66 – En aquellos tiempos antes de la Misa no se podía tomar ni siquiera agua. Pío XII nos salvó de esta dictadura

Cuando la reina de Saba oyó hablar de la gran sabiduría de Salomón, no hubo obstáculos que le impidieran emprender un penoso viaje para conocer a ese gran monarca, a pesar de que los desplazamientos largos en la época constituían una verdadera aventura. Todo por encontrarse y comprobar la sabiduría de un rey terreno. Impresionada con todo lo que vio y escuchó en Jerusalén, colmó al rey de Israel de los más ricos presentes y volvió a su patria llena de admiración (cf. IICr 9, 1-12).

También cada uno de nosotros, diariamente, tenemos la oportunidad de encontrarnos con un Rey “que es más que Salomón” (Mt 12, 42), mucho más poderoso y sabio, pues es el Rey de reyes. ¿Qué podríamos sufrir por Él que no lo haya padecido antes en medida infinitamente superior por nosotros? Por eso, la Santa Madre Iglesia, que jamás promulga leyes por encima de nuestras fuerzas, estableció a lo largo de los siglos diversas normas para presentarse más dignamente a este encuentro con Rey tan augusto y, así, manifestar nuestro respeto y veneración por Él. Estos preceptos que la Santa Madre Iglesia supo adaptar según las conveniencias de cada época, ¿serían acaso una imposición dictatorial? ¿O, más bien, una forma didáctica de formar a los fieles en el respeto al Sacramento del Altar?

Francisco

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Me acuerdo como si fuera hoy, [para la primera comunión] me preparó durante un año una monja muy buena… y dos catequistas… En aquellos tiempos antes de la Misa no se podía tomar ni siquiera agua, ni siquiera una gota de agua… Fue Pío XII el que nos salvó de esta dictadura… ¡Qué bien!… (Visita a la parroquia romana San José en el Aurelio, 14 de diciembre de 2014)

Enseñanzas del Magisterio

Tabla de contenido

I – El ayuno eucarístico: ¿una dictadura o un tributo de honor?

Sagradas Escrituras
-Cuando nos juzga el Señor, recibimos una admonición para no ser condenados junto con el mundo

Pío XII
-Por el ayuno eucarístico reconocemos que este es el Primer y sumo alimento
-Exhortación a que guarden la antigua y venerable ley del ayuno eucarístico

San Agustín
-En honor de tan gran Sacramento, el Cuerpo de Cristo debe entrar antes de los alimentos

Pontificio Consejo para los Textos Legislativos
-Es comprensible que la Iglesia establezca normas para el más excelso sacramento

San Juan Crisóstomo
-Cuando nuestras obras son por amor a Cristo, lo pesado se hace dulce

II – ¿Para qué promulga leyes la Iglesia?

Sagradas Escrituras
-Observar la ley multiplica las ofrendas

León XIII
-Al abrazar la fe cristiana el hombre se constituye en súbdito de la Iglesia

Pío XII
-La triple potestad establecida por Cristo a la Iglesia
-Es un engaño separar la caridad de las normas jurídicas. No hay oposición entre las dos
-Las leyes son manifestación exterior de la unión de los miembros de Cristo

Pío X
-A la Iglesia, Cristo encomendó su doctrina y los preceptos

San Agustín
-Lo que observa la Iglesia se guarda por recomendación o precepto de los apóstoles

Bonifacio I
-Del ministerio de Pedro fluyó la disciplina eclesiástica

Zósimo
-La Iglesia Romana está confirmada por leyes humanas y divinas

Catecismo de la Iglesia Católica
-El conjunto de las normas, mandamientos y virtudes de la moral cristiana procede de la fe en Cristo

Juan Pablo II
-El Código está fundamentado en la herencia jurídica y legislativa de la Revelación y de la Tradición
-La Iglesia necesita leyes canónicas y exige que sean observadas

Benedicto XVI
-El Código contiene normas para el bien de la persona y de las comunidades en todo el -Cuerpo Místico
-La ley de la Iglesia nos hace libres

Catecismo de la Iglesia Católica
-El carácter obligatorio de las leyes eclesiales tiene por fin el crecimiento espiritual
-La consideración individual no se ha de oponer al Magisterio de la Iglesia
-Los decretos promulgados, aunque sean disciplinares, requieren docilidad

Pío IX
-Procurad guardar las leyes santísimas de la Iglesia

León XIII
-Desconocen la naturaleza y el alcance de las leyes los que reprueban su cumplimiento

Pío XI
-Es un atentado criminal fomentar el abandono a las leyes eclesiales

León XIII
-Es falsa civilización la que se choca con las leyes de la Iglesia

San Juan Crisóstomo
-Las leyes no son crueles ni molestas o pesadas. Todas proceden de una sola y misma providencia

 I – El ayuno eucarístico: ¿una dictadura o un tributo de honor?

