98 – En Argentina trabajábamos mucho juntos con los pastores. En Buenos Aires yo me reunía con un grupo de pastores amigos, y rezábamos juntos. Y eso nos ayudaba a trabajar juntos los que estábamos en la línea seria ¿no? Entonces, ve, la palabra “sectas” se va como diluyendo

,

A camino de Damasco Saulo no pensaba más que en perseguir a los seguidores del Mesías. Su odio por aquel al que llamaban Cristo no se limitaba a despreciarlo, sino que necesitaba alimentarse de hechos positivos que contribuyeran a eliminar de Israel lo que le parecía el peor de los desvíos nascidos del judaísmo. En su afán, pocas horas después de su partida desde Jerusalén, él, el último que podría imaginarse, “loco” de amor por el crucificado, pasa a creer y a predicar a favor del mismo al que antes perseguía.

Los años pasaron y todo pasó al revés: ahora Pablo, sin tregua, necesitaba defender la sana doctrina de los múltiples errores que pululaban en el seno de la primitiva Iglesia según el capricho de algunos. De esta forma, mereció Pablo el epíteto de Apóstol de las gentes, no solo por predicar la palabra de Dios a los gentíos, sino también por defenderla entre ellos contra los errores que ya levantaban la cabeza desvergonzadamente. Contra las sectas de su tiempo explicitó la doctrina del cuerpo místico de Cristo. Un solo rebaño, un solo pastor, una sola Iglesia Esposa de Jesucristo.

Francisco

00343

Cita A

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores
I – Unicidad y unidad de la Iglesia Católica
II – Desvirtuar la doctrina de la Iglesia, objetivo de las sectas
III – La malicia de las sectas y la necesidad de apartarse de ellas
IV – Condenas papales a las sectas a lo largo de la Historia
V – El Concilio Vaticano II lo confirma: la Iglesia Católica no renunció a su convicción de ser la única verdadera Iglesia de Cristo

I – Unicidad y unidad de la Iglesia Católica

León XIII

Jesucristo no concibió ni instituyó muchas comunidades

Si examinamos los hechos, comprobaremos que Jesucristo no concibió ni instituyó una Iglesia formada de muchas comunidades que se asemejan por ciertos caracteres generales, pero distintas unas de otras y no unidas entre sí por aquellos vínculos que únicamente pueden dar a la Iglesia la individualidad y la unidad de que hacemos profesión en el símbolo de la fe: “Creo en la Iglesia una…”.(León XIII. Encíclica Satis cognitum, n. 6, 29 de junio de 1896)

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica

¿Por qué la Iglesia es una?

La Iglesia es una porque tiene como origen y modelo la unidad de un solo Dios en la Trinidad de las Personas; como fundador y cabeza a Jesucristo, que restablece la unidad de todos los pueblos en un solo cuerpo; como alma al Espíritu Santo que une a todos los fieles en la comunión en Cristo. La Iglesia tiene una sola fe, una sola vida sacramental, una única sucesión apostólica, una común esperanza y la misma caridad. (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 161)

Sagradas Escrituras

Cristo dijo “mi Iglesia” y no “mis iglesias”

Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos. (Mt 16, 18-19)

Que todos sean uno en una sola Iglesia

Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. (Jn 17, 22-23)

Todo lo dio a la Iglesia

Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos. (Ef 1, 22-23)

León Magno

Una sola Iglesia virgen, unida a un solo Esposo, Cristo

Tal es, en efecto, la Iglesia virgen, unida a un solo Esposo, Cristo, que no admite ningún error; por esto en todo el mundo nos gozamos de una sola casta e íntegra unión. (Léon Magno. Epístola 80, 1, ad Anatolium, episc. Constant., PL 54, 913)

El nacimiento de Cristo es también el nacimiento de la Iglesia

Es, pues, la Natividad de Cristo la que determina el origen del pueblo cristiano, el nacimiento de la Cabeza es también el nacimiento del Cuerpo. Además, aunque cada uno de los llamados [a la fe] viva en su época, aunque todos los hijos de la Iglesia estén distribuidos a lo largo de todos los tiempos; sin embargo, el conjunto de los fieles, nacidos en la fuente bautismal, de la misma manera que fueron crucificados con Cristo en su pasión, resurgieron en su resurrección, están colocados a la diestra del Padre desde su ascensión, de esta misma manera fueron coengendrados en su nacimiento. En este misterioso nacimiento del cuerpo de la Iglesia.(León Magno. Sermo 26, 2. In Nativitate Domini. PL 54, 213)

San Cipriano de Cartago

La unidad no puede ser amputada

Hay un solo Dios, un solo Cristo, una sola Iglesia de Cristo, una sola fe, un solo pueblo que, por el vínculo de la concordia, está fundado en la unidad sólida de un mismo cuerpo. La unidad no puede ser amputada; un cuerpo, para permanecer único, no puede dividirse por el fraccionamiento de su organismo. (San Cipriano de Cartago. De catholicam Ecclesia unitate, n. 23)

Catecismo de la Iglesia Católica

Por la fe se reconoce la unicidad de la Iglesia, pero también la razón a través de sus manifestaciones históricas

Sólo la fe puede reconocer que la Iglesia posee estas propiedades [una, santa, católica y apostólica] por su origen divino. Pero sus manifestaciones históricas son signos que hablan también con claridad a la razón humana. Recuerda el Concilio Vaticano I: “La Iglesia por sí misma es un grande y perpetuo motivo de credibilidad y un testimonio irrefutable de su misión divina a causa de su admirable propagación, de su eximia santidad, de su inagotable fecundidad en toda clase de bienes, de su unidad universal y de su invicta estabilidad” (DS 3013). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 812)

Los vínculos de la unidad de la Iglesia

¿Cuáles son estos vínculos de la unidad? “Por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección” (Col 3, 14). Pero la unidad de la Iglesia peregrina está asegurada por vínculos visibles de comunión: la profesión de una misma fe recibida de los Apóstoles; la celebración común del culto divino, sobre todo de los sacramentos; la sucesión apostólica por el sacramento del orden, que conserva la concordia fraterna de la familia de Dios. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 815)

Concilio Vaticano II

La Iglesia católica, única Iglesia de Cristo

Esta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos como una, santa, católica y apostólica, y que nuestro Salvador, después de su resurrección, encomendó a Pedro para que la apacentara (cf. Jn 21, 17), confiándole a él y a los demás Apóstoles su difusión y gobierno (cf. Mt 28, 18 ss), y la erigió perpetuamente como columna y fundamento de la verdad (cf. 1 Tm 3, 15). (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen Gentium, n. 8, 21 de noviembre de 1964)

