78 – El verdadero poder es el servicio y no hay otro camino en la Iglesia. Para el cristiano, progresar significa abajarse

Al recorrer las páginas de la Historia de la humanidad, en las épocas más distantes, en los pueblos más lejanos entre sí y con las culturas más dispares, sobresale un rasgo en común: el egoísmo, la disputa por el poder, la ganancia y todos los demás vicios relacionados con el orgullo. No es de admirar, pues los padres de todos ellos, Adán y Eva, cayeron en la trampa del maligno por juzgar que por una desobediencia serían “como dioses” (cf. Gn 3, 5). Hete aquí la fuente del orgullo humano.

Jesucristo, en cambio, cuando vino al mundo, no hizo otra cosa sino enseñar a los hombres la maldad del orgullo, y toda su vida fue un profundo ejemplo de humildad: quiso hacerse hombre, nacer en el pesebre, morir en la Cruz… E indicó a sus discípulos el camino a seguir: “El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 26-28).

Sin embargo, la humildad de Jesús que todos somos invitados a imitar es, muchas veces, confundida con una falsa modestia que lleva a olvidar la grandeza de la vocación cristiana, con una actitud apocada de rendición frente a los enemigos de la Iglesia o hasta con una simulada atenuación de la doctrina y moral católica para no “herir” los sentimientos de los que piensan de forma diferente. Por eso, como no podía ser diferente, no faltan los que se aprovechan de ciertas afirmaciones de la Jerarquía eclesiástica para propagar esta visión distorsionada…

Tal vez algo semejante haya ocurrido con el Papa Francisco en una de sus homilías matutinas al tratar sobre este tema. ¿Sus palabras habrán sido bien comprendidas? ¿O más bien cabe preguntarse cuál fue su intención al pronunciarlas? El Magisterio, los Padres y Doctores de la Iglesia pueden ayudarnos a responder.

Francisco

Cita A

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores
I – La humildad de Jesús es perfectamente armónica con la majestad y la gloria
II – Para el cristiano, ¿qué es la humildad?
III – La valentía de seguir a Cristo sin componendas es la salvaguardia de la humildad y el servicio prioritario a los demás
IV – Razones para tener santa altivez por pertenecer a la Santa Iglesia

I – La humildad de Jesús es perfectamente armónica con la majestad y la gloria

Santo Tomás de Aquino

Humildad tanto más admirable cuanto más sublime es su majestad

Aunque la virtud de la humildad no convenga a Cristo según su naturaleza divina, le pertenece, sin embargo, según su naturaleza humana, haciéndose dicha humildad más laudable por su divinidad; pues la dignidad de la persona engrandece la alabanza de la humildad, como sucede cuando algún magnate se ve por cierta necesidad en trance de padecer bajezas. Mas en el hombre no puede haber dignidad más alta que la de ser Dios. Por eso, la humildad del Hombre Dios es la más grande humildad, pues soportó las bajezas que convenía padeciera para salvar a los hombres. Porque los hombres, inducidos por la soberbia, eran amadores de la gloria mundana. Así, pues, para que la afición humana de amar la gloria mundana se trocara en amor de la gloria divina, quiso padecer la muerte, no una cualquiera, sino la más afrentosa. […] Por lo cual, aunque se hallasen muchos ejemplos de humildad en otros hombres, no obstante, fue conveniente que fueran impulsados a ello por el ejemplo del Dios Hombre quien sabemos que no pudo errar y cuya humildad es tanto más admirable cuanto más sublime es su majestad. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra los gentiles, L. IV, c. 55, n. 19-20)

Catecismo Romano

Jesús abarca lo más humillante y lo más grandioso

Los demás artículos del Símbolo que se refieren a Jesucristo nos muestran su inmensa bondad en la humillación: nada, en efecto, puede concebirse más humillante que el hecho de que Él haya querido asumir nuestra humana y débil naturaleza y padecer y morir por nosotros. La resurrección, en cambio […], y la ascensión, con el consiguiente triunfo a la diestra del Padre, representan lo más grandioso y admirable que puede decirse para la glorificación de su divina y gloriosa majestad. (Catecismo Romano, c. VI, IV, a)