Sagradas Escrituras

  • Cuando nos juzga el Señor, recibimos una admonición para no ser condenados junto con el mundo

Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva. De modo que quien coma del pan y beba del cáliz del Señor indignamente, es reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Así, pues, que cada cual se examine, y que entonces coma así del pan y beba del cáliz. Porque quien come y bebe sin discernir el cuerpo come y bebe su condenación. […] Por el contrario, si nos examinamos personalmente, no seremos juzgados. Aunque cuando nos juzga el Señor, recibimos una admonición, para no ser condenados junto con el mundo. Por ello, hermanos míos, cuando os reunís para comer esperaos unos a otros. Si uno tiene hambre, que coma en casa, a fin de que no os reunáis para condena. Lo demás lo prescribiré cuando vaya. (1 Cor 11, 26-34)

Pío XII

  • Por el ayuno eucarístico reconocemos que este es el Primer y sumo alimento

En efecto, la abstinencia de comida y bebida es conforme a la suma reverencia que debemos tener a la suprema majestad de Jesucristo, cuando nos acercamos para recibirlo, oculto bajo los velos eucarísticos. Además, recibiendo su cuerpo y su sangre preciosísima antes de tomar cualquier alimento, demostramos claramente que ese es el Primer y sumo alimento, que sustenta nuestra alma e incrementa la santidad. […] Este ayuno, por lo tanto, no supone apenas un obligatorio tributo de honrar al Divino Redentor, sino que fomenta además la piedad, y puede, por eso, contribuir para aumentar en nosotros aquellos salubérrimos frutos de santidad que Jesucristo, fuente y Autor de todos los bienes, desea que produzcamos con la ayuda de la gracia. Además, todos saben por experiencia que, segundo la propia ley de la naturaleza humana, cuando el cuerpo no está pesado en consecuencia de la comida, la mente queda más ágil, y se aplica con más eficacia en meditar aquel inefable y sublime misterio que permanece en el espíritu como en un templo, aumentándole el amor divino. (Pío XII. Constitución Apostólica Christus Dominus, 6 de enero de 1953)

  • Exhortación a que guarden la antigua y venerable ley del ayuno eucarístico

Para que los fieles pudieran recibir con frecuencia la Sagrada Comunión y cumplieran con mayor facilidad el precepto de oír la Santa Misa los días festivos, a comienzo del año 1953 promulgamos la Constitución Apostólica Christus Dominus, en la que mitigamos la disciplina del ayuno eucarístico. […] Nos, atendiendo al notable cambio que se ha operado en el modo de ser del trabajo y de los oficios públicos y aun de toda la vida social, hemos determinado acceder a las instantes suplicas de los sagrados Pastores y, por ello, decretamos: […] El tiempo del ayuno eucarístico que han de guardar los sacerdotes antes de la celebración de la Misa, y los fieles antes de la sagrada Comunión, tanto en las horas que preceden como en las que siguen al mediodía, queda limitado a tres horas en cuanto a los alimentos sólidos y las bebidas alcohólicas, y a una hora en cuanto a bebidas no alcohólicas; el agua no rompe el ayuno. […] Exhortamos, sin embargo, vivamente a los sacerdotes y fieles, que pudieren hacerlo, a que guarden —antes de la Misa o de la sagrada Comunión— la antigua y venerable ley del ayuno eucarístico. Finalmente, todos los que gozaren de estas concesiones, procuren según su condición corresponder al beneficio recibido con un más brillante ejemplo de vida cristiana, principalmente con obras de penitencia y caridad. (Pío XII. Motu proprio Sacram Communionem, 19 de marzo de 1957)

San Agustín

  • En honor de tan gran Sacramento, el Cuerpo de Cristo debe entrar antes de los alimentos