El sagrado misterio de la unidad de la Iglesia es la Trinidad divina

Así, la Iglesia, único rebaño de Dios como un lábaro alzado ante todos los pueblos, comunicando el Evangelio de la paz a todo el género humano, peregrina llena de esperanza hacia la patria celestial. Este es el Sagrado misterio de la unidad de la Iglesia de Cristo y por medio de Cristo, comunicando el Espíritu Santo la variedad de sus dones, el modelo supremo y el principio de este misterio es la unidad de un solo Dios en la Trinidad de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. (Concilio Vaticano II. Decreto Unitatis redintegratio, n. 2, 21 de noviembre de 1964)

Congregación para la Doctrina de la Fe

Así como hay un solo Cristo, uno solo es su cuerpo, una sola es su Esposa

En conexión con la unicidad y la universalidad de la mediación salvífica de Jesucristo, debe ser firmemente creída como verdad de fe católica la unicidad de la Iglesia por él fundada. Así como hay un solo Cristo, uno solo es su cuerpo, una sola es su Esposa: “una sola Iglesia católica y apostólica”. Además, las promesas del Señor de no abandonar jamás a su Iglesia (cf. Mt 16, 18; 28, 20) y de guiarla con su Espíritu (cf. Jn 16, 13) implican que, según la fe católica, la unicidad y la unidad, como todo lo que pertenece a la integridad de la Iglesia, nunca faltaran. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 16, 6 de agosto de 2000)

Cristo y la Iglesia, el “Cristo total”

Y así como la cabeza y los miembros de un cuerpo vivo aunque no se identifiquen son inseparables, Cristo y la Iglesia no se pueden confundir pero tampoco separar, y constituyen un único “Cristo total”. Esta misma inseparabilidad se expresa también en el Nuevo Testamento mediante la analogía de la Iglesia como Esposa de Cristo (cf. 2 Cor 11, 2; Ef 5, 25-29; Ap 21, 2.9). (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 16, 6 de agosto de 2000)

Los fieles no pueden imaginarse la Iglesia de Cristo como una entre otras

Por lo tanto, los fieles no pueden imaginarse la Iglesia de Cristo como la suma —diferenciada y de alguna manera unitaria al mismo tiempo— de las Iglesias y Comunidades eclesiales; ni tienen la facultad de pensar que la Iglesia de Cristo hoy no existe en ningún lugar y que, por lo tanto, deba ser objeto de búsqueda por parte de todas las Iglesias y Comunidades. En efecto, los elementos de esta Iglesia ya dada existen juntos y en plenitud en la Iglesia católica, y sin esta plenitud en las otras Comunidades. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 17, 6 de agosto de 2000)

Comisión Teológica Internacional

Jesús confió a su única Iglesia todos los bienes de la Nueva Alianza

En primer lugar, conviene decir una palabra de “la misma plenitud de gracia y de verdad que ha sido confiada a la Iglesia Católica”. Esto se deduce rectamente, porque “creemos, en efecto, que el Señor ha encomendado al único colegio apostólico, que preside Pedro, todos los bienes de la Nueva Alianza para constituir un único cuerpo de Cristo en la tierra, al que deben incorporarse plenamente los que ya pertenecen, de alguna manera, al pueblo de Dio”. (Comisión Teológica Internacional. Temas selectos de eclesiología, cap. 9, n. 2, 7 de octubre de 1985)

Bonifacio VIII

La Iglesia Católica es una y única, es la “túnica inconsútil” del Señor

Por apremio de la fe, estamos obligados a creer y mantener que hay una sola y santa Iglesia Católica y la misma Apostólica, y nosotros firmemente la creemos y simplemente la confesamos, y fuera de ella no hay salvación ni perdón de los pecados. Ella representa un solo Cuerpo Místico, cuya cabeza es Cristo, y la cabeza de Cristo, Dios. En ella hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo (Ef 4, 5). Una sola, en efecto, fue el arca de Noé en tiempo del diluvio, la cual prefiguraba a la única Iglesia, y, con el techo en pendiente de un codo de altura, llevaba un solo rector y gobernador, Noé, y fuera de ella leemos haber sido borrado cuanto existía sobre la tierra. Mas a la Iglesia la veneramos también como única, pues dice el Señor en el profeta: “Arranca de la espada, oh Dios, a mi alma y del poder de los canes a mi única (Sal 22, 21). Oro, en efecto, juntan ente por su alma, es decir, por si mismo, que es la cabeza, y por su cuerpo, y a este cuerpo llamo su única Iglesia, por razón de la unidad del esposo, la fe, los sacramentos y la caridad de la Iglesia. Esta es aquella “túnica” del Señor, “inconsútil” (Jn 19, 23), que no fue rasgada, sino que se echó a suertes. La Iglesia, pues, que es una y única, tiene un solo cuerpo, una sola cabeza, no dos, como un monstruo, es decir, Cristo y el vicario de Cristo, Pedro, y su sucesor, puesto que dice el Señor al mismo Pedro: “Apacienta a mis oveja” (Jn 21, 17). (Denzinger-Hünermann 870-872. Bonifácio VIII, Bula Unam sanctam, 18 de noviembre de 1302)

Pío IX

No hay otra Iglesia Católica sino la edificada sobre el único Pedro

La verdadera Iglesia de Jesucristo se constituye y reconoce por autoridad divina con la cuádruple nota que en el símbolo afirmamos debe creerse; y cada una de estas notas, de tal modo está unida con las otras, que no puede ser separada de ellas; de ahí que la que verdaderamente es y se llama Católica, debe juntamente brillar por la prerrogativa de la unidad, la santidad y la sucesión apostólica. Así pues, la Iglesia Católica es una con unidad conspicua y perfecta del orbe de la tierra y de todas las naciones, con aquella unidad por cierto de la que es principio, raíz y origen indefectible la suprema autoridad y “más excelente principalia del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, y de sus sucesores en la cátedra romana. Y no hay otra Iglesia Católica, sino la que, edificada sobre el único Pedro, se levanta por la unidad de la fe y la caridad en un solo cuerpo conexo y compacto (cf. Ef 4, 16). (Denzinger-Hünermann 2888. Pío IX, Carta del Santo Oficio a los obispos de Inglaterra, 16 de septiembre de 1864)

