyuges; y que ninguno de los dos, ni siquiera el inocente, que no dio causa para el adulterio, puede contraer nuevo matrimonio mientras viva el otro cónyuge, y que adultera lo mismo el que, después de repudiar a la adúltera, se casa con otra como la que, después de repudiar al adúltero, se casa con otro, sea anatema. (Denzinger-Hünermann 1807. Concilio de Trento, 24ª sesión, can. 7, 11 de noviembre de 1563)

Las causas matrimoniales están sujetas a los jueces eclesiásticos

Si alguno dijere que las causas matrimoniales no tocan a los jueces eclesiásticos: sea anatema. (Denzinger-Hünermann 1807. Concilio de Trento, 24ª sesión, can.12, 11 de noviembre de 1563)

Concilio Vaticano II

El matrimonio exige plena fidelidad conyugal e indisoluble unidad

Este vínculo sagrado, en atención al bien tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de la decisión humana. Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio, al cual ha dotado con bienes y fines varios, todo lo cual es de suma importancia para la continuación del género humano, para el provecho personal de cada miembro de la familia y su suerte eterna, para la dignidad, estabilidad, paz y prosperidad de la misma familia y de toda la sociedad humana. […] Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad.(Concilio Vaticano II. Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 48, 7 de diciembre de 1965)

Gregorio XVI

Continúan aumentando los ataques adversarios contra el matrimonio

Aquella santa unión de los cristianos, llamada por el Apóstol sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, reclama también toda nuestra solicitud, por parte de todos, para impedir que, por ideas poco exactas, se diga o se intente algo contra la santidad, o contra la indisolubilidad del vínculo conyugal. Esto mismo ya os lo recordó Nuestro predecesor Pío VIII, de s. m., con no poca insistencia, en sus Cartas. Pero aun continúan aumentando los ataques adversarios. Se debe, pues, enseñar a los pueblos que el matrimonio, una vez constituido legítimamente, no puede ya disolverse, y que los unidos por el matrimonio forman, por voluntad de Dios, una perpetua sociedad con vínculos tan estrechos que sólo la muerte los puede disolver. Tengan presente los fieles que el matrimonio es cosa sagrada, y que por ello está sujeto a la Iglesia; tengan ante sus ojos las leyes que sobre él ha dictado la Iglesia; obedézcanlas santa y escrupulosamente, pues de cumplirlas depende la eficacia, fuerza y justicia de la unión. No admitan en modo alguno lo que se oponga a los sagrados cánones o a los decretos de los Concilios y conozcan bien el mal resultado que necesariamente han de tener las uniones hechas contra la disciplina de la Iglesia, sin implorar la protección divina o por sola liviandad, cuando los esposos no piensan en el sacramento y en los misterios por él significados. (Gregorio XVI. Encíclica Mirari vos, n. 8, 15 de agosto de 1832)

León XIII

La Iglesia católica siempre estuvo atenta a defender la santidad del matrimonio

Hay que reconocer, por consiguiente, que la Iglesia católica, atenta siempre a defender la santidad y la perpetuidad de los matrimonios, ha servido de la mejor manera al bien común de todos los pueblos, y que se le debe no pequeña gratitud por sus públicas protestas, en el curso de los últimos cien años, contra las leyes civiles que pecaban gravemente en esta materia; por su anatema dictado contra la detestable herejía de los protestantes acerca de los divorcios y repudios; por haber condenado de muchas maneras la separación conyugal en uso entre los griegos; por haber declarado nulos los matrimonios contraídos con la condición de disolverlos en un tiempo dado; finalmente, por haberse opuesto ya desde los primeros tiempos a las leyes imperiales que amparaban perniciosamente los divorcios y repudios. Además, cuantas veces los Sumos Pontífices resistieron a poderosos príncipes, los cuales pedían incluso con amenazas que la Iglesia ratificara los divorcios por ellos efectuados, otras tantas deben ser considerados como defensores no sólo de la integridad de la religión, sino también de la civilización de los pueblos. (León XIII. Encíclica Arcanum divinae sapientiae, n. 19, 10 de febrero de 1880)

El rompimiento del matrimonio llevará la sociedad a la ruina

Apenas es posible pensar una más radical ruina para la sociedad como querer que pueda ser roto un vínculo por ley divina perpetuo e indivisible. (León XIII. Encíclica Longinqua oceani, n. 14, 6 de enero de 1895)