En este caso [del ayuno eucarístico] ya no se disputa cómo hemos de hacer, sino cómo hemos de entender el sacramento. Del mismo modo, sería locura insolente el discutir qué se ha de hacer, cuando toda la Iglesia universal tiene ya una práctica establecida. […] Bien claro se ve que, cuando los discípulos recibieron por primera vez el cuerpo y sangre del Señor, no los recibieron en ayunas. Pero ¿hemos de reprochar por eso a la Iglesia, porque ahora se recibe en ayunas? Plugo al Espíritu Santo que, en honor de tan gran Sacramento, entrase en la boca del cristiano el cuerpo de Cristo antes que los otros alimentos. Esa es la razón de que tal costumbre se guarde en todo el orbe. El Señor lo ofreció después de comer, pero no por eso deben reunirse los hermanos para recibir el Sacramento después de comer o cenar, o mezclarlo con las otras viandas en sus mesas, como lo hacían aquellos a quienes reprende y enmienda el Apóstol. El Salvador, para recomendar con mayor interés la excelsitud del Sacramento, quiso que fuese lo último que se grabase en el corazón y en la memoria de los discípulos, de quienes se iba a separar para ir a la pasión. Pero no mandó que en adelante se guardase un orden fijo, reservando esa función a los apóstoles, por quienes iba a organizar las iglesias. Si Cristo hubiese mandado que el sacramento se recibiese siempre después de los alimentos, creo que nadie hubiese cambiado tal costumbre. (San Agustín. Carta 54, a Jenaro, n. 5-6)

Pontificio Consejo para los Textos Legislativos

  • Es comprensible que la Iglesia establezca normas para el más excelso sacramento

Siendo la Eucaristía el más excelso de todos los sacramentos —porque en él no sólo se comunica la gracia divina, sino que se recibe al Autor mismo de la gracia—, es comprensible que el derecho universal de la Iglesia establezca una serie de normas, algunas ya de derecho divino, tanto para proteger y regular el ejercicio de ese derecho como para limitarlo, cuando así lo exigen la veneración debida al Cuerpo y la Sangre de Cristo, la recta formación de las conciencias y el bien común de la sociedad eclesial. (Pontificio Consejo para los Textos Legislativos. La Eucaristía en el ordenamiento jurídico de la Iglesia, n. 1, 12 de noviembre de 2005)

San Juan Crisóstomo

  • Cuando nuestras obras son por amor a Cristo, lo pesado se hace dulce

Obedezcamos, pues, a las palabras del Señor, y no contendamos ni pleiteemos. Porque, aparte de la recompensa, estos mandamientos encierran en sí mismos sumo placer y provecho. Y, si al vulgo le parecen pesados, y que reclaman mucho esfuerzo, considerad que todo eso lo hacéis por amor de Cristo, y lo pesado se os hará dulce. Si este pensamiento nos acompaña constantemente, no solo no sentiremos peso ninguno, sino que gozaremos por todos lados de muy grande placer. (San Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 16, n. 14)

II – ¿Para qué promulga leyes la Iglesia?

Sagradas Escrituras

  • Observar la ley multiplica las ofrendas

Quien observa la ley multiplica las ofrendas, quien guarda los mandamientos ofrece sacrificios de comunión. (Eclo 35, 1)

León XIII

  • Al abrazar la fe cristiana el hombre se constituye en súbdito de la Iglesia

Cuando, redimido el linaje humano, Jesucristo mandó a los apóstoles predicar el Evangelio a toda criatura, impuso también a todos los hombres la obligación de aprender y creer lo que les enseñaren; y al cumplimiento de este deber va estrechamente unida la salvación eterna. El que creyere y fuere bautizado será salvo; pero el que no creyere se condenará (Mc 16, 16). Pero al abrazar el hombre, como es deber suyo, la fe cristiana, por el mismo acto se constituye en súbdito de la Iglesia, como engendrado por ella, y se hace miembro de aquélla amplísima y Santísima sociedad, cuyo régimen, bajo su cabeza visible, Jesucristo, pertenece, por deber de oficio y con potestad suprema, al Romano Pontífice. (León XIII. Carta Encíclica Sapientiae christianae, 10 de enero de 1890)