León XIII

Ningún cristiano puede tener la osadía de contradecir la unicidad de la Iglesia

Sí, ciertamente, la verdadera Iglesia de Jesucristo es una; los testimonios evidentes y multiplicados de las Sagradas Letras han fijado tan bien este punto, que ningún cristiano puede llevar su osadía a contradecirlo. Pero cuando se trata de determinar y establecer la naturaleza de esta unidad, muchos se dejan extraviar por varios errores. (León XIII. Encíclica Satis cognitum, n. 6, 29 de junio de 1896)

Para cumplir su misión, es necesario que la Iglesia sea única en el mundo

Esto resulta más evidente aún si se considera el designio del Divino Autor de la Iglesia. ¿Qué ha buscado, qué ha querido Jesucristo nuestro Señor en el establecimiento y conservación de la Iglesia? Una sola cosa: transmitir a la Iglesia la continuación de la misma misión del mismo mandato que El recibió de su Padre. […] La misión, pues, de la Iglesia es repartir entre los hombres y extender a todas las edades la salvación operada por Jesucristo y todos los beneficios que de ella se siguen. Por esto, según la voluntad de su Fundador, es necesario que sea única en toda la extensión del mundo y en toda la duración de los tiempos. Para que pudiera existir una unidad más grande sería preciso salir de los límites de la tierra e imaginar un género humano nuevo y desconocido. (León XIII. Encíclica Satis cognitum, n. 7, 29 de junio de 1896)

Profecía de Isaías sobre la única Iglesia de Jesucristo

Esta Iglesia única, que debía abrazar a todos los hombres, en todos los tiempos y en todos los lugares, Isaías la vislumbró y señaló por anticipado cuando, penetrando con su mirada en lo porvenir, tuvo la visión de una montaña cuya cima, elevada sobre todas las demás, era visible a todos los ojos y que representaba la Casa de Dios, es decir, la Iglesia: “En los últimos tiempos, la montaña, que es la Casa del Señor, estará preparada en la cima de las montañas” (Is 2, 2).
Pero esta montaña colocada sobre la cima de las montañas es única; única es esta Casa del Señor, hacia la cual todas las naciones deben afluir un día en conjunto para hallar en ella la regla de su vida. “Y todas las naciones afluirán hacia ella y dirán: Venid, ascendamos a la montaña del Señor, vamos a la Casa del Dios de Jacob y nos enseñará sus caminos y marcharemos por sus senderos” (Is 2, 3). (León XIII. Encíclica Satis cognitum, n. 8, 29 de junio de 1896)

Los miembros sólo tienen vida si están unidos a la única cabeza

Para mejor declarar la unidad de su Iglesia, Dios nos la presenta bajo la imagen de un cuerpo animado, cuyos miembros no pueden vivir sino a condición de estar unidos con la cabeza y de tomar sin cesar de ésta su fuerza vital; separados, han de morir necesariamente. “No puede [la Iglesia] ser dividida en pedazos por el desgarramiento de sus miembros y de sus entrañas. Todo lo que se separe del centro de la vida no podrá vivir por sí solo ni respirar”. Ahora bien: ¿en qué se parece un cadáver a un ser vivo? (León XIII. Encíclica Satis cognitum, n. 9, 29 de junio de 1896)

Juan XXIII

No puede haber perfecta unión de los fieles con Cristo sino en una misma fe

Pero se advierte bien que para San León no puede haber perfecta unión de los fieles con Cristo cabeza y de los fieles entre sí, como miembros de un mismo organismo visible, si a los vínculos espirituales de las virtudes, del culto y de los sacramentos no se añade la profesión externa de la misma fe: “Gran sostén es la fe íntegra, la fe verdadera, a la cual nada puede ser añadido ni quitado por nadie, porque la fe, si no es única, no existe de hecho”. Porque a la unidad de la fe le es indispensable la unión de los maestros de la verdad divina. (Juan XXIII. Encíclica Aeterna Dei sapientia, 11 de noviembre de 1961)

La Iglesia Católica es única en el mundo, divina y humana a la vez

La Iglesia es una institución única en el mundo; divina y humana a la vez, con veinte siglos de existencia y, sin embargo, siempre joven, persigue incansablemente, a través de las actividades humanas, fines sobrenaturales que escapan fácilmente a observadores superficiales. (Juan XXIII. Discurso a la Asociación de la Prensa Extranjera en Italia, 24 de octubre de 1961)

Juan Pablo II

La unicidad de la Iglesia está en conexión con la mediación única de Cristo

En conexión con la unicidad de la mediación salvífica de Cristo está la unicidad de la Iglesia que él fundó. En efecto, el Señor Jesús constituyó su Iglesia como realidad salvífica: como su Cuerpo, mediante el cual él mismo actúa en la historia de la salvación. Como sólo hay un Cristo, así existe un solo cuerpo suyo: “una sola Iglesia católica y apostólica” (cf. Símbolo de fe, DS 48). El Concilio Vaticano II dice al respecto: “El santo Concilio […], basado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación” (Lumen gentium, n. 14).  (Juan Pablo II. Discurso a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe, n. 4, 28 de enero de 2000)

Es erróneo considerar a la Iglesia como un camino de salvación al lado de los que constituyen otras religiones

Por consiguiente, es erróneo considerar a la Iglesia como un camino de salvación al lado de los que constituyen otras religiones, las cuales serían complementarias con respecto a la Iglesia, encaminándose juntamente con ella hacia el reino escatológico de Dios. Así pues, se ha de excluir cierta mentalidad de indiferentismo “marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que una religión vale la otra” (Redemptoris missio, n. 36). (Juan Pablo II. Discurso a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe, n. 4, 28 de enero de 2000)

Benedicto XVI

Si los movimientos son realmente dones del Espírito Santo, no se apartan de la Iglesia

Puesto que la Iglesia es una, si los movimientos son realmente dones del Espíritu Santo, naturalmente deben insertarse en la comunidad eclesial y servirla, de modo que mediante el diálogo paciente con los pastores puedan constituir elementos edificantes para la Iglesia actual y del futuro. (Benedicto XVI. Discurso a la Fraternidad de Comunión y Liberación en el XXV aniversario de su reconocimiento pontificio, 24 de marzo de 2007)

II – Desvirtuar la doctrina de la Iglesia, objetivo de las sectas

Código de Derecho Canónico

Los frutos de las sectas son las herejías

Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos. (Código de Derecho Canónico, c. 751)