Sagradas Escrituras

Ante Pilato, Jesús se declara rey

Pilato le dijo: “¿Entonces tú eres rey?”. Jesús respondió: “Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz”. (Jn 18, 37)

En vísperas de su Pasión, Jesús ruega al Padre que lo glorifique

Así habló Jesús y, levantando los ojos al cielo, dijo: “Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese”. (Jn 17, 1-5)

La humillación fue camino para la gloria

Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismohecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre. (Flp 2, 5-11)

Benedicto XVI

Ante Cristo crucificado se arrodilla todo el universo

San Pablo precisa: Cristo bajó del cielo a la cruz, la obediencia última. Y en este momento se realiza esta palabra del Profeta: ante Cristo crucificado todo el cosmos, el cielo, la tierra y el abismo, se arrodilla (cf. Flp 2, 10-11). Él es realmente expresión de la verdadera grandeza de Dios. La humildad de Dios, el amor hasta la cruz, nos demuestra quién es Dios. Ante él nos ponemos de rodillas, adorando. (Benedicto XVI. Encuentro con los párrocos y sacerdotes de la diócesis de Roma, 10 de marzo de 2011)

Jesús está a la derecha del Padre con los adversarios a sus pies

Oráculo del Señor a mi Señor: ‘Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies’”. […] Jesús mismo menciona este versículo a propósito del Mesías para mostrar que el Mesías es más que David, es el Señor de David (cf. Mt 22, 41-45; Mc 12, 35-37; Lc 20, 41-44); y Pedro lo retoma en su discurso en Pentecostés anunciando que en la resurrección de Cristo se realiza esta entronización del rey y que desde ahora Cristo está a la derecha del Padre, participa en el señorío de Dios sobre el mundo (cf. Hch 2, 29-35). En efecto, Cristo es el Señor entronizado, el Hijo del hombre sentado a la derecha de Dios que viene sobre las nubes del cielo, como Jesús mismo se define durante el proceso ante el Sanedrín (cf. Mt 26, 63-64; Mc 14, 61-62; cf. también Lc 22, 66-69). Él es el verdadero rey que con la resurrección entró en la gloria a la derecha del Padre (cf. Rm 8, 34; Ef 2, 5; Col 3, 1; Hb 8, 1; 12, 2), hecho superior a los ángeles, sentado en los cielos por encima de toda potestad y con todos sus adversarios a sus pies, hasta que la última enemiga, la muerte, sea definitivamente vencida por él (cf. 1 Co 15, 24-26; Ef 1, 20-23; Hb 1, 3-4.13; 2, 5-8; 10, 12-13; 1 P 3, 22). (Benedicto XVI. Audiencia general, 16 de noviembre de 2011)

San Juan Crisóstomo

Jesucristo declaró ser el Señor del universo y la luz del mundo

¿Qué dice Cristo? Pues ellos continuamente traían en la boca lo de profeta y Galilea, El los saca de semejante opinión y les declara no ser uno de los profetas, sino el Señor del universo. Les dice: Yo soy la luz del mundo. No de Galilea, no de Judea, no de Palestina. Y los judíos ¿qué le responden?: Tú das testimonio de ti mismo. No es fidedigno tu testimonio. ¡Ah necedad! […] ¿Cuál fue el testimonio que dio?: Yo soy la luz del mundo. Sentencia altísima, altísima verdad. (San Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Evangelio de San Juan. Homilía LII)

Catecismo de la Iglesia Católica

Manifestó claramente su excelsa condición de Hijo de Dios…

Si Pedro pudo reconocer el carácter transcendente de la filiación divina de Jesús Mesías es porque éste lo dejó entender claramente. Ante el Sanedrín, a la pregunta de sus acusadores: “Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?”, Jesús ha respondido: “Vosotros lo decís: yo soy” (Lc 22,70; cf. Mt 26,64; Mc 14,61). Ya mucho antes, Él se designó como el “Hijo” que conoce al Padre (cf. Mt 11,27; 21,37-38), que es distinto de los “siervos” que Dios envió antes a su pueblo (cf. Mt 21,34-36), superior a los propios ángeles (cf. Mt 24,36). Distinguió su filiación de la de sus discípulos, no diciendo jamás “nuestro Padre” (cf. Mt 5,48; 6,8; 7,21; Lc 11,13) salvo para ordenarles “vosotros, pues, orad así: Padre Nuestro” (Mt 6,9); y subrayó esta distinción: “Mi Padre y vuestro Padre” (Jn 20,17). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 443)