Pío XII

  • La triple potestad establecida por Cristo a la Iglesia

Puesto que regir la sociedad humana no es otra cosa que conducirla al fin que le fue señalado con medios aptos y rectamente, es fácil ver cómo nuestro Salvador, imagen y modelo de buenos Pastores, ejercita todas estas cosas de manera admirable. Porque Él, mientras moraba en la tierra, nos instruyó, por medio de leyes, consejos y avisos, con palabras que jamás pasarán, y serán para los hombres de todos los tiempos espíritu y vida. Y, además, concedió a los Apóstoles y a sus sucesores la triple potestad de enseñar, regir y llevar a los hombres hacia la santidad; potestad que, determinada con especiales preceptos, derechos y deberes, fue establecida por El como ley fundamental de toda la Iglesia. (Pío XII. Carta Encíclica Mystici corporis Christi, I, 29 de junio de 1943)

  • Es un engaño separar la caridad de las normas jurídicas. No hay oposición entre las dos

Lamentamos y reprobamos asimismo el funesto error de los que sueñan con una Iglesia ideal, a manera de sociedad alimentada y formada por la caridad, a la que —no sin desdén— oponen otra que llaman jurídica. Pero se engañan al introducir semejante distinción; pues no entienden que el Divino Redentor por este mismo motivo quiso que la comunidad por Él fundada fuera una sociedad perfecta en su género y dotada de todos los elementos jurídicos y sociales: para perpetuar en este mundo la obra divina de la redención. Y para lograr este mismo fin, procuró que estuviera enriquecida con celestiales dones y gracias por el Espíritu Paráclito. El Eterno Padre la quiso, ciertamente, como reino del Hijo de su amor; pero un verdadero reino, en el que todos sus fieles le rindiesen pleno homenaje de su entendimiento y voluntad, y con ánimo humilde y obediente se asemejasen a Aquel que por nosotros se hizo obediente hasta la muerte. No puede haber, por consiguiente, ninguna verdadera oposición o pugna entre la misión invisible del Espíritu Santo y el oficio jurídico que los Pastores y Doctores han recibido de Cristo; pues estas dos realidades —como en nosotros el cuerpo y el alma— se completan y perfeccionan mutuamente […]. Y si en la Iglesia se descubre algo que arguye la debilidad de nuestra condición humana, ello no debe atribuirse a su constitución jurídica, sino más bien a la deplorable inclinación de los individuos al mal. Esta piadosa Madre brilla sin mancha alguna en los sacramentos, con los que engendra y alimenta a sus hijos; en la fe, que en todo tiempo conserva incontaminada; en las santísimas leyes, con que a todos manda y en los consejos evangélicos, con que amonesta; y, finalmente, en los celestiales dones y carismas con los que, inagotable en su fecundidad, da a luz incontables ejércitos de mártires, vírgenes y confesores. (Pío XII. Carta Encíclica Mystici corporis Christi, I, 29 junio 1943)

  • Las leyes son manifestación exterior de la unión de los miembros de Cristo

Nuestra trabazón en Cristo y con Cristo consiste, en primer lugar, en que, siendo la muchedumbre cristiana por voluntad de su Fundador un Cuerpo social y perfecto, ha de haber una unión de todos sus miembros por lo mismo que todos tienden a un mismo fin. Y cuanto más noble es el fin que persigue esta unión y más divina la fuente de que brota, tanto más excelente será sin duda su unidad. Ahora bien; el fin es altísimo: la continua santificación de los miembros del mismo Cuerpo para gloria de Dios y del Cordero que fue sacrificado. […] es menester que semejante unión de todos los miembros se manifieste también exteriormente, ya en la profesión de una misma fe, ya en la comunicación de unos mismos sacramentos, así en la participación de un mismo sacrificio como, finalmente, en la activa observancia de unas mismas leyes. (Pío XII. Carta Encíclica Mystici corporis Christi, I, 29 junio 1943)

Pío X

  • A la Iglesia, Cristo encomendó su doctrina y los preceptos

Tenemos ante los ojos el camino por el que llegar a Cristo: la Iglesia. Por eso, con razón, dice el Crisóstomo: Tu esperanza la Iglesia, tu salvación la Iglesia, tu refugio la Iglesia: Pues para eso la ha fundado Cristo, y la ha conquistado al precio de su sangre; y a ella encomendó su doctrina y los preceptos de sus leyes, al tiempo que la enriquecía con los generosísimos dones de su divina gracia para la santidad y la salvación de los hombres. (Pío X. Carta Encíclica E supremi apostolatus, 4 de octubre de 1903)