Sagradas Escrituras

Dios pone a prueba los suyos cuando aparecen los falsos profetas

Si surge en medio de ti un profeta o un visionario soñador y te propone: “Vamos en pos de otros dioses —que no conoces— y sirvámoslos”, aunque te anuncie una señal o un prodigio y se cumpla la señal o el prodigio, no has de escuchar las palabras de ese profeta o visionario soñador; pues el Señor, vuestro Dios, os pone a prueba para saber si amáis al Señor, vuestro Dios, con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma. (Dt 13, 2-4)

A través de palabras suaves y de lisonjas los herejes seducen los corazones de los ingenuos

Os ruego, hermanos, que tengáis cuidado con los que crean disensiones y escándalos contra la doctrina que vosotros habéis aprendido; alejaos de ellos. Pues estos tales no sirven a Cristo nuestro Señor sino a su vientre, y a través de palabras suaves y de lisonjas seducen los corazones de los ingenuos. La fama de vuestra obediencia se ha divulgado por todas partes; de aquí que yo me alegre por vosotros; pero deseo que seáis sensatos para el bien e inmunes al mal. (Rom 17-19)

No hay otro Evangelio

No es que haya otro Evangelio; lo que pasa es que algunos os están turbando y quieren deformar el Evangelio de Cristo. (Gal 1, 7)

¡Sea anatema el que predica otro evangelio!

Pues bien, aunque nosotros mismos o un ángel del cielo os predicara un evangelio distinto del que os hemos predicado, ¡sea anatema! Lo he dicho y lo repito: Si alguien os anuncia un evangelio diferente del que recibisteis, ¡sea anatema! (Gal 1, 8-9)

Herejes, entregados a Satanás

Algunos se desentendieron de esta y naufragaron en la fe; entre ellos están Himeneo y Alejandro, a quienes he entregado a Satanás para que aprendan a no blasfemar. (1 Tim 1, 19-20)

Quiénes son los herejes y qué brotan de ellos

Si alguno enseña otra doctrina y no se aviene a las palabras sanas de nuestro Señor Jesucristo y a la doctrina que es conforme a la piedad, es un orgulloso y un ignorante, que padece la enfermedad de plantear cuestiones y discusiones sobre palabras; de ahí salen envidias, polémicas, blasfemias, malévolas suspicacias, altercados interminables de hombres corrompidos en la mente y privados de la verdad, que piensan que la piedad es un medio de lucro. La piedad es ciertamente una gran ganancia para quien se contenta con lo suficiente.  (1 Tim 6, 3-6)

Diligencia en la doctrina para evitar efectos corrosivos

Procura con toda diligencia presentarte ante Dios como digno de aprobación, como un obrero que no tiene de qué avergonzarse, que imparte con rectitud la palabra de la verdad. Evita las charlatanerías profanas, pues conducen a una impiedad cada vez mayor, y su palabra se propagará con efectos tan corrosivos como la gangrena. Entre ellos están Himeneo y Fileto, los cuales se desviaron de la verdad al decir que la resurrección ya ha acontecido, y trastorna. (2 Tim 2, 6-17)

Hombres de mente corrompida

Lo mismo que Yannes y Yambrés se opusieron a Moisés, así también estos se oponen a la verdad; son hombres de mente corrompida, descalificados en lo que se refiere a la fe. Pero no irán adelante, pues su estupidez será notoria a la vista de todos, como lo fue también la de aquellos. (2 Tim 3, 8-9)

No soportan la sana doctrina y se vuelven a las fábulas

Porque vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus propios deseos y de lo que les gusta oír; y, apartando el oído de la verdad, se volverán a las fábulas. (Tim 4, 3-4)

Los que “enseñan” para sacar dinero

Porque hay mucho insubordinado, charlatán y embaucador, sobre todo entre los de la circuncisión, a los cuales se debe tapar la boca, pues revuelven familias enteras, enseñando lo que no se debe, y todo para sacar dinero. (Tit 1, 10-11)

San Clemente de Alejandría

Las herejías tratan de desmembrar la Iglesia en muchas sectas

La Iglesia está constituida en la unidad por su misma naturaleza; es una, aunque las herejías traten de desgarrarla en muchas sectas. Decimos, pues, que la antigua y católica Iglesia es una, porque tiene la unidad; de la naturaleza, de sentimiento, de principio, de excelencia… Además, la cima de perfección de la Iglesia, como el fundamento de su construcción, consiste en la unidad; por eso sobrepuja a todo el mundo, pues nada hay igual ni semejante a ella. (San Clemente Alejandría. Stromata, L. VII, cap. 17)

San Agustín de Hipona

El Cristo falaz de los maniqueos

Los maniqueos anuncian con engaño otro Cristo, no el que anunciaron los apóstoles, sino el suyo propio, falaz; coherentemente, como seguidores de su falsedad, mienten también ellos, si dejamos de lado el que con todo descaro quieren que se les crea, cuando confiesan ser discípulos de un mentiroso. (San Agustín de Hipona. Réplica a Fausto, el maniqueo, L. XII, n. 4)

San Vicente de Lerins

Cómo deben comportarse los católicos ante las falsas doctrinas de los herejes

Después de todo lo que llevamos dicho, es lógico preguntar: si el diablo y sus discípulos —pseudo-Apóstoles, pseudo-profetas, pseudo-maestros y herejes en general— acostumbran a utilizar las palabras, las sentencias, las profecías de la Escritura, ¿cómo deberán comportarse los católicos, los hijos de la Madre Iglesia? ¿Qué deberán hacer para distinguir en las Sagradas Escrituras la verdad del error? Tendrán verdadera preocupación por seguir las normas que, al comienzo de estos apuntes, he escrito que han sido transmitidas por doctos y piadosos hombres; es decir, interpretaran el Canon divino de las Escrituras según las tradiciones de la Iglesia universal y las reglas del dogma católico; en la misma Iglesia Católica y Apostólica deberán seguir la universalidad, la antigüedad y la unanimidad de consenso. (San Vicente de Lérins. Conmonitorio, n. 27)

III – La malicia de las sectas y la necesidad de apartarse de ellas

San Ireneo de Lyon

Como se desarrolla una herejía

A partir de éstos de que he hablado, ya se han fabricado muchos engendros de herejías, por este motivo: muchos de ellos, más aún todos ellos, quieren ser maestros y así se separan de la herejía en la que estaban, e insisten en enseñar otros dogmas a partir de otras opiniones, componiendo luego otras nuevas a partir de las otras para poder proclamarse inventores de cualquier opinión que les agrada. (San Ireneo de Lyon. Contra los herejes, L. I, 28, 1)