Juan Pablo II

… y quiso que otros la reconocieran

Jesucristo hablaba a menudo de sí, utilizando el apelativo de “Hijo del hombre” (cf. Mt 16, 28; Mc 2, 28). Dicho título […] respondía a aquella “pedagogía de la fe”, a la que Jesús recurría voluntariamente. En efecto, deseaba que sus discípulos y los que le escuchaban llegasen por sí solos al descubrimiento de que “el Hijo del hombre” era al mismo tiempo el verdadero Hijo de Dios. De ello tenemos una demostración muy significativa en la profesión de Simón Pedro, hecha en los alrededores de Cesarea de Filipo […]. Jesús provoca a los Apóstoles con preguntas y cuando Pedro llega al reconocimiento explícito de su identidad divina, confirma su testimonio llamándolo “bienaventurado tú, porque no es la carne ni la sangre quien esto te ha revelado sino mi Padre” (cf. Mt 16, 17). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 26 de agosto de 1987)

San Agustín

Cristo afirma de sí lo menor; y Pedro, de Cristo, lo mayor

He aquí la confesión verdadera y plena. Debes unir una y otra cosa: lo que Cristo dice de sí y lo que Pedro dice de Cristo. ¿Qué dijo Cristo de sí? “¿Quién dicen los hombres que soy yo, el hijo del hombre?” ¿Y qué dice Pedro de Cristo? “Tú eres Cristo, el hijo de Dios vivo”. Une las dos cosas y así Cristo ha venido en la carne. Cristo afirma de sí lo menor, y Pedro, de Cristo, lo mayor. La humildad habla de la verdad, y la verdad, de la humildad; es decir, la humildad, de la verdad de Dios, y la verdad, de la humildad del hombre. (San Agustín. Sermón 183, 3, 4)

Sagradas Escrituras

A los fariseos les indigna la alabanza debida a Jesús, pero Él no la rechaza

Los sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que había hecho y a los niños que gritaban en el templo “¡Hosanna al Hijo de David!”, se indignaron y le dijeron: “¿Oyes lo que dicen estos?”. Y Jesús les respondió: “Sí; ¿no habéis leído nunca: ‘De la boca de los pequeñuelos y de los niños de pecho sacará una alabanza’?” (Mt 21, 15-16)

Y, cuando se acercaba ya a la bajada del monte de los Olivos, la multitud de los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto, diciendo: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas”. Algunos fariseos de entre la gente le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”. Y respondiendo, dijo: “Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras” (Lc 19, 37-40)

II – Para el cristiano, ¿qué es la humildad?

Benedicto XVI

Debemos aprender de Cristo la recta humildad

Hay caricaturas de una humildad equivocada y una falsa sumisión que no queremos imitar. Pero existe también la soberbia destructiva y la presunción, que disgregan toda comunidad y acaban en la violencia. ¿Sabemos aprender de Cristo la recta humildad, que corresponde a la verdad de nuestro ser, y esa obediencia que se somete a la verdad, a la voluntad de Dios? (Benedicto XVI. Homilía en la Misa Crismal, 9 de abril de 2009)

Santa Teresa de Jesús

Humildad es andar en verdad

Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante, a mi parecer sin considerarlo, sino de presto, esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad, que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira. A quien más lo entienda agrada más a la suma Verdad, porque anda en ella. (Santa Teresa de Jesús. Castillo interior o Moradas, Moradas sextas, c. 10, n. 7)

Juan Pablo II

La humildad es la conciencia de la propia pequeñez con relación a Dios...