San Agustín

  • Lo que observa la Iglesia se guarda por recomendación o precepto de los apóstoles

Nuestro Señor Jesucristo, como Él mismo dice en su Evangelio, nos ha sometido a su yugo suave y a su carga ligera. Reunió la sociedad del nuevo pueblo con sacramentos, pocos en número, fáciles de observar, ricos en significación; así el bautismo consagrado en el nombre de la Trinidad, así la comunión de su cuerpo y sangre y cualquiera otro que se contenga en las Escrituras canónicas. Se exceptúan los sacramentos que recargaban la servidumbre del pueblo antiguo, acomodados a su corazón y a los tiempos proféticos, y que se leen también en los cinco libros de Moisés. Todo lo que observamos por tradición, aunque no se halle escrito; todo lo que observa la Iglesia en todo el orbe, se sobreentiende que se guarda por recomendación o precepto de los apóstoles o de los concilios plenarios, cuya autoridad es indiscutible en la Iglesia. Por ejemplo, la pasión del Señor, su resurrección, ascensión a los cielos y venida del Espíritu Santo desde el cielo, se celebran solemnemente cada año. Lo mismo diremos de cualquier otra práctica semejante que se observe en toda la Iglesia universal. (San Agustín. Carta 54, a Jenaro, n. 1)

Bonifacio I

  • Del ministerio de Pedro fluyó la disciplina eclesiástica

La institución de la naciente Iglesia universal tomó origen del ministerio del beato Pedro, en el cual hay su dirección y su culmen. En efecto, de su manantial fluyó, a medida que crecía el cultivo de la religión, la disciplina eclesiástica en todas las Iglesias. (Denzinger-Hünermann 233. Bonifacio I, Carta Retro maioribus al obispo Rufo de Tesalia, 11 de marzo del 422)

Zósimo

  • La Iglesia Romana está confirmada por leyes humanas y divinas

Aun cuando la tradición de los Padres ha concedido tanta autoridad a la Sede Apostólica que nadie se atrevió a discutir su juicio y si lo observo siempre por medio de los cánones y reglas, y la disciplina eclesiástica que aún rige ha tributado en sus leyes el nombre de Pedro, del que ella misma también desciende, la reverencia que le debe; así pues, siendo Pedro cabeza de tan grande autoridad y habiéndolo confirmado la adhesión de todos los mayores que la han seguido, de modo que la Iglesia Romana está confirmada tanto por leyes humanas como divinas —y no se os oculta que nosotros regimos su puesto y tenemos también la potestad de su nombre, sino que lo sabéis muy bien, hermanos carísimos, y como sacerdotes lo debéis saber. (Denzinger-Hünermann 221. Zósimo, Carta Qamvis Patrum al Sínodo de Cartago, 21 de marzo del 418)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • El conjunto de las normas, mandamientos y virtudes de la moral cristiana procede de la fe en Cristo

El Magisterio de los pastores de la Iglesia en materia moral se ejerce ordinariamente en la catequesis y en la predicación, con la ayuda de las obras de los teólogos y de los autores espirituales. Así se ha transmitido de generación en generación, bajo la dirección y vigilancia de los pastores, el “depósito” de la moral cristiana, compuesto de un conjunto característico de normas, de mandamientos y de virtudes que proceden de la fe en Cristo y están vivificados por la caridad. Esta catequesis ha tomado tradicionalmente como base, junto al Credo y el Padre Nuestro, el Decálogo que enuncia los principios de la vida moral válidos para todos los hombres. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2033)

Juan Pablo II

  • El Código está fundamentado en la herencia jurídica y legislativa de la Revelación y de la Tradición