Pongamos un ejemplo: a partir de Saturnino y Marción nacieron los Continentes

[Enkrateîs o Encratitas], los cuales predican la abstinencia del matrimonio, destruyendo el plan de Dios sobre su antiguo plasma, al que de modo indirecto acusan de haberlo hecho hombre y mujer para engendrar seres humanos (Gen 1, 27-28) [….]. Taciano fue el primero al que se le ocurrió esta blasfemia. Este fue discípulo de Justino, pero mientras estuvo con él, no anduvo con estas teorías. Mas después que el maestro sufrió el martirio, aquél se separó de la Iglesia y, presumiendo con orgullo de haber sido discípulo de tal maestro, se sentía superior a los demás, y por ello inventó una doctrina con sus propios rasgos. […] Otros, en cambio, han salido de los grupos de Basílides y Carpócrates. Predican el amor libre y la poligamia, se sienten libres para comer los idolotitos, porque dicen que Dios no se ocupa de esas cosas. ¿Y qué más decir? Son innumerables aquellos que de un modo y otro se han apartado de la verdad (2 Tim 2, 18). (San Ireneo de Lyon. Contra los herejes, L. I., 28, 1-2)

León XIII

Renunciar a la Iglesia es como unirse a una esposa adúltera

La Iglesia de Cristo es, pues, única y, además, perpetúa: quien se separa de ella se aparta de la voluntad y de la orden de Jesucristo nuestro Señor, deja el camino de salvación y corre a su pérdida. “Quien se separa de la Iglesia para unirse a una esposa adúltera, renuncia a las promesas hechas a la Iglesia. Quien abandona a la Iglesia de Cristo no logrará las recompensas de Cristo. Quien no guarda esta unidad, no guarda la ley de Dios, ni guarda la fe del Padre y del Hijo, ni guarda la vida ni la salud”. (León XIII. Encíclica Satis cognitum, n. 9, 29 de junio de 1896)

San Cipriano de Cartago

Dar gracias cuando los malos se apartan de la Iglesia

Nos hemos de alegrar cuando los tales se separan de la Iglesia, ya que así las ovejas de Cristo no recibirán el contagio de su maligno veneno. Es imposible que coexistan y se confundan la amargura y la dulzura, la tiniebla y la luz, la tormenta y el tiempo sereno, la guerra y la paz, la fecundidad y la esterilidad, los manantiales y las sequias, la tempestad y la calma. No piense nadie que los buenos puedan salirse de la Iglesia: al trigo no se lo lleva el viento, y la tempestad no arranca al árbol arraigado con solida raíz. A éstos incrimina y ataca el Apóstol Juan cuando dice: “Se marcharon de nosotros, pero es que no eran de los nuestros: porque si hubiesen sido de los nuestros, se habrían quedado con nosotros” (1 Jn 2, 19). De ahí nacieron y nacen a menudo las herejías: de una mente retorcida, que no tiene paz; de una perfidia discordia que no guarda la unidad… (San Cipriano de Cartago. Sobre la unidad de la Iglesia Católica, n. 4-6)

San Vicente de Lerins

Preferir la integridad de la totalidad a la corrupción de una parte

Por consiguiente si sucediese que una fracción se rebelase contra la universalidad, que la novedad se levantase contra la antigüedad, que la disensión de uno o de pocos equivocados se elevase contra el consenso de todos o al menos de un número muy grande de católicos, se deberá preferir la integridad de la totalidad a la corrupción de una parte; dentro de la misma universalidad, será preciso preferir la religión antigua a la novedad profana; y, en la antigüedad, hay que anteponer a la temeridad de poquísimos los decretos generales, si los hay, de un concilio universal; en el caso de que no los haya, se deberá seguir lo que más cerca esté de ellos, o sea, las opiniones concordes de muchos y grandes maestros. (San Vicente de Lérins. Conmonitorio, n. 27)

Pío IX

Arrancar de raíz los cismas y no infectarse de las herejías

Nada ciertamente puede ser de mas precio para un católico que arrancar de raíz los cismas y disensiones entre los cristianos, y que los cristianos todos sean “solícitos en guardar la unidad del espíritu en el vinculo de la paz” (Ef 4, 3). Mas que los fieles de Cristo y los varones eclesiásticos oren por la unidad cristiana, guiados por los herejes y, lo que es peor, según una intención en gran manera manchada e infecta de herejía, no puede de ningún modo tolerarse. (Denzinger-Hünermann 2887. Pío IX, Carta del Santo Oficio a los obispos de Inglaterra, 16 de septiembre de 1864)

Benedicto XVI

Inestabilidad de las sectas

Sabemos que estas sectas no son muy estables en su consistencia: de momento puede funcionar el anuncio de la prosperidad, de curaciones milagrosas, etc., pero después de poco tiempo se ve que la vida es difícil, que un Dios humano, un Dios que sufre con nosotros es más convincente, más verdadero, y brinda una ayuda más grande para la vida. También es importante el hecho de que nosotros tenemos la estructura de la Iglesia Católica. No representamos a un pequeño grupo que, después de cierto tiempo, se aísla y se pierde, sino que entramos en la gran red universal de la catolicidad, no sólo trans-temporal, sino presente sobre todo como una gran red de amistad que nos une y nos ayuda también a superar el individualismo para llegar a la unidad en la diversidad, que es la verdadera promesa. (Benedicto XVI. Entrevista a los periodistas durante el vuelo hacia África, 17 de marzo de 2009)

La dificultad de creer y de entregar la vida al Señor hace crecer las sectas

En este clima de un racionalismo que se cierra en sí mismo, que considera el modelo de las ciencias como único modelo de conocimiento, todo lo demás es subjetivo. Naturalmente, también la vida cristiana resulta una opción subjetiva y, por ello, arbitraria; ya no es el camino de la vida. Así pues, como es obvio, resulta difícil creer; y, si es difícil creer, mucho más difícil es entregar la vida al Señor para ponerse a su servicio. […] En cambio, crecen las sectas, que se presentan con la certeza de un mínimo de fe, pues el hombre busca certezas. Por tanto, las grandes Iglesias, sobre todo las grandes Iglesias tradicionales protestantes, se encuentran realmente en una crisis profundísima. Las sectas están prevaleciendo, porque se presentan con certezas sencillas, pocas; y dicen: esto es suficiente. (Benedicto XVI. Discurso a los sacerdotes de la diócesis de Aosta, en la iglesia parroquial de Introd., 25 de julio de 2005)