La actitud fundamental del hombre frente a Dios es por tanto la humildad, es decir, la límpida y serena autoconciencia de la propia pequeñez, del propio límite, de la propia contingencia, y condición de criatura con relación al Eterno, al Omnisciente. (Juan Pablo II. Discurso a los profesores y estudiantes de la Universidad de Perusa, n. 2, 26 de octubre de 1986)

...es sumisión a la verdad y condición de la grandeza

La humildad es sumisión creativa a la fuerza de la verdad y del amor. La humildad es rechazo de las apariencias y de la superficialidad; es la expresión de la profundidad del espíritu humano; es condición de su grandeza. (Juan Pablo II. Ángelus, 4 de marzo de 1979)

Benedicto XVI

La humildad no es falsa modestia

“He servido al Señor con toda humildad”. […] “Humildad” no quiere decir falsa modestiaagradecemos los dones que el Señor nos ha concedido—, sino que indica que somos conscientes de que todo lo que podemos hacer es don de Dios, se nos concede para el reino de Dios. Trabajamos con esta “humildad”, sin tratar de aparecer. No buscamos alabanzas, no buscamos que nos vean; para nosotros no es un criterio decisivo pensar qué dirán de nosotros en los diarios o en otros sitios, sino qué dice Dios. Esta es la verdadera humildad: no aparecer ante los hombres, sino estar en la presencia de Dios y trabajar con humildad por Dios, y de esta manera servir realmente también a la humanidad y a los hombres. (Benedicto XVI. Encuentro con los párrocos y sacerdotes de la diócesis de Roma, 10 de marzo de 2011)

Pío X

El ejemplo de San Anselmo: humildad con magnanimidad, fuerza con suavidad

Anselmo se tenía a sí mismo por un hombrecillo despreciable, desconocido, de escasa cultura y de vida pecadora. Pero aunque sintiese tan bajamente de si, ello no disminuía en nada la alteza de sus pensamientos, como suelen pensar los hombres corrompidos moral e intelectualmente, de los cuales dice la Sagrada Escritura, que “el hombre animal no prende las cosas que son según el espíritu de Dios” (1Co 2, 14). […] Se hallaban por tanto de acuerdo en él dos cosas que el mundo juzga falsamente irreconciliables y contradictorias, a saber: la simplicidad con la grandeza, humildad con la magnanimidad, la fuerza con la suavidad, la ciencia en fin con la piedad; de tal manera que, tanto en los comienzos de su vida religiosa como durante todo el tiempo de su vida, fue tenido por todos, “de una manera singular, como un modelo de santidad y de doctrina”. (Pío X. Encíclica Communium rerum, n. 7-8, 21 de abril de 1909)

Pío XI

La humildad se compagina con la dignidad y no con la degradación de sí mismo

La humildad en el espíritu del Evangelio y la impetración del auxilio divino se compaginan bien con la propia dignidad, con la seguridad de sí mismo y con el heroísmo. La Iglesia de Cristo, que en todos los tiempos, hasta en los más cercanos a nosotros, cuenta más confesores y heroicos mártires que cualquier otra sociedad moral, no necesita, ciertamente, recibir de algunos campos enseñanzas sobre el heroísmo de los sentimientos y de los actos. En su necio afán de ridiculizar la humildad cristiana como una degradación de sí mismo y como una actitud cobarde, la repugnante soberbia de estos innovadores no consigue más que hacerse ella misma ridícula. (Pío XI. Carta Encíclica Mit Brennender Sorge, n. 32, 14 de marzo de 1937)

Santo Tomás de Aquino

El simple rebajamiento externo es gran soberbia

La humildad, en cuanto virtud, lleva consigo cierto laudable rebajamiento de sí mismo. Esto se hace, a veces, sólo con signos externos y es fingido, constituyendo la falsa humildad, de la cual dice San Agustín, en una carta, que es gran soberbia, porque parece que busca la excelencia de la gloria. Pero a veces se hace por un movimiento interno del alma, en cuyo caso la humildad se considera como virtud propiamente dicha, porque la virtud no consiste en manifestaciones externas, sino principalmente en la decisión interna de la mente, como afirma el Filósofo en Ethic. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 161, a. 1, ad 2)

III – La valentía de seguir a Cristo sin componendas es la salvaguardia de la humildad y el servicio prioritario a los demás