Surge otra cuestión: qué es el Código de Derecho Canónico. Para responder correctamente a esa pregunta hay que recordar la lejana herencia de derecho contenida en los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, de la cual toma su origen, como de su fuente primera, toda la tradición jurídica y legislativa de la Iglesia. Efectivamente, Cristo Señor no destruyó en modo alguno la ubérrima herencia de la Ley y de los Profetas, que había ido creciendo poco a poco por la historia y la experiencia del Pueblo de Dios, sino que la cumplió (cf. Mt 5, 17) de tal manera que ella misma pertenece de modo nuevo y más alto a la herencia del Nuevo Testamento. Por eso, aunque San Pablo, al exponer el misterio pascual, enseña que la justificación no es nada por las obras de la ley, sino por la fe (cf. Rom 3,28; Gál 2,16), sin embargo ni excluye la fuerza obligante del Decálogo (cf. Rom 13, 8-10; Gál 5, 13-25 y 6,2), ni niega la importancia de la disciplina en la Iglesia de Dios (cf. 1 Cor cap. 5 y 6). Así, los escritos del Nuevo Testamento nos permiten captar mucho más esa misma importancia de la disciplina y poder entender mejor  los vínculos que la conexionan de modo muy estrecho con el carácter salvífico del anuncio mismo del Evangelio. […] El Código, en cuanto que, al ser el principal documento legislativo de la Iglesia, está fundamentado en la herencia jurídica y legislativa de la Revelación y de la Tradición, debe ser considerado instrumento muy necesario para mantener el debido orden tanto en la vida individual y social, como en la actividad misma de la Iglesia. Por eso, además de los elementos fundamentales de la estructura jerárquica y orgánica de la Iglesia establecidos por el divino Fundador o fundados en la tradición apostólica o al menos en tradición antiquísima; y además de las normas principales referentes al ejercicio de la triple función encomendada a la Iglesia misma, es preciso que el Código defina también algunas reglas y normas de actuación. (Juan Pablo II. Constitución Apostólica Sacrae Disciplinae Leges, 25 de enero de 1983)

  • La Iglesia necesita leyes canónicas y exige que sean observadas

Es que, en realidad, el Código de Derecho Canónico es del todo necesario a la Iglesia. Por estar constituida a modo de cuerpo también social y visible, ella necesita normas para hacer visible su estructura jerárquica y orgánica, para ordenar correctamente el ejercicio de las funciones confiadas a ella divinamente, sobre todo de la potestad sagrada y de la administración de los sacramentos […]. Finalmente, las leyes canónicas exigen por su naturaleza misma ser observadas; por ello se ha puesto la máxima diligencia en la larga preparación del Código, para que se lograra una aquilatada formulación de las normas y éstas se basaran en sólido fundamento jurídico, canónico y teológico. (Juan Pablo II. Constitución Apostólica Sacrae Disciplinae Leges, 25 de enero de 1983)

Benedicto XVI

  • El Código contiene normas para el bien de la persona y de las comunidades en todo el Cuerpo Místico

El congreso, que se celebra en este significativo aniversario, afronta un tema de gran interés, porque pone de relieve la íntima relación que existe entre la ley canónica y la vida de la Iglesia de acuerdo con la voluntad de Jesucristo. Por eso, en esta ocasión deseo reafirmar un concepto fundamental que informa el derecho canónico. El ius Ecclesiae no es sólo un conjunto de normas emanadas por el Legislador eclesial para este pueblo especial que es la Iglesia de Cristo. Es, en primer lugar, la declaración autorizada, por parte del Legislador eclesial, de los deberes y de los derechos, que se fundan en los sacramentos y que, por consiguiente, han nacido de la institución de Cristo mismo. Este conjunto de realidades jurídicas, indicado por el Código, forma un admirable mosaico en el que se encuentran representados los rostros de todos los fieles, laicos y pastores, y de todas las comunidades, desde la Iglesia universal hasta las Iglesias particulares. […] El Código de derecho canónico contiene, además, las normas emanadas por el Legislador eclesial para el bien de la persona y de las comunidades en todo el Cuerpo místico, que es la santa Iglesia. […] De ese modo, la Iglesia reconoce a sus leyes la naturaleza y la función instrumental y pastoral para perseguir su propio fin, que, como es sabido, es conseguir la salus animarum. […] (Benedicto XVI. Discurso a un Congreso con ocasión del 25º aniversario de la promulgación del Código de Derecho Canónico, 25 de enero de 2008)