Juan Pablo II

Desviaciones de perspectiva sincretista

Hay que tener presente, sin embargo, que no faltan desviaciones que han dado origen a sectas y movimientos gnósticos o pseudorreligiosos, configurando una moda cultural de vastos alcances que, a veces, encuentra eco en amplios sectores de la sociedad y llega incluso a tener influencia en ambientes católicos. Por eso, algunos de ellos, en una perspectiva sincretista, amalgaman elementos bíblicos y cristianos con otros extraídos de filosofías y religiones orientales, de la magia y de técnicas psicológicas. Esta expansión de las sectas y de nuevos grupos religiosos que atraen a muchos fieles y siembran confusión e incertidumbre entre los católicos es motivo de inquietud pastoral. (Juan Pablo II. Discurso a un grupo de obispos argentinos en visita ad limina, 7 de febrero de 1995)

Cornelio

Confesión de Fe de Máximo, Urbano y otros africanos ante el Papa Cornelio

Nosotros sabemos que Cornelio ha sido elegido obispo de la santísima Iglesia católica por Dios omnipotente y por Cristo Señor nuestro; nosotros confesamos nuestro error. Hemos sido víctimas de una impostura; hemos sido cogidos por una perfidia y charlatanería capciosa. En efecto, aun cuando parecía que teníamos alguna comunicación con los hombres cismáticos y herejes; nuestro corazón, sin embargo, siempre estuvo con la Iglesia. Porque no ignoramos que hay un solo Dios y un solo Señor Jesucristo, a quien hemos confesado, un solo Espíritu Santo, y solo debe haber un obispo [prepósito] en una Iglesia católica. (Denzinger-Hünermann 108. Cornelio. Carta Quantam sollicitudinem al obispo de Cartago, año 250)

IV – Condenas papales a las sectas a lo largo de la Historia

Marcelino

Arrío, su impiedad y blasfemias

Ante todo fue examinada, en presencia del piisimo emperador Constantino, la impiedad y la perversidad de Arrío y de sus seguidores. Por unanimidad decidimos condenar su impía doctrina y las expresiones blasfemas con que se expresaba a propósito del Hijo de Dios: sostenía, en efecto, que venía de la nada y que antes del nacimiento no existía, que era capaz del bien y del mal, en una palabra, que el Hijo de Dios era una creatura. El santo Concilio ha condenado todo esto, no queriendo ni tan solo escuchar dicha impía y loca doctrina, ni las palabras blasfemas. (Denzinger-Hünermann 130. Marcelino. Carta Sinodal a los egipcios)

Dámaso

Condena del apolinarismo

Sabed, pues, que hace mucho tiempo condenamos al profano Timoteo, el discípulo del hereje Apolinar, con su impía doctrina, y no creemos por nada que cuanto queda de él tenga en el futuro de ningún modo crédito alguno. (Denzinger-Hünermann, 149. Dámaso, Carta a los obispos orientales, año 378)

XV Sínodo de Cartago

Condena de la doctrina pelagiana

Plugo a todos los obispos… congregados en el santo Concilio de la Iglesia de Cartago: Quienquiera que dijere que el primer hombre, Adán, fue creado mortal, de suerte que tanto si pecaba como si no pecada tenía que morir en el cuerpo, es decir, que saldría del cuerpo no por castigo del pecado, sino por necesidad de la naturaleza, sea anatema. (Denzinger-Hünermann 222. XV Sínodo de Cartago, 1 de mayo del 418)

León Magno

Contra los errores priscilianistas

[La impiedad de los priscilianistas] se sumergió en las tinieblas del paganismo, hasta colocar a través de las prácticas sacrílegas ocultas y las inútiles mentidas de los astrólogos la fe religiosa y el comportamiento moral en el poder de los demonios y en el efecto de los astros. Si es licito creer y ensenar tales cosas, no se deberá ni premio a las virtudes ni pena a los delitos, y perderán obligatoriedad todas las disposiciones no solo de las leyes humanas, sino también de las disposiciones divinas: ya que si una fatal necesidad induce el movimiento de la mente hacia una u otra de las posibilidades, y cualquier acción humana no es de los hombres, sino de los astros, no podrá haber juicio alguno ni de las acciones buenas, ni de las malas. Con razón nuestros padres instantemente actuaron para que fuera alejada de toda la Iglesia la impía locura. (Denzinger-Hünermann, 283. León Magno, Carta Quam laudabiliter al obispo Torribio de Astorga, 21 de julio de 447)

Sínodo de Arlés

Condenas de las tesis sobre la gracia y la predestinación

Vuestra corrección es pública salvación y vuestra sentencia medicina. De ahí que también yo tengo por sumo remedio, excusar los pasados errores acusándolos, y por saludable confesión purificarme. Por tanto, de acuerdo con los recientes decretos del Concilio venerable, condeno juntamente con vosotros aquella sentencia que dice que no ha de juntarse a la gracia divina el trabajo de la obediencia humana; que dice que después de la caída del primer hombre, quedo totalmente extinguido el albedrio de la voluntad; que dice que Cristo Señor y Salvador nuestro no sufrió la muerte por la salvación de todos; que dice que la presciencia de Dios empuja violentamente al hombre a la muerte, o que por voluntad de Dios perecen los que perecen; que dice que después de recibido legítimamente el bautismo, muere en Adán cualquiera que peca; que dice que unos están destinados a la muerte y otros predestinados a la vida; que dice que desde Adán hasta Cristo nadie de entre los gentiles se salvo con miras ad advenimiento de Cristo por medio de la gracia de Dios, es decir, por la ley de la naturaleza, y que perdieron el libre albedrio en el primer padre; que dice que los patriarcas y profetas y los más grandes santos, vivieron dentro del paraíso aun antes del tiempo de la redención; que dice que no hay fuego ni infierno. Todo esto lo condeno como impío y lleno de sacrilegios. (Denzinger-Hünermann, 330-339. Sínodo de Arlés. Carta de sumisión del presbítero Lucido. Año 475)