Benedicto XVI

La humildad no es abandonismo sino camino de valentía

Queridos jóvenes, me parece que en estas palabras de Dios sobre la humildad se encierra un mensaje importante y muy actual para vosotros, que queréis seguir a Cristo y formar parte de su Iglesia. El mensaje es este: no sigáis el camino del orgullo, sino el de la humildad. Id contra corriente […]. Los que parecen más alejados de la mentalidad y de los valores del Evangelio, tienen profunda necesidad de ver a alguien que se atreva a vivir de acuerdo con la plenitud de humanidad manifestada por Jesucristo. Así pues, queridos jóvenes, el camino de la humildad no es un camino de renuncia, sino de valentía. No es resultado de una derrota, sino de una victoria del amor sobre el egoísmo y de la gracia sobre el pecado. Siguiendo a Cristo e imitando a María, debemos tener la valentía de la humildad; debemos encomendarnos humildemente al Señor, porque sólo así podremos llegar a ser instrumentos dóciles en sus manos, y le permitiremos hacer en nosotros grandes cosas. […] Como veis, queridos jóvenes, la humildad que el Señor nos ha enseñado y que los santos han testimoniado, cada uno según la originalidad de su vocación, no es ni mucho menos un modo de vivir abandonista. […] En verdad, son numerosos y grandes los desafíos que debéis afrontar. Pero el primero sigue siendo siempre seguir a Cristo a fondo, sin reservas ni componendas. (Benedicto XVI. Homilía en la visita pastoral a Loreto con ocasión del Ágora de los jóvenes italianos, 2 de septiembre de 2007)

Juan Pablo II

El cristiano debe hablar de la fe con franqueza y valentía

El anuncio está animado por la fe, que suscita entusiasmo y fervor en el misionero. Como ya se ha dicho, los Hechos de los Apóstoles expresan esta actitud con la palabra “parresía”, que significa hablar con franqueza y valentía; este término se encuentra también en San Pablo: “Confiados en nuestro Dios, tuvimos la valentía de predicaros el Evangelio de Dios entre frecuentes luchas” (1 Tes 2, 2). “Orando … también por mí, para que me sea dada la Palabra al abrir mi boca y pueda dar a conocer con valentía el misterio del Evangelio, del cual soy embajador entre cadenas, y pueda hablar de él valientemente como conviene” (Ef 6, 19-20). (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 45, 7 de diciembre de 1990)

El servicio de la verdad es la tarea prioritaria de los obispos

Hoy día, frente al humanismo autosuficiente que con frecuencia prescinde de Dios; frente a quien olvida la condición peregrinante del hombre sobre la tierra; frente a doctrinas o conductas personales y sociales incompatibles con la moral del Evangelio, es necesario que los fieles encuentren en sus Pastores ante todo la luz de la fe y de la enseñanza, que tienen derecho a recibir con abundancia y en toda su pureza (Lumen gentium, n. 37). […] Para poder hacer frente a los desafíos del presente, es necesario que la Iglesia aparezca, a todo nivel, como “columna y fundamento de la verdad” (1 Tim 3, 15). El servicio de la Verdad, que es Cristo, es nuestra tarea prioritaria. Esta Verdad es revelada. No nace de la simple experiencia humana. Es Dios mismo, que en Jesucristo, por medio del Espíritu Santo, se da a conocer al hombre. […] Nuestra firmeza vendrá de ese sólido fundamento, ya que la Iglesia hoy, a pesar de todas las dificultades del ambiente, no puede hablar de manera diversa a como Cristo habló. Por ello la Iglesia, y ante todo sus Pastores, habrán de encontrarse unidos en torno a la Verdad Absoluta que es Dios, y anunciarla en toda su integridad y pureza. (Juan Pablo II. Discurso al segundo grupo de obispos de Chile en visita “ad limina”, n. 2, 8 de noviembre de 1984)

Pío XI

El primer don del sacerdote al mundo es el servicio de la verdad

[El] amor inteligente y misericordioso para con los descarriados y para con los mismos que os ultrajan no significa, ni en manera alguna puede significar, renuncia a proclamar, a hacer valer y a defender con valentía la verdad, y a aplicarla a la realidad que os rodea. El primero y más obvio don amoroso del sacerdote al mundo es servirle la verdad, la verdad toda entera; desenmascarar y refutar el error, cualquiera que sea su forma o su disfraz. La renuncia a esto sería no solamente una traición a Dios y a vuestra santa vocación, sino un delito en lo tocante al verdadero bienestar de vuestro pueblo y de vuestra patria. (Pío XI. Encíclica Mit Brennender Sorge, n. 44, 14 de marzo de 1937)