El matrimonio resultó más estable y más sagrado por medio de Cristo

El matrimonio, “digno de ser por todo tan honroso” (Hb 13, 4), instituido por Dios en el principio del mundo para propagar y conservar la especie humana, y por Él decretado indisoluble, enseña la Iglesia que resultó más estable y más sagrado por medio de Cristo, que le confirió la dignidad de sacramento y quiso que representase la forma de su unión con la Iglesia. (León XIII. Encíclica Quod apostolici muneris, 28 de diciembre de 1878)

Esteban III

Tomar otras esposas después de casado es obrar como los infieles

Es, en efecto, algo impío —aunque os salga de lo hondo de los corazones— tomar otras mujeres en vez de las que no hay duda tomasteis en primer lugar. No es lícito cometer una impiedad semejante, a vosotros que observáis la ley de Dios y procuráis que otros no hagan esas impiedades: así es como obran los infieles. (Esteban III. Carta Dum omnium electorum a Carlos y Carlomán, reyes francos, hacia el año 771)

Pío VII

Grave atentado contra el derecho natural y divino

Todo divorcio, entre cristianos todavía vivos, en cuanto supone la disolución del vínculo conyugal legítimamente contraído y confirmado, no es otra cosa que un grave atentado, si no contra el derecho natural (sobre lo cual disputan entre sí los escolásticos), sí, por lo menos, contra el derecho divino positivo escrito, como claramente enseña el Santo Concilio de Trento. (Pío VII. De la Instrucción Catholica nunc, del Santo Oficio, a los Prefectos de las Misiones de Martinica y Guadalupe, n. 2, 6 de julio de 1817)

León XIII

El divorcio lleva consigo un cúmulo de males…

Realmente, apenas cabe expresar el cúmulo de males que el divorcio lleva consigo. Debido a él, las alianzas conyugales pierden su estabilidad, se debilita la benevolencia mutua, se ofrecen peligrosos incentivos a la infidelidad, se malogra la asistencia y la educación de los hijos, se da pie a la disolución de la sociedad doméstica, se siembran las semillas de la discordia en las familias, se empequeñece y se deprime la dignidad de las mujeres, que corren el peligro de verse abandonadas así que hayan satisfecho la sensualidad de los maridos. (León XIII. Carta Encíclica Arcanum divinae sapientiae, n. 17, 10 de febrero de 1880)

…y abre las puertas a las más relajadas costumbres

Fácilmente se verá cuán enemigo es de la prosperidad de las familias y de las naciones el divorcio, que nace de la depravación moral de los pueblos, y, conforme atestigua la experiencia, abre las puertas y lleva a las más relajadas costumbres de la vida privada y pública. Y se advertirá que son mucho más graves estos males si se considera que, una vez concedida la facultad de divorciarse, no habrá freno suficientemente poderoso para contenerla dentro de unos límites fijos o previamente establecidos. Muy grande es la fuerza del ejemplo, pero es mayor la de las pasiones: con estos incentivos tiene que suceder que el prurito de los divorcios, cundiendo más de día en día, invada los ánimos de muchos como una contagiosa enfermedad o como un torrente que se desborda rotos los diques. (León XIII. Encíclica Arcanum divinae sapientiae, n. 17, 10 de febrero 1880)

Camino para el más extremo libertinaje

Es fácil comprender cuán nefastos son —tanto para el hogar como para la vida pública— esos divorcios que proceden de la degradación de las costumbres, y conducen a su vez al más extremo libertinaje. (León XIII. Alocución Afferre iucundiora, en el Consistorio secreto, 16 de diciembre de 1901)

Pío XII

Veneno que viene corrompiendo no pequeña parte de la familia humana

Quien hoy ahonda en las causas a las que se pueda imputar la descomposición moral, el veneno que viene corrompiendo a una no pequeña parte de la familia humana, no tardará en hallar una de las fuentes más malhadadas y culpables en la legislación y en la práctica del divorcio. Las creaciones y las leyes de Dios tienen siempre una acción benéfica y poderosa; pero cuando la inconsideración o la malicia humana se meten en medio y las perturban y desordenan, entonces al fruto benéfico, que desaparece, sucede y se hace incalculable el cúmulo de los daños, como si la misma naturaleza indignada se revolviese contra la obra de los hombres. Y, ¿quién podrá negar o dudar que sea creación y ley de Dios la indisolubilidad del matrimonio, firmísimo sostén para la familia, para la grandeza de la nación, para la defensa de la Patria, que en los pechos de sus gallardos jóvenes encontrará siempre el escudo y el brazo de su prosperidad? (Pío XII. Alocución Quando, dilleti, a unos recién casados, 29 de abril de 1942)