  • La ley de la Iglesia nos hace libres

Dado que el derecho canónico traza la regla necesaria para que el pueblo de Dios pueda dirigirse eficazmente hacia su fin, se comprende la importancia de que ese derecho deba ser amado y observado por todos los fieles. La ley de la Iglesia es, ante todo, lex libertatis: ley que nos hace libres para adherirnos a Jesús. Por eso, es necesario saber presentar al pueblo de Dios, a las nuevas generaciones, y a todos los que están llamados a hacer respetar la ley canónica, el vínculo concreto que tiene con la vida de la Iglesia, para tutelar los delicados intereses de las cosas de Dios, y para proteger los derechos de los más débiles, de los que no cuentan con otras fuerzas, pero también en defensa de los delicados “bienes” que todos los fieles han recibido gratuitamente —ante todo el don de la fe, de la gracia de Dios— y que en la Iglesia no pueden quedar sin la adecuada protección por parte del Derecho. (Benedicto XVI. Discurso a un Congreso con ocasión del 25º aniversario de la promulgación del Código de Derecho Canónico, 25 de enero de 2008)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • El carácter obligatorio de las leyes eclesiales tiene por fin el crecimiento espiritual

Los mandamientos de la Iglesia se sitúan en la línea de una vida moral referida a la vida litúrgica y que se alimenta de ella. El carácter obligatorio de estas leyes positivas promulgadas por la autoridad eclesiástica tiene por fin garantizar a los fieles el mínimo indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral, en el crecimiento del amor de Dios y del prójimo. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2041)

  • La consideración individual no se ha de oponer al Magisterio de la Iglesia

La conciencia de cada cual en su juicio moral sobre sus actos personales, debe evitar encerrarse en una consideración individual. Con mayor empeño debe abrirse a la consideración del bien de todos según se expresa en la ley moral, natural y revelada, y consiguientemente en la ley de la Iglesia y en la enseñanza autorizada del Magisterio sobre las cuestiones morales. No se ha de oponer la conciencia personal y la razón a la ley moral o al Magisterio de la Iglesia. Así puede desarrollarse entre los cristianos un verdadero espíritu filial con respecto a la Iglesia. Es el desarrollo normal de la gracia bautismal, que nos engendró en el seno de la Iglesia y nos hizo miembros del Cuerpo de Cristo. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2039-2040)

  • Los decretos promulgados, aunque sean disciplinares, requieren docilidad

La autoridad del Magisterio se extiende también a los preceptos específicos de la ley natural, porque su observancia, exigida por el Creador, es necesaria para la salvación. Recordando las prescripciones de la ley natural, el Magisterio de la Iglesia ejerce una parte esencial de su función profética de anunciar a los hombres lo que son en verdad y de recordarles lo que deben ser ante Dios. La ley de Dios, confiada a la Iglesia, es enseñada a los fieles como camino de vida y de verdad. Los fieles, por tanto, tienen el derecho de ser instruidos en los preceptos divinos salvíficos que purifican el juicio y, con la gracia, sanan la razón humana herida. Tienen el deber de observar las constituciones y los decretos promulgados por la autoridad legítima de la Iglesia. Aunque sean disciplinares, estas determinaciones requieren la docilidad en la caridad. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2036-2037)

Pío IX

  • Procurad guardar las leyes santísimas de la Iglesia

Con igual constancia procurad guardar las leyes santísimas de la Iglesia, con las cuales florecen y tienen vida la virtud, la piedad y la Religión. Y como es gran piedad exponer a la luz del día los escondrijos de los impíos y vencer en ellos al mismo diablo a quien sirven, os rogamos que con todo empeño pongáis de manifiesto sus insidias, errores, engaños, maquinaciones, ante el pueblo fiel, le impidáis leer libros perniciosos, y le exhortéis con asiduidad a que, huyendo de la compañía de los impíos y sus sectas como de la vista de la serpiente, evite con sumo cuidado todo aquello que vaya contra la fe, la Religión, y la integridad de costumbres. En procura de esto, no omitáis jamás la predicación del santo Evangelio, para que el pueblo cristiano, cada día mejor instruido en las santísimas obligaciones de la cristiana ley, crezca de este modo en la ciencia de Dios, se aparte del mal, practique el bien y camine por los senderos del Señor. (Pío IX. Carta Encíclica Qui pluribus, n. 11, 9 de noviembre de 1846)