Pío XII

El principal deber del Papa es dar testimonio de la verdad corrigendo a los que erran

Como Vicario de Aquel que, en una hora decisiva, delante del representante de la más alta autoridad de aquel tiempo, pronunció la augusta palabra: Yo para esto nací y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo aquel que pertenece a la verdad, oye mi voz (Jn 18, 37), declaramos que el principal deber que nos impone nuestro oficio y nuestro tiempo es “dar testimonio de la verdad”. Este deber, que debemos cumplir con firmeza apostólica, exige necesariamente la exposición y la refutación de los errores y de los pecados de los hombres, para que, vistos y conocidos a fondo, sea posible el tratamiento médico y la cura: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). (Pío XII. Encíclica Summi Pontificatus, n. 14, 20 de octubre de 1939)

Pío X

Abajarse ante los enemigos de la Iglesia es una culpable omisión pastoral

A vosotros, Venerables Hermanos, a quienes la Divina Providencia ha constituido pastores y guías del pueblo cristiano, incumbe la obligación de procurar resistir con todo empeño a esta funestísima tendencia de la moderna sociedad, de adormecerse en una vergonzosa inercia, mientras recrudece la guerra contra la religión, procurando una cobarde neutralidad e interpretando falsamente los derechos divinos y humanos, por medio de rodeos y convenios, y sin acordarse de aquella categórica sentencia de Cristo: “el que no esta conmigo esta contra mí” (Mt 12, 30). No queremos decir que los ministros de Cristo deban hacer caso omiso de la caridad paterna, ya que a ellos se refieren principalmente las palabras del apóstol: “Me he hecho todo a todos, para salvarlos a todos” (1 Co 9, 22), ni que no convenga a veces ceder algo del propio derecho, en cuanto sea posible y según lo exija la salvación de las almas. Pero a vosotros, que os halláis animados por la caridad de Cristo, nadie podrá achacaros esta culpa. Por lo demás, esta justa condescendencia, no implica ninguna falta en el cumplimiento del deber, ni viola en lo más mínimo los inmutables y eternos principios de la verdad y de la justicia. (Pío X. Encíclica Communium rerum, n. 31, 21 de abril de 1909)

Benedicto XV

El ejemplo de San Jerónimo: humildad en oír a la Iglesia e intransigencia con sus enemigos

A fuera de hombre celoso en defender la integridad de la fe, [San Jerónimo] luchó denodadamente con los que se habían apartado de la Iglesia, a los cuales consideraba como adversarios propios: “Responderé brevemente que jamás he perdonado a los herejes y que he puesto todo mi empeño en hacer de los enemigos de la Iglesia mis propios enemigos personales”. Y en carta a Rufino: “Hay un punto sobre el cual no podré estar de acuerdo contigo: que, transigiendo con los herejes, pueda aparecer no católico”. Sin embargo, condolido por la defección de éstos, les suplicaba que hicieran por volver al regazo de la Madre afligida, única fuente de salvación, y rezaba por “los que habían salido de la Iglesia y, abandonando la doctrina del Espíritu Santo, seguían su propio parecer”, para que de todo corazón se convirtieran. Si alguna vez fue necesario, venerables hermanos, que todos los clérigos y el pueblo fiel se ajusten al espíritu del Doctor Máximo, nunca más necesario que en nuestra época, en que tantos se levantan con orgullosa terquedad contra la soberana autoridad de la revelación divina y del Magisterio de la Iglesia. […] Ojalá todos los católicos se atengan a la regla de oro del santo Doctor y, obedientes al mandato de su Madre, se mantengan humildemente dentro de los límites señalados por los Padres y aprobados por la Iglesia. (Benedicto XV. Encíclica Spiritus Paraclitus, n. 41-42, 15 de septiembre de 1920)