Hormisdas

Anatematismos a todas las herejías

No queriéndonos pues separar un punto de esta esperanza y de esta fe, y siguiendo en todo las constituciones de los Padres, anatematizamos todas las herejías, señaladamente al hereje Nestóreo, que en otro tiempo fue obispo de la ciudad de Constantinopla, condenado en el Concilio de Éfeso por Celestino, papa de la ciudad de Roma y por san [por el venerable] Cirilo, obispo de la ciudad de Alejandría; juntamente con este [igualmente] anatematizamos a Eutiques y a Dioscoro de Alejandria, condenados en el santo Concilio de Calcedonia, que seguimos y abrazamos, el cual, siguiendo al Sto. Concilio de Nicea predico la fe apostólica]. Anadimos a estos [Detestamos también] al parricida Timoteo, por sobrenombre Eluro, y a su discípulo y secuaz en todo, Pedro de Alejandría; así también condenamos [también] y anatematizamos a Acacio, obispo en otro tiempo de Constantinopla, condenado por la Sede Apostólica, cómplice y secuaz de ellos o a los que permanecieren en la sociedad de su comunión; porque [Acacio] mereció con razón sentencia de condenación semejante a la de aquellos en cuya comunión se mezclo. No menos condenamos a Pedro de Antioquia con sus secuaces y los de todos los suprascritos. (Denzinger-Hünermann 364. Hormisdas, Libellus fidei, 11 de agosto del 515)

Concilio de Florencia (XVII Ecuménico)

Anatemas diversos contra herejías cristológicas

Anatematiza, detesta y condena toda herejía que sienta lo contrario. Y en primer lugar, condena a Ebion, Cerinto, Marcion, Pablo de Samosata, Fotino, y cuantos de modo semejante blasfeman, quienes no pudiendo entender la unión personal de la humanidad con el Verbo, negaron que nuestro Señor Jesucristo sea verdadero Dios, confesándole por puro hombre que, por participación mayor de la gracia divina, que había recibido, por merecimiento de su vida más santa, se llamaría hombre divino. Anatematiza también a Maniqueo con sus secuaces, que con sus sueños de que el Hijo de Dios no había asumido cuerpo verdadero, sino fantástico, destruyeron completamente la verdad de la humanidad en Cristo. (Denzinger-Hünermann, 1339-1340. Concilio de Florencia, Bula Cantate Domino, 4 de febrero de 1442)

Vigilio

Condena de tesis nestorianas

Si alguien profesa que el Verbo, conservada la inmutabilidad de la naturaleza divina, se ha hecho carne y a partir de la misma concepción en el útero de la Virgen ha unido consigo según la hipostasis los principios de la naturaleza humana, pero “dice” que Dios el Verbo ha sido como con un hombre ya existente, de modo que se siga que se cree que la santa Virgen no sea verdaderamente la madre de Dios, sino que solamente de nombre “es” asi llamada, sea anatema. (Denzinger-Hünermann 416. Constitución Inter innumeras sollicitudines, dirigida al emperador Justiniano, 14 de mayo del 553)

León XIII

Contra las sectas políticas

Procurad y velad para que los preceptos establecidos por la Iglesia católica respecto del poder político del deber de obediencia sean comprendidos y cumplidos con diligencia por todos los hombres. Como censores y maestros que sois, amonestad sin descanso a los pueblos para que huyan de las sectas prohibidas, abominen las conjuraciones y que nada intenten por medio de la revolución.(León XIII. Encíclica Diuturnum illud, n. 20, 29 de junio de 1881)

Pío XI

Los católicos no tolerarán ser vencidos por las sectas

Ante voces tan autorizadas, confiamos que los católicos no tolerarán ser vencidos en liberalidad por las sectas, que se muestran tan espléndidas en contribuir por su parte a la dilatación de sus errores. (Pío XI. Encíclica Rerum Ecclesiae, n. 61, 28 de febrero de 1926)

¿Cabe un camino intermedio entre la Iglesia y las sectas socialistas?

No vaya, sin embargo, a creer cualquiera que las sectas o facciones socialistas que no son comunistas se contenten de hecho o de palabra solamente con esto. Por lo general, no renuncian ni a la lucha de clases ni a la abolición de la propiedad, sino que sólo las suavizan un tanto. Ahora bien, si los falsos principios pueden de este modo mitigarse y de alguna manera desdibujarse, surge o más bien se plantea indebidamente por algunos la cuestión de si no cabría también en algún aspecto mitigar y amoldar los principios de la verdad cristiana, de modo que se acercaran algo al socialismo y encontraran con él como un camino intermedio. (Pío XI. Encíclica Quadragesimo anno, n. 116, 15 de mayo de 1931)

V – El Concilio Vaticano II lo confirma: la Iglesia Católica no renunció a su convicción de ser la única verdadera Iglesia de Cristo

Congregación para la Doctrina de la Fe

El Concilio Vaticano II no ha cambiado la doctrina sobre la Iglesia

La primera cuestión es si el Concilio Vaticano II ha cambiado la doctrina sobre la Iglesia.
La pregunta se refiere al sentido de aquel “nuevo rostro” de la Iglesia que, según las citadas palabras de Pablo VI, ha querido ofrecer el Vaticano II.
La respuesta, basada en la enseñanza de Juan XXIII y Pablo VI, es muy explícita:  el Vaticano II no tuvo la intención de cambiar, y de hecho no cambió la doctrina anterior sobre la Iglesia, sino que más bien la profundizó y expuso de manera más orgánica. En este sentido se retoman las palabras de Pablo VI en su discurso de promulgación de la Constitución dogmática conciliar Lumen gentium, con las cuales afirma que la doctrina tradicional no ha sido en absoluto cambiada, sino que, “ahora se ha expresado lo que simplemente se vivía; se ha esclarecido lo que estaba incierto; ahora consigue una serena formulación lo que se meditaba, discutía y en parte era controvertido”.
Del mismo modo, hay continuidad entre la doctrina expuesta por el Concilio y la  presentada en las siguientes intervenciones magisteriales, que han retomado y profundizado la misma doctrina, y la han desarrollado ulteriormente. En este sentido, por ejemplo, la Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe Dominus Iesus, ha retomado sólo los textos conciliares y los documentos post-conciliares, sin añadir o quitar nada.
A pesar de estos claros testimonios, en el período post-conciliar la doctrina del Vaticano II ha sido objeto, y sigue siéndolo, de interpretaciones desviadas y sin continuidad con la doctrina católica tradicional sobre la naturaleza de la Iglesia: si, por una parte, se vio en ella una “revolución copernicana”, por otra parte, se concentró la atención sobre algunos aspectos considerados casi contrapuestos. En realidad el Concilio Vaticano II tuvo la clara intención de unir y subordinar la reflexión sobre la Iglesia a la reflexión sobre Dios, proponiendo una eclesiología en sentido específicamente teo-lógico. Sin embargo, la recepción del Concilio ha descuidado con frecuencia esta característica para favorecer afirmaciones eclesiológicas individuales y concentrarse en algunas palabras de fácil recuerdo, favoreciendo lecturas unilaterales y parciales de la misma doctrina conciliar. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Artículo de comentario. Respuestas a algunas preguntas acerca de ciertos aspectos de la doctrina sobre la Iglesia, 29 de junio de 2007)