Juan Pablo II

No rompáis vosotros lo que Dios ha unido

Luchad contra la plaga del divorcio que arruina a las familias e incide tan negativamente en la educación de los hijos. No rompáis vosotros lo que Dios ha unido. (Juan Pablo II. Homilía en la Celebración Eucarística en Caracas, 27 de enero de 1985)

Hijos condenados a ser huérfanos de padres vivos

Conviene, pues, que la sociedad humana, y en ella las familias, que a menudo viven en un contexto de lucha entre la civilización del amor y sus antítesis, busquen su fundamento estable en una justa visión del hombre y de lo que determina la plena “realización” de su humanidad. Ciertamente contrario a la civilización del amor es el llamado “amor libre”, tanto o más peligroso porque es presentado frecuentemente como fruto de un sentimiento “verdadero”, mientras de hecho destruye el amor. ¡Cuántas familias se han disgregado precisamente por el “amor libre”! En cualquier caso, seguir el “verdadero” impulso afectivo, en nombre de un amor “libre” de condicionamientos, en realidad significa hacer al hombre esclavo de aquellos instintos humanos, que Santo Tomás llama “pasiones del alma”. El “amor libre” explota las debilidades humanas dándoles un cierto “marco” de nobleza con la ayuda de la seducción y con el apoyo de la opinión pública. Se trata así de “tranquilizar” las conciencias, creando una “coartada moral”. Sin embargo, no se toman en consideración todas sus consecuencias, especialmente cuando, además del cónyuge, sufren los hijos, privados del padre o de la madre y condenados a ser de hecho huérfanos de padres vivos. (Juan Pablo II. Carta a las Familias, n. 14, 2 de febrero de 1994)

Benedicto XVI

Las llamadas familias “alargadas” graban en los hijos un tipo de familia alterado

La Iglesia no puede permanecer indiferente ante la separación de los cónyuges y el divorcio, ante la ruina de los hogares y las consecuencias que el divorcio provoca en los hijos. Estos, para ser instruidos y educados, necesitan puntos de referencia muy precisos y concretos, es decir, padres determinados y ciertos que, de modo diverso, contribuyen a su educación. Ahora bien, este es el principio que la práctica del divorcio está minando y poniendo en peligro con la así llamada familia alargada o móvil, que multiplica los “padres” y las “madres” y hace que hoy la mayoría de los que se sienten “huérfanos” no sean hijos sin padres, sino hijos que los tienen en exceso. Esta situación, con las inevitables interferencias y el cruce de relaciones, no puede menos de generar conflictos y confusiones internas, contribuyendo a crear y grabar en los hijos un tipo de familia alterado, asimilable de algún modo a la propia convivencia a causa de su precariedad. (Benedicto XVI. Discurso a los obispos de Brasil en visita “ad limina”, 25 de septiembre de 2009)

Pío IX

Cualquier unión fuera del sacramento no es otra cosa que concubinato

Pero ningún católico ignora o puede ignorar que el matrimonio es verdadera y propiamente uno de los siete sacramentos de la ley evangélica, instituido por Cristo Señor, y que, por tanto, no puede darse el matrimonio entre los fieles sin que sea al mismo tiempo sacramento, y, consiguientemente, cualquier otra unión de hombre y mujer entre cristianos, fuera del sacramento, sea cualquiera la ley, aun la civil, en cuya virtud esté hecha, no es otra cosa que torpe y pernicioso concubinato tan encarecidamente condenado por la Iglesia; y, por tanto, el sacramento no puede nunca separarse del contrato conyugal (v. 1773), y pertenece totalmente a la potestad de la Iglesia determinar todo aquello que de cualquier modo pueda referirse al mismo matrimonio. (Pío IX. Alocución Acerbissimum vobiscum, 27 de septiembre de 1852)