León XIII

  • Desconocen la naturaleza y el alcance de las leyes los que reprueban su cumplimiento

Desconocen seguramente la naturaleza y alcance de las leyes los que reprueban semejante constancia en el cumplimiento del deber, tachándola de sediciosa. Hablamos de cosas sabidas y nos mismos las hemos explicado ya otras veces. La ley no es otra cosa que el dictamen de la recta razón promulgado por la potestad legitima para el bien común. Pero no hay autoridad alguna verdadera y legítima si no proviene de Dios, soberano y supremo Señor de todos, a quien únicamente pertenece el dar poder al hombre sobre el hombre; ni se ha de juzgar recta la razón cuando se aparta de la verdad y la razón divina, ni verdadero bien el que repugna al bien sumo e inconmutable, o tuerce las voluntades humanas y las separa del amor de Dios. (León XIII. Carta Encíclica Sapientiae christianae, 10 de enero de 1890)

Pío XI

  • Es un atentado criminal fomentar el abandono a las leyes eclesiales

La observancia concienzuda de los diez mandamientos de la ley de Dios y de los preceptos de la Iglesia —estos últimos, en definitiva, no son sino disposiciones derivadas de las normas del Evangelio—, es para todo individuo una incomparable escuela de disciplina orgánica, de vigorización moral y de formación del carácter. Es una escuela que exige mucho, pero no más de lo que podemos. Dios misericordioso, cuando ordena como legislador: “Tú debes”, da con su gracia la posibilidad de ejecutar su mandato. El dejar, por consiguiente, inutilizadas las energías morales de tan poderosa eficacia o el obstruirles a sabiendas el camino en el campo de la instrucción popular, es obra de irresponsables, que tiende a producir una depauperación religiosa en el pueblo. El solidarizar la doctrina moral con opiniones humanas, subjetivas y mudables en el tiempo, en lugar de cimentarla en la santa voluntad de Dios eterno y en sus mandamientos, equivale a abrir de par en par las puertas a las fuerzas disolventes. Por lo tanto, fomentar el abandono de las normas eternas de una doctrina moral objetiva, para la formación de las conciencias y para el ennoblecimiento de la vida en todos sus planos y ordenamientos, es un atentado criminal contra el porvenir del pueblo, cuyos tristes frutos serán muy amargos para las generaciones futuras. (Pío XI. Carta Encíclica Mit Brennender Sorge, cap. 7, n. 34, 14 de marzo de 1937)

León XIII

  • Es falsa civilización la que se choca con las leyes de la Iglesia

Esa civilización que choca de frente con las santas doctrinas y las leyes de la Iglesia, no es sino una falsa civilización, y debe considerársela como un nombre vano y vacío. (León XIII. Carta Encíclica Inscrutabili Dei consilio, n. 4, 21 de abril de 1878)

San Juan Crisóstomo

  • Las leyes no son crueles ni molestas o pesadas. Todas proceden de una sola y misma providencia

¿Veis como los mandamientos de Dios no suponen crueldad, sino mucho amor a los hombres? Y ni por eso llamas duro y pesado al legislador. […] El Dios del Antiguo Testamento, que ellos tienen por cruel, resultaría ser el benigno y manso, y el del Nuevo Testamento, a quien confiesan por bueno, sería el duro y pesado, según su locura. Según su locura, digo, porque nosotros no admitimos más que un solo y mismo legislador de uno y de otro Testamento, que todo lo dispuso convenientemente y acomodó a la diferencia de los tiempos la diferencia de sus leyes. Consiguientemente, ni las antiguas leyes son crueles, ni las nuevas molestas y pesadas, sino todo procede de una sola y misma providencia. (San Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 16, n. 7)


Descubre otra innovación:  

“Buena onda”, “energías”, la oración… ¿vale todo?

Dentro de la gravedad del momento presente, el "Denzinger-Bergoglio" es consciente de la importancia de oír y dar voz al Pueblo de Dios mediante los comentarios contenidos en esta página. No significa, sin embargo, que todos ellos expresen nuestras ideas. De forma diferente a otras páginas que censuran las intervenciones de sus lectores, queremos dar libertad para que cada uno opine sobre la actual situación de la Iglesia. Pero, dado el caráter peculiar de nuestra página debemos evitar los foros paralelos.

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