IV – Razones para tener santa altivez por pertenecer a la Santa Iglesia

León XIII

La Iglesia es una sociedad perfecta

Dios ha hecho de la Iglesia la más excelente de todas las sociedades, pues el fin a que se dirige sobrepuja en nobleza al fin de las demás sociedades, tanto como la gracia divina sobrepuja a la naturaleza y los bienes inmortales son superiores a las cosas perecederas. Por su origen es, pues, la Iglesia una sociedad divina; por su fin y por los medios inmediatos que la conducen es sobrenatural; por los miembros de que se compone, y que son hombres, es una sociedad humana. Por esto la vemos designada en las Sagradas Escrituras con los nombres que convienen a una sociedad perfecta. (León XIII. Encíclica Satis cognitum, n. 24, 29 de junio de 1896)

Benedicto XVI

Es humildad manifestar la alegría de pertenecer a la Iglesia de Cristo

La Iglesia no es una organización que se ha formado poco a poco; la Iglesia nació en la cruz. El Hijo adquirió la Iglesia en la cruz y no sólo la Iglesia de ese momento, sino la Iglesia de todos los tiempos. Con su sangre adquirió esta porción del pueblo, del mundo, para Dios. Y creo que esto nos debe hacer pensar. Cristo, Dios creó la Iglesia, la nueva Eva, con su sangre. Así nos ama y nos ha amado, y esto es verdad en todo momento. Y esto nos debe llevar también a comprender que la Iglesia es un don, a sentirnos felices por haber sido llamados a ser Iglesia de Dios, a alegrarnos de pertenecer a la Iglesia. Ciertamente, siempre hay aspectos negativos, difíciles, pero en el fondo debe quedar esto: es un don bellísimo el poder vivir en la Iglesia de Dios, en la Iglesia que el Señor se adquirió con su sangre. Estar llamados a conocer realmente el rostro de Dios, conocer su voluntad, conocer su gracia, conocer este amor supremo, esta gracia que nos guía y nos lleva de la mano. Felicidad por ser Iglesia, alegría por ser Iglesia. Me parece que debemos volver a aprender esto. El miedo al triunfalismo tal vez nos ha hecho olvidar un poco que es hermoso estar en la Iglesia y que esto no es triunfalismo, sino humildad, agradecer el don del Señor. (Benedicto XVI. Encuentro con los párrocos y sacerdotes de la diócesis de Roma, 10 de marzo de 2011)

Pío XII

Nada hay más glorioso, noble y honroso que pertenecer a la Iglesia

Juzgamos, Venerables Hermanos, propio de Nuestro oficio pastoral estimular también los ánimos a amar íntimamente este místico Cuerpo con aquella encendida caridad que se manifiesta no solo en el pensamiento y en las palabras, sino también en las mismas obras. Porque si los que profesaban la Antigua Ley cantaron de su Ciudad terrenal: “Si me olvidare de ti, Jerusalén, sea entregada al olvido mi diestra: mi lengua péguese a mis fauces, si no me acordare de ti, si no me propusiere a Jerusalén como el principio de mi alegría” (Ps 136,5-6), con cuanta mayor gloria y mas efusivo gozo no nos hemos de regocijar nosotros porque habitamos una Ciudad construida en el monte santo con vivas y escogidas piedras, siendo Cristo Jesús la primera piedra angular (Ep 2, 20; 1 Pet 2, 4-5). Puesto que nada mas glorioso, nada mas noble, nada, a la verdad, mas honroso se puede pensar que formar parte de la Iglesia Santa, Católica, Apostólica y Romana, por medio de la cual somos hechos miembros de un sólo y tan venerado Cuerpo, somos dirigidos por una sola y excelsa Cabeza, somos penetrados de un solo y divino Espíritu; somos, por último, alimentados en este terrenal destierro con una misma doctrina y un mismo angélico Pan, hasta que, por fin, gocemos en los cielos de una misma felicidad eterna. (Pío XII. Encíclica Mystici Corporis Christi, n. 41, 29 de junio de 1943)