León XIII

La dignidad de la familia está en someterse a las leyes de la Iglesia

Pero para que la buena educación de la juventud sirva de amparo a la fe, a la religión y a la integridad de la moral, debe empezar desde los más tiernos años en el seno de la familia; ésta, sin embargo, perturbada como está hoy día por desgracia, no puede recuperar en modo alguno su dignidad perdida, si no se somete a las leyes con que fue instituida en la Iglesia por su divino Autor. Porque Jesucristo, después de elevar el matrimonio, símbolo de su unión con la Iglesia, a la dignidad de sacramento, no sólo santificó la unión matrimonial, sino que proporcionó también eficacísimos auxilios a los padres y a los hijos para conseguir fácilmente, con el cumplimiento de sus mutuos deberes, el bienestar temporal y la felicidad eterna. Pero desde que unas legislaciones impías, despreciando el carácter sagrado de este gran sacramento, han reducido el matrimonio a la condición de un contrato meramente civil, han sobrevenido varias lamentables consecuencias. Porque a la profanación de la dignidad del matrimonio cristiano se han seguido la consideración civil como matrimonio de lo que en realidad es un mero concubinato legal; el incumplimiento de las obligaciones de fidelidad, […]; el debilitamiento de los vínculos del amor doméstico; y el escándalo lamentable del divorcio, secuela frecuente de amores inconsiderados, con grave daño de la moral privada y pública. (León XIII. Inscrutabili Dei consilio, n. 15-16, 21 de abril de 1878)

Juan Pablo II

Contradicción con la naturaleza del sacramento

Una segunda unión está en contradicción con la naturaleza del sacramento del matrimonio, en el cual se expresa el amor indefectible de Cristo por su Iglesia.  (Juan Pablo II. Discurso a los obispo de Bélgica en visita “ad limina”, n. 6, 3 de julio de 1992)

Admitir los divorciados a la comunión eucarística es inducir los fieles a la confusión

La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su práxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 84, 22 de noviembre de 1981)

No existen ceremonias válidas para divorciados que vuelven a casarse

Prohíbe a todo pastor —por cualquier motivo o pretexto incluso pastoral— efectuar ceremonias de cualquier tipo para los divorciados que vuelven a casarse. En efecto, tales ceremonias podrían dar la impresión de que se celebran nuevas nupcias sacramentalmente válidas y como consecuencia inducirían a error sobre la indisolubilidad del matrimonio válidamente contraído. Actuando de este modo, la Iglesia profesa la propia fidelidad a Cristo y a su verdad; al mismo tiempo se comporta con espíritu materno hacia estos hijos suyos, especialmente hacia aquellos que inculpablemente han sido abandonados por su cónyuge legítimo. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 84, 22 de noviembre de 1981)

Catecismo de la Iglesia Católica

Por fidelidad a la palabra de Jesucristo la Iglesia no reconoce las segundas uniones

Hoy son numerosos en muchos países los católicos que recurren al divorcio según las leyes civiles y que contraen también civilmente una nueva unión. La Iglesia mantiene, por fidelidad a la palabra de Jesucristo: “Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio” (Mc 10, 11-12), que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el primer matrimonio. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1650)

Sólo el cambio de vida puede permitir la comunión a los que se casan por segunda vez

Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios. Por lo cual no pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales. La reconciliación mediante el sacramento de la penitencia no puede ser concedida más que a aquellos que se arrepientan de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total continencia. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1650)

Congregación para la Doctrina de la Fe

Recordando la disciplina de la Iglesia

Por consiguiente, frente a las nuevas propuestas pastorales arriba mencionadas, esta Congregación siente la obligación de volver a recordar la doctrina y la disciplina de la Iglesia al respecto. Fiel a la palabra de Jesucristo, la Iglesia afirma que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el anterior matrimonio. Si los divorciados se han vuelto a casar civilmente, se encuentran en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios y por consiguiente no pueden acceder a la Comunión eucarística mientras persista esa situación. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, n. 4, 14 de septiembre de 1994)

Comisión Teológica Internacional

Cambiar la doctrina de la Iglesia sería transformarla en contrasigno y contratestigo de Cristo

Al admitir a los divorciados vueltos a casar a la Eucaristía, la Iglesia dejaría creer a tales parejas que pueden, en el plano de los signos, entrar en comunión con aquel cuyo misterio conyugal en el plano de la realidad ellos no reconocen. Hacer esto sería, además, por parte de la Iglesia declararse de acuerdo con bautizados, en el momento en que entran o permanecen en una contradicción objetiva evidente con la vida, el pensamiento y el mismo ser del Señor como Esposo de la Iglesia. Si ésta pudiese dar el sacramento de la unidad a aquellos y aquellas que en un punto esencial del misterio de Cristo han roto con él, no sería la Iglesia ya ni el signo ni el testigo de Cristo, sino más bien su contrasigno y contratestigo. (Comisión Teológica Internacional. Doctrina Católica sobre el matrimonio, B, n. 12, 1977)