Sobre la expresión subsistit in

La segunda cuestión afronta el modo en el que hay que entender la afirmación según la cual la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica.
Cuándo G. Philips escribió que la expresión subsistit in habría hecho correr ríos de tinta, probablemente no había previsto que la discusión continuaría por tanto tiempo y con tanta intensidad, al punto de empujar a la Congregación para la Doctrina de la Fe a publicar el presente documento.
Tanta insistencia, fundada por lo demás en los citados textos conciliares y del Magisterio siguiente, refleja la preocupación de salvaguardar la unidad y la unicidad de la Iglesia, que sufrirían menoscabo si se admitiera que pueden darse muchas subsistencias de la Iglesia fundada por Cristo. En efecto, como se dice en la Declaración Mysterium Ecclesiae, si así fuera se llegaría a imaginar “la Iglesia de Cristo como la suma —diferenciada y de alguna manera unitaria al mismo tiempo— de las Iglesias y Comunidades eclesiales” o a “pensar que la Iglesia de Cristo hoy no existe en ningún lugar y que, por lo tanto, deba ser objeto de búsqueda por parte de todas las Iglesias y Comunidades”. La única Iglesia de Cristo ya no existiría como “una” en la historia, o existiría sólo de modo ideal, o sea in fieri en una convergencia o reunificación futura de las muchas Iglesias hermanas, auspiciada y promovida por el diálogo.
Aún más explícita es la Notificación de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre un escrito de Leonardo Boff, según el cual la única Iglesia de Cristo “podría también subsistir en otras iglesias cristianas”; al contrario, —puntualiza la Notificación— “el Concilio había escogido la palabra subsistit precisamente para aclarar que existe una sola “subsistencia” de la verdadera Iglesia, mientras que fuera de su estructura visible existen sólo elementa Ecclesiae, los cuales —siendo elementos de la misma Iglesia— tienden y conducen a la Iglesia católica”. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Respuestas a algunas preguntas acerca de ciertos aspectos de la doctrina sobre la Iglesia, 29 de junio de 2007)

La Iglesia existe como sujeto único en la realidad histórica

La tercera cuestión se refiere a la razón por la cual se usó la expresión subsistit in y no el verbo est.
Ha sido precisamente este cambio de terminología en la descripción de la relación entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica lo que ha dado lugar a las más variadas ilaciones, sobre todo en campo ecuménico. En realidad los Padres conciliares tuvieron la simple intención de reconocer la presencia de elementos eclesiales propios de la Iglesia de Cristo en las Comunidades cristianas no católicas en cuanto tales. En consecuencia, la identificación de la Iglesia de Cristo con la Iglesia católica no se puede entender como si fuera de la Iglesia católica hubiera un “vacío eclesial”. Al mismo tiempo, esa identificación significa que, si se considera el contexto en que se sitúa la expresión subsistit in, es decir la referencia a la única Iglesia de Cristo “constituida y ordenada en este mundo como sociedad gobernada por el sucesor de Pedro y los obispos en comunión con él”, el paso de est a subsistit in no reviste un sentido teológico particular de discontinuidad con la doctrina católica anterior.
En efecto, ya que la Iglesia como la quiso Cristo, de hecho, sigue existiendo (subsistit in) en la Iglesia Católica, la continuidad de subsistencia comporta una sustancial identidad de esencia entre Iglesia de Cristo e Iglesia Católica.
El Concilio quiso enseñar que la Iglesia de Jesucristo, como sujeto concreto en este mundo, se puede encontrar en la Iglesia Católica. Esto puede ocurrir una sola vez y, por ello, la concepción de que el subsistit tendría que multiplicarse no corresponde con lo que se quiso decir. Con la palabra subsistit el Concilio quiso expresar la singularidad y no multiplicabilidad de la Iglesia de Cristo: la Iglesia existe como sujeto único en la realidad histórica.
Por consiguiente, la sustitución de “est” con “subsistit in”, contra  tantas interpretaciones infundadas, no significa que la Iglesia católica renuncie a su convicción de ser la única verdadera Iglesia de Cristo
. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Artículo de comentario. Respuestas a algunas preguntas acerca de ciertos aspectos de la doctrina sobre la Iglesia, 29 de junio de 2007)[

Sobre la expresión “iglesias hermanas”

La expresión “iglesias hermanas” se repite a menudo en el diálogo ecuménico, sobre todo entre católicos y ortodoxos, y es objeto de profundización por ambas partes del diálogo. Aun existiendo un uso indudablemente legítimo de la expresión, en la actual literatura ecuménica se ha difundido un modo ambiguo de utilizarla. En conformidad con la enseñanza del Concilio Vaticano II y el sucesivo Magisterio pontificio, es por lo tanto oportuno recordar cuál es el uso proprio y adecuado de tal expresión. Pero antes, parece útil señalar brevemente la historia del término. […] En efecto, en sentido propio, Iglesias hermanas son exclusivamente las Iglesias particulares (o las agrupaciones de Iglesias particulares: por ejemplo, los Patriarcados y las Metropolías). Debe quedar siempre claro, incluso cuando la expresión Iglesias hermanas es usada en este sentido propio, que la Iglesia universal, una, santa, católica y apostólica, no es hermana sino madre de todas las Iglesias particulares.
Se puede hablar de Iglesias hermanas, en sentido propio, también en referencia a Iglesias particulares católicas y no católicas; y por lo tanto también la Iglesia particular de Roma puede ser llamada hermana de todas las Iglesias particulares. Pero, como ya ha sido recordado, no se puede decir propiamente que la Iglesia católica sea hermana de una Iglesia particular o grupo de Iglesias. No se trata solamente de una cuestión terminológica, sino sobre todo de respetar una verdad fundamental de la fe católica: la de la unicidad de la Iglesia de Jesucristo. Existe, en efecto, una única Iglesia, y por eso el plural Iglesias se puede referir solamente a las Iglesias particulares. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Nota sobre la expresión “iglesias hermanas”. Carta a los presidentes de las conferencias episcopales, n. 1.10-11, 30 de junio de 2000)


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