Pío X

Necesidad de predicar las grandezas de la fe a todas las personas

En estas públicas calamidades debemos elevar Nuestra voz, y predicar la grandeza de la fe, no solamente al pueblo, a los humildes, a los afligidos, sino también a los poderosos, a los ricos, a los gobernantes y a todos aquellos en cuyas manos se halla el destino de las naciones; y demostrar asimismo a todos las grandes verdades que la historia confirma con sus terribles y cruentas lecciones, a saber, que “el pecado hace miserables a los pueblos” (Pr 14,34), “los poderosos serán grandemente atormentados” (Sg 7,7), de donde aquél aviso del Salmo 2º: “Ahora bien, reyes, prestad atención, y aprended, jueces de la tierra. Servid a Dios con temor… Abrazad la disciplina, no sea que se aire el Señor y os apartéis del camino verdadero”. (Pío X. Encíclica Communium rerum, n. 25, 21 de abril de 1909)

Pío XI

Por mandato divino la Iglesia tiene autoridad sobre todas las naciones

Hay una institución divina que puede custodiar la santidad del derecho de gentes; institución que a todas las naciones se extiende y está sobre las naciones todas, provista de la mayor autoridad y venerada por la plenitud del magisterio: la Iglesia de Cristo; y ella es la única que se presenta con aptitud para tan grande oficio, ya por el mandato divino, por su misma naturaleza y constitución, ya por la majestad misma que le dan los siglos, que ni con las tempestades de la guerra quedó maltrecha, antes con admiración de todos salió de ella mas acreditada. (Pío XI. Encíclica Ubi arcano, n. 15, 23 de diciembre de 1922)

Juan XXIII

La Iglesia es Madre y Maestra de los pueblos

Madre y Maestra de pueblos, la Iglesia católica fue fundada como tal por Jesucristo para que, en el transcurso de los siglos, encontraran su salvación, con la plenitud de una vida más excelente, todos cuantos habían de entrar en el seno de aquélla y recibir su abrazo. A esta Iglesia, columna y fundamente de la verdad (1Tim 3,15), confió su divino fundador una doble misión, la de engendrar hijos para sí, y la de educarlos y dirigirlos, velando con maternal solicitud por la vida de los individuos y de los pueblos, cuya superior dignidad miró siempre la Iglesia con el máximo respeto y defendió con la mayor vigilancia. (Juan XXIII. Encíclica Mater et Magistra, n. 1, 15 de mayo de 1961)

Pío X

Es perverso suprimir el poder de la Iglesia sobre todos los hombres y pueblos

En cumplimiento de Nuestro apostólico ministerio, e imitando los ilustres ejemplos de Nuestros Predecesores, levantamos Nuestra voz, y por medio de varias Cartas encíclicas, Alocuciones, Consistorios, así como por otros Documentos apostólicos, hemos condenado los errores principales de Nuestra tan triste época. […] Sin embargo, bien que Nos no hayamos descuidado el proscribir y condenar frecuentemente estos tan graves errores, la causa de la Iglesia católica y la salvación de las almas que Dios Nos ha confiado, y aun el mismo bien común demandan imperiosamente, que Nos de nuevo excitemos vuestra pastoral solicitud para que condenéis todas las opiniones que hayan salido de los mismos errores como de su fuente natural. Estas opiniones falsas y perversas, deben ser tanto más detestadas cuanto que su objeto principal es impedir y aun suprimir el poder saludable que hasta el final de los siglos debe ejercer libremente la Iglesia Católica por institución y mandato de su divino Fundador, así sobre los hombres en particular como sobre las naciones, pueblos y gobernantes supremos. (Pío X. Encíclica Quanta cura, n. 3, 8 de diciembre de 1864)

León XIII

El desprecio por la autoridad de la Iglesia es causa de los males de la sociedad

Desde los primero días de nuestro Pontificado se Nos presenta a la vista el triste espectáculo de los males que por todas partes afligen al género humano […]. Nos, empero, estamos persuadidos de que estos males tienen su causa principal en el desprecio y olvido de aquélla santa y augustísima autoridad de la Iglesia, que preside al género humano en nombre de Dios, y que es la garantía y apoyo de toda autoridad legítima. (León XIII. Encíclica Inscrutabili Dei consilio, n. 1-2, 21 de abril de 1878)


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