Pontificio Consejo para los Textos Legislativos

La Iglesia no puede promover el escándalo

En efecto, recibir el cuerpo de Cristo siendo públicamente indigno constituye un daño objetivo a la comunión eclesial; es un comportamiento que atenta contra los derechos de la Iglesia y de todos los fieles a vivir en coherencia con las exigencias de esa comunión. En el caso concreto de la admisión a la sagrada Comunión de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, el escándalo, entendido como acción que mueve a los otros hacia el mal, atañe a un tiempo al sacramento de la Eucaristía y a la indisolubilidad del matrimonio. Tal escándalo sigue existiendo aún cuando ese comportamiento, desgraciadamente, ya no cause sorpresa: más aún, precisamente es ante la deformación de las conciencias cuando resulta más necesaria la acción de los Pastores, tan paciente como firme, en custodia de la santidad de los sacramentos, en defensa de la moralidad cristiana, y para la recta formación de los fieles. (Pontificio Consejo para los Textos Legislativos. Declaración sobre la admisibilidad a la sagrada comunión de los divorciados que se han vuelto a casar, II, n. 1, 24 de junio de 2000)

Pío XII

El pueblo siente necesidad de una idea más elevada de la vida doméstica

¡De gran colaboración podrían ser la prensa, la radio, el cine, pero también grande es su responsabilidad con referencia a la familia! El cine, en lugar de envilecerse con las intrigas del divorcio y de la separación, ¿no debería más bien ponerse al servicio de la unidad del matrimonio, de la fidelidad conyugal, de la salud de la familia y de la felicidad del hogar? El pueblo siente la necesidad de una idea mejor y más elevada de la vida doméstica. (Pío XII. Discurso a los delegados de la Unión Internacional de los Organismos Familiares, 20 de septiembre de 1948)

El matrimonio católico no se compagina con los “matrimonios de película”

El concepto íntegro del campo de la vida, que se encuentra en el sexto mandamiento, está infectado por lo que se podría llamar “el matrimonio de película”, que no es sino un irreverente y desvergonzado ejemplar de las contaminaciones del matrimonio y de las infidelidades conyugales, que inclinan a ver las nupcias desligadas de todo vínculo moral, tan sólo como escena y fuente del placer sensual, y no como obra de Dios, como santa institución, deber natural y felicidad pura, en la que siempre vence y domina el elemento espiritual, escuela y al mismo tiempo triunfo de un amor fiel hasta la tumba, hasta las puertas de la eternidad. (Pío XII. Discurso a los párrocos y predicadores cuaresmales de Roma sobre la observancia de los mandamientos de Dios, 23 de febrero de 1944)

Pío XI

Los modernos medios de comunicación quieren ponen en ridículo la santidad del matrimonio

Al ponderar la excelencia del casto matrimonio, Venerables Hermanos, se Nos ofrece mayor motivo de dolor por ver esta divina institución tantas veces despreciada y tan fácilmente vilipendiada, sobre todo en nuestros días. No es ya de un modo solapado ni en la oscuridad, sino que también en público, depuesto todo sentimiento de pudor, lo mismo de viva voz que por escrito, ya en la escena con representaciones de todo género, ya por medio de novelas, de cuentos amatorios y comedias, del cinematógrafo, de discursos radiados, en fin, por todos los inventos de la ciencia moderna, se conculca y se pone en ridículo la santidad del matrimonio, mientras los divorcios, los adulterios y los vicios más torpes son ensalzados o al menos presentados bajo tales colores que parece se les quiere presentar como libres de toda culpa y de toda infamia. (Pío XI. Encíclica Casti Connubii, n. 16, 31 de diciembre de 1930)

Los defensores del neopaganismo pretenden que una ley supuestamente más humana sustituya a las “anticuadas” y “sobrepasadas” de la indisolubilidad matrimonial

Los defensores del neopaganismo, no aleccionados por la triste condición de las cosas, se desatan, con acrimonia cada vez mayor, contra la santa indisolubilidad del matrimonio y las leyes que la protegen, pretendiendo que se decrete la licitud del divorcio, a fin de que una ley nueva y más humana sustituya a las leyes anticuadas y sobrepasadas. Y suelen éstos aducir muchas y varias causas del divorcio. (Pío XI. Encíclica Casti Connubii, n. 32, 31 de diciembre de 1930)

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